domingo, 11 de noviembre de 2018

El Molino

La Confitería del Molino ya no es lo que era. Desde hace algunas semanas, sin las telas harapientas que escondían su opulento rostro, el edificio perdió su aspecto fantasmal. El viernes, con más de 30 grados y aún sin tormenta, los restauradores trabajaron a contrarreloj pero con la frialdad de un cirujano. En menos de 24 horas, antes de que comenzara La Noche de los Museos, su tarea debía estar finiquitada. Por una velada, reabre sus puertas la majestuosa confitería de Rivadavia y Callao. O mejor dicho, lo que queda de ella.
Adentro no había mozos ni aroma de café con leche, ni masas finas en las vitrinas. El fastuoso gran salón de la planta baja por donde desfiló la crema y nata porteña lucía el viernes un vacío ejemplar. El paso del tiempo y la falta de mantenimiento tras 21 años de abandono dejaron al gigante medio grogui. De a poco, parece, intenta ponerse de pie.
Después de la expropiación de 2014, una comisión administradora bicameral, con apoyo del Ministerio del Interior y la Ciudad, puso manos a la obra: "En 70 días se realizaron trabajos de seguridad, limpieza y sobre todo la catalogación del patrimonio. Hay equipos restaurando los vitraux, la cúpula y los pisos. Estaba todo muy deteriorado. Va a llevar tiempo recuperarlo, esto no es lijar y darle una manito de pintura. Pero hay que hacerlo, el Molino forma parte de nuestro patrimonio histórico y cultural", dice Ricardo Angelucci, secretario administrativo del ente. No se equivoca. La creación del arquitecto Francesco Gianotti es la obra máxima del art nouveau porteño, y su historia es fascinante.
La confitería heredó su nombre de una panadería con molino harinero que se alzaba en Rivadavia y Rodríguez Peña. Propiedad de un prusiano, fue demolido en la década de 1880, cuando se diseñó la Plaza del Congreso. El local se mudó luego a la esquina de Callao, donde ganó fama con un nuevo dueño, el italiano Gaetano Brena. Para comienzos del siglo XX y con el Palacio Legislativo en plena edificación, Brena pensó en expandirse, y en un encuentro de la colectividad conoció al joven Gianotti, que estaba terminando la Galería Güemes y era la estrella rutilante de la arquitectura local. Le confió su sueño: hacer la más espectacular confitería jamás vista. Cuentan que Gianotti dibujó el quijotesco molino en un mantel. Seducido por los bocetos, Brena contrató a su paisano pero le puso dos condiciones: que la obra no implicara cerrar la confitería ni un solo día, y que estuviera lista para el Centenario de la Independencia. El arquitecto cumplió en tiempo y forma.
El edificio de casi 7000 metros cuadrados tiene cinco pisos y tres subsuelos. El salón principal fue testigo de la vida social y política argentina. Alfredo Palacios, Evita, Gardel, Libertad Lamarque, Leopoldo Lugones y Roberto Artl fueron parroquianos. En una de las vitrinas que queda en pie pueden apreciarse piezas de la finísima vajilla, una caja intacta del inmortal panettone y hasta una carta con la oferta para el brunch. La medida de fernet a sólo $ 4,50, una ganga. 
"Recuperar el edificio no implica sólo un trabajo desde lo arquitectónico sino reconstruir una memoria integral. No queremos rescatar sólo el Molino de la belle époque, sino también el de la lucha de Norma Plá, acá en la esquina", explica Mónica Capano, asesora de la comisión.
Los anónimos laburantes del Molino, dejados a la deriva por los exdueños, merecen un capítulo en estas memorias. Hace algunos días, don Antonio Sanchíz Cañadén, maestro pastelero de 91 años, volvió a la abatida cocina donde se ganó la vida durante décadas. Se le iluminaron los ojos al recordar los huevos de chocolate que decoraba para Pascua. Trabajaba codo a codo con un colega ucraniano en las entrañas del primer subsuelo del monstruo: un espacio claustrofóbico, pegado al horno siempre tórrido, sólo ventilado por la dignidad de los obreros. Además de un magnífico monumento, el Molino también es un documento de la barbarie. 
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Apología del cuero



“Hoy vine a ver al ‘Pelado’ Halford, el rey del cuero”, explica un motoquero a los impávidos patovicas, en el acceso a Tecnópolis, frente a la Avenida General Paz. “A los muchachos les sacaron las muñequeras, a mí me piden que deje el cinturón. Toca Judas, heavy metal, hermano. No es Tini Stoessel, qué quieren, que vengamos en tutú”, se resigna y deja su pesada bijouterie este caballero rodante, llegado desde el Conurbano Sur. Un personaje digno de los primeros films de Campusano. “Ya fue -se despide el motero- hago cualquier cosa por ver al Pelado”.
El predio de Tecnópolis luce un vacío ejemplar. Una metáfora digna del estado de precarización del arte, la ciencia y la tecnología que predica el gobierno de Macri. En oposición, el estadio indoor se muestra casi lleno: salvo los codos, está repleto de fieles metaleros que se acercaron para disfrutar de la segunda edición del Solid Rock Festival. “Casi tres lucas la entrada para el campo. Mirá si no hacemos sacrificios para seguir a Judas. No queda otra, querido, seguiremos peleándola. Luchando por el metal”, dice Gustavo, comerciante matancero, desde el corazón del pulcro Beer Park del estadio. Un espacio bien custodiado desde las alturas por una pantagruélica obra de Marcos López. Colorido arte pop latino que en el fondo no desentona entre tanto cuero oscuro. Cultura popular. El viejo Gustavo deja ver su elegancia ataviado con un gorrito leather, gafas ahumadas, tapado largo dark y pesadísimos borcegos al tono. Estricta etiqueta negra.
Tres créditos locales son los encargados de encender la maquinaria pesada: Humo del Cairo y su tupida psicodelia stoner; luego irrumpen los Helker, power metal afiladísimo; y el cierre para el dúo de progresismo heavy bautizado ON-OFF. Mucha entrega, que lamentablemente fue premiada con aplausos tibios. 
A las 19:30, con puntualidad británica, la avanzada foránea se desata con los Black Star Riders. La “súper” banda formada por ex miembros de Thin Lizzy y Ratt no le mueve ni un pelo al campo. Hard Rock envasado al vacío. Disfrutaron sólo unos pocos seguidores.
Cuando los Alice in Chains suben al escenario, es cuestión de cerrar los ojos y dejarse llevar en un viaje mental de regreso hasta el inicio de los años noventa. Tiempos dulces del vaquero guerrero Bush padre en Gringolandia y también del nefasto menemato neoliberal en estos pagos. ¿La banda de sonido? No se duda, allá y acá, el tsunami grunge parido en Seattle. Un parnaso conformado por Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden y los más pesados, oscuros y densos de la nueva ola, los Alice in Chains. Pasaron las décadas, los jugadores (al frontman Layne Stanley lo alcanzó la parca heroína en 2002), pero la  fórmula sigue intacta. Aunque los muchachos comandados por el héroe de la guitarra Jerry Cantrell arrancan fuerte con “Check My Brain” del año 2009 y el novísimo “Never Fade”, su narcótico sonido empieza a pegar con gemas como “Again” y los rabiosos “Them Bones” y “Dam That River”, clásicos de clásicos de su sucia obra cumbre Dirt (1992). Se destaca la base del bajo de Mike Inez y el golpe de Sean Kinney siempre preciso, en su lugar. Aunque no cuenta con la garganta desgarradora de Stanley, el morocho enrulado William DuVall está a la altura. “Angry Chair”, “Man in The Box”, “No Excuses” y “Would?”: perlas negras. El cierre es para “Rooster”, el tema que Cantrell dedicó a su padre, veterano de la Guerra de Vietnam. Ese poema antibelicista que arranca diciendo: “Aún no encuentran la manera de matarme”.
El prólogo del cierre a toda orquesta con Judas Priest sobre las tablas comienza con un homenaje. Desde los parlantes suena “War Pigs” de Black Sabbath, como oración pagana e invocación antirreligiosa a los padres fundadores del heavy metal. Amén.
Los comandados por Halford rompen el hielo con “Firepower”, incendiaria pieza que da título a su nuevo disco (¡el 18º de su dilatada carrera!), salido del horno hace pocos meses. El Pelado irrumpe en escena enfundado en una metalizada chaqueta de motoquero galáctico. Recorre el escenario con parsimoniosa teatralidad a sus jóvenes 67 pirulos. Un Tom of Finland que sodomiza el micrófono con sus agudos imposibles para cualquier mortal. 
Pasan “Sinner”, “Ripper”, “Turbo Lover”, “Freewheling Burning” y “You’ve Got Another Thing Comin'”. La maquinaria metálica de Judas es una aplanadora. La alimentan el bajista histórico Ian Hill, Andy Sneap y el blondo Richie Faulkner en las violas y el pulpo Scott Travis en la batería. La puesta en escena rebasa de animaciones con fuego, acero, tachas y, por supuesto, motos. El clímax llega con Halford montado en su Harley Davidson, fusta SM en mano y una versión demoledora de “Hell Bent For Leather”. Pegado, el falso cierre con “Painkiller”, y luego tres padrenuestros del sacerdote para los bises: “Electric Eye”, “Breaking The Law” y, apenas pasada la medianoche, “Living After Midnight” detonan el estadio. En el campo, miles de metaleros saltan felices. Transpirados. Muchos en cuero.
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

Todos tus muertos

En el patio de la Fundación Mercedes Sosa, en el barrio de San Telmo, una multitud se congrega para celebrar el reencuentro, la memoria y el legado de los que ya no están. Día de los Difuntos, Día de los Muertos, Día de todos los Santos o Aya Markay Quillapara los pueblos andinos. Si hace menos de 30 años era en nuestras ciudades de Latinoamérica visita obligada al cementerio, hoy la celebración se ha resignificado: “En la Argentina hay cierta tendencia al tabú en relación a la muerte, a barrearla bajo la alfombra. Ciertas maneras que heredamos social y culturalmente. Hace un tiempo, en casa empezamos a reflexionar, a hacernos preguntas sobre las formas de atravesar la pérdida de un ser querido. Así nace la idea de este encuentro”, cuentan a coro Ana y Federico, mentores y motores del evento. Ella es comunicadora y él, gestor cultural. Son pareja.
La génesis del encuentro se dio el año pasado, cuando decidieron armar un altar comunitario en un pasaje adoquinado del barrio: “Abrimos un grupo de Facebook y la respuesta superó nuestras expectativas.” Por desgracia, un diluvio les aguó el festejo. Este año buscaron la revancha: “Se armó un colectivo con vecinos, artesanos, artistas interesados en armar un encuentro que rescate la tradición del festejo y la herencia de los que nos antecedieron, con una concepción celebratoria y de reencuentro.” Una experiencia que rescata la concepción de los ritos mexicanos y andinos.
Los preparativos llevaron meses. Pero el esfuerzo y la dedicación saltan a la vista de las decenas de visitantes que recorren el predio. Feria gastronómica, 40 artesanos que ofrecen sus obras, shows musicales y presentaciones de cuentacuentos. “La fiesta es como el iceberg que emerge. Pero también hicimos muchas actividades durante toda la semana. Charlas sobre la cosmovisión andina, proyección de documentales y talleres de armado de flores y calaveritas.”
El corazón del encuentro es el altar comunitario. Una mesa colorida repleta de frutas, choclos, guirnaldas y fotos (de personajes ilustres y no tanto) de los que ya no están entre nosotros. Desde Cerati hasta la Negra Sosa, sin olvidar a Frida Kahlo: “Cada visitante puede traer su ofrenda, porque en el fondo, nuestro objetivo es generar una auténtica comunidad.”
Esta tarde, Federico recuerda especialmente a su padre: “Este festejo es una buena oportunidad para transmitirle a nuestro hijo quién era su abuelo.” Su mujer Ana trae de regreso la memoria de su abuela: “Se siente como un reencuentro con nuestros queridos muertitos, como dicen los mexicanos. Nos duele que ya no estén, pero celebramos por todos los momentos que compartimos.”
“En el Día de los Muertos, lo que en realidad celebramos es la vida”, dice Jonathan, tatuador y artesano, cerca del puesto donde ofrece calaveras y diablitos bien pintaditos a mano. Las calaveras del inmortal José Guadalupe Posadas son la estrella icónica del encuentro. Jonathan confiesa que es la primera vez que participa en el festejo: “Cuando pienso en la muerte, en los que ya no están, no lo hago con tristeza. Este también puede ser un momento de alegría”, confiesa el joven llegado desde La Boca. Este 2 de noviembre, recuerda a familiares queridos: “Pero también a gente que no conocí en persona, pero que me marca el camino con sus valores, como el doctor Favaloro. Tampoco me olvido de Santiago Maldonado.”
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá.

miércoles, 31 de octubre de 2018

El último trago de Viscarra

El primer brindis es por el título. El libro que congrega todas las obras del escritor boliviano Víctor Hugo Viscarra se titula La del estribo. Justo, necesario y postrero guiño etílico-literario para el autor de Borracho estaba, pero me acuerdo, a esta altura del partido un clásico de clásicos de la narrativa boliviana contemporánea.  “Cuando uno está farreando entre amigos y quiere tomar la última copa, se dice ‘vamos a tomar la del estribo’. Esto se da antes de partir, cuando ya sólo queda tomar lo último. Es un buen título para las obras completas”, explicó Manuel Vargas Severiche, prolífico escritor cruceño e histórico editor de Viscarra, en una reciente entrevista con el matutino andino Página Siete. El voluminoso libro, publicado por la casa editorial paceña  3600, tiene más de 600 páginas, cuatro prólogos y la portada tatuada con una filosa ilustración de Viscarra, con una botella escarlata incrustada en su pecho, que es obra de Frank Arbelo. ¡A tu salud, Víctor Hugo!  
El antropólogo
“Soy antropólogo: soy experto en antros”, decía Viscarra para presentarse como relator del submundo boliviano. Este cronista del margen escribió sobre lo que vivió en carne propia: el laberinto de las empinadas calles andinas, las cantinas de mala muerte, la cárcel, el mortífero y cómplice alcohol barato, la delincuencia, las drogas y la marginalidad. También sobre la soledad, la dignidad de los nadies y su imperecedera necesidad de escribir. Pese a todo escribir.  
Lejos de cualquier visión romantizada, a mitad de camino entre la crónica, las memorias y el cuento corto, las decenas de relatos reunidos en el volumen La del estribo pintan un durísimo, feroz y a la vez fascinante fresco del hondo bajo fondo. “Jamás podrán decir que Viscarra escribía sobre lo que no sabía, como ocurre con varios escritores borders de moda”, explica Virginia Ayllón, escritora, crítica cultural, compinche y amiga de fierro del autor.
Las calles donde Viscarra no tenía nada que perder, donde caminar la noche con un escuálido abrigo y su botellita con alcohol puro a la espera de los salvadores rayos del alba fueron construyendo su universo. Delincuentes de prontuarios flacos que agonizan en granjas de rehabilitación, humildes emigrados del campo que subsisten a los tumbos cargando sus penas en los mercados populares, lustrabotas que vuelan entre vahos de thinner, viejos proxenetas venidos a menos, expertos en cuentos del tío y otras sableadas, avispados perros de la calle y voluptuosas cholitas dedicadas al strip-tease y a otras malarias. Quedan a flote, sólo unos pocos. Habitantes y laburantes del margen: realismo sucio andino.
Se puede pensar que la de Viscarra es una literatura menor que asume una doble marginalidad: desde lo que dice –sus personajes, escenarios y andanzas– hasta cómo lo dice. Voces quechuas, aymaras, campesinas, lúmpenes y siempre explotadas. Sus memorias tejen, en primera persona, la política marginal de las urbes andinas.
Nací viejo
Viscarra nació el 2 de enero de 1958. Su madre era pobre, su padrastro era pobre, todo el mundo –salvo dos o tres familias dueñas de las minas de estaño– era pobre en la Bolivia de aquellos años. “Puedo decir que a los doce años me sumergía de cabeza en la noche. En sus oscuras entrañas aprendí cosas, buenas y malas. La noche de La Paz es un laberinto que, al no tener principio, tampoco tiene fin, y uno puede perderse para siempre”, escribe Viscarra en “Frío en el alma”. Desde aquella noche iniciática, las leyendas urbanas sobre las derivas del “Bukowski boliviano” lo transformaron en un auténtico mito dentro de la literatura andina: efímeros pasos por redacciones, algunas changas como escritor fantasma y otras fugaces intervenciones menores en diversos oficios terrestres con la omnipresente sombra del alcohol a cuestas.
Su primer libro, que lo rescató del anonimato, fue Coba: lenguaje secreto del hampa boliviano (1981), un soberbio documento recopilatorio del lunfardo y el argot carcelario, que la policía nacional publicó sin siquiera mencionar al cronista. Luego de aquel primer mal trago llegaron el notable Relatos de Víctor Hugo (1996), luego Alcoholatum & otros drinksCrónicas para gatos y pelagatos (2001), más tarde el popular Borracho estaba… (2002), poco antes de su muerte el premonitorio Avisos necrológicos(2005) y el póstumo Ch’aki fulero (2007). Best sellers piratas desde hace más de una década. La del estribo, con edición al cuidado de Marcelo Martínez, asume el noble desafío de reunir en un solo volumen todas estas obras hermanas. Todavía se aguarda su llegada a las librerías argentinas. En estas pampas, Viscarra tiene numerosos lectores fieles.
En varios de sus relatos, Viscarra vaticinó su muerte antes de llegar a los cincuenta años (“Nacionalizo una pistola y me pego un tiro”). Ni hizo falta, el tiro del final se lo dio una cirrosis fulminante, que se lo llevó en mayo de 2006. Sus restos reposan en el Cementerio General paceño.
Peleando a la contra
Desde los callejones paceños y cochabambinos, Viscarra supo transformarse en la punta de lanza del grupo de narradores que comenzaron a gestar sus proyectos literarios algunas décadas después de que el cimbronazo político y social de la Revolución del ’52 haya quedado empantanado en reformismos tibios. Pero no tan alejados de la dura herencia de los gobiernos militares y los años dulces de la cocaína y el neoliberalismo. Un poco antes de la llegada de Evo Morales al poder.
Los relatos de otros escritores paceños, como la extensa obra del maldito Jaime Sáenz, los cuentos y novelas de Adolfo Cárdenas, Wilmer Urrelo Zárate, Spedding y Willy Camacho tienen sintonía con la obra de Viscarra. Relatos urbanos, textos con un manejo erudito del argot callejero y sus voces. Historias donde el humor ácido y la ironía se beben de un saque.
En sus libros, Viscarra trazó una cartografía marginal sobre mercados negros, comedores populares, basurales, puteros, comisarías, bares, cabarets y barriadas periféricas. Una ciudad de La Paz semiclandestina. La de antros fantasmagóricos como La Casa Blanca, La Curvita, Las Cadenas (con sus vasos y ceniceros encadenados a las mesas), El Pezón de la Mariposa, El Averno (con sus paredes decoradas con imágenes de La Divina Comedia), El Abismo y El Volcán. Cuevas donde los tragos servidos en latas oxidadas cuestan centavos y la regla es amanecer muerto o, con suerte, desnudo. Con su especial manera de narrar su resistencia, Viscarra también luchaba por ser un extranjero en su propia lengua y por construir un espacio al margen del canon literario boliviano que lo condenó a un frío ostracismo. Y lo sigue haciendo.
En su última entrevista, pocos meses antes de su muerte, Viscarra se despidió a su manera: “El mío es un trabajo contraliterario. Hay muchos que se sienten ofendidos con mi literatura. Con mi libro Borracho estaba, pero me acuerdo he tenido tres juicios por difamación. Pero como no tengo un lugar fijo donde vivir, no pasó nada. Además, todos los que me homenajean son unos hipócritas que viven en la porquería. El Apocalipsis dice que vendrá el Juicio Final y habrá gente que se irá al infierno por sus actos, pero yo digo: me da igual, porque he vivido toda mi vida en un infierno”.

lunes, 29 de octubre de 2018

Esclavos del goce

En la puerta del boliche, una joven ataviada de negro inmaculado pregunta el nombre al recién llegado. Al escuchar "Señor X", habilita el ingreso y entrega una etiqueta autoadhesiva con el pseudónimo elegido para la ocasión, tatuado a mano. Es la llave que abre la puerta al festejo mensual de Mazmorra, la web argentina consagrada al sadomasoquismo. Con más de una década de historia, es reconocida como la más importante de habla hispana: tiene más de 90 mil miembros activos que buscan el placer en las diversas prácticas de sexualidad alternativa que hermana el acrónimo BDSM. "Usualmente vienen más de 200 personas –cuenta un caballero cerca del guardarropas–, pero como es justo fin de mes, por ahí baja la convocatoria". La crisis también golpea en este nicho.
Dos minutos para la medianoche del sábado. Sin prisa, sin pausa, va cayendo gente a la disco, a pasos del Obelisco. Hay muchas parejas y solitarias y solitarios de todas las edades. La mayoría, navegantes experimentados de los foros de Mazmorra, pero también algunos voyeurs o simples curiosos que dan sus primeros pasos en el gremio.
"Yo también llegué por curiosidad. Venía leyendo mucho del tema: Sade, el Kama-sutray sobre todo Internet, para conocer otras experiencias. Tenía parejas, pero sentía que en el sexo me faltaba algo. Al principio me costó venir, es difícil el paso de lo virtual a lo físico", cuenta N, una joven estudiante. Recuerda que la tercera vez que la invitaron al encuentro, fue la vencida. En el debut sintió timidez, ciertas ataduras sólo le permitieron tantear el terreno, pero con el pasar de las fiestas se soltó y comenzó a explorar las diversas superficies del placer. Así descubrió qué era lo que le gustaba: la sumisión. "Me siento a gusto en ese rol. Disfruto mucho las sesiones en el potro. Son momentos de diálogo entre el placer de mi amo y el mío". Pura dialéctica hegeliana puesta en práctica con los cuerpos.
En el living, grupitos de pibes y algunas parejitas matan el tiempo compartiendo un trago, fumando o simplemente haciéndose unos mimos fríos. En un rato, las sesiones calientes en el subsuelo harán subir la temperatura. "Dejamos que el morbo y las fantasías fluyan –se despide N antes de perderse en la pista–. El BDSM es pleno disfrute. A alguien que no es de este mundo le digo que no viva el sexo como un tabú. Todos lo practicamos, hasta nuestros padres. Quién te dice que en este momento, tus papás no estén practicando sadomasoquismo en su cuarto".
Amo a mi amo
Con más de una década de historia en el BDSM, Ciro es toda una eminencia de la fusta de cuero y otros utensilios. Explica, café de por medio en un bar porteño, que el BDSM incluye en su sigla las prácticas del bondage (ataduras), la dominación (y la sumisión), el sadismo y el masoquismo. Una ley capital marca los límites de estas disciplinas: la relación ama/o-esclava/o o dominante-sumisa/o debe ser consensuada. "Hay que desmitificar esto. El BDSM es el lado opuesto de la violencia. Tiene mucho más que ver con la búsqueda del placer, con entregarse plenamente al goce. Nosotros, la mayoría, tenemos vidas comunes, pero a la hora de expresar nuestra sexualidad, nos permitimos explorar sensaciones más allá de lo normal". ¿Qué es lo normal? "Vainilla" es como apodan los cultores del BDSM al sexo "tradicional".
Ciro bucea en su memoria y recuerda una experiencia iniciática: "Era muy pendejo, tendría unos 12 años y estaba viendo la película Barbarella con mi familia. Ahí aparecía el Doctor Duran Duran y su Orgasmatron, la máquina que mataba con orgasmos. Veía la peli y pensaba: 'Olalá, yo quiero eso'". En su adolescencia se fascinó con las revistas porno europeas que conseguía: "Todo muy bizarro, con chongos de cuero, bastantes sórdidos, la vieja escuela del SM". La siguiente parada en su formación llegó con la web: "Al principio era todo muy idealizado, lo llamamos de corte 'mesiánico', que es el cuento rosa pero en versión sado. Tipo la Historia de O, el dominante y su grupo de esclavas, una visión estereotipada que llega hasta nuestros días y que difundió al extremo 50 sombras de Grey".  A los 30 y pico, decidió soltar amarras: "Empecé a plantearme las relaciones de otra manera. Necesitaba cruzar los límites impuestos. Sigo teniendo sexo vainilla, pero prefiero lo otro". Agrega que salir del clóset es difícil: el BDSM sigue siendo un tabú, como el sexo en general.
Siempre asumió el rol de amo en sus encuentros. Y ello implica una gran responsabilidad: "Cuando una persona me dice: 'Haceme lo que quieras', paro la pelota y le digo: 'Charlemos'. Hablamos de los límites: los duros, que nunca se van a traspasar, y los flexibles, que con autoconocimiento y entendimiento pueden cruzarse en el futuro. Soy muy protocolar en mis relaciones, para dar un marco de acción consensuado. Firmo un contrato". El documento incluye un check list, un minucioso listado que detalla las reglas de juego, prácticas y márgenes de dolor aprobado: "No tiene valor legal, pero sí carácter simbólico en esta comunidad. Como el collar con las iniciales del amo que marca propiedad sobre el sumiso. Ser amo supone un acuerdo, confianza. Atás a la persona que está bajo tu control, la vendás y se entrega totalmente. Si no hay consentimiento, sería manipulación, o peor, abuso. Nuestra búsqueda va por otro lado".
Mi ama me ama
Además de organizadora de los eventos de Mazmorra, Paula es la pareja y sumisa de Ciro. Hace memoria: "Llegué hace cuatro años. Siempre tuve fantasías 'raras', pero cuando se las planteé a mi exmarido, me mandó literalmente al psiquiatra". Las sesiones de terapia y las charlas con especialistas en juegos sexuales le abrieron los ojos. "Sabía que existía el BDSM, pero no le entendía la onda. Entonces conocí a Ciro. Al principio charlamos un montón y de su mano empecé a descubrir qué me divertía en la cama y también qué no".
En el medio, cuenta Paula, tuvo su deconstrucción como mujer. Es feminista, y eso implica romper las estructuras en el BDSM, un espacio tradicionalmente sometido por el machismo. En los eventos, dicen, predican contra ese paradigma: "Feminista sumisa, suena raro, ¿no? Pero en este camino de autoexploración de mi placer, ser sumisa me empodera como mujer. Pienso que el sexo convencional es machista, sólo importa el placer del hombre. Cuando nosotras elegimos un rol, lo atamos a nuestro placer. El límite está en el preciso momento en que nos deja de gustar".
Unidos y dominados
El código de vestimenta en la fiesta es diverso: desde el icónico leather (el cuero predomina en camperas, muñequeras, borcegos y, por supuesto, collares) hasta elegantísimos vestidos largos y tacos aguja kilométricos. Algunos caballeros lucen acodados en la barra una elegancia sobria, con sweaters anudados al cuello. Otros, más glamorosos, emperifollados con peluquitas carré y minifaldas, brillan como personajes de animé en la pista de baile del primer piso. Los juegos de rol y el fetichismo nunca pasan de moda.
El subsuelo está poblado por un oscuro mobiliario: potros de tortura finamente acolchonados, arcos para practicar el shibari –la disciplina de atadura de origen japonés–, diminutas celdas y cruces de San Andrés con sus cadenas. Un espacio bien dispuesto para la experimentación. Con una sola regla suprema: sano, seguro y consensuado.
El DJ dispara por los parlantes clásicos de Marilyn Manson y Nine Inch Neils. Un gran círculo humano disfruta con extremo respeto de una performance extrema. Con los ojos bien cerrados, una chica atada con papel film a una columna se entrega al placer que le brindan un chico de rostro enmascarado y una señorita vestida de impoluto cuero. Juegan con la respiración y con una fusta. En el clímax, el trío se funde en un abrazo.
El pibe de la careta se hace llamar Míster K: "Me gusta esto de incorporar la actuación, los roles. Pero no es solo un juego, hay que estudiar para las sesiones. Y la mejor manera es practicar: puedo pasarme horas buscando los puntos erógenos. Encontrarlos es hermoso. Cada ser humano es un mundo". Se define como un amo sádico, y eso implica un vínculo muy fuerte con sus sumisos: "Hay que construir confianza. Además está la palabra de seguridad, que garantiza el cuidado de la persona. Esto no es 'te pego en el culo hasta cansarme'".
A las 4 de la mañana, el subsuelo luce exhausto. "¿Ya se retira, Señor X?", pregunta la Señorita O cerca de la salida. Cuenta que antes de llegar a Mazmorra sentía muchos pruritos con su cuerpo: "Era muy reprimida, tenía inseguridad, pero acá aprendí, más allá de explorar mi deseo, a relacionarme con las personas". Hoy exhibe sus generosas curvas sin prejuicios. En la comunidad encontró compañeros de placer y, sobre todo, amigos: "¿Sabés lo que es el BDSM? Una forma de comunicación".
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 14 de octubre de 2018

De la cabeza

La dueña de la sombrerería Maidana tiene un don muy especial. Cuando un cliente entra a su local, Adriana demora una fracción de segundo en adivinar el talle preciso para su cabeza. "Debe ser la vista de sombrerera –explica–, herencia de mi familia, que tiene más de un siglo en el rubro". Su padre, su abuelo y su bisabuelo fueron sombrereros, y sus hijos dan una mano. Todos son auténticos artesanos de la buena sombra.
Con sus variados diseños, los Maidana han dado elegancia, estilo y reparadora protección a las cabezas de varias generaciones. Sin dudas, entrar a este clásico local de la avenida Rivadavia al 1900 es una invitación a recorrer la historia familiar. Como la tarde viene floja, por la crisis y la ausencia de clientes, Adriana se toma el tiempo necesario para repasar las andanzas y desandanzas de sus antepasados en el gremio.
Cuenta que el primer miembro del linaje fue Luis Maidana, migrante italiano llegado al puerto de Buenos Aires a principios del siglo XX: "Mi bisabuelo aprendió el oficio en Europa. Piense que Italia es la cuna del borsalino. Acá arrancó marcando tafiletes, el cuero que va dentro de la copa. Trabajaba para varias casas". Al poco tiempo, una idea le empezó a dar vueltas en la testa: ser su propio jefe. Entonces, Luis se asoció a otro obrero y empezaron a producir bombines y otras variedades en un caserón de Palermo. Los primeros años fueron duros, pero lograron abrir un local sobre la calle Victoria, frente al antiguo Senado.
El sombrero era todavía un signo de distinción patricia, aristocrática y por demás elitista. El poder siempre se sube a la cabeza: desde el chambergo de Bartolomé Mitre hasta las galeritas de la UCR antipersonalista de Marcelo T. de Alvear, pasando por el bicorne emplumado de Roca. En las antípodas estaba Hipólito Yrigoyen, que prefería diseños más populares como el bombín, heredero directo del jipijapa con que San Martín cruzó los Andes o el gorro frigio del escudo nacional. Adriana asegura que el "Peludo" era cliente asiduo de la casa. Dejaba su gastado hongo de fieltro para que lo reparara Maidana.
Luis Bonifacio, el hijo de don Luis, tomó la posta en los años '30. Cuando mudó el local a Rivadavia, comenzaba en la Argentina la edad de oro del sombrero. "Tomó impulso a nivel urbano con el ascenso de las clases medias –cuenta Adriana y señala una foto de Gardel coronado con su inmortal orión–. Los hijos de los inmigrantes tuvieron su primer sombrero. Era una señal de progreso". En esos años nadie salía a la calle sin la obligada protección sobre el marulo. El abuelo de Adriana vio florecer el negocio, pero murió joven.
En 1962, agarró las riendas su hijo Jorge y reorientó la producción hacia el nicho campestre. "Mi papá es un gran innovador. En los '70 diseñó el corazón de potro, nuestra marca registrada". Don Jorge rompió las hormas con un modelo de copa cónica y ala corta que batió records de venta entre los criadores de caballos de la Pampa húmeda, los paisanos de la Patagonia y los gaúchos de Rio Grande do Sul: "Hasta ese momento se usaba el campero, que es una derivación del sombrero sevillano. Mi papá ahora está con algunos achaques de salud. Pero antes de retirarse creó su último gran diseño: el hornero". La obra, inspirada en el trigueño nido del ave patria, puede apreciarse en las vitrinas del local. Chapeau!
Adriana es, desde hace años, la primera mujer al mando: "No me dedico a la producción porque implica mucha fuerza física. Soy cero agujas. Lo mío es la teoría del diseño y las ventas". También puede dar lecciones magistrales sobre la historia del sombrero. Y, quizá lo más importante para el cliente inexperto, tiene muy buen gusto: "Si el usuario es flexible, recomiendo un sombrero acorde a su contextura física, su corte de cara. A usted, que es alto, nunca le daría una copa demasiado alta, ni el ala muy chiquita. Un carajito no es para usted". Frente al espejo, se descubre que Adriana siempre tiene razón.
Sombrero en guaraní
Los sombreros Maidana son 100% fatti in casa. Daniel es el maestro artesano al mando del taller, un espacio enclavado al fondo del local, a plena vista del cliente, que atesora vitales herramientas con más de un siglo de trabajo a cuestas: pesadas planchas, hormas torneadas de madera maciza y el extrañísimo conformador, un objeto digno de la imaginación de Julio Verne que mide el diámetro preciso de la cabeza del cliente. 
Daniel es paraguayo, nacido y criado en la triplefronteriza Ciudad del Este. Trabaja en el taller desde 2011. "Cuando entré, prácticamente no sabía ni cómo ponerme un sombrero", dice, pícaro. Las sabias enseñanzas de don Jorge y Adriana lo han convertido en un experto en la materia. De los últimos que quedan en el país.
El artesano resume los pasos básicos del oficio. Primero, domar la materia prima (fieltro hecho con pelo de liebre compactado con fuerza centrífuga y vapor); enseguida, montarla sobre las hormas para marcar la copa; luego, la fina costura, el modelaje, el planchado… y listo el sombrero. El lento proceso demora tres días de ardua faena manual. Esta tarde, Daniel plancha con digna templanza paraguaya un modelo "tango", ideal para los pocos malevos que quedan en el siglo XXI.
La reparación es un servicio innovador que ofrece el profesional. Si el ejemplar se mancha o pierde su forma, es posible dejarlo como nuevo. Pero hay casos perdidos: "Si te lo agarran las polillas, fuiste. Porque el trabajo con el vapor estira los agujeros y rompe el fieltro. Ahí no queda otra que poner una pluma o una piedrita de color".
Daniel no hace gala de sus obras. Apenas atesora un par de sombreros de verano en su ajuar. Los usa en contadas ocasiones. "Por ahí es por prejuicio. A veces, mis paisanos me cargan. Es que en Paraguay, se le dice 'sombrero' al 'pata de lana' –ríe el guaraní–. Los amigos que saben de mi oficio no dejan que me acerque a sus mujeres".
Por una cabeza
Dice Adriana que los argentinos somos bastante conservadores: "Si salís a la calle con sombrero, te miran como un bicho raro, somos pacatos". Entre su clientela, destaca la afluencia de médicos, abogados y, por supuesto, trabajadores rurales: "No es masivo, antes era distinto, cambió mucho la manera de vestir. Y tampoco se usa sombrero en la ciudad por razones prácticas. ¿Cómo hacés para viajar en subte en hora pico? Imposible". Aunque el público adulto es mayoría, cada vez son más los jóvenes rockeros y tangueros de la nueva guardia que rompen el tabú.
Otro nicho novedoso es el de los clientes que llegan por prescripción médica. No es posible tapar el sol con un dedo pero sí con un buen sombrero. La sombra que regala un buen corazón de potro se consigue por $ 4200. Y por casi $ 5500, un auténtico panamá. Hecho a mano, claro.
Al posar con sus productos, la vendedora destaca su fetiche: un canotier de estilo gondoliere veneciano. Aunque no olvida las virtudes de las galeras inglesas de felpa. "No sé si volverá la época gloriosa. Menos en estos años de tormentas económicas. Igual, ya estamos acostumbrados a soportar vendavales. Y nunca se nos voló el sombrero".  «
Políticos con sombrero
A 50 metros del Congreso, la tienda Maidana ha vestido, sin distinción de ideologías, las cabezas de Alfredo Palacios, Arturo Illia, Carlos Ruckauf, Federico Pinedo y hasta De la Rúa, que prefería las gorras. ¿Su mayor desafío? Sin dudas, el campero extralarge de Eduardo Duhalde. También líderes de la talla de Lula y Bill Clinton protegieron sus ideas bajo el ala de un Maidana.
Publicada en Tiempo Argentino por acá.

sábado, 13 de octubre de 2018

Postales salvajes

En la primera postal se ve un curtido mapa de Norteamérica. Una línea tatuada con fibra gruesa se mueve a los tumbos desde el extremo sur del continente. Cruza la frontera del Río Bravo y atraviesa San Bernardino, Los Ángeles, San Francisco y se pierde en el infinito canadiense y más allá. El viajero ducho sabe que la cartografía oficial es solo una guía. Nunca es el territorio.
El mapa personal es otra historia. Muchas historias. La de Osvaldo Baigorria arranca hace más de cuatro décadas: “En enero de 1974 salí en tren y en parte a dedo a un viaje que me llevaría casi once año de búsqueda por territorios de la contracultura que se propagaba desde y hacia la Costa Oeste norteamericana”. Las primeras líneas de Postales de la contracultura: un viaje a la Costa Oeste (1974-1984), flamante libro editado por Caja Negra, son el punto de partida para que este escritor y periodista peregrino, nacido y criado en el barrio porteño de Mataderos, ensaye un fascinante ejercicio de memoria.
A partir de decenas de bellísimas postales salvajes, que capturó con las lentes de una Leica IIIC -perdida on the road- y una Pentax K 1000, Baigorria se anima a trazar un mapa personal, pero sobre todo epocal, de sus fugas y derivas de más de una década. Un documento que echa un haz de luz sobre el pasado pisado. Pero también sobre el oscuro presente y, por qué no, el incierto futuro que nos tocará recorrer.
Soltar amarras. La pulsión nómade de Baigorria floreció a principios de los '70, con las últimos calenturas que regalaba el “verano del amor” sesentero en estas pampas. En ese tiempo, el joven Osvaldo –miembro activo del colectivo Política Sexual- se lanzó a la aventura. Como un fugitivo, decidió escapar de la Buenos Aires opresiva y policial, previo al baño de sangre del Proceso militar. Tomó su pesada mochila, alambres y herramientas para forjar artesanías, y partió para hacerse la América rumbo a la tierra prometida de la contracultura.
En el horizonte divisaba un paisaje imaginario, enclavado en la occidental costa brava estadounidense. California dreaming. Paraíso del amor libre, las drogas, la psicodelia, el rock, los hippies, los poetas beat y la vida comunitaria. Cuando llegó a destino, el panorama era muy distinto: “Mi experiencia fue otra también porque el ‘afuera’ en el que me hallaba no era el de un cronista de Life o de Look que venía a observar el boom del hipismo en la Costa Oeste sino el del chico argentino que había querido participar de esta movida aunque arriba años más tarde, sin entender todo lo que estaba sucediendo a causa de la barrera del idioma aunque sin barrera ni prejuicio contra la cultura de la contracultura. La frustración era doble. No había llegado a vivir en el Haight-Ashbury en el ’67 ni en el ’74. California era una tierra prometida difícil de alcanzar hasta para los que nacieron en el medio de la promesa.” Laburar de sirviente con cama adentro en Silicon Valley, cuidar ancianos y aprovechar el pan de cada día que ofrecían los templos religiosos de Frisco eran también una forma alternativa de acercarse a la contracultura. Experiencias de migrante, latino y pobre. Devenir minoritario.  
Engordado por más de 40 postales y 70 potentes crónicas, divididas en tres apartados –“La ruta”, “La ciudad” y “El bosque”-, el libro de Baigorria se aleja de la saudade y el tono melancólico para explorar un sendero que se bifurca ante la reflexión sobre la(s) contracultura(s), desde aquellos años tórridos hasta nuestro frío presente. En Postales… hay espacio para todes: los beatniks, los pibes del flower power, las Panteras Negras, los yippies del Youth International Party (YIP), los ecologistas, las feministas, los drop outs, los freaks, la prensa alternativa, los nudistas, los desertores del hogar, de la escuela y del servicio militar… Nosotros versus ellos.
Se recuerda también a los compañeros de ruta, fiesta, cama y bosque. Como Hugh Elliot, un ingeniero autodidacta inglés que llevó la electricidad a los profusos bosques de Argenta, en la Columbia Británica canadiense, la comuna donde Baigorria ensayó su propio “retorno a la tierra” después del stop californiano. O Fernando González, un chicano pacifista ex combatiente de Vietnam que atendía un sex shop en Frisco. También la familia Stevenson: cuáqueros, enemigos de las guerras y siempre solidarios con los evasores de la cruzadas militaristas.
Memorias, ensayo, crónica de viaje, manifiesto, manual de supervivencia… El libro de Baigorria es difícil de clasificar, como toda su fascinante obra. No lo dude, querido lector, rompa el chanchito y cómprese un ejemplar. O siga el consejo del anarco Abbie Hoffman: vaya a una gran cadena de librerías, fíjese si el empleado está distraído y cometa un acto de justicia contracultural. Robe este libro.
Publicado en Tiempo Argentino, por acá

jueves, 27 de septiembre de 2018

Napalm y los caníbales

En combi, auto o bicicleta, caminando y también a dedo. Así se acercan los fieles metaleros hasta el Teatro Vorterix, en el barrio de Colegiales, para celebrar –en este martes de paro– un ágape de durísimo heavy internacional. Una misa extrema presidida  por dos popes del gremio: los veteranos ingleses Napalm Death y sus colegas neoyorquinos de Cannibal Corpse.
“¡Por suerte fue bien pesado el paro! Costó llegar, pero acá estamos, evitando el ablande”, dice antes de ingresar al coliseo Leonardo, curtido fana llegado a pata desde Villa Urquiza. Agrega que la caminata fue la entrada en calor para el pogo que compartirá con otros colegas en el ruedo. El cuarentón todavía recuerda la primera vez que vio a Cannibal Corpse en el estadio Obras, circa 1994: años dulces del nefasto menemato. Presentaban el mortífero clásico de clásicos The Bleeding (La hemorragia). Venían de tener un cameo en el film Ace Ventura. Jim Carrey era fanático del grupo liderado en esos años por el barbudo Chris Barnes. “En ese show tocaron con Escabios, Deicide y Ratos de Porao –se despide el heavy memorioso–. No sé si fue el pogo más grande del mundo, pero sí el más pesado”.
Los Morferus, crédito local, son los encargados del primer acto de la noche. La banda de Banfield no defrauda y el público, de estricta etiqueta negra, celebra su entrega con algunos aplausos. “El loco del martillo” es el punto más alto de su brevísimo presentación.
A las 20:30, con estricta puntualidad británica, los Napalm Death encienden su maquinaria pesada. Con más de 30 años en el palo, no hay signos de oxidación en los padres del grindcore. ¿La génesis de su historia? Pibes de suburbio que querían tocar la guitarra a la velocidad de la luz. En 1981, Nicholas Bullen y Miles “Rat” Ratledge, dos quinceañeros de la industrial Birmingham, decidieron eludir su seguro destino como obreros automotrices, armaron una banda anarco punk y salieron a tocar en pubs de mala muerte. Gracias a los fanzines y el goteo postal de sus cassettes, los Napalm Death llenaban tugurios. Misteriosamente, uno de esos cassettes piratas llegó hasta los estudios de la BBC. A las manos de John Peel, mítico locutor que, después de difundir el trabajo de los primeros punks y el tsunami de la new wave, puso sus fichas en el grindcore y el death metal. El primer “hit” de Napalm Death que hizo sonar en la radio fue “You Suffer”, luego inmortalizado en la placa Scum: un estruendo de un segundo y medio de duración acompañado de un haiku hardcore: “Vos sufrís, ¿pero por qué?” Cuando detona en Colegiales, el teatro se derrumba. El público pide bis, y la banda repite. Comandados por el histórico bajista Shane Embury y el movedizo frontman Mark “Barney” Greenway, sin dudas los británicos juegan de local en la Argentina. Barney, que es socialista, pacifista y anticlerical, deja su mensaje de apoyo a la lucha de los trabajadores del Estado. En sintonía, la platea entona el “hit del verano” antiMacri. Para el cierre, la banda hecha nafta al fuego con un cover antifacista de los Dead Kennedys. Sublime.
El plato fuerte de la jornada es servido por Cannibal Corpse, reyes del “brutal” death metal. Presentan su disco Red Before Black, un trabajo que no rompe con la tradicional receta de machaque, riff salvajes, gruñidos guturales y ácidas líricas bañadas en la cultura gore, zombi y sus satélites. Los Cannibal Corpse salen a comerse el escenario desde el arranque. El headbanging de los pilares de la banda marea. Hace temer una tortícolis atroz. En más de una hora, repasan gemas feroces de sus discos capitales: Butchered at Birth (Descuartizado al nacer), Tomb of The Mutilated (La tumba del mutilado) y el de título menos metafórico Kill (Matar). Obras –y artes de tapa facturado por el ilustrador Vincent Locke incluido– que durante muchos años sufrieron la salvaje censura en algunas partes del globo. El cierre del show es a toda orquesta. El cantante George Fisher le saca chispas a su garganta al hacer tronar Hammer Smashed Face(“Cara aplastada a martillazos”). Entonces, la familia metalera emprende el regreso a casa satisfecha. En paz.
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá.

Confieso que he bebido

El dueño del Museo del Whisky se toma un cafecito. El sol cae sobre Coghlan, y Miguel Ángel Reigosa hace tiempo en el bar. Aguarda la llegada de los primeros parroquianos.
La sede de la Asociación Whisky Malt Argentina, catedral local de la espirituosa bebida, luce con orgullo su elegancia british. "Lo corrijo: es más bien escocesa. El diseño está inspirado en todos los pubs que recorrí en mis 28 viajes a ese país –detalla Reigosa–. Quería tener bien cerca de mi barrio toda su calidez y afecto, y obviamente las mejores etiquetas."
De un saque, el caballero liquida el contenido del pocillo y confiesa que su corazón se divide en partes iguales –fifty-fifty– entre la humilde Siberia de Villa Urquiza que lo vio nacer y las ricas tierras escocesas que le dieron de beber. "Esta casa es un espacio de culto. Un resumen de mi vida." No le es ajeno al coleccionista que la palabra whisky proviene del gaélico escocés uisge beata: el "agua de la vida".
Desde hace cuatro años, el rejuvenecido caserón inglés del 1900, enclavado sobre la avenida Monroe, es punto de encuentro obligado para la logia de bebedores del scotch y sus satélites. Con más de 3000 botellas, el museo es el segundo a nivel internacional. En sus tres coquetos pisos también hay espacio para una tienda exclusiva y un restaurante-bar con la barra de whiskies más grande del continente. ¡Trescientas etiquetas al alcance de los vasos! "Pero ojo –advierte el especialista–, todo en su justa medida. No hay borrachos en el Museo del Whisky."
La historia que hermana a Reigosa con el brebaje creado en el siglo XV por el fraile John Cor arranca con una curda. "La última, con otro producto –aclara Miguel Ángel–. Era el '78, yo andaba por los 14 años. Había ido a bailar al boliche City Hall. En ese tiempo se tomaban el Séptimo Regimiento, el Chacho… unas bombas. Después del baile terminamos en la casa de mis viejos. Éramos como 12 amigos, con algunos tragos de más. A eso de las cinco de la mañana, apareció mi viejo. Nos miró serio y dijo: 'Mañana vengan con sus padres, tenemos que charlar'". Un día después, volvieron con los papás. Don Reigosa los recibió con dos botellas de Old Parr sobre la mesa. Les sirvió una medida y un consejo: "Cuando salgan tomen poco, pero bueno". ¿Qué recuerda Miguel de aquella cata iniciática? "Fue una maravilla, se me abrió un mundo que recorro hasta el día de hoy." Esa tarde liquidaron una botella. La otra sigue sellada hasta nuestros días. Entre la crème de la crème etílica de su colección, la curtida botellita de Old Parr es la más querida. La joya secreta del ajuar familiar.
Miguel egresó del industrial con el título de maestro mayor de obras. En el '82, estaba bajo bandera y lo mandaron a Malvinas. La guerra fue un mal trago que le dejó muchas lecciones: "Siempre digo que gracias a Dios me tocó ir. Puse el pecho por mi Patria. Los escoceses nos respetan por la guerra. Cuando voy a sus islas, me hacen acordar mucho a nuestras Malvinas".
De vuelta en Urquiza, primero fue vendedor en una casa de deportes y luego entró al mundo de las importaciones: "Cada vez que viajaba me traía una botella de single malt. Ahí se me despertó la veta de comerciante". La muerte del padre fue otro trago amargo que Reigosa digirió como pudo: "Cuidaba mucho a mi mamá, Celia. Por las noches lloraba y no podía dormir. Entonces me hice habitué del Café de Los Incas". En el boliche de Belgrano R encontró pares, amigos que lo sacaron a flote. La copa corta de boca ancha siempre estaba a mano. A principios de los '90 juntó todos sus ahorros, compró Los Incas y pasó del otro lado de la barra. Con sus socios se propuso tener la mejor de la ciudad. Brindaron cuando lo lograron.
Para los 2000, Reigosa ya era una figura mayor en el universo del whisky. Fundó la asociación –que hoy nuclea a más de 5000 socios y tiene seis franquicias en el interior–, arrancó con su programa de tevé Mundo Whisky y conoció y bebió a la par de los popes del arte de las barricas: desde Richard Paterson hasta Colin Scott, maestro mezclador de Chivas Regal. Hasta sacó al mercado el agua oligomineral William Wallace –homenaje al patriota escocés de las polleras– para mixturar con el trago. Sus más de 30 años en el gremio lo alejaron del purismo: "A mí me gusta el whisky con hielo, pero que cada uno lo tome como quiera. En el fondo, la que impone respeto es la botella".
Mensajes en la botella
"Antes de trabajar acá, odiaba el whisky", confiesa sin ruborizarse Patricia, atenta recepcionista y guía del museo. Tras las clases magistrales de Miguel Ángel y mil y una catas, su paladar cambió de parecer: "Me atrapó la diversidad de sabores, los irlandeses son exquisitos. Ahora tengo la costumbre de tomar uno los fines de semana, después de la comida. Fuera del horario de trabajo", sonríe la muchacha, y agrega que son cada vez más las mujeres que se acercan al club y rompen con el estereotipo del bebedor varón y añejo.
El padrón de la asociación –con membresía de 2000 pesos al año– también muestra un incipiente cambio demográfico entre los socios. Los sub 40 vienen ganando terreno. Lejos de la bohemia, en el bar reina un ambiente más familiar.
Otro Miguel, joven abogado, es habitué. Esta tarde comparte mesa y unas copitas de Arran, un malt finísimo, con Vera y Tadeous, una pareja de jubilados llegados desde Londres. "Acá hice muchos amigos. El whisky me suelta, me pone bien, es mi relax después de la jornada de trabajo. En casa lo acompaño con una barra de chocolate, mi ritual sagrado." Los visitantes juegan como de local. "Aunque es una bebida bien escocesa, no hay británico que se le resista. El paladar no sabe de nacionalismos", arriesga el londinense de jóvenes 90 años.
Gastón Gambo, comerciante de la madera y miembro del club, tiene un bosque de conocimientos sobre las cualidades del fiel roble de las barricas: "No es la madera más dura ni la más blanda ni la más estable. Pero, en promedio, tiene las mejores virtudes. Le otorga el sabor, el carácter. El roble americano le impregna ese gustito avainillado al bourbon. El europeo, ese sabor ajerezado y la pigmentación ámbar". Dice que la cata tiene estricta hora de largada, pero que la sobremesa y el diálogo ameno entre colegas pueden estirarse hasta el amanecer. El joven coincide con George Bernard Shaw. El whisky es la luz del sol en estado líquido.
Museo líquido
Los retratos de la dinastía Walker, los caminantes Alexander I y II, dan la bienvenida al museo. La sala es una pinturita. En las vitrinas lucen sus pócimas botellas de todo el globo. Las de fina etiqueta japonesa, la conmemorativa del casamiento de Lady Di y su príncipe infiel y hasta la que degustaron los pasajeros del Concorde en su vuelo de bautismo. Reigosa dice que probó el néctar de casi todas. ¿Su truco? Conseguir siempre dos ejemplares: uno para coleccionar, el otro para compartir con amigos. 
Cuenta que erigir el museo fue más duro que vencer a la peor resaca. Invirtió lo que no tenía y trabajó más de dos años codo a codo con los albañiles para hacer realidad su sueño. "Hace poco, una empresa francesa me quiso comprar la colección. Les pregunté cuánto pagarían por una vida. Porque estaba en juego la mía. Todo esto queda para mi hijito Lorenzo, el heredero al trono." La reina madre de la antología etílica es la Royal Salute 50 años, valorada en más de 40 mil libras esterlinas, una edición especial de 225 botellas.
Párrafo aparte merece la 62 Gun Salute, lanzada al mercado para celebrar el cumpleaños de la reina Isabel. Reigosa asistió al ágape. "Me costó ir. Justo coincidía con el cumpleaños de mi vieja. Además, lo charlé con mis compañeros excombatientes. Me dijeron que fuera, que los hiciera quedar bien." Alquiló un smoking en el barrio y se mandó para la capital del imperio: "Sólo tres argentinos conocemos a la reina en persona: el 'Turco', Adolfito Cambiaso y quien le habla. De Villa Urquiza al Palacio de Buckingham, quién lo iba a pensar".
Al despedirse, Reigosa convida una copa de Dylan Thomas, la etiqueta que rinde culto al brillante poeta que, cuentan las malas lenguas, pasó a mejor vida luego de beber 18 medidas al hilo. Una proeza digna del escritor galés. ¡A su salud! «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 9 de septiembre de 2018

Vaca muerta

"¿Te acordás cuando comíamos asado?" La pregunta se escucha al pasar frente al Museo de la Ciudad, en el corazón del casco histórico porteño. Con la ñata contra el vidrio, a una jubilada se le van los ojos al ver las piezas que integran la exquisita muestra "Carne", recientemente inaugurada en el edificio de Defensa y Alsina. En una época que vuelve a ser de vacas flacas, no es extraño que la carne bovina se convierta en objeto digno de museo. Y aunque todavía conserve el primer puesto en el podio culinario nacional –41,2 kilos per cápita por año–, cada vez pasa más lejos de la mesa de los argentinos.
Traspasar la plástica, muy colorida y desflecada cortina kitsch que cubre el acceso al museo permite repensar la relación que enlaza a las vacas, su carne y derivados con el metafísico ser nacional. Desde hace siglos, son el pan de cada día de los habitantes de este suelo. Vaquerías, saladeros, mataderos, frigoríficos: los bovinos marcaron a fuego el modelo de país. "Desde hace un tiempo, el museo decidió mostrar cosas que, de tan evidentes, no las vemos. El año pasado fue el alfajor, ahora la carne, un producto que forma parte de nuestra vida cotidiana: en cada cuadra hay un carnicero amigo, y en la ciudad quedan los vestigios de la industria de la carne", explica Ricardo Pinal, director de la institución.
La exposición se nutre del aporte de coleccionistas privados, de obras de los museos de los Corrales y de Zárate, del Mercado de Hacienda, del Sindicato de la Carne y de muy diversos artistas e investigadores ligados a la plástica, la literatura y el cine. "Carne" ofrece un menú bien diverso, segmentado en dos platos fuertes: la cocina de la industria cárnica y la guarnición cultural.
Una línea de tiempo permite recorrer los grandes hitos del país de las vacas. Arranca con la travesía desde el Brasil hasta la Pampa que realizaron en 1556 los hermanos Goes con siete vacas y un toro semental. Culmina cuando las exportaciones de carne llegaron a las 330 mil toneladas en 2008, durante el tórrido lockout sojero por la resolución 125. En el medio, la creación del primer frigorífico en 1883, o el asesinato del senador Enzo Bordabehere, en medio de las denuncias de Lisandro de la Torre por los negociados del nefasto pacto Roca-Runciman. Los trabajadores de la carne, que robustecieron los músculos del naciente peronismo, el 17 de Octubre del '45, también tienen su espacio.
Cuadros al óleo de bifes, lomos y mollejas, firmados por Micaela Gauna, adornan las paredes. También obras más populares: el Patoruzú de Dante Quinterno, la Vaca Aurora dibujada por Mirco Repetto y un grabado del maestro Carlos Alonso fechado en 1976, cuando los militares convirtieron a la Argentina en un matadero.
La instalación, que replica una carnicería del siglo XX, es otro detalle de color de la muestra. Y los afiches originales, a 50 años de su estreno, del mítico film Carne, regalan la carnosa imagen de Coca Sarli.
El cierre del paseo tiene su broche de oro justo enfrente del museo, donde una improvisada parrilla al paso ofrece choris, patys y jugosos sánguches de bondiola a precios populares. "¡Ochenta pesos el chori con chimi! Todavía no aumentamos", asegura el comerciante. Un aplauso para el asador. «
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domingo, 2 de septiembre de 2018

Hongos: la vida debajo del sombrero

En el bosque hay un duende regordete. Sonrisa dibujada, larga barba ya canosa, cuerpito por demás macizo y, por supuesto, gran bonete. Reposa relajado, quizá algo solemne, duro como toda buena estatua. "A veces pienso que debo tener algo de estos enanos. Y no lo digo por la barriga, sino por cómo me gustan los hongos. Son mi pasión", dice Gabriel Terzzoli, entusiasta micófilo y dedicado productor de muy diversas especies del reino funyi en la Villa de Merlo, provincia de San Luis.
"Primero, aclaremos los tantos –dice el caballero–: ni animales ni vegetales, los hongos son un reino aparte, del que no se sabe demasiado y todavía queda mucho por estudiar. Hay 250 mil especies conocidas, pero más de un millón y medio por describir. Tienen rasgos del reino animal. Por ejemplo, el gameto masculino es igual al del espermatozoide. Y también son seres que responden a los ciclos circadianos, los ritmos que tenemos los individuos de una especie. ¿Sabía que los humanos compartimos el 30% de los genes con los hongos? Pero vamos más despacio. Ya le dije que soy un apasionado, por eso creamos este espacio."
Terzzoli detiene su apasionado relato por unos segundos, otea el bosque al fondo de sus dominios puntanos como para tomar envión, pasea por los senderos de su memoria y luego se larga a recordar la génesis de MundHongo, el proyecto productivo que le cambió la vida para siempre: "Con mi familia queríamos estar más cerca de la tierra. Los hongos nos dieron esa posibilidad. Acá estamos, creciendo de a poco."
Larga vida al shiitake
Había una vez, allá por el año 2000, en la zona de Pergamino, un ingeniero agrónomo especializado en genética de semillas que se ganaba la vida trabajando día y noche para una empresa agroquímica de las grandes: "Un oficio que requería mucha atención y devolvía bastante tensión –recuerda Terzzoli–. Que viajar a China para buscar una semilla, que una escapada a Formosa para diseñar un híbrido de maíz… Cruzaba variedades de todo el mundo, un mejoramiento que se hace desde el principio de la agricultura." Cuando cumplió 38, en paralelo al desembarco de los transgénicos en las pampas, su cuerpo le hizo entender que el ciclo en el gremio semillero estaba terminando: estrés, colesterol. Necesitaba un cambio de vida. Así hacen su aparición estelar los hongos en esta historia. Para ser más precisos, el shiitake, el "hongo de la larga vida" que cultivan los orientales hace mil años.
Terzzoli los incorporó a su dieta por el sabio consejo de su esposa, Patricia Harper, madre de sus cuatro hijos y odontóloga de profesión: "El shiitake es el hongo que más se consume en el planeta, después del champiñón –explica la dama–. Por sus propiedades, es reconocido como el hongo de la salud: baja el colesterol, regulariza la presión arterial y fluidifica la sangre." En pocos meses, Gabriel estaba hecho un pibe de 40.
Quizá fue sólo una señal, un indicio de que su nueva vida recomenzaba bajo el sombrero protector de las setas. "Como buen descendiente de tanos, siempre me gustaron los hongos –aclara Gabriel–. Cuando viajaba al exterior, comía. Acá no había mucha variedad. La Argentina es un país sin demasiada tradición en el consumo. En Hong Kong o Alemania es como comer pollo. Producen mil veces más que nosotros."
De un día para el otro, Terzzoli comenzó a cultivar como quien planta tomates en el fondo de su casa. También se ilustró en la materia: "Las formas de siembra son a partir de una semilla de algún cereal inoculada con el micelio del hongo –detalla–. Para el cultivo silvestre se utiliza álamo carolino. Se le hace un tajo en el tronco y se pone la semilla miceliada. Es un producto muy noble, no hay con qué darle. Tienen proteínas como si fueran un chivito, pero son súper sanos, con muchas propiedades para el organismo."
En 2003, los Terzzoli levantaron campamento bonaerense y se mudaron a Rincón del Este, a pasitos del centro de Merlo y sus cerros. Pusieron manos a la obra y en poco tiempo, los hongos salieron como hongos. Cultivaron sobre troncos y en el sótano de la casa variedades de gírgolas y fueron pioneros en la producción del shiitake. La fama de sus productos corrió de boca en boca: los vecinos, los verduleros, los cocineros, los turistas cayeron rendidos ante el encanto de sus manjares frescos. Luego dieron un paso más allá con las conservas, los licores y los hongos disecados. Y desde hace un tiempo, sumaron un recorrido didáctico por el predio: Patricia da clases magistrales y su hija mayor aporta desde la academia: estudia Biología, con especialización en, obvio, micología.
Antes de comenzar el recorrido por el bosque, Patricia exhibe un exuberante sombrero de shiitake que podría alimentar a toda la casa imperial japonesa: "Creo que en la Argentina reina un gran desconocimiento respecto de los hongos –especula la señora–. Si tenés de estos en la heladera, te olvidás de ir a la carnicería. Podés hacerte un omelette, una tarta, un risotto, una ensalada. El menú es infinito."
Ojalá que llueva, que crezca…
En el subsuelo del bosque hay una selva de micelios. "En el reino de los hongos, lo esencial es invisible a los ojos –aclara Patricia mientras recorre los senderos_. El sombrero es el hijo, la flor, el fruto. El micelio, su cuerpo bajo la tierra. Es una red neuronal muy delicada que puede abarcar kilómetros, comunicar a este pino con el arroyo, contarle que estamos acá." Una suerte de antecedente silvestre de la Internet, que habita el planeta desde el comienzo de los tiempos. Inteligencia fungal.
La guía asevera que el micelio nunca muere. Sobrevivió a los grandes cataclismos de la naturaleza. También a los desastres generados por la mano humana, como las guerras mundiales y las bombas de destrucción masiva coronadas por hongos atómicos.
A los pies de un sauce crece saludable un ganoderma australe, una variedad muy utilizada con fines terapéuticos. "Me gusta decir que los hongos son muy potentes en todo lo que quieren hacer –explica Gabriel–: los medicinales y los comestibles, los venenosos y los alucinógenos… Todo lo que hacen, lo hacen con potencia."
Groucho Marx alguna vez dijo que todos los hongos son comestibles. Algunos solamente una vez. La amanita phalloides crece debajo de los pinos y cuenta con el más temible apodo de la colectividad: "El hongo de la muerte". Ante su carnoso sombrero cayeron mortalmente rendidos desde el emperador romano Claudio hasta el Papa Clemente VII.
Su familiar directa, amanita muscaria, tiene mejor fama, ganada en base a su techo colorado con pintitas blancas y sus dotes alucinógenos. La usaban los vikingos como vigorizante antes de enfrentar la muerte en combate, también Lewis Carroll para inspirar las aventuras de Alicia, los poetas beatnik para despertar sus aullidos, los pitufos como refugio y el fontanero Súper Mario para sumar puntos en la consola de Nintendo.
Antes de cerrar el paseo, Patricia se ilusiona con los trabajos de biorremediación que aplican hongos para resucitar suelos y ríos contaminados: "Sí que son potentes, por eso hay que respetarlos, traen esperanza", dice la guía, mientras convida unos champiñones a la provenzal admirables. Dos duendes la custodian a pocos pasos. Encantados. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

martes, 28 de agosto de 2018

Ginsberg esencial al desnudo

Primero destruyamos la mitología. Allen Ginsberg no es un mito. No es esa figura que muchas veces queda reducido al cliché del poeta barbudo, hippie, puto y drogón que integró la santísima trinidad beat junto a Jack Kerouac y William S. Burroughs. Eso sería como satisfacernos con un solo fotograma de una película monumental. Ginsberg es un personaje mucho más mutante, atrapante, poliédrico y sobre todo fascinante que una estatua erecta sobre puras leyendas.  
La antología Ginsberg esencial, a cargo del editor Michael Schumacher, permite zambullirse de cabeza en la obra variopinta de uno de los poetas cardinales (¡no tengan dudas!) del corto siglo XX. Más de 500 páginas que congregan los poemas, ensayos, entrevistas, canciones, cartas, diarios y hasta fotografías paridos por este escritor, profesor, ensayista, budista, letrista y fotógrafo revolucionario. Un hombre digno del Renacimiento.
El grueso volumen reúne desde sus piezas poéticas más populares hasta la temprana poesía en prosa de finales de los años cuarenta. También joyas incunables. El exquisito “La hora del almuerzo del albañil” del verano de 1947 pertenece a ese período germinal. Obviamente que no faltan clásicos como “América”, “Sutra del girasol”, “Por favor, Amo”, “Confesión del ego”, “Sutra del vórtice de Wichita”, “Kaddish” y su eterno “Aullido”. La última frase del prólogo a Howl and Other Poeam, escrito por William Carlos Williams, mentor de Ginsberg, es una invitación para lectores de toda estirpe, imposible de rechazar: “A arremangarse las polleras, señoras: vamos a entrar en el infierno.” Una línea tan reveladora como la primera nota larga del largo aullido: “Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas, / arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca de un colérico pinchazo.”
La antología no se acota a la obra poética y extiende sus fronteras a los ensayos, correspondencia y diarios que Ginsberg dedicó a sus experiencias con el LSD y el ayahuasca, su expulsión de la Cuba revolucionaria, sus admirados Whitman y Blake, la prosa espontánea, su nomadismo imperecedero, la sangrienta Guerra de Vietnam, la Generación Beat, confesiones a compinches como Neal Cassidy y a su pareja Peter Orlovsky y por supuesto el budismo. Un auténtico viaje al corazón de la contracultura de las últimas ocho décadas.
El cierre del libro está dedicado a la faceta de fotógrafo que exploró también Ginsberg. Incluye el memorable retrato de Kerouac, inmortalizado en una terraza del Lower East Side neoyorquino; Burroughs en el ala egipcia del Met; Cassidy enamorado en San Francisco; Gregory Corso matando el hambre en un ático parisino; y el veterano malandra Herbert E. Huncke, que con 76 pirulos mira altanero el lente con cara de pocos amigos, como siempre.    
Las últimas palabras de esta reseña, sin dudarlo, son para el poeta. En la llamada “Entrevista sobre el oficio”, publicada en 1970 en el New York Quarterly, ante la pregunta sobre el sentido de la alegría y la libertad en su escritura y lecturas, Ginsberg improvisa una respuesta que ilumina el presente: “La escritura misma, el mismo acto sagrado de la escritura, cuando uno hace algo de esa naturaleza, es como una plegaria. Cuando el acto de la escritura se hace sacramentalmente, se sostiene durante unos minutos, se convierte en un ejercicio de meditación que provoca un recuerdo de una conciencia del detalle que es una aproximación a la alta conciencia. A una elevada mente epifánica. Por decirlo de otro modo, la escritura es un yoga que invoca a la mente del Señor. Si uno se entrega a una escritura que le ocupa el día completo va avanzando cada vez más y más hacia el interior de su propia conciencia central.” Y no hace falta decir ni una palabra más.   
Publicada en Tiempo Argentino, por acá