lunes, 19 de diciembre de 2016

Fuerza Puta!

“La libertad es el oficio más viejo del mundo”. Así grita el cartel que cuelga de una de las paredes del bar Vuela el Pez, sede de la primera edición del festival Fuerza Puta! El encuentro, en la difusa frontera entre Palermo y Villa Crespo, se propone hacer visible el deseo de autonomía y reconocimiento de las trabajadoras sexuales argentinas. Empoderarlas, darles la palabra. 
“El trabajo sexual no está penalizado, y aún así la policía violenta persigue a las trabajadoras, las criminalizan. Por otro lado, no se reconocen sus derechos laborales y buena parte de la sociedad ubica su trabajo corporal como el más deleznable de todos, las condena a la marginalidad y además son acusadas de usar la sexualidad como un servicio que ‘denigra’ la dignidad. Para la mujer, la sexualidad debe ser ‘sagrada’ y reservada sólo para la reproducción, no al goce, no al negocio. Un prejuicio muy arraigado y ante el que intentamos revelarnos”, explica a Tiempo Agustina Paz Frontera, periodista, poeta y organizadora del encuentro, junto a la artista visual Fátima Pecci Carou. “Se nos ocurrió generar un espacio desde el arte y la cultura, que incentive una forma problemática de pensar la sexualidad, los placeres, el abolicionismo. En un país que tiene una larga tradición con los Derechos Humanos, pero en el que siempre se pensó a las trabajadoras sexuales en función de víctimas, y no como un auténtico empoderamiento que puede tener una mujer que quiere trabajar”, arriesga Frontera.
El ágape incluye un menú variado: lecturas, bandas en vivo, conversatorio con trabajadoras nucleadas en Ammar –el sindicato de trabajadoras sexuales–, “tiraditas” de tarot y proyección de films porno-feministas. También la exposición de obras de arte: una vulva pantagruélica que invita a ser acariciada, creada por las artistas Mariana Lazo y Valeria Camerano Ceijas, engalana el salón principal.
Frontera, que forma parte del colectivo NiUnaMenos, resalta que en el último Encuentro Nacional de Mujeres de Rosario hubo un taller renovador sobre trabajo sexual. “Antes sólo se abordaba el tema desde la trata o la ‘situación de prostitución’, o sea desde la vulnerabilidad. Se les decía que eran esclavas, víctimas del patriarcado, o que eran serviles al sistema. Se ponía en duda la voluntad de las trabajadoras. El feminismo también tiene que romper con esas miradas.”
Unidas y organizadas
Georgina Orellano es la secretaria general de Ammar. Poco antes de participar en el conversatorio junto a tres compañeras resalta que “es importante que se generen este tipo de espacios porque muestran el avance de las trabajadoras sexuales, que siempre estuvimos muy invisibilizadas”. Tiene 29 años y trabaja hace diez haciendo la calle, en Villa del Parque. “Si vuelvo a nacer, elegiría ser trabajadora sexual, ya no a los 19 años, sino a los 18, porque a la distancia creo que perdí todo un año”, arriesga orgullosa la morocha. Comenta también que abraza el feminismo que le da poder a las mujeres para elegir qué quieren hacer con su cuerpo. Sobre su rol sindical, Orellano rescata el carácter rupturista de Ammar: “Integramos la CTA, y muchas compañeras vienen de otros países a conocer nuestra experiencia. Tenemos muchas batallas ganadas, pero hay que seguir peleando por las políticas públicas, resistir las embestidas abolicionistas y las falencias de la política anti-trata.” 
María Riot es otra trabajadora sexual que combina en partes desiguales su labor con el activismo. “No vendemos nuestro cuerpo, primero porque es nuestro y no se puede vender, y segundo porque nuestra profesión no es otra cosa que ofrecer sexo a cambio de dinero”, afirma la joven de 24 años, nacida en el oeste del Conurbano. Comenzó en el gremio como webcamer en Internet, luego exploró los encuentros en el mundo físico y hoy incursiona en el cine porno-feminista, ético y alternativo. Aunque María prefiere llamarlo “porno” a secas. Pasa la mitad del año en Europa, rodando. Anuncia que en el futuro cercano quiere explorar el rol de directora, con producciones Made in Argentina. “Películas que le den más espacio al placer de la mujer, y no tanto al hombre, como se ve en las mainstream. Mostrar otras sexualidades y romper estereotipos.”
La dama del puerto
Para romper el hielo de la calurosa tarde, el escritor y periodista Osvaldo Baigorria lee fragmentos de Memorial de los infiernos, la ardiente biografía publicada por Julio Ardiles Gray en 1972, sobre la primera militante sindical e impulsora de la agremiación de las prostitutas en estas pampas, Ruth Mary Kelly. “Trabajó muchos años en prostíbulos, pero prefería ser una trabajadora independiente. Decía que era una artesana del sexo”, resalta Baigorria, quien luce un furioso rojo shocking sobre sus delgados labios. Recuerda que Kelly se ganaba la vida en la zona portuaria de Buenos Aires. Relojeaba en la sección marítima de la prensa los horarios de los barcos que arribaban. Puntual, se presentaba en los muelles, subía a bordo y luego pasaba varios días trabajando en los camarotes. “Venía de una familia de migrantes británicos venidos a menos, manejaba perfecto el inglés. Decía que el dominio de la lengua ayudaba a que los marineros la eligieran, porque podían conversar con ella.” Más allá de satisfacer sus deseos, los navegantes querían compartir sus andanzas y desandanzas en los siete mares. Los más atrevidos, incluso, llegaban a pedirle que les cosiera algún botón flojo de sus abrigos.
Kelly fue cultora de una ferviente militancia disidente dentro del feminismo. En los '70 se acercó al Grupo Política Sexual y al Movimiento de Liberación Femenina, tras su expulsión de la Unión Feminista Argentina. Siempre se reivindicó como prostituta y bisexual. Baigorria cuenta que pudo entrevistarla en un caserón de La Boca, en 1985, durante la primavera democrática. “Ella tenía 70 años y se jactaba de seguir trabajando. No decía ‘putas’. Hablaba de proletarias del sexo. 
Resaltaba que la prostitución era un trabajo y debía ser pagado con dignidad, sin proxenetas ni policías. Creía que el día en que todas las prostitutas del mundo dijeran ‘somos trabajadoras’, y en el que todos los trabajadores dijeran ‘somos prostitutas’, se haría la revolución. Ese era su ideario”. Ruth Mery Kelly murió en 1994, poco antes de que se formara la primera Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina.
La educación sentimental
En el patio del bar, Stella no hace rancho aparte y levanta la bandera de las trabajadoras sexuales trans. “Las putas hemos sido la vanguardia del feminismo. Las primeras mujeres alfabetizadas, las que les disputábamos la calle a los varones. Es muy injusto que se nos siga criminalizando y discriminando, y lo peor de todo, muchas veces por nuestro colectivo”, sostiene. Ejerce la prostitución hace una década. Hizo la calle dos años en Constitución, en pleno casco histórico de las putas. Pero luego decidió dejar el sexo exprés y empezó a atender a sus clientes en su departamento privado, en la zona de Acoyte y Rivadavia. “A diferencia de lo que se piensa, la mayoría de los clientes tiene necesidades de piel, pero también afectivas. Quieren ser contenidos. Nosotras somos educadoras sexuales”, cuenta Stella, y agrega que complementa sus ingresos trabajando como docente. Dice que muchas chicas son profesionales, pero eligen ser trabajadoras sexuales. Sin embargo, para la mayoría de sus compañeras travestis y transexuales, la calle es la única salida laboral. Por eso pide que se cumpla con la ley de cupo, para abrir nuevas posibilidades.
“Tienen que empezar a respetar nuestros derechos laborales”, se despide Stella y va hacia el rincón donde la “taróloga” Lu Martínez hace sus promocionadas tiraditas de tarot. “A las chicas que se acercaron les salió mucho la carta de La Emperatriz: la mujer seductora por excelencia, con mucha fuerza sexual”, asevera. Para la tiradora de barajas, el tarot ayuda a empoderar y es liberador: “Rompe los prejuicios”. A sus espaldas, cuelga un cartelito que advierte: “Bruja y puta. Si no te gusta, tu ruta”. 
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 11 de diciembre de 2016

Por quién repican los tambores

A fuego lento. Así templan sus tambores los muchachos de la comparsa Calzada Candombe. Sobre los adoquines del Pasaje San Lorenzo, en pleno corazón de San Telmo, arde una pequeña fogata junto al cordón de la vereda. Según los que saben, el fuego ayuda a conseguir la afinación justa del instrumento. “Igual, con este ‘lorca’ no hace falta tanta llama. Ni a palos pongo el tambor al fuego. Con treinta y pico de grados que debe estar haciendo, la humedad del parche se evapora solita”, explica con precisión meteorológica Gustavo Duete, el joven que dirige la comparsa llegada desde el partido de Almirante Brown, en el segundo cordón del Conurbano
En pocos minutos, cuando den las cinco, con puntualidad británica pero con ritmo rioplatense, los 50 integrantes de Calzada Candombe habrán dado el puntapié inicial de la 11ª Llamada de San Telmo, la fecha estelar del fixture candombero porteño. “Es el gran día, todo el año ensayamos para esta fiesta. Hoy vamos a ser miles tomando la calle”, resalta Duete, pintor de brocha gorda y fino ejecutor del repique. El hombre a cargo de la batuta no se equivoca. Según los organizadores, la cita reunirá a 30 comparsas, 1500 músicos y bailarines y a un hormiguero de más de 10 mil fanáticos, vecinos y curiosos que van a gozar al ritmo de los tambores en el casco histórico de Buenos Aires.
“Hoy formamos con una batea de 20 tambores. Un cuádruple cinco”, explica Duete el dibujo táctico que utilizará la comparsa. Antes de salir a la cancha, mejor dicho al empedrado, con aires menottistas les pide a sus compañeros que vayan para adelante, que no aflojen, que le pongan picante al andar. Son cultores del estilo Ansina, uno de los toques –junto al Cordón y el Cuareim– que integran la santísima trinidad del género. Cada uno lleva con orgullo el nombre del barrio oriental donde fue parido. “Lo nuestro mezcla un poco la cadencia y el palo y palo. La clave es ir alimentando a los muchachos durante todo el recorrido, para que salga lindo el candombe”, dice y se calza al hombro su fiel repique. “¿Sabés qué? Esto es un fiesta, pero sobre todo es un espacio que enseña a compartir. En la comparsa hay gente de todos los palos: cumbieros, punks, rockeros. Lo importante es que estamos en comunidad. En la misma tribu.”
Historia a contramano
Aunque vivió la cultura uruguaya desde la cuna –su madre y su marido son orientales–, Carina Vlajovich llegó al candombe por una cuestión epidérmica. “Siempre digo que la piel me llamó. Hace varios años, escuché los tambores en la calle, me acerqué y no los pude dejar más”, recuerda la joven, que le da duro y parejo al tambor chico en la agrupación Idilé. Carina colabora en Comparsas de Candombe Organizadas, la asociación civil que vela por el reconocimiento y la promoción de la cultura afro-uruguaya en la Argentina. “Ante la ausencia del Estado, las comparsas autogestionamos la llamada, que este año homenajea a Tito Quiroz, un referente de la colectividad. La idea es sumar gente de todo el país”, ansía la muchacha radicada en Avellaneda. Mientras reparte bidones de agua entre los acalorados músicos, resalta que, al igual que San Cristóbal y Monserrat, San Telmo es un barrio muy ligado a la negritud. Allí se radicaron durante la época colonial miles de negros esclavizados, traídos a la fuerza desde el continente africano. El recorrido de la llamada no es azaroso, sino que guarda en su seno un fuerte carácter simbólico. Se monta sobre la “ruta de los esclavos”, que unía el puerto –en la actualidad, Parque Lezama– con el Pasaje San Lorenzo. Las crónicas de época cuentan que los esclavos debían recorrer la calle Defensa, donde se los comercializaba. En el pasaje todavía se conserva la “Casa Mínima”, que el boca en boca popular rescata como el último hogar de un esclavo liberto en Buenos Aires.
“El recorrido de la llamada es en sentido inverso. Devuelve a los negros a sus orígenes, a sus ancestros”, resalta Vlajovich, mientras las primeras cuerdas comienzan su deriva. Con sus tambores y bailes, las comparsas empiezan a reescribir la historia por la angosta calle Defensa. Siempre a contramano.
Siga el baile
Casi llegando a la esquina de Estados Unidos, las comparsas avanzan apretadas, a paso de legión romana. La voz cavernosa de los tambores repite su incansable “borocotó, borocotó, borocotó”. Desde las veredas, la multitud acompaña con palmas la eterna clave: “chas, chas, chas, chaschás”. Algunos vecinos disfrutan el desfile sentados en sillitas playeras como si estuvieran en la Bristol. Comparten amargos y bizcochitos de grasa. En pleno sábado, los vendedores ambulantes se hacen el domingo vendiendo cerveza bien helada.
A la altura de Independencia, un grupo de turistas escandinavos intenta seguir el ritmo de los tambores, pero sus pasos tienen menos onda que una escuadra. “El baile es muy personal y libre, pero trabaja con energías de la naturaleza: el agua, el aire, la tierra. Cada una está ligada a un orishá”, explica Marcela Gayoso, docente de danzas afrobrasileñas. Comanda a una 30 bailarinas que le sacan brillo a los adoquines, acompañando a la comparsa Kumbabantú. Este año homenajean a Oshumare, el orishá de la serpiente y el arco iris que integra el nutrido panteón africano. Con coronas y trajes hechos a mano, las chicas hipnotizan con cada uno de sus movimientos.
“No hay nada que hacer, para bailarlo hay que tenerlo en la sangre”, afirma Joseline Martínez, empleada bancaria y bailarina que derrocha elegancia en la comparsa Curimbó, junto a sus hijos. Es uruguaya, pero vive hace décadas en Adrogué. Todavía recuerda su infancia en el barrio Piedras Blancas, ícono de la negritud montevideana. “Mi mamá Nair me llevaba a los desfiles del 18 de Julio y a las llamadas. Uruguay es la Meca, pero Buenos Aires también tiene lo suyo”, compara la dama ataviada de enagua y alpargatas blancas y radiantes. Vino acompañada por Liliana Pérez, una artesana que también llegó a la comparsa por invitación de sus retoños. “El candombe no discrimina, atraviesa toda la sociedad -dice Pérez y empieza a mover el esqueleto como en trance-. En realidad, somos una gran familia.”
¡Vamo' arriba!
En los grandes encuentros candomberos casi siempre se arma quilombo: un espacio de fiesta, liberado. Los integrantes de la comparsa Tambores Tintos, llegados en un micro escolar desde Ensenada, son expertos en hacer estallar el festejo. “Somos de familia carnavalera, criados en el Barrio Sur de Montevideo, la tierra prometida del candombe. Tocar ahí es como tocar el cielo con las manos”, dice Rubén Muela y sonríe mostrando sus fundas de oro. Lo secunda su sobrino Nando, un morocho musculoso que parece salido del casting de Espartaco. En el árbol genealógico familiar se destaca el fallecido artesano Juan Velorio, “el ingeniero de los tambores”, y los anónimos ancestros que los acompañan en cada llamada. Nando muestra sus manos curtidas y acaricia el pesado piano de más de diez kilos. La tarde pinta difícil, dice, por el calor, y el recorrido es largo. ¿Algún secreto para aguantar? “El ritmo gozoso y tomar mucha agua, que es el líquido refrigerante. La nafta es el tinto”, advierte.
A unos pocos metros, Claudia Salomone, lookeada como “mama vieja” –uno de los personajes icónicos de la cultura candombe junto al “yuyero” y el “escobero”–, se delinea los labios antes de salir a escena. Cuenta que la “mama” rescata el rol de la vieja ama de llaves colonial, la comadrona protectora de los jóvenes, eje de la colectividad. “En las llamadas me sale la africana que siempre tuve en secreto. Sólo me falta el color de la piel, porque tengo el alma y el corazón bien negro”, dice, y en el pasaje estalla una vez más el repique de los tambores. Así será hasta la medianoche y más allá. 
Hasta que las fogatas no ardan.
Publicado en Tiempo Argentino, por acá

viernes, 2 de diciembre de 2016

A brillar, mi amor

En el patio del Museo de Arte Popular José Hernández, brilla como un diamante el sol del mediodía. Artistas y artesanos disfrutan de un frugal almuerzo. En un rato comenzará la charla titulada “Para qué la joyería contemporánea”. Laura Giusti, una de las organizadoras de la muestra, spoilea de qué irá el coloquio: “Cuestiona todos los límites que te impone la joyería tradicional: los materiales, la funcionalidad, la estética, la portabilidad”. Giusti es argentina, pero su ingreso al mundo del diseño de alhajas se dio en Lima, Perú, donde trabajaba como actriz, en los noventa. Un día se deslumbró ante el encanto de unos aros que lucía una amiga. Le sorprendió saber que los había forjado con sus propias manos. “Yo no tengo ni perforadas las orejas, pero en ese momento quedé fascinada, y entendí que, si querés, te podés hacer tus propias joyas”. Semanas después dejó las tablas y se apuntó en el taller del maestro joyero Carlos Bernasconi. Comenzó a explorar los metales y otras materialidades. Se interesó por los diseños vanguardistas. “Hacía anillos, broches y colgantes. Les metía plata, plata y más plata. Ahora los miro con ternura: tendría que fundirlos”, bromea Giusti.
Mientras recorre una de las salas, la artista arriesga que, para los fundamentalistas, “joya es sólo una pieza que tiene oro, platino o piedras preciosas”. En la 1ª Bienal Latinoamericana de Joyería Contemporánea, bautizada “Puentes”, los visitantes descubren un universo más variopinto: broches tallados en madera de palo santo, pines moldeados con porcelana, pulseras de papel reciclado, hombreras forjadas con masilla epoxi, textil y acero, y hasta collares que combinan en partes desiguales fragmentos de botellas de tereftalato de polietileno –es decir, PET–, bolas de rulemán, imanes de neodimio y plata 900. “Desde la joyería contemporánea no nos interesa el valor del material per se –ahonda Giusti–. Creemos que en el mundo hay espacio para todos y por eso les abrimos los brazos.”
De lo artesanal 
Si el diseño de joyas fuera un deporte, podría decirse que Laura Ró hizo las inferiores en el Club Parque Field. Arrancó jugando con mostacillas y canutillos. “Con una amiga armábamos collares. En las fiestas, juntaba las chapitas de espumante para hacer pulseras”, dice la diseñadora nacida y criada en Rosario. Durante su adolescencia, empezó a visitar las ferias de artesanos, y al terminar el secundario pasó a formarse en la renuente universidad de la calle. Sobre el paño aprendió a trabajar con parsimonia los alambres y la alpaca. Vendía sus diseños en la playa del Paraná. Los bestsellers eran unos aritos bien caseros que costaban 50 centavos: “Les ponía goma de borrar cortadita como tuerca.” Después, Ró entró a Bellas Artes y se especializó en grabado, pero nunca pudo dejar a su primer amor, las joyas artesanales.
Es la primera vez que expone en un museo. Su obra se titula “El origen sale del corazón”: un broche de plata que debe prenderse del lado izquierdo. Buscó abordar la identidad latinoamericana. Para ello forjó en plata 925 un frondoso escenario vegetal, y le incorporó una pequeña figura de un indio del Far West, que sacó de la colección de miniaturas que atesoraba un ex novio. Según el filósofo italiano Giorgio Agamben, la miniaturización es una liberación profana, una auténtica “salvación por lo pequeño”. Ró coincide con el autor del clásico Infancia e historia: “Me gustan las miniaturas, son mi fetiche. Y la figura del indio representa el renacer y las venas abiertas latinoamericanas que se conectan con el corazón.”
La artista chilena Liliana Ojeda obtuvo la primera mención con su obra “Vivimos como si no supiéramos que vamos a morir”, un collar que hibrida el trabajo con porcelana blanca y telas de algodón. El oficio de joyera, explica, supone manejar ciertas nociones básicas, como saber soldar, pero también la inquietud creativa. “La joyería tradicional entiende que cuantas más piedras tiene la pieza, mejor es. Nosotros tenemos otra búsqueda. No hacemos meros adornos.”

Con una agujita de oro
Jessica Morillo también traza puentes, entre la joyería y el arte textil. La punta del ovillo de su historia nace en San Miguel del Tucumán, donde se pasaba las tardes admirando cómo su abuela Esther y su mamá María Matilde despuntaban el vicio del crochet. “Ellas nunca quisieron enseñarme y recién en la adolescencia me decidí a tomar clases”, recuerda la diseñadora de 28 años. Tomó coraje, se anotó en un taller de jubiladas y en poco tiempo aprendió a empuñar las agujas. Arrancó haciendo macramé. Después, Bellas Artes y Diseño de Indumentaria. En el periplo se encontró con la joyería contemporánea y decidió sumarle su veta como tejedora. “Una joya puede ser un objeto valioso, pero también una idea valiosa que se materializa en un objeto”, arriesga la muchacha de cresta punk violeta luminoso. Su obra “Coraza / Aprender a hacer y deshacer el amor” es un pectoral hecho a base de retazos de tela, hilos, lanas y cordones que tejió durante más de dos años con paciencia zen-tucumana. “Es difícil vivir del diseño de joyas –advierte–. A veces se complica pagar la luz. Por eso doy talleres ambulantes, me las rebusco, paso a paso. Trato de no dar puntada sin hilo.”
Crónica publicada en Tiempo Argentino, se lee por acá

lunes, 21 de noviembre de 2016

Bajo el asfalto

La escena parece sacada de un filme de los hermanos Lumière. A las tres en punto, el subte llega con modorra a la estación Corrientes. Las puertas de la formación de la línea H bostezan el andar agitado de los pasajeros rumbo a la salida. Con dosis desparejas de civilidad y premura, pugnan por montarse en la escalera mecánica. La lucha no es cruel, pero es mucha. Y la banda de sonido que acompaña la típica postal del bajo fondo porteño es un clásico de Gardel y Le Pera. Desde su improvisado escenario en el andén, un anónimo dúo arremete con el sprint final de “Por una cabeza”.
Aunque nacieron en Venezuela, el violinista Denys Bonilla y el guitarrista Pablo Tirado parecen llevar el 2x4 en su ADN. “Es la música que se respira en la ciudad y por eso tocamos mucho tango. Aunque no olvidamos nuestras raíces: en el repertorio tenemos valses y joropos. Piden mucho ‘Caballo viejo’”, explica Tirado, oriundo de Aragua, pegadito al Caribe. Tiene 20 años, prolija raya al costado y las yemas de los dedos muy curtidas. Estudió guitarra clásica y llegó a Buenos Aires hace cinco meses, en busca de nuevos escenarios. Los andenes de la H fueron los primeros en darle cobijo. Se siente heredero de la dilatada tradición de músicos trotamundos que parió su patria. “Tocando en el subte te ganás la vida y además te das a conocer: dos pájaros de un solo tiro”, asevera mientras acaricia los trastes de su fiel instrumento. No tiene prejuicios en tocar a la gorra: “No soy ‘elitesco’, prefiero tener la actitud del guitarrista popular, tocar adonde sea. Es más, acá es un desafío todos los días, porque el pasar de los trenes y las bocinas te desconcentran.”
Para Bonilla, su socio, los músicos del subte brindan un servicio público, le mejoran el día a los viajeros. Cuenta que formó parte del sistema orquestal venezolano, que compartió escenarios de América y Europa con el afamado director Gustavo Dudamel. Con una sonrisa pícara, dice que la acústica de los andenes obviamente no es la del Colón, pero en el fondo zafa. Para acreditar sus pergaminos, cada tanto se despacha con el “Concierto para mi menor”, de Mendelssohn. “Ahora me postulé para ingresar a la Sinfónica de Buenos Aires, pero mientras tanto tengo que comer. Y si llego a entrar, quizás siga en el andén. Esto no es una limosna, acá hay muy buenos músicos.”
Libertangos
Mientras intenta mantener el equilibrio en el centro del vagón, Jazmín Pimentel rasguña la criolla. Un pequeño parlante amplifica su dulce voz y por momentos se impone al runrún metálico de la formación. “Siempre trabajo arriba del vagón, siento que se me pasa más rápido el tiempo. Se mueve el tren, se mueven los segundos”, arriesga. Jazmín es de Ciudad Evita, tiene 24 años y desde hace tres se gana el mango en el subte. Empezó en la centenaria línea A, pero al tiempo descarriló. No conocía los códigos del under. “Era muy pichona y no sabía que durante el día los vagones los laburan los vendedores. Los músicos de la A arrancan a las 19.” Decidió mudarse a la novel línea H. Arrancó bien de abajo, como los 200 músicos que según el Frente de Artistas Ambulantes Organizados (FAAO) trajinan de lunes a lunes las seis líneas del subterráneo de la Ciudad de Buenos Aires. Una verdadera orquesta itinerante bajo el asfalto porteño.
Para Jazmín, el factor sorpresa es clave para atrapar a la audiencia usualmente embobada con la pantalla del celular: “La gente no está esperando que toques, y de alguna manera está buenísimo romper la monotonía del viaje, musicalizar un lugar de paso. A veces siento que el vagón es como un teatro y la gente disfruta tranquila del show. Muy pocos ponen mala cara.” Por estos días encara una gira subterránea. Presenta su primer disco, titulado Decora. “A veces me compran el disco acá abajo y después me van a ver cuando toco en la superficie. Es una difusión que no frena.” En la caja de su colorida guitarra lleva tatuado el título de una de sus canciones: “La libertad es el tango de hoy”. “Es un homenaje que le hice al Libertango de Piazzolla. Pero también habla de lo libre que somos los músicos del subte: sin horarios, sin jefe, sin patrón.”
El guitarrista del Titanic
La parada Carlos Gardel es la estación del Abasto. En un alto en su faena diaria de zapadas funkeras en la línea B, Lucas “El Mago Bassman” cuenta que la cantidad de colegas que trabajan bajo tierra viene en aumento. “Está jodida la calle –advierte el joven de rastas–, el cambio nos pegó duro y la gente sale a rebuscársela para parar la olla.” Pero “ni a palos” se resigna a dejar de lado su pasión por las gruesas cuerdas del bajo. No lo amilanan ni los agentes de la Metropolitana que a veces lo rajan del andén. En Diagonal Norte, por las noches se lo puede escuchar prendido en alguna jam session. “Acá todos los días pasa algo interesante. Por ahí llega un rapero y se larga a cantar. O un pibe con bongó y se arma una fiesta en el andén.”
La estación Santa Fe es la parcela del guitarrista brasileño Neil Marques, cultor del mejor rock anglosajón, de Pink Floyd a The Who, sin olvidar a los Beatles. Su caballito de batalla es “Blackbird”, porque “la gente se engancha, nunca falla”. De mil historias de sus años en el subte, elige la de esa pareja de chicos que vivían en la calle. Siempre le pedían que tocara “Golpeando las puertas del cielo” de Bob Dylan y bailaban en el andén. Un día dejaron de aparecer. “Hasta que una noche, de la nada, apareció el chabón solo. Lo noté raro, como perdido, me pidió que tocara el tema una vez más. Se puso a llorar. Me contó que su novia había muerto hacía unas semanas. La gente sólo podía ver a un anónimo pibe llorando. Pero yo sabía. Pasan cosas fuertes acá abajo".
“A esta estación la apodan ‘la que nadie quiere’”, bromea Willy sobre las dificultades que enfrentan los valientes que se le animan a Pueyrredón, en la D. El ruido de las formaciones ensordece y la deriva de la masa es abrumadora. “A veces pienso que es como tocar en el Titanic. Sobre todo por los muchachos de seguridad de Metrovías que todo el tiempo me vienen a sacar. Andan dando vueltas –comenta el guitarrero y señala a dos hombres de negro–. Yo les hago chistes, los llamo los ‘matrixvías’.” Willy critica la hipocresía del gobierno porteño, que empapeló la ciudad con la imagen de un “músico” del subte: “Es un modelo, y aparece con un equipo que debe costar 7000 dólares. Acá los pibes juntan monedas para cuerdas.”
Llueva o truene en el mundo exterior, Willy, ataviado con su elegante galera, realiza cada tarde su show repleto de clásicos del rock nacional. Homenajea a sus ídolos: Charly, Spinetta y Vox Dei. Pero no es un purista. “No sé por qué, la gente colabora más con los temas en inglés. Así que hago 50 y 50. De algo hay que vivir”, dice y luego puntea “Is This Love” de Bob Marley. ¿Cuál es el hit? Willy deja una reflexión final: “Esa es la pregunta que no tiene respuesta. Me la hago una y otra vez. Si supiera cuál es, lo tocaría todo el tiempo.” Como en un loop eterno.
Crónica publicada en Tiempo Argentino, se lee por acá

sábado, 19 de noviembre de 2016

Cómo ser una chica Manson


El sueño está a punto de terminar. De transformarse en una verdadera pesadilla. California. Tórrido verano del ’69. Evie, una adolescente bastante solitaria y algo insegura, se fascina con un grupo de chicas libertarias y desprejuiciadas que conoce por casualidad en un parque. Las chicas pasan sus días en un rancho comunitario liderado por Russel, un gurú mesiánico, manipulador y músico frustrado. La joven Evie decide sumarse al grupo. Se sumerge en un espiral de fraternidad, amor libre, LSD y otras dosis desparejas de paranoia y violencia. Las chicas, primera novela de la estadounidense Emma Cline (Sonoma, 1989), es un trip iniciático que deviene en expedición al lado más oscuro del Summer of Love. Un libro que hace foco en los años de “paz y amor”, pero también en el territorio fronterizo, donde se gestaba el costado turbulento que manchó con sangre a los ideales hippies. 
De prosa elegante y por demás inteligente, Cline se inspiró en los crímenes de la familia Manson para escribir su ópera prima. Episodios clave de la crónica negra americana. El más célebre fue el de la actriz Sharon Tate, la pareja del director Roman Polanski, en agosto del ’69. Pero en su novela, Cline no hace foco en la figura psicótica de Charles Manson, el pater familias demoníaco, sino en algo mucho más perturbador: las “angelicales” chicas que cometieron los asesinatos, y que ni siquiera perdieron las sonrisas y su mirada provocativa durante el juicio que las condenó a cadena perpetua. Esas adolescentes “extrañas y salvajes como esas flores que se abren con un estallido fulgurante una vez cada cinco años, con esa provocación escandalosa y turbadora que era casi lo mismo que la belleza”. En el fondo, Las chicas es una novela que bucea con sutileza perturbadora en el mundo adolescente, pero que también golpea duro y parejo a los valores de la sociedad americana: del New Age al consumismo, sin olvidar las miserias del Flower Power. 
Emma Cline es licenciada en Bellas Artes, y cursó un máster en escritura creativa en la Universidad de Columbia. Trabajó como lectora para la revista The New Yorker y ha publicado cuentos en las prestigiosas Tin House y The Paris Review. En 2014, con su relato “Marion” obtuvo el Plimpton Prize. Las chicas es un bestseller desde que llegó a las librerías hace pocos meses. Los derechos de traducción se vendieron a 35 países y el productor Scott Rudin (Closer, Red Social y Las horas) está trabajando en una adaptación para la pantalla grande. Cline prefiere mantenerse al margen del proyecto cinematográfico y del runrún editorial. Está preparando un libro de cuentos y una novela. Tiene firmado un jugoso contrato por 2 millones de dólares con la editorial Penguin. 
Hace pocas semanas, una periodista le preguntó sobre los motivos que la llevaron a escribir una novela sobre la familia Manson, y la joven aclaró que en realidad “quería escribir un libro basado en un crimen, pero el crimen en sí es lo menos importante, esa es la violencia más obvia, el desafío era exponer otros momento psicológicos de violencia cotidiana, de vergüenza, humillación y traición. Aunque en el fondo, el corazón de esta historia es la amistad.”
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lunes, 7 de noviembre de 2016

Dios salve a las reinas de la noche drag

Diva total. Peluca carré a lo Uma Thurman en Pulp Fiction, pestañas kilométricas orladas con plumas de fantasía y sandalias de taco aguja que dan vértigo. Esta noche nace una estrella: Dixie Valentine. Danilo, el padre de la criatura, confiesa que por ahora sólo le preocupa conseguir un rush rojo shocking para barnizarse los labios. "Es la primera vez que me transformo. Mi debut… Espero que no sea también mi despedida", dice el joven de 19 años y guiña el ojo derecho, sexy.
Se larga en Casa Brandon, Villa Crespo, la tercera edición de Divas Drag Race, que premia a las drag queens más carismáticas de la escena porteña. "La competencia es una excusa. Acá hay comunión, un espacio abierto para performatear, sumar fuerzas e ir para adelante. Sin dejar de lado el glamour, obvio", explica Nico, uno de los organizadores y a cargo de las bandejas de DJ. "Nos interesa darles un espacio a todos: drag queens, drag kings... Es una auténtica varieté con escenario y micrófono abierto. La última palabra la tiene el público. El aplausómetro define quién es la reina", dice el muchacho musculoso de pelada brillante, frondosa barba leñadora y botas bucaneras. 
En la previa, Nico calienta la pista con ardientes clásicos de la música disco. La elección no es azarosa: las drag queens no pueden ser escindidas de esa estética setentosa. Tampoco de la teatralidad camp, y mucho menos de los brillos de la moda. Drag significa "ropa", y en la jerga teatral anglosajona designa a la vestimenta femenina para un actor masculino. Una drag queen es mucho más que un varón cross-dresser o un cultor del fetiche. Ni travesti ni trans, no vive bajo esa "regia" identidad las 24 horas. Con dosis desparejas de humor, exageración y barroquismo, las drags son personajes que nos hablan de los tiempos modernos. "Le suben el volumen a lo que está dando vueltas en la calle y no se dice. Y obviamente hacen gala de eso", asevera sin vueltas Nico, y enseguida hace explotar en los parlantes el inoxidable "Last Train to London".
La crónica cuenta que las drag queens fueron una parte fundamental de la cultura gay del siglo pasado. Del Pop Art de Andy Warhol a las caminatas por el lado salvaje que inmortalizó Lou Reed en su disco Transformer, sin olvidar el culto que les profesa Pedro Almodóvar. Las chicas no esquivaron el bulto en la primera línea de la revuelta de Stonewall, en la Nueva York de 1969, y desde ese momento se ganaron en buena ley su espacio en las carrozas de las Gay Parade a lo largo y ancho del planeta. En su versión criolla, en los años '80, brillaron primero en los sótanos del under, aquel subsuelo de la patria sublevado en los tórridos años de la primavera democrática. Y en los '90 fueron un faro en las noches porteñas, con sus andanzas y desandanzas en las pistas de El Dorado, de Bunker o Morocco.
"Hay toda una historia de las drag queens que nunca se cortó, pero creo que en los '80 fue el pico, por las ganas de expresarse luego de la represión que arrastrábamos de la dictadura. En esos años, mis amigas tenían que escaparse de las brigadas de moralidad de la policía", recuerda Ignacio, mientras se maquilla los pómulos en el diminuto camarín. Nació en Casilda, vivió gran parte de su vida en Rosario y hace nueve meses se mudó a Buenos Aires. Es bailarín y actor todoterreno. Por las tardes trabaja en una obra infantil en la calle Corrientes. Esta noche subirá al escenario caracterizado como Putito Broadway: "Es más bien un hijo de una drag queen neoyorquina que se permite jugar. Es un híbrido, una máscara que me pongo, una construcción de mi cabeza. Me gusta ponerle el lomo", comenta. Para el artista de fibrosos brazos repletos de tatuajes, "draguearse" es toda una profesión, por el grado de detalle en la preparación del personaje y el método de maquillaje. 
Antes de seguir su faena delineándose los labios, resalta el carácter inclusivo del encuentro: "Acá no participa exclusivamente la gente del mundo drag. También se interpretan cuentos o se leen poemas, es un espacio abierto. Está bueno romper el género. Acá la única vedette es la libertad."
Antes muerta que sencilla
Matías tatúa con parsimonia las cejas de Irupé, la Reina del Camalote. La Beyoncé guaraní está casi lista para hacer su entrada triunfal en el escenario. Es de San Lorenzo, muy cerca de Asunción del Paraguay, pero hace un tiempo comparte una casa en Caballito con varios amigos artistas. Dice que está en plena etapa de búsqueda: baila, canta y estudia Medicina. En los claustros universitarios conoció a su chongo. "Me estoy metiendo, soy recién llegada al mundo drag. Es la quinta vez que lo hago. Y está buenísimo. Irupé busca una identidad, es una mamarracha que se monta y se va reciclando. Se construye todo el tiempo."
Un poco más de base por aquí, algo de glitter por allá y el lápiz labial como la cereza del postre. Matías es un artista del maquillaje. Su personaje drag se llama Serendipia. "Adopté ese nombre porque significa 'encontrar algo cuando no lo estabas buscando' –cuenta–, y me gusta esa cuestión de que las casualidades sean la regla." Su identidad también se nutre de la diversidad: "Arriba del escenario, Serendipia es medio étnica. Tiene algo de mapuche, de tibetana, es como una ciudadana del mundo. Y eso flashea a la gente." 
Como todo gran show, la Drag Race tiene su maestra de ceremonias. La blonda Loca Di Crazy lleva la batuta. "El personaje me acompaña desde hace diez años, surgió cuando armé mi primer grupo de amigues. En esa época no había Facebook ni WhatsApp, mucho menos matrimonio igualitario. Teníamos 20 años y nos juntábamos a performatear en casa o alquilábamos salones y boliches. ¡Explotaban!", resalta Lucas Tapia, el joven actor oriundo de Azul. Con su espectáculo Divas hizo varias temporadas en Carlos Paz y en la Costa. "A los argentinos les llama la atención el universo drag porque son medio tapados –dice entre risas–. En realidad, lo que fascina es la alegría y la forma que tenemos de mostrarnos sin prejuicios." Para la gala de esta noche, Loca eligió un look bien sencillo, casi de entrecasa: vestido largo de leopardo "bien divine" con muchas lentejuelas, estola de plumas y un infaltable abanico, porque "la noche va a estar muy acalorada". En Brandon, todos la conocen como la RuPaul argentina, porque sin esforzarse podría seguir los pasos de la morocha estrella mediática norteamericana que conduce el programa de TV semillero de la cultura drag contemporánea. Pero, se sabe, las comparaciones son odiosas. Lucas aclara que su búsqueda va más por el lado de las rubias: "Me inspira Susana Giménez, pero la hago más deforme. Una Susana cruzada con el Che Guevara."
Nueve reinas
Las chicas saben cómo hacer delirar a la platea. En la pista, donde se ven los pingos, hacen gala de sus dotes, bailan hasta quedar exhaustas. Antes de la medianoche, las nueve candidatas al trono se sacan chispas en el dancefloor, pero sólo dos llegan a la gran final. La joven Dixie Valentine y la bahiense Emily –una maestra en el arte de imitar la lengua karateca de Moria Casán– se baten a duelo para definir quién es la reina de la noche. La consigna es sencilla: matar o morir bailando. La batalla es parejísima. Emily deja todo en la cancha, pero no puede hacer nada ante el glamour de la nueva monarca. Dixie termina la noche coronada. Disfrutando la divina gloria. 
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domingo, 6 de noviembre de 2016

Alta tensión


Hay novelas que te pueden dar un sacudón. Una descarga de buena literatura. Obras que no se quedan simplemente en la construcción de una historia atrapante o en la narración atolondrada de sucesos. Libros que desafían al lector, que lo invitan a elegir su propia aventura. Los electrocutados, la primera novela del misterioso autor argentino J.P. Zooey, puede integrar este selecto grupo.

Pero vayamos por partes, antes de sumergirnos en la obra. ¿Quién es J.P. Zooey? La pregunta se viene repitiendo desde hace varios años en el círculo literario local. Más precisamente desde el año 2009, cuando se publicó por estas tierras un libro breve y bastante raro titulado Sol artificial. Estaba firmado por un tal J.P. Zooey: nacido en Buenos Aires en 1973 y egresado de Periodismo de la UBA. En la solapa también se aclaraba que no ejercía el digno oficio de construir noticias.

La ópera prima de Zooey circuló con fuerza por estas pampas, llamó la atención de críticos y lectores, y finalmente llegó a manos de Beatriz Sarlo, quien escribió que “El seudónimo abre una situación inestable y atractiva. Ése es el caso de Sol artificial, publicado bajo el evidente seudónimo de J.P. Zooey. El nombre del autor, a la cabeza de un libro nuevo, tranquiliza por lo menos una incógnita. Cuando un libro es firmado con seudónimo, el terreno incierto de ‘lo nuevo’ se vuelve más incierto todavía”. El sol artificial compilaba una serie de relatos poco convencionales: una búsqueda de mundos posibles e imposibles. Cartas, papers y entrevistas que guardaban en su seno dosis desparejas de humor mordaz y vuelo creativo.
Luego de aquel prometedor debut, en 2011 el sello español Alpha Decay publicó en el Viejo Mundo la primera novela de Zooey, Los electrocutados, que ahora es editada en Buenos Aires por el sello Sigilo. La obra obtuvo el Premio Talento que otorga la librería FNAC. En 2014, se publicó la segunda novela del autor, titulada simplemente Te quiero.
Entre la teoría del Big Bang y el inminente Apocalipsis, Los electrocutados es una disparatada, eléctrica y algo melancólica canción de amor dedicada a la humanidad contemporánea. Una novela que hibrida el enciclopedismo con la ciencia ficción. Zooey narra la historia de Dizze, un curtido profesor que de niño compartía con su hermana y amante Oidas Mucho el deseo de comprender el Universo. Para los hermanos, cada planeta del Sistema Solar esconde una palabra y juntas forman una frase que revela el sentido de la existencia: “Y la frase que formen todos ellos juntos se repetirá mientras giren en el espacio. Así estaremos a tiempo, durante muchas generaciones, de ir abreviando nuestra comunicación a esas diez palabras y hablar, leer y escribir solamente la frase del Sistema solar, de aquel que nos ha puesto en el mundo para escuchar y al que traicionamos hablando miles de idiomas. Lo traicionamos hablando cualquier cosa, enloquecidos, apurados, comunicando nada pero ya. Miles de millones de palabras y puntos entre ellas, sin más ton ni son que el chirrido de grillos bajo éxtasis”.

En la novela, el propio Zooey aparece en la narración como “periodista sin empleo” y vecino de Dizze. Ambos traban amistad y Zooey será el albacea de los documentos (cartas, documentos, textos de clases para la asignatura Historia de las Ideas Menores) que Dizze deja tras su suicidio, lo que otorga a la novela un aire de recomposición. En este periplo hacia la iluminación, el periodista “que no ejerce”, la novela y los lectores navegan por un extraño y a la vez maravilloso mundo de preguntas: ¿Los humanos descendemos de los pájaros? ¿El origen de los genios puede encontrarse en el cerebro de Lenin? ¿Cuál es la relación entre los gatos y los extraterrestres? ¿Qué es una pregunta?


Sobre Los electrocutados se ha escrito que es un libro que cultiva una hiperpercepción a lo Fogwill, con encadenamiento de historias a lo Aira. También que tiene ecos de Pynchon, Vonnegut, y obviamente Salinger –el pseudónimo Zooey viene de un personaje creado por el autor de El guardián entre el centeno-. Escritores que son capaces de darte una descarga de buena literatura.

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domingo, 23 de octubre de 2016

Esos raros peinados nuevos

Sobre la calle La Rioja, a pasitos de la estación Once, hay un salón de belleza que es una auténtica isla caribeña en el gris océano porteño. Son las 4 de la tarde y en la peluquería Rihanna, obviamente, se escucha salsa. “También ponemos bachata, merengue y reggaetón, todos ritmos bien dominicanos”, cuenta Apolinar de Jesús, un curtido barbero con más de 25 años en el rubro pero pocos meses en Buenos Aires. La música ardiente enciende la inspiración del peluquero, dice, y también relaja al cliente. “Así no sale corriendo si no le gusta el peinado”, bromea el hombre nacido y criado en Santo Domingo, la capital del país con más peluqueros por metro cuadrado de la región. “Hay barrios enteros, como el Simón Bolívar y Las Cañitas, donde hay seis o siete salones por cuadra”, describe a esa ciudad estilizada por los profesionales del corte.

“Es bien sencillo el tema, ustedes tienen la carne y el fútbol, y nosotros, los salones de belleza”, compara Apolinar, consultado sobre la célebre fama de los barberos antillanos. “El oficio es hereditario: aprendí a los 15 con mi abuelo Francisco, que tuvo cinco hijos, y tres son peluqueros. Toda una familia dedicada al barbershop”, dice y barre con esmero los montoncitos de pelo diseminados por el piso. Recuerda que a fines de los ’80 empezó a prestar atención a los cortes que lucían sus compañeros de colegio, los primeros valientes que pusieron sus cabezas al servicio del joven estilista. En su casa comenzó a experimentar el filo de la navaja. En el ’92 consiguió su primer trabajo y para el ’96 comandaba su propio salón. Con los años se transformó en un maestro del estilismo. Meses atrás, su primo Juan –que hace siete años abrió el Rihanna en Balvanera– le propuso mudarse a Buenos Aires. Quería abrir la primera escuela de peluquería dominicana de la ciudad y pensó que Apolinar sería el hombre ideal para comandar el cuerpo docente. No se equivocó. El salón-escuela hoy cuenta con 30 aprendices. Todos los domingos se pasan largas horas dándole duro y parejo a las tijeras. El curso completo cuesta 3600 pesos. “Lo que gane, lo quiero ahorrar –confiesa Apolinar– para pagarles un buen estudio a mis hijos, que están en Dominicana. Hoy una joven me preguntó por qué había venido, y le dije que soy de los que creen que a veces hay que migrar para conseguir lo que uno quiere. Por eso el sacrificio”.

Pedrito Abreu, otro miembro del staff, sacrifica 12 horas diarias en el salón. Mientras esculpe con parsimonia una patilla, el corpulento hombre originario de Montecristi, en el norte de la isla, explica que su labor se asemeja a la del psicólogo. Es importante estar atento a la personalidad del cliente, y sobre todo escucharlo: “Así uno se asesora: qué quiere, cómo le gusta, si bien peladito o no tanto. Y ahí nomás, a trabajar”. Su colega Carlos Torres se jacta de no haber recibido jamás una queja. “Es que nosotros estamos a otro nivel”, se ufana, pero reconoce su talón de Aquiles: no tiene paciencia a la hora de atender al público femenino. “El hombre es más ligero, más suave, y uno sabe lo que se le puede ofrecer. La mujer es distinta: más conservadora, pero estética. Y muchas veces complicada”, dice Carlos, mientras mira embelesado un video de Farruko, un reggaetonero puertorriqueño, en el plasma que cuelga en una pared. “Ojo lo que dicen de las mujeres”, los regaña a la distancia Yajaira de Jesús, la encargada de la caja y experta masajeadora capilar. En el salón dicen que sus dedos hacen magia, por solo 30 pesos la faena. “Es un trabajo muy paciente, el relax final, luego del corte”, puntualiza la morena con aires de Buda y melena eléctrica, y luego convida una porción de la bandera, el plato emblema dominicano que combina en partes desiguales arroz, habichuelas y carne. “Ya lo ve, esto es una gran familia –cierra Yajaira–, y eso ayuda a no extrañar tanto. Vienen los paisanos, charlean. Falta un poco el calor, pero ya llegó la primavera. Hay más trabajo”.

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Al poeta Washington Cucurto le gusta decir que América Latina empieza en Once y en Constitución. En las últimas décadas, los trabajadores que llegaron desde los países más castigados del continente ayudaron a trazar otra cartografía porteña, menos europea, más morena y multicultural. Restaurantes peruanos, locales de ropa atendidos por sapientes cholas bolivianas y puestos ambulantes de chiperas paraguayas pueblan el nuevo mapa de la ciudad de la furia. Según los datos del último censo, en Capital Federal hay 381.778 extranjeros, lo que representa el 13% de la población. Los migrantes de países limítrofes son mayoría. Sin embargo, los llegados desde el resto de América, donde se destaca la colectividad dominicana, alcanzan casi el 8% del total.

Yeury Vladimir Batista, empleado del local Mi Tierra, en Estados Unidos al 1300, calcula que entre Independencia y Garay hay más de 30 peluquerías atendidas por sus paisanos. Tiene 23 años, una nena de dos y hace seis que llegó desde Azua, la “Atenas dominicana”, al sur de la isla. Una de las primeras ciudades fundadas por los europeos en el Nuevo Mundo. Ahora también vive en el sur, en Lanús. Todos los días surca la ciudad en el 31 para llegar al trabajo.

“Se está usando mucho el degradé, tipo militar americano, que es un corte que viene de la Segunda Guerra Mundial. Bien rapado abajo, y cortito arriba en el penacho. También se puede hacer un buen desmechado con tijera”, dice Yeury, se quita la gorra que tiene tatuado en letras doradas Beverly Hills y luce su brillante peinado a la moda. Sueña con hacerle un corte especial a Cristiano Ronaldo, y se prepara para el gran día tallando las cabezas de dos jugadores locales: uno de la reserva de Independiente y otro de Argentinos Juniors. Extraña a su mamá, la playa y sus amigos. También comerse un buen sancocho frente al río. Para trabajar esta tarde en Constitución elige “He vuelto”, un tema del salsero Willie González. Yeury suspira, cierra los ojos, regresa por un instante a su isla y recita: “He vuelto / después de tanto tiempo, / detrás de tantos sueños / gigantes, pequeños, encima del amor”.

Tarde en el Abasto

El aire tórrido de los secadores de pelo empieza a calentar la primavera en el salón Corte Latino, sobre la calle Gallo, pleno Abasto. En la puerta se abrazan una bandera dominicana y otra argentina, como símbolo de hermandad. La variopinta platea de clientes espera su turno en un sillón. En los parlantes suena la voz del empalagoso Romeo Santos. “Acá vienen argentinos, peruanos, colombianos, de todos lados”, resalta Edwin Álvarez, un jovencísimo estilista de trenzas y sonrisa luminosa. De día, rinde examen en el salón de la peluquería; de noche, en el Comercial Nº 25, donde está terminando la secundaria. “Yo creo que el argentino es matraquilloso y detallista con el corte”, agrega Juan Mendoza, el cubano que devuelve con elegancia las estocadas socarronas de sus compañeros. Destaca que en La Habana hay muy buenos peluqueros. Desde sus rincones, los dominicanos Luis y Wander le gritan que no mienta más “porque le va a crecer la nariz”.

Wander es el artista de la pandilla. Un Dalí caribeño que usa la navaja como un pincel. Hace diseños exclusivos y tinturas. Sus obras cuestan unos 200 pesos. Dice que cuando empezó esta moda, se usaba el corte taza, los clientes dejaban hacer y se iban contentos. Ahora son más exigentes. Antes de continuar con el tallado de un tribal sobre la nuca de un cliente, Wander se mira fijo en el espejo y lanza una recomendación para todos los caballeros que esperan su turno: “Nunca en la vida se dejen cortar el pelo por sus novias. Cortan, dicen que estás bonito, pero en realidad te hacen cualquier cosa, para que no te miren otras en la calle. Te dejan más feo que el diablo”.

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miércoles, 19 de octubre de 2016

Luche y vuelve

Karl Ove Knausgard sigue dando pelea. Bailando en la oscuridad es la cuarta entrega de la serie de novelas de no ficción del escritor noruego. La acción se concentra en los últimos días de su adolescencia y la difusa entrada en la vida adulta. Los primeros tiempos lejos del nido materno y su deriva por Hafjord, un diminuto pueblo de pescadores del país nórdico. Días tórridos, cargados de deseos, muchas veces frustrantes, pero sobre todo iniciáticos. 

¿Pero cómo arrancó esta historia? En el año 2009, el primer tomo de Mi lucha, la saga autobiográfica de Knausgard, provocó un tsunami arrollador e inédito en Noruega. Hasta ese año, Knausgard sólo había publicado dos novelas. Su segunda obra, titulada Un tiempo para todo, es un fascinante relato sobre la vida de los ángeles en la Tierra. El escritor noruego tenía cierto prestigio en su país, pero no era ni por asomo un autor masivo. Para finales de la primera década de este siglo, Knausgard comenzó a escribir una autobiografía en seis tomos que bautizó con el escandaloso título de Mi lucha. La polémica levantó temperatura, no sólo por el nombre de la serie, sino también por el procedimiento de escritura intimista y proustiano que ejercita. Para el escritor, el punto central de sus novelas no es su vida, “sino qué hago con la vida en la literatura”. Mi lucha vendió más de 500 mil ejemplares en Noruega, un país con 5 millones de habitantes. El 10% de los noruegos tiene un ejemplar de la serie, que suma más de 3600 páginas. 

Sin el vuelo filosófico y algo ensayístico de las entregas anteriores, mucho más narrativa, Bailando en la oscuridad se zambulle en la agitada adolescencia de Karl Ove. El joven Knausgard acaba de terminar el secundario. Para evitar el servicio militar y el ingreso al mundo universitario, decide conchabarse como docente en un pueblito de pescadores en el norte del país. En sus recuerdos de provincia, Knausgard se pinta como un joven mordaz y filoso con sus nuevas compañías. Pero a la vez, en la obra se filtran los vaivenes existenciales de un adolescente por demás inseguro, hipersensible y eternamente avergonzado por su virginidad. En paralelo, Karl Ove comienza a dar sus primeros pasos en el duro oficio de escribir. Y descubre que muchas veces la ambición supera con creces al talento. 

Es 1987 y la banda de sonido que acompaña al joven en sus andanzas y desandanzas está integrada por hits de Simple Minds, Led Zeppelin, The The, Bowie, Talking Heads y, obviamente, The Smiths. En los meses que pasa cerca de los fiordos y el mar, Karl Ove se deprime, se enamora, piensa que jamás tendrá sexo, se vuelve a enamorar, pero sobre todo esconde sus miedos emborrachándose hasta perder la conciencia. Un espejo escalofriante que le devuelve la imagen de su padre, quien ha comenzado su lento suicidio ahogándose en alcohol, el tema que navega la primera entrega de la serie: La muerte del padre. 
Vital, tambaleante y sobre todo eléctrica. Bailando en la oscuridad, de alguna manera, es una novela con aires beatniks. Una batalla más en la historia del realismo en la literatura. Todavía restan dos entregas de la serie. Para Knausgard, la lucha continúa.
Publicado en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 17 de octubre de 2016

Todos los caminos conducen a Warnes

En el año 2012, el fotógrafo Facundo Pechervsky tuvo una epifanía. Mientras cursaba un taller de "fotografía terapéutica", su docente le propuso un trabajo práctico: indagar en los vínculos familiares. Pechervsky no dudó un instante a la hora de elegir un personaje para retratar. Días después, apareció por el local de venta de embragues que tiene su familia en Warnes. Quería inmortalizar en plena faena a su padre Isidoro, un curtido vendedor de repuestos con 50 años de experiencia en el rubro. "El Bocha", como todos lo conocen, agarró una foto de mi abuelo Isaac que tenía colgada con un clavito en la pared. Se paró en la puerta y lo retraté. Esa fue la semilla", dice el fotógrafo mientras toma un café en la confitería Tiro Loco, en pleno corazón del barrio de repuestos y autopartes más importante de Sudamérica. "Después de aquella primera toma, apareció por el local un vecino que vende ópticas y le propuse retratarlo en su comercio. Cuando vi las dos fotos con el mismo encuadre en la pantalla de la cámara, fue una iluminación. Ese mismo día hice más de 20 tomas", explica el autor de Warnes Auto-Retratos, el libro que busca eternizar la variopinta gama de personajes que habitan en este rincón de Buenos Aires, una crónica-retrato en blanco y negro que funciona como testimonio del aceitado empuje del barrio tuerca por antonomasia.
Durante dos años, Pechervsky pateó la avenida de punta a punta. De Jorge Newbery hasta Olaya, sin olvidar el sendero que se bifurca sobre Honorio Pueyrredón y sus adyacencias. Retrató a unos 300 laburantes, miembros de familias enteras que dedican sus vidas a la pasión por los fierros. "Para muchos es raro que alguien pueda sentir afecto por un amortiguador, una bujía o un radiador –asevera el fotógrafo–. De alguna manera, el libro trata de explicar ese amor."
"En mi caso, la relación afectiva se da con los rulemanes", comenta sin ruborizarse Eduardo Kvitko, mientras abre una gaseosa en la mesa de Tiro Loco. "El rulemán es lo que hace mover una rueda, un motor, una máquina. Es algo que parece frío, pero cuando empieza a girar, genera vida", completa el feliz propietario de Rulemanes Kvitko. Cuenta que por el comercio enclavado en Warnes 1450 circulan "desde el cartonero que quiere cambiar el rulemán de su carro hasta el mecánico aeronáutico que necesita reparar la rueda de un avión". Tiene 43 años y viene de familia de repuesteros de toda la vida. Cuenta que a mediados del siglo pasado, su abuelo se daba maña adaptando rulemanes de autos norteamericanos, cuando no había producción local. Eduardo estudió Administración de Empresas, luego trabajó en un banco y en una consultora, pero decidió volver a las fuentes. "Me gusta poner en práctica todo lo que aprendí fuera de este mundo. En lo profundo, siempre supe que Warnes era mi lugar." Cuando Pechervsky le propuso retratarlo, primero dudó. "Después pensé en las familias que nos dedicamos a los repuestos –confiesa–. Creo que es una buena iniciativa, que le puede cambiar la fama al barrio. Siempre hubo un estigma sobre Warnes, por el tema de los desarmaderos. Por eso es importante que aparezcan las caras de los laburantes." En la foto sonríe junto a Pablo, su papá, ambos custodiados por los rulemanes que hacen girar sus vidas.
El motor de la historia
Las crónicas cuentan que el barrio de los repuesteros puso primera el 27 de noviembre de 1893, cuando el antiguo Camino a Moreno fue rebautizado como Avenida Warnes. En la zona funcionaban el taller metalúrgico Hermanos Máspero, la Fábrica Nacional de Calzado y la Curtiembre La Federal. Para finales de los '30, luego del entubamiento del Maldonado, Warnes comenzó a erigirse como la meca de los repuestos automotores. En rigor, la avenida había nacido como cementerio de automóviles, y los vecinos que los desmantelaban se convirtieron en los primeros vendedores de repuestos usados. El padre de Ana Kapiluk fue uno de los pioneros. "Tenía un local rechiquito sobre Honorio Pueyrredón y se especializaba en repuestos para los Siam Di Tella. En esa época todos los taxis eran de esa marca. Tenía trabajo a lo loco, de lunes a lunes, y los tacheros tocaban el timbre de casa a cualquier hora", recuerda la propietaria de Planet Repuestos. Dice que arrancó dando una mano en el local familiar, en los '90. Al principio don Arnaldo no quería que atendiera a los clientes y la mandó a boxes, como administrativa. Eran pocas las mujeres en el rubro, pero Ana supo ganarse su lugar. "Ahora soy dueña y tuve que aprender mucho." Ana pilotea con destreza un local de repuestos para Ford y Fiat. Dice que el machismo sobrevive en el gremio. "Generalmente los clientes buscan la mirada de aprobación de otro hombre. Como que no aceptan que una mujer les pueda dar cátedra sobre un rulemán. Pero cada vez pasa menos."
Los Lamanna también aparecen retratados en el libro. El pater familias Fabio posó en su comercio dedicado a los accesorios para el automotor acompañado por sus tres hijos: Juan, Sofía y Santiago. Todos ataviados con la camiseta del club de sus amores: San Lorenzo. Fabio conduce la Asociación de Comerciantes de la zona, que nuclea a más de 600. Lo conocen como el "presidente de Warnes". Trabaja, dice, para cambiarle la cara al barrio. Anuncia una feria y encuentro de autos clásicos para el próximo 5 de noviembre. Y sueña con erigir un arco que dé la bienvenida al barrio autopartista. "Acá viene gente de todo el país: de San Justo, de La Pampa y hasta del Uruguay. Los sábados, para muchas familias es como ir al shopping: los hijos juegan en la plaza, mientras el padre chusmea precios de amortiguadores." Empezó en el gremio a los 13 años, vendiendo portaequipajes en el local de su tío. "Arrancamos de cero, la peleamos y acá estamos. ¿Quiere saber cuál es la clave? Ser solidario con los colegas. Si no tengo un repuesto, recomiendo a un vecino. Todo cliente que viene a Warnes se tiene que ir contento."
M'hijo el artista 
"Creo que el nudo principal del libro es el vínculo entre padres e hijos, esto de tomar la antorcha generacional y seguir dando una mano en el local. En mi caso, la historia arrancó con mi abuelo, la siguió mi viejo, pero mis dos hermanos y yo nos dedicamos a otra cosa: uno es médico, el otro está en la construcción y a mí se me dio por la fotografía", cuenta Pechervsky antes de entrar a Nogoyá Embragues, el refugio enclavado en Batalla del Pari 512, a pasitos de Warnes. Detrás del mostrador están su padre y los más de 3000 repuestos que integran el ajuar familiar. 
El Bocha cuenta que nació en el barrio, en 1958, en un conventillo de la calle Darwin, y trabajó varias décadas en una fábrica de embragues, hasta que la importación lo obligó a cerrar. En el '99 abrió el local que hoy regentea. Siempre, subraya, codo a codo con Isaac, su fallecido padre. "Tengo pasión por los autos y hago todo con mucho amor. Trato al auto del cliente como si fuera mío." Antes de seguir con sus tareas, el Bocha se frota las yemas de los dedos engrasados y dedica una sonrisa a su hijo: "Cuando Facundo me dijo que quería ser fotógrafo, le pregunté si se podía vivir del arte. Yo lo desconocía, porque soy fierrero, ando con el martillo en la mano. Con su trabajo, me demuestra todos los días que se puede."

Publicada en Tiempo Argentino, se lee por acá

lunes, 10 de octubre de 2016

La aristocracia del barrio

"Disculpe, madame, ¿usted es María Antonieta?" El hombre con atavíos de verdugo parece algo desorientado. Con su hacha al hombro, recorre la fila de damas con aires cortesanos que nace en la boca del edificio de la Società Italiana Unione e Benevolenza, en Perón al 1300. "¿Usted es María Antonieta?", pregunta una y otra vez a las damiselas que aguardan para ingresar al edificio de estilo neoclásico, erigido por el arquitecto Simon Dessy en 1913. "Me invitaron los chicos de la organización para que la encontrara, pero todavía no tuve suerte. Por ahí, cuando arranque la fiesta se me da. Lástima que no traje la guillotina", dice con ironía filosa Luis, un electricista de 50 años de Lanús. Fanático del cosplay, cuenta que sufre horrores cada vez que se pierde un evento medieval. Llegó hasta el centro luego de un tortuoso viaje en el 128.
Luis se saca por un rato la capucha, deja ver su sonrisa bonachona y confiesa: "Este siempre fue un trabajo mal visto, indigno y vil. El hombre que mataba por orden del rey o de la Inquisición. Pero acá es distinto, porque el verdugo terminó con la realeza. Igual, esto es pura facha, no mato ni una mosca." Antes de ingresar al salón donde en breve comenzará la mascarada, Luis vuelve al personaje. Blande su maza pinchuda y destaca: "¿Sabe por qué viene la gente? Porque la máscara hace salir el alter ego. Libera."
Caras y caretas
Mientras cruza el salón central de Unione e Benevolenza, Roxana cuenta que no sabe cómo liberarse de la presión del corsé. Luce un vestido de estilo Watteau, con una falda rimbombante sobre el miriñaque. Demoró más de un mes en darle los toques finales con sus propias manos. Una máscara veneciana decorada con plumas cubre su rostro. "Lo atractivo de estas fiestas es que te dan la posibilidad de cambiar la identidad por un rato. Perderte en la multitud", reflexiona la profesora de Letras que llegó desde San Isidro. Esta noche es su debut en la mascarada, un evento inspirado en las fiestas de las grandes cortes europeas, que florecieron entre el siglo XVI y mediados del XVIII. Los festejos de la nobleza combinaban dosis parejas de danza, teatro, música y pantagruélicos marcos arquitectónicos, especialmente diseñados para que los monarcas hicieran alarde de su grandeza. Enrique VIII de Inglaterra, la reina Ana de Dinamarca y Luis XIV de Francia solían degustar las mieles de las mascaradas. Incluso Shakespeare les dedicó un interludio en su obra La tempestad. 
"Los tiempos cambian. Antes era un festejo cortesano, pero ahora podemos participar los plebeyos. Tenían mucha pompa, y más que nada aparecieron durante las grandes crisis", arriesga Roxana, mientras la música barroca empieza a flotar en el aire. "Ahora la gente quiere divertirse y salir un rato de la realidad. Y sobre todo se dejaron de lado los prejuicios: ya nadie te mira raro en Buenos Aires si venís disfrazado a una fiesta", cierra la dama, hace una reverencia y se pierde en una jauría de jovencitos vestidos con aires góticos.
Desde su improvisada cabina de DJ, Adrián Juárez dispara temas de Strauss, Händel, Tchaikovski e incluso de Sisters of Mercy. A eso de las ocho, el salón se transforma en una discoteca clásica. Las parejas le sacan viruta al piso de roble. Giran al ritmo del Danubio Azul. Adrián es uno de los organizadores de la mascarada, junto a la productora Magic Fans. Integra el grupo de Facebook Gothic BA y hace más de 15 años que arma fiestas recreacionistas. Cuenta que el festejo de esta noche está inspirado en la figura de María Antonieta, la polémica reina francesa que perdió la cabeza en el cadalso revolucionario el 16 de octubre de 1793. "Pero nosotros tomamos como inspiración a la María Antonieta de la película de Sofía Coppola, que era una reina más punk y new romantic", explica Adrián, y se acomoda la careta símil Fantasma de la Ópera. El film de Coppola intentaba retratar, en palabras de su directora, la "vida de una adolescente en Versalles". "Una chica que, sin elegirlo, llega a un mundo desconocido y tiene que aprender los códigos cortesanos. Pero que tenía los bienes del reino a su disposición. Y como buena adolescente, los usó para festejar. Sin embargo, nunca pudo evitar el runrún de la revolución que estaba al acecho. Por eso pusimos a un verdugo que la está buscando. Creo que hay cosas que son inexorables, aunque intentemos esconderlas", reflexiona el DJ. ¿Qué atrae a los porteños a participar en estos festejos? No duda: "Son épocas de mucho 'ruido blanco', por la sobrecarga de información y responsabilidades. Estos espacios te transportan a una época que es casi un sueño." Esta noche, los enmascarados pueden visitar por un rato aquellos paraísos artificiales. La entrada cuesta 200 pesos.
Que coman pasteles
Todo festejo real siempre ostenta un gran banquete. La mascarada no es la excepción a la regla. En el puesto de Gothic Raven se pueden degustar desde cupcakes de chocolate decorados con rositas rococó hasta bombas rellenas con frutillas frescas y crema chantilly. Obviamente, también opíparos pasteles. Los productos light parecen no tener sitio en la dieta aristocrática. Según la pastelera a cargo del emprendimiento con sede en Constitución, María Antonieta no ahorraba en calorías y popularizó la pastelería de diseño entre los cortesanos. Las delicias se ofrecen a precios accesibles al bolsillo de la plebe: entre 25 y 30 pesitos la porción.
La joven diseñadora Florencia Barreda es cultora de la moda retro. Sus vestidos tienen aires victorianos, renacentistas e incluso medievales. Para la creadora de la firma Gotique Poupée, María Antonieta es un ícono de la moda. El mito dice que la reina nunca usó dos veces el mismo vestido. Florencia sueña con encontrar clientas con ese perfil.
Sara y Dafne son artistas. Sin embargo, prefieren llevar con orgullo el título menos ostentoso de artesanas. Se especializan en el diseño de antifaces, inspirados en el Carnaval veneciano. En sus rostros, las emprendedoras de Il Ballo lucen máscaras de Colombina y el Gato, personajes de la Commedia dell’Arte. En su puesto de venta también se ofrecen diversas versiones criollas de los afamados huevos de Fabergé, las joyas que hacían delirar a los zares. "Tenemos la misma intención artística del joyero ruso, pero mucho menos presupuesto", comenta Sara, y luego exhibe con orgullo un huevo de ñandú finamente tallado.
Bailando en la oscuridad
Onorata baila en trance en el centro del salón. Desde el pelo hasta la punta de los pies, luce una estricta etiqueta negra. Cuenta que vive en Banfield, trabaja como ilustradora y cultiva el tradicionalismo. "Me gusta el mundo antiguo, porque es la última época en que el hombre estuvo unido con Dios. Luego se perdió la belleza del mundo cotidiano", sostiene. Consultada sobre la única argentina que ostenta un título nobiliario de peso, la reina Máxima de Holanda, Onorata no duda en desinflarla: "No representa los valores antiguos. La principal preocupación de los reyes actuales es mantener el poder. Han dejado de lado la creencia en lo trascendente." No muy lejos, una grupo de adolescentes se sacan selfies. Onorata contempla la escena y dispara: "El capitalismo degrada la belleza. El nuevo rey es el consumo."
Antes de que den las 12, las damas y sus consortes aprovechan para tomar el último trago de la noche. Cerca de la barra, un clon de María Antonieta no se cansa de posar para las fotos. La muchacha se llama Carola Frank, es actriz e interpreta a la reina en una comedia musical que narra con tono mordaz los últimos años de la familia real. La escolta su pareja, el escritor Gabriel Sosa. El autor de la obra luce una peluca blanquísima, que hace juego con los bucles postizos de la reina de la noche. "Los nobles la pasaban de maravilla. Tan bien que no se dieron cuenta que la tragedia estaba a la vuelta de la esquina", arriesga Carola y sonríe otra vez para la foto. A unos pocos pasos, acodado sobre la barra, Luis el verdugo toma cerveza y conversa con dos parroquianos. "Me parece que, por esta noche, la reina zafa –bromea–. No me quiero manchar con sangre azul."
Una crónica publicada en Tiempo Argentino, se lee por acá