lunes, 19 de junio de 2017

A todo motor

¿Se puede estar enamorado de un auto? "De varios, querido. Igualmente, uno nunca olvida la pasión del primer amor", confiesa sin sonrojarse Juan, un ingeniero cuyano que disfruta de las acrobacias sin vértigo de las 4x4, en el espacio outdoor del Salón Internacional del Automóvil. Raro, como encendido, sorbe un mate dulce y hace memoria de sus primeros escarceos y el fulminante flechazo con un Renault 6: "Año 1978, era una belleza. Yo recién salía del secundario, con el título de técnico mecánico bajo el brazo. Entonces le metía mano en el motor. También lo 'pecheaba' bastante en la ruta, aunque iba a dos por hora. Me acuerdo que hicimos un viaje a Chile y, como corresponde, se quedó en el Cristo Redentor. Al final lo arreglamos con alambre." Vino a La Rural acompañado por un grupo de amigos de la infancia. Cuenta que manejaron sin respiro desde San Juan para llegar al evento tuerca. Unos metros más allá, los fanáticos inmortalizan con sus celulares el andar cansino de las chatas japonesas todoterreno. "Para serle franco –se sincera Juan–, después de dos horas dando vueltas, no vi nada que me llamara la atención. Mucho robot, poca mecánica. Me quedo con el recuerdo de aquel R6. Estos modernos te llevan como en una alfombra mágica."
En la nave central del predio palermitano, un ejército de incondicionales fierreros se empacha en un pantagruélico banquete celebratorio de la industria automotriz. Con una cuidada estética publicitaria, las firmas exhiben los modelos más aclamados de su menú. También los bólidos futuristas que en poco tiempo empalagarán a los conductores. "Peugeot eligió un recorrido por el pasado, el presente y el futuro. Cumplimos 60 años en el país, con la llegada del primer embarque de los 403", resalta Cecilia Marola, encargada de prensa de la casa gala. Pero no solo de recuerdos viven los franceses. "Ahora hacemos foco en el concept car –asegura la dama–, los vehículos autónomos, con una plataforma integrada. Todavía no vuelan, pero les falta poco." Un ejemplar Berlina Grand Luxe del mítico 403 duerme la siesta en el stand del león. Lo escoltan sus parientes más famosos en estos pagos: el 404 y el 504. "Yo tuve uno ocre, me dio muchas satisfacciones. Pero mire que soy de la contra", acota al pasar Esteban, un chofer de larga distancia rosarino, fana del Chivo y la Lepra. "Estos eran coches muy fieles, no las computadoras que hacen ahora –se despide–. Si quedás tirado, no sabés qué ajustarle. No te queda otra que llamar a la grúa y fumarte la espera."
Los autos fantásticos
Biturbo, caja automática de nueve velocidades y 367 caballos de fuerza que alcanzan los 100 km/h en 4,7 segundos. El Mercedes Benz SLC 43 es una flecha de plata que brilla en el stand de la firma nacida en Stuttgart. Sentado en la butaca, Enzo juega con el volante e imagina que avanza por una desolada ruta. Apenas roza los pedales con la punta de los pies. Su papá Adrián lo mira fascinado y explica que hace un rato llegaron desde Roque Pérez: "Salió al padre, fierrero, ¿vio?" Cuenta que su pasión arrancó a los 12 años, cuando desarmaba motores y su viejo le tomaba el tiempo. Hoy es el feliz propietario de un taller mecánico. "Para entender el fanatismo por estos bichos –recomienda–, haga la fila y siéntese un ratito, y si lo dejan, dele marcha y disfrute de la sinfonía del motor. No tiene precio". Un placer efímero. Para sacarla a la calle, la joya alemana tiene un costo final de 127.500 dólares más IVA.
En el stand de Renault, el futuro ya llegó. El súper deportivo Trezor es una auténtica nave espacial, sacada de una novela de Philip K. Dick. "Es 100% eléctrico y tiene 500 HP. En Europa ya se consigue", dice Maximiliano, un promotor capaz de vender el humo. A mitad de camino, entre el auto de Meteoro y el descapotable de la Pantera Rosa, el bólido gris combina en dosis desparejas tecnología de punta y artesanía: iluminación láser y detalles en cuero y madera. "Mire lo pegado al piso que está. Con las rutas que tenemos, hay que llevarlo con cuidado. Por ahí se hace bosta", advierte el joven. A pasitos, se destaca el biplaza Twizzy, otra apuesta eléctrica que deja en el pasado los combustibles fósiles. "Creo que nos queda un poco chico, gorda", señala un caballero con varios kilos de más, desde la diminuta cabina.
Las Ferrari se miran, pero no se tocan. Un corralito protege las obras de arte paridas por la escudería de don Enzo. Embobados, los seguidores del Cavallino Rampante las aprecian a cuidada distancia. No es para menos. El más mínimo daño puede devaluar el precio de las 488 GTB exhibidas. Unos 740 mil dólares cada una. 
En el puesto vecino, Volkswagen ofrece la posibilidad de realizar una deriva virtual por las entrañas de un motor. Los valientes salen inmaculados, sin rastros de grasa ni fluidos indeseables. También hay simuladores de manejo y una pista de Scalextric controlada desde tablets. Salta a la vista: la tecnología domina de punta a punta el ágape. "Sería importante que las automotrices tomen conciencia de lo que es realmente un auto. Con todos estos avances, podrían impulsar modelos más sustentables y seguros", expresa Alba Saenz, fundadora de Conduciendo a Conciencia. El espacio de la organización civil creada por familiares de víctimas de accidentes de tránsito es un remanso entre tanto mercantilismo. Tienen un juego interactivo, que simula los efectos del alcohol en sangre a la hora de conducir. "Los autos son cada vez más rápidos y, por ende, riesgosos", señala Alba.
Carburando 
Mujeres hermosas y autos lujosos siguen siendo todavía hoy la receta trillada de la publicidad automovilística. El encuentro porteño no es inmune a esta fórmula. En los puestos, legiones de promotoras exhiben sus cuidadas curvas. También sus caras hastiadas, tras eternas horas de trabajo. "Sí, me parece lindo mostrar un buen auto y la belleza de las mujeres –arriesga una señorita desde las alturas de sus tacos aguja–, pero acá no se piensa demasiado en el público femenino. Nosotras también compramos autos." 
El stand de Ford es una oda al mítico modelo Mustang. Hay remeras de Mustang, lapiceras, prendedores, agendas de Mustang y hasta un reluciente Mustang rojo shocking que no para de girar sobre una plataforma. Nicolás Capella recorre el espacio, bien custodiado por su abuelo Osvaldo Dadamo. El pibe cuenta que está estudiando en la Escuela Henry Ford. Sueña con ser diseñador. Su abuelo es ingeniero y resalta que desde hace 50 años no se ha perdido ningún encuentro tuerca. Dice que en el '60 se hizo uno en la Plaza de la República: "Toyota trajo unas camionetas hechas con roblones, bien rústicas. Setenta y siete años después, se las puede ver andando en el campo. Los paisanos no las dejan ni locos." Al despedirse, saluda con un apretón de manos y reflexiona: "En el Otto Krause, aprendí que atrás de un auto no hay solo un vehículo. También hay un proyecto de país. Y lo dejo, que sigo caminando con mi nieto. No hay nada como caminar."  
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domingo, 11 de junio de 2017

Palito, bombón, helado

Suntuoso, distinguido y tradicional. Base sólida de chocolate y corazón de súper sambayón y crema chantilly. Una copiosa lluvia de almendras y nueces coronan la superestructura. ¡Señoras y señores, el postre helado está servido! Aguarda su turno para ser analizado por los cinco jurados del 4º Campeonato Nacional de Helado Artesanal, en Costa Salguero. "Este es un momento de pura adrenalina, espero les guste a los jueces", anhela Marcos Salinas, curtido maestro heladero nacido en Misiones, con más de 30 años en el gélido gremio. Cuando los asistentes mutilan su obra, una gota de sudor frío corre por su frente. "Fueron más de cuatro horas de trabajo sin respiro. La clave es estar atento al mínimo detalle. Y también hay algunos truquitos, pero ni sueñe que se los voy a revelar. Para serle franco, el sambayón es mi arma secreta", confiesa Salinas, mientras las entrañas de su manjar ya son escrutadas con ojo profesional.
Es ley, la comida entra primero por los ojos. Los jueces dedican eternos segundos a reflexionar sobre el corte, la combinación de tonalidades y las capas geológicas de la torta. Toman apuntes en sus cuadernos, alguno retrata el pastel con su tablet. Aunque son conscientes de que lo esencial es invisible a los ojos. Se lanzan entonces, cuchara en mano, sobre las jugosas porciones que comienzan a derretirse en los platos. "Tengo en cuenta la sensación de frío, la textura, que un sabor no se ensucie con otro. Pero también el trabajo en equipo. Va a estar peleada la definición. ¡Este está riquísimo!", dice el juez Pablo Manoff en un alto de su golosa faena. A unos pocos pasos, Salinas recibe un cálido aplauso de la famélica platea.
Fatto in casa 
"Sin dudarlo, puedo decirle que Argentina está en el podio del helado, junto a Italia y Alemania. Los tanos trajeron este arte y nosotros le sumamos la calidad de la materia prima. Somos un país bendecido en ese rubro", asegura Maximiliano Macarrone, capitán y figura descollante del team nacional. Es heladero desde la cuna. Su papá, Francisco, dejó Calabria y las penurias económicas de la posguerra cuando solo tenía seis años. Se instaló en el oeste del Conubano, en Ramos Mejía. A los 18 empezó a trabajar en la mítica Gelateria Due, donde aprendió los secretos de la elaboración y el pulso justo para construir encumbrados cucuruchos. En pocos años conoció los yeites del oficio, se graduó con honores y decidió independizarse. Entonces abrió Los Ciervos, en Liniers. "Ahí empecé a darle una mano a mi viejo. Tenía 11 pirulos. Hoy tengo 44, y no dejo un solo día sin hacer helados", dice con orgullo Macarrone. Hace un par de años arañó la gloria en la Copa Mundial que se celebra en Rimini: "Quedamos a un punto del tercero, con un helado espectacular de palta y lima, y otro, el mejor que hice en mi vida, de arroz con leche. Nos ganaron los tanos." ¿El secreto de su éxito? "El trabajo casero. Es importante que el público tome conciencia de que el nuestro es un helado hecho en casa: sin colorantes ni conservantes. Natural." 
Gabriel Famá preside la Asociación Fabricantes Artesanales de Helados y Afines (Afadhya). Hace cuatro décadas dio sus primeros pasos en el local de su tío, uno de los fundadores de la agrupación. "Llegaba diciembre, terminaban las clases, y el premio por las buenas notas era laburar en la heladería. Era un placer, pero también había que poner el hombro para ayudar a la familia." Afadhya nuclea a más de 2000 productores de Ushuaia a La Quiaca. Famá asegura que el postre helado es una pasión nacional. Los números no lo refutan: los argentinos consumen anualmente más de siete kilos de helado per cápita.
Luego de presentar ante los jueces la armoniosa torta helada "Entre el cielo y la tierra", la felicidad se dibuja en los rostros de Francisco Scime y de su hija Micaela. Ni pasteleros ni artistas, los rosarinos se definen como auténticos artesanos. San Remo, su local enclavado cerca del Parque Independencia, lleva 50 años ganándoles la pelea a las crisis económicas y al apático helado industrial. Con aire proustiano, Francisco viaja en el tiempo y recuerda el sabor de la vainilla que hacía el nonno Antonio: "Yo tenía cinco años. Había todo un cuidado especial que había que tener con las chauchas, los huevos y la olla, mezclarlo con azúcar. No lo puedo borrar de mi mente." En esa época, San Remo ofrecía cinco o seis sabores. Hoy, más de 130. Son pioneros en la variedad de helados de flores: rosas, jazmines y violetas. Antes de despedirse, Micaela abraza a su papá y cuenta que "Entre el cielo y la tierra" es una obra que homenajea a su madre, fallecida en noviembre pasado: "Fue mi maestra. Desde algún lado nos va a seguir inspirando, manteniendo a la famiglia unita." 
Raros y renacentistas 
Más allá del campeonato, el encuentro ofrece la posibilidad de conocer las novedades del tórrido universo del helado. En las decenas de puestos que pueblan el pabellón, los curiosos se empachan con escandalosas cremas y salsas. Para los cuidadosos de la dieta –clara minoría– se ofrecen variedades light. Entre las preferencias posmodernas, se destaca el regreso triunfal de las paletas. "Vivimos una revolución paletera", expresa Stefan Ditzen, uno de sus agitadores, mientras regala coloridas creaciones con formas de Minions y huellas de animales.
Dolores Alfonso y Pablo Renes son dos maestros heladeros que intentan derribar los paradigmas tradicionales. Atraer a un paladar más heterodoxo, incorporando sabores intensos de la cocina. "Estudiamos mucho y se nos ocurrió hacer un helado de choclo, bueno, mejor dicho, de maíz. Es muy común en Centroamérica y a los mexicanos les encanta", asegura Alfonso. También se arriesgaron con un delicioso sorbete de azafrán a la crema. Mientras aguardan los cómputos finales, Pablo advierte: "Los campeonatos son para explorar, salirse de la línea y modernizar en las tendencias. Hoy creo que lo logramos." 
Giancarlo Timballo, juez italiano, aguarda paciente a que se conozca el veredicto con los ganadores. Es oriundo de Udine y creador de la Copa Mundial de Heladerías. Reconoce que la Península Itálica es la meca. Y el Renacimiento, el momento donde ubica la génesis del postre: "En esa época, el arte culinario era una de las máximas expresiones. En las cocinas de aquel tiempo, el heladero ocupaba un rol destacado. Tenía que saber conservar los postres, pero sobre todo se destacaba por su buena mano. Eran verdaderos artistas, como Miguel Ángel o Rafael. En el fondo, todos los heladeros somos renacentistas." 
Finalmente, llega el momento de la verdad. Como alguna vez escribió Jack Kerouac, "ese instante helado en el que todos ven lo que hay en la punta de sus tenedores." El equipo Zucchero, integrado por Martín Ameijenda y Nicolás Mercante, se alza con el galardón mayor. Su obra "Una noche mágica", inspirada en la canción del Mundial '90, se robó los corazones y el paladar del distinguido jurado. Bizcochuelo de almendras con helado de chocolate rubio, pistacho y almendras. Un'avventura in più. «
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lunes, 5 de junio de 2017

Moonwalking

Frank Sinatra, Luciano Pavarotti, Julio Iglesias, Liza Minnelli, el Potro Rodrigo, Morrissey… En un otoñal y poco afiebrado sábado por la noche, el Luna Park suma una nueva estrella a la constelación de astros que han brillado en su escenario: Sergio Cortés. ¿Quién? "El mejor imitador mundial de Michael Jackson, caballero. Bueno, eso es lo que dicen los fans. Yo solo vengo a trabajar, a hacerme mis pesitos. Si es por gustos, a mí me vuelven loca Los Mirlos", asegura María Molina, vendedora callejera, que ofrece a buen precio remeras y pines tatuados con el rostro del artista español. En la esquina de Bouchard y Corrientes, los clientes escasean. Sin embargo, María no baja los brazos… repletos de chucherías. "¡Lleve las vinchas, lleve los posters! ¡Treinta pesitos, nada más, aproveche que quedan pocos!", falsea la mujer frente a un grupito de curiosos. Antes de seguir su deriva hacia Madero, se lamenta: "Poca gente para ver al gallego. Además, no sueltan una moneda. No sabe lo que es esto cuando canta Soy Luna." Para la comerciante, la tórrida jacksonmanía ochentosa ha quedado enterrada en el olvido, como el efímero veranito económico del Plan Austral o el exitoso ciclo televisivo que piloteaba Domingo Di Núbila. 
"Este show es como un viaje en el tiempo. Tengo 15 años y nunca pude ver a Michael en vivo. Tenerlo a Sergio es lo más parecido. Lo vi por internet. ¡El chabón lo hace igual!", se emociona Lucas Pedemonti, un millennial de Villa Domínico. Desde la vereda de enfrente lo mira su papá, Damián, confeso ricotero. La fila de fanáticos marcha con parsimonia hacia la boca del estadio. Antes de seguir a la manada, Lucas acomoda el oscuro fedora que cubre su melena y tira un paso antigravedad: "Estoy calentando un poco. Porque adentro me transformo. Yo también lo imito, creo que tengo algo de Michael, ¿no?"
El rey ha muerto, larga vida al rey 
A las 9 de la noche, el campo y las plateas del Luna empiezan a engordar. Montada en su silla de ruedas, Patricia avanza con decisión por el pasillo hacia la cuarta fila. "Soy fan de Michael, obvio, de la primera época. Fui a todos los recitales en River, año 1993. ¡Me gusta muuucho!", alega la joven abogada nacida y criada en Lanús. La acompaña a sol y sombra su madre Edith, también groupie del líder de los Jackson Five. De aquellas tres funciones en el Monumental, Patricia no puede borrar de su memoria la perfección, el profesionalismo y, sobre todo, la magia que desplegaba Jackson sobre las tablas: "Si tengo que resumirlo en una palabra, conocí el significado de la palabra arte." En esa época, Patricia estudiaba Derecho y los shows cayeron en plena época de parciales. "Llegaba a casa como en éxtasis después de verlo y me ponía a estudiar. Una de las noches se cortó la luz y pasé las horas en vela leyendo los apuntes, estaban como en chino. Al otro día rendí y me fui volando para Núñez. Saqué un 8, con la bendición de Michael." Ni Madonna, ni Guns N'Roses y mucho menos Justin Bieber, para Patricia nunca habrá otro igual. "De alguna manera, Sergio mantiene vivo al rey –postula y se saca una selfie abrazada a su madre y a un poster a todo color del artista–. Y no lo digo solo por su parecido físico y vocal. También tiene una historia de tipo humilde y sacrificado. Por eso Michael lo eligió como el mejor de sus imitadores." 
Entre los puntos más altos de la biografía del doble nacido en Barcelona, sobresalen las jornadas en que fue contratado por el Rey del Pop para despistar a la prensa, cuando contrajo primeras nupcias con Lisa Marie Presley, hija del monarca Elvis. En todas las entrevistas, Cortés se esmera en destacar que conoció a Michael cara a cara. Agrega, siempre, que tuvo que remplazarlo en una presentación para la MTV inglesa. Más allá del currículum, no pocos fans porteños ponen en duda la autenticidad de sus títulos. "Puras fábulas, muchas mentiras. Sergio lo dice para vender entradas. Somos muchos los que pensamos que no está a la altura. Pero igual hoy tenemos que estar, por Michael", espeta Leonardo Blanco, un jovencísimo imitador llegado desde Ramos Mejía. Luce con elegancia chaqueta militar, chupines que le marcan la entrepierna y mocasines impecables al tono. Corona su vestuario con gafas Ray Ban espejadas y melena recién planchada: "Hay una brecha grande cuando pasás de ser simple fanático a imitador. Es todo un proceso: el maquillaje, dejarse el pelo largo. En mi caso, terminé mimetizándome hasta en los gustos. Yo también soy apasionado por las antigüedades, pero puedo comprar poco y nada". Al Maicol bonaerense lo acompaña una docena de amigos, seguidores a ultranza del cantante que vendió más de 750 millones de discos. Mientras posa para la foto con dos rubios imitadores liliputienses, Leo alisa sus mechones una vez más y dispara: "Como Dalí o Picasso, Michael vivía para y por el arte. Su ecosistema era el escenario, y una vez abajo, no podía tener una vida normal. Imagínese, nunca pudo ir a comprar una leche al supermercado."
Tirate un paso 
Para calentar la previa, una banda tributo a los Beatles oriunda de Lanús, The Brothers, toma por asalto el escenario del Luna. La elección de los teloneros parece acertada: Jackson era fan confeso de los "Fab Four", hasta compró los derechos de todas sus canciones. La todavía aletargada audiencia sigue la beatlemanía moviendo las patitas y empachándose con baldes de pochoclo. En el centro de la primera fila, Sebastián Godoy mata la ansiedad taladrando un chicle. Llegó desde Rafael Castillo, ataviado con una campera colorada igualita a la que usaba Michael en el video de "Thriller". Por la ubicación privilegiada tuvo que desembolsar más de 2000 pesos. "Desde acá puedo ver cada paso, sentir cada latido de Sergio, mirarlo cara a cara y descubrir el secreto de sus ojos", dice con aires de poeta el estudiante de danza del IUNA. Antes de que se apaguen las luces, Sebastián reflexiona sobre el legado del Michael original: "De una, su obra seguirá presente por los siglos de los siglos. Pero no solo por lo musical, sino por la forma de crear una estética. En la danza, es un referente inigualable. Fusionó el hip hop, el jazz, el trap… es más grande que Baryshnikov".
Comienza a sonar Carmina Burana y el Luna se viene abajo. Cortés irrumpe en escena con sus cuatro elásticos bailarines y su aceitada banda. Regala pataditas y pasos inverosímiles, en un repertorio estandarizado que no da respiro. Navega sin sobresaltos por toda la discografía de Jackson. Desde la germinal "I Want You Back" hasta la asesina "Beat It", sin olvidar, por supuesto, a "Billie Jean".
Emilio Hernández y su hija Sheila bailan en trance el ritmo de "Black or White" en un pasillo. Mientras agita la pelvis, Emilio se emociona. Por fin pudo sacarse la espina: "Cuando vino Michael en los '90, junté pesito a pesito trabajando en un lavadero de autos. Pero me estafaron con la entrada y tuve que quedarme afuera. Hoy disfruto el doble. ¡Y mirá cómo baila la nena!" Sheila flota sobre el piso y enseguida se lanza en una eterna caminata lunar. «
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lunes, 29 de mayo de 2017

Una mordidita

Bela Lugosi no murió. Vive en los pálidos clones que aguardan impacientes su turno para ingresar al edificio de aire neoclásico de la Societá Italiana Unione e Benevolenza. Las calles del barrio de San Nicolás son una boca de lobo. La luz solar es solo un mal recuerdo. Una llovizna fantasmagórica completa una postal digna de Transilvania, en pleno centro porteño. 
"Sin duda, señor, Lugosi es el Drácula icónico, el hombre que vestirá eternamente la capa. Sin embargo, hoy me vine con un aire más contemporáneo. Un homenaje al Drácula de Gary Oldman, porque justo se cumplen 25 años del estreno de la película de Coppola. Los lugosianos me miran con desconfianza. Pero yo no me hago mala sangre", explica el actor y escritor Gabriel Sosa, ataviado con una peluca blanquísima y colmillos haciendo juego. Sosa es autor de la saga literaria El Quinto Conjuro y habitué de los eventos recreacionistas. Esta noche oficia como maestro de ceremonias en la mascarada que homenajea al vampiro más célebre de la historia. "Creo que la cultura vampira es atemporal –arriesga, poco antes de volar hacia el escenario para inaugurar la velada–, pero también está relacionada con la seducción. Todos, por lo menos una vez en la vida, fuimos hipnotizados por un vampiro." 
Desde el tablado, Sosa saluda con modales de aristócrata y recibe el rabioso alarido de la audiencia. Esquiva con destreza los mortales flashes que disparan los fotógrafos. Luego toma el micrófono, sonríe haciendo gala de sus filosos incisivos y desembucha: "Tantos siglos hemos esperado este momento los de nuestra clase, y finalmente llegó. Esta noche hemos salido de nuevo a las calles para seducir a los noctámbulos, esos patéticos mortales. Hoy podremos saciarnos, colegas, hay sangre por doquier. Pero, por favor, no se me empachen." 
A sangre tibia 
"Hay gente a la que le gusta jugar al fútbol. Bueno, a mí me gusta la cultura gótica y el terror", asevera sin espantarse Adrián Juárez, pope negro de Gothic BA, la productora madre del encuentro vampiro. Desde hace más de una década, organiza eventos con aire dark, espíritu recreacionista y nervio contracultural. No le va mal: la fiesta vendió más de 300 tickets anticipados. Celebra dos momentos bisagra en la cultura vampírica: los 120 años de la edición del clásico sempiterno de Bram Stoker y las bodas de plata del film de Coppola. Es fan de Drácula desde su tierna infancia, cuando le agarró el gustito a desvelarse con el cine de ciclos como Viaje a lo inesperado. Christopher Lee es su conde favorito. "Creo que la figura del vampiro resume varias pulsiones capitales: la sensualidad, la muerte y lo prohibido", reflexiona, mientras se acomoda el delgado antifaz de cuero negro. Antes de perderse entre un grupo de doncellas victorianas, se despide: "En estas épocas tan oscuras, por la dictadura de la tecnología y el trabajo a destajo, el terror puede ser un refugio encantador." 
En uno de los pasillos del edificio, el cadavérico Mariano Leonardi ultima los detalles de su vestuario, para salir a escena e interpretar a la "Muerte Roja". Llegó desde La Plata acompañado por su mujer y una docena de compinches, con los que comparte la pasión por los juegos de rol. "Tenemos el desafío de personificar a vampiros de diversos clanes y sectas. Imaginate que en nuestra vida cotidiana no hay demasiadas chances de ponerse estas prendas", revela el joven ingeniero de sistemas, que ostenta con hidalguía un chaleco decimonónico y largo sacón de cuero. Completa el look con un bastón coronado por un cráneo y lentes de contacto color marfil. "Quédese tranquilo, no tenga miedo, mis ojos no son así –asegura, con mirada penetrante–. Más allá de la fiesta y la diversión, en el juego aflora un subtexto que critica el consumo, los estratos sociales… La clave es preguntarnos qué es un monstruo." 
El docente de portugués Oscar Molina parece tener la respuesta: "El vampiro es un personaje muy arraigado en la cultura popular, porque une dos facetas presentes en todos los seres humanos: la cara humanitaria, pero también la demoníaca." Esta noche decidió ponerse en la piel de un oscuro marqués francés, inspirado en La filosofía del tocador, de Sade. "En el fondo –sonríe con beatitud y se calza una careta endiablada–, todos tenemos lo mejor y lo peor dentro nuestro." 
Cuando suena el vals, las parejas de enmascarados le sacan viruta al piso. Alejandro y Casandra se destacan en el centro del salón. Se ganan la vida como realizadores audiovisuales, maestros de los efectos especiales. Ella lleva una máscara de látex inspirada en los vampiros de los '80 que da miedito. Casandra podría dar cátedra sobre la evolución de la cultura vampírica: "Para armar la máscara nos basamos en la estética de películas de culto como The Lost Boys (1987), con incisivos bien trabajados y lentes de contacto amarillos. Pero también tengo algo de Buffy, la cazavampiros (1997)", explica. Su novio lleva adherido un antifaz símil sangre. También luce uñas filosas, pero cuidadosamente esculpidas como garras. Tiene un aire a mitad de camino entre Alex de La Naranja Mecánica y Christian Bale en Psicópata Americano. "Y sí, tengo que confesar que me encanta la sangre –se despide la lady–, pero solo verla. Nunca bebí, y el Bloody Mary no es uno de mis tragos favoritos." 
Mordisquito 
Mercedes y Víctor son lugosianos de la primera hora. Sin embargo, en su top ten vampírico no olvidan las reencarnaciones nacionales del inmortal conde: "Pablo Echarri en Tiempo final, Gerardo Romano en una olvidable producción de Canal 7, pero el mejor de todos fue Carlín Calvo. Aunque hay que reconocer que les faltaba un poquito de sangre", dice el joven abrigado con un añejo sacón, propiedad de su abuela. Una careta comprada en el Once remata su outfit. Mientras mueve las patitas en trance, al ritmo de un clásico de Bauhaus, arriesga: "Lo que más sigue haciendo ruido de Drácula es ese aire misterioso y oscuro. Pero también el gustito por la eternidad." 
En los puestos de gastronomía y merchandising se nota que los vampiros andan dulces. En el stand de Topo FX, los fanáticos pueden conseguir desde posavasos con la cara de Poe y Lovecraft hasta cerebros decorativos. "Lo que más sale son las cápsulas de sangre, a $ 50 pesos. Pero no insista, no podemos decir de dónde la sacamos", suplica el vendedor. En el puesto de Gothic Raven, la maestra pastelera Mariana vende tortas de chocolate decoradas con ataúdes, estacas y murciélagos. Cuenta que los clientes tienen un paladar conservador. Se inclinan por las jeringas cargadas con jarabe de mielcita, color rojo shocking. Se venden a solo 20 pesos. 
Cerca de la barra, el corrupto juez veneciano Paolo Pietro della Fontana lubrica su garganta, antes de participar en la elección del "vampiro de la noche". Bebe un oscuro y espeso brebaje. "Nada de sangre, querido, hoy prefiero el fernet", dice Luis, el hombre detrás del personaje. Cuenta que vive en Lanús, "un barrio lleno de chupasangres, basta con ver al intendente. Ni hablar del anterior, que vivía a la vuelta de mi casa y ahora tiene una mansión a todo trapo en un barrio cerrado." Antes de despedirse, convida un trago y advierte: "Hidrátese, mire que la noche va a ser larga. Puede que usted no crea en los vampiros, pero le aseguro que está rodeado, difícil que se salve de una mordidita. De última, relájese… y disfrute el paso a la inmortalidad." «
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domingo, 21 de mayo de 2017

Circo romano tuerca

El tamaño sí importa. Sobre todo en esta clase de espectáculos Made in USA. "¡Pero qué gomas!", piropea a las camionetas Jorge Antúnez, uno de los tantos fanáticos que pugna por ingresar a la exclusiva Pit Party, en la previa del show de Monster Jam. Antúnez no da respiro a la cámara de su corpulento Smartphone. Retrata las patonas de caucho de los mastodontes, que alcanzan los dos metros de altura. También las carrocerías relucientes, tatuadas con diseños y colores estrafalarios. "Espero que estos bichos estén a la altura, que la rompan toda. Pero casi que no tengo dudas, porque los yanquis son especialistas en vendernos espejitos de colores", dice el joven antes de hundirse en la marea de curiosos que inunda la playa de estacionamiento del Estadio Único de La Plata. 
En los stands, las familias hacen fila para comprar merchandising y sacarse la selfie de rigor con alguno de los ocho pilotos y carruajes que visitan por primera vez la Argentina. El más solicitado es el veterano Charlie Pauken, chofer de Grave Digger. Su palidez vampírica y su señorial carmela hacen juego con la carrocería del bólido sepulturero. "No tenía ni la más remota idea de que éramos tan populares en Sudamérica", confiesa alucinado Pauken y no deja de sonreír para los flashes. La multitudinaria convocatoria –casi 45 mil tickets por los dos shows en el país– no desmiente al piloto nacido y criado en Maumee, un diminuto pueblito rural de Ohio. "Con casi 30 años de experiencia, puedo decirle que en pocos lugares vimos este fanatismo. ¡Los argentinos son el mejor público del mundo!", exagera para la tribuna. 
Poco antes de las 13:30, en los parlantes estallan los riffs de Eddie Van Halen y otros inoxidables clásicos del metal ochentoso. Luis Joel Santiago, el maestro de ceremonias, anuncia que las camionetas deben ir a boxes antes de hacer su aparición en la arena bonaerense. Varios fanáticos entran en estado de pánico y locura. Temen dejar incompleto el álbum de fotos con todas las figuritas del evento: Pirate’s Cruse, Monster Mutt, Zombie y el psicodélico Scooby Doo. "Seguro, es un espectáculo que remite directamente a la cultura americana –asevera Santiago, mueve la pelvis de showman con buen ritmo y agrega–. Pero también es global, un éxito en cada rincón del planeta. ¿A quién no le gustan los carros?" Desde hace un año, el locutor boricua es la monster voice de los eventos para el incipiente mercado latino. "Es para toda la familia –arriesga–. Los niños se vuelven locos, pero también sus padres. Creo que tiene algo que nos lleva a la infancia, a los juguetes." Ni lerda ni perezosa, desde hace años la industria del juguete ha puesto sus fichas en el nicho. Hot Wheels bosqueja las carrocerías y es main sponsor del evento. "Es como ver a los Transformers", cierra el caribeño Santiago, justo cuando los motores de 2000 caballos de fuerza empiezan a tronar.
Pochoclo para todos
El estadio se asemeja a un gran circo romano del capitalismo. Rampas y añejas carrocerías pueblan el campo de juego. En las pantallas se proyectan publicidades y videos con el currículum de los gladiadores. La música pop pochoclera es la banda de sonido obligatoria. En las tribunas, los fanáticos matan la ansiedad deglutiendo baldes de pop corn. Se consiguen por redondos 100 pesos. 
"Es increíble poder tenerlos en vivo. Ver cómo saltan, pero también cómo se destrozan", cuenta Emanuel Fernández, un teenager llegado desde Barrio Norte. Agrega que le encanta la "personalidad" de las camionetas. Su favorito es el pinchudo Max-D, "porque es un kamikaze". Para el joven, Monster Jam es un show que humaniza a las máquinas. Lo escolta su papá, otro fanático de los fierros: "Soy consciente de que esta es una gran feria del consumo, típico yanqui, pero no hay nada nuevo bajo el sol. Cuando era chico, con mis amigos nos fascinábamos viendo en la tele los saltos asesinos de Evel Knievel, un motociclista que volaba arriba de 20 autos. Hubiéramos pagado cualquier cosa por verlo en carne y hueso." No muy lejos, el youtuber Nordeltus hace su gracia y entrevista a los protagonistas, canchero. "Vengo para hacer notas y después las subo a mi canal. Es un evento masivo, gigante. Van a hacer cosas de locos", se despide, algo emocionado, el pibe de barrio cerrado y anteojos oscuros.
En los puestos de merchandising, las colas son exorbitantes. Al igual que los precios: camperas a $ 1000, remeras a $ 300, banderines y gorras a $ 100 y tapones para proteger los oídos por apenas $ 50. "La gente viene en manada y se desespera", cuenta Agustina, una de las atareadas vendedoras. Ofrece una camiseta del popular Toro Loco y agrega: "Hay padres que vienen excitados y llegan a gastarse hasta 3000 pesos. La organización tiene todo fríamente calculado." 
A las 15, el ensordecedor ruido de los motores anticipa el puntapié inicial del show. Las tribunas deliran. Los vehículos salen al ruedo. La lluvia de pirotecnia y chispazos completa la entrada triunfal. Una postal que haría emocionar al poeta futurista Filippo Marinetti.
Los jinetes del Apocalipsis 
En la arena, las ocho camionetas encaran las rampas y pegan saltos inverosímiles, dignos de un atleta olímpico. El mecánico Ariel Bolero sigue atento la performance desde boxes. Es santafesino. Construyó las carrocerías de estos bichos de casi cinco toneladas de peso. Luego de la primera escaramuza platense, trabajó hasta las 4 de la mañana. "En el show son muy comunes los vuelcos. Hay que estar listo para que el conductor pueda volver en pocos minutos a la competencia. Lo central es la seguridad, pero el show debe continuar", garantiza Bolero, justo cuando en el fragor de la carrera, el desaforado Max-D queda panza arriba, después de ensayar una coleada asesina. 
Tras la prueba de velocidad, llega el momento de los "caballitos". Las furgonetas deben hacer equilibrio y pararse en dos ruedas. El primero en probar suerte es Zombie, ornamentado con dos brazos adosados a la carrocería. El clásico "Thriller" de Michael Jackson acompaña su deriva. Luego de escalar la rampa, consigue hacer wheelie por unos segundos, pero tambalea, pierde el equilibro y termina liquidado junto a un montículo de tierra. El público responde su esfuerzo con gritos rápidos y furiosos. La prueba termina consagrando al Toro Loco, conducido por el costarricense Mark List. "Les dije que tenía un truco especial para los caballitos. Pero no se vayan, que me queda algo guardado en la manga para la final. ¡Arriba los latinos y viva Argentina!", agita el tico y hace cuernitos desde las pantallas. Las populares detonan con ilusorias loas latinoamericanistas.
Más tarde llegan los trompos, donde humilla Scooby Doo. Su conductora, la blonda Bailey Shea, dibuja donuts perfectas sobre el barro, con el filo de los neumáticos. También hay espacio para las acrobacias aéreas. Un ballet de seis motoqueros se anima a los saltos ornamentales. Con sus cross rozan el techo del estadio.
El free style es la cereza de un postre demasiado pesado. En tres minutos, los gladiadores tienen carta libre para mostrar sus mejores armas. A esta altura, el estadio está al rojo vivo. La final es cerrada, sobre todo por la bravura de las bestias. Pero el Toro Loco está desatado: embiste carrocerías, no deja rampa en pie y, finalmente, se lleva los laureles. Cuando coronan al monstruo, el locutor les recuerda a los enardecidos fanáticos: "Antes de volver a casa, no olviden pasar por las tiendas. Recuerden llevar nuestra mercancía." «
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lunes, 15 de mayo de 2017

Contra la corriente

Primero es importante aclarar los tantos. En el principio fue La Boca. "Sí, señor, muchos creen que el remo nace en el Tigre, pero no. Este lugar donde estamos parados es la cuna del remo argentino", sostiene con brazo firme Roberto Nahone, vecino boquense y uno de los motores del Club de Regatas Almirante Brown, el último bastión que, en pleno siglo XXI, navega las cenagosas aguas del Riachuelo.
Mañana diáfana en el sur último de la ciudad. Un puñado de curtidos remeros se dispone a zarpar en su habitual rutina náutica, desde el apostadero de Prefectura, en plena Vuelta de Rocha. Mientras repasa la lista de tripulantes, Nahone se da tiempo para deshilachar, con aires de historiador, la genealogía nacional del centenario deporte.
"Acá enfrente, en 1863 se fundó el Buenos Aires Rowing Club. La historia sigue en 1874, cuando en la Isla Maciel se crea el Club Regatas La Marina. Eran clubes más bien de señoritos ingleses, de bombín y malla a rayas. Luego llegan el Piñeiro y el América, que se terminó mudando al Tigre en los '20. Nosotros nacemos por iniciativa de un grupo de vecinos, en el Cuartel de Bomberos de La Boca, el 25 de mayo de 1925. Imagínese lo que era este lugar", describe Nahone y pinta un vivo fresco repleto de galpones, talleres y barcos, como sacado de una obra de Quinquela Martín. "Un vergel con agua cristalina, que disfrutaba todo el mundo. Era la arteria que unía todas las comunidades". Con el tiempo, las aguas empezaron a bajar cada vez más turbias. La contaminación y el olvido dejaron moribundo al corazón del Riachuelo.
Lejos están los días dorados en que los remeros del Almirante Brown zarpaban en 30 botes. En sus travesías llegaban a la desembocadura, visitaban el mítico Puerto Piojo de Dock Sud o se adentraban en el Riachuelo. Pero nunca bajaron los brazos. En 2013 volvieron al río. Cuatro años después, aún les falta un galpón para guardar los botes o una rampa para bajarlos al agua. Nahone dice que pelean una batalla desigual por el espacio público, en contra de la especulación inmobiliaria, en la que el Estado hace la vista gorda. Para el remero, la estrategia incluye estigmatizar al río, comprar a precio vil los terrenos de la Ribera, sacarse de encima a los vecinos pobres y desarrollar emprendimientos que se miran en el espejo de Puerto Madero. La pregunta de fondo es sobre el uso del río: "Nosotros defendemos que sea para navegar. Hace unos años, el juez Luis Armella, el gran dictador del Riachuelo, dictó una disposición, basada en Acumar, que tenía una raíz netamente contemplativa, una visión terrestre del agua. Es claro, quieren la fotito típica de Nueva York: agüita, los edificios con las lucecitas, el paraíso visual. Otro Puerto Madero".
Nahone vive en Olavarría y Almirante Brown, al lado del mítico Café Roma. Practica remo desde sus años en la "colimba". Arrancó en el '71, cuando lo destinaron a la División Salvamento y Buceo de la Prefectura. "Ahí aprendí a construir botes: el palo hueco, la botavara... Mientras estaba bajo bandera, me iba a navegar por la Dársena F y Punta Carrasco", rememora, y les alcanza los salvavidas a sus compañeros prestos a partir. En el Roma lo "gastan", le preguntan con sorna sobre el placer de navegar en aguas non sanctas. "Dicen que es pura contaminación. ¿Quiere que le diga cuál es la zona más contaminada del país? El cruce de corrientes y Cerrito. Muchos se llenan la boca hablando de contaminación en simposios. Nosotros generamos consignas ecologistas desde nuestra propia vivencia", dice Nahone, y repite como un mantra: "Remando el Riachuelo, oxigenamos sus aguas".
Yo remo
Pala va, pala viene, el bote avanza manso y tranquilo hacia Puente Bosch. Sobre Maciel duermen unas barracas abandonadas. A nuestras espaldas, nos custodia el metálico Puente Avellaneda. Antoine, un francés de Saint-Malo, deja descansar los remos y confiesa: "Vengo de una ciudad cerca del mar, y la verdad es que aquí me reencontré con el auténtico espíritu de los marineros, por el compañerismo que tiene este grupo". Cuando puede escaparse de la panadería que tiene en el Mercado de San Telmo, Antoine le da duro y parejo a los remos. "Vengo una hora y vuelvo como nuevo. En la ciudad hay un ruido tremendo, pero mire la paz que tenemos acá. Me encanta remar en este mar de aceite", dice con cierta ironía el hombre ataviado con una pulcra chomba de la marca del cocodrilo.
Cerca del bote, surcan las aguas dos kayaks piloteados por Pablo y su hijo Gaspar. Señalan una playita y un galpón abandonado en Maciel. Sueñan con aprovechar ese espacio. "Vivo a 15 cuadras del río –cuenta Pablo–, ¿sabe cómo les cambiaría la vida a los vecinos si se abrieran estaciones y bajadas?" Cuando pasan cerca de la lancha de Acumar que junta residuos, Gaspar se despide: "Más allá del deporte, remar en el Riachuelo es nuestra forma de protesta".
René Cisneros es un docente chaqueño. Confiesa que siempre estuvo presente el "llamado del agua" en su vida. Creció rodeado de ríos, bañados y esteros en su Resistencia natal. Y desde hace un año se sumó a las travesías. Dice que el remo es un deporte militante, que exige poner el cuerpo. Sobre todo acá: "La gente tiene la idea de que el Riachuelo es una cloaca a cielo abierto. Y no es así. Porque no era así. Hay que recuperarlo para beneficio de todos. Tener una ciudad que deje de mirar para adentro y empiece a mirar el río". Esta mañana, a Cisneros lo acompaña Adriana, también maestra, jubilada y recién mudada a La Boca. Cuenta que está fascinada con el deporte, que le oxigena los pulmones y también la vida. "¿Sabe qué es lo que más rescato? El trabajo en equipo, el poder conocer a los vecinos. Y sobre todo, disfrutar el día. Mire cómo brilla el sol", dice. Antes de pegar la vuelta, Adriana recuerda unos versos del poeta Henri Michaux: "Yo remo / Yo me multiplico en remeros innumerables / Para remar con mayor fuerza contra ti". Y hunde una vez más las palas en las aguas barrosas.
Crónica publicada en Tiempo Argentino por acá.  

lunes, 8 de mayo de 2017

Luche y vuelve

"No, señor, al vestuario no se puede entrar. Esa es una regla que aprendí de Karadagian. Se pierde la magia", dispara, con cara de pocos amigos, el fornido Sergio "Rocky" Rolando. El pope de la Federación Argentina de Catch (FAC) cuida hasta el último de los detalles antes de que comience la primera pelea de la tarde en el Club Checandone, de Villa Domínico: desde el volumen de los parlantes hasta la elasticidad de las cuerdas que marcan las fronteras del ring. En las gradas, improvisadas en la canchita de futbol 5, una jauría de pibes pelean por un lugar junto al cuadrilátero. “Vine con mis nietos. Me gusta el catch desde la época de Titanes en el Ring, en los ’60 mi viejo tenía la única tele blanco y negro del barrio, y se juntaban todos los vecinos en casa a ver las peleas. Estaban la Momia, Comanche y el 'Ancho' Rubén Peucelle, que tenía un lomazo bárbaro", confiesa Mirtha, emperifollada de gala para el evento. No muy lejos, Rocky Rolando se baña en Off para combatir la marabunta de mosquitos que invade el sur de Avellaneda. Ya suena un inoxidable clásico del film de su tocayo Balboa. Rolando se calza una campera adornada con tiras de cuero y un gorro oscuro haciendo juego. Sube, toma el micrófono, traga saliva y agita a la masa: "¿¡Quieren ver lucha!?" Le responde el grito ensordecedor de los chicos de Domínico. El gladiador eleva los brazos al cielo y dice: "¡Bienvenidos a la magia del catch!"
Mitologías
En los años '50, el semiólogo Roland Barthes decía que la virtud del catch radicaba en ser un espectáculo excesivo, que abrigaba un énfasis semejante al de los teatros antiguos. Ese universo que llegó hace décadas a estos pagos con el nombre de catch as catch can enfrenta en combates desiguales al deporte y el show business; la batalla primal del bien contra el mal y el glamour mediatizado; la transpiración del gimnasio y la sutil interpretación actoral; los millones que mueven las troupes del norte del continente frente al ring destartalado de un club barrial del Conurbano; el recuerdo nostálgico de los héroes de la infancia y el presente inverosímil de banales culturistas que parecen sacados de un videogame. "El catch en la Argentina revive por temporadas. Fíjese que 100% Lucha fue un éxito tremendo hace unos cinco o seis años y ahora ni figura. Este rubro tiene esas cosas raras, no es constante. Eso sí, tiene mucha historia", asegura Rocky, mientras la Tortuga Ninja y el Payaso Torombolo hacen su ingreso estelar. La primera justa es en versión australiana: cuatro hombres, dos contra dos. Sus retadores llegan del Lejano Oriente: el calvo Faraón Malif Anum y el Sheik del Sahara. Árbitro del encuentro: la desopilante "Momia Jiménez", que ingresa a la arena bailando cuarteto y bebiendo vino de cartón. 
Rocky Rolando lleva más de 30 años dando cátedra en la sede de la FAC, frente al Parque Chacabuco. Es un hombre con mil y una batallas. Arrancó en el mítico Titanes, donde le puso el cuerpo a Mister Moto, el "Centauro Moderno". "Era muy pibe, había que bancarse los golpes de los veteranos. El que más aguantaba, se ganaba un lugar", infla el pecho. Sobre el ring, el Faraón madruga a la Tortuga con una patada voladora. "¡Qué polenta tiene el hombre de Egipto, chicos!", resalta el maestro de ceremonias Emanuel Sorino, justo cuando un artero golpe bajo deja besando la lona al luchador del caparazón. Malif Anum hace enfurecer a la tribuna agitando sus brazos, y ejecuta un salto desde la tercera cuerda para terminar su faena, pero un inesperado movimiento del quelonio lo deja sin la colchoneta de carne y hueso en la que pretendía aterrizar. De ahí en más, Torombolo y la Tortuga contraatacan con tijeras, patadas y golpes secos dignos de las diez plagas bíblicas. Los chicos deliran. La dupla "jihadista" está grogui. Madura el nocaut. El árbitro cordobés cuenta tres y sella el pleito. 
"La clave del relato es ponerle un condimento a la pelea –explica Sorino, mientras calienta la garganta antes de anunciar el segundo cruce de la jornada–. Trato de seguir el estilo de Rodolfo Di Sarli, el relator de Titanes. Palabras mayores en la historia del catch nacional. Cuando narraba, no hacía falta que vieras la pelea."
¡Es una lucha!
La leyenda dice que por la década del ’30 llegó a estas pampas un grupo de bravos luchadores comandados por un conde polaco llamado Karol Nowina. Ni lento ni perezoso, el conde trabó amistad con Pepe Lectoure, el tío de Tito. Juntos cranearon el primer campeonato argentino. Entre bailes de carnaval amenizados por la Orquesta Guardia Vieja y las veladas de box, los catchers comenzaron a ganarse su espacio en el Luna Park. Los combates eran bastante violentos: el cuadrilátero semejaba un matadero. "Acá nadie hace que se pega. Acá se pelea en serio", asevera Rocky. Sobre el ring, el Hombre Araña arremete con patadas fulminantes que moldean las costillas del enmascarado Guerrillero. 
La receta del catch apto para todo público que nace con Titanes en el Ring es la fórmula a la que las troupes locales le siguen pasando el plumero. "Pero ojo –se ataja Rolando–, a mí no me gustaba la última etapa del ciclo, que exponía a gente grande, fuera de estado. Ahí me decidí a arrancar como productor." Su hija Luana lo asiste en sus shows. Cuenta que se crió en los gimnasios y que son pocas las chicas que practican la disciplina. Ella se pone en la piel de Gatúbela en los espectáculos de su padre: "Es como ser hija de un súper héroe retirado. Ahora papá casi no sube al ring, conoce sus límites."
A diferencia de las versiones hardcore de Estados Unidos y México, los enfrentamientos locales todavía guardan ciertas reticencias con las opciones de lucha extrema. "Los mexicanos son muy bravos, y si no les pegás, se enojan. En un combate contra el Santo, un famoso luchador de allá, el tipo de arranque me metió una patada que casi me saca los pulmones. Ahí nomás, me calenté, lo levanté como un papelito y lo tiré afuera del ring. Puede creer que después se acercó y me dijo: 'Bien, gringo.' Y yo le respondí: 'Yo soy argentino, gringo son los yanquis.' El Santo se pensó que iba a arrugar", recuerda Rocky.
Daniel es uno de los integrantes de la troupe de la FAC. Le picó el bichito de la lucha hace un par de años. Entrena religiosamente dos veces por semana, aunque se gana la vida como electricista. El catch, dice, es como una coreografía: hay que saber dar golpes pero también recibirlos. "Obvio que me gustaría vivir de esto, pero también es lindo este gustito artesanal: acá somos el espectáculo pero también la logística. Los trajes me los hace mi vieja, todo fatto in casa", asegura el joven de Pompeya. Las cifras que se manejan en los países del norte marcan una brecha abismal con el mercado local: la WWE (World Wrestling Entertainment) estadounidense maneja un presupuesto anual por derechos de televisión, merchandising y venta de entradas que supera el PBI de más de un país del Tercer Mundo.
La batalla de Villa Domínico 
Sobre el ring desfilan el acrobático Señor de los Cielos; el chef francés Kave y su palo de amasar; Adriano, el pastor evangélico brasileño; Herco Wisky, el pibe fiestero; y el engreído español Don Diego. "Todos personajes que salen de la cabeza de Rocky. El tipo te escanea, charla con vos y te marca un rol. Es como la tarea de un escritor", arriesga Ariel, un pupilo de Rolando que le pone el cuerpo al fiero Pablo "Chacal" Gaviria.
Más allá de la ficción, sobre el cuadrilátero llegó la hora de la verdad. El Arcángel defiende su título frente a un retador dominicano de músculo y panza generosos. Tras un buen arranque del campeón, el caribeño bailotea y responde con cortitos y un inoxidable tackle al cuello. El Arcángel agoniza. La lucha parece definida, pero de repente, la hecatombe, la debacle total: una docena de gladiadores muestra sus destrezas en un todos contra todos. Rolando hace valer su peso pesado y cierra la batahola general a fuerza de piñas y patadas. Al fin, el Arcángel retiene la corona de milagro. 
Luego de las fotos con sus fanáticos, los luchadores se arremangan y comienzan a desarmar el esqueleto del ring, antes de que caiga la noche en Domínico. La lucha continúa. «
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lunes, 24 de abril de 2017

Otra oportunidad

Con ojo clínico, Nelly analiza los atributos de una bufanda escocesa. "¡Mire qué lana, bien bonita! Usted sabe, con estos primeros fríos se larga la temporada de invierno, hay que ir buscando precio y calidad, y dejarse sorprender por lo que aparece", asegura la señora nacida y criada en Pompeya. Dos veces por semana visita con puntualidad las instalaciones del Cottolengo Don Orione en ese barrio del sur. En el sector ropería se aprovisiona de muy variopintas prendas de segunda mano, aunque primeras marcas. Luego las revende en una feria de Florencio Varela. "Acá vestí a mis hijos y aprendí a ganarme mis pesitos. Antes se conseguían cosas más interesantes: acá compré los zapatos que usé el día de mi casamiento, unos Liotti que me quedaban al pelo, parecía la Cenicienta. Hay que reconocerlo, el Cottolengo nunca me dejó a pata. Pero bueno, con la crisis, ya no se regala ni un pañuelo", dice Nelly sobre los tiempos violentamente austeros que vive el país. En las ferias, cuenta, la venta de rezagos y ropa usada aumentó en los últimos meses. "La mano viene brava, bravísima", subraya. El trueque volvió a salir a escena.
"Sí, no tenga dudas, los clientes fluyen todo el día buscando alguna oportunidad. Igualmente, se nota que falta dinero", aporta Nora, una de las encargadas. Ante un auditorio de cuatro estoicas compradoras, recita de memoria: "Chalecos a 30 pesos, corbatas a diez, camperas a 150 y pantalones a 30. Busquen, chicas, que hoy llegó de todo. ¡Después de la una, rebajas de 50 por ciento!". Bien temprano, Nora recibe la indumentaria que llega en camiones. Selecciona, clasifica y, finalmente, les señala virtudes y defectos a los clientes. "Los precios son muy accesibles –asevera la coqueta vendedora mientras dobla un abrigadísimo pullover escote en V– pero igual siempre se regatea. El público es variado: al pie del cañón siempre están los revendedores de acá y del interior, algunos curiosos, pero sobre todo gente humilde que no tiene un peso, más que nada ahora. Y bueno, ¿cómo era la frase? –pregunta Nora a una de las señoras–. Sí, esa… habrá que pasar el invierno".
Desde hace más de 25 años, Pablo Bártolo abre religiosamente el galpón de la calle Cachi a las 7 de la mañana. Trabaja para la obra de Don Orione desde que terminó el secundario. "Este, más allá de ser un lugar de oportunidades, es un espacio que ayuda a financiar a los cottolengos", aclara. La institución mantiene centros en todo el país, en los que se atienden unas 2000 personas con discapacidad. El de Claypole es el más importante de la obra parida por el cura piamontés. Don Orione fue canonizado por Juan Pablo II en 2004 y era reconocido como "el padre de los pobres e insigne benefactor de la humanidad dolorida y abandonada". Mientras recorre la nave central, repleta de muebles y electrodomésticos, Bártolo explica que las donaciones refuerzan el espíritu altruista del proyecto. "No vendemos descartes ni basura. Hay un trabajo de selección y reparación. Los donantes le dan una mano a la obra y a quienes se acercan a comprar porque tienen necesidades". Bártolo ejerce el duro oficio de cajero. "La gente regatea mucho, y no sé si es una buena o mala costumbre. Entiendo que la calle está dura, pero a mí me toca defender los ingresos para la orden. Cuando hay crisis, lamentablemente, es cuando mejor se trabaja acá. Pero ahora ni eso: desde finales del año pasado venimos mal. En marzo repuntó algo. No hay plata ni para comprar usado".
Veteranos de Pompeya
Don Mario Gorosito, santiagueño, comanda el área de electrodomésticos. Reconoce con modestia sus dotes para reparar televisores y heladeras "con lo que tiene a mano". En su espacio se ofrecen desde tevés de los años '80 hasta lavavajillas de marcas premium apenas venidos a menos. "Con el cambio de gobierno, la gente volvió a lo usado", arriesga Gorosito, apoyado en un lavarropas automático que espera dueño por 1500 pesos. Precio final. Su hija Samanta trabaja en el sector polirrubro: vende clásicos de Salgari, palos de golf, enseres, juguetes de lata, cubiertos de plata y diversas fantasías de ayer y hoy.
Elvia Espíndola es la decana del espacio de indumentaria. Adora trabajar rodeada de telas, lienzos y tejidos añejos, darles una segunda oportunidad. Con buen gusto, suele aconsejar a los vestuaristas que visitan su reino textil. "Viene mucha gente de teatro y de Indumentaria de la UBA. Buscan vestidos de época. No sabe la cantidad de películas y de programas de televisión que se vistieron en el Cottolengo." Entre las clientas más afamadas, recuerda a Teté Coustarot y a la oriental China Zorrilla.
Las artes visuales también encuentran sus musas en este espacio. Mientras chusmea los percheros repletos de camisas de seda, el artista plástico Ovidio Wain dice de sus visitas al Cottolengo: "Es como un vicio para mí. Compro cepillos, fichas, blusas, cosas antiguas y de mucha calidad. Todo lo reciclo para mis obras." Hoy tuvo suerte: se topó con una camisa hecha en Nueva York a solo 20 pesos. Y quiere encontrar algún sombrero que le dé un aire a Harrison Ford. "Este es un lugar de inspiración. Acá hay muchos mundos. Es una vuelta por el universo".
En el galpón trabajan más de 20 empleados. Armando tiene varias décadas en el gremio. Su hábitat es el espacio dedicado a los muebles. Los arregla, recicla, lustra. Es experto en dejarlos "pipí-cucú", resalta. Mientras plumerea pianos, sillas de oficina y camastros de hierro, cuenta que más de una vez se ha sorprendido por lo que se vende, "cosas raras que uno mira y dice: 'esto no lo llevan ni regalado'. Pero siempre aparece el interesado. Nunca falta un roto para un descosido".
Una crónica en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 17 de abril de 2017

Cuchillo entre los dientes

Pesada, en caída libre, la maza golpea el acero que reposa tórrido sobre el yunque. Ante cada embestida, el vapuleado metal dispara decenas de chispas como un volcán en erupción. Con dosis desparejas de templanza y frenesí, los mazazos de Mariano Gugliotta dibujan el candente acero de Damasco. "¡Guarda con los chispazos! –advierte el artesano y ensaya la arremetida final–. Como le comentaba hace un rato, este va a ser un cuchillo multilaminado, con varias capas. El proceso es largo: hay que limpiarlas, llevarlas a 1200 grados en la fragua y luego hacer el caldeo a puro golpe: una soldadura sin electrodos. Imagínese el trabajo para lograr el dibujo, es como un hojaldre. Arranco con 20 capas, pero se van plegando, después son 40, 80… Soy el segundo que lo hizo en el país. El primero fue mi padre".
Gugliotta lleva en los genes el noble oficio de forjar hojas afiladas. La saga familiar arrancó hace varias décadas, cuando su abuelo Miguel llegó de Italia a hacer la América. En el campo comenzó a trabajar en un taller de herrería y adoptó el gusto gaucho por los facones. Su hijo Miguel, mecánico de profesión, heredó la pasión por trabajar el fierro. "Mi viejo fue explorando esta técnica artesanal que viene de los romanos –recuerda Gugliotta–. Le preguntaba a mi abuelo sobre herrería, pero también aprendía de las revistas especializadas yanquis que llegaban acá en los '80. Pateábamos Corrientes para revolver las mesas de saldos y por ahí aparecía alguna".
Golpe a golpe sobre el yunque, papá Miguel se transformó en un secreto a voces de la cuchillería. Su otra pasión eran las artes marciales, y un día decidió forjar katanas, el sable curvo de los samuráis. Su fama atravesó fronteras: le llegaban pedidos desde Estados Unidos y aun de Japón. Una tarde, Lou Reed, fan y coleccionista, visitó el taller de Villa Soldati para asegurarse una espada.
Hace ocho años, Miguel se retiró. Mariano es el último eslabón de esta genealogía. En su infancia, lo apasionaban las aventuras de Tarzán, Mac Gyver y Rambo: "Cuando le pedí a mi viejo el cuchillo de Rambo, me dijo que era una bosta. Igual me lo compré. Tenía razón, parecía de plástico". Cuando terminó el secundario, estudió Derecho y estuvo al filo de obtener el título, pero lo atraía el metal. "Fue como el cuento 'El llamado de lo salvaje', de Jack London. Largué todo y me metí acá." En 2003 arrancó de cero en su propio taller, en el fondo de su casa. Empezó a buscar su sello de autor con los puñales criollos. Y al poco tiempo, la fortuna golpeó su puerta, cuando un estadounidense le compró uno. A los seis meses, la mítica revista Tactical Knives hablaba maravillas del "cuchillo gaucho" que llevaba su firma. Ese fue el despegue. "Ese año participé en una feria en la Rural. Salí de Soldati con 80 centavos en el bolsillo. Me volví con 1000 dólares". Compró herramientas y máquinas para mejorar su producción, que hoy no supera las dos piezas semanales. Cada cuchilla que forja es una obra de arte. Y se volvió un "coleccionable".
Mientras cae la tarde en el suburbio, Mariano bebe un vaso de Coca Light y repasa la historia de la cuchillería local: "Acá nunca se incentivó la producción de cuchillos artesanales. Al contrario, dominó la importación. Desde la conquista española estuvo prohibido que los nativos usaran armas. Entonces, los gauchos recauchutaban limas, sables rotos: el reciclaje es el origen. En otros lugares fue distinto: los yanquis tuvieron a James Bowie y los alemanes fabricaban en un día lo que acá se hacía en un año." Pese al viento en contra, la pasión nacional por los filos se mantuvo a flote. "Acá nadie se sorprende si sacás tu cuchillo en un restaurante para comerte un asado. Amigos de afuera me dicen que este debe ser el único país del mundo en donde se venden en el aeropuerto".
Antes de despedirse, Gugliotta reflexiona sobre el futuro de la herramienta que le da de comer: "Aunque avance la tecnología, el cuchillo no va a pasar de moda. Piense que nos cambió la dieta, en la época de las cavernas. Cuando el hombre hizo el primer cortante con una piedra, dejó de comer las vísceras de los animales. Empezamos a fetear la carne y creció el cerebro. Empezó otra era. Se lo explico con palabras de un pibe de Soldati."
Memorias filosas
Los cuchilleros empezaron a forjar a fuego lento su historia como arte y profesión hace más de diez siglos. Durante la Baja Edad Media y el Renacimiento, los trabajadores de los metales comenzaron a organizarse en sindicatos y guildas. En su libro El artesano (2008), el sociólogo norteamericano Richard Sennett cuenta que en aquellos tiempos el aprendiz de orfebre estaba sujeto a su puesto mientras aprendía a fundir, expurgar y pesar metales preciosos, bajo la paciente guía de un maestro que lo educaba en su taller. Una vez presentada una obra maestra en su lugar de residencia, el novicio cerraba su período formativo y comenzaba a ejercer su oficio en el vasto mundo. Era una actividad de aires nómades, plagada de aventureros. El gran orfebre "heroico" de ese período fue el florentino Benvenuto Cellini. En su jugosa autobiografía, titulada simplemente La Vita, Cellini se jacta: "En mi obra, he superado a muchos y he llegado al nivel del único mejor que yo". Se refería a Miguel Ángel.
La Ilustración, el Iluminismo, las ideas de libertad de la Revolución Francesa, nacen con una cuchilla y terminan en otra. Denis Diderot, a quien se debe la concepción y ejecución de la Enciclopedia Francesa, la suma de las ideas laicas, libertarias, científicas del siglo científico que fue el XVIII, era el hijo de un cuchillero, y a veces se lo llamaba así despectivamente. Diderot escribió, en los tomos de la Enciclopedia, los artículos técnicos, incluyendo el de la orfebrería. La cuchilla con la que termina esta historia es la de la guillotina, obra de monsieur Guillotin, y perfeccionada por Luis XVI, a quien no le faltaría ocasión de experimentar el uso de tan eficaz invento.
Cocodrilo Dundee
"Sin duda, los franceses son mis mejores clientes. Son locos por los cuchillos. Ojo, nosotros no nos quedamos atrás, y si se alejás un poco de la ciudad, en las afueras de Buenos Aires, todavía siguen resolviéndose pleitos a puntazos", cuenta Julio Argañaraz, un artesano de San Telmo con una docena de años en el gremio. Mientras ordena algunos criollos y damasquitos en su local de la histórica Galería de la Defensa, a pasos de Plaza Dorrego, relata historias dignas de un cuento de Borges: "En Madariaga, un ambiente muy gauchesco, si hay algún atrevido en un boliche, la pelea es a facón. Pero ya no hay tantos revuelos".
Argañaraz es oriundo de Tucumán. En sus 47 años de vida aprendió un sinfín de actividades: trabajó el cuero, crió exóticos peces de estanque y se curtió en la construcción. Con su sombrero gastado, tiene un aire a Cocodrilo Dundee. Se define como un artesano autodidacta. Su pasión por la cuchillería le viene de muy joven, cuando comenzó a armar una colección. Su tesoro era un Randall reluciente. Un día decidió exponerlos a cielo abierto en la feria del barrio y un curioso le ofreció un dineral.
"Cuando estaba negociando, se me ocurrió que esta podía ser una buena manera de ganarme la vida". Se instruyó entonces sobre las diversas aleaciones, el golpe preciso para el forjado y el secreto del templado, el alma del cuchillo.
Argañaraz ha forjado cuchillos con elásticos de autos, clavos de tren y hasta acero de camastros. "A veces agarro un fierro y voy diseñando en mi mente cómo va a quedar. Por ejemplo, este va a ser un machete japonés. Y le voy dando forma: el filo cónico, pienso un cabo, que puede aparecer en la calle, un hueso, una madera rara. Reciclo todo el tiempo, desde pibe. Todo sirve".
Argañaraz mira fijo la hoja de un Bowie pantagruélico: "A veces me piden modelos para cazar jabalíes, para el remate. Se juega todo ahí, y el cuchillo tiene que funcionar sí o sí. La presión que ejerce el animal puede partir la hoja. Y un jabalí no te perdona la rodilla". «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 2 de abril de 2017

El dinero no es todo...

La historia de un país es también la historia de su moneda. "La afirmación da en el clavo, pero permítame ser un poquito más profundo. Atrás de este billete de 10 mil pesos moneda nacional, hay elecciones políticas, económicas, estéticas y, por supuesto, ideológicas. Un pedacito de papel que guarda parte de nuestra historia", dice Fernando Perticone, mientras señala con precisión de coleccionista un billete colorado que se luce en la vitrina del Centro Numismático Buenos Aires. 
En el distinguido hall, Perticone da la bienvenida a una docena de notafílicos: aficionados a la colección de papel moneda, en su mayoría caballeros, que se acercan el sábado por la tarde al caserón de la avenida San Juan, para participar del 2º Encuentro de Coleccionista de Billetes. "Este lugar es nuestro cable a tierra. El Centro tiene 600 socios y abre solo dos horas por semana, los jueves a la tarde. Pero para organizar estos eventos, que hacemos a pulmón, casi que vivimos acá", completa el miembro de la Comisión Directiva. Lo escolta Facundo Vaisman, tesorero del espacio que nuclea, desde hace más de medio siglo, a los fanáticos de las monedas, las medallas, las fichas y, por supuesto, los agasajados billetes.
Sin medias tintas, Perticone asegura que coleccionista se nace. Su caso no es la excepción a la regla. "Desde pibe se me daba por guardar de todo: piedritas, figuritas, estampillas y hasta herramientas. Quería tener todas las medidas, todas las marcas. De alguna manera, esa pasión fue dándole identidad a mi vida." El gusto por los billetes le llegó de grande. Hoy tiene 53 años y desde hace diez es uno de los motores del Centro. La puerta de entrada al universo del papel moneda se la abrió el legendario Catálogo de billetes argentinos de Roberto Bottero, figura capital de la numismática en el Río de la Plata. "Lo compré en un stand de la Feria del Libro, lo abrí y dije: 'Faaa… No solo hay billetes, sino también series, letras, detalles'. Ese día, me cambió la vida." 
Primero hay que saber juntar, después guardar, después averiguar qué es lo que se tiene, y al fin armar una buena colección. "Para ser coleccionista es fundamental investigar sobre lo que uno atesora", detalla Vaisman. "Por ejemplo, usted puede ver este billete de cinco australes, que circuló entre tal año y tal otro, con tal gobierno, que se devaluó, que tiene una simbología, la imagen de un prócer. Hay que estudiar. De alguna manera, somos historiadores." 
Vaisman llegó al Centro por recomendación de los curtidos coleccionistas que se reúnen religiosamente los domingos en el Parque Rivadavia. Y su curiosidad por los billetes se avivó cuando, por casualidad, encontró unos inmaculados australes durmiendo dentro de un libro. "Me surgió la inquietud por saber si tenía la serie completa… todos los valores." Ese día puso primera. En poco tiempo consiguió todas las piezas de la moneda parida durante la gestión de Juan Vital Sourrouille, antes de que comenzara a enfriarse la economía de la tórrida primavera alfonsinista. Vaisman siguió su deriva monetaria con los pesos argentinos, los convertibles y los moneda nacional. Luego, la globalización lo hizo enamorarse de billetes de distintas partes del orbe. "No sé cuántas piezas tengo. Llega un momento en que se me arman cuellos de botella, se pone difícil conseguir o comprar un billete. Entonces hay que arrancar otra búsqueda", dice.
Dónde hay un mango
En la vitrina se exhiben elegantes billetes de fiel papel decimonónico, pero también los ultramodernos forjados en polímero. Rupias indias con la figura de Gandhi, devaluados marcos de la República de Weimar, minúsculos takas de Bangladesh, y hasta el pantagruélico dólar zimbabuense de ¡cinco mil millones de dólares! "Los billetes argentinos son bellos, pero poco vistosos. Tenemos buenas impresiones, ojo", afirma Claudio Fernández, maestro de ceremonias y organizador del encuentro. Señala un ejemplar de moneda nacional que lleva tatuado el busto del general San Martín: "Este era conocido como el 'ladrillo', por su tamaño y color. Circuló hasta finales de los '60. En esos años, el Libertador era el personaje omnipresente. Como antes, la efigie de la Libertad. Ahora hay más innovación, con la incorporación de la flora y la fauna. Son políticas de Estado."
Fernández llegó a la notafilia por línea paterna. Su progenitor era un "coleccionista oculto", que atesoraba ejemplares bajo el vidrio de la mesita de luz. "Igual, esta historia arranca en serio en los años '80, cuando tenía un kiosco en Ezeiza. Como veía gente de todo el mundo, les pedía billetes." Con el tiempo, se hizo habitué de las casas de numismática del centro porteño y también del mercado de pulgas. Su mujer, miembro de una familia de filatelistas, lo aleccionó sobre las virtudes de los catálogos. Pasaron las décadas e Internet sumó conocimientos a sus pesquisas. Hoy pilotea el concurrido blog Billetes del Mundo. "El universo es enorme. Si no te ponés un coto, nunca parás", asegura. Sin embargo, es difícil detener la pulsión. Y por eso Fernández confiesa que colecciona todo lo que cae en sus manos. "Bueno, no todo; si tengo que elegir, me gustan los billetes de 1960 para atrás. Tengo billetes muy raros de la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Piezas militares, de colonias y hasta de campos de concentración." Tiene más de 4000 piezas, conservadas en sagrados sobres de acetato. Extrae de su valija algunos de sus tesoros: divisas del protectorado nazi de Bohemia y Moravia, coloridos ejemplares cubanos de fines del siglo XIX e inmaculados pesos de los años peronistas, con la inscripción "Una Nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana", que borró de un plumazo la Revolución Libertadora.
Antes de despedirse, Fernández cuenta que, por fuera del hobby, el papel moneda también le da de comer. Desde hace años regentea una agencia de quiniela: "Estoy en relación directa todo el día con los billetes. El peligro es que se pueda transformar en un vicio, de mirar todo el día el número, la serie, la firma. Acá hay gente que colecciona billetes capicúas y están todo el día mirando el numerito de serie. Una cosa de locos."
El chanchito de mamá
La imagen se parece a la de un recreo, en el patio de una escuela. En el salón central, señores y muchachitos dan rienda suelta a su pasión. No intercambian figuritas, sino preciados billetes. "La historia monetaria es muy rica. El ingreso del billete a la Argentina es tardío, para 1820, aproximadamente. La gente se manejaba con la moneda de plata potosina, que era una de las mejores del mundo", explica Gastón Subirá, un docente santafesino.
De su abuelo, Subirá heredó la fiebre numismática y una formidable colección de monedas, medallas y billetes centenarios. Más de una vez, cuenta, usó las divisas con fines pedagógicos. Toma algunas piezas del pilón que tiene sobre la mesa y dice: "Por ejemplo, si tiene que explicar el ciclo lanar, puede utilizar este billete con ovejas. O cuando arranca la revolución agrícola, mire este otro con vacas. Ahí también aparece la figura de la mujer con trigo en las manos, que simboliza la fertilidad. En los billetes aparece el imaginario del país." Entre los más curiosos de su colección, están los emitidos poco antes del crack del gobierno de Juárez Celman. Billetes que llevan el rostro del concuñado de Roca y hasta de su ministro de Economía: "Imagínese, como si Cavallo hubiese tenido un billete con su cara en 2001."
En otra mesa, el joven arquitecto Daniel Ruiz recuerda con nostalgia el chanchito-alcancía que su madre le regaló cuando niño. "Tenía la panza llena de monedas, que ella había guardado desde chica. Una tarde, me dio curiosidad y me puse a sacar una por una por la ranura. Un trabajo de artesano. Ahí nomás me di cuenta de que eran todas distintas, y me puse a catalogarlas." Desde hace más de 30 años, Ruiz lleva una suerte de diario íntimo, donde consigna las características y la historia que lo unen a los tesoros que colecciona. "Y sí, soy un fanático del orden. En definitiva, todos los que estamos acá buscamos lo mismo: ordenar el caos."
Publicada en Tiempo Argentino, por acá