viernes, 18 de mayo de 2012

El Gran Poder Travesti

Nota hoy en SOY de Página 12.
soy
VIERNES, 18 DE MAYO DE 2012
MI MUNDO TRAVESTI DEL ALTIPLANO

Las madres del Carnaval

Una muestra montada en un museo de la capital boliviana y la edición del libro La china morena. Memoria histórica travesti rescatan del olvido las historias de Barbarella, Ofelia y la Familia Galán, auténticos iconos del folklore popular boliviano que revolucionaron desde la década del 60 y gestaron los dos festejos más grandes del país andino: la celebración del Gran Poder y el fastuoso Carnaval de Oruro.

 Por Nicolás G. Recoaro
Con bombos y trompetas como banda de sonido y entre bailes callejeros de morenada, Barbarella, con un beso, madrugó al pequeño dictador boliviano. Corría 1974 y los festejos de la Fastuosa Entrada del Señor del Gran Poder, la fiesta popular y religiosa más importante de La Paz, por primera vez en su dilatada historia rebasaba los límites del marginal barrio de Chijini, y miles de bailarines hacían su ingreso triunfal al aristocrático –y hasta entonces vedado– centro de la capital andina. En el palco de honor donde comenzaba el festejo estaba el diminuto Hugo Banzer Suárez, el dictador nacido en la tropical Santa Cruz de la Sierra que desde agosto de 1971 conducía a punta de pistola el más represivo gobierno de la historia boliviana del siglo XX. En la calle, bailando sobre sus empinadas plataformas estaba Barbarella, la emblemática travesti que desde la década del 60 se había transformado en la figura más popular en la morenada de los residentes de Achacachi. Los labios generosamente maquillados de Barbarella apenas rozaron la mejilla del dictador. Cuentan que aquel fugaz beso heló, y quizá también encendió, al sangriento tirano. Banzer prometió vengarse.
Un año después, como nunca antes había pasado, la prohibición oficial vedó la participación de las travestis en el festejo del Gran Poder. Dicen que en aquel junio de 1975 Barbarella, acompañada de algunas compañeras que integraban las comparsas en aquella década, para eludir la prohibición mareaban a los policías con sus diminutas polleras y se colaban en el festejo que escalaba por las calles de La Paz. También cuentan que aquel año fueron defendidas de la policía por las comparsas unas veces, y por el propio público en otras. La prohibición duró varios años, como la sangrienta dictadura de Banzer, y Barbarella y sus compañeras tuvieron que llevar sus bailes a barrios marginales de la ciudad y al interior de Bolivia; a las fiestas en las comunidades rurales que, por suerte, eran muchas y estaban frágilmente apartadas de la influencia del tirano. “Desde aquel año del beso ingresamos con la fiesta al centro paceño, pero también nos sacaron de ella. Sin embargo, esas participaciones se constituyen en las primeras interpelaciones y transgresiones del sistema patriarcal”, cuenta desde las alturas paceñas David Aruquipa, integrante del colectivo travesti la Familia Galán y miembro de la Comunidad de Investigación Diversidad, quien junto a la antropóloga Varinia Oros y el escritor Clevert Cárdenas son algunos de los responsables del libro La china morena. Memoria histórica travesti y de la muestra homónima montada en el Museo Nacional de Etnografía y Folklore (MUSEF) de la capital boliviana. Aruquipa explica que: “Este libro tiene una gestación conectada con mi vida personal como Danna Galán, con mi vida como parte de la Familia Galán y también con un pasado y personas que alimentaron este proceso y se convirtieron en los referentes para impulsarlo, como París Galán, Barbarella y Ofelia. Muchas historias que todavía están en la memoria de mucha gente, y muchas fueron borradas por las manos de quienes no querían reconocer o respetar estas vidas, pero lo más importante es que este libro es un testimonio oral y visual de lo que significó la presencia de estas compañeras, como un acto de reivindicación, de reinterpretación y de hacer justicia por la memoria de estas compañeras”.
Una foto de la glamorosa Barbarella bailando en el Gran Poder, justo antes de la prohibición del ‘75, ilustra la portada del libro. Aruquipa aclara que es una pena que Barbarella, fallecida hace diez años, se haya llevado consigo el significado de aquel beso. “Ese beso de la prohibición, el beso de la violación de los derechos, el beso que se convertirá en el detonante de la exclusión de las compañeras travestis. Este beso que Barbarella le da a Hugo Banzer Suárez podría haber sido por un desafío al poder, o por un coqueteo de clase de verse de ‘igual a igual con el presidente’.”
Chinas y morenas
Durante el festejo del Gran Poder, la fiesta de los migrantes rurales llegados a la capital boliviana, las travestis que querían bailar no eran discriminadas. Al contrario, era mimadas y atendidas como reinas. “Entre cholos no se las discriminaba; fue en el contacto con una clase media occidentalizada que surgió la prohibición. En ese entonces todas eran pagadas, todas eran tratadas como estrellas, como las imprescindibles en cada conjunto, contratadas para ir de un lugar a otro, desde el hotel, los pasajes, las ropas, la estadía, tenías todas las atenciones que las grandes vedettes populares se merecían”, aclara Aruquipa.
La yungueña Barbarella y la orureña Ofelia, hoy de 72 años de edad, fueron las dos travestis que revolucionaron el Gran Poder en la década del 60. Estilistas y costureras de profesión, amantes de las minifaldas, las pelucas y las vedettes argentinas y mexicanas, fueron las autoras de una renovadora estética en el folklore popular boliviano y con su personaje de la china morena se transformaron en verdaderos talismanes de las fraternidades de bailarines. La china morena, más conocida como figura, ingresa en la danza morenada –que hasta ese momento era exclusivamente de hombres– como una exaltación de la idea de lo femenino, tanto en la estética como en los movimientos de baile. Las travestis introdujeron este personaje, que actualmente también es interpretado por mujeres jóvenes.
En el libro se cuenta que Ofelia, durante aquellos años, logró crear un traje muy seductor: con encajes y transparencias, cancanes y otros detalles, como acortar la pollera. Aruquipa explica que para los festejos del Carnaval de Oruro, en plena dictadura militar, “Ofelia replantea el diseño de las polleras largas y cambia los colores del rojo, guindo y azul, por tonos dorados, amarillos y polleras cortas. Mientras, en La Paz, Barbarella introdujo los canelones, los cabellos en color rosa y verde; caretas más seductoras con pestañas, labios rojos y sin trenzas. Y también la moda fue recreada por otras como Juana, Pochi, Titina, Diego y Verónica. Las chicas recogieron todo eso y lo sumaron a los elementos ya presentes en el folklore”.
Algunos de esos diseños componen la exposición que se puede visitar en el MUSEF paceño: botas, polleras, máscaras y blusas de época, acompañados de fotos, entrevistas a las protagonistas y las presentaciones de la Familia Galán, el colectivo que recuperó la herencia de Barbarella y Ofelia y la resignifica año a año en el fastuoso Carnaval de Oruro. Danna Galán explica que: “Las travestis hemos hecho de nuestra corporalidad un escenario de lucha, y eso permitió ir conquistando espacios públicos, como espacios legítimos de reivindicación personal y política. Este libro está bañado de tantas historias, memorias y hechos de activismo político muy importantes, que trascienden para convertirse en la historia del movimiento trans en Bolivia”.
El próximo sábado 2 de junio, durante el festejo del Gran Poder 2012, las chinas morenas recorrerán las empinadas calles de la ciudad de La Paz nuevamente.
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martes, 13 de marzo de 2012

Domitila Is Not Dead

Hoy a la madrugada nos dejó Domitila Chungara. Mujer gigante de pollera cuyo coraje hizo tambalear, y también tropezar, a más de un pequeño dictador boliviano. Hasta siempre Domitila.

lunes, 30 de enero de 2012

Bolivia construcciones




La hora boliviana
Híbrido, mestizo y heterogéneo, la crónica parece ser el género por excelencia para retratar las diferentes capas de la realidad boliviana. Bolivia a toda costa reúne crónicas del país andino. El esfuerzo de las editoriales paceñas que lo editan hace que por primera vez se distribuya su catálogo en la Argentina.

Por Nicolas G. Recoaro
La crónica parece un género hecho a la medida de Bolivia. Su carácter híbrido, mestizo, todo terreno y rizomático la han transformado en un género ideal para narrar el presente del primer Estado plurinacional del continente americano. Quién lo hubiera dicho, un género “anfibio” para contar las historias de un país que no tiene salida al mar. Seleccionadas y prologadas por el sociólogo y escritor Fernando Barrientos, Bolivia a toda costa. Crónicas de un país de ficción, libro coeditado por las editoriales paceñas El Cuervo y Nuevo Milenio (que por primera vez distribuyen su catálogo en la Argentina), reúne crónicas de 14 autores que se proponen narrar al país andino-amazónico desde algunas de sus historias mínimas o acudiendo al relato personal, barroco e intimista. Heredero de una larga tradición de libros de no ficción que podríamos remontar hasta las fabulosas Crónicas de la Villa Imperial del Potosí colonial de Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela, los relatos de la Guerra del Chaco de Augusto Céspedes, las aguafuertes paceñas del maldito Jaime Sáenz y las crónicas etílicas de Víctor Hugo Viscarra, Bolivia a toda costa se inscribe en esa tradición, tramando relatos que narran grandes y pequeñas mitologías del presente. Un patchwork por demás heterogéneo y diverso, que son algunos de los rasgos identitarios esenciales del país.
Autores reconocidos dentro de las fronteras del Tíbet sudamericano como Edmundo Paz Soldán, Alex Ayala, Liliana Colanzi, Maximiliano Barrientos y Darwin Pinto, entre otros, que provenientes de campos muy diversos –como la literatura, la sociología, el periodismo o la crítica musical– proponen un rosario de relatos que evitan los lamentos bolivianos, y más bien bucean las encrucijadas que fundan a la Bolivia contemporánea.
Bolivia a toda costa. Fernando Barrientos (Compilador) El Cuervo-Nuevo Milenio 325 páginas
Historias como la del sastre paceño Sillerico, responsable desde hace cuatro décadas del vestuario personal y la coquetería de los presidentes bolivianos; los testimonios de un grupo de hip-hoperos alteño que alaba a Dios cantando rap en aymara a más de 3500 metros de altura; la crónica agitada del pantagruélico festejo y el backstage del primer “Día de la Reivindicación Marítima” en el estadio más grande de Chuquiago Marka, nombre aymara de la sede de gobierno del país andino; las memorias del narcotraficante que quiso cancelar la deuda externa de Bolivia a cambio de que se le permitiera operar su negocio sin trabas burocráticas; el diario de campaña de un candidato campesino a alcalde que va y viene entre su natal Arbieto y la lejana Virginia sin nunca dejar de fantasear, y más.
En el prólogo, Barrientos destaca la diversidad de miradas y graduaciones para narrar la agitada realidad boliviana que aparece en los textos: “Un tiempo con una carga intrínseca de novedad y cambio. Un tiempo veloz que se percibe como denso y prolongado por la intensidad de los acontecimientos. Un momento irradiante desde la cultura en el que se cuestionan estructuras de jerarquía y de legitimidad. Tiempos interesantes. La hora boliviana”.
Entre las crónicas que escriben este borrador de la futura historia del país andino, quizás algunas de las más destacadas sean “Kosmische cumbia”, el relato de Javier Rodríguez que se encarga de desentrañar los ocultos vínculos que existen entre la cumbia boliviana y el post punk de Joy Division o The Cure; las confesiones de “Berlín, Santa Cruz”, donde la escritora cruceña Giovanna Rivero recuerda su particular e íntima relación con las empleadas domésticas que trabajaron en su casa; o la crónica de largo aliento “Esclavos made in Bolivia”, galardonada con el premio Ortega y Gasset de Periodismo 2007, en la cual el periodista Roberto Navia se sumerge en el infierno que viven los migrantes que trabajan en los talleres ilegales de las dos ciudades donde viven más bolivianos: Buenos Aires y San Pablo. Pequeñas grandes historias que, lejos del muestrario exótico y las postales for export, traman las escenas de una road movie por el abigarrado mapa humano del país más pobre e injusto de América del Sur; un pueblo que vive, desde la llegada de Evo Morales al poder en 2005, uno de los cimbronazos democráticos más importantes del siglo XXI.


Publicado en RadarLibros de Página 12, acá el link

domingo, 22 de enero de 2012

La asunción del Paraguay

Reseña de Hugo Salas en el Radar de Página 12, sobre Los chongos de Roa Bastos.


La asunción del Paraguay

Una antología con título provocativo y que, contra la idea de muestrario, publica dos textos de cada autor, reúne la obra de nuevos narradores paraguayos, la mayoría de ellos volcados a un imaginario urbano lejos del clásico Paraguay rural.

Por Hugo Salas

Es cosa sabida que la producción interna de las distintas literaturas nacionales de América latina por lo general no trasciende las fronteras de la propia región salvo por obra y gracia de la consagración ibérica . Recuérdese, fuera de chiste, que el premio más importante otorgado a la literatura en “castellano” (el Príncipe de Asturias) al día de la fecha, continúa otorgándolo la corona española. Así, para aumentar sus escasas chances de ser leídos en Argentina, los escritores de “aquí nomás”, Chile, Paraguay, Bolivia, Perú, dependen de una consagración transcontinental, y lo mismo ocurre con el escritor argentino que quiera ser leído en los países limítrofes. A falta de políticas nacionales o regionales, siempre se dijo que el circuito de editoriales independientes constituido en la última década en cada uno de estos países “pobres” sería capaz de cubrir esa falta, pero si se revisan con atención sus catálogos, al menos en Argentina, se advertirá en ellos una marcada abundancia de autores locales, europeos y a lo sumo latinoamericanos híper consagrados.

En este contexto, la publicación de Los chongos de Roa Bastos, selección de relatos de nueve escritores paraguayos, supone tanto una apuesta como una provocación al sistema de circulación de la literatura latinoamericana. Tras una introducción que sorprende no sólo por su claridad sino también por lo acotada (es sabido que, en ocasiones, estos espacios sirven más para la publicación de extensos trabajos académicos que para ilustración del lector), se agolpa entre sus páginas la producción de Cristino Bogado, Nicolás Granada, Montserrat Alvarez, Domingo Aguilera, Javier Viveros, José Pérez Reyes, Damián Cabrera, Edgar Pou y Douglas Diegues. A diferencia de la clásica antología “muestrario”, los compiladores han preferido incluir dos textos de cada uno de ellos (salvo en el caso de Aguilera, de quien se publica un único relato de más de 40 páginas), lo que permite una mejor comprensión de sus interrelaciones y también de las variantes de cada una de esas individualidades.

Los chongos de Roa Bastos. Narrativa contemporánea del Paraguay Selección, introducción y notas de Sergio Di Nucci, Nicolás G. Recoaro y Alfredo Griego y Bavio Santiago Arcos 204 páginas

En líneas generales –desde luego injustas, como cualquier generalización–, se advierte en los autores un fuerte afán de originalidad, heterogeneidad, contaminación y mezcla, tanto en los procedimientos, materiales y temas narrativos (estruendosamente urbanos, en contraposición a la imagen de un Paraguay rural) como en la variedad lingüística. Las relaciones fluidas con el guaraní y el portugués brasileño, así como también el registro de singularidades fonéticas, es una preocupación constante, delatada por ortografías y gramáticas inusuales (“Los domingo de tarde me voy unto a mi amigo Dexter, que é taxiboy y etríper profesional en la actualidá, que ante era músico integrante de los Mariachi Loco, luego fubolita de Libertá y hoy por hoy el epecialita en actividades venérea má sofiticado y exlusivo de la farándula asuncena”) o francas mezclas idiomáticas de sabor idiosincrático (“Yo y mío amigo Charles Bronson caminábamos por la manhana soleada de la calle Palma... Yo le dizía a Charles Bronson que las yiyis paraguayas tem algo que solamente las yiyis paraguayas tienen”).

Así como algunos de los autores, en entrevistas y textos, han señalado que Roa Bastos –mentado no sólo en el título sino también en el relato “El chongo de Roa Bastos”– supo construir una imagen exportable del Paraguay, basada en un pasado rural ya inexistente en el momento mismo de su escritura, no es menos lícito advertir en este conjunto –reactivo en gran medida a ese antecesor– una imagen del paisaje urbano caótica, bullanguera, exuberante y crasa que tal vez constituya, a su manera, la “postal” de nuestros días, iluminando el modo trágico en que toda pregunta por el ser nacional, toda búsqueda de sabor local, aun la más auténtica, no escapa a una serie de prejuicios y estereotipos interiores y exteriores históricamente variables, pero igualmente férreos. Acaso la nacionalidad no sea mucho más que eso.

lunes, 2 de enero de 2012

¡Oh, capitán, mi capitán!




Hace casi dos años, con Ariel Idez nos tomamos el Gran Capitán y pasamos casi dos días surfeando las vías hasta la tierras misioneras. Hace unos días me enteré que el ramal está parado y por ahora no hay novedades de reapertura. Esta crónica intenta contar lo importante que es el Gran Capitán para buena parte del país y sus historias.




¡Oh, capitán, mi capitán!

Por Nicolás G. Recoaro y Ariel Idez

El que avisa no es traidor. “El horario de salida y circulación puede sufrir modificación por causa de fuerza mayor.” Esta advertencia figura tatuada, en forma de sello, sobre el boleto del tren N° 601, que promete llevarnos desde la Estación Federico Lacroze, a pasitos del cementerio de la Chacarita, hasta la ciudad de Posadas, la capital de la provincia de Misiones. La advertencia funciona como una suerte de petición de principios, un canté pri de la imprevisibilidad y los azares del camino. Un hombre con muletas que nos ve trasponer el molinete bañados en sudor por la corrida contra reloj desde la estación de subte lo resume aún mejor: “Mejor tómenselo con soda, muchachos. Van a viajar en el Gran Capitán.” Son, en efecto, las 11:20 y el tren, anunciado para las 10:50, brilla por su ausencia. El pasaje recién se apelotona tranquilo a la vera del Andén N° 9. Son, al principio, una masa informe, los extras de una película que no se empezó a rodar. En un rato, no obstante, iniciaremos una convivencia de más de 30 horas y, si Tatita Dios y el Gauchito Gil están de nuestro lado, menos de 40. A poco de mirar se recortan con facilidad algunos arquetipos: la madre de familia con su prole a cuestas, el borracho con su vino de cartón Bordolino, el mochilero new age, el hippie artesano, el aventurero beatnik libro en mano, el pendenciero de barrio, la que se escapa, el que se va, el que se vuelve. 11:45. Bajo una llovizna pertinaz, como una estrella que se hace esperar para hacer aún más aclamada y espectacular su aparición, precedido por la columna de humo que despiden los mil caballos de fuerza de su locomotora GM CU, el protagonista entra en escena, como para desmentir que “una tormenta puede ser más bella que una locomotora” y demostrar que hasta el eterno José Martí podía equivocarse. Ahora, la mole rodante se aproxima parsimoniosamente hasta el andén y los pasajeros se incorporan y esperan de pie su llegada, como si le rindieran sus respetos. Los que vamos a viajar te saludamos, Gran Capitán. Leven anclas.
QUÉ TREN, QUÉ TREN. El tren surfea las vías de acero que atraviesan el Conurbano Bonaerense como una cicatriz del progreso. Así forma el Gran Capitán: un coche de primera, uno dormitorio, dos pullman, cuatro de clase turista, la pequeña cafetería, el dormitorio del personal, el grupo generador y la bodega. En su dilatado periplo, el tren recorrerá los 1100 kilómetros del ex Ferrocarril Nacional general Urquiza hasta llegar a las coloradas tierras misioneras. El ramal parido durante las tres últimas décadas del siglo XIX, con aportes nacionales y británicos, nació como medio de transporte vital para el Noreste argentino y, sobre todo, para alimentar la voraz (y agroexportadora) “Cabeza de Goliat” enclavada en el Puerto de Buenos Aires. Para 1912 su influencia crecía y arañaba la frontera con el Paraguay, pero también ayudaba a engordar las ganancias de los patrones ingleses y la oligarquía for export. En la década de 1940, Raúl Scalabrini Ortiz advertía: “El ferrocarril puede ser el elemento aglutinador de una colectividad o su más pernicioso disgregador. Por eso, la actividad inicial de los pueblos que logran su conciencia propia es obtener el contralor inmediato de sus propios ferrocarriles.” Perón cumplió el anhelo de la nacionalización de los ferrocarriles el primer día de marzo de 1948 y Evita dignificó el acto con un encendido discurso en la Estación Retiro. Años después, llovieron bombas sobre Plaza de Mayo y las automotrices norteamericanas metieron la cola con una fórmula nefasta: más rutas y menos vías. Llegaron los años de la desinversión, el abandono y el golpe de nocaut al ferrocarril que le propinaron los cierres masivos y privatizaciones decretados durante los años del Menemato, del que el ramal mesopotámico no quedó ajeno, ya que fue cerrado en 1993. A pesar del abrupto parate, el Gran Capitán logró resurgir de sus cenizas diez años después, gracias a la iniciativa privada de la empresa TEA.
Hoy, en temporada baja, el convoy cobija unos 400 pasajeros, la mayoría con destino final en Posadas. Adrián, un guarda con cara de pocos amigos recorre el vagón picando boletos. “Estamos viajando en seis vagones, pero en diciembre y enero llegamos a los 14 coches, con casi 1200 personas a bordo. A pesar de la mala fama que nos han hecho, la gente nos elige por los costos. Es un equilibrio: el tiempo que vos perdés acá, lo recuperás en el ahorro, ya que podés viajar con toda tu familia por la mitad de lo que te sale el micro (el boleto Buenos Aires Posadas cuesta $ 85 pesos en clase turista, contra los casi $ 200 del transporte automotor). Hay que aprender a cultivar la paciencia. Disfruten del viaje, caballeros”, explica el guarda con cierto tono zen, antes de proseguir su búsqueda de polizontes.
PUENTE ZÁRATE BRAZO LARGO. Algo apunado, el Gran Capitán escala la empinada cuesta del Puente Zárate Brazo Largo. Dos pantagruélicos lanchones sacados de una versión mesopotámica de V, invasión extraterrestre flotan enmohecidos sobre el río. Son los ahora desocupados ferrobarcos que en el pasado capeaban la odisea de cruzar el Paraná Guazú, arrimando vagón por vagón de una orilla a otra. El pasaje se agolpa en las ventanillas degustando desde las alturas la magnificencia barrosa del Paraná. Juan L. Ortiz, el pequeño poeta más grande de estas tierras tramadas por aguas, puede explicarlo mejor: “De pronto sentí el río en mí / corría en mí / con sus orillas trémulas de señas, / con sus hondos reflejos apenas estrellados.” Bienvenidos a Entre Ríos.

VAGÓN MATEADOR. Puro mate con peperina. “En primera se está más fresquito, porque no va nadie”, dice Silvia, sentada sobre el añejo butacón de cuerina azul del vagón económico, mientras ceba paciente un infaltable amargo con hierbas serranas. Un día de hace unos 20 años, un poco cansada de las siestas y las cabalgatas por los campos entrerrianos, Silvia decidió dejar a su familia en su Domínguez natal y partir hacia el Conurbano. Allá la esperaban varios amores, varios desengaños y varios amores nuevamente. Silvia cuenta que desde 2001 es militante del Partido Obrero y que los últimos años los ha pasado trabajando en política y ayudando en tareas sociales en su barrio de Ituzaingo. De pronto hace silencio y se queda suspendida del paisaje: esa película del recuerdo que proyectan las ventanillas. Hace pocos meses falleció su padre y sus restos están en el cementerio de Domínguez. Es la primera vez que regresa para vistarlo: quiere llevarle algunas flores y construirle una cruz “Como Dios manda”. El sol va cayendo y el Gran Capitán navega, manso y tranquilo, entre un verde océano de soja transgénica.

ESTACIÓN LAS MOSCAS. A las 16:07 Larroque parece un paraje fantasma, las calles asfaltadas vacías, los colores de las madreselvas brillando en el silencio, salvo algún perro que levanta modoso las orejas, salvo un paisano de boina pegado a una banqueta, salvo una mujer que pasa con su hija en bicicleta, se detiene un momento y le dice a la niña que salude al tren. Los vagones del Gran Capitán están rigurosamente vigilados, pero las uniones entre un vagón y otro son una zona franca en la que se permiten ciertas libertades individuales, como tomar fresco sentado en la escalinata de acceso, de cara al viento y la nada informe del camino. Poco antes de llegar a la localidad de Las Moscas suben los pasajeros menos deseados: tres gendarmes y su labrador negro entran al vagón y hurgan entre los bagallos del pasaje. Dos pibes que rasguñan una guitarra y cantan una canción romántica de Marco Antonio Solís son los primeros interpelados por los hombres de verde. Documentos, pasaje, requisa y el “muchas gracias” con cara de guerra se repite en el vagón popular. Algo decepcionados, los gendarmes se bajan en la estación del pueblo que homenajea al díptero más antiguo del planeta tierra. En el vagón se comenta que subieron “por si las moscas”.

GRAN CAPITÁN, BUENOS DÍAS. En los vagones del tren hay un cartel con el número de un teléfono celular, la “línea Gran Capitán”. La frecuencia homeopática del servicio y las imprevisibles vicisitudes que el tren afronta en cada viaje obligan a los futuros pasajeros a marcar este número para informarse por dónde anda el convoy y cuándo se producirá el anhelado arribo a la estación para abordarlo. Cuando alguien llama hace sonar el celular que descansa en el bolsillo izquierdo de la camisa Grafa azul del Señor Acuña. El hombre atiende y no dice hola, no dice qué tal, no dice quién habla, simplemente anuncia: “Gran Capitán, buenos días.” Acuña es alto, ancho, canoso, de buen porte y saluda con un apretón de mil HP. En el mundo (medida ancho de vagón) del Gran Capitán su cargo no tiene nombre oficial, Acuña es simplemente el alma del tren.
“Yo en mi vida ferroviaria siempre he sido conductor de locomotora, de coche motor, he sido instructor. Cosas que he logrado gracias a que uno le pone un poco de constancia a lo que está haciendo. Porque esto te tiene que gustar. Yo siempre fui una persona responsable. De estar charlando ahora con ustedes y ver lo que está pasando”, dice Acuña mientras el tren devora kilómetros de vías y, como si fuera adrede, justo en ese momento lo llaman por el handy. “Te copio”, dice Acuña y se escucha una voz con fritura al otro lado. “Bueno, teneme al tanto”, responde el Gran Capitán y prosigue: “Esto es una responsabilidad. Laburo es una cosa y una responsabilidad es otra. Vos al laburo vas, cumplís ocho horas y si después se calló el techo y bueh, mala suerte. Acá no. Acá el lema mío es que el tren salga a horario, que llegue a horario. Estando en franco llamo por teléfono y les pregunto a los muchachos: ‘¿Por dónde andan?’, a ver ‘¿cómo están, qué pasó?’ Siempre estoy al tanto de por dónde y en qué condiciones anda el tren.”
Acuña se apasiona hablando de los desafíos que implica cada viaje: los 80 grados de temperatura que alcanzan los rieles “hasta torcerse como un fideo”, las hazañas para hacer funcionar a pleno el motor o el fantasma que recorre todo convoy: el descarrilamiento. “A veces lo encarrilamos nosotros, porque ahora acá no hay una velocidad brava. En el año ochenta y pico teníamos 120 kilómetros por hora. Le metíamos entre 12 y 15 horas. Eso ahora no se puede hacer por la falta de mantenimiento. Antes la Línea Urquiza tenía un hombre por kilómetro. En 1200 km había 1200 hombres.” De pronto, Acuña pide disculpas y toma el handy. “¿Está todo bien?”, pregunta, “Sí, arrancó de nada, arrancó bien”, le contestan al otro lado. “Ta bien, papito”, remata Acuña y retoma la conversación: “Si acá se hicieran las cosas como se tienen que hacer en tiempo y forma, ¿sabés los ferrocarriles que tendríamos? Un tren circulando a 120 kilómetros por hora, ponele 18 horas a Posadas, competís con el micro. Se puede, acá en la Argentina se puede todo.”
ESTACIÓN BASAVILBASO. Cae la noche sobre este pueblo de colonos entrerrianos. Esta es una de las paradas de reacondicionamiento del tren, de manera que el pasaje aprovecha para estirar las piernas, apurar una birra o un vino en cartón que no se podrá subir al tren y comer por un peso las empanadas de pollo, por dos la ensalada de frutas y por cinco los sánguches de milanesa que ofrecen las vendedoras ambulantes; una precaria economía que se reconstruye cada vez que el tren vuelve a surcar el litoral. Un muchacho que orilla los 30, morocho, el pelo al ras, se nos acerca y nos pide cerveza. Cuando le convidamos, como si sintiera que debe darnos algo a cambio, nos cuenta una historia de un padre perdido en Brasil que va a tratar de encontrar, de sus planes, de su oficio de chef, de noches de cocaína en Ibiza, pero el vaso se acaba, la luz del día se apaga, suena el silbato y el relato queda trunco: hay que decirle adiós al que tal vez sea nuestro único atardecer en Basavilbaso.
EL CUCHILLO DEL GAUCHO GIL. El sol se filtra por las hendijas metálicas de las ventanillas y los pasajeros se desperezan. El color de la tierra es prueba de que en la noche se ha cruzado la frontera y ya estamos en Corrientes. El cansancio se adhiere a los cuerpos de los pasajeros como el polvo del camino, pero es temprano y todavía falta cruzar una provincia entera antes de llegar a Misiones. Ramón recorre los pasillos, como durante toda la noche, aunque su uniforme de la empresa de seguridad Dogo no luce la pulcritud de la que hacen gala las fuerzas del orden. “Ya no trabajo para esta empresa, soy empleado del tren, pero lo sigo usando para imponer más respeto”, cuenta acodado al cartel de la estación en su ciudad natal: Paso de los Libres. “Para este trabajo tenés que ser guapo, una vez hasta me quisieron tirar del tren, un borracho al que le saqué el trago. Cuando son las fiestas del Gauchito Gil la hoja del cuchillo más chico no mide menos de diez centímetros, hay que saber manejar la situación”, dice el seguridad que basa su autoridad menos en la cachiporra que en sus dotes de persuasión. De a ratos se le filtran fragmentos de su biografía: “Antes de entrar a la seguridad estuve en Gendarmería”. Cuando le preguntamos por qué abandonó a los hombres de verde, se sonríe, pícaro: “Menos pregunta Dios, y perdona.”
ESTACION SANTO TOMÉ. Adentrados en Corrientes la vegetación por momentos es tan cerrada que se aboveda sobre el tren, como si se tratara de un túnel vegetal y el sol apenas se cuela, ametrallado entre las matas de hojas. Basta asomar unos centímetros los dedos fuera de la ventanilla para sentir el roce de los tallos las hojas y los juncos. La promiscuidad vegetal acaba trayendo complicaciones: en Santo Tomé el tren se detiene más de la cuenta y el guarda se apersona para informarnos que el plumerillo que se desprende de los arbustos tapó el filtro de aire; ahora hay que esperar que los bomberos lleguen en nuestro auxilio. La ululuante sirena de la autobomba arriba a la estación cortando en dos el silencio tórrido de la siesta. El bombero apunta y dispara el chorro a presión contra el fitro de la locomotora, pero el eterno Acuña le arrebata la manguera, se sube al lomo de la máquina y desde ahí dispara al mastodonte mecánico hasta destaparle los pulmones.
NARANJO EN FLOR. El su último tramo, el Gran Capitán bordea la provincia de Misiones y hay premio para el pasajero paciente: con sólo cerrar los ojos se puede disfrutar de un viaje aromático: los nenúfares y lotos de los esteros, el té de Las Marías, los cítricos de las haciendas. El ojo no se queda atrás. En el vagón popular dicen que aguzando la vista pueden distinguirse los carpinchos y yacarés que habitan los bañados. Nosotros no vemos más que la elegancia de una garza blanca y el reflejo del poniente sobre las aguas. De pronto, descubrimos que Pindapoy no era un jugo ni algo para chuparse, sino una localidad misionera, famosa por sus naranjales. La estación luce un abandono ejemplar, pero las naranjas aún brillan en los árboles como si fueran de oro.
ESTACIÓN POSADAS. 32 horas después de haberlo abordado en Federico Lacroze, el Gran Capitán nos deposita, sanos y salvos, en Posadas y el hecho parece un pase de magia del progreso, uno de esos trucos viejos que todavía asombran. Los pasajeros, cansados, se dispersan en la estación. Acuña, conocedor de las mil y una vicisitudes del recorrido, respira aliviado por otro viaje exitoso. Así se construye la leyenda del Gran Capitán, palmo a palmo, kilómetro a kilómetro. La locomotora bufa y el tren se despliega en la vía como un gigante cansado, un titán que no sabe de modorras. Dentro de dos horas, partirá nuevamente hacia Buenos Aires.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Sobre chongos y costas bolivianas

"Drogas, un presidente enfermo, la Triple Frontera... hay muchas más historias que las que suelen aparecer en las noticias entre los 6 y 7 millones de paraguayos, medio millón de los cuales vive en la Argentina. Hay también mucho más pasado, historias más chicas y verdaderas, que el de las misiones jesuíticas, la vergonzosa guerra de la Triple Alianza y la dictadura de Alfredo Stroessner. Muchas de ellas las cuentan y las inventan sus escritor", dice Guido Carelli Lynch en una nota publicada en el diario Clarín, donde escribe sobre la literatura paraguaya en general, y sobre Los chongos de Roa Bastos en particular. Se puede leer por acá.

Además, en el suplemento Fondo Negro del diario paceño La Prensa, Sebastián Antezana entrevista a Fernando Barrientos, el encargado de armar el gran Bolivia a toda costa. Crónicas de un país de ficción (Editorial El Cuervo - Nuevo Mileno), que en Buenos Aires se consigue en Eterna Cadencia. La entrevista se lee con un click acá.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Bolivia a toda costa en Buenos Aires




Se presentan Bolivia a toda costa y La condición pornográfica, de la editorial boliviana El Cuervo, el martes 6 de diciembre de 2011 a las 19:00 en la Librería Eterna Cadencia, Honduras 5582 (esq. Fitz Roy).




Fernando Barrientos, compilador de Bolivia a toda costa, dice sobre el libro que reúne crónicas: "Una de las mejores maneras de acercarse a esta compilación de crónicas es disponerse a participar de una road movie. Un viaje por el abigarrado mapa, insólito, entrañable, intransferible, de lo que implica/significa ser bolivianos aquí y ahora.
Las memorias del narcotraficante que en su día quiso pagar la deuda externa del país a cambio de que se le permitiera operar su negocio sin obstáculos; la historia de unos cantantes de hip hop que alaban a Cristo rapeando en aymara; anécdotas que nos permiten entender el fútbol como un fenómeno dador de identidad; una inmersión saenzeana en lo insólito que anida en la cotidianidad de Chuquiago Marka; las peripecias de un curandero menonita perdido en los tristes trópicos; la revelación del inexorable parentesco entre el post-punk y la cumbia boliviana; el diario de campaña de un candidato campesino a alcalde, que va y viene del campo a Estados Unidos sin dejar de soñar nunca.
Y más, mucho más.
No se busque en esta compilación un muestrario de exotismos. O un complaciente carnaval de postales for export. Ni mucho menos un rosario de 'lamentos bolivianos'. Esto es lo que somos y vemos y vivimos. Y así es como lo contamos."

jueves, 17 de noviembre de 2011

Chongos en Villa Ocampo y Tiempo Argentino





Después de la presentación de Los chongos de Roa Bastos en Villa Ocampo, una entrevista a Javier Viveros y Damián Cabrera en Tiempo Argentino (se lee con un click acá) y un breve panorama titulado Paraguay que se lee por acá.

martes, 15 de noviembre de 2011

domingo, 6 de noviembre de 2011

Todas las costas de Bolivia





"Bolivia a toda costa. Crónicas de un país de ficción" es un libro con selección y prólogo de Fernando Barrientos, que acaba de aparecer por la editorial boliviana El Cuervo. La antología reúne crónicas de Álex Ayala, Maximiliano Barrientos, Wily Camacho, Liliana Carrillo, Liliana Colanzi, Christian Kanahuaty, Mario Murillo, Roberto Navia, Edmundo Paz Soldán, Darwin Pinto, Nicolás Recoaro, Giovanna Rivero, Javier Rodriguez y Leonardo de la Torre.

martes, 1 de noviembre de 2011

LOS CHONGOS EN VILLA OCAMPO




Muy aparte de la nube de "nuevas" narrativas eslavas, escandinavas, del "este" europeo y otras yerbas que nos llegan vía la madre (¡ay!) patria en su lengua ilegible acuñada en los talleres de traducción de Madrid y Barcelona, aquí algo cercano, íntimo, ardiente: nuestro chongos queridos y amadas paraguayas invaden la villa di-vi-na, con su literatura de frontera, choque, mestizaje: lo propio.


El sábado 5 de noviembre hay sopa, chipá, Arnaldo André, caña y kachaka en Villa Ocampo, a las 16 horas, presentación con la participación de varios autores venidos del Paraguay.

martes, 25 de octubre de 2011

LLEGANDO LOS CHONGOS



Desde Ciudad del Este hasta Asunción, desde Pedro Juan Caballero hasta África y más allá, los relatos reunidos en Los Chongos de Roa Bastos enfrentaron la desestructuración social, la migración del mundo rural y las mutaciones alucinadas del Paraguay de nuestros días. Sus personajes bailan al ritmo cumbiantero y cachaquero de los barrios populares, de sus narradores oímos las voces laterales del mundo capitalino y las historias de viejas urbanidades en ciudades cada vez menos rústicas.
La literatura paraguaya contemporánea late al calor de los nuevos tiempos tórridos que vive el país. Un Paraguay que celebró en el 2011 su Bicentenario, en 1811 declaró su doble prescindencia de monarcas españoles y de comerciantes rioplatenses. Hoy la tierra sin mal que añoraban los jesuitas, la yuy marane `y de los tupí guaraníes, tiene más hectáreas sembradas con soja transgénica y marihuana que naranjas, más mafiosos que dictadores.
Es un país rural que reclama la reforma agraria, y un país de ríos y represas que lucha por la soberanía energética.
Un país demográficamente joven y veinteañero que hace con sus lenguas los experimentos literarios más arriesgados, más temerarios y más fructíferos.
Los narradores convocados en Los Chongos de Roa Bastos (Domingo Aguilera, Montserrat Álvarez, Cristino Bogado, Damián Cabrera, Douglas Diegues, Nicolás Granada, Edgar Pou, José Pérez Reyes y Javier Viveros) así lo demuestran.