lunes, 20 de marzo de 2017

Matar al mensajero

La lluvia es particularmente copiosa en la tarde de miércoles. Los baldazos que caen del cielo no apagan el tórrido clamor de los motociclistas. A bocinazo limpio, protestan custodiados por unos pocos agentes de tránsito y el solitario Obelisco. "Las personas no se patentan", llevan tatuadas las banderas que unos estoicos muchachitos motorizados agitan, frente al bravo mar de autos y colectivos estancado sobre la 9 de Julio.
"Nos quieren meter el chaleco de prepo. ¿A quién le gusta que lo traten como ganado?", se pregunta Matías, un mensajero pasado por agua que llegó al microcentro porteño desde Avellaneda. Mientras hace tronar el caño de escape de su fiel Honda CJ 150, dispara una ráfaga de quejas: "No es justo que nos vivan metiendo multas, impuestos, o que nos saquen lugares para estacionar. Ahora también nos discriminan: dicen que todos somos motochorros. Estamos cansados de que nos verdugueen".
El anuncio que oficializó el gobierno nacional sobre las modificaciones a la Ley Nacional de Tránsito fue la chispa que hizo estallar la bronca de los motoqueros. El decreto 171/2017 dispone la obligatoriedad de llevar el número de la patente en el casco del conductor y en el del acompañante, quien además deberá utilizar un chaleco identificatorio. E invita a las provincias y a la Ciudad de Buenos Aires a dictar restricciones a la circulación de motos con dos ocupantes en determinadas zonas y horarios. Días atrás, con tono severo, la ministra de Seguridad Patricia Bullrich había anunciado en conferencia de prensa que las medidas forman parte del combate contra los "motochorros". Un nuevo capítulo local de la trillada mano dura, con dosis parejas de tolerancia cero.
"El gobierno no sabe qué hacer con la seguridad y por eso nos quieren meter a todos en la misma bolsa", explica Sebastián, un motoquero nacido y criado en Los Polvorines. Se enteró de la convocatoria a través de las redes sociales. Llegó hasta el Obelisco acompañado por varios colegas fleteros que también surcan las calles del centro y el Conurbano haciendo entregas sin respiro. "Lo quiero dejar clarito. Nosotros no somos motochorros –dice, rotundo, se seca las gotas que ruedan por su rostro con el puño del buzo y luego señala a los empapados escuderos que lo escoltan–, somos laburantes. No robamos ni un caramelo. Las familias que llevamos cargadas sobre nuestras espaldas dependen de nuestro trabajo. Que no le compliquen más la vida a los laburantes humildes".
Súbete a mi moto
A las 5:30 de la tarde, el aguacero no da respiro. Matías hace malabares para prender un Philip Morris, sobre la avenida Corrientes. Cuenta que está en el gremio motoquero hace más de 20 años. Su primera moto fue una Zanella RX 125, color rojo furioso. "Arranqué en bici, pero junté pesito a pesito y me pasé a la moto. ¡El sueño del pibe!", resalta, mientras peina su bigote vikingo. "Hacía fletes, y la verdad es que conocía poco y nada del centro. No existía el GPS ni Google Maps. Era Guía Filcar a morir. Con el tiempo me fui curtiendo. Se te empieza a dibujar el mapa de la ciudad en la cabeza", dice el fornido joven de Rafael Calzada. Mientras acaricia el lomo de su embarrada Honda Twister, confiesa que el laburo de mensajero no es para cualquiera. La ciudad es una jungla y hay que andar con mil ojos en cada esquina. "Salgo a buscar el mango todos los días. Está jodida la mano. Yo creo que estas normas son para sacarle plata a la gente. Sirven sólo para eso. No quieren más mensajeros en la Capital: no hay carriles para nosotros y el estacionamiento es un lujo asiático". Antes de perderse en una manada de choperas, se queja de las tres grúas que acondicionó la Ciudad para incautar motos mal estacionadas en el microcentro. Y recuerda que no es la primera batalla que han tenido que librar. Trabajadores combativos como pocos, pusieron el cuerpo en las sangrientas jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001: la "infantería motorizada del pueblo" que enfrentó a la represión de De la Rúa. "Por nuestras familias y por esa historia estamos acá –dice, pita hondo el cigarrillo, luego tira el humo hacia el cielo plomizo y agrega–, peleándola".
A unos pocos metros, enfundado en su plástico traje de lluvia, Fefe hace chillar con fruición la bocina de su corcel. Cuenta que para alimentar a su familia se pasa la jornada entera arriba de la moto. Durante el día le da duro y parejo a la mensajería. A la noche vende sus caballos de fuerza en el delivery de un restaurante de Flores: "Laburo no sobra, algo se mueve: tres o cuatro viajes por día. ¿Dónde voy a encontrar otro trabajo? Si cada vez cierran más fábricas".
Diarios de motocicleta
Para evitar patinadas, Daniel Scoglio dice que es importante ser precisos con el lenguaje. Ni motoquero, ni mucho menos motochorro. Se define como motociclista. A lo sumo "motero", como se apodaba a los fanáticos en el pasado. Tiene 65 años, y 53 en la comunidad de las dos ruedas. Conduce los destinos del Club Motos Clásicas desde hace 26. Su primer amor fue una mítica Harley Davidson. "Mi viejo me la hizo vender porque era muy grandota", se lamenta. Hoy es el orgulloso dueño de 30 rodados. "Imagínese si tengo que tener casco y chaleco para cada una. Estas medidas muestran la ineficacia de los políticos. ¡Y que me los dejen a mí a los motochorros!", se despide.
No muy lejos, David Mansilla acelera a fondo su Nighthawk modelo 1993. "Acá arriba me siento libre. Cuesta ponerlo en palabras, pero si tengo algún problema, me subo a la moto y me cambia el día." Viste de estricta etiqueta metalera: chupines, borcegos y una campera de cuero que lleva tatuada la frase "Marchar o Morir". "Es una canción de Motörhead y el nombre de mi motoclub: mis colores –cuenta, amable–. Quiero seguir llevando ese lema en mi espalda y no una patente. Al presidente no se le exige que ande por la vida con un chaleco con las causas que tiene".
Poco antes de que caiga la noche, la caravana sale disparada rumbo al Congreso, donde concluye la protesta. Desde un islote de la 9 de Julio, Daniel González saluda el paso de los bólidos, agitando un arrugado chaleco fluorescente. Llegó a pie. Su moto está en terapia intensiva en un taller de Hurlingham. "No me lo quería perder –explica y no deja de saludar a sus compañeros–. Al gobierno le digo que con estas medidas no va a haber más seguridad. La seguridad es que haya más trabajo, educación, salud. Esa es la única manera de que el país vaya para adelante". 
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 13 de marzo de 2017

Los gondolieri del Riachuelo

Sentado en un banco a metros de Almirante Brown, José deja que se escurra la tarde del jueves. Mira en profundo silencio las aguas cenagosas que separan la Capital de los superpoblados suburbios. A unos pocos pasos, duerme su siesta el centenario Puente Transbordador Nicolás Avellaneda. Son poco más de las cuatro y La Boca luce una soledad ejemplar. 
"¿Si esto fue siempre así? No, muchacho, para nada. Ahora es un desierto, pero cuando trabajaba el puerto, y eso habrá sido por lo menos hasta los años 70, esto era un boom, un auge de novela", asevera José, curtido miembro de una de las tantas familias de migrantes que supieron romperse el lomo en la belle époque boquense. "Justo acá donde estamos sentados, los trabajadores hacían las filas para zarpar en los botes hacia la Isla Maciel –dice el hombre, cierra los ojos por un instante y pinta una escena sacada de una obra de Quinquela Martín–. Barcos pesados navegando, los boteros apurando el cruce y yo corriendo con mis amigos cerca del trasbordador oxidado. El río estaba vivo y para nosotros era un juego." 
De repente, el traqueteo ensordecedor de los camiones que surcan las alturas del nuevo Puente Avellaneda, trae a José de vuelta al presente. "Ya le dije que eran otras épocas. Ahora no queda nada de aquello. Los barcos no entran, deben quedar tres o cuatro boteros y yo no puedo correr ni el colectivo", dice, y dedica una última mirada a las aguas que bajan turbias hacia el Río de la Plata. 
La posibilidad de una isla
Juan Carlos Mansilla tiene 67 años. Hace 43 que es botero. De su padre Luis heredó el oficio, y también al Don Conrado, su bote. Con precisión de biógrafo, todavía recuerda su primera travesía por las aguas barrosas del Riachuelo. Fue en las vísperas del Día de Reyes, el sábado 5 de enero del año 1974. Perón piloteaba por tercera vez, y con viento en contra, los destinos de la Patria. "Mi viejo me hizo entrar a laburar con este bote que ahora ve flotando –subraya Mansilla y ayuda, con ademanes de caballero, a una pasajera que aborda la histórica embarcación–. A mí me enseñó a remar mi padre. Yo le enseñé a mi hijo. Y él le va a enseñar a mis nietos. Este oficio es descendencia.”
Suelta amarras, hunde los remos y comienza con su faena cotidiana. El eterno retorno entre La Boca e Isla Maciel. En poco menos de cinco minutos, el bote une las dos orillas. "Obvio que antes había más movimiento. Piense que en la isla estaban instalados La Blanca, La Negra y el Anglo. Acá se laburaba las 24 horas. Cruzaban 10 mil personas por día y había como 40 boteros", asegura Mansilla, mientras cobra los magros cinco pesos del viaje al primer pasajero de la tarde.
De aquel pasado dorado, con industrias pujantes, fondas repletas de marineros y prostíbulos lujuriosos, queda apenas un fantasma. "Por ahí a la una de la madrugada bajaba un poco el laburo. En esa época llegué a remar un día entero sin parar", se ufana Mansilla, y enseguida seca con un repasador las gotas de sudor que le bajan rodando por el cuello.
El puñado de gondolieri que queda ofrece su fuerza de trabajo de lunes a viernes, entre las 6 de la mañana y las 8 de la noche. "Está dura la mano –cuenta Mansilla–, porque la competencia del puente nuevo y su cruce peatonal nos dejó nocaut. El bote lo usan más que nada los chicos que van a la escuela y los vecinos viejos de la isla. Hace unos años, muchos compañeros agarraron el subsidio que ofreció la Municipalidad y dejaron el bote. Igual, acá estamos. Hay tres funcionando: el Rosa María, La Sacra Familia y el Don Conrado. Hacemos turnos. El muchacho de la mañana vive 100% de esto. Mi hijo Silvio y yo tenemos otras changas.”
Mansilla es un homo viator. Su vida está intrínsecamente ligada con el gremio del transporte. Más allá de su dilatada experiencia como botero, en el pasado supo conchabarse en el subte y desde hace décadas pilotea un taxi por la ciudad de la furia. Pero su verdadera pasión es el remo y todas las tardes vuelve a su primer amor: "En el auto me pongo nervioso por los bocinazos, los piquetes y la mala educación de los pasajeros. Este es mi remanso. Vengo, me hago unos mangos y encima me hace bien a la salud. No me quiero agrandar, pero debo ser el botero que más remó en la historia. Imagínese: 80 metros durante 40 pirulos. Ya debo tener encima dos viajes ida y vuelta hasta Japón.”
Todos a los botes
Sentado en la popa, Beto recuerda las mil y una travesías que compartió junto a Mansilla, en las dos décadas que lleva cruzando el Riachuelo. "¡Si habremos pasado tormentas! Pero nunca tuve miedo. Cuando subo, me entrego en cuerpo y alma. Confío plenamente en nuestro capitán. Es mejor que el del Titanic", bromea el morrudo gastronómico. Cuenta que en más de una ocasión, los boteros le salvaron las papas cuando se quedó dormido y tenía que salir disparando para llegar a su trabajo en el microcentro. "Es como una gran familia –asegura el atareado Mansilla, mientras le da duro y parejo a los remos–. Los vecinos son mis parientes. Si acá mismo conocí a Eva, mi mujer. Mire que yo tengo facha, pero me la hizo remar un montón. Al final llegamos a buen puerto.”
Desde babor, María comenta que hace 30 años que utiliza el servicio unas tres veces al día. No puede borrar de su memoria una remota jornada de sudestada. "Fue como un maremoto, un ventarrón que casi nos dio vuelta", exagera la vecina nacida y criada en Maciel. Desde hace algunos años, por precaución, la Prefectura les prohíbe a los boteros realizar su trabajo en los días de lluvia o de abundantes vientos.
En mitad del recorrido, el botero eleva su brazo, señala el alto puente y narra una vez más una historia que le contó su padre. "Desde allá arriba, un día se tiró un borracho y cayó a pocos metros del bote de mi viejo. Con la ayuda de un pasajero, lo pudieron sacar del agua y lo tuvieron que reanimar, porque estaba medio ahogado. Después lo llevaron al cuartel de bomberos. Mi viejo se sentía un héroe, pero la historia no termina ahí –mete suspenso Mansilla–. Un par de horas después, cayó el hermano del ahogado en la costa y lo quiso agarrar a palos a mi padre. Le recriminaba que hubiera salvado a un hombre que se quería suicidar. Este mundo está chiflado." 
El hombre amarra el bote sobre el muelle que da a Brown y acaricia una vez más los remos. Todavía le restan varias horas de trabajo. Antes de despedirse, otea la ciudad junto al río inmóvil y dice: "Mi abuela María Matilde Vieira, portuguesa nacida en la isla de Madeira, lavaba la ropa en estas aguas, que eran como las de los arroyos que bajan de las montañas. Cuando lo veo así al río, me da mucha tristeza. A veces lo miro fijo un rato, y me pongo a pensar en todo lo malo que nos está pasando. Sin embargo, acá está mi vida. Desde los 14 que estoy acá con mi viejo. El río es mi familia, mis amigos y mi trabajo. Es todo." «
La reinauguración del Transbordador, en mayo
Desde hace varios años, las autoridades nacionales amagan con la reinauguración del Puente Transbordador Nicolás Avellaneda, abandonado a su suerte hace más de 50 años. En las últimas semanas, el Ministerio de Transporte de la Nación anunció que está prevista para mayo próximo, cuando Vialidad Nacional concluya su restauración. 
Inaugurado el 31 de mayo de 1914, la estructura metálica con una pata en La Boca y la otra en la Isla Maciel, es un ícono no sólo del barrio sino de toda la Ciudad. Una obra erecta por un discípulo de Eiffel, testimonio tardío de la “poesía industrial” del siglo XIX. Hoy el puente es uno de los ocho que sobreviven en su tipo en el mundo, y el único fuera de Europa. Los otros están en Vizcaya (España), Newport, Warrington y Middlesbrough (Reino Unido), Osten y Rendsburg (Alemania) y Rochefort (Francia). 
La reapertura del transbordador no es vista con desconfianza por los históricos boteros. Es más, piensan que podría hacer crecer su actividad y ligarla así al nicho turístico que visita en masa el barrio de La Boca.
Publicado en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 19 de febrero de 2017

Crónica carioca

Todos los días lunes, religiosamente, los fieles se congregan en la Pedra do Sal. La catedral a cielo abierto del samba carioca se erige en el popular barrio de Saúde. En la zona céntrica de Río de Janeiro, al pie de una escalera tallada en las rocas, sobre la rua Silva Pinto. De espaldas al ostentoso paseo marítimo y a los flamantes museos construidos para la celebración de los Juegos Olímpicos.
Sobre la diminuta plaza seca hay un solitario cocotero. Desde el atardecer, los puestos de los vendedores de cerveza y caipiriña florecen cerca de la mesa que oficiará como altar. Una carpa colorida completa la escenografía. Las paredes de las casas que custodian el ágora están tatuadas con grafitis. Sobre una de ellas, hay un esténcil con el busto de una morocha de rulos eléctricos, acompañado por una advertencia: “Crespo es bello, feo, ése es su prejuicio”. No muy lejos, otro mensaje, uno que se repite: “Fora Temer”.
A las ocho de la noche, el sol tremendo se despide de la Cidade Maravilhosa. Sin embargo, el calor se resiste y no da respiro en este barrio que fue bautizado como la “pequeña África” por el compositor Heitor dos Prazeres, uno de los santos patronos del género junto a Cartola, Nelson Cavaquinho, Adoniran Barbosa y Aniceto do Império. 
Viejo mercado de esclavos y escenario de ofrendas a los orixás africanos, para las primeras décadas del siglo XX Pedra do Sal ya se había transformado en el punto central de reunión de los músicos que descendían al bajo fondo carioca desde los empobrecidos morros.
“Esta es la cuna del samba: la zona portuaria, el barrio de migrantes bahianos y, sobre todo, el territorio de los esclavizados”, asevera rotundo Neis Jota Carlos, un elegante jubilado ataviado de punta en blanco: sombrero jipijapa, guayabera crema y zapatillas de running al tono. Neis araña los 80 años, es mecánico hidráulico y está casado hace décadas. Muchas décadas, subraya. Su pasión es la música en general, y el samba en particular. Toca, canta y compone. Mientras degusta una lata de Antarctica bien helada, recuerda sus primeras derivas bohemias en la Pedra do Sal: “Cuando era joven, venía con amigos a cantar y tomar unas cervezas. No era ni por asomo lo que puede ver usted ahora, con tanta gente. Esto era más bien un desierto.” Neis resalta que con el paso del tiempo, y pese a la reticencia de la élite, el samba ganó miles de fanáticos y se transformó en parte fundamental de la identidad nacional brasileña. Antes de perderse en un mar de danzarines y turistas, arriesga: “Acá se dio el origen. Pedra do Sal es la génesis de nuestra cultura.”
Ruido de rotas cadenas
Por estos días, el samba festeja su centenario y lo hace, obviamente, bailando y cantando en Río. Las crónicas de época cuentan que poco más de un siglo atrás, el 27 de noviembre de 1916, se registró en la Biblioteca Nacional de Brasil el primer “samba carnavalesco” de la historia, titulado simplemente “Pelo Telefone”. La canción hizo delirar a los cariocas en el carnaval del '17. El compositor Ernesto dos Santos, alias “Donga”, y el periodista Mauro do Almeida figuran en los registros oficiales como los autores de la pieza. Detalle no menor, polémico y sobre todo discutido, ya que las malas lenguas cariocas cuentan que, en realidad, “Pelo Telefone” fue una creación coral, parida por media docena de músicos, un colectivo bohemio y errante que solía reunirse en la zona portuaria a cantar en ronda y celebrar el candomblé. Encuentros que se realizaban en la casa de Tia Ciata, una migrante bahiana, referente de la cultura afrobrasileña e indiscutible madrina del samba.
“Es imposible separar la historia del samba de la cultura de los esclavizados. Aquí cerca llegaban los navíos negreros, con los hombres y mujeres que sobrevivían y no eran arrojados al mar luego de las penurias del viaje. Muchos se establecieron por esta zona”, recuerda con aires de historiador revisionista Peterson Vieira, un percusionista que integra el grupo que animará la velada. Agrega que toca samba desde la cuna, arrancó a ganarse sus primeras monedas en el gremio a los once. Hoy tiene 41 y se dedica full time a darle duro y parejo al pandeiro. “La Pedra do Sal era el lugar donde descargaban la sal que se utilizaba para conservar los alimentos. Cuando se abolió la esclavitud, construyeron sus viviendas rodeando la piedra. Ellos mismos tallaron los escalones”, dice el músico y señala la curtida roca. Mientras calienta sus muñecas, Vieira afirma con orgullo que su familia desciende de aquellos esclavizados que plantaron la semilla del samba. “El género tuvo su etapa under y marginal, porque los ricos la escuchaban con desprecio. Pero siempre fue popular. Lo importante es que las nuevas generaciones se siguen acercando, el samba los moviliza. Y eso se puede ver y sentir acá”, dice y se acomoda en la cabecera de la mesa, junto a sus fieles mosqueteros: “El buen sambista tiene que preocuparse por la cultura, construir su propio estilo y, sobre todo, amar el samba.”
Samba de mi esperanza
Cuando faltan pocos minutos para las nueve de la noche, los músicos sueltan amarras y así comienza una larga travesía por un mar de sambas. Desde los pequeños parlantes: guitarras, cavaquinhos y surdos hacen de las suyas. En la plaza y sobre la rocosa tribuna, los fanáticos comparten cervezas y también algo de maconha. Mueven el esqueleto con dosis desparejas de elegancia y frenesí.
“No tenemos un repertorio fijo, hay que estar atentos a los pedidos de la galera”, cuenta Vinicius, un jovencísimo guitarrista. Mientras ajusta las cuerdas de su instrumento, confiesa que el samba es su familia, su cómplice y todo. En la rua, codo a codo con sus colegas, aprendió que el mejor sambista sabe combinar la intuición con la armonía, y no deja afuera el arte de la improvisación. Antes de volver al ruedo, el violero recomienda “Samba da Bencão”, un clásico de su afamado tocayo Vinicius de Moraes, como metáfora de los tiempos agitados y algo oscuros que vive el Brasil. Un poema que homenajea a los grandes sambistas y a sus creyentes. En una de sus estrofas dice: “El buen samba es una forma de oración / porque el samba es la tristeza que compensa / y la tristeza siempre tiene una esperanza / de un día no ser más triste.” «
Letra picante, modificada para evitar problemas
“El jefe de la policía / por teléfono / mandó a avisar / que en Carioca / hay una ruleta / para jugar”. Así comenzaba la versión original del clásico samba que cumple por estos días 100 años. Sin embargo, a la hora de su registro en la Biblioteca Nacional de Brasil, los versos picantes sufrieron modificaciones, para evitar el enojo de las autoridades policiales. En los documentos oficiales, por ejemplo, el “jefe de la policía” pasó a ser “el jefe de la diversión”. Corrían tiempos violentos y complicados. Las autoridades no miraban con buenos ojos a los bohemios, migrantes bahianos y músicos negros. Por eso, los padres de la samba prefirieron evitar la provocación.
Un par de décadas después, una de las ramas del samba floreció tocada por el jazz y dio lugar a la bossa nova. Nació entonces un auténtico puente rítmico entre lo erudito y lo popular.
El ajuste llega al Sambódromo
El ajuste impulsado por el gobierno neoliberal de Michel Temer llegará también al Carnaval de Río. Con menos apoyo estatal, los desfiles en el Sambódromo carioca serán austeros este año. Desde la Liga Independiente de Escolas do Samba de Río de Janeiro (LIESA) afirman que el Carnaval 2017, que arranca el próximo 24 de febrero, será el menos vistoso de los últimos tiempos, por la falta de auspiciantes y el tijeretazo en los aportes que realizó el Estado. Igualmente, las comparsas prometen que la alegría no tendrá fin. Desde este viernes y hasta el martes 27, los bloques derrocharán su magia y brillo en el sambódromo Marqués del Sapucaí, la cuna mundial del Carnaval. 
Las rodas porteñas 
En la calle Honduras 5774, en pleno barrio porteño de Palermo, se erige el colorido Boteco do Brasil, un espacio ideal para los fanáticos porteños del samba. Una antigua casa decorada con aires cariocas, cuyo restaurante ofrece tragos y manjares de la rica gastronomía brasileña. Todos los domingos, cuando cae el sol, se celebran allí intensas rodas de samba. 
Se lee en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 13 de febrero de 2017

Love Parade andino

El porro empezó a pegar justo cuando en el acoplado del camión sonaba “Praise You”. Las Yungas, Bolivia. Arrancaba el tórrido febrero de 2002 y nosotros –un variopinto grupo de mochileros harapientos sin rumbo fijo y una glamorosa cholita paceña– nos ahorrábamos unos pesos viajando de prestados en el techo de un destartalado Volvo, que rozaba las cumbres de la Cordillera Real.
El bólido era una serpiente emplumada que avanzaba a los tirones por el que llaman el "Camino de la Muerte". Por esos años, la vía más peligrosa del planeta y sus desfiladeros devoraban vidas con fruición. Al conductor del Volvo nada lo apichonaba. Su ágil muñeca lo ayudaba a ganarse el salario del miedo.
Nuestra deriva había arrancado en el pequeño pueblo de Coroico y tenía destino final en la hoyada de La Paz, la antigua capital aymara del mundo. El viaje fue largo, casi eterno. Un día hacinados en el acoplado repleto de plátanos maduros y cuerpos sudados. Recuerdo que desde mi grabadora de mano no dejaba de sonar "You've Come a Long Way, Baby", la desaforada ópera prima del desaforado británico Fatboy Slim.
La cholita de largas trenzas, sobrio bombín y prolijas polleras movía la patita cada vez que el cassette ensayaba el eterno retorno de la cinta. De verdad, la señora sabía cómo moverse.
Entre picos nevados y selvas de altura, bailamos hasta casi morir, mientras el Volvo flirteaba con cornisas y barrancos. Fue nuestro Love Parade del subdesarrollo. Condimentado con picante andino.
Se lee en el Suplemento Verano, en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 5 de febrero de 2017

Memorias del subsuelo

Sobre los camastros de cuero, media docena de plácidos caballeros duermen la siesta. Los acuna el ambiente tórrido que inunda el segundo subsuelo del Hotel Castelar. En las entrañas de la Avenida de Mayo, los fundamentalistas del sudor encuentran su lugar en el mundo. Búnker de hombres solitarios, artistas bohemios, empresarios en su break y políticos sin chances de esconder nada bajo las mangas. Llueva, truene o se caiga el mundo a pedazos, el subsuelo está aislado de las preocupaciones de la vida terrenal.
En días de la semana y en horas calculadas, generalmente desde el mediodía, hombres de negocio, veteranos del under y algunos turistas se congregan en los baños turcos del Castelar. “La mayoría sale de la oficina y se toma un baño turco o un sauna. También una cervecita, un sanguchito de crudo”, enumera Fernando Vecchio, el fogueado encargado, con 21 años en las profundidades, mientras alcanza unas toallas a un cliente de origen brasileño.
El sauna abrió en los ‘50 y tiene tres cámaras. La primera está ambientada a 45º C y es bien húmeda. En la segunda, de estilo finlandés, el termómetro asciende seco a 60º. La tercera, casi un infierno en la Tierra, alcanza los 90º de térmica. “Es para estar cinco minutos, pero hay caballeros que se quedan media hora. Varias veces tuve que entrar a sacar alguno y llamar a emergencias”, completa Vecchio. Hace una década, el viejo baño turco sufrió una lavada de cara. Aggiornado como spa, incorporó un coqueto hidromasaje. “Limpia la piel, abre los poros y libera toxinas. Antiguamente, los sábados al mediodía estaba repleto, porque los que salían el viernes de gira, venían a tirar el alcohol. Era como una destilería y no dábamos abasto a la hora de poner esencia de algarrobo para tapar el vaho.”
Mientras recorre el pasillo poblado por los añejos cambiadores de cedro, Vecchio repasa las personalidades que visitaron el subsuelo. Hay cabinas con plaquetas doradas que les rinden homenaje. La 61 era la de Horacio Guarany. Muy cerca, dejaban sus petates Pascualito Pérez, Tato Bores y Aníbal Troilo. Sandro también era habitué, pero muy reservado: el Gitano pedía que abrieran a la madrugada. “De los políticos –completa el encargado–, me acuerdo de Erman González, que venía con su guitarra y despuntaba el vicio con clásicos del folclore.”
El medio es el masaje 
Para Norberto de la Rosa, el cuerpo habla. Y muchas veces pide a gritos un masaje reparador. El curtido masajista cuenta que con sólo rozar los músculos de los pies de sus clientes, es capaz de reconocer el nivel de tensión que comprime sus desdichas. Lleva 35 años de servicio en el Castelar. Arrancó cuando tenía 29. Su entrada al milenario universo del masaje se dio de casualidad. Hastiado por sus tareas de empleado administrativo, incursionó en un taller de yoga. Fue una epifanía. Conoció el arte de la respiración y de las posturas sanadoras. También aprendió a relacionar el masaje con la trasmisión de energía. Desde entonces, De la Rosa es cultor de una rama más New Age del gremio, con aptitudes relajantes y antiestrés. Un paradigma que rompe con el tradicional masaje de fuerza. “Acá se estilaba el masaje activo. El cliente llegaba y te decía: ‘Matame, porque ando mal’. Y no es sencillo: piense que para hacerle masajes a una persona de casi 100 kilos prácticamente hay que poner el alma.” Aquellos tiempos rudos y de muchachos sin gomina quedaron en el pasado: “Ahora prendo un sahumerio y propongo ejercicios sencillos. Es posible hacer un masaje profundo sin estrujar al cliente. Pero ojo, no son caricias.”
En una buena jornada, De la Rosa atiende sin respiro hasta ocho clientes. Tiene las manos llenas de historias. Sus dedos han estado a las órdenes de Andrés Percivale, Julio Bocca y el profesor Raúl Madero. Sonríe apoyado en el cambiador que lleva tatuado el nombre de Leonardo Fabio (sic), y cuenta que compartió varios mate cocido con el director de Crónica de un niño solo: “Incluso fui a atenderlo a su casa. Una tarde me dijo que estaba algo aburrido y cansado. Entonces propuso ir al zoológico porque quería ver a ‘los monos con el culo pelado’. Tomamos un taxi, nos acompañó el cantante Yaco Monti. Claro, en Palermo la gente lo reconoció, le pedían fotos, y no pudimos ni entrar. Era un gran tipo, ayudaba mucho a sus amigos. Ya le dije, este lugar está lleno de historias.”
Cable a tierra
Daniel es uno de los clientes con más pergaminos en el Castelar. Lleva más de cuatro décadas visitando el subsuelo. “Eran otras épocas, otro ambiente, muy popular”, añora el martillero público retirado. Es un hombre metódico. Dos veces por semana, se toma el subte en Caballito, camina unos metros por Avenida de Mayo, desciende la escalera, hace tres entradas en las cámaras y se duerme una siestita. “En mi organismo es necesario, salís nuevo. Es mi cable a tierra”, dice Daniel, ataviado con una bata inmaculada. Sentado en el bar del sauna, degusta una cerveza helada y dos empanadas de carne. “Estoy casado, y la verdad que reniego cuando como solo en casa. Pero acá es otra cosa, es un placer disfrutar de la soledad. Mejor que el psiquiatra. Me ayuda a reflexionar.” Entre las decisiones trascendentales que pensó en frío, mejor dicho en caliente, destaca la vez que decidió abandonar el paracaidismo deportivo: “Era una actividad que preocupaba mucho a mis padres”, agrega.
Detrás del bar forjado en mármol de Carrara, Gustavo Souto despacha gaseosas a los clientes. Lo custodia una añeja heladera de madera que, cuenta, tiene la puerta rajada por un puñetazo de Ringo Bonavena. Al campeón de Parque Patricios no le gustaba esperar demasiado por su trago. “Ahora la gente está más relajada –dice Souto–. Ya no está el cliente que se toma una medida de whisky. Prefieren las bebidas light, las ensaladas. Se cuidan mucho.” Parece que desde hace un tiempo, la puritana vida sana también gana por nocaut en el under. Mientras transpira la gota gorda preparando un cortado, Souto confiesa que está acostumbrado al calor del subsuelo: “Por ahí me falta un poco el aire, y después de ocho horas acá abajo, ni le cuento. Pero cuando subo la escalera y salgo a la calle, es un renacer. Esa bocanada de aire fresco no tiene precio.” >
Una joya en la Avenida de Mayo
El Hotel Castelar es una de las joyas que engalanan la alicaída Avenida de Mayo. Diseñado por el arquitecto italiano Mario Palanti –el mismo del dantesco Palacio Barolo–, abrió sus puertas giratorias en 1928. Su dueño, el empresario textil español Francisco Piccaluga, lo bautizó en honor al presidente republicano Emilio Castelar Ripol. Es un cinco estrellas con dosis parejas de modernidad y lujo: fue el primero en tener comedor refrigerado, baños privados en las habitaciones y un spa. Por sus elegantes salones y cuartos pasó la crema y nata de la política y la cultura nacional: desde Norah Lange hasta Alfonsín, sin olvidar a Borges, Tania, Pettoruti y Frondizi, quien allí dormía religiosamente la siesta.
La habitación de Federico
En cada rinconcito de la habitación 704 se puede apreciar la huella nítida de su ocupante más ilustre: Federico García Lorca. El poeta andaluz se hospedó en el Hotel Castelar durante su prolongada estadía porteña, entre octubre de 1933 y marzo de 1934. Cuentan que en el modesto cuarto –con baño privado– Federico se emperifolló de gala para ir al estreno de La zapatera prodigiosa en el Teatro Avenida. También departió largo y tendido sobre la cama de hierro con el entonces cónsul chileno Pablo Neruda –que pasaba a buscarlo antes del desayuno para zarpar en su deriva bohemia–. Pero sobre todo, y a través de la luminosa ventana que da a la Avenida de Mayo, se enamoró a primera vista de la agitada vida cultural porteña.
"A pulmón logramos recuperar los muebles de época, está todo reconstruido tal cual lo conoció Federico", resalta María Cafora, tesorera, motor del área Institucional del hotel y, por supuesto, ferviente lorquiana. Desde hace seis años, la habitación del 7º piso está abierta al público como "cuarto museo". Atesora textos, dibujos, publicaciones y fotos históricas. Todos los miércoles, desde las 17, Cafora –con atavíos de bailaora flamenca– guía a los visitantes por diversos espacios del hotel que rescatan momentos cumbres de la vida del autor del Romancero gitano. Una vieja guardia de seguidores y también fans más jóvenes, llegados de todo el mundo, se emocionan con el tour: "Algunos lloran, cantamos mucho 'Ojos verdes' y rescatamos la pasión de Federico. Este es un espacio que no pertenece al hotel sino a toda la humanidad." Las visitas arrancan en marzo y tienen un costo de 100 pesos.
Crónica publicada en Tiempo Argentino por acá

lunes, 30 de enero de 2017

Alasita: la feria de los sueños sin fronteras

“Acerque el Ekeko, casera”, ordena el yatiri a una auténtica cholita paceña de elegante pollera bordó. El sabio andino baña entonces la figura del morrudo diosito con humo de incienso y unas gotitas de alcohol fino. “Harto rato hay que esperar para tener turno para la chall’a, pero la fiesta no está completa si mi Ekeko no recibe la bendición”, explica paciente Julia Vargas, una migrante que llegó a la Argentina hace más de 20 años, mientras el chamán termina su faena recitando una oración en aymara. El bigotudo Ekeko que abraza Vargas con amor maternal está cargado con fajitos de pesos argentinos y dólares norteamericanos, pequeñas bolsas llenas con arroz y fideos y un par de electrodomésticos del tamaño de un meñique. “Ojalá se cumplan mis sueños para este año. Creo que si uno los desea, van a hacerse realidad. La fe mueve montañas”, confiesa la señora y luego se pierde entre la multitud. Es que los sueños, sueños son, pero en la feria de la Alasita, si no realidad, cuanto menos se hacen miniatura.
El pasado martes, como todos los 24 de enero desde hace más de diez años, la nutrida comunidad boliviana en la Argentina volvió a celebrar esta fiesta cuya idea germinal es comprar objetos en miniatura para rendirle tributo a la milenaria deidad andina de la abundancia. Y para que se vuelvan reales. “Cuando comenzó era un festejo pequeño de la colectividad, pero luego pasó a ser una fiesta mayor que integra a vecinos de toda la ciudad”, cuenta Edgar Colque, integrante del Centro Cultural Autóctono Wayna Marka y curtido organizador del evento que, pese a caer en día laboral, convocó a casi 15 mil personas en Parque Avellaneda.
“Viene la gente porque todos tenemos un anhelo, una esperanza, un proyecto de vida. Y ese sueño se compra en la fiesta. Se venden autos, casas y hasta locales comerciales. También los padres compran títulos universitarios: sueñan con que sus hijos sean médicos o abogados. Esos deseos nos impulsan y, con el tiempo, también con mucho trabajo y fe, se cumplen”, completa Colque, docente, hijo de un sastre orureño que llegó a la Argentina a finales de los '60. Y explica que las autoridades porteñas “son un poquito reacias a esta celebración. No sé muy bien por qué, siempre nos piden un papel más. Igual, nosotros no bajamos los brazos, porque queremos mantener viva nuestra cultura”.
Este año, el otro festejo, el auspiciado por el gobierno porteño, se desarrolló en el Parque Indoamericano, el mismo escenario que en diciembre de 2010 ardió en violentas jornadas por una toma masiva. Por esos días, el entonces jefe de Gobierno Mauricio Macri señaló a la “inmigración descontrolada” como causante de la violencia. “Por la discriminación que sufren, muchos hijos de bolivianos son forzados a sentirse avergonzados de sus raíces. Y con este discurso de la delincuencia, caemos todos en la misma bolsa”, dice Colque.
En Parque Avellaneda, cerca del escenario donde la agrupación Tatú Orquestina arremete con inoxidables huaynos, cuecas y sanjuanitos, la abogada Carmen Burgos reparte volantes del INADI. Es miembro de la Comisión de Juristas Indígenas de la Argentina y coordinadora del Programa de los Pueblos Originarios del organismo, y asegura que estos festejos revitalizan la cultura de los migrantes: “Alasita es un claro ejemplo de cómo la espiritualidad y la cultura se transpolan con las personas. En las generaciones de mis abuelos, que eran de Jujuy, Bolivia y Chile, estas prácticas se hacían puertas adentro. Esta visibilización es muy importante”.
Pese al clima festivo que rodea la feria, la letrada oriunda de La Quiaca encienda alarmas sobre los cambios en las políticas migratorias que impulsa el Ejecutivo nacional: “Cada día hay noticias poco alentadoras que afectan a los colectivos históricamente discriminados. Los migrantes están muy preocupados, y no es para menos, porque no hay criterios claros de cómo se van a dar los cambios.” Burgos resalta que desde las organizaciones sociales y la sociedad civil empezaron a sentir la necesidad de volver a nuclearse: “Nadie quiere que estas medidas restrictivas terminen tergiversando el trabajo que desarrollamos durante años”.
Los visitantes se apiñan en los puestos montados en las canchitas de fútbol. La térmica merodea los 30 grados y los estoicos puesteros ofrecen su variopinto menú de miniaturas. Están los comerciantes polirrubro pero también los especializados: automotores, bienes raíces, papel moneda. “Acá no devaluamos, 3000 dólares a 10 pesos”, vocea un arbolito alasitero.
La joven puestera Gisela Copa cuenta que las preferencias de los compradores han bajado del pedestal al eterno Ekeko, “porque este es el año del gallo, que te ayuda a encontrar pareja: a mí me cumplió”. Su novio la custodia de cerca con mirada empalagosa. Copa dice que también ha crecido la demanda de los DNI y de títulos de bachillerato. Y agrega que no está de acuerdo con las medidas antimigrantes que impulsa el gobierno nacional: “Creo que más que cerrar, hay que abrir, ser solidarios, no discriminar a los que vienen a ganarse la vida”.
A pasitos de los puestos, se encuentran los restaurantes al aire libre, donde venden sopas (chairo o de maní), salteñas o las inevitables salchipapas, además de los platos más elaborados como el fricasé de res, la papalisa, los crocantes pejerreyes y el auténtico plato paceño, emblema culinario de la Alasita. El calor no afloja y las cocineras se juegan la vida para sacar crocantes los platos en el improvisado patio de comidas. Mientras come un platazo de chicharrón acompañado por su familia, Julio cuenta que el festejo porteño no tiene nada que envidiarle al del Altiplano. En los ’90, dejó la Villa Imperial de Potosí y se radicó en la estigmatizada Villa 1-11-14 del Bajo Flores. Trabajó muy duro en un taller textil, pudo criar a sus cinco hijos y ahora tiene un local de ropa en Aldo Bonzi. Hoy compró la figura del toro, para que le dé fuerzas para encarar el año. “Acá hice mi vida –confiesa–, y me preocupa que nos echen la culpa a los extranjeros por las cosas malas que pasan. Creo que la salida no es expulsar, sino integrarnos más.” Pese a los malos tiempos, está contento. Con una alegría que es común a bolivianas y bolivianos en sus días libres. “Raza de bronce” los han llamado, por el modo en que trabajan: pero también por el modo en que festejan. Con todo derecho. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 23 de enero de 2017

Ley de Residencia PRO

El gobierno de Mauricio Macri tiene muy claro el camino que pretende desandar en materia migratoria. No hay errores ni improvisaciones. Más bien, una continuidad ideológica con los tiempos en los que el presidente era el jefe de Gobierno porteño. El martes, ordenó a sus ministros que diseñaran la reforma de la Ley de Migraciones, con un decreto que contemplaría agilizar las deportaciones sin control judicial ni defensa legal, restringir el ingreso de migrantes y habilitar la revisión de todas las radicaciones otorgadas para quienes tienen antecedentes penales o condenas.
Ansioso por capitalizar la xenofobia que por estos días reina en los medios concentrados y entre un amplio espectro de dirigentes, con el senador justicialista Miguel Ángel Pichetto a la cabeza (“El problema es que nosotros siempre funcionamos como ajuste social de Bolivia y ajuste delictivo de Perú”, dijo), el presidente incluyó el tema en la primera reunión de Gabinete del año. Las medidas van en sintonía con el discurso del flamante presidente estadounidense Donald Trump, el amigo americano de Macri que anhela deportaciones masivas al norte del Río Bravo.
En rigor, el gobierno, que anuncia esta reforma como parte de sus políticas de seguridad, ya multiplicó en los primeros nueve meses de 2016 las expulsiones de migrantes: de los 1908 del año anterior a 3258. Nada importa que la Argentina tenga el menor porcentaje de extranjeros de las últimas décadas: cerca del 4,5% consignado en el último censo. Una proporción similar, el 6%, representa a los foráneos en cárceles argentinas. Son 4400 los extranjeros presos, apenas el 0,2% de los más de 2 millones de migrantes que viven en el país.
Inmigración (des)controlada
El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) accedió al borrador del decreto que busca cambiar las leyes de Migraciones Nº 25.871 y de Nacionalidad Nº 346: amplía las causas que permiten la detención y expulsión de migrantes en situación irregular; habilita la revisión de todas las radicaciones otorgadas para quienes tienen antecedentes penales o condenas, sin importar el tipo de delito o su situación procesal; modifica los trámites de expulsión para que sean inmediatas, sin control judicial ni una defensa legal adecuada; elimina la unidad familiar y el arraigo como condiciones que evitan la expulsión.
El director del Área de Litigio y Defensa Legal del CELS, Diego Morales, explica a Tiempo que preocupa “la manera en que el gobierno propone el tema, prescindiendo de la discusión institucional que se podría dar en el Congreso, resumiéndolo a una asociación entre migración y delito, sin información que lo sustente. Esto va a generar un problema serio, porque la sola posibilidad de que un migrante se vea involucrado en una causa judicial puede habilitar su expulsión. Esta medida se extendería a quienes ya tienen la radicación”. Desde el CELS sostienen que la propuesta del PRO “busca cambiar el acceso a la nacionalidad argentina: en lugar de exigir que el solicitante acredite más de dos años de residencia, propone que el pedido sea evaluado por un juez federal una vez que se demuestre que esa residencia es ‘legal’”.
En pleno año electoral, Macri echa mano a discursos cargados con dosis parejas de xenofobia. En su primera conferencia de prensa del año, afirmó que “por falta de acción no podemos permitir que el crimen siga eligiendo a la Argentina como un lugar para venir a delinquir”. No es la primera vez que lo hace. El antropólogo especializado en migraciones y miembro activo de la Red de Líderes Migrantes en Argentina, Pablo Mardones, recuerda las violentas jornadas en el Parque Indoamericano, en diciembre de 2010, cuando Macri señaló a la “inmigración descontrolada” como la causa de la violencia. "Se trató del primer discurso abiertamente xenófobo de un alto funcionario, desde las declaraciones de Carlos Corach durante el gobierno de Menem, cuando se intentó modificar las Ley de Migraciones", dice Mardones.
Una vez más, el “chivo expiatorio” se hace carne en la figura de los migrantes pobres. “Los gobiernos de derecha vienen impulsando políticas restrictivas y acusan a la migración de los males sociales, sobre todo en un contexto recesivo. Denuncian la ultrademanda que hacen los migrantes de los servicios sociales básicos, como el sistema hospitalario y la educación. Pero eso es falso”. Según datos del Instituto de Políticas de Migraciones y Asilo (IPMA) de la Universidad de Tres de Febrero, “la proporción de estudiantes extranjeros en escuelas argentinas es de apenas un 1,6% en la primaria y de, 1,9% en la secundaria”.
Vigilar y expulsar
El cambio de paradigma apunta a la detención y la expulsión en remplazo de la regularización. La Ley de Migraciones Nº 25.871, sancionada durante la presidencia de Néstor Kirchner, tiene un fuerte espíritu integracionista y resalta el migrar como un derecho humano, en sintonía con la aparición de la Unasur y los gobiernos populares de la Patria Grande. Y permitió la revocación de la llamada “ley Videla”. Mardones marca que desde su arribo a la Casa Rosada “hay un esfuerzo manifiesto del macrismo para diferenciarse del gobierno anterior, y el tema migraciones es un punto central”. La xenofobia ya mostró sus primeros brotes verdes en 2016. En los primeros nueve meses de gestión se llegó a 3258 expulsiones (un 70% más que el total de 2015).
El actual titular de la Dirección Nacional de Migraciones es el abogado Horacio García, quien se desempeñaba como subsecretario en el Ministerio de Justicia y Seguridad porteño. En una reunión con la Red Nacional de Líderes Migrantes en marzo de 2016 –que puede verse en YouTube– García subrayó que las nuevas autoridades no eran “cucos ni miembros del Ku Klux Klan. Queremos producir todos juntos, pero ordenados”.
Para diversas organizaciones sociales, el DNU que impulsa el Ejecutivo es una flagrante regresión. La situación de los migrantes será aun más frágil. A la precariedad laboral, el hostigamiento de las fuerzas de seguridad y las dificultades para lograr la inserción escolar y el acceso al sistema de salud, se sumará la amenaza latente del sistema de justicia criminal. Ya el año pasado el gobierno había impulsado un espacio de detención para “combatir la irregularidad migratoria”.
“Todo esto genera incertidumbre –cierra Diego Morales, del CELS–. Se habilita a criminalizar y expulsar a cualquier sospechoso. Tememos que detrás de esta propuesta haya un nuevo mecanismo de expulsión y control social y migratorio, por fuera de la ley”. «
Persecución en todas sus formas
La doctora Brenda Canelo, licenciada en Antropología Social, investigadora del Conicet y docente de la UBA, pasó unas fiestas poco felices. En medio de las protestas por los recortes en el área científica, debió soportar un funesto ataque virtual por haber osado posar en una foto en las redes con un cartel que decía: “No al ajuste en Ciencia, Tecnología y Universidad. Investigo migración, políticas públicas y acceso a derechos.” Estos conceptos resultaron irritantes tanto para trolls financiados desde las usinas macristas como usuarios de Internet identificados con el gobierno que replicaron la imagen informando falsamente que era una “militante K que gana 50 lucas y hoy corta las calles contra Macri y vos no podés circular”. En diálogo con Tiempo, la especialista explica que el oficialismo “está consolidando, ampliando y profundizando el modelo de tratamiento de los inmigrantes que empezó a desarrollar en la Ciudad en 2010, punto de quiebre en la política migratoria que venía desde el 2000, cuando a raíz del conflicto en el Parque Indoamericano, Macri y sus funcionarios culpabilizaron a la denominada inmigración descontrolada, que la vincularon con el narcotráfico y la delincuencia”. “Desde instancias oficiales se dieron discursos que pensábamos que no se iban a volver a escuchar y menos aún desde el poder, aunque evidentemente prendían en la sociedad”, analiza Canelo, y precisa: “Antes Migraciones se dedicaba a facilitar la regularización, pero ahora, con la excusa de la regulación de la inmigración y para evitar la trata, se están haciendo operativos de persecución a los inmigrantes intentando encontrar irregularidades.” 
Antecedentes
La ley Cané (1902)
La Ley Nº 4144, redactada por el escritor Miguel Cané, el célebre autor de Juvenilia, fue sancionada durante la segunda presidencia del general Julio Argentino Roca. La normativa permitía expulsar a todo extranjero que “perturbara el orden público” sin juicio previo, además de impedir la entrada al país a los extranjeros que tuvieran antecedentes. Se les aplicó a obreros socialistas y anarquistas que promovían el avance de la justicia social. Permaneció vigente durante 56 años y recién fue derogada durante la presidencia de Arturo Frondizi.
"La invasión silenciosa" (2000)
El 4 de abril del año 2000, la revista La Primera publicó una nota de tapa titulada “La invasión silenciosa”, que contenía un discurso abiertamente xenófobo y discriminatorio. La nota del semanario editado por Daniel Hadad estaba plagada de inexactitudes para alimentar prejuicios contra los migrantes. El artículo afirmaba: “A diferencia de la migración que soñaron Sarmiento y Alberdi, no vienen de la capital de Europa. Llegan de Bolivia, Perú y Paraguay. Hoy utilizan nuestros hospitales y escuelas, toman plazas y casas, ocupan veredas y quitan el trabajo a los argentinos”. 
"Repatriaciones" forzadas (1978)
En el año 1978, la dictadura argentina “repatrió” a la fuerza a miles de migrantes de países limítrofes radicados en villas miseria de la Capital Federal. El brigadier Osvaldo Cacciatore, alentado por la premisa de “limpiar Buenos Aires” antes del comienzo del Mundial ’78, fue el impulsor de la medida. En los noticieros de la época, cínicamente envueltos en un relato armonioso y festivo, se destacaba “la alegría de volver a casa” que sentían las familias de bolivianos expulsados. Mirá el video de cómo lo registró la televisión oficial: 
Publicada en Tiempo Argentino, se lee por acá

lunes, 16 de enero de 2017

Buenos Aires For Export

En los primeros días del año, Buenos Aires deja de ser la ciudad de la furia, al menos por un rato. Circulan en enero por las calles porteñas, según estimaciones oficiales, casi 30 mil vehículos menos, y el grueso de los oficinistas de dependencias públicas y privadas eligen tomarse su merecido descanso estival. La temperatura pasa cómoda los 30°C y el termómetro de las protestas callejeras, que nunca cesan, se toma un respiro y desciende un par de escalones. Entonces, Buenos Aires se transforma en terreno fértil para los turistas. Curiosos de todo el mundo que buscan descubrir los atractivos tradicionales de una ciudad casi vacía. 
Son las cuatro de la tarde del primer miércoles del año y el centro neurálgico de la City luce una soledad ejemplar. En la Parada 0 del Buenos Aires Bus, sobre Diagonal Norte, pequeños grupos de turistas esperan la partida de la áurea unidad 1160. Destino final: los barrios del sur, uno de los tres recorridos que ofrece esta iniciativa turística para obtener, en poco más de tres horas, una panorámica exprés de la Reina del Plata.
“Estos días es el paraíso, señor. Uno puede ir con el colectivo a 10 km/h y nadie le va a andar tocando bocina”, asegura Cristian Marcón, un curtido chofer del bus. Mientras aguarda su turno de salida, degusta un mate dulce y reflexiona con aires zen: “Cómo explicarle: a diferencia del transporte urbano, este trabajo es la paz interior: desconecta del mundo. Acá uno no tiene la cuestión del apuro, nadie te corre, y no te putean los pasajeros.” Marcón, oriundo de Berazategui, tiene 43 años de vida y once de colectivero. Supo ganarse el mango uniendo San Francisco Solano y Ciudad Universitaria en la mítica línea 33. Luce lustrosos mocasines y camisa prolijamente arremangada y cuenta que la rutina laboral es muy distinta en el nicho turístico: “Acá la gente viene a pasear, y yo salgo a dar una vuelta con ellos. Es como salir en el auto con mi ‘jermu’ y los chicos.” De tanto escuchar el audio que acompaña sus derivas urbanas, se ufana Marcón, ha aprendido mucho sobre cultura e historia. Se considera una suerte de historiador móvil: “Me nutrí mucho, y si un turista pregunta, puedo dar cátedra.” Antes de montarse al volante de la mole, asegura que ha paseado a turistas de los cuatro puntos cardinales del orbe. Entre los más famosos recuerda a Dunga, el ex jugador y DT brasileño: “Cuando lo vi se me vino a la mente el gol de Caniggia en el Mundial ’90, pero no me animé a hacerle un chiste. No soy Maradona, pero creo que le di un lindo paseo.”
El pasear es un placer
La planta alta del bus está atiborrada. Muchos brasileños, algunos europeos y unos poquitos porteños que juegan de local. El gran submarino amarillo surfea la onda verde por Diagonal Norte y luego dibuja un rulo alrededor de Plaza de Mayo. La experiencia turística que ofrece no es colectiva sino más bien individual. Alienados, los turistas escuchan en sus auriculares la narración prefabricada con datos de color y pinceladas históricas sobre la capital argentina. Un menú políglota que puede degustarse en 13 lenguas: del inglés al japonés, pasando por el italiano, el portugués e incluso el chino mandarín.
A la altura de la Catedral Metropolitana, el empresario brasileño Marcelo Teixeira dispara la cámara de su iPhone con frenesí. Cuenta que es admirador del Papa Francisco. Quiere llevarse de recuerdo una postal casera del antiguo conchabo porteño del sumo pontífice. Dice que hace tres horas aterrizó en Aeroparque, dejó sus petates en el hotel y se lanzó a devorar la ciudad. ¿Su primera impresión? Buenos Aires es una ciudad quente. Los 33º de térmica no lo desmienten. “Estos paseos nos dan una visión general a los que llegamos por primera vez”, asevera el hombre de negocios radicado en Goiás.
Un par de asientos más adelante, Marlene, una comunicadora social boliviana, se confiesa maravillada por la arquitectura y los parques porteños. Cuenta que, para aprovechar el sistema hop on-hop off que ofrece el bus –con más de 30 paradas en diversos barrios– hará un stop en San Telmo. Quiere conocer en profundidad el Paseo de la Historieta, el circuito que homenajea a diversos personajes del cómic nacional, retratarse abrazada a la estatua en tamaño (casi) natural de Mafalda, en el cruce de Defensa y Chile. Antes de descender del bólido amarillo en la parada de Avenida Independencia, a pasitos del Viejo Almacén, la paceña asegura que el servicio le parece aceptable, aunque algo caro. El pasaje para los turistas extranjeros subió a 490 pesos hace pocas semanas. Antes de llegar a Buenos Aires, Marlene fue a saludar a unos parientes que tiene en Azul: “El pasaje hasta allá me salió más barato, y son 300 kilómetros.”
Desde su asiento, Nicolás, vecino de Flores, estudiante de la UBA y zapatero de oficio, apoya la queja de Marlene, mientras se saca una selfie justo cuando el bus pasa frente al Congreso. Decidió hacer el recorrido con sus primos. Lo atrapa, dice, sentirse un turista en su propia ciudad. “Los 350 pesos que nos cobran a los argentinos me parece un poco mucho. Debería ser más accesible”, afirma rotundo y agrega que el servicio tendría que incorporar más barrios, para mostrar la diversidad porteña.
Lejos del bravo calor que reina en la planta alta, la joven alemana Julia Lutz disfruta de las mieles del aire acondicionado en el piso inferior del bus. A fines de noviembre se lanzó al típico viaje iniciático por Sudamérica. Viene de visitar Perú, Chile y la Patagonia. Es fanática del tango, lleva una semana “yirando” por Buenos Aires y para perderse en La Boca eligió un look más adecuado para una excursión por el Amazonas: camisa de mangas largas color caqui, gruesos jeans, pañuelo al cuello, botitas de trekking. Pese a las ventajas del cambio, Julia repite: “Es un ciudad hermosa, aunque un poco cara.”
Postales porteñas
La Bombonera y Caminito son un must de la guía turística. El conductor del bus lo sabe y maneja el tempo para que los turistas puedan retratar los coloridos conventillos y el estadio donde brillaron Rojitas y Riquelme. En la parada del estadio, los turistas bajan al galope. Algunos son arriados hacia el museo del club. Otros se pierden en los comercios que venden merchandising boquense: camisetas con el escudo de Boca, buzos con el escudo de Boca, llaveros con el escudo de Boca… y escudos de Boca. “Tenemos las camisetas a 150 y postales a 15 pesos, pero la mano viene fulera, compran poco los turistas”, asegura Luis Sánchez, un comerciante de la calle Iberlucea. A los viajeros les encanta el barrio, dice, pero “falta seguridad, esta mañana un turista se comió un arrebato acá en la esquina”.
Desde la Vuelta de Rocha, el Riachuelo barroso regala una típica imagen de suburbio. Antes de subir al ómnibus, en la parada junto a la Fundación Proa, la estudiante colombiana Valentina resalta que hizo “turibús” en otras ciudades y que el servicio porteño no desentona. Propone que las unidades circulen hasta más tarde, porque “Buenos Aires es una ciudad que no duerme”.
En la Costanera Sur, el bus roza las monumentales Nereidas de Lola Mora. Luego, deja ver el Paseo de las Glorias, habitado por estatuas de héroes del deporte nacional: Vilas, Meolans y el vandalizado Leo Messi, a quien hace pocos días le amputaron el torso. Al final del recorrido, con los rascacielos de Puerto Madero copando el horizonte, la ciudad "playmóvil" regala su postal postrera, ostentosa y artificial. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, se lee por acá

La ley de la calle

El tórrido mediodía es implacable sobre el cemento de Pueyrredón y Bartolomé Mitre, a metros de la estación Once. Un grupo de manteros que quedaron a la deriva tras el violento desalojo del martes pasado deliberan. Los rodea un bravo mar de policías. 
"Vinimos de muy lejos para trabajar, cruzamos el océano, y sólo queremos hacerlo dignamente", afirma Mohamed Anne, un vendedor callejero de origen senegalés. Es oriundo de Thiès, un pueblo industrial desmantelado a 60 kilómetros de Dakar. Tiene 30 años y hace seis zarpó a hacerse la América. Primero Brasil, enseguida Argentina. "Mi sueño era conocer el país de Maradona… y tener un futuro mejor." Cuando llegó no tenía conocidos, mucho menos documentación en regla. Para pagarse una pensión tuvo que salir a vender en la calle. Unos paisanos africanos le dieron una mano para arrancar. "Ser solidarios es costumbre de mi patria. Estamos muy lejos, tenemos que vivir como familia. Si a alguno le falta para comer, juntamos para ayudarlo", cuenta. Siente rabia, dice, cuando la tevé habla de los senegaleses como una mafia que vende mercadería robada, asegura que la bijouterie y la ropa la compran en locales habilitados en Flores, La Salada y el Once. "Mercadería que llega al país en containers, con el control legal de la Aduana. Además pagamos el monotributo", dice y agita entre sus dedos el carnet con el sello de la AFIP. Anne cuenta que las ventas cayeron en picada y que cada vez le cuesta más mandar algo a sus padres en África. Dice que los migrantes se sienten defraudados con el presidente Macri. Y denuncia que en las reuniones entre los representantes oficiales y los delegados de los manteros no participó la colectividad africana: "Nos dejaron afuera. ¿Dónde están nuestros derechos como trabajadores?" 
Raúl Quispe también mastica su bronca contra el gobierno PRO. "Hasta julio del año pasado trabajé en una metalúrgica. Once años en blanco. Pero con las medidas de este gobierno en contra de las pymes, nos echaron y apenas me pagaron la liquidación del último mes. Al poco tiempo no tenía ni para el alquiler." Desde entonces remienda los agujeros de su empobrecida economía vendiendo hilos, agujas y tijeras en la esquina de Castelli y Rivadavia. "No es fácil vender en la calle, lleva un tiempo aprender el oficio. El desalojo fue un mazazo", se lamenta el mantero salteño. Asegura que jamás le pagó una coima a la policía para instalar su puesto. Y que no piensa bajar los brazos: "No me ganaron ni los terratenientes de los tabacales de Orán que me explotaban. Pero el acuerdo con el gobierno es una mentira. Piden muchos requisitos y la mayoría no va a entrar. En un par de meses van a estar reclamando en la calle otra vez." 
Bajo el paraguas que la protege del sol, Berta Cruzado llora desconsolada. "¿Cómo voy a hacer el censo si no tengo ni el DNI? Perdí todo, señor." Tiene 32 años y se moviliza en una silla de ruedas. Durante el desalojo fue golpeada con saña por la policía: deja ver los moretones sobre su omóplato derecho. Dice que los agentes le arrancaron su riñonera, donde atesoraba el documento, medicación y unos pocos pesos. "Me trataron como a un trapo, peor que a un animal." Comenzó a vender en la calle hace diez años, sobre Pueyrredón, cuando su hija Jani era todavía una guagua. Recién había llegado desde Cajamarca. La policía la corría y le sacaba la mercadería. Luego se instaló sobre Castelli y alcanzó cierta estabilidad: alquiló un departamento, mantuvo a su hija, a su madre y a su abuelo. "Pero ahora, le hablo desde el corazón, no sé de dónde vamos a sacar para vivir." «
Publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 2 de enero de 2017

El Imperio del Sol y de las patadas

Para entrar al dōjō, primero hay que descalzarse. Unas pequeñas estatuas de Buda, un tapiz con “La Gran Ola” de Hokusai y el dócil tintineo de las fuurin (“campanas de viento”) decoran la escalera que lleva al gimnasio. Se podría pensar que estamos en algún barrio de Kioto u Osaka. Pero no, la filial del afamado Ihara Dojo –uno de los puntos cardinales del kick boxing a nivel global– se encuentra enclavada en el primer piso del Club Social y Deportivo Alsina, a pasitos de la estación de Quilmes.
Faltan pocos minutos para que den las dos de la tarde. La hora señalada para que se largue la novena edición del Real Japanese Kick Boxing, el evento que reúne a los fanáticos bonaerenses de la disciplina creada por Osamu Noguchi en la década del ’60. “Para muchos, somos unos locos tirándonos patadas, lo que es bastante cierto. Pero hay toda una filosofía de vida atrás del kick boxing”, explica a Tiempo Diego González La Volpe, el sensei que comanda el dōjō quilmeño. Y agrega que detrás del arte marcial también hay una historia. 
La crónica cuenta que Noguchi, el padre fundador, tenía grandes aptitudes para el boxeo. Lo llevaba en la sangre: su padre había sido campeón de peso pesado. Sin embargo, una lesión en la espalda dejó en la lona al joven púgil cuando su carrera apenas empezaba a despegar. Luego de aquel nocaut, Noguchi tuvo que colgar los guantes. Dicen que era un peleador obstinado y a la vez táctico, con mucha visión. Quizás por eso decidió que su vida siguiera ligada al cuadrilátero. Entonces se recicló como promotor de peleas. Primero en Japón, luego en Tailandia. En el antiguo reino de Siam organizó tres combates míticos, que enfrentaron a sus paisanos karatekas de Oyama y los aguerridos thai-boxers. Fue la génesis de un nuevo deporte que, incluso, llegó a tener secuelas geopolíticas. “Cuando los primeros peleadores japoneses les ganan a los tailandeses, el reino, furioso, corta relaciones comerciales con Japón, donde también es muy fuerte el nacionalismo y la defensa del emperador”, advierte La Volpe, con más de 48 combates internacionales sobre sus espaldas. 
Cuenta que dio sus primeros pasos en el gremio en los '90: “Arranqué en épocas difíciles. En el país no había nada y nadie te cuidaba”, dice el hombre de 45 años y casi 30 dedicados a las artes marciales. “Vengo de una familia trabajadora. Mi viejo era peronista de Perón, fanático del ciclismo, del fútbol y el boxeo. Cuando empecé a dedicarme a esto, para él era ‘ese deporte en el que se tiran pataditas, medio de señoritas’. Pero con el tiempo entendió que era mi pasión y que me ayudaba a conocer otros planos, un mundo diferente.” 
La disciplina que atrapó al sensei argentino combina en dosis desiguales las patadas más potentes de karate y el muay thay con los puñetazos certeros del boxeo y buena parte de sus reglas. Peleas con guantes y por puntos. Con rounds extenuantes y nocauts frecuentes. A finales de los '60, fue bautizado con el ostentoso y poco oriental nombre de kick boxing. En 1968 se fundó la primera federación en tierras niponas. Poco después conquistó buena parte del planeta.
“En la actualidad hay unas 50 millones de personas que practican kick boxing en el mundo”, asevera el curtido sensei y resalta que no es un mero deporte de contacto, sino un auténtico arte marcial que hermana a la actividad física con la espiritualidad. El dōjō es un terreno de entrenamiento, pero más un espacio donde se forjan valores y recorridos vitales. En japonés, significa “el lugar donde se busca el camino”. Y el maestro es quien recorrió antes que sus aprendices esos senderos que muchas veces se bifurcan. 
Esta tarde, el sensei oficiará de árbitro. Mientras se calza una camisa impoluta y un pantalón de vestir, comenta que la perseverancia es un valor que intenta trasmitir todos los días a sus pupilos. “Utilizamos el término osu, que significa perseverar bajo presión.” Custodiado por varias docenas de trofeos y una estatua de un soldado de terracota de Xian, La Volpe se despide y regala una reflexión final: “Acá no hay lugar para los violentos. Osu es el camino que elegimos. Creemos que a través del arte marcial es posible llegar a la iluminación”.
Bellas artes marciales
Con la misma pasión, la joven Nadia Bronn Balbis da pelea dentro y fuera del cuadrilátero. Es mamá de una nena, cajera de Frávega y uno de los secretos a voces del kick boxing nacional. Este año tuvo la posibilidad de pelear dos veces en el mítico Tokyo Dome. “La Meca. No hay palabras para describir lo que se siente pelear ahí. Me llevaron un día antes a conocer el estadio, porque si vas el mismo día de la pelea, dicen que te agarra un shock. Es un monstruo, entran 50 mil personas”, cuenta Nadia, y luego revive los combates: “La primera pelea, en abril, empaté contra una campeona de karate. Y en septiembre perdí por puntos. Son rivales muy difíciles por el nivel y la técnica, y porque respiran esto los 365 días del año”, resalta la dama, primera mujer no japonesa en ingresar al circuito de la federación nipona. Sueña con ser profesional: “Quiero vivir de esto. A veces, voy a trabajar y pienso que estoy perdiendo seis horas de mi vida, porque me gustaría estar acá entrenando.”
Consultada sobre los valores que le enseñó el deporte, la joven de brazos y piernas de acero no duda. Rescata la búsqueda paciente y dedicada para ser la mejor en el arte marcial, y en todas las facetas de su vida. “Acá aprendo a superarme día a día, a ser más tolerante con mi hija si se manda una cagada, a ser mejor persona”. Aunque en un rato debe enfrentar a una oponente en el ring, Nadia luce la templanza de un monje tibetano: “La pelea no es contra el rival. Siempre es contra uno mismo.” 
Mauro Herrera también peleó en Japón. De sus viajes al Lejano Oriente se trajo dos triunfos por nocaut en el primer round. Es grandote, muy grandote: un hombre montaña de 100 kilos y musculatura maciza. Vive en Berazategui, está casado y tiene dos hijas. Trabaja como productor de seguros y entre risas afirma que antes de los combates nunca les ofrece una buena promoción a sus retadores. Esta tarde no sube al ring, pero acompaña a los peleadores desde uno de los rincones. “Les pido que vayan para adelante, que salgan a divertirse, no a matarse. Que pongan en práctica lo que aprenden todos los días en el dōjō.”
En la primera exhibición de la tarde, se enfrentan los deportistas más jóvenes del Ihara: Lautaro Luque, de 11 años, y Tomás Hernández, de 12. Cuentan a coro que son primos y que practican kick boxing desde hace pocos meses. Sobre el ring, brincan de una punta a otra como pequeños saltamontes.
Ni retroceder, ni rendirse 
A las cuatro, el gimnasio es un sauna. La térmica debe andar por arriba de los 40º. La música electrónica explota en los parlantes. En las gradas, los espectadores pelean contra el calor. Sobre el ring, los gladiadores de sangre fría miden sus golpes para llegar al final, vivitos y coleando. 
En pocos minutos será el momento de la verdad para Rodolfo Roncoroni, un portuario cuarentón de larga barba vikinga. Poco antes de subir al cuadrilátero, cuenta que su verdadera batalla la ganó cuando comenzó a practicar kick boxing, siguiendo el consejo de su hijo: “Desde que vengo al dōjō, bajé 30 kilos y dejé de fumar. Y ese es un triunfo en el primer round.” No muy lejos, su esposa Soledad lo alienta desde la tribuna: “Desde que empezó lo veo más guapo. Otro beneficio es que viene y se pelea acá, y no me hincha en casa.”
El plato fuerte de la tarde ofrece a Juan Cruz Velázquez y Ricardo Bravo, dos de los luchadores con más polenta del Ihara. Pelean por el título local de la WKBA. Bravo elonga y tira golpes al aire. Velázquez se reconcentra, cierra los ojos. Segundos afuera. Velázquez toma la iniciativa y castiga al fibroso Bravo con una ráfaga de cortitos. Van piñas, vuelven patadas. También rectos, jabs y algún que otro abrazo de oso. Con sus cascos protectores, los luchadores tienen un aire a Mazinger Z. Finalmente, Bravo logra recuperarse con la fuerza de sus patadas y consigue una postrera victoria por puntos.
En pocas semanas, el ganador partirá raudo a Japón, donde vivirá un año. Lo eligieron por su potencial y sus aptitudes. Dice que quiere ser campeón japonés y del mundo. Bravo dejará familia, colegio y amigos. “Todo para conseguir la gloria”, dispara. Hasta la victoria, siempre.
Publicada en Tiempo Argentino, por acá