domingo, 17 de febrero de 2019

Carnaval carioca

El Chau Che Clú no está en Río de Janiero. Pero debería. Por ritmo, color y calor, el centro cultural enclavado en Barracas podría tener su lugar bien ganado en cualquiera de los cien barrios cariocas. Quizá cerca de los bohemios Arcos de Lapa, o por qué no colgado de los morros de Santa Teresa. O mejor aún, a pasitos de las playas siempre repletas de la zona sur. ¡Ay de ti, Copacabana!
Todos los viernes por la noche, con su velada de buen samba, el boliche de la Avenida Vélez Sarsfield al 1200 se transforma en un puente milagroso que une el arrabal porteño con la Cidade Maravilhosa. Por un puñado de horas, hasta bien entrada la madrugada, en sus salones la alegría no tiene fin. Y lo más importante, no es sólo brasilera.
El eximio percusionista Leandro “Peta” Barsotti nació en Lanús, algo lejos del mítico Sambódromo da Marquês de Sapucaí. Sin embargo, de sólo verlo acariciar los tambores se puede inferir que su esencia es más carioca que el Cristo del Corcovado. Fiel creyente de la religión pagana del samba –esa “forma de oración”, en palabras de Vinícius de Moraes-, Peta aprendió la liturgia del ritmo dándole duro y parejo al parche.
“Llegué por un amigo del barrio que es hijo de brasileños, el ‘Piru’. Su casa estaba repleta de instrumentos: pandeiros, timbales y repiques. Después de jugar al fútbol nos tomábamos una chocolatada, tocábamos algo o nos pasábamos la tarde escuchando discos de samba-enredo, de Cartola y de Nelson Cavaquinho”, cuenta el muchacho, al tiempo que apura la primera cerveja gelada de la noche.
La formación musical de los pichones de sambistas se complementaba con los VHS. Pasaban miles de horas disfrutando de las andanzas y desandanzas de las escolas más célebres: “Con los pibes nos enamoramos de las orquestas de Salgueiro, Viradouro y Mangueira. Fueron las referentes, con más de 80 años de historia y casi 5000 integrantes. Fue amor a primera vista.” Eran los finales de los ’90, años del menemista 1-1 (“deme dois”) y de la “fiebre” de las batucadas bahianas en el Conurbano. Un boom, rememora Barsotti, que explotaba en las esquinas de la zona sur.
Años después, en un viaje iniciático a Río, el percusionista pudo conocer de primera mano el maravilloso mundo del samba enredo, el popular subgénero que brilla en carnaval y se alimenta de la raíz afro que trajeron los esclavizados africanos y del bohemio submundo carioca. En los ensayos de la Salgueiro tuvo una epifanía: “¿Y si armamos una escola en Buenos Aires?” El 4 de abril de 2008, cuatro o cinco valientes hicieron tronar los parches cerca de las vías del ferrocarril Roca. Así nació Estação Primeira de Lanús.
“Tenemos un himno, exaltação se dice en portugués, que cantamos en cada una de nuestras presentaciones –infla el pecho Barsotti-. ‘Directamente de la bajada lanusense / Mi samba te va a pegar / Va, va, Estación Primera / Es mi batería / Es samba en la Argentina”. Desde hace más de diez años, cada viernes, sexta feira, el ritual se repite. Sale el tren de la alegría. 
Puro enredo
Desde aquellos ensayos germinales, la comunidad de Estação Primeira –como gustan llamarla sus miembros- no paró de crecer. Hoy suman más de 80 integrantes: una batería precisa, una docena de bailarines, entre las passistas y los malandros, y hasta una porta bandeira. Nada que envidiarle a una escola brazuca. “Las salas que componen la escuela reproducen el formato original. Desde los trajes hasta el canto, que es en fiel portugués. Tenemos talleres de percusión y diseñamos la ropa”, resalta Marcelo “Pelado” Casela, ritmista histórico. Incluso cuentan con una boutique donde los fanáticos de la verde-branca, que son varios, pueden comprarse gorros, banderas y vinchas.
La escola no se termina en la batucada. Al igual que en Brasil, sus líderes buscan que la agrupación sea un punto de partida para un fin social, de contingencia, entretenimiento y aprendizajes, todo en clave de samba. “En Río el mundo gira alrededor de la escola. Nuclea al barrio entero. Gente de todas las edades, las clases, los géneros... Es un espacio lleno de vida y una herramienta de construcción social zarpada. Nosotros la tomamos prestada, y construimos familia acá”, explica Nico Doallo, otro de los padres fundadores, mientras mece a su hijita Luana, con los tambores como canción de cuna. Y agrega: “El samba es amistad, trasmite valores y tiene mucho de contracultura. Los esclavizados le cantaban a los reyes, pero a la vez el samba era una cultura de la resistencia, con sus propias armas”. Para Doallo, la llegada al poder del conservador Jair Messias Bolsonaro quizá alimente esta veta: “La mano está jodida allá, nada muy distinto a lo que nos pasa por estos pagos. Varias escolas, no todas porque muchas dependen del aporte estatal y de empresas privadas, van a tratar el tema. La Escola Mangueira va a recordar a Marielle Franco, la militante social asesinada antes de las elecciones. El año pasado Beija–Flor lo atendió a Temer, caracterizándolo como un vampiro”.
Garota de Misiones
Algo de rouge, mucha base y, por supuesto, rubor. Las passistas se acicalan a contrarreloj antes de salir a escena. Plumas, flecos y fantasías para todas. Esta noche, la misionera Natalia Malveira tiene el reto de comandar el ala de bailarinas. Sus primeros pasos en el gremio danzante los tiró en los carnavales de su natal Concepción de la Sierra. “La buena passista tiene que tener mucha resistencia física, explosión y sabor en el samba no pé”, sentencia. Luego repasa ante el espejo los básicos: tres de pie, tres de cadera y los brazos en el aire. En 2015 tuvo su debut triunfal en el olimpo carioca con los Unidos da Tijuca: “En el Sambódromo sos como un granito de arena, te sentís parte de un todo enorme. Al principio las garotas me trataban de gringa. Me miraban medio mal, pero yo, súper perfil bajo. Al final estuvo buenísimo. Y eso que tuve que bailar con unos zapatos tres números más grandes”.
Samba, a ti te canto
Aunque arrancó dándole a los tambores, el principal instrumento de Matías Giordano es su voz. Es cantante, intérprete y compositor de los enredos que toca la escola. Su principal obra le rinde culto a Carybé, un artista plástico lanusense, referente universal de la cultura afrobrasileña. “Sabe usted, el samba es difícil de explicar, de poner en palabras. Hace unos años, me alejé del samba por seis meses. Fueron semanas que anduve mal, bajoneado. No sabía bien por qué. Tenía nostalgia, saudade lo llaman los brasileños. Una noche fui a una roda y se me pasó todo. Volvió la alegría vieja.”
A las diez de la noche, el retumbar mántrico de los tambores anuncia el inicio de la fiesta. A todo ritmo, el Peta Barsotti lleva la batuta como un Zubin Mehta surgido de las favelas. Entonces es imposible dejar de mover el esqueleto. Un frenesí de baile y excesos donde ya no existen las penas ni la angustia, y mucho menos la tristeza. ¡Bom carnaval! «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

martes, 5 de febrero de 2019

Las vaquitas son de nosotros

"Ocupar, resistir, producir". Las tres palabras en el mural condensan con sabiduría obrera la historia del frigorífico La Foresta. Un bravo toro cimarrón, seis fornidos trabajadores de la carne y una leyenda completan la imagen: "Una empresa recuperada". A esta altura del partido, ya nadie duda de que el muralismo es un arte social, político y sobre todo pedagógico. Los laburantes de la cooperativa matancera no tuvieron que cursar Historia del Arte para aprenderlo. Cuando franquean la entrada, elevan la vista y, antes de empezar la faena, el mural se los recuerda.
Es un miércoles tórrido en Virrey del Pino, a pocas cuadras de la Ruta 3, La Matanza profunda. Bolsito al hombro, a las 14 van cayendo, puntuales, los muchachos y las muchachas del frigorífico. Los recibe Cristian Montiel, presidente de la cooperativa y veterano del gremio: 43 años bien llevados sobre el lomo. Llegó a La Foresta en el '93, con sólo 18. "Era pleno invierno y entré sonadito. Yo era un pibe, un ternero, y en la faena había mucho vapor y todo ese ruido de los animales, era raro. Y de a poco me fui curtiendo. No le podía fallar al viejo, que también laburaba acá desde el año '73. Mis hermanos también, todos frigoríficos. De la carne somos". Montiel arrancó lavando y emprolijando las medias reses, y con el tiempo fue ganando confianza con el cuchillo y la chaira. Hoy son la extensión de sus mano.
A los veintipico, Montiel también se ganó su lugar como delegado. En esos tiempos, La Foresta era, junto al Yaguané, uno de los pesos pesados de la industria cárnica del Oeste. En el frigorífico se ganaban la vida 500 trabajadores.
En los últimos años del menemato, recuerda Cristian, llegaron los primeros síntomas de que la mano venía brava. "Primero los dueños se enterraron con un crédito del Banco Provincia. Después empezaron a pagar con fiambres. Los vendíamos en el barrio para hacer un mango extra". Estaban vaciando la empresa. En el '99 se fueron a pique. Los patrones pidieron la quiebra y, en medio del naufragio, huyeron como ratas por tirante. Se exiliaron en Miami, donde hoy tienen siete fábricas de hamburguesas. Centenares de obreros quedaron a la deriva. Y con la larga lucha para mantener la fuente de trabajo, arrancó otra historia. Historia cooperativa.
Víctimas del vaciamiento
Paso de manos en el sector privado, fondo de lucha, rifas, cortes de ruta, vaquitas en el barrio, colectas en los semáforos, tejes y manejes del sindicato. Durante varios años, los laburantes la tuvieron muy complicada para reabrir el frigorífico. "El gremio vino con la propuesta de la cooperativa. Pero querían poner el presidente, el secretario y el tesorero. Nosotros les dijimos que tenían que salir del seno de los trabajadores. Nos trataron de comunistas y se fueron", hace memoria Montiel de aquellos días difíciles.
Pero los trabajadores de La Foresta nunca bajaron los brazos. Se acercaron al movimiento de empresas recuperadas. "Hacer una cooperativa es fácil, el tema es ponerla en funcionamiento", sintetiza Marcelo "el Gaucho" Yaquet, responsable de la gestión del frigorífico. Conseguir las habilitaciones, desgranar los mil y un secretos de la producción, hacerles frente a las cámaras del sector. Todo les jugaba en contra. Sin embargo, contra viento y marea, el 25 de noviembre de 2006, unos 200 hombres llevaron adelante la primera faena en manos de los trabajadores. "Cuando entró la primera vaca, imaginate. La hicimos con los dientes. Teníamos unas ganas bárbaras de pelar vaquillonas, de ganarnos el primer retiro. Necesitábamos darles de comer a nuestras familias".
Tuvieron épocas buenas, malas y hasta muy fuleras. Pero siempre salieron a flote, entre todos. "Acá se valora el conocimiento de cada uno de los trabajadores. Bajo patrón, era estanco e individual. Ahora es colectivo", saca pecho el Gaucho como si recitara sabios versos del Martín Fierro. Esa mochila de saberes se comparte. "Somos casi 200, y a los pibes se les enseña el trabajo, a sentir el cuchillo –precisa Yaquet–. Esta también es una escuela, donde formamos compañeros y compañeras en un oficio que se está perdiendo".
En la experiencia cooperativa de La Foresta todo se discute, a mano alzada, en la asamblea. "El patrón no escuchaba, y ahora todos tenemos libertad de expresión. Y mirá que son bravas las asambleas, casi 120 laburantes con el cuchillo en la cintura –se ríe Montiel–. Se habla de frente y siempre terminamos bien. Salimos y nos tomamos un tereré todos juntos. El trompa vivía en el country. Nosotros nos conocemos todos. Somos vecinos de la barriada".
Abofeteada por la crisis de los últimos años, La Foresta le hace frente al tarifazo y a la descomposición económica del gobierno de Cambiemos: "De 110 mil pesos que pagábamos de luz, ahora nos viene una boleta de 650 mil. Cuando arrancamos, el kilo de animal en pie estaba $ 2,60, hoy está 60. El asado pasó de $ 8,50 a 175. Sobrevivimos porque hay otros frigoríficos que se cayeron. Es maquiavélico este sistema –reflexiona el Gaucho–. Nos alegra tener trabajo, pero nos amarga el desempleo que afecta a otros compañeros del sector". De los 10 mil trabajadores de la carne que había desde González Catán hasta el kilómetro 45 de la 3, hoy debe quedar un tercio. "Todos los lunes –cierra Montiel–, tenemos 60 personas pidiendo laburo o por lo menos una changa en la puerta de La Foresta".  
Vaca muerta
Bañadores, guincheros, rajadores de pecho, sierristas: son las especialidades alineadas a lo largo de la noria que convierten la res en carne de gancho. Oficios que suelen heredarse. "Se llevan en la sangre", cuenta Miguel Aravena, el responsable de todo el proceso productivo. Ataviado de pies a cabeza de estricto blanco, tiene ojo clínico para chequear que el producto llegue "impecable" a la cámara. Ni aparenta sus 66 años. Dice que se siente con las mismas fuerzas de aquel pibe que llegó a los 10 desde Río Negro y tuvo que aprender el arte de la hoja afilada: "El trabajo del cuchillo es artesanal, acá las máquinas no sirven". Su experiencia en la cooperativa la resume con palabras directas, rápidas y precisas, como aconseja laburar a sus pupilos: "Acá nadie te rompe las guindas, como en la época en que el patrón se llevaba todo. Además, trabajar en la cooperativa me enseñó muchas cosas. Aunque sólo tengo sexto grado, ahora sé lo que es un gasto fijo, uno variable. Con la patronal éramos como un gancho. Si te rompías, fuiste".
Vapores, ruido mecánico, hormigueo de trabajadores y las reses que se deslizan desnudas hacia las cámaras. Chinchulines, tripas, sangre. El frigorífico devora todo en una pantagruélica digestión. Nada se pierde. Todo se aprovecha. En la caldera que alimenta la planta y cocina los mondongos trabaja Carlos Barbosa. Con fama de asador excelso, no le molesta el calor. Comparte la jornada con don Héctor Russo, el hombre maravilla del mantenimiento. "Todo esto se lo resumo en tres palabras: libertad, compañerismo y responsabilidad", detalla Russo los tres pilares que sostienen La Foresta. "¡Y también los asadazos!", complementa Barbosa.
Hace cinco meses, Karen se acercaba a la puerta del frigorífico para ver si había una changa. Esta tarde tatúa las medias reses con un sellito antes de que ingresen al frío de las cámaras. "Tenía mis miedos, no lo niego. Pero acá estoy, todo se aprende en la vida", se despide la piba con una sonrisa y la dignidad dibujada en el rostro. La dignidad de los que son dueños de su trabajo. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 28 de enero de 2019

¡Acá tenés les pibes para la liberación!

A las dos de la matina la terraza está en llamas. Con su perreo, les chiques de la House of Satana le echan más nafta al fuego. La tórrida escena queer porteña vive su fiebre de sábado por la noche en las alturas de La Confitería, un antiquísimo y por demás elegante centro cultural enclavado en Colegiales. "Y todavía no viste nada –explica, demasiado coqueta, Chaco Satana desde sus plataformas interminables–. Cuando empiecen las batallas en el primer piso, ahí vas a saber lo que es bailar en un infierno." Encantador.
En las entrañas del caserón se cocina una nueva edición de la concurridísima Fiesta Turbo, prominente celebración de la movida "voguing" en la Ciudad de Buenos Aires. ¿El qué? "El voguing, querido, es un baile que viene de la legendaria cultura marica-travesti de Nueva York", alecciona con aires de historiadora Victoria Secreto, hermana adoptiva de la Chaco y miembro activa de la Casa Satana, el linaje familiar más reconocido en el gremio "voguero" de los 100 barrios porteños. "En una palabra –suma Chaco–, el voguing es algo liberador, que permite sacar el lado más femenino, andrógino, también 'mostroso' de todes nosotres. Una danza que deconstruye. Pero que también es mucho más."
Baile, estilo, subcultura… el voguing –al igual que sus cultores– no se deja clasificar, encasillar, atrapar. Fue parido por los de abajo –gays, latinos y negros de la clase trabajadora– en los subsuelos del under de la Gran Manzana, como una danza que les permitía transformarse, jugar a ser otros. Devenir, por una noche, supermodelo de la muy chic revista Vogue, militar de West Point, yuppie golden boy de Wall Street y otras quimeras inalcanzables para los marginados.
Pero también, muy en el fondo, hay una competencia, con bailarines combatiendo, como duelistas que nunca se pueden tocar. En el voguing, bailar pegados no es bailar.
Pasos y más pasos son las armas, una pizca de música house electrizante que estalla desde los parlantes como banda de sonido y todo listo para batallar. Hay un atento jurado, puntuando. En resumen, un glamoroso desfile bailable, donde los pingos se ven en el ballroom, la pista.
Desde los combates germinales en el Harlem durante la década perdida de Ronald Reagan, pasando por sus días de gloria pop edulcorada y masiva apadrinados por la ¿mejor? Madonna en los neoliberales '90, hasta la creciente movida voguing global en el nuevo milenio, Buenos Aires no escapa a la ola. Y tira poses todos los meses en la Turbo.
Marica y contracultural
La Turbo no nació de un repollo. Su ideólogo es Rodrigo Rotpando, 36 años, un curtido DJ organizador de fiestas míticas de la noche queer-punk. "Tomamos con mucho respeto toda una tradición de contracultura, resistencia marica, desde el Parakultural, Batato Barea y el transformismo local, mucha gente que rompió con el género establecido. Agarramos la posta, pero la resignificamos. Somos de la generación de las redes sociales y RuPaul", traza una genealogía mientras surca el lustroso parqué del boliche.
En 2017 se le ocurrió crear un espacio para voguear. "Nos juntamos con varias amigas y mostras. Primero pensamos que era algo muy exótico, que por ahí la gente no se iba a copar. Teníamos el antecedente de Varela Is Burning, un ballroom mítico del Conurbano creado por Sónica Satana, la host de Turbo. Y con el pasar de las fiestas nos dimos cuenta de que éramos muchos más de lo que pensábamos. Había que hacerlo." Y Turbo, con menos de un año y medio de vida y absoluta gestión cooperativa, explotó.
Según Rotpando, el voguing argento bebe en la original fuente neoyorquina, pero tiene sus particularidades. "Hay cierta continuidad, apropiaciones como la formación de casas de familia de bailarines, como la House of Satana. Pero no somos las maricas del Bronx con VIH. Somos las mostras con VIH de acá. Ahora la escena es global, y de a poco nos estamos conociendo, contactando." Una Internacional Marica, que traza puentes con la libertina Berlín, la loca Santiago y hasta la peliaguda Moscú, donde Putin persigue las disidencias sexuales con furia inquisidora.
Espacio de comunión, en el voguing todes tienen su chance de brillar en la pista. "En los inicios en EE UU, las mujeres también participaban, pero luego eso se perdió. Nosotros recuperamos esa experiencia. También hacemos activismo gordo. Todos tenemos derecho a bailar, no queremos esa idea del cuerpo estilizado, sino del cuerpo real de personas reales disfrutando a pleno", dice Rotpando.
¿Todo baile es político? "Sin dudas. Este es un espacio de comunión, para generar lazos –explica Pedro Padilla, otro motor del evento–. Afuera está el tarifazo, la falta de espacios para la cultura, la macrisis. Acá vamos para adelante todos juntos los subalternos."
En el dancefloor
En la pista suena Fatboy Slim y la masa suda la gota gorda antes de que arranquen las batallas. En cueros, shorcito y chaleco amarillo que homenajea a los rebeldes franceses, Gonzalo mueve las patitas y brilla como la Libertad del cuadro de Delacroix. "Acá puedo ser quien realmente quiero ser, saco lo que tengo adentro", se despide en trance el docente de San Cristóbal.
No muy lejos, Mateo Explendorose hace gala de su mini sin prejuicios. Aunque no cree en las etiquetas, se siente una vampiresa intelectual post género. "Soy profe de inglés en un colegio. Y todavía me sigue shockeando la machirulidad de los chicos. Por eso lo que yo busco es deconstruir en todos los espacios", asegura. Hoy tuvo su primera clase de voguing. Aprendió lo básico: el exagerado cat walk (el paso del gato), el flexibleduck walk (el del pato) y los profundos dips (las caídas). Para el ballroom, confiesa, le faltan horas de vuelo.
Rómulo es brasileño y se nota por como mueve el pandeiro en la pista. Hace dos semanas dejó atrás Río de Janeiro y se vino a la Argentina. "Gracias a Bolsonaro conocí esta fiesta", dice con un dejo de saudade carioca. Luce pollera negra larga y furioso glitter en composé. Ni la ola conservadora ni la derecha religiosa, se despide, le van a sacar lo regia. Mucho menos la alegría.
La batalla de Colegiales
La performance de la familia Satana sobre el escenario deja a la platea a punto caramelo para las batallas. La matriarca Sónica, de estricto conjuntito animal print, toma el micrófono, dicta las reglas y anuncia los importantes premios que cosechará el vencedor: 1500 pesos devaluados y un dildo bien dotado.
Antes de salir al ruedo, la glamorosa "Quién es esa chica", una drag recién llegada de Barcelona, da los últimos retoques a su frondosa peluca rosada frente a un espejo. "Vengo a romperla, a hundir a todas. En la pista voy a estar al rojo vivo. Hoy gano seguro, soy la reina", dice y luego recibe, cual estrella de Hollywood, los aplausos de cuatro amigas que trajo de hinchada. En la batalla, le juega en contra el exceso de triunfalismo: un pibe con una camisa de Roy Lichtenstein le pasa el trapo.
El platense Fedde Thomas es el Barýshnikov del voguing. En el ballroom tira mil y un firuletes. ¡Al Colón! "Me gusta mostrar todos los trucos que ensayo, lo dramatic y lofemme –dice antes de la gran final–. Pero lo fundamental es divertirse. En la pista no pienso demasiado. Bailo y disfruto."
La tribuna delira con el nuevo campeón, hasta que desde los parlantes estalla nuevamente el punchi-punchi. En la pantalla, arriba del escenario, se lee una frase. "Bailar libera". Cuánta razón. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 14 de enero de 2019

El día más triste de los libreros del Parque Rivadavia

La grúa hunde sus dos dientes afilados bajo el puesto 84. La veterana casilla de la feria de libros, revistas y discos del Parque Rivadavia se entrega mansa a los empleados del Gobierno de la Ciudad. La batalla para mantener su espacio original, que ocupa desde hace décadas, está perdida.
"Se lo resumo en dos palabras: absoluta tristeza, eso es lo que sentimos hoy", dice, apenado, Fabián Torres, curtido vendedor de exquisitas obras literarias y delegado de los feriantes. Desde el año '90 se gana el pan en el parque, en el puesto 97, reubicado precariamente sobre la avenida Rivadavia desde el último y auténtico día de miércoles.
Con paciencia infinita, Torres desembala, limpia y acomoda unos textos clásicos de Walter Benjamin, Pasolini y Bukowski sobre los estantes. "Esta es una mudanza distinta, que nos mueve todo: la estructura de laburo, pero también nuestra relación personal y afectiva con el parque. Hicimos de todo, la verdad: juntamos más de  5000 firmas, hicimos un festival, fuimos a ver a la gente de Patrimonio Histórico, convocamos a las organizaciones vecinales, hablamos con S.O.S. Caballito, pero no hubo caso. Con la sanción del nuevo Código Urbanístico en la Legislatura, donde figura la posibilidad de apertura de la calle Beauchef, ya no hubo vuelta atrás." La decisión, en definitiva, les dio la espalda y se tomó a partir de una encuesta online realizada por el Ministerio de Ambiente y Espacio Público porteño, apenas difundida, en la que votaron poco más de cien vecinos.
La iniciativa, que supone la apertura al tránsito vehicular de esa calle entre Rivadavia y Rosario, en un lugar ocupado hace décadas por los libreros, para mejorar la accesibilidad, va a contramano de todas las recomendaciones sobre espacios verdes. El barrio de Caballito cuenta en la actualidad con apenas 1,5 m² por vecino, un 10% de los 15 metros cuadrados de espacio verde per cápita que recomienda la Organización Mundial de la Salud. Ahora será menos. Por las obras, se recortarán unos 600 metros cuadrados del gran pulmón verde de la Comuna 6, junto a una merma irreversible de árboles, que ya fueron retirados.
Se suma a la desazón de los libreros el reclamo de la comunidad educativa del Normal Nº4 y el Liceo Nº2, que funcionan (junto a un terciario y salas del nivel inicial de dos a cinco años) en el edificio adyacente a la nueva calle, que ni siquiera fue consultada sobre el proyecto. La vía vehicular pasará justo frente al portón de salida de los estudiantes, que entran por la calle Rosario pero salen hacia el parque. Desde el establecimiento no descartaron presentar un amparo.
Las obras encaradas para la traza de la calle Beauchef durarían seis meses, y son un sismo del que los feriantes recién empiezan a ver las secuelas. "Las autoridades nos garantizaron que los 100 puestos tienen asegurado el regreso al espacio original. Hasta junio, imagino, estaremos sobre la avenida, pero tengo dudas de que después entremos todos", confiesa Torres. La apurada mudanza, la precariedad de las instalaciones y la falta de información hacen desconfiar a los trabajadores. "Van a ser muchos meses sin electricidad. No tenemos ni siquiera para iluminarnos, mucho menos para conectarnos y hacer una venta con el Posnet. De alguna manera, nos están empujando a la ilegalidad", puntualiza el delegado. Antes de seguir con su faena de limpieza, Torres recomienda una lectura de verano para el jefe de gobierno porteño: "Un libro que salió mucho en los '90, Las Memorias de Carlos Menem. Tiene todas las páginas en blanco. Larreta se lo debe haber estudiado entero".
Demasiado lejos de la divertida aguafuerte "Amor en el Parque Rivadavia" que supo escribir Roberto Arlt en los años treinta, la escena que puede pintarse de la plaza en esta tarde gris de enero es más parecida a una película del neorrealismo italiano de la posguerra: las montañas de basura, los libros desmembrados, los vinilos olvidados, una maraña de fierros oxidados, pilas y más pilas de cajas y la angustia a flor de piel en los rostros de los cansados puesteros.
Lidia, vendedora del 38, cuenta que como puestera y, sobre todo, como vecina –vive a diez cuadras–, le duele en el alma que le saquen más espacio al parque: "Primero pusieron las rejas, ahora esta calle. En vez de plazas, la ciudad se está llenando de ratoneras". Los días perdidos de trabajo y los daños irreparables que sufren los oxidados puestos suman amargura. En este año que comienza, sugiere a las autoridades porteñas la lectura de La conjura de los necios, ácida novela del americano John Kennedy Toole.
Fumando espera Gerardo a que trasladen su inseparable puesto, el 82. Veinte años de historia lo unen al parque. Arrancó con una tabla y caballetes, después fue empleado, luego socio y desde hace dos años tiene espacio propio. Siempre se la rebuscó, dice. Se especializa en la compra y venta de música: decenas de discos de vinilo y cedés son sus tesoros. "Aunque nos dieron un escrito que aclara que vamos a volver los 100 puestos, estoy un poco asustado. Es que somos como una familia y hay que cuidarnos. Por otro lado, muchos no entienden que somos cultura, aunque tenga la remera gastada y un poco agujereada." Asegura que la feria es un termómetro que permite medir la afiebrada realidad económica argentina: "Los meses pasados fueron muy tristes. Vino mucha gente grande a vender discos de pasta, que ya no sirven para nada. Lloraban, pedían que les demos una mano, aunque sea unas monedas para comer. Terrible, hermano". Gerardo pita el pucho que tiene entre los labios, pispea una vez más el puesto antes de que se lo lleven las insaciables grúas y dispara: "Si viene Larreta y quiere comprarse un compact, le recomendaría algo de reggaetón, porque es música que no dice nada. Igual que él". 
A unos pocos pasos, cuatro estoicos caballeros enfrentan una decisiva partida de dominó, justo donde las topadoras harán de las suyas para abrir la calle. "Todo el mundo habla de la feria, y está muy bien, pero no se olviden de nosotros", tira la bronca Rubén, un jubilado de Caballito. Además del dominó, él y una decena de colegas se le animan al ajedrez, todas las tardes, sobre las fieles mesas del parque "El dinero no alcanza y esto es nuestra vida –mastica rabia Rubén–. ¿Qué quieren, que me quede viendo tele en casa? No sabemos qué va a pasar con nuestras mesas. Si las sacan, nos dejan jaque mate."
Una crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

martes, 8 de enero de 2019

El hombre que amaba las muñecas

Una tarde de principios de los '60, en los brazos de su pequeña dueña, la sonriente Rayito de Sol dejó de hablar. Los padres de la nena le cambiaron la pila, pero no pasó nada. La beba de plástico seguía muda. Ese fue el primer caso que tuvo que atender Sofanor Julio Roldán. "Me la trajo una vecina. Era una muñeca de industria nacional, pero tenía un mecanismo japonés –recuerda el hombre de peinado beat algo canoso, sentado en el ambiente principal de su taller–. La desarmé y le arreglé los contactos. Una cirugía menor." Al salir del improvisado quirófano, la Rayito, resplandeciente, había recuperado la palabra. Con dos de sus empalagosas frases pregrabadas, certificó su buena salud: "¿Te gusta mi nuevo vestido? ¡Vamos a la plaza!" Al joven Roldán se le dibujó una sonrisa. Había descubierto su vocación. Un oficio para toda la vida. Sería "doctor" de muñecas.
Tenía apenas 15 años. Cordobés, había llegado a Buenos Aires de la mano de un tío, a finales de los '50. “Nací en Tulumba, pleno campo y sierra. Ranchito con techo de paja y suelo de tierra", dice con tono campechano y deja ver sus manos curtidas. Con esas manos fabricó sus primeros juguetes campo adentro. Recuerda que no le gustaba jugar con la gomera. Julito prefería forjar muñequitos de adobe.
Por aquella reparación inicial, decidió no cobrarle ni un peso a su vecina. La señora le pagó recomendando sus virtudes en el barrio. Dos semanas después, cuatro o cinco heridas damiselas esperaban su turno en la mesita de luz del joven galeno. "Desde que arranqué me hice llamar doctor, porque ese es mi trabajo –dice Roldán, ataviado con un inmaculado guardapolvo–. Esta es una auténtica clínica de muñecas. Ellas tienen que ir al médico, como los seres humanos."
En poco tiempo y a pura maña, supo ganarse su lugarcito en el gremio. Su formación profesional la completó con el gran maestro Betancourt, figura capital en el arte de resucitar juguetes. "Fui su aprendiz. Pasaba a buscarme en su Renault Gordini y me llevaba al taller que tenía en Lugano: un galponcito al fondo de la casa, con todas las piezas ordenaditas. Casi una terapia intensiva."
Con Betancourt aprendió los secretos de la reparación y las particularidades de cada ejemplar. La anatomía, los materiales, la diversidad de pegamentos y hasta el devenir de las modas. También el código ético profesional: "Me dijo que chicos iba a haber siempre, por eso nunca iba a faltarme laburo. Con él entendí sobre todo que la muñeca es un regalo muy particular, que se queda grabado para siempre en la memoria de los más chiquitos, que es un miembro más de la familia. Sé que arreglo muñecas, pero en el fondo, mi oficio es recuperar valores afectivos”.
Muñecas bravas
En su clínica de Venezuela al 3700, pleno barrio de Boedo, hay pilas y pilas de muñecas y muñecos. De plástico, de silicona, de porcelana, de trapo, de madera, rubias, morenas, pelirrojas, italianas, alemanas, argentinas, inglesas, japonesas, Piel Rose, Rayito de Sol, Yoli-Bell, Shirley Temple, Gracielita, Marilú, clásicas, modernas y también decimonónicas.
Cada una guarda una historia. Cuenta Roldán que muchas huyeron de las guerras, padecieron migraciones forzadas y atravesaron océanos para hacerse la América. De repente, posa su mirada en una blonda Lenci italiana que atesora en su caja original y reflexiona: "El otro día vi una foto de una familia africana que intentaba llegar a Europa en balsa. La mamá, el papá y una nena. ¿Sabe qué llevaba la nena en sus manos? Por supuesto, una muñeca. Usted no se puede imaginar el valor afectivo que va a tener ese juguete en el futuro. Por eso siempre digo que el secreto de este trabajo es el amor. El amor que le pongo para revivir un tesoro familiar".
En el consultorio duermen la siesta varias bebotas de más de 30 abriles. También muñecas de belleza eterna que superan el siglo de vida: "Esta de flequillo es francesa y tiene 105 años. Mire esa carita, esa expresión, la boca abierta. Los franceses exploraron el camino de la calidad y el detalle. Los alemanes son maestros en la porcelana. Y crearon los malcriados, otro clásico". Casi sacados –pero esto Roldán no lo dice– de una película de terror.
El trabajo de don Julio es variopinto y, sobre todo, muy detallista. Implanta pelucas sedosas, cambia ojos radiantes, recauchuta piernitas y bracitos y tiene destreza para tratar las diversas parálisis que aquejan a sus pacientes.
"No hay dos muñecas iguales –asegura–. Siempre tengo que pensar cómo solucionar cada rotura y eso me mantiene ágil. Hay veces que no le encuentro la vuelta y me voy a casa con el trabajo en la mente. Por ahí me tiro a dormir y sueño cómo arreglarlo. Esto tiene mucho de creativo, pero también de magia."
Esta tarde, Roldán dedicó largas horas al trasplante de los ojos de vidrio color ámbar de un ejemplar de bebote germano. De paso, aceitó el mecanismo que le permite abrirlos y cerrarlos. El profesional prefiere respetar a rajatabla el diseño de fábrica de cada variedad. Aunque, muchas veces, su sello de autor se filtra en las curaciones. Como médico, respeta el juramento hipocrático, pero también es un eximio artista.
De las miles de pacientes que pasaron en los últimos 50 años por su consultorio, el doctor Roldán no duda ni un instante a la hora de elegir a su fetiche: "Hace un tiempo me trajeron un autómata francés de mediados del siglo XIX. Tenía una finísima cabecita de porcelana y un vestido de terciopelo. En las manos sujetaba un peine y un espejito. Por dentro era como un humano, pero en vez de venas tenía alambre y una cajita musical. Lo trajo una señora, era de su madre. Fue un laburo difícil, de varias semanas. Al final, volvió a la vida. La dueña no lo podía creer. Para fin de año, me regaló dos botellas de champán.”
¿Y si hacemos un muñeco?
La obra cumbre de Roldán brilló en mil y un escenarios de nuestro país. El doctor cuenta que tuvo el honor de clonar a quien, para muchos, es el muñeco más famoso de la historia argentina: Chirolita. "Vino Chasman a la clínica y me comentó que andaba necesitando un muñeco suplente. Me dijo que con los viajes y el ajetreo, el Chirola original andaba medio descajetado. Me mandé a laburar de una”, recuerda el tordo.
La tarea fue titánica, digna de Geppetto. Casi un año de frenético trabajo para darle vida al personaje: "Primero elegí el torso. Un modelo Jumeau francés al que le serruché la espalda. Le puse una cabeza alemana y le agregué un palo de escoba para manejar los movimientos. Y una peluca rubia. Cuando lo probó Chasman, no lo podía creer." El sueño del ventrílocuo hecho realidad. Roldán muestra las fotos y no hay dudas. Chirolita luce rejuvenecido, atlético y hasta más pintón. "Creo que ese muñeco, por su agilidad, le dio una vuelta de tuerca al show. Cuando murió Chasman, vinieron de la asociación de ventrílocuos a preguntar si sabía dónde estaba el muñeco. Pero lamentablemente no sé nada."
En estos tiempos de juguetes descartables y pasatistas, el doctor Roldán no se ensaña con el avance tecnológico. "En realidad, esas cosas me favorecen. Porque estas muñecas que me rodean son eternas. Si va a una juguetería, se puede comprar una muñeca china por dos mangos. Pero en el fondo son un curro y encima hacen mal a la salud. Estas muñecas guardan historias. Historias de afecto. Y eso no se puede comprar."  «
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lunes, 24 de diciembre de 2018

Perros héroes

Con una sonrisa, la lengua afuera y, por supuesto, moviendo la cola. Así da Rocha la bienvenida a la oficina de la Unidad Canina de Búsqueda y Rescate Bomberos Voluntarios Vuelta de Rocha. El cuartel está enclavado en la calle Garibaldi. A cien metros, el barrio de La Boca besa el Riachuelo.
A la perrita la escolta Daniel Condoleo. Es el director del cuerpo, rescatista curtido y compañero inseparable de la labradora negra. "Estamos juntos hace ocho años. Ella es mi primera perra preparada para búsqueda. La traje cuando tenía apenas dos meses, era una bolita; ahora la gorda está veterana. Pero todavía le falta para pasar a cuarteles de invierno", explica Condoleo con un mate tibio en la mano, mientras Rocha descansa a pata suelta sobre un sillón.
Hace una década, algo saturado de su trabajo como radiólogo en el Hospital Ramos Mejía, Condoleo decidió darle una vuelta de página a su vida. Para ello unió dos grandes pasiones: la solidaridad y los animales. "Como que me cansé del trabajo rutinario con humanos, me absorbía mucha energía –cuenta–. En paralelo, se me despertó la veta solidaria y también por investigar el trato con los perros". Así llegó al cuerpo de bomberos voluntarios, y al universo del adiestramiento. "Vengo de familia perrera. No tengo recuerdos de mi casa sin pelos en el piso". Autodidacta, leía artículos y miraba El Portal de las mascotas en tevé, hasta que arrancó con cursos más especializados: "Primero lo básico: saber condicionar al perro para que haga lo que le pidas, que se siente, se quede, se eche. Después ya me largué con herramientas más avanzadas para la búsqueda de personas".
Un día cayó con la idea en el cuartel: les propuso a sus compañeros armar la unidad canina. "Arrancamos desde cero. Todo a pulmón, como buenos voluntarios. Era una experiencia inédita y le dimos nuestra impronta". Desde su nacimiento, el equipo se planteó romper con los crueles paradigmas que regían la relación entre humanos y perros de trabajo: "En el pasado, el perro hacía algo por miedo al castigo. No nos gusta el maltrato a los animales ni a nadie. Nosotros aplicamos técnicas alternativas de aprendizaje. Para ellos –señala a la labradora que duerme–, el trabajo de búsqueda es como un juego. Y también lo hacen para que su dueño se sienta bien".
Esta ideología se materializa en prácticas. Por ejemplo, los canes de la unidad no pasan sus días confinados. "No tenemos caniles. Los perros están en nuestras casas y son miembros de las familias. Más o menos dos veces por semana nos juntamos a entrenar y cuando hay que ir a trabajar, les ponemos el arnés, les damos una orden y entran en modo de búsqueda. El resto del tiempo, son perros hogareños".
Rocha no es la excepción. Vive en Palermo con Condoleo, su esposa y una coqueta yorkshire terrier. Los otros seis integrantes de la patrulla canina –Clara, Uma, Quela, Daga, Monique y Max– también comparten hogar con los 13 rescatistas que le ponen el cuerpo a la unidad. "Canela fue una perrita mestiza que me acompañó en los inicios y que me enseño todo –recuerda el bombero–: la riqueza del lenguaje canino y cómo arrancar a decodificarlo, leer pequeñas señales: cómo mueve la cola, en qué contexto. Y con Rocha siempre aprendo algo nuevo. Eso mejora nuestro trabajo como pareja de rescatistas. Esto es siempre un trabajo en equipo".
Salvar gracias al olfato
"Nuestros perros no son un objeto más entre las herramientas de trabajo. Lo primero es el respeto hacia el animal y generar un vínculo con ellos", sentencia Ariel Canosa, miembro activo del plantel. Con 20 años de experiencia en el gremio –fue paseador, asistente veterinario, peluquero y maestro adiestrador–, puede dar cátedra sobre narices frías.
Integra un binomio de trabajo con la imponente Clarita, una hembra raza "PP" (puro perro) que rescató de las garras de un vecino nefasto. "La tenían encerrada en un balcón, muerta de hambre. Desnutrición extrema, dijo el veterinario. Tan flaca que en vez de pisar con las almohadillas de las patas, usaba el hueso", dice Ariel y acaricia la cabeza de su fiel compañera, que luce más saludable que Rin-Tin-Tin en sus mejores épocas.
Apenas rescatada, Clarita pasó del otro lado del mostrador y exhibió todas sus aptitudes como rescatista. "Enseguida se destacó en el juego, que es una de las características básicas. Ella no busca a una persona; entiende que para recibir su premio, una pelota o un mordiente, tiene que encontrar a alguien que no está a la vista". Por su explosiva rapidez, todo un perro dinamita, participa en búsquedas de personas vivas en grandes áreas, como campos.
En el teatro de operaciones, los perros sacan chapa de su infalible sentido del olfato. Pueden oler hasta 20 mil veces más que un humano. Los especialistas afirman que cualquier perro puede ser rescatista. Pero algunos tienen rasgos genéticos que vienen de fábrica. Es el caso de los orejudos sabuesos bloodhound: "Sus orejas les marcan el nivel del terreno. Porque el perro clava la nariz en el piso y arranca a buscar, y va concentrado, con los ojos cerrados, casi a ciegas", suma Condoleo. 
En los derrumbes, se necesitan canes ágiles y rápidos para encontrar a los heridos entre los escombros. En ese escenario, los perros trabajan "desnudos", sin ataduras de pretales o correas, para evitar que queden atrapados. Los border collie y los pastores belgas malinois se destacan en esta faena de exploración. Rocha está preparada para la búsqueda de cadáveres. "Es una tarea dura –cuenta Condoleo–, pero para los familiares de una víctima, que un cuerpo sea hallado es reparador".
Estudiar con el perro
Alguien rasguña la puerta de la Unidad Canina. Es Bambi, una perrita callejera que vive en el cuartel. "No integra el equipo de búsqueda, pero es la más voluntaria. Cada vez que salen los bomberos, se sube a la autobomba", explica Ariel Abregú, rescatista y maestro de adiestradores en la escuela de Vuelta de Rocha.
Con tres sedes en la ciudad –Palermo, Floresta y Barracas–, la tarea pedagógica suma ingresos para solventar la capacitación y el equipamiento de esta unidad de rescate multidisciplinaria, con reconocimiento del Ministerio de Seguridad. Ariel detalla: "Brindamos cursos de formación, práctica profesional para adiestradores y solución de problemas comportamentales del perro y la familia. Es un oficio que tiene mucha salida laboral". La cuota mensual araña los mil pesos. En cada lechigada de egresados, resalta, buscamos perfiles que puedan sumarse al equipo. "Hay que tener aptitud y actitud. Pero sobre todo, vocación de servicio a la comunidad".
Siempre listas, Clara y Rocha posan en las autobombas para el retrato final, junto a sus fieles dueños. Desde un sillón, Bambi contempla a las estrellas sin mosquearse. Prefiere guardar fuerzas. No sea cosa que suene el teléfono del cuartel, los voluntarios deban subir a los camiones y salgan rápidos como bomberos para apagar algún incendio. Con la valiente perrita corriendo a su lado. Una auténtica heroína anónima.
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martes, 11 de diciembre de 2018

Viaje al mundo de un terraplanista

"Los satélites no existen". El título del artículo posteado en Facebook primero llamó su atención. Se sabe: el algoritmo de la red de Zuckerberg es infalible para dar en el target. El muchacho dudó un instante, dos o tres segundos, hasta que decidió darle una oportunidad a la lectura. Tomó coraje y le dio click.
"Era 2015. Estaba investigando en la compu, convaleciente, recuperándome de una operación de rodilla. Antes de ponerme a leer, pensé que era una estupidez. ¿Cómo que no existen los satélites? Por mi trabajo yo había usado un software para simulación de partículas para una publicidad del History Channel. Lo que me llamó la atención fue que el artículo estaba firmado por un ingeniero en telecomunicaciones, muy bien fundamentado, con muchos tecnicismos. Cuando lo terminé, se me había abierto la puerta de otro mundo: el terraplanismo", dice Lautaro Iru Fernando Landucci, sentado frente a dos monitores encendidos, en uno de los ambientes de su productora audiovisual enclavada en Calle 13, pleno centro de La Plata.
Landucci tiene 37 años y se gana la vida como técnico en efectos visuales, pero es, sobre todo –según se define–, un apasionado por las "mal llamadas" –aclara– teorías conspirativas. Durante un lustro le puso voz a una columna dedicada a ese difuso gran tópico en pequeños programas de FM. La masonería, el asesinato de Kennedy, los ovnis y el "Nuevo Orden Mundial" son materias a las que ha dedicado largas horas de estudio, quemando sus pestañas en la Web.
Pero más allá de estos pergaminos, el currículum de Landucci va ganando notoriedad como divulgador de una "teoría" que (¡en pleno siglo XXI!) sostiene que la Tierra, lejos de ser un esferoide oblato, es más plana que una plancha. Entre otros principios, los terraplanistas afirman que no existen evidencias empíricas de que el planeta gire alrededor del Sol. Mucho menos de que el hombre haya dado siquiera un pequeño gran paso para la humanidad sobre la superficie lunar.
"Antes vivía en el heliocentrismo y la historia oficial de la NASA –dice Landucci, categórico–. Pero cuando comencé a investigar, surgieron las dudas. No te hacés terraplanista de un día para el otro." La mayoría de la gente, dice, no se hace preguntas, cree en los principios de la ciencia como si fuera una religión: "El terraplanismo moderno se aleja de la religión y tiene una pata científica. Nuestra teoría es empírica, real, observable, y pone en duda todo el modelo establecido".
De repente, Landucci hace un alto en su discurso, toma el mouse, bucea en las mil y una carpetas que atesora su computadora y abre un video: "Fíjese bien, ¿dónde ve la curvatura de la Tierra en esta toma? El asunto es fácil de explicar: la esfera terrestre tiene 12 mil kilómetros de diámetro, si nos elevamos 15 kilómetros en una vertical tangente al centro tendría que verse la curvatura. Pero no aparece. Se han tirado globos con lentes rectilineales, que llegaron hasta los 35 kilómetros. Y no se ve. La primera vez que vi este video me dije: ¡Upa, ahora sí sé cómo es la Tierra!".
Planchadita, planchadita
La teoría terraplanista tiene un vasto recorrido. Su primer impulsor fue el escritor inglés Samuel Birley Rowbotham, autor de Astronomía zetética: La Tierra no es un globo, un volumen panfletario publicado a finales del siglo XIX, dedicado a gritar a los cuatro vientos las bondades de la Tierra plana. Para Rowbotham, nuestro planeta no es tal sino apenas una extensa planicie en el piso de una gran burbuja en un universo sólido, posiblemente de piedra. Una gran caverna iluminada por dos globos brillantes, el Sol y la Luna. El Polo Norte está ubicado en el centro del disco, con los continentes acomodados puntualmente como en el logo de las Naciones Unidas, coincidencia que, dicen, entusiasmó a muchos planistas y les hizo pensar que (¿otra conspiración secreta?) las grandes potencias están de acuerdo con sus principios. La Antártida no aparece en la nueva cartografía: después del mar perimetral lo que hay es una pared de hielo de 50 metros de alto.
Tras la muerte de Rowbotham en 1884, Lady Elizabeth Anne Mould Blount, una acólita de su obra, fundó la Sociedad Zetética Universal, para mantener vivo el legado del maestro. Después de la Primera Guerra Mundial, el grupo, cuyas creencias se basaban en una lectura efusiva de la Biblia, se evaporó como el agua. Sin embargo, la idea de que la Tierra es un disco plano no se ha desvanecido en el final de los tiempos. Desde mediados del siglo XX, la Sociedad de la Tierra Plana, fundada por el británico Samuel Shenton, tomó la posta en la chata cruzada. Ni la esfericidad postulada por Aristóteles, constatada por Elcano en su circunnavegación de 1519, ni la sombra que se proyecta sobre la Luna durante los eclipses y mucho menos las imágenes registradas por astronautas desde el espacio, más de 2000 años de evidencias científicas siguen chocando con sus teorías.
Landucci comulga con una rama jovencísima del movimiento, el neoterraplanismo: "Surge en 2014. Los anteriores eran una oposición controlada. Pude participar en cuatro conferencias. A la que se hizo en Carolina del Norte, el año pasado, fue mucha gente. ABC News y Fox sacaron informes ridiculizándonos, pero ni siquiera entraron a escuchar las ponencias. Es curioso lo que nos pasa a los terraplanistas. Parece que no podemos salir a decirlo abiertamente. Uno puede creer en fantasmas, en unicornios de colores… Pero si decís que la Tierra es plana te tiran con todo: '¡Estás loco! ¡Terminá el colegio!' Es algo que no se puede discutir, un dogma".
La NASA y el globo
De chico, Landucci era fanático de las naves espaciales. En su cuarto adolescente atesoraba una miniatura del Apolo XI y un póster de la NASA: "Vi todas las películas, informes y documentales sobre el tema. A la distancia, me doy cuenta de que el fanatismo no me dejaba ver la ridiculez de esos viajes. Todo hecho en un estudio de televisión. Al ser humano se lo adoctrina con imágenes. Y en eso la NASA es experta". Otra vez, el terraplanista husmea en su computadora. La nutrida videoteca que comparte en sus plataformas digitales muestra clips neobarrocos, sobrecargados de información, forjados con imágenes de archivos donde se ven astronautas controlados con hilos como si fueran títeres, naves espaciales dignas de Sábados de Súper Acción y trabajadores retocando impecables paisajes lunares: "Ya lo dijeron los Red Hot Chili Peppers –pontifica Landucci–: 'El espacio puede ser la última frontera, pero está hecho en un sótano de Hollywood.’”
Este año, algo cansados de explorar apenas la faceta bibliográfica del terraplanismo, su divulgador platense y un grupo de colegas decidieron encarar un estudio de campo. Un experimento único, aseguraban, sin precedentes en la historia argentina: lanzar un globo aerostático para constatar, con sus propios instrumentos, la planicie que reina sobre el orbe. Lo bautizaron proyecto ArFLAT. Hicieron una vaquita virtual, juntaron $ 60 mil, importaron un inflable desde EE UU, pidieron permiso a la Fuerza Aérea, se fueron hasta el aeropuerto pampeano de Victorica, equiparon al globo con cámaras especiales, agregaron un GPS y el 6 de octubre lo soltaron. "Parecíamos sacados de la película Twister", saca chapa Landucci. A 22 mil metros de altura, una antena suelta en el objeto volador identificado arruinó el experimento. Les pinchó el globo.
Hace unas semanas, Landucci recibió un llamado desde La Pampa. Un gaucho había encontrado las cámaras. Pudo compartir algunas imágenes rescatadas por su canal de YouTube. Proclama que confirman su hipótesis. Antes de despedirse, posa con el globo terráqueo que tanto combate y dispara: "No sé cómo alguna vez pude creer que vivía en una pelota". «
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lunes, 26 de noviembre de 2018

Un Boca-River con el relator más superclásico

Los platos están servidos sobre la mesa. El menú armoniza con un domingo de Superclásico. Son fideos con roja salsa fileto y albóndigas de carne picada. Es obra de Gena, que lo preparó con su sapiencia italiana. La cocinera paraguaya nacida en Caaguazú hace varios años trabaja para los Morales. Las dos mujeres se esmeran, pues Beatriz, la esposa del hombre de la casa, ofrece vino tinto o gaseosas. Pero los ojos de Beatriz pispean todo el tiempo las andanzas de Benicio, el nieto hincha de Boca que anda correteando por la sala. El ambiente es luminoso, con la luz oblicua del cielo otoñal de Palermo. Allí en la sala  hay un piano de cola, que algunas figuras de porcelana de Lladró y varios cuadros miran desde las paredes. Uno de un descamisado acurrucado junto al busto de Evita cuelga de la puerta que comunica el ambiente con la cocina.  
Con su perro Fito estirado entre los pies, Víctor Hugo pide disculpas porque tuvo que adelantar la hora de almuerzo. “Es que tengo que cabecear, hacer una siestita de media hora –el locutor está en una cómoda silla de la sala–. Así llego fresco al partido. Pero si quieren charlamos algo antes”, dice mientras termina de comer un helado casero. 
–Más acá de la siesta, ¿cómo se prepara para relatar un Superclásico? 
–Descansando lo mejor posible la noche anterior; comiendo lejos del partido y liviano, porque creo que la digestión gravita en todo lo que es el pensamiento y las ideas, además de la cuestión física. Y después yéndome a la cancha, esperando estar bien, para ver bien a los jugadores. 
–¿Y eso cómo se logra?
–Los relatores necesitamos precisión. Si soy preciso, no tengo que pensar quién es cuando la pelota va para un jugador. Lo detecto. Ocurre como cuando el arquero le pasa la pelota a un compañero y éste la para con el empeine sin especular cómo lo hace. Esto lo crea la facilidad técnica de hacer mejor la jugada, desde el punto de vista intelectual. Si el tipo tiene que ponerse a reflexionar cómo para la pelota, o se pone nervioso, ese jugador no está pensando en la jugada siguiente. Pero si el tipo tiene la cualidad de realizar su tarea creativa sin pensar en la técnica, está resuelto. Si uno transmite un partido con el dominio pleno de cuáles son los jugadores y cuándo la pelota va para un tipo, ni pensás lo que estás diciendo porque sale solo, tu trabajo es el mejor. Por eso espero estar preciso.
–¿Y alguna vez le pasó  no sentirse preciso?
–Pasa. A veces, por ejemplo, uno se raya con un jugador y lo ve más que a otros. O también puedo ignorar a otro. 
–Momentos en los que entra a jugar el inconsciente.
-Exacto. A veces a un tipo que se llama Juan, le digo Ramón. Y no se sabe por qué. El otro día, por ejemplo, relataba un partido donde un lateral se llamaba Nervo, y cada vez que agarraba la pelota pensaba en el poeta Amado Nervo y no me salía el nombre. Lo tenía escrito, pegado en un papelito delante mío en el vidrio de la cabina, y no me salía. Cada vez que se hacía de la pelota lo pensaba como Amado.
–Usted construye con su relato un espectáculo para el oído del oyente. ¿Pero qué pasa cuando no aparece la belleza en el partido, cuando es un bodrio?
–Lo mismo que le pasa a alguien que le gusta mucho el cine y al comentar o criticar una película se excita y la disfruta. Y cuando es mala la película, se esfuerza por recrear el espectáculo apelando a la crítica, a la ironía, al humor. El espectáculo se tiene que sostener igual para el oyente. Por ejemplo: si un tipo patea al arco y la manda a cualquier lado, yo digo: “Si bajara de la cabina y pateara, seguro que no lo haría peor. Así que imagínense lo mal que le pegó Riquelme”. O si alguien saca la pelota de un lateral y se la da a un rival, puedo decir: “El partido está tan decaído que ni con las manos se la pasan bien”. O puede ser tan malo que digo: “Muchachos, los de camiseta blanca con banda roja son de River. Los compañeros de ustedes tienen la camiseta azul. A ver si se pasan la pelota entre ustedes”. Recurro al bagaje intelectual que está hecho de información, de experiencias, inventiva, creatividad y talento, si se lo tiene. 
–Ese bagaje, ¿también se nutre del cine y la literatura? 
-Creo que fundamentalmente de la literatura. Cuando uno lee, le quedan frases, ideas. Inevitablemente uno pone mucha atención al leer. Uno no copia, pero hace el esfuerzo para que algo quede. Y después la metáfora sale con el color, con lo que pensás. El teatro también es un gran alimento. Las artes en general. 
–¿Usted quiso ser actor en algún momento de su vida?
–No. Soy un extraordinario, exitosísimo y empedernido espectador. Carezco de interés por estar en el escenario. Soy tímido, no me gusta la exposición. 
–¿Pero en la cabina de transmisión no se siente un poco como un actor en escena?
–Escondido. No me ven. Por supuesto que actúo, todo el tiempo. Todo el relato: tonos, silencios, enojos (supuestos) y elogios ditirámbicos. El relato es una actuación. Creo que soy más un actor que un narrador. Pero no me ven. Si me piden ahora que les relate un gol, no me animo. 
–Entonces no se lo pido. 
–Por favor. 
–Su oficio es muy cercano al del actor de radioteatro. ¿Se podría entender al relato deportivo como un género dramático?
–Indudablemente. Uno está transmitiéndole a la gente algo que la alegra o la hace sufrir. Un gol de River esta tarde, amarga a una parte de la gente con la que tenés que ser respetuoso. Hay un lugar en tu cabeza que te dice que tenés que ser respetuoso con el derrotado, con el que está sufriendo ese gol. Pero al mismo tiempo hay que ser animoso y entretenido para recrear la alegría del que lo hizo. Pero mejor frenemos acá que me tengo que ir a cabecear. A las dos y cuarto salimos para la cancha. 
MUERTE Y RESURRECCIÓN DEL NARRADOR
Anunciar el fin de los narradores, aseverar que quedan muy pocos, es un relato que siempre se repite y que nunca aburre. Antes de suicidarse, el filósofo alemán Walter Benjamin aseveraba terminantemente, en su ensayo El narrador (1936), que el arte de la narración tocaba su fin. “Es cada vez más raro encontrar a alguien capaz de narrar algo con probidad”, decía no sin modestia. En los años posteriores a la sangrienta Primera Guerra Mundial, Benjamin deploraba cómo los soldados que habían peleado en las trincheras volvían mudos del campo de batalla. La narración de la experiencia, oral y colectiva, concluía el filósofo, había muerto en manos del progreso tecnológico y el horror humano.  
Setenta años después, la reflexión sobre el arte de narrar sigue vigente. Es el oficio de aquellos que saben de la magia de las palabras. Artistas que son capaces de transformar el idioma cotidiano y utilitario en una herramienta de invención. Alquimistas que forjan otra realidad. Creadores que quizás relatando un gol o un tiro libre son capaces de cambiarle la vida a alguien. Víctor Hugo Morales es uno de ellos. El narrador épico del deporte más popular del mundo.
Pero también, uno de los periodistas más reconocidos de la Argentina y Latinoamérica. Desde sus relatos iniciáticos en la década del setenta en su Uruguay natal, su mudanza a Buenos Aires a principios de los 80 y su llegada al estrellato popular –que mantiene hasta la actualidad– por ese firulete único, genial e irrepetible que trazó Maradona en el segundo gol contra los ingleses en el estadio Azteca, durante el mundial de México 86, y que Víctor Hugo inmortalizó con su ya monumental, alucinante y eterno “¡De qué planeta viniste, barrilete cósmico!” 
Con 70 años sobre el lomo, su rutina diaria puede dejar exhausto a más de un veinteañero. Radio por la mañana, televisión por las tardes, charlas solidarias –levanta altas en el cielo las banderas de la izquierda y de la libertad de expresión ante los monopolios mediáticos– y por último, pero no menos importante, rigurosa bohemia nocturna. Locutor, conductor, relator, escritor (tiene más de una docena de libros publicados) y, por supuesto, un gran poeta. 
TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A LA BOMBONERA 
Mientras conduce parsimoniosamente su Corsa por la Avenida 9 de Julio, el relator se da tiempo para comprarle unos chocolates a un vendedor ambulante (dos barritas por diez pesos), departir amablemente en cada esquina con otros conductores que le piden que relate goles de sus equipos (“¿No te parece mucho tres de River en cancha de Boca? Vamos a ver qué pasa. Mandale un beso a tu mujer entonces”) y conversar con su copiloto y compañero de trabajo, el comentarista y periodista César Ferri. “El fútbol es una metáfora excepcional de la vida –reflexiona Víctor Hugo mientras bajamos hacia Plaza de Mayo por la Diagonal Norte–. Dolina lo dice muy bien: en el fútbol caben la belleza, lo espurio, la nobleza, el egoísmo, la solidaridad, el altruismo. Entra todo. En términos económicos también. Muchas veces se ha dicho: ‘Se juega como se vive.’ Lo cual, a veces, ha sido cierto”.
-¿La Bombonera es un escenario especial para el relato?
–Sí, porque en La Bombonera el sonido es hacia adentro y ese encajonamiento es muy importante para el relator. Es un estadio en el que parece que hubiera cuatro o cinco veces más público del que hay. No existe otro igual en ese rubro, por esa proximidad de la gente con el jugador. Si se mira La Bombonera, uno se da cuenta que la acústica deja todo ahí. Es como si se metieran en un frasquito el sonido y la emoción. 
-¿Y qué se acuerda de la primera vez que relató un Boca-River en La Bombonera, en el año 1981? 
-Esa noche fue mi constatación de que realmente me podía llegar a quedar en Buenos Aires. En esa época era muy trasnochador, y esa misma noche, ya al amanecer, fui a comprar los diarios con los que me iba siempre. Ahora los leo cuando me levanto, antes los leía cuando me acostaba. Y fui al kiosco, y en el diario El Popular el título era “Ta, ta, ta Boca 3 a 0”*. Yo dije para mis adentros: ‘Empecé a existir’. Hacía dos meses que estaba en Buenos Aires. En semanas me había conseguido un lugarcito. 
FERVOR DE BUENOS AIRES
Un lugarcito también le guardaba a Víctor Hugo un parrillero amigo, con el espacio justo para que estacionara el Corsa, a dos cuadras de la cancha. Señoras y señores, hoy se juega el Superclásico. A las 16:30, xeneizes y millonarios se enfrentan en un duelo cuya fascinación nunca se desgasta a pesar de haberse dirimido ya 200 veces exactas a partir de 1913. 
Siguiendo cualquier columna de las que avanzan por las calles Brandsen, Del Valle Iberlucea, Pinzón o Juan de Dios Filiberto, se desemboca siempre en el estadio Alberto J. Armando. “Yo conozco Peñarol–Nacional –dice Víctor Hugo–. He visto Barcelona–Real Madrid o algún Roma–Lazio, y son partidos siempre tensos, que generan una gran expectativa. Pero que sean tan abarcativos, que generen la pasión de todo un país, eso solo pasa con los clásicos del Río de la Plata. Y en especial éste. Aquí hay una pasión, un colorido, una inventiva y una participación de la gente que no existe en ninguna parte del mundo. El espectáculo es la propia pasión del hincha, y eso lo hace único”. 
Los vendedores ambulantes están de parabienes y el paso de los simpatizantes activa el infinito pregón intermitente de la venta: “¡¡¡Gorro, bandera y vincha!!! ¡¡¡Gorro, bandera y vincha!!! ¡¡¡Gorro, bandera y vincha!!!”. A dos cuadras del estadio, se pueden conseguir remeras con el escudo de Boca, medias con el escudo de Boca, gorros con el escudo de Boca, relojes con el escudo de Boca, y hasta escudos de Boca.
Ataviado con jeans, campera beige y mocasines marrones, con ese aire entre Rodolfo Valentino y Bill Tilden (también un toque oriental con algo de Zitarrosa sin el cigarrillo entre los labios), el relator se abre paso en el hormiguero de hinchas que van llegando a La Bombonera. Besos, fotos, saludos, fotos, una entrevista exprés, más fotos, alguna que otra mirada despectiva de unas señoras medio pituconas, más fotos, más saludos. 
Hay equipo. Víctor Hugo camina por la calle Irala acompañado por Heber, su inseparable escudero, asistente y mano derecha. Por ahí también anda el comentarista César Ferri, y por último, pero no menos importante, Félix Conde, el cebador de mate oficial del equipo. Charrúa de pura cepa, nacido en Cardona al igual que Víctor Hugo, Félix se encargará de hacer circular durante horas la infusión milagrosa. ¿Su secreto? “Yerba Canaria y nada más”.  
Cuando damos un paso en las escaleras que llevan a la zona de las cabinas, La Bombonera no tiembla, late. La obra parida en la década de 1940 por el arquitecto Viktor Sulcic y el ingeniero Delpini es, como las Cataratas del Iguazú o el primer disco de los Ramones, algo insuperable en su género. Las tribunas están repletas y, por supuesto, enfrentadas. Del lado de Brandsen, los de River agitan barbijos y globos albirrojos. Del lado de Casa Amarrilla, la parcialidad local va engordando al jugador número 12. 
Superclásico especial, como todos. Las “Gallinas” visitan La Boca en su regreso triunfal a la primera categoría, luego del descenso de 2012. Los fanas “Xeneizes” –único equipo argentino que nunca bajó de la categoría A– saltan desaforados en la popular. Muchos, cubiertos con sábanas blancas. Un fantasma recorre la Bombonera: el fantasma de la B. Dosis de folklore futbolero en estado puro. Salud.
LA DOCE
Por los pasillos del área de prensa pulula la crema y nata del periodismo deportivo. Bronceado artificial, trajes a medida, brushing en el pelo y maquillaje de repostería. Víctor Hugo, ya instalado en el pequeño cubículo de transmisión, su hábitat natural, se pone la camiseta de la agrupación HIJOS, con la inscripción “Juicio y Castigo” a los genocidas del proceso militar.  
Con una toalla color azulada al hombro para secarse el sudor, el fiel micrófono y unos binoculares a mano, el relator ocupa el sector central de la cabina N° 12. A su izquierda, Ferri calienta motores y le pasa prolijos papeles que tienen tatuados los nombres de los jugadores, y Víctor Hugo los va pegando con cinta en el vidrio. A su derecha, firme como rulo de estatua, Félix armado con el termo y el mate. A sus espaldas, Ricardo Cotuffox, el encargado de las peripecias técnicas de la transmisión. Y Heber que trae agua, atiende teléfonos, consigue sanguchitos y así, hasta el infinito y más allá. Se autodefinen como una auténtica familia radial, la familia de Competencia. “Es el privilegio de jugar en el mismo equipo que Maradona en su momento y Messi ahora –define Ferri–. Jugar en el equipo radial del mejor del mundo. Es maravilloso esto de mezclar amistad y trabajo profesional. Y a su vez es un riesgo porque hay una línea muy finita. Víctor Hugo es un tipo al que admiro. Es como mi segundo padre, mi segundo viejo. Porque me ha enseñado cosas de la vida, mucho más importantes que las cuestiones de periodismo, como la ética y la amistad”.
–¿Y cómo hacés para meter un comentario después de alguna genialidad que inventa Víctor Hugo con su relato?
-No es sencillo, pero cuento con la confianza que él me da para, de alguna manera, intentar enriquecer el relato. Yo siempre digo que con un trazo es imposible mejorar una pintura de Picasso. Entonces intento no mancharla. 

GARGANTA PODEROSA
Cuando comienza la transmisión, Víctor Hugo se transforma. Entra en trance como un chamán poético. Aunque confiesa que en los últimos años ha dejado de lado el relato sobrecargado de ornamentación, neobarroco, o mejor dicho neobarroso, por la impronta rioplatense como le gustaba decir al poeta Néstor Perlongher, el partido se convierte en una excusa para la metáfora. Obras de arte efímeras talladas con la garganta. 
Pero de repente, en un parpadeo: visto, no visto. Luego el silencio, el estallido de la popular y el grito sagrado de gol explota en el parlante. El madrugador cabezazo de Lanzini hace entrar en erupción a la todavía fría garganta poderosa del relator. “Goooooooooooooooooooool, de River, de River, de River. Un cabezazo perfecto de Lanzini, en el primer Lanzini de la tarde. Un minuto y ya gana River. River 1 Boca 0”. Pasan los minutos y las palabras brotan como si estuvieran conectadas con los movimientos de los futbolistas. Con la paciencia de una tejedora de ñandutí, Víctor Hugo va bordando un tejido narrativo poblado de anécdotas, imágenes impredecibles y diálogos imaginarios: “Ledesma le reclama al árbitro y le dice: ‘Cuando pego yo, vaya y pase. Pero cuando lo hace otro…’”; “La Bombonera ruge pidiendo justicia por una falta, signo de que no lo es. En realidad es una injusticia…”; y “las serpentinas que cuelgan del alambrado como un plato de fideos rebalsado”. Hasta hay espacio en el relato para la ironía ideológica: si el lateral riverplatense Mercado anticipa a Lautaro Acosta, “gana el mercado, por esta vez”, aclara Víctor Hugo. Aunque durante la transmisión, la mano invisible del mercado se cuela en el juego: un desodorante auspicia los tiros de esquina, el aviso de comida para perros patrocina un cambio y un vino de mesa apadrina un tiro libre. A los 38 minutos, termina la siesta de la parcialidad boquense con el gol del “Pelado” Silva. “Qué manera de rematar abajo. Sí, sí, sí, Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiilva para colocarla bien a la derecha de Barooooooooovero. Para empatar el partido. Andá a hablar de justicia ante una jugada tan extraordinaria del ataque de Boca. El partido, 1 a 1”.
Ya promediando el segundo tiempo, Víctor Hugo le da otra chupada a la exhausta bombilla del mate. El partido es un fiasco y el papel de las tribunas le gana la pulseada al que interpretan los 22 jugadores que corren por la cancha. Quizás Borges tenía razón: “El fútbol es feo estéticamente. Once jugadores contra once corriendo atrás de un balón, no son especialmente hermosos”. Pero Víctor Hugo no se resigna y ensaya algún dribling con la garganta, como para despertar a la audiencia que sueña con un barrilete cósmico. No hay caso, no se puede jugar peor. Empate cantado. “Un minuto de fútbol, muchachos, por favor… Y por fin se termina el partido. Muchas gracias por la atención dispensada”. El relator cierra la faena. 
Cae el telón y la noche en La Bombonera. El estadio se desinfla. Los hinchas vuelven a sus casas empatados. A estas horas, sólo gana el cansancio y la depresión dominguera.
Víctor Hugo deja la cabina, luego la cancha, y se pierde por las calles de La Boca. En silencio. 

Brevísimo epílogo, cinco años después
La primera final superclásica de la Libertadores se juega cerca de casa. Desde mi terraza, en el barrio de Barracas, puedo escuchar el hilito de cántico tribunero que llega flotando desde La Boca. No tengo TV por cable, la conexión a internet va y viene, y los bares con tele del barrio duermen la religiosa siesta de domingo. Sólo queda la radio. La diminuta Sony que heredé de mi abuela Neia no me deja a pata. Víctor Hugo tampoco. Me tiro en la cama, acerco el aparatito al oído y dejo que el uruguayo susurre las andanzas y desandanzas de los 22 gladiadores en la arena. 
Esta vez no seré un fantasma en la cabina. Esta vez no podré ver en primerísimo primer plano la erupción de la garganta profunda de Morales. Esta vez me conformo con las palabras mágicas del relator. Y con eso basta. 

Crónica publicada en la Revista Rascacielos, por acá