lunes, 15 de enero de 2018

Juguetes perdidos

La escena tiene la potencia de un cuadro de Brueghel. Bravos soldados de a pie y caballeros medievales montados en sus temerarios rocinantes avanzan hacia las murallas de un castillo. Cientos de campesinos, varios niños y la diminuta y siempre privilegiada realeza esperan el asalto final casi sin inmutarse. Si hasta parece que lo disfrutan: todos tienen una sonrisa dibujada en sus rostros. La eterna sonrisa de un Playmobil. "Pero sí, Martín, te digo que al caballero te lo compré, acordate", recrimina una mujer a su hijo de aires hipster mientras recorren el salón principal del Museo de la Ciudad. En silencio, el barbudo de largos treinta y pico se frota la pera hasta que logra iluminar sus memorias. "¡Es verdad, vieja, tenés razón! Lo gasté hasta que se hizo pelota", reconoce el muchacho. Entonces mira con nostalgia el muñequito recuperado del baúl de los recuerdos, el Playmobil forjado en frío plástico que lo lleva de regreso, como la magdalena de Proust, al cálido paraíso perdido de la infancia.  
Sí, señor, todos llevamos nuestra infancia a cuestas. Y con ella, la fascinación por los juguetes. Quizá sea ese el leitmotiv de la exposición dedicada al icónico muñequito nacido en 1974 en Alemania, que no pierde vigencia en el corazón de los niños –ni en el de los adultos– argentinos. La iniciativa es obra de Juan Dethloff, técnico textil de Olivos y el mayor coleccionista de Playmobil en Sudamérica, que hace público el 40% de su pequeño gran tesoro privado. 
Más de 2500 personajes pueblan los ocho escenarios montados en el museo de la calle Defensa. Dethloff curó al detalle cada una de esos ecosistemas plásticos. Desde el "Mundo submarino" hasta la modernísima "Gran ciudad", sin olvidar el "Pesebre navideño", la "Batalla pirata" y un sórdido "Far West" repleto de grises soldaditos confederados, azulados combatientes de la Unión y un malón de pieles rojas. La cereza del postre es el surrealista "Castillo de hadas", cotizado en más de 15 mil devaluados pesos.  
La muestra abrió sus puertas el pasado 27 de diciembre y funciona a sala llena: ya recibió más de 3000 visitantes, a razón de 400 personas por día. ¿Las causas de esta pasión juguetera? Nadie lo tiene muy claro. En una de esas, el maldito Charles Baudelaire nos dejó algunas pistas en "La moral del juguete", un artículo publicado en el lejano 1853: "En un gran almacén de juguetes hay una alegría extraordinaria que lo hace preferible a un hermoso piso burgués. ¿No se encuentra allí toda la vida en miniatura, y mucho más coloreada, limpia y reluciente que la vida real? (…) Todos los niños hablan a sus juguetes, y sus juguetes se convierten en actores en el gran drama de la vida".
Quisiera ser niño
El indiecito con la canoa. Empaquetado, obviamente, en la tradicional cajita azulada. Ese fue el primer muñequito de Playmobil que tuvo Dethloff entre sus manos. "Como todo chico, yo jugaba con animalitos y soldaditos de plástico, pero en 1978 llegó la novedad de los Playmobil. Tenía seis años, fue un regalo de mi mamá María Elena, enfermera del Hospital de Niños, que siempre se rompió el lomo para que no nos faltara nada, ni siquiera un buen juguete", recuerda el hombre de 45 años, en diálogo con Tiempo. 
El muñeco, de estrictos 7,5 centímetros de altura y todavía con manos fijas, llegó a estas pampas pocos años después de su lanzamiento en tierras germanas. Aunque es un ícono del plástico, fue creado por un carpintero: Hans Beck, que trabajaba en Brandstätter, una empresa que fabricaba juguetes de plástico desde 1954: andadores, cochecitos y el afamado hula hula integraban su generoso catálogo. "El tema se les complica con la crisis del petróleo, entonces deciden achicar el tamaño de los juguetes. Beck da la idea de enfocarse en los personajes que iban adentro de los autos. Y el prototipo fue de madera", informa Dethloff. 
El diseño original se inspiró en los dibujos simples que hacen los más pequeños de la familia: cabeza y ojos grandes, sonrisa, sin detalles de nariz ni orejas, una figura humana simple y por demás minimalista. "El tamaño ideal para guardar en el bolsillo del guardapolvo", grafica el coleccionista argentino.
Horst Brandstätter, pope de la compañía juguetera, agregó un concepto capital al producto: la línea debía representar estilos de vida y oficios más o menos corrientes (además, por supuesto, de piratas y vaqueros). Un ideal que parece pasado de moda, si uno lo contrasta con los estantes de las jugueterías modernas, repletos de franquicias y merchandising de series, películas y programas de televisión. "Es que uno juega con el policía motorizado, el bombero, el astronauta, obreros… Lo central es la imaginación –acota Dethloff–. Por eso creo que siguen teniendo vigencia. El Playmobil junta tres generaciones: el que hoy es abuelo le regaló a su hijo el mismo muñequito que hoy puede seguir usando el nieto". Junto al sesudo Lego (o el nacional Mis Ladrillos) y la estilizada rubia tarada Barbie, los hombrecitos marca Playmobil integran la santísima trinidad del chiche analógico del siglo XX, antes de que los divertimentos electrónicos con sus pilas, cables, controles remoto y pantallas virtuales tomaran por asalto el mundo del juguete.
La isla de la infancia
Para Dethloff, el coleccionismo es una cuestión familiar. Su esposa Mariana fue quien le abrió los ojos y lo impulsó a compartir con el público su vasta colección de más de 4000 figuras (con algunas rara avis, como los gigantes de metro y medio que pueden apreciarse en la muestra). "Ella me conoció así de fanático y me ayudó a armar las muestras, incluso hicimos nuestra luna de miel en la isla de Malta, donde está una de las fábricas centrales. En el recorrido por la planta, tenía la piel de gallina y, aunque no hablo bien inglés, la agarraba a la guía y le decía: "I am Playmobil best fan'. La mina no lo podía creer. Me lagrimeé todo". 
Como buen coleccionista, Dethloff disfruta al detallar la pieza que aún no ha conseguido. O mejor dicho, la que no ha podido recuperar: "Nunca encontré las figuras del bufón y el burrito que tuve de chico. Mi vieja las donó a la guardería del Hospital Gutiérrez. Una vez encontré un burrito en la feria de San Telmo, pero le faltaba una oreja, así que decidí seguir buscando". Siempre agradecido, resalta las donaciones desinteresadas que le hacen amigos y anónimos contribuyentes a su causa. Los muñequitos quedan en buenas manos. Para despedirse, deja un sabio consejo: "Lo más lindo es cuando sacás los Playmobil, armás una buena historia y te ponés a jugar. Los padres no tenemos que perder nunca la iniciativa de jugar con los chicos".
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 8 de enero de 2018

Los lanzallamas

Blanca y radiante. Así luce la dragona albina Hobsyllwin en las entrañas de la Rural. Con dosis desparejas de sutil ferocidad y delicada belleza, la bestia recibe a las familias y curiosos que visitan Dragonland. "No, a mí estos bichos no me mueven un pelo, más me asustan los precios cuando voy al supermercado. ¡Pero mi nieta la vio y se pegó flor de julepe!", asegura Juan Manuel Ferrán, un abuelo estoico que se planta fiero frente al mastodonte, joya del bestiario montado este infernal verano en Palermo.
El evento lleva la firma indeleble del artista plástico argentino Ciruelo, bautizado por la crítica y sobre todo por el gran público como el "Señor de los Dragones". Porteño del barrio de Flores, radicado en Barcelona desde hace varias décadas y ciudadano de un mundo fantástico sin fronteras que sale de su propia imaginación, Ciruelo conquistó hace años el reino del Fantasy Art con su paleta creativa repleta de hadas, castillos y, obviamente, dragones.
"Hace tiempo que veníamos pensando una exposición sobre dragones, pero al sumar la obra de Ciruelo se alinearon los planetas. Es el referente mundial, el padre de la criatura", asegura Lucas Capalbo, coordinador de Akemusic, la productora responsable de la exposición que tuvo su debut triunfal el año pasado en París, donde la visitaron 75 mil personas. El show cuenta con 4000 metros cuadrados de recorrido, 29 dragones en escala monumental, 17 escenarios y una sala dedicada a las pinturas en lienzo y también en piedra –los célebres petropictos– del artista fantástico.
Dragones de agua, tierra y aire, de todas las épocas y geografías imaginadas, cobran vida gracias al aporte de la bestia reina del siglo XXI: la tecnología. "Usamos el sistema animatronics, que permite imitar al bicho en su escala de movimientos y sonidos naturales", resalta Capalbo, mientras a pocos metros un ejemplar de la especie Kwint Xent mueve la colita y emite un bramido primal, algo disfónico. "Veníamos de una experiencia con robots de dinosaurios –precisa el productor–, y este trabajo puntual demoró seis meses, con el aporte de diseñadores, dibujantes, ingenieros… fue todo un desafío recrearlos. Además, la idea que atraviesa la muestra es el edutainment, un concepto americano que fusiona educación y entretenimiento". La expo porteña –¡aclimatada con reparador aire acondicionado!– permite conocer las andanzas de estos seres mitológicos, sus hábitats, costumbres, psicología y poderes, además de las creencias y leyendas que los escoltan desde la antigüedad. Brevísimas sinopsis describen las escenas, con espíritu lúdico y goteo informativo. Edutainment en estado puro y duro. "Creo que la gente viene por el misterio –especula Capalbo–, por las ganas de verlos vivos. Hay cantidad de fans de los dragones. Yo no sé si existieron, pero ¿cómo se lo discuto a Ciruelo?".
La historia sin fin
Las historias de dragones atraviesan las mitologías de las más diversas civilizaciones, de los cinco continentes y los siete mares. Vikingos, celtas, mayas, chinos y hasta tehuelches dieron cuerpo a este ser alado, serpentino, de mirada penetrante y lengua viperina. Nidhogg para los nórdicos, la emplumada Quetzalcóatl azteca, el bravo Ryujin marítimo japonés y hasta el satánico Leviatán cristiano. En El libro de los seres imaginarios, Jorge Luis Borges escribió que "el dragón rige las montañas, se vincula a la geomancia, mora cerca de los sepulcros, está asociado al culto de Confucio, es el Neptuno de los mares y aparece en tierra firme". Shakespeare había observado incluso que hasta hay nubes con forma de dragón.
"A mí me llegan más por Smaug, el dragón de El Hobbit de Tolkien y sobre todo por Game of Thrones", cuenta Luciano, cocinero bonaerense y voraz degustador de series, al tiempo que recorre el espacio dedicado a la reproducción de las especies. Mamá dragona empolla con recelo a sus criaturitas, en una caverna que sería la envidia de Daenerys Targaryen. "Se ven muy realistas –se despide el chef– y por eso no pierden la magia".
Las cartas de Magic fueron las llaves que le abrieron a Patricia las puertas del reino de los dragones: "Aunque si tengo que ser más justa, el cine también puso su granito de arena. Me acuerdo de El Señor de los Anillos y de La historia sin fin", confiesa la dama llegada desde Caballito. Hincha incondicional de Ciruelo, en su casa atesora libros dedicados de puño y letra por el artista. También decenas de miniaturas de elfos, hadas y otros seres fantásticos. Su bestia favorita es Chimuelo, el protagonista del film animado Cómo entrenar a tu dragón. "Trabajo de cajera en un banco y lo tengo en el mostrador. Muchos clientes lo reconocen. Pero también, como dicen los chinos, creo que me protege y me trae suerte. Lo miro un rato y me salgo de toda la locura de los clientes que llegan dementes a cubrir el rojo de la cuenta corriente. Un rato de fantasía nunca viene mal".
Emanuel Paladini tiene una cuestión de piel con los dragones. Es de Vicente López, se gana la vida como tatuador y lleva con orgullo grabadas en su cuerpo dos bestias orientales que delineó con sus propias manos. "Acá se pueden ver muchos dragones europeos –dice Paladini, bien custodiado por tres fornidas gárgolas dignas de la Catedral de Notre Dame–, pero los orientales nunca pasan de moda". Luego deja ver un colorido ejemplar chino en su antebrazo y sentencia: "Tatuarse un dragón marca un punto de quiebre, un momento muy importante en la vida. Genera poder y la gente te empieza a mirar con respeto. Muchos se escrachan por una cuestión estética. Pero tatuarse un dragón no es para cualquiera".
Los lanzallamas
Ryu, Amphitere, Linworm, Amphisbaena, los nombres de dragón asustan. "Son todos muy lindos, pero este dragón negro me vuela la cabeza", afirma Roberto Vega, venido directamente de la cordobesa Jesús María para disfrutar de las obras de su admirado Ciruelo. Vega contempla en éxtasis el cuadro "híper-irrealista" del gigante oscuro y casi se le pianta un lagrimón: "Lo tuve tres años como fondo de pantalla en mi compu, tenerlo adelante es como tocar el cielo con las manos". El joven mediterráneo no tiene dudas: los dragones existen. "Quizá no con estas formas, que salen de la cabeza de Ciruelo. Si vamos al caso, está el dragón de Komodo, que es el reptil más grande del mundo. En Córdoba también tenemos: si te tomás cuatro vasos de fernet puro, en una de esas empezás a escupir fuego".
El fletero Rubén Valdez y su hijo Dante no dejan mole sin eternizar con sus celulares. "La verdad, no tenía ni idea quién era Ciruelo, me trajo mi pibe –confiesa el hombre de San Martín–. Al final me encantaron, me gustan los colores que tienen en las escamas, parecen cuadros, son una pinturita". Metalero de la primera hora, el transportista asocia la estética dragona con el mundo del rock. No se equivoca. Ciruelo llevó su arte a tapas de discos del violero Steve Vai, del Flaco Spinetta y hasta de Los Enanitos Verdes. "¿Si me gustaría tener un dragón como mascota? Tendría que hablarlo con mi jermu, pero seguro me sale un ojo de la cara darle de comer. Además, si se queda con hambre, me morfa vivo". «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 1 de enero de 2018

Pulgar a fondo

En aquella época los pibes todavía jugaban con autitos. El pequeño Alberto Marcolongo no era la excepción. "Uf, tenía pilas: los Dinky Toys, los Solido, todos de colección. Aunque no parezca, soy de una era anterior al Scalextric, de tracción a sangre. No se imagina lo que fue cuando llegó al país, a principios de los '60, ¡una revolución!", recuerda Marcolongo, ya maduro, en las entrañas de AÑEslot, el templo pagano del automodelismo nacional que conduce desde el año 2004. Su vínculo con los bólidos, sin distinción de porte, viene aceitado en su ADN. Su padre, Oscar, fue piloto de Turismo Nacional y director del equipo Fiat. "En mi casa –sentencia– se respiraba mecánica". 
Para Marcolongo, el tamaño nunca importó demasiado. El arribo del novedoso Scalextric, el invento inglés que permitía mover autitos de forma remota, marcó para él el inicio de un romance eterno. "La primera pista se montó acá en 1960, en una Exposición del Automóvil. Fue un boom y no hubo marcha atrás. Desde ese día tengo el hobby", asegura mientras camina frente a las vitrinas repletas de naves forjadas en estricta escala 1:32: Lancias de rally, Volkswagens de calle y Hondas todoterreno. Todos a la venta, en un rango de precios que va de 800 a 2000 pesos. 
Su primera pista, un ocho redondo, la armó en un cuarto de la casa familiar. En la adolescencia fue sumando tramos y amigos pisteros. El segundo circuito que guarda en los boxes de su memoria fue construido en el sótano de un compañero de ruta, escenario de encarnizadas carreras dignas de las 24 Horas de Le Mans. De chico compartía la pasión por las curvas electrizantes con su hermano, después con sus dos hijos y ahora con su nieto. 
Hace exactamente 13 años, un tanto harto de correr la carrera laboral en un coche con patrón, decidió meter freno de mano, independizarse y salir de nuevo a las pistas con un local sobre Scalabrini Ortiz, en Villa Crespo. "Venía de trabajar 30 años en empresas y quise arrancar con algo propio. Este era el rubro que más conocía. Se sumó un amigo y pusimos primera". Al principio compartían espacio con un video club, que lamentablemente despistó. Tuvieron tiempos buenos, regulares y malos, pero los coches nunca dejaron de andar.
El primer y pequeño gran autódromo que construyó, inspirado en un circuito italiano, aún sigue en pie en el local. Doce metros de largo, cinco de ancho y casi 65 de recorrido neto. Tribunas repletas, cómodos boxes, un atento camión de bomberos, laboriosos vendedores de patys y hasta esbeltas promotoras –en rigurosa 1:32– pueblan el diminuto universo. Marcolongo mira con orgullo su creación y hace cálculos dignos de un perito: "Se ve gigante, pero no se deje engañar por la escala. Son menos de 3000 metros de la vida real. Me encantaría tener uno más grande, pero imagínese, para armar un autódromo como el de Monza, de casi 6000 metros, necesitaríamos un hangar". 
La ranura
En 1952 se le prendió la lamparita al ingeniero británico Fred Francis. Llamó al sistema Scalex y usó como prototipo un emblemático Jaguar XK 120. Tuvieron que pasar cinco largos años para que el mundo viera en las jugueterías el popular modelo actual. En ese tiempo, Francis le dio una vuelta de tuerca a su invento: incorporó el sistema de ranuras –slot– por el que los autitos circulan a toda velocidad. Nacía el Scalextric –amalgama de las palabras scalex y electric–, nacía la leyenda. 
"El funcionamiento es bastante sencillo –explica Marcolongo y prepara un Passat para salir al ruedo–. Pero hay muchos factores a tener en cuenta: las diversas relaciones de piñón y corona, el tipo de circuito, los compuestos de las gomas, la suspensión". Señala una vitrina, mini taller mecánico, que cobija cientos de piñones, escobillas, llantas y otros insumos básicos para la actividad. Como en la vida real, hay que poner el auto a punto antes de encarar la competencia. 
El éxito de ventas del primer circuito entre chicos y grandes –con forma de cero– le permitió al ingeniero Francis seguir innovando. En 1960, las pesadas carrocerías metálicas fueron remplazadas por las de plástico ligero. El detalle en la imitación alcanzó entonces niveles artísticos. El Maserati 250 F Grand Prix y el Lotus 16, primeros coches clonados, eran obras dignas de museo. "Fíjese esta Ferrari –ilustra Marcolongo sobre un ejemplar que reposa en la vitrina–, tiene el detalle de las ranuras en la palanca de cambios. El que hace esto es un artista".
El Turismo Carretera es el amo y señor del paladar tuerca criollo, y esa pasión, que aquí es inversamente proporcional al tamaño de los vehículos, también se reproduce a escala. Marcolongo, pulsador en mano y listo para entrar a pista a quemar llantas, muestra los modelos históricos y los más modernos, "desde el Chevrolet de Traverso o el Dodge de Mouras hasta el Ford de Rossi. La rivalidad es la misma. Por ahí viene un cliente fanático del Chivo y no quiere ni tocar un Ford. ¡Y es un simple autito!".
Escala de valores 
Noemí Díaz, la exseñora de Marcolongo, es el otro motor de AÑEslot, la encargada de asistir con lubricada paciencia a los clientes. Conoce al detalle gustos y debilidades de cada uno. Si tuviese que elegir uno solo de las decenas de autos que atesora el local, no duda un instante: su Alfa Romeo 147 verde tornasolado. A Noemí se le iluminan los ojos cuando deja ver el cochecito súper deportivo, conducido por una morocha de anteojos espejados y chalina al cuello, con un aire a mitad de camino entre Isadora Duncan y Grace Jones. "Para mí es más una reversión de Thelma & Louise, por esa cuestión del placer por la ruta", aclara la dama. Según el filósofo italiano Giorgio Agamben, la miniaturización es una liberación profana, una auténtica salvación por lo pequeño. Noemí coincide con el autor de Infancia e historia: "Reconozco que no tengo una gran muñeca, pero cuando meto el auto en la pista siento una sensación de libertad… como cuando encaro la ruta en la vida real". 
No es por la entretenida competencia. Mucho menos por la banal necesidad de atesorar joyas en miniatura. Para la señora, la clave del hobby pistero permite mantener vivo el niño que todos llevamos dentro. Ahora mira cómo el señor Marcolongo acomoda su autito sobre la pista: "Creo que nunca perdemos la capacidad de jugar".
El pequeño Passat dibuja la S de curvas cerradas y luego encara la recta como una flecha de plata. Pulgar a fondo, Marcolongo lo pilotea con destreza digna de Fangio. "Este no es un hobby para nostálgicos, acá también vienen muchos chicos –cierra el conductor–. Hace unos días, vino un nene con el padre, se puso a ver los coches y de repente me dijo que prefería los que armaba en su computadora. Entonces le pregunté dónde estaban esos autos cuando apagaba la máquina. Se me quedó mirando. El padre me dijo que el nene ahora duerme con un autito en la mesita de luz". «
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domingo, 24 de diciembre de 2017

El Fantasma de las Navidades Presentes

Ni noche de paz ni noche de amor. "Más que 'Feliz Navidad', este año hay que saludar con un 'Triste Navidad'", se aflige Daniel González, vendedor ambulante de palitos helados. Abatido, vocea sus gélidas mercancías en el ingreso al ilusorio Parque Navideño porteño, erigido en el siempre ilusorio barrio de Palermo. Mucho brillo, muchos collares de luces, pocos clientes. 
El espacio temático es financiado por el Gobierno de la Ciudad. Se anuncia hace semanas con bombos y platillos, o más bien con insufribles villancicos pop. Un ágape con entrada libre y gratuita que permite gozar de una empalagosa puesta en escena navideña. Y de muy diversas postales de masas inofensivas, esas que tanto gustan al paladar oficialista. Desde luego, y según reza la web oficial, el convite también ofrece la posibilidad, en este diciembre tórrido, de "seguir creyendo en la magia de la Navidad". "Magia voy a tener que hacer para regalarles algo a mis pibes", se despide en llamas el heladero González, con el espíritu navideño derretido. 
Estoico, botellita de agua en mano, un Cascanueces recibe a las familias con su mejor sonrisa fotogénica, ¿o será una mueca? El colorido militar, ataviado con chaqueta y botas invernales, resiste casi sin chistar la embestida del sol. "Totalmente de acuerdo, señor, se transpira demasiado. Ya es hora de dejar de lado estas vestimentas, que son más del norte de Europa, del frío. Desde que arranqué a trabajar me pregunto cómo sería una Navidad más de acá, más gauchesca. Todos en chiripá", bromea Diego Nicanor, el hombre detrás del personaje.
Actor nacido y criado en Chile, egresado de la Escuela Metropolitana de Arte Dramático y asiduo laburante del off porteño, Nicanor cuenta que cuando recibió la propuesta de ganarse unos pesos por ponerse en la piel del Cascanueces, aceptó el conchabo sin dudar: "Usted sabe, es duro vivir del arte. Estas changuitas me dan de comer", asegura sin dejar de posar para la selfie de turno. Por premura, el actor lamenta no haber tenido tiempo para leer el clásico de Hoffmann o de ver en YouTube algún acto del ballet de Tchaikovsky. Sin embargo, el physique du rol le calza como anillo al dedo. Su función dramática en el parque, dice, no es menor: guardián del espíritu de la Navidad. ¿Qué cuento escribiría Charles Dickens sobre estas navidades? ¿Retrataría las marchas, la represión y el sablazo a los jubilados? Quién sabe. 
El centinela que suda la gota gorda se aleja de la falange de chicos raudo como un fantasma. Busca refugio bajo la sombra restauradora de Juan Manuel de Rosas, cuya estatua domina desde las alturas el Parque Seeber. Algo aliviado, comparte una postal navideña del pasado: "En Paine, un pueblito cerca de Santiago –escenifica–, pleno campo, la familia reunida… una Navidad sin regalos, no era necesario".
Cartas al Polo Norte
"Querido Papá Noel: quiero un disfraz de Superman con capa". Con caligrafía temblorosa, Simón escribe el pedido para el gordo de Navidad. La carta no pasa de moda, ni siquiera frente a los virtuales mails y chats de WhatsApp. "Me pidió que aclaremos el detalle de la capa. A ver si no puede volar. Mejor que no se frustre desde tan chiquito", explica Pablo, el papá, con el cansancio dibujado en el rostro y los superpoderes consumidos. 
Mientras los pibes disfrutan en éxtasis de la Fábrica de Regalos, una de las principales atracciones junto al mareado carrusel y el trineo con renos de tamaño (casi) natural, los padres aprovechan para reposar el esqueleto. "Soy consciente de que esto es pura diversión, pero de alguna manera Simón, con sus tres años, empieza a entender lo que significa el espíritu navideño". Devoto creyente, Pablo lamenta que la fiesta haya dejado hace rato la fe religiosa en un segundo plano. "Mucho consumismo y pura decoración, con la estética que viene del Hemisferio Norte. El árbol de Navidad nuestro tendría que ser la palmera". Pese a las críticas y el agotador traqueteo, disfruta de la jornada sin prejuicios: "En el fondo, me gusta la fantasía y que mis hijos la vivan mientras pueden. La peor Navidad que pasé en mi vida fue cuando un amigo me llevó aparte, me mostró los regalos y me dijo que Papá Noel no existía. Se me cayó el mundo a pedazos. Pero con el tiempo lo superé". 
No hace falta beber ponche de ácido lisérgico para ver gnomos en Buenos Aires. Los laboriosos asistentes de Santa trabajan a destajo en el parque: hacen malabares, coordinan las largas filas de pibes en los juegos de la kermés o regalan sonrisas de oreja a oreja. "La clave es la buena onda. Con los chicos, pero también con los grandes. Ya vinieron más de 100 mil personas. A veces estoy un poco cansada, pero viene un nene, te sonríe o te da un abrazo, y te hace sacar fuerzas no sé de dónde, te alegra el corazón", explica Sabrina, una pequeña gran actriz que transita su segundo año en el gremio de los liliputienses. ¿Un recuerdo navideño? "Cómo olvidarlo. Cuando llegó Papá Noel con mi primera bici, la Aurorita. El mejor regalo del mundo". 
La abuela Nelly es colombiana. Cuenta que extraña horrores la Navidad en su Antioquia natal. Luego de un largo periplo en el 166, llegó al parque desde Ciudadela, donde vive hace un par de años. La acompañan sus nietos Mía y Steven, además de su nuera Julieta. "Extraño todo: el pesebre viviente, rezar la novena y sobre todo la comida". Como antídoto para vencer la nostalgia, su banquete navideño conurbano incluye manjares de la gastronomía paisa: natillas, buñuelos y los infaltables tamales, aunque le cueste un perú conseguir las hojas de plátano. "Le salen riquísimos –asegura picante la nuera porteña–. Pero a mí me gusta la Nochebuena con asado". Julieta aporta su recuerdo navideño: "De muy chica, corriendo los globos de papel en las calles. Flasheaba que Papá Noel iba adentro". 
¡Jo, jo, jo!
La larga fila de familias es una serpiente emplumada frente a la Cabaña de Papá Noel. Casi una hora de paciente espera para conocer en cuerpo y alma al generoso hombre de la bolsa. "Hay cosas peores, como ir a último momento a comprar regalos. Ese es el infierno", dice Luis, vecino de San Telmo, mientras avanza pasito a pasito con Guadalupe a upa. Para evitar el histórico fogonazo consumista de diciembre, Luis cuenta que anticipó sus compras: "La mayoría las hice el mes pasado. Sólo me falta el triciclo para la gordita". 
Al final del túnel espera Papá Noel. "Pase, querido, no sea tímido y déjeme su cartita", invita el hombre del traje rojo, mientras peina sus níveos bigotes prusianos. En su despacho, el aire acondicionado ofrece un pasaje en primera al Círculo Polar Ártico. "Por supuesto que atiendo hasta al último chico de la fila y más. Se trabaja fuerte estos días, pero el resto del año nos tomamos vacaciones con los gnomos", cierra la entrevista ante el pedido de sus asistentes. El deber lo llama y recibe a tres hermanitas con el trillado jo, jo, jo.  
Muy cerca de la cabaña de Santa explota el final de fiesta. Sobre el escenario principal, un cantante teen de cuidado jopo aúlla villancicos tediosos, ante cuatro o cinco familias narcotizadas. Brilla una estrella fugaz. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 11 de diciembre de 2017

De carne somos

Con un pequeño rodillo, Martín Falbo barniza al detalle sus generosos músculos hasta alcanzar un bronceado perfecto, aunque artificial. Pinta con prudencia sus pectorales, abdominales, bíceps, tríceps, cuádriceps y hasta los orondos glúteos. "Con una manito más, quedo hecho una pinturita –explica el culturista de 45 años–. En este tipo de competencias, el tinte es obligatorio, marca la profundidad de los músculos. A veces las luces del escenario te matan: dan un aspecto blando y lavado del cuerpo. La clave del culturismo es lucirse ante el jurado, por eso tengo muy estudiadas las poses, la iluminación, acá hay que sacar el máximo provecho. Incluso lograr que una carencia pueda transformarse en fortaleza." En el fondo, todo culturista es también un gran ilusionista. 
El macizo atleta es uno de los animadores de la categoría Master, del Campeonato Metropolitano de la Federación Argentina de Musculación (FAM), una de las citas máximas de la disciplina en suelo porteño. Desde hace años, se disputa en el club Pedro Echagüe, en los arrabales de Flores.
Faltan minutos para que comiencen las rondas finales y el vestuario, improvisado en la cancha de básquet, es una olla a presión. Fornidas damas y hercúleos caballeros aprestan, algo acalorados, los últimos detalles antes de salir al ruedo. Diez flexiones de brazos por aquí, una pincelada de maquillaje en los pómulos por allá, otra rápida sesión con las mancuernas más acá. Farbo está radiante. Pero sobre todo sereno. Hace gala de sus músculos y nervios de acero. La procesión va por dentro.
"Este es el momento cumbre. Por eso estoy para apuntalarlo. Detrás de un gran hombre, siempre hay una gran mujer", asegura Verónica, fiel pareja e incondicional hincha del crédito de San Martín. "Cuando lo conocí era un fideo de 70 kilos, comía un paty por día y se llenaba. Miralo ahora: miles de horas de gimnasio y 91 kilos de pura fibra. Tiene una dieta cuidada, de siete comidas diarias, mucha proteína y cero chatarra. Yo soy kinesióloga y estoy muy pendiente de su salud. Pero también de la parte estética. Todas las mañanas, antes de salir para el trabajo, le pido que me pose, así le marco qué le falta." 
Los atletas se juegan la chance de ganar un pasaje a Brasil, para competir en el Arnold Classic 2018, patrocinado por la firma comercial del inoxidable Schwarzenegger, inflado actor, exgobernador de California y mito viviente del culturismo moderno. 
El mendocino Rodrigo Cortez, campeón argentino y sudamericano, ya probó las mieles del evento que congrega a los cuerpos de elite. Su ascensión al cielo de los fortachones le llevó décadas de duro trabajo en el gimnasio. "El Conquistador", como lo apodan en el circuito, asemeja su rutina con los músculos a la labor de un artista plástico: "En palabras de Arnold, somos como escultores. Pero en lugar de trabajar sobre una roca, lo hacemos sobre nuestro cuerpo. Lo moldeamos todo lo que podemos, porque hay limitaciones genéticas. Buscamos acercarnos a la perfección." No se inspira en los cánones de la belleza griega, mucho menos en los renacentistas. "En mi generación marcaron época Arnold, Stallone, Van Damme y el actor que hizo de Apollo Creed, que no me acuerdo el nombre. Somos hijos del cine de los '80." También los superhéroes animados, como el Increíble Hulk y el platinado He-Man. Cortez dice que en la Argentina los culturistas profesionales se cuentan con los dedos de una mano. Él integra ese minúsculo club: "Le entregué mi vida entera al cuerpo, a los fierros. En este nivel, es muy absorbente, estás todo el tiempo pensando en el entrenamiento y la comida", cuenta y deja ver la heladerita portátil repleta de viandas que lo sigue como su sombra. Antes despedirse –debe comulgar con los religiosos 200 gramos de pollo y 300 de brócoli–, reflexiona sobre los prejuicios que han acechado al culturismo históricamente: el dopaje y la violencia de los patovicas: "Siempre estuvimos un poco estigmatizados. Será porque es un deporte que llevamos siempre encima. Te señalan, te juzgan de antemano, es un tema cultural". 
Las chicas supermusculosas 
En las últimas décadas, el fisicoculturismo no ha parado de engordar el número de adeptos, y no sólo hombres. "Dejó de ser sectario, se apuntó a la profesionalización y al cuidado de la salud, y las mujeres fuimos ganando espacio", asevera Débora Chahnarian, secretaria de la FAM, en un alto en su labor como asistente del jurado. Sobre el escenario, tres representantes del supuesto "sexo débil" hacen gala de sus esculturales cuerpos, en las categorías Bikini y Fitness, definitivamente incorporadas al culturismo tradicional.
Paula Frega es una de las referentes. Una self-made women que dio sus primeros pasos en un gimnasio de Morón, en los '90: "Éramos poquitas. Me acuerdo que miraba las revistas importadas que llegaban. Mi sueño era competir." Su primer torneo fue en 2001, con un debut (casi) soñado: subió al tercer escalón del podio. No frenó más. Fue campeona argentina y del Mercosur. A los secretos que aprendió en el terreno le sumó cursos especializados en musculación, diseño de indumentaria y estética. Y hoy asesora en imagen a un buen número de competidores. "Es que esto no es sólo tonificación, tiene mucho de estética. Hay que informarse sobre los suplementos y tener un entrenador responsable. Y nunca perder la feminidad." En el puesto que ofrece algunas de sus creaciones pueden conseguirse ajustados slips platinados, bikinis forjadas con cristales Swarovski, afilados zapatos taco aguja y el esencial spray bronceador.
Antes de subir al escenario, la profesora de educación física Antonella Peral entona una oda a las carnes blancas: "Hago como nueve comidas al día. Cada dos horas, un pedacito de pollo. Es duro: voy al cine y todos comen pochoclos, y yo con el tupper lleno de pollo. Todos se tientan con alfajores o medialunas, y yo dale con el pollo. Tengo mucha disciplina." Además de sus tallados bíceps, Peral luce pestañas kilométricas, uñas bien esculpidas, bikini turquesa decorado con piedras semipreciosas y aretes haciendo juego: "El miedo de mi familia era que iba a dejar de ser mujer –confiesa–. ¡Y nosotras somos refemeninas!" No hay dudas. 
Familia fierrera
Perfil derecho, expansión dorsal, abdominales y el eterno doble bíceps. Los jurados deliberan tras la fugaz presentación de un atleta Senior, que acompañó sus poses con la marcha de La Guerra de las Galaxias. "Se evalúan las líneas del cuerpo, en forma de X o de V, el famoso reloj de arena", alecciona el juez Miguel Ángel Luna, con 30 años en el gremio. Con ojo clínico evalúa los patrones de cada categoría y más: "Desde el peinado hasta el tamaño de la malla, cada detalle habla." 
En la finalísima de los Cadetes, Maximiliano Pizarro pone toda la carne al asador para llevarse el primer puesto. Irene y Miguel, sus padres, celebran en la popular el nuevo título del pichón de "Ancho" Peucelle. "Al principio estábamos preocupados porque es un deporte bastante egoísta. Por eso no lo dejamos solo. Pero él ama esto sobre todas las cosas." Pizarro recibe la presea dorada en el escenario y su padre se despide alabando el lomo de su vástago: "La verdad que lo admiro. Tiene una disciplina que no sé de dónde sale. Yo no podría hacerlo. ¿Cómo hago para dejar el asado?" «
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lunes, 4 de diciembre de 2017

Verde que te quiero rosa, violeta, amarillo...

"Para todo el mundo soy productor. Al principio era un simple aficionado, pero no voy a andar con vueltas: en realidad, soy un loco de las orquídeas", confiesa, sensato, Gustavo Ogata, y se pierde en un calmo océano verde esmeralda vegetal: cientos de orquídeas con flores en ciernes, que pueblan el invernadero de la floreciente firma Ogata Orchids. Su vida entera, asevera el señor Ogata, gira en torno a este colorido y perfumado universo, que crece desde el pie en un arrabal del partido de San Miguel. Pero no siempre fue así.
"Este es el barrio de mi infancia. Acá nació el emprendimiento de mi padre hace más de cinco décadas, cuando esto era puro campo pelado. A mi viejo le gustaba el verde en general, y las orquídeas en especial. De él heredé este oficio. Tuve idas y venidas, pero lo asumo como un legado familiar", se sincera el hombre de 51 años. Su papá, Kiyoaki Ogata, sapiente ingeniero agrónomo japonés, llegó al Conurbano desde la isla de Kyushu, región sureña de las nueve provincias, a finales de los cincuenta: "Vino a hacer unos estudios de suelo en Bahía Blanca y Capilla del Señor. Y se quedó fascinado con la tierra fértil de las pampas, pero sobre todo con la grasita del asado y los mates. Entonces, decidió radicarse en la Argentina". 
En poco tiempo, Kiyoaki echó raíces. Se enamoró para siempre de la inmensa llanura bonaerense. Y de Michiko Oyama, una joven migrante que también había dejado atrás el imperio del sol naciente y la dura posguerra. Se casaron y juntos fundaron un vivero. Plantaron miles de orquídeas y con el tiempo ganaron fama global por la calidad de sus delicadas Cymbidium. Se especializaron en la comercialización de la flor cortada. Tuvieron tres hijos. Gustavo es el retoño del medio. Ungido para seguir con el oficio familiar. 
"Ya le expliqué que esto es herencia –subraya Ogata, mientras camina por sus dominios techados con nylon–. Bueno, yo laburé acá desde muy chico, pero en mi adolescencia me harté. Tuve una crisis y me fui a probar suerte a Japón". En la tierra de sus ancestros, desempolvó sus conocimientos de técnico electromecánico y se ganó el jornal forjando discos de freno para la automotriz Isuzu, en la ciudad de Fujisawa. Un día, quizás un tanto hastiado de la gris jungla fabril, decidió volver a las raíces. Entonces, los fines de semana empezó a trabajar ad honorem en un vivero: el afamado Hiroito International Orchids. Su apellido, palabra mayor en el gremio, le abrió las puertas de par en par. Empezó bien de abajo, regando y fumigando, siempre atento a los sabios consejos de su patrón y senpai. 
En poco tiempo, con algo de picardía criolla, supo ganarse su espacio: se hizo cargo de las relaciones exteriores de la empresa, viajó por todo el sudeste asiático, se especializó en marketing, estudió diversas técnicas de cultivo y pudo conocer las grandes ligas de las exposiciones orientales: "Son multitudinarias, mueven millones de dólares. La más grande se hace en febrero, en el mítico Tokyo Dome. La mejor orquídea se premia con un Mercedes Benz". 
Luego de ocho años en el Lejano Oriente, volvió al pago chico en 1997, con la mochila repleta de conocimientos y un sueño: convertir el minúsculo círculo argentino de productores de orquídeas en un espacio profesional. También, romper las fronteras de un mercado nimio, poblado por clientes de la tercera edad y, sobre todo, elitista: "Piense que antes una planta costaba unos 500 dólares. Como una joya: la flor venía en una caja de acetato. Era un lujo efímero para unos pocos privilegiados. Hoy, la misma planta se consigue por 500 pesos". 
Para hacer realidad su quimera, el señor Ogata trabajó de sol a sol, codo a codo con su padre y su esposa Yuki Maehama, el otro pilar del emprendimiento. Con los años vieron los primeros brotes verdes: incorporaron nuevas variedades –hay más de 30 mil en el globo–, trazaron alianzas –en plena crisis de 2001 nació la Asociación de Productores y Cultivadores de Orquídeas de Argentina (APCOA)–, gestaron exposiciones exitosísimas y renovaron la clientela con un perfil más popular, joven y masivo. 
La semilla que plantó su padre es ahora una empresa robusta, con una producción anual de 50 mil plantas. El estoico Kiyoaki siguió dando una mano en el vivero hasta sus últimos años. Antes de morir, le susurró a Gustavo una sola palabra. Gracias. 
El arte de la paciencia
En otro de los invernaderos de la firma, Ogata atesora una colección de 3000 variedades exóticas de orquídeas: Dendrobium, Oncidium, Paphiopedilum, Bulbophyllum, llegadas desde los cinco continentes. Las distinguidas Cattleyas sudamericanas, con sus flores grandes, coloridas, barrocas y siempre vistosas, son las reinas del hogar. No cuesta mucho imaginar el rostro iluminado del horticultor inglés William Catlley cuando tuvo el primer ejemplar de esta variedad frente a sus ojos, en pleno auge de la "orquideomanía" decimonónica. 
El ejemplar favorito de Ogata cuelga solemne en una maceta. Una Phalaenopsis que vino desde Malasia y demoró diez años en darle su primera flor: "No le encontraba la vuelta, necesitaba mucha temperatura. La flor no es gran cosa y tiene un olor muy fuerte, como a caca. Pero cuando floreció, no sé cómo explicarle, sentí algo parecido a cuando nacieron mis dos hijas". 
Paciencia, paciencia zen y más paciencia. Esa es la virtud que debe cultivar todo buen fanático de las orquídeas. Las flores sólo crecen en plena primavera y al principio del otoño. El resto del año, la planta está planchada. Disfruta de una placentera siesta. "Vivimos épocas en que apretamos un botón y se solucionan los problemas. Pero una orquídea no es una máquina –reflexiona Ogata, mientras acaricia los carnosos pétalos de un ejemplar–. Ellas son muy egocéntricas, pero sobre todo manejan otros tiempos. Es un ida y vuelta: la orquídea tiene que adaptarse al hogar, pero también debe adaptarse el ser humano a las necesidades de la planta". 
Sobre el creciente y variopinto universo de clientes, el señor Ogata explica que, para muchos, cuidar una orquídea representa un auténtico reto, un tema de superación. Su esposa Yuki riega una hilera de jóvenes ejemplares y agrega: "Es gente muy especial, con una sensibilidad diferente, que se termina enamorando de la planta. Suena raro, pero es así. La ves crecer, te atrapan su belleza, sus colores, sus formas, es perfecta. A veces siento envidia de los clientes. Porque lo nuestro es comercial, y lo de ellos es pura pasión".
Antes de despedirse para continuar con su faena, palita en mano, Ogata diseña con palabras su orquídea ideal: "Obviamente, sería una Cymbidium, con una flor no muy grande, duradera y en colores claros, sobrios, bien orientales. Que mantenga el legado familiar". «
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miércoles, 15 de noviembre de 2017

Cadáver exquisito

Sobre la fachada del galpón reposan un bravo puma y la cabeza de una jirafa forjados en poliuretano. Sólo un botón de muestra de los incontables misterios que cobija la nave central del Instituto Superior de Taxidermia y Conservación, enclavado en un pulmón verde de Carlos Spegazzini. Junto a la puerta, un rey león deja ver sus filosos colmillos, su fiereza eternamente congelada. A unos pocos pasos hay nutrias, quirquinchos, zorros, coatíes, peces gordos y otros más estilizados, antílopes, varios lagartos, dos tiburones, un tucán y hasta un jabalí con cara de pocos amigos. "Esto no es nada, señor. Apenas el 1% de mis 40 años de trabajo", asegura con modestia Pedro Bienvenido Viamonte, director de la institución y figura vital de la taxidermia nacional. Personaje renacentista, paciente docente, artista elevado, científico sin pergaminos y, sobre todo, dueño del saber que hace que algo muerto, vuelva a la vida. 
"Los límites de este oficio son más bien difusos –dice Viamonte mientras convida un mate amargo–. Es un arte pero también una ciencia. Cuando llega un nuevo alumno, lo primero que le explico es que si aprende la técnica, esto se puede transformar en un trabajo. Pero si además uno logra darle expresión de vida al animal muerto, se convierte en un arte. Esto último no lo puedo enseñar, es un don que tienen pocos".
A los 82 años, Viamonte mantiene su vigor conservado en formol y no anda con eufemismos: "De los cientos que se dicen taxidermistas, sólo lo son el 5 por ciento. El grueso son montadores de pieles". En la fría definición enciclopédica, la taxidermia –del griego taxisa (arreglo) y dermis (piel)– es el arte de disecar animales, generalmente mamíferos, para conservarlos con apariencia de vivos, con fines pedagógicos o expositivos. Prima hermana de la milenaria práctica del embalsamamiento nacida en el Valle del Nilo, la taxidermia nació en el siglo XVIII pero fue popularizada por la Inglaterra victoriana, entusiasta en la ostentación de suvenires de viajes exóticos y de la mímesis domesticada de la vida salvaje. Hasta bien entrado el siglo XX fue una actividad bastante marginal y, pese a su veta científica, señalada como oscurantista. En los '60, los avances en la industria química aportaron novedades para el curtido de pieles, se perfeccionaron las estructuras y se abrieron las primeras casas especializadas. "El embalsamado quedó demodé hace años –reflexiona Viamonte y acomoda la cornamenta falsificada de un oryx africano–. Yo enseño la taxidermia moderna: desde la conservación hasta el curtido de las pieles. Pero también la escultura, que es lo central. Piense que la hago a ciegas, antes de montar la piel. Al animal hay que darle la expresión de vida: si está asustado, triste, enojado… En definitiva, que resucite".
¡Estás igual!
Viamonte nació en Presidencia Roque Sáenz Peña, Chaco. "En el campo veía pecaríes, corzuelas, a veces algún puma", recuerda y se le iluminan los ojos. Antes de cumplir los 15, un tío lo invitó a venir a Buenos Aires, a estudiar. "Me instalé en Caseros. Estudiar no pude. Y empecé a trabajar en la construcción. Vivía en la obra, no tenía ni para el hotel". Con el tiempo se convirtió en un experto en el manejo de los materiales: el yeso, las molduras. Un escultor sin título oficial, graduado con honores entre albañiles. 
A la taxidermia llegó por pura curiosidad. Una tarde de 1970 leyó un artículo en una revista Patoruzú que narraba los secretos del oficio. Se promocionaba la apertura del primer instituto argentino, el segundo en el mundo. Quedó boquiabierto. Fue y se anotó. "Eran todos profesores de universidad. Hacían taxidermia menor. Les debo mucho en mi formación. Pero al poco tiempo, con mis conocimientos de materiales, arranqué con piezas mayores, que eran una novedad". El alumno superó a los maestros en un abrir y cerrar de ojos. "Imagínese que un día, el director trae un escultor del Bellas Artes, para darme un curso. ¿Sabe lo que dijo el hombre? 'A Viamonte no le puedo enseñar a usar las herramientas, las usa mejor que yo'. El tipo no sabía nada de animales. Este arte no es copiar lo que uno ve, sino lo que no vemos". 
De aquellos años conserva en su desordenada biblioteca, junto a manuales de fauna asiática y ejemplares raídos del Bestiario de Cortázar y El beso de la mujer araña de Puig, dos tratados de taxidermia, biblias de la disciplina. Ahí están retratados sus trabajos. También un joven Viamonte junto a Jorge Ismael García, decano de la Facultad de Ciencias Naturales de La Plata y docto en la materia. El autodidacta y el académico dándose cordialmente la mano.
A fines de los '70, Viamonte se independizó, abrió su propio instituto y se transformó en una eminencia. En cuatro décadas hizo miles de trabajos para museos, clientes particulares y hasta para films como El aura. Por sus cursos intensivos de tres meses de duración –siete días a la semana, de 7 a 22– ya pasaron más de 13 mil discípulos que llegan de todo el mundo. Por 3600 dólares con pensión incluida –los aspirantes locales pagan mucho menos–, el estudiante puede aprender los mil y un secretos de la taxidermia. "Yo les enseño el abecedario –aclara el maestro, mientras hojea un curtido Atlas de anatomía animal– y ellos empiezan a hablar. Milagros no se hacen".
¿Cuál es su obra cumbre? Le cuesta elegir. "Me gustan las piezas completas. Hice osos de tres metros, búfalos… ahora estoy con una jirafa. A todas les guardo cariño. Una escultura es como un hijo. Muchas veces me ha pasado que no las quiero entregar". El creador también ha explorado el cuerpo humano: "El summum, aunque no me he dedicado en profundidad. En definitiva, el hombre es un animal más sobre el planeta. Iluso el que cree que no es así".
Cadáver exquisito
Viamonte se detiene frente a unas grandes cajas de madera tatuadas con sellos postales de Turquía, Pakistán y otros parajes distantes. En ellas llegan las pieles de los animales que eternizará. Muchos de sus más fieles clientes son cazadores: "Una actividad que no está muy bien vista. No la juzgo, pero sí me parece bien que esté reglamentada. El placer del cazador no está en ver el trofeo. Atrás de la pieza está el recuerdo de las expediciones, de lo que lograron hacer. Yo prefiero las piezas para museo, donde se aprecia la anatomía". Viamonte no muerde la mano que le da de comer. Los cazadores pagan generosamente por sus servicios. 
Detrás del galpón hay un auténtico cementerio de animales en molde. Hormas con forma de caballo, chanchos silvestres, ciervos y animales domésticos. "Cada vez son más los clientes que vienen con sus mascotas. Ahora estoy con un perro grande. Si el dueño se siente bien mirando a su mascota eternamente, yo lo hago, pero no lo comparto. Mire que crié perros, zorros, zorrinos, pero nunca para hacerlos taxidermia. Amo los bichos. No lo hice ni con Piquete, mi perrito que me acompañó por años".
Dos sueños quiere cumplir Viamonte en vida. Uno es engendrar una copia fiel de un mamut, "el más grande de su especie, cuatro metros de alto y colmillos de casi dos, pero hacerlo desde cero, la piel, pelito por pelito". Pero su anhelo mayor –y el de todo taxidermista– es el museo propio. "Trabajé tanto para otros, que me quiero dar ese gustito. Reunir mi obra y abrirla al público. Yo sé que un día me voy a morir. Pero ahí va a quedar mi legado eterno". «
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lunes, 6 de noviembre de 2017

Sumo argentino: cuestión de peso

En Japón, el sumo es pasión de multitudes. En la Argentina, el deporte nacional nipón suma, con toda la furia, unos 50 apasionados cultores. "Es una disciplina minoritaria, sobre todo si la comparamos con otras artes marciales. Es que hay mucho prejuicio. Acá, cuando la gente piensa en sumo, lo primero que se le viene a la mente es: gordo, culo, pañal... también la banda de Luca Prodan", dice Sebastián Videla, curtido gladiador con más de 30 años en el gremio de los gordos peleadores.
Cae la noche primaveral sobre el polideportivo del Parque Chacabuco. En el tatami del segundo piso, bajo la autopista, Videla calienta los motores de sus músculos. Lo acompañan cuatro fieles pupilos. Todos los miércoles y sábados, religiosamente, se juntan a celebrar este deporte ritual, con más de 2000 años de historia. 
El sumo es tan viejo como el Japón. En las crónicas del Nihonshoki, libro que data del año 720, se narra la victoria que obtuvo el artesano Nomi no Sukune frente a un matón llamado Taima no Kehaya en el 23 a.C. Esa batalla marca el nacimiento. Sukune es considerado "el padre del sumo". 
Bien lejos de la popularidad y la estructura profesional que dominan en Oriente, los luchadores locales dan la batalla cotidiana en un círculo amateur, que intenta incorporar adeptos de todas las edades y, también, ¡de todos los pesos! "Cuando viene una mamá acompañando al hijo que quiere empezar, lo primero que pregunta es si vamos a hacerlo engordar –revela el deportista de estilizada silueta, que apenas pasa los 80 kilos–. Es falta de información. En realidad, el sumo amateur es una actividad para todo el mundo: chicas, chicos, adultos, gordos y flacos.” 
El estereotipo del pesado luchador de sumo que pasa cómodo los 120 kilos inunda el imaginario sobre la disciplina. En Japón, los peleadores arrancan su carrera en la adolescencia. Su formación incluye una actividad física extenuante y pantagruélicos banquetes para ganar masa muscular. Su dieta de campeones es en base a un guiso de verduras, salmón, mariscos y albóndigas llamado chanko, regado con generosas dosis de cerveza. En un día normal, un profesional del sumo puede incorporar unas 10 mil calorías. Con suerte, los luchadores pueden aguantar el ritmo hasta los 30 años. Cuando se jubilan asoman las dolencias: diabetes y problemas cardíacos. Su esperanza de vida es de 20 años menos que cualquier ciudadano del próspero Japón. "El sumo amateur es otra cosa –aclara Videla–: sirve para mejorar la postura y fortalecer caderas y piernas." 
Mientras arranca la faena de ejercicios con el shiko –un movimiento que trabaja el balanceo–, Videla explica que, más allá de la contextura física, en los combates tienen mucha importancia la astucia y la agilidad. "Ahí lo puede ver a Enzo –señala el sensei a un joven de once años y exiguos 50 kilos–. El sumo es una lucha de equilibrios y desequilibrios. Y muchas veces la maña le gana a la fuerza.”
De Burzaco a Tokio 
A finales de los ’80, el sensei Yoriyuki Yamamoto le abrió a Videla las puertas del milenario arte marcial. Hechizado por las osadas piruetas cinematográficas de Bruce Lee, el joven había llegado a un dojo de San Cristóbal con ganas de practicar judo, pero terminó enamorado del sumo. "Me llegó casi de rebote. El sensei empezó a transmitirme las reglas, que son muy básicas: no hay que caerse ni salir del círculo, el dohyo. Así también arranca el aprendizaje en Japón. Casi jugando.”
Pero la historia del sumo argentino se remonta a la década del '30. Cuentan que los migrantes nipones radicados en la zona de Burzaco se reunían para mantener vivas su gastronomía y sus danzas, y que los varones recreaban aquellas batallas cuerpo a cuerpo en los patios del arrabal bonaerense.  Yamamoto, padre fundador de la Asociación Argentina de Sumo, era heredero de aquellos pioneros. En los ’80 se juntaba con otros maestros para darse duro y parejo en el dohyo del Jardín Japonés. Eran tiempos en que el Estado nipón empezaba a estimular la práctica de la disciplina más allá de sus fronteras. "Vinieron al país varios rikishi, los luchadores profesionales, y donaron los famosos cinturones mawashi –recuerda Videla, al tiempo que se ajusta con destreza el chiripá de seis metros de largo–. Incluso dos peleadores argentinos, Hoshi Andes y Hoshi Tango, pudieron viajar a Tokio y luchar en la elite.”
El joven Videla pulió su técnica de ataque con Yamamoto, pero sobre todo descifró los mil y un rituales que anteceden al efímero combate. Duran más que la pelea y están conectados con el sintoísmo, la religión más importante del Japón: la ceremonia de purificación y el respeto por las decisiones de los sabios gyōji, las autoridades religiosas que arbitran la contienda. "No es como en los partidos fútbol, donde todos van a quejarse del árbitro. Su palabra es la ley."
Su sensei soñaba con verlo luchar en el mítico Ryōgoku Kokugikan, el templo mayor. Videla dice que algún día lo logrará. Conquistó torneos sudamericanos y batalló contra temerarios rivales mongoles y búlgaros en mundiales. "El día que murió mi maestro, yo ganaba un campeonato en Brasil. Fue una señal. Siento que llevo una mochila llena con sus enseñanzas. Tengo que difundir el sumo. Si pudiera verme, creo que estaría muy orgulloso."
Los cinco samuráis
En cuclillas, con los puños apoyados por delante del cuerpo y la mirada penetrante que recuerda a los samuráis de Kurosawa. Así se preparan Agustina Ramos y Maximiliano Guzmán para chocar de frente. El sensei da la señal y la piba de Parque Chacabuco madruga al cordobés con una embestida que da miedo. El ex rugbier de La Carlota no se apichona ante la tracción 4x4 de la estudiante de Comunicación Social y decide jugar su mejor carta. Se prende del mawashi de la dama y luego la zarandea con la potencia de un terremoto. Forcejean unos pocos segundos, pero es la chica superpoderosa la que hace trastabillar al caballero.
Mientras se seca el sudor de su frente, la vencedora asegura que es una de las pocas mujeres –se cuentan con los dedos de una mano– que practican sumo en el país. El tradicionalista espacio profesional en Japón sigue siendo un universo vedado para las gladiadoras. "Siento que el sumo me pone a prueba todo el tiempo –arriesga Agustina–. Me gusta demostrar el poder de las mujeres. Orgullo femenino."
Guzmán se recupera de la derrota en un abrir y cerrar de ojos. En pocos minutos enfrentará en el improvisado dohyo al hercúleo Sebastián Montes, un electricista matriculado de Retiro. El cordobés, que también es chef, recuerda que en el último Sudamericano tuvo que bailar con la más fulera: enfrentarse a su sensei: "Fue raro, era la última persona con la que querría pelear en el mundo. Le gané usando el utchari: aguanté su empuje y en el final pude sacarlo de combate."
Montes cuenta que él tiene a Japón en casa. Su esposa es hija de inmigrantes nipones. En las comilonas en la casa de su suegro, se mezclan el chimichurri y el wasabi sin prejuicios. "Ese instante previo a lanzarme contra el rival es el más agradable de la pelea –asegura el yerno del sol naciente-. No hay que tener dudas, ser decidido y esperar la iluminación." Alcanzar el satori. «
Publicado en Tiempo Argentino, por acá

martes, 31 de octubre de 2017

Despedazado por mil partes

Aquella noche de finales de los ‘80 en que ensambló su primer rompecabezas, Susana Broggi comprendió que la vida se va armando de a pedacitos. Como en un puzzle, los días van encajando con las semanas, los meses y los años, hasta completar el ciclo vital de la fugaz existencia. Su madre, también Susana, fue quien la inició, a los diez años, en el arte de enlazar diminutas figuras de cartón. Luego de la cena, la sobremesa familiar se estiraba con el ritual de reconstruir imágenes cuidadosamente desmembradas. "Es una pasión que siempre compartimos con mamá. De esos años tengo muy presente uno de la pintura La maternidad, de Renoir. Otro muy querido, un clásico de esa época, tenía unos gatitos sonrientes y muchas flores", recuerda con nostalgia la psicóloga de 39 años. Alimentar el fervor del juego en los abatidos días de la hiperinflación no era sencillo. "Se conseguían muy pocos 'rompes' y obviamente no había variedad. Vivíamos en Caballito e íbamos a la juguetería Tom, sobre Gaona. Revolvíamos como locas y algo se pescaba." 
En su adolescencia, una rabiosa mononucleosis obligó a Broggi a una larga temporada de reposo hogareño. Trance que aprovechó para encarar su primer desafío en solitario: un ejemplar de 1000 piezas tatuado con el recalcado motivo del gatito peludo y las flores como telón de fondo. Se encerró en su cuarto y al tercer día resucitó de entre las piezas con la postal acabada del felino. Luego llegaron otros retos: batallando contra 2000, 5000 o más piezas, Susana fue ganando en agilidad y destreza. Se transformó en una curtida artista de la reconstrucción. Sus obras completas, las atesoraba en su escritorio. 
"Sin dudas –reflexiona– este no es un hobby para gente con cero paciencia. Hay que dedicarle muchas horas. Por ahí me siento a las once de la noche y cuando vuelvo a mirar el reloj son las cuatro de la madrugada. Te olvidás de que existe el tiempo." La profesional del armado resalta la importancia de entrenar la memoria visual e ir puliendo una técnica: ella comienza por los bordes y separa los fragmentos por colores. Lo demás es cuestión de tiempo. 
Decir que los rompecabezas le salvaron la vida es una exageración. Sin embargo, no es descabellado intuir que la ayudaron en el trance de edificar su familia. A su marido José Luis lo conoció chateando. Cuando él tipeó que le gustaban los puzzles, a Susana le rompió la cabeza. Encastraron desde la primera cita: "Nos encontramos en una juguetería y compramos el de un cuadro de Miró". Lo finiquitaron a cuatro manos en tres horas. Fue amor a primer armado.
Broggi derriba el mito de que sea una actividad para solitarios: "Es más bien sociable y se comparte en familia. Ponemos música, abrimos una cervecita, unas papitas fritas y lo vamos haciendo en equipo, así es más fácil." Las paredes de su casa, tapizadas con decenas de ejemplares, acreditan la experiencia colectiva: "En el living, los cuartos de los chicos, el quincho, el garaje y hasta en los baños. Sólo me falta colgar en la fachada." 
Desde hace casi 15 años, con su marido comanda Puzzlemanía, local de principio a fin dedicado a la pasión reconstructiva. Suerte de templo pagano enclavado en Primera Junta, adonde peregrinan los fanáticos de los rompecabezas. "Es el único local en su especie en Latinoamérica. Cuando arrancamos, nuestros viejos nos decían que estábamos locos, que nos íbamos a morir de hambre. Pero nos fue muy bien: llegamos a tener tres locales. "La clave, dice, fue el trabajo paciente. La misma técnica que aplican al enfrentar los pedacitos de cartón. 
Caídos del mapa
Aunque hay antecedentes milenarios, para reconstruir la historia del rompecabezas moderno es necesario remontarse a finales del siglo XVIII, edad dorada de la expansión imperial británica. No es raro que su creador haya sido el cartógrafo John Spilsbury. Para agilizar la enseñanza de la geografía, en 1766 Spilsbury decidió cortar un mapa siguiendo al detalle las líneas de las fronteras. Lo bautizó "mapa diseccionado": hecho en madera noble, mostraba la silueta europea y fue un éxito. En poco tiempo, el invento trascendió los confines pedagógicos y se convirtió en un juego popular entre las élites.
La novedad se difundió por toda Europa. En 1800, algunos fabricantes alemanes de juguetes vendían rudimentarias piezas de madera que se encajaban en forma de cruz. El juego tuvo su boom en América casi un siglo después. La mecha la encendió Milton Bradley, creador del eterno "Juego de la Vida". Ya había hecho fortuna vendiendo juegos baratos para los combatientes de la Guerra de Secesión, y a principios del siglo XX, su compañía MB comenzó a producir rompecabezas en serie y los incorporó a su nutrido catálogo con el nombre inmortal de jigsaw puzzle, "rompecabezas". 
Jack London, Albert Einstein y Julio Cortázar fueron ilustres jugadores. Ninguno llegó a participar del Mundial de Rompecabezas, que se celebra anualmente desde 1992. En su "novela-puzzle" La vida instrucciones de uso, el escritor francés Georges Perec dedica un apartado a la verdad última del rompecabezas. Arriesga que no es un juego en solitario: cada movimiento, cada corazonada, cada pieza que toma y cada hueco que llena el jugador, ya han sido diseñados, calculados y decididos por otro. Su creador todopoderoso. 
Modelo para armar
Frescos de la Capilla Sixtina, postales de Times Square, obras maestras de Picasso, retratos de osos panda y hasta del porteño Papa Francisco. La oferta de Puzzlemanía es muy variopinta, al igual que el paladar de los fanáticos. "Está el que viene quincenalmente, buscando novedades. Pero también el paracaidista que pasa por la puerta y se manda", reflexiona desde el mostrador Nicolás Chaves, histórico encargado del local. "Hay gente a la que le importa la complejidad y deja de lado el diseño. Entonces elige uno bien plano, de un solo color. Los de Pollock son bien difíciles. Pero muchos se acercan con la idea de enmarcarlos. Prefieren la imagen de una mascota o del paraíso que visitaron en las últimas vacaciones. En esos casos, el 'rompe' asume un rol decorativo, el medio para un fin." 
Mientras acomoda unas cajas en los atiborrados estantes, Chaves cuenta que muchos padres llegan en busca del rompecabezas salvador que aleje a sus hijos de la hegemónica pantalla del celular. "Tienen un uso medicinal neurológico: ayudan en los temas de concentración y ansiedad en niños y adultos." El precio de un puzzle estándar arranca en los 500 pesos. Reinan las marcas alemanas, italianas y catalanas. La producción local es pobre y, según los que saben, de baja calidad, con problemas recurrentes en el encastre.
Para los que quieren enfrentar desafíos colosales, en el local espera dueño el ejemplar más grande del mundo: 40.320 piezas (unos 30 kilos de cartón impreso) que narran famosas escenas de los films clásicos de Disney. El precio roza los 16 mil pesos. Si un jugador fracasa en la faena, el local ofrece el servicio de completar el trabajo por modestos 150 pesos la hora. Más de un fanático, cuentan, ha ofrecido su mano de obra en forma desinteresada.  
Chaves, licenciado en Ciencias Políticas, elige el rompecabezas de su vida: "Sin dudarlo, el primero que armé. Tres mil piezas dedicadas a 'La Libertad guiando al pueblo', de Delacroix. Cuando ponía las últimas piezas, terminé de entender la Revolución Francesa. Sentí la libertad." «
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