martes, 18 de junio de 2019

¡Oh Capitán, mi Capitán!

El que avisa no es traidor. “El horario de salida y circulación puede sufrir modificación por causa de fuerza mayor.” Esta advertencia figura tatuada, en forma de sello, sobre el boleto del tren N° 601, que promete llevarnos desde la Estación Federico Lacroze, a pasitos del cementerio de la Chacarita, hasta la ciudad de Posadas. La advertencia funciona como una suerte de petición de principios, un canté pri de la imprevisibilidad y los azares del camino. Un hombre con muletas que nos ve trasponer el molinete bañados en sudor por la corrida contra reloj desde la estación de subte lo resume aún mejor: “Mejor tómenselo con soda, muchachos. Van a viajar en el Gran Capitán.” Son, en efecto, las 11:20 y el tren, anunciado para las 10:50, brilla por su ausencia.

El pasaje recién se apelotona tranquilo a la vera del Andén N° 9. Son, al principio, una masa informe, los extras de una película que no se empezó a rodar. En un rato, no obstante, iniciaremos una convivencia de más de 30 horas y, si Tatita Dios y el Gauchito Gil están de nuestro lado, menos de 40.

A poco de mirar se recortan con facilidad algunos arquetipos: la madre de familia con su prole a cuestas, el borracho con su vino de cartón Bordolino, el mochilero new age, el hippie artesano, el aventurero beatnik libro en mano, el pendenciero de barrio, la que se escapa, el que se va, el que se vuelve. 11:45. Bajo una llovizna pertinaz, como una estrella que se hace esperar para hacer aún más aclamada y espectacular su aparición, precedido por la columna de humo que despiden los mil caballos de fuerza de su locomotora GM CU, el protagonista entra en escena, como para desmentir que “una tormenta puede ser más bella que una locomotora” y demostrar que hasta el eterno José Martí podía equivocarse.

Ahora, la mole rodante se aproxima parsimoniosamente hasta el andén y los pasajeros se incorporan y esperan de pie su llegada como si le rindieran sus respetos. Los que vamos a viajar te saludamos, Gran Capitán. Leven anclas. 
QUÉ TREN, QUÉ TREN
El tren surfea las vías de acero que atraviesan el Conurbano Bonaerense como una cicatriz del progreso. Así forma el Gran Capitán: un coche de primera, uno dormitorio, dos pullman, cuatro de clase turista, la pequeña cafetería, el dormitorio del personal, el grupo generador y la bodega. En su dilatado periplo, el tren recorrerá  los 1100 kilómetros del ex Ferrocarril Nacional General Urquiza hasta llegar a las coloradas tierras misioneras.

El ramal parido durante las tres últimas décadas del siglo XIX, con aportes nacionales y británicos, nació como medio de transporte vital para el Noreste argentino y, sobre todo, para alimentar la voraz (y agroexportadora) Cabeza de Goliat enclavada en el Puerto de Buenos Aires. Para 1912 su influencia crecía y arañaba la frontera con el Paraguay, pero también ayudaba a engordar las ganancias de los patrones ingleses y la oligarquía for export. En la década de 1940, Raúl Scalabrini Ortiz advertía:

“El ferrocarril puede ser el elemento aglutinador de una colectividad o su más pernicioso disgregador. Por eso, la actividad inicial de los pueblos que logran su conciencia propia es obtener el contralor inmediato de sus propios ferrocarriles.”

Perón cumplió el anhelo de la nacionalización de los ferrocarriles el primer día de marzo de 1948 y Evita dignificó el acto con un encendido discurso en la Estación Retiro. Años después, llovieron bombas sobre Plaza de Mayo y las automotrices norteamericanas metieron la cola con una fórmula nefasta: más rutas y menos vías. Después llegaron los años de la desinversión, el abandono y el golpe de nocaut al ferrocarril que le propinaron los cierres masivos y privatizaciones decretados durante los años del Menemato, del que el ramal mesopotámico no quedó ajeno, ya que fue cerrado en 1993. A pesar del abrupto parate, el Gran Capitán logró resurgir de sus cenizas diez años después.

Esta tarde de marzo del 2011, temporada baja, el convoy cobija unos 400 pasajeros, la mayoría con destino final en Posadas. Adrián, un guarda con cara de pocos amigos recorre el vagón picando boletos. “Estamos viajando en seis vagones, pero en diciembre y enero llegamos a los 14 coches, con casi 1200 personas a bordo. A pesar de la mala fama que nos han hecho, la gente nos elige por los costos. Es un equilibrio: el tiempo que vos perdés acá, lo recuperás en el ahorro, podés viajar con toda tu familia por la mitad de lo que te sale el micro (el boleto Buenos Aires Posadas cuesta $ 85 pesos en clase turista, contra los casi $ 300 del transporte automotor). Hay que aprender a cultivar la paciencia. Disfruten del viaje, caballeros”, explica el guarda con cierto tono zen, antes de proseguir su búsqueda de polizontes.   
PUENTE ZÁRATE BRAZO LARGO

Algo apunado, el Gran Capitán escala la empinada cuesta del Puente Zárate Brazo Largo. Dos pantagruélicos lanchones sacados de una versión mesopotámica de V, invasión extraterrestre flotan enmohecidos sobre el río. Son los ahora desocupados ferrobarcos que en el pasado capeaban la odisea de cruzar el Paraná Guazú, arrimando vagón por vagón de una orilla a otra. El pasaje se agolpa en las ventanillas degustando desde las alturas la magnificencia barrosa del Paraná. Juan L. Ortiz, el pequeño poeta más grande de estas tierras tramadas por aguas, puede explicarlo mejor: “De pronto sentí el río en mí / corría en mí / con sus orillas trémulas de señas, / con sus hondos reflejos apenas estrellados.” Bienvenidos a Entre Ríos.

VAGÓN MATEADOR

Puro mate con peperina. “En primera se está más fresquito, porque no va nadie”, dice Silvia, sentada sobre el añejo butacón de cuerina azul del vagón económico, mientras ceba paciente un infaltable amargo con hierbas serranas. Un día de hace unos 20 años, un poco cansada de las siestas y las cabalgatas por los campos entrerrianos, Silvia decidió dejar a su familia en su Domínguez natal y partir hacia el Conurbano. Allá la esperaban varios amores, varios desengaños y varios amores nuevamente. Silvia cuenta que desde 2001 es militante del Partido Obrero y que los últimos años los ha pasado trabajando en política y ayudando en tareas sociales en su barrio de Ituzaingo. De pronto hace silencio y se queda suspendida del paisaje: esa película del recuerdo que proyectan las ventanillas.

Hace pocos meses falleció su padre y sus restos están en el cementerio de Domínguez. Es la primera vez que regresa para vistarlo: quiere llevarle algunas flores y construirle una cruz “como Dios manda”. El sol va cayendo y el Gran Capitán navega, manso y tranquilo, entre un verde océano de soja transgénica.

ESTACIÓN LAS MOSCAS

A las 16:07 Larroque parece un paraje fantasma. Las calles asfaltadas vacías, los colores de las madreselvas brillando en el silencio, salvo algún perro que levanta modoso las orejas, salvo un paisano de boina pegado a una banqueta, salvo una mujer que pasa con su hija en bicicleta, se detiene un momento y le dice a la niña que salude al tren.

Los vagones del Gran Capitán están rigurosamente vigilados, pero las uniones entre un vagón y otro son una zona franca en la que se permiten ciertas libertades individuales, como tomar fresco sentado en la escalinata de acceso, de cara al viento y la nada informe del camino.

Poco antes de llegar a la localidad de Las Moscas suben los pasajeros menos deseados: tres gendarmes y su labrador negro entran al vagón y hurgan entre los bagallos del pasaje. Dos pibes que rasguñan una guitarra y cantan una canción romántica de Marco Antonio Solís son los primeros interpelados por los hombres de verde. Documentos, pasaje, requisa y el “muchas gracias” con cara de guerra se repite en el vagón popular. Algo decepcionados, los gendarmes se bajan en la estación del pueblo que homenajea al díptero más antiguo del planeta tierra. En el vagón se comenta que subieron “por si las moscas”.

GRAN CAPITÁN, BUENOS DÍAS

En los vagones del tren hay un cartel con el número de un teléfono celular, la “línea Gran Capitán”. La frecuencia homeopática del servicio y las imprevisibles vicisitudes que el tren afronta en cada viaje obligan a los futuros pasajeros a marcar este número para informarse por dónde anda el convoy y cuándo se producirá el anhelado arribo a la estación para abordarlo. Cuando alguien llama hace sonar el celular que descansa en el bolsillo izquierdo de la camisa Grafa azul del Señor Acuña. El hombre atiende y no dice hola, no dice qué tal, no dice quién habla, simplemente anuncia: “Gran Capitán, buenos días.” Acuña es alto, ancho, canoso, de buen porte y saluda con un apretón de mil HP. En el mundo del Gran Capitán su cargo no tiene nombre oficial, Acuña es simplemente el alma del tren.

“Yo en mi vida ferroviaria siempre he sido conductor de locomotora, de coche motor, he sido instructor. Cosas que he logrado gracias a que uno le pone un poco de constancia a lo que está haciendo. Porque esto te tiene que gustar. Yo siempre fui una persona responsable. De estar charlando ahora con ustedes y ver lo que está pasando”, dice Acuña mientras el tren devora kilómetros de vías y, como si fuera adrede, justo en ese momento lo llaman por el handy. “Te copio”, dice Acuña y se escucha una voz con fritura al otro lado. “Bueno, teneme al tanto”, responde el Gran Capitán y prosigue: “Esto es una responsabilidad. Laburo es una cosa y una responsabilidad es otra. Vos al laburo vas, cumplís ocho horas y si después se calló el techo y bueh, mala suerte. Acá no. Acá el lema mío es que el tren salga a horario, que llegue a horario. Estando en franco llamo por teléfono y les pregunto a los muchachos: ‘¿Por dónde andan?’, a ver ‘¿cómo están, qué pasó?’ Siempre estoy al tanto de por dónde y en qué condiciones anda el tren.”

Acuña se apasiona hablando de los desafíos que implica cada viaje: los 80 grados de temperatura que alcanzan los rieles “hasta torcerse como un fideo”, las hazañas para hacer funcionar a pleno el motor o el fantasma que recorre todo convoy: el descarrilamiento. “A veces lo encarrilamos nosotros, porque ahora acá no hay una velocidad brava. En el año ochenta y pico teníamos 120 kilómetros por hora. Le metíamos entre 12 y 15 horas. Eso ahora no se puede hacer por la falta de mantenimiento. Antes la Línea Urquiza tenía un hombre por kilómetro. En 1200 kilómetros había 1200 hombres.”

De pronto, Acuña pide disculpas y toma el handy. “¿Está todo bien?”,  pregunta, “Sí, arrancó de nada, arrancó bien”, le contestan al otro lado. “Ta bien, papito”, remata Acuña y retoma la conversación: “Si acá se hicieran las cosas como se tienen que hacer en tiempo y forma, ¿sabés los ferrocarriles que tendríamos? Un tren circulando a 120 kilómetros por hora, ponele 18 horas a Posadas, competís con el micro. Se puede, acá en la Argentina se puede todo.”

ESTACIÓN BASAVILBASO
Cae la noche sobre este pueblo de colonos entrerrianos. Esta es una de las paradas de reacondicionamiento del tren, de manera que el pasaje aprovecha para estirar las piernas, apurar una birra o un vino en cartón que no se podrá subir al tren y comer por un peso las empanadas de pollo, por dos la ensalada de frutas y por cinco los sánguches de milanesa que ofrecen las vendedoras ambulantes. Una precaria economía que se reconstruye cada vez que el tren vuelve a surcar el litoral.

Un muchacho que orilla los 30, morocho, el pelo al ras, se nos acerca y nos pide cerveza. Cuando le convidamos, como si sintiera que debe darnos algo a cambio, nos cuenta una historia de un padre perdido en Brasil que va a tratar de encontrar, de sus planes, de su oficio de chef, de noches de cocaína en Ibiza, pero el vaso se acaba, la luz del día se apaga, suena el silbato y el relato queda trunco: hay que decirle adiós al que tal vez sea nuestro único atardecer en Basavilbaso.

EL CUCHILLO DEL GAUCHO GIL
El sol se filtra por las hendijas metálicas de las ventanillas y los pasajeros se desperezan. El color de la tierra es prueba de que en la noche se ha cruzado la frontera y ya estamos en Corrientes. El cansancio se adhiere a los cuerpos de los pasajeros como el polvo del camino, pero es temprano y todavía falta cruzar una provincia entera antes de llegar a Misiones. Ramón recorre los pasillos, como durante toda la noche, aunque su uniforme de la empresa de seguridad Dogo no luce la pulcritud de la que hacen gala las fuerzas del orden. “Ya no trabajo para esta empresa, soy empleado del tren, pero lo sigo usando para imponer más respeto”, cuenta acodado al cartel de la estación en su ciudad natal: Paso de los Libres. “Para este trabajo tenés que ser guapo, una vez hasta me quisieron tirar del tren, un borracho al que le saqué el trago. Cuando son las fiestas del Gauchito Gil la hoja del cuchillo más chico no mide menos de diez centímetros, hay que saber manejar la situación”, dice el seguridad que basa su autoridad menos en la cachiporra que en sus dotes de persuasión.

De a ratos se le filtran fragmentos de su biografía: “Antes de entrar a la seguridad estuve en Gendarmería”. Cuando le preguntamos por qué abandonó a los hombres de verde, se sonríe, pícaro: “Menos pregunta Dios, y perdona.”

ESTACION SANTO TOMÉ
Adentrados en Corrientes la vegetación por momentos es tan cerrada que se aboveda sobre el tren, como si se tratara de un túnel vegetal y el sol apenas se cuela, ametrallado entre las matas de hojas. Basta asomar unos centímetros los dedos fuera de la ventanilla para sentir el roce de los tallos las hojas y los juncos.
La promiscuidad vegetal acaba trayendo complicaciones: en Santo Tomé el tren se detiene más de la cuenta y el guarda se apersona para informarnos que el plumerillo que se desprende de los arbustos tapó el filtro de aire; ahora hay que esperar que los bomberos lleguen en nuestro auxilio. La ululuante sirena de la autobomba arriba a la estación cortando en dos el silencio tórrido de la siesta. El bombero apunta y dispara el chorro a presión contra el filtro de la locomotora, pero el eterno Acuña le arrebata la manguera, se sube al lomo de la máquina y desde ahí dispara al mastodonte mecánico hasta destaparle los pulmones.
NARANJO EN FLOR
El su último tramo, el Gran Capitán bordea la provincia de Misiones y hay premio para el pasajero paciente: con sólo cerrar los ojos se puede disfrutar de un viaje aromático: los nenúfares y lotos de los esteros, el té de Las Marías, los cítricos de las haciendas. El ojo no se queda atrás. En el vagón popular dicen que aguzando la vista pueden distinguirse los carpinchos y yacarés que habitan los bañados. Nosotros no vemos más que la elegancia de una garza blanca y el reflejo del poniente sobre las aguas.

De pronto, descubrimos que Pindapoy no era un jugo ni algo para chuparse, sino una localidad misionera, famosa por sus naranjales. La estación luce un abandono ejemplar, pero las naranjas aún brillan en los árboles como si fueran de oro.

ESTACIÓN POSADAS

Treinta y dos horas después de haberlo abordado en Federico Lacroze, el Gran Capitán nos deposita, sanos y salvos, en Posadas y el hecho parece un pase de magia del progreso, uno de esos trucos viejos que todavía asombran.

Los pasajeros, cansados, se dispersan en la estación. Acuña, conocedor de las mil y una vicisitudes del recorrido, respira aliviado por otro viaje exitoso. Así se construye la leyenda del Gran Capitán, palmo a palmo, kilómetro a kilómetro.
La locomotora bufa y el tren se despliega en la vía como un gigante cansado, un titán que no sabe de modorras. Dentro de dos horas, partirá nuevamente hacia Buenos Aires.

LA SIESTA FORZADA 

Pocos meses después de esta travesía, el Gran Capitán dejó de correr por las vías que surcan el litoral desde Buenos Aires hasta Misiones. El tren languidece desde noviembre de 2011 en la estación de General Virasoro, Corrientes, víctima del abandono estatal y también del vandalismo ciudadano. Letargo forzado. La siesta amarga del gigante.
Crónica publicada en Revista Invisibles, por acá

lunes, 10 de junio de 2019

Tierra y libertad

La neblina cubre esta mañana de miércoles las quintas del barrio La Capilla de Florencio Varela. También las cubren la pobreza, la inflación, los tarifazos, los recortes en el INTA y la falta de políticas públicas, algunas de las plagas que afectan a los pequeños agricultores. Es una época de tierra arrasada para los quinteros bonaerenses. Con casi 40 años en el gremio del cultivo, don Roque Ayunta cuenta que ya pasó otros tiempos fuleros: la híper de Alfonsín, la debacle del menemato, la implosión de la Alianza, los sube y baja de la década ganada: "Pero nunca como estos. Se achica el consumo, sube la luz, sacan a los técnicos que asesoran y la inflación nos come", dice el hombre de 66 años y manos curtidas por el arado.
Orgulloso hijo de zafreros, Roque chupa el mate, hace memoria y narra la deriva de su vida migrante. Nació en Tucumán, se crió en Loreto, Santiago del Estero, y vino a laburar a la Capital Federal a principios de los '80. Se ganó el mango primero en una gomería, luego en un restaurante y finalmente en un frigorífico que se fue a pique. Sus hermanos lo salvaron del naufragio y se lo trajeron a trabajar al por entonces floreciente cinturón frutihortícola del Conurbano. "Esto era campo pelado y yuyo. Pero se armaron invernaderos. Trabajaba para un portugués como mediero. Él ponía la tierra y los insumos, y nosotros las manos". En Varela echó raíces, se casó y creció su familia.
Crece desde el pie
Como a muchos argentinos, a Roque le cambió la vida en el 2001. Pocos meses antes del huracán político y económico que terminó en aquel diciembre negro, un tornado furioso arrasó con todo a su paso en la zona sur. "No quedó ni un invernadero en pie. Entonces el portugués no quiso producir más y no me quedó otra que alquilar la tierra para sobrevivir", cuenta Roque, mientras camina entre los senderos que se bifurcan y trifurcan entre lechugas moradas, acelgas y ciboulettes. Desde cero una vez más, a puro tractor, arado y pala, pudo labrarse un nuevo futuro. Pero no lo hizo solo. La redención fue colectiva.
Hace una década, harto de que distribuidores y mayoristas le metieran la mano en el bolsillo al vender los frutos de su trabajo, Roque se unió a otros pequeños agricultores del barrio y formaron la Asociación de Productores Hortícolas de la 1610, un proyecto colectivo que produce en forma agroecológica, cuidando el medio ambiente, la salud de los productores y también la de los consumidores.
"La organización nuclea a 17 familias y la regla básica, en este contexto devastador, es el precio justo. No se puede pagar tan cara la comida. La crisis, la ausencia del Estado y la falta de legislación dejan indefensos a los dos puntos más débiles de la cadena: productores y consumidores. Por eso nos organizamos", resume Juan Martín Casco, técnico en Administración Agraria y asesor de los quinteros.
Mientras da una mano en el invernadero, Casco cuenta que se formó no muy lejos de las quintas, en la Universidad Jauretche, orgullo de los vecinos de Varela y una de las casas de estudios conurbanas despreciadas por la gobernadora Vidal. "Conocí la experiencia cursando una materia, me acerqué y empecé a laburar. Más allá de lo productivo quinta adentro, me apasiona el trabajo humano y la respuesta colectiva que tienen los pequeños productores, cuando se empiezan a dar cuenta de que solos no van a ningún lado y que hay que trabajar unidos. Esta es una transformación que lleva tiempo, dedicación, construcción de comunidad. Y es posible", dice el técnico.
Cinco años atrás, los quinteros ensayaron un cambio de paradigma hacia un modelo agroecológico. "Es integral: la producción, la comercialización y la relación con el consumidor. Con ejes conceptuales anclados en el cuidado del ambiente y el precio justo", resume Casco. ¿Las claves? Dejar atrás la especulación y los agroquímicos, hacer asambleas, y un axioma central: la comida es un derecho.
Precios justos
Roque traza surcos con un arado casero, armado con una vieja bicicleta, y hace números que aterran: "Si no contáramos con las organizaciones de intermediarios solidarios, iríamos a pérdida. Le doy un ejemplo: si tuviera que vender a culata de camión en los mercados satélites, no me alcanzaría ni para pagar la luz. Este mes vinieron 1500 pesos. Y encima hay baja tensión". El panorama dibuja una espiral descendente: baja el consumo, bajan las ventas y las ganancias cubren a duras penas el alquiler, los servicios y un pucho para garantizar la subsistencia. El técnico Casco grafica la desigualdad con números precisos: "Por el kilo de lechuga en las concentradoras les pagan menos de 15 pesos, y en una verdulería de Capital esa misma lechuga se consigue a 75. Un robo".
A los problemas en la comercialización se suman las dificultades climáticas que se ensañan con el nylon de los invernaderos y los tijeretazos presupuestarios del gobierno: "Teníamos el apoyo de los programas Prohuerta y Cambio Rural, que articulaban con el INTA y Desarrollo Social. Pero los recortaron, y hoy se cuentan con los dedos de una mano", se lamenta Casco.
Para lidiar con la malaria, los pequeños productores venden generosos bolsones con sus productos en la finca y también en Mercado Territorial, Más Cerca es Más Justo y la Cátedra Libre de Soberanía Alimentaria, redes alternativas de comercialización. "Se consigue a 160 pesos acá y a 260 en los mercados. Nueve kilos de verduras de estación: acelga, remolacha, verdeo, puerro, lechuga, morrón, zapallito, morada, ahora en invierno. En una verdulería cuestan el triple", dice Roque y se concentra en trabajar sobre una familia de brócolis. "Si tuviera al ministro de Agricultura adelante –dice–, le diría que empiece a mirarnos a los pequeños productores. Que dejen de echarnos tierra encima".  «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá.

domingo, 9 de junio de 2019

Hunter S. Thompson: la gran caza del periodista gonzo

Pánico, locura, miedo y asco. El libro de la periodista E. Jean Carroll tiene todo lo que puede esperarse de una biografía sobre el padre del periodismo gonzo. Pero hay más, mucho más en la obra Hunter. La vida salvaje de H. S. Thompson. Biografía coral, crónica salvaje, perfil tragicómico y, sobre todo, tremendo relato gonzo sobre la máquina de escribir más lisérgica del siglo XX.
El libro, que se suma a la colección Rara Avis que dirige Juan Forn para el sello Tusquets, fue publicado originalmente en 1993, doce años antes de que Thompson decidiera matarse de un balazo en la cabeza como su adorado Hemingway: “Veintitrés más que los que necesitaba, veintitrés putos años más de parodia.” Un adiós certero a 67 años de excesos, dandismo, freak power, estafas y periodismo. Los dos últimos conceptos no son sinónimos.
El libro de Carroll trabaja en dos planos. Los capítulos biográficos que construyen un patchwork con mil y un testimonios de compañeros de ruta del “Doctor” Thompson. Desde su primera novia hasta su último editor, sin olvidar a sus amigos de la infancia, su ex esposa, familiares varios, compañeros de redacción y de barra, dealers, groupies, celebridades, políticos de ligas mayores y freaks del bajo fondo. Desde el dibujante Ralph Steadman hasta el fundador de la revista Rolling Stone Jan Wenner, sin olvidar al rencoroso motoquero “Sonny” Barger –la relación de Thompson con los Hell Angels terminó en una tremenda golpiza que se comió poco después de la publicación del volumen- y el ex senador demócrata Roger McGovern, personaje central de la campaña presidencial de 1972 que erigió al gonzo como la pluma más filosa del periodismo político estadounidense.
El otro plano es un relato en primera persona de una tal Laetitia Snap, ornitóloga cautiva en el rancho-fortaleza de Thompson en  Woody Creek, Colorado, y obligada a escribir la biografía de su desaforado captor. Sublime pieza gonzo que teje E. Jean Carroll para retratar los años postreros de su querido amigo –compartieron andanzas y desandanzas-, con ritmo hilarante y desquiciado. En el primer capítulo, la cautiva hace una declaración de principios y confiesa que daría cualquier cosa para que su biografiado estuviera muerto. De hecho, tendría que haberlo estado para aquellos primeros años de la década del noventa. Miren, si no, su puntillosa rutina diaria:
3:00 p.m. Despertarse.
3:05 Chivas Regal con el diario de la mañana, cigarrillos Dunhills.
3:45 Cocaína.
3:50 Otro vaso de Chivas, Dunhills.
4:05 Primera taza de café, Dunhills.
4:15 Cocaína.
4:16 Jugo de naranja, Dunhills.
4:30 Cocaína.
4:54 Cocaína.
5:05 Cocaína.
5:11 Café, Dunhills.
5:30 Agregar más hielo al Chivas.
5:45 Cocaína, etc, etc.
6:00 Un fino de marihuana para sacarle la aspereza al día.
7:05 La taverna Woody Creek para almorzar. Heineken, dos margaritas, ensalada de repollo, un taco salad, una porción doble de anillos de cebolla fritos, carrot cake, helado, porotos fritos, Dunhills, otra Heineken, cocaína y para el regreso a casa un cono de hielo triturado con tres o cuatro medidas de Chivas.
9:00 Cocaína para equilibrar el Chivas.
10:00 Primer ácido de la jornada.
11:00 Chartreuse, cocaína, marihuana.
11:30 Cocaína, etc, etc.
12:00 Medianoche, hora de empezar a escribir.
12:05-6:00 a.m. Chartreuse, cocaína, marihuana, Chivas, café, Heineken, «clove cigarettes», pomelo, Dunhills, jugo de naranja, gin, películas XXX en loop.
6:00 Champagne en la bañadera, helado Dove, fettuccine Alfredo.
8:00 Halción, dos comprimidos. 
8:20 Sueño profundo.
Querido lector, aproveche ahora que Hunter descansa, para darle un trago al ponche de ácido lisérgico que ofrece esta biografía. Vida y mito del escritor que desnudó al American Dream. Esa pesadilla de la que es imposible despertar.
Reseña publicada en Tiempo Argentino, por acá

martes, 4 de junio de 2019

Después de Sanjinés: el cine boliviano tiene quien lo analice

En la Argentina se sabe poco y nada sobre la muy rica cinematografía boliviana. Lo que sí se sabe, no tengan dudas, es que son contadísimas, a cuentagotas, las películas producidas en el país andino-amazónico que logran su merecido estreno comercial en las salas porteñas. O su exhibición en festivales y ciclos. O, siquiera, su copia pirata ofrecida por caseritas y caseritos de las ferias del Bajo Flores o de Liniers. ¡Por suerte tenemos internet!
Más allá de la producción clásica que logró saltar fronteras en el pasado, con la obra de Jorge Sanjinés como resplandeciente faro solitario, hay que resaltar que la cinematografía boliviana ha vivido (y sufrido) un verdadero proceso de cambio en la última década ganada. Mayor cantidad de films que salen a la luz, la emergencia con rasgos propios de las cinematografías regionales y la irrupción de nuevos cineastas que retoman senderos ya transitados y que -con buenos criterios e inevitablemente con buenos tropiezos- se animan a explorar nuevos territorios.
“El cine boliviano nunca ha logrado exceder las glorias y desgracias de su sistema artesanal de producción. Aquí cada cual hace su película como puede y según los modos que las condiciones y los auspicios le permiten. En parte, estas fragilidades de la práctica explican que el cine boliviano sea un ‘cine de autor’: es decir, cine en que el autor decide casi todo, aunque esa libertad la ejerza en circunstancias que no son de su elección.” El fragmento citado pertenece al libro Después de Sanjinés. Una década de cine boliviano (2009-2018), de Mauricio Souza Crespo, uno de los mayores investigadores, historiadores y críticos de la literatura y la cinematografía bolivianas. Una obra publicada recientemente bajo los auspicios editoriales conjuntos de la editorial paceña Plural y del blog Tres Tristes Críticos del tridente Rodrigo Ayala, Fernando Molina y el propio Souza Crespo.
Después de Sanjinés resulta una obra fundamental para entender el presente de la cinematografía boliviana. Un cine, según el crítico, que sin gran público en las contadas salas y de esporádico ingenio formal, es capaz en la actualidad de hallazgos parciales, secuencias memorables, y posibilidades no menos presentes y actuantes por ser apenas intuitivas. Características que acercan a la boliviana a “casi cualquier otra cinematografía nacional”. Y con las dificultades que ha atravesado la cinematografía boliviana en su dilatada historia, no es poca cosa. 
El grueso volumen de 307 páginas está organizado en tres apartados. El primero y más generoso reúne 40 reseñas de películas bolivianas –o relacionadas con Bolivia- del período histórico marcado por la hegemonía del Movimiento al Socialismo (MAS) y su giro “radical”. Souza Crespo traza una cartografía crítica de los últimos diez años del cine parido en la Bolivia de los tiempos de Evo Morales. En su radar crítico aparecen films conocidos pero no reconocidos en estas pampas, como Zona Sur (recuerdo una proyección hace pocos años en la TV Pública), YvyMaraey y Søren de Juan Carlos Valdivia; Viejo Calavera, de Kiro Russo; Ciudadela, de Diego Mondaca; y Perfidia, de Rodrigo Bellot. Pero también analiza obras fascinantes y casi desconocidas en Argentina, como Pandillas en El Alto, el potente cortometraje de tópico minero Juku de Socavón Cine y Eugenia de Martín Boulocq. Un mapa que invita a la exploración por varios senderos que se bifurcan y trifurcan.
En el segundo apartado, Souza Crespo cambia de aire y se concentra en los cambios, mutaciones y transformaciones en las maneras de “Ver y hacer cine en Bolivia”. Lectura obligatoria para trabajadores del gremio. La reflexión sobre la labor del crítico tiene su espacio en este capítulo. En uno de los textos, el autor arriesga que “acostumbrados a insistir en que hacer cine en Bolivia cuesta muchísimo (habría que averiguar pronto el nombre de esos lugares en los que hacer cine es hacer un paseo de parque), se espera en ocasiones que la crítica discuta el valor de una película a partir del esfuerzo invertido en hacerla. Esta expectativa solo se aplica al cine boliviano, ese que hace ‘gente que conozco’ y a la que ‘he visto esforzándose mucho’. Un posible equivalente hollywoodense de esta costumbre sería la de pedir que juzguemos el valor de una película por la cantidad de plata invertida en ella. Sin verla, podríamos decir así que Ragnarok es la mejor película de 2017. ¿Acaso 180 millones de dólares pueden equivocarse?”
La última parte del libro, íntegramente integrada por el ensayo de más largo aliento, medita sobre el concepto del “regreso” en diversos films a esta altura ya icónicos. El clásico Vuelve Sebastiana de Jorge Ruiz y el más reciente documental El corral y el vientode Miguel Hilari. En este diálogo reflexivo también aparecen road movies como Mi socioCuestión de fe. Pero en realidad, el texto también, y sobre todo, es una excusa perfecta para hacer foco en dos obras del maestro Sanjinés: el clásico de clásicos La nación clandestina y el magnum opus paraestatal Insurgentes.Es que la cinematografía boliviana vive un sempiterno “regreso” a la obra de Sanjinés. En su libro, Souza Crespo nos da indicios de lo que, quizás, vino después.

Publicada en Tiempo Argentino, por acá

Una de terror en el Bronx

Hace tiempo que el Bronx ya no da miedo. En el vagón del metro que escala hacia el Uptown este sábado no hay ni pandilleros ni figuras que metan miedo a nadie. Sólo familias en plan de weekend y obreros de caras cansadas que vuelven a sus domicilios después de ganarse el salario del miedo en los rascacielos del frío y frígido Downtown de la isla de Manhattan. También unos hinchas que peregrinan para algún partido de los New York Yankees. Estos muchachos no tienen pinta de bravos. Sí de pesados. Y pintas, de cerveza.
Erecto, casi hundiéndose en el vecino río Harlem, el Yankee Stadium, XXL, es orgullo y jactancia de cada varón del Bronx. Caben más de 50 mil almas sentadas. Una catedral para las misas ricoteras de las Grandes Ligas de béisbol. Joya arquitectónica cuya fama compite –sin ganarle nunca- con la de nuestra Bombonera.
Después del estadio, el Zoológico es otro de los pocos must del barrio que figuran en las guías de turismo. Las que advierten con alarma sobre horarios peligrosos y zonas de riesgo que conviene a toda costa evitar. Quien sea indiferente a la intimidación histérica, y se deje llevar por el metro algunas estaciones más arriba, llegará al corazón delator del distrito más poblado de los Estados Unidos, donde un millón y medio de personas cohabitan en uno de los ambientes más multiétnicos y multiculturales de este país que, al menos hasta la llegada de Donald Trump al poder, se proclamaba nación de inmigrantes y crisol de razas.
Al salir de la estación de Kingsbridge Road, en el barrio de Fordham, la ancha avenida Grand Concourse deja ver curtidos edificios de ladrillo a la vista y escaleras de emergencia algo oxidadas que se pierden en el horizonte. Fordham se llama la universidad de los jesuitas. Fue fundada en 1841. Si pensamos que en Manhattan los católicos tuvieron vedado hasta el siglo XX el acceso a la educación superior, nos dan ganas de hacer un brindis por el democrático distrito del Bronx.
Ni básquet, ni fútbol americano, ni béisbol. Unos pibes de potrero le pegan duro y parejo a una número cinco en la esquina de Kingsbridge y la Grand Concourse. Los hispanos son más de la mitad del Bronx (los afroamericanos son un tercio). Y desde hace décadas impusieron la pasión futbolera en el borough. Su influencia no se acota al universo deportivo. Los latinos vienen ganando terreno en muy diversos espacios. La irrupción en las últimas elecciones legislativas de la joven demócrata Alexandria Ocasio-Cortez, de raíces puertorriqueñas y obreras, fue el último gran sacudón latino por estos pagos. “Vamos a construir un movimiento más amplio para la justicia social, económica y racial en los Estados Unidos”, prometió la ex camarera y activista, la noche en que resultó elegida como la diputada más joven del país del norte. Ocasio-Cortez tiene, apenas, 29 años.
El cuervo y la tuberculosis
A esta centenaria cabaña de estilo holandés se la ve a pasitos de la estación de Kingsbridge. Está rodeada de asfalto, enclavada en una isla. En este sencillo cobijo de madera de principios del siglo XIX vivió uno de los padres fundadores de la literatura norteamericana. Edgar Allan Poe vivía en el Bronx cuando el barrio estaba en pañales. Era más rural que urbano. O era, sin más, puro campo. “Trate de imaginarse el paisaje. Había una herrería, un hotel y un par de tabernas. No mucho más. Poe llega en el año 1846 con su esposa y su tía. En ese tiempo, la ciudad, como mucho, llegaba hasta Times Square, la actual calle 46 de Manhattan. El resto era campo virgen.” Esto explica Glen Martínez, el celoso cuidador de lo que es un tesoro para fans del maestro universal del cuento extraño, la narrativa policial y, por raro que suene, el “poema de suspenso”.
Martínez tiene 36 años, se corta la barba al estilo Abraham Lincoln y sabe mil y una historias sobre Poe. “Y mire que no estudié literatura. Hasta hace cuatro años arreglaba computadoras. Un trabajo realmente de terror. Pero esto es otra cosa. Acá la gente viene con una sonrisa, para  conocer de primera mano la historia de Poe”, cuenta este muchacho hijo de migrantes dominicanos que a finales de los años setenta buscaron hacer realidad in situ su American Dream.
Martínez pasa revista al austero interior de la cabaña: una mecedora, una cama y un espejo son las únicas piezas originales del autor de La filosofía del mobiliario. Nos  cuenta que Poe llegó a estos pagos en busca de cura o tratamiento para la tuberculosis de su esposa Virginia. “Que era su prima, con la que se había casado cuando ella tenía 13 años.” Virginia estaba muy enferma de tisis y los médicos le recomendaron aire fresco y escapar de la ciudad. “Así fue que llegaron al Bronx, con los bolsillos muy flacos.”
Por entonces, Poe ya era conocido en los círculos literarios. Había logrado cierta notoriedad (o cierto escándalo) tras la publicación de su poema El cuervo (1845). Con poca suerte, intentaba ganarse la vida en la prensa popular trabajando como filoso crítico. Llegar a fin de mes era siempre un problema para el bostoniano. Martínez cuenta que el escritor juntaba las monedas para pagar los 100 dólares anuales que costaba el alquiler de la cabaña. Un número doce veces menor que los 1200 billetes verdes que piden ahora en el barrio por el alquiler mensual de un ambiente. Los 18 dólares que Martínez gana por hora no le alcanzan para alquilar. Comparte casa con sus parientes. Hasta que no consiga un segundo empleo, el día de la independencia puede esperar.
Doblan las campanas
En aquel Bronx decimonónico Poe no encontró escritores, periodistas ni editores con quienes conversar. Pero sí atentos religiosos que vivían muy cerca. En la Universidad de Fordham. Por sus aulas pasaron el actor Denzel Washington, la cantante Lana Del Rey, el escritor Don DeLillo. Y hasta Donald Trump, aunque el presidente N° 45 de Estados Unidos no completó allí sus estudios. Poe fue asiduo visitante de la biblioteca. Aprovechaba para departir con los sacerdotes, compartía el humo de los cigarros y además generosas copas de la sangre de Cristo. Eso sí, nos aclara Martínez: nunca discutían sobre religión. “Los sacerdotes eran 7 por 24 hablando de Dios. Seguro que con Poe aprovechaban para salir de esos temas celestiales.” Preferían hablar de literatura, o de asuntos más terrenales. 
El cuidado y sostén de la cabaña corre por cuenta de la Sociedad Histórica del Bronx. Los visitantes también aportan, a razón de cinco dólares por cabeza. El merchandising es otra fuente de ingresos. Misteriosamente no se venden libros. Pero sí tazas con el retrato icónico del autor de La caída de la casa Usher a U$S 8, llaveros a U$S 6,48. Y no, no insistan, los cuervos embalsamados no están a la venta.
En los tres años que Poe pasa en el Bronx hasta su muerte en 1849, borracho en las calles nocturnas de Baltimore –en circunstancias que aún despiertan acaloradas especulaciones dignas de sus cuentos-, su producción literaria, seriamente afectada por la muerte de Virginia, es frágil, espesa y sombría como la muerte. El poema gótico Las campanas pertenece a este período oscurísimo. Una sinfonía lúgubre, funeraria, inspirada por el compás de las campanas de la iglesia de Fordham, que recuerdan la agonía de su mujer.
“Si me da a elegir, me quedo con los cuentos. Mi favorito es El corazón delator, porque es un relato que parece escrito hace dos semanas. Con esa delgada línea que separa la locura y la cordura”, se despide el cuidador Martínez al cerrar la recorrida. Y añade: “Un tema muy actual para este país.” En Estados Unidos ya no asustan los clásicos cuentos de terror de Edgar Allan Poe. Más aterran unos clásicos modernos: los tuits del presidente que no terminó sus estudios ahí en Fordham, en el Bronx. «
Publicada en Tiempo Argentino, por acá

jueves, 18 de abril de 2019

Symns: nuevos escritos de un viejo indecente

“Symns es un escritor; en este tiempo en que cualquier imbécil se autodenomina ‘artista’ y los ejecutivos imprimen creativo en su tarjeta de negocios, Symns es un escritor. Y Symns, como todo escritor, se odia a sí mismo. Hay algo en él que combate su esencia; no sé qué es, pero Symns se suicida, se boicotea, se ama exageradamente, duda de sí o se reza, todo a la vez. Quizá por eso su obra puede verse sólo a la distancia: la ‘carrera’ de Symns no es lineal, no empieza en el under y termina en el best seller. Symns gira sobre sí mismo, como un espiral metiéndose en el centro de la Tierra.” El preciso fresco que acaban de leer lleva la firma de Jorge Lanata y presenta un apartado de Fantasmas de luz, la nueva antología engordada por crónicas, notas y papeles perdidos y reencontrados que Enrique Symns publicó en diversos medios (La Mano, Crítica de la Argentina, Mavirock, THC, Orsai, entre otros), en las últimas décadas. También perlas de los años ochenta.
Poeta maldito, cráneo candente detrás y al frente de la mítica revista Cerdos & Peces, filoso performer del rock y cronista del bajo fondo porteño, el Conurbano y muchos infiernos más. “Enrique fue el escritor más inmerso en un submundo pocas veces tan bien retratado”, espeta el Indio Solari en otro texto del volumen. Territorios tórridos: el San Telmo afiebrado de la post dictadura y el menemato, el Soldati heavy del nuevo mileno, la Santiago fiestera, la eterna y demacrada Mar del Plata fuera de temporada y el siempre fascinante Once inmundo. 
La gruesa obra está jalonada por cinco secciones temáticas: Territorios (cartografía under), la transa (las drogas y otros venenos), Chamán de la nada (su vena más ensayística y filosófica), Por la autopista en sillas de ruedas (la terrible vejez) y Ficciones del abismo (gemas del pasado perdido, publicadas en Cerdos&Peces). Como en El Señor de los venenos, también en Big Bad City y La vida es un bar, en Fantasmas de luz podemos leer algunos acontecimientos, aventuras y experiencias que Symns considera que pueden explicarlo. No todas las experiencias, no todos los largos días ni todas las eternas noches. Sino las que hacen que él se reconozca a sí mismo o por las que quiere ser reconocido. El memorioso cronista de la vida en los márgenes, el Bukowski criollo y pluma gonzo de las contraculturas argentinas.
Rodolfo Palacios, hombre a cargo de la cuidada selección y el sentido prólogo, amigo de fierro de Enrique, afirma que “en tiempos en que las redacciones se volvieron grises oficinas y los periodistas cada vez salen menos a la calle a buscar historias, o pasan el día en las redes sociales, Symns nos invita a seguir soñando con el periodismo.” Mantiene la llama encendida. Como un fantasma de la luz. 
Una reseña en Tiempo Argentino, por acá.

lunes, 15 de abril de 2019

Mi culo, mi decisión

Desde el primer minuto de la clase, las nalgas se menean sin prisa pero sin pausa en el salón. Para arriba y para abajo, para aquí y para allá, como si pretendieran desconocer la ley de gravedad. Serán unas 30 pibas, también tres o cuatro chicos, que twerkean un martes a la noche en la sede de la escuela de danzas FLOW Altas Wachas, sobre la calle Lambaré, a pasitos de Corrientes.
"Le doy duro todos los días. Acá y en mi casa, bailo horas y horas. Esto es mucho más que un baile del culo. La gente piensa que es fácil, pero no. Hay que aprender a quebrar la cadera, comprender cómo se mueven músculos que no sabías que tenías, la resistencia, la agilidad, la destreza… es un todo que hay que ejercitar", se apura Melody antes de sumarse al enjambre danzante. Luce rodilleras, cómodo shorcito y un top diminuto: "La primera clase vine con una remera hasta las rodillas, pero después gané seguridad y entendí que el movimiento se tiene que ver".
Estudiante de Derecho, conchabada en un prestigioso estudio jurídico porteño, Melody dice que desde chica le apasiona zarandear el esqueleto. Probó con danzas árabes, jazz, moderna, pero no le movieron un pelo. Con el twerking fue otra la historia. La soltó de las ataduras, de los esquemas y los prejuicios que, cuenta, tenía con su cuerpo. Apenas da sus primeros pasos sobre el parqué resplandeciente, frena para mirarse orgullosa en el espejo: "No es sólo mover el culo. El twerking me da seguridad. Acá me empodero bailando".
Un cachete de cultura
Una rápida genealogía enseña que el culo y el baile forman una pareja virtuosa desde hace miles de años. Las ménades griegas, las bailarinas de Gades en la Roma imperial y las danzas sagradas de la India son parte capital de esta alcurnia trasera. En su deliciosa obra Breve historia del culo, el escritor francés Jean-Luc Hennig arriesga que con la danza "se acabó el culo tristón sin energías ni perspectivas en la vida". Con el ritmo de la danza, explica, el culo se volvió más desenfrenado, más disparatado, más desesperado. Incluso más peligroso. Si hasta en un concilio reunido en 1212, la Iglesia consideró que bailar era, sin más, pecado. Bien temprano habían detectado que el baile era la chispa que encendía la lujuria.
Las mujeres de la Costa de Marfil habían avivado la llama batiendo sus caderas en una danza llamada mapouka. En los '90, el movimiento Bounce, en Nueva Orleans, tomó la posta y bautizó al estilo con el nombre que llega hasta nuestros días: twerking. El término, incorporado hace unos años al prestigioso diccionario Oxford, tiene un origen etimológico ajeno a la cultura del hip-hop, el reggaeton y el perreo caribeño que le rinden culto en el presente. Fusiona los términos twist (torsión o contracción) y jerk(movimiento veloz o espasmódico). En criollo, de la cintura para abajo, un terremoto bailable.
Pedagogía del meneo
Mailén Cisneros es docente de danzas, performer y madre fundadora del cuerpo de baile FLOW Altas Wachas, transformado en referente indiscutido del twerking local. Al presentarse saltea todos los pergaminos. "Soy bailarina", cuenta con la simpleza de una Anna Pavlova latina de afro eléctrico. Sus primeros pasos en el gremio los tiró en las clases de belly dance, árabe y estilizada, en su Neuquén natal.
Hace más de diez años, cuando llegó a Buenos Aires para estudiar Diseño de Indumentaria, dejó atrás el baile. Grueso error: se deprimió. Pero la danza la sacó del pozo. Se curó bailando en las fiestas de dancehall, cumbia y reggaeton, y las pistas le cambiaron la vida: "Es que esas noches, moviendo el culo y las patas, conocí a Estefi Spark y Lauren Jaine. Esa fue la semilla de Altas Wachas. Primero nos veíamos bailar a lo lejos, ni la hora nos dábamos, igual nos teníamos fichadas. Había como un hilo que nos unía.”
Una noche de alta cumbia sellaron la alianza. Arrancaron "freestyleando" en sus casas. Después twerkeando en sucuchos de mala muerte, pero buena música. Más tarde llegaron las primeras fechas en boliches. Era todo por amor al arte. Pero aguantaron y le dieron duro a su sueño bailable.
Hoy tienen un cuerpo de baile estable y una escuela repartida en varias sedes de la Capital y el Conurbano. "Bailo porque es mi manera de sobrevivir. Y me gusta transmitir eso. Acá viene gente de todos los palos. Es una manera de desconectarte del momento de mierda que estamos viviendo. Con el twerking te conectás con la felicidad."
Antes de continuar con las clases prácticas en el salón, la docente esboza una definición teórica del ritmo: "El twerking es una herramienta millennial, las redes lo hicieron crecer un montón, y es lo que usamos las mujeres y muchos hombres para expresarnos genuinamente, tal cual somos. No es algo individual, somos una comunidad que piensa que la sociedad cambió. Nadie puede decirnos cómo vestirnos, cómo bailar. La mujer no está para seguir esas pautas". En ese colectivo entran todes: "La poceada, la peluda, la despeinada… queremos romper estereotipos de belleza, de clase. Es venir y bailar, lo demás no importa nada".
En su cátedra, Mailén repite como un mantra la ley máxima del twerking: "Hay que liberar la carne de la cola". Como si siguieran las teorías lacanianas, las pibas construyen frente al espejo del salón una nueva imagen de su cuerpo. Redimidas al ritmo de un tema de Bad Bunny.
Se va a caer
Hoy debutó Lucero. Al final de la clase se la nota exhausta. Elonga y cuenta que es maquilladora, que se animó a venir después de varios amagues y sobre todo que está liquidada. "Cuando venía para la escuela, estaba con el culo lleno de preguntas –confiesa la joven, pañuelo verde bien ajustado en la muñeca–: si me iba a poder soltar, si me iban a juzgar por mi cuerpo… pero ya está, soy feliz. Tampoco es tan fácil, me llevo mucha tarea para el hogar, como aprender el nombre de los pasos: bubbleshake,jiggle… Voy a tener que estudiar inglés también.”
Mariano Altamirano integra el cupo masculino. Es nuevito, arrancó hace pocos meses, pero a la pista le saca viruta como un veterano. Artista plástico, vive en la Villa 31 y sueña con imponer el twerking en los fiestones del barrio: “Por ahí los pibes tienen prejuicios, pero creo que si vienen, serían más felices”, desliza al pasar el morocho de uñas esculpidas.
Camila y Rocío, obvio, son feministas. Dicen que los derechos también se ganan bailando. En las marchas del 8M pusieron el cuerpo. Coparon la 9 de Julio agitando con las Altas Wachas. “Si lo tengo que poner en palabras –cierra Camila–, hay una que se me viene a la mente cuando entro a la pista: sororidad”. 
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 24 de marzo de 2019

Bienvenidos al tren

¿Importa el tamaño? Para los socios del Círculo Ferromodelista Oeste, seguro que no. No obstante, su devoción por los trencitos a escala es proporcional a las moles de metal que surcan las vías del Sarmiento, a pocas cuadras del local que les da reparo en Flores. En la calle Condarco al 500, unos 20 caballeros de cuarenta y pico para arriba se dan cita religiosamente tres veces por semana para rendir culto al diminuto material rodante, uno de los pasatiempos más apasionantes y cotizados.
"El asunto del tamaño es una lucha eterna que tenemos con los terapeutas –explica Guillermo Molina, miembro histórico de la institución–. Nos dicen que queremos ser como Gulliver, por esto de pretender manejar el destino de todos esos trenes y personas que aparecen en la maqueta. De algún modo, somos los creadores de un mundo nuevo".

Guillermo detalla que la génesis de su fidelidad ferromodelista le viene de su primera infancia, cuando su papá le obsequió una locomotora a vapor, tres vagoncitos y unos pocos metros de rieles, forjados con precisión de relojería por la casa alemana Marklin, palabra mayor con 160 años de historia en el gremio. Aquella formación se mareó sin cesar más de diez años en el óvalo del living de los Molina. Cuando alcanzó la mayoría de edad, el muchacho pudo ampliar las fronteras para su convoy con recurrentes visitas a locales especializados del centro porteño. El intercambio de conocimientos con otros fieles y las compras en el extranjero llevaron los confines mucho más allá. "Esto tiene un difuso límite entre la triple frontera del juego, el hobby y el coleccionismo. Y además el club te hace conocer gente que está en la misma y surge la amistad". La hermandad de los rieles.
El club es un espacio democrático, donde no se discrimina al prójimo por la cantidad y calidad de las piezas que atesora o sus pergaminos en el rubro: "Venimos a entretenernos, a laburar en las maquetas, que están en evolución permanente, y sobre todo a ver correr los trenes", aclara Guillermo. La construcción es colectiva: se nutre de los módulos que aportan los socios y de su mano de obra de fina factura artesanal. Pintura, carpintería, herrería, electricidad y hasta la pesquisa histórica son disciplinas que hacen florecer los pequeños paisajes.
"Es como hacer una película. Aunque todo parece fijo, para mi cabeza está en movimiento. Mire ese puente y el río que corre, con el pescador esperando que pique algo. Sí, también somos paisajistas", revela Jorge Somaschini, técnico electrónico por profesión, maquetista por elección. Heredó de su papá el oficio de hacedor de micromundos: "Tuve suerte, mi viejo me armó una maqueta de dos metros, con túneles, montañas, una pinturita". Su exploración estética es hiperrealista. Y la tecnología le da una mano en su cruzada: "Todo ha avanzado muchísimo. Desde la locomotora con sonido hasta los ronquidos que se escuchan en el vagón dormitorio. Se pueden construir escenas: los pasajeros almorzando en el comedor o el cazador disparándole a un ciervo y el destello del arma justo cuando pasa el tren. Un grado de realismo absoluto. Es nuestra búsqueda: imitar el mundo que nos rodea".
Nostalgias
El club surgió a principios de los '90, años oscuros en que los ferrocarriles comenzaron a recorrer el camino inverso al progreso que había marcado su historia en el país. La máxima menemista "ramal que para, ramal que cierra" fue el golpe de nocaut para los trenes nacionales. Quedaron en Pampa y la vía. "Los pueblos del interior que vivían a la vera del tren, las cosechas rumbo al puerto, todo eso dejaba de existir. Más allá del hobby, el club rinde homenaje a esas formaciones", asegura el tesorero Raúl Guzmán, con un tono crítico que remeda a otro gran ferrófilo, su tocayo Scalabrini Ortiz.
Esta tarde, Martín hace correr una locomotora Alstom, la primera diesel que tuvo la línea Roca. El lustroso bólido acarrea sin transpirar unos vagones ganaderos. "Los hice cuando tenía diez años, hace más de treinta. Cada varilla está cortada y pintada a mano. Les tengo mucho cariño, los vi nacer". El paciente modelista explica que a los pibes de ahora les cuesta engancharse: "Ponen un simulador y ya está". Aunque aprovecha la digitalización, la vieja escuela no arría la bandera analógica. 
Enrique picó el boleto del modelismo en 1963. El hobby, dice, le permite disfrutar un viaje mental al escenario añorado. Fija la mirada nostálgica en los rieles y regresa a su patria de la infancia: "Hurlingham, tomando la merienda con mis viejos bajo unos eucaliptus, junto a las vías. Pasa el San Martín, con sus vagones de madera gastada. El humo, el silbato, tantos recuerdos... El tren era importante y ser ferroviario, un orgullo".
Próxima estación...
Frank Sinatra, Rod Stewart y, en estos pagos, Daniel Scioli, son las figuras públicas que, comentan los asociados, pudieron materializar maquetas faraónicas sin escatimar billetes. El ferromodelismo es un hobby caro, pero no elitista: "En estas épocas de dólar por las nubes se complica acceder al material importado, pero qué es caro y qué es barato en esta vida –se pregunta Molina–. Cuatro stents son caros. ¿Qué precio se le pone a lo que te hace feliz?". Para algunos socios, el límite implica comprar un departamento para acomodar las maquetas. Cuentan que un conocido del club salió del banco con un crédito para comprar un auto pero descarriló antes de llegar a la concesionaria. Se la patinó en trencitos.
Antes de que caiga la noche tropical sobre Flores, los muchachos brindan con una cervecita helada. En la maqueta, una locomotora bufa y anuncia su próxima partida. Un pequeño gigante cansado por los años de traqueteo. Todos a bordo. ¡Bienvenidos al tren! 
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

viernes, 8 de marzo de 2019

Basquiat, el pibe radiante

La historia habla de un pibe negro de raíces haitiano-puertorriqueñas que prácticamente se crió en los barrios marginales de Nueva York. Un chico que vagabundeaba con sus despeinadas rastas a cuestas por el sórdido Soho a finales de los ’70 y principio de los ’80 -cuando los yuppies se mudaron a los suburbios de la Gran Manzana y las calles se volvieron “peligrosas”-. un adolescente que tatuaba las paredes del East Village con grafitis antisistema. Un artista cachorro que empezó a pintar de manera autodidacta y que fue “descubierto” por galeristas ávidos de “sangre joven”. Un hambriento muchacho de suburbio devenido en millonario y nuevo enfant terribledel arte moderno. Un pintor luminoso que vivió rápido y murió joven, demasiado joven. Esta acelerada biografía de Jean-Michel Basquiat evoca parte de su curriculum pero nada nos dice del secreto de su arte o, como afirma el escritor británico John Berger, sobre “la fascinante forma que tenía para desenmascarar las mentiras que nos rodean”.
La vertiginosa vida de Basquiat, su meteórico salto a la fama y su temprana muerte a los 27 años -otro miembro del club- fueron factores ideales para convertirlo en un auténtico mito del genio malogrado. Sin embargo, como explica el crítico Leonhard Emmerling en el prólogo de la exquisita biografía visual Basquiat (Taschen), más allá del vacío arquetipo del héroe marginal, este grafitero de suburbio fue el primer artista negro que quebró el siempre latente racismo del mundillo del arte moderno y logró fusionar las esferas de la cultura de élite y la popular, una experiencia que ya había comenzado a desandar Andy Warhol (mentor y compinche de Basquiat) desde las trincheras del Pop Art.
Busco mi destino
Ni parques de diversiones ni calecitas. Cuentan que Matilde Andrades, la mamá de Basquiat, solía llevarlo a los museos de Nueva York desde que el pequeño Jean-Michel comenzó a gatear. A los seis años, Basquiat ya tenía sus abonos para perderse en los salones del Museo de Brooklyn, del Metropolitan y el MOMA. Allí conoció los trazos abstractos de Kline, la pintura de acción de Pollock, las caligrafías de Cy Twombly y se deslumbró ante el Guernica de Picasso. También cuentan que al mismo tiempo, se fascinaba con las leyendas populares que le narraba su abuela haitiana Flora (a quien años después le dedicó su luminosa obra Abuelita).
Listo y algo precoz, el joven Basquiat dejó los estudios formales y la casa materna a los 15 años y decidió embarcarse en un postgrado acelerado en la universidad de la calle. “Desde que tenía 17 años, siempre pensé que sería una estrella. Pensaba en todos mis héroes: Miles Davis, Jimi Hendrix, Janis Joplin. Tengo una visión romántica de cómo la gente se ha hecho famosa”, confesaba en una entrevista a mediados de la década de 1980. Basquiat pasó varios años como un nómade urbano: sobrevivía vendiendo postales caseras con sus ilustraciones y durmiendo en callejones.
A finales de los años setenta, pateando las barriadas del Soho y el East Village conoció al grafitero Al Díaz, con quien comenzó a pintar las paredes de la Gran Manzana con tatuajes contestatarios, firmándolas con el acrónimo SAMO (SAMe Old shit –“siempre la misma mierda”-). “SAMO es una nueva forma de arte, SAMO como el fin del lavado de cerebros, nada de política y falsa filosofía. SAMO es una cláusula de escape. SAMO como alternativa al arte como juego con la secta del radical chic”, se podía leer durante aquellos años en alguna pared cerca del puente de Brooklyn o de la galería Mary Boone. 
El proyecto SAMO arremetía contra la hipocresía del materialismo y caricaturizaba los valores y creencias de la sociedad estadounidense. Basquiat no renunciaba a ofender a todos aquellos cuya atención quería despertar con sus grafitis, y como bien afirma Emmerling en la biografía, “esas personas paradójicamente eran las mismas que se paseaban por la zona de galerías en descapotables con la cartera llena de dólares de papá, las que quedaban fascinadas por el radical chic de la llamada ‘vanguardia’ y las que más tarde utilizarían al propio artista como decorado de su estilo de vida”.
De mendigo a millonario
En 1980, una pintada advertía a los siempre despistados neoyorquinos: “SAMO está muerto”. Luego de una traumática separación de su compinche Al Díaz, Basquiat decidió alejarse de la escena grafiti y comenzó a pintar. ¿Su primera exposición? El Times Square Show, una muestra que tuvo lugar en un andrajoso almacén abandonado donde se expusieron obras hechas por artistas punks y raperos. Basquiat dispuso de una pared. Su obra causó sensación.
Un año después, en la mítica exhibición New York/New Wave, Basquiat desplegó 15 obras que comenzaron a mostrar su característica frialdad y austeridad gráfica y su fascinación por rescatar malogrados héroes populares estadounidense como el boxeador Joe Luis, el beisbolista Jackie Robinson y Charlie Parker. Sus obras combinaban las visiones callejeras con las imágenes de la cultura vudú, la denuncia del racismo estadounidense con la crítica al triunfo de la sociedad de consumo, el grafiti neoyorquino con la tradición pictórica europea. Aquella muestra marcó el comienzo del éxito de Basquiat y los marchantes siempre ávidos de “sangre joven” comenzaron a pagar miles de dólares por sus cuadros. De la noche a la mañana, el East Village neoyorquino se convertía en la meca de los coleccionistas de arte y en un suspiro Basquiat se transformó en el primer artista afroamericano que ascendió al Olimpo, ahora definido por los precios de las obras, de las estrellas internacionales de la pintura.
Después vinieron las muestras individuales en las principales galerías de Europa y los Estados Unidos; los viajes por África y el Caribe para explorar sus raíces; los trabajos a cuatro manos junto a su admirado Andy Warhol (Basquiat se vanagloriaba de que había logrado que el rey del Pop Art volviera a tomar los pinceles luego de 20 años de ostracismo); los superficiales agasajos en las portadas de TimeNewsweekVanity FairVogue y el New York Times; y unas desenfrenadas jornadas de trabajo y excesos que parecían sacadas de una novela de Bret Easton Ellis. Su luz se extinguió demasiado rápido: una sobredosis la apagó de un soplido en agosto de 1988.

En los últimos años, las obras de Basquiat alcanzaron precios pantagruélicos. En 2017, su inquietante cabeza negra sin título se vendió por 110,5 millones de dólares. Así se sumó al exclusivo club que integran Warhol, Jasper Johns, Francis Bacon, Pollock y su admirado Picasso.
Al cierre de la biografía, Emmerling recuerda que en la obra Charles The First, Basquiat garabateó una frase premonitoria que anticipó su final: “La mayoría de los reyes jóvenes mueren decapitados”.  A más de tres décadas de su muerte, en algunas paredes del ahora cheto Soho todavía siguen apareciendo pintadas que rezan “SAMO no murió”.
Publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 4 de marzo de 2019

Si lo sabe cante

El insoportable canto metálico de las chicharras no altera al jilguerista Víctor Suárez. Tampoco los 30° de térmica que regala la mañana. Como buen director técnico, Suárez destila un mesurado optimismo sobre el talento melódico de su pupilo: "Un amarillo con cierre que me regaló un amigo hace dos años. Se llama Forastero, ahora lo tengo guardado en el auto, está concentrando. Es nuevito, su segunda competencia es. Hay que cuidarle la voz", confía el caballero y se toma un mate amargo. En un rato, el pichón de Pavarotti cantará ante un modesto pero exigente auditorio: "Ayer a la tarde tenía algo de nervios, ahora nada. La adrenalina en serio empieza cuando vas a colgar el pajarito en el palo".
Suárez es uno de los tantos entusiastas del bel canto del jilguero, que se arriman este domingo hasta el predio Virgen Gaucha para celebrar un nuevo encuentro de la Federación Bonaerense de Jilguericultura (FEBOJIL) de la Zona Oeste. Llegó a Luján desde Chacabuco, otro punto cardinal del gremio, acompañado por su compadre Ricardo González. Desde muy pibes comparten el fanatismo. "Era como un hobby, salir a cazar al campo con los amigos. Ahora es otra cosa: estoy siempre buscando el jilguero para competir. Ya tengo el oído afinado", dice González.
El hombre disfruta en su casa del canturreo de tres ejemplares. Pero para la competencia, no tiene dudas, trae siempre al Loco. "Es el que de verdad anda en el palo. Un pájaro que, apenas lo colgás, sale rápido. Igualmente hay que saberlo llevar. Sacarlo a varear –es decir, pasearlo– todas las mañanas y las tardes, que vea la naturaleza y se estimule. Esto tiene toda una disciplina".
Su colega Suárez tuvo varios canarios, algunos cabecitas y otros cantantes emplumados, pero asegura que la voz del jilguero no se iguala. "Algunos cantan con mucha fuerza, y entran en la competencia de repique. Son muy 'panzados' y buscan las notas. Hay otros que lo hacen muy suave, como una sinfonía de Beethoven o Vivaldi". Es correcta la analogía. El maestro veneciano dedicó el concierto Il Gardellino a la sublime voz del jilguero.
Todo un palo
Fernando Russo es un auténtico hombre orquesta. Recibe a los parroquianos, da una mano en la inscripción, vende rifas, enciende el fueguito para los chorizos, organiza la asamblea de los asociados y hasta se da tiempo para echar luz sobre la esencia de la jilguericultura: "Es muy simple: sólo se trata de escuchar. Poner el pajarito en el fondo de casa, debajo de un árbol, cebar unos buenos mates, relajarse y abrir el oído".
Hace 25 años, Russo andaba medio bajoneado. En esos días, y para levantarle al ánimo, un amigo le regaló un jilguerito radiante y le advirtió: "Esto te va a cambiar la vida. Si te gusta, no te vas a separar nunca más". Tenía razón. Russo revivió como el ave Fénix. Hoy tiene tres pajaritos, que ya son parte de la familia. No los deja solos ni de noche ni de día, hasta se los lleva de vacaciones.
Su educación sentimental hasta llegar hace seis años a la fundación de la seccional oeste de la FEBOJIL, incluyó pesquisas en Internet, visitas fijas a los encuentros de aficionados y la sabia escucha de los casetes que se comercializaban en los torneos: obras cumbres forjadas en TDK que inmortalizaban las voces más destacadas del parnaso nacional. Con una estrella rutilante: el Jíbaro, un pájaro que voló alto en los '80 y ganó mil y un torneos. Todavía son recordadas sus batallas nota a nota contra el Cerveza, su archirrival. "Era Gardel, el pájaro que todos soñamos, el que buscamos pero que nunca encontramos", resume Russo.
Luego, analiza al detalle la voz del Sicalis flaveola pelzelni, la especie de estos pagos: "Es diferente a todos. Le doy un ejemplo: si está hablando por teléfono de línea, usted de fondo puede escuchar una paloma, un bicho feo, pero nunca a un jilguero. Sus agudos son tan penetrantes que no se llegan a captar". Para el especialista, cada jilguero es un mundo, ya sea por su voz o su plumaje. Los ejemplares entonan tres notas básicas: prio, golpeo y repique. "La primera es la del pollo: pia, pia, pia, con sus variantes: pausado, marcado y fuerte. El golpeo es más de fuerza. La nota vedette es el repique, un agudo extendido, que no lo hago porque se va a reír. Un sonido largo y sostenido, que no flamee".
En las competencias, los pingos se ven en el palo, donde los aficionados cuelgan la jaula con el intérprete encerrado en el centro de una suerte de cuadrilátero. El ave tiene cinco minutos para dar rienda suelta a su arte. Hay dos categorías, amarillo –pájaro adulto que ya replumó– con cierre y sin cierre, que es un canto especial. Desde un rincón, el dueño alienta mordiéndose la lengua. Desde el otro, el jurado anota en una planilla los puntos altos y bajos de la performance: claridad, caudal de la voz y entonación. La justicia aquí no es ciega, pero tiene oído absoluto. El público acompaña con un silencio monacal, salvo algún susurro para reconocer al solista.
Desde hace algún tiempo, los encuentros reciben críticas de las asociaciones protectoras. "Alguna gente ve mal esta disciplina, pero queremos destacar que es una actividad controlada por el Estado, que garantiza el buen trato. Nosotros los llevamos al veterinario, hay tratamientos preventivos de parásitos y vitaminas. Con los agrotóxicos, un jilguero suelto puede vivir dos o tres años. Con nuestros cuidados, más de diez". Más allá de las buenas prácticas, los cantos de protesta se escuchan con más fuerza. "Al que tiene prejuicios le digo que se acerque –invita Russo antes de que empiece a sonar la música para sus oídos–. Esto es una pasión sana, familiar, cultura de la provincia de Buenos Aires".
Pipí cucú
Bajo un ceibo, como en trance, Daniel Valerio se deja llevar por las dulces melodías que flotan en el aire. El canto del pajarito dorado es su pasión. "Las mañanas son sagradas. Siempre me acomodo los horarios para escuchar a los bichos. Si tengo que llegar un poco más tarde al trabajo, no me importa. Es mi momento para disfrutar", cuenta este pintor de brocha gorda, presidente de la federación de Rojas. En la perrera –la caja para transporte–, espera su debut Franquito, jilguero joven y corajudo: "Le hablé mucho en la semana, le dije lo bien que estaba cantando. No se crea que estoy loco. También le abro la jaula, y él se va a bañar a la canilla que gotea y después vuelve solito a su casa".
Al alba, Matías Delgado le rezó a la virgencita de Luján que lleva tatuada en el antebrazo. Le hizo un pedido: "A ver si me daba una mano con el canto del Sacrificio, mi jilguerito con cierre", cuenta el pibe de 26 años, llegado al palo por los sabios consejos de su abuelo. Pero en enero no hay milagros. El Sacri dedicó los cinco minutos a otear el cielo diáfano. No dijo ni pío.
Con 60 años de aficionado, Osvaldo Aboy tiene más aventuras que el Pájaro Loco. Mientras da vuelta los choris, saca pecho y rememora su momento de gloria: "Año setenta y pico, en Barrio Seré, Castelar. Gané con el Gauchito, un jilguero que había levantado en Navarro. Enfrente tenía cantantes con remolino, estridentes, bochincheros. Pero el Gaucho era prolijo, del primer al último minuto te dejaba con la boca abierta". Si cierra los ojos y afina el oído, confiesa Aboy, todavía lo puede escuchar.
Miriam Rivelli es de las pocas mujeres que participan en las competencias. Es la presidenta de la FEBOJIL y esposa de Russo. Mientras los caballeros escuchan embelesados las finales, la dama ensaya una reflexión sobre la platea masculina: "Cuando arranca el jilguero, quedan todos embobados. Hace unos años, en una competencia en Ciudadela, durante una ronda apareció una mujer lindísima, un tremendo gato, y ninguno se dio vuelta para mirarla. Imaginate cien hombres hipnotizados". Como por el canto de las sirenas. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

Un Illimani en Flores

Será cuestión de fe. “Si puede mover montañas, cómo no me va a ayudar a bailar cuatro horas seguidas”, arriesga Omar Mercado, devoto. Desde el centro de la pista tira unas pataditas al aire junto a otros danzarines, mientras todos hacen sonar los cascabeles que llevan zurcidos en sus pesadas botas. La inmaculada figura de la virgen del Socavón de Oruro no los deja solos, ni de noche ni de día. Es el faro que alumbra el ensayo de la fraternidad: “Algunos bailan para aparentar, otros simplemente para divertirse. Pero los caporales lo hacemos por devoción a la mamita de la mina”. Mercado no tiene dudas: la danza también puede ser una experiencia religiosa.
El joven chuquisaqueño es uno de los padres fundadores del Bloque Sambos Caporales Buenos Aires, filial local de la casa matriz orureña, una de las fraternidades de bailarines más populares de Bolivia. La génesis del proyecto se dio hace seis años. La nostalgia por el pago y la pasión por el rico folklore altiplánico reunió a una docena de entusiastas migrantes. La virgen fue el motor. Las ganas de difundir su cultura, el combustible. “Había grupos que se identificaban con la virgen de Copacabana–cuenta–, otros con la de Urkupiña… pero nosotros elegimos a la patrona de los mineros”. Con la merced de la virgencita que reina en las entrañas de los trepanados cerros y se enfrenta al Tío, endiablada deidad de las profundidades, se especializaron en la danza caporal y comenzaron a ensayar a mitad de 2014. En pocos años sumaron medio centenar de voluntades al proyecto: migrantes bolivianos, peruanos, salteños, jujeños y también algunos porteños que disfrutan moviendo el esqueleto al ritmo de bombos, platillos y trompetas.
Mercado es un eximio bailarín y estudiante atento del folklore latinoamericano. Puede dar clases magistrales sobre los secretos de las danzas bolivianas: “No sabe, hay muchísimas. Han sido una de las estrategias de los originarios para mantener vivos sus rituales. Los festejos son espacios donde triunfa la cultura popular, evitando la censura de las élites”.
El caporal es una danza relativamente joven, que lleva en su ADN parte de esa historia, hibridada con la cultura urbana. Nació en los años 70 por iniciativa de los hermanos Estrada Pacheco, dos músicos del bohemio barrio de Chijini, en La Paz: “En poco tiempo se hizo masiva y hoy en día dice presente en todas las fiestas, incluso ha traspasado las fronteras y es moda en Chile, Perú y el norte argentino”, explica Mercado, mientras coordina las piruetas de sus compañeros. El ritmo toma influencias de la cultura afroboliviana, con la saya y el tundiqui como referencias ineludibles: “La figura del caporal está inspirada en el capataz. Satiriza al traidor, que maltrataba a los esclavos con el chicote y vestía elegantes ropas que le daba el patrón”. El baile cobija, en términos borgeanos, el tema del traidor y del héroe.
En la sala de ensayo se escucha una vez más el ensordecedor repiqueteo de los cascabeles. Traen al presente las cadenas que padecieron aquellos anónimos esclavos. “De alguna manera –cierra Mercado– bailamos para recordar el sufrimiento de aquellos hombres y mujeres”. Los caporales danzan cuerpo a cuerpo con la historia silenciada. Un baile con buena memoria.
Amor de carnaval
Sombrero borsalino, largas trenzas, chaqueta rosa Dior adornada con lentejuelas, minifalda al tono y taquitos haciendo juego. Vanesa, Ximena, Marytza y Shirley hacen gala de su elegancia chola, poco antes de incorporarse al ensayo. “Los trajes se mandan a hacer a La Paz –explica Marytza–, pueden costar hasta 400 dólares”. Lejos de París y Milán, la alta costura boliviana domina el rubro. Año a año, cuentan las damas, cambian los diseños. La fiesta del Señor de Gran Poder y el Carnaval de Oruro son las pasarelas a cielo abierto que anticipan las tendencias de la temporada. En la tendencia de este año predominan las tonalidades pastel y se dieron los regresos triunfales del encaje y las transparencias en las mangas. “Los sastres paceños son muy profesionales, pero en época de fiestas se les pueden escapar detalles –resalta Marytza–. Por ahí llega el vestido a último momento y descubrís que te queda enorme. Me ha pasado de estar costurando toda la noche en vela, y terminar antes de salir a bailar”.
Ximena todavía recuerda la primera vez que vio a unas muchachas bailando caporal. Quedó fascinada: “Yo tenía seis años y mis papás nos llevaron a pasar los carnavales a Tupiza, donde tenemos familia. Ahí predominan otros bailes, como la tonada chicheña. Pero había un grupo chiquito de caporales, que bailaban re tarde. No sé si eran las mejores, pero les admiré la actitud”. Cuando baila, confiesa, a veces se le viene a la mente la imagen de aquellas estoicas damas tupizeñas.
Carnavaleando en Villazón, la ciudad que limita con La Quiaca, Vanesa se enamoró del caporal… mejor dicho, de un caporal. “Ahí lo tiene, mire qué guapo y lo bien que baila. Cómo no me iba a conquistar”, dice, al tiempo que señala a su marido César. Tienen un hijo, son comerciantes, viven felices en Ciudad Evita y se confiesan, obviamente, evistas de la primera hora. “Le debo demasiado al caporal –se despide Vanesa–. Trato de devolverlo bailando”.
Lejana tierra mía
Con tres décadas a cuesta en la mochila de la vida, Emanuel Calisaya dice que empezó a bailar tarde el caporal. Pero en el fondo, sabe bien que nunca es demasiado tarde. “Sentía un vacío enorme por mi patria. Se extraña la comida, las costumbres, la familia, y acá lo llené. Esta es mi casa. Un pedacito de los Andes en Buenos Aires”, confiesa el morocho.
Dice también que con los años y el filoso entrenamiento, dejó en el pasado su historial de patadura. ¿La clave? Dejarse llevar. Igual se pone el chip profesional y detalla algunos consejos para los novatos: “Siempre hay que estar atento a los rebotes, marcar los hombros, mirar al frente, el cruce de las piernas es básico. Hacer de morenos, amigo”. Lo que importa es la actitud.
Cuando se calza el traje, Emanuel se transforma en un superhéroe. Lo lleva personalizado con una furiosa serpiente en la espalda, piedras fantasía por doquier y una bandera argenta cruzada con la boliviana. Más chiquito, también un parche con la mamita de Oruro.
Antes de seguir con su faena bailable, saca chapa de su corazoncito tricolor. Aunque es más paceño que el chuño, con nostálgico tono tanguero reflexiona: “Sabe, nosotros hicimos nuestra vida de nuevo acá. Estoy muy agradecido a la Argentina, pero a veces siento que a los gauchos les gusta ver más la cultura italiana, rusa… y al boliviano se lo deja un poquito de lado. Cuando bailo, se me vienen a la mente nuestros padres, que llegaron con una mano atrás y otra adelante. Se mataron trabajando en costura y verdura. Ahora sus hijos estudian, tienen títulos universitarios. Pero nunca olvidan su historia, su cultura. Por eso bailo”.
Lo primero es la familia
Hace cuatro años, los Sambos porteños tocaron el cielo con las manos. Ese verano debutaron en el Carnaval de Oruro, la meca del ritmo. “En Buenos Aires tenemos tres grandes festejos: las entradas de Luján, Avenida de Mayo y la del barrio Charrúa, en el Bajo Flores. Pero Oruro es otro planeta. Es como jugar en La Bombonera”, resalta Erik, el “Julio Bocca” de la fraternidad. “Nos ha ido muy bien –reconoce–, la gente delira cuando hacemos la pasada. Se sorprenden cuando gritamos que somos de Buenos Aires. Pese a ser bolivianos, para ellos somos los gauchitos. Y acá somos los bolitas”.
De su experiencia orureña, Erik no pudo olvidar el aliento ensordecedor de las tribunas, durante las cinco horas del recorrido. “Se baila hasta casi desfallecer –asegura–. Cuando se llega a la iglesia donde espera la virgen, es como entrar en el paraíso”.
Casi al cierre del ensayo, los pesos pesados de la fraternidad muestran toda su destreza. Los apodan los “Sambosos”, por sus generosas barrigas. Los comanda Luis Fernando, un pediatra orureño con muy buen pie. “Los chicos son el pulmón; las chicas, la belleza; y nosotros, la sabiduría”, saca chapa el hombre. Cuando era pibe y pesaba 60 kilos, llegó a bailar 13 kilómetros en un día. Dice que ahora está medio achanchado, pero todas las presentaciones las termina con la frente en alto. “Le cuento que de Bolivia no extraño ni el clima, ni la comida… La familia es mi patria. Bailamos todos juntos acá”.
Domingo de Flores
Ni el diluvio mañanero, ni el infierno húmedo de la tarde, mucho menos el ch’aki fulero del domingo. Nada detiene a los paisanos. Aunque lleguen un poquito demorados, con la lengua afuera, todos quieren estar presentes para el Segundo Encuentro Mundial de Caporales Cien por Ciento Boliviano. “Arrancaba a las 14, pero las fraternidades vienen como en cámara lenta. Hora boliviana, caballero”, se presenta cordial Miguel Sandalio, comunicador y locutor de fina garganta. Integra la Organización Boliviana de Defensa y Difusión del Folklore (Obdefo), la institución encargada de coordinar y darle forma al evento bailable. Un encuentro que invita a mover la patita, mejor dicho los cascabeles, pero que sobre todo intenta plantar la bandera tricolor en la soberanía del caporal.
Suena raro, porque bailar no tiene fronteras. “Totalmente de acuerdo, pero queremos informar sobre la raíz de esta danza, muchos países se la apropian, y desinforman”, asegura el defensor, a capa y espada, de la identificación boliviana del pasito.
El evento es global. En 72 ciudades del planeta, miles de bailarines le sacan brillo al asfalto con sus botas. De Japón a España, sin olvidar Perú, Estados Unidos y, por supuesto, la Argentina. En Buenos Aires participan seis fraternidades, tres bandas y decenas de paisanos. “La ciudad donde habitan más bolivianos en el mundo no puede quedarse afuera de esta fiesta”, asegura Sandalio, migrante paceño que llegó a estos pagos hace casi dos décadas.
En sus 37 años de vida, Sandalio sólo una vez se puso las botas cascabeladas. Prefiere bailar con las palabras, asegura el conductor del programa de radio Añorando mi Bolivia. ¿Y qué añora? “El chairito, el choclo, nosotros somos muy querenciosos de nuestros manjares”, dice con voz melosa.
 Su debut y despedida en el gremio caporal se dio en la fastuosa entrada del Gran Poder, hace ya más de una década. No, nada de promesas. Bailó como invitado de una fraternidad de Viacha: “Ahí se vive la tradición, señor. El barrio de Chijini es el Olimpo, lugar de dioses del ritmo”. Recuerda que aquel día bajó por las empinadas calles paceñas como en éxtasis místico. Al estadio Hernando Siles llegó con la lengua afuera. “La alegría y el corazón de la gente te ayudan a terminar. Y no, no le metí a la cerveza Paceña ese día. No quería perder el paso y descoordinar. Yaaaaaaaaaa”.
La elección de la escenografía porteña para el encuentro mundial de caporales no es azarosa. El barrio de Flores es punto de reunión, recreación y sobre todo de trabajo para los paisanos radicados en estos pagos. Costureros, vendedores, diseñadores y compradores inundan los mil y un locales de lunes a sábado. Esta tarde de domingo, la avenida Avellaneda luce una tranquilidad monacal. Obvio, hasta que las bandas hacen estallar los primeros platillos.
Vladimir es diseñador de indumentaria. Por las prendas que lleva puestas, se le nota el buen gusto. Saco blanco y violeta impoluto, pantalón haciendo juego y las lustrosas botas prestas para salir al ruedo. Es paceño, radicado en Argentina desde el lejano 1989. Juega de local. Tiene un comercio de venta de ropa aquicito, a poco más de dos cuadras. “Es fuerte que este festejo se haga en Flores. No olvide que acá nos ganamos el pan, cumpliendo con la ley. Pero este día no quiero olvidarme de mis paisanos que son explotados en los talleres clandestinos. Ellos también tienen que tener el derecho a bailar”, puntualiza el joven. Caporal memorioso. Trae al presente las desdichas de sus hermanos. Como los que murieron hace 13 años en el incendio del taller de la calle Luis Viale cuando el fuego iluminó cómo son explotados los migrantes por textileros argentinos.
Antes de despedirse –en pocos minutos comienza el acto oficial–, el fundador de la fraternidad Unión y Poder cuenta que con sus colegas se prepara día y noche, a todo motor, para llegar afilados a la cita máxima del año: el Carnaval de Oruro. “Somos más de 50 caporales y estamos entrenando a full. No me vengan con Río de Janeiro y su sambódromo. Mucho menos con Venecia, que es una ciudad que hace agua. La fiesta es en Oruro. Es una locura hermosa y con la venia de la virgencita”, saluda y luego se pierde entre sus fieles escuderos. Le sobra elegancia.
Sin fronteras
A Jackeline y a Estela les importa poco y nada la soberanía. Ellas bailan. ¡Y cómo! “Que sea boliviano, peruano o de Marte el caporal, a mí lo que me importa es bailar con mis amigos”, dice Estela, cochala llegada a Baires cuando era wawita. Su patria es su barrio. Y no le gustan los límites. Por eso integra la fraternidad Caporales sin Fronteras del vecindario de Retiro. Su compinche, vecina y confidente Jackeline es peruana. Elegante como un balcón limeño. Le encanta horrores maquillarse y usar toneladas de glitter. Antes de que comience la fiesta, las amigas se abrazan y posan para la foto en una imagen que remite a la eterna alianza peruano-boliviana. Un ejemplo para la diplomacia.
José Quintana lubrica su garganta con una Coca bien helada. Es el director de la banda Acuario, una formación con tres décadas de historia en este palo. Su documento dice que es argentino. “Pero a quién le importa lo que dice un papelito. Yo me siento boliviano. Tengo que pedir la nacionalidad”, bromea el veterano músico, con su fiel trompeta a mano. Bueno, en el fútbol es otro cantar. No hincha por Bolívar y menos por The Strongest. “Soy cuervo, San Lorenzo es mi equipo. Que de paso es el club con más hinchas paisanos, porque el estadio está en el Bajo Flores. Todo está relacionado”, se ríe el trompetista y deja ver una sonrisa blanca como la de Miles Davis.
En Acuario toca con sus hijos y nietos. Y con una docena de amigos que le regaló la vida: “Muchos paisanos y algunos bolivianos adoptivos. Ya le dije, con la malaria que hay en Argentina, me hago la ciudadanía y me voy para allá. A mi querida Bolivia”.
A eso de las cuatro de la tarde, desde el escenario piden silencio. Suenan los himnos y luego las pocas autoridades –el embajador está de viaje– dan su mecánico discurso de honor. Los bailarines calientan las piernas, dan saltitos, se preparan para el momento del éxtasis.
De repente, estallan las trompetas, los bombos y los platillos. Entonces, las fraternidades salen despedidas hacia la avenida Nazca. Y como por arte de magia, o de un conjuro de un chamán o algún yatiri, los cascabeles borran las nubes pesadas y finalmente sale el sol tremendo. Incluso, si uno afina la vista, en el horizonte se puede ver también la figura de una montaña fastuosa en pleno barrio de Flores. Un Illimani púrpura. Inalcanzable.
Crónica publicada en la revista Rascacielos, del paceño Página Siete, por acá