lunes, 19 de junio de 2017

A todo motor

¿Se puede estar enamorado de un auto? "De varios, querido. Igualmente, uno nunca olvida la pasión del primer amor", confiesa sin sonrojarse Juan, un ingeniero cuyano que disfruta de las acrobacias sin vértigo de las 4x4, en el espacio outdoor del Salón Internacional del Automóvil. Raro, como encendido, sorbe un mate dulce y hace memoria de sus primeros escarceos y el fulminante flechazo con un Renault 6: "Año 1978, era una belleza. Yo recién salía del secundario, con el título de técnico mecánico bajo el brazo. Entonces le metía mano en el motor. También lo 'pecheaba' bastante en la ruta, aunque iba a dos por hora. Me acuerdo que hicimos un viaje a Chile y, como corresponde, se quedó en el Cristo Redentor. Al final lo arreglamos con alambre." Vino a La Rural acompañado por un grupo de amigos de la infancia. Cuenta que manejaron sin respiro desde San Juan para llegar al evento tuerca. Unos metros más allá, los fanáticos inmortalizan con sus celulares el andar cansino de las chatas japonesas todoterreno. "Para serle franco –se sincera Juan–, después de dos horas dando vueltas, no vi nada que me llamara la atención. Mucho robot, poca mecánica. Me quedo con el recuerdo de aquel R6. Estos modernos te llevan como en una alfombra mágica."
En la nave central del predio palermitano, un ejército de incondicionales fierreros se empacha en un pantagruélico banquete celebratorio de la industria automotriz. Con una cuidada estética publicitaria, las firmas exhiben los modelos más aclamados de su menú. También los bólidos futuristas que en poco tiempo empalagarán a los conductores. "Peugeot eligió un recorrido por el pasado, el presente y el futuro. Cumplimos 60 años en el país, con la llegada del primer embarque de los 403", resalta Cecilia Marola, encargada de prensa de la casa gala. Pero no solo de recuerdos viven los franceses. "Ahora hacemos foco en el concept car –asegura la dama–, los vehículos autónomos, con una plataforma integrada. Todavía no vuelan, pero les falta poco." Un ejemplar Berlina Grand Luxe del mítico 403 duerme la siesta en el stand del león. Lo escoltan sus parientes más famosos en estos pagos: el 404 y el 504. "Yo tuve uno ocre, me dio muchas satisfacciones. Pero mire que soy de la contra", acota al pasar Esteban, un chofer de larga distancia rosarino, fana del Chivo y la Lepra. "Estos eran coches muy fieles, no las computadoras que hacen ahora –se despide–. Si quedás tirado, no sabés qué ajustarle. No te queda otra que llamar a la grúa y fumarte la espera."
Los autos fantásticos
Biturbo, caja automática de nueve velocidades y 367 caballos de fuerza que alcanzan los 100 km/h en 4,7 segundos. El Mercedes Benz SLC 43 es una flecha de plata que brilla en el stand de la firma nacida en Stuttgart. Sentado en la butaca, Enzo juega con el volante e imagina que avanza por una desolada ruta. Apenas roza los pedales con la punta de los pies. Su papá Adrián lo mira fascinado y explica que hace un rato llegaron desde Roque Pérez: "Salió al padre, fierrero, ¿vio?" Cuenta que su pasión arrancó a los 12 años, cuando desarmaba motores y su viejo le tomaba el tiempo. Hoy es el feliz propietario de un taller mecánico. "Para entender el fanatismo por estos bichos –recomienda–, haga la fila y siéntese un ratito, y si lo dejan, dele marcha y disfrute de la sinfonía del motor. No tiene precio". Un placer efímero. Para sacarla a la calle, la joya alemana tiene un costo final de 127.500 dólares más IVA.
En el stand de Renault, el futuro ya llegó. El súper deportivo Trezor es una auténtica nave espacial, sacada de una novela de Philip K. Dick. "Es 100% eléctrico y tiene 500 HP. En Europa ya se consigue", dice Maximiliano, un promotor capaz de vender el humo. A mitad de camino, entre el auto de Meteoro y el descapotable de la Pantera Rosa, el bólido gris combina en dosis desparejas tecnología de punta y artesanía: iluminación láser y detalles en cuero y madera. "Mire lo pegado al piso que está. Con las rutas que tenemos, hay que llevarlo con cuidado. Por ahí se hace bosta", advierte el joven. A pasitos, se destaca el biplaza Twizzy, otra apuesta eléctrica que deja en el pasado los combustibles fósiles. "Creo que nos queda un poco chico, gorda", señala un caballero con varios kilos de más, desde la diminuta cabina.
Las Ferrari se miran, pero no se tocan. Un corralito protege las obras de arte paridas por la escudería de don Enzo. Embobados, los seguidores del Cavallino Rampante las aprecian a cuidada distancia. No es para menos. El más mínimo daño puede devaluar el precio de las 488 GTB exhibidas. Unos 740 mil dólares cada una. 
En el puesto vecino, Volkswagen ofrece la posibilidad de realizar una deriva virtual por las entrañas de un motor. Los valientes salen inmaculados, sin rastros de grasa ni fluidos indeseables. También hay simuladores de manejo y una pista de Scalextric controlada desde tablets. Salta a la vista: la tecnología domina de punta a punta el ágape. "Sería importante que las automotrices tomen conciencia de lo que es realmente un auto. Con todos estos avances, podrían impulsar modelos más sustentables y seguros", expresa Alba Saenz, fundadora de Conduciendo a Conciencia. El espacio de la organización civil creada por familiares de víctimas de accidentes de tránsito es un remanso entre tanto mercantilismo. Tienen un juego interactivo, que simula los efectos del alcohol en sangre a la hora de conducir. "Los autos son cada vez más rápidos y, por ende, riesgosos", señala Alba.
Carburando 
Mujeres hermosas y autos lujosos siguen siendo todavía hoy la receta trillada de la publicidad automovilística. El encuentro porteño no es inmune a esta fórmula. En los puestos, legiones de promotoras exhiben sus cuidadas curvas. También sus caras hastiadas, tras eternas horas de trabajo. "Sí, me parece lindo mostrar un buen auto y la belleza de las mujeres –arriesga una señorita desde las alturas de sus tacos aguja–, pero acá no se piensa demasiado en el público femenino. Nosotras también compramos autos." 
El stand de Ford es una oda al mítico modelo Mustang. Hay remeras de Mustang, lapiceras, prendedores, agendas de Mustang y hasta un reluciente Mustang rojo shocking que no para de girar sobre una plataforma. Nicolás Capella recorre el espacio, bien custodiado por su abuelo Osvaldo Dadamo. El pibe cuenta que está estudiando en la Escuela Henry Ford. Sueña con ser diseñador. Su abuelo es ingeniero y resalta que desde hace 50 años no se ha perdido ningún encuentro tuerca. Dice que en el '60 se hizo uno en la Plaza de la República: "Toyota trajo unas camionetas hechas con roblones, bien rústicas. Setenta y siete años después, se las puede ver andando en el campo. Los paisanos no las dejan ni locos." Al despedirse, saluda con un apretón de manos y reflexiona: "En el Otto Krause, aprendí que atrás de un auto no hay solo un vehículo. También hay un proyecto de país. Y lo dejo, que sigo caminando con mi nieto. No hay nada como caminar."  
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 11 de junio de 2017

Palito, bombón, helado

Suntuoso, distinguido y tradicional. Base sólida de chocolate y corazón de súper sambayón y crema chantilly. Una copiosa lluvia de almendras y nueces coronan la superestructura. ¡Señoras y señores, el postre helado está servido! Aguarda su turno para ser analizado por los cinco jurados del 4º Campeonato Nacional de Helado Artesanal, en Costa Salguero. "Este es un momento de pura adrenalina, espero les guste a los jueces", anhela Marcos Salinas, curtido maestro heladero nacido en Misiones, con más de 30 años en el gélido gremio. Cuando los asistentes mutilan su obra, una gota de sudor frío corre por su frente. "Fueron más de cuatro horas de trabajo sin respiro. La clave es estar atento al mínimo detalle. Y también hay algunos truquitos, pero ni sueñe que se los voy a revelar. Para serle franco, el sambayón es mi arma secreta", confiesa Salinas, mientras las entrañas de su manjar ya son escrutadas con ojo profesional.
Es ley, la comida entra primero por los ojos. Los jueces dedican eternos segundos a reflexionar sobre el corte, la combinación de tonalidades y las capas geológicas de la torta. Toman apuntes en sus cuadernos, alguno retrata el pastel con su tablet. Aunque son conscientes de que lo esencial es invisible a los ojos. Se lanzan entonces, cuchara en mano, sobre las jugosas porciones que comienzan a derretirse en los platos. "Tengo en cuenta la sensación de frío, la textura, que un sabor no se ensucie con otro. Pero también el trabajo en equipo. Va a estar peleada la definición. ¡Este está riquísimo!", dice el juez Pablo Manoff en un alto de su golosa faena. A unos pocos pasos, Salinas recibe un cálido aplauso de la famélica platea.
Fatto in casa 
"Sin dudarlo, puedo decirle que Argentina está en el podio del helado, junto a Italia y Alemania. Los tanos trajeron este arte y nosotros le sumamos la calidad de la materia prima. Somos un país bendecido en ese rubro", asegura Maximiliano Macarrone, capitán y figura descollante del team nacional. Es heladero desde la cuna. Su papá, Francisco, dejó Calabria y las penurias económicas de la posguerra cuando solo tenía seis años. Se instaló en el oeste del Conubano, en Ramos Mejía. A los 18 empezó a trabajar en la mítica Gelateria Due, donde aprendió los secretos de la elaboración y el pulso justo para construir encumbrados cucuruchos. En pocos años conoció los yeites del oficio, se graduó con honores y decidió independizarse. Entonces abrió Los Ciervos, en Liniers. "Ahí empecé a darle una mano a mi viejo. Tenía 11 pirulos. Hoy tengo 44, y no dejo un solo día sin hacer helados", dice con orgullo Macarrone. Hace un par de años arañó la gloria en la Copa Mundial que se celebra en Rimini: "Quedamos a un punto del tercero, con un helado espectacular de palta y lima, y otro, el mejor que hice en mi vida, de arroz con leche. Nos ganaron los tanos." ¿El secreto de su éxito? "El trabajo casero. Es importante que el público tome conciencia de que el nuestro es un helado hecho en casa: sin colorantes ni conservantes. Natural." 
Gabriel Famá preside la Asociación Fabricantes Artesanales de Helados y Afines (Afadhya). Hace cuatro décadas dio sus primeros pasos en el local de su tío, uno de los fundadores de la agrupación. "Llegaba diciembre, terminaban las clases, y el premio por las buenas notas era laburar en la heladería. Era un placer, pero también había que poner el hombro para ayudar a la familia." Afadhya nuclea a más de 2000 productores de Ushuaia a La Quiaca. Famá asegura que el postre helado es una pasión nacional. Los números no lo refutan: los argentinos consumen anualmente más de siete kilos de helado per cápita.
Luego de presentar ante los jueces la armoniosa torta helada "Entre el cielo y la tierra", la felicidad se dibuja en los rostros de Francisco Scime y de su hija Micaela. Ni pasteleros ni artistas, los rosarinos se definen como auténticos artesanos. San Remo, su local enclavado cerca del Parque Independencia, lleva 50 años ganándoles la pelea a las crisis económicas y al apático helado industrial. Con aire proustiano, Francisco viaja en el tiempo y recuerda el sabor de la vainilla que hacía el nonno Antonio: "Yo tenía cinco años. Había todo un cuidado especial que había que tener con las chauchas, los huevos y la olla, mezclarlo con azúcar. No lo puedo borrar de mi mente." En esa época, San Remo ofrecía cinco o seis sabores. Hoy, más de 130. Son pioneros en la variedad de helados de flores: rosas, jazmines y violetas. Antes de despedirse, Micaela abraza a su papá y cuenta que "Entre el cielo y la tierra" es una obra que homenajea a su madre, fallecida en noviembre pasado: "Fue mi maestra. Desde algún lado nos va a seguir inspirando, manteniendo a la famiglia unita." 
Raros y renacentistas 
Más allá del campeonato, el encuentro ofrece la posibilidad de conocer las novedades del tórrido universo del helado. En las decenas de puestos que pueblan el pabellón, los curiosos se empachan con escandalosas cremas y salsas. Para los cuidadosos de la dieta –clara minoría– se ofrecen variedades light. Entre las preferencias posmodernas, se destaca el regreso triunfal de las paletas. "Vivimos una revolución paletera", expresa Stefan Ditzen, uno de sus agitadores, mientras regala coloridas creaciones con formas de Minions y huellas de animales.
Dolores Alfonso y Pablo Renes son dos maestros heladeros que intentan derribar los paradigmas tradicionales. Atraer a un paladar más heterodoxo, incorporando sabores intensos de la cocina. "Estudiamos mucho y se nos ocurrió hacer un helado de choclo, bueno, mejor dicho, de maíz. Es muy común en Centroamérica y a los mexicanos les encanta", asegura Alfonso. También se arriesgaron con un delicioso sorbete de azafrán a la crema. Mientras aguardan los cómputos finales, Pablo advierte: "Los campeonatos son para explorar, salirse de la línea y modernizar en las tendencias. Hoy creo que lo logramos." 
Giancarlo Timballo, juez italiano, aguarda paciente a que se conozca el veredicto con los ganadores. Es oriundo de Udine y creador de la Copa Mundial de Heladerías. Reconoce que la Península Itálica es la meca. Y el Renacimiento, el momento donde ubica la génesis del postre: "En esa época, el arte culinario era una de las máximas expresiones. En las cocinas de aquel tiempo, el heladero ocupaba un rol destacado. Tenía que saber conservar los postres, pero sobre todo se destacaba por su buena mano. Eran verdaderos artistas, como Miguel Ángel o Rafael. En el fondo, todos los heladeros somos renacentistas." 
Finalmente, llega el momento de la verdad. Como alguna vez escribió Jack Kerouac, "ese instante helado en el que todos ven lo que hay en la punta de sus tenedores." El equipo Zucchero, integrado por Martín Ameijenda y Nicolás Mercante, se alza con el galardón mayor. Su obra "Una noche mágica", inspirada en la canción del Mundial '90, se robó los corazones y el paladar del distinguido jurado. Bizcochuelo de almendras con helado de chocolate rubio, pistacho y almendras. Un'avventura in più. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 5 de junio de 2017

Moonwalking

Frank Sinatra, Luciano Pavarotti, Julio Iglesias, Liza Minnelli, el Potro Rodrigo, Morrissey… En un otoñal y poco afiebrado sábado por la noche, el Luna Park suma una nueva estrella a la constelación de astros que han brillado en su escenario: Sergio Cortés. ¿Quién? "El mejor imitador mundial de Michael Jackson, caballero. Bueno, eso es lo que dicen los fans. Yo solo vengo a trabajar, a hacerme mis pesitos. Si es por gustos, a mí me vuelven loca Los Mirlos", asegura María Molina, vendedora callejera, que ofrece a buen precio remeras y pines tatuados con el rostro del artista español. En la esquina de Bouchard y Corrientes, los clientes escasean. Sin embargo, María no baja los brazos… repletos de chucherías. "¡Lleve las vinchas, lleve los posters! ¡Treinta pesitos, nada más, aproveche que quedan pocos!", falsea la mujer frente a un grupito de curiosos. Antes de seguir su deriva hacia Madero, se lamenta: "Poca gente para ver al gallego. Además, no sueltan una moneda. No sabe lo que es esto cuando canta Soy Luna." Para la comerciante, la tórrida jacksonmanía ochentosa ha quedado enterrada en el olvido, como el efímero veranito económico del Plan Austral o el exitoso ciclo televisivo que piloteaba Domingo Di Núbila. 
"Este show es como un viaje en el tiempo. Tengo 15 años y nunca pude ver a Michael en vivo. Tenerlo a Sergio es lo más parecido. Lo vi por internet. ¡El chabón lo hace igual!", se emociona Lucas Pedemonti, un millennial de Villa Domínico. Desde la vereda de enfrente lo mira su papá, Damián, confeso ricotero. La fila de fanáticos marcha con parsimonia hacia la boca del estadio. Antes de seguir a la manada, Lucas acomoda el oscuro fedora que cubre su melena y tira un paso antigravedad: "Estoy calentando un poco. Porque adentro me transformo. Yo también lo imito, creo que tengo algo de Michael, ¿no?"
El rey ha muerto, larga vida al rey 
A las 9 de la noche, el campo y las plateas del Luna empiezan a engordar. Montada en su silla de ruedas, Patricia avanza con decisión por el pasillo hacia la cuarta fila. "Soy fan de Michael, obvio, de la primera época. Fui a todos los recitales en River, año 1993. ¡Me gusta muuucho!", alega la joven abogada nacida y criada en Lanús. La acompaña a sol y sombra su madre Edith, también groupie del líder de los Jackson Five. De aquellas tres funciones en el Monumental, Patricia no puede borrar de su memoria la perfección, el profesionalismo y, sobre todo, la magia que desplegaba Jackson sobre las tablas: "Si tengo que resumirlo en una palabra, conocí el significado de la palabra arte." En esa época, Patricia estudiaba Derecho y los shows cayeron en plena época de parciales. "Llegaba a casa como en éxtasis después de verlo y me ponía a estudiar. Una de las noches se cortó la luz y pasé las horas en vela leyendo los apuntes, estaban como en chino. Al otro día rendí y me fui volando para Núñez. Saqué un 8, con la bendición de Michael." Ni Madonna, ni Guns N'Roses y mucho menos Justin Bieber, para Patricia nunca habrá otro igual. "De alguna manera, Sergio mantiene vivo al rey –postula y se saca una selfie abrazada a su madre y a un poster a todo color del artista–. Y no lo digo solo por su parecido físico y vocal. También tiene una historia de tipo humilde y sacrificado. Por eso Michael lo eligió como el mejor de sus imitadores." 
Entre los puntos más altos de la biografía del doble nacido en Barcelona, sobresalen las jornadas en que fue contratado por el Rey del Pop para despistar a la prensa, cuando contrajo primeras nupcias con Lisa Marie Presley, hija del monarca Elvis. En todas las entrevistas, Cortés se esmera en destacar que conoció a Michael cara a cara. Agrega, siempre, que tuvo que remplazarlo en una presentación para la MTV inglesa. Más allá del currículum, no pocos fans porteños ponen en duda la autenticidad de sus títulos. "Puras fábulas, muchas mentiras. Sergio lo dice para vender entradas. Somos muchos los que pensamos que no está a la altura. Pero igual hoy tenemos que estar, por Michael", espeta Leonardo Blanco, un jovencísimo imitador llegado desde Ramos Mejía. Luce con elegancia chaqueta militar, chupines que le marcan la entrepierna y mocasines impecables al tono. Corona su vestuario con gafas Ray Ban espejadas y melena recién planchada: "Hay una brecha grande cuando pasás de ser simple fanático a imitador. Es todo un proceso: el maquillaje, dejarse el pelo largo. En mi caso, terminé mimetizándome hasta en los gustos. Yo también soy apasionado por las antigüedades, pero puedo comprar poco y nada". Al Maicol bonaerense lo acompaña una docena de amigos, seguidores a ultranza del cantante que vendió más de 750 millones de discos. Mientras posa para la foto con dos rubios imitadores liliputienses, Leo alisa sus mechones una vez más y dispara: "Como Dalí o Picasso, Michael vivía para y por el arte. Su ecosistema era el escenario, y una vez abajo, no podía tener una vida normal. Imagínese, nunca pudo ir a comprar una leche al supermercado."
Tirate un paso 
Para calentar la previa, una banda tributo a los Beatles oriunda de Lanús, The Brothers, toma por asalto el escenario del Luna. La elección de los teloneros parece acertada: Jackson era fan confeso de los "Fab Four", hasta compró los derechos de todas sus canciones. La todavía aletargada audiencia sigue la beatlemanía moviendo las patitas y empachándose con baldes de pochoclo. En el centro de la primera fila, Sebastián Godoy mata la ansiedad taladrando un chicle. Llegó desde Rafael Castillo, ataviado con una campera colorada igualita a la que usaba Michael en el video de "Thriller". Por la ubicación privilegiada tuvo que desembolsar más de 2000 pesos. "Desde acá puedo ver cada paso, sentir cada latido de Sergio, mirarlo cara a cara y descubrir el secreto de sus ojos", dice con aires de poeta el estudiante de danza del IUNA. Antes de que se apaguen las luces, Sebastián reflexiona sobre el legado del Michael original: "De una, su obra seguirá presente por los siglos de los siglos. Pero no solo por lo musical, sino por la forma de crear una estética. En la danza, es un referente inigualable. Fusionó el hip hop, el jazz, el trap… es más grande que Baryshnikov".
Comienza a sonar Carmina Burana y el Luna se viene abajo. Cortés irrumpe en escena con sus cuatro elásticos bailarines y su aceitada banda. Regala pataditas y pasos inverosímiles, en un repertorio estandarizado que no da respiro. Navega sin sobresaltos por toda la discografía de Jackson. Desde la germinal "I Want You Back" hasta la asesina "Beat It", sin olvidar, por supuesto, a "Billie Jean".
Emilio Hernández y su hija Sheila bailan en trance el ritmo de "Black or White" en un pasillo. Mientras agita la pelvis, Emilio se emociona. Por fin pudo sacarse la espina: "Cuando vino Michael en los '90, junté pesito a pesito trabajando en un lavadero de autos. Pero me estafaron con la entrada y tuve que quedarme afuera. Hoy disfruto el doble. ¡Y mirá cómo baila la nena!" Sheila flota sobre el piso y enseguida se lanza en una eterna caminata lunar. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá