domingo, 20 de mayo de 2018

Muchacha mapunkie

En el camino se aprende. Atahualpa Yupanqui decía que cuanto más largo es el camino, más hondas son las lecciones. En el principio de Una excursión a los mapunkies, primer libro de la periodista, documentalista y poeta Agustina Paz Frontera, hay un viaje. Un periplo con ribetes académicos que se propone visibilizar las problemáticas contemporáneas de los mapuche (así en singular, porque che es sustantivo colectivo). ¿El punto de partida? Los medios de comunicación alternativos y las expresiones culturales de los mapuche urbanos: los “mapurbes”, como los llama el poeta santiaguino David Aniñir. Radios, publicaciones alternativas, murales, festivales de hip hop y punk que sirven como plataforma identitaria de las comunidades originarias que habitan el sur de la Argentina y Chile. “En enero de 2007 escuchar aquello de mapuche rapeando me parecía tan raro, una hibridación hermosa, una cosa cultural que fraternizaba y sonorizaba a medio mundo”, cuenta Frontera al comienzo del libro.
Con el pasar de los días, y las peripecias que regala la errancia por Neuquén Capital, San Martín de los Andes, Villarrica, Likan Ray, Temuco, Los Sauces y Santiago, la inicial pesquisa académica deviene en una travesía iniciática alla beatnik, con aires que también remiten a la legendaria excursión decimonónica de Lucio V. Mansilla. La cronista winka (blanca) “empieza a abandonar su cara de frígida que escruta identidades censalmente” y comienza a sentir que “merecía, lo sabía y me lo decía para adentro, que me tomaran como cautiva y cenaran mis caderas esa misma noche.” De repente, las fronteras entre lo individual y lo colectivo se borran en festejos comunitarios, rimas en mapuzungún y la resistencia originaria que se grita a viva voz: ¡¡marichiwew!! (diez veces venceremos).
La pregunta por la identidad flota en varios de los siete capítulos del libro: “Una identidad no es excluyente a la otra –arriesga Frontera–. Se pude ser mapuche y hiphopero y ser tan mapuche como uno que es mapuche y punk. Se puede ser hombre y mujer y ser tan hombre como un varón, ser nerd y valiente, ser rico y pobre, peronista de derecha y de izquierda, ilustrada y con mal gusto, gorda y linda, soberana y esclava.” Ante todo la hibridez, la mezcla como estrategia de resistencia. 
Etnografía ficcionalizada, crónica rutera de alto vuelo e investigación (no)académica. Una obra reeditada por el esfuerzo de Editorial Madreselva, Inerme, Tren en Movimiento y Alcohol y Fotocopias, con el contexto del conflicto en el sur y la represión estatal que provocó las muertes de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, y llevó el “conflicto mapuche” a la agenda política y mediática.
Una excursión a los mapunkies es un libro que narra un desplazamiento por la corteza de Wallmapu y, a la vez, un viaje al interior de una cronista. Un periplo del cual, inevitablemente, volverá transformada, convertida en otra. La vida en el camino es así.
Publicado en Tiempo Argentino, por acá.

Grandes valores

Rolo Quintana brilla en el universo del espectáculo argentino como una estrella distante: "Tengo un carrerón, querido. Imaginate que debuté de muy pibe, a los cinco años. ¡Fui niño prodigio! Hice mucho cine y televisión", saca chapa el caballero de gafas ahumadas –que por coquetería evita revelar su edad– mientras almuerza pollo a la plancha con ensalada de zanahoria, en el comedor de la Casa del Teatro. Hizo gala de sus dotes actorales en films de la edad de oro del cine nacional, como La cuna vacía y Toscanito y los detectives. "Ojo que también canté mucho y pude hacer giras por toda América Latina. Siempre buscando. También fui comerciante: vendí antigüedades y hasta tuve un restaurante, pero no terminó bien esa historia". Enseguida, el actor narra un drama de enredos económicos ambientado en el país del 2001, que titula con ironía: "Bueno para la actuación y malo para los negocios". Los problemas financieros lo dejaron fuera de escena, pero nunca bajó los brazos y mucho menos perdió la pinta. Hace unos años, todavía en la mala, Quintana halló reparo en la Casa del Teatro: "Acá encontré una cama, contención y muchos amigos, mis pares". Cada tanto, entre café y guitarreadas, rememora con sus compañeros de pensión el sano vicio del canto, y el de los aplausos: "Acá conocemos la magia del escenario. Y es imposible olvidar la pasión del público, te llena el alma". 
El "bailaor" Fernando Ortega es otro de los 35 artistas que comparten el techo de la institución fundada en 1938 para asistir a antiguos laburantes del espectáculo. Con Quintana son amigos hace más de cuatro décadas: comparten mesa puntualmente todos los almuerzos. Durante más de medio siglo en el gremio del flamenco, Ortega le sacó viruta a miles de escenarios. Bailó con todas y todos, hasta para la más grande, Lola Flores, "la faraona". El recitado y sus pies siempre le dieron de comer. Ahora, con 72 pirulos bien llevados, está retirado. "Acá encontré mi oasis –dice–. Me he pasado la vida dando patadas. Este es el momento del reposo del guerrero, con mis amigos, el broche perfecto de mi carrera. ¡Y olé!".
Linda conducción      
Hace un año y monedas, la actriz Linda Peretz decidió encarar un desafío íntimamente conectado con su amor por la actuación. "Quería ayudar a mis colegas, ese es mi tikún, como dice la Cábala. Cuidarlos y darles calidad de vida a los que están grandes y necesitados pero que todavía tienen mucho para dar. Creo que el destino me trajo a este lugar", asevera la presidenta de la Casa del Teatro, custodiada en su despacho por una antiquísima biblioteca y varios retratos de sus antecesores en el cargo. A su derecha, una foto de época de Regina Pacini, esposa de Marcelo Torcuato de Alvear y madre fundadora de la mutual sin fines de lucro. 
Apasionada por las artes, la Pacini impulsó la creación del albergue de artistas jubilados con necesidades económicas y habitacionales en los años '20, durante la presidencia de su marido, miembro del ala "galerita" de la UCR. Pacini era cantante lírica –soprano ligera para ser más precisos– y se inspiró en la Casa de Reposo Verdi, de Milán, fundada por su admirado Giuseppe. La sede de la avenida Santa Fe 1243, ejemplo máximo del art-decó en estos pagos, fue obra del arquitecto Alejandro Virasoro: un rascacielos de diez pisos coronado con una pirámide de aires mayas. Abrió sus puertas recién en 1938 y en sus habitaciones vivieron desde la vedette Carmen Lamas hasta el cineasta Luis Moglia Barth, director de Tango, el primer film sonoro nacional. 
Peretz respira hondo, mira el retrato de Regina, luego el de Eva Franco –otra expresidenta– y suspira: "Muchas mujeres fuertes e imaginativas estuvieron en este lugar. A veces les hablo, les pido disculpas por no estar a su altura. Pero también les digo que no me voy a rendir".
Es que la realidad económica del pensionado no es un cuento de hadas desde hace tiempo. Las necesidades básicas de los huéspedes, las tarifas y otros gastos corrientes se solventan con el aporte de Argentores, SAGAI, el alquiler del Teatro Regina, generosos donantes anónimos y escuálidos subsidios estatales. No alcanza. Desde el año pasado sumaron ingresos por la boutique permanente, en la planta baja, que ofrece a precios accesibles prendas donadas por estrellas de la talla de Cecilia Roth, Natalia Oreiro o la señora Mirtha Legrand de Tinayre.
Peretz no está sola. La apoya una docena de trabajadores que son el motor de la casa. Como Horacio, el sapiente jefe de cocina que busca precio y calidad para estirar el presupuesto. O Rosita Escalada, la infatigable enfermera que hace 30 años asiste a los actores: "Estamos muy atentos a la salud, pero imagínese que son todos artistas y algunos siguen trabajando cada tanto. Les gusta verse bien, preguntan cómo les queda la ropa o el maquillaje. La belleza no tiene edad".
Viejos son los trapos 
Agustín Busefi es un dramaturgo de raza. Tiene 80 años –50 como socio de Argentores– y 32 obras estrenadas. Sigue escribiendo, dirigiendo y actuando con la pasión del primer día. Comparte habitación con su esposa y musa, la actriz Analía Caviglia. Las fotos de Enrique Santos Discépolo, Tita Merello y la santa Evita decoran su cuarto. "Nunca dejamos de actuar y estamos comprometidos con el teatro popular y social", aseguran a coro mientras toman un cafecito en el comedor. En unas semanas, tienen funciones en Mar del Plata y Rosario: "Si el artista no se mueve, no tiene repercusión, no come –sentencia Busefi–. Son tiempos de poco laburo y hay que seguir peleándola". 
En otra mesa almuerza el decano del hogar, el rosarino Juan Miguel Castillo, 92 abriles, un renacentista que exploró la actuación, los títeres, la crítica y hasta el diseño, siempre defendiendo las banderas del teatro independiente. "Bien de izquierda –deja en claro Castillo–. Creo que las personas mayores tenemos mucho para aportar y cambiar la realidad. Somos los sabios de la tribu".
La mesa de las damas del tango la ocupan Zulma Durán y la elegante Nelly Vázquez, ataviada con un tapado de piel digno de su pedigrí de diva. Nelly puso su voz a las órdenes de las grandes orquestas porteñas: Pugliese, Mores, Piazzolla y el gordo Troilo cayeron rendidos ante su canto. Con 81 años sobre el lomo, dice pícara que todavía se siente una simple piba del barrio. Las chicas confiesan que, a veces, sienten nostalgia de sus años mozos. Pero no es para tanto. Hace unos meses volvieron al ruedo sobre las tablas del Regina. Cuatro lunes con localidades agotadas.
Antes de la siesta y de que baje el telón del mediodía, Nelly entona para los comensales unos versos del tango que le cambió la vida, "Madreselva". Dice más o menos así: "Vieja pared del arrabal, / tu sombra fue mi compañera. / De mi niñez sin esplendor / la amiga fue tu madreselva…" La premian con un cerrado aplauso y los ojos de Nelly brillan una vez más. Como las estrellas de la noche porteña. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

domingo, 13 de mayo de 2018

El gran escape

La tarde en Recoleta obliga a hacer magia para escapar de los baldazos de agua que caen del cielo. Pero de repente, ¡abracadabra! Los hechiceros afiches de la muestra "Houdini, las leyes del asombro" que tapizan las puertas de la Fundación Telefónica son como una señal para gambetear el diluvio, una vía de escape digna del ilusionista más célebre de la historia. La entrada es gratis; la salida, vemos…
Genio y figura para muchos, para otros un simple embaucador, no hay dudas de que Harry Houdini marcó un antes y un después en el arte de la magia, y también en el concepto de espectáculo, moderno y masivo.
Houdini fue un showman superstar avant la lettre que se valió de las ciencias duras, el racionalismo, la tecnología, el marketing y los medios de comunicación para montar su vida y obra. También su leyenda –pese a que combatió a destajo el espiritismo–, que a 91 años de su muerte lo sobrevive hasta nuestros días. "Los tres nombres más importantes de la historia son Jesucristo, Sherlock Holmes y Houdini", arriesgó alguna vez George Bernard Shaw.
"Como Julio Verne o Nikola Tesla, personalidades que rescatamos en exposiciones anteriores, Houdini era un adelantado, un hombre que se anticipó a la modernidad. Trabajaba con ingenieros, con lo que hoy llamamos neurociencia y también aprovechó los avances tecnológicos, por eso rescatamos su figura de innovador", dice Gustavo Blanco García Ordas, gerente de la fundación, sobre la muestra que ya tuvo convocantes ediciones en España y Perú. Asegura que los fans del escapismo pueden acercarse tranquilos: se respetan los códigos y no se develan los trucos. La magia sigue intacta. 
La fuga como arte  
Erich Weiss –el mortal que se convertiría en Harry Houdini– nació en 1874 en Budapest. Era uno de los ocho hijos de una humilde familia judía. La tierra prometida la encontraron en Wisconsin. Cuenta la leyenda que de niño, Harry fue a ver con su hermano Theo un espectáculo de escapismo, que encontró hosco, torpe, aburrido; y que al volver a su casa se envolvió en cadenas y candados. Lo anotó todo en su diario. Ese día nació una estrella. 
A los 12 años se conchabó en un circo ambulante y comenzó a aprender diversos gajes del oficio: desde el contorsionismo hasta los secretos de las barajas, sin olvidar la acrobacia y, sobre todo, a esculpir su presencia escénica. Las horas de pesas y natación lo ayudaron a construir esa pose desafiante, que quedó inmortalizada en afiches de principios del 1900. Algunos pueden apreciarse en la exposición. En paños menores –slip ilustrado con las banderas británica y estadounidense–, de pecho erguido y músculos generosos, Houdini siempre supo cómo vender sus atributos ante el gran público. Indiscutible "padre del marketing antes del marketing", asevera la guía durante el paseo por el salón principal.
Organizada en cuatro núcleos, la muestra no se agota en la figura de Houdini. También permite desandar la historia de la magia moderna, con carteles de otros magos famosos, fotografías y videos que narran la belle époque del ilusionismo. La Argentina no escapó a aquel embrujo. Una vitrina con objetos aportados por el mago y coleccionista Alex Nebur y el Museo de la Ciudad exhibe libros de prestidigitación, cartas marcadas, galeras, copas y varitas mágicas de factura nacional. Las cajas en las que el afamado Fu-Manchú "fileteaba" a sus asistentes en sus shows porteños es la postal que eterniza el público en sus smarthphones.
"Escape, lo que creen tus ojos" es el plato fuerte de la exposición: una jaula, no recomendada para claustrofóbicos, de la cual Houdini hubiera escapado sin transpirar. No muy lejos cuelga una réplica del chaleco de fuerza que el mago usaba en sus trucos acuáticos. No es difícil imaginar los desmayos en la audiencia mientras el escapista contenía la respiración durante eternos minutos. La frase de Samuel Johnson tatuada en un cartel aclara los tantos: "El asombro es el efecto de la novedad sobre la ignorancia".
Para dejar la muestra no hay que ser demasiado ducho en el arte de la fuga. Las escaleras, bien señalizadas, indican el camino de salida. «
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domingo, 6 de mayo de 2018

Fumando espero

Fumar marihuana es un placer. "Pero también un derecho. Por eso vine, para defender mis libertades individuales, que están garantizadas en el artículo 19 de la Constitución", explica, Carta Magna en mano, Sergio, cannavicultor de la zona sur del Conurbano, minutos antes de que arranque hacia el Congreso la caravana porteña de la Marcha Mundial de la Marihuana. En el gris atardecer porteño, el pedido de libertad se transformó en una demanda urgente, festiva y sobre todo masiva, resumida en varias banderas y carteles hechos a mano: "¡Legalícenla!".
Desde 1999, el primer sábado de mayo se alza la voz en forma de grito global. Este año, la Argentina se sumó al reclamo en 20 ciudades, con adhesión de diferentes agrupaciones políticas y sociales.
A las 4:30, los alrededores de la tapiada Plaza de Mayo están repletos de pibes, pibas y familias. Miles de personas que se acercaron para marchar hacia el Palacio Legislativo, por una senda perfumada por el humo dulce de los porros. También el que convidan los puestos de paty y choripán.
Será cuestión de derechos. Así lo entienden los que reclaman por la legalización y para que se ponga fin a la persecución que sufren consumidores y cultivadores. Una de las agrupaciones organizadoras es el joven FOCA (Frente de Organizaciones Cannábicas Argentina), nacido en marzo de 2017, luego de que Adriana Funaro fuera detenida. Su historia es conocida. Ese año, Funaro tuvo una segunda denuncia de un vecino, que por la medianera veía crecer plantas de marihuana en su jardín. Funaro fumaba porro por gusto personal, pero por una patología que le detectaron, había comenzado a consumir el aceite de cannabis con fines medicinales y a autocultivar. "Somos perejiles del sistema –explica la activista-. Pero tenemos que dejar de ser tibios y exigir nuestro derecho."
Las actividades comenzaron al mediodía. Participaron unas 150 mil personas. Cerca del escenario montado frente al Cabildo, se instalaron decenas de puestos dedicados a la venta de productos relacionados con la cultura cannábica. Desde pipas hasta papel de armar, sin olvidar las remeras tatuadas con la icónica hojita, posters y hasta bolsas de abono.  
La palabra tuvo su espacio arriba y abajo del escenario. En el puesto de Mamá Cultiva, Karina predica sobre el autocultivo y los beneficios medicinales del aceite de cannabis. Su hija sufre una parálisis cerebral y gracias al aceite mejoró: "Ahora hay más conciencia de los beneficios que brinda el cannabis. Sigue estando el tabú, pero cada vez se acerca más gente a nuestros talleres".
Nicolás Breg, integrante de la agrupación Jardín del Unicornio, explica: "Cuando analizamos la regulación de una planta hablamos de lo medicinal, pero también del uso espiritual y recreativo. Queremos discutir las consecuencias de estas políticas prohibicionistas porque a pesar de la Ley 27.350, hoy nos sigue vulnerando". La penalización y la criminalización sumados a la clandestinidad son un problema sin salida. "La reforma de políticas de drogas no tienen que ver sólo con lo penal. La guerra contra las drogas, sobre todo en América Latina, es una visión abstencionista, represiva, prohibicionista del uso del cannabis que sólo generó más muertes", asevera Ana Florencia Sclani Horrac, integrante de Mujeres y Cannabis en Argentina.
En la esquina de Avenida de Mayo y Lima, Charly hace un alto en la caminata y se toma cinco minutos para disfrutar el primer porro de la tarde. Fuma desde los 14, hoy tiene 75. El artista plástico, nacido y criado en Lanús, lleva con orgullo sus seis décadas en el gremio cannábico: "Es toda una elección de vida. Si me pregunta por qué fumo, no lo dudo. Porque estamos en el camino del bien, de la libertad". «
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martes, 1 de mayo de 2018

Lamento boliviano

A pocas cuadras del Mercado de las Brujas de la ciudad de La Paz, en una empinada cuesta de la urbe sede de gobierno boliviana, una plaza rinde justo homenaje a un luchador popular. Un espacio urbano del barrio de Gran Poder, que tatúa la memoria de las luchas del pueblo boliviano, encarnadas en la figura de Marcelo Quiroga Santa Cruz, el escritor y militante socialista secuestrado durante las sangrienta narcodictadura comandada por el general Luis García Meza, a principios de los años ochenta. 
El dictador murió este domingo a los 88 años y se llevó a su tumba valiosa información sobre el destino de los restos del político cochabambino, asesinado en el contexto del Plan Cóndor. 
El escritor Adolfo Cáceres Romero alguna vez afirmó que la vida de Quiroga Santa Cruz fue “un modelo de virtudes y sacrificio” para todos los bolivianos. Quizá por esto, y por mucho más, su legado está más vivo que nunca en la actualidad política y cultural del país andino-amazónico que gobierna Evo Morales. Esta es parte de su historia. 
El deshabitado
Marcelo Quiroga Santa Cruz nació el 13 de marzo del año 1931, en el seno de una familia acomodada de la ciudad de Cochabamba. De infancia y adolescencia trashumante, el joven Marcelo estudió Derecho en Santiago de Chile, y Filosofía y Letras en La Universidad Mayor de San Andrés, en las alturas paceñas. Para la década del cincuenta, comenzó a ganarse el pan dando clases de literatura, atendiendo los negocios familiares y también haciendo sus primeras armas como periodista. 
Es en un espacio imaginario bastante parecido a su natal Cochabamba, la "Llajta", donde Quiroga Santa Cruz ambienta su primera novela, Los deshabitados (1959). Premiada en 1962 por la Fundación William Faulkner con el galardón a la mejor novela iberoamericana, Los deshabitados tiene a la revolución minera-obrera-campesina que se había instaurado en Bolivia el 9 de abril de 1952 como inevitable trasfondo, no político, sino ético y moral. 
Cuando le preguntaban sobre la esencia de su primer libro, Quiroga Santa Cruz explicaba que había sido escrito “como no debe escribirse nunca un libro: es casi una secreción; comenzó a vivir bajo la forma de una extraña sensación de melancolía”. Elogiada por Borges y García Márquez, Los deshabitados es una novela que pinta un fresco demoledor de una sociedad rural, feudal y asfixiantemente clerical. Una ciudad de provincia donde “cada vez se instalaban más fábricas”. En la novela, Fernando Ducrot –alter ego del escritor– debate su vida entre la exasperante necesidad de plasmar sus ideas en el papel en blanco y las discusiones existenciales con un viejo y sabio párroco franciscano. Los dilemas éticos y espirituales sobre la labor del intelectual y su compromiso social parecen no tener remedio en Los deshabitados. De alguna manera, el libro cobija la semilla del compromiso con los sectores populares que Quiroga Santa Cruz encarnaría durante el resto de su vida.
Oleocracia o patria 
Pocos años después, el escritor dejó la ficción (su segunda novela Otra vez marzo se publicó recién en 1990) y dedicó su vida a la política. Las ideas socialistas y la Revolución Cubana fueron las primeras brisas de un huracán ético que modificó el destino político que unían al joven Marcelo con los ideales de las familias patricias de Cochabamba. En una entrevista durante los años setenta, cuando la periodista Elsa Jascalevich le preguntó cómo se definía ideológicamente, este aseveró sin dudar: "Lo que he realizado y voy a realizar guardará estricta consecuencia con un objetivo final: la sustitución de un régimen de explotación por otro en el que la justicia social sea posible". Durante sus años de juventud, Quiroga Santa Cruz participó activamente en la construcción de la Falange Socialista Boliviana (FSB). Y ya como diputado de la FSB, durante la segunda parte de la década del ’60, presentó cargos contra el general René Barrientos Ortuño (presidente entre 1964-1969), por haber facilitado desde el Ejecutivo, permiso y medios a los agentes de la CIA, para llevar adelante la persecución y el asesinato del Che Guevara en La Higuera.  
Pionero en la lucha por el control de los recursos naturales, Quiroga Santa Cruz logró, desde su cargo en el Ministerio de Energía, la nacionalización en 1969 de los yacimientos petrolíferos controlados por la norteamericana Gulf Oil Company. Para principios de los años setenta, la fundación y dirección del Partido Socialista-1 (PS-1) llevaron a Quiroga Santa Cruz nuevamente a una bancada en el Congreso boliviano. Luchando contra el desarrollo del aparato policial que sometía a Bolivia desde hacía décadas, su nombre comenzó a figurar en las listas negras de los oficiales de las Fuerzas Armadas. El golpe de Estado de 1971, liderado por el general Hugo Banzer Suárez, lo obligaron a un largo exilio. Su primer destino fue Chile, y luego la Argentina. 
Dos libros de ensayos escritos durante esos años -El saqueo de Bolivia (1972) y Oleocracia o patria (1977)- denuncian los negociados entre las élites bolivianas, los gobiernos de facto y las petroleras extranjeras. En el prólogo del monumental ensayo de 1972, Quiroga Santa Cruz escribió: “Siendo costumbre de los escritores dedicar un libro a la persona que inspiró su redacción o en cuyo homenaje se rinde el esfuerzo intelectual, yo quiero que ésta, fruto de una pasión inextinguible por la libertad y la justicia social, le sea dedicada, póstumamente, a los que ya no verán la sociedad liberada de mañana y que ellos contribuyeron a organizar con su generosa sangre”. 
Durante su exilio en la Argentina, Quiroga Santa Cruz colaboró activamente en el diario Noticias y trabajó como docente en la Universidad de Buenos Aires. Perseguido por la Triple A, debió dejar el país y se radicó en el Distrito Federal mexicano. Allí se ganó la vida como profesor de economía política en la UNAM. Por esos años, fue uno de los fundadores del Instituto de Economistas del tercer mundo y participó en Washington como miembro de la delegación latinoamericana en un seminario sobre política Hemisférica; en París, en la Sorbona, del Congreso de Americanistas; y en Caviat en Yugoslavia, en una reunión internacional para el análisis del socialismo científico. 
Su labor como autor de obras de teatro, ensayos políticos, cortometrajes y críticas cinematográficas, además de su trabajo como director de revistas culturales y periódicos, es impresionante. La totalidad de su obra ensayística y literaria, diseminada en folletos clandestinos, colaboraciones periodísticas, libros colectivos e intervenciones en clases universitarias, superaría las 4000 páginas y aún aguardan por una postergada edición definitiva. 
En 1977 Quiroga Santa Cruz pudo retornar a su patria en forma clandestina. Con la caída del banzerismo, volvió  también al ruedo político público. Desde el Congreso impulsó en 1979 un juicio de responsabilidades contra el diminuto dictador oriundo de la tropical Santa Cruz de la Sierra, la “Miami sin mar boliviana”. Pero el juicio no prosperó. 
La narcodictadura 
 La Paz, 17 de julio de 1980. Cerca del mediodía, una patota de paramilitares al mando del coronel Luis Arce Gómez invadió a punta de revólver la sede de la Confederación Obrera Boliviana (COB). En ese edificio del centro paceño, un grupo de sindicalistas, obreros e intelectuales definían acciones para defender al gobierno constitucional de Lidia Gueiler, ante el golpe de Estado que encabezaban las Fuerzas Armadas comandadas por el general Luis García Meza. Las órdenes de los militares eran claras: secuestrar y asesinar al diputado socialista y candidato presidencial Marcelo Quiroga Santa Cruz. 
Una dictadura con aceitados vínculos con otros gobiernos militares de América Latina (en pleno auge del Plan Cóndor), y financiada por capos del narcotráfico, estaba comenzando a dar sus primeros pasos en Bolivia. Pocas semanas antes del golpe, los militares habían asesinado al sacerdote jesuita y periodista Luis Espinal, homenajeado por el Papa Francisco en su visita al país hace pocos años.
García Meza encabezó la junta militar más sanguinaria de la historia de Bolivia. Asesorada por sicarios argentinos, por el ex oficial de la SS y la Gestapo Klaus Barbie, el “Carnicero de Lyon”, y el terrorista neofascista italiano Stefano Delle Chiaie, la narcodictadura desató el terror. Ya en la toma de posesión, el ministro de gobierno Arce Gómez, primo del “Rey de la Cocaína” Roberto Suárez Gómez, advirtió que los opositores al gobierno y los comunistas debían “andar con el testamento bajo el brazo”. 
Quiroga Santa Cruz fue una de sus primeras víctimas. Fue malherido por los paramilitares, cuando salía con las manos en la cabeza de la sede obrera, y luego trasladado al Estado Mayor del Ejército, donde fue asesinado. Tenía 49 años.
Los restos de Quiroga Santa Cruz jamás fueron entregados a sus familiares. “Todo el poder del Estado, respaldado por tanques y metralletas, le teme a un muerto”, denunció por esos días su esposa, la escritora María Cristina Trigo. Pocas semanas después, Julio Cortázar, a quien el escritor cochabambino había conocido en su exilio mexicano, también denunció su desaparición y escribió al respecto que “el poder mata directamente a las voces que luchan contra el conformismos y las críticas cautelosas. Marcelo Quiroga Santa Cruz fue asesinado en Bolivia porque su mera sombra era para los militares golpistas lo que el espectro de Banquo era para la conciencia de Macbeth”. 
Una herida abierta
A principios de la década del ’90, el general García Meza y otros miembros de la narcodictadura fueron condenados a 30 años de prisión en el penal altiplánico de Chonchocoro, sin derecho a indulto, en un juicio de responsabilidades por el asesinato de Quiroga Santa Cruz y otros ciudadanos. Sin embargo, aprovechando diversos vericuetos legales, escapes cinematográficos al exterior o la simple desidia del Estado boliviano, los condenados empezaron a cumplir sus penas en los últimos años. En 2009, durante la jornada en que se ratificó la condena del otrora “Ministro de la Cocaína” Arce Gómez, el vicepresidente Álvaro García Linera expresó: “Hoy no es un día de venganza, sino de justicia. Un día en el que muchas personas nos sentimos congraciados, satisfechos de ver que la justicia tarda pero llega.” 
En marzo del 2015, el dictador García Meza declaró a la prensa que los restos de Quiroga Santa Cruz se encontraban enterrados en una caja de piano en la hacienda San Javier, propiedad del fallecido Banzer Suárez, en el departamento de Santa Cruz de la Sierra. Sin embargo, el dato aportado por el dictador no dio resultados positivos en las pesquisas policiales llevadas adelante en el oriente boliviano. 
El 31 de enero de 2016 la causa tuvo novedades. El prófugo suboficial del Ejército Felipe Froilán Molina Bustamante, alias  “El Killer”, uno de los autores materiales sentenciados por el asesinato de Quiroga Santa Cruz, fue capturado en un barrio de la zona sur de La Paz. Por esos días, en declaraciones al matutino paceño La Razón, José Antonio Quiroga, sobrino del escritor, advirtió: “Esperamos que ahora se pueda reactivar la investigación sobre el destino de los restos de Marcelo. El Killer participó del asesinato y por supuesto que sabe qué es lo que pasó con su cuerpo. Además de Froilán Molina existen otras personas prófugas y el Estado no hace el menor esfuerzo para encontrarlas, y no cumplen su sentencia en la cárcel. Hay un abandono de la indagación.” Para el escritor Sebastián Antezana, nieto de Quiroga Santa Cruz, la captura de El Killer era una buena noticia “que llega vergonzosamente tarde” y enfatizaba que “no es ni un ápice de lo que debería hacer el gobierno de Morales para resolver el caso de desaparición de Marcelo y de todas las demás víctimas de las dictaduras militares que hoy, pese a las fanfarrias y propaganda, siguen postergadas”. 
El dictador García Meza murió este domingo sin aportar datos precisos sobre el destino de los restos del escritor. La búsqueda de verdad y justicia por parte de los familiares continúa. La tumba deshabitada de Marcelo Quiroga Santa Cruz es una herida todavía abierta en la conciencia de los bolivianos. 
Publicado en Tiempo Argentino, por acá

Semillero

Veinte años atrás, Matilde Mendoza armó su primera huerta en la pieza de un conventillo de La Boca: "Tenía las macetas en el balcón. Mientras sacaba las hojitas secas, miraba La Bombonera y me cantaba la hinchada", ríe la señora de 60 años y manos curtidas por la faena agrícola cotidiana. Con sus sabios cuidados, la dama hizo crecer albahaca, apio y cebollitas en los altos de la calle Palos. "Los repartía entre los vecinos, y así reforzábamos las ensaladas que se servían en la pensión". 
Matilde proviene de una familia de laboriosos campesinos de Amambay, en Paraguay, que buscaron labrarse un futuro en la Argentina: "Llevo la agricultura en la sangre. Mis padres vivían de la tierra. Teníamos mandioca, maíz, arroz… todo crecía fácil allá. Tener una huerta en la ciudad es distinto, pero no imposible". 
Cuango se mudó a General Pacheco, Matilde cumplió el sueño del "pedacito de tierra" propio. ¡Casi 20 metros cuadrados! Allí dio a luz a su segunda huerta urbana: "No fue tan fácil, es una zona muy húmeda, con mucho insecto. Por eso me empecé a capacitar, a aprender técnicas". Hace una década se acercó a los talleres del Pro Huerta –el programa del INTA y el Ministerio de Desarrollo Social que promueve las prácticas agroecológicas para el autoabastecimiento y la educación alimentaria– y descubrió nuevos horizontes verdes. Hoy es promotora del programa, da clases magistrales sobre suelos y los cuidados esenciales de frutas y hortalizas.
"Amo las plantas", resume Matilde y acaricia con dulzura de abuela los plantines de paico, menta y peperina que trajo desde su parcela para intercambiar en la feria de huerteros y vecinos montada en la Estación Fluvial de Tigre. "De mi huerta aprendí que se puede comer rico, sano y gratis –se despide–, sólo hay que invertir algo que para muchos es escaso. Plata, no. Tiempo y dedicación".
Comemos como vivimos
El ingeniero agrónomo Claudio Leveratto, del INTA, es uno de los pilares históricos de la feria. Cuenta que dedicó toda su vida a la agroecología, una forma particular de producir, de comer, de encarar la existencia. "Esta feria se hace dos veces al año con el apoyo del municipio de Tigre, pero también funciona en otros puntos del país. Se intercambian las semillas, los plantines y los gajitos que tenemos en casa. Nos enfocamos en la huerta, pero los vecinos también traen aromáticas, ornamentales, lo que tengan. La consigna es compartir: puro trueque, nada de plata. Todos tenemos algo para intercambiar", asegura Leveratto, mientras recorre los puestos florecientes.
Ante un escenario donde reinan el monocultivo como política hegemónica, los agrotóxicos, los alimentos poco saludables y las tristes estadísticas del hambre, hay productores, pequeños campesinos, familias y profesionales que no bajan los brazos: "Nosotros no encajamos en ese paradigma –apunta Leveratto–. Buscamos desmitificar que sea imposible producir sin veneno, sin químicos. También que la agroecología sólo se pueda hacer en pequeña escala. Pueden decir que esto es una utopía, pero la hacemos real con nuestro trabajo cotidiano".  
Tomate con gusto a tomate, lechuga con gusto a lechuga... "Quizá mucha gente desconoce estos sabores. Producir tu alimento no sólo es sano, también es sabroso", explica el ingeniero Víctor Groppa, y regala semillas de tomate amarillo, rojo y negro. Su compromiso con la agroecología se produjo tras la muerte de su esposa, víctima de cáncer: "Muchas veces lo produce la contaminación. Me propuse motivar a la gente a cambiar de alimentación. Una huerta se puede hacer en la terraza, el patio, hasta en la vereda. Si los costados de la Panamericana fueran una inmensa huerta, el hambre no sería un problema".
Sobre el improvisado escenario, Palmito y el Ejército Chapatista de Resistencia Estomacal se despachan con un menú de odas a la buena alimentación. En su puesto repleto de plantines de acelga, ciboulette y romero, Cintia cuenta que milita en una huerta social en el barrio Las Tunas, que da de comer a decenas de familias y comedores. "La huerta genera vínculos entre los vecinos. Las plantas son seres vivos que cuidamos y vemos crecer, que nos unen en comunidad".
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lunes, 23 de abril de 2018

Hotel Gondolín

Mientras cuelga una toalla en el pulmón donde respira el Hotel Gondolín, Yoko dice que tiene un sueño, un propósito en la vida: "Tener mi salón de belleza y estar siempre así de regia", bromea la jujeña y deja ver una sonrisa blanca como salar del Altiplano.
Yoko mira una vez más el cielo limpio de otoño que techa el patio y cuenta que hace tres años dejó atrás su Ledesma natal, harta del abuso, los calabozos y el garrote fácil de la policía: "En el norte hay mucha discriminación. No hay respeto y no se puede trabajar en paz. Lo que yo quería era libertad y acá estoy, libre". En Buenos Aires no tenía parientes ni conocidos, mucho menos un techo para pasar la primera noche. Entonces siguió el consejo que le habían dado unas sabias colegas comprovincianas y se vino directo a la pensión enclavada en Villa Crespo: "Llegué con una mano adelante y otra atrás, pero en el 'Gondo' me abrieron las puertas. Acá encontré una cama, también muchas amigas, pero sobre todo una familia". 
La historia de Yoko no es demasiado distinta a la de las otras más de 40 chicas trans que autogestionan el edificio de la calle Aráoz al 900. Un hotel que desde hace casi dos décadas da amparo a las travestis que llegan del interior con el sueño de forjarse un futuro en la gran ciudad. 
La toma
A mediados de los '90, el Gondolín era una pensión muy venida a menos que rentaba piezas a familias de billeteras flacas. También a muchas trans que se ganaban la vida haciendo la calle en las zonas rojas de Godoy Cruz y los bosques de Palermo. La psicóloga social y activista Marlene Wayar recuerda que "entre todo el inquilinato paupérrimo de aquel tiempo, el hotel era uno de los más abusivos con las travestis". Por una renta digna de un petit hôtel de Barrio Norte, el dueño brindaba un servicio de mazmorra: caños rotos, baños pestilentes, cables eléctricos corroídos, suciedad generosa y las ratas como compañeras indeseables. Una auténtica pocilga. 
Zoe puede dar fe de las penurias de antaño. Dejó Salta en los primeros años del menemato y aterrizó de urgencia en el Gondolín: "En un principio era un hotel familiar, pero el dueño empezó a alquilarnos a nosotras porque era más negocio. El trabajo en la calle deja plata por día. Por eso nos cobraba el doble, el triple… Era un desastre: no había cocina, no funcionaban los baños, un peligro todo. Con las compañeras nos fuimos empoderando y un día dijimos basta".
Se decidieron a hacer la denuncia y al tiempo cayó una inspección, que constató las nefastas condiciones habitacionales del local: "Fue clausurado, pero nosotras quedamos adentro –agrega Zoe–. Lo tomamos en forma pacífica, porque era nuestro hogar. Y además, ¿adónde íbamos a ir?". Pese a que una orden judicial amparaba su permanencia, un día el dueño apareció con aires de patrón de estancia e intentó recuperar sus dominios. Las chicas no cedieron y el hombre huyó derrotado entre abucheos y una lluvia de basura y yerba mate, en una escena que parecía sacada de una crónica del chileno Pedro Lemebel. 
Nunca más regresó, pero dejó sus deudas: "Para hacerle una idea –ejemplifica Zoe–, el año pasado pagamos más de 40 mil pesos que el tipo adeudaba de ABL". Hace un tiempo, los familiares del antiguo propietario volvieron a la carga con una demanda de desalojo. Pero eso no apichona a las habitantes del Gondolín. Ellas se juramentaron no bajar los brazos. Como demuestra su historia.
Asamblea general
¿Y cómo se maneja un hotel? La respuesta fue colectiva: la autogestión. Decidieron organizarse y pusieron manos a la obra en la administración del Gondolín. Redactaron un código de convivencia, que marcaba faenas, normas de limpieza y de armonía. Pero no todo fue color de rosa. Atravesaron años difíciles, oscuros, a la sombra de la pasta base y otros males de la miseria: "Yo llegué en 2010, y la primera noche en el Gondo me dio miedo. Era un bardo en aquella época. Por suerte lo fuimos cambiando", asevera Valentina, salteña con ojos de cielo de los valles calchaquíes. 
El hotel funciona hace tres años como una asociación civil. Tiene cuatro pisos, tres cocinas, tres baños y unas 20 habitaciones. En cada pieza hay espacio para cuatro huéspedes. Llegan chicas de todas las provincias. El alquiler varía de acuerdo a los gastos generales: el mes pasado arañó los $ 1100. Muchas veces, a la recién llegada se le da crédito para que pueda juntar sus primeros pesos y así enfrentar la nueva vida en la Capital. "Si fuera por el Estado, sólo nos repartiría preservativos. Pero acá se dictan charlas sobre prevención de enfermedades y adicciones, hay talleres de oficios, vienen psicólogos, se incentiva a las chicas a que estudien y saquen el DNI", explica Valentina. Nunca es suficiente, agrega.
La "tía" Zoe –como la llaman sus compañeras– cuenta que las chicas no dejan de llegar: "Imagínese que mi pieza da a la calle y me golpean la ventana a las 2 o 3 de la mañana, y es una chica que busca cama. Me dice: 'Tía, ¿no tendría un lugar?'. Y muchas veces no lo tenemos, entonces tratamos de buscar otro lado o juntamos unos pesos para pagarle el pasaje de regreso a su pueblo. Si tuviéramos un edificio de ocho pisos como el de la esquina, habría lugar para todas, pero sólo tenemos el Gondo. Nos queda chico".
Perlas y cicatrices
Algunas mañanas, la Gala entona el Ave María o el Himno desde las alturas del segundo piso. Por las tardes, se gana el mango con su buena voz en las profundidades del subte. La Dixie hace shows como drag queen. Diva total. Ludmila quiere ser peluquera. Está terminando el secundario. A la Liliana le gusta imitar a Cristina: "¡Compañeras… compañeros!". Yoselin llegó hace sólo dos semanas desde Orán. Quiere juntar plata y operarse. Fabiana tiene 23 años y cara de cansada. Dice que anoche laburó mucho, quiere pegar un trabajo en blanco, o tener un local, sí, mejor un local, su propio restaurante.
"Siempre les digo a las chicas que hay que pelearla, que las cosas nunca vienen de arriba. De los '90 para acá, se logró el cupo laboral trans, la ley de identidad de género… Antes la única salida que teníamos era la prostitución", explica Zoe, referente del colectivo. Ahora las chicas ponen el cuerpo en las calles, para defender sus derechos. "Vamos juntas a las marchas –asegura Yoko, la estilista combativa–. Siempre con las banderas y remeritas del Gondo. Con mucho orgullo". 
Cada 21 de septiembre, el Gondolín celebra su cumpleaños. Se saca la larga mesa a la calle, se pone música fiestera y cada inquilina aporta lo que puede: una cerveza bien helada, gaseosa o algún que otro manjar casero. Las empanadas salteñas que prepara la tía Zoe son el plato principal: "Es un día en que le agradecemos al Gondo, nos olvidamos un rato de los problemas y de las diferencias, que las tenemos como en toda buena familia, y festejamos todas juntas". Como reinas de una primavera plebeya que siempre renace. «
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lunes, 2 de abril de 2018

Los colgados

La Negra despegó sus pies de la tierra por primera vez en febrero de 2002. El bautismo de vuelo fue en la casa de unos amigos, en Villa Urquiza. Unos artistas corporales llegados de Brasil para una convención de tatuajes la guiaron en su asunción inicial en cuerpo y alma. "Desde afuera, la suspensión corporal se puede ver como algo extremo –reflexiona la muchacha de flequillo azabache, y pita hondo un cigarrillo armado–. Muchos se preguntarán qué sentido tiene meterte unos ganchos en la piel y salir a volar. La respuesta es sencilla: el sentido de sentir. Por eso me animé aquel día". Una década y media después, ese sentimiento sigue vivo. Sobrevuela toda su existencia.
La historia de La Negra despega hace 39 años. Es hija de un ingeniero agrónomo y de una profesora universitaria uruguayos que dejaron la Banda Oriental en los años de plomo. La morocha tuvo una infancia nómade –entre Carlos Casares, Venado Tuerto y Rosario– siguiendo los conchabos campestres de su padre. Su adolescencia la encontró en el cemento porteño, durante los años dulces del agrio menemato. Entre las pistas del Morocco, la movida queer y lo que quedaba del under ardiente de los '80 halló un espacio de pertenencia. También de autonomía frente a los mandatos sociales: "Fui independiente desde muy chica, y en esos tiempos arranqué a explorar y a empoderarme. Y el cuerpo era un elemento central en esas búsquedas. Entonces llegaron los tatuajes". 
El primero se lo hizo a los 14. Nada muy rebuscado ni demasiado contracultural: un corazoncito con alas, "muy Aerosmith", ríe La Negra y aclara: "No, en serio, ahí me di cuenta de que verdaderamente era dueña de mi cuerpo. Que lo podía decorar, que tenía derecho a verlo como quisiera. En ese tiempo todavía no era cool hacerse tatuajes, no lo había absorbido el capitalismo". Ya perdió la cuenta de la cantidad que lleva grabados en su piel barroca. Los ríos de tinta tatuados sobre su cuerpo –al igual que sus piercings– narran su historia de pionera del body art en la Argentina.
Aunque no se siente parte de ninguna tribu urbana o de los colectivos que los sociólogos llaman "nuevos primitivos", La Negra dice que su exploración quizá la conecta con los pueblos originarios de América y Asia, que hacían un culto divino del cuerpo: "De chica flasheaba mucho con las fotos de la National Geographic y de la Muy Interesante. Las pinturas corporales, la desnudez no desnuda, los rituales. Esos momentos comunitarios donde los seres humanos se sentían dioses. La suspensión tiene mucho de eso. Cuando estás arriba, te sentís parte de un todo, en conexión con los que te rodean y acompañan. Esas son cosas que nuestra cultura fue perdiendo. Por eso también está bueno sacar los pies de la tierra". Elevarse por un rato. 
El aire y los dioses
La de la suspensión corporal es una historia milenaria. Hace miles de años constituía una liturgia ordinaria entre devotos hinduistas. La idea de "usar el cuerpo para trascenderlo" y conectarse con los dioses marcaba las prácticas de muchos adoradores de Shiva, en el extremo sur de la India. Los miembros de la etnia tamil mantuvieron vivo el ritual en la isla de Ceilán (ahora Sri Lanka), donde fueron forzados a migrar para trabajar como esclavos en las plantaciones de té del Imperio Británico. En la actualidad, las prácticas de suspensión son el acto central de dos "festivales de la perforación" no aptos para visitantes sensibles. El Thaipusam y el Chidi Mari congregan a decenas de modernos faquires en Malasia y en Tailandia, piadosos y agujereados del sudeste asiático.
En el norte de nuestro continente, los indios mandans realizaban un ritual similar en la actual Dakota, cerca del río Missouri. El "O-Kee-Pa" era un rito de iniciación que debían transitar los jóvenes guerreros en su camino a la vida adulta. La ceremonia incluía un largo ayuno, pruebas extremas y una corta –tal vez eterna– suspensión guiada por el chamán del pueblo. El notable pintor americano George Catlin visitó a los mandans en 1830 y pudo dar fe del sacrificio de los estoicos muchachitos en numerosas crónicas e ilustraciones hiperrealistas.
La subcultura primitiva urbana y el arte contemporáneo resignificaron la práctica en las últimas décadas. Hay referentes, pequeñas pero fieles audiencias, exposiciones en el nicho "freak" y, por supuesto, un mercado especializado. Fakir Musafar, Allen Falkner y el performer Stelarc son reconocidos como la santísima trinidad de la suspensión moderna. Artistas de la transformación corporal que perfeccionaron las técnicas –también los cuidados– y extendieron los límites de la disciplina. "Para hacerse una idea, en sus primeras performances, Stelarc usaba anzuelos limados –ejemplifica La Negra–. Ahora tenemos ganchos de acero quirúrgico, procedimientos para la esterilización, para conocer el balance de peso y saber cómo estirar la piel, es toda una técnica tallada". 
El precio de un equipo bien abastecido alcanza tranquilamente los 20 mil pesos. El combo incluye arneses, sogas, poleas, agujas de titanio y una buena dotación de guantes y gasas. Para los aventureros, los expertos ofrecen vivir la experiencia por 150 dólares. 
No hay dolor
Superman, De rodillas, Crucificado, Fetus, Asstronaut, Loto y La Hamaca. Las figuras que se ensayan en los vuelos no esquivan la metáfora. La Negra recuerda que cuando comenzó en el gremio sólo había cuatro posiciones. La más común es la bautizada "Suicide", que imita la pose de un ahorcado, con los ganchos atados en la espalda: "Todas permiten vivir sensaciones muy distintas –asegura–. Depende de si podés moverte, si la presión de la sangre va a la cabeza. Los puntos perforados tienen diferentes personalidades. Las figuras con los ganchos en el pecho son las más fuertes. La clave es llegar preparado". 
Con decenas de horas de vuelo en su legajo, entre performances y exhibiciones privadas, La Negra tiene la piel suficientemente curtida como para prevenir a los recién llegados: "El primer consejo que doy es dejar en tierra lo que es de la tierra. La suspensión es una búsqueda, hay otra corporalidad ahí arriba, otra forma de moverte, hay que encontrar quién sos en el aire. Se conectan la cabeza, el corazón y el espíritu". 
En la previa de la suspensión, los masajes en las zonas que serán perforadas y los ejercicios de respiración ayudan al despegue. La Negra acompaña a los novatos en ese trance. Sus palabras guían, relajan y contienen: "Es darle conciencia a la persona de lo que va a suceder, aunque no se sepa bien qué es, ya que es algo muy personal". La procesión, obviamente, va por dentro. Y, agrega La Negra, la práctica no deja ningún tipo de secuela visible: "Es dérmica, apenas una gotita de sangre y un vendaje. Al otro día te vas a trabajar como si nada. No es muy distinto a un deporte extremo".
En más de una hora de entrevista, La Negra no utiliza ni una sola vez la palabra "dolor" al relatar sus experiencias elevadas: "El dolor lo relaciono más con una sensación no deseada. Algo externo e irremediable. En la suspensión tengo sensaciones fuertes, pero las busco y las transito. Eso no es dolor".  «
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martes, 13 de marzo de 2018

Como en la guerra

El primer día que usó el uniforme de los paracaidistas yanquis de la División 101 Aerotransportada, Martín sintió el peso de la historia sobre sus hombros. "Imagínese, 50 kilos suma el equipo completo. Casco, mochila, linterna, cantimplora, la pistola Colt 45, la máscara antigás, la ametralladora Thompson, el saco de gabardina y las botas, siempre lustrosas. Piense por un momento el instante del salto desde el avión en Normandía. Eso fue una locura", reflexiona el miembro activo de la Asociación Argentina de Recreadores de la Segunda Guerra Mundial.
Martín tiene 35 años, es profesor de Educación Física y uno de los padres fundadores de este colectivo nacido en 2014, un grupo de hombres y mujeres cuyo hobby es poner en escena el teatro de operaciones de la guerra que desangró a la humanidad a mediados del siglo XX: "Intentamos ponernos en los zapatos de esos soldados –advierte–, es una forma de honrar su memoria".
Desde chico lo apasiona desandar los senderos de la historia, quizás por los relatos que le recitaba su papá Alejandro antes de dormir: "Mi viejo es una enciclopedia viviente. Me contaba del hundimiento del Titanic, de cuando el hombre llegó a la Luna y de las guerras mundiales. A mí me gustaban las historias bélicas". El papá de Martín condimentaba las narraciones con grandes dosis de ficción en celuloide: "Me hizo ver todos los clásicos. Desde Casablanca hasta Los cañones de Navarone, El día más largo y, por supuesto, El gran escape". Ya adolescente, Martín tuvo una epifanía cuando vio Rescatando al soldado Ryan: "Quedé enloquecido con las historias sobre el Día D, más tarde me fanaticé con la serie Band of Brothers y en ese momento arranqué como coleccionista". Su primer fetiche de militaria fue el uniforme de un teniente paracaidista que saltó tras las líneas nazis en la madrugada del 6 de junio de 1944, el día que comenzó el ocaso de Hitler y su eje del mal. 
Hace un par de años, decidió contactar por Facebook a otros entusiastas como él. Del tiroteo virtual pasaron al encuentro cuerpo a cuerpo. El primer ágape no reunió un batallón, eran apenas tres mosqueteros con ganas de mostrar sus tesoros verde oliva: "Teníamos puro material norteamericano de colección. El primer evento fue en el Regimiento de Patricios. Ahí nos dimos cuenta de que para recrear ese conflicto, no podíamos pelear entre aliados. Entonces tuvimos que contactar a coleccionistas de pertrechos alemanes, italianos, soviéticos... Se fueron sumando de a poco. Esa fue la semilla del grupo". Poco después ya estaban listos para enfrentar su bautismo de fuego.
Juegos de guerra 
Según los manuales, el recreacionismo –re-enactment, según el término inglés que utilizan los entendidos del género– se define como la rigurosa reconstrucción en vivo de un acontecimiento histórico. Las verdaderas falsas batallas del recreacionismo tuvieron una incipiente ofensiva en el Reino Unido durante los años '70, con las campañas napoleónicas como temprano hit. Aquello fue el inicio de un fenómeno que actualmente mueve a miles de fanáticos y espectadores de todo el planeta, sedientos por presenciar en vivo y en directo lo que los libros de historia no pueden resucitar.
"Es algo vivencial, que ayuda a entender el momento histórico en su totalidad. Se puede leer un libro sobre la Segunda Guerra Mundial, pero no es lo mismo. Lo que yo quería comprender era qué sentía el tipo enfundado en ese uniforme. No el líder, sino el soldado de a pie, que muchas veces era reclutado a la fuerza", explica Joaquín Oubiña, profesor de Historia y coordinador de la asociación. Describe que la recreación es la etapa final de un largo recorrido de formación, estudio, aprendizaje y producción del pasado, llevado a un nuevo plano, el de la experiencia propia: "A esto se lo llama arqueología experimental. Antes de meterme con la Segunda Guerra, yo hacía recreacionismo del Medioevo. Y puedo asegurar que ponerme una cota de malla y una armadura cambió la idea que tenía sobre la Edad Media".
Oubiña tiene un pasado ligado al modelismo. Es un gran escultor de diminutos barcos, figuras históricas y aviones. En el mundo del recreacionismo aterrizó luego de ver un show en una exposición de miniaturas en Escocia. Entonces comenzó a aplicar la disciplina como recurso pedagógico en las clases de Historia que dicta en colegios secundarios de Esteban Echeverría, Monte Grande y El Jagüel: "Con los pibes de primer año llegamos a armar una legión romana. Los transporta en el tiempo". Desde la asociación lo contactaron hace dos años. Necesitaban un director de orquesta –mejor dicho, un estratega– que los ayudara a diseñar sus incursiones escénicas. Oubiña primero rechazó el reto: "Es que es un gran desafío abordar la Segunda Guerra. Es el conflicto bélico con mayor cantidad de pérdidas humanas de la historia. Se cometieron crímenes atroces. No es jugar a que somos el Sargento Sanders en Combate". Pero los soldados volvieron al ataque, hasta que Oubiña aceptó tomar el mando del proyecto, que hoy ejerce con mano de hierro: "El primer objetivo de nuestro show es el rol docente. También hacemos trabajo solidario, como visitar hospitales y apoyar campañas para la donación de sangre. No se trata sólo de algo estético. Yo soy muy detallista. Más de una vez me ha tocado bajar a un compañero del acto porque llevaba un calzado que no correspondía con el uniforme o por usar una réplica de un arma que salió al mercado tres meses después de la batalla que estábamos representando. Pero esa puntillosidad es la clave del recreacionismo".
Los vestidos y los muertos
En sus eventos, el pelotón practica cuidadosas coreografías bélicas, con la participación estelar de los "Pájaros de Guerra", un escuadrón de aviones a radiocontrol. La Luftwaffe y la Royal Air Force siempre dicen presente. Son naves de casi dos metros, capaces de lanzar pirotecnia que haría recular a John Wayne. 
La tropa hace gala de los uniformes icónicos. Muchas veces, explica Oubiña, conseguir la indumentaria original es una hazaña: "Recrearla también se complica. Estamos hablando de tela de hace 70 años, que no se fabrica más. Tenemos un compañero que saca los moldes a ojo y los diseña". Su madre María Elena, sapiente costurera, le salvó las papas más de una vez. Muchos rezagos se traen del exterior. Y recordar las epopeyas bélicas no es precisamente una actividad económica: "Una chaquetilla puede costar unos 4000 pesos. Por su simpleza, los uniformes soviéticos son los más baratos".
Cada tanto, luego de poner el cuerpo en el ficticio campo de batalla, reciben el saludo de familiares de excombatientes: "Nos felicitan por el compromiso con que encaramos nuestra tarea –resalta Oubiña–. Un hijo de un miembro de la Resistencia polaca un día me abrazó y me regaló el águila que llevaba su padre bordada en la gorra. Fue muy fuerte". La experiencia se replica cuando encaran recreaciones sobre la Guerra de Malvinas. Martín nunca olvida un show que hicieron en un centro de veteranos de Florencio Varela: "Nos decían que era un honor. No olvidarlos es el mejor homenaje".
En su faceta de actor bélico, Joaquín Oubiña se puso en la piel de incontables soldados anónimos. Sin embargo, el año pasado se permitió encarar un homenaje especial: "Hice de Clark Gable. Muy pocos saben que a sus 40 años, luego de la trágica muerte de su mujer, se enlistó y fue artillero de un bombardero. Me dejé hasta el bigotito. Por un rato, me sentí un galán". «
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martes, 6 de marzo de 2018

Rezo por vos

El maha mantra es la banda de sonido que flota en el aire. Dieciséis palabras en un loop eterno. "Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna, Krishna, Hare, Hare, Hare Rama, Hare Rama, Rama, Rama, Hare, Hare", rezan hace más de una hora, sin prisa, sin pausa, una docena de calvos devotos. El repique acelerado sobre los parches del mridanga acompaña el canto vespertino, en el templo de Colegiales, corazón espiritual de Palermo Bollywood. 
Con barro traído del Ganges, el monje Vasudeva Das lleva tatuada la tilaka, una marca que representa a dios en su rostro. También el cansancio por la jornada dilatada. "Es que nos despertamos a las 4 de la matina para los primeros rezos. Después salimos a vender libros, cocinamos, estudiamos… Por ahí se tiene una idea muy light de nuestra vida, pero en realidad es más bien activa", explica este porteño de 27 años, más de cinco dedicados con devoción a las deidades de la India. Cuenta que era vecino del templo, miembro de una familia con poco fervor religioso y egresado de un frío colegio industrial. Siempre tuvo curiosidad por la metafísica, por encontrar respuestas a sus titubeos existenciales. Leía a Nietzsche: "Antes de entrar acá, veía que la gente era muy artificial, muy careta. Desde chico siempre me hice preguntas sobre la vida, la muerte... En un encuentro humanista conocí a los devotos; empezaron a cantar el maha mantra y sentí una alegría que es difícil de poner en palabras. Te llena". Se acercó al templo y probó una clase de Bhakti Yoga, la práctica de la contemplación y devoción absoluta. Le gustó. "Y empecé a estudiar el Bhagavad-gītā, uno de nuestros libros sagrados, los principios, a llenar el vacío". Al tiempo, decidió hacerse monje residente, dejó atrás el nombre de Lucas que figura en su documento, se encomendó por completo a Krishna y en una ceremonia de iniciación su maestro lo bautizó Vasudeva Das, el que está "al servicio del todopoderoso".
Vasudeva cumple a rajatabla los estrictos preceptos del Movimiento para la Conciencia de Krishna: dieta sin carne, huevos ni pescado. Cero drogas y tabaco. Está prohibido tener una "vida sexual ilícita" y también los juegos de azar. "Son principios regulativos para limpiar la conciencia. El cuerpo es el templo del señor supremo y por eso hay que cuidarlo". El monje viste su santuario de piel y huesos con una túnica llamada dhoti. Luce colores níveos, que indican que se encuentra en pareja. Sus compañeros, con atavíos naranjas, optaron por el celibato.
Antes de unirse a las plegarias colectivas en la nave central, Vasudeva riega con parsimonia los plantines de tulasí, la venerada "albahaca india". Su madera se usa para forjar collares y rosarios, la japa mala de 108 bolitas que guía el maratón de rezos. La doctrina obliga como mínimo 16 vueltas diarias a la ristra. El maha mantra recitado 1728 veces. "No me canso nunca. Me da alegría, me da energía". En sánscrito, krishna y rama significan "el placer supremo".
Naranja en flor
Aunque tiene una historia longeva en la milenaria India, con raíces sólidas en el visnuísmo y la literatura sánscrita, el movimiento religioso es aún joven en Occidente. Llegó en los '60, de la mano de Bhaktivedanta Swami Prabhupada, un religioso bengalí y traductor de los clásicos del hinduismo que migró a Estados Unidos con la idea de sembrar las doctrinas krisnaístas en el nuevo mundo. Se estableció en Nueva York, terreno fértil en plena efervescencia del movimiento hippie, justo antes de que el flower power se marchitara. Cosechó sus primeros seguidores en parques públicos, entre los jóvenes enamorados del discurso pacifista, la vida sana y la psicodelia. Se codeó con la crème de la crème de la contracultura: los barbudos Allen Ginsberg y George Harrison –"My Sweet Lord" tiene cameos del maha mantra– entraron en el sendero espiritual gracias al indio. Y en la Gran Manzana alquiló un localcito y fundó la primera sede de la Sociedad Internacional para la Conciencia de Krishna (ISKCON, por sus iniciales en inglés), la orden que hoy cuenta con más de 100 templos en 71 países. 
"A Sudamérica llega a principios de los '70. En Argentina era más que nada una práctica de puertas adentro. Muchos seguidores se exiliaron en Brasil en los años de la dictadura", explica Maha Sundari Devi Dasi, instructora de yoga y profesora de canto indostánico con más de diez años en el gremio. Cuenta que la primera vez que leyó el Bhagavad-gītā exprimentó una sensación de amor a primera vista. Le fascinó el concepto de servicio devocional: un brindarse al otro alejado de la caridad. Al poco tiempo, un devoto naranja que se cruzó por la calle la invitó al antiguo templo de Villa Urquiza: "Era julio, festival de la aparición de Krishna, como nuestra Navidad", recuerda. Maha Sundari invita unos laddus –dulces bocaditos de harina de garbanzo coronados con una almendra– y comenta que pudo conocer la meca de los Krishna: "Queda en Mayapur, Bengala Occidental. Es como el Vaticano, un lugar de peregrinación. Lo que más me acuerdo es la sensación de unión con el ser interior. Ahí encontré mi lugar en el mundo, o quizá también es este templo, o tal vez ese lugar esté acá, en el corazón". 
Verónica tiene 30 años y es profesora de Geografía. Su maestro la bautizó con el espirituoso apodo de Vraja Bhakti Devi Dasi, "devota y seguidora de Krishna". Aunque el templo le queda lejos, lunes, miércoles y viernes viaja religiosamente desde Banfield para hacerse cargo de la librería. Mientras acomoda unos ejemplares dedicados a la cocina verde, resalta el valor que tiene la palabra encuadernada para los devotos: "Los libros tienen que ver con ocupar los sentidos y compartir el conocimiento. Este movimiento se hizo muy popular por la venta callejera de libros. Yo llegué gracias a un ejemplar que compró un amigo en una feria de usados. La tapa estaba ilustrada con una foto de Prabhu y la frase 'Él construyó una casa donde puede vivir el mundo entero'. Lo leí de un saque y entendí que podemos tener una relación directa con dios". Entre los títulos más solicitados, destaca George Harrison y el mantra hare krishna y el longseller Fantasía vegetariana, a precios muy populares: entre 30 y 50 pesos.
Comer, rezar, amar 
Pasaron casi dos horas y los rezos no tienen fin. La estatua hiperrealista de tamaño (casi) natural de Prabhupada en posición de loto custodia a los devotos desde una esquina del salón principal. Jahnava Devi Dasi pasa la tarde meditando en el patio. En 42 años de vida, tuvo idas y venidas con el movimiento, pero desde hace dos es residente. Su búsqueda espiritual no deja de lado el cuidado del cuerpo y la alimentación: es vegetariana desde su adolescencia. "La comida es uno de los pilares. Por la meditación, entendí también que la alimentación es una práctica que implica austeridad. Comí muchos asados en mi vida, pero no los extraño. No se puede buscar la paz y matar una vaca para alimentarte. Además, con mi dieta vegetariana me volví más alegre, saludable, si hasta parece que me hice un lifting", bromea la ex vecina de Balvanera. 
Cuando el tambor y los mantras ceden, Adolfo se encarga de repartir generosos crêpes de puri rellenos con verduras salteadas. Con 12 años en el credo, puede rezar un rosario de anécdotas entre los hombres de naranja. Entonces recuerda los viejos tiempos en un campito de Marcos Paz, cuidando la huerta. También un viaje iniciático por las rutas argentinas, siempre con los libritos de Prabhupada al hombro. Al primer mordisco, uno descubre que el joven cocina como los dioses. "No es para tanto. No se equivoque. Nosotros no hacemos nada. Todo lo hace Krishna". «
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