lunes, 11 de diciembre de 2017

De carne somos

Con un pequeño rodillo, Martín Falbo barniza al detalle sus generosos músculos hasta alcanzar un bronceado perfecto, aunque artificial. Pinta con prudencia sus pectorales, abdominales, bíceps, tríceps, cuádriceps y hasta los orondos glúteos. "Con una manito más, quedo hecho una pinturita –explica el culturista de 45 años–. En este tipo de competencias, el tinte es obligatorio, marca la profundidad de los músculos. A veces las luces del escenario te matan: dan un aspecto blando y lavado del cuerpo. La clave del culturismo es lucirse ante el jurado, por eso tengo muy estudiadas las poses, la iluminación, acá hay que sacar el máximo provecho. Incluso lograr que una carencia pueda transformarse en fortaleza." En el fondo, todo culturista es también un gran ilusionista. 
El macizo atleta es uno de los animadores de la categoría Master, del Campeonato Metropolitano de la Federación Argentina de Musculación (FAM), una de las citas máximas de la disciplina en suelo porteño. Desde hace años, se disputa en el club Pedro Echagüe, en los arrabales de Flores.
Faltan minutos para que comiencen las rondas finales y el vestuario, improvisado en la cancha de básquet, es una olla a presión. Fornidas damas y hercúleos caballeros aprestan, algo acalorados, los últimos detalles antes de salir al ruedo. Diez flexiones de brazos por aquí, una pincelada de maquillaje en los pómulos por allá, otra rápida sesión con las mancuernas más acá. Farbo está radiante. Pero sobre todo sereno. Hace gala de sus músculos y nervios de acero. La procesión va por dentro.
"Este es el momento cumbre. Por eso estoy para apuntalarlo. Detrás de un gran hombre, siempre hay una gran mujer", asegura Verónica, fiel pareja e incondicional hincha del crédito de San Martín. "Cuando lo conocí era un fideo de 70 kilos, comía un paty por día y se llenaba. Miralo ahora: miles de horas de gimnasio y 91 kilos de pura fibra. Tiene una dieta cuidada, de siete comidas diarias, mucha proteína y cero chatarra. Yo soy kinesióloga y estoy muy pendiente de su salud. Pero también de la parte estética. Todas las mañanas, antes de salir para el trabajo, le pido que me pose, así le marco qué le falta." 
Los atletas se juegan la chance de ganar un pasaje a Brasil, para competir en el Arnold Classic 2018, patrocinado por la firma comercial del inoxidable Schwarzenegger, inflado actor, exgobernador de California y mito viviente del culturismo moderno. 
El mendocino Rodrigo Cortez, campeón argentino y sudamericano, ya probó las mieles del evento que congrega a los cuerpos de elite. Su ascensión al cielo de los fortachones le llevó décadas de duro trabajo en el gimnasio. "El Conquistador", como lo apodan en el circuito, asemeja su rutina con los músculos a la labor de un artista plástico: "En palabras de Arnold, somos como escultores. Pero en lugar de trabajar sobre una roca, lo hacemos sobre nuestro cuerpo. Lo moldeamos todo lo que podemos, porque hay limitaciones genéticas. Buscamos acercarnos a la perfección." No se inspira en los cánones de la belleza griega, mucho menos en los renacentistas. "En mi generación marcaron época Arnold, Stallone, Van Damme y el actor que hizo de Apollo Creed, que no me acuerdo el nombre. Somos hijos del cine de los '80." También los superhéroes animados, como el Increíble Hulk y el platinado He-Man. Cortez dice que en la Argentina los culturistas profesionales se cuentan con los dedos de una mano. Él integra ese minúsculo club: "Le entregué mi vida entera al cuerpo, a los fierros. En este nivel, es muy absorbente, estás todo el tiempo pensando en el entrenamiento y la comida", cuenta y deja ver la heladerita portátil repleta de viandas que lo sigue como su sombra. Antes despedirse –debe comulgar con los religiosos 200 gramos de pollo y 300 de brócoli–, reflexiona sobre los prejuicios que han acechado al culturismo históricamente: el dopaje y la violencia de los patovicas: "Siempre estuvimos un poco estigmatizados. Será porque es un deporte que llevamos siempre encima. Te señalan, te juzgan de antemano, es un tema cultural". 
Las chicas supermusculosas 
En las últimas décadas, el fisicoculturismo no ha parado de engordar el número de adeptos, y no sólo hombres. "Dejó de ser sectario, se apuntó a la profesionalización y al cuidado de la salud, y las mujeres fuimos ganando espacio", asevera Débora Chahnarian, secretaria de la FAM, en un alto en su labor como asistente del jurado. Sobre el escenario, tres representantes del supuesto "sexo débil" hacen gala de sus esculturales cuerpos, en las categorías Bikini y Fitness, definitivamente incorporadas al culturismo tradicional.
Paula Frega es una de las referentes. Una self-made women que dio sus primeros pasos en un gimnasio de Morón, en los '90: "Éramos poquitas. Me acuerdo que miraba las revistas importadas que llegaban. Mi sueño era competir." Su primer torneo fue en 2001, con un debut (casi) soñado: subió al tercer escalón del podio. No frenó más. Fue campeona argentina y del Mercosur. A los secretos que aprendió en el terreno le sumó cursos especializados en musculación, diseño de indumentaria y estética. Y hoy asesora en imagen a un buen número de competidores. "Es que esto no es sólo tonificación, tiene mucho de estética. Hay que informarse sobre los suplementos y tener un entrenador responsable. Y nunca perder la feminidad." En el puesto que ofrece algunas de sus creaciones pueden conseguirse ajustados slips platinados, bikinis forjadas con cristales Swarovski, afilados zapatos taco aguja y el esencial spray bronceador.
Antes de subir al escenario, la profesora de educación física Antonella Peral entona una oda a las carnes blancas: "Hago como nueve comidas al día. Cada dos horas, un pedacito de pollo. Es duro: voy al cine y todos comen pochoclos, y yo con el tupper lleno de pollo. Todos se tientan con alfajores o medialunas, y yo dale con el pollo. Tengo mucha disciplina." Además de sus tallados bíceps, Peral luce pestañas kilométricas, uñas bien esculpidas, bikini turquesa decorado con piedras semipreciosas y aretes haciendo juego: "El miedo de mi familia era que iba a dejar de ser mujer –confiesa–. ¡Y nosotras somos refemeninas!" No hay dudas. 
Familia fierrera
Perfil derecho, expansión dorsal, abdominales y el eterno doble bíceps. Los jurados deliberan tras la fugaz presentación de un atleta Senior, que acompañó sus poses con la marcha de La Guerra de las Galaxias. "Se evalúan las líneas del cuerpo, en forma de X o de V, el famoso reloj de arena", alecciona el juez Miguel Ángel Luna, con 30 años en el gremio. Con ojo clínico evalúa los patrones de cada categoría y más: "Desde el peinado hasta el tamaño de la malla, cada detalle habla." 
En la finalísima de los Cadetes, Maximiliano Pizarro pone toda la carne al asador para llevarse el primer puesto. Irene y Miguel, sus padres, celebran en la popular el nuevo título del pichón de "Ancho" Peucelle. "Al principio estábamos preocupados porque es un deporte bastante egoísta. Por eso no lo dejamos solo. Pero él ama esto sobre todas las cosas." Pizarro recibe la presea dorada en el escenario y su padre se despide alabando el lomo de su vástago: "La verdad que lo admiro. Tiene una disciplina que no sé de dónde sale. Yo no podría hacerlo. ¿Cómo hago para dejar el asado?" «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 4 de diciembre de 2017

Verde que te quiero rosa, violeta, amarillo...

"Para todo el mundo soy productor. Al principio era un simple aficionado, pero no voy a andar con vueltas: en realidad, soy un loco de las orquídeas", confiesa, sensato, Gustavo Ogata, y se pierde en un calmo océano verde esmeralda vegetal: cientos de orquídeas con flores en ciernes, que pueblan el invernadero de la floreciente firma Ogata Orchids. Su vida entera, asevera el señor Ogata, gira en torno a este colorido y perfumado universo, que crece desde el pie en un arrabal del partido de San Miguel. Pero no siempre fue así.
"Este es el barrio de mi infancia. Acá nació el emprendimiento de mi padre hace más de cinco décadas, cuando esto era puro campo pelado. A mi viejo le gustaba el verde en general, y las orquídeas en especial. De él heredé este oficio. Tuve idas y venidas, pero lo asumo como un legado familiar", se sincera el hombre de 51 años. Su papá, Kiyoaki Ogata, sapiente ingeniero agrónomo japonés, llegó al Conurbano desde la isla de Kyushu, región sureña de las nueve provincias, a finales de los cincuenta: "Vino a hacer unos estudios de suelo en Bahía Blanca y Capilla del Señor. Y se quedó fascinado con la tierra fértil de las pampas, pero sobre todo con la grasita del asado y los mates. Entonces, decidió radicarse en la Argentina". 
En poco tiempo, Kiyoaki echó raíces. Se enamoró para siempre de la inmensa llanura bonaerense. Y de Michiko Oyama, una joven migrante que también había dejado atrás el imperio del sol naciente y la dura posguerra. Se casaron y juntos fundaron un vivero. Plantaron miles de orquídeas y con el tiempo ganaron fama global por la calidad de sus delicadas Cymbidium. Se especializaron en la comercialización de la flor cortada. Tuvieron tres hijos. Gustavo es el retoño del medio. Ungido para seguir con el oficio familiar. 
"Ya le expliqué que esto es herencia –subraya Ogata, mientras camina por sus dominios techados con nylon–. Bueno, yo laburé acá desde muy chico, pero en mi adolescencia me harté. Tuve una crisis y me fui a probar suerte a Japón". En la tierra de sus ancestros, desempolvó sus conocimientos de técnico electromecánico y se ganó el jornal forjando discos de freno para la automotriz Isuzu, en la ciudad de Fujisawa. Un día, quizás un tanto hastiado de la gris jungla fabril, decidió volver a las raíces. Entonces, los fines de semana empezó a trabajar ad honorem en un vivero: el afamado Hiroito International Orchids. Su apellido, palabra mayor en el gremio, le abrió las puertas de par en par. Empezó bien de abajo, regando y fumigando, siempre atento a los sabios consejos de su patrón y senpai. 
En poco tiempo, con algo de picardía criolla, supo ganarse su espacio: se hizo cargo de las relaciones exteriores de la empresa, viajó por todo el sudeste asiático, se especializó en marketing, estudió diversas técnicas de cultivo y pudo conocer las grandes ligas de las exposiciones orientales: "Son multitudinarias, mueven millones de dólares. La más grande se hace en febrero, en el mítico Tokyo Dome. La mejor orquídea se premia con un Mercedes Benz". 
Luego de ocho años en el Lejano Oriente, volvió al pago chico en 1997, con la mochila repleta de conocimientos y un sueño: convertir el minúsculo círculo argentino de productores de orquídeas en un espacio profesional. También, romper las fronteras de un mercado nimio, poblado por clientes de la tercera edad y, sobre todo, elitista: "Piense que antes una planta costaba unos 500 dólares. Como una joya: la flor venía en una caja de acetato. Era un lujo efímero para unos pocos privilegiados. Hoy, la misma planta se consigue por 500 pesos". 
Para hacer realidad su quimera, el señor Ogata trabajó de sol a sol, codo a codo con su padre y su esposa Yuki Maehama, el otro pilar del emprendimiento. Con los años vieron los primeros brotes verdes: incorporaron nuevas variedades –hay más de 30 mil en el globo–, trazaron alianzas –en plena crisis de 2001 nació la Asociación de Productores y Cultivadores de Orquídeas de Argentina (APCOA)–, gestaron exposiciones exitosísimas y renovaron la clientela con un perfil más popular, joven y masivo. 
La semilla que plantó su padre es ahora una empresa robusta, con una producción anual de 50 mil plantas. El estoico Kiyoaki siguió dando una mano en el vivero hasta sus últimos años. Antes de morir, le susurró a Gustavo una sola palabra. Gracias. 
El arte de la paciencia
En otro de los invernaderos de la firma, Ogata atesora una colección de 3000 variedades exóticas de orquídeas: Dendrobium, Oncidium, Paphiopedilum, Bulbophyllum, llegadas desde los cinco continentes. Las distinguidas Cattleyas sudamericanas, con sus flores grandes, coloridas, barrocas y siempre vistosas, son las reinas del hogar. No cuesta mucho imaginar el rostro iluminado del horticultor inglés William Catlley cuando tuvo el primer ejemplar de esta variedad frente a sus ojos, en pleno auge de la "orquideomanía" decimonónica. 
El ejemplar favorito de Ogata cuelga solemne en una maceta. Una Phalaenopsis que vino desde Malasia y demoró diez años en darle su primera flor: "No le encontraba la vuelta, necesitaba mucha temperatura. La flor no es gran cosa y tiene un olor muy fuerte, como a caca. Pero cuando floreció, no sé cómo explicarle, sentí algo parecido a cuando nacieron mis dos hijas". 
Paciencia, paciencia zen y más paciencia. Esa es la virtud que debe cultivar todo buen fanático de las orquídeas. Las flores sólo crecen en plena primavera y al principio del otoño. El resto del año, la planta está planchada. Disfruta de una placentera siesta. "Vivimos épocas en que apretamos un botón y se solucionan los problemas. Pero una orquídea no es una máquina –reflexiona Ogata, mientras acaricia los carnosos pétalos de un ejemplar–. Ellas son muy egocéntricas, pero sobre todo manejan otros tiempos. Es un ida y vuelta: la orquídea tiene que adaptarse al hogar, pero también debe adaptarse el ser humano a las necesidades de la planta". 
Sobre el creciente y variopinto universo de clientes, el señor Ogata explica que, para muchos, cuidar una orquídea representa un auténtico reto, un tema de superación. Su esposa Yuki riega una hilera de jóvenes ejemplares y agrega: "Es gente muy especial, con una sensibilidad diferente, que se termina enamorando de la planta. Suena raro, pero es así. La ves crecer, te atrapan su belleza, sus colores, sus formas, es perfecta. A veces siento envidia de los clientes. Porque lo nuestro es comercial, y lo de ellos es pura pasión".
Antes de despedirse para continuar con su faena, palita en mano, Ogata diseña con palabras su orquídea ideal: "Obviamente, sería una Cymbidium, con una flor no muy grande, duradera y en colores claros, sobrios, bien orientales. Que mantenga el legado familiar". «
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miércoles, 15 de noviembre de 2017

Cadáver exquisito

Sobre la fachada del galpón reposan un bravo puma y la cabeza de una jirafa forjados en poliuretano. Sólo un botón de muestra de los incontables misterios que cobija la nave central del Instituto Superior de Taxidermia y Conservación, enclavado en un pulmón verde de Carlos Spegazzini. Junto a la puerta, un rey león deja ver sus filosos colmillos, su fiereza eternamente congelada. A unos pocos pasos hay nutrias, quirquinchos, zorros, coatíes, peces gordos y otros más estilizados, antílopes, varios lagartos, dos tiburones, un tucán y hasta un jabalí con cara de pocos amigos. "Esto no es nada, señor. Apenas el 1% de mis 40 años de trabajo", asegura con modestia Pedro Bienvenido Viamonte, director de la institución y figura vital de la taxidermia nacional. Personaje renacentista, paciente docente, artista elevado, científico sin pergaminos y, sobre todo, dueño del saber que hace que algo muerto, vuelva a la vida. 
"Los límites de este oficio son más bien difusos –dice Viamonte mientras convida un mate amargo–. Es un arte pero también una ciencia. Cuando llega un nuevo alumno, lo primero que le explico es que si aprende la técnica, esto se puede transformar en un trabajo. Pero si además uno logra darle expresión de vida al animal muerto, se convierte en un arte. Esto último no lo puedo enseñar, es un don que tienen pocos".
A los 82 años, Viamonte mantiene su vigor conservado en formol y no anda con eufemismos: "De los cientos que se dicen taxidermistas, sólo lo son el 5 por ciento. El grueso son montadores de pieles". En la fría definición enciclopédica, la taxidermia –del griego taxisa (arreglo) y dermis (piel)– es el arte de disecar animales, generalmente mamíferos, para conservarlos con apariencia de vivos, con fines pedagógicos o expositivos. Prima hermana de la milenaria práctica del embalsamamiento nacida en el Valle del Nilo, la taxidermia nació en el siglo XVIII pero fue popularizada por la Inglaterra victoriana, entusiasta en la ostentación de suvenires de viajes exóticos y de la mímesis domesticada de la vida salvaje. Hasta bien entrado el siglo XX fue una actividad bastante marginal y, pese a su veta científica, señalada como oscurantista. En los '60, los avances en la industria química aportaron novedades para el curtido de pieles, se perfeccionaron las estructuras y se abrieron las primeras casas especializadas. "El embalsamado quedó demodé hace años –reflexiona Viamonte y acomoda la cornamenta falsificada de un oryx africano–. Yo enseño la taxidermia moderna: desde la conservación hasta el curtido de las pieles. Pero también la escultura, que es lo central. Piense que la hago a ciegas, antes de montar la piel. Al animal hay que darle la expresión de vida: si está asustado, triste, enojado… En definitiva, que resucite".
¡Estás igual!
Viamonte nació en Presidencia Roque Sáenz Peña, Chaco. "En el campo veía pecaríes, corzuelas, a veces algún puma", recuerda y se le iluminan los ojos. Antes de cumplir los 15, un tío lo invitó a venir a Buenos Aires, a estudiar. "Me instalé en Caseros. Estudiar no pude. Y empecé a trabajar en la construcción. Vivía en la obra, no tenía ni para el hotel". Con el tiempo se convirtió en un experto en el manejo de los materiales: el yeso, las molduras. Un escultor sin título oficial, graduado con honores entre albañiles. 
A la taxidermia llegó por pura curiosidad. Una tarde de 1970 leyó un artículo en una revista Patoruzú que narraba los secretos del oficio. Se promocionaba la apertura del primer instituto argentino, el segundo en el mundo. Quedó boquiabierto. Fue y se anotó. "Eran todos profesores de universidad. Hacían taxidermia menor. Les debo mucho en mi formación. Pero al poco tiempo, con mis conocimientos de materiales, arranqué con piezas mayores, que eran una novedad". El alumno superó a los maestros en un abrir y cerrar de ojos. "Imagínese que un día, el director trae un escultor del Bellas Artes, para darme un curso. ¿Sabe lo que dijo el hombre? 'A Viamonte no le puedo enseñar a usar las herramientas, las usa mejor que yo'. El tipo no sabía nada de animales. Este arte no es copiar lo que uno ve, sino lo que no vemos". 
De aquellos años conserva en su desordenada biblioteca, junto a manuales de fauna asiática y ejemplares raídos del Bestiario de Cortázar y El beso de la mujer araña de Puig, dos tratados de taxidermia, biblias de la disciplina. Ahí están retratados sus trabajos. También un joven Viamonte junto a Jorge Ismael García, decano de la Facultad de Ciencias Naturales de La Plata y docto en la materia. El autodidacta y el académico dándose cordialmente la mano.
A fines de los '70, Viamonte se independizó, abrió su propio instituto y se transformó en una eminencia. En cuatro décadas hizo miles de trabajos para museos, clientes particulares y hasta para films como El aura. Por sus cursos intensivos de tres meses de duración –siete días a la semana, de 7 a 22– ya pasaron más de 13 mil discípulos que llegan de todo el mundo. Por 3600 dólares con pensión incluida –los aspirantes locales pagan mucho menos–, el estudiante puede aprender los mil y un secretos de la taxidermia. "Yo les enseño el abecedario –aclara el maestro, mientras hojea un curtido Atlas de anatomía animal– y ellos empiezan a hablar. Milagros no se hacen".
¿Cuál es su obra cumbre? Le cuesta elegir. "Me gustan las piezas completas. Hice osos de tres metros, búfalos… ahora estoy con una jirafa. A todas les guardo cariño. Una escultura es como un hijo. Muchas veces me ha pasado que no las quiero entregar". El creador también ha explorado el cuerpo humano: "El summum, aunque no me he dedicado en profundidad. En definitiva, el hombre es un animal más sobre el planeta. Iluso el que cree que no es así".
Cadáver exquisito
Viamonte se detiene frente a unas grandes cajas de madera tatuadas con sellos postales de Turquía, Pakistán y otros parajes distantes. En ellas llegan las pieles de los animales que eternizará. Muchos de sus más fieles clientes son cazadores: "Una actividad que no está muy bien vista. No la juzgo, pero sí me parece bien que esté reglamentada. El placer del cazador no está en ver el trofeo. Atrás de la pieza está el recuerdo de las expediciones, de lo que lograron hacer. Yo prefiero las piezas para museo, donde se aprecia la anatomía". Viamonte no muerde la mano que le da de comer. Los cazadores pagan generosamente por sus servicios. 
Detrás del galpón hay un auténtico cementerio de animales en molde. Hormas con forma de caballo, chanchos silvestres, ciervos y animales domésticos. "Cada vez son más los clientes que vienen con sus mascotas. Ahora estoy con un perro grande. Si el dueño se siente bien mirando a su mascota eternamente, yo lo hago, pero no lo comparto. Mire que crié perros, zorros, zorrinos, pero nunca para hacerlos taxidermia. Amo los bichos. No lo hice ni con Piquete, mi perrito que me acompañó por años".
Dos sueños quiere cumplir Viamonte en vida. Uno es engendrar una copia fiel de un mamut, "el más grande de su especie, cuatro metros de alto y colmillos de casi dos, pero hacerlo desde cero, la piel, pelito por pelito". Pero su anhelo mayor –y el de todo taxidermista– es el museo propio. "Trabajé tanto para otros, que me quiero dar ese gustito. Reunir mi obra y abrirla al público. Yo sé que un día me voy a morir. Pero ahí va a quedar mi legado eterno". «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 6 de noviembre de 2017

Sumo argentino: cuestión de peso

En Japón, el sumo es pasión de multitudes. En la Argentina, el deporte nacional nipón suma, con toda la furia, unos 50 apasionados cultores. "Es una disciplina minoritaria, sobre todo si la comparamos con otras artes marciales. Es que hay mucho prejuicio. Acá, cuando la gente piensa en sumo, lo primero que se le viene a la mente es: gordo, culo, pañal... también la banda de Luca Prodan", dice Sebastián Videla, curtido gladiador con más de 30 años en el gremio de los gordos peleadores.
Cae la noche primaveral sobre el polideportivo del Parque Chacabuco. En el tatami del segundo piso, bajo la autopista, Videla calienta los motores de sus músculos. Lo acompañan cuatro fieles pupilos. Todos los miércoles y sábados, religiosamente, se juntan a celebrar este deporte ritual, con más de 2000 años de historia. 
El sumo es tan viejo como el Japón. En las crónicas del Nihonshoki, libro que data del año 720, se narra la victoria que obtuvo el artesano Nomi no Sukune frente a un matón llamado Taima no Kehaya en el 23 a.C. Esa batalla marca el nacimiento. Sukune es considerado "el padre del sumo". 
Bien lejos de la popularidad y la estructura profesional que dominan en Oriente, los luchadores locales dan la batalla cotidiana en un círculo amateur, que intenta incorporar adeptos de todas las edades y, también, ¡de todos los pesos! "Cuando viene una mamá acompañando al hijo que quiere empezar, lo primero que pregunta es si vamos a hacerlo engordar –revela el deportista de estilizada silueta, que apenas pasa los 80 kilos–. Es falta de información. En realidad, el sumo amateur es una actividad para todo el mundo: chicas, chicos, adultos, gordos y flacos.” 
El estereotipo del pesado luchador de sumo que pasa cómodo los 120 kilos inunda el imaginario sobre la disciplina. En Japón, los peleadores arrancan su carrera en la adolescencia. Su formación incluye una actividad física extenuante y pantagruélicos banquetes para ganar masa muscular. Su dieta de campeones es en base a un guiso de verduras, salmón, mariscos y albóndigas llamado chanko, regado con generosas dosis de cerveza. En un día normal, un profesional del sumo puede incorporar unas 10 mil calorías. Con suerte, los luchadores pueden aguantar el ritmo hasta los 30 años. Cuando se jubilan asoman las dolencias: diabetes y problemas cardíacos. Su esperanza de vida es de 20 años menos que cualquier ciudadano del próspero Japón. "El sumo amateur es otra cosa –aclara Videla–: sirve para mejorar la postura y fortalecer caderas y piernas." 
Mientras arranca la faena de ejercicios con el shiko –un movimiento que trabaja el balanceo–, Videla explica que, más allá de la contextura física, en los combates tienen mucha importancia la astucia y la agilidad. "Ahí lo puede ver a Enzo –señala el sensei a un joven de once años y exiguos 50 kilos–. El sumo es una lucha de equilibrios y desequilibrios. Y muchas veces la maña le gana a la fuerza.”
De Burzaco a Tokio 
A finales de los ’80, el sensei Yoriyuki Yamamoto le abrió a Videla las puertas del milenario arte marcial. Hechizado por las osadas piruetas cinematográficas de Bruce Lee, el joven había llegado a un dojo de San Cristóbal con ganas de practicar judo, pero terminó enamorado del sumo. "Me llegó casi de rebote. El sensei empezó a transmitirme las reglas, que son muy básicas: no hay que caerse ni salir del círculo, el dohyo. Así también arranca el aprendizaje en Japón. Casi jugando.”
Pero la historia del sumo argentino se remonta a la década del '30. Cuentan que los migrantes nipones radicados en la zona de Burzaco se reunían para mantener vivas su gastronomía y sus danzas, y que los varones recreaban aquellas batallas cuerpo a cuerpo en los patios del arrabal bonaerense.  Yamamoto, padre fundador de la Asociación Argentina de Sumo, era heredero de aquellos pioneros. En los ’80 se juntaba con otros maestros para darse duro y parejo en el dohyo del Jardín Japonés. Eran tiempos en que el Estado nipón empezaba a estimular la práctica de la disciplina más allá de sus fronteras. "Vinieron al país varios rikishi, los luchadores profesionales, y donaron los famosos cinturones mawashi –recuerda Videla, al tiempo que se ajusta con destreza el chiripá de seis metros de largo–. Incluso dos peleadores argentinos, Hoshi Andes y Hoshi Tango, pudieron viajar a Tokio y luchar en la elite.”
El joven Videla pulió su técnica de ataque con Yamamoto, pero sobre todo descifró los mil y un rituales que anteceden al efímero combate. Duran más que la pelea y están conectados con el sintoísmo, la religión más importante del Japón: la ceremonia de purificación y el respeto por las decisiones de los sabios gyōji, las autoridades religiosas que arbitran la contienda. "No es como en los partidos fútbol, donde todos van a quejarse del árbitro. Su palabra es la ley."
Su sensei soñaba con verlo luchar en el mítico Ryōgoku Kokugikan, el templo mayor. Videla dice que algún día lo logrará. Conquistó torneos sudamericanos y batalló contra temerarios rivales mongoles y búlgaros en mundiales. "El día que murió mi maestro, yo ganaba un campeonato en Brasil. Fue una señal. Siento que llevo una mochila llena con sus enseñanzas. Tengo que difundir el sumo. Si pudiera verme, creo que estaría muy orgulloso."
Los cinco samuráis
En cuclillas, con los puños apoyados por delante del cuerpo y la mirada penetrante que recuerda a los samuráis de Kurosawa. Así se preparan Agustina Ramos y Maximiliano Guzmán para chocar de frente. El sensei da la señal y la piba de Parque Chacabuco madruga al cordobés con una embestida que da miedo. El ex rugbier de La Carlota no se apichona ante la tracción 4x4 de la estudiante de Comunicación Social y decide jugar su mejor carta. Se prende del mawashi de la dama y luego la zarandea con la potencia de un terremoto. Forcejean unos pocos segundos, pero es la chica superpoderosa la que hace trastabillar al caballero.
Mientras se seca el sudor de su frente, la vencedora asegura que es una de las pocas mujeres –se cuentan con los dedos de una mano– que practican sumo en el país. El tradicionalista espacio profesional en Japón sigue siendo un universo vedado para las gladiadoras. "Siento que el sumo me pone a prueba todo el tiempo –arriesga Agustina–. Me gusta demostrar el poder de las mujeres. Orgullo femenino."
Guzmán se recupera de la derrota en un abrir y cerrar de ojos. En pocos minutos enfrentará en el improvisado dohyo al hercúleo Sebastián Montes, un electricista matriculado de Retiro. El cordobés, que también es chef, recuerda que en el último Sudamericano tuvo que bailar con la más fulera: enfrentarse a su sensei: "Fue raro, era la última persona con la que querría pelear en el mundo. Le gané usando el utchari: aguanté su empuje y en el final pude sacarlo de combate."
Montes cuenta que él tiene a Japón en casa. Su esposa es hija de inmigrantes nipones. En las comilonas en la casa de su suegro, se mezclan el chimichurri y el wasabi sin prejuicios. "Ese instante previo a lanzarme contra el rival es el más agradable de la pelea –asegura el yerno del sol naciente-. No hay que tener dudas, ser decidido y esperar la iluminación." Alcanzar el satori. «
Publicado en Tiempo Argentino, por acá

martes, 31 de octubre de 2017

Despedazado por mil partes

Aquella noche de finales de los ‘80 en que ensambló su primer rompecabezas, Susana Broggi comprendió que la vida se va armando de a pedacitos. Como en un puzzle, los días van encajando con las semanas, los meses y los años, hasta completar el ciclo vital de la fugaz existencia. Su madre, también Susana, fue quien la inició, a los diez años, en el arte de enlazar diminutas figuras de cartón. Luego de la cena, la sobremesa familiar se estiraba con el ritual de reconstruir imágenes cuidadosamente desmembradas. "Es una pasión que siempre compartimos con mamá. De esos años tengo muy presente uno de la pintura La maternidad, de Renoir. Otro muy querido, un clásico de esa época, tenía unos gatitos sonrientes y muchas flores", recuerda con nostalgia la psicóloga de 39 años. Alimentar el fervor del juego en los abatidos días de la hiperinflación no era sencillo. "Se conseguían muy pocos 'rompes' y obviamente no había variedad. Vivíamos en Caballito e íbamos a la juguetería Tom, sobre Gaona. Revolvíamos como locas y algo se pescaba." 
En su adolescencia, una rabiosa mononucleosis obligó a Broggi a una larga temporada de reposo hogareño. Trance que aprovechó para encarar su primer desafío en solitario: un ejemplar de 1000 piezas tatuado con el recalcado motivo del gatito peludo y las flores como telón de fondo. Se encerró en su cuarto y al tercer día resucitó de entre las piezas con la postal acabada del felino. Luego llegaron otros retos: batallando contra 2000, 5000 o más piezas, Susana fue ganando en agilidad y destreza. Se transformó en una curtida artista de la reconstrucción. Sus obras completas, las atesoraba en su escritorio. 
"Sin dudas –reflexiona– este no es un hobby para gente con cero paciencia. Hay que dedicarle muchas horas. Por ahí me siento a las once de la noche y cuando vuelvo a mirar el reloj son las cuatro de la madrugada. Te olvidás de que existe el tiempo." La profesional del armado resalta la importancia de entrenar la memoria visual e ir puliendo una técnica: ella comienza por los bordes y separa los fragmentos por colores. Lo demás es cuestión de tiempo. 
Decir que los rompecabezas le salvaron la vida es una exageración. Sin embargo, no es descabellado intuir que la ayudaron en el trance de edificar su familia. A su marido José Luis lo conoció chateando. Cuando él tipeó que le gustaban los puzzles, a Susana le rompió la cabeza. Encastraron desde la primera cita: "Nos encontramos en una juguetería y compramos el de un cuadro de Miró". Lo finiquitaron a cuatro manos en tres horas. Fue amor a primer armado.
Broggi derriba el mito de que sea una actividad para solitarios: "Es más bien sociable y se comparte en familia. Ponemos música, abrimos una cervecita, unas papitas fritas y lo vamos haciendo en equipo, así es más fácil." Las paredes de su casa, tapizadas con decenas de ejemplares, acreditan la experiencia colectiva: "En el living, los cuartos de los chicos, el quincho, el garaje y hasta en los baños. Sólo me falta colgar en la fachada." 
Desde hace casi 15 años, con su marido comanda Puzzlemanía, local de principio a fin dedicado a la pasión reconstructiva. Suerte de templo pagano enclavado en Primera Junta, adonde peregrinan los fanáticos de los rompecabezas. "Es el único local en su especie en Latinoamérica. Cuando arrancamos, nuestros viejos nos decían que estábamos locos, que nos íbamos a morir de hambre. Pero nos fue muy bien: llegamos a tener tres locales. "La clave, dice, fue el trabajo paciente. La misma técnica que aplican al enfrentar los pedacitos de cartón. 
Caídos del mapa
Aunque hay antecedentes milenarios, para reconstruir la historia del rompecabezas moderno es necesario remontarse a finales del siglo XVIII, edad dorada de la expansión imperial británica. No es raro que su creador haya sido el cartógrafo John Spilsbury. Para agilizar la enseñanza de la geografía, en 1766 Spilsbury decidió cortar un mapa siguiendo al detalle las líneas de las fronteras. Lo bautizó "mapa diseccionado": hecho en madera noble, mostraba la silueta europea y fue un éxito. En poco tiempo, el invento trascendió los confines pedagógicos y se convirtió en un juego popular entre las élites.
La novedad se difundió por toda Europa. En 1800, algunos fabricantes alemanes de juguetes vendían rudimentarias piezas de madera que se encajaban en forma de cruz. El juego tuvo su boom en América casi un siglo después. La mecha la encendió Milton Bradley, creador del eterno "Juego de la Vida". Ya había hecho fortuna vendiendo juegos baratos para los combatientes de la Guerra de Secesión, y a principios del siglo XX, su compañía MB comenzó a producir rompecabezas en serie y los incorporó a su nutrido catálogo con el nombre inmortal de jigsaw puzzle, "rompecabezas". 
Jack London, Albert Einstein y Julio Cortázar fueron ilustres jugadores. Ninguno llegó a participar del Mundial de Rompecabezas, que se celebra anualmente desde 1992. En su "novela-puzzle" La vida instrucciones de uso, el escritor francés Georges Perec dedica un apartado a la verdad última del rompecabezas. Arriesga que no es un juego en solitario: cada movimiento, cada corazonada, cada pieza que toma y cada hueco que llena el jugador, ya han sido diseñados, calculados y decididos por otro. Su creador todopoderoso. 
Modelo para armar
Frescos de la Capilla Sixtina, postales de Times Square, obras maestras de Picasso, retratos de osos panda y hasta del porteño Papa Francisco. La oferta de Puzzlemanía es muy variopinta, al igual que el paladar de los fanáticos. "Está el que viene quincenalmente, buscando novedades. Pero también el paracaidista que pasa por la puerta y se manda", reflexiona desde el mostrador Nicolás Chaves, histórico encargado del local. "Hay gente a la que le importa la complejidad y deja de lado el diseño. Entonces elige uno bien plano, de un solo color. Los de Pollock son bien difíciles. Pero muchos se acercan con la idea de enmarcarlos. Prefieren la imagen de una mascota o del paraíso que visitaron en las últimas vacaciones. En esos casos, el 'rompe' asume un rol decorativo, el medio para un fin." 
Mientras acomoda unas cajas en los atiborrados estantes, Chaves cuenta que muchos padres llegan en busca del rompecabezas salvador que aleje a sus hijos de la hegemónica pantalla del celular. "Tienen un uso medicinal neurológico: ayudan en los temas de concentración y ansiedad en niños y adultos." El precio de un puzzle estándar arranca en los 500 pesos. Reinan las marcas alemanas, italianas y catalanas. La producción local es pobre y, según los que saben, de baja calidad, con problemas recurrentes en el encastre.
Para los que quieren enfrentar desafíos colosales, en el local espera dueño el ejemplar más grande del mundo: 40.320 piezas (unos 30 kilos de cartón impreso) que narran famosas escenas de los films clásicos de Disney. El precio roza los 16 mil pesos. Si un jugador fracasa en la faena, el local ofrece el servicio de completar el trabajo por modestos 150 pesos la hora. Más de un fanático, cuentan, ha ofrecido su mano de obra en forma desinteresada.  
Chaves, licenciado en Ciencias Políticas, elige el rompecabezas de su vida: "Sin dudarlo, el primero que armé. Tres mil piezas dedicadas a 'La Libertad guiando al pueblo', de Delacroix. Cuando ponía las últimas piezas, terminé de entender la Revolución Francesa. Sentí la libertad." «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

martes, 24 de octubre de 2017

Vamos las bandas

No hace falta tener oído absoluto. Mucho menos acreditar pergaminos de conservatorio. Sólo con afinar un poquito la escucha, y a veces gambetear el redoble de tambores que viene de Plaza de Mayo, cualquier caminante de la calle Defensa puede salir de la vorágine diaria que supura el centro porteño, tomarse cinco minutos, reposar el esqueleto cansado sobre la fachada del Museo de la Ciudad y al fin dejarse llevar por la dulce melodía de "El humahuaqueño", que baja desde la planta alta. 
El ensayo de la Orquesta Escuela Juvenil de San Telmo arranca con el clásico de clásicos de la Quebrada. En el salón no hay erkes ni charangos, pero sí un par de bombos. Y muchos chicos, concentrados frente a las partituras. Suenan parejos los violines, las violas, los chelos. Dialogan con las flautas traversas, las tubas y los saxofones. Desde el fondo del recinto, aportan lo suyo los gordos contrabajos. Suenan el acordeón, los bandoneones, las afiladas guitarras. No menos importante, el golpe preciso de los platillos pone punto final al carnavalito.
"Pura ejercitación y mucho trabajo en equipo, esa es la clave. Acá no gana el solista sino el grupo. Hay que ayudar al compañero, ser paciente, escuchar, aprender a respetar los silencios… Son enseñanzas que sirven para la música, pero sobre todo para la vida", asegura Clara Ackermann, miembro fundadora y directora estable de la orquesta que integran pibas y pibes de San Telmo, Monserrat y barrios fronterizos.
En un alto en el ensayo, sin abandonar su fiel batuta, Ackermann repasa la corta pero intensa vida del proyecto. Los primeros acordes de esta historia sonaron en 2013. Un par de docentes, 15 chicos y algunos estoicos padres fundaron la orquesta en el corazón del barrio. No tenían fondos, sólo unos pocos instrumentos prestados, y las ganas infinitas de hacer música. 
Arrancaron en un bodegón frente a la Plaza Dorrego. "Era raro, porque terminábamos de tocar y había gente cenando –recuerda la directora–. Con los meses, nos quedó chico, porque se fue armando el boca en boca entre los vecinos". Entonces salieron a buscar casa nueva. Primero ensayaron bajo la Autopista 25 de Mayo, en el club Martina Céspedes, pero los bocinazos y el estruendo de los motores en la hora pico no cooperaban para obtener un sonido demasiado limpio. Luego se mudaron a la Fundación Mercedes Sosa, sobre la calle Humberto Primo. Allí echaron raíces por más de un año y cosecharon decenas de nuevos integrantes. "Es un gran semillero de músicos. Pero más allá de la iniciación musical, el proyecto tiene una función social. La sensibilidad, las emociones y el compromiso van de la mano". 
Hoy tienen su sede en el Museo de la Ciudad, suman casi 200 músicos de entre 4 y 18 años, y un cuerpo docente con una docena de profesionales. "Construimos un espacio independiente, autogestionado, que no depende del gobierno de turno", explica Ackermann. Para sostener el trabajo de los formadores, la compra de instrumentos, la organización de recitales y viajes, y las meriendas para los chicos, reciben aportes de diversas fundaciones y de donantes particulares. También forman parte del ajustado Programa Social de Orquestas y Ensambles Infantiles y Juveniles de la Nación (ver recuadro). Pero el soporte fundamental lo gestiona la cooperadora. "La orquesta es una constante búsqueda: desde lo musical pero también desde la forma de conseguir recursos. Todas las semanas llegan chicos; hoy, por ejemplo, se sumaron cinco más. Necesitamos más instrumentos, porque todos tienen el derecho de aprender. En poco tiempo, creo que hemos cosechado muchos logros, pero no podemos dormirnos en los laureles".
A toda orquesta 
Joaquín Chibán es un versado violinista que acompaña a la orquesta desde su gestación. Acaba de terminar la primera clase con un grupo de sonrientes pichones de Paganini: "Los chicos escuchan el sonido del violín y flashean. Ese sonido dulce, expresivo, fuerte y suave a la vez, los atrapa. Lo importante es abrir el oído, aprender a escuchar. Es como un encantamiento". Él mismo quedó prendido desde chiquito y para siempre de las melodías que crea el arco sobre esas cuatro cuerdas. Por un instante cierra los ojos y recuerda cómo se colaba en la pieza de su tío Jorge, un curtido violinista de tango. Lo admiraba en silencio mientras practicaba algún clásico de la guardia vieja. Fue amor a primera vista. Antes de seguir con sus labores pedagógicas, Chibán reflexiona: "Aprender música es un trabajo lento, muy distinto a la realidad que se vive hoy, donde apretás el botón de una máquina y tenés miles de respuestas en forma inmediata. A los chicos trato de transmitirles la paciencia, porque necesariamente para aprender a ejecutar un instrumento hay que dedicarle horas, trabajar mucho y esforzarse. La vida también es así". 
Estela Paredes es una de las madres que acompaña a sol y sombra a la orquesta. Los miércoles y sábados, durante las largas horas de ensayo, ceba mates milagrosos, prepara las meriendas de alfajores y mate cocido y coordina las labores de la cooperadora. Mientras su hijo Facundo le da duro y parejo a la viola en el salón principal, ella recuerda orgullosa cómo juntó pesito a pesito para comprar el primer instrumento de su crío. "Era uno medio trucho, pero con ese violín Facundo aprendió a tocar las obras de Vivaldi. Las que le hacía escuchar cuando estaba en mi panza". 
Oscar es otro de los papás que pone el hombro: se encarga de la difusión del proyecto en las redes sociales. Es venezolano y llegó con su familia desde Caracas, escapando de las penurias económicas que atraviesa su país. En San Telmo se gana la vida en un supermercado y vendiendo suculentas cachapas, un plato primo hermano de las arepas. Sus hijos Luis y Vicente son duchos en el manejo de la viola y el violonchelo. En su tierra natal dieron los primeros pasos musicales en el ejemplar Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela: "Allá es una política de Estado –explica–, que les sacó ese privilegio a las grandes élites. Sea en un barrio pobre o alejado, usted va a encontrar una orquesta. De alguna manera, creo que este proyecto sigue ese camino. Entender que la música es una alternativa para los chicos, que abre mundos nuevos. Pero además, esta orquesta es como una gran familia".
En la sala de ensayo suena la melodía gitana de "Minor Swing". Chiara sigue atenta las instrucciones de la directora y en el momento justo ejecuta con parsimonia en su chelo la pieza del eterno Django Reinhardt. Cuenta que en la orquesta aprendió mil secretos de su instrumento, pero sobre todo, dice, entendió el valor de la amistad. Del variopinto repertorio que practica codo a codo con sus amigos no elige algún clásico del rock nacional, ni del folklore latinoamericano o la cumbia. Se queda con "Libertango", de Piazzolla: "Es un ritmo complicado, pero me gustan los desafíos. Cuando lo tocamos siento que floto y algo me late en el pecho. Para mí eso es la música. Algo que no se puede explicar con palabras".
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martes, 10 de octubre de 2017

Todo sobre las madres

La nave central de la Rural está colmada por una legión infatigable de madres, con su prole a cuestas. Recorren sin respiro los stands de afamadas pañaleras, novedosas firmas de tecno-seguridad infantil y glamorosas tiendas de indumentaria para los más pequeños de la tribu. Ahora Mamá Expo, cita mayor del fértil nicho comercial dedicado a las futuras madres y sus herederos, se hace carne en el predio palermitano. 
"Nunca digas nunca. Jamás en la vida se me hubiera ocurrido venir a una exposición así, pero acá estoy. ¿Qué pasó? Pasó Pablito", confiesa entre risas María, mientras mira embobada los ojos azul cielo de su retoño de tres meses. Tiene 31 años, es madre primeriza y llegó desde San Martín en plan más bien familiar, pero con ribetes comerciales. En su deriva la acompañan sus cuñadas Débora y Laura. También los pequeños Fiorela y Dante: "Es la primera salida oficial de los primos. Los tres son unos santitos. Nosotras vemos ofertas y ellos se entretienen con los shows de Winnie Pooh y Tigger. Ya llevamos dos horas dando vueltas y no hicieron ni un pucherito".
A coro, las chicas confiesan que la pesquisa en los puestos no ha sido del todo fructífera: "Hay buenos precios en pañales y baberos de silicona, pero hay cochecitos que cuestan como un auto usado. Hay hasta de 40 mil pesos." En pocos minutos, cuentan, dejarán por un rato la fiebre consumista y disfrutarán del menú de talleres que ofrece la expo: desde masaje infantil hasta primeros auxilios, sin olvidar una clase magistral sobre el abecé de la lactancia. Las mujeres posan para una perfecta postal del matriarcado: rostros cansados pero sonrientes, hijos en brazos y sus inseparables carruajes, los cochecitos todoterreno curtidos por el uso. "Más allá de las compras, estos lugares te dan mucha información. Por ahí antes las mamás sólo teníamos como consejeras a nuestras viejas y abuelas –se despide María–. Igual, creo que nadie te puede enseñar a ser madre. Podés leer revistas, ver videos en internet o programas en la tele, pero hay algo más. Debe ser el instinto materno que llevamos adentro".
Más respeto que soy...
Hace 22 años, Claudia Baschera dio a luz a la revista Ahora mamá. Venía de tener a su primer hijo y detectó, dice, un hueco editorial en las temáticas ligadas a la maternidad: "Se necesitaba información y reflexión, entonces hice la revista que me hubiese gustado leer cuando estaba embarazada." Según la especialista, desde el momento de la gestación, las embarazadas se enfrentan a un sinnúmero de inquietudes existenciales. "Cuando una mujer ve esas dos rayitas que le dicen que su vida va a cambiar para siempre, todo empieza a ser una gran duda. Quiere darse un baño de inmersión y no sabe si puede; quiere tomar un café y no sabe si al bebé le va a caer bien; o quiere saber cómo crece. Está muy ávida de información. Sin dejar de lado que también se le abre un mercado que desconoce. Por ejemplo, en un baby store hay más de cien modelos de cochecitos, y todos cumplen una función especial. Ese es nuestro público".
El emprendimiento editorial creció y en 2003 se completó con el lanzamiento de la exposición más grande en su especie. Sin dudas, los 750 mil partos que se dan al año en la Argentina engordan un mercado potencial demasiado tentador para las marcas. Baschera calcula que este año unas 40 mil personas visitarán el evento que culmina hoy. Más allá del foco puesto sobre la platea femenina, la organizadora resalta el lento pero permanente crecimiento en la cantidad de padres que asisten: "Por suerte, los tiempos cambian y el hombre asume un rol mucho más activo en el embarazo, en la crianza, en las tareas hogareñas. Hay un cambio de paradigma. En definitiva, el hijo es de los dos". Estos movimientos en la oxidada familia "tradicional" también incluyen una aletargada apertura de este nicho a las familias homoparentales.  
En sus 15 años al frente de la exposición, Baschera ha presenciado más de un trabajo de parto que comenzó sin previo aviso en la Rural. También la irrupción de las nuevas tecnologías en la maternidad: desde las ecografías 4D –en la expo sortean varias entre las futuras mamás– hasta las aplicaciones que permiten a los padres monitorear en sus celulares el ritmo cardíaco y la frecuencia respiratoria del recién nacido, para conjurar al fantasma de la muerte súbita. "¿Si las madres son demasiado 'hinchas'? Son más bien ansiosas. Imagínese lo que es esperar nueve meses el nacimiento. Es que en estos tiempos no estamos acostumbrados a esperar. Queremos todo ya, rápido. Pero ser madre es otra cosa, es una experiencia muy fuerte que es difícil de explicar con palabras".
La doctora en Psicología Mariana Czapski, pluma destacada de Ahora mamá, presenta en la feria su obra El arte de criar con límites: "Un tema polémico en la actualidad, casi pasado de moda –sentencia–. Es necesario reflexionar sobre el desarrollo evolutivo de los niños y la función del límite. No es retar, sino abrir el camino para que los chicos elijan otro rumbo". Dilema mayor, en un campo disciplinario en el cual han vertido ríos de tinta Freud, Piaget y Lacan. En un espacio donde reina el consumo, Czapski, madre de una nena de ocho años, invita a tomarse cinco minutos y pensar el presente: "En la actualidad, hay un poco de falta de límites, y padres que no saben acompañar a los hijos. Mucha gente dice que ahora los chicos son caprichosos desde bebés, pero no es así. El bebé llora por necesidad, eso es el llanto. Los adultos tenemos que aprender a tolerar ese tipo de dificultades en la crianza". 
Pañales con conciencia
La moda ecológica es la reina madre en muchos de los stands de la feria. Frente a los grandes tanques pañaleros multinacionales, la marca local Ecolitas ofrece estampados chiripás eco-friendly. Su creadora, Sandra Camacho, cuenta que comenzó a producir por necesidad, con una maquinita de coser casera, cuando nació Sofía, hoy de siete años: "Es el viejo pañal de tela, pero aggiornado –cuenta mientras atiende a una jauría de clientas–, más fácil de lavar". Agrega que la gente mayor es la que más reticencias pone ante el regreso triunfal del lavable: "Los jóvenes tienen otra cabeza, cuidan el planeta. Un descartable tarda 500 años en biodegradarse. Un bebé usa unos 5000 pañales. Hacé la cuenta. No hay más espacio en la Tierra. Todos tenemos que poner nuestro granito de arena". Un pañal descartable cuesta 400 pesos. Camacho promete que dura toda la vida. O hasta que el bebé logre la autonomía para ir solo al baño. 
En el local de Baby Innovation se venden pequeños mingitorios que pueden ayudar en ese lento aprendizaje de los niños. Es una colorida pieza que haría las delicias de los hijos de Marcel Duchamp. Una pelela que se adosa a la pared y es de uso exclusivo de los varoncitos. Entre las últimas novedades de la firma también figura el ventilador para cochecitos de bebé.
Sin lugar a dudas, el espacio más concurrido de la feria es Bebé Gourmet, donde la chef Lía Cigliutti, estrella rutilante de Masterchef, enseña a romper con la hegemonía del puré de zapallo en el menú infantil. Mientras las madres amamantan a sus hijos, Cigliutti prepara con pasión una exquisita papilla de manzana, peras y canela. "Un manjar que no hay que pensarlo sólo como el alimento del bebé –cuenta–, también puede ser la guarnición del plato principal para toda la familia. Con manteca y miel, acompaña tranquilamente una bondiolita de cerdo". Mientras ofrece a la platea suculentas cucharadas, la cocinera adoctrina: "La clave está en probar la comida del bebé. Si te gusta a vos, seguro le gusta a él". Cerca de ella, un bebé disfruta su última ración de la papilla gourmet. Se va con la panza llena y el corazón contento.  «
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domingo, 1 de octubre de 2017

Habano Affair

Sentada en un mullido sillón, en el corazón de La Casa del Habano, Blanca Alsogaray pita con prudencia un Petit Robusto. Fumando espera, sin prisa, pero sin pausa, a los primeros clientes del día. "Le dije que este es un buen horario para conversar, la gente llega después del mediodía. Salen del trabajo, almuerzan y vienen a fumarse un habano, acompañado de un rico traguito o un café. Es el momento del relax personal. Su tiempo. Ese bien tan escaso en la actualidad", medita la dama, mientras disfruta de otra profunda calada del cigarro emblema de la firma Hoyo de Monterrey. 
La señora Alsogaray es una de las personas que más sabe de puros y del hábito de fumarlos en esta ciudad. El local que regentea desde hace décadas, en las entrañas del siempre frenético Microcentro, se ha transformado en un oasis para los incondicionales del tabaco cubano. "Fuimos la cuarta franquicia que se abrió en el mundo, hoy son más de cien. Piense que el habano está muy ligado al placer, al cambio de ritmo, a dejar a un lado la rutina del trabajo. Por eso creo que el local es una suerte de living familiar, perdido en medio de la ciudad." Hay en Buenos Aires un nutrido grupo de fanáticos de las variedades de tabacos, las diferentes marcas y los tipos de "vitolas". Y el local de Alsogaray es una fija de esa comunidad. 
Blanca pita una vez más y el denso humo la transporta a su primera infancia. La imagen de su padre disfrutando en silencio de un puro, la casa perfumada, la osadía juvenil de manotear un ejemplar y encenderlo a escondidas. Recuerda también que fumó cigarrillos muchos años. Pero en los '80, mientras organizaba el stand cubano de la Feria de las Naciones, quedó flechada por los gruesos morenos cubanos y dejó para siempre los delgados rubios nacionales. "Me encantaba verlos, tocarlos, oler su perfume. El habano está bien lejos de la compulsión del cigarrillo. Son ritmos muy distintos. Nada más prenderlo, uno se da cuenta. Es todo un rito: hay que saber cortarlo, calentarlo lentamente sin quemarlo, encenderlo fuera de la boca y luego… el relax. El habano demanda mucha atención." Entre 25 minutos y una hora, según su extensión. Nada más lejos de los acelerados cinco minutos del cigarrillo, y chau pucho. 
No era sencillo adquirir habanos de calidad en Buenos Aires. Se traían de afuera en forma particular o se conseguían en un puñado de kioscos porteños. Entonces, Blanca vio una señal de humo, tuvo una epifanía y decidió conjugar su pasión con los negocios. Primero abrió una distribuidora y enseguida el local que la transformó en una referencia cardinal del gremio. "Aprendí mucho de mis clientes, exquisitos fumadores, y también los secretos de los torcedores –los fabricantes– que conocí. Tengo más de 50 viajes a Cuba, la meca." Se transformó en voz autorizada dentro de un universo tradicionalmente masculino. Fue la primera dama en un panel de degustación en la isla, invitada por la reconocida fábrica Partagás. "Cuando arranqué en esto, éramos pocas las mujeres que fumábamos –dice y sobre su cabeza cuelga una foto que muestra una docena de obreras cubanas fumando en sus largas horas de trabajo–. Tenemos un paladar muy especial." 
Pequeña Habana
Alsogaray  invita a conocer el humidor, su pequeña Habana porteña. Un espacio que conserva a estrictos 18 grados ambiente y 75% de humedad los tesoros de la casa. Allí también están las cajas de seguridad de los clientes más fieles, cuyos nombres Blanca mantiene en reserva, bajo siete llaves. En los estantes, cientos de ejemplares de Cohiba, Bolívar, Fonseca y Flor de Cano duermen la siesta. Marcas icónicas que disfrutaron fumadores de la talla de Fidel Castro, Groucho Marx, Tato Bores y Sarita Montiel. También se destacan los enrulados "culebra", que enloquecían a Jacques Lacan. 
Blanca aclara que el habano es una creación estrictamente cubana. Los fabricados fuera de la isla deben ser llamados puros o cigarros. "La clave sigue siendo el trabajo artesanal, que Cuba mantiene en forma inalterable desde hace siglos: la hoja se corta, se seca a la sombra en forma natural, sin químicos, y el sabor lo da la mezcla. Vuelta Abajo es la mejor región." Luego da una clase magistral sobre copas, tripas y capotes, los tres elementos que dan cuerpo al cigarro. Mientras posa para la foto, Alsogaray reflexiona sobre el vínculo que une al habano con los sectores más acomodados de la sociedad. Desde luego, pertenecer tiene un precio considerable: un accesible Rafael González cuesta 66 pesos y un imponente Partagás Serie D Nº4, más de 300. En este rubro, el dinero se hace humo en pocos minutos. "En Cuba sí es popular. Fuman todos, desde el campesino hasta el obrero. Cuando funcionaba la libreta de racionamiento, junto al arroz, el azúcar y el ron 'chispa de tren', se incluía al habano como producto de primera necesidad".
Antes de que los primeros clientes comiencen el ritual de las volutas, Blanca deja ver otro de los tesoros del local, su pequeña biblioteca. Una serie de ejemplares que narran las andanzas y desandanzas del tabaco: desde los milenarios ritos originarios, pasando por los escritos de los conquistadores sobre los "hombres chimenea", el devenir del consumo entre la nobleza europea y hasta biografías incunables de productores, como la familia Robaina. El maridaje entre la buena literatura y los habanos no es cosa nueva. De obras de Shakespeare y Víctor Hugo han surgido los nombres de dos de las marcas más importantes de la isla: Romeo y Julieta y los inmortales Montecristo. 
Puro humo 
Roberto es el elegante caballero que da la pitada inicial de la tarde. Todos los jueves a las 13, religiosamente, se apersona en La Casa del Habano para cumplir con la liturgia. Es un empresario ligado al mundo de los seguros, tiene 83 joviales años y más de 20 dedicados al cigarro. "Vengo acá y entro en otro tiempo. Uno se sienta en el sillón, conversamos, pero también se piensa mucho", dice, al tiempo que disfruta de su vistoso H. Upmann Half Corona. En sus años mozos, fue un moderado fumador de los delgados Particulares 30. "Pero esto es otro mundo. Le doy un ejemplo: fíjese cómo se apaga el cigarrillo. Se lo retuerce, se lo maltrata. Al habano se lo deja morir en el cenicero, con dignidad. Una muerte natural."
A la ronda se suma Raúl, parroquiano habitual del establecimiento, con dos visitas diarias. "Tengo la oficina acá enfrente. Llego al trabajo a las 6:30 y hago una parada estratégica a las 10 y otra después de comer, donde incorporo una copita de Etiqueta Negra para acompañar. De alguna manera, me marca dos momentos para frenar en el día", cuenta. Tiene tres años en el club y siente que encontró un verdadero remanso: "La tranquilidad, el aroma del tabaco, el relax que te da fumar, no tienen precio", dice Raúl, y confiesa que mantiene en secreto el costo de su felicidad, para evitar conflictos con su señora esposa. 
El elegante círculo se completa con Lucía, hija de Blanca y médica de profesión. Fuma de vez en cuando, sólo en ocasiones especiales, y sus favoritos son los Epicure Nº2. "Todas las políticas antitabaco me parecen acertadísimas. Pero el habano es muy distinto al cigarrillo: no lo fumás constantemente, hay un espacio y un tiempo para dedicarle, es complicado hacerse adicto. ¿Sabe cuál es la principal causa de muerte? El estrés. Y me parece que el habano puede relajarnos. No se lo puedo recomendar a un paciente, claro, pero sí a mi marido. Sabe cuántas veces lo vi algo nervioso y le dije: '¿Por qué no frenás un rato? Vas a ver a mamá y te fumás un habanito.' Es como un mimo". «
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domingo, 24 de septiembre de 2017

Los muchachos del tablón

El añejo trozo de madera, con sus curtidas rueditas a cuestas, pende estoico en la entrada del Museo del Skate Argentino. Para el ojo poco entrenado, la jubilada patineta podría pasar por una más del montón. Pero no, damas y caballeros, se trata del decano nacional. "El primer skate traído a la Argentina en 1969 por un surfista marplatense que viajó a California –advierte un papelito pegado junto al inerte monopatín, y agrega con precisión de catálogo–: tabla custom de una sola pieza, con ruedas originales de metal a bolilla". Un auténtico objeto de culto para los fanáticos del tablón. La pieza integra la invaluable colección de skateboarding que atesora Guillermo "Walas" Cidade, consumado skater y líder de Massacre, la legendaria banda del under porteño.
Exhibida en La Usina del Arte en el marco de la décima edición del festival Ciudad Emergente, la colección más grande en su especie de América Latina, curada al detalle por Walas, recorre más de cinco décadas de historia, diseño y sociología de una expresión cultural demasiado urbana, indiscutiblemente universal. Surf del cemento, tribu contracultural o negocio multimillonario, el skate, nacido en California en los '60, tiene un universo propio en la Argentina, con figuras legendarias, rampas emblemáticas y enfrentamientos –ahora casi pasados de moda– con la ley. 
"Quién iba a decirlo, esta era una auténtica cultura underground, bien marginal. Si hace 30 años me decían que iba a haber una exposición de skate bancada por el gobierno, me cagaba de la risa", confiesa Emiliano Fredes, docto miembro de la vieja escuela, mientras analiza las cualidades de un modelo 100% nacional, parido en 1979 por la marca Spada, el primer emprendimiento local que fabricó –en Vicente López– tablas, ruedas, bujes y pivotes. Muy cerca duerme la siesta una inmaculada Powell Peralta, diseño exclusivo de Steve Cavallero, patinador sagrado del gremio. "Si tenías una tabla importada como esta, en el barrio eras Maradona. Costaban mucho y no se conseguían, era medio elitista, en esto andaba 'Chapete' Lacroze, el nieto de Amalita", resalta Fredes, cuarentón de Parque Patricios, y recuerda sus primeros escarceos con una patineta casera en las bajadas del Hospital Garrahan: "Nos tirábamos con un amigo y hacíamos 'catamarán'".
El flechazo definitivo con la vanguardia del skate se dio en el '87, cuando conoció a una pandilla que se juntaba en la Plaza Vicente López. Su primera tabla fue una Kranium, que compró en los subsuelos de la galería Bond Street. Al segundo día, la descuartizó un colectivo. Fredes quedó con la tabla y el corazón hechos añicos, pero sabía que un tropezón no era caída: "La revancha se dio con una Pablo Itucha, como esta gloria –señala sonriente una madera gastada–. Le puse unos stickers y me largué. Había bandas en Barracas, Catalinas, Munro... eran como células dormidas." 
Fredes pertenece a una generación marcada a fuego por el espíritu autogestivo, resumido en el lema punk "hacelo vos mismo": "Por el skate aprendí inglés, para leer revistas de afuera; me enseñó a usar herramientas para armar las pistas, me curtí como fotógrafo para retratarnos, y conocí buena gente". Frente a una tabla tatuada con el logo en cruz de la marca Dogtown, no olvida las caídas antológicas que sufrió. En el Hospital Británico, se ufana, tiene una historia clínica del tamaño de una guía telefónica. 
Más allá de los diseños icónicos, la muestra permite apreciar las tablas donadas por auténticas leyendas del skate nacional: desde Javier Ferrari hasta Eduardo Pugliese, sin olvidar una longeva patineta pintada con témpera que perteneció a Juanchi Baleirón, guitarrista de Los Pericos. Antes de perderse entre los curiosos, Fredes dispara: "Hay una famosa frase que dice 'el skate salvó mi vida'. No sé si es para tanto, pero no hay nada como agarrar la tabla, encarar la calle y perderse por la ciudad hasta dónde me lleve. Relajarse, pero también ensuciarse."  «
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domingo, 17 de septiembre de 2017

Cuestión de fe

Será cuestión de fe. "Si puede mover montañas, cómo no me va a ayudar a bailar cuatro horas seguidas", arriesga Omar Mercado, devoto. Desde el centro de la pista tira unas pataditas al aire junto a otros danzarines, mientras todos hacen sonar los cascabeles que llevan zurcidos en sus pesadas botas. La inmaculada figura de la virgen del Socavón de Oruro no los deja solos, ni de noche ni de día. Es el faro que alumbra el ensayo de la fraternidad: "Algunos bailan para aparentar, otros simplemente para divertirse. Pero los caporales lo hacemos por devoción a la mamita de la mina." Mercado no tiene dudas: la danza también puede ser una experiencia religiosa.
El joven chuquisaqueño es uno de los padres fundadores del Bloque Sambos Caporales Buenos Aires, filial local de la casa matriz orureña, una de las fraternidades de bailarines más populares de Bolivia. La génesis del proyecto se dio hace cuatro años. La nostalgia por el pago y la pasión por el rico folklore altiplánico reunió a una docena de entusiastas migrantes. La virgen fue el motor. Las ganas de difundir su cultura, el combustible. "Había grupos que se identificaban con la virgen de Copacabana –cuenta–, otros con la de Urkupiña… pero nosotros elegimos a la patrona de los mineros". Con la merced de la virgencita que reina en las entrañas de los trepanados cerros y se enfrenta al Tío, endiablada deidad de las profundidades, se especializaron en la danza caporal y comenzaron a ensayar a mitad de 2014. En pocos años sumaron medio centenar de voluntades al proyecto: migrantes bolivianos, peruanos, salteños, jujeños y también algunos porteños que disfrutan moviendo el esqueleto al ritmo de bombos, platillos y trompetas. 
Mercado es un eximio bailarín y estudiante atento del folklore latinoamericano. Puede dar clases magistrales sobre los secretos de las danzas bolivianas: "No sabe, hay muchísimas. Han sido una de las estrategias de los originarios para mantener vivos sus rituales. Los festejos son espacios donde triunfa la cultura popular, evitando la censura de las élites."
El caporal es una danza relativamente joven, que lleva en su ADN parte de esa historia, hibridada con la cultura urbana. Nació en los años '70 por iniciativa de los hermanos Estrada Pacheco, dos músicos del bohemio barrio de Chijini, en La Paz: "En poco tiempo se hizo masivo y hoy en día dice presente en todas las fiestas, incluso ha traspasado las fronteras y es moda en Chile, Perú y el norte argentino", explica Mercado, mientras coordina las piruetas de sus compañeros. El ritmo toma influencias de la cultura afroboliviana, con la saya y el tundiqui como referencias ineludibles: "La figura del caporal está inspirada en el capataz. Satiriza al traidor, que maltrataba a los esclavos con el chicote y vestía elegantes ropas que le daba el patrón." El baile cobija, en términos borgeanos, el tema del traidor y del héroe. 
En la sala de ensayo se escucha una vez más el ensordecedor repiqueteo de los cascabeles. Traen al presente las cadenas que padecieron aquellos anónimos esclavos. "De alguna manera –cierra Mercado– bailamos para recordar el sufrimiento de aquellos hombres y mujeres." Los caporales danzan cuerpo a cuerpo con la historia silenciada. Un baile con buena memoria. 
Amor de carnaval 
Sombrero borsalino, largas trenzas, chaqueta rosa Dior adornada con lentejuelas, minifalda al tono y taquitos haciendo juego. Vanesa, Ximena, Marytza y Shirley hacen gala de su elegancia chola, poco antes de incorporarse al ensayo. "Los trajes se mandan a hacer a La Paz –explica Marytza–, pueden costar hasta 400 dólares." Lejos de París y Milán, la alta costura boliviana domina el rubro. Año a año, cuentan las damas, cambian los diseños. La fiesta del Señor de Gran Poder y el Carnaval de Oruro son las pasarelas a cielo abierto que anticipan las tendencias de la temporada. En 2017 predominan las tonalidades pastel y se dieron los regresos triunfales del encaje y las transparencias en las mangas. "Los sastres paceños son muy profesionales, pero en época de fiestas se les pueden escapar detalles –resalta Marytza–. Por ahí llega el vestido a último momento y descubrís que te queda enorme. Me ha pasado de estar costurando toda la noche en vela, y terminar antes de salir a bailar." 
Ximena todavía recuerda la primera vez que vio a unas muchachas bailando caporal. Quedó fascinada: "Yo tenía seis años y mis papás nos llevaron a pasar los carnavales a Tupiza, donde tenemos familia. Ahí predominan otros bailes, como la tonada chicheña. Pero había un grupo chiquito de caporales, que bailaban re tarde. No sé si eran las mejores, pero les admiré la actitud". Cuando baila, confiesa, a veces se le viene a la mente la imagen de aquellas estoicas damas tupizeñas.
Carnavaleando en Villazón, la ciudad que limita con La Quiaca, Vanesa se enamoró del caporal… mejor dicho, de un caporal. "Ahí lo tiene, mire qué guapo y lo bien que baila. Cómo no me iba a conquistar", dice, al tiempo que señala a su marido César. Tienen un hijo, son comerciantes, viven felices en Ciudad Evita y se confiesan, obviamente, evistas de la primera hora. "Le debo demasiado al caporal –se despide Vanesa–. Trato de devolverlo bailando."
Lo primero es la familia
En febrero de 2015, los Sambos porteños tocaron el cielo con las manos. Ese verano debutaron en el Carnaval de Oruro, la meca del ritmo. "En Buenos Aires tenemos tres grandes festejos: las entradas de Luján, Avenida de Mayo y la del barrio Charrúa, en Bajo Flores. Pero Oruro es otro planeta. Es como jugar en La Bombonera", resalta Erik, el "Julio Bocca" de la fraternidad. "Nos ha ido muy bien –reconoce–, la gente delira cuando hacemos la pasada. Se sorprenden cuando gritamos que somos de Buenos Aires. Pese a ser bolivianos, para ellos somos los gauchitos. Y acá somos los bolitas." De su experiencia orureña, Erik no pudo olvidar el aliento ensordecedor de las tribunas, durante las cinco horas del recorrido. "Se baila hasta casi desfallecer –asegura–. Cuando se llega a la iglesia donde espera la virgen, es como entrar en el paraíso."   
Casi al cierre del ensayo, los pesos pesados de la fraternidad muestran toda su destreza. Los apodan los "Sambosos", por sus generosas barrigas. Los comanda Luis Fernando, un pediatra orureño con muy buen pie. "Los chicos son el pulmón; las chicas, la belleza; y nosotros, la sabiduría", saca chapa el hombre. Cuando era pibe y pesaba 60 kilos, llegó a bailar 13 kilómetros en un día. Dice que ahora está medio achanchado, pero todas las presentaciones las termina con la frente en alto. "Le cuento que de Bolivia no extraño ni el clima, ni la comida… La familia es mi patria. Bailamos todos juntos acá." «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá