lunes, 14 de enero de 2019

El día más triste de los libreros del Parque Rivadavia

La grúa hunde sus dos dientes afilados bajo el puesto 84. La veterana casilla de la feria de libros, revistas y discos del Parque Rivadavia se entrega mansa a los empleados del Gobierno de la Ciudad. La batalla para mantener su espacio original, que ocupa desde hace décadas, está perdida.
"Se lo resumo en dos palabras: absoluta tristeza, eso es lo que sentimos hoy", dice, apenado, Fabián Torres, curtido vendedor de exquisitas obras literarias y delegado de los feriantes. Desde el año '90 se gana el pan en el parque, en el puesto 97, reubicado precariamente sobre la avenida Rivadavia desde el último y auténtico día de miércoles.
Con paciencia infinita, Torres desembala, limpia y acomoda unos textos clásicos de Walter Benjamin, Pasolini y Bukowski sobre los estantes. "Esta es una mudanza distinta, que nos mueve todo: la estructura de laburo, pero también nuestra relación personal y afectiva con el parque. Hicimos de todo, la verdad: juntamos más de  5000 firmas, hicimos un festival, fuimos a ver a la gente de Patrimonio Histórico, convocamos a las organizaciones vecinales, hablamos con S.O.S. Caballito, pero no hubo caso. Con la sanción del nuevo Código Urbanístico en la Legislatura, donde figura la posibilidad de apertura de la calle Beauchef, ya no hubo vuelta atrás." La decisión, en definitiva, les dio la espalda y se tomó a partir de una encuesta online realizada por el Ministerio de Ambiente y Espacio Público porteño, apenas difundida, en la que votaron poco más de cien vecinos.
La iniciativa, que supone la apertura al tránsito vehicular de esa calle entre Rivadavia y Rosario, en un lugar ocupado hace décadas por los libreros, para mejorar la accesibilidad, va a contramano de todas las recomendaciones sobre espacios verdes. El barrio de Caballito cuenta en la actualidad con apenas 1,5 m² por vecino, un 10% de los 15 metros cuadrados de espacio verde per cápita que recomienda la Organización Mundial de la Salud. Ahora será menos. Por las obras, se recortarán unos 600 metros cuadrados del gran pulmón verde de la Comuna 6, junto a una merma irreversible de árboles, que ya fueron retirados.
Se suma a la desazón de los libreros el reclamo de la comunidad educativa del Normal Nº4 y el Liceo Nº2, que funcionan (junto a un terciario y salas del nivel inicial de dos a cinco años) en el edificio adyacente a la nueva calle, que ni siquiera fue consultada sobre el proyecto. La vía vehicular pasará justo frente al portón de salida de los estudiantes, que entran por la calle Rosario pero salen hacia el parque. Desde el establecimiento no descartaron presentar un amparo.
Las obras encaradas para la traza de la calle Beauchef durarían seis meses, y son un sismo del que los feriantes recién empiezan a ver las secuelas. "Las autoridades nos garantizaron que los 100 puestos tienen asegurado el regreso al espacio original. Hasta junio, imagino, estaremos sobre la avenida, pero tengo dudas de que después entremos todos", confiesa Torres. La apurada mudanza, la precariedad de las instalaciones y la falta de información hacen desconfiar a los trabajadores. "Van a ser muchos meses sin electricidad. No tenemos ni siquiera para iluminarnos, mucho menos para conectarnos y hacer una venta con el Posnet. De alguna manera, nos están empujando a la ilegalidad", puntualiza el delegado. Antes de seguir con su faena de limpieza, Torres recomienda una lectura de verano para el jefe de gobierno porteño: "Un libro que salió mucho en los '90, Las Memorias de Carlos Menem. Tiene todas las páginas en blanco. Larreta se lo debe haber estudiado entero".
Demasiado lejos de la divertida aguafuerte "Amor en el Parque Rivadavia" que supo escribir Roberto Arlt en los años treinta, la escena que puede pintarse de la plaza en esta tarde gris de enero es más parecida a una película del neorrealismo italiano de la posguerra: las montañas de basura, los libros desmembrados, los vinilos olvidados, una maraña de fierros oxidados, pilas y más pilas de cajas y la angustia a flor de piel en los rostros de los cansados puesteros.
Lidia, vendedora del 38, cuenta que como puestera y, sobre todo, como vecina –vive a diez cuadras–, le duele en el alma que le saquen más espacio al parque: "Primero pusieron las rejas, ahora esta calle. En vez de plazas, la ciudad se está llenando de ratoneras". Los días perdidos de trabajo y los daños irreparables que sufren los oxidados puestos suman amargura. En este año que comienza, sugiere a las autoridades porteñas la lectura de La conjura de los necios, ácida novela del americano John Kennedy Toole.
Fumando espera Gerardo a que trasladen su inseparable puesto, el 82. Veinte años de historia lo unen al parque. Arrancó con una tabla y caballetes, después fue empleado, luego socio y desde hace dos años tiene espacio propio. Siempre se la rebuscó, dice. Se especializa en la compra y venta de música: decenas de discos de vinilo y cedés son sus tesoros. "Aunque nos dieron un escrito que aclara que vamos a volver los 100 puestos, estoy un poco asustado. Es que somos como una familia y hay que cuidarnos. Por otro lado, muchos no entienden que somos cultura, aunque tenga la remera gastada y un poco agujereada." Asegura que la feria es un termómetro que permite medir la afiebrada realidad económica argentina: "Los meses pasados fueron muy tristes. Vino mucha gente grande a vender discos de pasta, que ya no sirven para nada. Lloraban, pedían que les demos una mano, aunque sea unas monedas para comer. Terrible, hermano". Gerardo pita el pucho que tiene entre los labios, pispea una vez más el puesto antes de que se lo lleven las insaciables grúas y dispara: "Si viene Larreta y quiere comprarse un compact, le recomendaría algo de reggaetón, porque es música que no dice nada. Igual que él". 
A unos pocos pasos, cuatro estoicos caballeros enfrentan una decisiva partida de dominó, justo donde las topadoras harán de las suyas para abrir la calle. "Todo el mundo habla de la feria, y está muy bien, pero no se olviden de nosotros", tira la bronca Rubén, un jubilado de Caballito. Además del dominó, él y una decena de colegas se le animan al ajedrez, todas las tardes, sobre las fieles mesas del parque "El dinero no alcanza y esto es nuestra vida –mastica rabia Rubén–. ¿Qué quieren, que me quede viendo tele en casa? No sabemos qué va a pasar con nuestras mesas. Si las sacan, nos dejan jaque mate."
Una crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

martes, 8 de enero de 2019

El hombre que amaba las muñecas

Una tarde de principios de los '60, en los brazos de su pequeña dueña, la sonriente Rayito de Sol dejó de hablar. Los padres de la nena le cambiaron la pila, pero no pasó nada. La beba de plástico seguía muda. Ese fue el primer caso que tuvo que atender Sofanor Julio Roldán. "Me la trajo una vecina. Era una muñeca de industria nacional, pero tenía un mecanismo japonés –recuerda el hombre de peinado beat algo canoso, sentado en el ambiente principal de su taller–. La desarmé y le arreglé los contactos. Una cirugía menor." Al salir del improvisado quirófano, la Rayito, resplandeciente, había recuperado la palabra. Con dos de sus empalagosas frases pregrabadas, certificó su buena salud: "¿Te gusta mi nuevo vestido? ¡Vamos a la plaza!" Al joven Roldán se le dibujó una sonrisa. Había descubierto su vocación. Un oficio para toda la vida. Sería "doctor" de muñecas.
Tenía apenas 15 años. Cordobés, había llegado a Buenos Aires de la mano de un tío, a finales de los '50. “Nací en Tulumba, pleno campo y sierra. Ranchito con techo de paja y suelo de tierra", dice con tono campechano y deja ver sus manos curtidas. Con esas manos fabricó sus primeros juguetes campo adentro. Recuerda que no le gustaba jugar con la gomera. Julito prefería forjar muñequitos de adobe.
Por aquella reparación inicial, decidió no cobrarle ni un peso a su vecina. La señora le pagó recomendando sus virtudes en el barrio. Dos semanas después, cuatro o cinco heridas damiselas esperaban su turno en la mesita de luz del joven galeno. "Desde que arranqué me hice llamar doctor, porque ese es mi trabajo –dice Roldán, ataviado con un inmaculado guardapolvo–. Esta es una auténtica clínica de muñecas. Ellas tienen que ir al médico, como los seres humanos."
En poco tiempo y a pura maña, supo ganarse su lugarcito en el gremio. Su formación profesional la completó con el gran maestro Betancourt, figura capital en el arte de resucitar juguetes. "Fui su aprendiz. Pasaba a buscarme en su Renault Gordini y me llevaba al taller que tenía en Lugano: un galponcito al fondo de la casa, con todas las piezas ordenaditas. Casi una terapia intensiva."
Con Betancourt aprendió los secretos de la reparación y las particularidades de cada ejemplar. La anatomía, los materiales, la diversidad de pegamentos y hasta el devenir de las modas. También el código ético profesional: "Me dijo que chicos iba a haber siempre, por eso nunca iba a faltarme laburo. Con él entendí sobre todo que la muñeca es un regalo muy particular, que se queda grabado para siempre en la memoria de los más chiquitos, que es un miembro más de la familia. Sé que arreglo muñecas, pero en el fondo, mi oficio es recuperar valores afectivos”.
Muñecas bravas
En su clínica de Venezuela al 3700, pleno barrio de Boedo, hay pilas y pilas de muñecas y muñecos. De plástico, de silicona, de porcelana, de trapo, de madera, rubias, morenas, pelirrojas, italianas, alemanas, argentinas, inglesas, japonesas, Piel Rose, Rayito de Sol, Yoli-Bell, Shirley Temple, Gracielita, Marilú, clásicas, modernas y también decimonónicas.
Cada una guarda una historia. Cuenta Roldán que muchas huyeron de las guerras, padecieron migraciones forzadas y atravesaron océanos para hacerse la América. De repente, posa su mirada en una blonda Lenci italiana que atesora en su caja original y reflexiona: "El otro día vi una foto de una familia africana que intentaba llegar a Europa en balsa. La mamá, el papá y una nena. ¿Sabe qué llevaba la nena en sus manos? Por supuesto, una muñeca. Usted no se puede imaginar el valor afectivo que va a tener ese juguete en el futuro. Por eso siempre digo que el secreto de este trabajo es el amor. El amor que le pongo para revivir un tesoro familiar".
En el consultorio duermen la siesta varias bebotas de más de 30 abriles. También muñecas de belleza eterna que superan el siglo de vida: "Esta de flequillo es francesa y tiene 105 años. Mire esa carita, esa expresión, la boca abierta. Los franceses exploraron el camino de la calidad y el detalle. Los alemanes son maestros en la porcelana. Y crearon los malcriados, otro clásico". Casi sacados –pero esto Roldán no lo dice– de una película de terror.
El trabajo de don Julio es variopinto y, sobre todo, muy detallista. Implanta pelucas sedosas, cambia ojos radiantes, recauchuta piernitas y bracitos y tiene destreza para tratar las diversas parálisis que aquejan a sus pacientes.
"No hay dos muñecas iguales –asegura–. Siempre tengo que pensar cómo solucionar cada rotura y eso me mantiene ágil. Hay veces que no le encuentro la vuelta y me voy a casa con el trabajo en la mente. Por ahí me tiro a dormir y sueño cómo arreglarlo. Esto tiene mucho de creativo, pero también de magia."
Esta tarde, Roldán dedicó largas horas al trasplante de los ojos de vidrio color ámbar de un ejemplar de bebote germano. De paso, aceitó el mecanismo que le permite abrirlos y cerrarlos. El profesional prefiere respetar a rajatabla el diseño de fábrica de cada variedad. Aunque, muchas veces, su sello de autor se filtra en las curaciones. Como médico, respeta el juramento hipocrático, pero también es un eximio artista.
De las miles de pacientes que pasaron en los últimos 50 años por su consultorio, el doctor Roldán no duda ni un instante a la hora de elegir a su fetiche: "Hace un tiempo me trajeron un autómata francés de mediados del siglo XIX. Tenía una finísima cabecita de porcelana y un vestido de terciopelo. En las manos sujetaba un peine y un espejito. Por dentro era como un humano, pero en vez de venas tenía alambre y una cajita musical. Lo trajo una señora, era de su madre. Fue un laburo difícil, de varias semanas. Al final, volvió a la vida. La dueña no lo podía creer. Para fin de año, me regaló dos botellas de champán.”
¿Y si hacemos un muñeco?
La obra cumbre de Roldán brilló en mil y un escenarios de nuestro país. El doctor cuenta que tuvo el honor de clonar a quien, para muchos, es el muñeco más famoso de la historia argentina: Chirolita. "Vino Chasman a la clínica y me comentó que andaba necesitando un muñeco suplente. Me dijo que con los viajes y el ajetreo, el Chirola original andaba medio descajetado. Me mandé a laburar de una”, recuerda el tordo.
La tarea fue titánica, digna de Geppetto. Casi un año de frenético trabajo para darle vida al personaje: "Primero elegí el torso. Un modelo Jumeau francés al que le serruché la espalda. Le puse una cabeza alemana y le agregué un palo de escoba para manejar los movimientos. Y una peluca rubia. Cuando lo probó Chasman, no lo podía creer." El sueño del ventrílocuo hecho realidad. Roldán muestra las fotos y no hay dudas. Chirolita luce rejuvenecido, atlético y hasta más pintón. "Creo que ese muñeco, por su agilidad, le dio una vuelta de tuerca al show. Cuando murió Chasman, vinieron de la asociación de ventrílocuos a preguntar si sabía dónde estaba el muñeco. Pero lamentablemente no sé nada."
En estos tiempos de juguetes descartables y pasatistas, el doctor Roldán no se ensaña con el avance tecnológico. "En realidad, esas cosas me favorecen. Porque estas muñecas que me rodean son eternas. Si va a una juguetería, se puede comprar una muñeca china por dos mangos. Pero en el fondo son un curro y encima hacen mal a la salud. Estas muñecas guardan historias. Historias de afecto. Y eso no se puede comprar."  «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 24 de diciembre de 2018

Perros héroes

Con una sonrisa, la lengua afuera y, por supuesto, moviendo la cola. Así da Rocha la bienvenida a la oficina de la Unidad Canina de Búsqueda y Rescate Bomberos Voluntarios Vuelta de Rocha. El cuartel está enclavado en la calle Garibaldi. A cien metros, el barrio de La Boca besa el Riachuelo.
A la perrita la escolta Daniel Condoleo. Es el director del cuerpo, rescatista curtido y compañero inseparable de la labradora negra. "Estamos juntos hace ocho años. Ella es mi primera perra preparada para búsqueda. La traje cuando tenía apenas dos meses, era una bolita; ahora la gorda está veterana. Pero todavía le falta para pasar a cuarteles de invierno", explica Condoleo con un mate tibio en la mano, mientras Rocha descansa a pata suelta sobre un sillón.
Hace una década, algo saturado de su trabajo como radiólogo en el Hospital Ramos Mejía, Condoleo decidió darle una vuelta de página a su vida. Para ello unió dos grandes pasiones: la solidaridad y los animales. "Como que me cansé del trabajo rutinario con humanos, me absorbía mucha energía –cuenta–. En paralelo, se me despertó la veta solidaria y también por investigar el trato con los perros". Así llegó al cuerpo de bomberos voluntarios, y al universo del adiestramiento. "Vengo de familia perrera. No tengo recuerdos de mi casa sin pelos en el piso". Autodidacta, leía artículos y miraba El Portal de las mascotas en tevé, hasta que arrancó con cursos más especializados: "Primero lo básico: saber condicionar al perro para que haga lo que le pidas, que se siente, se quede, se eche. Después ya me largué con herramientas más avanzadas para la búsqueda de personas".
Un día cayó con la idea en el cuartel: les propuso a sus compañeros armar la unidad canina. "Arrancamos desde cero. Todo a pulmón, como buenos voluntarios. Era una experiencia inédita y le dimos nuestra impronta". Desde su nacimiento, el equipo se planteó romper con los crueles paradigmas que regían la relación entre humanos y perros de trabajo: "En el pasado, el perro hacía algo por miedo al castigo. No nos gusta el maltrato a los animales ni a nadie. Nosotros aplicamos técnicas alternativas de aprendizaje. Para ellos –señala a la labradora que duerme–, el trabajo de búsqueda es como un juego. Y también lo hacen para que su dueño se sienta bien".
Esta ideología se materializa en prácticas. Por ejemplo, los canes de la unidad no pasan sus días confinados. "No tenemos caniles. Los perros están en nuestras casas y son miembros de las familias. Más o menos dos veces por semana nos juntamos a entrenar y cuando hay que ir a trabajar, les ponemos el arnés, les damos una orden y entran en modo de búsqueda. El resto del tiempo, son perros hogareños".
Rocha no es la excepción. Vive en Palermo con Condoleo, su esposa y una coqueta yorkshire terrier. Los otros seis integrantes de la patrulla canina –Clara, Uma, Quela, Daga, Monique y Max– también comparten hogar con los 13 rescatistas que le ponen el cuerpo a la unidad. "Canela fue una perrita mestiza que me acompañó en los inicios y que me enseño todo –recuerda el bombero–: la riqueza del lenguaje canino y cómo arrancar a decodificarlo, leer pequeñas señales: cómo mueve la cola, en qué contexto. Y con Rocha siempre aprendo algo nuevo. Eso mejora nuestro trabajo como pareja de rescatistas. Esto es siempre un trabajo en equipo".
Salvar gracias al olfato
"Nuestros perros no son un objeto más entre las herramientas de trabajo. Lo primero es el respeto hacia el animal y generar un vínculo con ellos", sentencia Ariel Canosa, miembro activo del plantel. Con 20 años de experiencia en el gremio –fue paseador, asistente veterinario, peluquero y maestro adiestrador–, puede dar cátedra sobre narices frías.
Integra un binomio de trabajo con la imponente Clarita, una hembra raza "PP" (puro perro) que rescató de las garras de un vecino nefasto. "La tenían encerrada en un balcón, muerta de hambre. Desnutrición extrema, dijo el veterinario. Tan flaca que en vez de pisar con las almohadillas de las patas, usaba el hueso", dice Ariel y acaricia la cabeza de su fiel compañera, que luce más saludable que Rin-Tin-Tin en sus mejores épocas.
Apenas rescatada, Clarita pasó del otro lado del mostrador y exhibió todas sus aptitudes como rescatista. "Enseguida se destacó en el juego, que es una de las características básicas. Ella no busca a una persona; entiende que para recibir su premio, una pelota o un mordiente, tiene que encontrar a alguien que no está a la vista". Por su explosiva rapidez, todo un perro dinamita, participa en búsquedas de personas vivas en grandes áreas, como campos.
En el teatro de operaciones, los perros sacan chapa de su infalible sentido del olfato. Pueden oler hasta 20 mil veces más que un humano. Los especialistas afirman que cualquier perro puede ser rescatista. Pero algunos tienen rasgos genéticos que vienen de fábrica. Es el caso de los orejudos sabuesos bloodhound: "Sus orejas les marcan el nivel del terreno. Porque el perro clava la nariz en el piso y arranca a buscar, y va concentrado, con los ojos cerrados, casi a ciegas", suma Condoleo. 
En los derrumbes, se necesitan canes ágiles y rápidos para encontrar a los heridos entre los escombros. En ese escenario, los perros trabajan "desnudos", sin ataduras de pretales o correas, para evitar que queden atrapados. Los border collie y los pastores belgas malinois se destacan en esta faena de exploración. Rocha está preparada para la búsqueda de cadáveres. "Es una tarea dura –cuenta Condoleo–, pero para los familiares de una víctima, que un cuerpo sea hallado es reparador".
Estudiar con el perro
Alguien rasguña la puerta de la Unidad Canina. Es Bambi, una perrita callejera que vive en el cuartel. "No integra el equipo de búsqueda, pero es la más voluntaria. Cada vez que salen los bomberos, se sube a la autobomba", explica Ariel Abregú, rescatista y maestro de adiestradores en la escuela de Vuelta de Rocha.
Con tres sedes en la ciudad –Palermo, Floresta y Barracas–, la tarea pedagógica suma ingresos para solventar la capacitación y el equipamiento de esta unidad de rescate multidisciplinaria, con reconocimiento del Ministerio de Seguridad. Ariel detalla: "Brindamos cursos de formación, práctica profesional para adiestradores y solución de problemas comportamentales del perro y la familia. Es un oficio que tiene mucha salida laboral". La cuota mensual araña los mil pesos. En cada lechigada de egresados, resalta, buscamos perfiles que puedan sumarse al equipo. "Hay que tener aptitud y actitud. Pero sobre todo, vocación de servicio a la comunidad".
Siempre listas, Clara y Rocha posan en las autobombas para el retrato final, junto a sus fieles dueños. Desde un sillón, Bambi contempla a las estrellas sin mosquearse. Prefiere guardar fuerzas. No sea cosa que suene el teléfono del cuartel, los voluntarios deban subir a los camiones y salgan rápidos como bomberos para apagar algún incendio. Con la valiente perrita corriendo a su lado. Una auténtica heroína anónima.
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

martes, 11 de diciembre de 2018

Viaje al mundo de un terraplanista

"Los satélites no existen". El título del artículo posteado en Facebook primero llamó su atención. Se sabe: el algoritmo de la red de Zuckerberg es infalible para dar en el target. El muchacho dudó un instante, dos o tres segundos, hasta que decidió darle una oportunidad a la lectura. Tomó coraje y le dio click.
"Era 2015. Estaba investigando en la compu, convaleciente, recuperándome de una operación de rodilla. Antes de ponerme a leer, pensé que era una estupidez. ¿Cómo que no existen los satélites? Por mi trabajo yo había usado un software para simulación de partículas para una publicidad del History Channel. Lo que me llamó la atención fue que el artículo estaba firmado por un ingeniero en telecomunicaciones, muy bien fundamentado, con muchos tecnicismos. Cuando lo terminé, se me había abierto la puerta de otro mundo: el terraplanismo", dice Lautaro Iru Fernando Landucci, sentado frente a dos monitores encendidos, en uno de los ambientes de su productora audiovisual enclavada en Calle 13, pleno centro de La Plata.
Landucci tiene 37 años y se gana la vida como técnico en efectos visuales, pero es, sobre todo –según se define–, un apasionado por las "mal llamadas" –aclara– teorías conspirativas. Durante un lustro le puso voz a una columna dedicada a ese difuso gran tópico en pequeños programas de FM. La masonería, el asesinato de Kennedy, los ovnis y el "Nuevo Orden Mundial" son materias a las que ha dedicado largas horas de estudio, quemando sus pestañas en la Web.
Pero más allá de estos pergaminos, el currículum de Landucci va ganando notoriedad como divulgador de una "teoría" que (¡en pleno siglo XXI!) sostiene que la Tierra, lejos de ser un esferoide oblato, es más plana que una plancha. Entre otros principios, los terraplanistas afirman que no existen evidencias empíricas de que el planeta gire alrededor del Sol. Mucho menos de que el hombre haya dado siquiera un pequeño gran paso para la humanidad sobre la superficie lunar.
"Antes vivía en el heliocentrismo y la historia oficial de la NASA –dice Landucci, categórico–. Pero cuando comencé a investigar, surgieron las dudas. No te hacés terraplanista de un día para el otro." La mayoría de la gente, dice, no se hace preguntas, cree en los principios de la ciencia como si fuera una religión: "El terraplanismo moderno se aleja de la religión y tiene una pata científica. Nuestra teoría es empírica, real, observable, y pone en duda todo el modelo establecido".
De repente, Landucci hace un alto en su discurso, toma el mouse, bucea en las mil y una carpetas que atesora su computadora y abre un video: "Fíjese bien, ¿dónde ve la curvatura de la Tierra en esta toma? El asunto es fácil de explicar: la esfera terrestre tiene 12 mil kilómetros de diámetro, si nos elevamos 15 kilómetros en una vertical tangente al centro tendría que verse la curvatura. Pero no aparece. Se han tirado globos con lentes rectilineales, que llegaron hasta los 35 kilómetros. Y no se ve. La primera vez que vi este video me dije: ¡Upa, ahora sí sé cómo es la Tierra!".
Planchadita, planchadita
La teoría terraplanista tiene un vasto recorrido. Su primer impulsor fue el escritor inglés Samuel Birley Rowbotham, autor de Astronomía zetética: La Tierra no es un globo, un volumen panfletario publicado a finales del siglo XIX, dedicado a gritar a los cuatro vientos las bondades de la Tierra plana. Para Rowbotham, nuestro planeta no es tal sino apenas una extensa planicie en el piso de una gran burbuja en un universo sólido, posiblemente de piedra. Una gran caverna iluminada por dos globos brillantes, el Sol y la Luna. El Polo Norte está ubicado en el centro del disco, con los continentes acomodados puntualmente como en el logo de las Naciones Unidas, coincidencia que, dicen, entusiasmó a muchos planistas y les hizo pensar que (¿otra conspiración secreta?) las grandes potencias están de acuerdo con sus principios. La Antártida no aparece en la nueva cartografía: después del mar perimetral lo que hay es una pared de hielo de 50 metros de alto.
Tras la muerte de Rowbotham en 1884, Lady Elizabeth Anne Mould Blount, una acólita de su obra, fundó la Sociedad Zetética Universal, para mantener vivo el legado del maestro. Después de la Primera Guerra Mundial, el grupo, cuyas creencias se basaban en una lectura efusiva de la Biblia, se evaporó como el agua. Sin embargo, la idea de que la Tierra es un disco plano no se ha desvanecido en el final de los tiempos. Desde mediados del siglo XX, la Sociedad de la Tierra Plana, fundada por el británico Samuel Shenton, tomó la posta en la chata cruzada. Ni la esfericidad postulada por Aristóteles, constatada por Elcano en su circunnavegación de 1519, ni la sombra que se proyecta sobre la Luna durante los eclipses y mucho menos las imágenes registradas por astronautas desde el espacio, más de 2000 años de evidencias científicas siguen chocando con sus teorías.
Landucci comulga con una rama jovencísima del movimiento, el neoterraplanismo: "Surge en 2014. Los anteriores eran una oposición controlada. Pude participar en cuatro conferencias. A la que se hizo en Carolina del Norte, el año pasado, fue mucha gente. ABC News y Fox sacaron informes ridiculizándonos, pero ni siquiera entraron a escuchar las ponencias. Es curioso lo que nos pasa a los terraplanistas. Parece que no podemos salir a decirlo abiertamente. Uno puede creer en fantasmas, en unicornios de colores… Pero si decís que la Tierra es plana te tiran con todo: '¡Estás loco! ¡Terminá el colegio!' Es algo que no se puede discutir, un dogma".
La NASA y el globo
De chico, Landucci era fanático de las naves espaciales. En su cuarto adolescente atesoraba una miniatura del Apolo XI y un póster de la NASA: "Vi todas las películas, informes y documentales sobre el tema. A la distancia, me doy cuenta de que el fanatismo no me dejaba ver la ridiculez de esos viajes. Todo hecho en un estudio de televisión. Al ser humano se lo adoctrina con imágenes. Y en eso la NASA es experta". Otra vez, el terraplanista husmea en su computadora. La nutrida videoteca que comparte en sus plataformas digitales muestra clips neobarrocos, sobrecargados de información, forjados con imágenes de archivos donde se ven astronautas controlados con hilos como si fueran títeres, naves espaciales dignas de Sábados de Súper Acción y trabajadores retocando impecables paisajes lunares: "Ya lo dijeron los Red Hot Chili Peppers –pontifica Landucci–: 'El espacio puede ser la última frontera, pero está hecho en un sótano de Hollywood.’”
Este año, algo cansados de explorar apenas la faceta bibliográfica del terraplanismo, su divulgador platense y un grupo de colegas decidieron encarar un estudio de campo. Un experimento único, aseguraban, sin precedentes en la historia argentina: lanzar un globo aerostático para constatar, con sus propios instrumentos, la planicie que reina sobre el orbe. Lo bautizaron proyecto ArFLAT. Hicieron una vaquita virtual, juntaron $ 60 mil, importaron un inflable desde EE UU, pidieron permiso a la Fuerza Aérea, se fueron hasta el aeropuerto pampeano de Victorica, equiparon al globo con cámaras especiales, agregaron un GPS y el 6 de octubre lo soltaron. "Parecíamos sacados de la película Twister", saca chapa Landucci. A 22 mil metros de altura, una antena suelta en el objeto volador identificado arruinó el experimento. Les pinchó el globo.
Hace unas semanas, Landucci recibió un llamado desde La Pampa. Un gaucho había encontrado las cámaras. Pudo compartir algunas imágenes rescatadas por su canal de YouTube. Proclama que confirman su hipótesis. Antes de despedirse, posa con el globo terráqueo que tanto combate y dispara: "No sé cómo alguna vez pude creer que vivía en una pelota". «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 26 de noviembre de 2018

Un Boca-River con el relator más superclásico

Los platos están servidos sobre la mesa. El menú armoniza con un domingo de Superclásico. Son fideos con roja salsa fileto y albóndigas de carne picada. Es obra de Gena, que lo preparó con su sapiencia italiana. La cocinera paraguaya nacida en Caaguazú hace varios años trabaja para los Morales. Las dos mujeres se esmeran, pues Beatriz, la esposa del hombre de la casa, ofrece vino tinto o gaseosas. Pero los ojos de Beatriz pispean todo el tiempo las andanzas de Benicio, el nieto hincha de Boca que anda correteando por la sala. El ambiente es luminoso, con la luz oblicua del cielo otoñal de Palermo. Allí en la sala  hay un piano de cola, que algunas figuras de porcelana de Lladró y varios cuadros miran desde las paredes. Uno de un descamisado acurrucado junto al busto de Evita cuelga de la puerta que comunica el ambiente con la cocina.  
Con su perro Fito estirado entre los pies, Víctor Hugo pide disculpas porque tuvo que adelantar la hora de almuerzo. “Es que tengo que cabecear, hacer una siestita de media hora –el locutor está en una cómoda silla de la sala–. Así llego fresco al partido. Pero si quieren charlamos algo antes”, dice mientras termina de comer un helado casero. 
–Más acá de la siesta, ¿cómo se prepara para relatar un Superclásico? 
–Descansando lo mejor posible la noche anterior; comiendo lejos del partido y liviano, porque creo que la digestión gravita en todo lo que es el pensamiento y las ideas, además de la cuestión física. Y después yéndome a la cancha, esperando estar bien, para ver bien a los jugadores. 
–¿Y eso cómo se logra?
–Los relatores necesitamos precisión. Si soy preciso, no tengo que pensar quién es cuando la pelota va para un jugador. Lo detecto. Ocurre como cuando el arquero le pasa la pelota a un compañero y éste la para con el empeine sin especular cómo lo hace. Esto lo crea la facilidad técnica de hacer mejor la jugada, desde el punto de vista intelectual. Si el tipo tiene que ponerse a reflexionar cómo para la pelota, o se pone nervioso, ese jugador no está pensando en la jugada siguiente. Pero si el tipo tiene la cualidad de realizar su tarea creativa sin pensar en la técnica, está resuelto. Si uno transmite un partido con el dominio pleno de cuáles son los jugadores y cuándo la pelota va para un tipo, ni pensás lo que estás diciendo porque sale solo, tu trabajo es el mejor. Por eso espero estar preciso.
–¿Y alguna vez le pasó  no sentirse preciso?
–Pasa. A veces, por ejemplo, uno se raya con un jugador y lo ve más que a otros. O también puedo ignorar a otro. 
–Momentos en los que entra a jugar el inconsciente.
-Exacto. A veces a un tipo que se llama Juan, le digo Ramón. Y no se sabe por qué. El otro día, por ejemplo, relataba un partido donde un lateral se llamaba Nervo, y cada vez que agarraba la pelota pensaba en el poeta Amado Nervo y no me salía el nombre. Lo tenía escrito, pegado en un papelito delante mío en el vidrio de la cabina, y no me salía. Cada vez que se hacía de la pelota lo pensaba como Amado.
–Usted construye con su relato un espectáculo para el oído del oyente. ¿Pero qué pasa cuando no aparece la belleza en el partido, cuando es un bodrio?
–Lo mismo que le pasa a alguien que le gusta mucho el cine y al comentar o criticar una película se excita y la disfruta. Y cuando es mala la película, se esfuerza por recrear el espectáculo apelando a la crítica, a la ironía, al humor. El espectáculo se tiene que sostener igual para el oyente. Por ejemplo: si un tipo patea al arco y la manda a cualquier lado, yo digo: “Si bajara de la cabina y pateara, seguro que no lo haría peor. Así que imagínense lo mal que le pegó Riquelme”. O si alguien saca la pelota de un lateral y se la da a un rival, puedo decir: “El partido está tan decaído que ni con las manos se la pasan bien”. O puede ser tan malo que digo: “Muchachos, los de camiseta blanca con banda roja son de River. Los compañeros de ustedes tienen la camiseta azul. A ver si se pasan la pelota entre ustedes”. Recurro al bagaje intelectual que está hecho de información, de experiencias, inventiva, creatividad y talento, si se lo tiene. 
–Ese bagaje, ¿también se nutre del cine y la literatura? 
-Creo que fundamentalmente de la literatura. Cuando uno lee, le quedan frases, ideas. Inevitablemente uno pone mucha atención al leer. Uno no copia, pero hace el esfuerzo para que algo quede. Y después la metáfora sale con el color, con lo que pensás. El teatro también es un gran alimento. Las artes en general. 
–¿Usted quiso ser actor en algún momento de su vida?
–No. Soy un extraordinario, exitosísimo y empedernido espectador. Carezco de interés por estar en el escenario. Soy tímido, no me gusta la exposición. 
–¿Pero en la cabina de transmisión no se siente un poco como un actor en escena?
–Escondido. No me ven. Por supuesto que actúo, todo el tiempo. Todo el relato: tonos, silencios, enojos (supuestos) y elogios ditirámbicos. El relato es una actuación. Creo que soy más un actor que un narrador. Pero no me ven. Si me piden ahora que les relate un gol, no me animo. 
–Entonces no se lo pido. 
–Por favor. 
–Su oficio es muy cercano al del actor de radioteatro. ¿Se podría entender al relato deportivo como un género dramático?
–Indudablemente. Uno está transmitiéndole a la gente algo que la alegra o la hace sufrir. Un gol de River esta tarde, amarga a una parte de la gente con la que tenés que ser respetuoso. Hay un lugar en tu cabeza que te dice que tenés que ser respetuoso con el derrotado, con el que está sufriendo ese gol. Pero al mismo tiempo hay que ser animoso y entretenido para recrear la alegría del que lo hizo. Pero mejor frenemos acá que me tengo que ir a cabecear. A las dos y cuarto salimos para la cancha. 
MUERTE Y RESURRECCIÓN DEL NARRADOR
Anunciar el fin de los narradores, aseverar que quedan muy pocos, es un relato que siempre se repite y que nunca aburre. Antes de suicidarse, el filósofo alemán Walter Benjamin aseveraba terminantemente, en su ensayo El narrador (1936), que el arte de la narración tocaba su fin. “Es cada vez más raro encontrar a alguien capaz de narrar algo con probidad”, decía no sin modestia. En los años posteriores a la sangrienta Primera Guerra Mundial, Benjamin deploraba cómo los soldados que habían peleado en las trincheras volvían mudos del campo de batalla. La narración de la experiencia, oral y colectiva, concluía el filósofo, había muerto en manos del progreso tecnológico y el horror humano.  
Setenta años después, la reflexión sobre el arte de narrar sigue vigente. Es el oficio de aquellos que saben de la magia de las palabras. Artistas que son capaces de transformar el idioma cotidiano y utilitario en una herramienta de invención. Alquimistas que forjan otra realidad. Creadores que quizás relatando un gol o un tiro libre son capaces de cambiarle la vida a alguien. Víctor Hugo Morales es uno de ellos. El narrador épico del deporte más popular del mundo.
Pero también, uno de los periodistas más reconocidos de la Argentina y Latinoamérica. Desde sus relatos iniciáticos en la década del setenta en su Uruguay natal, su mudanza a Buenos Aires a principios de los 80 y su llegada al estrellato popular –que mantiene hasta la actualidad– por ese firulete único, genial e irrepetible que trazó Maradona en el segundo gol contra los ingleses en el estadio Azteca, durante el mundial de México 86, y que Víctor Hugo inmortalizó con su ya monumental, alucinante y eterno “¡De qué planeta viniste, barrilete cósmico!” 
Con 70 años sobre el lomo, su rutina diaria puede dejar exhausto a más de un veinteañero. Radio por la mañana, televisión por las tardes, charlas solidarias –levanta altas en el cielo las banderas de la izquierda y de la libertad de expresión ante los monopolios mediáticos– y por último, pero no menos importante, rigurosa bohemia nocturna. Locutor, conductor, relator, escritor (tiene más de una docena de libros publicados) y, por supuesto, un gran poeta. 
TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A LA BOMBONERA 
Mientras conduce parsimoniosamente su Corsa por la Avenida 9 de Julio, el relator se da tiempo para comprarle unos chocolates a un vendedor ambulante (dos barritas por diez pesos), departir amablemente en cada esquina con otros conductores que le piden que relate goles de sus equipos (“¿No te parece mucho tres de River en cancha de Boca? Vamos a ver qué pasa. Mandale un beso a tu mujer entonces”) y conversar con su copiloto y compañero de trabajo, el comentarista y periodista César Ferri. “El fútbol es una metáfora excepcional de la vida –reflexiona Víctor Hugo mientras bajamos hacia Plaza de Mayo por la Diagonal Norte–. Dolina lo dice muy bien: en el fútbol caben la belleza, lo espurio, la nobleza, el egoísmo, la solidaridad, el altruismo. Entra todo. En términos económicos también. Muchas veces se ha dicho: ‘Se juega como se vive.’ Lo cual, a veces, ha sido cierto”.
-¿La Bombonera es un escenario especial para el relato?
–Sí, porque en La Bombonera el sonido es hacia adentro y ese encajonamiento es muy importante para el relator. Es un estadio en el que parece que hubiera cuatro o cinco veces más público del que hay. No existe otro igual en ese rubro, por esa proximidad de la gente con el jugador. Si se mira La Bombonera, uno se da cuenta que la acústica deja todo ahí. Es como si se metieran en un frasquito el sonido y la emoción. 
-¿Y qué se acuerda de la primera vez que relató un Boca-River en La Bombonera, en el año 1981? 
-Esa noche fue mi constatación de que realmente me podía llegar a quedar en Buenos Aires. En esa época era muy trasnochador, y esa misma noche, ya al amanecer, fui a comprar los diarios con los que me iba siempre. Ahora los leo cuando me levanto, antes los leía cuando me acostaba. Y fui al kiosco, y en el diario El Popular el título era “Ta, ta, ta Boca 3 a 0”*. Yo dije para mis adentros: ‘Empecé a existir’. Hacía dos meses que estaba en Buenos Aires. En semanas me había conseguido un lugarcito. 
FERVOR DE BUENOS AIRES
Un lugarcito también le guardaba a Víctor Hugo un parrillero amigo, con el espacio justo para que estacionara el Corsa, a dos cuadras de la cancha. Señoras y señores, hoy se juega el Superclásico. A las 16:30, xeneizes y millonarios se enfrentan en un duelo cuya fascinación nunca se desgasta a pesar de haberse dirimido ya 200 veces exactas a partir de 1913. 
Siguiendo cualquier columna de las que avanzan por las calles Brandsen, Del Valle Iberlucea, Pinzón o Juan de Dios Filiberto, se desemboca siempre en el estadio Alberto J. Armando. “Yo conozco Peñarol–Nacional –dice Víctor Hugo–. He visto Barcelona–Real Madrid o algún Roma–Lazio, y son partidos siempre tensos, que generan una gran expectativa. Pero que sean tan abarcativos, que generen la pasión de todo un país, eso solo pasa con los clásicos del Río de la Plata. Y en especial éste. Aquí hay una pasión, un colorido, una inventiva y una participación de la gente que no existe en ninguna parte del mundo. El espectáculo es la propia pasión del hincha, y eso lo hace único”. 
Los vendedores ambulantes están de parabienes y el paso de los simpatizantes activa el infinito pregón intermitente de la venta: “¡¡¡Gorro, bandera y vincha!!! ¡¡¡Gorro, bandera y vincha!!! ¡¡¡Gorro, bandera y vincha!!!”. A dos cuadras del estadio, se pueden conseguir remeras con el escudo de Boca, medias con el escudo de Boca, gorros con el escudo de Boca, relojes con el escudo de Boca, y hasta escudos de Boca.
Ataviado con jeans, campera beige y mocasines marrones, con ese aire entre Rodolfo Valentino y Bill Tilden (también un toque oriental con algo de Zitarrosa sin el cigarrillo entre los labios), el relator se abre paso en el hormiguero de hinchas que van llegando a La Bombonera. Besos, fotos, saludos, fotos, una entrevista exprés, más fotos, alguna que otra mirada despectiva de unas señoras medio pituconas, más fotos, más saludos. 
Hay equipo. Víctor Hugo camina por la calle Irala acompañado por Heber, su inseparable escudero, asistente y mano derecha. Por ahí también anda el comentarista César Ferri, y por último, pero no menos importante, Félix Conde, el cebador de mate oficial del equipo. Charrúa de pura cepa, nacido en Cardona al igual que Víctor Hugo, Félix se encargará de hacer circular durante horas la infusión milagrosa. ¿Su secreto? “Yerba Canaria y nada más”.  
Cuando damos un paso en las escaleras que llevan a la zona de las cabinas, La Bombonera no tiembla, late. La obra parida en la década de 1940 por el arquitecto Viktor Sulcic y el ingeniero Delpini es, como las Cataratas del Iguazú o el primer disco de los Ramones, algo insuperable en su género. Las tribunas están repletas y, por supuesto, enfrentadas. Del lado de Brandsen, los de River agitan barbijos y globos albirrojos. Del lado de Casa Amarrilla, la parcialidad local va engordando al jugador número 12. 
Superclásico especial, como todos. Las “Gallinas” visitan La Boca en su regreso triunfal a la primera categoría, luego del descenso de 2012. Los fanas “Xeneizes” –único equipo argentino que nunca bajó de la categoría A– saltan desaforados en la popular. Muchos, cubiertos con sábanas blancas. Un fantasma recorre la Bombonera: el fantasma de la B. Dosis de folklore futbolero en estado puro. Salud.
LA DOCE
Por los pasillos del área de prensa pulula la crema y nata del periodismo deportivo. Bronceado artificial, trajes a medida, brushing en el pelo y maquillaje de repostería. Víctor Hugo, ya instalado en el pequeño cubículo de transmisión, su hábitat natural, se pone la camiseta de la agrupación HIJOS, con la inscripción “Juicio y Castigo” a los genocidas del proceso militar.  
Con una toalla color azulada al hombro para secarse el sudor, el fiel micrófono y unos binoculares a mano, el relator ocupa el sector central de la cabina N° 12. A su izquierda, Ferri calienta motores y le pasa prolijos papeles que tienen tatuados los nombres de los jugadores, y Víctor Hugo los va pegando con cinta en el vidrio. A su derecha, firme como rulo de estatua, Félix armado con el termo y el mate. A sus espaldas, Ricardo Cotuffox, el encargado de las peripecias técnicas de la transmisión. Y Heber que trae agua, atiende teléfonos, consigue sanguchitos y así, hasta el infinito y más allá. Se autodefinen como una auténtica familia radial, la familia de Competencia. “Es el privilegio de jugar en el mismo equipo que Maradona en su momento y Messi ahora –define Ferri–. Jugar en el equipo radial del mejor del mundo. Es maravilloso esto de mezclar amistad y trabajo profesional. Y a su vez es un riesgo porque hay una línea muy finita. Víctor Hugo es un tipo al que admiro. Es como mi segundo padre, mi segundo viejo. Porque me ha enseñado cosas de la vida, mucho más importantes que las cuestiones de periodismo, como la ética y la amistad”.
–¿Y cómo hacés para meter un comentario después de alguna genialidad que inventa Víctor Hugo con su relato?
-No es sencillo, pero cuento con la confianza que él me da para, de alguna manera, intentar enriquecer el relato. Yo siempre digo que con un trazo es imposible mejorar una pintura de Picasso. Entonces intento no mancharla. 

GARGANTA PODEROSA
Cuando comienza la transmisión, Víctor Hugo se transforma. Entra en trance como un chamán poético. Aunque confiesa que en los últimos años ha dejado de lado el relato sobrecargado de ornamentación, neobarroco, o mejor dicho neobarroso, por la impronta rioplatense como le gustaba decir al poeta Néstor Perlongher, el partido se convierte en una excusa para la metáfora. Obras de arte efímeras talladas con la garganta. 
Pero de repente, en un parpadeo: visto, no visto. Luego el silencio, el estallido de la popular y el grito sagrado de gol explota en el parlante. El madrugador cabezazo de Lanzini hace entrar en erupción a la todavía fría garganta poderosa del relator. “Goooooooooooooooooooool, de River, de River, de River. Un cabezazo perfecto de Lanzini, en el primer Lanzini de la tarde. Un minuto y ya gana River. River 1 Boca 0”. Pasan los minutos y las palabras brotan como si estuvieran conectadas con los movimientos de los futbolistas. Con la paciencia de una tejedora de ñandutí, Víctor Hugo va bordando un tejido narrativo poblado de anécdotas, imágenes impredecibles y diálogos imaginarios: “Ledesma le reclama al árbitro y le dice: ‘Cuando pego yo, vaya y pase. Pero cuando lo hace otro…’”; “La Bombonera ruge pidiendo justicia por una falta, signo de que no lo es. En realidad es una injusticia…”; y “las serpentinas que cuelgan del alambrado como un plato de fideos rebalsado”. Hasta hay espacio en el relato para la ironía ideológica: si el lateral riverplatense Mercado anticipa a Lautaro Acosta, “gana el mercado, por esta vez”, aclara Víctor Hugo. Aunque durante la transmisión, la mano invisible del mercado se cuela en el juego: un desodorante auspicia los tiros de esquina, el aviso de comida para perros patrocina un cambio y un vino de mesa apadrina un tiro libre. A los 38 minutos, termina la siesta de la parcialidad boquense con el gol del “Pelado” Silva. “Qué manera de rematar abajo. Sí, sí, sí, Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiilva para colocarla bien a la derecha de Barooooooooovero. Para empatar el partido. Andá a hablar de justicia ante una jugada tan extraordinaria del ataque de Boca. El partido, 1 a 1”.
Ya promediando el segundo tiempo, Víctor Hugo le da otra chupada a la exhausta bombilla del mate. El partido es un fiasco y el papel de las tribunas le gana la pulseada al que interpretan los 22 jugadores que corren por la cancha. Quizás Borges tenía razón: “El fútbol es feo estéticamente. Once jugadores contra once corriendo atrás de un balón, no son especialmente hermosos”. Pero Víctor Hugo no se resigna y ensaya algún dribling con la garganta, como para despertar a la audiencia que sueña con un barrilete cósmico. No hay caso, no se puede jugar peor. Empate cantado. “Un minuto de fútbol, muchachos, por favor… Y por fin se termina el partido. Muchas gracias por la atención dispensada”. El relator cierra la faena. 
Cae el telón y la noche en La Bombonera. El estadio se desinfla. Los hinchas vuelven a sus casas empatados. A estas horas, sólo gana el cansancio y la depresión dominguera.
Víctor Hugo deja la cabina, luego la cancha, y se pierde por las calles de La Boca. En silencio. 

Brevísimo epílogo, cinco años después
La primera final superclásica de la Libertadores se juega cerca de casa. Desde mi terraza, en el barrio de Barracas, puedo escuchar el hilito de cántico tribunero que llega flotando desde La Boca. No tengo TV por cable, la conexión a internet va y viene, y los bares con tele del barrio duermen la religiosa siesta de domingo. Sólo queda la radio. La diminuta Sony que heredé de mi abuela Neia no me deja a pata. Víctor Hugo tampoco. Me tiro en la cama, acerco el aparatito al oído y dejo que el uruguayo susurre las andanzas y desandanzas de los 22 gladiadores en la arena. 
Esta vez no seré un fantasma en la cabina. Esta vez no podré ver en primerísimo primer plano la erupción de la garganta profunda de Morales. Esta vez me conformo con las palabras mágicas del relator. Y con eso basta. 

Crónica publicada en la Revista Rascacielos, por acá

lunes, 19 de noviembre de 2018

Over the Rainbow

"Menos mal que nos salvó la San Pedro y dejó de llover. Si no era mucho puto pasado por agua", dice, siempre irónica, la escritora y performer Naty Menstrual, al tiempo que ofrece remeras y buzos tatuados con sus obras pictóricas en la feria montada en Plaza de Mayo. Los chaparrones matinales ya se evaporaron, el sol del 17 viene asomando y un arco iris inflable corona la Avenida de Mayo desde su nacimiento, junto al histórico Cabildo. Este 2018, la 27ª Marcha del Orgullo no iba a estar muy concurrida. Sería multitudinaria. La plaza luce un lleno total. "Hoy marchamos por muchas consignas, desde el fin del travesticidio hasta la defensa del cupo laboral trans –se despide la Menstrual–. Pero sobre todo por el derecho de mostrarnos como somos, a ser como queremos ser. Ah, y también contra el ajuste. Que Macri reviente como un sapo".


Desde el escenario, Mimi Maura grita que ya no llora más. La marea diversa disfruta el ritmo caribeño moviendo las patitas y le contesta que, si se quiere ir, que se vaya. En el backstage, Barby sigue atenta el devenir de la jornada. Milita en Unidos y Organizados, una de las 60 organizaciones LGBTIQ, sociales, sindicales y político-partidarias que forman parte de la comisión organizadora. Espacios que en el día a día no articulan, pero que en esta fecha caminan de la mano. Barby cuenta que hace seis meses vienen preparando la gran marcha. Esperan más de 100 mil personas y cuentan con más de 20 carrozas para el recorrido hasta el Congreso. "Hay muchas consignas: la diversidad sexual, el respeto de las identidades, basta de lesbo-odio, entre muchas otras. Pero en el contexto de ajuste, decimos también basta al FMI y a la persecución política. Macri y la Iglesia son antiderechos", se despide la piba maquillada con glitter verde esperanza.
Frente a la Catedral, los puestos estallan de clientes. Los chicos de AY Jockstrap ofrecen banderas multicolores, suspensores floridos y shorcitos ajustados a precios bien populares. Los clientes se los sacan de las manos. No muy lejos, los Ciervos Pampas se dan el gusto de jugar una tocata sobre el asfalto gris. "Somos el primer equipo de rugby diverso de Latinoamérica. Participamos en un torneo de la URBA", cuenta Ezequiel desde el improvisado ingoal. Cuenta que entrenan en el Parque Avellaneda, que ya tienen cinco años de historia y que le ganaron por empuje de scrum a la discriminación. "El deporte –cierra Eze antes de sumarse a un fogoso besazo colectivo– también es un espacio que permite abrir cabezas. A la homofobia le ganamos peleando".
¿Quién dijo que no hay osos en Salta? "Yo soy el rey gay de los ositos salteños", se presenta en sociedad el barbudo y bien alimentado Cristian. Cuenta que ahorra todo el año, pesito a pesito, para venir a la marcha nacional cumbre. "Sabe por qué marcho, por amor. Creo que a todes les que estamos acá nos mueve el corazón". También los derechos conseguidos: "Hay que ejercerlos, cuidarlos y ayudar a que todes los tengan".
Ataviado como el sumo pontífice, Claudio regala bendiciones para los fieles de la diversidad: "Soy creyente, pero vivo la fe a mi manera. No comulgo con una Iglesia que nos discrimina. Mire que leí la Biblia, pero en ningún lado dice que nos tienen que discriminar", se despide con una sonrisa pícara y beatífica.
Antes de que arranque la caravana hacia el Palacio Legislativo, Jimena Barón ofrece un tórrido cierre a toda orquesta. Entonces, los camiones encienden los motores, los parlantes y la masa diversa empieza a marchar. Hacia el arco iris inflable, el barrio de Congreso y más allá.  «
Una crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

Sobra anarquismo, libertarios y mano dura

"'Ni dios ni patrón ni Estado'. Ese lema ponía en discusión el orden instituido por medio del poder. Por eso ha sido históricamente perseguido el anarquismo", explica Mabel Bellucci. La activista queer y ensayista reflexiona sobre el pasado, pero a la vez echa luz sobre un oscuro presente. 
Fue una semana negra para el anarquismo local. Dos hechos –el fallido ataque con explosivos en el mausoleo del represor coronel Ramón Falcón en la Recoleta y un episodio similar en la casa del juez Bonadio–, tres allanamientos, una docena de detenidos y una palabra, "anarquía", que irrumpió como el mal mayor de la seguridad nacional en los verborrágicos discursos oficiales y en la sensacionalista cobertura mediática.
El anarquismo se convirtió en ese nuevo viejo enemigo público que calza como guante en la mano dura que impulsa Cambiemos. Violentos, bárbaros, antisistema, terroristas. "Todos anarquistas", precisó la ministra Bullrich ante los micrófonos. Pero, ¿qué es ser anarquista en el siglo XXI?
En su libro Cabezas de tormenta (2004), el sociólogo Christian Ferrer explica que la palabra "'anarquista' suena hoy menos tremebunda que extraña, como si se mencionara a un animal que no ha sido avistado en décadas, y que en otras épocas fuera cazado en abundancia y sometido a continuas batidas policiales".
El escritor y periodista Osvaldo Baigorria explica a Tiempo que "en la historia existieron muchas formas de ser anarquista. Pacifistas, expropiadores, partidarios de la propaganda por acción directa y partidarios de la no violencia, individualistas que sólo desean vivir libres de la sujeción a toda organización social, cooperativistas y comunitarios que defienden la pequeña propiedad artesanal y agraria en forma asociativa, ecologistas que buscan leyes de protección del medio ambiente, activistas que defienden las libertades civiles y creen en una progresiva libertarización del poder político. El espectro es amplio. En algún momento, hasta Borges se definió como anarquista".
Bellucci rescata otra idea de Ferrer: "Dice que en cada rincón del mundo, por más pequeño que sea, siempre te vas a encontrar con un anarquista. Fueron pocos, para la revolución cultural, política y de las ideas que produjeron. Por ejemplo, las anarquistas de principios del siglo XX anticiparon el gran lema de los feminismos de los '60, 'lo personal es político', al cuestionar el mundo de lo privado, de los afectos y la sexualidad".
"La figura del anarquista 'tirabombas' de finales del siglo XIX y principios del XX es claramente un anacronismo. Y peligroso. Si lo que se quiere es combatir al Estado, termina favoreciendo y reforzando el aumento de la represión y el control estatal", explica Baigorria. "Las corrientes que siguen la tradición ácrata de la abolición o destrucción del Estado hoy quedaron completamente desactualizadas, al mantener una idea de cómo era el Estado en el siglo XIX, cuando hoy vemos que el Estado es o podría y debería ser garante de educación, salud pública y un bienestar social amenazado en todo el mundo por un poder financiero y corporativo internacional. O sea, que hay algo más poderoso que el viejo Estado monárquico y absolutista del pasado".
De cara al G20 porteño y observando experiencias en otros países donde actuó el llamado Black Bloc en los márgenes de las marchas, Baigorria cree que algunos de estos grupos son fácilmente infiltrables y manipulables para que realicen acciones violentas que justifiquen la represión, el control y el aumento del miedo en las poblaciones. "Al tirar molotovs, piedras o salir a romper todo en las manifestaciones –y no sólo son anarquistas los que hacen esto–, terminan provocando la reacción policial que disuelve las concentraciones, aumenta el miedo a participar y destruye toda posibilidad de protesta pacífica". «
Pedagogía libertaria y educación popular
Luego de un primer allanamiento en un caserón de San Cristóbal, los escuadrones especiales de la Policía irrumpieron en el Ateneo Anarquista de Constitución, de la calle Brasil 1551. Se fueron con las manos vacías. No tomaron ni un solo libro de la generosa biblioteca. Mucho menos del archivo de publicaciones libertarias más importante del país. Ese mismo local fue sede de la histórica Federación Libertaria Argentina (FLA). En 2011, la FLA tuvo que mudarse a la fuerza a otro local. Comparte espacio con la Escuela Libre de Constitución, un bachillerato de educación popular autogestionado en el que estudiantes y docentes discuten el programa en asamblea. El "Bachi" recupera los principios de la pedagogía libertaria. Tiene 25 estudiantes y unos 20 docentes. No recibe subsidio alguno: el emprendimiento se autofinancia y los docentes eligen no cobrar un sueldo.
Publicado en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 11 de noviembre de 2018

El Molino

La Confitería del Molino ya no es lo que era. Desde hace algunas semanas, sin las telas harapientas que escondían su opulento rostro, el edificio perdió su aspecto fantasmal. El viernes, con más de 30 grados y aún sin tormenta, los restauradores trabajaron a contrarreloj pero con la frialdad de un cirujano. En menos de 24 horas, antes de que comenzara La Noche de los Museos, su tarea debía estar finiquitada. Por una velada, reabre sus puertas la majestuosa confitería de Rivadavia y Callao. O mejor dicho, lo que queda de ella.
Adentro no había mozos ni aroma de café con leche, ni masas finas en las vitrinas. El fastuoso gran salón de la planta baja por donde desfiló la crema y nata porteña lucía el viernes un vacío ejemplar. El paso del tiempo y la falta de mantenimiento tras 21 años de abandono dejaron al gigante medio grogui. De a poco, parece, intenta ponerse de pie.
Después de la expropiación de 2014, una comisión administradora bicameral, con apoyo del Ministerio del Interior y la Ciudad, puso manos a la obra: "En 70 días se realizaron trabajos de seguridad, limpieza y sobre todo la catalogación del patrimonio. Hay equipos restaurando los vitraux, la cúpula y los pisos. Estaba todo muy deteriorado. Va a llevar tiempo recuperarlo, esto no es lijar y darle una manito de pintura. Pero hay que hacerlo, el Molino forma parte de nuestro patrimonio histórico y cultural", dice Ricardo Angelucci, secretario administrativo del ente. No se equivoca. La creación del arquitecto Francesco Gianotti es la obra máxima del art nouveau porteño, y su historia es fascinante.
La confitería heredó su nombre de una panadería con molino harinero que se alzaba en Rivadavia y Rodríguez Peña. Propiedad de un prusiano, fue demolido en la década de 1880, cuando se diseñó la Plaza del Congreso. El local se mudó luego a la esquina de Callao, donde ganó fama con un nuevo dueño, el italiano Gaetano Brena. Para comienzos del siglo XX y con el Palacio Legislativo en plena edificación, Brena pensó en expandirse, y en un encuentro de la colectividad conoció al joven Gianotti, que estaba terminando la Galería Güemes y era la estrella rutilante de la arquitectura local. Le confió su sueño: hacer la más espectacular confitería jamás vista. Cuentan que Gianotti dibujó el quijotesco molino en un mantel. Seducido por los bocetos, Brena contrató a su paisano pero le puso dos condiciones: que la obra no implicara cerrar la confitería ni un solo día, y que estuviera lista para el Centenario de la Independencia. El arquitecto cumplió en tiempo y forma.
El edificio de casi 7000 metros cuadrados tiene cinco pisos y tres subsuelos. El salón principal fue testigo de la vida social y política argentina. Alfredo Palacios, Evita, Gardel, Libertad Lamarque, Leopoldo Lugones y Roberto Artl fueron parroquianos. En una de las vitrinas que queda en pie pueden apreciarse piezas de la finísima vajilla, una caja intacta del inmortal panettone y hasta una carta con la oferta para el brunch. La medida de fernet a sólo $ 4,50, una ganga. 
"Recuperar el edificio no implica sólo un trabajo desde lo arquitectónico sino reconstruir una memoria integral. No queremos rescatar sólo el Molino de la belle époque, sino también el de la lucha de Norma Plá, acá en la esquina", explica Mónica Capano, asesora de la comisión.
Los anónimos laburantes del Molino, dejados a la deriva por los exdueños, merecen un capítulo en estas memorias. Hace algunos días, don Antonio Sanchíz Cañadén, maestro pastelero de 91 años, volvió a la abatida cocina donde se ganó la vida durante décadas. Se le iluminaron los ojos al recordar los huevos de chocolate que decoraba para Pascua. Trabajaba codo a codo con un colega ucraniano en las entrañas del primer subsuelo del monstruo: un espacio claustrofóbico, pegado al horno siempre tórrido, sólo ventilado por la dignidad de los obreros. Además de un magnífico monumento, el Molino también es un documento de la barbarie. 
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Apología del cuero



“Hoy vine a ver al ‘Pelado’ Halford, el rey del cuero”, explica un motoquero a los impávidos patovicas, en el acceso a Tecnópolis, frente a la Avenida General Paz. “A los muchachos les sacaron las muñequeras, a mí me piden que deje el cinturón. Toca Judas, heavy metal, hermano. No es Tini Stoessel, qué quieren, que vengamos en tutú”, se resigna y deja su pesada bijouterie este caballero rodante, llegado desde el Conurbano Sur. Un personaje digno de los primeros films de Campusano. “Ya fue -se despide el motero- hago cualquier cosa por ver al Pelado”.
El predio de Tecnópolis luce un vacío ejemplar. Una metáfora digna del estado de precarización del arte, la ciencia y la tecnología que predica el gobierno de Macri. En oposición, el estadio indoor se muestra casi lleno: salvo los codos, está repleto de fieles metaleros que se acercaron para disfrutar de la segunda edición del Solid Rock Festival. “Casi tres lucas la entrada para el campo. Mirá si no hacemos sacrificios para seguir a Judas. No queda otra, querido, seguiremos peleándola. Luchando por el metal”, dice Gustavo, comerciante matancero, desde el corazón del pulcro Beer Park del estadio. Un espacio bien custodiado desde las alturas por una pantagruélica obra de Marcos López. Colorido arte pop latino que en el fondo no desentona entre tanto cuero oscuro. Cultura popular. El viejo Gustavo deja ver su elegancia ataviado con un gorrito leather, gafas ahumadas, tapado largo dark y pesadísimos borcegos al tono. Estricta etiqueta negra.
Tres créditos locales son los encargados de encender la maquinaria pesada: Humo del Cairo y su tupida psicodelia stoner; luego irrumpen los Helker, power metal afiladísimo; y el cierre para el dúo de progresismo heavy bautizado ON-OFF. Mucha entrega, que lamentablemente fue premiada con aplausos tibios. 
A las 19:30, con puntualidad británica, la avanzada foránea se desata con los Black Star Riders. La “súper” banda formada por ex miembros de Thin Lizzy y Ratt no le mueve ni un pelo al campo. Hard Rock envasado al vacío. Disfrutaron sólo unos pocos seguidores.
Cuando los Alice in Chains suben al escenario, es cuestión de cerrar los ojos y dejarse llevar en un viaje mental de regreso hasta el inicio de los años noventa. Tiempos dulces del vaquero guerrero Bush padre en Gringolandia y también del nefasto menemato neoliberal en estos pagos. ¿La banda de sonido? No se duda, allá y acá, el tsunami grunge parido en Seattle. Un parnaso conformado por Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden y los más pesados, oscuros y densos de la nueva ola, los Alice in Chains. Pasaron las décadas, los jugadores (al frontman Layne Stanley lo alcanzó la parca heroína en 2002), pero la  fórmula sigue intacta. Aunque los muchachos comandados por el héroe de la guitarra Jerry Cantrell arrancan fuerte con “Check My Brain” del año 2009 y el novísimo “Never Fade”, su narcótico sonido empieza a pegar con gemas como “Again” y los rabiosos “Them Bones” y “Dam That River”, clásicos de clásicos de su sucia obra cumbre Dirt (1992). Se destaca la base del bajo de Mike Inez y el golpe de Sean Kinney siempre preciso, en su lugar. Aunque no cuenta con la garganta desgarradora de Stanley, el morocho enrulado William DuVall está a la altura. “Angry Chair”, “Man in The Box”, “No Excuses” y “Would?”: perlas negras. El cierre es para “Rooster”, el tema que Cantrell dedicó a su padre, veterano de la Guerra de Vietnam. Ese poema antibelicista que arranca diciendo: “Aún no encuentran la manera de matarme”.
El prólogo del cierre a toda orquesta con Judas Priest sobre las tablas comienza con un homenaje. Desde los parlantes suena “War Pigs” de Black Sabbath, como oración pagana e invocación antirreligiosa a los padres fundadores del heavy metal. Amén.
Los comandados por Halford rompen el hielo con “Firepower”, incendiaria pieza que da título a su nuevo disco (¡el 18º de su dilatada carrera!), salido del horno hace pocos meses. El Pelado irrumpe en escena enfundado en una metalizada chaqueta de motoquero galáctico. Recorre el escenario con parsimoniosa teatralidad a sus jóvenes 67 pirulos. Un Tom of Finland que sodomiza el micrófono con sus agudos imposibles para cualquier mortal. 
Pasan “Sinner”, “Ripper”, “Turbo Lover”, “Freewheling Burning” y “You’ve Got Another Thing Comin'”. La maquinaria metálica de Judas es una aplanadora. La alimentan el bajista histórico Ian Hill, Andy Sneap y el blondo Richie Faulkner en las violas y el pulpo Scott Travis en la batería. La puesta en escena rebasa de animaciones con fuego, acero, tachas y, por supuesto, motos. El clímax llega con Halford montado en su Harley Davidson, fusta SM en mano y una versión demoledora de “Hell Bent For Leather”. Pegado, el falso cierre con “Painkiller”, y luego tres padrenuestros del sacerdote para los bises: “Electric Eye”, “Breaking The Law” y, apenas pasada la medianoche, “Living After Midnight” detonan el estadio. En el campo, miles de metaleros saltan felices. Transpirados. Muchos en cuero.
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

Todos tus muertos

En el patio de la Fundación Mercedes Sosa, en el barrio de San Telmo, una multitud se congrega para celebrar el reencuentro, la memoria y el legado de los que ya no están. Día de los Difuntos, Día de los Muertos, Día de todos los Santos o Aya Markay Quillapara los pueblos andinos. Si hace menos de 30 años era en nuestras ciudades de Latinoamérica visita obligada al cementerio, hoy la celebración se ha resignificado: “En la Argentina hay cierta tendencia al tabú en relación a la muerte, a barrearla bajo la alfombra. Ciertas maneras que heredamos social y culturalmente. Hace un tiempo, en casa empezamos a reflexionar, a hacernos preguntas sobre las formas de atravesar la pérdida de un ser querido. Así nace la idea de este encuentro”, cuentan a coro Ana y Federico, mentores y motores del evento. Ella es comunicadora y él, gestor cultural. Son pareja.
La génesis del encuentro se dio el año pasado, cuando decidieron armar un altar comunitario en un pasaje adoquinado del barrio: “Abrimos un grupo de Facebook y la respuesta superó nuestras expectativas.” Por desgracia, un diluvio les aguó el festejo. Este año buscaron la revancha: “Se armó un colectivo con vecinos, artesanos, artistas interesados en armar un encuentro que rescate la tradición del festejo y la herencia de los que nos antecedieron, con una concepción celebratoria y de reencuentro.” Una experiencia que rescata la concepción de los ritos mexicanos y andinos.
Los preparativos llevaron meses. Pero el esfuerzo y la dedicación saltan a la vista de las decenas de visitantes que recorren el predio. Feria gastronómica, 40 artesanos que ofrecen sus obras, shows musicales y presentaciones de cuentacuentos. “La fiesta es como el iceberg que emerge. Pero también hicimos muchas actividades durante toda la semana. Charlas sobre la cosmovisión andina, proyección de documentales y talleres de armado de flores y calaveritas.”
El corazón del encuentro es el altar comunitario. Una mesa colorida repleta de frutas, choclos, guirnaldas y fotos (de personajes ilustres y no tanto) de los que ya no están entre nosotros. Desde Cerati hasta la Negra Sosa, sin olvidar a Frida Kahlo: “Cada visitante puede traer su ofrenda, porque en el fondo, nuestro objetivo es generar una auténtica comunidad.”
Esta tarde, Federico recuerda especialmente a su padre: “Este festejo es una buena oportunidad para transmitirle a nuestro hijo quién era su abuelo.” Su mujer Ana trae de regreso la memoria de su abuela: “Se siente como un reencuentro con nuestros queridos muertitos, como dicen los mexicanos. Nos duele que ya no estén, pero celebramos por todos los momentos que compartimos.”
“En el Día de los Muertos, lo que en realidad celebramos es la vida”, dice Jonathan, tatuador y artesano, cerca del puesto donde ofrece calaveras y diablitos bien pintaditos a mano. Las calaveras del inmortal José Guadalupe Posadas son la estrella icónica del encuentro. Jonathan confiesa que es la primera vez que participa en el festejo: “Cuando pienso en la muerte, en los que ya no están, no lo hago con tristeza. Este también puede ser un momento de alegría”, confiesa el joven llegado desde La Boca. Este 2 de noviembre, recuerda a familiares queridos: “Pero también a gente que no conocí en persona, pero que me marca el camino con sus valores, como el doctor Favaloro. Tampoco me olvido de Santiago Maldonado.”
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá.

miércoles, 31 de octubre de 2018

El último trago de Viscarra

El primer brindis es por el título. El libro que congrega todas las obras del escritor boliviano Víctor Hugo Viscarra se titula La del estribo. Justo, necesario y postrero guiño etílico-literario para el autor de Borracho estaba, pero me acuerdo, a esta altura del partido un clásico de clásicos de la narrativa boliviana contemporánea.  “Cuando uno está farreando entre amigos y quiere tomar la última copa, se dice ‘vamos a tomar la del estribo’. Esto se da antes de partir, cuando ya sólo queda tomar lo último. Es un buen título para las obras completas”, explicó Manuel Vargas Severiche, prolífico escritor cruceño e histórico editor de Viscarra, en una reciente entrevista con el matutino andino Página Siete. El voluminoso libro, publicado por la casa editorial paceña  3600, tiene más de 600 páginas, cuatro prólogos y la portada tatuada con una filosa ilustración de Viscarra, con una botella escarlata incrustada en su pecho, que es obra de Frank Arbelo. ¡A tu salud, Víctor Hugo!  
El antropólogo
“Soy antropólogo: soy experto en antros”, decía Viscarra para presentarse como relator del submundo boliviano. Este cronista del margen escribió sobre lo que vivió en carne propia: el laberinto de las empinadas calles andinas, las cantinas de mala muerte, la cárcel, el mortífero y cómplice alcohol barato, la delincuencia, las drogas y la marginalidad. También sobre la soledad, la dignidad de los nadies y su imperecedera necesidad de escribir. Pese a todo escribir.  
Lejos de cualquier visión romantizada, a mitad de camino entre la crónica, las memorias y el cuento corto, las decenas de relatos reunidos en el volumen La del estribo pintan un durísimo, feroz y a la vez fascinante fresco del hondo bajo fondo. “Jamás podrán decir que Viscarra escribía sobre lo que no sabía, como ocurre con varios escritores borders de moda”, explica Virginia Ayllón, escritora, crítica cultural, compinche y amiga de fierro del autor.
Las calles donde Viscarra no tenía nada que perder, donde caminar la noche con un escuálido abrigo y su botellita con alcohol puro a la espera de los salvadores rayos del alba fueron construyendo su universo. Delincuentes de prontuarios flacos que agonizan en granjas de rehabilitación, humildes emigrados del campo que subsisten a los tumbos cargando sus penas en los mercados populares, lustrabotas que vuelan entre vahos de thinner, viejos proxenetas venidos a menos, expertos en cuentos del tío y otras sableadas, avispados perros de la calle y voluptuosas cholitas dedicadas al strip-tease y a otras malarias. Quedan a flote, sólo unos pocos. Habitantes y laburantes del margen: realismo sucio andino.
Se puede pensar que la de Viscarra es una literatura menor que asume una doble marginalidad: desde lo que dice –sus personajes, escenarios y andanzas– hasta cómo lo dice. Voces quechuas, aymaras, campesinas, lúmpenes y siempre explotadas. Sus memorias tejen, en primera persona, la política marginal de las urbes andinas.
Nací viejo
Viscarra nació el 2 de enero de 1958. Su madre era pobre, su padrastro era pobre, todo el mundo –salvo dos o tres familias dueñas de las minas de estaño– era pobre en la Bolivia de aquellos años. “Puedo decir que a los doce años me sumergía de cabeza en la noche. En sus oscuras entrañas aprendí cosas, buenas y malas. La noche de La Paz es un laberinto que, al no tener principio, tampoco tiene fin, y uno puede perderse para siempre”, escribe Viscarra en “Frío en el alma”. Desde aquella noche iniciática, las leyendas urbanas sobre las derivas del “Bukowski boliviano” lo transformaron en un auténtico mito dentro de la literatura andina: efímeros pasos por redacciones, algunas changas como escritor fantasma y otras fugaces intervenciones menores en diversos oficios terrestres con la omnipresente sombra del alcohol a cuestas.
Su primer libro, que lo rescató del anonimato, fue Coba: lenguaje secreto del hampa boliviano (1981), un soberbio documento recopilatorio del lunfardo y el argot carcelario, que la policía nacional publicó sin siquiera mencionar al cronista. Luego de aquel primer mal trago llegaron el notable Relatos de Víctor Hugo (1996), luego Alcoholatum & otros drinksCrónicas para gatos y pelagatos (2001), más tarde el popular Borracho estaba… (2002), poco antes de su muerte el premonitorio Avisos necrológicos(2005) y el póstumo Ch’aki fulero (2007). Best sellers piratas desde hace más de una década. La del estribo, con edición al cuidado de Marcelo Martínez, asume el noble desafío de reunir en un solo volumen todas estas obras hermanas. Todavía se aguarda su llegada a las librerías argentinas. En estas pampas, Viscarra tiene numerosos lectores fieles.
En varios de sus relatos, Viscarra vaticinó su muerte antes de llegar a los cincuenta años (“Nacionalizo una pistola y me pego un tiro”). Ni hizo falta, el tiro del final se lo dio una cirrosis fulminante, que se lo llevó en mayo de 2006. Sus restos reposan en el Cementerio General paceño.
Peleando a la contra
Desde los callejones paceños y cochabambinos, Viscarra supo transformarse en la punta de lanza del grupo de narradores que comenzaron a gestar sus proyectos literarios algunas décadas después de que el cimbronazo político y social de la Revolución del ’52 haya quedado empantanado en reformismos tibios. Pero no tan alejados de la dura herencia de los gobiernos militares y los años dulces de la cocaína y el neoliberalismo. Un poco antes de la llegada de Evo Morales al poder.
Los relatos de otros escritores paceños, como la extensa obra del maldito Jaime Sáenz, los cuentos y novelas de Adolfo Cárdenas, Wilmer Urrelo Zárate, Spedding y Willy Camacho tienen sintonía con la obra de Viscarra. Relatos urbanos, textos con un manejo erudito del argot callejero y sus voces. Historias donde el humor ácido y la ironía se beben de un saque.
En sus libros, Viscarra trazó una cartografía marginal sobre mercados negros, comedores populares, basurales, puteros, comisarías, bares, cabarets y barriadas periféricas. Una ciudad de La Paz semiclandestina. La de antros fantasmagóricos como La Casa Blanca, La Curvita, Las Cadenas (con sus vasos y ceniceros encadenados a las mesas), El Pezón de la Mariposa, El Averno (con sus paredes decoradas con imágenes de La Divina Comedia), El Abismo y El Volcán. Cuevas donde los tragos servidos en latas oxidadas cuestan centavos y la regla es amanecer muerto o, con suerte, desnudo. Con su especial manera de narrar su resistencia, Viscarra también luchaba por ser un extranjero en su propia lengua y por construir un espacio al margen del canon literario boliviano que lo condenó a un frío ostracismo. Y lo sigue haciendo.
En su última entrevista, pocos meses antes de su muerte, Viscarra se despidió a su manera: “El mío es un trabajo contraliterario. Hay muchos que se sienten ofendidos con mi literatura. Con mi libro Borracho estaba, pero me acuerdo he tenido tres juicios por difamación. Pero como no tengo un lugar fijo donde vivir, no pasó nada. Además, todos los que me homenajean son unos hipócritas que viven en la porquería. El Apocalipsis dice que vendrá el Juicio Final y habrá gente que se irá al infierno por sus actos, pero yo digo: me da igual, porque he vivido toda mi vida en un infierno”.