lunes, 9 de julio de 2018

La delgada línea rosa

Mirna a través del espejo. Vestido corto bien ceñido al cuerpo, pañuelo de seda escarlata, collares prendidos al cuello, finas pestañas kilométricas, peluca rubia larga y lacia y –de sólo mirarlos dan vértigo– encumbrados stilettos. Un instante más frente al espejo para corregir el labial y listo. Toda una lady. 
"Esto es muy simple: cuando termino de maquillarme y me calzo la peluca, desaparece el varón y entro en modo femenino", explica Mirna, mientras taconea, delicada, por el departamento donde funciona la firma Crossdressing Buenos Aires, un emprendimiento que brinda espacio reservado y un minucioso asesoramiento a los caballeros que gustan de hacer realidad su fantasía de vestirse de mujer.
Mirna aclara que el círculo de los crossdresser porteños no es tan pequeño como aparenta. "Lo que pasa es que hay muchos prejuicios y por eso no se cuenta abiertamente. Imaginate si cruzamos al bar de la esquina y les digo a los parroquianos que me gusta vestirme de mujer. Lo primero que dirían es que soy puto. Y no, querido, a mí me gustan las mujeres, estoy casado y tengo hijos. Me gusta crear este personaje, la transformación completa, darle vida a Mirna. Un día rubia, otro morocha. La posibilidad de mutar, que generalmente los hombres no tenemos. Es un cambio de 180 grados de mi vida diaria de varón. Cruzar al lado B." Un pasaporte efímero, para atravesar la frontera de la delgada línea rosa.
A los once años, cuenta Mirna, tuvo sus primeras excursiones al lado B. Era fana de Kiss. Cuando sus padres salían a trabajar, aprovechaba para entalcarse la cara como el gatito Peter Criss o el estrellado y más glamoroso Paul Stanley. Lo hacía encerrada en el baño, su mundo privado. "Era un juego con el espejo. Me llamaba la atención saber quién se ocultaba atrás de ese maquillaje." Pero un día, dio un paso más: "Agarré un rouge de mi vieja y a ese mimo le agregué los labios rojos. Después algo de sombra celeste. Hasta que decidí sacar el talco y descubrí algo raro: una mujer".
La siguiente escena se desarrolla en el aula de un colegio industrial, a fines de los '70, durante una clase de Lengua y Literatura: "Mi profe montada en sus botas de taco alto –rememora Mirna–. Ella: toc, toc, toc en el frente. Y yo desde el pupitre preguntándome qué se sentiría estar sobre esos tacos". La respuesta la encontró en el ropero de su madre: "No había botas, pero sí unos taquitos. Me los puse con las medias azules del colegio y de golpe comenzaron las sensaciones". Un mundo de sensaciones.
Algunas semanas después, otra vez frente al espejo, empezó a afinar el ojo: "De repente me di cuenta de que las medias del cole no pegaban y me puse unas pantis color verde. ¡Uf, esa sensación del nylon sobre la piel!  Después fue probar un corpiño, para ver cómo se sentía. Pintarme los labios, caminar con los tacos. Era el despertar de las hormonas adolescentes. Me daba placer.”
Mirna pone stop en la narración. Se toma unos segundos, da vuelta la cinta y presiona play al lado A, la historia de G. ¿Qué puede contarnos? "Que desde aquellas experiencias, fue pasando el tiempo. Me puse de novio, me casé, tuve hijos. Estudié ingeniería, me especialicé en gas y petróleo. Nunca dejé de ponerme los tacos y la medibacha, pero mi primera mujer nunca lo supo."
En el ocaso del siglo se divorció. En esos días difíciles, Internet le abrió un nuevo mundo: los chats y webs cross: "Las vestimentas cruzadas, que es un palo diferente al travesti. Hasta ese momento, a lo sumo se encontraban en una página avisos con connotaciones sexuales del tipo 'te maquillo, te visto y te la pongo'. Pero yo andaba buscando algo distinto". Un día, por casualidad, descubrió un mensaje enigmático entre los avisos parroquiales del sitio travestis.net. Anunciaba los servicios de Crossdressing Buenos Aires. "Me acuerdo que había caído en cama con una gripe atroz de una semana. Pero al séptimo día me levanté, me afeité –entonces usaba una larga barba–, tomé coraje y llamé. Me atendió Claudia, nuestra hada madrina. Al rato estaba en su departamento." Fue la primera vez que pudo verse transformada de pies a cabeza. Pudo cumplir su fantasía más privada. Más deseada. Nació Mirna Ladyrouge.
Esta historia tiene un bonus track. Mirna cuenta que su actual pareja conoce su lado cross: "Me llevó un tiempo blanquearlo y que mi mujer me entendiera. Pero lo habló con su psicóloga y todo bien. No me vio nunca 'montada', no quiere perder mi imagen masculina. En el medio tuvimos dos fiestas de disfraces. Adiviná de qué fui disfrazada. De Batman o de D’Artagnan, obvio que no".
Cross country
Claudia Molina es una pionera. Experiodista, ducha maquilladora, dio sus primeros pasos en el gremio cross poco después de que el país se hundiera por la crisis de 2001. A la deriva, había perdido el trabajo y buscaba un salvavidas que la rescatara del tsunami económico. Una charla con un amigo de toda la vida le marcó un nuevo rumbo: "Me contó que le gustaba vestirse de mujer, sentir la ropa femenina sobre su piel por un ratito, cuando le pintaba. También me dijo que no era el único. Yo no tenía ni idea sobre el crossdressing." Pero empezó a indagar en la materia y entró a los pocos chats que había: "Era un tabú total. Si ahora cuesta hablar estos temas con la familia, imaginate antes. Mi amigo me dijo que andaban necesitando un espacio, un lugar que brindara asesoría en maquillaje".
Al principio fue un emprendimiento familiar. La madre modista de Claudia le daba una mano para adaptar los vestidos. Su padre, exmilitar, colaboró como maniquí, a la hora de probar la nobleza de las prendas extralarge. Mirna fue una de sus primeras clientas: "Fue como el bautismo de fuego –cuenta Claudia en el living de su reino repleto de pelucas y zapatos–, pero con el tiempo me di cuenta de que, la mayoría de las veces, el que venía tenía más miedo que yo".
Sus dotes como maquilladora y asesora de vestuario tuvieron que combinarse con la contención psicológica: "Para muchos, es como cruzar una barrera, y surgen muchas preguntas, sobre todo entre los que están casados y tienen hijos. Pero con el pasar de los años, todo cambió. En la actualidad, tres de cada diez clientes llegan porque se lo piden sus mujeres".
La sesión de dos horas en el departamento sobre la avenida Belgrano tiene un precio de 1200 devaluados pesos. Por 800 más, el caballero puede sumar el portfolio fotográfico que inmortaliza la experiencia. Por su ubicación céntrica, cuenta Claudia, son varios los clientes que se acercan en horario de almuerzo laboral: "Una vez por semana se dan el gustito". Su trabajo es pura creación: "Hay tipos que llegan y me dicen que quieren parecerse a Jennifer Lopez. Pero no hago magia, hay veces que el cuerpo no acompaña. Y cuando se miran al espejo, por ahí descubren que se parecen a una tía.”
La Banda del Golden Cross
Hace más de una década, Mirna y otras asiduas e ilustres concurrentes al departamento de Claudia Molina decidieron dejar el pago chico y ensanchar sus horizontes: "Queríamos sociabilizar, compartir experiencias o simplemente charlar sobre nuestros gustos. Las reuniones empezaron acá, en este living, nos juntábamos cada 20 días. Pero de repente nos empezó a quedar chico". Así nació La Banda del Golden Cross, un grupo de amigas que se reúnen religiosamente el tercer viernes de cada mes en bares y boliches friendly de la ciudad. Mirna es la maestra de ceremonias. Cuentan que hace delirar a la platea con sus playbacks de clásicos de Irene Cara y lady Baccara. 
"El común denominador es que nos gusta usar ropa de mujer, pero la verdad es que cada una tiene su historia", detalla Mirna antes de posar para el fotógrafo de Tiempo. Una banda súper variopinta. "Hay policías, arquitectos, pilotos de avión, tacheros, camioneros, militares y abogados. Quizá hasta algún compañero que tenés en la redacción se prende y vos ni te enterás. Sale del diario, se clava la tanga, se pinta, se pone una peluca y queda como yo. Si a vos te da curiosidad –Mirna giña un ojo y se ríe frente al espejo–, le podemos pedir a Claudia que te preste unos taquitos." «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

viernes, 22 de junio de 2018

Historia del crimen

Es septiembre de 1982. Ricardo Melogno, un joven de 20 años recién salido del servicio militar obligatorio, comete en pocos días cuatro asesinatos de taxistas. Tres en el barrio de Mataderos y uno en el Conurbano. Sin causa aparente, todos los crímenes tuvieron la misma mecánica. El asesino no dejó ni un solo rastro. Por varias semanas, el caso tuvo en vilo a la policía y a los medios masivos hasta que el propio padre de Melogno lo entregó a la justicia. Fue encarcelado bajo diferentes diagnósticos psiquiátricos: personalidad anómala, trastorno esquizotípico de la personalidad, trastorno de personalidad antisocial con núcleos esquizoides, cuadro delirante crónico, psicópata esquizo, perverso histérico, autista, entre otros. 

Treinta y cinco años después, Melogno sigue preso. Por discrepancias entre los psiquiatras forenses porteños y bonaerenses no pudo recuperar jamás la libertad. Pasó por una docena de presidios e instituciones de encierro. Fue obligado a ingerir toneladas de psicofármacos y sometido a muy diversos tratamientos. Y sufrimientos. En la actualidad, más que un serial killer, Melogno, un hombre ya mayor, luce casi como “un empleado público”. 

En Magnetizado, segundo libro del escritor chaqueño Carlos Busqued, se reconstruye el caso a partir de más de 90 horas de entrevistas, recortes de diarios de época, documentos forenses y testimonios de psiquiatras. Un texto de no ficción minucioso, raro, hipnótico, quizá inclasificable. Un breve periplo con paradas obligadas en la enajenación, el crimen, el encierro y la gris y fascinante psicología forense. 

Busqued lleva más allá las fronteras de lo literario, borra su subjetividad y poco más que desaparece del relato. En realidad, el autor se hace cuerpo en la edición y el montaje de las entrevistas. Un recurso heredero de la literatura non fiction de Rodolfo Walsh, también, por qué no, de la mexicana Elena Poniatowska. 

En su trabajo, Busqued evita la interpretación y el juicio, deja espacio para lo único que puede acercarnos a comprender la naturaleza de los crímenes: la magnética voz de su protagonista. Un preso, casi un fantasma, que al final del libro confiesa: “La única expectativa que tengo, la única deuda trascendental, es ser una persona. Yo fui una cucaracha. Después un monstruo. Y después un preso. Me gustaría ser una persona. O sea, no ocultar lo que fui, pero … ser una persona común. Cuanto más pueda desaparecer entre la gente, mejor.”

Publicada en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 17 de junio de 2018

En el camino con dos escritores vagabundos

Drop out, salirse, desertar, dejarlo todo (familia, carrera literaria y vida sedentaria) para nomadizarse por cuenta propia. Al escritor Néstor Sánchez el llamado del camino le llegó luego de leer los libros del místico ruso Gurdjieff, allá por finales de los años sesenta. Atrás quedaron sus celebradas novelas (Siberia Blues, Nosotros dos, El amhor, los orsinis y la muerte) publicadas en la Argentina y Europa, su hijo Claudio, su trabajo como traductor y lector para Seix Barral y Gallimard, su madre, los elogios recibidos de Julio Cortázar y Severo Sarduy. De un día para el otro, Sánchez dejó de escribir y se metió de cabeza en una deriva consagrada a la absorción de cierta sabiduría, que duró casi 18 años. De clochard por París, homeless en Nueva York y croto en Lima. Esa es la historia a la que Osvaldo Baigorria intenta seguirle la huella en la biografía Sobre Sánchez. Pero a su vez, mediante las notas al pie, el libro muta en una autobiografía de este periodista correcaminos, autor de las novelas Llévatela, amigo, por el bien de los tres (2015) y Correrías de un infiel (2005), y del ensayo En Pampa y la vía (1998), que también vagabundeó durante largos años por varios rincones del planeta. 

Transbiografía, post novela, ensayo colapsado, “relato excéntrico” o biografía en primera persona. Sobre Sánchez es una obra alucinante que libera, como bien aclara Ricardo Strafacce desde la contratapa, dos libros en uno: una biografía parcial y una autobiografía sesgada. Dos periplos, o miles. De Tijuana a Villa Pueyrredón, del peace and love del Haight Ashbury californiano a los firuletes arrabaleros de la milonga La Siberia, de la escritura creativa formato free jazz parida en Buenos Aires a ganarse el mango plantando árboles a destajo en bosques de Canadá, de Jack Kerouac y Jimi Hendrix a Juan Carlos Copes y Shunryu Suzuki, del pansexualismo y la resaca post Verano del Amor al ascetismo místico-lumpen curtido por las nevadas neoyorquinas, de una salita de primeros auxilios sobre el río Capitán en el Tigre hasta la eternidad. Derivas azarosas, vivir en los bordes, mirando de afuera. Sobre Sánchez es un libro donde muchos de estos caminos se cruzan. 

Desde su encierro en el Delta para escribir el libro, Baigorria aclara: “Desde aquí sólo puedo seguir, en la medida de lo posible, el paso de Sánchez en la identificación de su búsqueda, renuncia, deserción y abandono de la escritura. Seguir el paso, el ritmo, andar al lado, viajar a dedo –en el sentido rioplatense: auto-stop, hitch-hike, pulgar extendido al azar sobre la carretera- con Sánchez en un viaje que comprometió por entero su cuerpo y espíritu.” Con Sánchez, más que sobre Sánchez. Biografiado y biógrafo. Sánchez y Baigorria, juntos en el camino.

Reseña publicada en Tiempo Argentino, por acá

Chado: estamos invitados a tomar el té

Estamos invitados a tomar el té. La cita es a las 10 de la mañana, en un edificio ultramoderno, espejado, altísimo y bien acomodado sobre la calle Bouchard, en el frío corazón del Bajo porteño. La sede del Centro Cultural de la Embajada de Japón está en el piso 15. Desde las alturas de la casa diplomática se ven el río de aguas siempre quietas y el fervor de Buenos Aires y sus calles, en movimiento perpetuo. 

Concentrada, algo solemne pero sin perder la sonrisa, Malena Higashi termina de ajustarse al cuerpo un finísimo kimono de seda, antes de dar el primer paso sobre el tatami. "Nada puede ser dejado al azar. Desde cómo moverse, las formas de sujetar cada elemento, hasta el tamaño de las maderitas que arden en el brasero, todo tiene un porqué", advierte sobre los mil y un secretos de la ceremonia del té, el antiquísimo chado. La acompañan Lucy, Gabriela y Vanesa, serviciales estudiantes porteñas de este arte mayor nipón. También la sensei Emiko Arimidzu, decana de la disciplina en estas pampas. Su abuela. 

En japonés, chado quiere decir "el camino del té". Malena dio sus primeros pasos en este sendero cuando apenas sabía caminar. "De chiquita, mi abuela me llevaba a un espacio en Belgrano donde se tomaba el té. También me ponían el kimono. Aprendí más que nada jugando", recuerda la joven, y mira a la sabia Emiko, que se ríe y comenta: "Todavía sigue jugando". 

Un anfitrión que ofrece el té y un invitado que lo bebe. Para el observador despistado, puede parecer un lacónico elogio de la simpleza que se bebe de a sorbos. Pero este pequeño gran acto rebalsa de simbolismos, estéticas, filosofías. El chado, dice Malena, es la culminación de todas las artes japonesas, porque en la sala de té conviven aportes de la caligrafía, la poesía, el arreglo floral, la arquitectura, la cerámica. Cuatro principios rigen la práctica: la armonía entre las personas y la naturaleza, el respeto, la pureza y la tranquilidad de la mente: "La práctica de chado tiene que ver con encontrar la belleza de las personas y de los objetos, apreciar algún aspecto de la naturaleza y llevarlo a la sala de té. Pero también es una práctica que enseña acerca del orden y la limpieza, a lidiar con imprevistos sin perder la calma. Y hay otro aspecto muy importante que llamamos omotenashi, la hospitalidad japonesa", explica Malena y exhibe su chashaku, la cuchara tallada en bambú con la que sirve la infusión milagrosa. Por su conexión con la naturaleza, el chado no puede separarse de las cuatro estaciones del año. En Japón, la primavera, el verano, el otoño y el crudo invierno están relacionados con la poesía. Los versos dictan las características de cada estación. Los cuidados movimientos de Malena sobre el tatami tienen la belleza de un haiku. Gestos diminutos, miradas profundas, frases cortas y por último, pero no menos importantes, infinitos silencios. Malena escribe el chado con su cuerpo. "Hay un concepto japonés de la belleza que viene del término wabi, que es la belleza de lo imperfecto. Murata Juko, un gran maestro de té, alguna vez dijo que la luna es bella cuando está ligeramente cubierta por una nube. La estética wabi no es la luna enorme y brillante en el cielo, es esa luna misteriosa que se insinúa, con un brillo opaco, tenue, detrás de las nubes." 

Te quiero, quiero té 

Malena dice que su abuela-sensei tiene una economía zen del uso de la palabra: con muy poco dice mucho. No se equivoca. Para definir el chado, a la sabia señora de 86 años le bastan seis palabras: "Es una educación para la vida". El inicio de su aprendizaje se dio hace poco más de 35 años, cuando decidió dedicarse por completo a la ceremonia del té, primero como estudiante y luego como maestra. ¿Su primer recuerdo del chado? "Soy nacida en Argentina, pero me crié en Japón. Estuve diez años allá, durante la Segunda Guerra, no eran tiempos de paz. Vivíamos en el campo y no se hacía mucho chado. Me acuerdo que lo vi en películas. Es curiosa la vida: lo aprendí acá. Una versión medio gaucha", bromea la señora Arimidzu. 

Antes de practicar el teísmo, Emiko trabajó codo a codo con su difunto marido en una fábrica de cerámicas. También se ganó el sustento como modista: "Pero al comenzar a estudiar, ya de grande, me di cuenta de que para aprender hay que dedicarse". Pudo completar su formación profesional en la Escuela Urasenke, en Kyoto, la casa de estudios más reconocida en la materia. "Me gradué con honores", guiña el ojo la sensei. Hace dos años, cuenta orgullosa, su nieta también tuvo la chance de formarse en esa institución. Emiko comanda la sede argentina de Urasenke. Desde hace tres décadas, da clases tres veces por semana: "El chado no se aprende de un día para el otro. Hay que hacerlo todas las semanas, con disciplina, si no una se olvida. Con cada taza, aprendo algo nuevo". 

Me tomo cinco minutos 
El té del chado se llama matcha y es un té verde en polvo. Malena se toma todo el tiempo del mundo para servirle a su abuela una variedad de té espeso con galletitas. Desde un rincón, Lucy disfruta la escena como en trance. Es tercera generación de migrantes: "El chado resume toda nuestra cultura. En una taza de té entran desde el teatro noh hasta los jardines zen. Fíjese ese movimiento del chashaku, eso viene de la arquería". Lucy no se olvida de sumar al brebaje sus otras dos pasiones: el origami y los kimonos. Dice que el chado la ayudó a mejorar su postura, después de tres décadas encorvadas en el gremio de los plegadores seriales. La técnica para vestir kimono es un arte en sí mismo. Para Lucy es importante empilchar bien para la ceremonia: "Hay que combinar, todo debe estar plegado y ordenado, nunca hecho un bollo o fruncido. Todo importa": No hace distinciones entre quienes pueden disfrutar del chado: "Una persona ansiosa o una retraída, todo el que lo hace encuentra calma. Se aprende mucho del silencio". 

Vanesa bate que bate un té liviano en un tazón. Cuenta que es toda una profesional de la infusión. Se gana la vida como sommelier. Tiene su propia marca de una variedad en hebras: "Estos son tés muy distintos a los que conocemos en Occidente. El japonés es mucho más vegetal y se toma toda la planta. Es molido". Decidió indagar sobre el chado hace dos años y descubrió un mundo nuevo, muy alejado del saquito tradicional: "No es sólo tomar el té. La sensei dice que a través de una taza se puede transmitir paz. Por un rato, dejás lo cotidiano de lado, y te metés 100% en el aquí y ahora. Es un camino espiritual. Una meditación en movimiento". Vanesa convida una taza humeante, sencillamente ofrecida como un regalo, una caricia, una curación, una búsqueda. Un tesoro sin asas que se abraza con las dos manos. Riquísimo. «

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 4 de junio de 2018

Ladrilleros

Abstraído de la jauría de pibes que lo acorralan, el hombre toma de la mesa dos piezas al azar. Frunce el ceño, se demora unos segundos para analizarlas con aire de ingeniero y pone manos a la obra. Con un gesto delicado pero firme, ejerce la presión justa sobre los dos inertes ladrillitos de inmaculado plástico marca Lego. Entonces, sucede la alquimia, el encastre perfecto, musicalizado con un ruido sagrado: el clic de la cuestión. 
Cristian, 45 años, cultiva desde su más tierna infancia la pasión constructivista: "En casa no daba para estos importados. Mi viejo traía los Mil Ladrillos o los Rasti, nacionales". El escritor Rodrigo Fresán no se equivoca: la naturaleza de los juguetes –su precio y grado de sofisticación– probablemente sea el primer contacto que tienen los niños con la diferencia de clases. Hace años, Cristian le pasó el sano vicio a su sobrinito Tomás, de ocho, quien lo acompaña esta tarde en La Rural y se dice fan de la línea Lego Star Wars. El trabajo es en equipo, como en cualquier obra en construcción. Tío y ahijado suman pieza a pieza y terminan de edificar una casa de dos plantas hipermoderna, digna invención de don Clorindo Testa. "Después de tres horas acá adentro, estoy con los ojos chinos, liquidado", confiesa el tío copado.
Los miembros de la secta del ladrillo se adueñaron del Pabellón Ocre del predio ferial. La exposición Brick Live les permite devorar un banquete pantagruélico de más de dos millones de piezas listas para encastrar. El menú puede empachar a más de uno: piletas de ladrillos, pistas de ladrillos, una selva de ladrillos y de postre miles de baldes repletos del juguete fetiche. 
"La idea central del encuentro es poder construir sin límites. El que viene con tiempo puede armar la Muralla China", exagera Javier Pironi, director artístico del evento que tiene un largo historial en las principales capitales del planeta. Más de 20 mil personas lo visitaron en Palermo. "Es un espacio lúdico participativo para que padres que sienten pasión por este mundo se encuentren con sus hijos y tengan mil y una posibilidades de hacer lo que quieran", completa el curador, también cultor del "ladrillismo", que recuerda las tardes dándole duro y parejo al Rasti y al Mecano en su Junín natal. Con tono nietzscheano arriesga: "No lo dude, acá se vive el eterno retorno a la infancia. El ladrillo nunca pasa de moda".
Clic caja
Una paradoja: el principio de este mundo plástico está ligado a la madera. El carpintero danés Ole Kirk Christiansen fue el padre fundador del imperio Lego. En 1932 creó el juguete por el cual pasó a la inmortalidad: ladrillos forjados con leños nobles. A fines de los '40 comenzó a experimentar con los de plástico, que aparecieron hacia 1960, luego de que su fábrica de madera ardiera hasta los cimientos. En 1963, los ingenieros de la empresa dieron con la piedra filosofal: el acrilonitrilo butadieno (ABS), con el cual se siguen produciendo millones de piecitas hasta nuestros días. El mandamiento capital del Lego Group se resume en su nombre propio. Lego es una contracción del danés leg godt: "Juega bien". 
Pero el buen ocio tiene un precio, nada barato. "Un afano. Casi dos lucas una cajita con 200 piezas", se queja luego de pasar por el store Luis, un santafesino que hizo 700 kilómetros para conocer la expo. Su hijo Tomás nada despreocupado en una pileta repleta de bloques. Cuando sea grande quiere ser coleccionista. "Y yo le banco la colección con mi sueldo –ríe el padre–, es como ahorrar en ladrillos". Con la devaluación galopante de las últimas semanas, puede ser una gran inversión. 
Copias plásticas del Empire State, la Pirámide de Kukulkán, el Arco del Triunfo y otras joyas de la arquitectura tienen su lugar bien ganado en la muestra. La naturaleza no se queda atrás en el espacio Safari. Pacientes, las familias hacen fila para retratarse junto a estatuas de tamaño (casi) natural de un león y otras fieras. "Soy peronista, pero por la nieta voy a hacer el sacrificio de sacarme la foto con el gorila", bromea Graciela, llegada desde Rafael Castillo. 
Roberto Arlt decía que no puede ser considerado ladrón quien se lleva cuatro o cinco ladrillos de una obra. En el predio de La Rural, antes de partir, los fanáticos deben enfrentarse a las Honesty Boxes, las cajas anti-robo hormiga, que invitan amablemente a dejar las piezas olvidadas en algún bolsillo o en el fondo de la cartera. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 28 de mayo de 2018

La figurita difícil y el chupi

Gaspar repasa con voz chillona el opíparo padrón de figuritas que todavía no consiguió. "Puf, serán más de 200. Mi sueño es completarlo antes de que arranque el Mundial", se ilusiona el pibe de 12 años y se lanza en un mano a mano de cromos con Olivier, de siete, otro fanático de las autoadhesivas mundialistas, que se vino hasta el Parque Rivadavia desde Valentín Alsina. Lo acompaña su mamá María Rosa, infatigable, que lo marca bien de cerca, cual aguerrida stopper, cuando comienza el ritual del trueque musicalizado con el inmortal "late, late, late, nola". "¡Estamos todos locos! Hace un rato nos pidieron 20 fichus por la de Cristiano Ronaldo. Llenar el álbum no es nada barato: unos 2000 pesos", calcula la señora con aires de ecónoma. Con la estampita del egipcio Mohamed Elneny que obtiene en la transa, Olivier completa el plantel africano y lo celebra con el puño cerrado mirando al cielo plomizo. "Una menos –suspira María Rosa–, pero todavía nos falta la de Messi. En aquel puesto me la ofrecieron a 100 pesos. Mejor seguir buscando. Esto va a ser más duro que llegar a la final en Rusia."
Es un mediodía fulero, frío y con amague de lluvia en Caballito, pero a nadie parece importarle. Chicos, grandes, curtidos coleccionistas y vírgenes aficionados se dan cita –religiosamente todos los sábados y domingos, pero en masa en la previa del Mundial– para intercambiar las figuritas repetidas, conseguir las difíciles, comprar paquetes en promoción o simplemente compartir esta pasión que, cada cuatro años, nunca se despega demasiado del merchandising oficial de la gesta futbolera globlal, mucho antes y también después de que la pelota empiece a rodar. 
 El mercader de Caballito 
Orlando comanda uno de los puestos más concurridos del parque, a pasitos de la avenida Rivadavia, bien cerca de las garitas estables que ofrecen libros de segunda mano y literatura de primerísima calidad. Ha trajinado todas las categorías del rubro. Arrancó hace cuatro años, durante el Mundial de Brasil: "Me enteré de que la gente se juntaba para cambiar figuritas y cuando llegué no lo podía creer: pila de pibes. Yo soy vendedor de alma, y acá vi que había un negocio. Al otro día me vine con una caja de zapatos llena de figuritas." Así nació el pequeño emporio de Orlando: una tabla sobre cuatro cajones de fruta a manera de exhibidor, una docena de álbumes y cientos de paquetes –precio oficial: 15 pesos– que esperan ser degollados. En el gremio ya es un jugador de primera.
Este año, Orlando incorporó los fundamentales catálogos: "Y bueno, uno se va profesionalizando y hay que organizarse: son más de 600 figuritas. Los folios te ahorran tiempo y se ve mejor la mercadería." Entre las mil y una caripelas mundialistas que han pasado por sus manos, elige la estampita 322, la de Ikechukwu Ezenwa, arquero nigeriano: "Tiene cara de tipo divertido, jodón. Lo invitaría a comer un asado. Fijate". Tiene razón.  
Antes de regresar a sus tareas lucrativas –una jauría de compradores exige su presencia–, el dealer repite como un mantra el discurso oficial de Panini, la empresa propietaria de los derechos oficiales: "No hay figurita difícil, no hay figurita difícil… El problema es que la gente atesora la de Messi o la de Agüero, para pegar en la heladera o en un cuaderno". Agrega que las llamadas "leyendas" son las más cotizadas. Las postales del rey Pelé en México '70 y del Diego en el estadio Azteca van de 60 a 100 devaluados pesos.
 Algo de chupi y las App
"Acá hay algunos que son más usureros que el FMI", se queja un padre al pasar justo frente a una ronda de negociaciones. A unos metros, un caballero consulta atento en su moderno smarthphone el programa Checklist, una aplicación que le informa las figuritas que debe conseguir. Otro hombre agita por el aire unas planillas de Excel repletas de numeritos que parecen obra del ministro Aranguren. El parque también es una metáfora urgente del país. 
Jorge pulula por los puestos armado con un lápiz y un papelito, todo muy artesanal: "Hoy lo liquidamos, nos faltan sólo 20. Ojalá terminemos antes del mediodía, ya no doy más y me quiero ir a almorzar", dice el padre de Nico. El escudo de la AFA, el de la FIFA y el retrato del portugués Cristiano Ronaldo retrasan el pitazo final. "Me tengo fe –afirma Jorge–, ya en mi época completé el del Mundial '78. El trago amargo fue el del '74. Nunca pude conseguir la de Mukombo. Era un morocho de Zaire. Imposible." 
Andrés nunca pudo completar el álbum en su rol de hijo, pero sí como padre. "En 2014, acá mismo conseguimos las que nos faltaban. El Parque Rivadavia nunca falla", explica el papá de Martino y Timoteo. No es demasiado fanático del fútbol ni de los mundiales, pero disfruta de acompañar a sus hijos en el trajín de la búsqueda. "Creo que aporta en muchos campos. En lo educativo, porque los chicos le prestan atención a los números, pero también les abre nuevas culturas, geografías… Y sobre todo está el intercambio social. Pensá que muchos son pibes de departamento, y esto los obliga a salir, charlar con otros chicos, dejar la tablet por un rato", arriesga el psicólogo llegado desde Floresta. La versión digital del álbum que ofrece esta edición mundialista no le parece atractiva: "Son tiempos demasiado virtuales, pero no hay con qué darle a una buena figurita de papel".
En los '70, Juan José era un capo jugando al chupi. De las figuritas con caricaturas de aquellos años, nunca pudo olvidar la del "Loco" Houseman con cara de bohemio, la de Bochini con la pelota atada y la del aguerrido "Hacha" Ludueña. Hoy comparte la pasión con su hijo Juanchi, de siete años. Acaban de conseguir la última estampa que les faltaba: "Mirá si no vamos a estar contentos. Sin embargo, te cuento que antes tenía otro gustito: cuando llenabas el álbum, te ganabas una pelota. Imaginate, pasar de la pulpito a una de cuero. Festejábamos todos los pibes del barrio. Era como ganar un Mundial". «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 20 de mayo de 2018

Muchacha mapunkie

En el camino se aprende. Atahualpa Yupanqui decía que cuanto más largo es el camino, más hondas son las lecciones. En el principio de Una excursión a los mapunkies, primer libro de la periodista, documentalista y poeta Agustina Paz Frontera, hay un viaje. Un periplo con ribetes académicos que se propone visibilizar las problemáticas contemporáneas de los mapuche (así en singular, porque che es sustantivo colectivo). ¿El punto de partida? Los medios de comunicación alternativos y las expresiones culturales de los mapuche urbanos: los “mapurbes”, como los llama el poeta santiaguino David Aniñir. Radios, publicaciones alternativas, murales, festivales de hip hop y punk que sirven como plataforma identitaria de las comunidades originarias que habitan el sur de la Argentina y Chile. “En enero de 2007 escuchar aquello de mapuche rapeando me parecía tan raro, una hibridación hermosa, una cosa cultural que fraternizaba y sonorizaba a medio mundo”, cuenta Frontera al comienzo del libro.
Con el pasar de los días, y las peripecias que regala la errancia por Neuquén Capital, San Martín de los Andes, Villarrica, Likan Ray, Temuco, Los Sauces y Santiago, la inicial pesquisa académica deviene en una travesía iniciática alla beatnik, con aires que también remiten a la legendaria excursión decimonónica de Lucio V. Mansilla. La cronista winka (blanca) “empieza a abandonar su cara de frígida que escruta identidades censalmente” y comienza a sentir que “merecía, lo sabía y me lo decía para adentro, que me tomaran como cautiva y cenaran mis caderas esa misma noche.” De repente, las fronteras entre lo individual y lo colectivo se borran en festejos comunitarios, rimas en mapuzungún y la resistencia originaria que se grita a viva voz: ¡¡marichiwew!! (diez veces venceremos).
La pregunta por la identidad flota en varios de los siete capítulos del libro: “Una identidad no es excluyente a la otra –arriesga Frontera–. Se pude ser mapuche y hiphopero y ser tan mapuche como uno que es mapuche y punk. Se puede ser hombre y mujer y ser tan hombre como un varón, ser nerd y valiente, ser rico y pobre, peronista de derecha y de izquierda, ilustrada y con mal gusto, gorda y linda, soberana y esclava.” Ante todo la hibridez, la mezcla como estrategia de resistencia. 
Etnografía ficcionalizada, crónica rutera de alto vuelo e investigación (no)académica. Una obra reeditada por el esfuerzo de Editorial Madreselva, Inerme, Tren en Movimiento y Alcohol y Fotocopias, con el contexto del conflicto en el sur y la represión estatal que provocó las muertes de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, y llevó el “conflicto mapuche” a la agenda política y mediática.
Una excursión a los mapunkies es un libro que narra un desplazamiento por la corteza de Wallmapu y, a la vez, un viaje al interior de una cronista. Un periplo del cual, inevitablemente, volverá transformada, convertida en otra. La vida en el camino es así.
Publicado en Tiempo Argentino, por acá.

Grandes valores

Rolo Quintana brilla en el universo del espectáculo argentino como una estrella distante: "Tengo un carrerón, querido. Imaginate que debuté de muy pibe, a los cinco años. ¡Fui niño prodigio! Hice mucho cine y televisión", saca chapa el caballero de gafas ahumadas –que por coquetería evita revelar su edad– mientras almuerza pollo a la plancha con ensalada de zanahoria, en el comedor de la Casa del Teatro. Hizo gala de sus dotes actorales en films de la edad de oro del cine nacional, como La cuna vacía y Toscanito y los detectives. "Ojo que también canté mucho y pude hacer giras por toda América Latina. Siempre buscando. También fui comerciante: vendí antigüedades y hasta tuve un restaurante, pero no terminó bien esa historia". Enseguida, el actor narra un drama de enredos económicos ambientado en el país del 2001, que titula con ironía: "Bueno para la actuación y malo para los negocios". Los problemas financieros lo dejaron fuera de escena, pero nunca bajó los brazos y mucho menos perdió la pinta. Hace unos años, todavía en la mala, Quintana halló reparo en la Casa del Teatro: "Acá encontré una cama, contención y muchos amigos, mis pares". Cada tanto, entre café y guitarreadas, rememora con sus compañeros de pensión el sano vicio del canto, y el de los aplausos: "Acá conocemos la magia del escenario. Y es imposible olvidar la pasión del público, te llena el alma". 
El "bailaor" Fernando Ortega es otro de los 35 artistas que comparten el techo de la institución fundada en 1938 para asistir a antiguos laburantes del espectáculo. Con Quintana son amigos hace más de cuatro décadas: comparten mesa puntualmente todos los almuerzos. Durante más de medio siglo en el gremio del flamenco, Ortega le sacó viruta a miles de escenarios. Bailó con todas y todos, hasta para la más grande, Lola Flores, "la faraona". El recitado y sus pies siempre le dieron de comer. Ahora, con 72 pirulos bien llevados, está retirado. "Acá encontré mi oasis –dice–. Me he pasado la vida dando patadas. Este es el momento del reposo del guerrero, con mis amigos, el broche perfecto de mi carrera. ¡Y olé!".
Linda conducción      
Hace un año y monedas, la actriz Linda Peretz decidió encarar un desafío íntimamente conectado con su amor por la actuación. "Quería ayudar a mis colegas, ese es mi tikún, como dice la Cábala. Cuidarlos y darles calidad de vida a los que están grandes y necesitados pero que todavía tienen mucho para dar. Creo que el destino me trajo a este lugar", asevera la presidenta de la Casa del Teatro, custodiada en su despacho por una antiquísima biblioteca y varios retratos de sus antecesores en el cargo. A su derecha, una foto de época de Regina Pacini, esposa de Marcelo Torcuato de Alvear y madre fundadora de la mutual sin fines de lucro. 
Apasionada por las artes, la Pacini impulsó la creación del albergue de artistas jubilados con necesidades económicas y habitacionales en los años '20, durante la presidencia de su marido, miembro del ala "galerita" de la UCR. Pacini era cantante lírica –soprano ligera para ser más precisos– y se inspiró en la Casa de Reposo Verdi, de Milán, fundada por su admirado Giuseppe. La sede de la avenida Santa Fe 1243, ejemplo máximo del art-decó en estos pagos, fue obra del arquitecto Alejandro Virasoro: un rascacielos de diez pisos coronado con una pirámide de aires mayas. Abrió sus puertas recién en 1938 y en sus habitaciones vivieron desde la vedette Carmen Lamas hasta el cineasta Luis Moglia Barth, director de Tango, el primer film sonoro nacional. 
Peretz respira hondo, mira el retrato de Regina, luego el de Eva Franco –otra expresidenta– y suspira: "Muchas mujeres fuertes e imaginativas estuvieron en este lugar. A veces les hablo, les pido disculpas por no estar a su altura. Pero también les digo que no me voy a rendir".
Es que la realidad económica del pensionado no es un cuento de hadas desde hace tiempo. Las necesidades básicas de los huéspedes, las tarifas y otros gastos corrientes se solventan con el aporte de Argentores, SAGAI, el alquiler del Teatro Regina, generosos donantes anónimos y escuálidos subsidios estatales. No alcanza. Desde el año pasado sumaron ingresos por la boutique permanente, en la planta baja, que ofrece a precios accesibles prendas donadas por estrellas de la talla de Cecilia Roth, Natalia Oreiro o la señora Mirtha Legrand de Tinayre.
Peretz no está sola. La apoya una docena de trabajadores que son el motor de la casa. Como Horacio, el sapiente jefe de cocina que busca precio y calidad para estirar el presupuesto. O Rosita Escalada, la infatigable enfermera que hace 30 años asiste a los actores: "Estamos muy atentos a la salud, pero imagínese que son todos artistas y algunos siguen trabajando cada tanto. Les gusta verse bien, preguntan cómo les queda la ropa o el maquillaje. La belleza no tiene edad".
Viejos son los trapos 
Agustín Busefi es un dramaturgo de raza. Tiene 80 años –50 como socio de Argentores– y 32 obras estrenadas. Sigue escribiendo, dirigiendo y actuando con la pasión del primer día. Comparte habitación con su esposa y musa, la actriz Analía Caviglia. Las fotos de Enrique Santos Discépolo, Tita Merello y la santa Evita decoran su cuarto. "Nunca dejamos de actuar y estamos comprometidos con el teatro popular y social", aseguran a coro mientras toman un cafecito en el comedor. En unas semanas, tienen funciones en Mar del Plata y Rosario: "Si el artista no se mueve, no tiene repercusión, no come –sentencia Busefi–. Son tiempos de poco laburo y hay que seguir peleándola". 
En otra mesa almuerza el decano del hogar, el rosarino Juan Miguel Castillo, 92 abriles, un renacentista que exploró la actuación, los títeres, la crítica y hasta el diseño, siempre defendiendo las banderas del teatro independiente. "Bien de izquierda –deja en claro Castillo–. Creo que las personas mayores tenemos mucho para aportar y cambiar la realidad. Somos los sabios de la tribu".
La mesa de las damas del tango la ocupan Zulma Durán y la elegante Nelly Vázquez, ataviada con un tapado de piel digno de su pedigrí de diva. Nelly puso su voz a las órdenes de las grandes orquestas porteñas: Pugliese, Mores, Piazzolla y el gordo Troilo cayeron rendidos ante su canto. Con 81 años sobre el lomo, dice pícara que todavía se siente una simple piba del barrio. Las chicas confiesan que, a veces, sienten nostalgia de sus años mozos. Pero no es para tanto. Hace unos meses volvieron al ruedo sobre las tablas del Regina. Cuatro lunes con localidades agotadas.
Antes de la siesta y de que baje el telón del mediodía, Nelly entona para los comensales unos versos del tango que le cambió la vida, "Madreselva". Dice más o menos así: "Vieja pared del arrabal, / tu sombra fue mi compañera. / De mi niñez sin esplendor / la amiga fue tu madreselva…" La premian con un cerrado aplauso y los ojos de Nelly brillan una vez más. Como las estrellas de la noche porteña. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

domingo, 13 de mayo de 2018

El gran escape

La tarde en Recoleta obliga a hacer magia para escapar de los baldazos de agua que caen del cielo. Pero de repente, ¡abracadabra! Los hechiceros afiches de la muestra "Houdini, las leyes del asombro" que tapizan las puertas de la Fundación Telefónica son como una señal para gambetear el diluvio, una vía de escape digna del ilusionista más célebre de la historia. La entrada es gratis; la salida, vemos…
Genio y figura para muchos, para otros un simple embaucador, no hay dudas de que Harry Houdini marcó un antes y un después en el arte de la magia, y también en el concepto de espectáculo, moderno y masivo.
Houdini fue un showman superstar avant la lettre que se valió de las ciencias duras, el racionalismo, la tecnología, el marketing y los medios de comunicación para montar su vida y obra. También su leyenda –pese a que combatió a destajo el espiritismo–, que a 91 años de su muerte lo sobrevive hasta nuestros días. "Los tres nombres más importantes de la historia son Jesucristo, Sherlock Holmes y Houdini", arriesgó alguna vez George Bernard Shaw.
"Como Julio Verne o Nikola Tesla, personalidades que rescatamos en exposiciones anteriores, Houdini era un adelantado, un hombre que se anticipó a la modernidad. Trabajaba con ingenieros, con lo que hoy llamamos neurociencia y también aprovechó los avances tecnológicos, por eso rescatamos su figura de innovador", dice Gustavo Blanco García Ordas, gerente de la fundación, sobre la muestra que ya tuvo convocantes ediciones en España y Perú. Asegura que los fans del escapismo pueden acercarse tranquilos: se respetan los códigos y no se develan los trucos. La magia sigue intacta. 
La fuga como arte  
Erich Weiss –el mortal que se convertiría en Harry Houdini– nació en 1874 en Budapest. Era uno de los ocho hijos de una humilde familia judía. La tierra prometida la encontraron en Wisconsin. Cuenta la leyenda que de niño, Harry fue a ver con su hermano Theo un espectáculo de escapismo, que encontró hosco, torpe, aburrido; y que al volver a su casa se envolvió en cadenas y candados. Lo anotó todo en su diario. Ese día nació una estrella. 
A los 12 años se conchabó en un circo ambulante y comenzó a aprender diversos gajes del oficio: desde el contorsionismo hasta los secretos de las barajas, sin olvidar la acrobacia y, sobre todo, a esculpir su presencia escénica. Las horas de pesas y natación lo ayudaron a construir esa pose desafiante, que quedó inmortalizada en afiches de principios del 1900. Algunos pueden apreciarse en la exposición. En paños menores –slip ilustrado con las banderas británica y estadounidense–, de pecho erguido y músculos generosos, Houdini siempre supo cómo vender sus atributos ante el gran público. Indiscutible "padre del marketing antes del marketing", asevera la guía durante el paseo por el salón principal.
Organizada en cuatro núcleos, la muestra no se agota en la figura de Houdini. También permite desandar la historia de la magia moderna, con carteles de otros magos famosos, fotografías y videos que narran la belle époque del ilusionismo. La Argentina no escapó a aquel embrujo. Una vitrina con objetos aportados por el mago y coleccionista Alex Nebur y el Museo de la Ciudad exhibe libros de prestidigitación, cartas marcadas, galeras, copas y varitas mágicas de factura nacional. Las cajas en las que el afamado Fu-Manchú "fileteaba" a sus asistentes en sus shows porteños es la postal que eterniza el público en sus smarthphones.
"Escape, lo que creen tus ojos" es el plato fuerte de la exposición: una jaula, no recomendada para claustrofóbicos, de la cual Houdini hubiera escapado sin transpirar. No muy lejos cuelga una réplica del chaleco de fuerza que el mago usaba en sus trucos acuáticos. No es difícil imaginar los desmayos en la audiencia mientras el escapista contenía la respiración durante eternos minutos. La frase de Samuel Johnson tatuada en un cartel aclara los tantos: "El asombro es el efecto de la novedad sobre la ignorancia".
Para dejar la muestra no hay que ser demasiado ducho en el arte de la fuga. Las escaleras, bien señalizadas, indican el camino de salida. «
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domingo, 6 de mayo de 2018

Fumando espero

Fumar marihuana es un placer. "Pero también un derecho. Por eso vine, para defender mis libertades individuales, que están garantizadas en el artículo 19 de la Constitución", explica, Carta Magna en mano, Sergio, cannavicultor de la zona sur del Conurbano, minutos antes de que arranque hacia el Congreso la caravana porteña de la Marcha Mundial de la Marihuana. En el gris atardecer porteño, el pedido de libertad se transformó en una demanda urgente, festiva y sobre todo masiva, resumida en varias banderas y carteles hechos a mano: "¡Legalícenla!".
Desde 1999, el primer sábado de mayo se alza la voz en forma de grito global. Este año, la Argentina se sumó al reclamo en 20 ciudades, con adhesión de diferentes agrupaciones políticas y sociales.
A las 4:30, los alrededores de la tapiada Plaza de Mayo están repletos de pibes, pibas y familias. Miles de personas que se acercaron para marchar hacia el Palacio Legislativo, por una senda perfumada por el humo dulce de los porros. También el que convidan los puestos de paty y choripán.
Será cuestión de derechos. Así lo entienden los que reclaman por la legalización y para que se ponga fin a la persecución que sufren consumidores y cultivadores. Una de las agrupaciones organizadoras es el joven FOCA (Frente de Organizaciones Cannábicas Argentina), nacido en marzo de 2017, luego de que Adriana Funaro fuera detenida. Su historia es conocida. Ese año, Funaro tuvo una segunda denuncia de un vecino, que por la medianera veía crecer plantas de marihuana en su jardín. Funaro fumaba porro por gusto personal, pero por una patología que le detectaron, había comenzado a consumir el aceite de cannabis con fines medicinales y a autocultivar. "Somos perejiles del sistema –explica la activista-. Pero tenemos que dejar de ser tibios y exigir nuestro derecho."
Las actividades comenzaron al mediodía. Participaron unas 150 mil personas. Cerca del escenario montado frente al Cabildo, se instalaron decenas de puestos dedicados a la venta de productos relacionados con la cultura cannábica. Desde pipas hasta papel de armar, sin olvidar las remeras tatuadas con la icónica hojita, posters y hasta bolsas de abono.  
La palabra tuvo su espacio arriba y abajo del escenario. En el puesto de Mamá Cultiva, Karina predica sobre el autocultivo y los beneficios medicinales del aceite de cannabis. Su hija sufre una parálisis cerebral y gracias al aceite mejoró: "Ahora hay más conciencia de los beneficios que brinda el cannabis. Sigue estando el tabú, pero cada vez se acerca más gente a nuestros talleres".
Nicolás Breg, integrante de la agrupación Jardín del Unicornio, explica: "Cuando analizamos la regulación de una planta hablamos de lo medicinal, pero también del uso espiritual y recreativo. Queremos discutir las consecuencias de estas políticas prohibicionistas porque a pesar de la Ley 27.350, hoy nos sigue vulnerando". La penalización y la criminalización sumados a la clandestinidad son un problema sin salida. "La reforma de políticas de drogas no tienen que ver sólo con lo penal. La guerra contra las drogas, sobre todo en América Latina, es una visión abstencionista, represiva, prohibicionista del uso del cannabis que sólo generó más muertes", asevera Ana Florencia Sclani Horrac, integrante de Mujeres y Cannabis en Argentina.
En la esquina de Avenida de Mayo y Lima, Charly hace un alto en la caminata y se toma cinco minutos para disfrutar el primer porro de la tarde. Fuma desde los 14, hoy tiene 75. El artista plástico, nacido y criado en Lanús, lleva con orgullo sus seis décadas en el gremio cannábico: "Es toda una elección de vida. Si me pregunta por qué fumo, no lo dudo. Porque estamos en el camino del bien, de la libertad". «
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martes, 1 de mayo de 2018

Lamento boliviano

A pocas cuadras del Mercado de las Brujas de la ciudad de La Paz, en una empinada cuesta de la urbe sede de gobierno boliviana, una plaza rinde justo homenaje a un luchador popular. Un espacio urbano del barrio de Gran Poder, que tatúa la memoria de las luchas del pueblo boliviano, encarnadas en la figura de Marcelo Quiroga Santa Cruz, el escritor y militante socialista secuestrado durante las sangrienta narcodictadura comandada por el general Luis García Meza, a principios de los años ochenta. 
El dictador murió este domingo a los 88 años y se llevó a su tumba valiosa información sobre el destino de los restos del político cochabambino, asesinado en el contexto del Plan Cóndor. 
El escritor Adolfo Cáceres Romero alguna vez afirmó que la vida de Quiroga Santa Cruz fue “un modelo de virtudes y sacrificio” para todos los bolivianos. Quizá por esto, y por mucho más, su legado está más vivo que nunca en la actualidad política y cultural del país andino-amazónico que gobierna Evo Morales. Esta es parte de su historia. 
El deshabitado
Marcelo Quiroga Santa Cruz nació el 13 de marzo del año 1931, en el seno de una familia acomodada de la ciudad de Cochabamba. De infancia y adolescencia trashumante, el joven Marcelo estudió Derecho en Santiago de Chile, y Filosofía y Letras en La Universidad Mayor de San Andrés, en las alturas paceñas. Para la década del cincuenta, comenzó a ganarse el pan dando clases de literatura, atendiendo los negocios familiares y también haciendo sus primeras armas como periodista. 
Es en un espacio imaginario bastante parecido a su natal Cochabamba, la "Llajta", donde Quiroga Santa Cruz ambienta su primera novela, Los deshabitados (1959). Premiada en 1962 por la Fundación William Faulkner con el galardón a la mejor novela iberoamericana, Los deshabitados tiene a la revolución minera-obrera-campesina que se había instaurado en Bolivia el 9 de abril de 1952 como inevitable trasfondo, no político, sino ético y moral. 
Cuando le preguntaban sobre la esencia de su primer libro, Quiroga Santa Cruz explicaba que había sido escrito “como no debe escribirse nunca un libro: es casi una secreción; comenzó a vivir bajo la forma de una extraña sensación de melancolía”. Elogiada por Borges y García Márquez, Los deshabitados es una novela que pinta un fresco demoledor de una sociedad rural, feudal y asfixiantemente clerical. Una ciudad de provincia donde “cada vez se instalaban más fábricas”. En la novela, Fernando Ducrot –alter ego del escritor– debate su vida entre la exasperante necesidad de plasmar sus ideas en el papel en blanco y las discusiones existenciales con un viejo y sabio párroco franciscano. Los dilemas éticos y espirituales sobre la labor del intelectual y su compromiso social parecen no tener remedio en Los deshabitados. De alguna manera, el libro cobija la semilla del compromiso con los sectores populares que Quiroga Santa Cruz encarnaría durante el resto de su vida.
Oleocracia o patria 
Pocos años después, el escritor dejó la ficción (su segunda novela Otra vez marzo se publicó recién en 1990) y dedicó su vida a la política. Las ideas socialistas y la Revolución Cubana fueron las primeras brisas de un huracán ético que modificó el destino político que unían al joven Marcelo con los ideales de las familias patricias de Cochabamba. En una entrevista durante los años setenta, cuando la periodista Elsa Jascalevich le preguntó cómo se definía ideológicamente, este aseveró sin dudar: "Lo que he realizado y voy a realizar guardará estricta consecuencia con un objetivo final: la sustitución de un régimen de explotación por otro en el que la justicia social sea posible". Durante sus años de juventud, Quiroga Santa Cruz participó activamente en la construcción de la Falange Socialista Boliviana (FSB). Y ya como diputado de la FSB, durante la segunda parte de la década del ’60, presentó cargos contra el general René Barrientos Ortuño (presidente entre 1964-1969), por haber facilitado desde el Ejecutivo, permiso y medios a los agentes de la CIA, para llevar adelante la persecución y el asesinato del Che Guevara en La Higuera.  
Pionero en la lucha por el control de los recursos naturales, Quiroga Santa Cruz logró, desde su cargo en el Ministerio de Energía, la nacionalización en 1969 de los yacimientos petrolíferos controlados por la norteamericana Gulf Oil Company. Para principios de los años setenta, la fundación y dirección del Partido Socialista-1 (PS-1) llevaron a Quiroga Santa Cruz nuevamente a una bancada en el Congreso boliviano. Luchando contra el desarrollo del aparato policial que sometía a Bolivia desde hacía décadas, su nombre comenzó a figurar en las listas negras de los oficiales de las Fuerzas Armadas. El golpe de Estado de 1971, liderado por el general Hugo Banzer Suárez, lo obligaron a un largo exilio. Su primer destino fue Chile, y luego la Argentina. 
Dos libros de ensayos escritos durante esos años -El saqueo de Bolivia (1972) y Oleocracia o patria (1977)- denuncian los negociados entre las élites bolivianas, los gobiernos de facto y las petroleras extranjeras. En el prólogo del monumental ensayo de 1972, Quiroga Santa Cruz escribió: “Siendo costumbre de los escritores dedicar un libro a la persona que inspiró su redacción o en cuyo homenaje se rinde el esfuerzo intelectual, yo quiero que ésta, fruto de una pasión inextinguible por la libertad y la justicia social, le sea dedicada, póstumamente, a los que ya no verán la sociedad liberada de mañana y que ellos contribuyeron a organizar con su generosa sangre”. 
Durante su exilio en la Argentina, Quiroga Santa Cruz colaboró activamente en el diario Noticias y trabajó como docente en la Universidad de Buenos Aires. Perseguido por la Triple A, debió dejar el país y se radicó en el Distrito Federal mexicano. Allí se ganó la vida como profesor de economía política en la UNAM. Por esos años, fue uno de los fundadores del Instituto de Economistas del tercer mundo y participó en Washington como miembro de la delegación latinoamericana en un seminario sobre política Hemisférica; en París, en la Sorbona, del Congreso de Americanistas; y en Caviat en Yugoslavia, en una reunión internacional para el análisis del socialismo científico. 
Su labor como autor de obras de teatro, ensayos políticos, cortometrajes y críticas cinematográficas, además de su trabajo como director de revistas culturales y periódicos, es impresionante. La totalidad de su obra ensayística y literaria, diseminada en folletos clandestinos, colaboraciones periodísticas, libros colectivos e intervenciones en clases universitarias, superaría las 4000 páginas y aún aguardan por una postergada edición definitiva. 
En 1977 Quiroga Santa Cruz pudo retornar a su patria en forma clandestina. Con la caída del banzerismo, volvió  también al ruedo político público. Desde el Congreso impulsó en 1979 un juicio de responsabilidades contra el diminuto dictador oriundo de la tropical Santa Cruz de la Sierra, la “Miami sin mar boliviana”. Pero el juicio no prosperó. 
La narcodictadura 
 La Paz, 17 de julio de 1980. Cerca del mediodía, una patota de paramilitares al mando del coronel Luis Arce Gómez invadió a punta de revólver la sede de la Confederación Obrera Boliviana (COB). En ese edificio del centro paceño, un grupo de sindicalistas, obreros e intelectuales definían acciones para defender al gobierno constitucional de Lidia Gueiler, ante el golpe de Estado que encabezaban las Fuerzas Armadas comandadas por el general Luis García Meza. Las órdenes de los militares eran claras: secuestrar y asesinar al diputado socialista y candidato presidencial Marcelo Quiroga Santa Cruz. 
Una dictadura con aceitados vínculos con otros gobiernos militares de América Latina (en pleno auge del Plan Cóndor), y financiada por capos del narcotráfico, estaba comenzando a dar sus primeros pasos en Bolivia. Pocas semanas antes del golpe, los militares habían asesinado al sacerdote jesuita y periodista Luis Espinal, homenajeado por el Papa Francisco en su visita al país hace pocos años.
García Meza encabezó la junta militar más sanguinaria de la historia de Bolivia. Asesorada por sicarios argentinos, por el ex oficial de la SS y la Gestapo Klaus Barbie, el “Carnicero de Lyon”, y el terrorista neofascista italiano Stefano Delle Chiaie, la narcodictadura desató el terror. Ya en la toma de posesión, el ministro de gobierno Arce Gómez, primo del “Rey de la Cocaína” Roberto Suárez Gómez, advirtió que los opositores al gobierno y los comunistas debían “andar con el testamento bajo el brazo”. 
Quiroga Santa Cruz fue una de sus primeras víctimas. Fue malherido por los paramilitares, cuando salía con las manos en la cabeza de la sede obrera, y luego trasladado al Estado Mayor del Ejército, donde fue asesinado. Tenía 49 años.
Los restos de Quiroga Santa Cruz jamás fueron entregados a sus familiares. “Todo el poder del Estado, respaldado por tanques y metralletas, le teme a un muerto”, denunció por esos días su esposa, la escritora María Cristina Trigo. Pocas semanas después, Julio Cortázar, a quien el escritor cochabambino había conocido en su exilio mexicano, también denunció su desaparición y escribió al respecto que “el poder mata directamente a las voces que luchan contra el conformismos y las críticas cautelosas. Marcelo Quiroga Santa Cruz fue asesinado en Bolivia porque su mera sombra era para los militares golpistas lo que el espectro de Banquo era para la conciencia de Macbeth”. 
Una herida abierta
A principios de la década del ’90, el general García Meza y otros miembros de la narcodictadura fueron condenados a 30 años de prisión en el penal altiplánico de Chonchocoro, sin derecho a indulto, en un juicio de responsabilidades por el asesinato de Quiroga Santa Cruz y otros ciudadanos. Sin embargo, aprovechando diversos vericuetos legales, escapes cinematográficos al exterior o la simple desidia del Estado boliviano, los condenados empezaron a cumplir sus penas en los últimos años. En 2009, durante la jornada en que se ratificó la condena del otrora “Ministro de la Cocaína” Arce Gómez, el vicepresidente Álvaro García Linera expresó: “Hoy no es un día de venganza, sino de justicia. Un día en el que muchas personas nos sentimos congraciados, satisfechos de ver que la justicia tarda pero llega.” 
En marzo del 2015, el dictador García Meza declaró a la prensa que los restos de Quiroga Santa Cruz se encontraban enterrados en una caja de piano en la hacienda San Javier, propiedad del fallecido Banzer Suárez, en el departamento de Santa Cruz de la Sierra. Sin embargo, el dato aportado por el dictador no dio resultados positivos en las pesquisas policiales llevadas adelante en el oriente boliviano. 
El 31 de enero de 2016 la causa tuvo novedades. El prófugo suboficial del Ejército Felipe Froilán Molina Bustamante, alias  “El Killer”, uno de los autores materiales sentenciados por el asesinato de Quiroga Santa Cruz, fue capturado en un barrio de la zona sur de La Paz. Por esos días, en declaraciones al matutino paceño La Razón, José Antonio Quiroga, sobrino del escritor, advirtió: “Esperamos que ahora se pueda reactivar la investigación sobre el destino de los restos de Marcelo. El Killer participó del asesinato y por supuesto que sabe qué es lo que pasó con su cuerpo. Además de Froilán Molina existen otras personas prófugas y el Estado no hace el menor esfuerzo para encontrarlas, y no cumplen su sentencia en la cárcel. Hay un abandono de la indagación.” Para el escritor Sebastián Antezana, nieto de Quiroga Santa Cruz, la captura de El Killer era una buena noticia “que llega vergonzosamente tarde” y enfatizaba que “no es ni un ápice de lo que debería hacer el gobierno de Morales para resolver el caso de desaparición de Marcelo y de todas las demás víctimas de las dictaduras militares que hoy, pese a las fanfarrias y propaganda, siguen postergadas”. 
El dictador García Meza murió este domingo sin aportar datos precisos sobre el destino de los restos del escritor. La búsqueda de verdad y justicia por parte de los familiares continúa. La tumba deshabitada de Marcelo Quiroga Santa Cruz es una herida todavía abierta en la conciencia de los bolivianos. 
Publicado en Tiempo Argentino, por acá

Semillero

Veinte años atrás, Matilde Mendoza armó su primera huerta en la pieza de un conventillo de La Boca: "Tenía las macetas en el balcón. Mientras sacaba las hojitas secas, miraba La Bombonera y me cantaba la hinchada", ríe la señora de 60 años y manos curtidas por la faena agrícola cotidiana. Con sus sabios cuidados, la dama hizo crecer albahaca, apio y cebollitas en los altos de la calle Palos. "Los repartía entre los vecinos, y así reforzábamos las ensaladas que se servían en la pensión". 
Matilde proviene de una familia de laboriosos campesinos de Amambay, en Paraguay, que buscaron labrarse un futuro en la Argentina: "Llevo la agricultura en la sangre. Mis padres vivían de la tierra. Teníamos mandioca, maíz, arroz… todo crecía fácil allá. Tener una huerta en la ciudad es distinto, pero no imposible". 
Cuango se mudó a General Pacheco, Matilde cumplió el sueño del "pedacito de tierra" propio. ¡Casi 20 metros cuadrados! Allí dio a luz a su segunda huerta urbana: "No fue tan fácil, es una zona muy húmeda, con mucho insecto. Por eso me empecé a capacitar, a aprender técnicas". Hace una década se acercó a los talleres del Pro Huerta –el programa del INTA y el Ministerio de Desarrollo Social que promueve las prácticas agroecológicas para el autoabastecimiento y la educación alimentaria– y descubrió nuevos horizontes verdes. Hoy es promotora del programa, da clases magistrales sobre suelos y los cuidados esenciales de frutas y hortalizas.
"Amo las plantas", resume Matilde y acaricia con dulzura de abuela los plantines de paico, menta y peperina que trajo desde su parcela para intercambiar en la feria de huerteros y vecinos montada en la Estación Fluvial de Tigre. "De mi huerta aprendí que se puede comer rico, sano y gratis –se despide–, sólo hay que invertir algo que para muchos es escaso. Plata, no. Tiempo y dedicación".
Comemos como vivimos
El ingeniero agrónomo Claudio Leveratto, del INTA, es uno de los pilares históricos de la feria. Cuenta que dedicó toda su vida a la agroecología, una forma particular de producir, de comer, de encarar la existencia. "Esta feria se hace dos veces al año con el apoyo del municipio de Tigre, pero también funciona en otros puntos del país. Se intercambian las semillas, los plantines y los gajitos que tenemos en casa. Nos enfocamos en la huerta, pero los vecinos también traen aromáticas, ornamentales, lo que tengan. La consigna es compartir: puro trueque, nada de plata. Todos tenemos algo para intercambiar", asegura Leveratto, mientras recorre los puestos florecientes.
Ante un escenario donde reinan el monocultivo como política hegemónica, los agrotóxicos, los alimentos poco saludables y las tristes estadísticas del hambre, hay productores, pequeños campesinos, familias y profesionales que no bajan los brazos: "Nosotros no encajamos en ese paradigma –apunta Leveratto–. Buscamos desmitificar que sea imposible producir sin veneno, sin químicos. También que la agroecología sólo se pueda hacer en pequeña escala. Pueden decir que esto es una utopía, pero la hacemos real con nuestro trabajo cotidiano".  
Tomate con gusto a tomate, lechuga con gusto a lechuga... "Quizá mucha gente desconoce estos sabores. Producir tu alimento no sólo es sano, también es sabroso", explica el ingeniero Víctor Groppa, y regala semillas de tomate amarillo, rojo y negro. Su compromiso con la agroecología se produjo tras la muerte de su esposa, víctima de cáncer: "Muchas veces lo produce la contaminación. Me propuse motivar a la gente a cambiar de alimentación. Una huerta se puede hacer en la terraza, el patio, hasta en la vereda. Si los costados de la Panamericana fueran una inmensa huerta, el hambre no sería un problema".
Sobre el improvisado escenario, Palmito y el Ejército Chapatista de Resistencia Estomacal se despachan con un menú de odas a la buena alimentación. En su puesto repleto de plantines de acelga, ciboulette y romero, Cintia cuenta que milita en una huerta social en el barrio Las Tunas, que da de comer a decenas de familias y comedores. "La huerta genera vínculos entre los vecinos. Las plantas son seres vivos que cuidamos y vemos crecer, que nos unen en comunidad".
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá