miércoles, 15 de noviembre de 2017

Cadáver exquisito

Sobre la fachada del galpón reposan un bravo puma y la cabeza de una jirafa forjados en poliuretano. Sólo un botón de muestra de los incontables misterios que cobija la nave central del Instituto Superior de Taxidermia y Conservación, enclavado en un pulmón verde de Carlos Spegazzini. Junto a la puerta, un rey león deja ver sus filosos colmillos, su fiereza eternamente congelada. A unos pocos pasos hay nutrias, quirquinchos, zorros, coatíes, peces gordos y otros más estilizados, antílopes, varios lagartos, dos tiburones, un tucán y hasta un jabalí con cara de pocos amigos. "Esto no es nada, señor. Apenas el 1% de mis 40 años de trabajo", asegura con modestia Pedro Bienvenido Viamonte, director de la institución y figura vital de la taxidermia nacional. Personaje renacentista, paciente docente, artista elevado, científico sin pergaminos y, sobre todo, dueño del saber que hace que algo muerto, vuelva a la vida. 
"Los límites de este oficio son más bien difusos –dice Viamonte mientras convida un mate amargo–. Es un arte pero también una ciencia. Cuando llega un nuevo alumno, lo primero que le explico es que si aprende la técnica, esto se puede transformar en un trabajo. Pero si además uno logra darle expresión de vida al animal muerto, se convierte en un arte. Esto último no lo puedo enseñar, es un don que tienen pocos".
A los 82 años, Viamonte mantiene su vigor conservado en formol y no anda con eufemismos: "De los cientos que se dicen taxidermistas, sólo lo son el 5 por ciento. El grueso son montadores de pieles". En la fría definición enciclopédica, la taxidermia –del griego taxisa (arreglo) y dermis (piel)– es el arte de disecar animales, generalmente mamíferos, para conservarlos con apariencia de vivos, con fines pedagógicos o expositivos. Prima hermana de la milenaria práctica del embalsamamiento nacida en el Valle del Nilo, la taxidermia nació en el siglo XVIII pero fue popularizada por la Inglaterra victoriana, entusiasta en la ostentación de suvenires de viajes exóticos y de la mímesis domesticada de la vida salvaje. Hasta bien entrado el siglo XX fue una actividad bastante marginal y, pese a su veta científica, señalada como oscurantista. En los '60, los avances en la industria química aportaron novedades para el curtido de pieles, se perfeccionaron las estructuras y se abrieron las primeras casas especializadas. "El embalsamado quedó demodé hace años –reflexiona Viamonte y acomoda la cornamenta falsificada de un oryx africano–. Yo enseño la taxidermia moderna: desde la conservación hasta el curtido de las pieles. Pero también la escultura, que es lo central. Piense que la hago a ciegas, antes de montar la piel. Al animal hay que darle la expresión de vida: si está asustado, triste, enojado… En definitiva, que resucite".
¡Estás igual!
Viamonte nació en Presidencia Roque Sáenz Peña, Chaco. "En el campo veía pecaríes, corzuelas, a veces algún puma", recuerda y se le iluminan los ojos. Antes de cumplir los 15, un tío lo invitó a venir a Buenos Aires, a estudiar. "Me instalé en Caseros. Estudiar no pude. Y empecé a trabajar en la construcción. Vivía en la obra, no tenía ni para el hotel". Con el tiempo se convirtió en un experto en el manejo de los materiales: el yeso, las molduras. Un escultor sin título oficial, graduado con honores entre albañiles. 
A la taxidermia llegó por pura curiosidad. Una tarde de 1970 leyó un artículo en una revista Patoruzú que narraba los secretos del oficio. Se promocionaba la apertura del primer instituto argentino, el segundo en el mundo. Quedó boquiabierto. Fue y se anotó. "Eran todos profesores de universidad. Hacían taxidermia menor. Les debo mucho en mi formación. Pero al poco tiempo, con mis conocimientos de materiales, arranqué con piezas mayores, que eran una novedad". El alumno superó a los maestros en un abrir y cerrar de ojos. "Imagínese que un día, el director trae un escultor del Bellas Artes, para darme un curso. ¿Sabe lo que dijo el hombre? 'A Viamonte no le puedo enseñar a usar las herramientas, las usa mejor que yo'. El tipo no sabía nada de animales. Este arte no es copiar lo que uno ve, sino lo que no vemos". 
De aquellos años conserva en su desordenada biblioteca, junto a manuales de fauna asiática y ejemplares raídos del Bestiario de Cortázar y El beso de la mujer araña de Puig, dos tratados de taxidermia, biblias de la disciplina. Ahí están retratados sus trabajos. También un joven Viamonte junto a Jorge Ismael García, decano de la Facultad de Ciencias Naturales de La Plata y docto en la materia. El autodidacta y el académico dándose cordialmente la mano.
A fines de los '70, Viamonte se independizó, abrió su propio instituto y se transformó en una eminencia. En cuatro décadas hizo miles de trabajos para museos, clientes particulares y hasta para films como El aura. Por sus cursos intensivos de tres meses de duración –siete días a la semana, de 7 a 22– ya pasaron más de 13 mil discípulos que llegan de todo el mundo. Por 3600 dólares con pensión incluida –los aspirantes locales pagan mucho menos–, el estudiante puede aprender los mil y un secretos de la taxidermia. "Yo les enseño el abecedario –aclara el maestro, mientras hojea un curtido Atlas de anatomía animal– y ellos empiezan a hablar. Milagros no se hacen".
¿Cuál es su obra cumbre? Le cuesta elegir. "Me gustan las piezas completas. Hice osos de tres metros, búfalos… ahora estoy con una jirafa. A todas les guardo cariño. Una escultura es como un hijo. Muchas veces me ha pasado que no las quiero entregar". El creador también ha explorado el cuerpo humano: "El summum, aunque no me he dedicado en profundidad. En definitiva, el hombre es un animal más sobre el planeta. Iluso el que cree que no es así".
Cadáver exquisito
Viamonte se detiene frente a unas grandes cajas de madera tatuadas con sellos postales de Turquía, Pakistán y otros parajes distantes. En ellas llegan las pieles de los animales que eternizará. Muchos de sus más fieles clientes son cazadores: "Una actividad que no está muy bien vista. No la juzgo, pero sí me parece bien que esté reglamentada. El placer del cazador no está en ver el trofeo. Atrás de la pieza está el recuerdo de las expediciones, de lo que lograron hacer. Yo prefiero las piezas para museo, donde se aprecia la anatomía". Viamonte no muerde la mano que le da de comer. Los cazadores pagan generosamente por sus servicios. 
Detrás del galpón hay un auténtico cementerio de animales en molde. Hormas con forma de caballo, chanchos silvestres, ciervos y animales domésticos. "Cada vez son más los clientes que vienen con sus mascotas. Ahora estoy con un perro grande. Si el dueño se siente bien mirando a su mascota eternamente, yo lo hago, pero no lo comparto. Mire que crié perros, zorros, zorrinos, pero nunca para hacerlos taxidermia. Amo los bichos. No lo hice ni con Piquete, mi perrito que me acompañó por años".
Dos sueños quiere cumplir Viamonte en vida. Uno es engendrar una copia fiel de un mamut, "el más grande de su especie, cuatro metros de alto y colmillos de casi dos, pero hacerlo desde cero, la piel, pelito por pelito". Pero su anhelo mayor –y el de todo taxidermista– es el museo propio. "Trabajé tanto para otros, que me quiero dar ese gustito. Reunir mi obra y abrirla al público. Yo sé que un día me voy a morir. Pero ahí va a quedar mi legado eterno". «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 6 de noviembre de 2017

Sumo argentino: cuestión de peso

En Japón, el sumo es pasión de multitudes. En la Argentina, el deporte nacional nipón suma, con toda la furia, unos 50 apasionados cultores. "Es una disciplina minoritaria, sobre todo si la comparamos con otras artes marciales. Es que hay mucho prejuicio. Acá, cuando la gente piensa en sumo, lo primero que se le viene a la mente es: gordo, culo, pañal... también la banda de Luca Prodan", dice Sebastián Videla, curtido gladiador con más de 30 años en el gremio de los gordos peleadores.
Cae la noche primaveral sobre el polideportivo del Parque Chacabuco. En el tatami del segundo piso, bajo la autopista, Videla calienta los motores de sus músculos. Lo acompañan cuatro fieles pupilos. Todos los miércoles y sábados, religiosamente, se juntan a celebrar este deporte ritual, con más de 2000 años de historia. 
El sumo es tan viejo como el Japón. En las crónicas del Nihonshoki, libro que data del año 720, se narra la victoria que obtuvo el artesano Nomi no Sukune frente a un matón llamado Taima no Kehaya en el 23 a.C. Esa batalla marca el nacimiento. Sukune es considerado "el padre del sumo". 
Bien lejos de la popularidad y la estructura profesional que dominan en Oriente, los luchadores locales dan la batalla cotidiana en un círculo amateur, que intenta incorporar adeptos de todas las edades y, también, ¡de todos los pesos! "Cuando viene una mamá acompañando al hijo que quiere empezar, lo primero que pregunta es si vamos a hacerlo engordar –revela el deportista de estilizada silueta, que apenas pasa los 80 kilos–. Es falta de información. En realidad, el sumo amateur es una actividad para todo el mundo: chicas, chicos, adultos, gordos y flacos.” 
El estereotipo del pesado luchador de sumo que pasa cómodo los 120 kilos inunda el imaginario sobre la disciplina. En Japón, los peleadores arrancan su carrera en la adolescencia. Su formación incluye una actividad física extenuante y pantagruélicos banquetes para ganar masa muscular. Su dieta de campeones es en base a un guiso de verduras, salmón, mariscos y albóndigas llamado chanko, regado con generosas dosis de cerveza. En un día normal, un profesional del sumo puede incorporar unas 10 mil calorías. Con suerte, los luchadores pueden aguantar el ritmo hasta los 30 años. Cuando se jubilan asoman las dolencias: diabetes y problemas cardíacos. Su esperanza de vida es de 20 años menos que cualquier ciudadano del próspero Japón. "El sumo amateur es otra cosa –aclara Videla–: sirve para mejorar la postura y fortalecer caderas y piernas." 
Mientras arranca la faena de ejercicios con el shiko –un movimiento que trabaja el balanceo–, Videla explica que, más allá de la contextura física, en los combates tienen mucha importancia la astucia y la agilidad. "Ahí lo puede ver a Enzo –señala el sensei a un joven de once años y exiguos 50 kilos–. El sumo es una lucha de equilibrios y desequilibrios. Y muchas veces la maña le gana a la fuerza.”
De Burzaco a Tokio 
A finales de los ’80, el sensei Yoriyuki Yamamoto le abrió a Videla las puertas del milenario arte marcial. Hechizado por las osadas piruetas cinematográficas de Bruce Lee, el joven había llegado a un dojo de San Cristóbal con ganas de practicar judo, pero terminó enamorado del sumo. "Me llegó casi de rebote. El sensei empezó a transmitirme las reglas, que son muy básicas: no hay que caerse ni salir del círculo, el dohyo. Así también arranca el aprendizaje en Japón. Casi jugando.”
Pero la historia del sumo argentino se remonta a la década del '30. Cuentan que los migrantes nipones radicados en la zona de Burzaco se reunían para mantener vivas su gastronomía y sus danzas, y que los varones recreaban aquellas batallas cuerpo a cuerpo en los patios del arrabal bonaerense.  Yamamoto, padre fundador de la Asociación Argentina de Sumo, era heredero de aquellos pioneros. En los ’80 se juntaba con otros maestros para darse duro y parejo en el dohyo del Jardín Japonés. Eran tiempos en que el Estado nipón empezaba a estimular la práctica de la disciplina más allá de sus fronteras. "Vinieron al país varios rikishi, los luchadores profesionales, y donaron los famosos cinturones mawashi –recuerda Videla, al tiempo que se ajusta con destreza el chiripá de seis metros de largo–. Incluso dos peleadores argentinos, Hoshi Andes y Hoshi Tango, pudieron viajar a Tokio y luchar en la elite.”
El joven Videla pulió su técnica de ataque con Yamamoto, pero sobre todo descifró los mil y un rituales que anteceden al efímero combate. Duran más que la pelea y están conectados con el sintoísmo, la religión más importante del Japón: la ceremonia de purificación y el respeto por las decisiones de los sabios gyōji, las autoridades religiosas que arbitran la contienda. "No es como en los partidos fútbol, donde todos van a quejarse del árbitro. Su palabra es la ley."
Su sensei soñaba con verlo luchar en el mítico Ryōgoku Kokugikan, el templo mayor. Videla dice que algún día lo logrará. Conquistó torneos sudamericanos y batalló contra temerarios rivales mongoles y búlgaros en mundiales. "El día que murió mi maestro, yo ganaba un campeonato en Brasil. Fue una señal. Siento que llevo una mochila llena con sus enseñanzas. Tengo que difundir el sumo. Si pudiera verme, creo que estaría muy orgulloso."
Los cinco samuráis
En cuclillas, con los puños apoyados por delante del cuerpo y la mirada penetrante que recuerda a los samuráis de Kurosawa. Así se preparan Agustina Ramos y Maximiliano Guzmán para chocar de frente. El sensei da la señal y la piba de Parque Chacabuco madruga al cordobés con una embestida que da miedo. El ex rugbier de La Carlota no se apichona ante la tracción 4x4 de la estudiante de Comunicación Social y decide jugar su mejor carta. Se prende del mawashi de la dama y luego la zarandea con la potencia de un terremoto. Forcejean unos pocos segundos, pero es la chica superpoderosa la que hace trastabillar al caballero.
Mientras se seca el sudor de su frente, la vencedora asegura que es una de las pocas mujeres –se cuentan con los dedos de una mano– que practican sumo en el país. El tradicionalista espacio profesional en Japón sigue siendo un universo vedado para las gladiadoras. "Siento que el sumo me pone a prueba todo el tiempo –arriesga Agustina–. Me gusta demostrar el poder de las mujeres. Orgullo femenino."
Guzmán se recupera de la derrota en un abrir y cerrar de ojos. En pocos minutos enfrentará en el improvisado dohyo al hercúleo Sebastián Montes, un electricista matriculado de Retiro. El cordobés, que también es chef, recuerda que en el último Sudamericano tuvo que bailar con la más fulera: enfrentarse a su sensei: "Fue raro, era la última persona con la que querría pelear en el mundo. Le gané usando el utchari: aguanté su empuje y en el final pude sacarlo de combate."
Montes cuenta que él tiene a Japón en casa. Su esposa es hija de inmigrantes nipones. En las comilonas en la casa de su suegro, se mezclan el chimichurri y el wasabi sin prejuicios. "Ese instante previo a lanzarme contra el rival es el más agradable de la pelea –asegura el yerno del sol naciente-. No hay que tener dudas, ser decidido y esperar la iluminación." Alcanzar el satori. «
Publicado en Tiempo Argentino, por acá

martes, 31 de octubre de 2017

Despedazado por mil partes

Aquella noche de finales de los ‘80 en que ensambló su primer rompecabezas, Susana Broggi comprendió que la vida se va armando de a pedacitos. Como en un puzzle, los días van encajando con las semanas, los meses y los años, hasta completar el ciclo vital de la fugaz existencia. Su madre, también Susana, fue quien la inició, a los diez años, en el arte de enlazar diminutas figuras de cartón. Luego de la cena, la sobremesa familiar se estiraba con el ritual de reconstruir imágenes cuidadosamente desmembradas. "Es una pasión que siempre compartimos con mamá. De esos años tengo muy presente uno de la pintura La maternidad, de Renoir. Otro muy querido, un clásico de esa época, tenía unos gatitos sonrientes y muchas flores", recuerda con nostalgia la psicóloga de 39 años. Alimentar el fervor del juego en los abatidos días de la hiperinflación no era sencillo. "Se conseguían muy pocos 'rompes' y obviamente no había variedad. Vivíamos en Caballito e íbamos a la juguetería Tom, sobre Gaona. Revolvíamos como locas y algo se pescaba." 
En su adolescencia, una rabiosa mononucleosis obligó a Broggi a una larga temporada de reposo hogareño. Trance que aprovechó para encarar su primer desafío en solitario: un ejemplar de 1000 piezas tatuado con el recalcado motivo del gatito peludo y las flores como telón de fondo. Se encerró en su cuarto y al tercer día resucitó de entre las piezas con la postal acabada del felino. Luego llegaron otros retos: batallando contra 2000, 5000 o más piezas, Susana fue ganando en agilidad y destreza. Se transformó en una curtida artista de la reconstrucción. Sus obras completas, las atesoraba en su escritorio. 
"Sin dudas –reflexiona– este no es un hobby para gente con cero paciencia. Hay que dedicarle muchas horas. Por ahí me siento a las once de la noche y cuando vuelvo a mirar el reloj son las cuatro de la madrugada. Te olvidás de que existe el tiempo." La profesional del armado resalta la importancia de entrenar la memoria visual e ir puliendo una técnica: ella comienza por los bordes y separa los fragmentos por colores. Lo demás es cuestión de tiempo. 
Decir que los rompecabezas le salvaron la vida es una exageración. Sin embargo, no es descabellado intuir que la ayudaron en el trance de edificar su familia. A su marido José Luis lo conoció chateando. Cuando él tipeó que le gustaban los puzzles, a Susana le rompió la cabeza. Encastraron desde la primera cita: "Nos encontramos en una juguetería y compramos el de un cuadro de Miró". Lo finiquitaron a cuatro manos en tres horas. Fue amor a primer armado.
Broggi derriba el mito de que sea una actividad para solitarios: "Es más bien sociable y se comparte en familia. Ponemos música, abrimos una cervecita, unas papitas fritas y lo vamos haciendo en equipo, así es más fácil." Las paredes de su casa, tapizadas con decenas de ejemplares, acreditan la experiencia colectiva: "En el living, los cuartos de los chicos, el quincho, el garaje y hasta en los baños. Sólo me falta colgar en la fachada." 
Desde hace casi 15 años, con su marido comanda Puzzlemanía, local de principio a fin dedicado a la pasión reconstructiva. Suerte de templo pagano enclavado en Primera Junta, adonde peregrinan los fanáticos de los rompecabezas. "Es el único local en su especie en Latinoamérica. Cuando arrancamos, nuestros viejos nos decían que estábamos locos, que nos íbamos a morir de hambre. Pero nos fue muy bien: llegamos a tener tres locales. "La clave, dice, fue el trabajo paciente. La misma técnica que aplican al enfrentar los pedacitos de cartón. 
Caídos del mapa
Aunque hay antecedentes milenarios, para reconstruir la historia del rompecabezas moderno es necesario remontarse a finales del siglo XVIII, edad dorada de la expansión imperial británica. No es raro que su creador haya sido el cartógrafo John Spilsbury. Para agilizar la enseñanza de la geografía, en 1766 Spilsbury decidió cortar un mapa siguiendo al detalle las líneas de las fronteras. Lo bautizó "mapa diseccionado": hecho en madera noble, mostraba la silueta europea y fue un éxito. En poco tiempo, el invento trascendió los confines pedagógicos y se convirtió en un juego popular entre las élites.
La novedad se difundió por toda Europa. En 1800, algunos fabricantes alemanes de juguetes vendían rudimentarias piezas de madera que se encajaban en forma de cruz. El juego tuvo su boom en América casi un siglo después. La mecha la encendió Milton Bradley, creador del eterno "Juego de la Vida". Ya había hecho fortuna vendiendo juegos baratos para los combatientes de la Guerra de Secesión, y a principios del siglo XX, su compañía MB comenzó a producir rompecabezas en serie y los incorporó a su nutrido catálogo con el nombre inmortal de jigsaw puzzle, "rompecabezas". 
Jack London, Albert Einstein y Julio Cortázar fueron ilustres jugadores. Ninguno llegó a participar del Mundial de Rompecabezas, que se celebra anualmente desde 1992. En su "novela-puzzle" La vida instrucciones de uso, el escritor francés Georges Perec dedica un apartado a la verdad última del rompecabezas. Arriesga que no es un juego en solitario: cada movimiento, cada corazonada, cada pieza que toma y cada hueco que llena el jugador, ya han sido diseñados, calculados y decididos por otro. Su creador todopoderoso. 
Modelo para armar
Frescos de la Capilla Sixtina, postales de Times Square, obras maestras de Picasso, retratos de osos panda y hasta del porteño Papa Francisco. La oferta de Puzzlemanía es muy variopinta, al igual que el paladar de los fanáticos. "Está el que viene quincenalmente, buscando novedades. Pero también el paracaidista que pasa por la puerta y se manda", reflexiona desde el mostrador Nicolás Chaves, histórico encargado del local. "Hay gente a la que le importa la complejidad y deja de lado el diseño. Entonces elige uno bien plano, de un solo color. Los de Pollock son bien difíciles. Pero muchos se acercan con la idea de enmarcarlos. Prefieren la imagen de una mascota o del paraíso que visitaron en las últimas vacaciones. En esos casos, el 'rompe' asume un rol decorativo, el medio para un fin." 
Mientras acomoda unas cajas en los atiborrados estantes, Chaves cuenta que muchos padres llegan en busca del rompecabezas salvador que aleje a sus hijos de la hegemónica pantalla del celular. "Tienen un uso medicinal neurológico: ayudan en los temas de concentración y ansiedad en niños y adultos." El precio de un puzzle estándar arranca en los 500 pesos. Reinan las marcas alemanas, italianas y catalanas. La producción local es pobre y, según los que saben, de baja calidad, con problemas recurrentes en el encastre.
Para los que quieren enfrentar desafíos colosales, en el local espera dueño el ejemplar más grande del mundo: 40.320 piezas (unos 30 kilos de cartón impreso) que narran famosas escenas de los films clásicos de Disney. El precio roza los 16 mil pesos. Si un jugador fracasa en la faena, el local ofrece el servicio de completar el trabajo por modestos 150 pesos la hora. Más de un fanático, cuentan, ha ofrecido su mano de obra en forma desinteresada.  
Chaves, licenciado en Ciencias Políticas, elige el rompecabezas de su vida: "Sin dudarlo, el primero que armé. Tres mil piezas dedicadas a 'La Libertad guiando al pueblo', de Delacroix. Cuando ponía las últimas piezas, terminé de entender la Revolución Francesa. Sentí la libertad." «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

martes, 24 de octubre de 2017

Vamos las bandas

No hace falta tener oído absoluto. Mucho menos acreditar pergaminos de conservatorio. Sólo con afinar un poquito la escucha, y a veces gambetear el redoble de tambores que viene de Plaza de Mayo, cualquier caminante de la calle Defensa puede salir de la vorágine diaria que supura el centro porteño, tomarse cinco minutos, reposar el esqueleto cansado sobre la fachada del Museo de la Ciudad y al fin dejarse llevar por la dulce melodía de "El humahuaqueño", que baja desde la planta alta. 
El ensayo de la Orquesta Escuela Juvenil de San Telmo arranca con el clásico de clásicos de la Quebrada. En el salón no hay erkes ni charangos, pero sí un par de bombos. Y muchos chicos, concentrados frente a las partituras. Suenan parejos los violines, las violas, los chelos. Dialogan con las flautas traversas, las tubas y los saxofones. Desde el fondo del recinto, aportan lo suyo los gordos contrabajos. Suenan el acordeón, los bandoneones, las afiladas guitarras. No menos importante, el golpe preciso de los platillos pone punto final al carnavalito.
"Pura ejercitación y mucho trabajo en equipo, esa es la clave. Acá no gana el solista sino el grupo. Hay que ayudar al compañero, ser paciente, escuchar, aprender a respetar los silencios… Son enseñanzas que sirven para la música, pero sobre todo para la vida", asegura Clara Ackermann, miembro fundadora y directora estable de la orquesta que integran pibas y pibes de San Telmo, Monserrat y barrios fronterizos.
En un alto en el ensayo, sin abandonar su fiel batuta, Ackermann repasa la corta pero intensa vida del proyecto. Los primeros acordes de esta historia sonaron en 2013. Un par de docentes, 15 chicos y algunos estoicos padres fundaron la orquesta en el corazón del barrio. No tenían fondos, sólo unos pocos instrumentos prestados, y las ganas infinitas de hacer música. 
Arrancaron en un bodegón frente a la Plaza Dorrego. "Era raro, porque terminábamos de tocar y había gente cenando –recuerda la directora–. Con los meses, nos quedó chico, porque se fue armando el boca en boca entre los vecinos". Entonces salieron a buscar casa nueva. Primero ensayaron bajo la Autopista 25 de Mayo, en el club Martina Céspedes, pero los bocinazos y el estruendo de los motores en la hora pico no cooperaban para obtener un sonido demasiado limpio. Luego se mudaron a la Fundación Mercedes Sosa, sobre la calle Humberto Primo. Allí echaron raíces por más de un año y cosecharon decenas de nuevos integrantes. "Es un gran semillero de músicos. Pero más allá de la iniciación musical, el proyecto tiene una función social. La sensibilidad, las emociones y el compromiso van de la mano". 
Hoy tienen su sede en el Museo de la Ciudad, suman casi 200 músicos de entre 4 y 18 años, y un cuerpo docente con una docena de profesionales. "Construimos un espacio independiente, autogestionado, que no depende del gobierno de turno", explica Ackermann. Para sostener el trabajo de los formadores, la compra de instrumentos, la organización de recitales y viajes, y las meriendas para los chicos, reciben aportes de diversas fundaciones y de donantes particulares. También forman parte del ajustado Programa Social de Orquestas y Ensambles Infantiles y Juveniles de la Nación (ver recuadro). Pero el soporte fundamental lo gestiona la cooperadora. "La orquesta es una constante búsqueda: desde lo musical pero también desde la forma de conseguir recursos. Todas las semanas llegan chicos; hoy, por ejemplo, se sumaron cinco más. Necesitamos más instrumentos, porque todos tienen el derecho de aprender. En poco tiempo, creo que hemos cosechado muchos logros, pero no podemos dormirnos en los laureles".
A toda orquesta 
Joaquín Chibán es un versado violinista que acompaña a la orquesta desde su gestación. Acaba de terminar la primera clase con un grupo de sonrientes pichones de Paganini: "Los chicos escuchan el sonido del violín y flashean. Ese sonido dulce, expresivo, fuerte y suave a la vez, los atrapa. Lo importante es abrir el oído, aprender a escuchar. Es como un encantamiento". Él mismo quedó prendido desde chiquito y para siempre de las melodías que crea el arco sobre esas cuatro cuerdas. Por un instante cierra los ojos y recuerda cómo se colaba en la pieza de su tío Jorge, un curtido violinista de tango. Lo admiraba en silencio mientras practicaba algún clásico de la guardia vieja. Fue amor a primera vista. Antes de seguir con sus labores pedagógicas, Chibán reflexiona: "Aprender música es un trabajo lento, muy distinto a la realidad que se vive hoy, donde apretás el botón de una máquina y tenés miles de respuestas en forma inmediata. A los chicos trato de transmitirles la paciencia, porque necesariamente para aprender a ejecutar un instrumento hay que dedicarle horas, trabajar mucho y esforzarse. La vida también es así". 
Estela Paredes es una de las madres que acompaña a sol y sombra a la orquesta. Los miércoles y sábados, durante las largas horas de ensayo, ceba mates milagrosos, prepara las meriendas de alfajores y mate cocido y coordina las labores de la cooperadora. Mientras su hijo Facundo le da duro y parejo a la viola en el salón principal, ella recuerda orgullosa cómo juntó pesito a pesito para comprar el primer instrumento de su crío. "Era uno medio trucho, pero con ese violín Facundo aprendió a tocar las obras de Vivaldi. Las que le hacía escuchar cuando estaba en mi panza". 
Oscar es otro de los papás que pone el hombro: se encarga de la difusión del proyecto en las redes sociales. Es venezolano y llegó con su familia desde Caracas, escapando de las penurias económicas que atraviesa su país. En San Telmo se gana la vida en un supermercado y vendiendo suculentas cachapas, un plato primo hermano de las arepas. Sus hijos Luis y Vicente son duchos en el manejo de la viola y el violonchelo. En su tierra natal dieron los primeros pasos musicales en el ejemplar Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela: "Allá es una política de Estado –explica–, que les sacó ese privilegio a las grandes élites. Sea en un barrio pobre o alejado, usted va a encontrar una orquesta. De alguna manera, creo que este proyecto sigue ese camino. Entender que la música es una alternativa para los chicos, que abre mundos nuevos. Pero además, esta orquesta es como una gran familia".
En la sala de ensayo suena la melodía gitana de "Minor Swing". Chiara sigue atenta las instrucciones de la directora y en el momento justo ejecuta con parsimonia en su chelo la pieza del eterno Django Reinhardt. Cuenta que en la orquesta aprendió mil secretos de su instrumento, pero sobre todo, dice, entendió el valor de la amistad. Del variopinto repertorio que practica codo a codo con sus amigos no elige algún clásico del rock nacional, ni del folklore latinoamericano o la cumbia. Se queda con "Libertango", de Piazzolla: "Es un ritmo complicado, pero me gustan los desafíos. Cuando lo tocamos siento que floto y algo me late en el pecho. Para mí eso es la música. Algo que no se puede explicar con palabras".
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

martes, 10 de octubre de 2017

Todo sobre las madres

La nave central de la Rural está colmada por una legión infatigable de madres, con su prole a cuestas. Recorren sin respiro los stands de afamadas pañaleras, novedosas firmas de tecno-seguridad infantil y glamorosas tiendas de indumentaria para los más pequeños de la tribu. Ahora Mamá Expo, cita mayor del fértil nicho comercial dedicado a las futuras madres y sus herederos, se hace carne en el predio palermitano. 
"Nunca digas nunca. Jamás en la vida se me hubiera ocurrido venir a una exposición así, pero acá estoy. ¿Qué pasó? Pasó Pablito", confiesa entre risas María, mientras mira embobada los ojos azul cielo de su retoño de tres meses. Tiene 31 años, es madre primeriza y llegó desde San Martín en plan más bien familiar, pero con ribetes comerciales. En su deriva la acompañan sus cuñadas Débora y Laura. También los pequeños Fiorela y Dante: "Es la primera salida oficial de los primos. Los tres son unos santitos. Nosotras vemos ofertas y ellos se entretienen con los shows de Winnie Pooh y Tigger. Ya llevamos dos horas dando vueltas y no hicieron ni un pucherito".
A coro, las chicas confiesan que la pesquisa en los puestos no ha sido del todo fructífera: "Hay buenos precios en pañales y baberos de silicona, pero hay cochecitos que cuestan como un auto usado. Hay hasta de 40 mil pesos." En pocos minutos, cuentan, dejarán por un rato la fiebre consumista y disfrutarán del menú de talleres que ofrece la expo: desde masaje infantil hasta primeros auxilios, sin olvidar una clase magistral sobre el abecé de la lactancia. Las mujeres posan para una perfecta postal del matriarcado: rostros cansados pero sonrientes, hijos en brazos y sus inseparables carruajes, los cochecitos todoterreno curtidos por el uso. "Más allá de las compras, estos lugares te dan mucha información. Por ahí antes las mamás sólo teníamos como consejeras a nuestras viejas y abuelas –se despide María–. Igual, creo que nadie te puede enseñar a ser madre. Podés leer revistas, ver videos en internet o programas en la tele, pero hay algo más. Debe ser el instinto materno que llevamos adentro".
Más respeto que soy...
Hace 22 años, Claudia Baschera dio a luz a la revista Ahora mamá. Venía de tener a su primer hijo y detectó, dice, un hueco editorial en las temáticas ligadas a la maternidad: "Se necesitaba información y reflexión, entonces hice la revista que me hubiese gustado leer cuando estaba embarazada." Según la especialista, desde el momento de la gestación, las embarazadas se enfrentan a un sinnúmero de inquietudes existenciales. "Cuando una mujer ve esas dos rayitas que le dicen que su vida va a cambiar para siempre, todo empieza a ser una gran duda. Quiere darse un baño de inmersión y no sabe si puede; quiere tomar un café y no sabe si al bebé le va a caer bien; o quiere saber cómo crece. Está muy ávida de información. Sin dejar de lado que también se le abre un mercado que desconoce. Por ejemplo, en un baby store hay más de cien modelos de cochecitos, y todos cumplen una función especial. Ese es nuestro público".
El emprendimiento editorial creció y en 2003 se completó con el lanzamiento de la exposición más grande en su especie. Sin dudas, los 750 mil partos que se dan al año en la Argentina engordan un mercado potencial demasiado tentador para las marcas. Baschera calcula que este año unas 40 mil personas visitarán el evento que culmina hoy. Más allá del foco puesto sobre la platea femenina, la organizadora resalta el lento pero permanente crecimiento en la cantidad de padres que asisten: "Por suerte, los tiempos cambian y el hombre asume un rol mucho más activo en el embarazo, en la crianza, en las tareas hogareñas. Hay un cambio de paradigma. En definitiva, el hijo es de los dos". Estos movimientos en la oxidada familia "tradicional" también incluyen una aletargada apertura de este nicho a las familias homoparentales.  
En sus 15 años al frente de la exposición, Baschera ha presenciado más de un trabajo de parto que comenzó sin previo aviso en la Rural. También la irrupción de las nuevas tecnologías en la maternidad: desde las ecografías 4D –en la expo sortean varias entre las futuras mamás– hasta las aplicaciones que permiten a los padres monitorear en sus celulares el ritmo cardíaco y la frecuencia respiratoria del recién nacido, para conjurar al fantasma de la muerte súbita. "¿Si las madres son demasiado 'hinchas'? Son más bien ansiosas. Imagínese lo que es esperar nueve meses el nacimiento. Es que en estos tiempos no estamos acostumbrados a esperar. Queremos todo ya, rápido. Pero ser madre es otra cosa, es una experiencia muy fuerte que es difícil de explicar con palabras".
La doctora en Psicología Mariana Czapski, pluma destacada de Ahora mamá, presenta en la feria su obra El arte de criar con límites: "Un tema polémico en la actualidad, casi pasado de moda –sentencia–. Es necesario reflexionar sobre el desarrollo evolutivo de los niños y la función del límite. No es retar, sino abrir el camino para que los chicos elijan otro rumbo". Dilema mayor, en un campo disciplinario en el cual han vertido ríos de tinta Freud, Piaget y Lacan. En un espacio donde reina el consumo, Czapski, madre de una nena de ocho años, invita a tomarse cinco minutos y pensar el presente: "En la actualidad, hay un poco de falta de límites, y padres que no saben acompañar a los hijos. Mucha gente dice que ahora los chicos son caprichosos desde bebés, pero no es así. El bebé llora por necesidad, eso es el llanto. Los adultos tenemos que aprender a tolerar ese tipo de dificultades en la crianza". 
Pañales con conciencia
La moda ecológica es la reina madre en muchos de los stands de la feria. Frente a los grandes tanques pañaleros multinacionales, la marca local Ecolitas ofrece estampados chiripás eco-friendly. Su creadora, Sandra Camacho, cuenta que comenzó a producir por necesidad, con una maquinita de coser casera, cuando nació Sofía, hoy de siete años: "Es el viejo pañal de tela, pero aggiornado –cuenta mientras atiende a una jauría de clientas–, más fácil de lavar". Agrega que la gente mayor es la que más reticencias pone ante el regreso triunfal del lavable: "Los jóvenes tienen otra cabeza, cuidan el planeta. Un descartable tarda 500 años en biodegradarse. Un bebé usa unos 5000 pañales. Hacé la cuenta. No hay más espacio en la Tierra. Todos tenemos que poner nuestro granito de arena". Un pañal descartable cuesta 400 pesos. Camacho promete que dura toda la vida. O hasta que el bebé logre la autonomía para ir solo al baño. 
En el local de Baby Innovation se venden pequeños mingitorios que pueden ayudar en ese lento aprendizaje de los niños. Es una colorida pieza que haría las delicias de los hijos de Marcel Duchamp. Una pelela que se adosa a la pared y es de uso exclusivo de los varoncitos. Entre las últimas novedades de la firma también figura el ventilador para cochecitos de bebé.
Sin lugar a dudas, el espacio más concurrido de la feria es Bebé Gourmet, donde la chef Lía Cigliutti, estrella rutilante de Masterchef, enseña a romper con la hegemonía del puré de zapallo en el menú infantil. Mientras las madres amamantan a sus hijos, Cigliutti prepara con pasión una exquisita papilla de manzana, peras y canela. "Un manjar que no hay que pensarlo sólo como el alimento del bebé –cuenta–, también puede ser la guarnición del plato principal para toda la familia. Con manteca y miel, acompaña tranquilamente una bondiolita de cerdo". Mientras ofrece a la platea suculentas cucharadas, la cocinera adoctrina: "La clave está en probar la comida del bebé. Si te gusta a vos, seguro le gusta a él". Cerca de ella, un bebé disfruta su última ración de la papilla gourmet. Se va con la panza llena y el corazón contento.  «
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domingo, 1 de octubre de 2017

Habano Affair

Sentada en un mullido sillón, en el corazón de La Casa del Habano, Blanca Alsogaray pita con prudencia un Petit Robusto. Fumando espera, sin prisa, pero sin pausa, a los primeros clientes del día. "Le dije que este es un buen horario para conversar, la gente llega después del mediodía. Salen del trabajo, almuerzan y vienen a fumarse un habano, acompañado de un rico traguito o un café. Es el momento del relax personal. Su tiempo. Ese bien tan escaso en la actualidad", medita la dama, mientras disfruta de otra profunda calada del cigarro emblema de la firma Hoyo de Monterrey. 
La señora Alsogaray es una de las personas que más sabe de puros y del hábito de fumarlos en esta ciudad. El local que regentea desde hace décadas, en las entrañas del siempre frenético Microcentro, se ha transformado en un oasis para los incondicionales del tabaco cubano. "Fuimos la cuarta franquicia que se abrió en el mundo, hoy son más de cien. Piense que el habano está muy ligado al placer, al cambio de ritmo, a dejar a un lado la rutina del trabajo. Por eso creo que el local es una suerte de living familiar, perdido en medio de la ciudad." Hay en Buenos Aires un nutrido grupo de fanáticos de las variedades de tabacos, las diferentes marcas y los tipos de "vitolas". Y el local de Alsogaray es una fija de esa comunidad. 
Blanca pita una vez más y el denso humo la transporta a su primera infancia. La imagen de su padre disfrutando en silencio de un puro, la casa perfumada, la osadía juvenil de manotear un ejemplar y encenderlo a escondidas. Recuerda también que fumó cigarrillos muchos años. Pero en los '80, mientras organizaba el stand cubano de la Feria de las Naciones, quedó flechada por los gruesos morenos cubanos y dejó para siempre los delgados rubios nacionales. "Me encantaba verlos, tocarlos, oler su perfume. El habano está bien lejos de la compulsión del cigarrillo. Son ritmos muy distintos. Nada más prenderlo, uno se da cuenta. Es todo un rito: hay que saber cortarlo, calentarlo lentamente sin quemarlo, encenderlo fuera de la boca y luego… el relax. El habano demanda mucha atención." Entre 25 minutos y una hora, según su extensión. Nada más lejos de los acelerados cinco minutos del cigarrillo, y chau pucho. 
No era sencillo adquirir habanos de calidad en Buenos Aires. Se traían de afuera en forma particular o se conseguían en un puñado de kioscos porteños. Entonces, Blanca vio una señal de humo, tuvo una epifanía y decidió conjugar su pasión con los negocios. Primero abrió una distribuidora y enseguida el local que la transformó en una referencia cardinal del gremio. "Aprendí mucho de mis clientes, exquisitos fumadores, y también los secretos de los torcedores –los fabricantes– que conocí. Tengo más de 50 viajes a Cuba, la meca." Se transformó en voz autorizada dentro de un universo tradicionalmente masculino. Fue la primera dama en un panel de degustación en la isla, invitada por la reconocida fábrica Partagás. "Cuando arranqué en esto, éramos pocas las mujeres que fumábamos –dice y sobre su cabeza cuelga una foto que muestra una docena de obreras cubanas fumando en sus largas horas de trabajo–. Tenemos un paladar muy especial." 
Pequeña Habana
Alsogaray  invita a conocer el humidor, su pequeña Habana porteña. Un espacio que conserva a estrictos 18 grados ambiente y 75% de humedad los tesoros de la casa. Allí también están las cajas de seguridad de los clientes más fieles, cuyos nombres Blanca mantiene en reserva, bajo siete llaves. En los estantes, cientos de ejemplares de Cohiba, Bolívar, Fonseca y Flor de Cano duermen la siesta. Marcas icónicas que disfrutaron fumadores de la talla de Fidel Castro, Groucho Marx, Tato Bores y Sarita Montiel. También se destacan los enrulados "culebra", que enloquecían a Jacques Lacan. 
Blanca aclara que el habano es una creación estrictamente cubana. Los fabricados fuera de la isla deben ser llamados puros o cigarros. "La clave sigue siendo el trabajo artesanal, que Cuba mantiene en forma inalterable desde hace siglos: la hoja se corta, se seca a la sombra en forma natural, sin químicos, y el sabor lo da la mezcla. Vuelta Abajo es la mejor región." Luego da una clase magistral sobre copas, tripas y capotes, los tres elementos que dan cuerpo al cigarro. Mientras posa para la foto, Alsogaray reflexiona sobre el vínculo que une al habano con los sectores más acomodados de la sociedad. Desde luego, pertenecer tiene un precio considerable: un accesible Rafael González cuesta 66 pesos y un imponente Partagás Serie D Nº4, más de 300. En este rubro, el dinero se hace humo en pocos minutos. "En Cuba sí es popular. Fuman todos, desde el campesino hasta el obrero. Cuando funcionaba la libreta de racionamiento, junto al arroz, el azúcar y el ron 'chispa de tren', se incluía al habano como producto de primera necesidad".
Antes de que los primeros clientes comiencen el ritual de las volutas, Blanca deja ver otro de los tesoros del local, su pequeña biblioteca. Una serie de ejemplares que narran las andanzas y desandanzas del tabaco: desde los milenarios ritos originarios, pasando por los escritos de los conquistadores sobre los "hombres chimenea", el devenir del consumo entre la nobleza europea y hasta biografías incunables de productores, como la familia Robaina. El maridaje entre la buena literatura y los habanos no es cosa nueva. De obras de Shakespeare y Víctor Hugo han surgido los nombres de dos de las marcas más importantes de la isla: Romeo y Julieta y los inmortales Montecristo. 
Puro humo 
Roberto es el elegante caballero que da la pitada inicial de la tarde. Todos los jueves a las 13, religiosamente, se apersona en La Casa del Habano para cumplir con la liturgia. Es un empresario ligado al mundo de los seguros, tiene 83 joviales años y más de 20 dedicados al cigarro. "Vengo acá y entro en otro tiempo. Uno se sienta en el sillón, conversamos, pero también se piensa mucho", dice, al tiempo que disfruta de su vistoso H. Upmann Half Corona. En sus años mozos, fue un moderado fumador de los delgados Particulares 30. "Pero esto es otro mundo. Le doy un ejemplo: fíjese cómo se apaga el cigarrillo. Se lo retuerce, se lo maltrata. Al habano se lo deja morir en el cenicero, con dignidad. Una muerte natural."
A la ronda se suma Raúl, parroquiano habitual del establecimiento, con dos visitas diarias. "Tengo la oficina acá enfrente. Llego al trabajo a las 6:30 y hago una parada estratégica a las 10 y otra después de comer, donde incorporo una copita de Etiqueta Negra para acompañar. De alguna manera, me marca dos momentos para frenar en el día", cuenta. Tiene tres años en el club y siente que encontró un verdadero remanso: "La tranquilidad, el aroma del tabaco, el relax que te da fumar, no tienen precio", dice Raúl, y confiesa que mantiene en secreto el costo de su felicidad, para evitar conflictos con su señora esposa. 
El elegante círculo se completa con Lucía, hija de Blanca y médica de profesión. Fuma de vez en cuando, sólo en ocasiones especiales, y sus favoritos son los Epicure Nº2. "Todas las políticas antitabaco me parecen acertadísimas. Pero el habano es muy distinto al cigarrillo: no lo fumás constantemente, hay un espacio y un tiempo para dedicarle, es complicado hacerse adicto. ¿Sabe cuál es la principal causa de muerte? El estrés. Y me parece que el habano puede relajarnos. No se lo puedo recomendar a un paciente, claro, pero sí a mi marido. Sabe cuántas veces lo vi algo nervioso y le dije: '¿Por qué no frenás un rato? Vas a ver a mamá y te fumás un habanito.' Es como un mimo". «
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domingo, 24 de septiembre de 2017

Los muchachos del tablón

El añejo trozo de madera, con sus curtidas rueditas a cuestas, pende estoico en la entrada del Museo del Skate Argentino. Para el ojo poco entrenado, la jubilada patineta podría pasar por una más del montón. Pero no, damas y caballeros, se trata del decano nacional. "El primer skate traído a la Argentina en 1969 por un surfista marplatense que viajó a California –advierte un papelito pegado junto al inerte monopatín, y agrega con precisión de catálogo–: tabla custom de una sola pieza, con ruedas originales de metal a bolilla". Un auténtico objeto de culto para los fanáticos del tablón. La pieza integra la invaluable colección de skateboarding que atesora Guillermo "Walas" Cidade, consumado skater y líder de Massacre, la legendaria banda del under porteño.
Exhibida en La Usina del Arte en el marco de la décima edición del festival Ciudad Emergente, la colección más grande en su especie de América Latina, curada al detalle por Walas, recorre más de cinco décadas de historia, diseño y sociología de una expresión cultural demasiado urbana, indiscutiblemente universal. Surf del cemento, tribu contracultural o negocio multimillonario, el skate, nacido en California en los '60, tiene un universo propio en la Argentina, con figuras legendarias, rampas emblemáticas y enfrentamientos –ahora casi pasados de moda– con la ley. 
"Quién iba a decirlo, esta era una auténtica cultura underground, bien marginal. Si hace 30 años me decían que iba a haber una exposición de skate bancada por el gobierno, me cagaba de la risa", confiesa Emiliano Fredes, docto miembro de la vieja escuela, mientras analiza las cualidades de un modelo 100% nacional, parido en 1979 por la marca Spada, el primer emprendimiento local que fabricó –en Vicente López– tablas, ruedas, bujes y pivotes. Muy cerca duerme la siesta una inmaculada Powell Peralta, diseño exclusivo de Steve Cavallero, patinador sagrado del gremio. "Si tenías una tabla importada como esta, en el barrio eras Maradona. Costaban mucho y no se conseguían, era medio elitista, en esto andaba 'Chapete' Lacroze, el nieto de Amalita", resalta Fredes, cuarentón de Parque Patricios, y recuerda sus primeros escarceos con una patineta casera en las bajadas del Hospital Garrahan: "Nos tirábamos con un amigo y hacíamos 'catamarán'".
El flechazo definitivo con la vanguardia del skate se dio en el '87, cuando conoció a una pandilla que se juntaba en la Plaza Vicente López. Su primera tabla fue una Kranium, que compró en los subsuelos de la galería Bond Street. Al segundo día, la descuartizó un colectivo. Fredes quedó con la tabla y el corazón hechos añicos, pero sabía que un tropezón no era caída: "La revancha se dio con una Pablo Itucha, como esta gloria –señala sonriente una madera gastada–. Le puse unos stickers y me largué. Había bandas en Barracas, Catalinas, Munro... eran como células dormidas." 
Fredes pertenece a una generación marcada a fuego por el espíritu autogestivo, resumido en el lema punk "hacelo vos mismo": "Por el skate aprendí inglés, para leer revistas de afuera; me enseñó a usar herramientas para armar las pistas, me curtí como fotógrafo para retratarnos, y conocí buena gente". Frente a una tabla tatuada con el logo en cruz de la marca Dogtown, no olvida las caídas antológicas que sufrió. En el Hospital Británico, se ufana, tiene una historia clínica del tamaño de una guía telefónica. 
Más allá de los diseños icónicos, la muestra permite apreciar las tablas donadas por auténticas leyendas del skate nacional: desde Javier Ferrari hasta Eduardo Pugliese, sin olvidar una longeva patineta pintada con témpera que perteneció a Juanchi Baleirón, guitarrista de Los Pericos. Antes de perderse entre los curiosos, Fredes dispara: "Hay una famosa frase que dice 'el skate salvó mi vida'. No sé si es para tanto, pero no hay nada como agarrar la tabla, encarar la calle y perderse por la ciudad hasta dónde me lleve. Relajarse, pero también ensuciarse."  «
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domingo, 17 de septiembre de 2017

Cuestión de fe

Será cuestión de fe. "Si puede mover montañas, cómo no me va a ayudar a bailar cuatro horas seguidas", arriesga Omar Mercado, devoto. Desde el centro de la pista tira unas pataditas al aire junto a otros danzarines, mientras todos hacen sonar los cascabeles que llevan zurcidos en sus pesadas botas. La inmaculada figura de la virgen del Socavón de Oruro no los deja solos, ni de noche ni de día. Es el faro que alumbra el ensayo de la fraternidad: "Algunos bailan para aparentar, otros simplemente para divertirse. Pero los caporales lo hacemos por devoción a la mamita de la mina." Mercado no tiene dudas: la danza también puede ser una experiencia religiosa.
El joven chuquisaqueño es uno de los padres fundadores del Bloque Sambos Caporales Buenos Aires, filial local de la casa matriz orureña, una de las fraternidades de bailarines más populares de Bolivia. La génesis del proyecto se dio hace cuatro años. La nostalgia por el pago y la pasión por el rico folklore altiplánico reunió a una docena de entusiastas migrantes. La virgen fue el motor. Las ganas de difundir su cultura, el combustible. "Había grupos que se identificaban con la virgen de Copacabana –cuenta–, otros con la de Urkupiña… pero nosotros elegimos a la patrona de los mineros". Con la merced de la virgencita que reina en las entrañas de los trepanados cerros y se enfrenta al Tío, endiablada deidad de las profundidades, se especializaron en la danza caporal y comenzaron a ensayar a mitad de 2014. En pocos años sumaron medio centenar de voluntades al proyecto: migrantes bolivianos, peruanos, salteños, jujeños y también algunos porteños que disfrutan moviendo el esqueleto al ritmo de bombos, platillos y trompetas. 
Mercado es un eximio bailarín y estudiante atento del folklore latinoamericano. Puede dar clases magistrales sobre los secretos de las danzas bolivianas: "No sabe, hay muchísimas. Han sido una de las estrategias de los originarios para mantener vivos sus rituales. Los festejos son espacios donde triunfa la cultura popular, evitando la censura de las élites."
El caporal es una danza relativamente joven, que lleva en su ADN parte de esa historia, hibridada con la cultura urbana. Nació en los años '70 por iniciativa de los hermanos Estrada Pacheco, dos músicos del bohemio barrio de Chijini, en La Paz: "En poco tiempo se hizo masivo y hoy en día dice presente en todas las fiestas, incluso ha traspasado las fronteras y es moda en Chile, Perú y el norte argentino", explica Mercado, mientras coordina las piruetas de sus compañeros. El ritmo toma influencias de la cultura afroboliviana, con la saya y el tundiqui como referencias ineludibles: "La figura del caporal está inspirada en el capataz. Satiriza al traidor, que maltrataba a los esclavos con el chicote y vestía elegantes ropas que le daba el patrón." El baile cobija, en términos borgeanos, el tema del traidor y del héroe. 
En la sala de ensayo se escucha una vez más el ensordecedor repiqueteo de los cascabeles. Traen al presente las cadenas que padecieron aquellos anónimos esclavos. "De alguna manera –cierra Mercado– bailamos para recordar el sufrimiento de aquellos hombres y mujeres." Los caporales danzan cuerpo a cuerpo con la historia silenciada. Un baile con buena memoria. 
Amor de carnaval 
Sombrero borsalino, largas trenzas, chaqueta rosa Dior adornada con lentejuelas, minifalda al tono y taquitos haciendo juego. Vanesa, Ximena, Marytza y Shirley hacen gala de su elegancia chola, poco antes de incorporarse al ensayo. "Los trajes se mandan a hacer a La Paz –explica Marytza–, pueden costar hasta 400 dólares." Lejos de París y Milán, la alta costura boliviana domina el rubro. Año a año, cuentan las damas, cambian los diseños. La fiesta del Señor de Gran Poder y el Carnaval de Oruro son las pasarelas a cielo abierto que anticipan las tendencias de la temporada. En 2017 predominan las tonalidades pastel y se dieron los regresos triunfales del encaje y las transparencias en las mangas. "Los sastres paceños son muy profesionales, pero en época de fiestas se les pueden escapar detalles –resalta Marytza–. Por ahí llega el vestido a último momento y descubrís que te queda enorme. Me ha pasado de estar costurando toda la noche en vela, y terminar antes de salir a bailar." 
Ximena todavía recuerda la primera vez que vio a unas muchachas bailando caporal. Quedó fascinada: "Yo tenía seis años y mis papás nos llevaron a pasar los carnavales a Tupiza, donde tenemos familia. Ahí predominan otros bailes, como la tonada chicheña. Pero había un grupo chiquito de caporales, que bailaban re tarde. No sé si eran las mejores, pero les admiré la actitud". Cuando baila, confiesa, a veces se le viene a la mente la imagen de aquellas estoicas damas tupizeñas.
Carnavaleando en Villazón, la ciudad que limita con La Quiaca, Vanesa se enamoró del caporal… mejor dicho, de un caporal. "Ahí lo tiene, mire qué guapo y lo bien que baila. Cómo no me iba a conquistar", dice, al tiempo que señala a su marido César. Tienen un hijo, son comerciantes, viven felices en Ciudad Evita y se confiesan, obviamente, evistas de la primera hora. "Le debo demasiado al caporal –se despide Vanesa–. Trato de devolverlo bailando."
Lo primero es la familia
En febrero de 2015, los Sambos porteños tocaron el cielo con las manos. Ese verano debutaron en el Carnaval de Oruro, la meca del ritmo. "En Buenos Aires tenemos tres grandes festejos: las entradas de Luján, Avenida de Mayo y la del barrio Charrúa, en Bajo Flores. Pero Oruro es otro planeta. Es como jugar en La Bombonera", resalta Erik, el "Julio Bocca" de la fraternidad. "Nos ha ido muy bien –reconoce–, la gente delira cuando hacemos la pasada. Se sorprenden cuando gritamos que somos de Buenos Aires. Pese a ser bolivianos, para ellos somos los gauchitos. Y acá somos los bolitas." De su experiencia orureña, Erik no pudo olvidar el aliento ensordecedor de las tribunas, durante las cinco horas del recorrido. "Se baila hasta casi desfallecer –asegura–. Cuando se llega a la iglesia donde espera la virgen, es como entrar en el paraíso."   
Casi al cierre del ensayo, los pesos pesados de la fraternidad muestran toda su destreza. Los apodan los "Sambosos", por sus generosas barrigas. Los comanda Luis Fernando, un pediatra orureño con muy buen pie. "Los chicos son el pulmón; las chicas, la belleza; y nosotros, la sabiduría", saca chapa el hombre. Cuando era pibe y pesaba 60 kilos, llegó a bailar 13 kilómetros en un día. Dice que ahora está medio achanchado, pero todas las presentaciones las termina con la frente en alto. "Le cuento que de Bolivia no extraño ni el clima, ni la comida… La familia es mi patria. Bailamos todos juntos acá." «
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lunes, 11 de septiembre de 2017

La fiesta del chongo

La noche está en pañales. Brian, en paños menores. Como carta de presentación, el anfitrión del Golden ofrece a las señoritas su sonrisa de marfil y músculos dignos de un semidiós griego. "No tenga dudas, la primera impresión es fundamental. Mi trabajo es como la chispa que enciende el fuego. Así las chicas van quedando en llamas para el show", alardea el joven pirómano, ataviado con un asfixiante chupín y fogosos tatuajes. Para completar el look, en su robusto cuello brilla un moñito de etiqueta. El auténtico portero de un infierno encantador. 
Mientras ubica a las damas en las mesas, Brian confiesa que hace seis años lleva una doble vida. De día se calza el traje para auditar las cuentas de un hotel. De noche, se lo saca para despuntar el digno oficio de stripper. Arrancó de casualidad, cuando un profesor del gimnasio le vio aptitudes para el baile sensual. Con los años, se curtió en la noche y comprendió que más allá de mantener tonificados los bíceps y bronceado el abdomen, el buen desnudista debe tallar sobre todo su carisma. Y tener la cabeza abierta para brindarse a todos los públicos sin prejuicios: desde los ardorosos boliches donde las mujeres celebran su última noche de solteras hasta las tórridas discos sólo para caballeros. "Es divertido ganarse la vida bailando, siempre hay buena vibra. En definitiva, le damos afecto al público, y todo vuelve." Esta noche lo custodia su novia: "Cero celosa, lo acompaño siempre que puedo." Acodada en la barra, la rubia sigue atenta el andar de Brian en la pista. Las chicas lo abrazan, le piden poses para una foto y hasta acarician sus pectorales. Ella ni se mosquea: "Es un laburo como cualquier otro. Pueden mirar, tocar, pero el corazón tiene dueña."
Historia al desnudo
"¡¡¡A quién le importa lo que yo haga!!! ¡¡¡A quién le importa lo que yo diga!!!". El clásico de clásicos de Alaska provoca el primer sismo. Un terremoto grado seis despabila a la aletargada platea femenina. Desde el pequeño escenario, la transformista Aaron Minett es la encargada de pilotear el viaje hacia el fin de la noche. Con su lengua karateka, golpea a diestra y siniestra. No se salvan las bravas cumpleañeras, tampoco las novias de América con el cadalso a pocos pasos, y mucho menos las divorciadas que regresan triunfales a las pistas. Hermanadas, bailan en éxtasis y recitan, como un mantra, el monocorde himno triunfal: "¡Chongo, chongo, chongo! ¡Chongo, chongo, chongo!".
Desde un rincón, Luis Ávila, histórico gerente del establecimiento, observa la bacanal con ojo clínico y, por supuesto, empresario: "¿Vio qué fiesta? Esto no se vive en ningún otro boliche de la ciudad. En Buenos Aires hay muchos que dicen ser herederos del Golden, el antiguo local de Esmeralda 1040. Pero son todas copias, nosotros somos los únicos que mantenemos la línea original. Respetamos la historia, porque fuimos parte de ella". Ávila cuenta que la semilla del mítico local dedicado al striptease sólo apto para damas fue plantada a fines de los '80 por el empresario Antonio Altamura. "Tony trajo la idea de Estados Unidos, un poco copiando a los Chippendales de Las Vegas. Fue una revolución, un boom, no existía acá, se vendieron franquicias a todo el país. El primer local estuvo en Corrientes y Libertad", precisa el hombre de negocios, al tiempo que un depilado miembro de su staff se desviste con parsimonia sobre las tablas.
La génesis del proyecto estuvo apadrinada por el productor Pepe Parada, personaje icónico de las mil y una noches porteñas, quien consiguió un salón prestado para el debut. Tenían el local, les faltaba el nombre. La ornamentación sobrecargada, dorada, resolvió el dilema. Tony y sus socios brindaron con abundante champagne y lo bautizaron Golden. "Nosotros agarramos la posta en Esmeralda –resalta Ávila–. Pero tuvimos eternos problemas con los vecinos por los ruidos molestos. Imagínese, era un edificio de nueve pisos y nos hicieron como 600 denuncias. Una señora del primero salía en camisón y se quejaba en la puerta, una locura. Todo eso obligó la mudanza a San Telmo." Del local en la esquina de Balcarce y México, Ávila puede rezar un rosario de anécdotas. Elige una del año 2008, cuando el director Francis Ford Coppola alquiló el boliche para filmar Tetro: "Teníamos una cena show vendida y no la suspendimos. Estaba el salón partido al medio por un telón. De un lado, los strippers y la joda loca; del otro, los camarines donde descansaban Vincent Gallo, Maribel Verdú y la hija de Moria. Gallo se fue puteando a la calle y Coppola se metió en un auto a tomar mate, pero los demás se prendieron en la fiesta."
Esta es otra época, "igualitaria", reflexiona Ávila, "y por eso ahora abrimos las puertas para todas y todos. Igual, el 80% del público es femenino. Las chicas saben que en el Golden tienen la diversión garantizada, vienen de toda Latinoamérica a festejar. La regla básica sigue siendo la misma: lo que pasa en el Golden, queda en el Golden." 
La hoguera de las vanidades
¡Vamo' arriba la celeste! Una docena de uruguayas disfrazadas de policías son las más bullangueras de la disco. Festejan que Yésica pasará a jugar en el equipo de las casadas. "No creo que estemos cosificando al hombre –arriesga la vocera de las orientales–, es más una picardía. Por ahí también un triunfo de todas las mujeres." A unos pocos pasos, varias chilenas brindan una vez más por la soltería de Claudia. La prometida luce una vincha coronada con dos micropenes. En el grupo se destaca la presencia de su suegra: "Que disfrute la noche, hoy tiene todo permitido… bue, todo menos eso", advierte la señora, se ríe y señala la generosa entrepierna de un fortachón.  
Con tan sólo 30 años, Jonathan es el bailarín más experimentado del Golden. Su largo currículum incluye miles de shows en arenas porteñas y bonaerenses. "Desde pibe que quería laburar de stripper y a los 19 años pude debutar. Ganaba muchas chicas y me gustaba la joda. El trabajo no me defraudó. Y de a poco empecé a tomármelo en forma más profesional", dice el morocho nacido y criado en La Matanza profunda. Mientras se acicala, asegura que a esta altura del partido podría escribir el manual del buen stripper, con lecciones sobre cómo manejar la adrenalina, evitar los arañazos y conseguir una erección prolongada. Se mira fijo en el espejo y dice que no tiene referentes: "Sé que no soy muy lindo, pero estar arriba del escenario te da un plus. Igual, por ahí una chica te dice cosas durante el show y después, cuando salís vestido, ni te reconoce." Hace unos años, hastiado de interpretar personajes estereotipados como "el doctor", "el bombero" o "el cowboy", decidió romper los paradigmas: "En esto ya estaba casi todo inventado, por eso se me ocurrió hacer el show al revés. Salgo desnudo y me voy cambiando. Es el que mejor me sale." 
Jonathan pide cerrar la charla. Debe concentrarse antes de salir a escena. Pocos minutos después, irrumpe sobre las tablas totalmente despojado, como su madre lo trajo al mundo. Con una mano adelante y otra atrás. Desnudo, sobre un escenario desnudo, bajo una lluvia torrencial de suspiros.  «
Publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 28 de agosto de 2017

Cuando el viento sopla

Mientras dirige la batuta, Omar Federico sopla una zanka y golpea el bombo con milenario fervor. Al hombre orquesta lo custodian sus compañeros de la agrupación Wayra Q' Qantathi. Frente a una tórrida fogata, suspiran con sus sikus la postrera kacharpaya, como se llama a la fiesta que despide el carnaval. 
Pocos pasos más allá, decenas de bailarines giran en ronda, tomados de las manos. La imagen parece sacada de algún festejo en las alturas de la Puna. Pero si uno ajusta la mirada descubre que no hay cerros de siete colores sobre el horizonte, sólo el gris paredón del cementerio de la Chacarita como fondo.
"Para los que amamos la sikuriada, este encuentro demuestra que la cultura de los Andes también existe en Buenos Aires. Le aseguro que no tiene nada que envidiarles a las fiestas mayores que se hacen cerca del Titicaca", explica agitado Federico, motor fundador de la banda originaria de Parque Patricios. 
No se equivoca. Con 13 ediciones en su historial, el Mathapi Apthapi Tinku se ha transformado en convite obligado para los cultores de la música andina en el llano: migrantes llegados de Jujuy, Salta, Bolivia, Perú, Chile y Colombia, pero también cientos de bonaerenses y porteños de ley. 
Federico es uno de ellos. Su flechazo con los ritmos del Altiplano se dio a principios de los '80. "Venía de otro palo, más pesado. Me tiraba más una Fender que una zampoña –bromea–. Coleccionaba long plays de Zeppelin, Purple y Black Sabbath. Pero por curiosidad fuimos con un amigo a ver un recital en Canal 13. Tocaban Jaime Torres, Chabuca Granda y Domingo Cura. Fue un clic. Dejé los riff rockeros y arranqué a tomar clases con un músico salteño." 
Federico formó parte de muchas agrupaciones, se transformó en maestro de sikuris y dedicó su vida a descifrar los secretos de la saya, la diablada, la morenada, la cueca y decenas de géneros más. Con los años, pero sobre todo con la práctica, aprendió que el virtuosismo individualista no tiene espacio en la sikuriada. "Lo importante es sentirse parte de una comunidad", explica. "El siku no puede tocarse solo, necesitás compañía. Cuando soplamos las cañas, estamos conversando. Es un diálogo comunitario."  
Festejos y contrafestejos
El jujeño Marcelo Torres llegó a Buenos Aires en el '79 con una valija repleta de sueños. Y de sikus. "Vine a estudiar para técnico electromecánico. Y en los ratos libres, para engañar a la nostalgia, me juntaba a tocar con otros paisanos", evoca uno de los organizadores históricos del encuentro. Por esos años, los migrantes andinos y su cultura eran despreciados por los porteños: "El siku era mal visto. Así que decidimos juntarnos, armar bandas en el Centro Kolla y salir a la calle." En 1992, el contrafestejo por el quinto centenario sembró la semilla del Mathapi. Arrancaron con tres agrupaciones. Este año dan espacio a más de 40. Que el Parque Los Andes sea el espacio que los recibe no es casualidad. "Acá estuvieron nuestros hermanos del Malón de la Paz, cuando vinieron a reclamar sus tierras –destaca Torres–. No nos juntamos para hacer música y punto. Los aymaras, los quechuas y los kollas queremos mantener viva nuestra cultura, nuestra historia."
Mariana Barrios, hija de migrantes andinos, es una de las que pone el cuerpo en cada edición. Integra la agrupación Ayllu Sartañani, "comunidad, levantémonos" en aymara. "La idea es levantar los sikus para pelear contra el capitalismo, contra este sistema que nos alejó de la armonía que teníamos con la naturaleza", cuenta la joven y convida un puñado de hojitas de coca. Al Mathapi vino con sus hijos, apasionados de los italaques y los taquiles desde la panza: "Con Sartañani hacemos mucho trabajo en las escuelas, para que los chicos no sientan vergüenza de sus orígenes. Es importante contarles la verdadera historia, la que escribieron Bartolomé de las Casas y Galeano. Acá hubo un genocidio y no un crisol de razas. No se puede tapar el sol con un dedo." Antes de despedirse, señala un pasacalle colgado en el parque, que grita por la libertad de los presos mapuches y la aparición con vida de Santiago Maldonado: "Antes decían que no éramos humanos, nos llamaban salvajes. Ahora dicen que somos terroristas, violentos, usurpadores. Como le dije, hay que tener presente la historia. Para que no se repita. 
No se baila así nomás 
Multicolores wiphalas flamean en el parque. Las familias se agolpan frente a los puestos que ofrecen empanadas salteñas y manjares más sofisticados, como la vanguardista pizza de quinua o el meloso licor de coca. El elixir es obra de Franco Rizzuti, un cocinero de raíces ítaloargentinas y corazón quebradeño. "Es un proceso artesanal, lleva justo un año de trabajo. De agosto a agosto, porque le pido permiso a la Pachamama", cuenta y ofrece una copita, previa ch'alla obligatoria. Agrega que quiere desmitificar el consumo de la sagrada hoja del inca: "Lo dice el Evo y yo lo repito: la coca no es cocaína". 
La idea de reciprocidad e intercambio, que circula en los Andes desde tiempos inmemoriales, cobra vida en Chacarita. "Aunque estemos en un espacio urbano, este es un auténtico apthapi, la comida comunitaria que realizan los agricultores cuando terminan su faena. En el campo, se tienden aguayos y cada uno aporta lo suyo. Todo el mundo comparte, nuestra cosmovisión rescata la solidaridad", explica el sociólogo boliviano David Mendoza Salazar. El académico llegó desde La Paz, la capital aymara del mundo, para brindar una charla abierta sobre las mil y una danzas que florecen en los cerros. Su última obra se titula No se baila así nomás. Mientras mueve el esqueleto al ritmo de las zampoñas, confiesa que su ritmo favorito es la moseñada: "Se baila en la época de jallupacha, de fertilidad, para que la tierra dé sus frutos. Es el tiempo en el que bailan las flores y las papas."
Marta Arapa es la bailarina número uno de la filial local de los Intercontinentales Aymaras de Huancané. La agrupación peruana es una de las potencias de la superliga de sikuris. "Los argentinos han empezado a valorar nuestra cultura –reflexiona–. Nosotros somos muy querendones de las costumbres de este país. Y me gusta que el amor sea recíproco. No se olvide de que todos somos hermanos." La señora Arapa luce larguísimas trenzas, camisa naranja, pollera verde trébol y un par de abarcas todoterreno. Al bailar, hace girar los wichi-wichi que lleva en sus curtidas manos. De su Puno natal, confiesa, extraña los atardeceres junto al sagrado Titicaca y los suculentos platos de pejerrey, arroz y papines. También los kilométricos festejos en familia: "El peruano es de mecha larga –se despide antes de salir a escena–. Baila, toma, baila, come, duerme y vuelve a bailar. El peruano no muere fácilmente".«

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá