domingo, 14 de octubre de 2018

De la cabeza

La dueña de la sombrerería Maidana tiene un don muy especial. Cuando un cliente entra a su local, Adriana demora una fracción de segundo en adivinar el talle preciso para su cabeza. "Debe ser la vista de sombrerera –explica–, herencia de mi familia, que tiene más de un siglo en el rubro". Su padre, su abuelo y su bisabuelo fueron sombrereros, y sus hijos dan una mano. Todos son auténticos artesanos de la buena sombra.
Con sus variados diseños, los Maidana han dado elegancia, estilo y reparadora protección a las cabezas de varias generaciones. Sin dudas, entrar a este clásico local de la avenida Rivadavia al 1900 es una invitación a recorrer la historia familiar. Como la tarde viene floja, por la crisis y la ausencia de clientes, Adriana se toma el tiempo necesario para repasar las andanzas y desandanzas de sus antepasados en el gremio.
Cuenta que el primer miembro del linaje fue Luis Maidana, migrante italiano llegado al puerto de Buenos Aires a principios del siglo XX: "Mi bisabuelo aprendió el oficio en Europa. Piense que Italia es la cuna del borsalino. Acá arrancó marcando tafiletes, el cuero que va dentro de la copa. Trabajaba para varias casas". Al poco tiempo, una idea le empezó a dar vueltas en la testa: ser su propio jefe. Entonces, Luis se asoció a otro obrero y empezaron a producir bombines y otras variedades en un caserón de Palermo. Los primeros años fueron duros, pero lograron abrir un local sobre la calle Victoria, frente al antiguo Senado.
El sombrero era todavía un signo de distinción patricia, aristocrática y por demás elitista. El poder siempre se sube a la cabeza: desde el chambergo de Bartolomé Mitre hasta las galeritas de la UCR antipersonalista de Marcelo T. de Alvear, pasando por el bicorne emplumado de Roca. En las antípodas estaba Hipólito Yrigoyen, que prefería diseños más populares como el bombín, heredero directo del jipijapa con que San Martín cruzó los Andes o el gorro frigio del escudo nacional. Adriana asegura que el "Peludo" era cliente asiduo de la casa. Dejaba su gastado hongo de fieltro para que lo reparara Maidana.
Luis Bonifacio, el hijo de don Luis, tomó la posta en los años '30. Cuando mudó el local a Rivadavia, comenzaba en la Argentina la edad de oro del sombrero. "Tomó impulso a nivel urbano con el ascenso de las clases medias –cuenta Adriana y señala una foto de Gardel coronado con su inmortal orión–. Los hijos de los inmigrantes tuvieron su primer sombrero. Era una señal de progreso". En esos años nadie salía a la calle sin la obligada protección sobre el marulo. El abuelo de Adriana vio florecer el negocio, pero murió joven.
En 1962, agarró las riendas su hijo Jorge y reorientó la producción hacia el nicho campestre. "Mi papá es un gran innovador. En los '70 diseñó el corazón de potro, nuestra marca registrada". Don Jorge rompió las hormas con un modelo de copa cónica y ala corta que batió records de venta entre los criadores de caballos de la Pampa húmeda, los paisanos de la Patagonia y los gaúchos de Rio Grande do Sul: "Hasta ese momento se usaba el campero, que es una derivación del sombrero sevillano. Mi papá ahora está con algunos achaques de salud. Pero antes de retirarse creó su último gran diseño: el hornero". La obra, inspirada en el trigueño nido del ave patria, puede apreciarse en las vitrinas del local. Chapeau!
Adriana es, desde hace años, la primera mujer al mando: "No me dedico a la producción porque implica mucha fuerza física. Soy cero agujas. Lo mío es la teoría del diseño y las ventas". También puede dar lecciones magistrales sobre la historia del sombrero. Y, quizá lo más importante para el cliente inexperto, tiene muy buen gusto: "Si el usuario es flexible, recomiendo un sombrero acorde a su contextura física, su corte de cara. A usted, que es alto, nunca le daría una copa demasiado alta, ni el ala muy chiquita. Un carajito no es para usted". Frente al espejo, se descubre que Adriana siempre tiene razón.
Sombrero en guaraní
Los sombreros Maidana son 100% fatti in casa. Daniel es el maestro artesano al mando del taller, un espacio enclavado al fondo del local, a plena vista del cliente, que atesora vitales herramientas con más de un siglo de trabajo a cuestas: pesadas planchas, hormas torneadas de madera maciza y el extrañísimo conformador, un objeto digno de la imaginación de Julio Verne que mide el diámetro preciso de la cabeza del cliente. 
Daniel es paraguayo, nacido y criado en la triplefronteriza Ciudad del Este. Trabaja en el taller desde 2011. "Cuando entré, prácticamente no sabía ni cómo ponerme un sombrero", dice, pícaro. Las sabias enseñanzas de don Jorge y Adriana lo han convertido en un experto en la materia. De los últimos que quedan en el país.
El artesano resume los pasos básicos del oficio. Primero, domar la materia prima (fieltro hecho con pelo de liebre compactado con fuerza centrífuga y vapor); enseguida, montarla sobre las hormas para marcar la copa; luego, la fina costura, el modelaje, el planchado… y listo el sombrero. El lento proceso demora tres días de ardua faena manual. Esta tarde, Daniel plancha con digna templanza paraguaya un modelo "tango", ideal para los pocos malevos que quedan en el siglo XXI.
La reparación es un servicio innovador que ofrece el profesional. Si el ejemplar se mancha o pierde su forma, es posible dejarlo como nuevo. Pero hay casos perdidos: "Si te lo agarran las polillas, fuiste. Porque el trabajo con el vapor estira los agujeros y rompe el fieltro. Ahí no queda otra que poner una pluma o una piedrita de color".
Daniel no hace gala de sus obras. Apenas atesora un par de sombreros de verano en su ajuar. Los usa en contadas ocasiones. "Por ahí es por prejuicio. A veces, mis paisanos me cargan. Es que en Paraguay, se le dice 'sombrero' al 'pata de lana' –ríe el guaraní–. Los amigos que saben de mi oficio no dejan que me acerque a sus mujeres".
Por una cabeza
Dice Adriana que los argentinos somos bastante conservadores: "Si salís a la calle con sombrero, te miran como un bicho raro, somos pacatos". Entre su clientela, destaca la afluencia de médicos, abogados y, por supuesto, trabajadores rurales: "No es masivo, antes era distinto, cambió mucho la manera de vestir. Y tampoco se usa sombrero en la ciudad por razones prácticas. ¿Cómo hacés para viajar en subte en hora pico? Imposible". Aunque el público adulto es mayoría, cada vez son más los jóvenes rockeros y tangueros de la nueva guardia que rompen el tabú.
Otro nicho novedoso es el de los clientes que llegan por prescripción médica. No es posible tapar el sol con un dedo pero sí con un buen sombrero. La sombra que regala un buen corazón de potro se consigue por $ 4200. Y por casi $ 5500, un auténtico panamá. Hecho a mano, claro.
Al posar con sus productos, la vendedora destaca su fetiche: un canotier de estilo gondoliere veneciano. Aunque no olvida las virtudes de las galeras inglesas de felpa. "No sé si volverá la época gloriosa. Menos en estos años de tormentas económicas. Igual, ya estamos acostumbrados a soportar vendavales. Y nunca se nos voló el sombrero".  «
Políticos con sombrero
A 50 metros del Congreso, la tienda Maidana ha vestido, sin distinción de ideologías, las cabezas de Alfredo Palacios, Arturo Illia, Carlos Ruckauf, Federico Pinedo y hasta De la Rúa, que prefería las gorras. ¿Su mayor desafío? Sin dudas, el campero extralarge de Eduardo Duhalde. También líderes de la talla de Lula y Bill Clinton protegieron sus ideas bajo el ala de un Maidana.
Publicada en Tiempo Argentino por acá.

sábado, 13 de octubre de 2018

Postales salvajes

En la primera postal se ve un curtido mapa de Norteamérica. Una línea tatuada con fibra gruesa se mueve a los tumbos desde el extremo sur del continente. Cruza la frontera del Río Bravo y atraviesa San Bernardino, Los Ángeles, San Francisco y se pierde en el infinito canadiense y más allá. El viajero ducho sabe que la cartografía oficial es solo una guía. Nunca es el territorio.
El mapa personal es otra historia. Muchas historias. La de Osvaldo Baigorria arranca hace más de cuatro décadas: “En enero de 1974 salí en tren y en parte a dedo a un viaje que me llevaría casi once año de búsqueda por territorios de la contracultura que se propagaba desde y hacia la Costa Oeste norteamericana”. Las primeras líneas de Postales de la contracultura: un viaje a la Costa Oeste (1974-1984), flamante libro editado por Caja Negra, son el punto de partida para que este escritor y periodista peregrino, nacido y criado en el barrio porteño de Mataderos, ensaye un fascinante ejercicio de memoria.
A partir de decenas de bellísimas postales salvajes, que capturó con las lentes de una Leica IIIC -perdida on the road- y una Pentax K 1000, Baigorria se anima a trazar un mapa personal, pero sobre todo epocal, de sus fugas y derivas de más de una década. Un documento que echa un haz de luz sobre el pasado pisado. Pero también sobre el oscuro presente y, por qué no, el incierto futuro que nos tocará recorrer.
Soltar amarras. La pulsión nómade de Baigorria floreció a principios de los '70, con las últimos calenturas que regalaba el “verano del amor” sesentero en estas pampas. En ese tiempo, el joven Osvaldo –miembro activo del colectivo Política Sexual- se lanzó a la aventura. Como un fugitivo, decidió escapar de la Buenos Aires opresiva y policial, previo al baño de sangre del Proceso militar. Tomó su pesada mochila, alambres y herramientas para forjar artesanías, y partió para hacerse la América rumbo a la tierra prometida de la contracultura.
En el horizonte divisaba un paisaje imaginario, enclavado en la occidental costa brava estadounidense. California dreaming. Paraíso del amor libre, las drogas, la psicodelia, el rock, los hippies, los poetas beat y la vida comunitaria. Cuando llegó a destino, el panorama era muy distinto: “Mi experiencia fue otra también porque el ‘afuera’ en el que me hallaba no era el de un cronista de Life o de Look que venía a observar el boom del hipismo en la Costa Oeste sino el del chico argentino que había querido participar de esta movida aunque arriba años más tarde, sin entender todo lo que estaba sucediendo a causa de la barrera del idioma aunque sin barrera ni prejuicio contra la cultura de la contracultura. La frustración era doble. No había llegado a vivir en el Haight-Ashbury en el ’67 ni en el ’74. California era una tierra prometida difícil de alcanzar hasta para los que nacieron en el medio de la promesa.” Laburar de sirviente con cama adentro en Silicon Valley, cuidar ancianos y aprovechar el pan de cada día que ofrecían los templos religiosos de Frisco eran también una forma alternativa de acercarse a la contracultura. Experiencias de migrante, latino y pobre. Devenir minoritario.  
Engordado por más de 40 postales y 70 potentes crónicas, divididas en tres apartados –“La ruta”, “La ciudad” y “El bosque”-, el libro de Baigorria se aleja de la saudade y el tono melancólico para explorar un sendero que se bifurca ante la reflexión sobre la(s) contracultura(s), desde aquellos años tórridos hasta nuestro frío presente. En Postales… hay espacio para todes: los beatniks, los pibes del flower power, las Panteras Negras, los yippies del Youth International Party (YIP), los ecologistas, las feministas, los drop outs, los freaks, la prensa alternativa, los nudistas, los desertores del hogar, de la escuela y del servicio militar… Nosotros versus ellos.
Se recuerda también a los compañeros de ruta, fiesta, cama y bosque. Como Hugh Elliot, un ingeniero autodidacta inglés que llevó la electricidad a los profusos bosques de Argenta, en la Columbia Británica canadiense, la comuna donde Baigorria ensayó su propio “retorno a la tierra” después del stop californiano. O Fernando González, un chicano pacifista ex combatiente de Vietnam que atendía un sex shop en Frisco. También la familia Stevenson: cuáqueros, enemigos de las guerras y siempre solidarios con los evasores de la cruzadas militaristas.
Memorias, ensayo, crónica de viaje, manifiesto, manual de supervivencia… El libro de Baigorria es difícil de clasificar, como toda su fascinante obra. No lo dude, querido lector, rompa el chanchito y cómprese un ejemplar. O siga el consejo del anarco Abbie Hoffman: vaya a una gran cadena de librerías, fíjese si el empleado está distraído y cometa un acto de justicia contracultural. Robe este libro.
Publicado en Tiempo Argentino, por acá

jueves, 27 de septiembre de 2018

Napalm y los caníbales

En combi, auto o bicicleta, caminando y también a dedo. Así se acercan los fieles metaleros hasta el Teatro Vorterix, en el barrio de Colegiales, para celebrar –en este martes de paro– un ágape de durísimo heavy internacional. Una misa extrema presidida  por dos popes del gremio: los veteranos ingleses Napalm Death y sus colegas neoyorquinos de Cannibal Corpse.
“¡Por suerte fue bien pesado el paro! Costó llegar, pero acá estamos, evitando el ablande”, dice antes de ingresar al coliseo Leonardo, curtido fana llegado a pata desde Villa Urquiza. Agrega que la caminata fue la entrada en calor para el pogo que compartirá con otros colegas en el ruedo. El cuarentón todavía recuerda la primera vez que vio a Cannibal Corpse en el estadio Obras, circa 1994: años dulces del nefasto menemato. Presentaban el mortífero clásico de clásicos The Bleeding (La hemorragia). Venían de tener un cameo en el film Ace Ventura. Jim Carrey era fanático del grupo liderado en esos años por el barbudo Chris Barnes. “En ese show tocaron con Escabios, Deicide y Ratos de Porao –se despide el heavy memorioso–. No sé si fue el pogo más grande del mundo, pero sí el más pesado”.
Los Morferus, crédito local, son los encargados del primer acto de la noche. La banda de Banfield no defrauda y el público, de estricta etiqueta negra, celebra su entrega con algunos aplausos. “El loco del martillo” es el punto más alto de su brevísimo presentación.
A las 20:30, con estricta puntualidad británica, los Napalm Death encienden su maquinaria pesada. Con más de 30 años en el palo, no hay signos de oxidación en los padres del grindcore. ¿La génesis de su historia? Pibes de suburbio que querían tocar la guitarra a la velocidad de la luz. En 1981, Nicholas Bullen y Miles “Rat” Ratledge, dos quinceañeros de la industrial Birmingham, decidieron eludir su seguro destino como obreros automotrices, armaron una banda anarco punk y salieron a tocar en pubs de mala muerte. Gracias a los fanzines y el goteo postal de sus cassettes, los Napalm Death llenaban tugurios. Misteriosamente, uno de esos cassettes piratas llegó hasta los estudios de la BBC. A las manos de John Peel, mítico locutor que, después de difundir el trabajo de los primeros punks y el tsunami de la new wave, puso sus fichas en el grindcore y el death metal. El primer “hit” de Napalm Death que hizo sonar en la radio fue “You Suffer”, luego inmortalizado en la placa Scum: un estruendo de un segundo y medio de duración acompañado de un haiku hardcore: “Vos sufrís, ¿pero por qué?” Cuando detona en Colegiales, el teatro se derrumba. El público pide bis, y la banda repite. Comandados por el histórico bajista Shane Embury y el movedizo frontman Mark “Barney” Greenway, sin dudas los británicos juegan de local en la Argentina. Barney, que es socialista, pacifista y anticlerical, deja su mensaje de apoyo a la lucha de los trabajadores del Estado. En sintonía, la platea entona el “hit del verano” antiMacri. Para el cierre, la banda hecha nafta al fuego con un cover antifacista de los Dead Kennedys. Sublime.
El plato fuerte de la jornada es servido por Cannibal Corpse, reyes del “brutal” death metal. Presentan su disco Red Before Black, un trabajo que no rompe con la tradicional receta de machaque, riff salvajes, gruñidos guturales y ácidas líricas bañadas en la cultura gore, zombi y sus satélites. Los Cannibal Corpse salen a comerse el escenario desde el arranque. El headbanging de los pilares de la banda marea. Hace temer una tortícolis atroz. En más de una hora, repasan gemas feroces de sus discos capitales: Butchered at Birth (Descuartizado al nacer), Tomb of The Mutilated (La tumba del mutilado) y el de título menos metafórico Kill (Matar). Obras –y artes de tapa facturado por el ilustrador Vincent Locke incluido– que durante muchos años sufrieron la salvaje censura en algunas partes del globo. El cierre del show es a toda orquesta. El cantante George Fisher le saca chispas a su garganta al hacer tronar Hammer Smashed Face(“Cara aplastada a martillazos”). Entonces, la familia metalera emprende el regreso a casa satisfecha. En paz.
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá.

Confieso que he bebido

El dueño del Museo del Whisky se toma un cafecito. El sol cae sobre Coghlan, y Miguel Ángel Reigosa hace tiempo en el bar. Aguarda la llegada de los primeros parroquianos.
La sede de la Asociación Whisky Malt Argentina, catedral local de la espirituosa bebida, luce con orgullo su elegancia british. "Lo corrijo: es más bien escocesa. El diseño está inspirado en todos los pubs que recorrí en mis 28 viajes a ese país –detalla Reigosa–. Quería tener bien cerca de mi barrio toda su calidez y afecto, y obviamente las mejores etiquetas."
De un saque, el caballero liquida el contenido del pocillo y confiesa que su corazón se divide en partes iguales –fifty-fifty– entre la humilde Siberia de Villa Urquiza que lo vio nacer y las ricas tierras escocesas que le dieron de beber. "Esta casa es un espacio de culto. Un resumen de mi vida." No le es ajeno al coleccionista que la palabra whisky proviene del gaélico escocés uisge beata: el "agua de la vida".
Desde hace cuatro años, el rejuvenecido caserón inglés del 1900, enclavado sobre la avenida Monroe, es punto de encuentro obligado para la logia de bebedores del scotch y sus satélites. Con más de 3000 botellas, el museo es el segundo a nivel internacional. En sus tres coquetos pisos también hay espacio para una tienda exclusiva y un restaurante-bar con la barra de whiskies más grande del continente. ¡Trescientas etiquetas al alcance de los vasos! "Pero ojo –advierte el especialista–, todo en su justa medida. No hay borrachos en el Museo del Whisky."
La historia que hermana a Reigosa con el brebaje creado en el siglo XV por el fraile John Cor arranca con una curda. "La última, con otro producto –aclara Miguel Ángel–. Era el '78, yo andaba por los 14 años. Había ido a bailar al boliche City Hall. En ese tiempo se tomaban el Séptimo Regimiento, el Chacho… unas bombas. Después del baile terminamos en la casa de mis viejos. Éramos como 12 amigos, con algunos tragos de más. A eso de las cinco de la mañana, apareció mi viejo. Nos miró serio y dijo: 'Mañana vengan con sus padres, tenemos que charlar'". Un día después, volvieron con los papás. Don Reigosa los recibió con dos botellas de Old Parr sobre la mesa. Les sirvió una medida y un consejo: "Cuando salgan tomen poco, pero bueno". ¿Qué recuerda Miguel de aquella cata iniciática? "Fue una maravilla, se me abrió un mundo que recorro hasta el día de hoy." Esa tarde liquidaron una botella. La otra sigue sellada hasta nuestros días. Entre la crème de la crème etílica de su colección, la curtida botellita de Old Parr es la más querida. La joya secreta del ajuar familiar.
Miguel egresó del industrial con el título de maestro mayor de obras. En el '82, estaba bajo bandera y lo mandaron a Malvinas. La guerra fue un mal trago que le dejó muchas lecciones: "Siempre digo que gracias a Dios me tocó ir. Puse el pecho por mi Patria. Los escoceses nos respetan por la guerra. Cuando voy a sus islas, me hacen acordar mucho a nuestras Malvinas".
De vuelta en Urquiza, primero fue vendedor en una casa de deportes y luego entró al mundo de las importaciones: "Cada vez que viajaba me traía una botella de single malt. Ahí se me despertó la veta de comerciante". La muerte del padre fue otro trago amargo que Reigosa digirió como pudo: "Cuidaba mucho a mi mamá, Celia. Por las noches lloraba y no podía dormir. Entonces me hice habitué del Café de Los Incas". En el boliche de Belgrano R encontró pares, amigos que lo sacaron a flote. La copa corta de boca ancha siempre estaba a mano. A principios de los '90 juntó todos sus ahorros, compró Los Incas y pasó del otro lado de la barra. Con sus socios se propuso tener la mejor de la ciudad. Brindaron cuando lo lograron.
Para los 2000, Reigosa ya era una figura mayor en el universo del whisky. Fundó la asociación –que hoy nuclea a más de 5000 socios y tiene seis franquicias en el interior–, arrancó con su programa de tevé Mundo Whisky y conoció y bebió a la par de los popes del arte de las barricas: desde Richard Paterson hasta Colin Scott, maestro mezclador de Chivas Regal. Hasta sacó al mercado el agua oligomineral William Wallace –homenaje al patriota escocés de las polleras– para mixturar con el trago. Sus más de 30 años en el gremio lo alejaron del purismo: "A mí me gusta el whisky con hielo, pero que cada uno lo tome como quiera. En el fondo, la que impone respeto es la botella".
Mensajes en la botella
"Antes de trabajar acá, odiaba el whisky", confiesa sin ruborizarse Patricia, atenta recepcionista y guía del museo. Tras las clases magistrales de Miguel Ángel y mil y una catas, su paladar cambió de parecer: "Me atrapó la diversidad de sabores, los irlandeses son exquisitos. Ahora tengo la costumbre de tomar uno los fines de semana, después de la comida. Fuera del horario de trabajo", sonríe la muchacha, y agrega que son cada vez más las mujeres que se acercan al club y rompen con el estereotipo del bebedor varón y añejo.
El padrón de la asociación –con membresía de 2000 pesos al año– también muestra un incipiente cambio demográfico entre los socios. Los sub 40 vienen ganando terreno. Lejos de la bohemia, en el bar reina un ambiente más familiar.
Otro Miguel, joven abogado, es habitué. Esta tarde comparte mesa y unas copitas de Arran, un malt finísimo, con Vera y Tadeous, una pareja de jubilados llegados desde Londres. "Acá hice muchos amigos. El whisky me suelta, me pone bien, es mi relax después de la jornada de trabajo. En casa lo acompaño con una barra de chocolate, mi ritual sagrado." Los visitantes juegan como de local. "Aunque es una bebida bien escocesa, no hay británico que se le resista. El paladar no sabe de nacionalismos", arriesga el londinense de jóvenes 90 años.
Gastón Gambo, comerciante de la madera y miembro del club, tiene un bosque de conocimientos sobre las cualidades del fiel roble de las barricas: "No es la madera más dura ni la más blanda ni la más estable. Pero, en promedio, tiene las mejores virtudes. Le otorga el sabor, el carácter. El roble americano le impregna ese gustito avainillado al bourbon. El europeo, ese sabor ajerezado y la pigmentación ámbar". Dice que la cata tiene estricta hora de largada, pero que la sobremesa y el diálogo ameno entre colegas pueden estirarse hasta el amanecer. El joven coincide con George Bernard Shaw. El whisky es la luz del sol en estado líquido.
Museo líquido
Los retratos de la dinastía Walker, los caminantes Alexander I y II, dan la bienvenida al museo. La sala es una pinturita. En las vitrinas lucen sus pócimas botellas de todo el globo. Las de fina etiqueta japonesa, la conmemorativa del casamiento de Lady Di y su príncipe infiel y hasta la que degustaron los pasajeros del Concorde en su vuelo de bautismo. Reigosa dice que probó el néctar de casi todas. ¿Su truco? Conseguir siempre dos ejemplares: uno para coleccionar, el otro para compartir con amigos. 
Cuenta que erigir el museo fue más duro que vencer a la peor resaca. Invirtió lo que no tenía y trabajó más de dos años codo a codo con los albañiles para hacer realidad su sueño. "Hace poco, una empresa francesa me quiso comprar la colección. Les pregunté cuánto pagarían por una vida. Porque estaba en juego la mía. Todo esto queda para mi hijito Lorenzo, el heredero al trono." La reina madre de la antología etílica es la Royal Salute 50 años, valorada en más de 40 mil libras esterlinas, una edición especial de 225 botellas.
Párrafo aparte merece la 62 Gun Salute, lanzada al mercado para celebrar el cumpleaños de la reina Isabel. Reigosa asistió al ágape. "Me costó ir. Justo coincidía con el cumpleaños de mi vieja. Además, lo charlé con mis compañeros excombatientes. Me dijeron que fuera, que los hiciera quedar bien." Alquiló un smoking en el barrio y se mandó para la capital del imperio: "Sólo tres argentinos conocemos a la reina en persona: el 'Turco', Adolfito Cambiaso y quien le habla. De Villa Urquiza al Palacio de Buckingham, quién lo iba a pensar".
Al despedirse, Reigosa convida una copa de Dylan Thomas, la etiqueta que rinde culto al brillante poeta que, cuentan las malas lenguas, pasó a mejor vida luego de beber 18 medidas al hilo. Una proeza digna del escritor galés. ¡A su salud! «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 9 de septiembre de 2018

Vaca muerta

"¿Te acordás cuando comíamos asado?" La pregunta se escucha al pasar frente al Museo de la Ciudad, en el corazón del casco histórico porteño. Con la ñata contra el vidrio, a una jubilada se le van los ojos al ver las piezas que integran la exquisita muestra "Carne", recientemente inaugurada en el edificio de Defensa y Alsina. En una época que vuelve a ser de vacas flacas, no es extraño que la carne bovina se convierta en objeto digno de museo. Y aunque todavía conserve el primer puesto en el podio culinario nacional –41,2 kilos per cápita por año–, cada vez pasa más lejos de la mesa de los argentinos.
Traspasar la plástica, muy colorida y desflecada cortina kitsch que cubre el acceso al museo permite repensar la relación que enlaza a las vacas, su carne y derivados con el metafísico ser nacional. Desde hace siglos, son el pan de cada día de los habitantes de este suelo. Vaquerías, saladeros, mataderos, frigoríficos: los bovinos marcaron a fuego el modelo de país. "Desde hace un tiempo, el museo decidió mostrar cosas que, de tan evidentes, no las vemos. El año pasado fue el alfajor, ahora la carne, un producto que forma parte de nuestra vida cotidiana: en cada cuadra hay un carnicero amigo, y en la ciudad quedan los vestigios de la industria de la carne", explica Ricardo Pinal, director de la institución.
La exposición se nutre del aporte de coleccionistas privados, de obras de los museos de los Corrales y de Zárate, del Mercado de Hacienda, del Sindicato de la Carne y de muy diversos artistas e investigadores ligados a la plástica, la literatura y el cine. "Carne" ofrece un menú bien diverso, segmentado en dos platos fuertes: la cocina de la industria cárnica y la guarnición cultural.
Una línea de tiempo permite recorrer los grandes hitos del país de las vacas. Arranca con la travesía desde el Brasil hasta la Pampa que realizaron en 1556 los hermanos Goes con siete vacas y un toro semental. Culmina cuando las exportaciones de carne llegaron a las 330 mil toneladas en 2008, durante el tórrido lockout sojero por la resolución 125. En el medio, la creación del primer frigorífico en 1883, o el asesinato del senador Enzo Bordabehere, en medio de las denuncias de Lisandro de la Torre por los negociados del nefasto pacto Roca-Runciman. Los trabajadores de la carne, que robustecieron los músculos del naciente peronismo, el 17 de Octubre del '45, también tienen su espacio.
Cuadros al óleo de bifes, lomos y mollejas, firmados por Micaela Gauna, adornan las paredes. También obras más populares: el Patoruzú de Dante Quinterno, la Vaca Aurora dibujada por Mirco Repetto y un grabado del maestro Carlos Alonso fechado en 1976, cuando los militares convirtieron a la Argentina en un matadero.
La instalación, que replica una carnicería del siglo XX, es otro detalle de color de la muestra. Y los afiches originales, a 50 años de su estreno, del mítico film Carne, regalan la carnosa imagen de Coca Sarli.
El cierre del paseo tiene su broche de oro justo enfrente del museo, donde una improvisada parrilla al paso ofrece choris, patys y jugosos sánguches de bondiola a precios populares. "¡Ochenta pesos el chori con chimi! Todavía no aumentamos", asegura el comerciante. Un aplauso para el asador. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 2 de septiembre de 2018

Hongos: la vida debajo del sombrero

En el bosque hay un duende regordete. Sonrisa dibujada, larga barba ya canosa, cuerpito por demás macizo y, por supuesto, gran bonete. Reposa relajado, quizá algo solemne, duro como toda buena estatua. "A veces pienso que debo tener algo de estos enanos. Y no lo digo por la barriga, sino por cómo me gustan los hongos. Son mi pasión", dice Gabriel Terzzoli, entusiasta micófilo y dedicado productor de muy diversas especies del reino funyi en la Villa de Merlo, provincia de San Luis.
"Primero, aclaremos los tantos –dice el caballero–: ni animales ni vegetales, los hongos son un reino aparte, del que no se sabe demasiado y todavía queda mucho por estudiar. Hay 250 mil especies conocidas, pero más de un millón y medio por describir. Tienen rasgos del reino animal. Por ejemplo, el gameto masculino es igual al del espermatozoide. Y también son seres que responden a los ciclos circadianos, los ritmos que tenemos los individuos de una especie. ¿Sabía que los humanos compartimos el 30% de los genes con los hongos? Pero vamos más despacio. Ya le dije que soy un apasionado, por eso creamos este espacio."
Terzzoli detiene su apasionado relato por unos segundos, otea el bosque al fondo de sus dominios puntanos como para tomar envión, pasea por los senderos de su memoria y luego se larga a recordar la génesis de MundHongo, el proyecto productivo que le cambió la vida para siempre: "Con mi familia queríamos estar más cerca de la tierra. Los hongos nos dieron esa posibilidad. Acá estamos, creciendo de a poco."
Larga vida al shiitake
Había una vez, allá por el año 2000, en la zona de Pergamino, un ingeniero agrónomo especializado en genética de semillas que se ganaba la vida trabajando día y noche para una empresa agroquímica de las grandes: "Un oficio que requería mucha atención y devolvía bastante tensión –recuerda Terzzoli–. Que viajar a China para buscar una semilla, que una escapada a Formosa para diseñar un híbrido de maíz… Cruzaba variedades de todo el mundo, un mejoramiento que se hace desde el principio de la agricultura." Cuando cumplió 38, en paralelo al desembarco de los transgénicos en las pampas, su cuerpo le hizo entender que el ciclo en el gremio semillero estaba terminando: estrés, colesterol. Necesitaba un cambio de vida. Así hacen su aparición estelar los hongos en esta historia. Para ser más precisos, el shiitake, el "hongo de la larga vida" que cultivan los orientales hace mil años.
Terzzoli los incorporó a su dieta por el sabio consejo de su esposa, Patricia Harper, madre de sus cuatro hijos y odontóloga de profesión: "El shiitake es el hongo que más se consume en el planeta, después del champiñón –explica la dama–. Por sus propiedades, es reconocido como el hongo de la salud: baja el colesterol, regulariza la presión arterial y fluidifica la sangre." En pocos meses, Gabriel estaba hecho un pibe de 40.
Quizá fue sólo una señal, un indicio de que su nueva vida recomenzaba bajo el sombrero protector de las setas. "Como buen descendiente de tanos, siempre me gustaron los hongos –aclara Gabriel–. Cuando viajaba al exterior, comía. Acá no había mucha variedad. La Argentina es un país sin demasiada tradición en el consumo. En Hong Kong o Alemania es como comer pollo. Producen mil veces más que nosotros."
De un día para el otro, Terzzoli comenzó a cultivar como quien planta tomates en el fondo de su casa. También se ilustró en la materia: "Las formas de siembra son a partir de una semilla de algún cereal inoculada con el micelio del hongo –detalla–. Para el cultivo silvestre se utiliza álamo carolino. Se le hace un tajo en el tronco y se pone la semilla miceliada. Es un producto muy noble, no hay con qué darle. Tienen proteínas como si fueran un chivito, pero son súper sanos, con muchas propiedades para el organismo."
En 2003, los Terzzoli levantaron campamento bonaerense y se mudaron a Rincón del Este, a pasitos del centro de Merlo y sus cerros. Pusieron manos a la obra y en poco tiempo, los hongos salieron como hongos. Cultivaron sobre troncos y en el sótano de la casa variedades de gírgolas y fueron pioneros en la producción del shiitake. La fama de sus productos corrió de boca en boca: los vecinos, los verduleros, los cocineros, los turistas cayeron rendidos ante el encanto de sus manjares frescos. Luego dieron un paso más allá con las conservas, los licores y los hongos disecados. Y desde hace un tiempo, sumaron un recorrido didáctico por el predio: Patricia da clases magistrales y su hija mayor aporta desde la academia: estudia Biología, con especialización en, obvio, micología.
Antes de comenzar el recorrido por el bosque, Patricia exhibe un exuberante sombrero de shiitake que podría alimentar a toda la casa imperial japonesa: "Creo que en la Argentina reina un gran desconocimiento respecto de los hongos –especula la señora–. Si tenés de estos en la heladera, te olvidás de ir a la carnicería. Podés hacerte un omelette, una tarta, un risotto, una ensalada. El menú es infinito."
Ojalá que llueva, que crezca…
En el subsuelo del bosque hay una selva de micelios. "En el reino de los hongos, lo esencial es invisible a los ojos –aclara Patricia mientras recorre los senderos_. El sombrero es el hijo, la flor, el fruto. El micelio, su cuerpo bajo la tierra. Es una red neuronal muy delicada que puede abarcar kilómetros, comunicar a este pino con el arroyo, contarle que estamos acá." Una suerte de antecedente silvestre de la Internet, que habita el planeta desde el comienzo de los tiempos. Inteligencia fungal.
La guía asevera que el micelio nunca muere. Sobrevivió a los grandes cataclismos de la naturaleza. También a los desastres generados por la mano humana, como las guerras mundiales y las bombas de destrucción masiva coronadas por hongos atómicos.
A los pies de un sauce crece saludable un ganoderma australe, una variedad muy utilizada con fines terapéuticos. "Me gusta decir que los hongos son muy potentes en todo lo que quieren hacer –explica Gabriel–: los medicinales y los comestibles, los venenosos y los alucinógenos… Todo lo que hacen, lo hacen con potencia."
Groucho Marx alguna vez dijo que todos los hongos son comestibles. Algunos solamente una vez. La amanita phalloides crece debajo de los pinos y cuenta con el más temible apodo de la colectividad: "El hongo de la muerte". Ante su carnoso sombrero cayeron mortalmente rendidos desde el emperador romano Claudio hasta el Papa Clemente VII.
Su familiar directa, amanita muscaria, tiene mejor fama, ganada en base a su techo colorado con pintitas blancas y sus dotes alucinógenos. La usaban los vikingos como vigorizante antes de enfrentar la muerte en combate, también Lewis Carroll para inspirar las aventuras de Alicia, los poetas beatnik para despertar sus aullidos, los pitufos como refugio y el fontanero Súper Mario para sumar puntos en la consola de Nintendo.
Antes de cerrar el paseo, Patricia se ilusiona con los trabajos de biorremediación que aplican hongos para resucitar suelos y ríos contaminados: "Sí que son potentes, por eso hay que respetarlos, traen esperanza", dice la guía, mientras convida unos champiñones a la provenzal admirables. Dos duendes la custodian a pocos pasos. Encantados. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

martes, 28 de agosto de 2018

Ginsberg esencial al desnudo

Primero destruyamos la mitología. Allen Ginsberg no es un mito. No es esa figura que muchas veces queda reducido al cliché del poeta barbudo, hippie, puto y drogón que integró la santísima trinidad beat junto a Jack Kerouac y William S. Burroughs. Eso sería como satisfacernos con un solo fotograma de una película monumental. Ginsberg es un personaje mucho más mutante, atrapante, poliédrico y sobre todo fascinante que una estatua erecta sobre puras leyendas.  
La antología Ginsberg esencial, a cargo del editor Michael Schumacher, permite zambullirse de cabeza en la obra variopinta de uno de los poetas cardinales (¡no tengan dudas!) del corto siglo XX. Más de 500 páginas que congregan los poemas, ensayos, entrevistas, canciones, cartas, diarios y hasta fotografías paridos por este escritor, profesor, ensayista, budista, letrista y fotógrafo revolucionario. Un hombre digno del Renacimiento.
El grueso volumen reúne desde sus piezas poéticas más populares hasta la temprana poesía en prosa de finales de los años cuarenta. También joyas incunables. El exquisito “La hora del almuerzo del albañil” del verano de 1947 pertenece a ese período germinal. Obviamente que no faltan clásicos como “América”, “Sutra del girasol”, “Por favor, Amo”, “Confesión del ego”, “Sutra del vórtice de Wichita”, “Kaddish” y su eterno “Aullido”. La última frase del prólogo a Howl and Other Poeam, escrito por William Carlos Williams, mentor de Ginsberg, es una invitación para lectores de toda estirpe, imposible de rechazar: “A arremangarse las polleras, señoras: vamos a entrar en el infierno.” Una línea tan reveladora como la primera nota larga del largo aullido: “Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas, / arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca de un colérico pinchazo.”
La antología no se acota a la obra poética y extiende sus fronteras a los ensayos, correspondencia y diarios que Ginsberg dedicó a sus experiencias con el LSD y el ayahuasca, su expulsión de la Cuba revolucionaria, sus admirados Whitman y Blake, la prosa espontánea, su nomadismo imperecedero, la sangrienta Guerra de Vietnam, la Generación Beat, confesiones a compinches como Neal Cassidy y a su pareja Peter Orlovsky y por supuesto el budismo. Un auténtico viaje al corazón de la contracultura de las últimas ocho décadas.
El cierre del libro está dedicado a la faceta de fotógrafo que exploró también Ginsberg. Incluye el memorable retrato de Kerouac, inmortalizado en una terraza del Lower East Side neoyorquino; Burroughs en el ala egipcia del Met; Cassidy enamorado en San Francisco; Gregory Corso matando el hambre en un ático parisino; y el veterano malandra Herbert E. Huncke, que con 76 pirulos mira altanero el lente con cara de pocos amigos, como siempre.    
Las últimas palabras de esta reseña, sin dudarlo, son para el poeta. En la llamada “Entrevista sobre el oficio”, publicada en 1970 en el New York Quarterly, ante la pregunta sobre el sentido de la alegría y la libertad en su escritura y lecturas, Ginsberg improvisa una respuesta que ilumina el presente: “La escritura misma, el mismo acto sagrado de la escritura, cuando uno hace algo de esa naturaleza, es como una plegaria. Cuando el acto de la escritura se hace sacramentalmente, se sostiene durante unos minutos, se convierte en un ejercicio de meditación que provoca un recuerdo de una conciencia del detalle que es una aproximación a la alta conciencia. A una elevada mente epifánica. Por decirlo de otro modo, la escritura es un yoga que invoca a la mente del Señor. Si uno se entrega a una escritura que le ocupa el día completo va avanzando cada vez más y más hacia el interior de su propia conciencia central.” Y no hace falta decir ni una palabra más.   
Publicada en Tiempo Argentino, por acá

martes, 21 de agosto de 2018

Dónde va la gente cuando llueve

Hoy no llueve. El cielo es diáfano, con una insignificante nube con forma de cucurucho que surca Boedo. Aun así, los clientes no dejan de entrar a la paragüería Víctor. "Es un clásico. Estuvo lloviendo todo el fin de semana y la gente se da cuenta de que tiene el paraguas roto o que directamente lo perdió. Hoy hay mucho laburo, aunque los días más fuertes son cuando el cielo se cae a pedazos", explica Gino, joven vendedor del veterano comercio. Detrás del mostrador, lo custodia una pared de paraguas novatos prolijamente exhibidos. Casi que se salen de la funda, ansiosos por tener su bautismo en el diluvio que viene.
En su oficina aguarda Víctor Fernández, hijo del legítimo pope del establecimiento, don Elías Fernández Pato, eminencia de la colectividad paragüera local. Mientras el pater familias disfruta de unas merecidas vacaciones en España, Víctor pilotea la pyme familiar de memoria: "Imagínese, mi viejo abrió su primer local, en la calle Castro, el 21 de septiembre de 1957. En esta esquina de Colombres e Independencia estamos desde los '70. Son más de seis décadas en el negocio". El linaje se inicia en Orense, al sur de Galicia, comarca donde, según los meteorólogos, los chubascos son moneda corriente: "El día que llueve, llueve. Y el que no, está por llover. En España, los paragüeros son todos gallegos", asevera Víctor sobre la tierra de sus antepasados.
Para evitar el servicio militar franquista y los obligados dos años en el África árida, don Elías dejó atrás el húmedo terruño a mediados del siglo pasado. Llegó al puerto de Buenos Aires y se conchabó en una fábrica de celulosa, en la zona sur del Conurbano. Fueron años borrascosos. Y, para ser precisos, no era dinero lo que caía del cielo. Un verano, harto de la línea de producción, tuvo una epifanía. Quién dijo que la lluvia no inspira. Para hacerse unos mangos, les pidió a sus primos, vendedores de paraguas, que le facilitaran una dotación del impermeable utensilio. Se jugó a suerte o verdad en las calles y aprendió los yeites del buen mercader ambulante. También a vocear su nuevo oficio: "¡Paaaaragüeroooo!".
En pocos días, Elías ganó el doble de lo que sacaba en la quincena. Renunció a la fábrica. Salió el sol.
Made in China
Don Elías vio florecer su negocio durante la edad de oro de la paragüería nacional: "Piense que en la Argentina comía mucha gente del paraguas: el que vendía, el que hacía los armazones, el fabricante de telas, de empuñaduras, de borlas, y hasta el que los reparaba. Era otra época", lamenta Víctor desde el presente, mientras pispea la avenida con nostalgia.
La familia Fernández tuvo representantes en todas las esferas productivas. Papá Elías vendía y arreglaba, mamá Haydée cosía y las tías armaban. La prosperidad del gremio se enfrentó con una tormenta bíblica en la década del '90 y nunca más pudo levantar cabeza. El tsunami "Made in China" ahogó al sector. "Pero no sólo acá, en todo el mundo. Ahora sólo existe el paraguas chino –asevera el comerciante, uno de los últimos de su especie en la ciudad–. Hacen ositos de peluche, despertadores, celulares… ¿cómo no van a hacer paraguas?".
El nuevo escenario económico marcó el regreso a las fuentes. ¿Los chinos saben de paraguas? Sin dudas. Lo inventaron hace más de 2400 años para protegerse de las lluvias, también del sol. Hay registros de "paraguas" en los bajorrelieves asirios de Nínive, en los frescos de los palacios de Tebas. ¿Habrán estado en la Semana de Mayo de 1810? En 1852, el inglés Samuel Fox inventó el primer modelo ultramoderno, con mecanismos de acero. A finales del XIX, fue moda en París y las damas de alta alcurnia se hacían retratar por Renoir y Monet bajo su cóncavo manto protector. Algunas décadas después, Mary Poppins lo transformó en un instrumento mágico.
El aura acompaña al paraguas hasta nuestros días. Aunque con menos entusiasmo: "Cuando era chico, la gente compraba paraguas como un artículo de familia, que pasaba de generación en generación –cuenta Víctor–. Uno bueno costaba como un buen par de zapatos. Ahora hay por 300 pesos en farmacias y kioscos. En la calle se consiguen por 100". El menú que ofrece el local de Boedo es muy variopinto. Desde los colorinches y populares por precios razonables hasta los premium que rozan los 10 mil desvalorizados pesos.
Víctor se ríe de los supersticiosos y en el corazón de sus dominios hace gala de las joyas de la familia. Abre un clásico paraguas inglés de los años setenta. Ostenta también las aristocráticas empuñaduras de caña malaca o de castaño. También un señorial austríaco, coronado con impermeable tela loden. Casi 13 mil mangos de pura elegancia. Otra perla, ideal para los amantes de las mascotas, deja a salvo de chaparrones indeseables a los caninos.
El asesoramiento al cliente sobre los buenos usos y cuidados es otro beneficio de tratar directamente con especialistas. ¿Las claves? Víctor no tiene dudas: abrir el paraguas siempre orientado hacia el cielo, enfrentando el viento; cuando está mojado, dejarlo secar abierto; nunca sacudirlo en forma brusca ni violenta; y por último, pero no menos importante, no guardarlo húmedo, porque el moho puede ser mortal. El producto, aclara Víctor, no tiene garantía. "El paraguas es un paraguas. No es un tractor".
Apuntes del subsuelo
En el subsuelo del local reina un silencio monástico. Sentado en un banquito, Facundo Garea, filosa aguja en mano, brinda las primeras curaciones a un ejemplar malherido que llegó al taller hace pocos días. "Hay que cambiar toda la tela y algunas varillas. Lo trajo una señora que lo heredó de su abuelo. Le dijimos que es un arreglo caro, casi como comprar uno nuevo. Pero está muy encariñada", cuenta el muchacho y pone manos a la obra.
Desde hace algunos años, este aprendiz trabaja codo a codo con el viejo Elías en el taller: "Arranqué como vendedor, pero una vez tomé coraje y le pregunté si podía enseñarme el oficio. Siempre me gustó armar y desarmar cosas. Y así aprendí, mirando". Con paciencia de artesano, Facundo se instruyó sobre el delicado desarme de las delgadas varillas y los sensibles resortes.
El cambio de la tela es el reto máximo que debe enfrentar todo paragüero de ley: "Lleva mucho trabajo. Hay que cortar los gajos a mano –dice el muchacho, rodeado por rollos de paño impermeable y un cementerio de varillas–,  luego coserlos con exactitud. Son uno o dos días a full". El óxido es otro mal habitual que aqueja a sus pacientes. La lija es el remedio que utiliza este profesional, en sus largas horas de faena en las profundidades.
Consultado por su paraguas fetiche, Garea deja ver su paladar británico: "Lo tenemos arriba. Negro, forjado en una sola pieza, con empuñadura de madera de avellano. Cuesta 9300 pesos. No me lo olvido ni a palos en el bondi". «
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domingo, 22 de julio de 2018

Vuelta y vuelta

Débora tiene bien ganado su apodo. En el ambiente la conocen como la Buscapleitos: "Me cobraron la séptima falta y me rajaron, cómo no voy a estar caliente. ¡Los referís son unos bomberos!", dice, áspera, la chica de La Plata, con mansa ira inyectada en su rostro maquillado con esmero. En la pista, sus compañeras del team Alianza Rebelde sienten la ausencia de una de sus principales figuras, en el choque con el equipo de Las Pibas, afiladas candidatas para conquistar el torneo Violentango 6, la competencia top del roller derby porteño. "¡Todo mal –espeta Débora, sin dejar de alentar a las guerreras rebeldes que caen como moscas en el campo de batalla–. La estrategia era que no nos sumaran puntos, pero nos están llenando la canasta." El tablero electrónico del Club Martín Fierro, en los arrabales de Villa Soldati, es irrefutable. Las Pibas suman 400 puntos, contra los modestos 70 del equipo cuyo nombre homenajea a la saga Star Wars. Hoy no las acompañó la Fuerza.
"Es una paliza. Y mirá que habíamos planificado el partido –se lamenta la blocker nacida y criada en Villa Elisa–. Habíamos pensado una táctica defensiva, pero ellas tienen un gran equipo. Acá vale más la maña que la fuerza. Desde afuera por ahí ves sólo pibas chocando. Pero el roller derby es mucho más que eso." Y no se equivoca. Este joven deporte de contacto va mucho más allá de la imagen estereotipada de chicas tatuadas, rápidas y furiosas, que colisionan sin ton ni son.
"Este no es el deporte de las mujeres rudas. Es otra cosa", asegura, categórica, Lucila Zandoná, miembro activa del capitalino Team Osom. Luego da una clase magistral sobre los fundamentos de la disciplina.
Lección uno: el roller derby se basa en el patinaje sobre ruedas alrededor de una pista oval. Primera aclaración, sobre todo para los futboleros, ¡no hay pelota en juego!
Lección dos: es un pasatiempo predominantemente femenino –aunque es practicado por hombres y hasta existen partidos mixtos– que hunde sus patas rodantes en el barro de la subcultura punk y, fundamentalmente, del girl power feminista.
Lección tres: los partidos constan de dos tiempos de media hora. Obviamente, en las canchas, que pueden ser de cemento alisado o de baldosas, se ven los pingos. Dos equipos de cinco integrantes compiten por ver cuál es más eficaz al aplicar tácticas y estrategias para infiltrarse, velocidad, viveza y espíritu de equipo mediante, entre las filas del adversario. En criollo, un malón que ayuda a una jammer (la solista que luce siempre un casco con una brillante estrella) a superar al otro pelotón. Cada vez que la jammer penetra la pared humana, el equipo anota un punto. "Mis compañeras son mi escudo y mi principal arma, el dribleo", asegura Lucila, pichona de "gambetita" Latorre y psicóloga de profesión.
Su biografía sobre ruedas podría resumirse en una dulce pero dura infancia llena de frutillitas, raspones y unas pocas caídas antológicas en los años en que las rueditas naranja eran monopolio en estos pagos. Luego, Lula Zan –el "derby name" tatuado en su casaca– tuvo un largo romance con el más fino y estético patín artístico. Pero en algún momento de su tardía adolescencia, el amor sufrió un porrazo. El roller derby la atrajo nuevamente al mundo del rodado: "Llegué por una nota que vi en Internet. Arranqué como fresh meat –carne joven– y tuve que aprender las reglas, pero como sabía patinar tenía la mitad del camino recorrido. Me gusta mucho el espíritu de equipo que se respira acá, de comunidad. De encuentro femenino", cierra la chica, y a pocos metros las muchachas en la pista se trenzan en abrazos rodantes.
Ruedan las ruedas
Aunque se popularizó a nivel global hace pocos años gracias al film Whip It, una comedia pochoclera dirigida por la exniña terrible Drew Barrymore, el roller derby tiene una larga historia. "Arrancó en Estados Unidos como carreras de patines entre mujeres, en los años de la gran depresión. Pero con el tiempo pasó a ser más un show, algo parecido al catch. Para fines de los '70 ya estaba agotado", cuenta con aires de historiador Cocks In Hell, un jugador de origen francés, radicado hace un tiempo en Buenos Aires. Esta tarde, el muchacho imparte justicia en los enfrentamientos entre señoritas: "El renacimiento del roller derby se da en 2005, en Texas, cuando se dictan las reglas actuales, pero también sus valores –agrega el juez franchute–. Es un deporte netamente creado por mujeres, por eso su veta feminista, pero sobre todo es inclusivo con la diversidad sexual y de género, también con la colectividad vegana. Con espíritu punk, autogestivo y muy horizontal." Actualmente, el deporte atravesó culturas y fronteras, hay campeonatos mundiales y las principales potencias son Estados Unidos y Australia.
"Y todo a pulmón", es el lema madre de esta comunidad del patín. "Para bancar los campeonatos y los viajes, damos charlas, preparamos comidas y vendemos nuestro merchandising", explica Verónica Córdoba, jammer estrella de la porteña Liga 2x4 y creativa diseñadora de indumentaria, al tiempo que vende pines, remeras y gorras a dos manos, en un puesto montado en la pobladísima tribuna del gimnasio de la calle Oruro.
En la pista, Vero utiliza el apodo Tropical Mecánico, alter ego que homenajea a una noble tela que, asegura, nunca se rompe. Cuenta que con sus compañeras entrenan religiosamente tres veces por semana en el Parque Chacabuco, abajo del puente de la autopista: "El roller derby es sacrificado desde lo físico, pero también por el tiempo que le sacás a la familia y a la pareja. No somos profesionales, no vivimos de esto".
Los costos de los insumos –la mayoría importados– son otro obstáculo a sortear. El equipo completo, que consta de patines, rodilleras, casco y protectores bucales, puede alcanzar los mil dólares. Pero las pibas siempre se la rebuscan. Así nació Ramona Wheels, un emprendimiento que comandan Vero y su fiel novio Lucas. Producen rueditas de resistente uretano para el incipiente mercado local, en una fábrica de Quilmes. Mal no les va. Sacan para pagar el alquiler y darse algún gustito. En los torneos, Lucas da una mano atendiendo el puesto y también oficia como relator. Es admirador de Víctor Hugo y se le nota en la elaboración de metáforas. Por ejemplo, estalla en un grito triunfal cuando la jammer de las Mandrágoras surca la pista como si fuera un barrilete cósmico: "¿De qué planeta habrá venido esta piba?" Cuando termina la partida, luego de la obligada vuelta olímpica para saludar a la hinchada, las jugadoras maltrechas reciben las curaciones de Helena, la terapeuta oficial de la liga. Sus dedos y sus agujas de acupuntura hacen magia. Por 140 pesitos hace olvidar un esguince en minutos. Laburo le sobra. "Nunca patiné –confiesa Helena–, siempre estuve del otro lado del mostrador. Además, le tengo pánico a la caídas."   «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 9 de julio de 2018

La delgada línea rosa

Mirna a través del espejo. Vestido corto bien ceñido al cuerpo, pañuelo de seda escarlata, collares prendidos al cuello, finas pestañas kilométricas, peluca rubia larga y lacia y –de sólo mirarlos dan vértigo– encumbrados stilettos. Un instante más frente al espejo para corregir el labial y listo. Toda una lady. 
"Esto es muy simple: cuando termino de maquillarme y me calzo la peluca, desaparece el varón y entro en modo femenino", explica Mirna, mientras taconea, delicada, por el departamento donde funciona la firma Crossdressing Buenos Aires, un emprendimiento que brinda espacio reservado y un minucioso asesoramiento a los caballeros que gustan de hacer realidad su fantasía de vestirse de mujer.
Mirna aclara que el círculo de los crossdresser porteños no es tan pequeño como aparenta. "Lo que pasa es que hay muchos prejuicios y por eso no se cuenta abiertamente. Imaginate si cruzamos al bar de la esquina y les digo a los parroquianos que me gusta vestirme de mujer. Lo primero que dirían es que soy puto. Y no, querido, a mí me gustan las mujeres, estoy casado y tengo hijos. Me gusta crear este personaje, la transformación completa, darle vida a Mirna. Un día rubia, otro morocha. La posibilidad de mutar, que generalmente los hombres no tenemos. Es un cambio de 180 grados de mi vida diaria de varón. Cruzar al lado B." Un pasaporte efímero, para atravesar la frontera de la delgada línea rosa.
A los once años, cuenta Mirna, tuvo sus primeras excursiones al lado B. Era fana de Kiss. Cuando sus padres salían a trabajar, aprovechaba para entalcarse la cara como el gatito Peter Criss o el estrellado y más glamoroso Paul Stanley. Lo hacía encerrada en el baño, su mundo privado. "Era un juego con el espejo. Me llamaba la atención saber quién se ocultaba atrás de ese maquillaje." Pero un día, dio un paso más: "Agarré un rouge de mi vieja y a ese mimo le agregué los labios rojos. Después algo de sombra celeste. Hasta que decidí sacar el talco y descubrí algo raro: una mujer".
La siguiente escena se desarrolla en el aula de un colegio industrial, a fines de los '70, durante una clase de Lengua y Literatura: "Mi profe montada en sus botas de taco alto –rememora Mirna–. Ella: toc, toc, toc en el frente. Y yo desde el pupitre preguntándome qué se sentiría estar sobre esos tacos". La respuesta la encontró en el ropero de su madre: "No había botas, pero sí unos taquitos. Me los puse con las medias azules del colegio y de golpe comenzaron las sensaciones". Un mundo de sensaciones.
Algunas semanas después, otra vez frente al espejo, empezó a afinar el ojo: "De repente me di cuenta de que las medias del cole no pegaban y me puse unas pantis color verde. ¡Uf, esa sensación del nylon sobre la piel!  Después fue probar un corpiño, para ver cómo se sentía. Pintarme los labios, caminar con los tacos. Era el despertar de las hormonas adolescentes. Me daba placer.”
Mirna pone stop en la narración. Se toma unos segundos, da vuelta la cinta y presiona play al lado A, la historia de G. ¿Qué puede contarnos? "Que desde aquellas experiencias, fue pasando el tiempo. Me puse de novio, me casé, tuve hijos. Estudié ingeniería, me especialicé en gas y petróleo. Nunca dejé de ponerme los tacos y la medibacha, pero mi primera mujer nunca lo supo."
En el ocaso del siglo se divorció. En esos días difíciles, Internet le abrió un nuevo mundo: los chats y webs cross: "Las vestimentas cruzadas, que es un palo diferente al travesti. Hasta ese momento, a lo sumo se encontraban en una página avisos con connotaciones sexuales del tipo 'te maquillo, te visto y te la pongo'. Pero yo andaba buscando algo distinto". Un día, por casualidad, descubrió un mensaje enigmático entre los avisos parroquiales del sitio travestis.net. Anunciaba los servicios de Crossdressing Buenos Aires. "Me acuerdo que había caído en cama con una gripe atroz de una semana. Pero al séptimo día me levanté, me afeité –entonces usaba una larga barba–, tomé coraje y llamé. Me atendió Claudia, nuestra hada madrina. Al rato estaba en su departamento." Fue la primera vez que pudo verse transformada de pies a cabeza. Pudo cumplir su fantasía más privada. Más deseada. Nació Mirna Ladyrouge.
Esta historia tiene un bonus track. Mirna cuenta que su actual pareja conoce su lado cross: "Me llevó un tiempo blanquearlo y que mi mujer me entendiera. Pero lo habló con su psicóloga y todo bien. No me vio nunca 'montada', no quiere perder mi imagen masculina. En el medio tuvimos dos fiestas de disfraces. Adiviná de qué fui disfrazada. De Batman o de D’Artagnan, obvio que no".
Cross country
Claudia Molina es una pionera. Experiodista, ducha maquilladora, dio sus primeros pasos en el gremio cross poco después de que el país se hundiera por la crisis de 2001. A la deriva, había perdido el trabajo y buscaba un salvavidas que la rescatara del tsunami económico. Una charla con un amigo de toda la vida le marcó un nuevo rumbo: "Me contó que le gustaba vestirse de mujer, sentir la ropa femenina sobre su piel por un ratito, cuando le pintaba. También me dijo que no era el único. Yo no tenía ni idea sobre el crossdressing." Pero empezó a indagar en la materia y entró a los pocos chats que había: "Era un tabú total. Si ahora cuesta hablar estos temas con la familia, imaginate antes. Mi amigo me dijo que andaban necesitando un espacio, un lugar que brindara asesoría en maquillaje".
Al principio fue un emprendimiento familiar. La madre modista de Claudia le daba una mano para adaptar los vestidos. Su padre, exmilitar, colaboró como maniquí, a la hora de probar la nobleza de las prendas extralarge. Mirna fue una de sus primeras clientas: "Fue como el bautismo de fuego –cuenta Claudia en el living de su reino repleto de pelucas y zapatos–, pero con el tiempo me di cuenta de que, la mayoría de las veces, el que venía tenía más miedo que yo".
Sus dotes como maquilladora y asesora de vestuario tuvieron que combinarse con la contención psicológica: "Para muchos, es como cruzar una barrera, y surgen muchas preguntas, sobre todo entre los que están casados y tienen hijos. Pero con el pasar de los años, todo cambió. En la actualidad, tres de cada diez clientes llegan porque se lo piden sus mujeres".
La sesión de dos horas en el departamento sobre la avenida Belgrano tiene un precio de 1200 devaluados pesos. Por 800 más, el caballero puede sumar el portfolio fotográfico que inmortaliza la experiencia. Por su ubicación céntrica, cuenta Claudia, son varios los clientes que se acercan en horario de almuerzo laboral: "Una vez por semana se dan el gustito". Su trabajo es pura creación: "Hay tipos que llegan y me dicen que quieren parecerse a Jennifer Lopez. Pero no hago magia, hay veces que el cuerpo no acompaña. Y cuando se miran al espejo, por ahí descubren que se parecen a una tía.”
La Banda del Golden Cross
Hace más de una década, Mirna y otras asiduas e ilustres concurrentes al departamento de Claudia Molina decidieron dejar el pago chico y ensanchar sus horizontes: "Queríamos sociabilizar, compartir experiencias o simplemente charlar sobre nuestros gustos. Las reuniones empezaron acá, en este living, nos juntábamos cada 20 días. Pero de repente nos empezó a quedar chico". Así nació La Banda del Golden Cross, un grupo de amigas que se reúnen religiosamente el tercer viernes de cada mes en bares y boliches friendly de la ciudad. Mirna es la maestra de ceremonias. Cuentan que hace delirar a la platea con sus playbacks de clásicos de Irene Cara y lady Baccara. 
"El común denominador es que nos gusta usar ropa de mujer, pero la verdad es que cada una tiene su historia", detalla Mirna antes de posar para el fotógrafo de Tiempo. Una banda súper variopinta. "Hay policías, arquitectos, pilotos de avión, tacheros, camioneros, militares y abogados. Quizá hasta algún compañero que tenés en la redacción se prende y vos ni te enterás. Sale del diario, se clava la tanga, se pinta, se pone una peluca y queda como yo. Si a vos te da curiosidad –Mirna giña un ojo y se ríe frente al espejo–, le podemos pedir a Claudia que te preste unos taquitos." «
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viernes, 22 de junio de 2018

Historia del crimen

Es septiembre de 1982. Ricardo Melogno, un joven de 20 años recién salido del servicio militar obligatorio, comete en pocos días cuatro asesinatos de taxistas. Tres en el barrio de Mataderos y uno en el Conurbano. Sin causa aparente, todos los crímenes tuvieron la misma mecánica. El asesino no dejó ni un solo rastro. Por varias semanas, el caso tuvo en vilo a la policía y a los medios masivos hasta que el propio padre de Melogno lo entregó a la justicia. Fue encarcelado bajo diferentes diagnósticos psiquiátricos: personalidad anómala, trastorno esquizotípico de la personalidad, trastorno de personalidad antisocial con núcleos esquizoides, cuadro delirante crónico, psicópata esquizo, perverso histérico, autista, entre otros. 

Treinta y cinco años después, Melogno sigue preso. Por discrepancias entre los psiquiatras forenses porteños y bonaerenses no pudo recuperar jamás la libertad. Pasó por una docena de presidios e instituciones de encierro. Fue obligado a ingerir toneladas de psicofármacos y sometido a muy diversos tratamientos. Y sufrimientos. En la actualidad, más que un serial killer, Melogno, un hombre ya mayor, luce casi como “un empleado público”. 

En Magnetizado, segundo libro del escritor chaqueño Carlos Busqued, se reconstruye el caso a partir de más de 90 horas de entrevistas, recortes de diarios de época, documentos forenses y testimonios de psiquiatras. Un texto de no ficción minucioso, raro, hipnótico, quizá inclasificable. Un breve periplo con paradas obligadas en la enajenación, el crimen, el encierro y la gris y fascinante psicología forense. 

Busqued lleva más allá las fronteras de lo literario, borra su subjetividad y poco más que desaparece del relato. En realidad, el autor se hace cuerpo en la edición y el montaje de las entrevistas. Un recurso heredero de la literatura non fiction de Rodolfo Walsh, también, por qué no, de la mexicana Elena Poniatowska. 

En su trabajo, Busqued evita la interpretación y el juicio, deja espacio para lo único que puede acercarnos a comprender la naturaleza de los crímenes: la magnética voz de su protagonista. Un preso, casi un fantasma, que al final del libro confiesa: “La única expectativa que tengo, la única deuda trascendental, es ser una persona. Yo fui una cucaracha. Después un monstruo. Y después un preso. Me gustaría ser una persona. O sea, no ocultar lo que fui, pero … ser una persona común. Cuanto más pueda desaparecer entre la gente, mejor.”

Publicada en Tiempo Argentino, por acá