domingo, 9 de septiembre de 2018

Vaca muerta

"¿Te acordás cuando comíamos asado?" La pregunta se escucha al pasar frente al Museo de la Ciudad, en el corazón del casco histórico porteño. Con la ñata contra el vidrio, a una jubilada se le van los ojos al ver las piezas que integran la exquisita muestra "Carne", recientemente inaugurada en el edificio de Defensa y Alsina. En una época que vuelve a ser de vacas flacas, no es extraño que la carne bovina se convierta en objeto digno de museo. Y aunque todavía conserve el primer puesto en el podio culinario nacional –41,2 kilos per cápita por año–, cada vez pasa más lejos de la mesa de los argentinos.
Traspasar la plástica, muy colorida y desflecada cortina kitsch que cubre el acceso al museo permite repensar la relación que enlaza a las vacas, su carne y derivados con el metafísico ser nacional. Desde hace siglos, son el pan de cada día de los habitantes de este suelo. Vaquerías, saladeros, mataderos, frigoríficos: los bovinos marcaron a fuego el modelo de país. "Desde hace un tiempo, el museo decidió mostrar cosas que, de tan evidentes, no las vemos. El año pasado fue el alfajor, ahora la carne, un producto que forma parte de nuestra vida cotidiana: en cada cuadra hay un carnicero amigo, y en la ciudad quedan los vestigios de la industria de la carne", explica Ricardo Pinal, director de la institución.
La exposición se nutre del aporte de coleccionistas privados, de obras de los museos de los Corrales y de Zárate, del Mercado de Hacienda, del Sindicato de la Carne y de muy diversos artistas e investigadores ligados a la plástica, la literatura y el cine. "Carne" ofrece un menú bien diverso, segmentado en dos platos fuertes: la cocina de la industria cárnica y la guarnición cultural.
Una línea de tiempo permite recorrer los grandes hitos del país de las vacas. Arranca con la travesía desde el Brasil hasta la Pampa que realizaron en 1556 los hermanos Goes con siete vacas y un toro semental. Culmina cuando las exportaciones de carne llegaron a las 330 mil toneladas en 2008, durante el tórrido lockout sojero por la resolución 125. En el medio, la creación del primer frigorífico en 1883, o el asesinato del senador Enzo Bordabehere, en medio de las denuncias de Lisandro de la Torre por los negociados del nefasto pacto Roca-Runciman. Los trabajadores de la carne, que robustecieron los músculos del naciente peronismo, el 17 de Octubre del '45, también tienen su espacio.
Cuadros al óleo de bifes, lomos y mollejas, firmados por Micaela Gauna, adornan las paredes. También obras más populares: el Patoruzú de Dante Quinterno, la Vaca Aurora dibujada por Mirco Repetto y un grabado del maestro Carlos Alonso fechado en 1976, cuando los militares convirtieron a la Argentina en un matadero.
La instalación, que replica una carnicería del siglo XX, es otro detalle de color de la muestra. Y los afiches originales, a 50 años de su estreno, del mítico film Carne, regalan la carnosa imagen de Coca Sarli.
El cierre del paseo tiene su broche de oro justo enfrente del museo, donde una improvisada parrilla al paso ofrece choris, patys y jugosos sánguches de bondiola a precios populares. "¡Ochenta pesos el chori con chimi! Todavía no aumentamos", asegura el comerciante. Un aplauso para el asador. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 2 de septiembre de 2018

Hongos: la vida debajo del sombrero

En el bosque hay un duende regordete. Sonrisa dibujada, larga barba ya canosa, cuerpito por demás macizo y, por supuesto, gran bonete. Reposa relajado, quizá algo solemne, duro como toda buena estatua. "A veces pienso que debo tener algo de estos enanos. Y no lo digo por la barriga, sino por cómo me gustan los hongos. Son mi pasión", dice Gabriel Terzzoli, entusiasta micófilo y dedicado productor de muy diversas especies del reino funyi en la Villa de Merlo, provincia de San Luis.
"Primero, aclaremos los tantos –dice el caballero–: ni animales ni vegetales, los hongos son un reino aparte, del que no se sabe demasiado y todavía queda mucho por estudiar. Hay 250 mil especies conocidas, pero más de un millón y medio por describir. Tienen rasgos del reino animal. Por ejemplo, el gameto masculino es igual al del espermatozoide. Y también son seres que responden a los ciclos circadianos, los ritmos que tenemos los individuos de una especie. ¿Sabía que los humanos compartimos el 30% de los genes con los hongos? Pero vamos más despacio. Ya le dije que soy un apasionado, por eso creamos este espacio."
Terzzoli detiene su apasionado relato por unos segundos, otea el bosque al fondo de sus dominios puntanos como para tomar envión, pasea por los senderos de su memoria y luego se larga a recordar la génesis de MundHongo, el proyecto productivo que le cambió la vida para siempre: "Con mi familia queríamos estar más cerca de la tierra. Los hongos nos dieron esa posibilidad. Acá estamos, creciendo de a poco."
Larga vida al shiitake
Había una vez, allá por el año 2000, en la zona de Pergamino, un ingeniero agrónomo especializado en genética de semillas que se ganaba la vida trabajando día y noche para una empresa agroquímica de las grandes: "Un oficio que requería mucha atención y devolvía bastante tensión –recuerda Terzzoli–. Que viajar a China para buscar una semilla, que una escapada a Formosa para diseñar un híbrido de maíz… Cruzaba variedades de todo el mundo, un mejoramiento que se hace desde el principio de la agricultura." Cuando cumplió 38, en paralelo al desembarco de los transgénicos en las pampas, su cuerpo le hizo entender que el ciclo en el gremio semillero estaba terminando: estrés, colesterol. Necesitaba un cambio de vida. Así hacen su aparición estelar los hongos en esta historia. Para ser más precisos, el shiitake, el "hongo de la larga vida" que cultivan los orientales hace mil años.
Terzzoli los incorporó a su dieta por el sabio consejo de su esposa, Patricia Harper, madre de sus cuatro hijos y odontóloga de profesión: "El shiitake es el hongo que más se consume en el planeta, después del champiñón –explica la dama–. Por sus propiedades, es reconocido como el hongo de la salud: baja el colesterol, regulariza la presión arterial y fluidifica la sangre." En pocos meses, Gabriel estaba hecho un pibe de 40.
Quizá fue sólo una señal, un indicio de que su nueva vida recomenzaba bajo el sombrero protector de las setas. "Como buen descendiente de tanos, siempre me gustaron los hongos –aclara Gabriel–. Cuando viajaba al exterior, comía. Acá no había mucha variedad. La Argentina es un país sin demasiada tradición en el consumo. En Hong Kong o Alemania es como comer pollo. Producen mil veces más que nosotros."
De un día para el otro, Terzzoli comenzó a cultivar como quien planta tomates en el fondo de su casa. También se ilustró en la materia: "Las formas de siembra son a partir de una semilla de algún cereal inoculada con el micelio del hongo –detalla–. Para el cultivo silvestre se utiliza álamo carolino. Se le hace un tajo en el tronco y se pone la semilla miceliada. Es un producto muy noble, no hay con qué darle. Tienen proteínas como si fueran un chivito, pero son súper sanos, con muchas propiedades para el organismo."
En 2003, los Terzzoli levantaron campamento bonaerense y se mudaron a Rincón del Este, a pasitos del centro de Merlo y sus cerros. Pusieron manos a la obra y en poco tiempo, los hongos salieron como hongos. Cultivaron sobre troncos y en el sótano de la casa variedades de gírgolas y fueron pioneros en la producción del shiitake. La fama de sus productos corrió de boca en boca: los vecinos, los verduleros, los cocineros, los turistas cayeron rendidos ante el encanto de sus manjares frescos. Luego dieron un paso más allá con las conservas, los licores y los hongos disecados. Y desde hace un tiempo, sumaron un recorrido didáctico por el predio: Patricia da clases magistrales y su hija mayor aporta desde la academia: estudia Biología, con especialización en, obvio, micología.
Antes de comenzar el recorrido por el bosque, Patricia exhibe un exuberante sombrero de shiitake que podría alimentar a toda la casa imperial japonesa: "Creo que en la Argentina reina un gran desconocimiento respecto de los hongos –especula la señora–. Si tenés de estos en la heladera, te olvidás de ir a la carnicería. Podés hacerte un omelette, una tarta, un risotto, una ensalada. El menú es infinito."
Ojalá que llueva, que crezca…
En el subsuelo del bosque hay una selva de micelios. "En el reino de los hongos, lo esencial es invisible a los ojos –aclara Patricia mientras recorre los senderos_. El sombrero es el hijo, la flor, el fruto. El micelio, su cuerpo bajo la tierra. Es una red neuronal muy delicada que puede abarcar kilómetros, comunicar a este pino con el arroyo, contarle que estamos acá." Una suerte de antecedente silvestre de la Internet, que habita el planeta desde el comienzo de los tiempos. Inteligencia fungal.
La guía asevera que el micelio nunca muere. Sobrevivió a los grandes cataclismos de la naturaleza. También a los desastres generados por la mano humana, como las guerras mundiales y las bombas de destrucción masiva coronadas por hongos atómicos.
A los pies de un sauce crece saludable un ganoderma australe, una variedad muy utilizada con fines terapéuticos. "Me gusta decir que los hongos son muy potentes en todo lo que quieren hacer –explica Gabriel–: los medicinales y los comestibles, los venenosos y los alucinógenos… Todo lo que hacen, lo hacen con potencia."
Groucho Marx alguna vez dijo que todos los hongos son comestibles. Algunos solamente una vez. La amanita phalloides crece debajo de los pinos y cuenta con el más temible apodo de la colectividad: "El hongo de la muerte". Ante su carnoso sombrero cayeron mortalmente rendidos desde el emperador romano Claudio hasta el Papa Clemente VII.
Su familiar directa, amanita muscaria, tiene mejor fama, ganada en base a su techo colorado con pintitas blancas y sus dotes alucinógenos. La usaban los vikingos como vigorizante antes de enfrentar la muerte en combate, también Lewis Carroll para inspirar las aventuras de Alicia, los poetas beatnik para despertar sus aullidos, los pitufos como refugio y el fontanero Súper Mario para sumar puntos en la consola de Nintendo.
Antes de cerrar el paseo, Patricia se ilusiona con los trabajos de biorremediación que aplican hongos para resucitar suelos y ríos contaminados: "Sí que son potentes, por eso hay que respetarlos, traen esperanza", dice la guía, mientras convida unos champiñones a la provenzal admirables. Dos duendes la custodian a pocos pasos. Encantados. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

martes, 28 de agosto de 2018

Ginsberg esencial al desnudo

Primero destruyamos la mitología. Allen Ginsberg no es un mito. No es esa figura que muchas veces queda reducido al cliché del poeta barbudo, hippie, puto y drogón que integró la santísima trinidad beat junto a Jack Kerouac y William S. Burroughs. Eso sería como satisfacernos con un solo fotograma de una película monumental. Ginsberg es un personaje mucho más mutante, atrapante, poliédrico y sobre todo fascinante que una estatua erecta sobre puras leyendas.  
La antología Ginsberg esencial, a cargo del editor Michael Schumacher, permite zambullirse de cabeza en la obra variopinta de uno de los poetas cardinales (¡no tengan dudas!) del corto siglo XX. Más de 500 páginas que congregan los poemas, ensayos, entrevistas, canciones, cartas, diarios y hasta fotografías paridos por este escritor, profesor, ensayista, budista, letrista y fotógrafo revolucionario. Un hombre digno del Renacimiento.
El grueso volumen reúne desde sus piezas poéticas más populares hasta la temprana poesía en prosa de finales de los años cuarenta. También joyas incunables. El exquisito “La hora del almuerzo del albañil” del verano de 1947 pertenece a ese período germinal. Obviamente que no faltan clásicos como “América”, “Sutra del girasol”, “Por favor, Amo”, “Confesión del ego”, “Sutra del vórtice de Wichita”, “Kaddish” y su eterno “Aullido”. La última frase del prólogo a Howl and Other Poeam, escrito por William Carlos Williams, mentor de Ginsberg, es una invitación para lectores de toda estirpe, imposible de rechazar: “A arremangarse las polleras, señoras: vamos a entrar en el infierno.” Una línea tan reveladora como la primera nota larga del largo aullido: “Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas, / arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca de un colérico pinchazo.”
La antología no se acota a la obra poética y extiende sus fronteras a los ensayos, correspondencia y diarios que Ginsberg dedicó a sus experiencias con el LSD y el ayahuasca, su expulsión de la Cuba revolucionaria, sus admirados Whitman y Blake, la prosa espontánea, su nomadismo imperecedero, la sangrienta Guerra de Vietnam, la Generación Beat, confesiones a compinches como Neal Cassidy y a su pareja Peter Orlovsky y por supuesto el budismo. Un auténtico viaje al corazón de la contracultura de las últimas ocho décadas.
El cierre del libro está dedicado a la faceta de fotógrafo que exploró también Ginsberg. Incluye el memorable retrato de Kerouac, inmortalizado en una terraza del Lower East Side neoyorquino; Burroughs en el ala egipcia del Met; Cassidy enamorado en San Francisco; Gregory Corso matando el hambre en un ático parisino; y el veterano malandra Herbert E. Huncke, que con 76 pirulos mira altanero el lente con cara de pocos amigos, como siempre.    
Las últimas palabras de esta reseña, sin dudarlo, son para el poeta. En la llamada “Entrevista sobre el oficio”, publicada en 1970 en el New York Quarterly, ante la pregunta sobre el sentido de la alegría y la libertad en su escritura y lecturas, Ginsberg improvisa una respuesta que ilumina el presente: “La escritura misma, el mismo acto sagrado de la escritura, cuando uno hace algo de esa naturaleza, es como una plegaria. Cuando el acto de la escritura se hace sacramentalmente, se sostiene durante unos minutos, se convierte en un ejercicio de meditación que provoca un recuerdo de una conciencia del detalle que es una aproximación a la alta conciencia. A una elevada mente epifánica. Por decirlo de otro modo, la escritura es un yoga que invoca a la mente del Señor. Si uno se entrega a una escritura que le ocupa el día completo va avanzando cada vez más y más hacia el interior de su propia conciencia central.” Y no hace falta decir ni una palabra más.   
Publicada en Tiempo Argentino, por acá

martes, 21 de agosto de 2018

Dónde va la gente cuando llueve

Hoy no llueve. El cielo es diáfano, con una insignificante nube con forma de cucurucho que surca Boedo. Aun así, los clientes no dejan de entrar a la paragüería Víctor. "Es un clásico. Estuvo lloviendo todo el fin de semana y la gente se da cuenta de que tiene el paraguas roto o que directamente lo perdió. Hoy hay mucho laburo, aunque los días más fuertes son cuando el cielo se cae a pedazos", explica Gino, joven vendedor del veterano comercio. Detrás del mostrador, lo custodia una pared de paraguas novatos prolijamente exhibidos. Casi que se salen de la funda, ansiosos por tener su bautismo en el diluvio que viene.
En su oficina aguarda Víctor Fernández, hijo del legítimo pope del establecimiento, don Elías Fernández Pato, eminencia de la colectividad paragüera local. Mientras el pater familias disfruta de unas merecidas vacaciones en España, Víctor pilotea la pyme familiar de memoria: "Imagínese, mi viejo abrió su primer local, en la calle Castro, el 21 de septiembre de 1957. En esta esquina de Colombres e Independencia estamos desde los '70. Son más de seis décadas en el negocio". El linaje se inicia en Orense, al sur de Galicia, comarca donde, según los meteorólogos, los chubascos son moneda corriente: "El día que llueve, llueve. Y el que no, está por llover. En España, los paragüeros son todos gallegos", asevera Víctor sobre la tierra de sus antepasados.
Para evitar el servicio militar franquista y los obligados dos años en el África árida, don Elías dejó atrás el húmedo terruño a mediados del siglo pasado. Llegó al puerto de Buenos Aires y se conchabó en una fábrica de celulosa, en la zona sur del Conurbano. Fueron años borrascosos. Y, para ser precisos, no era dinero lo que caía del cielo. Un verano, harto de la línea de producción, tuvo una epifanía. Quién dijo que la lluvia no inspira. Para hacerse unos mangos, les pidió a sus primos, vendedores de paraguas, que le facilitaran una dotación del impermeable utensilio. Se jugó a suerte o verdad en las calles y aprendió los yeites del buen mercader ambulante. También a vocear su nuevo oficio: "¡Paaaaragüeroooo!".
En pocos días, Elías ganó el doble de lo que sacaba en la quincena. Renunció a la fábrica. Salió el sol.
Made in China
Don Elías vio florecer su negocio durante la edad de oro de la paragüería nacional: "Piense que en la Argentina comía mucha gente del paraguas: el que vendía, el que hacía los armazones, el fabricante de telas, de empuñaduras, de borlas, y hasta el que los reparaba. Era otra época", lamenta Víctor desde el presente, mientras pispea la avenida con nostalgia.
La familia Fernández tuvo representantes en todas las esferas productivas. Papá Elías vendía y arreglaba, mamá Haydée cosía y las tías armaban. La prosperidad del gremio se enfrentó con una tormenta bíblica en la década del '90 y nunca más pudo levantar cabeza. El tsunami "Made in China" ahogó al sector. "Pero no sólo acá, en todo el mundo. Ahora sólo existe el paraguas chino –asevera el comerciante, uno de los últimos de su especie en la ciudad–. Hacen ositos de peluche, despertadores, celulares… ¿cómo no van a hacer paraguas?".
El nuevo escenario económico marcó el regreso a las fuentes. ¿Los chinos saben de paraguas? Sin dudas. Lo inventaron hace más de 2400 años para protegerse de las lluvias, también del sol. Hay registros de "paraguas" en los bajorrelieves asirios de Nínive, en los frescos de los palacios de Tebas. ¿Habrán estado en la Semana de Mayo de 1810? En 1852, el inglés Samuel Fox inventó el primer modelo ultramoderno, con mecanismos de acero. A finales del XIX, fue moda en París y las damas de alta alcurnia se hacían retratar por Renoir y Monet bajo su cóncavo manto protector. Algunas décadas después, Mary Poppins lo transformó en un instrumento mágico.
El aura acompaña al paraguas hasta nuestros días. Aunque con menos entusiasmo: "Cuando era chico, la gente compraba paraguas como un artículo de familia, que pasaba de generación en generación –cuenta Víctor–. Uno bueno costaba como un buen par de zapatos. Ahora hay por 300 pesos en farmacias y kioscos. En la calle se consiguen por 100". El menú que ofrece el local de Boedo es muy variopinto. Desde los colorinches y populares por precios razonables hasta los premium que rozan los 10 mil desvalorizados pesos.
Víctor se ríe de los supersticiosos y en el corazón de sus dominios hace gala de las joyas de la familia. Abre un clásico paraguas inglés de los años setenta. Ostenta también las aristocráticas empuñaduras de caña malaca o de castaño. También un señorial austríaco, coronado con impermeable tela loden. Casi 13 mil mangos de pura elegancia. Otra perla, ideal para los amantes de las mascotas, deja a salvo de chaparrones indeseables a los caninos.
El asesoramiento al cliente sobre los buenos usos y cuidados es otro beneficio de tratar directamente con especialistas. ¿Las claves? Víctor no tiene dudas: abrir el paraguas siempre orientado hacia el cielo, enfrentando el viento; cuando está mojado, dejarlo secar abierto; nunca sacudirlo en forma brusca ni violenta; y por último, pero no menos importante, no guardarlo húmedo, porque el moho puede ser mortal. El producto, aclara Víctor, no tiene garantía. "El paraguas es un paraguas. No es un tractor".
Apuntes del subsuelo
En el subsuelo del local reina un silencio monástico. Sentado en un banquito, Facundo Garea, filosa aguja en mano, brinda las primeras curaciones a un ejemplar malherido que llegó al taller hace pocos días. "Hay que cambiar toda la tela y algunas varillas. Lo trajo una señora que lo heredó de su abuelo. Le dijimos que es un arreglo caro, casi como comprar uno nuevo. Pero está muy encariñada", cuenta el muchacho y pone manos a la obra.
Desde hace algunos años, este aprendiz trabaja codo a codo con el viejo Elías en el taller: "Arranqué como vendedor, pero una vez tomé coraje y le pregunté si podía enseñarme el oficio. Siempre me gustó armar y desarmar cosas. Y así aprendí, mirando". Con paciencia de artesano, Facundo se instruyó sobre el delicado desarme de las delgadas varillas y los sensibles resortes.
El cambio de la tela es el reto máximo que debe enfrentar todo paragüero de ley: "Lleva mucho trabajo. Hay que cortar los gajos a mano –dice el muchacho, rodeado por rollos de paño impermeable y un cementerio de varillas–,  luego coserlos con exactitud. Son uno o dos días a full". El óxido es otro mal habitual que aqueja a sus pacientes. La lija es el remedio que utiliza este profesional, en sus largas horas de faena en las profundidades.
Consultado por su paraguas fetiche, Garea deja ver su paladar británico: "Lo tenemos arriba. Negro, forjado en una sola pieza, con empuñadura de madera de avellano. Cuesta 9300 pesos. No me lo olvido ni a palos en el bondi". «
Publicada en Tiempo Argentino por acá

domingo, 22 de julio de 2018

Vuelta y vuelta

Débora tiene bien ganado su apodo. En el ambiente la conocen como la Buscapleitos: "Me cobraron la séptima falta y me rajaron, cómo no voy a estar caliente. ¡Los referís son unos bomberos!", dice, áspera, la chica de La Plata, con mansa ira inyectada en su rostro maquillado con esmero. En la pista, sus compañeras del team Alianza Rebelde sienten la ausencia de una de sus principales figuras, en el choque con el equipo de Las Pibas, afiladas candidatas para conquistar el torneo Violentango 6, la competencia top del roller derby porteño. "¡Todo mal –espeta Débora, sin dejar de alentar a las guerreras rebeldes que caen como moscas en el campo de batalla–. La estrategia era que no nos sumaran puntos, pero nos están llenando la canasta." El tablero electrónico del Club Martín Fierro, en los arrabales de Villa Soldati, es irrefutable. Las Pibas suman 400 puntos, contra los modestos 70 del equipo cuyo nombre homenajea a la saga Star Wars. Hoy no las acompañó la Fuerza.
"Es una paliza. Y mirá que habíamos planificado el partido –se lamenta la blocker nacida y criada en Villa Elisa–. Habíamos pensado una táctica defensiva, pero ellas tienen un gran equipo. Acá vale más la maña que la fuerza. Desde afuera por ahí ves sólo pibas chocando. Pero el roller derby es mucho más que eso." Y no se equivoca. Este joven deporte de contacto va mucho más allá de la imagen estereotipada de chicas tatuadas, rápidas y furiosas, que colisionan sin ton ni son.
"Este no es el deporte de las mujeres rudas. Es otra cosa", asegura, categórica, Lucila Zandoná, miembro activa del capitalino Team Osom. Luego da una clase magistral sobre los fundamentos de la disciplina.
Lección uno: el roller derby se basa en el patinaje sobre ruedas alrededor de una pista oval. Primera aclaración, sobre todo para los futboleros, ¡no hay pelota en juego!
Lección dos: es un pasatiempo predominantemente femenino –aunque es practicado por hombres y hasta existen partidos mixtos– que hunde sus patas rodantes en el barro de la subcultura punk y, fundamentalmente, del girl power feminista.
Lección tres: los partidos constan de dos tiempos de media hora. Obviamente, en las canchas, que pueden ser de cemento alisado o de baldosas, se ven los pingos. Dos equipos de cinco integrantes compiten por ver cuál es más eficaz al aplicar tácticas y estrategias para infiltrarse, velocidad, viveza y espíritu de equipo mediante, entre las filas del adversario. En criollo, un malón que ayuda a una jammer (la solista que luce siempre un casco con una brillante estrella) a superar al otro pelotón. Cada vez que la jammer penetra la pared humana, el equipo anota un punto. "Mis compañeras son mi escudo y mi principal arma, el dribleo", asegura Lucila, pichona de "gambetita" Latorre y psicóloga de profesión.
Su biografía sobre ruedas podría resumirse en una dulce pero dura infancia llena de frutillitas, raspones y unas pocas caídas antológicas en los años en que las rueditas naranja eran monopolio en estos pagos. Luego, Lula Zan –el "derby name" tatuado en su casaca– tuvo un largo romance con el más fino y estético patín artístico. Pero en algún momento de su tardía adolescencia, el amor sufrió un porrazo. El roller derby la atrajo nuevamente al mundo del rodado: "Llegué por una nota que vi en Internet. Arranqué como fresh meat –carne joven– y tuve que aprender las reglas, pero como sabía patinar tenía la mitad del camino recorrido. Me gusta mucho el espíritu de equipo que se respira acá, de comunidad. De encuentro femenino", cierra la chica, y a pocos metros las muchachas en la pista se trenzan en abrazos rodantes.
Ruedan las ruedas
Aunque se popularizó a nivel global hace pocos años gracias al film Whip It, una comedia pochoclera dirigida por la exniña terrible Drew Barrymore, el roller derby tiene una larga historia. "Arrancó en Estados Unidos como carreras de patines entre mujeres, en los años de la gran depresión. Pero con el tiempo pasó a ser más un show, algo parecido al catch. Para fines de los '70 ya estaba agotado", cuenta con aires de historiador Cocks In Hell, un jugador de origen francés, radicado hace un tiempo en Buenos Aires. Esta tarde, el muchacho imparte justicia en los enfrentamientos entre señoritas: "El renacimiento del roller derby se da en 2005, en Texas, cuando se dictan las reglas actuales, pero también sus valores –agrega el juez franchute–. Es un deporte netamente creado por mujeres, por eso su veta feminista, pero sobre todo es inclusivo con la diversidad sexual y de género, también con la colectividad vegana. Con espíritu punk, autogestivo y muy horizontal." Actualmente, el deporte atravesó culturas y fronteras, hay campeonatos mundiales y las principales potencias son Estados Unidos y Australia.
"Y todo a pulmón", es el lema madre de esta comunidad del patín. "Para bancar los campeonatos y los viajes, damos charlas, preparamos comidas y vendemos nuestro merchandising", explica Verónica Córdoba, jammer estrella de la porteña Liga 2x4 y creativa diseñadora de indumentaria, al tiempo que vende pines, remeras y gorras a dos manos, en un puesto montado en la pobladísima tribuna del gimnasio de la calle Oruro.
En la pista, Vero utiliza el apodo Tropical Mecánico, alter ego que homenajea a una noble tela que, asegura, nunca se rompe. Cuenta que con sus compañeras entrenan religiosamente tres veces por semana en el Parque Chacabuco, abajo del puente de la autopista: "El roller derby es sacrificado desde lo físico, pero también por el tiempo que le sacás a la familia y a la pareja. No somos profesionales, no vivimos de esto".
Los costos de los insumos –la mayoría importados– son otro obstáculo a sortear. El equipo completo, que consta de patines, rodilleras, casco y protectores bucales, puede alcanzar los mil dólares. Pero las pibas siempre se la rebuscan. Así nació Ramona Wheels, un emprendimiento que comandan Vero y su fiel novio Lucas. Producen rueditas de resistente uretano para el incipiente mercado local, en una fábrica de Quilmes. Mal no les va. Sacan para pagar el alquiler y darse algún gustito. En los torneos, Lucas da una mano atendiendo el puesto y también oficia como relator. Es admirador de Víctor Hugo y se le nota en la elaboración de metáforas. Por ejemplo, estalla en un grito triunfal cuando la jammer de las Mandrágoras surca la pista como si fuera un barrilete cósmico: "¿De qué planeta habrá venido esta piba?" Cuando termina la partida, luego de la obligada vuelta olímpica para saludar a la hinchada, las jugadoras maltrechas reciben las curaciones de Helena, la terapeuta oficial de la liga. Sus dedos y sus agujas de acupuntura hacen magia. Por 140 pesitos hace olvidar un esguince en minutos. Laburo le sobra. "Nunca patiné –confiesa Helena–, siempre estuve del otro lado del mostrador. Además, le tengo pánico a la caídas."   «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 9 de julio de 2018

La delgada línea rosa

Mirna a través del espejo. Vestido corto bien ceñido al cuerpo, pañuelo de seda escarlata, collares prendidos al cuello, finas pestañas kilométricas, peluca rubia larga y lacia y –de sólo mirarlos dan vértigo– encumbrados stilettos. Un instante más frente al espejo para corregir el labial y listo. Toda una lady. 
"Esto es muy simple: cuando termino de maquillarme y me calzo la peluca, desaparece el varón y entro en modo femenino", explica Mirna, mientras taconea, delicada, por el departamento donde funciona la firma Crossdressing Buenos Aires, un emprendimiento que brinda espacio reservado y un minucioso asesoramiento a los caballeros que gustan de hacer realidad su fantasía de vestirse de mujer.
Mirna aclara que el círculo de los crossdresser porteños no es tan pequeño como aparenta. "Lo que pasa es que hay muchos prejuicios y por eso no se cuenta abiertamente. Imaginate si cruzamos al bar de la esquina y les digo a los parroquianos que me gusta vestirme de mujer. Lo primero que dirían es que soy puto. Y no, querido, a mí me gustan las mujeres, estoy casado y tengo hijos. Me gusta crear este personaje, la transformación completa, darle vida a Mirna. Un día rubia, otro morocha. La posibilidad de mutar, que generalmente los hombres no tenemos. Es un cambio de 180 grados de mi vida diaria de varón. Cruzar al lado B." Un pasaporte efímero, para atravesar la frontera de la delgada línea rosa.
A los once años, cuenta Mirna, tuvo sus primeras excursiones al lado B. Era fana de Kiss. Cuando sus padres salían a trabajar, aprovechaba para entalcarse la cara como el gatito Peter Criss o el estrellado y más glamoroso Paul Stanley. Lo hacía encerrada en el baño, su mundo privado. "Era un juego con el espejo. Me llamaba la atención saber quién se ocultaba atrás de ese maquillaje." Pero un día, dio un paso más: "Agarré un rouge de mi vieja y a ese mimo le agregué los labios rojos. Después algo de sombra celeste. Hasta que decidí sacar el talco y descubrí algo raro: una mujer".
La siguiente escena se desarrolla en el aula de un colegio industrial, a fines de los '70, durante una clase de Lengua y Literatura: "Mi profe montada en sus botas de taco alto –rememora Mirna–. Ella: toc, toc, toc en el frente. Y yo desde el pupitre preguntándome qué se sentiría estar sobre esos tacos". La respuesta la encontró en el ropero de su madre: "No había botas, pero sí unos taquitos. Me los puse con las medias azules del colegio y de golpe comenzaron las sensaciones". Un mundo de sensaciones.
Algunas semanas después, otra vez frente al espejo, empezó a afinar el ojo: "De repente me di cuenta de que las medias del cole no pegaban y me puse unas pantis color verde. ¡Uf, esa sensación del nylon sobre la piel!  Después fue probar un corpiño, para ver cómo se sentía. Pintarme los labios, caminar con los tacos. Era el despertar de las hormonas adolescentes. Me daba placer.”
Mirna pone stop en la narración. Se toma unos segundos, da vuelta la cinta y presiona play al lado A, la historia de G. ¿Qué puede contarnos? "Que desde aquellas experiencias, fue pasando el tiempo. Me puse de novio, me casé, tuve hijos. Estudié ingeniería, me especialicé en gas y petróleo. Nunca dejé de ponerme los tacos y la medibacha, pero mi primera mujer nunca lo supo."
En el ocaso del siglo se divorció. En esos días difíciles, Internet le abrió un nuevo mundo: los chats y webs cross: "Las vestimentas cruzadas, que es un palo diferente al travesti. Hasta ese momento, a lo sumo se encontraban en una página avisos con connotaciones sexuales del tipo 'te maquillo, te visto y te la pongo'. Pero yo andaba buscando algo distinto". Un día, por casualidad, descubrió un mensaje enigmático entre los avisos parroquiales del sitio travestis.net. Anunciaba los servicios de Crossdressing Buenos Aires. "Me acuerdo que había caído en cama con una gripe atroz de una semana. Pero al séptimo día me levanté, me afeité –entonces usaba una larga barba–, tomé coraje y llamé. Me atendió Claudia, nuestra hada madrina. Al rato estaba en su departamento." Fue la primera vez que pudo verse transformada de pies a cabeza. Pudo cumplir su fantasía más privada. Más deseada. Nació Mirna Ladyrouge.
Esta historia tiene un bonus track. Mirna cuenta que su actual pareja conoce su lado cross: "Me llevó un tiempo blanquearlo y que mi mujer me entendiera. Pero lo habló con su psicóloga y todo bien. No me vio nunca 'montada', no quiere perder mi imagen masculina. En el medio tuvimos dos fiestas de disfraces. Adiviná de qué fui disfrazada. De Batman o de D’Artagnan, obvio que no".
Cross country
Claudia Molina es una pionera. Experiodista, ducha maquilladora, dio sus primeros pasos en el gremio cross poco después de que el país se hundiera por la crisis de 2001. A la deriva, había perdido el trabajo y buscaba un salvavidas que la rescatara del tsunami económico. Una charla con un amigo de toda la vida le marcó un nuevo rumbo: "Me contó que le gustaba vestirse de mujer, sentir la ropa femenina sobre su piel por un ratito, cuando le pintaba. También me dijo que no era el único. Yo no tenía ni idea sobre el crossdressing." Pero empezó a indagar en la materia y entró a los pocos chats que había: "Era un tabú total. Si ahora cuesta hablar estos temas con la familia, imaginate antes. Mi amigo me dijo que andaban necesitando un espacio, un lugar que brindara asesoría en maquillaje".
Al principio fue un emprendimiento familiar. La madre modista de Claudia le daba una mano para adaptar los vestidos. Su padre, exmilitar, colaboró como maniquí, a la hora de probar la nobleza de las prendas extralarge. Mirna fue una de sus primeras clientas: "Fue como el bautismo de fuego –cuenta Claudia en el living de su reino repleto de pelucas y zapatos–, pero con el tiempo me di cuenta de que, la mayoría de las veces, el que venía tenía más miedo que yo".
Sus dotes como maquilladora y asesora de vestuario tuvieron que combinarse con la contención psicológica: "Para muchos, es como cruzar una barrera, y surgen muchas preguntas, sobre todo entre los que están casados y tienen hijos. Pero con el pasar de los años, todo cambió. En la actualidad, tres de cada diez clientes llegan porque se lo piden sus mujeres".
La sesión de dos horas en el departamento sobre la avenida Belgrano tiene un precio de 1200 devaluados pesos. Por 800 más, el caballero puede sumar el portfolio fotográfico que inmortaliza la experiencia. Por su ubicación céntrica, cuenta Claudia, son varios los clientes que se acercan en horario de almuerzo laboral: "Una vez por semana se dan el gustito". Su trabajo es pura creación: "Hay tipos que llegan y me dicen que quieren parecerse a Jennifer Lopez. Pero no hago magia, hay veces que el cuerpo no acompaña. Y cuando se miran al espejo, por ahí descubren que se parecen a una tía.”
La Banda del Golden Cross
Hace más de una década, Mirna y otras asiduas e ilustres concurrentes al departamento de Claudia Molina decidieron dejar el pago chico y ensanchar sus horizontes: "Queríamos sociabilizar, compartir experiencias o simplemente charlar sobre nuestros gustos. Las reuniones empezaron acá, en este living, nos juntábamos cada 20 días. Pero de repente nos empezó a quedar chico". Así nació La Banda del Golden Cross, un grupo de amigas que se reúnen religiosamente el tercer viernes de cada mes en bares y boliches friendly de la ciudad. Mirna es la maestra de ceremonias. Cuentan que hace delirar a la platea con sus playbacks de clásicos de Irene Cara y lady Baccara. 
"El común denominador es que nos gusta usar ropa de mujer, pero la verdad es que cada una tiene su historia", detalla Mirna antes de posar para el fotógrafo de Tiempo. Una banda súper variopinta. "Hay policías, arquitectos, pilotos de avión, tacheros, camioneros, militares y abogados. Quizá hasta algún compañero que tenés en la redacción se prende y vos ni te enterás. Sale del diario, se clava la tanga, se pinta, se pone una peluca y queda como yo. Si a vos te da curiosidad –Mirna giña un ojo y se ríe frente al espejo–, le podemos pedir a Claudia que te preste unos taquitos." «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

viernes, 22 de junio de 2018

Historia del crimen

Es septiembre de 1982. Ricardo Melogno, un joven de 20 años recién salido del servicio militar obligatorio, comete en pocos días cuatro asesinatos de taxistas. Tres en el barrio de Mataderos y uno en el Conurbano. Sin causa aparente, todos los crímenes tuvieron la misma mecánica. El asesino no dejó ni un solo rastro. Por varias semanas, el caso tuvo en vilo a la policía y a los medios masivos hasta que el propio padre de Melogno lo entregó a la justicia. Fue encarcelado bajo diferentes diagnósticos psiquiátricos: personalidad anómala, trastorno esquizotípico de la personalidad, trastorno de personalidad antisocial con núcleos esquizoides, cuadro delirante crónico, psicópata esquizo, perverso histérico, autista, entre otros. 

Treinta y cinco años después, Melogno sigue preso. Por discrepancias entre los psiquiatras forenses porteños y bonaerenses no pudo recuperar jamás la libertad. Pasó por una docena de presidios e instituciones de encierro. Fue obligado a ingerir toneladas de psicofármacos y sometido a muy diversos tratamientos. Y sufrimientos. En la actualidad, más que un serial killer, Melogno, un hombre ya mayor, luce casi como “un empleado público”. 

En Magnetizado, segundo libro del escritor chaqueño Carlos Busqued, se reconstruye el caso a partir de más de 90 horas de entrevistas, recortes de diarios de época, documentos forenses y testimonios de psiquiatras. Un texto de no ficción minucioso, raro, hipnótico, quizá inclasificable. Un breve periplo con paradas obligadas en la enajenación, el crimen, el encierro y la gris y fascinante psicología forense. 

Busqued lleva más allá las fronteras de lo literario, borra su subjetividad y poco más que desaparece del relato. En realidad, el autor se hace cuerpo en la edición y el montaje de las entrevistas. Un recurso heredero de la literatura non fiction de Rodolfo Walsh, también, por qué no, de la mexicana Elena Poniatowska. 

En su trabajo, Busqued evita la interpretación y el juicio, deja espacio para lo único que puede acercarnos a comprender la naturaleza de los crímenes: la magnética voz de su protagonista. Un preso, casi un fantasma, que al final del libro confiesa: “La única expectativa que tengo, la única deuda trascendental, es ser una persona. Yo fui una cucaracha. Después un monstruo. Y después un preso. Me gustaría ser una persona. O sea, no ocultar lo que fui, pero … ser una persona común. Cuanto más pueda desaparecer entre la gente, mejor.”

Publicada en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 17 de junio de 2018

En el camino con dos escritores vagabundos

Drop out, salirse, desertar, dejarlo todo (familia, carrera literaria y vida sedentaria) para nomadizarse por cuenta propia. Al escritor Néstor Sánchez el llamado del camino le llegó luego de leer los libros del místico ruso Gurdjieff, allá por finales de los años sesenta. Atrás quedaron sus celebradas novelas (Siberia Blues, Nosotros dos, El amhor, los orsinis y la muerte) publicadas en la Argentina y Europa, su hijo Claudio, su trabajo como traductor y lector para Seix Barral y Gallimard, su madre, los elogios recibidos de Julio Cortázar y Severo Sarduy. De un día para el otro, Sánchez dejó de escribir y se metió de cabeza en una deriva consagrada a la absorción de cierta sabiduría, que duró casi 18 años. De clochard por París, homeless en Nueva York y croto en Lima. Esa es la historia a la que Osvaldo Baigorria intenta seguirle la huella en la biografía Sobre Sánchez. Pero a su vez, mediante las notas al pie, el libro muta en una autobiografía de este periodista correcaminos, autor de las novelas Llévatela, amigo, por el bien de los tres (2015) y Correrías de un infiel (2005), y del ensayo En Pampa y la vía (1998), que también vagabundeó durante largos años por varios rincones del planeta. 

Transbiografía, post novela, ensayo colapsado, “relato excéntrico” o biografía en primera persona. Sobre Sánchez es una obra alucinante que libera, como bien aclara Ricardo Strafacce desde la contratapa, dos libros en uno: una biografía parcial y una autobiografía sesgada. Dos periplos, o miles. De Tijuana a Villa Pueyrredón, del peace and love del Haight Ashbury californiano a los firuletes arrabaleros de la milonga La Siberia, de la escritura creativa formato free jazz parida en Buenos Aires a ganarse el mango plantando árboles a destajo en bosques de Canadá, de Jack Kerouac y Jimi Hendrix a Juan Carlos Copes y Shunryu Suzuki, del pansexualismo y la resaca post Verano del Amor al ascetismo místico-lumpen curtido por las nevadas neoyorquinas, de una salita de primeros auxilios sobre el río Capitán en el Tigre hasta la eternidad. Derivas azarosas, vivir en los bordes, mirando de afuera. Sobre Sánchez es un libro donde muchos de estos caminos se cruzan. 

Desde su encierro en el Delta para escribir el libro, Baigorria aclara: “Desde aquí sólo puedo seguir, en la medida de lo posible, el paso de Sánchez en la identificación de su búsqueda, renuncia, deserción y abandono de la escritura. Seguir el paso, el ritmo, andar al lado, viajar a dedo –en el sentido rioplatense: auto-stop, hitch-hike, pulgar extendido al azar sobre la carretera- con Sánchez en un viaje que comprometió por entero su cuerpo y espíritu.” Con Sánchez, más que sobre Sánchez. Biografiado y biógrafo. Sánchez y Baigorria, juntos en el camino.

Reseña publicada en Tiempo Argentino, por acá

Chado: estamos invitados a tomar el té

Estamos invitados a tomar el té. La cita es a las 10 de la mañana, en un edificio ultramoderno, espejado, altísimo y bien acomodado sobre la calle Bouchard, en el frío corazón del Bajo porteño. La sede del Centro Cultural de la Embajada de Japón está en el piso 15. Desde las alturas de la casa diplomática se ven el río de aguas siempre quietas y el fervor de Buenos Aires y sus calles, en movimiento perpetuo. 

Concentrada, algo solemne pero sin perder la sonrisa, Malena Higashi termina de ajustarse al cuerpo un finísimo kimono de seda, antes de dar el primer paso sobre el tatami. "Nada puede ser dejado al azar. Desde cómo moverse, las formas de sujetar cada elemento, hasta el tamaño de las maderitas que arden en el brasero, todo tiene un porqué", advierte sobre los mil y un secretos de la ceremonia del té, el antiquísimo chado. La acompañan Lucy, Gabriela y Vanesa, serviciales estudiantes porteñas de este arte mayor nipón. También la sensei Emiko Arimidzu, decana de la disciplina en estas pampas. Su abuela. 

En japonés, chado quiere decir "el camino del té". Malena dio sus primeros pasos en este sendero cuando apenas sabía caminar. "De chiquita, mi abuela me llevaba a un espacio en Belgrano donde se tomaba el té. También me ponían el kimono. Aprendí más que nada jugando", recuerda la joven, y mira a la sabia Emiko, que se ríe y comenta: "Todavía sigue jugando". 

Un anfitrión que ofrece el té y un invitado que lo bebe. Para el observador despistado, puede parecer un lacónico elogio de la simpleza que se bebe de a sorbos. Pero este pequeño gran acto rebalsa de simbolismos, estéticas, filosofías. El chado, dice Malena, es la culminación de todas las artes japonesas, porque en la sala de té conviven aportes de la caligrafía, la poesía, el arreglo floral, la arquitectura, la cerámica. Cuatro principios rigen la práctica: la armonía entre las personas y la naturaleza, el respeto, la pureza y la tranquilidad de la mente: "La práctica de chado tiene que ver con encontrar la belleza de las personas y de los objetos, apreciar algún aspecto de la naturaleza y llevarlo a la sala de té. Pero también es una práctica que enseña acerca del orden y la limpieza, a lidiar con imprevistos sin perder la calma. Y hay otro aspecto muy importante que llamamos omotenashi, la hospitalidad japonesa", explica Malena y exhibe su chashaku, la cuchara tallada en bambú con la que sirve la infusión milagrosa. Por su conexión con la naturaleza, el chado no puede separarse de las cuatro estaciones del año. En Japón, la primavera, el verano, el otoño y el crudo invierno están relacionados con la poesía. Los versos dictan las características de cada estación. Los cuidados movimientos de Malena sobre el tatami tienen la belleza de un haiku. Gestos diminutos, miradas profundas, frases cortas y por último, pero no menos importantes, infinitos silencios. Malena escribe el chado con su cuerpo. "Hay un concepto japonés de la belleza que viene del término wabi, que es la belleza de lo imperfecto. Murata Juko, un gran maestro de té, alguna vez dijo que la luna es bella cuando está ligeramente cubierta por una nube. La estética wabi no es la luna enorme y brillante en el cielo, es esa luna misteriosa que se insinúa, con un brillo opaco, tenue, detrás de las nubes." 

Te quiero, quiero té 

Malena dice que su abuela-sensei tiene una economía zen del uso de la palabra: con muy poco dice mucho. No se equivoca. Para definir el chado, a la sabia señora de 86 años le bastan seis palabras: "Es una educación para la vida". El inicio de su aprendizaje se dio hace poco más de 35 años, cuando decidió dedicarse por completo a la ceremonia del té, primero como estudiante y luego como maestra. ¿Su primer recuerdo del chado? "Soy nacida en Argentina, pero me crié en Japón. Estuve diez años allá, durante la Segunda Guerra, no eran tiempos de paz. Vivíamos en el campo y no se hacía mucho chado. Me acuerdo que lo vi en películas. Es curiosa la vida: lo aprendí acá. Una versión medio gaucha", bromea la señora Arimidzu. 

Antes de practicar el teísmo, Emiko trabajó codo a codo con su difunto marido en una fábrica de cerámicas. También se ganó el sustento como modista: "Pero al comenzar a estudiar, ya de grande, me di cuenta de que para aprender hay que dedicarse". Pudo completar su formación profesional en la Escuela Urasenke, en Kyoto, la casa de estudios más reconocida en la materia. "Me gradué con honores", guiña el ojo la sensei. Hace dos años, cuenta orgullosa, su nieta también tuvo la chance de formarse en esa institución. Emiko comanda la sede argentina de Urasenke. Desde hace tres décadas, da clases tres veces por semana: "El chado no se aprende de un día para el otro. Hay que hacerlo todas las semanas, con disciplina, si no una se olvida. Con cada taza, aprendo algo nuevo". 

Me tomo cinco minutos 
El té del chado se llama matcha y es un té verde en polvo. Malena se toma todo el tiempo del mundo para servirle a su abuela una variedad de té espeso con galletitas. Desde un rincón, Lucy disfruta la escena como en trance. Es tercera generación de migrantes: "El chado resume toda nuestra cultura. En una taza de té entran desde el teatro noh hasta los jardines zen. Fíjese ese movimiento del chashaku, eso viene de la arquería". Lucy no se olvida de sumar al brebaje sus otras dos pasiones: el origami y los kimonos. Dice que el chado la ayudó a mejorar su postura, después de tres décadas encorvadas en el gremio de los plegadores seriales. La técnica para vestir kimono es un arte en sí mismo. Para Lucy es importante empilchar bien para la ceremonia: "Hay que combinar, todo debe estar plegado y ordenado, nunca hecho un bollo o fruncido. Todo importa": No hace distinciones entre quienes pueden disfrutar del chado: "Una persona ansiosa o una retraída, todo el que lo hace encuentra calma. Se aprende mucho del silencio". 

Vanesa bate que bate un té liviano en un tazón. Cuenta que es toda una profesional de la infusión. Se gana la vida como sommelier. Tiene su propia marca de una variedad en hebras: "Estos son tés muy distintos a los que conocemos en Occidente. El japonés es mucho más vegetal y se toma toda la planta. Es molido". Decidió indagar sobre el chado hace dos años y descubrió un mundo nuevo, muy alejado del saquito tradicional: "No es sólo tomar el té. La sensei dice que a través de una taza se puede transmitir paz. Por un rato, dejás lo cotidiano de lado, y te metés 100% en el aquí y ahora. Es un camino espiritual. Una meditación en movimiento". Vanesa convida una taza humeante, sencillamente ofrecida como un regalo, una caricia, una curación, una búsqueda. Un tesoro sin asas que se abraza con las dos manos. Riquísimo. «

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 4 de junio de 2018

Ladrilleros

Abstraído de la jauría de pibes que lo acorralan, el hombre toma de la mesa dos piezas al azar. Frunce el ceño, se demora unos segundos para analizarlas con aire de ingeniero y pone manos a la obra. Con un gesto delicado pero firme, ejerce la presión justa sobre los dos inertes ladrillitos de inmaculado plástico marca Lego. Entonces, sucede la alquimia, el encastre perfecto, musicalizado con un ruido sagrado: el clic de la cuestión. 
Cristian, 45 años, cultiva desde su más tierna infancia la pasión constructivista: "En casa no daba para estos importados. Mi viejo traía los Mil Ladrillos o los Rasti, nacionales". El escritor Rodrigo Fresán no se equivoca: la naturaleza de los juguetes –su precio y grado de sofisticación– probablemente sea el primer contacto que tienen los niños con la diferencia de clases. Hace años, Cristian le pasó el sano vicio a su sobrinito Tomás, de ocho, quien lo acompaña esta tarde en La Rural y se dice fan de la línea Lego Star Wars. El trabajo es en equipo, como en cualquier obra en construcción. Tío y ahijado suman pieza a pieza y terminan de edificar una casa de dos plantas hipermoderna, digna invención de don Clorindo Testa. "Después de tres horas acá adentro, estoy con los ojos chinos, liquidado", confiesa el tío copado.
Los miembros de la secta del ladrillo se adueñaron del Pabellón Ocre del predio ferial. La exposición Brick Live les permite devorar un banquete pantagruélico de más de dos millones de piezas listas para encastrar. El menú puede empachar a más de uno: piletas de ladrillos, pistas de ladrillos, una selva de ladrillos y de postre miles de baldes repletos del juguete fetiche. 
"La idea central del encuentro es poder construir sin límites. El que viene con tiempo puede armar la Muralla China", exagera Javier Pironi, director artístico del evento que tiene un largo historial en las principales capitales del planeta. Más de 20 mil personas lo visitaron en Palermo. "Es un espacio lúdico participativo para que padres que sienten pasión por este mundo se encuentren con sus hijos y tengan mil y una posibilidades de hacer lo que quieran", completa el curador, también cultor del "ladrillismo", que recuerda las tardes dándole duro y parejo al Rasti y al Mecano en su Junín natal. Con tono nietzscheano arriesga: "No lo dude, acá se vive el eterno retorno a la infancia. El ladrillo nunca pasa de moda".
Clic caja
Una paradoja: el principio de este mundo plástico está ligado a la madera. El carpintero danés Ole Kirk Christiansen fue el padre fundador del imperio Lego. En 1932 creó el juguete por el cual pasó a la inmortalidad: ladrillos forjados con leños nobles. A fines de los '40 comenzó a experimentar con los de plástico, que aparecieron hacia 1960, luego de que su fábrica de madera ardiera hasta los cimientos. En 1963, los ingenieros de la empresa dieron con la piedra filosofal: el acrilonitrilo butadieno (ABS), con el cual se siguen produciendo millones de piecitas hasta nuestros días. El mandamiento capital del Lego Group se resume en su nombre propio. Lego es una contracción del danés leg godt: "Juega bien". 
Pero el buen ocio tiene un precio, nada barato. "Un afano. Casi dos lucas una cajita con 200 piezas", se queja luego de pasar por el store Luis, un santafesino que hizo 700 kilómetros para conocer la expo. Su hijo Tomás nada despreocupado en una pileta repleta de bloques. Cuando sea grande quiere ser coleccionista. "Y yo le banco la colección con mi sueldo –ríe el padre–, es como ahorrar en ladrillos". Con la devaluación galopante de las últimas semanas, puede ser una gran inversión. 
Copias plásticas del Empire State, la Pirámide de Kukulkán, el Arco del Triunfo y otras joyas de la arquitectura tienen su lugar bien ganado en la muestra. La naturaleza no se queda atrás en el espacio Safari. Pacientes, las familias hacen fila para retratarse junto a estatuas de tamaño (casi) natural de un león y otras fieras. "Soy peronista, pero por la nieta voy a hacer el sacrificio de sacarme la foto con el gorila", bromea Graciela, llegada desde Rafael Castillo. 
Roberto Arlt decía que no puede ser considerado ladrón quien se lleva cuatro o cinco ladrillos de una obra. En el predio de La Rural, antes de partir, los fanáticos deben enfrentarse a las Honesty Boxes, las cajas anti-robo hormiga, que invitan amablemente a dejar las piezas olvidadas en algún bolsillo o en el fondo de la cartera. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 28 de mayo de 2018

La figurita difícil y el chupi

Gaspar repasa con voz chillona el opíparo padrón de figuritas que todavía no consiguió. "Puf, serán más de 200. Mi sueño es completarlo antes de que arranque el Mundial", se ilusiona el pibe de 12 años y se lanza en un mano a mano de cromos con Olivier, de siete, otro fanático de las autoadhesivas mundialistas, que se vino hasta el Parque Rivadavia desde Valentín Alsina. Lo acompaña su mamá María Rosa, infatigable, que lo marca bien de cerca, cual aguerrida stopper, cuando comienza el ritual del trueque musicalizado con el inmortal "late, late, late, nola". "¡Estamos todos locos! Hace un rato nos pidieron 20 fichus por la de Cristiano Ronaldo. Llenar el álbum no es nada barato: unos 2000 pesos", calcula la señora con aires de ecónoma. Con la estampita del egipcio Mohamed Elneny que obtiene en la transa, Olivier completa el plantel africano y lo celebra con el puño cerrado mirando al cielo plomizo. "Una menos –suspira María Rosa–, pero todavía nos falta la de Messi. En aquel puesto me la ofrecieron a 100 pesos. Mejor seguir buscando. Esto va a ser más duro que llegar a la final en Rusia."
Es un mediodía fulero, frío y con amague de lluvia en Caballito, pero a nadie parece importarle. Chicos, grandes, curtidos coleccionistas y vírgenes aficionados se dan cita –religiosamente todos los sábados y domingos, pero en masa en la previa del Mundial– para intercambiar las figuritas repetidas, conseguir las difíciles, comprar paquetes en promoción o simplemente compartir esta pasión que, cada cuatro años, nunca se despega demasiado del merchandising oficial de la gesta futbolera globlal, mucho antes y también después de que la pelota empiece a rodar. 
 El mercader de Caballito 
Orlando comanda uno de los puestos más concurridos del parque, a pasitos de la avenida Rivadavia, bien cerca de las garitas estables que ofrecen libros de segunda mano y literatura de primerísima calidad. Ha trajinado todas las categorías del rubro. Arrancó hace cuatro años, durante el Mundial de Brasil: "Me enteré de que la gente se juntaba para cambiar figuritas y cuando llegué no lo podía creer: pila de pibes. Yo soy vendedor de alma, y acá vi que había un negocio. Al otro día me vine con una caja de zapatos llena de figuritas." Así nació el pequeño emporio de Orlando: una tabla sobre cuatro cajones de fruta a manera de exhibidor, una docena de álbumes y cientos de paquetes –precio oficial: 15 pesos– que esperan ser degollados. En el gremio ya es un jugador de primera.
Este año, Orlando incorporó los fundamentales catálogos: "Y bueno, uno se va profesionalizando y hay que organizarse: son más de 600 figuritas. Los folios te ahorran tiempo y se ve mejor la mercadería." Entre las mil y una caripelas mundialistas que han pasado por sus manos, elige la estampita 322, la de Ikechukwu Ezenwa, arquero nigeriano: "Tiene cara de tipo divertido, jodón. Lo invitaría a comer un asado. Fijate". Tiene razón.  
Antes de regresar a sus tareas lucrativas –una jauría de compradores exige su presencia–, el dealer repite como un mantra el discurso oficial de Panini, la empresa propietaria de los derechos oficiales: "No hay figurita difícil, no hay figurita difícil… El problema es que la gente atesora la de Messi o la de Agüero, para pegar en la heladera o en un cuaderno". Agrega que las llamadas "leyendas" son las más cotizadas. Las postales del rey Pelé en México '70 y del Diego en el estadio Azteca van de 60 a 100 devaluados pesos.
 Algo de chupi y las App
"Acá hay algunos que son más usureros que el FMI", se queja un padre al pasar justo frente a una ronda de negociaciones. A unos metros, un caballero consulta atento en su moderno smarthphone el programa Checklist, una aplicación que le informa las figuritas que debe conseguir. Otro hombre agita por el aire unas planillas de Excel repletas de numeritos que parecen obra del ministro Aranguren. El parque también es una metáfora urgente del país. 
Jorge pulula por los puestos armado con un lápiz y un papelito, todo muy artesanal: "Hoy lo liquidamos, nos faltan sólo 20. Ojalá terminemos antes del mediodía, ya no doy más y me quiero ir a almorzar", dice el padre de Nico. El escudo de la AFA, el de la FIFA y el retrato del portugués Cristiano Ronaldo retrasan el pitazo final. "Me tengo fe –afirma Jorge–, ya en mi época completé el del Mundial '78. El trago amargo fue el del '74. Nunca pude conseguir la de Mukombo. Era un morocho de Zaire. Imposible." 
Andrés nunca pudo completar el álbum en su rol de hijo, pero sí como padre. "En 2014, acá mismo conseguimos las que nos faltaban. El Parque Rivadavia nunca falla", explica el papá de Martino y Timoteo. No es demasiado fanático del fútbol ni de los mundiales, pero disfruta de acompañar a sus hijos en el trajín de la búsqueda. "Creo que aporta en muchos campos. En lo educativo, porque los chicos le prestan atención a los números, pero también les abre nuevas culturas, geografías… Y sobre todo está el intercambio social. Pensá que muchos son pibes de departamento, y esto los obliga a salir, charlar con otros chicos, dejar la tablet por un rato", arriesga el psicólogo llegado desde Floresta. La versión digital del álbum que ofrece esta edición mundialista no le parece atractiva: "Son tiempos demasiado virtuales, pero no hay con qué darle a una buena figurita de papel".
En los '70, Juan José era un capo jugando al chupi. De las figuritas con caricaturas de aquellos años, nunca pudo olvidar la del "Loco" Houseman con cara de bohemio, la de Bochini con la pelota atada y la del aguerrido "Hacha" Ludueña. Hoy comparte la pasión con su hijo Juanchi, de siete años. Acaban de conseguir la última estampa que les faltaba: "Mirá si no vamos a estar contentos. Sin embargo, te cuento que antes tenía otro gustito: cuando llenabas el álbum, te ganabas una pelota. Imaginate, pasar de la pulpito a una de cuero. Festejábamos todos los pibes del barrio. Era como ganar un Mundial". «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá