martes, 10 de octubre de 2017

Todo sobre las madres

La nave central de la Rural está colmada por una legión infatigable de madres, con su prole a cuestas. Recorren sin respiro los stands de afamadas pañaleras, novedosas firmas de tecno-seguridad infantil y glamorosas tiendas de indumentaria para los más pequeños de la tribu. Ahora Mamá Expo, cita mayor del fértil nicho comercial dedicado a las futuras madres y sus herederos, se hace carne en el predio palermitano. 
"Nunca digas nunca. Jamás en la vida se me hubiera ocurrido venir a una exposición así, pero acá estoy. ¿Qué pasó? Pasó Pablito", confiesa entre risas María, mientras mira embobada los ojos azul cielo de su retoño de tres meses. Tiene 31 años, es madre primeriza y llegó desde San Martín en plan más bien familiar, pero con ribetes comerciales. En su deriva la acompañan sus cuñadas Débora y Laura. También los pequeños Fiorela y Dante: "Es la primera salida oficial de los primos. Los tres son unos santitos. Nosotras vemos ofertas y ellos se entretienen con los shows de Winnie Pooh y Tigger. Ya llevamos dos horas dando vueltas y no hicieron ni un pucherito".
A coro, las chicas confiesan que la pesquisa en los puestos no ha sido del todo fructífera: "Hay buenos precios en pañales y baberos de silicona, pero hay cochecitos que cuestan como un auto usado. Hay hasta de 40 mil pesos." En pocos minutos, cuentan, dejarán por un rato la fiebre consumista y disfrutarán del menú de talleres que ofrece la expo: desde masaje infantil hasta primeros auxilios, sin olvidar una clase magistral sobre el abecé de la lactancia. Las mujeres posan para una perfecta postal del matriarcado: rostros cansados pero sonrientes, hijos en brazos y sus inseparables carruajes, los cochecitos todoterreno curtidos por el uso. "Más allá de las compras, estos lugares te dan mucha información. Por ahí antes las mamás sólo teníamos como consejeras a nuestras viejas y abuelas –se despide María–. Igual, creo que nadie te puede enseñar a ser madre. Podés leer revistas, ver videos en internet o programas en la tele, pero hay algo más. Debe ser el instinto materno que llevamos adentro".
Más respeto que soy...
Hace 22 años, Claudia Baschera dio a luz a la revista Ahora mamá. Venía de tener a su primer hijo y detectó, dice, un hueco editorial en las temáticas ligadas a la maternidad: "Se necesitaba información y reflexión, entonces hice la revista que me hubiese gustado leer cuando estaba embarazada." Según la especialista, desde el momento de la gestación, las embarazadas se enfrentan a un sinnúmero de inquietudes existenciales. "Cuando una mujer ve esas dos rayitas que le dicen que su vida va a cambiar para siempre, todo empieza a ser una gran duda. Quiere darse un baño de inmersión y no sabe si puede; quiere tomar un café y no sabe si al bebé le va a caer bien; o quiere saber cómo crece. Está muy ávida de información. Sin dejar de lado que también se le abre un mercado que desconoce. Por ejemplo, en un baby store hay más de cien modelos de cochecitos, y todos cumplen una función especial. Ese es nuestro público".
El emprendimiento editorial creció y en 2003 se completó con el lanzamiento de la exposición más grande en su especie. Sin dudas, los 750 mil partos que se dan al año en la Argentina engordan un mercado potencial demasiado tentador para las marcas. Baschera calcula que este año unas 40 mil personas visitarán el evento que culmina hoy. Más allá del foco puesto sobre la platea femenina, la organizadora resalta el lento pero permanente crecimiento en la cantidad de padres que asisten: "Por suerte, los tiempos cambian y el hombre asume un rol mucho más activo en el embarazo, en la crianza, en las tareas hogareñas. Hay un cambio de paradigma. En definitiva, el hijo es de los dos". Estos movimientos en la oxidada familia "tradicional" también incluyen una aletargada apertura de este nicho a las familias homoparentales.  
En sus 15 años al frente de la exposición, Baschera ha presenciado más de un trabajo de parto que comenzó sin previo aviso en la Rural. También la irrupción de las nuevas tecnologías en la maternidad: desde las ecografías 4D –en la expo sortean varias entre las futuras mamás– hasta las aplicaciones que permiten a los padres monitorear en sus celulares el ritmo cardíaco y la frecuencia respiratoria del recién nacido, para conjurar al fantasma de la muerte súbita. "¿Si las madres son demasiado 'hinchas'? Son más bien ansiosas. Imagínese lo que es esperar nueve meses el nacimiento. Es que en estos tiempos no estamos acostumbrados a esperar. Queremos todo ya, rápido. Pero ser madre es otra cosa, es una experiencia muy fuerte que es difícil de explicar con palabras".
La doctora en Psicología Mariana Czapski, pluma destacada de Ahora mamá, presenta en la feria su obra El arte de criar con límites: "Un tema polémico en la actualidad, casi pasado de moda –sentencia–. Es necesario reflexionar sobre el desarrollo evolutivo de los niños y la función del límite. No es retar, sino abrir el camino para que los chicos elijan otro rumbo". Dilema mayor, en un campo disciplinario en el cual han vertido ríos de tinta Freud, Piaget y Lacan. En un espacio donde reina el consumo, Czapski, madre de una nena de ocho años, invita a tomarse cinco minutos y pensar el presente: "En la actualidad, hay un poco de falta de límites, y padres que no saben acompañar a los hijos. Mucha gente dice que ahora los chicos son caprichosos desde bebés, pero no es así. El bebé llora por necesidad, eso es el llanto. Los adultos tenemos que aprender a tolerar ese tipo de dificultades en la crianza". 
Pañales con conciencia
La moda ecológica es la reina madre en muchos de los stands de la feria. Frente a los grandes tanques pañaleros multinacionales, la marca local Ecolitas ofrece estampados chiripás eco-friendly. Su creadora, Sandra Camacho, cuenta que comenzó a producir por necesidad, con una maquinita de coser casera, cuando nació Sofía, hoy de siete años: "Es el viejo pañal de tela, pero aggiornado –cuenta mientras atiende a una jauría de clientas–, más fácil de lavar". Agrega que la gente mayor es la que más reticencias pone ante el regreso triunfal del lavable: "Los jóvenes tienen otra cabeza, cuidan el planeta. Un descartable tarda 500 años en biodegradarse. Un bebé usa unos 5000 pañales. Hacé la cuenta. No hay más espacio en la Tierra. Todos tenemos que poner nuestro granito de arena". Un pañal descartable cuesta 400 pesos. Camacho promete que dura toda la vida. O hasta que el bebé logre la autonomía para ir solo al baño. 
En el local de Baby Innovation se venden pequeños mingitorios que pueden ayudar en ese lento aprendizaje de los niños. Es una colorida pieza que haría las delicias de los hijos de Marcel Duchamp. Una pelela que se adosa a la pared y es de uso exclusivo de los varoncitos. Entre las últimas novedades de la firma también figura el ventilador para cochecitos de bebé.
Sin lugar a dudas, el espacio más concurrido de la feria es Bebé Gourmet, donde la chef Lía Cigliutti, estrella rutilante de Masterchef, enseña a romper con la hegemonía del puré de zapallo en el menú infantil. Mientras las madres amamantan a sus hijos, Cigliutti prepara con pasión una exquisita papilla de manzana, peras y canela. "Un manjar que no hay que pensarlo sólo como el alimento del bebé –cuenta–, también puede ser la guarnición del plato principal para toda la familia. Con manteca y miel, acompaña tranquilamente una bondiolita de cerdo". Mientras ofrece a la platea suculentas cucharadas, la cocinera adoctrina: "La clave está en probar la comida del bebé. Si te gusta a vos, seguro le gusta a él". Cerca de ella, un bebé disfruta su última ración de la papilla gourmet. Se va con la panza llena y el corazón contento.  «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 1 de octubre de 2017

Habano Affair

Sentada en un mullido sillón, en el corazón de La Casa del Habano, Blanca Alsogaray pita con prudencia un Petit Robusto. Fumando espera, sin prisa, pero sin pausa, a los primeros clientes del día. "Le dije que este es un buen horario para conversar, la gente llega después del mediodía. Salen del trabajo, almuerzan y vienen a fumarse un habano, acompañado de un rico traguito o un café. Es el momento del relax personal. Su tiempo. Ese bien tan escaso en la actualidad", medita la dama, mientras disfruta de otra profunda calada del cigarro emblema de la firma Hoyo de Monterrey. 
La señora Alsogaray es una de las personas que más sabe de puros y del hábito de fumarlos en esta ciudad. El local que regentea desde hace décadas, en las entrañas del siempre frenético Microcentro, se ha transformado en un oasis para los incondicionales del tabaco cubano. "Fuimos la cuarta franquicia que se abrió en el mundo, hoy son más de cien. Piense que el habano está muy ligado al placer, al cambio de ritmo, a dejar a un lado la rutina del trabajo. Por eso creo que el local es una suerte de living familiar, perdido en medio de la ciudad." Hay en Buenos Aires un nutrido grupo de fanáticos de las variedades de tabacos, las diferentes marcas y los tipos de "vitolas". Y el local de Alsogaray es una fija de esa comunidad. 
Blanca pita una vez más y el denso humo la transporta a su primera infancia. La imagen de su padre disfrutando en silencio de un puro, la casa perfumada, la osadía juvenil de manotear un ejemplar y encenderlo a escondidas. Recuerda también que fumó cigarrillos muchos años. Pero en los '80, mientras organizaba el stand cubano de la Feria de las Naciones, quedó flechada por los gruesos morenos cubanos y dejó para siempre los delgados rubios nacionales. "Me encantaba verlos, tocarlos, oler su perfume. El habano está bien lejos de la compulsión del cigarrillo. Son ritmos muy distintos. Nada más prenderlo, uno se da cuenta. Es todo un rito: hay que saber cortarlo, calentarlo lentamente sin quemarlo, encenderlo fuera de la boca y luego… el relax. El habano demanda mucha atención." Entre 25 minutos y una hora, según su extensión. Nada más lejos de los acelerados cinco minutos del cigarrillo, y chau pucho. 
No era sencillo adquirir habanos de calidad en Buenos Aires. Se traían de afuera en forma particular o se conseguían en un puñado de kioscos porteños. Entonces, Blanca vio una señal de humo, tuvo una epifanía y decidió conjugar su pasión con los negocios. Primero abrió una distribuidora y enseguida el local que la transformó en una referencia cardinal del gremio. "Aprendí mucho de mis clientes, exquisitos fumadores, y también los secretos de los torcedores –los fabricantes– que conocí. Tengo más de 50 viajes a Cuba, la meca." Se transformó en voz autorizada dentro de un universo tradicionalmente masculino. Fue la primera dama en un panel de degustación en la isla, invitada por la reconocida fábrica Partagás. "Cuando arranqué en esto, éramos pocas las mujeres que fumábamos –dice y sobre su cabeza cuelga una foto que muestra una docena de obreras cubanas fumando en sus largas horas de trabajo–. Tenemos un paladar muy especial." 
Pequeña Habana
Alsogaray  invita a conocer el humidor, su pequeña Habana porteña. Un espacio que conserva a estrictos 18 grados ambiente y 75% de humedad los tesoros de la casa. Allí también están las cajas de seguridad de los clientes más fieles, cuyos nombres Blanca mantiene en reserva, bajo siete llaves. En los estantes, cientos de ejemplares de Cohiba, Bolívar, Fonseca y Flor de Cano duermen la siesta. Marcas icónicas que disfrutaron fumadores de la talla de Fidel Castro, Groucho Marx, Tato Bores y Sarita Montiel. También se destacan los enrulados "culebra", que enloquecían a Jacques Lacan. 
Blanca aclara que el habano es una creación estrictamente cubana. Los fabricados fuera de la isla deben ser llamados puros o cigarros. "La clave sigue siendo el trabajo artesanal, que Cuba mantiene en forma inalterable desde hace siglos: la hoja se corta, se seca a la sombra en forma natural, sin químicos, y el sabor lo da la mezcla. Vuelta Abajo es la mejor región." Luego da una clase magistral sobre copas, tripas y capotes, los tres elementos que dan cuerpo al cigarro. Mientras posa para la foto, Alsogaray reflexiona sobre el vínculo que une al habano con los sectores más acomodados de la sociedad. Desde luego, pertenecer tiene un precio considerable: un accesible Rafael González cuesta 66 pesos y un imponente Partagás Serie D Nº4, más de 300. En este rubro, el dinero se hace humo en pocos minutos. "En Cuba sí es popular. Fuman todos, desde el campesino hasta el obrero. Cuando funcionaba la libreta de racionamiento, junto al arroz, el azúcar y el ron 'chispa de tren', se incluía al habano como producto de primera necesidad".
Antes de que los primeros clientes comiencen el ritual de las volutas, Blanca deja ver otro de los tesoros del local, su pequeña biblioteca. Una serie de ejemplares que narran las andanzas y desandanzas del tabaco: desde los milenarios ritos originarios, pasando por los escritos de los conquistadores sobre los "hombres chimenea", el devenir del consumo entre la nobleza europea y hasta biografías incunables de productores, como la familia Robaina. El maridaje entre la buena literatura y los habanos no es cosa nueva. De obras de Shakespeare y Víctor Hugo han surgido los nombres de dos de las marcas más importantes de la isla: Romeo y Julieta y los inmortales Montecristo. 
Puro humo 
Roberto es el elegante caballero que da la pitada inicial de la tarde. Todos los jueves a las 13, religiosamente, se apersona en La Casa del Habano para cumplir con la liturgia. Es un empresario ligado al mundo de los seguros, tiene 83 joviales años y más de 20 dedicados al cigarro. "Vengo acá y entro en otro tiempo. Uno se sienta en el sillón, conversamos, pero también se piensa mucho", dice, al tiempo que disfruta de su vistoso H. Upmann Half Corona. En sus años mozos, fue un moderado fumador de los delgados Particulares 30. "Pero esto es otro mundo. Le doy un ejemplo: fíjese cómo se apaga el cigarrillo. Se lo retuerce, se lo maltrata. Al habano se lo deja morir en el cenicero, con dignidad. Una muerte natural."
A la ronda se suma Raúl, parroquiano habitual del establecimiento, con dos visitas diarias. "Tengo la oficina acá enfrente. Llego al trabajo a las 6:30 y hago una parada estratégica a las 10 y otra después de comer, donde incorporo una copita de Etiqueta Negra para acompañar. De alguna manera, me marca dos momentos para frenar en el día", cuenta. Tiene tres años en el club y siente que encontró un verdadero remanso: "La tranquilidad, el aroma del tabaco, el relax que te da fumar, no tienen precio", dice Raúl, y confiesa que mantiene en secreto el costo de su felicidad, para evitar conflictos con su señora esposa. 
El elegante círculo se completa con Lucía, hija de Blanca y médica de profesión. Fuma de vez en cuando, sólo en ocasiones especiales, y sus favoritos son los Epicure Nº2. "Todas las políticas antitabaco me parecen acertadísimas. Pero el habano es muy distinto al cigarrillo: no lo fumás constantemente, hay un espacio y un tiempo para dedicarle, es complicado hacerse adicto. ¿Sabe cuál es la principal causa de muerte? El estrés. Y me parece que el habano puede relajarnos. No se lo puedo recomendar a un paciente, claro, pero sí a mi marido. Sabe cuántas veces lo vi algo nervioso y le dije: '¿Por qué no frenás un rato? Vas a ver a mamá y te fumás un habanito.' Es como un mimo". «
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domingo, 24 de septiembre de 2017

Los muchachos del tablón

El añejo trozo de madera, con sus curtidas rueditas a cuestas, pende estoico en la entrada del Museo del Skate Argentino. Para el ojo poco entrenado, la jubilada patineta podría pasar por una más del montón. Pero no, damas y caballeros, se trata del decano nacional. "El primer skate traído a la Argentina en 1969 por un surfista marplatense que viajó a California –advierte un papelito pegado junto al inerte monopatín, y agrega con precisión de catálogo–: tabla custom de una sola pieza, con ruedas originales de metal a bolilla". Un auténtico objeto de culto para los fanáticos del tablón. La pieza integra la invaluable colección de skateboarding que atesora Guillermo "Walas" Cidade, consumado skater y líder de Massacre, la legendaria banda del under porteño.
Exhibida en La Usina del Arte en el marco de la décima edición del festival Ciudad Emergente, la colección más grande en su especie de América Latina, curada al detalle por Walas, recorre más de cinco décadas de historia, diseño y sociología de una expresión cultural demasiado urbana, indiscutiblemente universal. Surf del cemento, tribu contracultural o negocio multimillonario, el skate, nacido en California en los '60, tiene un universo propio en la Argentina, con figuras legendarias, rampas emblemáticas y enfrentamientos –ahora casi pasados de moda– con la ley. 
"Quién iba a decirlo, esta era una auténtica cultura underground, bien marginal. Si hace 30 años me decían que iba a haber una exposición de skate bancada por el gobierno, me cagaba de la risa", confiesa Emiliano Fredes, docto miembro de la vieja escuela, mientras analiza las cualidades de un modelo 100% nacional, parido en 1979 por la marca Spada, el primer emprendimiento local que fabricó –en Vicente López– tablas, ruedas, bujes y pivotes. Muy cerca duerme la siesta una inmaculada Powell Peralta, diseño exclusivo de Steve Cavallero, patinador sagrado del gremio. "Si tenías una tabla importada como esta, en el barrio eras Maradona. Costaban mucho y no se conseguían, era medio elitista, en esto andaba 'Chapete' Lacroze, el nieto de Amalita", resalta Fredes, cuarentón de Parque Patricios, y recuerda sus primeros escarceos con una patineta casera en las bajadas del Hospital Garrahan: "Nos tirábamos con un amigo y hacíamos 'catamarán'".
El flechazo definitivo con la vanguardia del skate se dio en el '87, cuando conoció a una pandilla que se juntaba en la Plaza Vicente López. Su primera tabla fue una Kranium, que compró en los subsuelos de la galería Bond Street. Al segundo día, la descuartizó un colectivo. Fredes quedó con la tabla y el corazón hechos añicos, pero sabía que un tropezón no era caída: "La revancha se dio con una Pablo Itucha, como esta gloria –señala sonriente una madera gastada–. Le puse unos stickers y me largué. Había bandas en Barracas, Catalinas, Munro... eran como células dormidas." 
Fredes pertenece a una generación marcada a fuego por el espíritu autogestivo, resumido en el lema punk "hacelo vos mismo": "Por el skate aprendí inglés, para leer revistas de afuera; me enseñó a usar herramientas para armar las pistas, me curtí como fotógrafo para retratarnos, y conocí buena gente". Frente a una tabla tatuada con el logo en cruz de la marca Dogtown, no olvida las caídas antológicas que sufrió. En el Hospital Británico, se ufana, tiene una historia clínica del tamaño de una guía telefónica. 
Más allá de los diseños icónicos, la muestra permite apreciar las tablas donadas por auténticas leyendas del skate nacional: desde Javier Ferrari hasta Eduardo Pugliese, sin olvidar una longeva patineta pintada con témpera que perteneció a Juanchi Baleirón, guitarrista de Los Pericos. Antes de perderse entre los curiosos, Fredes dispara: "Hay una famosa frase que dice 'el skate salvó mi vida'. No sé si es para tanto, pero no hay nada como agarrar la tabla, encarar la calle y perderse por la ciudad hasta dónde me lleve. Relajarse, pero también ensuciarse."  «
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domingo, 17 de septiembre de 2017

Cuestión de fe

Será cuestión de fe. "Si puede mover montañas, cómo no me va a ayudar a bailar cuatro horas seguidas", arriesga Omar Mercado, devoto. Desde el centro de la pista tira unas pataditas al aire junto a otros danzarines, mientras todos hacen sonar los cascabeles que llevan zurcidos en sus pesadas botas. La inmaculada figura de la virgen del Socavón de Oruro no los deja solos, ni de noche ni de día. Es el faro que alumbra el ensayo de la fraternidad: "Algunos bailan para aparentar, otros simplemente para divertirse. Pero los caporales lo hacemos por devoción a la mamita de la mina." Mercado no tiene dudas: la danza también puede ser una experiencia religiosa.
El joven chuquisaqueño es uno de los padres fundadores del Bloque Sambos Caporales Buenos Aires, filial local de la casa matriz orureña, una de las fraternidades de bailarines más populares de Bolivia. La génesis del proyecto se dio hace cuatro años. La nostalgia por el pago y la pasión por el rico folklore altiplánico reunió a una docena de entusiastas migrantes. La virgen fue el motor. Las ganas de difundir su cultura, el combustible. "Había grupos que se identificaban con la virgen de Copacabana –cuenta–, otros con la de Urkupiña… pero nosotros elegimos a la patrona de los mineros". Con la merced de la virgencita que reina en las entrañas de los trepanados cerros y se enfrenta al Tío, endiablada deidad de las profundidades, se especializaron en la danza caporal y comenzaron a ensayar a mitad de 2014. En pocos años sumaron medio centenar de voluntades al proyecto: migrantes bolivianos, peruanos, salteños, jujeños y también algunos porteños que disfrutan moviendo el esqueleto al ritmo de bombos, platillos y trompetas. 
Mercado es un eximio bailarín y estudiante atento del folklore latinoamericano. Puede dar clases magistrales sobre los secretos de las danzas bolivianas: "No sabe, hay muchísimas. Han sido una de las estrategias de los originarios para mantener vivos sus rituales. Los festejos son espacios donde triunfa la cultura popular, evitando la censura de las élites."
El caporal es una danza relativamente joven, que lleva en su ADN parte de esa historia, hibridada con la cultura urbana. Nació en los años '70 por iniciativa de los hermanos Estrada Pacheco, dos músicos del bohemio barrio de Chijini, en La Paz: "En poco tiempo se hizo masivo y hoy en día dice presente en todas las fiestas, incluso ha traspasado las fronteras y es moda en Chile, Perú y el norte argentino", explica Mercado, mientras coordina las piruetas de sus compañeros. El ritmo toma influencias de la cultura afroboliviana, con la saya y el tundiqui como referencias ineludibles: "La figura del caporal está inspirada en el capataz. Satiriza al traidor, que maltrataba a los esclavos con el chicote y vestía elegantes ropas que le daba el patrón." El baile cobija, en términos borgeanos, el tema del traidor y del héroe. 
En la sala de ensayo se escucha una vez más el ensordecedor repiqueteo de los cascabeles. Traen al presente las cadenas que padecieron aquellos anónimos esclavos. "De alguna manera –cierra Mercado– bailamos para recordar el sufrimiento de aquellos hombres y mujeres." Los caporales danzan cuerpo a cuerpo con la historia silenciada. Un baile con buena memoria. 
Amor de carnaval 
Sombrero borsalino, largas trenzas, chaqueta rosa Dior adornada con lentejuelas, minifalda al tono y taquitos haciendo juego. Vanesa, Ximena, Marytza y Shirley hacen gala de su elegancia chola, poco antes de incorporarse al ensayo. "Los trajes se mandan a hacer a La Paz –explica Marytza–, pueden costar hasta 400 dólares." Lejos de París y Milán, la alta costura boliviana domina el rubro. Año a año, cuentan las damas, cambian los diseños. La fiesta del Señor de Gran Poder y el Carnaval de Oruro son las pasarelas a cielo abierto que anticipan las tendencias de la temporada. En 2017 predominan las tonalidades pastel y se dieron los regresos triunfales del encaje y las transparencias en las mangas. "Los sastres paceños son muy profesionales, pero en época de fiestas se les pueden escapar detalles –resalta Marytza–. Por ahí llega el vestido a último momento y descubrís que te queda enorme. Me ha pasado de estar costurando toda la noche en vela, y terminar antes de salir a bailar." 
Ximena todavía recuerda la primera vez que vio a unas muchachas bailando caporal. Quedó fascinada: "Yo tenía seis años y mis papás nos llevaron a pasar los carnavales a Tupiza, donde tenemos familia. Ahí predominan otros bailes, como la tonada chicheña. Pero había un grupo chiquito de caporales, que bailaban re tarde. No sé si eran las mejores, pero les admiré la actitud". Cuando baila, confiesa, a veces se le viene a la mente la imagen de aquellas estoicas damas tupizeñas.
Carnavaleando en Villazón, la ciudad que limita con La Quiaca, Vanesa se enamoró del caporal… mejor dicho, de un caporal. "Ahí lo tiene, mire qué guapo y lo bien que baila. Cómo no me iba a conquistar", dice, al tiempo que señala a su marido César. Tienen un hijo, son comerciantes, viven felices en Ciudad Evita y se confiesan, obviamente, evistas de la primera hora. "Le debo demasiado al caporal –se despide Vanesa–. Trato de devolverlo bailando."
Lo primero es la familia
En febrero de 2015, los Sambos porteños tocaron el cielo con las manos. Ese verano debutaron en el Carnaval de Oruro, la meca del ritmo. "En Buenos Aires tenemos tres grandes festejos: las entradas de Luján, Avenida de Mayo y la del barrio Charrúa, en Bajo Flores. Pero Oruro es otro planeta. Es como jugar en La Bombonera", resalta Erik, el "Julio Bocca" de la fraternidad. "Nos ha ido muy bien –reconoce–, la gente delira cuando hacemos la pasada. Se sorprenden cuando gritamos que somos de Buenos Aires. Pese a ser bolivianos, para ellos somos los gauchitos. Y acá somos los bolitas." De su experiencia orureña, Erik no pudo olvidar el aliento ensordecedor de las tribunas, durante las cinco horas del recorrido. "Se baila hasta casi desfallecer –asegura–. Cuando se llega a la iglesia donde espera la virgen, es como entrar en el paraíso."   
Casi al cierre del ensayo, los pesos pesados de la fraternidad muestran toda su destreza. Los apodan los "Sambosos", por sus generosas barrigas. Los comanda Luis Fernando, un pediatra orureño con muy buen pie. "Los chicos son el pulmón; las chicas, la belleza; y nosotros, la sabiduría", saca chapa el hombre. Cuando era pibe y pesaba 60 kilos, llegó a bailar 13 kilómetros en un día. Dice que ahora está medio achanchado, pero todas las presentaciones las termina con la frente en alto. "Le cuento que de Bolivia no extraño ni el clima, ni la comida… La familia es mi patria. Bailamos todos juntos acá." «
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lunes, 11 de septiembre de 2017

La fiesta del chongo

La noche está en pañales. Brian, en paños menores. Como carta de presentación, el anfitrión del Golden ofrece a las señoritas su sonrisa de marfil y músculos dignos de un semidiós griego. "No tenga dudas, la primera impresión es fundamental. Mi trabajo es como la chispa que enciende el fuego. Así las chicas van quedando en llamas para el show", alardea el joven pirómano, ataviado con un asfixiante chupín y fogosos tatuajes. Para completar el look, en su robusto cuello brilla un moñito de etiqueta. El auténtico portero de un infierno encantador. 
Mientras ubica a las damas en las mesas, Brian confiesa que hace seis años lleva una doble vida. De día se calza el traje para auditar las cuentas de un hotel. De noche, se lo saca para despuntar el digno oficio de stripper. Arrancó de casualidad, cuando un profesor del gimnasio le vio aptitudes para el baile sensual. Con los años, se curtió en la noche y comprendió que más allá de mantener tonificados los bíceps y bronceado el abdomen, el buen desnudista debe tallar sobre todo su carisma. Y tener la cabeza abierta para brindarse a todos los públicos sin prejuicios: desde los ardorosos boliches donde las mujeres celebran su última noche de solteras hasta las tórridas discos sólo para caballeros. "Es divertido ganarse la vida bailando, siempre hay buena vibra. En definitiva, le damos afecto al público, y todo vuelve." Esta noche lo custodia su novia: "Cero celosa, lo acompaño siempre que puedo." Acodada en la barra, la rubia sigue atenta el andar de Brian en la pista. Las chicas lo abrazan, le piden poses para una foto y hasta acarician sus pectorales. Ella ni se mosquea: "Es un laburo como cualquier otro. Pueden mirar, tocar, pero el corazón tiene dueña."
Historia al desnudo
"¡¡¡A quién le importa lo que yo haga!!! ¡¡¡A quién le importa lo que yo diga!!!". El clásico de clásicos de Alaska provoca el primer sismo. Un terremoto grado seis despabila a la aletargada platea femenina. Desde el pequeño escenario, la transformista Aaron Minett es la encargada de pilotear el viaje hacia el fin de la noche. Con su lengua karateka, golpea a diestra y siniestra. No se salvan las bravas cumpleañeras, tampoco las novias de América con el cadalso a pocos pasos, y mucho menos las divorciadas que regresan triunfales a las pistas. Hermanadas, bailan en éxtasis y recitan, como un mantra, el monocorde himno triunfal: "¡Chongo, chongo, chongo! ¡Chongo, chongo, chongo!".
Desde un rincón, Luis Ávila, histórico gerente del establecimiento, observa la bacanal con ojo clínico y, por supuesto, empresario: "¿Vio qué fiesta? Esto no se vive en ningún otro boliche de la ciudad. En Buenos Aires hay muchos que dicen ser herederos del Golden, el antiguo local de Esmeralda 1040. Pero son todas copias, nosotros somos los únicos que mantenemos la línea original. Respetamos la historia, porque fuimos parte de ella". Ávila cuenta que la semilla del mítico local dedicado al striptease sólo apto para damas fue plantada a fines de los '80 por el empresario Antonio Altamura. "Tony trajo la idea de Estados Unidos, un poco copiando a los Chippendales de Las Vegas. Fue una revolución, un boom, no existía acá, se vendieron franquicias a todo el país. El primer local estuvo en Corrientes y Libertad", precisa el hombre de negocios, al tiempo que un depilado miembro de su staff se desviste con parsimonia sobre las tablas.
La génesis del proyecto estuvo apadrinada por el productor Pepe Parada, personaje icónico de las mil y una noches porteñas, quien consiguió un salón prestado para el debut. Tenían el local, les faltaba el nombre. La ornamentación sobrecargada, dorada, resolvió el dilema. Tony y sus socios brindaron con abundante champagne y lo bautizaron Golden. "Nosotros agarramos la posta en Esmeralda –resalta Ávila–. Pero tuvimos eternos problemas con los vecinos por los ruidos molestos. Imagínese, era un edificio de nueve pisos y nos hicieron como 600 denuncias. Una señora del primero salía en camisón y se quejaba en la puerta, una locura. Todo eso obligó la mudanza a San Telmo." Del local en la esquina de Balcarce y México, Ávila puede rezar un rosario de anécdotas. Elige una del año 2008, cuando el director Francis Ford Coppola alquiló el boliche para filmar Tetro: "Teníamos una cena show vendida y no la suspendimos. Estaba el salón partido al medio por un telón. De un lado, los strippers y la joda loca; del otro, los camarines donde descansaban Vincent Gallo, Maribel Verdú y la hija de Moria. Gallo se fue puteando a la calle y Coppola se metió en un auto a tomar mate, pero los demás se prendieron en la fiesta."
Esta es otra época, "igualitaria", reflexiona Ávila, "y por eso ahora abrimos las puertas para todas y todos. Igual, el 80% del público es femenino. Las chicas saben que en el Golden tienen la diversión garantizada, vienen de toda Latinoamérica a festejar. La regla básica sigue siendo la misma: lo que pasa en el Golden, queda en el Golden." 
La hoguera de las vanidades
¡Vamo' arriba la celeste! Una docena de uruguayas disfrazadas de policías son las más bullangueras de la disco. Festejan que Yésica pasará a jugar en el equipo de las casadas. "No creo que estemos cosificando al hombre –arriesga la vocera de las orientales–, es más una picardía. Por ahí también un triunfo de todas las mujeres." A unos pocos pasos, varias chilenas brindan una vez más por la soltería de Claudia. La prometida luce una vincha coronada con dos micropenes. En el grupo se destaca la presencia de su suegra: "Que disfrute la noche, hoy tiene todo permitido… bue, todo menos eso", advierte la señora, se ríe y señala la generosa entrepierna de un fortachón.  
Con tan sólo 30 años, Jonathan es el bailarín más experimentado del Golden. Su largo currículum incluye miles de shows en arenas porteñas y bonaerenses. "Desde pibe que quería laburar de stripper y a los 19 años pude debutar. Ganaba muchas chicas y me gustaba la joda. El trabajo no me defraudó. Y de a poco empecé a tomármelo en forma más profesional", dice el morocho nacido y criado en La Matanza profunda. Mientras se acicala, asegura que a esta altura del partido podría escribir el manual del buen stripper, con lecciones sobre cómo manejar la adrenalina, evitar los arañazos y conseguir una erección prolongada. Se mira fijo en el espejo y dice que no tiene referentes: "Sé que no soy muy lindo, pero estar arriba del escenario te da un plus. Igual, por ahí una chica te dice cosas durante el show y después, cuando salís vestido, ni te reconoce." Hace unos años, hastiado de interpretar personajes estereotipados como "el doctor", "el bombero" o "el cowboy", decidió romper los paradigmas: "En esto ya estaba casi todo inventado, por eso se me ocurrió hacer el show al revés. Salgo desnudo y me voy cambiando. Es el que mejor me sale." 
Jonathan pide cerrar la charla. Debe concentrarse antes de salir a escena. Pocos minutos después, irrumpe sobre las tablas totalmente despojado, como su madre lo trajo al mundo. Con una mano adelante y otra atrás. Desnudo, sobre un escenario desnudo, bajo una lluvia torrencial de suspiros.  «
Publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 28 de agosto de 2017

Cuando el viento sopla

Mientras dirige la batuta, Omar Federico sopla una zanka y golpea el bombo con milenario fervor. Al hombre orquesta lo custodian sus compañeros de la agrupación Wayra Q' Qantathi. Frente a una tórrida fogata, suspiran con sus sikus la postrera kacharpaya, como se llama a la fiesta que despide el carnaval. 
Pocos pasos más allá, decenas de bailarines giran en ronda, tomados de las manos. La imagen parece sacada de algún festejo en las alturas de la Puna. Pero si uno ajusta la mirada descubre que no hay cerros de siete colores sobre el horizonte, sólo el gris paredón del cementerio de la Chacarita como fondo.
"Para los que amamos la sikuriada, este encuentro demuestra que la cultura de los Andes también existe en Buenos Aires. Le aseguro que no tiene nada que envidiarles a las fiestas mayores que se hacen cerca del Titicaca", explica agitado Federico, motor fundador de la banda originaria de Parque Patricios. 
No se equivoca. Con 13 ediciones en su historial, el Mathapi Apthapi Tinku se ha transformado en convite obligado para los cultores de la música andina en el llano: migrantes llegados de Jujuy, Salta, Bolivia, Perú, Chile y Colombia, pero también cientos de bonaerenses y porteños de ley. 
Federico es uno de ellos. Su flechazo con los ritmos del Altiplano se dio a principios de los '80. "Venía de otro palo, más pesado. Me tiraba más una Fender que una zampoña –bromea–. Coleccionaba long plays de Zeppelin, Purple y Black Sabbath. Pero por curiosidad fuimos con un amigo a ver un recital en Canal 13. Tocaban Jaime Torres, Chabuca Granda y Domingo Cura. Fue un clic. Dejé los riff rockeros y arranqué a tomar clases con un músico salteño." 
Federico formó parte de muchas agrupaciones, se transformó en maestro de sikuris y dedicó su vida a descifrar los secretos de la saya, la diablada, la morenada, la cueca y decenas de géneros más. Con los años, pero sobre todo con la práctica, aprendió que el virtuosismo individualista no tiene espacio en la sikuriada. "Lo importante es sentirse parte de una comunidad", explica. "El siku no puede tocarse solo, necesitás compañía. Cuando soplamos las cañas, estamos conversando. Es un diálogo comunitario."  
Festejos y contrafestejos
El jujeño Marcelo Torres llegó a Buenos Aires en el '79 con una valija repleta de sueños. Y de sikus. "Vine a estudiar para técnico electromecánico. Y en los ratos libres, para engañar a la nostalgia, me juntaba a tocar con otros paisanos", evoca uno de los organizadores históricos del encuentro. Por esos años, los migrantes andinos y su cultura eran despreciados por los porteños: "El siku era mal visto. Así que decidimos juntarnos, armar bandas en el Centro Kolla y salir a la calle." En 1992, el contrafestejo por el quinto centenario sembró la semilla del Mathapi. Arrancaron con tres agrupaciones. Este año dan espacio a más de 40. Que el Parque Los Andes sea el espacio que los recibe no es casualidad. "Acá estuvieron nuestros hermanos del Malón de la Paz, cuando vinieron a reclamar sus tierras –destaca Torres–. No nos juntamos para hacer música y punto. Los aymaras, los quechuas y los kollas queremos mantener viva nuestra cultura, nuestra historia."
Mariana Barrios, hija de migrantes andinos, es una de las que pone el cuerpo en cada edición. Integra la agrupación Ayllu Sartañani, "comunidad, levantémonos" en aymara. "La idea es levantar los sikus para pelear contra el capitalismo, contra este sistema que nos alejó de la armonía que teníamos con la naturaleza", cuenta la joven y convida un puñado de hojitas de coca. Al Mathapi vino con sus hijos, apasionados de los italaques y los taquiles desde la panza: "Con Sartañani hacemos mucho trabajo en las escuelas, para que los chicos no sientan vergüenza de sus orígenes. Es importante contarles la verdadera historia, la que escribieron Bartolomé de las Casas y Galeano. Acá hubo un genocidio y no un crisol de razas. No se puede tapar el sol con un dedo." Antes de despedirse, señala un pasacalle colgado en el parque, que grita por la libertad de los presos mapuches y la aparición con vida de Santiago Maldonado: "Antes decían que no éramos humanos, nos llamaban salvajes. Ahora dicen que somos terroristas, violentos, usurpadores. Como le dije, hay que tener presente la historia. Para que no se repita. 
No se baila así nomás 
Multicolores wiphalas flamean en el parque. Las familias se agolpan frente a los puestos que ofrecen empanadas salteñas y manjares más sofisticados, como la vanguardista pizza de quinua o el meloso licor de coca. El elixir es obra de Franco Rizzuti, un cocinero de raíces ítaloargentinas y corazón quebradeño. "Es un proceso artesanal, lleva justo un año de trabajo. De agosto a agosto, porque le pido permiso a la Pachamama", cuenta y ofrece una copita, previa ch'alla obligatoria. Agrega que quiere desmitificar el consumo de la sagrada hoja del inca: "Lo dice el Evo y yo lo repito: la coca no es cocaína". 
La idea de reciprocidad e intercambio, que circula en los Andes desde tiempos inmemoriales, cobra vida en Chacarita. "Aunque estemos en un espacio urbano, este es un auténtico apthapi, la comida comunitaria que realizan los agricultores cuando terminan su faena. En el campo, se tienden aguayos y cada uno aporta lo suyo. Todo el mundo comparte, nuestra cosmovisión rescata la solidaridad", explica el sociólogo boliviano David Mendoza Salazar. El académico llegó desde La Paz, la capital aymara del mundo, para brindar una charla abierta sobre las mil y una danzas que florecen en los cerros. Su última obra se titula No se baila así nomás. Mientras mueve el esqueleto al ritmo de las zampoñas, confiesa que su ritmo favorito es la moseñada: "Se baila en la época de jallupacha, de fertilidad, para que la tierra dé sus frutos. Es el tiempo en el que bailan las flores y las papas."
Marta Arapa es la bailarina número uno de la filial local de los Intercontinentales Aymaras de Huancané. La agrupación peruana es una de las potencias de la superliga de sikuris. "Los argentinos han empezado a valorar nuestra cultura –reflexiona–. Nosotros somos muy querendones de las costumbres de este país. Y me gusta que el amor sea recíproco. No se olvide de que todos somos hermanos." La señora Arapa luce larguísimas trenzas, camisa naranja, pollera verde trébol y un par de abarcas todoterreno. Al bailar, hace girar los wichi-wichi que lleva en sus curtidas manos. De su Puno natal, confiesa, extraña los atardeceres junto al sagrado Titicaca y los suculentos platos de pejerrey, arroz y papines. También los kilométricos festejos en familia: "El peruano es de mecha larga –se despide antes de salir a escena–. Baila, toma, baila, come, duerme y vuelve a bailar. El peruano no muere fácilmente".«

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 21 de agosto de 2017

Tiempo del firulete

Parece de manual, pero el día empieza con "El arranque". En el predio de La Usina del Arte, el clásico inoxidable de Julio De Caro es la banda de sonido que da la bienvenida a los bailarines. Mañana diáfana en La Boca. Horario difícil para las parejas de milongueros que, agitadas pero sin perder un gramo de elegancia, apuran el paso para llegar puntuales a los camarines. En pocos minutos se largan las rondas clasificatorias del Mundial de Tango. Este año, el evento capital del 2x4 reúne a 636 parejas: los grandes valores del tango nacional pero también uruguayos, japoneses, daneses, ucranianos... Cuarenta y ocho naciones dicen presente.
"Nosotros preferimos tomarnos nuestro tiempo, señor. No sé para qué tanta corrida. El tango siempre te espera", asegura Ignacio Giannini,  pergaminense, con la máxima de Troilo como dogma de fe. Su partenaire, la chilena María José Garcés, apura un mate amargo y con dulzura da las últimas pinceladas de base sobre sus mejillas. Aunque bailan juntos desde hace un mes y monedas, sienten que se conocen de siglos. "El tango tiene mucho de magia. Si es por bailar, uno va a la milonga y baila con cualquiera. El hechizo empieza cuando conectás. Creo mucho en la ley de atracción, y les pedí a los santos del tango para que me trajeran a Ignacio. Al final se hizo el milagro", asegura la devota trasandina. La parejita ensaya un firulete y revela sus armas secretas: "Miles de horas de práctica, dar amor sobre el escenario y, para alejar la mufa, encomendarnos a San Pugliese. Nunca falla." 
Sophia y Nicolás juran y perjuran que en su Corea del Sur natal, el tango pelea cuerpo a cuerpo en popularidad con los caballitos de batalla del marketinero K-POP. A lo sumo, arriesgan, pierde por una cabeza. Desde hace años, Nicolás se gana el mango como profesor de baile en una academia en las afueras de Seúl. Con serenidad oriental y mínima labia porteña, transmite a sus pupilos los secretos de la danza rioplatense. Hoy lleva el 179 prendido como un abrojito en su saco oscuro. Cumple el sueño de debutar en la meca del ritmo. "Esto es como el final de un largo viaje, que comenzó hace 20 años, cuando escuché 'Nada', por la orquesta de Di Sarli. En el escenario voy a tratar de sentir la música como la primera vez."   
Nosotros dos
En el auditorio de La Usina, las parejas giran como el mundo. Compiten en dos categorías: la tradicional Pista y la versión más vanguardista en su formato Escenario. Ahora es el momento de los puristas. Como corresponde a un código básico de la milonga, van trasladándose por el borde de la pista en sentido contrario a las agujas del reloj. Le sacan viruta y chispas al piso. "Cuando arranca la música, se borran el tiempo y el espacio. Siento las piernas de ella, cómo se conectan y desconectan con el piso. Se da como una 'fusión molecular'. El tango tiene mucho de química", explica Filippo, un italiano con un aire a Franco Nero, que participa en el Mundial junto a su esposa Katerina. Si tuvieran que escribir un libro de los abrazos que compartieron en las milongas, la noche del 10 de junio de 2011 tendría un apartado especial: "Yo tuve muchas parejas de baile –asegura la morocha milanesa–. Pero ese día Filippo me cabeceó, salimos a la pista y no nos separamos más. Me lleva, pero sobre todo me siente. Por algo es mi marido". Ante el desafío de clasificar a las semifinales, enfrentan un dilema existencial: "Es que este domingo nos invitaron a una parrillada –confiesan–. Se va a poner difícil elegir si venimos a bailar o si nos comemos un rico asado." 
Poco antes de salir a escena, los jujeños Marcelo Torres y Edith Salazar lucen su pinta ejemplar. Traje azabache y a finas rayas para el caballero, con el detalle de la corbata rojo punzó haciendo juego con el apretado vestido shocking de la dama. "Los diseñó una modista amiga allá en El Carmen, de donde somos. Y una prima se encargó del bordado de los detalles de las piedras fantasía. En la fiesta del tango queríamos estar de gala, con un look bien pasional", cuenta la veinteañera. Aunque hoy los une el tango, los norteños se conocieron bailando zamba, en la Fiesta del Quesillo de San Antonio. "No nos importan las diferencias, nosotros bailamos –dicen a coro–. Cuando entramos a la pista, es como que compartimos el mismo lenguaje. Y solo hablan los cuerpos." 
Con su moño al cuello, Leandro Benítez rinde homenaje al oficio que le permitió conocer Buenos Aires y debutar en las grandes ligas. "En Chilecito soy mesero. ¿Dígame si no estoy buen mozo?", pregunta el muchacho entre risas. Lo marca de cerca Anabel Gutiérrez, su novia y pareja de baile estable. "¿Sabe?, a los que dicen que el tango es machista, porque la mujer se deja llevar, les digo que no sean tan anticuados. El tango es comunión", cierra la señorita, al tiempo que le estampa un amoroso piquito a su prometido.
Guardia vieja
El camarín es Babel en plena ebullición. Todavía lejos de la pista, las parejitas practican osadas quebradas. El profesor Gustavo Sorel acompaña a sol y sombra a sus discípulos. "Les doy una charla técnica y les explico los 'yeites'. Los jueces están muy pendientes del reglamento: no se pueden hacer boleos altos y hay que estar atentos con los enrosques... Pero lo más importante es que disfruten", asegura el hombre, nacido y criado en un bulín de San Telmo. Atesora un pedigrí tanguero curtido en salones de los cien barrios porteños. "Arranqué en los '70, cuando era estibador en el puerto. Mis compañeros me llevaban a las milongas de la Isla Maciel. Eran lugares non sanctos, de avería, donde te proponían bailar un tanguito y algunas cosas más", evoca. Después de aquellas iniciáticas incursiones al bajo fondo, Sorel sentó cabeza, tomó clases con los referentes, estudió al dedillo la danza, la anatomía y los códigos del lunfardo. Ahora es todo un profesional: "A mis alumnos les doy un solo consejo: estudien con el que estudia."  
José Meno es un auténtico guapo del 900, miembro de honor de la vieja guardia porteña. "Señor, yo siempre participo en tango Pista. Escenario es un curro for export, un cuentito para los europeos", asegura el varón de Almagro. Entra a la cancha relajado, con el 235 tatuado en la espalda y un prontuario milonguero grande como una casa. Frente al espejo, se retoca el jopo engominado: "Uno no sabe qué va a bailar, pero si pudiera elegir, no lo dudo, que suene 'Mala suerte', el himno nuestro. ¿Lo conoce? Es ese que dice: 'Yo no pude prometerte / cambiar la vida que llevo, / porque nací calavera / y así me habré de morir. / A mí me tira la farra, / el café, la muchachada, / y donde hay una milonga / yo no puedo estar sin ir.'" «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá.

martes, 15 de agosto de 2017

Todo un palo

La llanura llega lustrosa hasta el horizonte de palos. El hombre otea la lejanía y medita el tiro unos segundos. "No hay que dejar que un pino tape el bosque", filosofa Néstor "Bucky" Nicolini, erudito jugador de bowling, al tiempo que acaricia una bocha con devoción, en las instalaciones de la Sociedad Italiana de Tiro al Segno, Sitas, en el corazón de El Palomar. "Hay que tener muchos factores en cuenta, como los efectos de la bocha –asegura–. Pero la clave es conocer bien las canchas: de madera, sintéticas, laqueadas...  Hay lugares muy difíciles. Tranquilamente puede llevar 20 años dominar el terreno."
Nicolini es un baqueano experto en la geografía de las boleras nacionales. Con 63 años sobre el lomo, lleva más de 40 derribando bolos con la potencia de sus bombazos. Su fervor por la disciplina de palo chico arrancó en los '70, años tórridos de la primera "fiebre del bowling" en estas tierras. Su bautismo de fuego fue en el club Morón. Con la vuelta del general Perón al país, Nicolini y su barra de amigos resignificaban una de las máximas justicialistas: iban de casa a la bolera y de la bolera a casa. "Estaban los clubes, pero también empezaban a proliferar las confiterías. Era una salida económica, bien popular. Te tomabas una gaseosa, comías un sánguche y jugabas unas líneas por menos de 2000 pesos moneda nacional, dos fragatas", recuerda, mientras calibra el primer tiro de la noche.
El grupo empezó bien desde abajo, en la tercera división. Un directivo de Morón les vio pasta de campeones y propuso federarlos. Dieron el batacazo y ascendieron sin transpirar. Dos años después, a puro strike escalaron a la máxima categoría. Nicolini dio un paso al costado cuando hicieron cumbre: la colimba, los estudios en la UBA y el trabajo docente lo alejaron por casi diez años de las canchas. Pero, se sabe, siempre se vuelve al primer amor: "Me reincorporé en el '85, en la mítica bolera Thaler, cerca de la estación. Armé un equipo y no paré hasta hoy." Durante la segunda gran ola del bowling, en los '90, paseó su magia por canchas de todo el país: Mendoza, Necochea, Saladillo. Ganó todos los torneos habidos y por haber. Cerró la década concretando el sueño del pibe: abrió la bolera propia en San Nicolás. El boom del bowling se empezaba a quedar sin pólvora. Y el crac de 2001 lo dejó nocaut: "Fue un golpazo, desapareció la clientela, casi pierdo la casa." Un auténtico strike en contra.
El yerro económico no lo alejó ni un milímetro de su pasión. Hoy trabaja en las canchas del Sitas y mantiene intacta la puntería. Nicolini toma carrera con elegancia, lanza la bola y se carga a la familia entera de palos. Antes de despedirse, enciende un rubio y recuerda su partido perfecto: "En el Palo de Oro, que se jugó acá. Hice 238 puntos, una locura. Lo más cerca que estuve del número perfecto."
Palo bonito
En pocos minutos, arrancan los cuartos de final de la Copa Federación, uno de los encuentros cardinales del bowling porteño. Rigoberto Sosa, presidente de la Federación Metropolitana, apura los últimos preparativos, antes de que los equipos den inicio al sagrado ritual de las líneas.
La institución congrega a los fundamentalistas del palo chico, el duckpin, la versión con más historia en nuestro país, frente al modelo globalizado –palos largos y bolas de siete kilos– que gana terreno desde los noventa. La tradición es también fuerte en Uruguay, Canadá y los Estados Unidos, donde se realizan torneos desde 1896. "No lo dudo, en la Argentina reina el palo chico. Será por nuestra forma de ser, de compartir. El palo grande es más individualista. Acá gana el compañerismo, el equipo", asegura Sosa.
Con algo de nostalgia setentista, recuerda sus rateadas del trabajo para regalarse un par de líneas en Palo Cero, una bolera que estaba enclavada en Bartolomé Mitre y Callao. Buenos Aires era la ciudad de los bowlings, había más de cien: "Ahora no hay tantos, y la gente joven no se acerca como antes. En el interior es otra historia, ahí está el semillero." A la hora de definir su estilo de juego, Sosa recupera las enseñanzas del uruguayo Héctor "Gurí" Guerrero, genio y figura del deporte bajo techo: "El mejor de todos los tiempos. Un innovador que entendía al bowling como una actividad creativa. Acá no es voltear palos y nada más, no es tan fácil. Y eso es lo que me hace latir el corazón cada vez que entro a la cancha."
Marta Bartolosi calienta su muñeca en la cancha 3, sin perder ni un solo gramo de glamour. Llegó al mundo de los palos cuando conoció a su marido: "Era fanático. Yo lo acompañaba, no jugaba. Estaba como intrigada y no entendía demasiado. Era un espacio de encuentro social donde reinaban los caballeros, eran pocas las mujeres que se animaban." Bartolosi demoró casi una década en pasar al otro lado del mostrador. Un buen día se anotó en la categoría damas, armó un equipo en el Sagitario de su Ramos Mejía natal y quedó prendida para siempre. Para las jugadoras, resalta, es más importante la maña que la fuerza: "No hay con qué darle a la técnica: una bocha bien colocada voltea todos los palos." Aunque comparte el lecho y las canchas con su esposo, Marta no mezcla los tantos: "No me gusta que me ande dando instrucciones. 'Que corré por acá… que tirá por allá'. Yo lo amo, pero tengo mi propio estilo."
Línea mortal
No hay dudas, el deporte hermana. Para muestra, basta con asomarse a la cancha 1. El equipo que conforman Daniel Alvarado, representante de Huracán, y Javier Alcoba, de San Lorenzo, deja en el olvido las añejas disputas de los enemigos íntimos. "Eso es puro folklore. Acá demostramos que lo importante es la amistad, y no las chicanas de barrio", asegura Alvarado, un morocho bien conservado, nacido y criado en Parque Patricios. Su joven compañero cuervo agrega: "Se vive algo muy lindo en el bowling. A mí me hizo conocer gente de todo el país. Voy a Tucumán, Miramar o Rosario y siempre están las puertas abiertas."
Hoy los espera una parada difícil. Enfrente hay un potente combinado que mete miedo: dos jugadores muy precisos que representan al Sagitario y a Bella Vista. Luego de miles de combates, Alvarado dice que está tranquilo. El quemero sabe más por viejo que por diablo. Nada de roscas, contrarroscas ni efectos combados. Su arma secreta es el bowling añejo: "La vieja escuela, señor. Caminata de tres pasos y la insuperable bocha deslizada." El pibe Alcoba es más pragmático: confía en la fuerza de su juventud y de sus bochazos estilo Gringo Scotta.
Antes del tiro inicial, priman los buenos modales, y los contendientes se dan un fuerte apretón de manos. Alvarado da el puntapié de honor. Respira hondo, frota la suela de cromo del zapato izquierdo contra la madera lustrada y sale disparado. En el horizonte, los machucados palos aguardan, estoicos, el golpe mortal. «
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lunes, 24 de julio de 2017

Hijos del circo

La previa no es el mejor momento para hacer payasadas. "No insista, señor. Sin el maquillaje no tiene gracia. Debe aguantar unos minutos, que ya casi comienza la función. No sea chiquilín", exige Bryan Palacios, al tiempo que esparce un poco de base rosada en sus generosos pómulos. 
Con tiernos 26 años de vida, y curtidos 20 ejerciendo como payaso, Bryan es una de las estrellas rutilantes del Circo Rodas. En la temporada alta por las vacaciones de invierno, la histórica compañía, que festeja sus 35 años, ancló su colosal carpa aurinegra en el estacionamiento del Parque Comercial Avellaneda, a pasitos de la autopista que une Buenos Aires con La Plata. 
Bryan cuenta que lleva el ADN circense en los genes. Nació, literalmente, en una carpa, la del Orfei: "Mamá era contorsionista, y papá, domador de leones. Estaban de gira por Italia. La cigüeña me dejó en la ciudad de Nápoles." Es sexta generación de cirqueros. Las raíces de su árbol genealógico artístico-itinerante pueden rastrearse desde el lejano 1823. Sus tatarabuelos belgas tenían una troupe en el Viejo Mundo. Luego, se asociaron con el mítico Sarrasani. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Europa no era tierra fértil para andar sembrando alegría. Entonces, decidieron cruzar el gran charco y traer sus artes a Latinoamérica. Desde hace 100 años, la recorren de punta a punta. "No soy de aquí, ni soy de allá –asegura Bryan, mientras ajusta sus zapatones–. Somos nómades. Tengo familiares desperdigados por todo el mundo. Con suerte, los veo cada diez años." 
A su hermana Luzian la ve bastante más seguido. Desde hace dos años, comparten el escenario. "Había renunciado el otro payaso y me ofrecieron el puesto. Al principio tenía muchos miedos, porque hay que tener coraje para ser payasa. Es un oficio tradicionalmente masculino. El primer día me temblaban las piernas y tenía cara de payasa triste. Pero después me fui soltando. Siempre me gustaron los retos y acá me ve, vivita y coleando", asegura la señorita. 
Prestos para salir al ruedo, nariz colorada y trajes en perfecta sintonía, los hermanos no olvidan las influencias del mejor de todos los tiempos: Carlitos Chaplin. También de los italianos, y más contemporáneos, Fumagalli y David Larible. 
"Payaso se nace, señor –asevera Bryan–. ¿O acaso cree que cualquiera le pude sacar una sonrisa a un niño?" Su hermana lo mira con desconfianza, luego estalla con una estrepitosa carcajada y agrega: "Nosotros tenemos alma de payaso. Hay días que antes de dormirme, apoyo la cabeza en la almohada y pienso que tengo el mejor trabajo del mundo. Y eso se lo digo bien en serio." 
Pan y circo
Señoras y señores. Chicas y chicos. Acomódense en sus butacas. La función está a punto de comenzar. El presentador Cristian García afina su garganta junto al telón. El oficio de crear climas con su voz lo heredó de su abuelo, Arturo Sifon.
"Arranqué en el circo familiar, soy quinta generación. Hace tres llegué al Rodas, es como jugar en las ligas mayores", revela. Luce una elegancia digna de un príncipe, que corona con un jopo. En su métier, ansía llegar al nivel del "Chango" Clavero, el "dios de los presentadores": "Estuvo tres décadas en este circo. A la hora de narrar las rutinas, intento copiar su forma de cautivar al público. Es difícil, porque estamos atados a los imprevistos. Esto es en vivo, se puede lesionar un artista o se rompe un aparato y hay que largarse a guitarrear." 
De repente, la música empieza a sonar bien fuerte desde los parlantes. Cristian recibe el llamado del deber: "En serio, nunca tuve la más mínima intención de salir de este mundo. Mire, tengo casa en Luján de Cuyo. Cuando estoy allá, llegan las siete de la tarde, el horario de la función, y siento que me falta algo. Debe ser esto…", y señala las tribunas.
El camarín está montado en un conteiner. Luis se pone una camisa reluciente y luego sopla una balada triste con su trompeta. "¿Por qué la gente sigue viniendo al circo? La verdad que no lo sé. Quizá por la magia de ver en vivo a un mago, a un acróbata, eso no pasa nunca de moda. Es raro, pero en esta época de Internet y de pantallas en todos lados, la fantasía no cambia.”
 Su compinche Moisés, trapecista chileno, cree que la clave es mantener el equilibrio entre la vieja guardia y la nueva ola: "Hay toda una nueva camada de artistas que son muy profesionales. Nosotros lo llevamos en la sangre, pero eso no te garantiza ser el mejor. Hay que ensayar todos los días y no perder el tiempo." 
Ya lo explicó el escritor Ben Hecht: "el tiempo es como el circo: levanta campamento y se marcha". Antes de despedirse, Moisés recuerda épocas más feroces del gremio. Cuando las medidas de seguridad eran escasas y los animales salvajes formaban parte del show. "Ahora se cuida más al trabajador. Y hay decretos que prohíben la participación de animales. Antes era muy común, yo les daba la mamadera a los leones hasta que cumplían los tres años. Es difícil que un chico criado en un circo no tenga una marca –cierra y se señala una cicatriz en su rostro–. Yo tengo está caricia que me dejó un puma." 
Dominique tiene los huesos de plástico. En su rutina, pone el cuerpo al servicio del arte del contorsionismo. "La preparación empieza, como mínimo, 30 minutos antes de salir a escena. La formación, mucho más atrás, para ganar en la elasticidad de los huesos y los tendones. Practico desde los tres, hoy tengo 15", dice la muchacha, mientras elonga cerca del escenario. 
Su maestro fue su padre, uno de los electricistas de la compañía. Dominique no puede imaginar su vida fuera de la carpa: "Me crié acá, como la mayoría de los 140 trabajadores que se ganan el pan en el Rodas. Y no digo que sea fácil esta vida en movimiento. Pero es la que elegí. Y no me arrepiento." 
Los dueños del circo 
El cónclave de la familia Gómez se da poco antes de subir las escaleras que llevan al cielo de la carpa. En pocos minutos estarán columpiándose a 13 metros de altura. No es tiempo de andar sacando trapitos sucios ni viejas disputas de alcoba. El número exige concentración máxima y, sobre todo, trabajo en equipo. "El nuestro es un acto de arrojo, con mucha valentía.  Participan mi marido, mi hijo y mis hermanos. Si hay problemas, quedan acá abajo. Trabajo es trabajo", se ríe Karen, la matriarca chilena de las Águilas Humanas. 
Entre las proezas que realizan alto en el cielo, se pueden destacar el "cruce de la muerte" y el "triple salto mortal", prueba máxima de la disciplina. "Seguro que nos gusta el riesgo, señor –asegura–. Las palmas del púbico nos hacen olvidar el dolor de las caídas." 
Es momento del número estelar de la tarde, el "Globo de la Muerte". Un aro de acero, seis motociclistas girando a 80 kilómetros por hora y toneladas de adrenalina. Julio César Bastías prepara su bólido. "Acá juegan las máquinas, pero también el factor humano. Hay que conocerse al dedillo, si no vienen los accidentes", explica el piloto. 
"A veces pienso que mucha gente está esperando el momento de la caída. Cada vez que termino tengo una sensación de victoria inigualable", sentencia al ponerse el casco. Antes de salir volando a escena, acelera a fondo y dispara: "Muchos dicen que la vida del circo es para vagonetas, porque no hay que levantarse a las seis de la mañana o cumplir un horario de oficina. Puede ser. Pero este es mi laburo, un trabajo bien libre, que le trae alegría a la gente. La vida del artista es así.">
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miércoles, 19 de julio de 2017

Polvo de estrellas

Rubén Danilo está caliente. "Es que me gusta arrancar a horario, señor, y estamos un poquito demorados. Ya tengo el set preparado para el casting en la planta alta, pero hay muchachos que todavía no dieron señales de vida", se queja el veterano director, referente del cine XXX nacional. Mientras baja la temperatura bebiendo un vasito de gaseosa con hielo, resalta que tuvo 120 interesados para participar del rodaje, protagonizado por la actriz Milena Hot. Casi un centenar, del interior del país. Caballeros que por 1000 pesos desean tener su debut soñado en el universo del porno: "Si ponemos que es gratis, viene pila de gente y no sirve. Me gusta cuidar las producciones. Al final van a concretar unos doce. Pero todos no van a venir. A muchos les agarra miedito." A último momento, temen que el sueño húmedo se transforme en pesadilla a secas. 
Danilo, 52 años, es toda una institución de este tórrido género cinematográfico. Sus pergaminos acreditan más de dos décadas rodando producciones recargadas de erecciones, eyaculaciones y exhibiciones. Arrancó en la década del '90, luego de un dilatado periplo como productor de shows eróticos en boliches de Merlo, Ramos Mejía y Moreno. Durante esos años, en el Oeste estaba el agite. Llegó a manejar uno muy exitoso, que bautizó Prohibido: "Me curtí en la noche. Vendía shows de bikini open y presencias de vedettes muy famosas, como Beatriz Salomón, que sigue apoyando mis emprendimientos,  como los Erotic Games que vamos a hacer acá mismo el 21 de julio. Eso habla de mis valores y códigos." Un día, Danilo tuvo una epifanía y decidió arrimarse al pequeño pero siempre activo círculo del porno local. El VHS consolidaba la democratización del género. Compró una Panasonic M7 y rodó su ópera prima, Tiempo de sexo. "No queda ni una copia –se lamenta–, perdí todo mi archivo cuando se me voló el techo, en el tornado de abril de 2012." Autodidacta y cultor de un estilo urbano, dice estar siempre atento a las historias que pasan de boca en boca, para luego materializarlas en sus films. "No copio. Me gusta parar la oreja y escuchar anécdotas. En Buenos Aires hay miles. Mi película Oficina Hot, premiada en España, nació así. Es bien porteña, o acaso, quién no tuvo sexo en una oficina", sondea el hombre, mientras los primeros aspirantes hacen su ingreso tímido en el bar del microcentro donde organizó el casting. El cineasta los recibe con profesionalismo y un cordial apretón de manos. En pocos minutos, informa, comenzará la acción en el improvisado plató.    
Danilo se crió en el seno de una típica familia de Floresta: comerciantes de clase media, hinchas "enfermos" de All Boys y, sobre todo, peronistas. Un ambiente donde el sexo siempre estuvo ligado a la cultura popular. "Toda la vida me gustó lo erótico –sincera–, pero siempre con el respeto a la mujer como ley. En mis películas hay sexo intenso, un sexo que brilla. No me gusta el mensaje oscuro de algunos films, donde la mujer recibe y recibe en forma casi deportiva. Eso no es piola. Soy un director de cine, no un general que dice 'mandame 100 pibes más' y la mujer es carne de cañón. En definitiva, el culo es de ellas."
Hitchcock tuvo a Grace Kelly; Tarantino, a Uma Thurman; De Sica, a Sophia Loren; y Danilo, a Milena Hot. La musa ardiente protagonizó un sinfín de películas a sus órdenes. "Siempre le machaqué que este es un laburo que hay que tomarse muy en serio. En el sexo, hoy Milena es la número uno", asevera el director, mientras se ajusta la colita del pelo. Le pide a uno de los noveles actores que suba. Para acicalarse, el novato podrá utilizar el toilette de caballeros, a pasitos del set. El cineasta predica: "Al que tiene prejuicios, le puedo decir que el porno es cultura. No es algo ilegal, hago películas para mayores de edad. Me gustaría que el Estado subsidiara este género. Tenemos un rol social: ayudar a una persona impotente o deprimida, a una pareja que no engancha. ¿Qué hay de malo en eso?”
Superficies de placer 
El corsé, la tanga, las medias en red y los tacos aguja hacen juego con su larga cabellera azabache. Milena irradia frente al espejo un aire de sexualidad sin complejos. "Desde chica me llamaron la atención los desnudos –cuenta, mientras retoca los últimos detalles de su maquillaje dark–. Me acuerdo el día que encontré las revistas Libre que mi papá escondía bajo el colchón. Había un par de tetas, no más que eso, pero me fascinó. Después encontré una Tema privado donde se hablaba de sexo oral y anal. La primera porno la vi a los 12 años, era una "mini degeneradita’. De alguna manera, todo lo que hice en la vida estuvo atado a las ganas de descubrir lo prohibido. Y la sexualidad entra en ese paquete." Cuando cumplió 15 años, antes de soplar las velitas, pidió tres deseos: ser bailarina de caño, actriz porno y conejita de Playboy. Los dos primeros se hicieron realidad. El tercero es una cuenta pendiente sin fecha de vencimiento. Como el icónico conejito que lleva tatuado, cerca del escudo de su amado Albo. Las pasiones, Milena las lleva a flor de piel. 
Sin pudores, pero con mucha humildad, resalta su generoso currículum. Sobran los dedos de una mano para encontrar otra actriz que ostente su continuidad en la primera línea del mercado. "Pueden aparecer chicas, pero van abandonando. Y a muchas no les gusta decir que son actrices porno. Como que hay un estigma, un tabú. Pero creo que es una falta de respeto general que hay con las mujeres. Muchos hombres me dan asco. Te dicen que sos una puta, reventada, y no es así. Yo soy una persona muy open mind. Hago lo que me gusta." Cuenta que dedica horas a su formación actoral, mirando películas del nicho, sobre todo estadounidenses. E intercambia por Internet experiencias con otras trabajadoras del gremio. 
Llega la hora señalada. Milena debe entrar a escena. "Cero nervios –se despide–. Quién dijo que 20 años no son nada. A esta altura, conozco todos los secretos: desde las poses hasta la iluminación. Tengo más historias que Las mil y una noches. Si yo llegara a hablar…”
La argentinidad al palo 
Pese a las luces vigorosas, el set todavía está bastante frío. Danilo evita la calefacción artificial. En pocos minutos, el roce de los cuerpos hará subir la temperatura en forma natural. Mientras calibra la cámara, sugiere locaciones y posiciones para la primera escena de la tarde. Un guión simple, duro y directo. El encargado de dar el puntapié inicial se hace llamar Raphael, un vital caballero que ya pasó los 60 pirulos. Luce un depilado ejemplar. Milena hace alguna broma, se acerca con templanza y logra desinhibir al caballero. Danilo ordena: "Acción".
Julio César y "Big Bull" departen en la sala de espera, antes del bautismo de fuego. El primero es un joven comerciante de San Miguel. Dice que está relajado: "Me venía preparando mentalmente en el colectivo. Cuando se acerque un poquito Milena, me voy a olvidar de que hay gente alrededor." Tuvo algunas experiencias de filmación casera, con su actual pareja: "No pienso que esto sea un engaño. Lo veo más como una puerta profesional que se abre." Big Bull alega que su presencia se debe a razones casi existencialistas: "Para mí es como cerrar un círculo que comenzó en mi adolescencia, con los primeros VHS. Siempre digo que mi primera novia virtual fue Moana Pozzi, la porno star más grande de la historia." A minutos de cumplir el sueño del pibe, se peina el jopo y dice: "¿Sabe lo que me llevo de acá? Una gran historia, como usted." 
Desde el set, se escucha un grito seco de Danilo. Exige silencio absoluto. El primer rodaje aún no acaba. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá