lunes, 23 de abril de 2018

Hotel Gondolín

Mientras cuelga una toalla en el pulmón donde respira el Hotel Gondolín, Yoko dice que tiene un sueño, un propósito en la vida: "Tener mi salón de belleza y estar siempre así de regia", bromea la jujeña y deja ver una sonrisa blanca como salar del Altiplano.
Yoko mira una vez más el cielo limpio de otoño que techa el patio y cuenta que hace tres años dejó atrás su Ledesma natal, harta del abuso, los calabozos y el garrote fácil de la policía: "En el norte hay mucha discriminación. No hay respeto y no se puede trabajar en paz. Lo que yo quería era libertad y acá estoy, libre". En Buenos Aires no tenía parientes ni conocidos, mucho menos un techo para pasar la primera noche. Entonces siguió el consejo que le habían dado unas sabias colegas comprovincianas y se vino directo a la pensión enclavada en Villa Crespo: "Llegué con una mano adelante y otra atrás, pero en el 'Gondo' me abrieron las puertas. Acá encontré una cama, también muchas amigas, pero sobre todo una familia". 
La historia de Yoko no es demasiado distinta a la de las otras más de 40 chicas trans que autogestionan el edificio de la calle Aráoz al 900. Un hotel que desde hace casi dos décadas da amparo a las travestis que llegan del interior con el sueño de forjarse un futuro en la gran ciudad. 
La toma
A mediados de los '90, el Gondolín era una pensión muy venida a menos que rentaba piezas a familias de billeteras flacas. También a muchas trans que se ganaban la vida haciendo la calle en las zonas rojas de Godoy Cruz y los bosques de Palermo. La psicóloga social y activista Marlene Wayar recuerda que "entre todo el inquilinato paupérrimo de aquel tiempo, el hotel era uno de los más abusivos con las travestis". Por una renta digna de un petit hôtel de Barrio Norte, el dueño brindaba un servicio de mazmorra: caños rotos, baños pestilentes, cables eléctricos corroídos, suciedad generosa y las ratas como compañeras indeseables. Una auténtica pocilga. 
Zoe puede dar fe de las penurias de antaño. Dejó Salta en los primeros años del menemato y aterrizó de urgencia en el Gondolín: "En un principio era un hotel familiar, pero el dueño empezó a alquilarnos a nosotras porque era más negocio. El trabajo en la calle deja plata por día. Por eso nos cobraba el doble, el triple… Era un desastre: no había cocina, no funcionaban los baños, un peligro todo. Con las compañeras nos fuimos empoderando y un día dijimos basta".
Se decidieron a hacer la denuncia y al tiempo cayó una inspección, que constató las nefastas condiciones habitacionales del local: "Fue clausurado, pero nosotras quedamos adentro –agrega Zoe–. Lo tomamos en forma pacífica, porque era nuestro hogar. Y además, ¿adónde íbamos a ir?". Pese a que una orden judicial amparaba su permanencia, un día el dueño apareció con aires de patrón de estancia e intentó recuperar sus dominios. Las chicas no cedieron y el hombre huyó derrotado entre abucheos y una lluvia de basura y yerba mate, en una escena que parecía sacada de una crónica del chileno Pedro Lemebel. 
Nunca más regresó, pero dejó sus deudas: "Para hacerle una idea –ejemplifica Zoe–, el año pasado pagamos más de 40 mil pesos que el tipo adeudaba de ABL". Hace un tiempo, los familiares del antiguo propietario volvieron a la carga con una demanda de desalojo. Pero eso no apichona a las habitantes del Gondolín. Ellas se juramentaron no bajar los brazos. Como demuestra su historia.
Asamblea general
¿Y cómo se maneja un hotel? La respuesta fue colectiva: la autogestión. Decidieron organizarse y pusieron manos a la obra en la administración del Gondolín. Redactaron un código de convivencia, que marcaba faenas, normas de limpieza y de armonía. Pero no todo fue color de rosa. Atravesaron años difíciles, oscuros, a la sombra de la pasta base y otros males de la miseria: "Yo llegué en 2010, y la primera noche en el Gondo me dio miedo. Era un bardo en aquella época. Por suerte lo fuimos cambiando", asevera Valentina, salteña con ojos de cielo de los valles calchaquíes. 
El hotel funciona hace tres años como una asociación civil. Tiene cuatro pisos, tres cocinas, tres baños y unas 20 habitaciones. En cada pieza hay espacio para cuatro huéspedes. Llegan chicas de todas las provincias. El alquiler varía de acuerdo a los gastos generales: el mes pasado arañó los $ 1100. Muchas veces, a la recién llegada se le da crédito para que pueda juntar sus primeros pesos y así enfrentar la nueva vida en la Capital. "Si fuera por el Estado, sólo nos repartiría preservativos. Pero acá se dictan charlas sobre prevención de enfermedades y adicciones, hay talleres de oficios, vienen psicólogos, se incentiva a las chicas a que estudien y saquen el DNI", explica Valentina. Nunca es suficiente, agrega.
La "tía" Zoe –como la llaman sus compañeras– cuenta que las chicas no dejan de llegar: "Imagínese que mi pieza da a la calle y me golpean la ventana a las 2 o 3 de la mañana, y es una chica que busca cama. Me dice: 'Tía, ¿no tendría un lugar?'. Y muchas veces no lo tenemos, entonces tratamos de buscar otro lado o juntamos unos pesos para pagarle el pasaje de regreso a su pueblo. Si tuviéramos un edificio de ocho pisos como el de la esquina, habría lugar para todas, pero sólo tenemos el Gondo. Nos queda chico".
Perlas y cicatrices
Algunas mañanas, la Gala entona el Ave María o el Himno desde las alturas del segundo piso. Por las tardes, se gana el mango con su buena voz en las profundidades del subte. La Dixie hace shows como drag queen. Diva total. Ludmila quiere ser peluquera. Está terminando el secundario. A la Liliana le gusta imitar a Cristina: "¡Compañeras… compañeros!". Yoselin llegó hace sólo dos semanas desde Orán. Quiere juntar plata y operarse. Fabiana tiene 23 años y cara de cansada. Dice que anoche laburó mucho, quiere pegar un trabajo en blanco, o tener un local, sí, mejor un local, su propio restaurante.
"Siempre les digo a las chicas que hay que pelearla, que las cosas nunca vienen de arriba. De los '90 para acá, se logró el cupo laboral trans, la ley de identidad de género… Antes la única salida que teníamos era la prostitución", explica Zoe, referente del colectivo. Ahora las chicas ponen el cuerpo en las calles, para defender sus derechos. "Vamos juntas a las marchas –asegura Yoko, la estilista combativa–. Siempre con las banderas y remeritas del Gondo. Con mucho orgullo". 
Cada 21 de septiembre, el Gondolín celebra su cumpleaños. Se saca la larga mesa a la calle, se pone música fiestera y cada inquilina aporta lo que puede: una cerveza bien helada, gaseosa o algún que otro manjar casero. Las empanadas salteñas que prepara la tía Zoe son el plato principal: "Es un día en que le agradecemos al Gondo, nos olvidamos un rato de los problemas y de las diferencias, que las tenemos como en toda buena familia, y festejamos todas juntas". Como reinas de una primavera plebeya que siempre renace. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 2 de abril de 2018

Los colgados

La Negra despegó sus pies de la tierra por primera vez en febrero de 2002. El bautismo de vuelo fue en la casa de unos amigos, en Villa Urquiza. Unos artistas corporales llegados de Brasil para una convención de tatuajes la guiaron en su asunción inicial en cuerpo y alma. "Desde afuera, la suspensión corporal se puede ver como algo extremo –reflexiona la muchacha de flequillo azabache, y pita hondo un cigarrillo armado–. Muchos se preguntarán qué sentido tiene meterte unos ganchos en la piel y salir a volar. La respuesta es sencilla: el sentido de sentir. Por eso me animé aquel día". Una década y media después, ese sentimiento sigue vivo. Sobrevuela toda su existencia.
La historia de La Negra despega hace 39 años. Es hija de un ingeniero agrónomo y de una profesora universitaria uruguayos que dejaron la Banda Oriental en los años de plomo. La morocha tuvo una infancia nómade –entre Carlos Casares, Venado Tuerto y Rosario– siguiendo los conchabos campestres de su padre. Su adolescencia la encontró en el cemento porteño, durante los años dulces del agrio menemato. Entre las pistas del Morocco, la movida queer y lo que quedaba del under ardiente de los '80 halló un espacio de pertenencia. También de autonomía frente a los mandatos sociales: "Fui independiente desde muy chica, y en esos tiempos arranqué a explorar y a empoderarme. Y el cuerpo era un elemento central en esas búsquedas. Entonces llegaron los tatuajes". 
El primero se lo hizo a los 14. Nada muy rebuscado ni demasiado contracultural: un corazoncito con alas, "muy Aerosmith", ríe La Negra y aclara: "No, en serio, ahí me di cuenta de que verdaderamente era dueña de mi cuerpo. Que lo podía decorar, que tenía derecho a verlo como quisiera. En ese tiempo todavía no era cool hacerse tatuajes, no lo había absorbido el capitalismo". Ya perdió la cuenta de la cantidad que lleva grabados en su piel barroca. Los ríos de tinta tatuados sobre su cuerpo –al igual que sus piercings– narran su historia de pionera del body art en la Argentina.
Aunque no se siente parte de ninguna tribu urbana o de los colectivos que los sociólogos llaman "nuevos primitivos", La Negra dice que su exploración quizá la conecta con los pueblos originarios de América y Asia, que hacían un culto divino del cuerpo: "De chica flasheaba mucho con las fotos de la National Geographic y de la Muy Interesante. Las pinturas corporales, la desnudez no desnuda, los rituales. Esos momentos comunitarios donde los seres humanos se sentían dioses. La suspensión tiene mucho de eso. Cuando estás arriba, te sentís parte de un todo, en conexión con los que te rodean y acompañan. Esas son cosas que nuestra cultura fue perdiendo. Por eso también está bueno sacar los pies de la tierra". Elevarse por un rato. 
El aire y los dioses
La de la suspensión corporal es una historia milenaria. Hace miles de años constituía una liturgia ordinaria entre devotos hinduistas. La idea de "usar el cuerpo para trascenderlo" y conectarse con los dioses marcaba las prácticas de muchos adoradores de Shiva, en el extremo sur de la India. Los miembros de la etnia tamil mantuvieron vivo el ritual en la isla de Ceilán (ahora Sri Lanka), donde fueron forzados a migrar para trabajar como esclavos en las plantaciones de té del Imperio Británico. En la actualidad, las prácticas de suspensión son el acto central de dos "festivales de la perforación" no aptos para visitantes sensibles. El Thaipusam y el Chidi Mari congregan a decenas de modernos faquires en Malasia y en Tailandia, piadosos y agujereados del sudeste asiático.
En el norte de nuestro continente, los indios mandans realizaban un ritual similar en la actual Dakota, cerca del río Missouri. El "O-Kee-Pa" era un rito de iniciación que debían transitar los jóvenes guerreros en su camino a la vida adulta. La ceremonia incluía un largo ayuno, pruebas extremas y una corta –tal vez eterna– suspensión guiada por el chamán del pueblo. El notable pintor americano George Catlin visitó a los mandans en 1830 y pudo dar fe del sacrificio de los estoicos muchachitos en numerosas crónicas e ilustraciones hiperrealistas.
La subcultura primitiva urbana y el arte contemporáneo resignificaron la práctica en las últimas décadas. Hay referentes, pequeñas pero fieles audiencias, exposiciones en el nicho "freak" y, por supuesto, un mercado especializado. Fakir Musafar, Allen Falkner y el performer Stelarc son reconocidos como la santísima trinidad de la suspensión moderna. Artistas de la transformación corporal que perfeccionaron las técnicas –también los cuidados– y extendieron los límites de la disciplina. "Para hacerse una idea, en sus primeras performances, Stelarc usaba anzuelos limados –ejemplifica La Negra–. Ahora tenemos ganchos de acero quirúrgico, procedimientos para la esterilización, para conocer el balance de peso y saber cómo estirar la piel, es toda una técnica tallada". 
El precio de un equipo bien abastecido alcanza tranquilamente los 20 mil pesos. El combo incluye arneses, sogas, poleas, agujas de titanio y una buena dotación de guantes y gasas. Para los aventureros, los expertos ofrecen vivir la experiencia por 150 dólares. 
No hay dolor
Superman, De rodillas, Crucificado, Fetus, Asstronaut, Loto y La Hamaca. Las figuras que se ensayan en los vuelos no esquivan la metáfora. La Negra recuerda que cuando comenzó en el gremio sólo había cuatro posiciones. La más común es la bautizada "Suicide", que imita la pose de un ahorcado, con los ganchos atados en la espalda: "Todas permiten vivir sensaciones muy distintas –asegura–. Depende de si podés moverte, si la presión de la sangre va a la cabeza. Los puntos perforados tienen diferentes personalidades. Las figuras con los ganchos en el pecho son las más fuertes. La clave es llegar preparado". 
Con decenas de horas de vuelo en su legajo, entre performances y exhibiciones privadas, La Negra tiene la piel suficientemente curtida como para prevenir a los recién llegados: "El primer consejo que doy es dejar en tierra lo que es de la tierra. La suspensión es una búsqueda, hay otra corporalidad ahí arriba, otra forma de moverte, hay que encontrar quién sos en el aire. Se conectan la cabeza, el corazón y el espíritu". 
En la previa de la suspensión, los masajes en las zonas que serán perforadas y los ejercicios de respiración ayudan al despegue. La Negra acompaña a los novatos en ese trance. Sus palabras guían, relajan y contienen: "Es darle conciencia a la persona de lo que va a suceder, aunque no se sepa bien qué es, ya que es algo muy personal". La procesión, obviamente, va por dentro. Y, agrega La Negra, la práctica no deja ningún tipo de secuela visible: "Es dérmica, apenas una gotita de sangre y un vendaje. Al otro día te vas a trabajar como si nada. No es muy distinto a un deporte extremo".
En más de una hora de entrevista, La Negra no utiliza ni una sola vez la palabra "dolor" al relatar sus experiencias elevadas: "El dolor lo relaciono más con una sensación no deseada. Algo externo e irremediable. En la suspensión tengo sensaciones fuertes, pero las busco y las transito. Eso no es dolor".  «
Publicada en Tiempo Argentino, por acá

martes, 13 de marzo de 2018

Como en la guerra

El primer día que usó el uniforme de los paracaidistas yanquis de la División 101 Aerotransportada, Martín sintió el peso de la historia sobre sus hombros. "Imagínese, 50 kilos suma el equipo completo. Casco, mochila, linterna, cantimplora, la pistola Colt 45, la máscara antigás, la ametralladora Thompson, el saco de gabardina y las botas, siempre lustrosas. Piense por un momento el instante del salto desde el avión en Normandía. Eso fue una locura", reflexiona el miembro activo de la Asociación Argentina de Recreadores de la Segunda Guerra Mundial.
Martín tiene 35 años, es profesor de Educación Física y uno de los padres fundadores de este colectivo nacido en 2014, un grupo de hombres y mujeres cuyo hobby es poner en escena el teatro de operaciones de la guerra que desangró a la humanidad a mediados del siglo XX: "Intentamos ponernos en los zapatos de esos soldados –advierte–, es una forma de honrar su memoria".
Desde chico lo apasiona desandar los senderos de la historia, quizás por los relatos que le recitaba su papá Alejandro antes de dormir: "Mi viejo es una enciclopedia viviente. Me contaba del hundimiento del Titanic, de cuando el hombre llegó a la Luna y de las guerras mundiales. A mí me gustaban las historias bélicas". El papá de Martín condimentaba las narraciones con grandes dosis de ficción en celuloide: "Me hizo ver todos los clásicos. Desde Casablanca hasta Los cañones de Navarone, El día más largo y, por supuesto, El gran escape". Ya adolescente, Martín tuvo una epifanía cuando vio Rescatando al soldado Ryan: "Quedé enloquecido con las historias sobre el Día D, más tarde me fanaticé con la serie Band of Brothers y en ese momento arranqué como coleccionista". Su primer fetiche de militaria fue el uniforme de un teniente paracaidista que saltó tras las líneas nazis en la madrugada del 6 de junio de 1944, el día que comenzó el ocaso de Hitler y su eje del mal. 
Hace un par de años, decidió contactar por Facebook a otros entusiastas como él. Del tiroteo virtual pasaron al encuentro cuerpo a cuerpo. El primer ágape no reunió un batallón, eran apenas tres mosqueteros con ganas de mostrar sus tesoros verde oliva: "Teníamos puro material norteamericano de colección. El primer evento fue en el Regimiento de Patricios. Ahí nos dimos cuenta de que para recrear ese conflicto, no podíamos pelear entre aliados. Entonces tuvimos que contactar a coleccionistas de pertrechos alemanes, italianos, soviéticos... Se fueron sumando de a poco. Esa fue la semilla del grupo". Poco después ya estaban listos para enfrentar su bautismo de fuego.
Juegos de guerra 
Según los manuales, el recreacionismo –re-enactment, según el término inglés que utilizan los entendidos del género– se define como la rigurosa reconstrucción en vivo de un acontecimiento histórico. Las verdaderas falsas batallas del recreacionismo tuvieron una incipiente ofensiva en el Reino Unido durante los años '70, con las campañas napoleónicas como temprano hit. Aquello fue el inicio de un fenómeno que actualmente mueve a miles de fanáticos y espectadores de todo el planeta, sedientos por presenciar en vivo y en directo lo que los libros de historia no pueden resucitar.
"Es algo vivencial, que ayuda a entender el momento histórico en su totalidad. Se puede leer un libro sobre la Segunda Guerra Mundial, pero no es lo mismo. Lo que yo quería comprender era qué sentía el tipo enfundado en ese uniforme. No el líder, sino el soldado de a pie, que muchas veces era reclutado a la fuerza", explica Joaquín Oubiña, profesor de Historia y coordinador de la asociación. Describe que la recreación es la etapa final de un largo recorrido de formación, estudio, aprendizaje y producción del pasado, llevado a un nuevo plano, el de la experiencia propia: "A esto se lo llama arqueología experimental. Antes de meterme con la Segunda Guerra, yo hacía recreacionismo del Medioevo. Y puedo asegurar que ponerme una cota de malla y una armadura cambió la idea que tenía sobre la Edad Media".
Oubiña tiene un pasado ligado al modelismo. Es un gran escultor de diminutos barcos, figuras históricas y aviones. En el mundo del recreacionismo aterrizó luego de ver un show en una exposición de miniaturas en Escocia. Entonces comenzó a aplicar la disciplina como recurso pedagógico en las clases de Historia que dicta en colegios secundarios de Esteban Echeverría, Monte Grande y El Jagüel: "Con los pibes de primer año llegamos a armar una legión romana. Los transporta en el tiempo". Desde la asociación lo contactaron hace dos años. Necesitaban un director de orquesta –mejor dicho, un estratega– que los ayudara a diseñar sus incursiones escénicas. Oubiña primero rechazó el reto: "Es que es un gran desafío abordar la Segunda Guerra. Es el conflicto bélico con mayor cantidad de pérdidas humanas de la historia. Se cometieron crímenes atroces. No es jugar a que somos el Sargento Sanders en Combate". Pero los soldados volvieron al ataque, hasta que Oubiña aceptó tomar el mando del proyecto, que hoy ejerce con mano de hierro: "El primer objetivo de nuestro show es el rol docente. También hacemos trabajo solidario, como visitar hospitales y apoyar campañas para la donación de sangre. No se trata sólo de algo estético. Yo soy muy detallista. Más de una vez me ha tocado bajar a un compañero del acto porque llevaba un calzado que no correspondía con el uniforme o por usar una réplica de un arma que salió al mercado tres meses después de la batalla que estábamos representando. Pero esa puntillosidad es la clave del recreacionismo".
Los vestidos y los muertos
En sus eventos, el pelotón practica cuidadosas coreografías bélicas, con la participación estelar de los "Pájaros de Guerra", un escuadrón de aviones a radiocontrol. La Luftwaffe y la Royal Air Force siempre dicen presente. Son naves de casi dos metros, capaces de lanzar pirotecnia que haría recular a John Wayne. 
La tropa hace gala de los uniformes icónicos. Muchas veces, explica Oubiña, conseguir la indumentaria original es una hazaña: "Recrearla también se complica. Estamos hablando de tela de hace 70 años, que no se fabrica más. Tenemos un compañero que saca los moldes a ojo y los diseña". Su madre María Elena, sapiente costurera, le salvó las papas más de una vez. Muchos rezagos se traen del exterior. Y recordar las epopeyas bélicas no es precisamente una actividad económica: "Una chaquetilla puede costar unos 4000 pesos. Por su simpleza, los uniformes soviéticos son los más baratos".
Cada tanto, luego de poner el cuerpo en el ficticio campo de batalla, reciben el saludo de familiares de excombatientes: "Nos felicitan por el compromiso con que encaramos nuestra tarea –resalta Oubiña–. Un hijo de un miembro de la Resistencia polaca un día me abrazó y me regaló el águila que llevaba su padre bordada en la gorra. Fue muy fuerte". La experiencia se replica cuando encaran recreaciones sobre la Guerra de Malvinas. Martín nunca olvida un show que hicieron en un centro de veteranos de Florencio Varela: "Nos decían que era un honor. No olvidarlos es el mejor homenaje".
En su faceta de actor bélico, Joaquín Oubiña se puso en la piel de incontables soldados anónimos. Sin embargo, el año pasado se permitió encarar un homenaje especial: "Hice de Clark Gable. Muy pocos saben que a sus 40 años, luego de la trágica muerte de su mujer, se enlistó y fue artillero de un bombardero. Me dejé hasta el bigotito. Por un rato, me sentí un galán". «
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martes, 6 de marzo de 2018

Rezo por vos

El maha mantra es la banda de sonido que flota en el aire. Dieciséis palabras en un loop eterno. "Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna, Krishna, Hare, Hare, Hare Rama, Hare Rama, Rama, Rama, Hare, Hare", rezan hace más de una hora, sin prisa, sin pausa, una docena de calvos devotos. El repique acelerado sobre los parches del mridanga acompaña el canto vespertino, en el templo de Colegiales, corazón espiritual de Palermo Bollywood. 
Con barro traído del Ganges, el monje Vasudeva Das lleva tatuada la tilaka, una marca que representa a dios en su rostro. También el cansancio por la jornada dilatada. "Es que nos despertamos a las 4 de la matina para los primeros rezos. Después salimos a vender libros, cocinamos, estudiamos… Por ahí se tiene una idea muy light de nuestra vida, pero en realidad es más bien activa", explica este porteño de 27 años, más de cinco dedicados con devoción a las deidades de la India. Cuenta que era vecino del templo, miembro de una familia con poco fervor religioso y egresado de un frío colegio industrial. Siempre tuvo curiosidad por la metafísica, por encontrar respuestas a sus titubeos existenciales. Leía a Nietzsche: "Antes de entrar acá, veía que la gente era muy artificial, muy careta. Desde chico siempre me hice preguntas sobre la vida, la muerte... En un encuentro humanista conocí a los devotos; empezaron a cantar el maha mantra y sentí una alegría que es difícil de poner en palabras. Te llena". Se acercó al templo y probó una clase de Bhakti Yoga, la práctica de la contemplación y devoción absoluta. Le gustó. "Y empecé a estudiar el Bhagavad-gītā, uno de nuestros libros sagrados, los principios, a llenar el vacío". Al tiempo, decidió hacerse monje residente, dejó atrás el nombre de Lucas que figura en su documento, se encomendó por completo a Krishna y en una ceremonia de iniciación su maestro lo bautizó Vasudeva Das, el que está "al servicio del todopoderoso".
Vasudeva cumple a rajatabla los estrictos preceptos del Movimiento para la Conciencia de Krishna: dieta sin carne, huevos ni pescado. Cero drogas y tabaco. Está prohibido tener una "vida sexual ilícita" y también los juegos de azar. "Son principios regulativos para limpiar la conciencia. El cuerpo es el templo del señor supremo y por eso hay que cuidarlo". El monje viste su santuario de piel y huesos con una túnica llamada dhoti. Luce colores níveos, que indican que se encuentra en pareja. Sus compañeros, con atavíos naranjas, optaron por el celibato.
Antes de unirse a las plegarias colectivas en la nave central, Vasudeva riega con parsimonia los plantines de tulasí, la venerada "albahaca india". Su madera se usa para forjar collares y rosarios, la japa mala de 108 bolitas que guía el maratón de rezos. La doctrina obliga como mínimo 16 vueltas diarias a la ristra. El maha mantra recitado 1728 veces. "No me canso nunca. Me da alegría, me da energía". En sánscrito, krishna y rama significan "el placer supremo".
Naranja en flor
Aunque tiene una historia longeva en la milenaria India, con raíces sólidas en el visnuísmo y la literatura sánscrita, el movimiento religioso es aún joven en Occidente. Llegó en los '60, de la mano de Bhaktivedanta Swami Prabhupada, un religioso bengalí y traductor de los clásicos del hinduismo que migró a Estados Unidos con la idea de sembrar las doctrinas krisnaístas en el nuevo mundo. Se estableció en Nueva York, terreno fértil en plena efervescencia del movimiento hippie, justo antes de que el flower power se marchitara. Cosechó sus primeros seguidores en parques públicos, entre los jóvenes enamorados del discurso pacifista, la vida sana y la psicodelia. Se codeó con la crème de la crème de la contracultura: los barbudos Allen Ginsberg y George Harrison –"My Sweet Lord" tiene cameos del maha mantra– entraron en el sendero espiritual gracias al indio. Y en la Gran Manzana alquiló un localcito y fundó la primera sede de la Sociedad Internacional para la Conciencia de Krishna (ISKCON, por sus iniciales en inglés), la orden que hoy cuenta con más de 100 templos en 71 países. 
"A Sudamérica llega a principios de los '70. En Argentina era más que nada una práctica de puertas adentro. Muchos seguidores se exiliaron en Brasil en los años de la dictadura", explica Maha Sundari Devi Dasi, instructora de yoga y profesora de canto indostánico con más de diez años en el gremio. Cuenta que la primera vez que leyó el Bhagavad-gītā exprimentó una sensación de amor a primera vista. Le fascinó el concepto de servicio devocional: un brindarse al otro alejado de la caridad. Al poco tiempo, un devoto naranja que se cruzó por la calle la invitó al antiguo templo de Villa Urquiza: "Era julio, festival de la aparición de Krishna, como nuestra Navidad", recuerda. Maha Sundari invita unos laddus –dulces bocaditos de harina de garbanzo coronados con una almendra– y comenta que pudo conocer la meca de los Krishna: "Queda en Mayapur, Bengala Occidental. Es como el Vaticano, un lugar de peregrinación. Lo que más me acuerdo es la sensación de unión con el ser interior. Ahí encontré mi lugar en el mundo, o quizá también es este templo, o tal vez ese lugar esté acá, en el corazón". 
Verónica tiene 30 años y es profesora de Geografía. Su maestro la bautizó con el espirituoso apodo de Vraja Bhakti Devi Dasi, "devota y seguidora de Krishna". Aunque el templo le queda lejos, lunes, miércoles y viernes viaja religiosamente desde Banfield para hacerse cargo de la librería. Mientras acomoda unos ejemplares dedicados a la cocina verde, resalta el valor que tiene la palabra encuadernada para los devotos: "Los libros tienen que ver con ocupar los sentidos y compartir el conocimiento. Este movimiento se hizo muy popular por la venta callejera de libros. Yo llegué gracias a un ejemplar que compró un amigo en una feria de usados. La tapa estaba ilustrada con una foto de Prabhu y la frase 'Él construyó una casa donde puede vivir el mundo entero'. Lo leí de un saque y entendí que podemos tener una relación directa con dios". Entre los títulos más solicitados, destaca George Harrison y el mantra hare krishna y el longseller Fantasía vegetariana, a precios muy populares: entre 30 y 50 pesos.
Comer, rezar, amar 
Pasaron casi dos horas y los rezos no tienen fin. La estatua hiperrealista de tamaño (casi) natural de Prabhupada en posición de loto custodia a los devotos desde una esquina del salón principal. Jahnava Devi Dasi pasa la tarde meditando en el patio. En 42 años de vida, tuvo idas y venidas con el movimiento, pero desde hace dos es residente. Su búsqueda espiritual no deja de lado el cuidado del cuerpo y la alimentación: es vegetariana desde su adolescencia. "La comida es uno de los pilares. Por la meditación, entendí también que la alimentación es una práctica que implica austeridad. Comí muchos asados en mi vida, pero no los extraño. No se puede buscar la paz y matar una vaca para alimentarte. Además, con mi dieta vegetariana me volví más alegre, saludable, si hasta parece que me hice un lifting", bromea la ex vecina de Balvanera. 
Cuando el tambor y los mantras ceden, Adolfo se encarga de repartir generosos crêpes de puri rellenos con verduras salteadas. Con 12 años en el credo, puede rezar un rosario de anécdotas entre los hombres de naranja. Entonces recuerda los viejos tiempos en un campito de Marcos Paz, cuidando la huerta. También un viaje iniciático por las rutas argentinas, siempre con los libritos de Prabhupada al hombro. Al primer mordisco, uno descubre que el joven cocina como los dioses. "No es para tanto. No se equivoque. Nosotros no hacemos nada. Todo lo hace Krishna". «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, acá

domingo, 18 de febrero de 2018

De acá a la China

Ana Chen está nerviosa. ¿Y cómo no estarlo? Ya son más de las 5 de la tarde y aún no hay noticias de los dragones en la Plaza de los Parques Nacionales Argentinos, abarrotada nueva sede de los festejos del Año Nuevo Chino en Buenos Aires. Tan lejos, tan cerca del histórico China Town porteño, en el corazón de Belgrano. 
Como toda gran anfitriona, la presidenta de Phoenix Dorada Media Company –empresa de capitales asiáticos responsable del ágape– cuida con esmero los pequeños grandes detalles que cobija la celebración máxima de la colectividad. Desde el estrictísimo protocolo en la recepción de las delegaciones diplomáticas hasta la grilla de horarios en que cientos de artistas saldrán al fastuoso escenario montado en el predio. Sin olvidar, por supuesto, a los demorados lanzallamas. "Piense que este es el Año Nuevo Chino con más convocatoria en América Latina. ¿Imagínese si fallan los dragones?", se estremece la señora Chen, al tiempo que cultiva la paciencia zen. 
Pocos minutos después, cuatro coloridos dragones de tela y una jauría de atléticos domadores hacen su ingreso triunfal en la trastienda. Entonces, a la señora Chen le vuelve el alma al cuerpo: "Es que queremos que salga todo perfecto, como cuando uno hace fiesta en su casa, para la familia. Aunque no sé cómo metería 20 mil parientes en mi departamento", bromea la dama llegada a Ezeiza hace exactos 26 años. Antes de seguir con sus tareas, Chen afirma que no le sorprende el éxito de la convocatoria: se esperan más de 60 mil asistentes en los dos días de festividad. Lo conecta con la franca integración entre porteños y migrantes: "Al principio había muchos prejuicios, porque los argentinos no conocían nuestra cultura. Pero ahora nos sentimos unidos, somos un todo". Para el naciente 4716, deja sus deseos: "Es el Año del Perro de Tierra. Imagino a un perro de campo, que corre a toda velocidad. Va a traer mucha riqueza para todo el pueblo argentino". Será cuestión de frenar al canino en su generosa carrera. 
Cuentos chinos
Había una vez una joven llamada Ángela, que un día de 1999 dejó atrás las penurias económicas de su natal Fujian y cruzó el océano para hacerse la América: "Vine del sur de China, del campo. Necesitaba una oportunidad". La encontró en el Once, en el supermercado de unos paisanos. Entre las góndolas, conoció los secretos del comercio. También al padre de sus tres hijas. Génesis, la más pequeña, se maquilla como una muñequita de la dinastía Tang antes de subir a escena. Bailará la antiquísima danza agrícola "Sacando champiñones". 
De los viejos años nuevos en el lejano oriente nunca pudo borrar de su memoria la postal familiar, unida en la limpieza energética del hogar, para dejar atrás las malas ondas: "Acá limpio todos los días, obvio", guiña un ojo la muchacha. Para el gran banquete del 16 de febrero –fecha precisa en que inicia el nuevo ciclo del calendario lunar–, Ángela no se deja ganar por la nostalgia y el paladar de su pago: "Una buena parrillada, nada de arroz, y no puede faltar el pescado". En chino, "pescado" es una palabra que suena igual que "abundancia".
En las decenas de puestos diseminados en la plaza se pueden degustar manjares de la gastronomía oriental: insulsos arrolladitos primavera, potentes shui jiao (ravioles con carne de cerdo), cosmopolitas rolls de sushi y largos fideos, casi interminables. También hay mil y un productos manufacturados que inundan hace décadas el bazar global: abanicos, alcancías, héroes del manga, gatitos saludadores y otras chucherías. Todos con el sello Made in China.
Luciano es uno de los 200 mil chinos que habitan suelo argentino. Viene de una familia de marineros que solían ganarse el pan pescando en el Mar de la China Meridional. Ahora pesca auspiciantes para una publicación de la colectividad. Tiene 23 años y un look súper cuidado, con un aire a medio camino entre el actor Jet Li y el rapero coreano Psy. "Dos días de festejo es muy poco, en China dura dos semanas –explica y se calza sus Ray Ban de dudosa originalidad–. No sé si los argentinos tienen tanto aguante". 
Martín Hsu está a cargo de la filmación del pantagruélico evento. Es hijo de migrantes taiwaneses y un secreto a voces del novísimo cine nacional. Su ópera prima La Salada puso en escena el carácter muticultural –no confundir con intercultural– de la identidad argentina. Un brillante relato coral que narra grandes historias mínimas de un grupo de inmigrantes, en este bendito país de inmigrantes. "El Año Nuevo es un momento que reúne a las familias. Mi madre ahora está en Taiwán, voy a llamarla el 15 para saludar". 
Sobre el Perro de Tierra que se acerca, Hsu deja de lado los vaticinios: "Los chinos son muy supersticiosos. A mí me divierte un poco lo del horóscopo. Pero si el Perro me ayuda a terminar el documental que estoy filmando… bienvenido sea". 
Argenchinos 
Para el brindis, olvídese de la burbujeante copa de champán. El Año Nuevo Chino ofrece otras variantes, como las delicadas tacitas de té. En su puesto, el doctor Luis Alcán Cañete, director de la Sociedad Tea Style, da clases magistrales sobre los 2727 años de historia que comparten el pueblo chino y la planta milagrosa. Sus conocimientos también abarcan el arte de la porcelana: "Piense que los occidentales tardaron más de un siglo en alcanzar la fórmula de la pasta dura. Mire esta obra de arte", dice y luego exhibe una diminuta tetera, digna pieza de museo.
Sobre el escenario, los alumnos de la Escuela Shaolin Argentina empiezan el año a las patadas. Daniel Vega y su señora Yamila Melillo son los sensei del pelotón de guerreros criollos. La pareja ha consagrado su vida a la práctica del kung fu shaoling. Incluso pudieron visitar la meca de la disciplina, en la provincia de Henan. Forman parte de un linaje de monjes luchadores que data del siglo XIII. Las piruetas que ensayan sobre las tablas dan fe de sus altos títulos: "Se va el Año del Gallo de Fuego, que tuvo una energía peleadora. El Perro es más tranquilo –advierten–. Igual, como buenos guerreros, siempre hay que estar atentos, con los sentidos bien despiertos".
El desfile de los dragones marca el punto más alto de la jornada. Los muchachos de la Asociación Lung Chuan lo saben de memoria. Llevan una década participando: "No somos de la colectividad, y por eso al principio tuvimos que ganarnos el espacio. ¿La receta? Mentalidad china, pura paciencia", asevera Germán Bermúdez, coordinador de los 70 danzarines, ocho leones y cuatro dragones que integran el staff. Listo para salir al ruedo, Bermúdez apunta: "Somos los que traemos la alegría, la energía para empezar el año con todo, bien arriba". Luego, con sus colegas elevan el dragón de tela y se pierden en la multitud. En un pogo milenario.
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lunes, 12 de febrero de 2018

Los Laureles

Doris Bennan pertenece a una especie en extinción: la bolichera que vive en su boliche. "Allá en el fondo está la vivienda. Soy bolichera con todas las letras", afirma la dueña orgullosa y alma máter del histórico bar Los Laureles. Decimonónico, popular y sobre todo bien tanguero. Apostado en el sur último de la ciudad, el bodegón notable que comanda acredita ¡124 años! de historia bien servida sobre sus mesas. 
"Si tiene dudas, ahí en la pared están colgados los planos originales. El local abrió como pulpería en 1893, cuando esto era puro campo, aljibe y tranqueras. Al poco tiempo se convirtió en almacén de ramos generales y después en un espacio de bar y billares. En esos años, los barrios estaban poblados por estos boliches. Casi todos corrieron la misma suerte. Cerraron y quedaron en el olvido". Los Laureles resiste estoico como el último guapo del 900, en el cruce de la avenida Iriarte y la adoquinada Gonçalves Dias. Una de las esquinas más bellas de Barracas. Quizá también de Buenos Aires.  
La peña de los viernes es un clásico de clásicos del establecimiento. A las 9:30 de la noche, los parroquianos comienzan a apersonarse en el boliche bien emperifollados. Antes de que comience la acción en la pista, Bonnen disfruta un abundante plato de sorrentinos, uno de los tantos manjares de la generosa carta. Confiesa que antes de hacerse cargo del bodegón no tenía pedigrí tanguero: "Vengo de otro palo, más rockero, soy productora de espectáculos hace 35 años. Pero usted sabe, el tango siempre te espera". Hace justo una década, le ofrecieron alquilar el local, que estaba a la miseria, a punto de ser demolido. En un primer momento pensó en abrir un espacio dedicado al rock, pero las charlas con los vecinos le hicieron pegar un volantazo: "Me contaban de la vieja feria de frutas y verduras. Traían sifones, cubiertos, discos de pasta... Y sobre todo me hablaban de los músicos que venían: Eduardo Arolas, Anselmo Aieta, Enrique Cadícamo y Ángel Vargas, que era vecino y se crió entre estas mesas. Este lugar pedía tango". 
Pero no sólo de tangueros vivió el bodegón. Fue tribuna de doctrina política y escenario de tórridos debates entre conservadores y socialistas. Dicen que Alfredo Palacios era comensal habitual. Llegaba caminando desde la Casa del Pueblo de la calle Alvarado, siempre bien acompañado por Benito Quinquela Martín. Entre bocado y bocado, el autor de la "Ley de la silla" se ponía de pie y disparaba certeros discursos contra el régimen oligárquico. 
Otros luchadores, más duchos con los puños que con la palabra, también visitaban el local. Barracas es barrio de boxeadores: Tito Saenz, los hermanos Cañete, sólo para nombrar algunos. "Y no se olvide de Gatica –agrega la dueña y señala una mesa junto al tocadiscos–. Se ubicaba en la ochava, para recibir a los comensales. Así se hacía unos pesos, porque estaba proscripto, en la lona". A estos gladiadores y sus imaginarias coronas debe su nombre Los Laureles. Sus retratos en guardia siguen dando pelea en las paredes del boliche.
Antes de que arranque la ronda de cantores, Bennan recorre sus dominios: "El mejor piropo que me hacen los clientes es cuando me dicen que al entrar se transportan en el tiempo, vuelven a ser jóvenes. Acá el pasado sigue vivo".
Grandes valores 
Mauricio Díaz es un joven de la vieja guardia. Tiene 42 años, pero cultiva un look digno de los muchachos de antes, sin gomina. Bigotito sardina, timbos lustrosos y guayabera bien planchada. "Hace 30 años que empilcho así. No usé nunca un vaquero, menos zapatillas. Con este lorca, la guayabera es ideal. Salgo impecable de la pista". 
Díaz cuenta que a los 8 años, escuchó en la radio de su abuelo la más maravillosa música, que es la voz de Carlos Gardel interpretando "Tomo y obligo". Desde ese día consagró su vida al tango. Es historiador del género, coleccionista –tiene más de 10 mil discos en su casa–, organizador de milongas y, por supuesto, cantor: "Es difícil ganarse el mango, pero yo vivo por y para el tango. Es un orgullo laburar acá, porque Los Laureles son un cacho de historia". Esta noche también despunta el vicio del DJ en el inmortal combinado Ken Brown: "En una tanda que no falla meto Troilo del '40, algo de Tanturi y Pugliese. Una patada en la silla para que salgan a bailar". 
Cuando termina de cantar "Qué me van a hablar de amor", Marcela Prado recibe el aplauso cariñoso de la tribuna. "Esto es un hobby, venimos todos los viernes con una barra de amigos, la hinchada. Al principio me daba vergüenza cantar, pero ahora es una fija", cuenta la dama de 57 años, que se gana la vida como médica y periodista. Su pasión por el 2x4 viene desde cuando peleaba con sus hermanas para ver en la tele Grandes valores del tango. 
Como intérprete, Prado se mira en el espejo de las "minas con voz grave", como Beba Bidart. También envidia a la Merello, aunque dice "que no llega ni a la tapita del taco" de la eterna Tita. "¿Si esto va a morir? Sabe cuántas veces quisieron matar al tango. Cada día se acerca más gente joven. Mire cómo bailan".
En el boliche, conviven sin complejos los caballeros de riguroso saco, los coloridos turistas que se le animan al suburbio y muchos jóvenes de chupines y barba hipster. Al final de la noche, siempre triunfa la elegancia. 
Con 76 años recién cumplidos, Norma García está a punto de tener su debut triunfal en la peña de cantores. Es mendocina, llegó a la Reina del Plata en el '91 y canta en peñas desde que tiene uso de razón. Aunque la encasillaron en el folklore, es una dama del tango. "Está en mi biografía. Soy una mujer con padres de antes, que querían a la hija cocinando y planchando. Pero yo me largué nomás. Disfruto el sabor del aplauso, siempre con el micrófono en mano, ese fierrito bendito que asusta a más de uno". 
Norma lubrica su garganta antes de entrar al ruedo para cantar su versión aguardentosa de "Whisky". Como si recitara un fragmento de la Summa de Santo Tomás de Aquino, la mujer predica: "En esta ciudad, el tango está en el aire, en los adoquines, en los taxis. Existe en todos lados. El tango es Buenos Aires".  
La Calandria de Pompeya 
A Julio César Fernán le sobran pergaminos de la academia del tango. Cantó con todos: Troilo, Goyeneche, Hugo del Carril y siguen las firmas. También animó las veladas del mítico Bar El Chino de Pompeya por más de 15 años. Desde hace seis capitanea –llueva o truene– la peña de los viernes: "Este lugar tiene 'el ángel', querido. La mística heredada del Chino", asegura, al tiempo que acelera una milanesa a caballo con papas fritas que es una pinturita. "¿Hasta cuándo voy a cantar? Qué sé yo, pibe, hasta que dé la voz. Mi vida es esto".  
Si los parisinos tuvieron a Edith Piaf, el "Gorrión de París", los porteños atesoramos a Inés Arce, "La Calandria de Pompeya". La pequeña gran cantante, esta noche ataviada de elegantísimo vestido largo en tono dorado, es el plato fuerte de Los Laureles. Hace un rato se despachó con una versión de "Nostalgia" que hizo delirar al barrio entero. En pocos minutos tiene su segunda entrada al escenario: "No, nunca me canso de cantar. Si me dejan, me mando diez piezas seguidas". 
Sapiente ex obrera textil –trabajó por décadas en la fábrica de medias Carlitos–, La Calandria bordó una carrera sólida en el circuito de milongas porteñas. Con 91 pirulos recién cumplidos, es toda una institución. Su canto atrae fanáticos de Europa, Japón y más allá. Antes de abrir las alas y volar hacia el centro del salón, revela su mayor secreto: "Yo estoy recontrahecha, muchacho. Sólo quiero seguir cantando. ¿Sabe qué es la fama? Que me sigan aplaudiendo todos los viernes en el boliche".  «
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lunes, 5 de febrero de 2018

En bolas

El dueño del parque temático naturista Palos Verdes predica con el ejemplo: recorre sus dominios como su madre lo trajo al mundo. “No soy un fundamentalista, para nada. Por ahí usted viene otro día y me encuentra vestido. Pero quién se aguanta las bermudas con este calor”, interpela Ricardo Peralta, de vitales 75 años. Después saluda con la mano a una parejita libre de atavíos que se encamina a un lago artificial custodiado por sauces frondosos, olorosos eucaliptos y algún que otro espigado álamo. Una copia fiel del edén en el oeste del Conurbano. “Todo esto que ve lo hice yo, como decía Churchill, con sangre, sudor y lágrimas. Plantamos los árboles, hicimos las piletas, diseñamos los caminitos: me rompí el lomo para levantar esto”, dice Peralta de su obra cumbre, el icónico espacio “no textil” que le da de comer hace década y media. 
Como en la teoría del Big Bang, la génesis de este paraíso nudista fue obra de una gran explosión. El crac económico que en 2001 desnudó las miserias del neoliberalismo. “Acá teníamos una fábrica de ladrillos, pero con la crisis estalló todo por los aires, y había que seguir comiendo –explica Peralta–. Y el hambre da ideas.” De las seis hectáreas del predio hizo un camping turístico, primero para el público estudiantil y después para jubilados. La fortuna no le sonreía, hasta que un conocido de su ex mujer le acercó la fórmula molotov: “¿Y si probás con un campo nudista?” 
Con una mano adelante y otra atrás, Peralta puso manos a la obra, en un terreno casi virgen de Moreno: “Yo sabía tanto de nudismo como de astronáutica. Una sola vez había visto una playa nudista en Brasil, y a 200 metros. Las personas parecían hormigas.” Acondicionó la ex fábrica a contrarreloj. Publicó un aviso diminuto en Clarín: “En mi casa tenía dos teléfonos. Ese día no dejaron de sonar. Me di cuenta de que acá había un buen negocio.” 
Palos Verdes abrió sus puertas en octubre de 2002 sin bombos ni platillos. “Éramos cuatro gatos locos: una parejita, una amiga y quien le habla. De los que llamaron, ni uno”. Peralta no desesperó. Recién con la llegada del verano, el boca en boca surtió efecto: “Finalmente la cosa se levantó –dice, pícaro–, y con los años fui aprendiendo los códigos. Hay gente que quiere estar en contacto con la naturaleza, pero también llega mucho público swinger y gay, que antes eran muy discriminado y no tenía espacios. Este es un lugar muy libre, pero de mucho respeto. Vienen desde una mucama que trabaja en el barrio privado de acá al lado hasta un juez. De alguna manera, el nudismo unifica a las clases sociales. En bolas somos todos iguales. Acá no hay grieta.”
La vuelta a la naturaleza
Peralta otea el ojo de agua artificial bautizado “El Río de los Sueños” y rememora viejas épocas: “Tengo la imagen grabada de una parejita que llegaba en su Mercedes Benz, abrían un champancito y se metían al lago. Era la vuelta a lo natural.” Este domingo tórrido, los visitantes, más de cien, repiten el ritual de lo habitual: disfrutan de un buen asadito, del baño de sol y de la piscina semiolímpica con cascada.
El pase diario cuesta 400 pesos. Miguel, ex obrero de la planta, está a cargo de la recepción. Hace un alto en su agitada faena, pita un Parliament y explica que su adaptación al nuevo modelo de negocios fue gradual: “Imagínese, pasé de fabricar baldosas a atender gente desnuda. Antes me chocaba ver a una mujer tomando sol en bikini en una plaza del centro. Y ahora, converso con mi jefe en pelotas y ni me mosqueo”. 
Roberto es un habitué de la casa. Sus primeros pasos en el gremio los dio a principios de los años setenta, en las playas del Lago Constanza, en la triple frontera de Suiza, Austria y Alemania: “Me tiré una siestita y al despertar estaba rodeado de familias enteras que conversaban, comían y jugaban a los naipes completamente desnudas. Lo primero que atiné fue a sacarme la pilcha: porque el que desentonaba era yo.” Desde aquel día, quedó fascinado con la práctica. “En el nudismo no existe la discriminación. Acá tienen espacio el flaco, el gordo, el joven, el viejo, la mujer de tetas caídas y el hombre con un abdomen generoso como el mío. Yo tengo 74 años y hace 40 que estoy en esto. Somos como una gran familia”, cierra este nudista de vieja escuela y enfila hacia el poblado tanque australiano, pegadito al “Monumento a la Virilidad”. 
En la última década y media, con pizcas de inventiva, reciclado y juego cómplice con los parroquianos, Palos Verdes sumó diversos atractivos. Desde los senderos verdes bautizados “De la pasión” y “Ho Chi Minh”, rodeado de vigorosas cañas de bambú, hasta el “Retiro espiritual de Tarzán y Juana”,  el “Centro Cultural Oscar Wilde” y el “Templo de la Diosa Afrodita”, el aún abrasador horno ladrillero, hoy acondicionado para el sexo grupal. Los visitantes pueden pernoctar en el hotel, con espacio comunitario, buffet, un sofá de 10 metros de largo y habitaciones con camas de tres plazas pensadas para la comodidad de varios huéspedes. Los cuartos tienen disponibilidad de uso libre durante el día. Mantener la puerta abierta es señal de invitación a participar, mantenerla cerrada es signo de que los de adentro quieren privacidad. Una ley suprema es el código de convivencia del parque: “Sí quiere decir sí. Y no quiere decir no.”
El almuerzo desnudo
Tiras de asado, chorizos, morcillas, chinchulines crocantes, lomos jugosos. El banquete está servido. En la zona dedicada a las parrillas la camaradería es ejemplar. “Bueno, tampoco idealicemos tanto. Acá muchos le van a decir que esto es el paraíso, pero no es muy distinto al afuera. Es la sociedad que los fines de semana se mete acá adentro: gente normal, pero sin ropa”, reflexiona Eduardo, un herrero que disfruta del sol y de un buen vaso de tinto junto a las brasas. Lo acompaña Erika, su pareja de bronceado perfecto. “Somos del palo swinger, donde el cuerpo es muy importante. Pero ahora estamos en otro viaje”, dice el morocho, se ríe y frota su generosa panza.
“El Perro” es un músico que no precisa un vestuario ostentoso para hacer gala de su virtuosismo. Sube a escena pelado de indumentos, acompañado por su infiel saxo, y arremete con el eterno “Summertime”. “Acá todos tenemos la misma idea: compartir en la naturaleza. Yo pongo la música, otro hace masajes, aquel enseña a bailar. Este no es un lugar de búsquedas, es más un lugar para reencontrarse con uno mismo. Eso es el naturismo.” 
A pocos metros, Norma Díaz reposa feliz bajo el sol tremendo. Nudista con mil y una historias, recuerda sus andanzas en playas de Uruguay y Brasil. Dice que rinde culto a la fe naturista hace más de 25 años: “Vida sana, gimnasia, es toda una cultura”. Le pone el cuerpo todos los días: “Los que estamos acá tenemos como una doble personalidad. Nos gustaría estar afuera como estamos acá adentro. Pero desgraciadamente tenemos que ser hipócritas. Una vez que franqueamos aquel portón y encaramos la ruta, tenemos que ser otros. Si usted quiere hablar con la verdadera Norma, la tiene delante. En bolas.” «
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lunes, 29 de enero de 2018

Fina estampa

De muy pibe, Alejandro Argüello era la sombra del cartero de su barrio. El mensajero entregaba puntualmente los sobres y, pocos segundos después, el pichón de filatelista tocaba timbre y pedía a los destinatarios que le regalaran las preciadas estampillas. "Tenía ocho años, pocos recursos económicos y en mi familia nadie coleccionaba –explica el hoy presidente de la Sociedad de Comerciantes Filatélicos de la República Argentina–, pero no me podía quejar, los vecinos de Florida siempre fueron muy generosos". De aquellos iniciales tesoros postales, nunca pudo olvidar la estampilla de 4 pesos tatuada con el rostro de José Hernández: el retrato en rojo lacre del poeta gauchesco, la fina viñeta y el preciso dentado. "La saqué de un sobre en forma artesanal, no tenía la más pálida idea de cómo hacerlo. Así llegué a este mundo. Fue instintiva la cosa". Antes de cumplir los 15, Argüello ya tenía un generoso –pero desordenado– lote, poblado por piezas argentinas y francesas. "Un día mi viejo, que era empleado del Banco Francés, cayó en casa con una bolsa repleta con 5000 cartas, correspondencia archivada y luego liberada por el banco. Sentí lo mismo que cuando venía Papá Noel". En plena adolescencia, un tanto hastiado del vicio, resolvió vender todo. Se tomó un colectivo hasta Plaza Dorrego y entró decidido a un localcito donde lo atendió un viejo y sabio coleccionista: "Ese día entendí el sentido de la filatelia. Me explicó que lo que tenía no era una colección y me reveló cómo armar una". Regresó a casa con las estampillas, pero también con un clasificador y una pinza, las dos armas fundamentales de todo filatelista de ley. Desde entonces, no pasa un solo día sin ordenar el universo postal que lo rodea. 
Silvia Kevorkian, la mujer de Argüello, aprendió a jugar con estampillas antes que con muñecas. La pulsión filatélica está adosada a su historia familiar: el abuelo, el padre, todos los Kevorkian amaban las estampillas, "hasta que en un momento mis hermanos se abrieron. Así que soy la única que siguió la tradición con el local a la calle –cuenta la señora, pinza a mano, en su pequeña y célebre tienda del Microcentro–. No soy coleccionista, a mí lo que me apasiona es el comercio, incentivar a los clientes, darles pautas de conservación, pero sobre todo aprender de ellos. Los filatelistas son gente muy culta, saben de todo. Mi marido tiene memoria de elefante". Entre los muchos eruditos que visitaron sus dominios, Kevorkian no duda un segundo y elige al "señor Antonio Carrizo. Coleccionaba todo lo que tuviera que ver con la literatura, Borges era su preferido. Pero su pasión máxima era Boca Juniors. Acá compró una carta de 1910 con el sello de la Secretaría de Boca, dirigida a un jugador del club Alumni. Una joya". 
En los '80, Argüello y Kevorkian tuvieron puestos de venta en la feria que rodea al longevo ombú del Parque Rivadavia, la histórica meca –sin olvidar al bar El Coleccionista– adonde peregrinan religiosamente los fieles porteños todos los domingos. Hace décadas tienen locales en las galerías de Maipú al 400, en lo que queda del polo filatélico capitalino. No los unió ninguna carta de amor. Fueron las reuniones en la sociedad de comerciantes las que certificaron sus coqueteos. Pegaron onda y pronto  quedaron adheridos como estampillas. La pareja acopia miles de piezas en sus locales, pero confiesan que no podrían elegir su preferida. "No tengo un fetiche –asegura Argüello y pasa revista a los últimos lanzamientos nacionales, con las imágenes de Mafalda y de Sandro–. Mejor dicho, nuestro fetiche es tener esa estampilla que alguna vez vimos y nunca tuvimos".
Carta a una señorita inglesa
El extraño anuncio apareció impreso en las páginas del diario londinense The Times en 1841. Una joven buscaba los originales "peniques negros" –los primeros sellos postales adhesivos, impresos un año antes por el correo británico– para "empapelar su tocador con sellos usados". De esa semilla nació la pasión por coleccionar estampillas. El 21 de agosto de 1856 apareció en la provincia de Corrientes el primer sello argentino. "Acá la serie arranca con los famosos 'escuditos' –dicta cátedra Argüello–, que eran muy fáciles de falsificar. Después llegaron los Rivadavia, que los hicieron los ingleses. El primer sello conmemorativo del mundo se hizo en nuestro país, salió en 1892 y recordaba el 'descubrimiento' de América".
Para Argüello, la época dorada de la filatelia se dio a principios del siglo XX. La Argentina, sostiene, era potencia en el nicho. "Imagínese que la famosa casa Stanley Gibbons eligió Buenos Aires para abrir su primer local fuera de Inglaterra. Estaba acá nomás, cerca del Banco Central. Pero cerró en plena crisis del '30". A pesar de los booms y cracks económicos y de los considerables cambios tecnológicos que cambiaron la actividad, la filatelia sigue en pie. "Las estampillas, más allá de su fin comercial, cuentan la historia de un país. Le aseguro que mucha gente no sabría cómo eran las caras de Güemes o Alberdi si no fuera por las estampillas".
¡Rescatate!
Carlos Alberto Chiavello es coleccionista desde que tiene uso de razón. De chapitas, de marquillas de cigarrillos y etiquetas de vino, de caracoles y de estampillas, sobre todo estampillas. "El que colecciona tiene esos hábitos. Tengo de todo, pero mi fuerte es la historia postal", se sincera mientras cataloga una pila de distinguidas postales impresas para el centenario de la Revolución de Mayo. "Es más fuerte que yo, compro todo lo que puedo. Arranqué con mi padre en un puesto con sombrilla del Parque Rivadavia. Teníamos dos valijitas llenas de cartas. Hoy tengo el local, el sótano y una oficina de acá arriba repletos. Creo que necesitaría un container para guardar todo", dice el coleccionista, 51 años, sitiado por pilas y pilas de cajas de las que asegura tener un inventario puntilloso en su memoria.
Chiavello es toda una eminencia en historia postal, lo que él llama "la rama superior de la filatelia". "Es una evolución. Hay muchos detalles fundamentales que se pierden cuando se despega la estampilla del sobre: cómo se transportó, quién lo hizo, si hubo censura. La carta es un testimonio histórico". Se especializa en correspondencia de la Guerra Civil Española y de las dos Guerras Mundiales. Su trabajo es el del historiador que echa luz sobre el pasado. De las miles de piezas que rescató del olvido, recuerda una carta escrita en alemán por una trabajadora polaca, durante el régimen nazi. "Fue de las primeras que hice traducir. La mujer relataba cómo eran trasladados, cómo vivían hacinados en lugares cada vez más pequeños. Es muy fuerte. Mi intención es rescatar estas cartas, que son parte de la vida de las personas, porque no quiero que se pierdan para siempre". En el local familiar le da una mano su joven hijo Lucas, a quien no pudo transmitir el legado epistolar: "Probé con todo: estampillas, monedas antiguas... pero las nuevas generaciones son inmunes. Reina la cultura del tirar".
Antes de ser retratado en el atiborrado sótano, el coleccionista toma de una caja de zapatos una carta estampada con sellos aéreos y una firma de puño y letra: "Esta piecita es hermosa. Año 1929, primer vuelo entre Comodoro Rivadavia y Bahía Blanca, realizado por la Aeroposta Argentina, subsidiaria de la francesa. Fíjese la firma del piloto –Chiavello acaricia el papel y acerca una lupa a la rúbrica–. Sí, señor: Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El Principito. Ve por qué la lupa es fundamental para el filatelista". Casi siempre, lo esencial es invisible a los ojos. «
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lunes, 15 de enero de 2018

Juguetes perdidos

La escena tiene la potencia de un cuadro de Brueghel. Bravos soldados de a pie y caballeros medievales montados en sus temerarios rocinantes avanzan hacia las murallas de un castillo. Cientos de campesinos, varios niños y la diminuta y siempre privilegiada realeza esperan el asalto final casi sin inmutarse. Si hasta parece que lo disfrutan: todos tienen una sonrisa dibujada en sus rostros. La eterna sonrisa de un Playmobil. "Pero sí, Martín, te digo que al caballero te lo compré, acordate", recrimina una mujer a su hijo de aires hipster mientras recorren el salón principal del Museo de la Ciudad. En silencio, el barbudo de largos treinta y pico se frota la pera hasta que logra iluminar sus memorias. "¡Es verdad, vieja, tenés razón! Lo gasté hasta que se hizo pelota", reconoce el muchacho. Entonces mira con nostalgia el muñequito recuperado del baúl de los recuerdos, el Playmobil forjado en frío plástico que lo lleva de regreso, como la magdalena de Proust, al cálido paraíso perdido de la infancia.  
Sí, señor, todos llevamos nuestra infancia a cuestas. Y con ella, la fascinación por los juguetes. Quizá sea ese el leitmotiv de la exposición dedicada al icónico muñequito nacido en 1974 en Alemania, que no pierde vigencia en el corazón de los niños –ni en el de los adultos– argentinos. La iniciativa es obra de Juan Dethloff, técnico textil de Olivos y el mayor coleccionista de Playmobil en Sudamérica, que hace público el 40% de su pequeño gran tesoro privado. 
Más de 2500 personajes pueblan los ocho escenarios montados en el museo de la calle Defensa. Dethloff curó al detalle cada una de esos ecosistemas plásticos. Desde el "Mundo submarino" hasta la modernísima "Gran ciudad", sin olvidar el "Pesebre navideño", la "Batalla pirata" y un sórdido "Far West" repleto de grises soldaditos confederados, azulados combatientes de la Unión y un malón de pieles rojas. La cereza del postre es el surrealista "Castillo de hadas", cotizado en más de 15 mil devaluados pesos.  
La muestra abrió sus puertas el pasado 27 de diciembre y funciona a sala llena: ya recibió más de 3000 visitantes, a razón de 400 personas por día. ¿Las causas de esta pasión juguetera? Nadie lo tiene muy claro. En una de esas, el maldito Charles Baudelaire nos dejó algunas pistas en "La moral del juguete", un artículo publicado en el lejano 1853: "En un gran almacén de juguetes hay una alegría extraordinaria que lo hace preferible a un hermoso piso burgués. ¿No se encuentra allí toda la vida en miniatura, y mucho más coloreada, limpia y reluciente que la vida real? (…) Todos los niños hablan a sus juguetes, y sus juguetes se convierten en actores en el gran drama de la vida".
Quisiera ser niño
El indiecito con la canoa. Empaquetado, obviamente, en la tradicional cajita azulada. Ese fue el primer muñequito de Playmobil que tuvo Dethloff entre sus manos. "Como todo chico, yo jugaba con animalitos y soldaditos de plástico, pero en 1978 llegó la novedad de los Playmobil. Tenía seis años, fue un regalo de mi mamá María Elena, enfermera del Hospital de Niños, que siempre se rompió el lomo para que no nos faltara nada, ni siquiera un buen juguete", recuerda el hombre de 45 años, en diálogo con Tiempo. 
El muñeco, de estrictos 7,5 centímetros de altura y todavía con manos fijas, llegó a estas pampas pocos años después de su lanzamiento en tierras germanas. Aunque es un ícono del plástico, fue creado por un carpintero: Hans Beck, que trabajaba en Brandstätter, una empresa que fabricaba juguetes de plástico desde 1954: andadores, cochecitos y el afamado hula hula integraban su generoso catálogo. "El tema se les complica con la crisis del petróleo, entonces deciden achicar el tamaño de los juguetes. Beck da la idea de enfocarse en los personajes que iban adentro de los autos. Y el prototipo fue de madera", informa Dethloff. 
El diseño original se inspiró en los dibujos simples que hacen los más pequeños de la familia: cabeza y ojos grandes, sonrisa, sin detalles de nariz ni orejas, una figura humana simple y por demás minimalista. "El tamaño ideal para guardar en el bolsillo del guardapolvo", grafica el coleccionista argentino.
Horst Brandstätter, pope de la compañía juguetera, agregó un concepto capital al producto: la línea debía representar estilos de vida y oficios más o menos corrientes (además, por supuesto, de piratas y vaqueros). Un ideal que parece pasado de moda, si uno lo contrasta con los estantes de las jugueterías modernas, repletos de franquicias y merchandising de series, películas y programas de televisión. "Es que uno juega con el policía motorizado, el bombero, el astronauta, obreros… Lo central es la imaginación –acota Dethloff–. Por eso creo que siguen teniendo vigencia. El Playmobil junta tres generaciones: el que hoy es abuelo le regaló a su hijo el mismo muñequito que hoy puede seguir usando el nieto". Junto al sesudo Lego (o el nacional Mis Ladrillos) y la estilizada rubia tarada Barbie, los hombrecitos marca Playmobil integran la santísima trinidad del chiche analógico del siglo XX, antes de que los divertimentos electrónicos con sus pilas, cables, controles remoto y pantallas virtuales tomaran por asalto el mundo del juguete.
La isla de la infancia
Para Dethloff, el coleccionismo es una cuestión familiar. Su esposa Mariana fue quien le abrió los ojos y lo impulsó a compartir con el público su vasta colección de más de 4000 figuras (con algunas rara avis, como los gigantes de metro y medio que pueden apreciarse en la muestra). "Ella me conoció así de fanático y me ayudó a armar las muestras, incluso hicimos nuestra luna de miel en la isla de Malta, donde está una de las fábricas centrales. En el recorrido por la planta, tenía la piel de gallina y, aunque no hablo bien inglés, la agarraba a la guía y le decía: "I am Playmobil best fan'. La mina no lo podía creer. Me lagrimeé todo". 
Como buen coleccionista, Dethloff disfruta al detallar la pieza que aún no ha conseguido. O mejor dicho, la que no ha podido recuperar: "Nunca encontré las figuras del bufón y el burrito que tuve de chico. Mi vieja las donó a la guardería del Hospital Gutiérrez. Una vez encontré un burrito en la feria de San Telmo, pero le faltaba una oreja, así que decidí seguir buscando". Siempre agradecido, resalta las donaciones desinteresadas que le hacen amigos y anónimos contribuyentes a su causa. Los muñequitos quedan en buenas manos. Para despedirse, deja un sabio consejo: "Lo más lindo es cuando sacás los Playmobil, armás una buena historia y te ponés a jugar. Los padres no tenemos que perder nunca la iniciativa de jugar con los chicos".
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