martes, 23 de agosto de 2016

Un round de box lírico

La tarde de domingo es diáfana y los rayos del sol se filtran entre las araucarias. Unos cien pibes se amuchan bajo la delgada arboleda, justo frente a la estación de Claypole. Se van formando las rondas de chicas y chicos que arañan los 20 años, engalanados con sus remerones tamaño carpa, pantalones de tiro bajo, viseras planas. Algunos comparten generosos vasos de Quilmes y papitas fritas sabor ketchup. Otros, una calada de porro. Pasaron algunos minutos de las cinco y el Halabalusa va calentando sus motores. Iván lubrica su garganta con gaseosa, antes de que arranque el primer combate. "Y yo te digo, hermano / hablando de cultura / simplemente voy rapeando / y me saco todas las ataduras / Y por eso sigo intentando / y a veces me falta cordura / aunque, por ahora, mi rima sale un poco dura", ensaya el flaco de Florencio Varela, y recibe el aliento incondicional de Quito y Franco, los mosqueteros que le cuidan la espalda los domingos, en la meca del freestyle del Conurbano profundo.
El Halabalusa ocupa un lugar legendario dentro de la dilatada historia de la cultura hip-hop argentina. Una vez al mes, es el escenario a cielo abierto donde cientos de pibes se baten en enfrentamientos dialécticos, armados sólo con su filosa verba. "Rap, hip-hop, freestyle, a quién le importa el nombre, en realidad lo que hacemos es arte, arte callejero –confiesa Quito, un morrudo estudiante secundario de Rafael Calzada–. Mucha gente nos ve y dice que somos vagos, pero no entienden que cada persona tiene algo para expresar. Nosotros lo hacemos con la rima".
Como todo lo que tiene que ver con el hip-hop, las batallas son originarias de los Estados Unidos, más precisamente de Nueva York. Nacieron durante los ardientes años '70, en las barriadas empobrecidas y los guetos negros del Bronx, al norte de la opulenta isla de Manhattan. La cultura hip-hop tiene cuatro patas: el graffiti, el breakdance, los DJ y los raperos encargados de disparar rimas y comandar la ceremonia, bautizados MC. Desde aquellos tiempos, el cypher –la ronda– es el espacio callejero donde los MC muestran sus dotes como auténticos boxeadores líricos. "El freestyle viene de los nigga –complementa Franco, otro MC llegado desde Varela–, pero acá le metemos nuestro estilo". Nadie nace con la receta mágica para improvisar frases picantes a la velocidad de la luz, dice el muchacho, que acredita 16 y confiesa que las lecturas –menciona a Shakespeare, Stephen King y Poe– y la práctica son fundamentales en su preparación. "Llueva, truene o se caiga el cielo, con los pibes siempre nos juntamos a tirar rimas. El resultado se ve el domingo, en la batalla".
Mano a mano
De lunes a sábado, Max da su batalla cotidiana en la cocina de un bar de Adrogué. Es cocinero y un maestro a la hora de preparar el ojo de bife bien a punto. Cuenta que durante las largas jornadas de trabajo, entre comanda y comanda, despunta el vicio de amasar rimas. Es miembro de Primera Mancha Crew, el grupo germinal que parió el encuentro Halabalusa en el año 2009. Al principio se juntaban en el garaje de una casa en Don Orione: unos pocos valientes que podían contarse con los dedos de una mano. Se corrió la voz y sumaron algunos cómplices. Pronto el garaje quedó chico, y mudaron el encuentro al bosquecito enclavado frente a la estación del Roca. El gran salto lo dieron gracias a la tecnología, cuando decidieron filmar las batallas y subirlas a YouTube. Meses después juntaron más de 400 personas y tocaron el cielo con las manos.
"Hay batallas picantes, pero lo primordial acá es el respeto. Y la regla no escrita es que todo queda dentro de la ronda", aclara Max mientras se acomoda el gorrito de Piluso. El Halabalusa es el semillero del freestyle argentino. En sus rondas se formaron estrellas rutilantes del hip-hop local. Como Dtoke, miembro fundador de Primera Mancha, que se consagró en la Red Bull Batalla de los Gallos 2013, el campeonato más importante de habla hispana.
Kusa le da una patadita digna de una película de karate a la parte trasera de su skate. La madera forrada de calcos se eleva y termina su vuelo en la mano derecha del patinador. Mientras se acomoda las rastas, cuenta con tono campechano que a los 15 se metió en el mambo del freestyle. Hoy tiene 20, estudia inglés y es una de las figuritas difíciles de doblegar en el ring. "Cada uno tiene un objetivo cuando rapea. A mí me gusta la poética callejera, hablo de no quedarte encerrado en tu casa o en Internet. Cuando estás ahí –dice y señala la ronda de pibes– te sale por la boca todo lo que abunda en tu corazón." Crack es el compadre de Kusa. Tiene 28 años y una hija de casi dos que se llama Cristal. No duda en emparentar el freestyle con el pugilismo: "No hay que dejar que el otro te verduguee. Pero en vez de pegarle con tus puños, le das con las rimas". Parafraseando a Ringo Bonavena, Crack dice que cuando empieza la batalla, "te sacan el banquito y te quedás solo". Pero no tanto, siempre aparecen las palabras justas para salvarle el pellejo.
La vieja escuela
A Erik “El Croto”, el rap le dio de comer. Durante años se ganó el mango vendiendo chucherías y rapeando en las formaciones del Roca que van de Bosques a Temperley. "No esperás a que te compren, le ofrecés algo más a la gente: un espectáculo arriba del vagón", explica el joven de Monte Grande. Erik integra la crew HAL, junto a su primo, un auténtico veterano de la escena doble H de la zona sur: Guillermo es de Burzaco, tiene 35 años y empezó a escuchar rap en los ya lejanos '90. Es de la generación que tomó la posta de los padres fundadores del rap en el país, aquel parnaso integrado por Mike Dee, Frost y el mediático Jazzy Mel. "A mí no me gusta entrar en la batalla –confiesa–, y quizá eso lo aprendí de la vieja escuela. Para mí el rap es contar mis aventuras, como charlar en una ronda con amigos". Guillermo pita un cigarrillo y cuenta que trabaja de fletero. Cuando puede, le da rienda suelta a su otra pasión, el graffiti. "Pero la calle está muy dura. Para hacer un buen graffiti necesitás 600 pesos, y ahora no están. Por eso prefiero dar la batalla, pero en la calle, ganando la moneda".
Nichelón, Sony y Cash son la terna arbitral del Halabalusa. Con ojo experto, y en pocos segundos, deben evaluar la performance de los gladiadores. "Analizamos el estilo, el flow, la manera de fluir; y sobre todo el punch, el tiro del final", explican a coro. Consultados sobre las características del competidor ideal, los jueces no dudan: "El ingenio es fundamental, pero acá gana el más frío. El que se calienta, pierde." Antes de retomar sus labores –en pocos minutos arrancan las semifinales– los magistrados resaltan que el freestyle criollo cobija en su ADN la herencia de la payada. En cada contrapunto se filtra la labia de los jóvenes poetas. "El hip-hop no para de crecer y eso tiene una sola explicación –especula Nichelón–: acá los pibes se pueden expresar, decir lo que sienten, algo que no pueden hacer ni en sus casas ni en la escuela".
Ronda nocturna
Tink tiene rulos eléctricos y la mirada penetrante. Nació en Brasil, vino a la Argentina a los cuatro años y ahora vive en Alejandro Korn. Dice que el freestyle es su punto de fuga, un cóctel molotov donde su voz estalla contra el gatillo fácil, los oligarcas y los políticos. Con su sonrisa luminosa y sus rimas combativas, Tink también le hace frente al machismo que domina la escena. "Como mujer, es difícil ganarse el espacio, es un campo dominado por hombres. Pero yo les pego el doble cuando me atacan. Hace un rato me dijeron que tenía ovarios de leona".
En la ronda nocturna, Crack y el Anarchy, un pibe de remera con el logo de Batman, se juegan un boleto a la finalísima del domingo. La tribuna agita los brazos en trance, siguiendo el ritmo mecánico que marca con su boca el hombre a cargo del beat box. La batalla es pareja. Golpe a golpe, verso a verso. Sin embargo, el certero disparo del final le da la victoria a Crack: "Te lo digo una vez más / y no me la doy de quía / Tenés la remera de Batman / y yo te gano con la de Bruno Díaz". 

martes, 16 de agosto de 2016

Vade retro Satana

Desde hace algunos días, un extraño mal aqueja al padre Manuel Acuña. Fiebre, mareos y escalofríos azotan su cuerpo. "Está algo débil, pero los va a recibir igual", explica Paula Martínez, la joven secretaria del hombre a cargo de la Parroquia Del Buen Pastor, en Santos Lugares. Al parecer, el exorcista más famoso de la Argentina se enfrenta a sus propios demonios: un virus gripal ingresó en su organismo luego de la misa carismática del domingo pasado. El médico fue rotundo en su diagnóstico. Para la cura, nada de agua bendita y oraciones. "Con un poco de reposo voy a andar bien", dice Acuña, mientras se abanica en la cocina de su hogar.
Tiene 54 años, es obispo luterano, especialista en "sanidad espiritual" y responsable del primer exorcismo transmitido en vivo por la tevé argentina. Muchos lo recordarán por sus intervenciones en programas de la fauna mediática local e incluso internacional: sus batallas contra el diablo llegaron hasta el Discovery Channel y tienen miles de visualizaciones en YouTube. "Al exorcista se lo admira o se lo odia. Muchos dicen que hacemos un trabajo tremendo, pero para otros somos chantas. Para ser franco, la única crítica que me molesta es la que brota de la total ignorancia", asevera rotundo Acuña, custodiado por su frondosa biblioteca, un ejército de angelitos forjados en cerámica y un póster del film El Exorcista.
Para combatir el oscurantismo que rodea la actividad en la que se ha especializado desde hace más de una década, el religioso decidió abrir la primera Escuela de Exorcismo y Liberación Evagrio Póntico. Un centro educativo único en su especie, que funciona en el predio del templo, en Tres de Febrero. El emprendimiento tiene un cuerpo docente interdisciplinario conformado por tres psiquiatras, un antropólogo y una médica clínica, y ya cuenta con 24 estudiantes. Por 700 pesos al mes y otro tanto de matrícula, la novel institución ofrece al alumnado la bibliografía y herramientas necesarias para "distinguir un fenómeno paranormal de una presencia maligna", además de especializaciones en angelología, parapsicología y chamanismo. El éxito de la iniciativa no sorprende al exorcista: "Argentina es un pueblo muy religioso, pero también muy supersticioso. Tenemos un ansia de trascendencia que no siempre es bien canalizada".
–¿Y por qué dice que los argentinos son supersticiosos?
–Porque cuando no se les ofrecen modelos religiosos, los buscan solos. Ahí aparecen la Difunta Correa, el Gauchito Gil, la religiosidad popular. Nosotros tratamos de iluminarla, no ir contra ella. Buscamos apartar lo nocivo, como la devoción por San La Muerte, que es un demonio. La muerte no salva ni a los que le rezan.
Escuela de monaguillos
Aunque nació en Corrientes, Acuña aprendió a rezar en el Once, a finales de los '60. Llegó con apenas tres años de edad, con su mamá y su abuela, escapando de un rosario de penurias económicas. Su familia, de origen paraguayo, había conocido en carne propia las desdichas del migrante: la represión de Stroessner los había obligado a cruzar la frontera. En la ciudad de la furia, su madre consiguió trabajo en una juguetería. Gambeteaban la pobreza en una casa de pensión. El memorioso Acuña abanica sus recuerdos de infancia: "Luego nos mudamos a Migueletes y Maure, en lo que hoy es Las Cañitas. Todavía era el barrio de cuchilleros de Borges, de caballerizas y alfalfa, un ámbito casi rural. La calle se llenaba de bosta." La Abadía de San Benito estaba a pasitos de su casa, y el niño Acuña pasaba horas en la capilla. Ahí aprendió los sacramentos. Y conoció a un cura sanador con fama de exorcista, el padre Lorenzo: "La gente enferma hacía fila en las escalinatas de la iglesia: buscaban la palabra y la imposición de manos. Un día me lo crucé en la santería y Lorenzo me acarició la cabeza. Fue una señal".
Acuña era monaguillo. Una tarde, en el confesionario, le cambió la vida. "Pasaron 44 años, pero me emociono como si fuera hoy –suspira y clava sus ojos vidriosos en el canario que canta en la cocina–, el padre confesor me dijo: 'Manolito, ¿no pensaste que podés ser uno de nosotros?' Ese día nació mi vocación religiosa." Desde 1995 es obispo de la Iglesia Carismática Luterana Independiente.
Su cargo le permitió conocer al cardenal Jorge Bergoglio, con quien compartió horas de rezo. "Yo fui amigo del Papa, y hasta me regaló esta cruz pectoral", dice Acuña y exhibe con orgullo el dorado presente, y algunas añejas fotos que acreditan la relación. "Como San Francisco, otro famoso exorcista, el Papa es un hombre que cree en la oración. Un hombre que sabe del combate contra el mal".
Simpatía por el demonio
Según Acuña, nadie elige ser exorcista. Es un "llamado". Lo recibió el 4 de abril de 2001, en plena misa. "Una quinceañera empezó a reptar, a hablar en otras lenguas, se le pusieron los ojos blancos. Pesaba 40 kilos, pero necesitamos ocho personas para contenerla. Y ahí nomás apliqué el ritual, lo que sabía, improvisé", recuerda Acuña, y saca de su biblioteca uno de sus libros de cabecera: Práctica de exorcistas y misterios de la Iglesia, un clásico de la disciplina escrito en el siglo XVII. Luego de aquella primera batalla, la repercusión en los medios de comunicación no se hizo esperar. "El primero en llegar fue Chiche Gelblung", resalta. De la noche a la mañana, el exorcista logró su ascensión al cielo mediático.
Acuña se jacta de haber realizado más de 1200 exorcismos. Para recibir los favores del padre, hay que cumplir con el "procedimiento". En primer lugar, se completa un formulario parecido al de una historia clínica, donde se contesta sobre problemas psicológicos, la medicación que se toma, adicciones y adhesiones personales o de la familia a ciertos cultos o prácticas religiosas. Luego, el equipo interdisciplinario analiza ese documento y sólo entonces se está en condiciones de concretar una entrevista personal. Con precisión estadística, pero sin revelar sus fuentes, Acuña asevera que en los últimos diez años han aumentado un 25% las posesiones a nivel mundial. "Es por el avance de las prácticas esotéricas sin control. Hay que cuidarse de la magia negra y de la tabla Ouija. El 40% de los exorcismos que hice fue con personas que habían practicado el juego de la copa en su adolescencia", señala, mientras acomoda el viejo manual en un estante, bien cerca de un volumen dedicado a la demonología y a inmaculados ejemplares de la revista de Susana Giménez.
El diablo viste a la moda
El olor a incienso inunda la Parroquia Del Buen Pastor. Ataviado de estricta etiqueta negra, el padre posa para el fotógrafo no lejos del altar coronado con velas ardientes y una estatua de San Miguel Arcángel, el "exorcista invisible". Acuña sabe cómo mostrar su mejor perfil para la cámara. Mientras empuña su crucifijo de madera, advierte: "Vivimos tiempos difíciles. Ya lo dijo el padre Gabriele Amorth, el decano de los exorcistas del Vaticano. 'El demonio ha tenido una gran victoria últimamente: hace creer que no existe'".
Al terminar la sesión de fotos, la secretaria le avisa al padre que el almuerzo –churrasco con ensalada– está listo. El religioso debe recuperar fuerzas, dormir una siesta y prepararse. En pocas horas comandará un ritual de hechizos. Siempre y cuando el diablo no meta la cola. «
Mano a mano con Satán
El octogenario padre Carlos Mancuso es otro de los referentes del exorcismo en el país. Fue durante décadas párroco de San José, en la calle 6 de La Plata, y está autorizado por la Iglesia Católica para efectuar exorcismos. Escribió un libro, Mano a mano con el diablo, donde relata en primera persona su trabajo. Allí Mancuso advierte: “Enfrento con frecuencia al diablo y lo conmino a abandonar esos cuerpos que decidió poseer. Es una tarea muy pesada, el combate de un humano contra las fortalezas más antiguas del Universo. La mía, queda claro, no es una actividad sencilla”.
Publicado en Tiempo Argentino, por acá

jueves, 11 de agosto de 2016

Porque esto es África


Estrellas negras es el primer libro del periodista polaco Ryszard Kapuscinski (1932-2007), pero el último que aparece publicado en español. En 1959, Kapuscinski tiene su bautismo de fuego africano. Por esos años, el continente negro estaba en llamas, y la agencia oficial de noticias polaca lo envió para cubrir el efervescente proceso de liberación africano. 
Desde este viaje iniciático, surgió una apasionante y fructífera relación entre Kapuscinski y el África, de la cual nacieron obras cardinales del periodismo narrativo del siglo pasado. Desde Ébano hasta El emperador, sin olvidar el delgado, y a la vez hercúleo, Un día más con vida, donde relata la sangrienta guerra civil angoleña. 
Estrellas negras fue publicado en Varsovia en 1963 y vendió unos 6000 ejemplares. Kapuscinski no era todavía un escritor consagrado: el "gran cronista" de los procesos de descolonización del siglo XX. Sino más bien un joven que tenía que ganarse el mango, escribiendo desde el tercer mundo. Luego de fugaces estadías en la India y China –sus primeros destinos como corresponsal–, el periodista polaco aterriza en Accra, la capital de Ghana. Llega a África casi sin contactos, con la billetera demasiado flaca, y se alquila una pieza en el Hotel Metropole: "una rareza arquitectónica –describe– que durante la estación de lluvias se pudre y enmohece, y en los meses de sequía cruje y se resquebraja". 
Al inicio de Estrellas negras, el joven cronista confiesa: "He dormido en cientos de hoteles de veinte países distintos, pero sólo éste he llegado a considerarlo un hogar, y cuando entraba en él me sentía feliz." Durante sus primeras andanzas y desandanzas por el tórrido continente africano, el cronista traza retratos de dos países recién independizados: Ghana y el Congo. Pero sobre todo hace foco en los carismáticos líderes que pilotearon los procesos de descolonización, el joven Patrice Lumumba y el carismático Kwame Nkrumah. 
En "Los abanderados", una de las 17 crónicas que integran el volumen, el polaco advierte: "El África despertada necesita de grandes nombres. Como símbolos, como aglutinante, como compensación. Durante cientos de años, la historia del continente ha sido anónima. Hasta ahora. Como si quisiera recuperar el secular retraso, África inscribe en la historia un nuevo nombre." Y Kapuscinski estaba ahí para darle voz. A mitad de camino entre el relato de aventuras on the road, la crónica de alto vuelo literario y el preciso ensayo histórico, estos textos tempranos muestran a un Kapuscinski en estado puro. Dando sus primeros pasos en el violento oficio de escribir.

Publicado en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 8 de agosto de 2016

Ni amo, ni patrón, ni director

Son las cinco de la tarde y en la clase de Lengua se discute sobre ciencia ficción. "Podríamos leer Fahrenheit, que habla de un futuro en que los gobiernos queman libros porque dicen que son malos para los humanos", propone Diego, un estudiante de primer año, que luego peina el radiante mechón azul que cae sobre su frente. Gustavo y Angelly, los profes a cargo de la materia que también son llamados por su nombre de pila, toman nota de la sugerencia y suman Un mundo feliz y 1984 al menú literario. "Pero ahora falta lo importante –agrega Gustavo–, vamos a leerlos."
La clase avanza mansa y tranquila en la Escuela Libre de Constitución, alimentada por las tortas fritas que preparó Rosa, otra aplicada estudiante del curso inicial. El "Bachi", como todos lo conocen, es un emprendimiento educativo para jóvenes y adultos que nació hace casi una década. Un proyecto que recupera los principios de la pedagogía libertaria y le suma las experiencias de los bachilleratos populares que surgen de la crisis de 2001. Su sede está ubicada en el espacio de la Federación Libertaria Argentina (FLA), en la esquina de Anchoris y Finochietto. En la triple frontera que hermana los suburbios de Constitución, Barracas y Parque Patricios.
El Bachi tiene 25 estudiantes y unos 20 docentes. No recibe ningún subsidio del Estado: el emprendimiento se autofinancia y los docentes eligen no cobrar un sueldo. No tiene directivos y la organización surge a partir de la voz de la asamblea de estudiantes y profesores. "Es diferente a la escuela normal porque acá se tiene en cuenta nuestra opinión", explica Raúl, que cursa el primer año.
Raúl vive en Glew, trabaja en el restaurante familiar y le gusta que no le hagan "historia" por cómo viene vestido a la escuela: "A la hora de estudiar, acá tenés la libertad de ser vos mismo."
Al maestro con cariño
Dos profesores preparan el salón. En un rato arranca la clase de música. Fredy estudió musicoterapia. Tiene una banda, Amore y Anarquía, que explora el cancionero libertario. Trabaja codo a codo con Guillermo, el otro docente de la materia. En la escuela, las clases se dan por parejas pedagógicas. "Un criterio que apunta –precisa Guillermo– a desarrollar la diversidad de miradas y el debate como herramienta de aprendizaje." Fredy añade que no tiene un buen recuerdo de su paso por los secundarios: "Ojalá hubiese podido experimentar el nivel de libertad que hay acá adentro."
Antes de que termine la clase de Lengua, Verónica toma notas en su carpeta. Cuenta que quiere terminar el secundario. En el Bachi comparte la cursada con su hijo adolescente. "Pero ojo, acá somos independientes, sólo compañeros –advierte–. Aunque me podría ayudar un poquito más." Gustavo es licenciado en Letras y da clases en el Bachi desde el primer día. Mientras tatúa el pizarrón, explica: "El conocimiento no es algo vertical que se transmite del docente al estudiante. Acá aprenden los estudiantes, y también los docentes."
Germinal
En 1984 Diego decidió dejar Arrecifes, en el norte de la provincia de Buenos Aires, para estudiar Bellas Artes en la capital. Al poco tiempo también llegó a la vieja sede de la FLA, en Constitución. Durante aquellos años de la primavera democrática, conoció a un educador anarquista que le abrió las puertas a un nuevo mundo. "Lo que en un primer momento me parecía una casa algo decrépita llena de viejitos, se transformó en un lugar maravilloso. Conocí a gente que estuvo en la Guerra Civil Española", resalta el artista plástico.
Como si estuviera dibujando sobre un lienzo, pinta una imagen de aquellos días iniciáticos: "Por la casa pasaba siempre un señor que escribía y que estaba muy interesado en el anarquismo. Recuerdo mucho una tarde en que los viejos le estaban sirviendo un té al sol. También le daban un poco de hilo para que cosiera un botón flojo. Resulta que este hombre era un compañero del Borda, y los viejos militantes leían sus textos y le pasaban libros para que siguiera escribiendo. Esa escena me conmovió y decidí involucrarme de lleno." 
Primero descubrió la fabulosa y, obviamente, algo anárquica biblioteca. Después, el monumental archivo conformado por diarios, folletos, volantes y fílmico. Con cinco compañeros, dedicó miles de horas a darle un orden a ese universo. Diego forma parte de una generación "bisagra" entre la vieja guardia ácrata y los jóvenes que se acercaron a la FLA a principios del nuevo milenio. "Para el 2000 casi no quedaban viejos militantes. Entonces empezamos a pensar nuevas caminos, para mantener vivo ese espacio, que nos había recibido generosamente."

En los años en que la crisis del neoliberalismo expulsaba a millones del sistema, la casona de la calle Brasil cobijó a los desocupados de La Matanza, a militantes del MTD y también a HIJOS. Diego cuenta que la casa comenzó a tener una dinámica renovadora. El Bachi es hijo de esos nuevos vientos.
En 2007, un grupo de docentes se acercó a la FLA con la idea de crear una escuela. Todo ese año, las asambleas fueron dándole forma a un proyecto de educación popular, autogestivo, gratuito y de matriz horizontal. La injerencia del Estado y la oficialización del bachillerato despertaron acaloradas discusiones. "El conflicto más gordo se dio para que fuera libre. Nuestro interés era que participen personas que quisieran ser parte de un proyecto con una pata social. Las diferencias muchas veces son un colchón", agrega Diego. Finalmente, las clases comenzaron en marzo de 2008 y Diego armó allí un taller de serigrafía. 
En 2010, un grupo de militantes violentos ocupó la casona de la calle Brasil, y tanto la FLA como el Bachi tuvieron que buscarse un nuevo espacio y arrancar casi de cero. Y lo hicieron. En la actualidad, Diego sigue dando una mano. Como la que le tendieron aquellos viejos anarcos.

Muchacho punk
Bakunin sostenía que el origen de los males sociales no se encontraba en la maldad humana sino en la ignorancia. Sebastián, un egresado de 28 años que sigue vinculado al espacio, seguro leyó al pensador anarquista y completa: "No hay otra forma de transformación social que no sea a través de la educación. Mi experiencia me mostró que otra forma de aprender es posible, y sobre todo necesaria."
Sebastián cuenta que es de Avellaneda y de Independiente. Era punk y había abandonado la escuela. Profesaba un credo contestatario a rajatabla. "Toqué el timbre y me abrió la puerta uno de los profesores que da Biología, y me invitó a pasar. Me enamoré de la impronta del proyecto y su sentido de transformación."
Luego de una lucha cuerpo a cuerpo con las matemáticas, Sebastián alcanzó el título oficial de Perito Auxiliar en Desarrollo de las Comunidades. Egresó hace unos años, pero se lo puede ver seguido por la FLA. "Me gusta el término experimentación. Es muy adecuado para entender cómo funciona el Bachi."
En la clase de Historia, la profe Gisela dialoga con Claudia y Silvia sobre las andanzas del Chacho Peñaloza. Silvia dice que le gusta cómo se pueden aprender diversas miradas, hay debate y se escucha: "Acá todos estamos en el mismo nivel. Y eso tiene que ver con una palabra: igualdad." 
La breve primavera de la pedagogía libertaria en la Argentina
Durante los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, un buen número de experiencias educativas libertarias tuvieron lugar en la Argentina. El primero del que se tenga registro surgió en 1889, en la calle Urquiza 1855, Parque Patricios. Allí se creó la Escuela Nueva Humanidad de Corrales, un emprendimiento sostenido por la Sociedad de Resistencia de Albañiles, los obreros del matadero del barrio y el periódico ácrata El Rebelde. Unos 70 pibes estudiaban en la escuela. Juan Cazabat, su director, abandonó el país en 1902, perseguido por la Ley de Residencia. 

Ese mismo año abrió sus puertas el Círculo de Enseñanza Libre, en La Boca. En 1906 se fundó la Escuela Laica de Lanús, una iniciativa conjunta de anarquistas y socialistas. Julio Ricardo Barcos, pilar del "racionalismo" local, fue su director. En 1908, Barcos se incorporó a la Escuela Moderna de Buenos Aires, un espacio sostenido por la Sociedad de Sombrereros y de Conductores de Carros. También en ese año se creó en Mar del Plata la escuela La Colmena Infantil, un proyecto "integral y mixto". 

En 1909 aparecieron escuelas en Rosario, Bahía Blanca y Mendoza, que debieron soportar parejos ataques de la Iglesia y la policía. Ese mismo año, el pedagogo Francisco Ferrer fue fusilado en Barcelona. Los sindicatos y escuelas porteñas llamaron a una huelga general. Pocas semanas después, Simón Radowitzky ajustició al coronel Falcón. La represión estatal se desató. Se cerraron periódicos y escuelas libertarias, y se llenaron las cárceles. 

Una crónica publicada en Tiempo Argentino por acá


domingo, 7 de agosto de 2016

Pokémon Go Home

Aunque no los veamos, los Pokémon siempre están. Esa parece ser la consigna madre del fenómeno global cuya llegada al país es inminente. Desde principios de julio, millones de fanáticos del videojuego japonés Pokémon Go invaden calles y plazas de todo el planeta, presos de un éxtasis místico, en pos de atrapar pequeños monstruos virtuales. Con sus smartphones como santo grial, los fans de Pikachu escanean el espacio público en su cruzada tecnológica. Veinte años después de su irrupción en el escenario gamer, la nueva versión del juego creado por Satoshi Tajiri borra las fronteras entre el mundo real y el virtual. Y la aventura recién comienza.
“Es algo grandioso. Escuché acusaciones de que los videojuegos son los culpables de que los chicos ya no salgan a la calle a jugar. Ahora no hay excusas, Pokémon Go nos obliga a salir a caminar”, asevera Nicolás Alejandro Borromeo, desarrollador de videojuegos y docente de la Universidad Tecnológica Argentina (UTN). En efecto, el principal atractivo del juego pasa por el uso de la realidad aumentada y del GPS, que rompe con la reclusión en el espacio privado. Para el gamer Roberto Gómez, “la diferencia radica en que con la realidad aumentada podés usar la cámara del celular y tenés interacción con el mundo real
Con el juego desarrollado por la empresa Niantic en colaboración con Pokémon Company -Nintendo, Game Freak y Creatures- irrumpe un nuevo paradigma de jugador: activo y con posibilidades de explorar la ciudad como nuevo espacio ficcional. Ya existen juegos como este en el mercado digital, “pero esto es un punto de inflexión –apunta Borromeo– y va a marcar un pico de popularidad. En la industria, cada tipo de juego tiene su época de gloria. Creo que Pokémon Go llegó para quedarse”.
Tras su salida a la cancha el pasado 6 de julio, en pocos días se transformó en la app que “se descargó más veces” en la cortísima historia de las aplicaciones móviles, según informó la tienda digital de Apple. En las tres semanas que Pokémon Go lleva activo en Estados Unidos, Europa, Japón y Oceanía, el juego tuvo más de 30 millones de descargas en los sistemas operativos iOS y Android. Más allá de los rumores, el desembarco en la Argentina se espera para agosto.
La descarga es gratuita. Pero la intención ulterior de los comercializadores de la app es masificarla (ya superó en uso a Instagram y Twitter) e incentivar en los jugadores la compra de elementos complementarios para mejorar la cacería. Niantic facturó 30 millones de dólares en sólo 20 días. El 5 de julio, cada acción de Nintendo tenía un precio de U$S 136,59. Para la última semana del mes ya treparon a U$S 218,46, y eso que la firma nipona es accionista minoritaria en el emprendimiento.
El derrame de ganancias también alcanzará a los patrocinadores privados, que hacen fila para entrar al negocio. Ocurre que los jugadores de Pokémon Go son “obligados” a dirigirse a determinados puntos clave para atrapar monstruitos, o para entrenarlos, espacios físicos muchas veces explotados por afamadas multinacionales. En Japón, McDonald's ya ofrece salas especialmente preparadas para calmar la sed de los cazadores.
Otro de los puntos oscuros es la extracción de datos que opera la aplicación sobre sus usuarios. Varias voces se elevaron para denunciar esta maniobra. Durante la presentación de su film Snowden, el director de cine Oliver Stone identificó al videojuego como un nuevo nivel del capitalismo de la vigilancia. “Estamos asistiendo a una suerte de sociedad robot, donde cada uno sabrá cómo se tiene que comportar. Esto es lo que se llama totalitarismo”, disparó el director de Pelotón en la Comic Con de San Diego.
Pokémon Go arranca
No todo es color de rosa en este manga mundial. En los últimos días, la fiebre desatada por Pokémon Go sube su temperatura y han aflorado las primeras complicaciones en el cuerpo social global. Algunos trágicos episodios parecen sacados de una mala película de clase B. ¿Los más curiosos? Una cazadora obsesionada con encontrar un pokémon acuático se topó con un cadáver flotando en un río, en el estado de Wyoming; varios descuidados coleccionistas de monstruos resultaron heridos al no prestar atención al tránsito y unos cuantos conductores irresponsables chocaron sus automóviles. Hasta un deportista francés se quejó en las redes sociales porque no pudo encontrar monstruos en la Villa Olímpica carioca.
Además, la realidad aumentada implica que los jugadores se acerquen a determinados sitios a los que, de otra manera, no irían. Una ONG bosnia advirtió sobre los peligros de jugar Pokémon Go en las regiones minadas que dejó el conflicto armado en ese país balcánico. Hace algunos días, fans de Pikachu intentaron violar la rigurosa seguridad de la Casa Blanca y el Pentágono. Para el desarrollador Borromeo, “el juego debe tener mecanismos que prevengan cualquier tipo de explotación inadecuada del mismo”. La resignificación que se hace del territorio urbano se vuelve ahora motivo de acaloradas discusiones. Las autoridades del Museo de Auschwitz, en Polonia, y las del Memorial del 11 de Septiembre, en Nueva York, han solicitado evitar esos espacios en el mapa virtual del juego, por considerar que pueden ocasionar prácticas fuera de lugar.
Borromeo explica que, más allá de los desafíos que plantea, Pokémon Go obliga a interactuar de forma directa con personas antes desconocidas: “Pronto veremos gente jugando en grupo por la calle. Relaciones que quizás perduren en la vida real”. «
Cómo atrapar a Pikachu
Pokémon Go es un ejemplo paradigmático de cómo la realidad aumentada, que consiste en ubicar elementos virtuales dentro del mundo físico visto a través de una pantalla del celular o de una tablet, puede transformarse en un juguete de masas. Los jugadores deben recorrer la ciudad guiados por un mapa virtual en sus celulares, buscando a los famosos monstruitos. Una vez localizados, los cazadores deben atraparlos, lanzándoles las Poké Balls virtuales. La idea no es enteramente nueva. Hay varias compañías que ofrecen esta tecnología a sectores profesionales y Google intentó popularizarla con su proyecto Glass. El lanzamiento sudamericano de Pokémon Go se espera para mediados de agosto. Los fanáticos argentinos deberán ser pacientes. Sin embargo, los rumores en la web circulan a la velocidad de los rayos de Pikachu. Desde las cuentas oficiales de Nintendo se anuncia un Campeonato Mundial de Pokémon, entre el 19 y el 21 de ese mes. Y hay quienes especulan con que el lanzamiento será esta misma tarde de domingo. ¡A preparar las “pokebolas”!
Una nota en Tiempo Argentino, escrita a cuatro manos con Guido Molinari. Se lee por acá

lunes, 25 de julio de 2016

Blanca y radiante


“Por todas las partes de las Indias que yo he andado, he notado que los indios naturales muestran gran deleitación en traer en las bocas raíces, ramos y yerbas… En el Perú, en todo él se usó y usa traer esta coca en la boca, y desde la mañana hasta que se van a dormir la traen sin la echar de ella. Creo yo que algo lo debe de causar, aunque más me parece una costumbre aviciada y conveniente para semejante gente que estos indios son”, especulaba en 1553 el cronista conquistador Pedro Cieza de León, en el clásico Crónica del Perú. La “hoja divina de los incas” casi nunca tuvo buena prensa. Resistida tempranamente por los colonialistas europeos y los hombres de medicina, la coca se incorporó tardíamente a la “revolución psicoactiva” en el naciente capitalismo de los siglos XVII y XVIII. Un período extraordinariamente intenso de expansión global y cambio en el estilo de vida y la conciencia social, alimentado por el consumo de nuevas estimulantes coloniales como el café, el ron, el tabaco, el opio y el intenso chocolate.
Este rechazo hacia la coca comenzó a cambiar para principios de 1800. La botánica, la ciencia de los alcaloides y las nuevas ideas sobre la racionalidad de los indígenas despertaron una aletargada curiosidad por la Erythroxylon coca. El “descubrimiento” europeo de la cocaína alcaloidea en 1860, aislada definitivamente a partir de la hoja de coca por un avanzado estudiante alemán de Química llamado Albert Niemann, terminó con las especulaciones acerca de su vitalidad. Nacía la cocaína científica. Ya sin el velo prejuicioso sobre la planta andina, las últimas décadas del siglo XIX aceleraron de un modo frenético la experimentación con este estimulante “caro y raro” que carecía de aplicaciones prácticas. La droga “moderna” –como la llamó el historiador Joseph Spillane– encontró su función como anestésico local recién en 1884. Los primeros investigadores de la cocaína eran alemanes, rusos y británicos. También descollaron los poco reconocidos peruanos. El joven doctor austríaco Sigmund Freud fue quizá el más famoso de todos ellos. Fascinado por la “magia” de la droga, entre julio de 1884 y julio de 1887, el padre del psicoanálisis publicó los cinco célebres ensayos conocidos como “los escritos sobre la cocaína”.
Mientras Freud experimentaba en Viena, un ignoto químico limeño, Alfredo Bignon, ponía en jaque con sus investigaciones caseras el monopolio de la producción mundial de la nueva “droga milagrosa”, que estaba en poder de dos laboratorios alemanes, Merk y Gehe. Por esos años, el padre del psicoanálisis apenas podía costear la droga, pero el olvidado peruano redujo su costo en cien veces en menos una década y ayudó a que estallara a nivel mundial su uso médico y popular. Esta y muchas historias más dan cuerpo a Cocaína Andina. El proceso de una droga global, el adictivo libro del historiador norteamericano Paul Gootenberg, que abarca más de cien años de historia cocaínica. Desde las primeras investigaciones decimonónicas que lograron aislar el alcaloide hasta la formación de las redes latinoamericanas de narcotráfico que dominaron la segunda mitad del siglo XX; pasando por el boom comercial de los afrancesados vinos de coca Vin Mariani, el crac del mercado global, el frustrado trust estatal peruana y la política prohibicionista norteamericana. No quedan afuera el golpe de Estado contra Allende, la ascensión de la Coca Cola y aun la caída de Pablo Escobar.
Nota de tapa en Radar de Página 12, se lee completa por acá

Tour mágico y misterioso


Al cierre del Tour de Francia de 1952, los aplausos del Parque de los Príncipes son todos para el dominador absoluto de la carrera: Fausto Coppi (1919-1960). Después de 23 etapas, casi 5000 kilómetros, y un dura caída, el “Campeonísimo” alcanza la gloria por segunda vez en la Grande Boucle. Este triunfo, más que ningún otro, le valió a Coppi el título –hasta nuestros días– de “héroe del deporte italiano”. El país que luego de la sangrienta Segunda Guerra Mundial hacía equilibro sobre dos ruedas para salir de la miseria. 
En aquel mítico Tour, también hubo otro fuera de serie que acompañó a Coppi en su epopeya. El periodista Mario Fossati (1922-2013) fue testigo directo de las proezas de su paisano. Fossati había sobrevivido de milagro a la campaña de Rusia y se ganaba el pan colaborando en La Gazzetta dello Sport. Cuentan que el joven cronista siguió la prueba a sol y sombra desde una moto y que nutrió sus crónicas con jugosos reportajes registrados en los hoteles donde los competidores reposaban sus cansados esqueletos. Dos décadas más tarde, luego de trajinar las redacciones del Giorno y La Repubblica, ya erigido como uno de los periodistas deportivos más importantes de Italia, Fossati decidió inmortalizar sus andanzas y desandanzas en aquella mítica competencia de principios de los años cincuenta. Así nació el único libro que escribió en su dilatada carrera. Una joya oculta de la crónica deportiva del pasado siglo.
Publicado originalmente a finales de los ’70, pero recientemente traducido al español por la editorial Gallo Nero, el libro El Tour de Francia. Fausto Coppi hacia la gloria permite conocer las mil y una peripecias de aquella edición que bordeó la agonía épica y la estrategia bélica. Es importante recordar que en 1952, el Tour todavía estaba reservado a las selecciones nacionales, lo que le daba un beligerante encanto patriótico, que más tarde dimitió ante el mercantilismo.
Como si estuviera rodando un clásico del neorrealismo italiano, Fossati relata la agónica obra maestra de Coppi con ritmo cinematográfico. La escalada del Alpe D’Huez, los celos y envidias en el team italiano –brillaban Gino Bartali y Fiorenzo Magni apoyando al piamontés-, las largas rectas de Le Mans, las charlas con Biagio Cavanna –el masajista ciego mentor de Coppi– y aun las confesiones nocturnas en los hoteles, “la tienda de los guerreros, el lugar en el que el campeón desvela a sus más íntimos los misterios de la carrera, manifiesta sus dudas, confía sus temores y lanza sus desafíos”.
El Tour de Francia es un libro de estilo elegante, pero sobre todo riguroso. También potente. Como una escapada del eterno Campeonísimo.
Publicada en Tiempo Argentino, por acá

Hoy te convertís en héroe

Con mostaza y una gruesa capa de papitas paille. Así le gusta el súper pancho a Deadpool. “Salí muy temprano de Merlo y todavía no almorcé. Tengo más hambre que el Chavo del 8”, confiesa Brian, el joven detrás de la máscara de la estrella pistolera de Marvel Comics. Curtidas zapatillas negras, pantalón de gimnasia colorado, pasamontañas al tono y una bolsa de consorcio rojo shocking sobre su torso. “Es una versión bizarra. ¡Soy Pobrepool! En el cosplay también sufrimos el ajuste”, explica el fornido muchacho, que se gana el mango como empleado municipal en el Conurbano profundo.
Brian no es el único con hambre de gloria en la Usina del Arte. La entrada al histórico palacete de aires florentinos, en el sur último de la Ciudad, está superpoblada por estoicos héroes de cómic y personajes surrealistas de animé que le ponen el pecho al frío dominical. Todos quieren obtener el mejor lugar, para participar en el encuentro de la Asociación Internacional de Cosplay.
Antes de liquidar el pancho, Brian cuenta que para llegar a La Boca se tomó el Sarmiento hasta Plaza Once y después el 8. “Me tuve que cambiar en la puerta. En un encuentro de hace algunos meses casi me hacen una contravención por andar con la máscara y portando armas de juguete en la calle”, explica el antihéroe, y luego encara derechito hacia la puerta del centro cultural. Al despedirse, dibuja la “V” con sus dedos y agita: “Hoy me van a sacar muchas fotos, soy el Deadpool del pueblo, ¡bien peronista!”
Te conozco, mascarita
¿Qué siente uno al ponerse en la piel de un superhéroe? “Nada en especial, es un hobby como cualquier otro. Disfruto mucho usar la máscara, porque me libera, no tengo inhibiciones morales. Sin la máscara sería uno más”, asevera Julián, un comerciante de Temperley. Es su debut en los encuentros de cosplay, la disciplina parida en los años setenta en Japón, que nuclea a los fanáticos del manga y el cómic. Los cosplayers diseñan y fabrican su propia ropa y maquillaje para representar a sus héroes. “Es el primer traje que armo, y quedó medio raro. Me tiraron que era el Hombre Araña, el Hombre Hormiga y hasta un Power Ranger. En realidad yo también soy Deadpool. Ya voy a ir mejorando con la costura”, dice Julián y posa para las fotos exhibiendo su customizada tarjeta Sube, que lo acredita para viajar como un superhéroe hecho y derecho.
Su novia, Jacqueline, lo acompaña en la aventura. Vino caracterizada como Gumi, un personaje de Vocaloid, la aplicación musical que es furor entre los adolescentes. Mientras peina su larga peluca de color verde flúo, la chica confiesa: “Me encanta este juego, cambiar de personalidad, borrar la identidad que figura en mi documento. Durante un rato, dejás de ser vos.” Quizás Oscar Wilde estaba en lo cierto: una máscara puede decir mucho más que una cara.
Lorena tiene 32 años, es profesora de Biología y fanática del animé. Dice que es tímida. Muy tímida. “Pero con los años, con esto de encarar un personaje, me fui soltando”. Está lookeada como Saber Lily, una blonda guerrera con aires de lolita gótica, de la serie Fate/Stay Night. Cuenta que Saber Lily es un espejo donde se reconoce: “Es seria por fuera, casi una piedra. Pero en su interior es muy sentimental. Se parece demasiado a mí.”
El juego de la vida 
Juan Domínguez es uno de los cráneos detrás de Tokyo 3, un emprendimiento nacional dedicado al vasto universo del manga. “Hoy estamos dando una mano en la organización. Con nuestro festival, Otaku Matsuri, llegamos a juntar más de 1500 personas. Lo hacemos cada tres meses”, dice. Según Juan, el mundo del cosplay es históricamente bipolar. Como si estuviese dando una clase de geopolítica, cuenta que la disciplina se divide en dos bloques bien definidos: el japonés, con la potencia del manga y el animé; y el de Estados Unidos, con su tanque estrella, el cómic. Sin embargo, en los últimos años, con el crecimiento exorbitante de la cultura gamer, un nuevo jugador irrumpió en el tablero: “Los videojuegos ganan cada vez más espacio –completa Juan–. En la cresta de la ola está League of Legends, tiene más de 70 millones de jugadores.”
Nadia exhibe con orgullo sus nueve colas. También sus orejas postizas y su ajustado vestido, inspirados en una de las protagonistas del juego top de la temporada. “Hoy vine como Ahri, de LoL. Es el personaje más elaborado que tuve que preparar. Me gasté 1500 pesos en el traje”, dice esta estudiante de Derecho, mientras juguetea con sus muchos rabos. “Igual que el zorrito de la mitología coreana, que suma una cola cada mil años, Ahri tiene nueve, y es una suerte de diosa”, comenta Nadia y sonríe ante los flashes que disparan los curiosos. La joven de Caballito cuenta que el cosplay la ayudó a superar momentos difíciles: “Mi ex pareja me maltrataba, me decía que no iba a llegar a nada. Yo me aferré a Ahri, ella me dio fuerzas. Ahora compito en los torneos Challenger de acá, donde conocí a mi nuevo novio.”

No muy lejos, en el stand de Retro Games, dos pibes disfrutan en éxtasis jugando al Súper Mario Bros. “Para algunos seremos nostálgicos. El tiempo pasa, pero al Family Game no hay con qué darle”, explican a coro Paris y Cristian, responsables del sitio web dedicado a los juegos clásicos. Para este dúo de fundamentalistas de la consola, la masificación y modernización del mercado no han cambiado el corazón de la actividad: “Los valores y los amigos son la esencia de los videojuegos”, asevera Cristian. En el plasma, el fontanero Mario pega saltos inverosímiles. Paris sonríe ante las piruetas del bigotudo y advierte: “Es nuestra cultura y siento que pertenece a un lugar que construimos desde chicos. Un lugar que nunca vamos a abandonar.”
Una familia muy normal
En la nave central de la Usina, los clones de Gatúbela, Iron Man y Visión se distraen sacándose selfies y chusmeando las novedades en los puestos de merchandising. Por 85 pesos se pueden conseguir las “Death Notes”, la agenda inspirada en un manga que garantiza la puntualidad y el orden para la rutina de un buen killer.
Cada vez falta menos para la gran final. La tensión se dibuja en las máscaras de los superhéroes. Pero no en la carita del pequeño Gojan. “Se llama Juan Cruz, es mi hijo, somos fanáticos de Dragon Ball”, explica Marcela, una sapiente ama de casa y experta cosmaker radicada en Hurlingham. “Los trajes los hago yo misma, todo fatto in casa”.

Sobre el escenario del auditorio, un caballero medieval se enfrenta a sus fantasmas, armado sólo con una espada de madera. Desde las gradas, el público lo premia con una tibia ráfaga de aplausos. No muy lejos, el Capitán América se prepara para salir a escena. Su nombre civil es Sebastián, vive en Quilmes Oeste y trabaja en una compañía de seguros. “Esto es lo que más disfruto –confiesa antes de comenzar con su rutina de golpes al aire–, la parte en que te olvidás del mundo.” Sobre las tablas, el Capitán posa agitando su estrellado escudo. La platea delira y el aplausómetro alcanza su punto más elevado en la tarde de domingo.
Ajeno a la banal competencia, Pennywise, el payaso asesino de It, recorre los pasillos del centro cultural empuñando su afilada hacha y tres globitos. “Disfruto cuando los curiosos se acercan y me dicen que les arruiné la infancia”, cuenta Héctor, un metalúrgico de El Palomar. Es fanático de las películas de terror, en especial del personaje creado por Stephen King. Lo escoltan sus hijas Ludmila y Melanie, enfundadas en sus trajes de animé. También su mujer y fiel escudero, Natalia. “Soy un tipo muy normal y familiero. Acá disfrutamos todos juntos, y eso no tiene precio”, dice Héctor mostrando su sangrienta dentadura, y luego posa junto a sus hijas en una perfecta postal familiar. Antes de despedirse, el payaso accede a retratarse junto al cronista de Tiempo. “Pero tené cuidado –advierte–, si me sacás los globitos, ya sabés lo que te puede pasar.”
Crónica publicada en Tiempo Argentino, se lee completa por acá

lunes, 18 de julio de 2016

Creo que he visto un lindo gatito

El Hotel Presidente está lleno de gatos. En el aristocrático Salón Canciller, los felinos duermen la clásica siesta del domingo. Pomposos persas, gallardos abisinios, elegantes birmanos y exóticos sphynx descansan a pata suelta sin prestarles la menor atención a los visitantes del show de belleza de The International Cat Association del Plata.
“Creo que en nuestro país se dividen equitativamente las pasiones. Hay muchos perreros, pero también somos muchos los que optamos por los gatos. La diferencia es que, al que le gustan los gatos, es fanático. No hay grises”, asevera rotundamente Mariela Toriggia, una de las organizadoras de este encuentro cardinal de la felinofilia nacional. Odontóloga de profesión, desde hace tres años viene especializándose en la cría del Bengal, una raza híbrida que combina en partes desiguales los genes de un gato común y silvestre con los de un leopardo asiático. Obviamente, la genética y otras ramas de la biología dan letra a esta tarea. “Asumir la crianza con responsabilidad es fundamental. La salud del animal es lo primero que tenemos que respetar. En esta raza, se busca que tenga apariencia salvaje, pero el carácter cariñoso de un gato hogareño”, dice la joven y presenta a Drimi, un mimoso macho de poco más de tres años. 
Drimi luce orgulloso su manto atigrado. También la cucarda que obtuvo por haber subido al podio en la competencia de belleza. Como en trance, disfruta las caricias que le brinda Uriel, un nene fanático de los bengals. Victor Hugo alguna vez escribió que dios hizo al gato para ofrecer al hombre el placer de acariciar un tigre. Uriel acuerda con el prolífico escritor francés. Y Drimi sigue ronroneando. 
El gato que está triste y azul 
Según la Encuesta Anual de Hogares, unos 250 mil gatos viven con las familias porteñas. Los barrios de Agronomía, Chacarita, Parque Chas, Villa Crespo y Villa Ortúzar son los que cobijan la mayor densidad poblacional de felinos. El relevamiento destaca que el 80% de los animales son mestizos y que un 40% fue rescatado de la calle. “Estamos creando conciencia. Es importante adoptar un callejerito, darle una oportunidad a un animal abandonado”, dice Marta Vago, una abuela que impulsa la Fundación De Gatitos. Resalta que la institución trabaja a pulmón hace 17 años, lleva entregados 6000 gatos en adopción y tiene más de 160 mil seguidores en su página de Facebook. Siempre sonriente y cálida, vende en la expo aritos, tazas y remeras con motivos felinos, para así solventar su noble empresa. “Abu” Marta, como la conocen, convive en su casa con siete gatitos. Cada adopción guarda una historia, como la de su querido Manuelito. “Lo encontramos abandonado en Belgrano y Entre Ríos, cerca de nuestra sede. Era un salvaje. Me costó tres meses limpiarle la jaula. Tuve que armarme un guante especial para atenderlo. Pero el amor todo lo puede –dice y se iluminan sus ojos–. Hoy Manuelito es un santo y duerme conmigo.”  
No lejos del puesto de la fundación, varios nenes se sacan selfies con Husni, un coqueto Bengal que, ataviado con un gorrito tejido, reposa sobre un almohadón. “Me interesa que la gente conozca la raza”, explica Astrid, dueña y “mamá” del minino. “Soy adicta, fanática y apasionada de los gatos. Husni es como mi hijo”, resalta. Luce un top y calzas en tonalidades animal print, que hacen juego con el manto de su gato. Es psicóloga y entrenadora de atletismo. Y cuenta que tuvo una infancia difícil y los animales la ayudaron a alejar los fantasmas de las malas épocas. “Los seres humanos me lastimaron muchas veces –confiesa–. Los animales nunca.”
Salón de belleza
El mercado también ha metido su larga cola en el nicho de las mascotas. “El rubro crece a razón de dos dígitos por año”, asegura con precisión estadística José María Montorfano, responsable de Can Cat. En el stand de esta empresa de capitales nacionales –pero de nombre foráneo– se ofrecen desde transportadoras de mascotas hasta camas king size. ¿La última novedad? Piedras sílicas sanitarias de largo aliento por 135 pesos. “El afecto que tenemos por las mascotas no se mezcla con ninguna crisis”, afirma el empresario. 
En el puesto vecino, Ana vende juguetes que hacen adelgazar las billeteras de los felinófilos: chifles, pelotas, dosificadores de alimento y hasta varitas mágicas coronadas con plumas. La encargada de Identidad Propia Artesanías advierte que, a la hora de consentir a sus mascotas, los fanáticos “gastan más de lo que uno cree”. Rascadores Mau es uno de los emprendimientos más novedosos del mercado. Ofrece cuchas que parecen diseñadas por Le Corbusier. La más extravagante es un Empire State de cuatro pisos, forrado en peluche, que cuesta casi 6000 pesos. 
Greta es la coiffeur de Jade Jeanette, una glamorosa gatita Bosque de Noruega. “Para este tipo de eventos se le pone espuma y tonalizadores”, cuenta Greta y con delicadeza cepilla a la dócil felina. Revela que cada raza tiene su propio estilo: “Por ejemplo, los persas tienen que tener el pelo bien volado, como cuando la Pantera Rosa sale del lavarropas”. Tres largas horas se afanó la estilista para que Jade Jeanette luzca hoy como una verdadera reina de la belleza felina.
Mininos con sponsors
Adolfo González es uno de los padres fundadores de la felinofilia nacional. “Empecé en el’81. Pisé la tierra cuando todavía estaba caliente”, resalta este veterano criador de gatos Peterbald, una raza de origen ruso que se caracteriza por la ausencia de pelo. Adolfo dice que nunca vivió de los gatos: “Cuando uno piensa esta actividad como una empresa, seguro se equivoca. Acá trabajamos con vida.” Lo acompaña Carboncito, un joven ejemplar de bigotes enrulados, orejas en punta y la particular “pelusa de durazno” que engalana su delicado cuerpo. 
Puppi Borgatti es otra de las pioneras. Arrancó en el ’85 y no frenó más. “Estaban los siameses, los persas y alguna raza más dando vueltas. Ahora se amplió tanto el panorama que hay unas 70”, comenta la curtida criadora.
En una punta del salón, Milena acuna a un fornido minino. Bachi es un Maine Coon, una raza estadounidense de gran tamaño –llegan a pesar hasta 12 kilos– y con notable talento para la caza de roedores. Ernest Hemingway, otro famoso cazador, era fanático de este peso pesado de los felinos. Pese a su instinto asesino, Bachi tiene un aura pacifista que envidiaría Gandhi. “La nuestra es una convivencia perfecta –dice su dueña–. Bachi se cuida solo y es muy independiente. Siempre digo lo mismo: los perros tienen amos y los gatos, sponsors.” 
Último round 
No es cuestión de buscarle la quinta pata al gato. La cosa es sencilla: en el ring –el escenario donde se lucen los competidores– se define quién es el gatito más bello. Adriana Kajon es la jueza que se encarga de evaluar el encanto de los competidores. “Obviamente hay que tener el conocimiento técnico de los estándares de la raza. Pero es más importante la pasión y la capacidad de educar”, explica la magistrada, mientras se prepara para la final de los cachorros de pelo largo. “El gato muchas veces ha sido señalado como un animal diabólico, durante la Edad Media se los aniquilaba. Ahora más bien es un fetiche. Tenemos que luchar contra esas creencias. Es un animal terapéutico, de compañía”, afirma la jueza y viróloga argentina, hoy radicada en Alburquerque, Nuevo México.
La finalísima está peleada. La elegancia de un cachorrito birmano de nariz romana pelea palmo a palmo con la simpatía de un persa. Adriana explica que cualquiera de los dos podría ser best in show en cualquier parte del mundo. Al final no hay gato encerrado y la jueza comparte su veredicto. “El primer puesto es para el pequeño persa –dice Adriana y abraza al minino ganador–. Se lo merece por su belleza, pero sobre todo por su temperamento. Ya lo dijo El Principito: lo esencial es invisible a los ojos.”
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domingo, 3 de julio de 2016

La feria del fitness y las vanidades

Por Nicolás G. Recoaro 
Elegantes, de rigurosa etiqueta sport, los visitantes de la exposición Mercado Fitness se pierden en una jungla de fierros, mancuernas, cintas ergométricas, profesionales del marketing y suplementos nutricionales que crece en el Pabellón 6 de Costa Salguero. "Participan más de 50 empresas, hay un ciclo de conferencias y clases abiertas, y tenemos más de 4500 visitantes", revela Guillermo Vélez, responsable de la organización. Periodista especializado en negocios, es una voz autorizada en el floreciente management del fitness nacional. Los números avalan su fervor. "En el país, el sector mueve unos 13 mil millones de pesos. Hoy tenemos casi 3 millones de personas ejercitándose regularmente en gimnasios, y eso sin contar los que lo hacen en otros ámbitos. Casi el 45% de la población realiza algún tipo de actividad física regular", cuenta el joven santiagueño, y agrega: "El consumo del gimnasio era muy estacional, para prepararse para el verano, meramente estético. Ahora es más comprometido, asociado al cuidado de la salud." Mientras sigue atento cómo dos fortachones de bronceado artificial prueban una máquina de remo indoor, Vélez hace futurología: "En unos años, no tener un estilo de vida activo va a ser tan mal visto como no lavarse los dientes."
Una acelerada genealogía del fitness revela que la actividad nació durante los '80 en Estados Unidos. Hija dilecta del aerobic, la disciplina que había sido creada hace 50 años por un coronel de la Fuerza Aérea, Kenneth Cooper, el mismo autor del test que hasta hace algunos años se utilizaba como cruel método de evaluación en los colegios. Aquel experimento con raíces militares fue mutando en diversas prácticas que combinaron en dosis desiguales la música, la coreografía y la pasión por moldear el cuerpo humano, hasta transformarse en un estilo de vida. El término fitness proviene del campo de la biología y significa estar "adaptado o apto". "Lo primero que hay que conocer son las falencias del ser humano –lesiones, malas posturas, sedentarismo–, para saber contrarrestarlas por medio del entrenamiento", afirma Mariano Morillas, creador de un método de alta intensidad. Mientras levanta una pequeña pesa kettlebell, completa: "Hay gente que se acerca y me dice: 'A mí me gustaría tener este cuerpo', y me muestran una foto de Cristiano Ronaldo. Y ahí nomás les pregunto: ¿No te gustaría tener antes un poco de salud?" La traducción de fitness también acepta el término "bienestar".

Psicología de las masas
"Impresiona la cantidad de gente que se metió en el fitness en los últimos tiempos", resalta Guillermo Sardi, un curtido personal trainer con más de 30 años en el gremio. Su experiencia en el campo profesional se complementa con la formación académica. "Es una conjunción de trabajo con el físico y la mente. Si la mente no anda bien, el cuerpo no anda bien", advierte Sardi y luego cita al ácido poeta latino Juvenal: Mens sana in corpore sano. "Trabajamos para la salud, y la estética es una consecuencia." La psicología es otra de las disciplinas en las que Sardi ha incursionado: "Tenemos un 50% de entrenadores y un 50% de analistas." Utilizando conceptos freudianos, el profe cuenta que sus pupilos hacen catarsis, confiesan sus dificultades y comparten sus alegrías. "Nos enteramos de todo, pero como buenos psicólogos, escuchamos y no hablamos de nada."
Con una visión más lacaniana, Darío Micillo reflexiona sobre el uso de los espejos en los gimnasios: "Inhiben a la gente y se usan para exponerse. Uno ve que es torpe, que no sigue los pasos." El entrenador y encargado de marketing de la empresa Zumba Fitness resalta que las clases en la actualidad intentan romper con ese paradigma heredado de la danza clásica. Las rutinas sin espejos y las que se realizan al aire libre son las más convocantes. Micillo arriesga también que el rol del docente ha cambiado: "Antes, el profesor tenía un perfil muy vanidoso, de mirarse mucho en el espejo, muy estético. Y eso va cambiando, por suerte.” 

La guerra de los gimnasios
En el espacio dedicado a las clases abiertas, un nutrido grupo de señoritas ensaya golpes rectos dignos de Horacio Accavallo. Piñas van, piñas vienen, las muchachas se entretienen. Desde el escenario, custodiado por dos asistentes y parlantes que escupen música electrónica, un profesor agita a las pugilistas: "Golpes reactivos, vamos… ¡activen, chicas!" María Luz Lezcano se destaca por su preciso uppercut, pero también por la potencia de sus patadas. "El body combat hace que una saque el boxeador que tenemos adentro", confiesa la entrenadora, que llegó especialmente desde Asunción del Paraguay para participar de la expo. "Es una actividad muy completa: combina el boxeo, el karate, el taekwondo y el muay thai", explica. Ataviada con un top atigrado, guantes y calzas haciendo juego, María Luz se pone en guardia para ser retratada y luego tira una patada estilo Bruce Lee en Operación Dragón. Antes de reincorporarse a la rutina de golpes, expresa en guaraní su amor por la disciplina: “Rojaijú, body combat”.  
No muy lejos del espacio donde retumba la música electrónica, suena el heavy metal de Pantera, en el stand consagrado a las pulseadas. Mano a mano, dos grandotes miden sus fuerzas sobre una mesa ligeramente acolchonada. "Es una disciplina con mucha historia. Los vikingos se disputaban las tierras con luchas de brazos", explica con rigurosidad de historiador Adrián Grillo, uno de los referentes de la materia en el país. Comenzó a pulsear como hobby, hace más de 15 años. Hoy tiene 47 y es todo un profesional. "En su momento, la película Halcón, de Stallone, levantó mucho este deporte, aunque era medio bizarra", critica. Grillo vive en Villa del Parque y se gana la vida como maestro mayor de obras, un oficio que "te entrena solo", asegura. "Es fundamental trabajar bien las manos, el antebrazo, el dorsal. Para ser el mejor hay que tener brazo corto y mano grande" y exhibe con orgullo su descomunal diestra. Docente en lucha, alecciona sobre el arte de la pulseada todas las semanas en un gimnasio porteño: "Cuarenta pesos cuesta la clase, y por 100 mensuales, el interesado queda inscripto en la Asociación Argentina de Lucha de Brazos." Consultado sobre los cracks de la disciplina, Grillo inmortaliza al mediático Arévalo y al eterno "Ancho" Rubén Peucelle, ex miembros de la troupe de Titanes en el Ring. En el parnaso internacional destaca la carrera de John Brzenk, "el mejor de la historia". La contienda entre los hombres montaña llega a su fin en el stand. El pleito se resuelve como caballeros, con un buen apretón de manos. 

El futuro ya llegó
La tecnología tonifica su hegemonía en los gimnasios. Suplementos nutricionales, software de entrenamiento personalizado y el electrofitness marcan tendencia. En el local de Just Body, Alexis lubrica con parsimonia los electrodos sectorizados de un traje futurista. "Estimula cada músculo con electricidad. Es furor en Europa", dice, mientras controla en una tablet la rutina de sentadillas que realiza un valiente aprendiz de cyborg. "Unos 20 minutos equivalen a cuatro horas de entrenamiento normal", especula y luego aumenta el estímulo sobre los glúteos del muchacho. "Lo único que no se compra hoy es el tiempo. Con este aparatito lo ganás seguro", cierra.
No muy lejos, calzadas con sus botas de rebote, un grupo de adolescentes baila en éxtasis imitando los saltos de un canguro. Sthella Codas, instructora de kangoo dance, explica que la actividad garantiza un excelente trabajo cardiovascular. Se sabe, la buena salud tiene su precio. Las botas fabricadas en Suiza cuestan $ 6000.
En un stand vecino, una promotora espigada observa impasible la coreografía. Todavía faltan algunas horas para que termine su jornada laboral. La gimnasia forzada de los trabajadores. Montada sobre una moderna bicicleta fija, mata el tiempo pedaleando hacia la nada.

Publicado en Tiempo Argentino, por acá