lunes, 21 de agosto de 2017

Tiempo del firulete

Parece de manual, pero el día empieza con "El arranque". En el predio de La Usina del Arte, el clásico inoxidable de Julio De Caro es la banda de sonido que da la bienvenida a los bailarines. Mañana diáfana en La Boca. Horario difícil para las parejas de milongueros que, agitadas pero sin perder un gramo de elegancia, apuran el paso para llegar puntuales a los camarines. En pocos minutos se largan las rondas clasificatorias del Mundial de Tango. Este año, el evento capital del 2x4 reúne a 636 parejas: los grandes valores del tango nacional pero también uruguayos, japoneses, daneses, ucranianos... Cuarenta y ocho naciones dicen presente.
"Nosotros preferimos tomarnos nuestro tiempo, señor. No sé para qué tanta corrida. El tango siempre te espera", asegura Ignacio Giannini,  pergaminense, con la máxima de Troilo como dogma de fe. Su partenaire, la chilena María José Garcés, apura un mate amargo y con dulzura da las últimas pinceladas de base sobre sus mejillas. Aunque bailan juntos desde hace un mes y monedas, sienten que se conocen de siglos. "El tango tiene mucho de magia. Si es por bailar, uno va a la milonga y baila con cualquiera. El hechizo empieza cuando conectás. Creo mucho en la ley de atracción, y les pedí a los santos del tango para que me trajeran a Ignacio. Al final se hizo el milagro", asegura la devota trasandina. La parejita ensaya un firulete y revela sus armas secretas: "Miles de horas de práctica, dar amor sobre el escenario y, para alejar la mufa, encomendarnos a San Pugliese. Nunca falla." 
Sophia y Nicolás juran y perjuran que en su Corea del Sur natal, el tango pelea cuerpo a cuerpo en popularidad con los caballitos de batalla del marketinero K-POP. A lo sumo, arriesgan, pierde por una cabeza. Desde hace años, Nicolás se gana el mango como profesor de baile en una academia en las afueras de Seúl. Con serenidad oriental y mínima labia porteña, transmite a sus pupilos los secretos de la danza rioplatense. Hoy lleva el 179 prendido como un abrojito en su saco oscuro. Cumple el sueño de debutar en la meca del ritmo. "Esto es como el final de un largo viaje, que comenzó hace 20 años, cuando escuché 'Nada', por la orquesta de Di Sarli. En el escenario voy a tratar de sentir la música como la primera vez."   
Nosotros dos
En el auditorio de La Usina, las parejas giran como el mundo. Compiten en dos categorías: la tradicional Pista y la versión más vanguardista en su formato Escenario. Ahora es el momento de los puristas. Como corresponde a un código básico de la milonga, van trasladándose por el borde de la pista en sentido contrario a las agujas del reloj. Le sacan viruta y chispas al piso. "Cuando arranca la música, se borran el tiempo y el espacio. Siento las piernas de ella, cómo se conectan y desconectan con el piso. Se da como una 'fusión molecular'. El tango tiene mucho de química", explica Filippo, un italiano con un aire a Franco Nero, que participa en el Mundial junto a su esposa Katerina. Si tuvieran que escribir un libro de los abrazos que compartieron en las milongas, la noche del 10 de junio de 2011 tendría un apartado especial: "Yo tuve muchas parejas de baile –asegura la morocha milanesa–. Pero ese día Filippo me cabeceó, salimos a la pista y no nos separamos más. Me lleva, pero sobre todo me siente. Por algo es mi marido". Ante el desafío de clasificar a las semifinales, enfrentan un dilema existencial: "Es que este domingo nos invitaron a una parrillada –confiesan–. Se va a poner difícil elegir si venimos a bailar o si nos comemos un rico asado." 
Poco antes de salir a escena, los jujeños Marcelo Torres y Edith Salazar lucen su pinta ejemplar. Traje azabache y a finas rayas para el caballero, con el detalle de la corbata rojo punzó haciendo juego con el apretado vestido shocking de la dama. "Los diseñó una modista amiga allá en El Carmen, de donde somos. Y una prima se encargó del bordado de los detalles de las piedras fantasía. En la fiesta del tango queríamos estar de gala, con un look bien pasional", cuenta la veinteañera. Aunque hoy los une el tango, los norteños se conocieron bailando zamba, en la Fiesta del Quesillo de San Antonio. "No nos importan las diferencias, nosotros bailamos –dicen a coro–. Cuando entramos a la pista, es como que compartimos el mismo lenguaje. Y solo hablan los cuerpos." 
Con su moño al cuello, Leandro Benítez rinde homenaje al oficio que le permitió conocer Buenos Aires y debutar en las grandes ligas. "En Chilecito soy mesero. ¿Dígame si no estoy buen mozo?", pregunta el muchacho entre risas. Lo marca de cerca Anabel Gutiérrez, su novia y pareja de baile estable. "¿Sabe?, a los que dicen que el tango es machista, porque la mujer se deja llevar, les digo que no sean tan anticuados. El tango es comunión", cierra la señorita, al tiempo que le estampa un amoroso piquito a su prometido.
Guardia vieja
El camarín es Babel en plena ebullición. Todavía lejos de la pista, las parejitas practican osadas quebradas. El profesor Gustavo Sorel acompaña a sol y sombra a sus discípulos. "Les doy una charla técnica y les explico los 'yeites'. Los jueces están muy pendientes del reglamento: no se pueden hacer boleos altos y hay que estar atentos con los enrosques... Pero lo más importante es que disfruten", asegura el hombre, nacido y criado en un bulín de San Telmo. Atesora un pedigrí tanguero curtido en salones de los cien barrios porteños. "Arranqué en los '70, cuando era estibador en el puerto. Mis compañeros me llevaban a las milongas de la Isla Maciel. Eran lugares non sanctos, de avería, donde te proponían bailar un tanguito y algunas cosas más", evoca. Después de aquellas iniciáticas incursiones al bajo fondo, Sorel sentó cabeza, tomó clases con los referentes, estudió al dedillo la danza, la anatomía y los códigos del lunfardo. Ahora es todo un profesional: "A mis alumnos les doy un solo consejo: estudien con el que estudia."  
José Meno es un auténtico guapo del 900, miembro de honor de la vieja guardia porteña. "Señor, yo siempre participo en tango Pista. Escenario es un curro for export, un cuentito para los europeos", asegura el varón de Almagro. Entra a la cancha relajado, con el 235 tatuado en la espalda y un prontuario milonguero grande como una casa. Frente al espejo, se retoca el jopo engominado: "Uno no sabe qué va a bailar, pero si pudiera elegir, no lo dudo, que suene 'Mala suerte', el himno nuestro. ¿Lo conoce? Es ese que dice: 'Yo no pude prometerte / cambiar la vida que llevo, / porque nací calavera / y así me habré de morir. / A mí me tira la farra, / el café, la muchachada, / y donde hay una milonga / yo no puedo estar sin ir.'" «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá.

martes, 15 de agosto de 2017

Todo un palo

La llanura llega lustrosa hasta el horizonte de palos. El hombre otea la lejanía y medita el tiro unos segundos. "No hay que dejar que un pino tape el bosque", filosofa Néstor "Bucky" Nicolini, erudito jugador de bowling, al tiempo que acaricia una bocha con devoción, en las instalaciones de la Sociedad Italiana de Tiro al Segno, Sitas, en el corazón de El Palomar. "Hay que tener muchos factores en cuenta, como los efectos de la bocha –asegura–. Pero la clave es conocer bien las canchas: de madera, sintéticas, laqueadas...  Hay lugares muy difíciles. Tranquilamente puede llevar 20 años dominar el terreno."
Nicolini es un baqueano experto en la geografía de las boleras nacionales. Con 63 años sobre el lomo, lleva más de 40 derribando bolos con la potencia de sus bombazos. Su fervor por la disciplina de palo chico arrancó en los '70, años tórridos de la primera "fiebre del bowling" en estas tierras. Su bautismo de fuego fue en el club Morón. Con la vuelta del general Perón al país, Nicolini y su barra de amigos resignificaban una de las máximas justicialistas: iban de casa a la bolera y de la bolera a casa. "Estaban los clubes, pero también empezaban a proliferar las confiterías. Era una salida económica, bien popular. Te tomabas una gaseosa, comías un sánguche y jugabas unas líneas por menos de 2000 pesos moneda nacional, dos fragatas", recuerda, mientras calibra el primer tiro de la noche.
El grupo empezó bien desde abajo, en la tercera división. Un directivo de Morón les vio pasta de campeones y propuso federarlos. Dieron el batacazo y ascendieron sin transpirar. Dos años después, a puro strike escalaron a la máxima categoría. Nicolini dio un paso al costado cuando hicieron cumbre: la colimba, los estudios en la UBA y el trabajo docente lo alejaron por casi diez años de las canchas. Pero, se sabe, siempre se vuelve al primer amor: "Me reincorporé en el '85, en la mítica bolera Thaler, cerca de la estación. Armé un equipo y no paré hasta hoy." Durante la segunda gran ola del bowling, en los '90, paseó su magia por canchas de todo el país: Mendoza, Necochea, Saladillo. Ganó todos los torneos habidos y por haber. Cerró la década concretando el sueño del pibe: abrió la bolera propia en San Nicolás. El boom del bowling se empezaba a quedar sin pólvora. Y el crac de 2001 lo dejó nocaut: "Fue un golpazo, desapareció la clientela, casi pierdo la casa." Un auténtico strike en contra.
El yerro económico no lo alejó ni un milímetro de su pasión. Hoy trabaja en las canchas del Sitas y mantiene intacta la puntería. Nicolini toma carrera con elegancia, lanza la bola y se carga a la familia entera de palos. Antes de despedirse, enciende un rubio y recuerda su partido perfecto: "En el Palo de Oro, que se jugó acá. Hice 238 puntos, una locura. Lo más cerca que estuve del número perfecto."
Palo bonito
En pocos minutos, arrancan los cuartos de final de la Copa Federación, uno de los encuentros cardinales del bowling porteño. Rigoberto Sosa, presidente de la Federación Metropolitana, apura los últimos preparativos, antes de que los equipos den inicio al sagrado ritual de las líneas.
La institución congrega a los fundamentalistas del palo chico, el duckpin, la versión con más historia en nuestro país, frente al modelo globalizado –palos largos y bolas de siete kilos– que gana terreno desde los noventa. La tradición es también fuerte en Uruguay, Canadá y los Estados Unidos, donde se realizan torneos desde 1896. "No lo dudo, en la Argentina reina el palo chico. Será por nuestra forma de ser, de compartir. El palo grande es más individualista. Acá gana el compañerismo, el equipo", asegura Sosa.
Con algo de nostalgia setentista, recuerda sus rateadas del trabajo para regalarse un par de líneas en Palo Cero, una bolera que estaba enclavada en Bartolomé Mitre y Callao. Buenos Aires era la ciudad de los bowlings, había más de cien: "Ahora no hay tantos, y la gente joven no se acerca como antes. En el interior es otra historia, ahí está el semillero." A la hora de definir su estilo de juego, Sosa recupera las enseñanzas del uruguayo Héctor "Gurí" Guerrero, genio y figura del deporte bajo techo: "El mejor de todos los tiempos. Un innovador que entendía al bowling como una actividad creativa. Acá no es voltear palos y nada más, no es tan fácil. Y eso es lo que me hace latir el corazón cada vez que entro a la cancha."
Marta Bartolosi calienta su muñeca en la cancha 3, sin perder ni un solo gramo de glamour. Llegó al mundo de los palos cuando conoció a su marido: "Era fanático. Yo lo acompañaba, no jugaba. Estaba como intrigada y no entendía demasiado. Era un espacio de encuentro social donde reinaban los caballeros, eran pocas las mujeres que se animaban." Bartolosi demoró casi una década en pasar al otro lado del mostrador. Un buen día se anotó en la categoría damas, armó un equipo en el Sagitario de su Ramos Mejía natal y quedó prendida para siempre. Para las jugadoras, resalta, es más importante la maña que la fuerza: "No hay con qué darle a la técnica: una bocha bien colocada voltea todos los palos." Aunque comparte el lecho y las canchas con su esposo, Marta no mezcla los tantos: "No me gusta que me ande dando instrucciones. 'Que corré por acá… que tirá por allá'. Yo lo amo, pero tengo mi propio estilo."
Línea mortal
No hay dudas, el deporte hermana. Para muestra, basta con asomarse a la cancha 1. El equipo que conforman Daniel Alvarado, representante de Huracán, y Javier Alcoba, de San Lorenzo, deja en el olvido las añejas disputas de los enemigos íntimos. "Eso es puro folklore. Acá demostramos que lo importante es la amistad, y no las chicanas de barrio", asegura Alvarado, un morocho bien conservado, nacido y criado en Parque Patricios. Su joven compañero cuervo agrega: "Se vive algo muy lindo en el bowling. A mí me hizo conocer gente de todo el país. Voy a Tucumán, Miramar o Rosario y siempre están las puertas abiertas."
Hoy los espera una parada difícil. Enfrente hay un potente combinado que mete miedo: dos jugadores muy precisos que representan al Sagitario y a Bella Vista. Luego de miles de combates, Alvarado dice que está tranquilo. El quemero sabe más por viejo que por diablo. Nada de roscas, contrarroscas ni efectos combados. Su arma secreta es el bowling añejo: "La vieja escuela, señor. Caminata de tres pasos y la insuperable bocha deslizada." El pibe Alcoba es más pragmático: confía en la fuerza de su juventud y de sus bochazos estilo Gringo Scotta.
Antes del tiro inicial, priman los buenos modales, y los contendientes se dan un fuerte apretón de manos. Alvarado da el puntapié de honor. Respira hondo, frota la suela de cromo del zapato izquierdo contra la madera lustrada y sale disparado. En el horizonte, los machucados palos aguardan, estoicos, el golpe mortal. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino por acá

lunes, 24 de julio de 2017

Hijos del circo

La previa no es el mejor momento para hacer payasadas. "No insista, señor. Sin el maquillaje no tiene gracia. Debe aguantar unos minutos, que ya casi comienza la función. No sea chiquilín", exige Bryan Palacios, al tiempo que esparce un poco de base rosada en sus generosos pómulos. 
Con tiernos 26 años de vida, y curtidos 20 ejerciendo como payaso, Bryan es una de las estrellas rutilantes del Circo Rodas. En la temporada alta por las vacaciones de invierno, la histórica compañía, que festeja sus 35 años, ancló su colosal carpa aurinegra en el estacionamiento del Parque Comercial Avellaneda, a pasitos de la autopista que une Buenos Aires con La Plata. 
Bryan cuenta que lleva el ADN circense en los genes. Nació, literalmente, en una carpa, la del Orfei: "Mamá era contorsionista, y papá, domador de leones. Estaban de gira por Italia. La cigüeña me dejó en la ciudad de Nápoles." Es sexta generación de cirqueros. Las raíces de su árbol genealógico artístico-itinerante pueden rastrearse desde el lejano 1823. Sus tatarabuelos belgas tenían una troupe en el Viejo Mundo. Luego, se asociaron con el mítico Sarrasani. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Europa no era tierra fértil para andar sembrando alegría. Entonces, decidieron cruzar el gran charco y traer sus artes a Latinoamérica. Desde hace 100 años, la recorren de punta a punta. "No soy de aquí, ni soy de allá –asegura Bryan, mientras ajusta sus zapatones–. Somos nómades. Tengo familiares desperdigados por todo el mundo. Con suerte, los veo cada diez años." 
A su hermana Luzian la ve bastante más seguido. Desde hace dos años, comparten el escenario. "Había renunciado el otro payaso y me ofrecieron el puesto. Al principio tenía muchos miedos, porque hay que tener coraje para ser payasa. Es un oficio tradicionalmente masculino. El primer día me temblaban las piernas y tenía cara de payasa triste. Pero después me fui soltando. Siempre me gustaron los retos y acá me ve, vivita y coleando", asegura la señorita. 
Prestos para salir al ruedo, nariz colorada y trajes en perfecta sintonía, los hermanos no olvidan las influencias del mejor de todos los tiempos: Carlitos Chaplin. También de los italianos, y más contemporáneos, Fumagalli y David Larible. 
"Payaso se nace, señor –asevera Bryan–. ¿O acaso cree que cualquiera le pude sacar una sonrisa a un niño?" Su hermana lo mira con desconfianza, luego estalla con una estrepitosa carcajada y agrega: "Nosotros tenemos alma de payaso. Hay días que antes de dormirme, apoyo la cabeza en la almohada y pienso que tengo el mejor trabajo del mundo. Y eso se lo digo bien en serio." 
Pan y circo
Señoras y señores. Chicas y chicos. Acomódense en sus butacas. La función está a punto de comenzar. El presentador Cristian García afina su garganta junto al telón. El oficio de crear climas con su voz lo heredó de su abuelo, Arturo Sifon.
"Arranqué en el circo familiar, soy quinta generación. Hace tres llegué al Rodas, es como jugar en las ligas mayores", revela. Luce una elegancia digna de un príncipe, que corona con un jopo. En su métier, ansía llegar al nivel del "Chango" Clavero, el "dios de los presentadores": "Estuvo tres décadas en este circo. A la hora de narrar las rutinas, intento copiar su forma de cautivar al público. Es difícil, porque estamos atados a los imprevistos. Esto es en vivo, se puede lesionar un artista o se rompe un aparato y hay que largarse a guitarrear." 
De repente, la música empieza a sonar bien fuerte desde los parlantes. Cristian recibe el llamado del deber: "En serio, nunca tuve la más mínima intención de salir de este mundo. Mire, tengo casa en Luján de Cuyo. Cuando estoy allá, llegan las siete de la tarde, el horario de la función, y siento que me falta algo. Debe ser esto…", y señala las tribunas.
El camarín está montado en un conteiner. Luis se pone una camisa reluciente y luego sopla una balada triste con su trompeta. "¿Por qué la gente sigue viniendo al circo? La verdad que no lo sé. Quizá por la magia de ver en vivo a un mago, a un acróbata, eso no pasa nunca de moda. Es raro, pero en esta época de Internet y de pantallas en todos lados, la fantasía no cambia.”
 Su compinche Moisés, trapecista chileno, cree que la clave es mantener el equilibrio entre la vieja guardia y la nueva ola: "Hay toda una nueva camada de artistas que son muy profesionales. Nosotros lo llevamos en la sangre, pero eso no te garantiza ser el mejor. Hay que ensayar todos los días y no perder el tiempo." 
Ya lo explicó el escritor Ben Hecht: "el tiempo es como el circo: levanta campamento y se marcha". Antes de despedirse, Moisés recuerda épocas más feroces del gremio. Cuando las medidas de seguridad eran escasas y los animales salvajes formaban parte del show. "Ahora se cuida más al trabajador. Y hay decretos que prohíben la participación de animales. Antes era muy común, yo les daba la mamadera a los leones hasta que cumplían los tres años. Es difícil que un chico criado en un circo no tenga una marca –cierra y se señala una cicatriz en su rostro–. Yo tengo está caricia que me dejó un puma." 
Dominique tiene los huesos de plástico. En su rutina, pone el cuerpo al servicio del arte del contorsionismo. "La preparación empieza, como mínimo, 30 minutos antes de salir a escena. La formación, mucho más atrás, para ganar en la elasticidad de los huesos y los tendones. Practico desde los tres, hoy tengo 15", dice la muchacha, mientras elonga cerca del escenario. 
Su maestro fue su padre, uno de los electricistas de la compañía. Dominique no puede imaginar su vida fuera de la carpa: "Me crié acá, como la mayoría de los 140 trabajadores que se ganan el pan en el Rodas. Y no digo que sea fácil esta vida en movimiento. Pero es la que elegí. Y no me arrepiento." 
Los dueños del circo 
El cónclave de la familia Gómez se da poco antes de subir las escaleras que llevan al cielo de la carpa. En pocos minutos estarán columpiándose a 13 metros de altura. No es tiempo de andar sacando trapitos sucios ni viejas disputas de alcoba. El número exige concentración máxima y, sobre todo, trabajo en equipo. "El nuestro es un acto de arrojo, con mucha valentía.  Participan mi marido, mi hijo y mis hermanos. Si hay problemas, quedan acá abajo. Trabajo es trabajo", se ríe Karen, la matriarca chilena de las Águilas Humanas. 
Entre las proezas que realizan alto en el cielo, se pueden destacar el "cruce de la muerte" y el "triple salto mortal", prueba máxima de la disciplina. "Seguro que nos gusta el riesgo, señor –asegura–. Las palmas del púbico nos hacen olvidar el dolor de las caídas." 
Es momento del número estelar de la tarde, el "Globo de la Muerte". Un aro de acero, seis motociclistas girando a 80 kilómetros por hora y toneladas de adrenalina. Julio César Bastías prepara su bólido. "Acá juegan las máquinas, pero también el factor humano. Hay que conocerse al dedillo, si no vienen los accidentes", explica el piloto. 
"A veces pienso que mucha gente está esperando el momento de la caída. Cada vez que termino tengo una sensación de victoria inigualable", sentencia al ponerse el casco. Antes de salir volando a escena, acelera a fondo y dispara: "Muchos dicen que la vida del circo es para vagonetas, porque no hay que levantarse a las seis de la mañana o cumplir un horario de oficina. Puede ser. Pero este es mi laburo, un trabajo bien libre, que le trae alegría a la gente. La vida del artista es así.">
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miércoles, 19 de julio de 2017

Polvo de estrellas

Rubén Danilo está caliente. "Es que me gusta arrancar a horario, señor, y estamos un poquito demorados. Ya tengo el set preparado para el casting en la planta alta, pero hay muchachos que todavía no dieron señales de vida", se queja el veterano director, referente del cine XXX nacional. Mientras baja la temperatura bebiendo un vasito de gaseosa con hielo, resalta que tuvo 120 interesados para participar del rodaje, protagonizado por la actriz Milena Hot. Casi un centenar, del interior del país. Caballeros que por 1000 pesos desean tener su debut soñado en el universo del porno: "Si ponemos que es gratis, viene pila de gente y no sirve. Me gusta cuidar las producciones. Al final van a concretar unos doce. Pero todos no van a venir. A muchos les agarra miedito." A último momento, temen que el sueño húmedo se transforme en pesadilla a secas. 
Danilo, 52 años, es toda una institución de este tórrido género cinematográfico. Sus pergaminos acreditan más de dos décadas rodando producciones recargadas de erecciones, eyaculaciones y exhibiciones. Arrancó en la década del '90, luego de un dilatado periplo como productor de shows eróticos en boliches de Merlo, Ramos Mejía y Moreno. Durante esos años, en el Oeste estaba el agite. Llegó a manejar uno muy exitoso, que bautizó Prohibido: "Me curtí en la noche. Vendía shows de bikini open y presencias de vedettes muy famosas, como Beatriz Salomón, que sigue apoyando mis emprendimientos,  como los Erotic Games que vamos a hacer acá mismo el 21 de julio. Eso habla de mis valores y códigos." Un día, Danilo tuvo una epifanía y decidió arrimarse al pequeño pero siempre activo círculo del porno local. El VHS consolidaba la democratización del género. Compró una Panasonic M7 y rodó su ópera prima, Tiempo de sexo. "No queda ni una copia –se lamenta–, perdí todo mi archivo cuando se me voló el techo, en el tornado de abril de 2012." Autodidacta y cultor de un estilo urbano, dice estar siempre atento a las historias que pasan de boca en boca, para luego materializarlas en sus films. "No copio. Me gusta parar la oreja y escuchar anécdotas. En Buenos Aires hay miles. Mi película Oficina Hot, premiada en España, nació así. Es bien porteña, o acaso, quién no tuvo sexo en una oficina", sondea el hombre, mientras los primeros aspirantes hacen su ingreso tímido en el bar del microcentro donde organizó el casting. El cineasta los recibe con profesionalismo y un cordial apretón de manos. En pocos minutos, informa, comenzará la acción en el improvisado plató.    
Danilo se crió en el seno de una típica familia de Floresta: comerciantes de clase media, hinchas "enfermos" de All Boys y, sobre todo, peronistas. Un ambiente donde el sexo siempre estuvo ligado a la cultura popular. "Toda la vida me gustó lo erótico –sincera–, pero siempre con el respeto a la mujer como ley. En mis películas hay sexo intenso, un sexo que brilla. No me gusta el mensaje oscuro de algunos films, donde la mujer recibe y recibe en forma casi deportiva. Eso no es piola. Soy un director de cine, no un general que dice 'mandame 100 pibes más' y la mujer es carne de cañón. En definitiva, el culo es de ellas."
Hitchcock tuvo a Grace Kelly; Tarantino, a Uma Thurman; De Sica, a Sophia Loren; y Danilo, a Milena Hot. La musa ardiente protagonizó un sinfín de películas a sus órdenes. "Siempre le machaqué que este es un laburo que hay que tomarse muy en serio. En el sexo, hoy Milena es la número uno", asevera el director, mientras se ajusta la colita del pelo. Le pide a uno de los noveles actores que suba. Para acicalarse, el novato podrá utilizar el toilette de caballeros, a pasitos del set. El cineasta predica: "Al que tiene prejuicios, le puedo decir que el porno es cultura. No es algo ilegal, hago películas para mayores de edad. Me gustaría que el Estado subsidiara este género. Tenemos un rol social: ayudar a una persona impotente o deprimida, a una pareja que no engancha. ¿Qué hay de malo en eso?”
Superficies de placer 
El corsé, la tanga, las medias en red y los tacos aguja hacen juego con su larga cabellera azabache. Milena irradia frente al espejo un aire de sexualidad sin complejos. "Desde chica me llamaron la atención los desnudos –cuenta, mientras retoca los últimos detalles de su maquillaje dark–. Me acuerdo el día que encontré las revistas Libre que mi papá escondía bajo el colchón. Había un par de tetas, no más que eso, pero me fascinó. Después encontré una Tema privado donde se hablaba de sexo oral y anal. La primera porno la vi a los 12 años, era una "mini degeneradita’. De alguna manera, todo lo que hice en la vida estuvo atado a las ganas de descubrir lo prohibido. Y la sexualidad entra en ese paquete." Cuando cumplió 15 años, antes de soplar las velitas, pidió tres deseos: ser bailarina de caño, actriz porno y conejita de Playboy. Los dos primeros se hicieron realidad. El tercero es una cuenta pendiente sin fecha de vencimiento. Como el icónico conejito que lleva tatuado, cerca del escudo de su amado Albo. Las pasiones, Milena las lleva a flor de piel. 
Sin pudores, pero con mucha humildad, resalta su generoso currículum. Sobran los dedos de una mano para encontrar otra actriz que ostente su continuidad en la primera línea del mercado. "Pueden aparecer chicas, pero van abandonando. Y a muchas no les gusta decir que son actrices porno. Como que hay un estigma, un tabú. Pero creo que es una falta de respeto general que hay con las mujeres. Muchos hombres me dan asco. Te dicen que sos una puta, reventada, y no es así. Yo soy una persona muy open mind. Hago lo que me gusta." Cuenta que dedica horas a su formación actoral, mirando películas del nicho, sobre todo estadounidenses. E intercambia por Internet experiencias con otras trabajadoras del gremio. 
Llega la hora señalada. Milena debe entrar a escena. "Cero nervios –se despide–. Quién dijo que 20 años no son nada. A esta altura, conozco todos los secretos: desde las poses hasta la iluminación. Tengo más historias que Las mil y una noches. Si yo llegara a hablar…”
La argentinidad al palo 
Pese a las luces vigorosas, el set todavía está bastante frío. Danilo evita la calefacción artificial. En pocos minutos, el roce de los cuerpos hará subir la temperatura en forma natural. Mientras calibra la cámara, sugiere locaciones y posiciones para la primera escena de la tarde. Un guión simple, duro y directo. El encargado de dar el puntapié inicial se hace llamar Raphael, un vital caballero que ya pasó los 60 pirulos. Luce un depilado ejemplar. Milena hace alguna broma, se acerca con templanza y logra desinhibir al caballero. Danilo ordena: "Acción".
Julio César y "Big Bull" departen en la sala de espera, antes del bautismo de fuego. El primero es un joven comerciante de San Miguel. Dice que está relajado: "Me venía preparando mentalmente en el colectivo. Cuando se acerque un poquito Milena, me voy a olvidar de que hay gente alrededor." Tuvo algunas experiencias de filmación casera, con su actual pareja: "No pienso que esto sea un engaño. Lo veo más como una puerta profesional que se abre." Big Bull alega que su presencia se debe a razones casi existencialistas: "Para mí es como cerrar un círculo que comenzó en mi adolescencia, con los primeros VHS. Siempre digo que mi primera novia virtual fue Moana Pozzi, la porno star más grande de la historia." A minutos de cumplir el sueño del pibe, se peina el jopo y dice: "¿Sabe lo que me llevo de acá? Una gran historia, como usted." 
Desde el set, se escucha un grito seco de Danilo. Exige silencio absoluto. El primer rodaje aún no acaba. «
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lunes, 10 de julio de 2017

Una isla guaraní rodeada de tierra

Vori vori, pastel mandi’o, chipa guasú, mbejú y butifarra. "Pero no se olvide de la sopa paraguaya, señor, el plato nacional", alecciona con aires de chef de cuisine Pilar Cuevas, en la cabecera de una mesa superpoblada por los manjares emblema de la gastronomía guaraní. La coqueta jubilada nacida en la ciudad de Limpio, en la región central del país vecino, hace gala de sus saberes culinarios: "Hay que conseguir maíz bien pisado, huevos de campo, queso fresco y la crema de leche, que es la clave para que salga bien esponjosa. Si el paraguayo celebra, no puede faltar su sopa seca. Por suerte, tampoco la cachaca. La fiesta es para comer, pero sobre todo para bailar". Luego, despabila a su marido del sopor dominical y juntos disparan hacia la atiborrada pista. Mueven el esqueleto al ritmo de un clásico de Los Rehenes. "Vengo para ver a mis amigos y por prescripción médica –dice agitada la dama de rabiosos cabellos colorados, tira una voltereta y se enreda en los brazos de su don Juan–. Comer rico y bailar alargan la vida".
La disco Carroussel, espacio vital de la colectividad paraguaya en la Argentina, luce un lleno ejemplar en los festejos de San Juan. A miles de kilómetros de sus terruños, cientos de paisanos mantienen viva la antiquísima celebración, que combina raciones desparejas de fogoso ardor religioso, embriaguez popular y orgullo nacionalista a larga distancia. Una isla guaraní rodeada de tierra, a pasitos del Nuevo Puente Avellaneda.
"Este es un pedazo de Paraguay en Buenos Aires, donde venimos a llenar el vacío de la nostalgia", reconoce Marianela Brítez, organizadora y alma mater del boliche. Llegó a estos pagos en los '80, huyendo de las penurias económicas, al final de la larga noche stronista. La historia de una familia y de miles. Salieron de Coronel Oviedo y se instalaron en San Martín, donde su madre se puso a zurcir para fábricas textiles. Brítez no heredó el gusto por el corte y confección. Apenas coqueteó con la venta de indumentaria. A los 21, probó suerte organizando fiestas en el seno de la colectividad. No paró más. "Al principio fue difícil, era un trabajo tradicionalmente masculino. Pero las paraguayas somos pujantes. Llevamos adelante un país entero, desde los años que siguieron a la Guerra de la Triple Alianza. Tengo esa herencia, esa manera de encarar la vida", asegura, mientras retrata a las parejas que bailotean cuerpo a cuerpo. "Los desarraigados buscamos estos espacios de encuentro, porque nos conectan con la familia que está lejos, con los platos que se extrañan, con nuestra forma de entender la vida. Que es dura, pero hay que enfrentarla con una sonrisa." La frase en guaraní que hizo tatuar en la pared del escenario resume ese espíritu: "Carroussel, vy'a renda'". El lugar de la alegría.
A rienda suelta
Víctor Bazán sube al lomo del bravo animal. Se acomoda el sombrero bronco, aprieta las riendas, cierra los ojos e imagina el campo abierto de su añorado San Lorenzo. Los zamarreos del toro mecánico lo traen de regreso a la pista del boliche bonaerense. La platea delira ante cada sacudida. Estoico, el joven hace gala de sus dotes baqueanos por algunos segundos. Pero al final, el toro muestra toda su fiereza y se saca de encima al jinete como si fuera una pulga. Así termina el sueño del héroe. Despatarrado sobre una colchoneta inflable. "Me animé porque vine con mi mamá y quería hacerle recordar las jineteadas. En la zona de la Cordillera, es tradición del San Juan, junto a otros juegos, como el toro candil, el kambuchi jejoká y el paila jeheréi. Igualmente, esto es otra cosa, yo prefiero el caballo de sangre caliente", cuenta el metalúrgico, llegado hace ocho años. Mientras liquida una lata de cerveza helada, confiesa: "¿Si se extraña? Mucho… pero cuando vengo acá, me siento en casa".
Como en trance, Carmen Godoy contempla el mural realista, con pinceladas algo lisérgicas, que recrea bucólicas escenas de la campiña paraguaya. "Una postal que parece sacada de mi Caraguatá", asevera. Partió con un sueño: comprarle una heladera a su madre, la almacenera más famosa del pueblo. Cuidando niños en el barrio de Belgrano, ahorró los pesos necesarios para alcanzar el preciado refrigerador y un par de electrodomésticos más. Su mamá, chocha. "Soy una persona agradecida con la Argentina: me dio trabajo, salud, amigos y hasta un marido", enumera Carmen antes de estamparle un piquito a su consorte. En la fiesta la acompaña la bullanguera barra "Amigos para siempre", con quienes comparte la pasión solidaria. "Si llega un compatriota y no tiene refugio, siempre lo espero con las puertas abiertas, y un generoso tereré a mano, chera'a".
Ay, ay, ay, Paraguay
Donde hubo fuego, cenizas quedan. Pasaron cinco décadas, pero Albino Cuevas no olvidó jamás un tórrido festejo de San Juan en su natal Guarambaré. Aquella noche que cruzó descalzo y sin chistar cinco metros de brasas al rojo vivo. "Al principió no creía, pero me encomendé al santito, caminé sin respiro y al final no me dolió nada", recuerda. Al terminar el servicio militar en Asunción, decidió venirse. "Año 1969, entré con el colectivo a Retiro y quedé deslumbrado. Fue amor a primera vista". Pasó tiempos dulces, soportó miles de crisis amargas, se casó, tuvo cinco hijos y hoy sigue de pie. Aunque no olvida sus raíces guaraníes, se reconoce un porteño de ley. "Es que a Buenos Aires la fundaron los paraguayos", cierra orgulloso Cuevas, justo cuando en el escenario hacen su entrada triunfal los juguetones cambá. Cinco o seis encapuchados, que recrean las andanzas y desandanzas de la colectividad afroparaguaya en el festejo religioso. "La leyenda dice que salían a raptar doncellas. Ojalá me toque a mí. Siempre hay levante en San Juan", suspira Emilia, una asunceña que no para de recibir piropos.
Los cambá dejan de lado el coqueteo por un rato y usan sus destrezas para escalar el palo enjabonado. En la cima esperan áureas petacas de caña, suculentos chipá y fajos de billetes argentinos. Desde la consola de sonido, el periodista y locutor Oscar Peluche narra las proezas sin vértigo de los improvisados alpinistas. Anima desde hace añares el dial de la emisora más potente de la colectividad. Con labia melosa, mezcla guaraní y castellano: el famoso jopará, plato emblema del campesinado y lengua híbrida y mestiza. Tras varios intentos, un valiente hace cumbre y lo aplauden. Peluche lo festeja como un gol de Romerito.
En el centro de la pista, Betty Diarte luce su glamour subtropical. Enfundada en una camisola atigrada, la productora de la movida tropical nacida y criada en Campo Grande saca chapa de gran bailarina: "No hay que andar con vueltas. Está en nuestra idiosincrasia: el paraguayo es un pueblo alegre. Y déjese de tantas preguntas. Venga a bailar". La cumbia inunda el boliche y las parejas no paran de girar una y otra vez. Como en un carrusel. 
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lunes, 26 de junio de 2017

El KPOP huele a espíritu adolescente

Un mar de teenagers inunda la Ciudad Cultural Konex. La pleamar juvenil se da justo a las tres de la tarde. Poco antes de que se abran las compuertas del auditorio en Balvanera, los adolescentes se amuchan para surfear la máxima expresión de la gran ola cultural coreana en estos pagos: la octava edición del Concurso KPOP Latinoamérica. Cita obligada para todo "kaypopero" de ley. La tribu reúne a miles de fanáticos del género musical parido en el Lejano Oriente y que tomó por asalto el planeta combinando rock edulcorado, baladas melosas, hip hop apto para todo público y aeróbicas coreografías ejecutadas con rigor y precisión.
"Fenómeno de exportación es el KPOP. Primero conquistó Asia, luego Europa y ahora popular es en América. En Argentina más de 30 mil fanáticos hay", asegura Jinsang Jang, el atento director del Centro Cultural de la Embajada surcoreana. ¿Las razones del éxito? El funcionario destaca el ritmo y su adictivo bailoteo. Enseguida se calza el traje de hombre de Estado y reflexiona sobre la paciente y constante política cultural de la nación asiática: "Piense que los '50, Corea era un país muy pobre. Con mucho trabajo, se logró el desarrollo económico y la industria cultural también floreció. Películas, literatura, gastronomía y, por supuesto, el KPOP. La globalización nos ayudó a compartir nuestra cultura." Hace rato que la llamada Hallyu –"ola coreana"– salpica las costas de los cinco continentes con tecnología y cultura. Jinsang confiesa que, en el fondo, él es más chapado a la antigua. Prefiere los tambores del pungmul, una antiquísima melodía folklórica de raíz campesina. Y antes de despedirse juega otra carta diplomática: "Sabemos que en Corea del Norte también se disfruta del KPOP, aunque en forma secreta. Por ahí, puente de amistad puede construir la música. La política es otra cosa. Mucho más complicado".
Corea siempre estuvo cerca
La rosarina Ornella Escalona aguarda ansiosa el comienzo del show. Sentada en la última fila del auditorio, mata el tiempo presionando sin respiro el botoncito que enciende y apaga su lightstick fluorescente. Llegó al KPOP por azar, gracias a los sugeridos de YouTube. "Me enganchan los videos. Tienen muy buenas producciones y cantan súper bien", confiesa la chica de 14 años y melena fucsia intenso. La boy band Astro escala en la cima de sus preferencias. Para descifrar el mensaje de sus letras, Ornella decidió estudiar coreano en un instituto: "No es nada complicado. Teniendo las bases, podés armar oraciones al toque. Las letras de los grupos hablan de amor. También de rupturas". Su papá Aníbal la acompaña a sol y sombra. Cuenta que el fanatismo de su hija le recuerda sus años mozos, cuando deliraba con Soda Stereo: "Nunca llegué a teñirme, pero me batía el pelo a full y usaba corbatín". Aparte de las canciones que una y otra vez hace sonar su hija en el hogar, conoce poco y nada de la cultura coreana: "Me quedé en el partido del Mundial '86. Les ganamos, pero qué cantidad de patadas le dieron los coreanos al Diego ese día".
El periodista Genaro Press tampoco sabía mucho de Corea cuando se lanzó a investigar el fenómeno del KPOP en la Argentina. "Primero me atrapó por el lado de los consumos culturales marginales. Algo que parece subterráneo, pero emerge y junta 5000 personas en un estadio." Entonces, comenzó a escarbar para descubrir la génesis del fanatismo local y se topó con el Pump It, un videojuego de baile que reinó a principios del nuevo milenio. "Estaba musicalizado con bandas de KPOP. Ese fue el inicio de la bola de nieve", destaca el autor de KPOP Manía. "Me cuesta pensarlo como un fenómeno artístico, es un producto 100% comercial. La clave del éxito está en la necesidad que tenemos de reunirnos. Es imposible pensar en una coreografía de KPOP hecha en solitario".
La primera fila del auditorio huele a espíritu adolescente. Una banda de aguerridas chicas de La Matanza pide a grito pelado que salgan a escena los concursantes. Rocío es de Rafael Castillo, capital bonaerense del KPOP. De los cantantes coreanos resalta la belleza de sus rostros, de sus peinados, de sus cuerpos. De los latinos, también. Hoy alentará sin respiro a Josema, el frontman de los mexicanos Clue, uno de los siete grupos finalistas en la categoría baile. "Tiene algo único, no se puede explicar con palabras", cierra la muchacha y abraza con fruición el peluche que trajo para ofrendarle a su ídolo. Papá Sergio es el encargado de mantener a raya a la pandilla salvaje. "La música zafa y hay buenos conjuntos, pero a mí lo que me pierde es la cocina coreana, amo el ramen, también unos chicitos de pescado que no sé cómo se llaman. Escucho esta música y me dan ganas de comer".
Bailando por un sueño
Sobre el escenario, las salvadoreñas de Bangerz ensayan una coreografía que parece sacada de Fama. En la platea, los fans imitan los saltitos y hacen olas luminosas con sus lightsticks. El jurado integrado por la actriz Soledad Silveyra, la periodista Jini Hwang y el músico Christian Basso sigue con atención la performance. La crema y nata del KPOP latino se juega a todo o nada su suerte sobre las tablas, para lograr el premio mayor: conocer Seúl, la meca del "Gangnam Style".
En el camarín, grupos y solistas llegados desde toda América se preparan para salir al ruedo. Hay valijas desperdigas por todos los rincones, también un metegol y una mesa de ping pong. Los bolivianos de LFB-K se delinean los ojos y alisan sus mechones con una planchita. "Tenemos un look gótico, vampiresco, casi monstruoso", se ríen a coro los cochabambinos, tetracampeones del Altiplano. Para bajar la tensión previa al show no amenizan la espera con hojitas de coca. Prefieren un combo energizante de Herbalife.
Al bajar del escenario, los Clue están famélicos. Se lanzan sobre unas bandejas repletas de medialunas. Si ganan, será su segundo viaje a Corea. "Allá les encanta ver a los grupos latinos –cuenta Fero, uno de los galancitos aztecas-. Pero lo que más extrañamos fue la comida. Los mexicanos comemos cinco veces al día, y en Corea, solo tres".
Las ecuatorianas de Adolls tiran hurras y se palmean antes de mostrar sus trucos de baile. Dicen que ensayan miles de horas a la semana, que les roban al estudio y el trabajo. ¿Su arma secreta? “Hacer todo con mucho amor por el arte", aseguran las quiteñas, ataviadas con aires de porristas de preparatoria norteamericana.
Llegó el momento de la verdad para el crédito local: los porteños de Secret Weapon. Facundo, estudiante de Derecho, es el encargado de agitar al equipo antes de salir a la cancha. "El KPOP es una puertita que se abrió y no sabemos adónde nos puede llevar –dice, mientras comienza a correr hacia el escenario–. Queremos conquistar, literalmente, el otro lado del mundo". «

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lunes, 19 de junio de 2017

A todo motor

¿Se puede estar enamorado de un auto? "De varios, querido. Igualmente, uno nunca olvida la pasión del primer amor", confiesa sin sonrojarse Juan, un ingeniero cuyano que disfruta de las acrobacias sin vértigo de las 4x4, en el espacio outdoor del Salón Internacional del Automóvil. Raro, como encendido, sorbe un mate dulce y hace memoria de sus primeros escarceos y el fulminante flechazo con un Renault 6: "Año 1978, era una belleza. Yo recién salía del secundario, con el título de técnico mecánico bajo el brazo. Entonces le metía mano en el motor. También lo 'pecheaba' bastante en la ruta, aunque iba a dos por hora. Me acuerdo que hicimos un viaje a Chile y, como corresponde, se quedó en el Cristo Redentor. Al final lo arreglamos con alambre." Vino a La Rural acompañado por un grupo de amigos de la infancia. Cuenta que manejaron sin respiro desde San Juan para llegar al evento tuerca. Unos metros más allá, los fanáticos inmortalizan con sus celulares el andar cansino de las chatas japonesas todoterreno. "Para serle franco –se sincera Juan–, después de dos horas dando vueltas, no vi nada que me llamara la atención. Mucho robot, poca mecánica. Me quedo con el recuerdo de aquel R6. Estos modernos te llevan como en una alfombra mágica."
En la nave central del predio palermitano, un ejército de incondicionales fierreros se empacha en un pantagruélico banquete celebratorio de la industria automotriz. Con una cuidada estética publicitaria, las firmas exhiben los modelos más aclamados de su menú. También los bólidos futuristas que en poco tiempo empalagarán a los conductores. "Peugeot eligió un recorrido por el pasado, el presente y el futuro. Cumplimos 60 años en el país, con la llegada del primer embarque de los 403", resalta Cecilia Marola, encargada de prensa de la casa gala. Pero no solo de recuerdos viven los franceses. "Ahora hacemos foco en el concept car –asegura la dama–, los vehículos autónomos, con una plataforma integrada. Todavía no vuelan, pero les falta poco." Un ejemplar Berlina Grand Luxe del mítico 403 duerme la siesta en el stand del león. Lo escoltan sus parientes más famosos en estos pagos: el 404 y el 504. "Yo tuve uno ocre, me dio muchas satisfacciones. Pero mire que soy de la contra", acota al pasar Esteban, un chofer de larga distancia rosarino, fana del Chivo y la Lepra. "Estos eran coches muy fieles, no las computadoras que hacen ahora –se despide–. Si quedás tirado, no sabés qué ajustarle. No te queda otra que llamar a la grúa y fumarte la espera."
Los autos fantásticos
Biturbo, caja automática de nueve velocidades y 367 caballos de fuerza que alcanzan los 100 km/h en 4,7 segundos. El Mercedes Benz SLC 43 es una flecha de plata que brilla en el stand de la firma nacida en Stuttgart. Sentado en la butaca, Enzo juega con el volante e imagina que avanza por una desolada ruta. Apenas roza los pedales con la punta de los pies. Su papá Adrián lo mira fascinado y explica que hace un rato llegaron desde Roque Pérez: "Salió al padre, fierrero, ¿vio?" Cuenta que su pasión arrancó a los 12 años, cuando desarmaba motores y su viejo le tomaba el tiempo. Hoy es el feliz propietario de un taller mecánico. "Para entender el fanatismo por estos bichos –recomienda–, haga la fila y siéntese un ratito, y si lo dejan, dele marcha y disfrute de la sinfonía del motor. No tiene precio". Un placer efímero. Para sacarla a la calle, la joya alemana tiene un costo final de 127.500 dólares más IVA.
En el stand de Renault, el futuro ya llegó. El súper deportivo Trezor es una auténtica nave espacial, sacada de una novela de Philip K. Dick. "Es 100% eléctrico y tiene 500 HP. En Europa ya se consigue", dice Maximiliano, un promotor capaz de vender el humo. A mitad de camino, entre el auto de Meteoro y el descapotable de la Pantera Rosa, el bólido gris combina en dosis desparejas tecnología de punta y artesanía: iluminación láser y detalles en cuero y madera. "Mire lo pegado al piso que está. Con las rutas que tenemos, hay que llevarlo con cuidado. Por ahí se hace bosta", advierte el joven. A pasitos, se destaca el biplaza Twizzy, otra apuesta eléctrica que deja en el pasado los combustibles fósiles. "Creo que nos queda un poco chico, gorda", señala un caballero con varios kilos de más, desde la diminuta cabina.
Las Ferrari se miran, pero no se tocan. Un corralito protege las obras de arte paridas por la escudería de don Enzo. Embobados, los seguidores del Cavallino Rampante las aprecian a cuidada distancia. No es para menos. El más mínimo daño puede devaluar el precio de las 488 GTB exhibidas. Unos 740 mil dólares cada una. 
En el puesto vecino, Volkswagen ofrece la posibilidad de realizar una deriva virtual por las entrañas de un motor. Los valientes salen inmaculados, sin rastros de grasa ni fluidos indeseables. También hay simuladores de manejo y una pista de Scalextric controlada desde tablets. Salta a la vista: la tecnología domina de punta a punta el ágape. "Sería importante que las automotrices tomen conciencia de lo que es realmente un auto. Con todos estos avances, podrían impulsar modelos más sustentables y seguros", expresa Alba Saenz, fundadora de Conduciendo a Conciencia. El espacio de la organización civil creada por familiares de víctimas de accidentes de tránsito es un remanso entre tanto mercantilismo. Tienen un juego interactivo, que simula los efectos del alcohol en sangre a la hora de conducir. "Los autos son cada vez más rápidos y, por ende, riesgosos", señala Alba.
Carburando 
Mujeres hermosas y autos lujosos siguen siendo todavía hoy la receta trillada de la publicidad automovilística. El encuentro porteño no es inmune a esta fórmula. En los puestos, legiones de promotoras exhiben sus cuidadas curvas. También sus caras hastiadas, tras eternas horas de trabajo. "Sí, me parece lindo mostrar un buen auto y la belleza de las mujeres –arriesga una señorita desde las alturas de sus tacos aguja–, pero acá no se piensa demasiado en el público femenino. Nosotras también compramos autos." 
El stand de Ford es una oda al mítico modelo Mustang. Hay remeras de Mustang, lapiceras, prendedores, agendas de Mustang y hasta un reluciente Mustang rojo shocking que no para de girar sobre una plataforma. Nicolás Capella recorre el espacio, bien custodiado por su abuelo Osvaldo Dadamo. El pibe cuenta que está estudiando en la Escuela Henry Ford. Sueña con ser diseñador. Su abuelo es ingeniero y resalta que desde hace 50 años no se ha perdido ningún encuentro tuerca. Dice que en el '60 se hizo uno en la Plaza de la República: "Toyota trajo unas camionetas hechas con roblones, bien rústicas. Setenta y siete años después, se las puede ver andando en el campo. Los paisanos no las dejan ni locos." Al despedirse, saluda con un apretón de manos y reflexiona: "En el Otto Krause, aprendí que atrás de un auto no hay solo un vehículo. También hay un proyecto de país. Y lo dejo, que sigo caminando con mi nieto. No hay nada como caminar."  
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domingo, 11 de junio de 2017

Palito, bombón, helado

Suntuoso, distinguido y tradicional. Base sólida de chocolate y corazón de súper sambayón y crema chantilly. Una copiosa lluvia de almendras y nueces coronan la superestructura. ¡Señoras y señores, el postre helado está servido! Aguarda su turno para ser analizado por los cinco jurados del 4º Campeonato Nacional de Helado Artesanal, en Costa Salguero. "Este es un momento de pura adrenalina, espero les guste a los jueces", anhela Marcos Salinas, curtido maestro heladero nacido en Misiones, con más de 30 años en el gélido gremio. Cuando los asistentes mutilan su obra, una gota de sudor frío corre por su frente. "Fueron más de cuatro horas de trabajo sin respiro. La clave es estar atento al mínimo detalle. Y también hay algunos truquitos, pero ni sueñe que se los voy a revelar. Para serle franco, el sambayón es mi arma secreta", confiesa Salinas, mientras las entrañas de su manjar ya son escrutadas con ojo profesional.
Es ley, la comida entra primero por los ojos. Los jueces dedican eternos segundos a reflexionar sobre el corte, la combinación de tonalidades y las capas geológicas de la torta. Toman apuntes en sus cuadernos, alguno retrata el pastel con su tablet. Aunque son conscientes de que lo esencial es invisible a los ojos. Se lanzan entonces, cuchara en mano, sobre las jugosas porciones que comienzan a derretirse en los platos. "Tengo en cuenta la sensación de frío, la textura, que un sabor no se ensucie con otro. Pero también el trabajo en equipo. Va a estar peleada la definición. ¡Este está riquísimo!", dice el juez Pablo Manoff en un alto de su golosa faena. A unos pocos pasos, Salinas recibe un cálido aplauso de la famélica platea.
Fatto in casa 
"Sin dudarlo, puedo decirle que Argentina está en el podio del helado, junto a Italia y Alemania. Los tanos trajeron este arte y nosotros le sumamos la calidad de la materia prima. Somos un país bendecido en ese rubro", asegura Maximiliano Macarrone, capitán y figura descollante del team nacional. Es heladero desde la cuna. Su papá, Francisco, dejó Calabria y las penurias económicas de la posguerra cuando solo tenía seis años. Se instaló en el oeste del Conubano, en Ramos Mejía. A los 18 empezó a trabajar en la mítica Gelateria Due, donde aprendió los secretos de la elaboración y el pulso justo para construir encumbrados cucuruchos. En pocos años conoció los yeites del oficio, se graduó con honores y decidió independizarse. Entonces abrió Los Ciervos, en Liniers. "Ahí empecé a darle una mano a mi viejo. Tenía 11 pirulos. Hoy tengo 44, y no dejo un solo día sin hacer helados", dice con orgullo Macarrone. Hace un par de años arañó la gloria en la Copa Mundial que se celebra en Rimini: "Quedamos a un punto del tercero, con un helado espectacular de palta y lima, y otro, el mejor que hice en mi vida, de arroz con leche. Nos ganaron los tanos." ¿El secreto de su éxito? "El trabajo casero. Es importante que el público tome conciencia de que el nuestro es un helado hecho en casa: sin colorantes ni conservantes. Natural." 
Gabriel Famá preside la Asociación Fabricantes Artesanales de Helados y Afines (Afadhya). Hace cuatro décadas dio sus primeros pasos en el local de su tío, uno de los fundadores de la agrupación. "Llegaba diciembre, terminaban las clases, y el premio por las buenas notas era laburar en la heladería. Era un placer, pero también había que poner el hombro para ayudar a la familia." Afadhya nuclea a más de 2000 productores de Ushuaia a La Quiaca. Famá asegura que el postre helado es una pasión nacional. Los números no lo refutan: los argentinos consumen anualmente más de siete kilos de helado per cápita.
Luego de presentar ante los jueces la armoniosa torta helada "Entre el cielo y la tierra", la felicidad se dibuja en los rostros de Francisco Scime y de su hija Micaela. Ni pasteleros ni artistas, los rosarinos se definen como auténticos artesanos. San Remo, su local enclavado cerca del Parque Independencia, lleva 50 años ganándoles la pelea a las crisis económicas y al apático helado industrial. Con aire proustiano, Francisco viaja en el tiempo y recuerda el sabor de la vainilla que hacía el nonno Antonio: "Yo tenía cinco años. Había todo un cuidado especial que había que tener con las chauchas, los huevos y la olla, mezclarlo con azúcar. No lo puedo borrar de mi mente." En esa época, San Remo ofrecía cinco o seis sabores. Hoy, más de 130. Son pioneros en la variedad de helados de flores: rosas, jazmines y violetas. Antes de despedirse, Micaela abraza a su papá y cuenta que "Entre el cielo y la tierra" es una obra que homenajea a su madre, fallecida en noviembre pasado: "Fue mi maestra. Desde algún lado nos va a seguir inspirando, manteniendo a la famiglia unita." 
Raros y renacentistas 
Más allá del campeonato, el encuentro ofrece la posibilidad de conocer las novedades del tórrido universo del helado. En las decenas de puestos que pueblan el pabellón, los curiosos se empachan con escandalosas cremas y salsas. Para los cuidadosos de la dieta –clara minoría– se ofrecen variedades light. Entre las preferencias posmodernas, se destaca el regreso triunfal de las paletas. "Vivimos una revolución paletera", expresa Stefan Ditzen, uno de sus agitadores, mientras regala coloridas creaciones con formas de Minions y huellas de animales.
Dolores Alfonso y Pablo Renes son dos maestros heladeros que intentan derribar los paradigmas tradicionales. Atraer a un paladar más heterodoxo, incorporando sabores intensos de la cocina. "Estudiamos mucho y se nos ocurrió hacer un helado de choclo, bueno, mejor dicho, de maíz. Es muy común en Centroamérica y a los mexicanos les encanta", asegura Alfonso. También se arriesgaron con un delicioso sorbete de azafrán a la crema. Mientras aguardan los cómputos finales, Pablo advierte: "Los campeonatos son para explorar, salirse de la línea y modernizar en las tendencias. Hoy creo que lo logramos." 
Giancarlo Timballo, juez italiano, aguarda paciente a que se conozca el veredicto con los ganadores. Es oriundo de Udine y creador de la Copa Mundial de Heladerías. Reconoce que la Península Itálica es la meca. Y el Renacimiento, el momento donde ubica la génesis del postre: "En esa época, el arte culinario era una de las máximas expresiones. En las cocinas de aquel tiempo, el heladero ocupaba un rol destacado. Tenía que saber conservar los postres, pero sobre todo se destacaba por su buena mano. Eran verdaderos artistas, como Miguel Ángel o Rafael. En el fondo, todos los heladeros somos renacentistas." 
Finalmente, llega el momento de la verdad. Como alguna vez escribió Jack Kerouac, "ese instante helado en el que todos ven lo que hay en la punta de sus tenedores." El equipo Zucchero, integrado por Martín Ameijenda y Nicolás Mercante, se alza con el galardón mayor. Su obra "Una noche mágica", inspirada en la canción del Mundial '90, se robó los corazones y el paladar del distinguido jurado. Bizcochuelo de almendras con helado de chocolate rubio, pistacho y almendras. Un'avventura in più. «
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lunes, 5 de junio de 2017

Moonwalking

Frank Sinatra, Luciano Pavarotti, Julio Iglesias, Liza Minnelli, el Potro Rodrigo, Morrissey… En un otoñal y poco afiebrado sábado por la noche, el Luna Park suma una nueva estrella a la constelación de astros que han brillado en su escenario: Sergio Cortés. ¿Quién? "El mejor imitador mundial de Michael Jackson, caballero. Bueno, eso es lo que dicen los fans. Yo solo vengo a trabajar, a hacerme mis pesitos. Si es por gustos, a mí me vuelven loca Los Mirlos", asegura María Molina, vendedora callejera, que ofrece a buen precio remeras y pines tatuados con el rostro del artista español. En la esquina de Bouchard y Corrientes, los clientes escasean. Sin embargo, María no baja los brazos… repletos de chucherías. "¡Lleve las vinchas, lleve los posters! ¡Treinta pesitos, nada más, aproveche que quedan pocos!", falsea la mujer frente a un grupito de curiosos. Antes de seguir su deriva hacia Madero, se lamenta: "Poca gente para ver al gallego. Además, no sueltan una moneda. No sabe lo que es esto cuando canta Soy Luna." Para la comerciante, la tórrida jacksonmanía ochentosa ha quedado enterrada en el olvido, como el efímero veranito económico del Plan Austral o el exitoso ciclo televisivo que piloteaba Domingo Di Núbila. 
"Este show es como un viaje en el tiempo. Tengo 15 años y nunca pude ver a Michael en vivo. Tenerlo a Sergio es lo más parecido. Lo vi por internet. ¡El chabón lo hace igual!", se emociona Lucas Pedemonti, un millennial de Villa Domínico. Desde la vereda de enfrente lo mira su papá, Damián, confeso ricotero. La fila de fanáticos marcha con parsimonia hacia la boca del estadio. Antes de seguir a la manada, Lucas acomoda el oscuro fedora que cubre su melena y tira un paso antigravedad: "Estoy calentando un poco. Porque adentro me transformo. Yo también lo imito, creo que tengo algo de Michael, ¿no?"
El rey ha muerto, larga vida al rey 
A las 9 de la noche, el campo y las plateas del Luna empiezan a engordar. Montada en su silla de ruedas, Patricia avanza con decisión por el pasillo hacia la cuarta fila. "Soy fan de Michael, obvio, de la primera época. Fui a todos los recitales en River, año 1993. ¡Me gusta muuucho!", alega la joven abogada nacida y criada en Lanús. La acompaña a sol y sombra su madre Edith, también groupie del líder de los Jackson Five. De aquellas tres funciones en el Monumental, Patricia no puede borrar de su memoria la perfección, el profesionalismo y, sobre todo, la magia que desplegaba Jackson sobre las tablas: "Si tengo que resumirlo en una palabra, conocí el significado de la palabra arte." En esa época, Patricia estudiaba Derecho y los shows cayeron en plena época de parciales. "Llegaba a casa como en éxtasis después de verlo y me ponía a estudiar. Una de las noches se cortó la luz y pasé las horas en vela leyendo los apuntes, estaban como en chino. Al otro día rendí y me fui volando para Núñez. Saqué un 8, con la bendición de Michael." Ni Madonna, ni Guns N'Roses y mucho menos Justin Bieber, para Patricia nunca habrá otro igual. "De alguna manera, Sergio mantiene vivo al rey –postula y se saca una selfie abrazada a su madre y a un poster a todo color del artista–. Y no lo digo solo por su parecido físico y vocal. También tiene una historia de tipo humilde y sacrificado. Por eso Michael lo eligió como el mejor de sus imitadores." 
Entre los puntos más altos de la biografía del doble nacido en Barcelona, sobresalen las jornadas en que fue contratado por el Rey del Pop para despistar a la prensa, cuando contrajo primeras nupcias con Lisa Marie Presley, hija del monarca Elvis. En todas las entrevistas, Cortés se esmera en destacar que conoció a Michael cara a cara. Agrega, siempre, que tuvo que remplazarlo en una presentación para la MTV inglesa. Más allá del currículum, no pocos fans porteños ponen en duda la autenticidad de sus títulos. "Puras fábulas, muchas mentiras. Sergio lo dice para vender entradas. Somos muchos los que pensamos que no está a la altura. Pero igual hoy tenemos que estar, por Michael", espeta Leonardo Blanco, un jovencísimo imitador llegado desde Ramos Mejía. Luce con elegancia chaqueta militar, chupines que le marcan la entrepierna y mocasines impecables al tono. Corona su vestuario con gafas Ray Ban espejadas y melena recién planchada: "Hay una brecha grande cuando pasás de ser simple fanático a imitador. Es todo un proceso: el maquillaje, dejarse el pelo largo. En mi caso, terminé mimetizándome hasta en los gustos. Yo también soy apasionado por las antigüedades, pero puedo comprar poco y nada". Al Maicol bonaerense lo acompaña una docena de amigos, seguidores a ultranza del cantante que vendió más de 750 millones de discos. Mientras posa para la foto con dos rubios imitadores liliputienses, Leo alisa sus mechones una vez más y dispara: "Como Dalí o Picasso, Michael vivía para y por el arte. Su ecosistema era el escenario, y una vez abajo, no podía tener una vida normal. Imagínese, nunca pudo ir a comprar una leche al supermercado."
Tirate un paso 
Para calentar la previa, una banda tributo a los Beatles oriunda de Lanús, The Brothers, toma por asalto el escenario del Luna. La elección de los teloneros parece acertada: Jackson era fan confeso de los "Fab Four", hasta compró los derechos de todas sus canciones. La todavía aletargada audiencia sigue la beatlemanía moviendo las patitas y empachándose con baldes de pochoclo. En el centro de la primera fila, Sebastián Godoy mata la ansiedad taladrando un chicle. Llegó desde Rafael Castillo, ataviado con una campera colorada igualita a la que usaba Michael en el video de "Thriller". Por la ubicación privilegiada tuvo que desembolsar más de 2000 pesos. "Desde acá puedo ver cada paso, sentir cada latido de Sergio, mirarlo cara a cara y descubrir el secreto de sus ojos", dice con aires de poeta el estudiante de danza del IUNA. Antes de que se apaguen las luces, Sebastián reflexiona sobre el legado del Michael original: "De una, su obra seguirá presente por los siglos de los siglos. Pero no solo por lo musical, sino por la forma de crear una estética. En la danza, es un referente inigualable. Fusionó el hip hop, el jazz, el trap… es más grande que Baryshnikov".
Comienza a sonar Carmina Burana y el Luna se viene abajo. Cortés irrumpe en escena con sus cuatro elásticos bailarines y su aceitada banda. Regala pataditas y pasos inverosímiles, en un repertorio estandarizado que no da respiro. Navega sin sobresaltos por toda la discografía de Jackson. Desde la germinal "I Want You Back" hasta la asesina "Beat It", sin olvidar, por supuesto, a "Billie Jean".
Emilio Hernández y su hija Sheila bailan en trance el ritmo de "Black or White" en un pasillo. Mientras agita la pelvis, Emilio se emociona. Por fin pudo sacarse la espina: "Cuando vino Michael en los '90, junté pesito a pesito trabajando en un lavadero de autos. Pero me estafaron con la entrada y tuve que quedarme afuera. Hoy disfruto el doble. ¡Y mirá cómo baila la nena!" Sheila flota sobre el piso y enseguida se lanza en una eterna caminata lunar. «
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lunes, 29 de mayo de 2017

Una mordidita

Bela Lugosi no murió. Vive en los pálidos clones que aguardan impacientes su turno para ingresar al edificio de aire neoclásico de la Societá Italiana Unione e Benevolenza. Las calles del barrio de San Nicolás son una boca de lobo. La luz solar es solo un mal recuerdo. Una llovizna fantasmagórica completa una postal digna de Transilvania, en pleno centro porteño. 
"Sin duda, señor, Lugosi es el Drácula icónico, el hombre que vestirá eternamente la capa. Sin embargo, hoy me vine con un aire más contemporáneo. Un homenaje al Drácula de Gary Oldman, porque justo se cumplen 25 años del estreno de la película de Coppola. Los lugosianos me miran con desconfianza. Pero yo no me hago mala sangre", explica el actor y escritor Gabriel Sosa, ataviado con una peluca blanquísima y colmillos haciendo juego. Sosa es autor de la saga literaria El Quinto Conjuro y habitué de los eventos recreacionistas. Esta noche oficia como maestro de ceremonias en la mascarada que homenajea al vampiro más célebre de la historia. "Creo que la cultura vampira es atemporal –arriesga, poco antes de volar hacia el escenario para inaugurar la velada–, pero también está relacionada con la seducción. Todos, por lo menos una vez en la vida, fuimos hipnotizados por un vampiro." 
Desde el tablado, Sosa saluda con modales de aristócrata y recibe el rabioso alarido de la audiencia. Esquiva con destreza los mortales flashes que disparan los fotógrafos. Luego toma el micrófono, sonríe haciendo gala de sus filosos incisivos y desembucha: "Tantos siglos hemos esperado este momento los de nuestra clase, y finalmente llegó. Esta noche hemos salido de nuevo a las calles para seducir a los noctámbulos, esos patéticos mortales. Hoy podremos saciarnos, colegas, hay sangre por doquier. Pero, por favor, no se me empachen." 
A sangre tibia 
"Hay gente a la que le gusta jugar al fútbol. Bueno, a mí me gusta la cultura gótica y el terror", asevera sin espantarse Adrián Juárez, pope negro de Gothic BA, la productora madre del encuentro vampiro. Desde hace más de una década, organiza eventos con aire dark, espíritu recreacionista y nervio contracultural. No le va mal: la fiesta vendió más de 300 tickets anticipados. Celebra dos momentos bisagra en la cultura vampírica: los 120 años de la edición del clásico sempiterno de Bram Stoker y las bodas de plata del film de Coppola. Es fan de Drácula desde su tierna infancia, cuando le agarró el gustito a desvelarse con el cine de ciclos como Viaje a lo inesperado. Christopher Lee es su conde favorito. "Creo que la figura del vampiro resume varias pulsiones capitales: la sensualidad, la muerte y lo prohibido", reflexiona, mientras se acomoda el delgado antifaz de cuero negro. Antes de perderse entre un grupo de doncellas victorianas, se despide: "En estas épocas tan oscuras, por la dictadura de la tecnología y el trabajo a destajo, el terror puede ser un refugio encantador." 
En uno de los pasillos del edificio, el cadavérico Mariano Leonardi ultima los detalles de su vestuario, para salir a escena e interpretar a la "Muerte Roja". Llegó desde La Plata acompañado por su mujer y una docena de compinches, con los que comparte la pasión por los juegos de rol. "Tenemos el desafío de personificar a vampiros de diversos clanes y sectas. Imaginate que en nuestra vida cotidiana no hay demasiadas chances de ponerse estas prendas", revela el joven ingeniero de sistemas, que ostenta con hidalguía un chaleco decimonónico y largo sacón de cuero. Completa el look con un bastón coronado por un cráneo y lentes de contacto color marfil. "Quédese tranquilo, no tenga miedo, mis ojos no son así –asegura, con mirada penetrante–. Más allá de la fiesta y la diversión, en el juego aflora un subtexto que critica el consumo, los estratos sociales… La clave es preguntarnos qué es un monstruo." 
El docente de portugués Oscar Molina parece tener la respuesta: "El vampiro es un personaje muy arraigado en la cultura popular, porque une dos facetas presentes en todos los seres humanos: la cara humanitaria, pero también la demoníaca." Esta noche decidió ponerse en la piel de un oscuro marqués francés, inspirado en La filosofía del tocador, de Sade. "En el fondo –sonríe con beatitud y se calza una careta endiablada–, todos tenemos lo mejor y lo peor dentro nuestro." 
Cuando suena el vals, las parejas de enmascarados le sacan viruta al piso. Alejandro y Casandra se destacan en el centro del salón. Se ganan la vida como realizadores audiovisuales, maestros de los efectos especiales. Ella lleva una máscara de látex inspirada en los vampiros de los '80 que da miedito. Casandra podría dar cátedra sobre la evolución de la cultura vampírica: "Para armar la máscara nos basamos en la estética de películas de culto como The Lost Boys (1987), con incisivos bien trabajados y lentes de contacto amarillos. Pero también tengo algo de Buffy, la cazavampiros (1997)", explica. Su novio lleva adherido un antifaz símil sangre. También luce uñas filosas, pero cuidadosamente esculpidas como garras. Tiene un aire a mitad de camino entre Alex de La Naranja Mecánica y Christian Bale en Psicópata Americano. "Y sí, tengo que confesar que me encanta la sangre –se despide la lady–, pero solo verla. Nunca bebí, y el Bloody Mary no es uno de mis tragos favoritos." 
Mordisquito 
Mercedes y Víctor son lugosianos de la primera hora. Sin embargo, en su top ten vampírico no olvidan las reencarnaciones nacionales del inmortal conde: "Pablo Echarri en Tiempo final, Gerardo Romano en una olvidable producción de Canal 7, pero el mejor de todos fue Carlín Calvo. Aunque hay que reconocer que les faltaba un poquito de sangre", dice el joven abrigado con un añejo sacón, propiedad de su abuela. Una careta comprada en el Once remata su outfit. Mientras mueve las patitas en trance, al ritmo de un clásico de Bauhaus, arriesga: "Lo que más sigue haciendo ruido de Drácula es ese aire misterioso y oscuro. Pero también el gustito por la eternidad." 
En los puestos de gastronomía y merchandising se nota que los vampiros andan dulces. En el stand de Topo FX, los fanáticos pueden conseguir desde posavasos con la cara de Poe y Lovecraft hasta cerebros decorativos. "Lo que más sale son las cápsulas de sangre, a $ 50 pesos. Pero no insista, no podemos decir de dónde la sacamos", suplica el vendedor. En el puesto de Gothic Raven, la maestra pastelera Mariana vende tortas de chocolate decoradas con ataúdes, estacas y murciélagos. Cuenta que los clientes tienen un paladar conservador. Se inclinan por las jeringas cargadas con jarabe de mielcita, color rojo shocking. Se venden a solo 20 pesos. 
Cerca de la barra, el corrupto juez veneciano Paolo Pietro della Fontana lubrica su garganta, antes de participar en la elección del "vampiro de la noche". Bebe un oscuro y espeso brebaje. "Nada de sangre, querido, hoy prefiero el fernet", dice Luis, el hombre detrás del personaje. Cuenta que vive en Lanús, "un barrio lleno de chupasangres, basta con ver al intendente. Ni hablar del anterior, que vivía a la vuelta de mi casa y ahora tiene una mansión a todo trapo en un barrio cerrado." Antes de despedirse, convida un trago y advierte: "Hidrátese, mire que la noche va a ser larga. Puede que usted no crea en los vampiros, pero le aseguro que está rodeado, difícil que se salve de una mordidita. De última, relájese… y disfrute el paso a la inmortalidad." «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá