domingo, 17 de septiembre de 2017

Cuestión de fe

Será cuestión de fe. "Si puede mover montañas, cómo no me va a ayudar a bailar cuatro horas seguidas", arriesga Omar Mercado, devoto. Desde el centro de la pista tira unas pataditas al aire junto a otros danzarines, mientras todos hacen sonar los cascabeles que llevan zurcidos en sus pesadas botas. La inmaculada figura de la virgen del Socavón de Oruro no los deja solos, ni de noche ni de día. Es el faro que alumbra el ensayo de la fraternidad: "Algunos bailan para aparentar, otros simplemente para divertirse. Pero los caporales lo hacemos por devoción a la mamita de la mina." Mercado no tiene dudas: la danza también puede ser una experiencia religiosa.
El joven chuquisaqueño es uno de los padres fundadores del Bloque Sambos Caporales Buenos Aires, filial local de la casa matriz orureña, una de las fraternidades de bailarines más populares de Bolivia. La génesis del proyecto se dio hace cuatro años. La nostalgia por el pago y la pasión por el rico folklore altiplánico reunió a una docena de entusiastas migrantes. La virgen fue el motor. Las ganas de difundir su cultura, el combustible. "Había grupos que se identificaban con la virgen de Copacabana –cuenta–, otros con la de Urkupiña… pero nosotros elegimos a la patrona de los mineros". Con la merced de la virgencita que reina en las entrañas de los trepanados cerros y se enfrenta al Tío, endiablada deidad de las profundidades, se especializaron en la danza caporal y comenzaron a ensayar a mitad de 2014. En pocos años sumaron medio centenar de voluntades al proyecto: migrantes bolivianos, peruanos, salteños, jujeños y también algunos porteños que disfrutan moviendo el esqueleto al ritmo de bombos, platillos y trompetas. 
Mercado es un eximio bailarín y estudiante atento del folklore latinoamericano. Puede dar clases magistrales sobre los secretos de las danzas bolivianas: "No sabe, hay muchísimas. Han sido una de las estrategias de los originarios para mantener vivos sus rituales. Los festejos son espacios donde triunfa la cultura popular, evitando la censura de las élites."
El caporal es una danza relativamente joven, que lleva en su ADN parte de esa historia, hibridada con la cultura urbana. Nació en los años '70 por iniciativa de los hermanos Estrada Pacheco, dos músicos del bohemio barrio de Chijini, en La Paz: "En poco tiempo se hizo masivo y hoy en día dice presente en todas las fiestas, incluso ha traspasado las fronteras y es moda en Chile, Perú y el norte argentino", explica Mercado, mientras coordina las piruetas de sus compañeros. El ritmo toma influencias de la cultura afroboliviana, con la saya y el tundiqui como referencias ineludibles: "La figura del caporal está inspirada en el capataz. Satiriza al traidor, que maltrataba a los esclavos con el chicote y vestía elegantes ropas que le daba el patrón." El baile cobija, en términos borgeanos, el tema del traidor y del héroe. 
En la sala de ensayo se escucha una vez más el ensordecedor repiqueteo de los cascabeles. Traen al presente las cadenas que padecieron aquellos anónimos esclavos. "De alguna manera –cierra Mercado– bailamos para recordar el sufrimiento de aquellos hombres y mujeres." Los caporales danzan cuerpo a cuerpo con la historia silenciada. Un baile con buena memoria. 
Amor de carnaval 
Sombrero borsalino, largas trenzas, chaqueta rosa Dior adornada con lentejuelas, minifalda al tono y taquitos haciendo juego. Vanesa, Ximena, Marytza y Shirley hacen gala de su elegancia chola, poco antes de incorporarse al ensayo. "Los trajes se mandan a hacer a La Paz –explica Marytza–, pueden costar hasta 400 dólares." Lejos de París y Milán, la alta costura boliviana domina el rubro. Año a año, cuentan las damas, cambian los diseños. La fiesta del Señor de Gran Poder y el Carnaval de Oruro son las pasarelas a cielo abierto que anticipan las tendencias de la temporada. En 2017 predominan las tonalidades pastel y se dieron los regresos triunfales del encaje y las transparencias en las mangas. "Los sastres paceños son muy profesionales, pero en época de fiestas se les pueden escapar detalles –resalta Marytza–. Por ahí llega el vestido a último momento y descubrís que te queda enorme. Me ha pasado de estar costurando toda la noche en vela, y terminar antes de salir a bailar." 
Ximena todavía recuerda la primera vez que vio a unas muchachas bailando caporal. Quedó fascinada: "Yo tenía seis años y mis papás nos llevaron a pasar los carnavales a Tupiza, donde tenemos familia. Ahí predominan otros bailes, como la tonada chicheña. Pero había un grupo chiquito de caporales, que bailaban re tarde. No sé si eran las mejores, pero les admiré la actitud". Cuando baila, confiesa, a veces se le viene a la mente la imagen de aquellas estoicas damas tupizeñas.
Carnavaleando en Villazón, la ciudad que limita con La Quiaca, Vanesa se enamoró del caporal… mejor dicho, de un caporal. "Ahí lo tiene, mire qué guapo y lo bien que baila. Cómo no me iba a conquistar", dice, al tiempo que señala a su marido César. Tienen un hijo, son comerciantes, viven felices en Ciudad Evita y se confiesan, obviamente, evistas de la primera hora. "Le debo demasiado al caporal –se despide Vanesa–. Trato de devolverlo bailando."
Lo primero es la familia
En febrero de 2015, los Sambos porteños tocaron el cielo con las manos. Ese verano debutaron en el Carnaval de Oruro, la meca del ritmo. "En Buenos Aires tenemos tres grandes festejos: las entradas de Luján, Avenida de Mayo y la del barrio Charrúa, en Bajo Flores. Pero Oruro es otro planeta. Es como jugar en La Bombonera", resalta Erik, el "Julio Bocca" de la fraternidad. "Nos ha ido muy bien –reconoce–, la gente delira cuando hacemos la pasada. Se sorprenden cuando gritamos que somos de Buenos Aires. Pese a ser bolivianos, para ellos somos los gauchitos. Y acá somos los bolitas." De su experiencia orureña, Erik no pudo olvidar el aliento ensordecedor de las tribunas, durante las cinco horas del recorrido. "Se baila hasta casi desfallecer –asegura–. Cuando se llega a la iglesia donde espera la virgen, es como entrar en el paraíso."   
Casi al cierre del ensayo, los pesos pesados de la fraternidad muestran toda su destreza. Los apodan los "Sambosos", por sus generosas barrigas. Los comanda Luis Fernando, un pediatra orureño con muy buen pie. "Los chicos son el pulmón; las chicas, la belleza; y nosotros, la sabiduría", saca chapa el hombre. Cuando era pibe y pesaba 60 kilos, llegó a bailar 13 kilómetros en un día. Dice que ahora está medio achanchado, pero todas las presentaciones las termina con la frente en alto. "Le cuento que de Bolivia no extraño ni el clima, ni la comida… La familia es mi patria. Bailamos todos juntos acá." «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 11 de septiembre de 2017

La fiesta del chongo

La noche está en pañales. Brian, en paños menores. Como carta de presentación, el anfitrión del Golden ofrece a las señoritas su sonrisa de marfil y músculos dignos de un semidiós griego. "No tenga dudas, la primera impresión es fundamental. Mi trabajo es como la chispa que enciende el fuego. Así las chicas van quedando en llamas para el show", alardea el joven pirómano, ataviado con un asfixiante chupín y fogosos tatuajes. Para completar el look, en su robusto cuello brilla un moñito de etiqueta. El auténtico portero de un infierno encantador. 
Mientras ubica a las damas en las mesas, Brian confiesa que hace seis años lleva una doble vida. De día se calza el traje para auditar las cuentas de un hotel. De noche, se lo saca para despuntar el digno oficio de stripper. Arrancó de casualidad, cuando un profesor del gimnasio le vio aptitudes para el baile sensual. Con los años, se curtió en la noche y comprendió que más allá de mantener tonificados los bíceps y bronceado el abdomen, el buen desnudista debe tallar sobre todo su carisma. Y tener la cabeza abierta para brindarse a todos los públicos sin prejuicios: desde los ardorosos boliches donde las mujeres celebran su última noche de solteras hasta las tórridas discos sólo para caballeros. "Es divertido ganarse la vida bailando, siempre hay buena vibra. En definitiva, le damos afecto al público, y todo vuelve." Esta noche lo custodia su novia: "Cero celosa, lo acompaño siempre que puedo." Acodada en la barra, la rubia sigue atenta el andar de Brian en la pista. Las chicas lo abrazan, le piden poses para una foto y hasta acarician sus pectorales. Ella ni se mosquea: "Es un laburo como cualquier otro. Pueden mirar, tocar, pero el corazón tiene dueña."
Historia al desnudo
"¡¡¡A quién le importa lo que yo haga!!! ¡¡¡A quién le importa lo que yo diga!!!". El clásico de clásicos de Alaska provoca el primer sismo. Un terremoto grado seis despabila a la aletargada platea femenina. Desde el pequeño escenario, la transformista Aaron Minett es la encargada de pilotear el viaje hacia el fin de la noche. Con su lengua karateka, golpea a diestra y siniestra. No se salvan las bravas cumpleañeras, tampoco las novias de América con el cadalso a pocos pasos, y mucho menos las divorciadas que regresan triunfales a las pistas. Hermanadas, bailan en éxtasis y recitan, como un mantra, el monocorde himno triunfal: "¡Chongo, chongo, chongo! ¡Chongo, chongo, chongo!".
Desde un rincón, Luis Ávila, histórico gerente del establecimiento, observa la bacanal con ojo clínico y, por supuesto, empresario: "¿Vio qué fiesta? Esto no se vive en ningún otro boliche de la ciudad. En Buenos Aires hay muchos que dicen ser herederos del Golden, el antiguo local de Esmeralda 1040. Pero son todas copias, nosotros somos los únicos que mantenemos la línea original. Respetamos la historia, porque fuimos parte de ella". Ávila cuenta que la semilla del mítico local dedicado al striptease sólo apto para damas fue plantada a fines de los '80 por el empresario Antonio Altamura. "Tony trajo la idea de Estados Unidos, un poco copiando a los Chippendales de Las Vegas. Fue una revolución, un boom, no existía acá, se vendieron franquicias a todo el país. El primer local estuvo en Corrientes y Libertad", precisa el hombre de negocios, al tiempo que un depilado miembro de su staff se desviste con parsimonia sobre las tablas.
La génesis del proyecto estuvo apadrinada por el productor Pepe Parada, personaje icónico de las mil y una noches porteñas, quien consiguió un salón prestado para el debut. Tenían el local, les faltaba el nombre. La ornamentación sobrecargada, dorada, resolvió el dilema. Tony y sus socios brindaron con abundante champagne y lo bautizaron Golden. "Nosotros agarramos la posta en Esmeralda –resalta Ávila–. Pero tuvimos eternos problemas con los vecinos por los ruidos molestos. Imagínese, era un edificio de nueve pisos y nos hicieron como 600 denuncias. Una señora del primero salía en camisón y se quejaba en la puerta, una locura. Todo eso obligó la mudanza a San Telmo." Del local en la esquina de Balcarce y México, Ávila puede rezar un rosario de anécdotas. Elige una del año 2008, cuando el director Francis Ford Coppola alquiló el boliche para filmar Tetro: "Teníamos una cena show vendida y no la suspendimos. Estaba el salón partido al medio por un telón. De un lado, los strippers y la joda loca; del otro, los camarines donde descansaban Vincent Gallo, Maribel Verdú y la hija de Moria. Gallo se fue puteando a la calle y Coppola se metió en un auto a tomar mate, pero los demás se prendieron en la fiesta."
Esta es otra época, "igualitaria", reflexiona Ávila, "y por eso ahora abrimos las puertas para todas y todos. Igual, el 80% del público es femenino. Las chicas saben que en el Golden tienen la diversión garantizada, vienen de toda Latinoamérica a festejar. La regla básica sigue siendo la misma: lo que pasa en el Golden, queda en el Golden." 
La hoguera de las vanidades
¡Vamo' arriba la celeste! Una docena de uruguayas disfrazadas de policías son las más bullangueras de la disco. Festejan que Yésica pasará a jugar en el equipo de las casadas. "No creo que estemos cosificando al hombre –arriesga la vocera de las orientales–, es más una picardía. Por ahí también un triunfo de todas las mujeres." A unos pocos pasos, varias chilenas brindan una vez más por la soltería de Claudia. La prometida luce una vincha coronada con dos micropenes. En el grupo se destaca la presencia de su suegra: "Que disfrute la noche, hoy tiene todo permitido… bue, todo menos eso", advierte la señora, se ríe y señala la generosa entrepierna de un fortachón.  
Con tan sólo 30 años, Jonathan es el bailarín más experimentado del Golden. Su largo currículum incluye miles de shows en arenas porteñas y bonaerenses. "Desde pibe que quería laburar de stripper y a los 19 años pude debutar. Ganaba muchas chicas y me gustaba la joda. El trabajo no me defraudó. Y de a poco empecé a tomármelo en forma más profesional", dice el morocho nacido y criado en La Matanza profunda. Mientras se acicala, asegura que a esta altura del partido podría escribir el manual del buen stripper, con lecciones sobre cómo manejar la adrenalina, evitar los arañazos y conseguir una erección prolongada. Se mira fijo en el espejo y dice que no tiene referentes: "Sé que no soy muy lindo, pero estar arriba del escenario te da un plus. Igual, por ahí una chica te dice cosas durante el show y después, cuando salís vestido, ni te reconoce." Hace unos años, hastiado de interpretar personajes estereotipados como "el doctor", "el bombero" o "el cowboy", decidió romper los paradigmas: "En esto ya estaba casi todo inventado, por eso se me ocurrió hacer el show al revés. Salgo desnudo y me voy cambiando. Es el que mejor me sale." 
Jonathan pide cerrar la charla. Debe concentrarse antes de salir a escena. Pocos minutos después, irrumpe sobre las tablas totalmente despojado, como su madre lo trajo al mundo. Con una mano adelante y otra atrás. Desnudo, sobre un escenario desnudo, bajo una lluvia torrencial de suspiros.  «
Publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 28 de agosto de 2017

Cuando el viento sopla

Mientras dirige la batuta, Omar Federico sopla una zanka y golpea el bombo con milenario fervor. Al hombre orquesta lo custodian sus compañeros de la agrupación Wayra Q' Qantathi. Frente a una tórrida fogata, suspiran con sus sikus la postrera kacharpaya, como se llama a la fiesta que despide el carnaval. 
Pocos pasos más allá, decenas de bailarines giran en ronda, tomados de las manos. La imagen parece sacada de algún festejo en las alturas de la Puna. Pero si uno ajusta la mirada descubre que no hay cerros de siete colores sobre el horizonte, sólo el gris paredón del cementerio de la Chacarita como fondo.
"Para los que amamos la sikuriada, este encuentro demuestra que la cultura de los Andes también existe en Buenos Aires. Le aseguro que no tiene nada que envidiarles a las fiestas mayores que se hacen cerca del Titicaca", explica agitado Federico, motor fundador de la banda originaria de Parque Patricios. 
No se equivoca. Con 13 ediciones en su historial, el Mathapi Apthapi Tinku se ha transformado en convite obligado para los cultores de la música andina en el llano: migrantes llegados de Jujuy, Salta, Bolivia, Perú, Chile y Colombia, pero también cientos de bonaerenses y porteños de ley. 
Federico es uno de ellos. Su flechazo con los ritmos del Altiplano se dio a principios de los '80. "Venía de otro palo, más pesado. Me tiraba más una Fender que una zampoña –bromea–. Coleccionaba long plays de Zeppelin, Purple y Black Sabbath. Pero por curiosidad fuimos con un amigo a ver un recital en Canal 13. Tocaban Jaime Torres, Chabuca Granda y Domingo Cura. Fue un clic. Dejé los riff rockeros y arranqué a tomar clases con un músico salteño." 
Federico formó parte de muchas agrupaciones, se transformó en maestro de sikuris y dedicó su vida a descifrar los secretos de la saya, la diablada, la morenada, la cueca y decenas de géneros más. Con los años, pero sobre todo con la práctica, aprendió que el virtuosismo individualista no tiene espacio en la sikuriada. "Lo importante es sentirse parte de una comunidad", explica. "El siku no puede tocarse solo, necesitás compañía. Cuando soplamos las cañas, estamos conversando. Es un diálogo comunitario."  
Festejos y contrafestejos
El jujeño Marcelo Torres llegó a Buenos Aires en el '79 con una valija repleta de sueños. Y de sikus. "Vine a estudiar para técnico electromecánico. Y en los ratos libres, para engañar a la nostalgia, me juntaba a tocar con otros paisanos", evoca uno de los organizadores históricos del encuentro. Por esos años, los migrantes andinos y su cultura eran despreciados por los porteños: "El siku era mal visto. Así que decidimos juntarnos, armar bandas en el Centro Kolla y salir a la calle." En 1992, el contrafestejo por el quinto centenario sembró la semilla del Mathapi. Arrancaron con tres agrupaciones. Este año dan espacio a más de 40. Que el Parque Los Andes sea el espacio que los recibe no es casualidad. "Acá estuvieron nuestros hermanos del Malón de la Paz, cuando vinieron a reclamar sus tierras –destaca Torres–. No nos juntamos para hacer música y punto. Los aymaras, los quechuas y los kollas queremos mantener viva nuestra cultura, nuestra historia."
Mariana Barrios, hija de migrantes andinos, es una de las que pone el cuerpo en cada edición. Integra la agrupación Ayllu Sartañani, "comunidad, levantémonos" en aymara. "La idea es levantar los sikus para pelear contra el capitalismo, contra este sistema que nos alejó de la armonía que teníamos con la naturaleza", cuenta la joven y convida un puñado de hojitas de coca. Al Mathapi vino con sus hijos, apasionados de los italaques y los taquiles desde la panza: "Con Sartañani hacemos mucho trabajo en las escuelas, para que los chicos no sientan vergüenza de sus orígenes. Es importante contarles la verdadera historia, la que escribieron Bartolomé de las Casas y Galeano. Acá hubo un genocidio y no un crisol de razas. No se puede tapar el sol con un dedo." Antes de despedirse, señala un pasacalle colgado en el parque, que grita por la libertad de los presos mapuches y la aparición con vida de Santiago Maldonado: "Antes decían que no éramos humanos, nos llamaban salvajes. Ahora dicen que somos terroristas, violentos, usurpadores. Como le dije, hay que tener presente la historia. Para que no se repita. 
No se baila así nomás 
Multicolores wiphalas flamean en el parque. Las familias se agolpan frente a los puestos que ofrecen empanadas salteñas y manjares más sofisticados, como la vanguardista pizza de quinua o el meloso licor de coca. El elixir es obra de Franco Rizzuti, un cocinero de raíces ítaloargentinas y corazón quebradeño. "Es un proceso artesanal, lleva justo un año de trabajo. De agosto a agosto, porque le pido permiso a la Pachamama", cuenta y ofrece una copita, previa ch'alla obligatoria. Agrega que quiere desmitificar el consumo de la sagrada hoja del inca: "Lo dice el Evo y yo lo repito: la coca no es cocaína". 
La idea de reciprocidad e intercambio, que circula en los Andes desde tiempos inmemoriales, cobra vida en Chacarita. "Aunque estemos en un espacio urbano, este es un auténtico apthapi, la comida comunitaria que realizan los agricultores cuando terminan su faena. En el campo, se tienden aguayos y cada uno aporta lo suyo. Todo el mundo comparte, nuestra cosmovisión rescata la solidaridad", explica el sociólogo boliviano David Mendoza Salazar. El académico llegó desde La Paz, la capital aymara del mundo, para brindar una charla abierta sobre las mil y una danzas que florecen en los cerros. Su última obra se titula No se baila así nomás. Mientras mueve el esqueleto al ritmo de las zampoñas, confiesa que su ritmo favorito es la moseñada: "Se baila en la época de jallupacha, de fertilidad, para que la tierra dé sus frutos. Es el tiempo en el que bailan las flores y las papas."
Marta Arapa es la bailarina número uno de la filial local de los Intercontinentales Aymaras de Huancané. La agrupación peruana es una de las potencias de la superliga de sikuris. "Los argentinos han empezado a valorar nuestra cultura –reflexiona–. Nosotros somos muy querendones de las costumbres de este país. Y me gusta que el amor sea recíproco. No se olvide de que todos somos hermanos." La señora Arapa luce larguísimas trenzas, camisa naranja, pollera verde trébol y un par de abarcas todoterreno. Al bailar, hace girar los wichi-wichi que lleva en sus curtidas manos. De su Puno natal, confiesa, extraña los atardeceres junto al sagrado Titicaca y los suculentos platos de pejerrey, arroz y papines. También los kilométricos festejos en familia: "El peruano es de mecha larga –se despide antes de salir a escena–. Baila, toma, baila, come, duerme y vuelve a bailar. El peruano no muere fácilmente".«

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 21 de agosto de 2017

Tiempo del firulete

Parece de manual, pero el día empieza con "El arranque". En el predio de La Usina del Arte, el clásico inoxidable de Julio De Caro es la banda de sonido que da la bienvenida a los bailarines. Mañana diáfana en La Boca. Horario difícil para las parejas de milongueros que, agitadas pero sin perder un gramo de elegancia, apuran el paso para llegar puntuales a los camarines. En pocos minutos se largan las rondas clasificatorias del Mundial de Tango. Este año, el evento capital del 2x4 reúne a 636 parejas: los grandes valores del tango nacional pero también uruguayos, japoneses, daneses, ucranianos... Cuarenta y ocho naciones dicen presente.
"Nosotros preferimos tomarnos nuestro tiempo, señor. No sé para qué tanta corrida. El tango siempre te espera", asegura Ignacio Giannini,  pergaminense, con la máxima de Troilo como dogma de fe. Su partenaire, la chilena María José Garcés, apura un mate amargo y con dulzura da las últimas pinceladas de base sobre sus mejillas. Aunque bailan juntos desde hace un mes y monedas, sienten que se conocen de siglos. "El tango tiene mucho de magia. Si es por bailar, uno va a la milonga y baila con cualquiera. El hechizo empieza cuando conectás. Creo mucho en la ley de atracción, y les pedí a los santos del tango para que me trajeran a Ignacio. Al final se hizo el milagro", asegura la devota trasandina. La parejita ensaya un firulete y revela sus armas secretas: "Miles de horas de práctica, dar amor sobre el escenario y, para alejar la mufa, encomendarnos a San Pugliese. Nunca falla." 
Sophia y Nicolás juran y perjuran que en su Corea del Sur natal, el tango pelea cuerpo a cuerpo en popularidad con los caballitos de batalla del marketinero K-POP. A lo sumo, arriesgan, pierde por una cabeza. Desde hace años, Nicolás se gana el mango como profesor de baile en una academia en las afueras de Seúl. Con serenidad oriental y mínima labia porteña, transmite a sus pupilos los secretos de la danza rioplatense. Hoy lleva el 179 prendido como un abrojito en su saco oscuro. Cumple el sueño de debutar en la meca del ritmo. "Esto es como el final de un largo viaje, que comenzó hace 20 años, cuando escuché 'Nada', por la orquesta de Di Sarli. En el escenario voy a tratar de sentir la música como la primera vez."   
Nosotros dos
En el auditorio de La Usina, las parejas giran como el mundo. Compiten en dos categorías: la tradicional Pista y la versión más vanguardista en su formato Escenario. Ahora es el momento de los puristas. Como corresponde a un código básico de la milonga, van trasladándose por el borde de la pista en sentido contrario a las agujas del reloj. Le sacan viruta y chispas al piso. "Cuando arranca la música, se borran el tiempo y el espacio. Siento las piernas de ella, cómo se conectan y desconectan con el piso. Se da como una 'fusión molecular'. El tango tiene mucho de química", explica Filippo, un italiano con un aire a Franco Nero, que participa en el Mundial junto a su esposa Katerina. Si tuvieran que escribir un libro de los abrazos que compartieron en las milongas, la noche del 10 de junio de 2011 tendría un apartado especial: "Yo tuve muchas parejas de baile –asegura la morocha milanesa–. Pero ese día Filippo me cabeceó, salimos a la pista y no nos separamos más. Me lleva, pero sobre todo me siente. Por algo es mi marido". Ante el desafío de clasificar a las semifinales, enfrentan un dilema existencial: "Es que este domingo nos invitaron a una parrillada –confiesan–. Se va a poner difícil elegir si venimos a bailar o si nos comemos un rico asado." 
Poco antes de salir a escena, los jujeños Marcelo Torres y Edith Salazar lucen su pinta ejemplar. Traje azabache y a finas rayas para el caballero, con el detalle de la corbata rojo punzó haciendo juego con el apretado vestido shocking de la dama. "Los diseñó una modista amiga allá en El Carmen, de donde somos. Y una prima se encargó del bordado de los detalles de las piedras fantasía. En la fiesta del tango queríamos estar de gala, con un look bien pasional", cuenta la veinteañera. Aunque hoy los une el tango, los norteños se conocieron bailando zamba, en la Fiesta del Quesillo de San Antonio. "No nos importan las diferencias, nosotros bailamos –dicen a coro–. Cuando entramos a la pista, es como que compartimos el mismo lenguaje. Y solo hablan los cuerpos." 
Con su moño al cuello, Leandro Benítez rinde homenaje al oficio que le permitió conocer Buenos Aires y debutar en las grandes ligas. "En Chilecito soy mesero. ¿Dígame si no estoy buen mozo?", pregunta el muchacho entre risas. Lo marca de cerca Anabel Gutiérrez, su novia y pareja de baile estable. "¿Sabe?, a los que dicen que el tango es machista, porque la mujer se deja llevar, les digo que no sean tan anticuados. El tango es comunión", cierra la señorita, al tiempo que le estampa un amoroso piquito a su prometido.
Guardia vieja
El camarín es Babel en plena ebullición. Todavía lejos de la pista, las parejitas practican osadas quebradas. El profesor Gustavo Sorel acompaña a sol y sombra a sus discípulos. "Les doy una charla técnica y les explico los 'yeites'. Los jueces están muy pendientes del reglamento: no se pueden hacer boleos altos y hay que estar atentos con los enrosques... Pero lo más importante es que disfruten", asegura el hombre, nacido y criado en un bulín de San Telmo. Atesora un pedigrí tanguero curtido en salones de los cien barrios porteños. "Arranqué en los '70, cuando era estibador en el puerto. Mis compañeros me llevaban a las milongas de la Isla Maciel. Eran lugares non sanctos, de avería, donde te proponían bailar un tanguito y algunas cosas más", evoca. Después de aquellas iniciáticas incursiones al bajo fondo, Sorel sentó cabeza, tomó clases con los referentes, estudió al dedillo la danza, la anatomía y los códigos del lunfardo. Ahora es todo un profesional: "A mis alumnos les doy un solo consejo: estudien con el que estudia."  
José Meno es un auténtico guapo del 900, miembro de honor de la vieja guardia porteña. "Señor, yo siempre participo en tango Pista. Escenario es un curro for export, un cuentito para los europeos", asegura el varón de Almagro. Entra a la cancha relajado, con el 235 tatuado en la espalda y un prontuario milonguero grande como una casa. Frente al espejo, se retoca el jopo engominado: "Uno no sabe qué va a bailar, pero si pudiera elegir, no lo dudo, que suene 'Mala suerte', el himno nuestro. ¿Lo conoce? Es ese que dice: 'Yo no pude prometerte / cambiar la vida que llevo, / porque nací calavera / y así me habré de morir. / A mí me tira la farra, / el café, la muchachada, / y donde hay una milonga / yo no puedo estar sin ir.'" «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá.

martes, 15 de agosto de 2017

Todo un palo

La llanura llega lustrosa hasta el horizonte de palos. El hombre otea la lejanía y medita el tiro unos segundos. "No hay que dejar que un pino tape el bosque", filosofa Néstor "Bucky" Nicolini, erudito jugador de bowling, al tiempo que acaricia una bocha con devoción, en las instalaciones de la Sociedad Italiana de Tiro al Segno, Sitas, en el corazón de El Palomar. "Hay que tener muchos factores en cuenta, como los efectos de la bocha –asegura–. Pero la clave es conocer bien las canchas: de madera, sintéticas, laqueadas...  Hay lugares muy difíciles. Tranquilamente puede llevar 20 años dominar el terreno."
Nicolini es un baqueano experto en la geografía de las boleras nacionales. Con 63 años sobre el lomo, lleva más de 40 derribando bolos con la potencia de sus bombazos. Su fervor por la disciplina de palo chico arrancó en los '70, años tórridos de la primera "fiebre del bowling" en estas tierras. Su bautismo de fuego fue en el club Morón. Con la vuelta del general Perón al país, Nicolini y su barra de amigos resignificaban una de las máximas justicialistas: iban de casa a la bolera y de la bolera a casa. "Estaban los clubes, pero también empezaban a proliferar las confiterías. Era una salida económica, bien popular. Te tomabas una gaseosa, comías un sánguche y jugabas unas líneas por menos de 2000 pesos moneda nacional, dos fragatas", recuerda, mientras calibra el primer tiro de la noche.
El grupo empezó bien desde abajo, en la tercera división. Un directivo de Morón les vio pasta de campeones y propuso federarlos. Dieron el batacazo y ascendieron sin transpirar. Dos años después, a puro strike escalaron a la máxima categoría. Nicolini dio un paso al costado cuando hicieron cumbre: la colimba, los estudios en la UBA y el trabajo docente lo alejaron por casi diez años de las canchas. Pero, se sabe, siempre se vuelve al primer amor: "Me reincorporé en el '85, en la mítica bolera Thaler, cerca de la estación. Armé un equipo y no paré hasta hoy." Durante la segunda gran ola del bowling, en los '90, paseó su magia por canchas de todo el país: Mendoza, Necochea, Saladillo. Ganó todos los torneos habidos y por haber. Cerró la década concretando el sueño del pibe: abrió la bolera propia en San Nicolás. El boom del bowling se empezaba a quedar sin pólvora. Y el crac de 2001 lo dejó nocaut: "Fue un golpazo, desapareció la clientela, casi pierdo la casa." Un auténtico strike en contra.
El yerro económico no lo alejó ni un milímetro de su pasión. Hoy trabaja en las canchas del Sitas y mantiene intacta la puntería. Nicolini toma carrera con elegancia, lanza la bola y se carga a la familia entera de palos. Antes de despedirse, enciende un rubio y recuerda su partido perfecto: "En el Palo de Oro, que se jugó acá. Hice 238 puntos, una locura. Lo más cerca que estuve del número perfecto."
Palo bonito
En pocos minutos, arrancan los cuartos de final de la Copa Federación, uno de los encuentros cardinales del bowling porteño. Rigoberto Sosa, presidente de la Federación Metropolitana, apura los últimos preparativos, antes de que los equipos den inicio al sagrado ritual de las líneas.
La institución congrega a los fundamentalistas del palo chico, el duckpin, la versión con más historia en nuestro país, frente al modelo globalizado –palos largos y bolas de siete kilos– que gana terreno desde los noventa. La tradición es también fuerte en Uruguay, Canadá y los Estados Unidos, donde se realizan torneos desde 1896. "No lo dudo, en la Argentina reina el palo chico. Será por nuestra forma de ser, de compartir. El palo grande es más individualista. Acá gana el compañerismo, el equipo", asegura Sosa.
Con algo de nostalgia setentista, recuerda sus rateadas del trabajo para regalarse un par de líneas en Palo Cero, una bolera que estaba enclavada en Bartolomé Mitre y Callao. Buenos Aires era la ciudad de los bowlings, había más de cien: "Ahora no hay tantos, y la gente joven no se acerca como antes. En el interior es otra historia, ahí está el semillero." A la hora de definir su estilo de juego, Sosa recupera las enseñanzas del uruguayo Héctor "Gurí" Guerrero, genio y figura del deporte bajo techo: "El mejor de todos los tiempos. Un innovador que entendía al bowling como una actividad creativa. Acá no es voltear palos y nada más, no es tan fácil. Y eso es lo que me hace latir el corazón cada vez que entro a la cancha."
Marta Bartolosi calienta su muñeca en la cancha 3, sin perder ni un solo gramo de glamour. Llegó al mundo de los palos cuando conoció a su marido: "Era fanático. Yo lo acompañaba, no jugaba. Estaba como intrigada y no entendía demasiado. Era un espacio de encuentro social donde reinaban los caballeros, eran pocas las mujeres que se animaban." Bartolosi demoró casi una década en pasar al otro lado del mostrador. Un buen día se anotó en la categoría damas, armó un equipo en el Sagitario de su Ramos Mejía natal y quedó prendida para siempre. Para las jugadoras, resalta, es más importante la maña que la fuerza: "No hay con qué darle a la técnica: una bocha bien colocada voltea todos los palos." Aunque comparte el lecho y las canchas con su esposo, Marta no mezcla los tantos: "No me gusta que me ande dando instrucciones. 'Que corré por acá… que tirá por allá'. Yo lo amo, pero tengo mi propio estilo."
Línea mortal
No hay dudas, el deporte hermana. Para muestra, basta con asomarse a la cancha 1. El equipo que conforman Daniel Alvarado, representante de Huracán, y Javier Alcoba, de San Lorenzo, deja en el olvido las añejas disputas de los enemigos íntimos. "Eso es puro folklore. Acá demostramos que lo importante es la amistad, y no las chicanas de barrio", asegura Alvarado, un morocho bien conservado, nacido y criado en Parque Patricios. Su joven compañero cuervo agrega: "Se vive algo muy lindo en el bowling. A mí me hizo conocer gente de todo el país. Voy a Tucumán, Miramar o Rosario y siempre están las puertas abiertas."
Hoy los espera una parada difícil. Enfrente hay un potente combinado que mete miedo: dos jugadores muy precisos que representan al Sagitario y a Bella Vista. Luego de miles de combates, Alvarado dice que está tranquilo. El quemero sabe más por viejo que por diablo. Nada de roscas, contrarroscas ni efectos combados. Su arma secreta es el bowling añejo: "La vieja escuela, señor. Caminata de tres pasos y la insuperable bocha deslizada." El pibe Alcoba es más pragmático: confía en la fuerza de su juventud y de sus bochazos estilo Gringo Scotta.
Antes del tiro inicial, priman los buenos modales, y los contendientes se dan un fuerte apretón de manos. Alvarado da el puntapié de honor. Respira hondo, frota la suela de cromo del zapato izquierdo contra la madera lustrada y sale disparado. En el horizonte, los machucados palos aguardan, estoicos, el golpe mortal. «
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lunes, 24 de julio de 2017

Hijos del circo

La previa no es el mejor momento para hacer payasadas. "No insista, señor. Sin el maquillaje no tiene gracia. Debe aguantar unos minutos, que ya casi comienza la función. No sea chiquilín", exige Bryan Palacios, al tiempo que esparce un poco de base rosada en sus generosos pómulos. 
Con tiernos 26 años de vida, y curtidos 20 ejerciendo como payaso, Bryan es una de las estrellas rutilantes del Circo Rodas. En la temporada alta por las vacaciones de invierno, la histórica compañía, que festeja sus 35 años, ancló su colosal carpa aurinegra en el estacionamiento del Parque Comercial Avellaneda, a pasitos de la autopista que une Buenos Aires con La Plata. 
Bryan cuenta que lleva el ADN circense en los genes. Nació, literalmente, en una carpa, la del Orfei: "Mamá era contorsionista, y papá, domador de leones. Estaban de gira por Italia. La cigüeña me dejó en la ciudad de Nápoles." Es sexta generación de cirqueros. Las raíces de su árbol genealógico artístico-itinerante pueden rastrearse desde el lejano 1823. Sus tatarabuelos belgas tenían una troupe en el Viejo Mundo. Luego, se asociaron con el mítico Sarrasani. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Europa no era tierra fértil para andar sembrando alegría. Entonces, decidieron cruzar el gran charco y traer sus artes a Latinoamérica. Desde hace 100 años, la recorren de punta a punta. "No soy de aquí, ni soy de allá –asegura Bryan, mientras ajusta sus zapatones–. Somos nómades. Tengo familiares desperdigados por todo el mundo. Con suerte, los veo cada diez años." 
A su hermana Luzian la ve bastante más seguido. Desde hace dos años, comparten el escenario. "Había renunciado el otro payaso y me ofrecieron el puesto. Al principio tenía muchos miedos, porque hay que tener coraje para ser payasa. Es un oficio tradicionalmente masculino. El primer día me temblaban las piernas y tenía cara de payasa triste. Pero después me fui soltando. Siempre me gustaron los retos y acá me ve, vivita y coleando", asegura la señorita. 
Prestos para salir al ruedo, nariz colorada y trajes en perfecta sintonía, los hermanos no olvidan las influencias del mejor de todos los tiempos: Carlitos Chaplin. También de los italianos, y más contemporáneos, Fumagalli y David Larible. 
"Payaso se nace, señor –asevera Bryan–. ¿O acaso cree que cualquiera le pude sacar una sonrisa a un niño?" Su hermana lo mira con desconfianza, luego estalla con una estrepitosa carcajada y agrega: "Nosotros tenemos alma de payaso. Hay días que antes de dormirme, apoyo la cabeza en la almohada y pienso que tengo el mejor trabajo del mundo. Y eso se lo digo bien en serio." 
Pan y circo
Señoras y señores. Chicas y chicos. Acomódense en sus butacas. La función está a punto de comenzar. El presentador Cristian García afina su garganta junto al telón. El oficio de crear climas con su voz lo heredó de su abuelo, Arturo Sifon.
"Arranqué en el circo familiar, soy quinta generación. Hace tres llegué al Rodas, es como jugar en las ligas mayores", revela. Luce una elegancia digna de un príncipe, que corona con un jopo. En su métier, ansía llegar al nivel del "Chango" Clavero, el "dios de los presentadores": "Estuvo tres décadas en este circo. A la hora de narrar las rutinas, intento copiar su forma de cautivar al público. Es difícil, porque estamos atados a los imprevistos. Esto es en vivo, se puede lesionar un artista o se rompe un aparato y hay que largarse a guitarrear." 
De repente, la música empieza a sonar bien fuerte desde los parlantes. Cristian recibe el llamado del deber: "En serio, nunca tuve la más mínima intención de salir de este mundo. Mire, tengo casa en Luján de Cuyo. Cuando estoy allá, llegan las siete de la tarde, el horario de la función, y siento que me falta algo. Debe ser esto…", y señala las tribunas.
El camarín está montado en un conteiner. Luis se pone una camisa reluciente y luego sopla una balada triste con su trompeta. "¿Por qué la gente sigue viniendo al circo? La verdad que no lo sé. Quizá por la magia de ver en vivo a un mago, a un acróbata, eso no pasa nunca de moda. Es raro, pero en esta época de Internet y de pantallas en todos lados, la fantasía no cambia.”
 Su compinche Moisés, trapecista chileno, cree que la clave es mantener el equilibrio entre la vieja guardia y la nueva ola: "Hay toda una nueva camada de artistas que son muy profesionales. Nosotros lo llevamos en la sangre, pero eso no te garantiza ser el mejor. Hay que ensayar todos los días y no perder el tiempo." 
Ya lo explicó el escritor Ben Hecht: "el tiempo es como el circo: levanta campamento y se marcha". Antes de despedirse, Moisés recuerda épocas más feroces del gremio. Cuando las medidas de seguridad eran escasas y los animales salvajes formaban parte del show. "Ahora se cuida más al trabajador. Y hay decretos que prohíben la participación de animales. Antes era muy común, yo les daba la mamadera a los leones hasta que cumplían los tres años. Es difícil que un chico criado en un circo no tenga una marca –cierra y se señala una cicatriz en su rostro–. Yo tengo está caricia que me dejó un puma." 
Dominique tiene los huesos de plástico. En su rutina, pone el cuerpo al servicio del arte del contorsionismo. "La preparación empieza, como mínimo, 30 minutos antes de salir a escena. La formación, mucho más atrás, para ganar en la elasticidad de los huesos y los tendones. Practico desde los tres, hoy tengo 15", dice la muchacha, mientras elonga cerca del escenario. 
Su maestro fue su padre, uno de los electricistas de la compañía. Dominique no puede imaginar su vida fuera de la carpa: "Me crié acá, como la mayoría de los 140 trabajadores que se ganan el pan en el Rodas. Y no digo que sea fácil esta vida en movimiento. Pero es la que elegí. Y no me arrepiento." 
Los dueños del circo 
El cónclave de la familia Gómez se da poco antes de subir las escaleras que llevan al cielo de la carpa. En pocos minutos estarán columpiándose a 13 metros de altura. No es tiempo de andar sacando trapitos sucios ni viejas disputas de alcoba. El número exige concentración máxima y, sobre todo, trabajo en equipo. "El nuestro es un acto de arrojo, con mucha valentía.  Participan mi marido, mi hijo y mis hermanos. Si hay problemas, quedan acá abajo. Trabajo es trabajo", se ríe Karen, la matriarca chilena de las Águilas Humanas. 
Entre las proezas que realizan alto en el cielo, se pueden destacar el "cruce de la muerte" y el "triple salto mortal", prueba máxima de la disciplina. "Seguro que nos gusta el riesgo, señor –asegura–. Las palmas del púbico nos hacen olvidar el dolor de las caídas." 
Es momento del número estelar de la tarde, el "Globo de la Muerte". Un aro de acero, seis motociclistas girando a 80 kilómetros por hora y toneladas de adrenalina. Julio César Bastías prepara su bólido. "Acá juegan las máquinas, pero también el factor humano. Hay que conocerse al dedillo, si no vienen los accidentes", explica el piloto. 
"A veces pienso que mucha gente está esperando el momento de la caída. Cada vez que termino tengo una sensación de victoria inigualable", sentencia al ponerse el casco. Antes de salir volando a escena, acelera a fondo y dispara: "Muchos dicen que la vida del circo es para vagonetas, porque no hay que levantarse a las seis de la mañana o cumplir un horario de oficina. Puede ser. Pero este es mi laburo, un trabajo bien libre, que le trae alegría a la gente. La vida del artista es así.">
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miércoles, 19 de julio de 2017

Polvo de estrellas

Rubén Danilo está caliente. "Es que me gusta arrancar a horario, señor, y estamos un poquito demorados. Ya tengo el set preparado para el casting en la planta alta, pero hay muchachos que todavía no dieron señales de vida", se queja el veterano director, referente del cine XXX nacional. Mientras baja la temperatura bebiendo un vasito de gaseosa con hielo, resalta que tuvo 120 interesados para participar del rodaje, protagonizado por la actriz Milena Hot. Casi un centenar, del interior del país. Caballeros que por 1000 pesos desean tener su debut soñado en el universo del porno: "Si ponemos que es gratis, viene pila de gente y no sirve. Me gusta cuidar las producciones. Al final van a concretar unos doce. Pero todos no van a venir. A muchos les agarra miedito." A último momento, temen que el sueño húmedo se transforme en pesadilla a secas. 
Danilo, 52 años, es toda una institución de este tórrido género cinematográfico. Sus pergaminos acreditan más de dos décadas rodando producciones recargadas de erecciones, eyaculaciones y exhibiciones. Arrancó en la década del '90, luego de un dilatado periplo como productor de shows eróticos en boliches de Merlo, Ramos Mejía y Moreno. Durante esos años, en el Oeste estaba el agite. Llegó a manejar uno muy exitoso, que bautizó Prohibido: "Me curtí en la noche. Vendía shows de bikini open y presencias de vedettes muy famosas, como Beatriz Salomón, que sigue apoyando mis emprendimientos,  como los Erotic Games que vamos a hacer acá mismo el 21 de julio. Eso habla de mis valores y códigos." Un día, Danilo tuvo una epifanía y decidió arrimarse al pequeño pero siempre activo círculo del porno local. El VHS consolidaba la democratización del género. Compró una Panasonic M7 y rodó su ópera prima, Tiempo de sexo. "No queda ni una copia –se lamenta–, perdí todo mi archivo cuando se me voló el techo, en el tornado de abril de 2012." Autodidacta y cultor de un estilo urbano, dice estar siempre atento a las historias que pasan de boca en boca, para luego materializarlas en sus films. "No copio. Me gusta parar la oreja y escuchar anécdotas. En Buenos Aires hay miles. Mi película Oficina Hot, premiada en España, nació así. Es bien porteña, o acaso, quién no tuvo sexo en una oficina", sondea el hombre, mientras los primeros aspirantes hacen su ingreso tímido en el bar del microcentro donde organizó el casting. El cineasta los recibe con profesionalismo y un cordial apretón de manos. En pocos minutos, informa, comenzará la acción en el improvisado plató.    
Danilo se crió en el seno de una típica familia de Floresta: comerciantes de clase media, hinchas "enfermos" de All Boys y, sobre todo, peronistas. Un ambiente donde el sexo siempre estuvo ligado a la cultura popular. "Toda la vida me gustó lo erótico –sincera–, pero siempre con el respeto a la mujer como ley. En mis películas hay sexo intenso, un sexo que brilla. No me gusta el mensaje oscuro de algunos films, donde la mujer recibe y recibe en forma casi deportiva. Eso no es piola. Soy un director de cine, no un general que dice 'mandame 100 pibes más' y la mujer es carne de cañón. En definitiva, el culo es de ellas."
Hitchcock tuvo a Grace Kelly; Tarantino, a Uma Thurman; De Sica, a Sophia Loren; y Danilo, a Milena Hot. La musa ardiente protagonizó un sinfín de películas a sus órdenes. "Siempre le machaqué que este es un laburo que hay que tomarse muy en serio. En el sexo, hoy Milena es la número uno", asevera el director, mientras se ajusta la colita del pelo. Le pide a uno de los noveles actores que suba. Para acicalarse, el novato podrá utilizar el toilette de caballeros, a pasitos del set. El cineasta predica: "Al que tiene prejuicios, le puedo decir que el porno es cultura. No es algo ilegal, hago películas para mayores de edad. Me gustaría que el Estado subsidiara este género. Tenemos un rol social: ayudar a una persona impotente o deprimida, a una pareja que no engancha. ¿Qué hay de malo en eso?”
Superficies de placer 
El corsé, la tanga, las medias en red y los tacos aguja hacen juego con su larga cabellera azabache. Milena irradia frente al espejo un aire de sexualidad sin complejos. "Desde chica me llamaron la atención los desnudos –cuenta, mientras retoca los últimos detalles de su maquillaje dark–. Me acuerdo el día que encontré las revistas Libre que mi papá escondía bajo el colchón. Había un par de tetas, no más que eso, pero me fascinó. Después encontré una Tema privado donde se hablaba de sexo oral y anal. La primera porno la vi a los 12 años, era una "mini degeneradita’. De alguna manera, todo lo que hice en la vida estuvo atado a las ganas de descubrir lo prohibido. Y la sexualidad entra en ese paquete." Cuando cumplió 15 años, antes de soplar las velitas, pidió tres deseos: ser bailarina de caño, actriz porno y conejita de Playboy. Los dos primeros se hicieron realidad. El tercero es una cuenta pendiente sin fecha de vencimiento. Como el icónico conejito que lleva tatuado, cerca del escudo de su amado Albo. Las pasiones, Milena las lleva a flor de piel. 
Sin pudores, pero con mucha humildad, resalta su generoso currículum. Sobran los dedos de una mano para encontrar otra actriz que ostente su continuidad en la primera línea del mercado. "Pueden aparecer chicas, pero van abandonando. Y a muchas no les gusta decir que son actrices porno. Como que hay un estigma, un tabú. Pero creo que es una falta de respeto general que hay con las mujeres. Muchos hombres me dan asco. Te dicen que sos una puta, reventada, y no es así. Yo soy una persona muy open mind. Hago lo que me gusta." Cuenta que dedica horas a su formación actoral, mirando películas del nicho, sobre todo estadounidenses. E intercambia por Internet experiencias con otras trabajadoras del gremio. 
Llega la hora señalada. Milena debe entrar a escena. "Cero nervios –se despide–. Quién dijo que 20 años no son nada. A esta altura, conozco todos los secretos: desde las poses hasta la iluminación. Tengo más historias que Las mil y una noches. Si yo llegara a hablar…”
La argentinidad al palo 
Pese a las luces vigorosas, el set todavía está bastante frío. Danilo evita la calefacción artificial. En pocos minutos, el roce de los cuerpos hará subir la temperatura en forma natural. Mientras calibra la cámara, sugiere locaciones y posiciones para la primera escena de la tarde. Un guión simple, duro y directo. El encargado de dar el puntapié inicial se hace llamar Raphael, un vital caballero que ya pasó los 60 pirulos. Luce un depilado ejemplar. Milena hace alguna broma, se acerca con templanza y logra desinhibir al caballero. Danilo ordena: "Acción".
Julio César y "Big Bull" departen en la sala de espera, antes del bautismo de fuego. El primero es un joven comerciante de San Miguel. Dice que está relajado: "Me venía preparando mentalmente en el colectivo. Cuando se acerque un poquito Milena, me voy a olvidar de que hay gente alrededor." Tuvo algunas experiencias de filmación casera, con su actual pareja: "No pienso que esto sea un engaño. Lo veo más como una puerta profesional que se abre." Big Bull alega que su presencia se debe a razones casi existencialistas: "Para mí es como cerrar un círculo que comenzó en mi adolescencia, con los primeros VHS. Siempre digo que mi primera novia virtual fue Moana Pozzi, la porno star más grande de la historia." A minutos de cumplir el sueño del pibe, se peina el jopo y dice: "¿Sabe lo que me llevo de acá? Una gran historia, como usted." 
Desde el set, se escucha un grito seco de Danilo. Exige silencio absoluto. El primer rodaje aún no acaba. «
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lunes, 10 de julio de 2017

Una isla guaraní rodeada de tierra

Vori vori, pastel mandi’o, chipa guasú, mbejú y butifarra. "Pero no se olvide de la sopa paraguaya, señor, el plato nacional", alecciona con aires de chef de cuisine Pilar Cuevas, en la cabecera de una mesa superpoblada por los manjares emblema de la gastronomía guaraní. La coqueta jubilada nacida en la ciudad de Limpio, en la región central del país vecino, hace gala de sus saberes culinarios: "Hay que conseguir maíz bien pisado, huevos de campo, queso fresco y la crema de leche, que es la clave para que salga bien esponjosa. Si el paraguayo celebra, no puede faltar su sopa seca. Por suerte, tampoco la cachaca. La fiesta es para comer, pero sobre todo para bailar". Luego, despabila a su marido del sopor dominical y juntos disparan hacia la atiborrada pista. Mueven el esqueleto al ritmo de un clásico de Los Rehenes. "Vengo para ver a mis amigos y por prescripción médica –dice agitada la dama de rabiosos cabellos colorados, tira una voltereta y se enreda en los brazos de su don Juan–. Comer rico y bailar alargan la vida".
La disco Carroussel, espacio vital de la colectividad paraguaya en la Argentina, luce un lleno ejemplar en los festejos de San Juan. A miles de kilómetros de sus terruños, cientos de paisanos mantienen viva la antiquísima celebración, que combina raciones desparejas de fogoso ardor religioso, embriaguez popular y orgullo nacionalista a larga distancia. Una isla guaraní rodeada de tierra, a pasitos del Nuevo Puente Avellaneda.
"Este es un pedazo de Paraguay en Buenos Aires, donde venimos a llenar el vacío de la nostalgia", reconoce Marianela Brítez, organizadora y alma mater del boliche. Llegó a estos pagos en los '80, huyendo de las penurias económicas, al final de la larga noche stronista. La historia de una familia y de miles. Salieron de Coronel Oviedo y se instalaron en San Martín, donde su madre se puso a zurcir para fábricas textiles. Brítez no heredó el gusto por el corte y confección. Apenas coqueteó con la venta de indumentaria. A los 21, probó suerte organizando fiestas en el seno de la colectividad. No paró más. "Al principio fue difícil, era un trabajo tradicionalmente masculino. Pero las paraguayas somos pujantes. Llevamos adelante un país entero, desde los años que siguieron a la Guerra de la Triple Alianza. Tengo esa herencia, esa manera de encarar la vida", asegura, mientras retrata a las parejas que bailotean cuerpo a cuerpo. "Los desarraigados buscamos estos espacios de encuentro, porque nos conectan con la familia que está lejos, con los platos que se extrañan, con nuestra forma de entender la vida. Que es dura, pero hay que enfrentarla con una sonrisa." La frase en guaraní que hizo tatuar en la pared del escenario resume ese espíritu: "Carroussel, vy'a renda'". El lugar de la alegría.
A rienda suelta
Víctor Bazán sube al lomo del bravo animal. Se acomoda el sombrero bronco, aprieta las riendas, cierra los ojos e imagina el campo abierto de su añorado San Lorenzo. Los zamarreos del toro mecánico lo traen de regreso a la pista del boliche bonaerense. La platea delira ante cada sacudida. Estoico, el joven hace gala de sus dotes baqueanos por algunos segundos. Pero al final, el toro muestra toda su fiereza y se saca de encima al jinete como si fuera una pulga. Así termina el sueño del héroe. Despatarrado sobre una colchoneta inflable. "Me animé porque vine con mi mamá y quería hacerle recordar las jineteadas. En la zona de la Cordillera, es tradición del San Juan, junto a otros juegos, como el toro candil, el kambuchi jejoká y el paila jeheréi. Igualmente, esto es otra cosa, yo prefiero el caballo de sangre caliente", cuenta el metalúrgico, llegado hace ocho años. Mientras liquida una lata de cerveza helada, confiesa: "¿Si se extraña? Mucho… pero cuando vengo acá, me siento en casa".
Como en trance, Carmen Godoy contempla el mural realista, con pinceladas algo lisérgicas, que recrea bucólicas escenas de la campiña paraguaya. "Una postal que parece sacada de mi Caraguatá", asevera. Partió con un sueño: comprarle una heladera a su madre, la almacenera más famosa del pueblo. Cuidando niños en el barrio de Belgrano, ahorró los pesos necesarios para alcanzar el preciado refrigerador y un par de electrodomésticos más. Su mamá, chocha. "Soy una persona agradecida con la Argentina: me dio trabajo, salud, amigos y hasta un marido", enumera Carmen antes de estamparle un piquito a su consorte. En la fiesta la acompaña la bullanguera barra "Amigos para siempre", con quienes comparte la pasión solidaria. "Si llega un compatriota y no tiene refugio, siempre lo espero con las puertas abiertas, y un generoso tereré a mano, chera'a".
Ay, ay, ay, Paraguay
Donde hubo fuego, cenizas quedan. Pasaron cinco décadas, pero Albino Cuevas no olvidó jamás un tórrido festejo de San Juan en su natal Guarambaré. Aquella noche que cruzó descalzo y sin chistar cinco metros de brasas al rojo vivo. "Al principió no creía, pero me encomendé al santito, caminé sin respiro y al final no me dolió nada", recuerda. Al terminar el servicio militar en Asunción, decidió venirse. "Año 1969, entré con el colectivo a Retiro y quedé deslumbrado. Fue amor a primera vista". Pasó tiempos dulces, soportó miles de crisis amargas, se casó, tuvo cinco hijos y hoy sigue de pie. Aunque no olvida sus raíces guaraníes, se reconoce un porteño de ley. "Es que a Buenos Aires la fundaron los paraguayos", cierra orgulloso Cuevas, justo cuando en el escenario hacen su entrada triunfal los juguetones cambá. Cinco o seis encapuchados, que recrean las andanzas y desandanzas de la colectividad afroparaguaya en el festejo religioso. "La leyenda dice que salían a raptar doncellas. Ojalá me toque a mí. Siempre hay levante en San Juan", suspira Emilia, una asunceña que no para de recibir piropos.
Los cambá dejan de lado el coqueteo por un rato y usan sus destrezas para escalar el palo enjabonado. En la cima esperan áureas petacas de caña, suculentos chipá y fajos de billetes argentinos. Desde la consola de sonido, el periodista y locutor Oscar Peluche narra las proezas sin vértigo de los improvisados alpinistas. Anima desde hace añares el dial de la emisora más potente de la colectividad. Con labia melosa, mezcla guaraní y castellano: el famoso jopará, plato emblema del campesinado y lengua híbrida y mestiza. Tras varios intentos, un valiente hace cumbre y lo aplauden. Peluche lo festeja como un gol de Romerito.
En el centro de la pista, Betty Diarte luce su glamour subtropical. Enfundada en una camisola atigrada, la productora de la movida tropical nacida y criada en Campo Grande saca chapa de gran bailarina: "No hay que andar con vueltas. Está en nuestra idiosincrasia: el paraguayo es un pueblo alegre. Y déjese de tantas preguntas. Venga a bailar". La cumbia inunda el boliche y las parejas no paran de girar una y otra vez. Como en un carrusel. 
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lunes, 26 de junio de 2017

El KPOP huele a espíritu adolescente

Un mar de teenagers inunda la Ciudad Cultural Konex. La pleamar juvenil se da justo a las tres de la tarde. Poco antes de que se abran las compuertas del auditorio en Balvanera, los adolescentes se amuchan para surfear la máxima expresión de la gran ola cultural coreana en estos pagos: la octava edición del Concurso KPOP Latinoamérica. Cita obligada para todo "kaypopero" de ley. La tribu reúne a miles de fanáticos del género musical parido en el Lejano Oriente y que tomó por asalto el planeta combinando rock edulcorado, baladas melosas, hip hop apto para todo público y aeróbicas coreografías ejecutadas con rigor y precisión.
"Fenómeno de exportación es el KPOP. Primero conquistó Asia, luego Europa y ahora popular es en América. En Argentina más de 30 mil fanáticos hay", asegura Jinsang Jang, el atento director del Centro Cultural de la Embajada surcoreana. ¿Las razones del éxito? El funcionario destaca el ritmo y su adictivo bailoteo. Enseguida se calza el traje de hombre de Estado y reflexiona sobre la paciente y constante política cultural de la nación asiática: "Piense que los '50, Corea era un país muy pobre. Con mucho trabajo, se logró el desarrollo económico y la industria cultural también floreció. Películas, literatura, gastronomía y, por supuesto, el KPOP. La globalización nos ayudó a compartir nuestra cultura." Hace rato que la llamada Hallyu –"ola coreana"– salpica las costas de los cinco continentes con tecnología y cultura. Jinsang confiesa que, en el fondo, él es más chapado a la antigua. Prefiere los tambores del pungmul, una antiquísima melodía folklórica de raíz campesina. Y antes de despedirse juega otra carta diplomática: "Sabemos que en Corea del Norte también se disfruta del KPOP, aunque en forma secreta. Por ahí, puente de amistad puede construir la música. La política es otra cosa. Mucho más complicado".
Corea siempre estuvo cerca
La rosarina Ornella Escalona aguarda ansiosa el comienzo del show. Sentada en la última fila del auditorio, mata el tiempo presionando sin respiro el botoncito que enciende y apaga su lightstick fluorescente. Llegó al KPOP por azar, gracias a los sugeridos de YouTube. "Me enganchan los videos. Tienen muy buenas producciones y cantan súper bien", confiesa la chica de 14 años y melena fucsia intenso. La boy band Astro escala en la cima de sus preferencias. Para descifrar el mensaje de sus letras, Ornella decidió estudiar coreano en un instituto: "No es nada complicado. Teniendo las bases, podés armar oraciones al toque. Las letras de los grupos hablan de amor. También de rupturas". Su papá Aníbal la acompaña a sol y sombra. Cuenta que el fanatismo de su hija le recuerda sus años mozos, cuando deliraba con Soda Stereo: "Nunca llegué a teñirme, pero me batía el pelo a full y usaba corbatín". Aparte de las canciones que una y otra vez hace sonar su hija en el hogar, conoce poco y nada de la cultura coreana: "Me quedé en el partido del Mundial '86. Les ganamos, pero qué cantidad de patadas le dieron los coreanos al Diego ese día".
El periodista Genaro Press tampoco sabía mucho de Corea cuando se lanzó a investigar el fenómeno del KPOP en la Argentina. "Primero me atrapó por el lado de los consumos culturales marginales. Algo que parece subterráneo, pero emerge y junta 5000 personas en un estadio." Entonces, comenzó a escarbar para descubrir la génesis del fanatismo local y se topó con el Pump It, un videojuego de baile que reinó a principios del nuevo milenio. "Estaba musicalizado con bandas de KPOP. Ese fue el inicio de la bola de nieve", destaca el autor de KPOP Manía. "Me cuesta pensarlo como un fenómeno artístico, es un producto 100% comercial. La clave del éxito está en la necesidad que tenemos de reunirnos. Es imposible pensar en una coreografía de KPOP hecha en solitario".
La primera fila del auditorio huele a espíritu adolescente. Una banda de aguerridas chicas de La Matanza pide a grito pelado que salgan a escena los concursantes. Rocío es de Rafael Castillo, capital bonaerense del KPOP. De los cantantes coreanos resalta la belleza de sus rostros, de sus peinados, de sus cuerpos. De los latinos, también. Hoy alentará sin respiro a Josema, el frontman de los mexicanos Clue, uno de los siete grupos finalistas en la categoría baile. "Tiene algo único, no se puede explicar con palabras", cierra la muchacha y abraza con fruición el peluche que trajo para ofrendarle a su ídolo. Papá Sergio es el encargado de mantener a raya a la pandilla salvaje. "La música zafa y hay buenos conjuntos, pero a mí lo que me pierde es la cocina coreana, amo el ramen, también unos chicitos de pescado que no sé cómo se llaman. Escucho esta música y me dan ganas de comer".
Bailando por un sueño
Sobre el escenario, las salvadoreñas de Bangerz ensayan una coreografía que parece sacada de Fama. En la platea, los fans imitan los saltitos y hacen olas luminosas con sus lightsticks. El jurado integrado por la actriz Soledad Silveyra, la periodista Jini Hwang y el músico Christian Basso sigue con atención la performance. La crema y nata del KPOP latino se juega a todo o nada su suerte sobre las tablas, para lograr el premio mayor: conocer Seúl, la meca del "Gangnam Style".
En el camarín, grupos y solistas llegados desde toda América se preparan para salir al ruedo. Hay valijas desperdigas por todos los rincones, también un metegol y una mesa de ping pong. Los bolivianos de LFB-K se delinean los ojos y alisan sus mechones con una planchita. "Tenemos un look gótico, vampiresco, casi monstruoso", se ríen a coro los cochabambinos, tetracampeones del Altiplano. Para bajar la tensión previa al show no amenizan la espera con hojitas de coca. Prefieren un combo energizante de Herbalife.
Al bajar del escenario, los Clue están famélicos. Se lanzan sobre unas bandejas repletas de medialunas. Si ganan, será su segundo viaje a Corea. "Allá les encanta ver a los grupos latinos –cuenta Fero, uno de los galancitos aztecas-. Pero lo que más extrañamos fue la comida. Los mexicanos comemos cinco veces al día, y en Corea, solo tres".
Las ecuatorianas de Adolls tiran hurras y se palmean antes de mostrar sus trucos de baile. Dicen que ensayan miles de horas a la semana, que les roban al estudio y el trabajo. ¿Su arma secreta? “Hacer todo con mucho amor por el arte", aseguran las quiteñas, ataviadas con aires de porristas de preparatoria norteamericana.
Llegó el momento de la verdad para el crédito local: los porteños de Secret Weapon. Facundo, estudiante de Derecho, es el encargado de agitar al equipo antes de salir a la cancha. "El KPOP es una puertita que se abrió y no sabemos adónde nos puede llevar –dice, mientras comienza a correr hacia el escenario–. Queremos conquistar, literalmente, el otro lado del mundo". «

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lunes, 19 de junio de 2017

A todo motor

¿Se puede estar enamorado de un auto? "De varios, querido. Igualmente, uno nunca olvida la pasión del primer amor", confiesa sin sonrojarse Juan, un ingeniero cuyano que disfruta de las acrobacias sin vértigo de las 4x4, en el espacio outdoor del Salón Internacional del Automóvil. Raro, como encendido, sorbe un mate dulce y hace memoria de sus primeros escarceos y el fulminante flechazo con un Renault 6: "Año 1978, era una belleza. Yo recién salía del secundario, con el título de técnico mecánico bajo el brazo. Entonces le metía mano en el motor. También lo 'pecheaba' bastante en la ruta, aunque iba a dos por hora. Me acuerdo que hicimos un viaje a Chile y, como corresponde, se quedó en el Cristo Redentor. Al final lo arreglamos con alambre." Vino a La Rural acompañado por un grupo de amigos de la infancia. Cuenta que manejaron sin respiro desde San Juan para llegar al evento tuerca. Unos metros más allá, los fanáticos inmortalizan con sus celulares el andar cansino de las chatas japonesas todoterreno. "Para serle franco –se sincera Juan–, después de dos horas dando vueltas, no vi nada que me llamara la atención. Mucho robot, poca mecánica. Me quedo con el recuerdo de aquel R6. Estos modernos te llevan como en una alfombra mágica."
En la nave central del predio palermitano, un ejército de incondicionales fierreros se empacha en un pantagruélico banquete celebratorio de la industria automotriz. Con una cuidada estética publicitaria, las firmas exhiben los modelos más aclamados de su menú. También los bólidos futuristas que en poco tiempo empalagarán a los conductores. "Peugeot eligió un recorrido por el pasado, el presente y el futuro. Cumplimos 60 años en el país, con la llegada del primer embarque de los 403", resalta Cecilia Marola, encargada de prensa de la casa gala. Pero no solo de recuerdos viven los franceses. "Ahora hacemos foco en el concept car –asegura la dama–, los vehículos autónomos, con una plataforma integrada. Todavía no vuelan, pero les falta poco." Un ejemplar Berlina Grand Luxe del mítico 403 duerme la siesta en el stand del león. Lo escoltan sus parientes más famosos en estos pagos: el 404 y el 504. "Yo tuve uno ocre, me dio muchas satisfacciones. Pero mire que soy de la contra", acota al pasar Esteban, un chofer de larga distancia rosarino, fana del Chivo y la Lepra. "Estos eran coches muy fieles, no las computadoras que hacen ahora –se despide–. Si quedás tirado, no sabés qué ajustarle. No te queda otra que llamar a la grúa y fumarte la espera."
Los autos fantásticos
Biturbo, caja automática de nueve velocidades y 367 caballos de fuerza que alcanzan los 100 km/h en 4,7 segundos. El Mercedes Benz SLC 43 es una flecha de plata que brilla en el stand de la firma nacida en Stuttgart. Sentado en la butaca, Enzo juega con el volante e imagina que avanza por una desolada ruta. Apenas roza los pedales con la punta de los pies. Su papá Adrián lo mira fascinado y explica que hace un rato llegaron desde Roque Pérez: "Salió al padre, fierrero, ¿vio?" Cuenta que su pasión arrancó a los 12 años, cuando desarmaba motores y su viejo le tomaba el tiempo. Hoy es el feliz propietario de un taller mecánico. "Para entender el fanatismo por estos bichos –recomienda–, haga la fila y siéntese un ratito, y si lo dejan, dele marcha y disfrute de la sinfonía del motor. No tiene precio". Un placer efímero. Para sacarla a la calle, la joya alemana tiene un costo final de 127.500 dólares más IVA.
En el stand de Renault, el futuro ya llegó. El súper deportivo Trezor es una auténtica nave espacial, sacada de una novela de Philip K. Dick. "Es 100% eléctrico y tiene 500 HP. En Europa ya se consigue", dice Maximiliano, un promotor capaz de vender el humo. A mitad de camino, entre el auto de Meteoro y el descapotable de la Pantera Rosa, el bólido gris combina en dosis desparejas tecnología de punta y artesanía: iluminación láser y detalles en cuero y madera. "Mire lo pegado al piso que está. Con las rutas que tenemos, hay que llevarlo con cuidado. Por ahí se hace bosta", advierte el joven. A pasitos, se destaca el biplaza Twizzy, otra apuesta eléctrica que deja en el pasado los combustibles fósiles. "Creo que nos queda un poco chico, gorda", señala un caballero con varios kilos de más, desde la diminuta cabina.
Las Ferrari se miran, pero no se tocan. Un corralito protege las obras de arte paridas por la escudería de don Enzo. Embobados, los seguidores del Cavallino Rampante las aprecian a cuidada distancia. No es para menos. El más mínimo daño puede devaluar el precio de las 488 GTB exhibidas. Unos 740 mil dólares cada una. 
En el puesto vecino, Volkswagen ofrece la posibilidad de realizar una deriva virtual por las entrañas de un motor. Los valientes salen inmaculados, sin rastros de grasa ni fluidos indeseables. También hay simuladores de manejo y una pista de Scalextric controlada desde tablets. Salta a la vista: la tecnología domina de punta a punta el ágape. "Sería importante que las automotrices tomen conciencia de lo que es realmente un auto. Con todos estos avances, podrían impulsar modelos más sustentables y seguros", expresa Alba Saenz, fundadora de Conduciendo a Conciencia. El espacio de la organización civil creada por familiares de víctimas de accidentes de tránsito es un remanso entre tanto mercantilismo. Tienen un juego interactivo, que simula los efectos del alcohol en sangre a la hora de conducir. "Los autos son cada vez más rápidos y, por ende, riesgosos", señala Alba.
Carburando 
Mujeres hermosas y autos lujosos siguen siendo todavía hoy la receta trillada de la publicidad automovilística. El encuentro porteño no es inmune a esta fórmula. En los puestos, legiones de promotoras exhiben sus cuidadas curvas. También sus caras hastiadas, tras eternas horas de trabajo. "Sí, me parece lindo mostrar un buen auto y la belleza de las mujeres –arriesga una señorita desde las alturas de sus tacos aguja–, pero acá no se piensa demasiado en el público femenino. Nosotras también compramos autos." 
El stand de Ford es una oda al mítico modelo Mustang. Hay remeras de Mustang, lapiceras, prendedores, agendas de Mustang y hasta un reluciente Mustang rojo shocking que no para de girar sobre una plataforma. Nicolás Capella recorre el espacio, bien custodiado por su abuelo Osvaldo Dadamo. El pibe cuenta que está estudiando en la Escuela Henry Ford. Sueña con ser diseñador. Su abuelo es ingeniero y resalta que desde hace 50 años no se ha perdido ningún encuentro tuerca. Dice que en el '60 se hizo uno en la Plaza de la República: "Toyota trajo unas camionetas hechas con roblones, bien rústicas. Setenta y siete años después, se las puede ver andando en el campo. Los paisanos no las dejan ni locos." Al despedirse, saluda con un apretón de manos y reflexiona: "En el Otto Krause, aprendí que atrás de un auto no hay solo un vehículo. También hay un proyecto de país. Y lo dejo, que sigo caminando con mi nieto. No hay nada como caminar."  
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá