domingo, 23 de octubre de 2016

Esos raros peinados nuevos

Sobre la calle La Rioja, a pasitos de la estación Once, hay un salón de belleza que es una auténtica isla caribeña en el gris océano porteño. Son las 4 de la tarde y en la peluquería Rihanna, obviamente, se escucha salsa. “También ponemos bachata, merengue y reggaetón, todos ritmos bien dominicanos”, cuenta Apolinar de Jesús, un curtido barbero con más de 25 años en el rubro pero pocos meses en Buenos Aires. La música ardiente enciende la inspiración del peluquero, dice, y también relaja al cliente. “Así no sale corriendo si no le gusta el peinado”, bromea el hombre nacido y criado en Santo Domingo, la capital del país con más peluqueros por metro cuadrado de la región. “Hay barrios enteros, como el Simón Bolívar y Las Cañitas, donde hay seis o siete salones por cuadra”, describe a esa ciudad estilizada por los profesionales del corte.

“Es bien sencillo el tema, ustedes tienen la carne y el fútbol, y nosotros, los salones de belleza”, compara Apolinar, consultado sobre la célebre fama de los barberos antillanos. “El oficio es hereditario: aprendí a los 15 con mi abuelo Francisco, que tuvo cinco hijos, y tres son peluqueros. Toda una familia dedicada al barbershop”, dice y barre con esmero los montoncitos de pelo diseminados por el piso. Recuerda que a fines de los ’80 empezó a prestar atención a los cortes que lucían sus compañeros de colegio, los primeros valientes que pusieron sus cabezas al servicio del joven estilista. En su casa comenzó a experimentar el filo de la navaja. En el ’92 consiguió su primer trabajo y para el ’96 comandaba su propio salón. Con los años se transformó en un maestro del estilismo. Meses atrás, su primo Juan –que hace siete años abrió el Rihanna en Balvanera– le propuso mudarse a Buenos Aires. Quería abrir la primera escuela de peluquería dominicana de la ciudad y pensó que Apolinar sería el hombre ideal para comandar el cuerpo docente. No se equivocó. El salón-escuela hoy cuenta con 30 aprendices. Todos los domingos se pasan largas horas dándole duro y parejo a las tijeras. El curso completo cuesta 3600 pesos. “Lo que gane, lo quiero ahorrar –confiesa Apolinar– para pagarles un buen estudio a mis hijos, que están en Dominicana. Hoy una joven me preguntó por qué había venido, y le dije que soy de los que creen que a veces hay que migrar para conseguir lo que uno quiere. Por eso el sacrificio”.

Pedrito Abreu, otro miembro del staff, sacrifica 12 horas diarias en el salón. Mientras esculpe con parsimonia una patilla, el corpulento hombre originario de Montecristi, en el norte de la isla, explica que su labor se asemeja a la del psicólogo. Es importante estar atento a la personalidad del cliente, y sobre todo escucharlo: “Así uno se asesora: qué quiere, cómo le gusta, si bien peladito o no tanto. Y ahí nomás, a trabajar”. Su colega Carlos Torres se jacta de no haber recibido jamás una queja. “Es que nosotros estamos a otro nivel”, se ufana, pero reconoce su talón de Aquiles: no tiene paciencia a la hora de atender al público femenino. “El hombre es más ligero, más suave, y uno sabe lo que se le puede ofrecer. La mujer es distinta: más conservadora, pero estética. Y muchas veces complicada”, dice Carlos, mientras mira embelesado un video de Farruko, un reggaetonero puertorriqueño, en el plasma que cuelga en una pared. “Ojo lo que dicen de las mujeres”, los regaña a la distancia Yajaira de Jesús, la encargada de la caja y experta masajeadora capilar. En el salón dicen que sus dedos hacen magia, por solo 30 pesos la faena. “Es un trabajo muy paciente, el relax final, luego del corte”, puntualiza la morena con aires de Buda y melena eléctrica, y luego convida una porción de la bandera, el plato emblema dominicano que combina en partes desiguales arroz, habichuelas y carne. “Ya lo ve, esto es una gran familia –cierra Yajaira–, y eso ayuda a no extrañar tanto. Vienen los paisanos, charlean. Falta un poco el calor, pero ya llegó la primavera. Hay más trabajo”.

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Al poeta Washington Cucurto le gusta decir que América Latina empieza en Once y en Constitución. En las últimas décadas, los trabajadores que llegaron desde los países más castigados del continente ayudaron a trazar otra cartografía porteña, menos europea, más morena y multicultural. Restaurantes peruanos, locales de ropa atendidos por sapientes cholas bolivianas y puestos ambulantes de chiperas paraguayas pueblan el nuevo mapa de la ciudad de la furia. Según los datos del último censo, en Capital Federal hay 381.778 extranjeros, lo que representa el 13% de la población. Los migrantes de países limítrofes son mayoría. Sin embargo, los llegados desde el resto de América, donde se destaca la colectividad dominicana, alcanzan casi el 8% del total.

Yeury Vladimir Batista, empleado del local Mi Tierra, en Estados Unidos al 1300, calcula que entre Independencia y Garay hay más de 30 peluquerías atendidas por sus paisanos. Tiene 23 años, una nena de dos y hace seis que llegó desde Azua, la “Atenas dominicana”, al sur de la isla. Una de las primeras ciudades fundadas por los europeos en el Nuevo Mundo. Ahora también vive en el sur, en Lanús. Todos los días surca la ciudad en el 31 para llegar al trabajo.

“Se está usando mucho el degradé, tipo militar americano, que es un corte que viene de la Segunda Guerra Mundial. Bien rapado abajo, y cortito arriba en el penacho. También se puede hacer un buen desmechado con tijera”, dice Yeury, se quita la gorra que tiene tatuado en letras doradas Beverly Hills y luce su brillante peinado a la moda. Sueña con hacerle un corte especial a Cristiano Ronaldo, y se prepara para el gran día tallando las cabezas de dos jugadores locales: uno de la reserva de Independiente y otro de Argentinos Juniors. Extraña a su mamá, la playa y sus amigos. También comerse un buen sancocho frente al río. Para trabajar esta tarde en Constitución elige “He vuelto”, un tema del salsero Willie González. Yeury suspira, cierra los ojos, regresa por un instante a su isla y recita: “He vuelto / después de tanto tiempo, / detrás de tantos sueños / gigantes, pequeños, encima del amor”.

Tarde en el Abasto

El aire tórrido de los secadores de pelo empieza a calentar la primavera en el salón Corte Latino, sobre la calle Gallo, pleno Abasto. En la puerta se abrazan una bandera dominicana y otra argentina, como símbolo de hermandad. La variopinta platea de clientes espera su turno en un sillón. En los parlantes suena la voz del empalagoso Romeo Santos. “Acá vienen argentinos, peruanos, colombianos, de todos lados”, resalta Edwin Álvarez, un jovencísimo estilista de trenzas y sonrisa luminosa. De día, rinde examen en el salón de la peluquería; de noche, en el Comercial Nº 25, donde está terminando la secundaria. “Yo creo que el argentino es matraquilloso y detallista con el corte”, agrega Juan Mendoza, el cubano que devuelve con elegancia las estocadas socarronas de sus compañeros. Destaca que en La Habana hay muy buenos peluqueros. Desde sus rincones, los dominicanos Luis y Wander le gritan que no mienta más “porque le va a crecer la nariz”.

Wander es el artista de la pandilla. Un Dalí caribeño que usa la navaja como un pincel. Hace diseños exclusivos y tinturas. Sus obras cuestan unos 200 pesos. Dice que cuando empezó esta moda, se usaba el corte taza, los clientes dejaban hacer y se iban contentos. Ahora son más exigentes. Antes de continuar con el tallado de un tribal sobre la nuca de un cliente, Wander se mira fijo en el espejo y lanza una recomendación para todos los caballeros que esperan su turno: “Nunca en la vida se dejen cortar el pelo por sus novias. Cortan, dicen que estás bonito, pero en realidad te hacen cualquier cosa, para que no te miren otras en la calle. Te dejan más feo que el diablo”.

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