lunes, 24 de abril de 2017

Otra oportunidad

Con ojo clínico, Nelly analiza los atributos de una bufanda escocesa. "¡Mire qué lana, bien bonita! Usted sabe, con estos primeros fríos se larga la temporada de invierno, hay que ir buscando precio y calidad, y dejarse sorprender por lo que aparece", asegura la señora nacida y criada en Pompeya. Dos veces por semana visita con puntualidad las instalaciones del Cottolengo Don Orione en ese barrio del sur. En el sector ropería se aprovisiona de muy variopintas prendas de segunda mano, aunque primeras marcas. Luego las revende en una feria de Florencio Varela. "Acá vestí a mis hijos y aprendí a ganarme mis pesitos. Antes se conseguían cosas más interesantes: acá compré los zapatos que usé el día de mi casamiento, unos Liotti que me quedaban al pelo, parecía la Cenicienta. Hay que reconocerlo, el Cottolengo nunca me dejó a pata. Pero bueno, con la crisis, ya no se regala ni un pañuelo", dice Nelly sobre los tiempos violentamente austeros que vive el país. En las ferias, cuenta, la venta de rezagos y ropa usada aumentó en los últimos meses. "La mano viene brava, bravísima", subraya. El trueque volvió a salir a escena.
"Sí, no tenga dudas, los clientes fluyen todo el día buscando alguna oportunidad. Igualmente, se nota que falta dinero", aporta Nora, una de las encargadas. Ante un auditorio de cuatro estoicas compradoras, recita de memoria: "Chalecos a 30 pesos, corbatas a diez, camperas a 150 y pantalones a 30. Busquen, chicas, que hoy llegó de todo. ¡Después de la una, rebajas de 50 por ciento!". Bien temprano, Nora recibe la indumentaria que llega en camiones. Selecciona, clasifica y, finalmente, les señala virtudes y defectos a los clientes. "Los precios son muy accesibles –asevera la coqueta vendedora mientras dobla un abrigadísimo pullover escote en V– pero igual siempre se regatea. El público es variado: al pie del cañón siempre están los revendedores de acá y del interior, algunos curiosos, pero sobre todo gente humilde que no tiene un peso, más que nada ahora. Y bueno, ¿cómo era la frase? –pregunta Nora a una de las señoras–. Sí, esa… habrá que pasar el invierno".
Desde hace más de 25 años, Pablo Bártolo abre religiosamente el galpón de la calle Cachi a las 7 de la mañana. Trabaja para la obra de Don Orione desde que terminó el secundario. "Este, más allá de ser un lugar de oportunidades, es un espacio que ayuda a financiar a los cottolengos", aclara. La institución mantiene centros en todo el país, en los que se atienden unas 2000 personas con discapacidad. El de Claypole es el más importante de la obra parida por el cura piamontés. Don Orione fue canonizado por Juan Pablo II en 2004 y era reconocido como "el padre de los pobres e insigne benefactor de la humanidad dolorida y abandonada". Mientras recorre la nave central, repleta de muebles y electrodomésticos, Bártolo explica que las donaciones refuerzan el espíritu altruista del proyecto. "No vendemos descartes ni basura. Hay un trabajo de selección y reparación. Los donantes le dan una mano a la obra y a quienes se acercan a comprar porque tienen necesidades". Bártolo ejerce el duro oficio de cajero. "La gente regatea mucho, y no sé si es una buena o mala costumbre. Entiendo que la calle está dura, pero a mí me toca defender los ingresos para la orden. Cuando hay crisis, lamentablemente, es cuando mejor se trabaja acá. Pero ahora ni eso: desde finales del año pasado venimos mal. En marzo repuntó algo. No hay plata ni para comprar usado".
Veteranos de Pompeya
Don Mario Gorosito, santiagueño, comanda el área de electrodomésticos. Reconoce con modestia sus dotes para reparar televisores y heladeras "con lo que tiene a mano". En su espacio se ofrecen desde tevés de los años '80 hasta lavavajillas de marcas premium apenas venidos a menos. "Con el cambio de gobierno, la gente volvió a lo usado", arriesga Gorosito, apoyado en un lavarropas automático que espera dueño por 1500 pesos. Precio final. Su hija Samanta trabaja en el sector polirrubro: vende clásicos de Salgari, palos de golf, enseres, juguetes de lata, cubiertos de plata y diversas fantasías de ayer y hoy.
Elvia Espíndola es la decana del espacio de indumentaria. Adora trabajar rodeada de telas, lienzos y tejidos añejos, darles una segunda oportunidad. Con buen gusto, suele aconsejar a los vestuaristas que visitan su reino textil. "Viene mucha gente de teatro y de Indumentaria de la UBA. Buscan vestidos de época. No sabe la cantidad de películas y de programas de televisión que se vistieron en el Cottolengo." Entre las clientas más afamadas, recuerda a Teté Coustarot y a la oriental China Zorrilla.
Las artes visuales también encuentran sus musas en este espacio. Mientras chusmea los percheros repletos de camisas de seda, el artista plástico Ovidio Wain dice de sus visitas al Cottolengo: "Es como un vicio para mí. Compro cepillos, fichas, blusas, cosas antiguas y de mucha calidad. Todo lo reciclo para mis obras." Hoy tuvo suerte: se topó con una camisa hecha en Nueva York a solo 20 pesos. Y quiere encontrar algún sombrero que le dé un aire a Harrison Ford. "Este es un lugar de inspiración. Acá hay muchos mundos. Es una vuelta por el universo".
En el galpón trabajan más de 20 empleados. Armando tiene varias décadas en el gremio. Su hábitat es el espacio dedicado a los muebles. Los arregla, recicla, lustra. Es experto en dejarlos "pipí-cucú", resalta. Mientras plumerea pianos, sillas de oficina y camastros de hierro, cuenta que más de una vez se ha sorprendido por lo que se vende, "cosas raras que uno mira y dice: 'esto no lo llevan ni regalado'. Pero siempre aparece el interesado. Nunca falta un roto para un descosido".
Una crónica en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 17 de abril de 2017

Cuchillo entre los dientes

Pesada, en caída libre, la maza golpea el acero que reposa tórrido sobre el yunque. Ante cada embestida, el vapuleado metal dispara decenas de chispas como un volcán en erupción. Con dosis desparejas de templanza y frenesí, los mazazos de Mariano Gugliotta dibujan el candente acero de Damasco. "¡Guarda con los chispazos! –advierte el artesano y ensaya la arremetida final–. Como le comentaba hace un rato, este va a ser un cuchillo multilaminado, con varias capas. El proceso es largo: hay que limpiarlas, llevarlas a 1200 grados en la fragua y luego hacer el caldeo a puro golpe: una soldadura sin electrodos. Imagínese el trabajo para lograr el dibujo, es como un hojaldre. Arranco con 20 capas, pero se van plegando, después son 40, 80… Soy el segundo que lo hizo en el país. El primero fue mi padre".
Gugliotta lleva en los genes el noble oficio de forjar hojas afiladas. La saga familiar arrancó hace varias décadas, cuando su abuelo Miguel llegó de Italia a hacer la América. En el campo comenzó a trabajar en un taller de herrería y adoptó el gusto gaucho por los facones. Su hijo Miguel, mecánico de profesión, heredó la pasión por trabajar el fierro. "Mi viejo fue explorando esta técnica artesanal que viene de los romanos –recuerda Gugliotta–. Le preguntaba a mi abuelo sobre herrería, pero también aprendía de las revistas especializadas yanquis que llegaban acá en los '80. Pateábamos Corrientes para revolver las mesas de saldos y por ahí aparecía alguna".
Golpe a golpe sobre el yunque, papá Miguel se transformó en un secreto a voces de la cuchillería. Su otra pasión eran las artes marciales, y un día decidió forjar katanas, el sable curvo de los samuráis. Su fama atravesó fronteras: le llegaban pedidos desde Estados Unidos y aun de Japón. Una tarde, Lou Reed, fan y coleccionista, visitó el taller de Villa Soldati para asegurarse una espada.
Hace ocho años, Miguel se retiró. Mariano es el último eslabón de esta genealogía. En su infancia, lo apasionaban las aventuras de Tarzán, Mac Gyver y Rambo: "Cuando le pedí a mi viejo el cuchillo de Rambo, me dijo que era una bosta. Igual me lo compré. Tenía razón, parecía de plástico". Cuando terminó el secundario, estudió Derecho y estuvo al filo de obtener el título, pero lo atraía el metal. "Fue como el cuento 'El llamado de lo salvaje', de Jack London. Largué todo y me metí acá." En 2003 arrancó de cero en su propio taller, en el fondo de su casa. Empezó a buscar su sello de autor con los puñales criollos. Y al poco tiempo, la fortuna golpeó su puerta, cuando un estadounidense le compró uno. A los seis meses, la mítica revista Tactical Knives hablaba maravillas del "cuchillo gaucho" que llevaba su firma. Ese fue el despegue. "Ese año participé en una feria en la Rural. Salí de Soldati con 80 centavos en el bolsillo. Me volví con 1000 dólares". Compró herramientas y máquinas para mejorar su producción, que hoy no supera las dos piezas semanales. Cada cuchilla que forja es una obra de arte. Y se volvió un "coleccionable".
Mientras cae la tarde en el suburbio, Mariano bebe un vaso de Coca Light y repasa la historia de la cuchillería local: "Acá nunca se incentivó la producción de cuchillos artesanales. Al contrario, dominó la importación. Desde la conquista española estuvo prohibido que los nativos usaran armas. Entonces, los gauchos recauchutaban limas, sables rotos: el reciclaje es el origen. En otros lugares fue distinto: los yanquis tuvieron a James Bowie y los alemanes fabricaban en un día lo que acá se hacía en un año." Pese al viento en contra, la pasión nacional por los filos se mantuvo a flote. "Acá nadie se sorprende si sacás tu cuchillo en un restaurante para comerte un asado. Amigos de afuera me dicen que este debe ser el único país del mundo en donde se venden en el aeropuerto".
Antes de despedirse, Gugliotta reflexiona sobre el futuro de la herramienta que le da de comer: "Aunque avance la tecnología, el cuchillo no va a pasar de moda. Piense que nos cambió la dieta, en la época de las cavernas. Cuando el hombre hizo el primer cortante con una piedra, dejó de comer las vísceras de los animales. Empezamos a fetear la carne y creció el cerebro. Empezó otra era. Se lo explico con palabras de un pibe de Soldati."
Memorias filosas
Los cuchilleros empezaron a forjar a fuego lento su historia como arte y profesión hace más de diez siglos. Durante la Baja Edad Media y el Renacimiento, los trabajadores de los metales comenzaron a organizarse en sindicatos y guildas. En su libro El artesano (2008), el sociólogo norteamericano Richard Sennett cuenta que en aquellos tiempos el aprendiz de orfebre estaba sujeto a su puesto mientras aprendía a fundir, expurgar y pesar metales preciosos, bajo la paciente guía de un maestro que lo educaba en su taller. Una vez presentada una obra maestra en su lugar de residencia, el novicio cerraba su período formativo y comenzaba a ejercer su oficio en el vasto mundo. Era una actividad de aires nómades, plagada de aventureros. El gran orfebre "heroico" de ese período fue el florentino Benvenuto Cellini. En su jugosa autobiografía, titulada simplemente La Vita, Cellini se jacta: "En mi obra, he superado a muchos y he llegado al nivel del único mejor que yo". Se refería a Miguel Ángel.
La Ilustración, el Iluminismo, las ideas de libertad de la Revolución Francesa, nacen con una cuchilla y terminan en otra. Denis Diderot, a quien se debe la concepción y ejecución de la Enciclopedia Francesa, la suma de las ideas laicas, libertarias, científicas del siglo científico que fue el XVIII, era el hijo de un cuchillero, y a veces se lo llamaba así despectivamente. Diderot escribió, en los tomos de la Enciclopedia, los artículos técnicos, incluyendo el de la orfebrería. La cuchilla con la que termina esta historia es la de la guillotina, obra de monsieur Guillotin, y perfeccionada por Luis XVI, a quien no le faltaría ocasión de experimentar el uso de tan eficaz invento.
Cocodrilo Dundee
"Sin duda, los franceses son mis mejores clientes. Son locos por los cuchillos. Ojo, nosotros no nos quedamos atrás, y si se alejás un poco de la ciudad, en las afueras de Buenos Aires, todavía siguen resolviéndose pleitos a puntazos", cuenta Julio Argañaraz, un artesano de San Telmo con una docena de años en el gremio. Mientras ordena algunos criollos y damasquitos en su local de la histórica Galería de la Defensa, a pasos de Plaza Dorrego, relata historias dignas de un cuento de Borges: "En Madariaga, un ambiente muy gauchesco, si hay algún atrevido en un boliche, la pelea es a facón. Pero ya no hay tantos revuelos".
Argañaraz es oriundo de Tucumán. En sus 47 años de vida aprendió un sinfín de actividades: trabajó el cuero, crió exóticos peces de estanque y se curtió en la construcción. Con su sombrero gastado, tiene un aire a Cocodrilo Dundee. Se define como un artesano autodidacta. Su pasión por la cuchillería le viene de muy joven, cuando comenzó a armar una colección. Su tesoro era un Randall reluciente. Un día decidió exponerlos a cielo abierto en la feria del barrio y un curioso le ofreció un dineral.
"Cuando estaba negociando, se me ocurrió que esta podía ser una buena manera de ganarme la vida". Se instruyó entonces sobre las diversas aleaciones, el golpe preciso para el forjado y el secreto del templado, el alma del cuchillo.
Argañaraz ha forjado cuchillos con elásticos de autos, clavos de tren y hasta acero de camastros. "A veces agarro un fierro y voy diseñando en mi mente cómo va a quedar. Por ejemplo, este va a ser un machete japonés. Y le voy dando forma: el filo cónico, pienso un cabo, que puede aparecer en la calle, un hueso, una madera rara. Reciclo todo el tiempo, desde pibe. Todo sirve".
Argañaraz mira fijo la hoja de un Bowie pantagruélico: "A veces me piden modelos para cazar jabalíes, para el remate. Se juega todo ahí, y el cuchillo tiene que funcionar sí o sí. La presión que ejerce el animal puede partir la hoja. Y un jabalí no te perdona la rodilla". «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 2 de abril de 2017

El dinero no es todo...

La historia de un país es también la historia de su moneda. "La afirmación da en el clavo, pero permítame ser un poquito más profundo. Atrás de este billete de 10 mil pesos moneda nacional, hay elecciones políticas, económicas, estéticas y, por supuesto, ideológicas. Un pedacito de papel que guarda parte de nuestra historia", dice Fernando Perticone, mientras señala con precisión de coleccionista un billete colorado que se luce en la vitrina del Centro Numismático Buenos Aires. 
En el distinguido hall, Perticone da la bienvenida a una docena de notafílicos: aficionados a la colección de papel moneda, en su mayoría caballeros, que se acercan el sábado por la tarde al caserón de la avenida San Juan, para participar del 2º Encuentro de Coleccionista de Billetes. "Este lugar es nuestro cable a tierra. El Centro tiene 600 socios y abre solo dos horas por semana, los jueves a la tarde. Pero para organizar estos eventos, que hacemos a pulmón, casi que vivimos acá", completa el miembro de la Comisión Directiva. Lo escolta Facundo Vaisman, tesorero del espacio que nuclea, desde hace más de medio siglo, a los fanáticos de las monedas, las medallas, las fichas y, por supuesto, los agasajados billetes.
Sin medias tintas, Perticone asegura que coleccionista se nace. Su caso no es la excepción a la regla. "Desde pibe se me daba por guardar de todo: piedritas, figuritas, estampillas y hasta herramientas. Quería tener todas las medidas, todas las marcas. De alguna manera, esa pasión fue dándole identidad a mi vida." El gusto por los billetes le llegó de grande. Hoy tiene 53 años y desde hace diez es uno de los motores del Centro. La puerta de entrada al universo del papel moneda se la abrió el legendario Catálogo de billetes argentinos de Roberto Bottero, figura capital de la numismática en el Río de la Plata. "Lo compré en un stand de la Feria del Libro, lo abrí y dije: 'Faaa… No solo hay billetes, sino también series, letras, detalles'. Ese día, me cambió la vida." 
Primero hay que saber juntar, después guardar, después averiguar qué es lo que se tiene, y al fin armar una buena colección. "Para ser coleccionista es fundamental investigar sobre lo que uno atesora", detalla Vaisman. "Por ejemplo, usted puede ver este billete de cinco australes, que circuló entre tal año y tal otro, con tal gobierno, que se devaluó, que tiene una simbología, la imagen de un prócer. Hay que estudiar. De alguna manera, somos historiadores." 
Vaisman llegó al Centro por recomendación de los curtidos coleccionistas que se reúnen religiosamente los domingos en el Parque Rivadavia. Y su curiosidad por los billetes se avivó cuando, por casualidad, encontró unos inmaculados australes durmiendo dentro de un libro. "Me surgió la inquietud por saber si tenía la serie completa… todos los valores." Ese día puso primera. En poco tiempo consiguió todas las piezas de la moneda parida durante la gestión de Juan Vital Sourrouille, antes de que comenzara a enfriarse la economía de la tórrida primavera alfonsinista. Vaisman siguió su deriva monetaria con los pesos argentinos, los convertibles y los moneda nacional. Luego, la globalización lo hizo enamorarse de billetes de distintas partes del orbe. "No sé cuántas piezas tengo. Llega un momento en que se me arman cuellos de botella, se pone difícil conseguir o comprar un billete. Entonces hay que arrancar otra búsqueda", dice.
Dónde hay un mango
En la vitrina se exhiben elegantes billetes de fiel papel decimonónico, pero también los ultramodernos forjados en polímero. Rupias indias con la figura de Gandhi, devaluados marcos de la República de Weimar, minúsculos takas de Bangladesh, y hasta el pantagruélico dólar zimbabuense de ¡cinco mil millones de dólares! "Los billetes argentinos son bellos, pero poco vistosos. Tenemos buenas impresiones, ojo", afirma Claudio Fernández, maestro de ceremonias y organizador del encuentro. Señala un ejemplar de moneda nacional que lleva tatuado el busto del general San Martín: "Este era conocido como el 'ladrillo', por su tamaño y color. Circuló hasta finales de los '60. En esos años, el Libertador era el personaje omnipresente. Como antes, la efigie de la Libertad. Ahora hay más innovación, con la incorporación de la flora y la fauna. Son políticas de Estado."
Fernández llegó a la notafilia por línea paterna. Su progenitor era un "coleccionista oculto", que atesoraba ejemplares bajo el vidrio de la mesita de luz. "Igual, esta historia arranca en serio en los años '80, cuando tenía un kiosco en Ezeiza. Como veía gente de todo el mundo, les pedía billetes." Con el tiempo, se hizo habitué de las casas de numismática del centro porteño y también del mercado de pulgas. Su mujer, miembro de una familia de filatelistas, lo aleccionó sobre las virtudes de los catálogos. Pasaron las décadas e Internet sumó conocimientos a sus pesquisas. Hoy pilotea el concurrido blog Billetes del Mundo. "El universo es enorme. Si no te ponés un coto, nunca parás", asegura. Sin embargo, es difícil detener la pulsión. Y por eso Fernández confiesa que colecciona todo lo que cae en sus manos. "Bueno, no todo; si tengo que elegir, me gustan los billetes de 1960 para atrás. Tengo billetes muy raros de la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Piezas militares, de colonias y hasta de campos de concentración." Tiene más de 4000 piezas, conservadas en sagrados sobres de acetato. Extrae de su valija algunos de sus tesoros: divisas del protectorado nazi de Bohemia y Moravia, coloridos ejemplares cubanos de fines del siglo XIX e inmaculados pesos de los años peronistas, con la inscripción "Una Nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana", que borró de un plumazo la Revolución Libertadora.
Antes de despedirse, Fernández cuenta que, por fuera del hobby, el papel moneda también le da de comer. Desde hace años regentea una agencia de quiniela: "Estoy en relación directa todo el día con los billetes. El peligro es que se pueda transformar en un vicio, de mirar todo el día el número, la serie, la firma. Acá hay gente que colecciona billetes capicúas y están todo el día mirando el numerito de serie. Una cosa de locos."
El chanchito de mamá
La imagen se parece a la de un recreo, en el patio de una escuela. En el salón central, señores y muchachitos dan rienda suelta a su pasión. No intercambian figuritas, sino preciados billetes. "La historia monetaria es muy rica. El ingreso del billete a la Argentina es tardío, para 1820, aproximadamente. La gente se manejaba con la moneda de plata potosina, que era una de las mejores del mundo", explica Gastón Subirá, un docente santafesino.
De su abuelo, Subirá heredó la fiebre numismática y una formidable colección de monedas, medallas y billetes centenarios. Más de una vez, cuenta, usó las divisas con fines pedagógicos. Toma algunas piezas del pilón que tiene sobre la mesa y dice: "Por ejemplo, si tiene que explicar el ciclo lanar, puede utilizar este billete con ovejas. O cuando arranca la revolución agrícola, mire este otro con vacas. Ahí también aparece la figura de la mujer con trigo en las manos, que simboliza la fertilidad. En los billetes aparece el imaginario del país." Entre los más curiosos de su colección, están los emitidos poco antes del crack del gobierno de Juárez Celman. Billetes que llevan el rostro del concuñado de Roca y hasta de su ministro de Economía: "Imagínese, como si Cavallo hubiese tenido un billete con su cara en 2001."
En otra mesa, el joven arquitecto Daniel Ruiz recuerda con nostalgia el chanchito-alcancía que su madre le regaló cuando niño. "Tenía la panza llena de monedas, que ella había guardado desde chica. Una tarde, me dio curiosidad y me puse a sacar una por una por la ranura. Un trabajo de artesano. Ahí nomás me di cuenta de que eran todas distintas, y me puse a catalogarlas." Desde hace más de 30 años, Ruiz lleva una suerte de diario íntimo, donde consigna las características y la historia que lo unen a los tesoros que colecciona. "Y sí, soy un fanático del orden. En definitiva, todos los que estamos acá buscamos lo mismo: ordenar el caos."
Publicada en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 26 de marzo de 2017

Un arca rusa frente al Parque Lezama

Solemne, pomposo y sobre todo hierático. Así luce el zar Nicolás II en el retrato que decora uno de los ambientes de la Catedral de la Santísima Trinidad, en San Telmo. La sala de reuniones en particular, y el templo en general, son un viaje en el tiempo a la Rusia presoviética. No lejos del lienzo, las paredes tapizadas exhiben documentos tatuados en eslavo. También fotos viejas, íconos religiosos y hasta un corpulento pasaporte emitido en los años previos a la abdicación del último de los zares. "Es imposible separar al zarismo de la Iglesia Ortodoxa Rusa en el Extranjero. Fundamentalmente, porque llega a la Argentina durante la época imperial", explica el presbítero Alejandro Iwaszewicz, responsable del templo y máxima autoridad en estas pampas de la mayor de las iglesias ortodoxas orientales del planeta. 
Llega algo agitado al encuentro, luego de dejar a su hijo en la escuela. El infernal tránsito porteño no respeta credos ni religiones. "También me demoré porque tuve que comprar flores. Hay que ir preparando las Pascuas, este año coinciden con las romanas, el 16 de abril", confiesa el atareado pastor, mientras asciende por una escalera caracol de madera que conduce a la nave central.
El olor a incienso perfuma el ambiente. Iwaszewicz camina con parsimonia frente al imponente iconostasio, coloca una vela en un candelabro y reflexiona: "Poco antes de que mi padre Valentín se ordenara sacerdote, mi abuela, una campesina sencilla pero muy sabia, le dijo: 'Hijo, nunca olvides que todas las grandes obras se han hecho con las promesas de los poderosos, pero con el trabajo y el dinero de los pobres'. Lo cuento para mostrar la diferencia en cómo se levantó esta catedral, con un aporte muy importante de la Casa Real rusa. El zar no mandó dineros del Estado; donó dinero de su propio bolsillo. Eso marca un camino." 
Guerra y paz
Alejandro comenzó a recorrer el camino religioso desde la cuna. En el templo que lo vio nacer. Su padre, el arcipreste Valentín Iwaszewicz, había dejado la convulsionada Bielorrusia en los primeros días de la avanzada nazi sobre territorio soviético. "Mi familia huyó de Polesia durante la ocupación alemana. Vinieron a hacerse la América. Mi padre tenía apenas un año", explica el misionero. Se instalaron bajo el cielo de Pompeya. Desde joven, Valentín tuvo inquietudes religiosas. Se hizo monaguillo y su fe creció bajo el ala del presbítero Constantino Izrastzoff, padre fundador del icónico templo. Con el tiempo decidió ordenarse sacerdote y dedicar toda su vida al Señor. Se casó, tuvo hijos y comandó la iglesia de la calle Brasil hasta su muerte.
"¿Y cómo comienza mi vocación religiosa?", se pregunta Alejandro, junta sus manos como si rezara y cuenta: "Los rusos tenemos un dicho: 'Tener un hijo no es tener un hijo. Tener dos hijos es tener medio hijo. Y tener tres, en realidad, es tener uno solo.' Eso se explica porque uno de tus hijos va a servir a las órdenes del zar, el otro a Dios y el tercero se queda en casa. En mi caso no funcionó así. Tuve libertad para elegir mi vocación." Luego de terminar la secundaria en el Pueyrredón, de la calle Chacabuco, supo que no le atraían ni la arquitectura ni el derecho terrenal. Mucho menos la fría contabilidad. "Me gustaba la música, cantaba en el coro de la iglesia –recuerda el hombre de la sotana negra–. Entonces le pedí la bendición a un obispo y me fui a estudiar a un monasterio de Estados Unidos." En 1995 se ordenó sacerdote. En paralelo, se ganaba la vida como traductor e intérprete, a partir de la apertura comercial entre la madre Rusia y América, que disparó la Perestroika. 
Desde hace algunos años pilotea con dedicación full time los destinos de la catedral. Se encarga de los celestiales oficios de la fe pero también de los oficios terrestres. "La situación demográfica de la parroquia cambió radicalmente en los últimos tiempos. Éramos tres sacerdotes, dos diáconos y tres lectores. Pero un día murió mi padre. Luego, un sacerdote, que era viudo, se volvió a casar, y entonces perdió el sacerdocio. Otro diácono también falleció, y uno de los lectores se ordenó, pero para la Iglesia Serbia. Ahora quedé yo solito", explica Alejandro, hace silencio y agrega, mirando la cúpula: "Tres años atrás creíamos que teníamos el futuro asegurado, pero hay que entender que el mundo cambia de forma drástica. La juventud es muy huraña, está alienada, mucho con el telefonito, la computadora… Es un mundo virtual. La vida en la iglesia implica que el hombre tenga su mente y su espíritu dirigidos a Dios, pero los pies bien plantados en la tierra, y eso es un problema hoy en día. Sin embargo, no bajamos los brazos. Tenemos esperanzas en que Dios puede ayudarnos, que puede hacer brotar agua de las rocas”.
Constructivismo ruso
La Catedral de la Santísima Trinidad abrió sus puertas el 19 de octubre de 1901, con la presencia del presidente Julio Argentino Roca. Las crónicas de época cuentan que ese día el templo estuvo engalanado con palmas y una gran orquesta aportó la banda de sonido desde la vereda. El arcipreste Izrastzoff dictó su sermón en español y el coro cantó el himno ortodoxo ''Muchos años''. La satírica Caras y Caretas le tomó el pelo a Roca, porque el himno auguraba muchos años de vida y el mandatario ya transitaba sus últimos días en el poder. 
"En esa época, San Telmo era lo más chic, tenía mucho prestigio. Pero también estaba cerca del puerto y era una zona de migrantes", comenta el presbítero, mientras enciende unas delgadas velas. Los planos del templo fueron proyectados en San Petersburgo, con diáfanas influencias del estilo moscovita del siglo XVII. Para ornamentarlo, el zar Nicolás II, la zarina Alejandra y otros nobles enviaron 65 cajones y barriles con piezas artísticas y religiosas. Condujo la obra el arquitecto noruego Alejandro Christophersen, autor de sublimes edificios porteños, como la fachada del Café Tortoni. Desde el Parque Lezama pueden apreciarse las cinco cúpulas acebolladas de color azul que coronan el templo. Las cruces las guían, mirando siempre hacia Oriente. 
El iconostasio forjado en mayólica deslumbra en la nave central. Lo armaron los mismos artesanos gallegos que trabajaron en el Palacio de Aguas Corrientes, en la Avenida Córdoba. Está decorado con íconos de estilo bizantino dignos de Andréi Rubliov. Alejandro enciende otra vela: "Rusia recibe de Bizancio la fe, pero también el arte. Lo curioso es que los artistas rusos lo perfeccionan. Es como el ballet. Mi padre siempre decía que los franceses llevaron el ballet a Rusia. Pero con el pasar de los años, los alumnos superaron a los maestros. Cualquier bailarina que quería tener prestigio, se rebautizaba como Pavlova.”
El método ortodoxo
Mientras posa para la foto, Iwaszewicz resalta la lenta resurrección que ha tenido la Iglesia Ortodoxa en Rusia tras la caída del comunismo. También reconoce los vínculos simbióticos que mantiene la religión con los gobiernos de turno. Los años de Putin no son la excepción. "En los '90, allá la gente en la calle no me trataba bien. Pero la última vez que fui a Moscú, estaba haciendo una larga fila para comprar un café, y de repente el encargado de seguridad me llamó y me hizo pasar al frente. Me decían: 'Pase, batiushka'–padrecito–. La misma forma en que el pueblo llamaba al zar", saca pecho.
Alejandro vive en las instalaciones del templo, junto a su mujer y sus hijos. "Cuando eran muy chiquitos, era complicado explicarles que con solo cruzar una puerta, entraban en un espacio distinto. Donde no podían jugar al fútbol o poner música. Pero con el tiempo se acostumbraron", explica. "También hay gente que, al saber que uno vive aquí, toca timbre porque necesita una palabra de aliento. Hace algunos años, sonaba el timbre a la madrugada, y desde el portero se escuchaba una voz en ruso, que decía que necesitaba rezar o prender una velita, porque un familiar había fallecido al otro lado del océano. Este lugar es un puente, un pedacito de Rusia en Buenos Aires. Siempre funcionó así." «
Publicado en Tiempo Argentino, se lee por acá. 

lunes, 20 de marzo de 2017

Matar al mensajero

La lluvia es particularmente copiosa en la tarde de miércoles. Los baldazos que caen del cielo no apagan el tórrido clamor de los motociclistas. A bocinazo limpio, protestan custodiados por unos pocos agentes de tránsito y el solitario Obelisco. "Las personas no se patentan", llevan tatuadas las banderas que unos estoicos muchachitos motorizados agitan, frente al bravo mar de autos y colectivos estancado sobre la 9 de Julio.
"Nos quieren meter el chaleco de prepo. ¿A quién le gusta que lo traten como ganado?", se pregunta Matías, un mensajero pasado por agua que llegó al microcentro porteño desde Avellaneda. Mientras hace tronar el caño de escape de su fiel Honda CJ 150, dispara una ráfaga de quejas: "No es justo que nos vivan metiendo multas, impuestos, o que nos saquen lugares para estacionar. Ahora también nos discriminan: dicen que todos somos motochorros. Estamos cansados de que nos verdugueen".
El anuncio que oficializó el gobierno nacional sobre las modificaciones a la Ley Nacional de Tránsito fue la chispa que hizo estallar la bronca de los motoqueros. El decreto 171/2017 dispone la obligatoriedad de llevar el número de la patente en el casco del conductor y en el del acompañante, quien además deberá utilizar un chaleco identificatorio. E invita a las provincias y a la Ciudad de Buenos Aires a dictar restricciones a la circulación de motos con dos ocupantes en determinadas zonas y horarios. Días atrás, con tono severo, la ministra de Seguridad Patricia Bullrich había anunciado en conferencia de prensa que las medidas forman parte del combate contra los "motochorros". Un nuevo capítulo local de la trillada mano dura, con dosis parejas de tolerancia cero.
"El gobierno no sabe qué hacer con la seguridad y por eso nos quieren meter a todos en la misma bolsa", explica Sebastián, un motoquero nacido y criado en Los Polvorines. Se enteró de la convocatoria a través de las redes sociales. Llegó hasta el Obelisco acompañado por varios colegas fleteros que también surcan las calles del centro y el Conurbano haciendo entregas sin respiro. "Lo quiero dejar clarito. Nosotros no somos motochorros –dice, rotundo, se seca las gotas que ruedan por su rostro con el puño del buzo y luego señala a los empapados escuderos que lo escoltan–, somos laburantes. No robamos ni un caramelo. Las familias que llevamos cargadas sobre nuestras espaldas dependen de nuestro trabajo. Que no le compliquen más la vida a los laburantes humildes".
Súbete a mi moto
A las 5:30 de la tarde, el aguacero no da respiro. Matías hace malabares para prender un Philip Morris, sobre la avenida Corrientes. Cuenta que está en el gremio motoquero hace más de 20 años. Su primera moto fue una Zanella RX 125, color rojo furioso. "Arranqué en bici, pero junté pesito a pesito y me pasé a la moto. ¡El sueño del pibe!", resalta, mientras peina su bigote vikingo. "Hacía fletes, y la verdad es que conocía poco y nada del centro. No existía el GPS ni Google Maps. Era Guía Filcar a morir. Con el tiempo me fui curtiendo. Se te empieza a dibujar el mapa de la ciudad en la cabeza", dice el fornido joven de Rafael Calzada. Mientras acaricia el lomo de su embarrada Honda Twister, confiesa que el laburo de mensajero no es para cualquiera. La ciudad es una jungla y hay que andar con mil ojos en cada esquina. "Salgo a buscar el mango todos los días. Está jodida la mano. Yo creo que estas normas son para sacarle plata a la gente. Sirven sólo para eso. No quieren más mensajeros en la Capital: no hay carriles para nosotros y el estacionamiento es un lujo asiático". Antes de perderse en una manada de choperas, se queja de las tres grúas que acondicionó la Ciudad para incautar motos mal estacionadas en el microcentro. Y recuerda que no es la primera batalla que han tenido que librar. Trabajadores combativos como pocos, pusieron el cuerpo en las sangrientas jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001: la "infantería motorizada del pueblo" que enfrentó a la represión de De la Rúa. "Por nuestras familias y por esa historia estamos acá –dice, pita hondo el cigarrillo, luego tira el humo hacia el cielo plomizo y agrega–, peleándola".
A unos pocos metros, enfundado en su plástico traje de lluvia, Fefe hace chillar con fruición la bocina de su corcel. Cuenta que para alimentar a su familia se pasa la jornada entera arriba de la moto. Durante el día le da duro y parejo a la mensajería. A la noche vende sus caballos de fuerza en el delivery de un restaurante de Flores: "Laburo no sobra, algo se mueve: tres o cuatro viajes por día. ¿Dónde voy a encontrar otro trabajo? Si cada vez cierran más fábricas".
Diarios de motocicleta
Para evitar patinadas, Daniel Scoglio dice que es importante ser precisos con el lenguaje. Ni motoquero, ni mucho menos motochorro. Se define como motociclista. A lo sumo "motero", como se apodaba a los fanáticos en el pasado. Tiene 65 años, y 53 en la comunidad de las dos ruedas. Conduce los destinos del Club Motos Clásicas desde hace 26. Su primer amor fue una mítica Harley Davidson. "Mi viejo me la hizo vender porque era muy grandota", se lamenta. Hoy es el orgulloso dueño de 30 rodados. "Imagínese si tengo que tener casco y chaleco para cada una. Estas medidas muestran la ineficacia de los políticos. ¡Y que me los dejen a mí a los motochorros!", se despide.
No muy lejos, David Mansilla acelera a fondo su Nighthawk modelo 1993. "Acá arriba me siento libre. Cuesta ponerlo en palabras, pero si tengo algún problema, me subo a la moto y me cambia el día." Viste de estricta etiqueta metalera: chupines, borcegos y una campera de cuero que lleva tatuada la frase "Marchar o Morir". "Es una canción de Motörhead y el nombre de mi motoclub: mis colores –cuenta, amable–. Quiero seguir llevando ese lema en mi espalda y no una patente. Al presidente no se le exige que ande por la vida con un chaleco con las causas que tiene".
Poco antes de que caiga la noche, la caravana sale disparada rumbo al Congreso, donde concluye la protesta. Desde un islote de la 9 de Julio, Daniel González saluda el paso de los bólidos, agitando un arrugado chaleco fluorescente. Llegó a pie. Su moto está en terapia intensiva en un taller de Hurlingham. "No me lo quería perder –explica y no deja de saludar a sus compañeros–. Al gobierno le digo que con estas medidas no va a haber más seguridad. La seguridad es que haya más trabajo, educación, salud. Esa es la única manera de que el país vaya para adelante". 
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 13 de marzo de 2017

Los gondolieri del Riachuelo

Sentado en un banco a metros de Almirante Brown, José deja que se escurra la tarde del jueves. Mira en profundo silencio las aguas cenagosas que separan la Capital de los superpoblados suburbios. A unos pocos pasos, duerme su siesta el centenario Puente Transbordador Nicolás Avellaneda. Son poco más de las cuatro y La Boca luce una soledad ejemplar. 
"¿Si esto fue siempre así? No, muchacho, para nada. Ahora es un desierto, pero cuando trabajaba el puerto, y eso habrá sido por lo menos hasta los años 70, esto era un boom, un auge de novela", asevera José, curtido miembro de una de las tantas familias de migrantes que supieron romperse el lomo en la belle époque boquense. "Justo acá donde estamos sentados, los trabajadores hacían las filas para zarpar en los botes hacia la Isla Maciel –dice el hombre, cierra los ojos por un instante y pinta una escena sacada de una obra de Quinquela Martín–. Barcos pesados navegando, los boteros apurando el cruce y yo corriendo con mis amigos cerca del trasbordador oxidado. El río estaba vivo y para nosotros era un juego." 
De repente, el traqueteo ensordecedor de los camiones que surcan las alturas del nuevo Puente Avellaneda, trae a José de vuelta al presente. "Ya le dije que eran otras épocas. Ahora no queda nada de aquello. Los barcos no entran, deben quedar tres o cuatro boteros y yo no puedo correr ni el colectivo", dice, y dedica una última mirada a las aguas que bajan turbias hacia el Río de la Plata. 
La posibilidad de una isla
Juan Carlos Mansilla tiene 67 años. Hace 43 que es botero. De su padre Luis heredó el oficio, y también al Don Conrado, su bote. Con precisión de biógrafo, todavía recuerda su primera travesía por las aguas barrosas del Riachuelo. Fue en las vísperas del Día de Reyes, el sábado 5 de enero del año 1974. Perón piloteaba por tercera vez, y con viento en contra, los destinos de la Patria. "Mi viejo me hizo entrar a laburar con este bote que ahora ve flotando –subraya Mansilla y ayuda, con ademanes de caballero, a una pasajera que aborda la histórica embarcación–. A mí me enseñó a remar mi padre. Yo le enseñé a mi hijo. Y él le va a enseñar a mis nietos. Este oficio es descendencia.”
Suelta amarras, hunde los remos y comienza con su faena cotidiana. El eterno retorno entre La Boca e Isla Maciel. En poco menos de cinco minutos, el bote une las dos orillas. "Obvio que antes había más movimiento. Piense que en la isla estaban instalados La Blanca, La Negra y el Anglo. Acá se laburaba las 24 horas. Cruzaban 10 mil personas por día y había como 40 boteros", asegura Mansilla, mientras cobra los magros cinco pesos del viaje al primer pasajero de la tarde.
De aquel pasado dorado, con industrias pujantes, fondas repletas de marineros y prostíbulos lujuriosos, queda apenas un fantasma. "Por ahí a la una de la madrugada bajaba un poco el laburo. En esa época llegué a remar un día entero sin parar", se ufana Mansilla, y enseguida seca con un repasador las gotas de sudor que le bajan rodando por el cuello.
El puñado de gondolieri que queda ofrece su fuerza de trabajo de lunes a viernes, entre las 6 de la mañana y las 8 de la noche. "Está dura la mano –cuenta Mansilla–, porque la competencia del puente nuevo y su cruce peatonal nos dejó nocaut. El bote lo usan más que nada los chicos que van a la escuela y los vecinos viejos de la isla. Hace unos años, muchos compañeros agarraron el subsidio que ofreció la Municipalidad y dejaron el bote. Igual, acá estamos. Hay tres funcionando: el Rosa María, La Sacra Familia y el Don Conrado. Hacemos turnos. El muchacho de la mañana vive 100% de esto. Mi hijo Silvio y yo tenemos otras changas.”
Mansilla es un homo viator. Su vida está intrínsecamente ligada con el gremio del transporte. Más allá de su dilatada experiencia como botero, en el pasado supo conchabarse en el subte y desde hace décadas pilotea un taxi por la ciudad de la furia. Pero su verdadera pasión es el remo y todas las tardes vuelve a su primer amor: "En el auto me pongo nervioso por los bocinazos, los piquetes y la mala educación de los pasajeros. Este es mi remanso. Vengo, me hago unos mangos y encima me hace bien a la salud. No me quiero agrandar, pero debo ser el botero que más remó en la historia. Imagínese: 80 metros durante 40 pirulos. Ya debo tener encima dos viajes ida y vuelta hasta Japón.”
Todos a los botes
Sentado en la popa, Beto recuerda las mil y una travesías que compartió junto a Mansilla, en las dos décadas que lleva cruzando el Riachuelo. "¡Si habremos pasado tormentas! Pero nunca tuve miedo. Cuando subo, me entrego en cuerpo y alma. Confío plenamente en nuestro capitán. Es mejor que el del Titanic", bromea el morrudo gastronómico. Cuenta que en más de una ocasión, los boteros le salvaron las papas cuando se quedó dormido y tenía que salir disparando para llegar a su trabajo en el microcentro. "Es como una gran familia –asegura el atareado Mansilla, mientras le da duro y parejo a los remos–. Los vecinos son mis parientes. Si acá mismo conocí a Eva, mi mujer. Mire que yo tengo facha, pero me la hizo remar un montón. Al final llegamos a buen puerto.”
Desde babor, María comenta que hace 30 años que utiliza el servicio unas tres veces al día. No puede borrar de su memoria una remota jornada de sudestada. "Fue como un maremoto, un ventarrón que casi nos dio vuelta", exagera la vecina nacida y criada en Maciel. Desde hace algunos años, por precaución, la Prefectura les prohíbe a los boteros realizar su trabajo en los días de lluvia o de abundantes vientos.
En mitad del recorrido, el botero eleva su brazo, señala el alto puente y narra una vez más una historia que le contó su padre. "Desde allá arriba, un día se tiró un borracho y cayó a pocos metros del bote de mi viejo. Con la ayuda de un pasajero, lo pudieron sacar del agua y lo tuvieron que reanimar, porque estaba medio ahogado. Después lo llevaron al cuartel de bomberos. Mi viejo se sentía un héroe, pero la historia no termina ahí –mete suspenso Mansilla–. Un par de horas después, cayó el hermano del ahogado en la costa y lo quiso agarrar a palos a mi padre. Le recriminaba que hubiera salvado a un hombre que se quería suicidar. Este mundo está chiflado." 
El hombre amarra el bote sobre el muelle que da a Brown y acaricia una vez más los remos. Todavía le restan varias horas de trabajo. Antes de despedirse, otea la ciudad junto al río inmóvil y dice: "Mi abuela María Matilde Vieira, portuguesa nacida en la isla de Madeira, lavaba la ropa en estas aguas, que eran como las de los arroyos que bajan de las montañas. Cuando lo veo así al río, me da mucha tristeza. A veces lo miro fijo un rato, y me pongo a pensar en todo lo malo que nos está pasando. Sin embargo, acá está mi vida. Desde los 14 que estoy acá con mi viejo. El río es mi familia, mis amigos y mi trabajo. Es todo." «
La reinauguración del Transbordador, en mayo
Desde hace varios años, las autoridades nacionales amagan con la reinauguración del Puente Transbordador Nicolás Avellaneda, abandonado a su suerte hace más de 50 años. En las últimas semanas, el Ministerio de Transporte de la Nación anunció que está prevista para mayo próximo, cuando Vialidad Nacional concluya su restauración. 
Inaugurado el 31 de mayo de 1914, la estructura metálica con una pata en La Boca y la otra en la Isla Maciel, es un ícono no sólo del barrio sino de toda la Ciudad. Una obra erecta por un discípulo de Eiffel, testimonio tardío de la “poesía industrial” del siglo XIX. Hoy el puente es uno de los ocho que sobreviven en su tipo en el mundo, y el único fuera de Europa. Los otros están en Vizcaya (España), Newport, Warrington y Middlesbrough (Reino Unido), Osten y Rendsburg (Alemania) y Rochefort (Francia). 
La reapertura del transbordador no es vista con desconfianza por los históricos boteros. Es más, piensan que podría hacer crecer su actividad y ligarla así al nicho turístico que visita en masa el barrio de La Boca.
Publicado en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 19 de febrero de 2017

Crónica carioca

Todos los días lunes, religiosamente, los fieles se congregan en la Pedra do Sal. La catedral a cielo abierto del samba carioca se erige en el popular barrio de Saúde. En la zona céntrica de Río de Janeiro, al pie de una escalera tallada en las rocas, sobre la rua Silva Pinto. De espaldas al ostentoso paseo marítimo y a los flamantes museos construidos para la celebración de los Juegos Olímpicos.
Sobre la diminuta plaza seca hay un solitario cocotero. Desde el atardecer, los puestos de los vendedores de cerveza y caipiriña florecen cerca de la mesa que oficiará como altar. Una carpa colorida completa la escenografía. Las paredes de las casas que custodian el ágora están tatuadas con grafitis. Sobre una de ellas, hay un esténcil con el busto de una morocha de rulos eléctricos, acompañado por una advertencia: “Crespo es bello, feo, ése es su prejuicio”. No muy lejos, otro mensaje, uno que se repite: “Fora Temer”.
A las ocho de la noche, el sol tremendo se despide de la Cidade Maravilhosa. Sin embargo, el calor se resiste y no da respiro en este barrio que fue bautizado como la “pequeña África” por el compositor Heitor dos Prazeres, uno de los santos patronos del género junto a Cartola, Nelson Cavaquinho, Adoniran Barbosa y Aniceto do Império. 
Viejo mercado de esclavos y escenario de ofrendas a los orixás africanos, para las primeras décadas del siglo XX Pedra do Sal ya se había transformado en el punto central de reunión de los músicos que descendían al bajo fondo carioca desde los empobrecidos morros.
“Esta es la cuna del samba: la zona portuaria, el barrio de migrantes bahianos y, sobre todo, el territorio de los esclavizados”, asevera rotundo Neis Jota Carlos, un elegante jubilado ataviado de punta en blanco: sombrero jipijapa, guayabera crema y zapatillas de running al tono. Neis araña los 80 años, es mecánico hidráulico y está casado hace décadas. Muchas décadas, subraya. Su pasión es la música en general, y el samba en particular. Toca, canta y compone. Mientras degusta una lata de Antarctica bien helada, recuerda sus primeras derivas bohemias en la Pedra do Sal: “Cuando era joven, venía con amigos a cantar y tomar unas cervezas. No era ni por asomo lo que puede ver usted ahora, con tanta gente. Esto era más bien un desierto.” Neis resalta que con el paso del tiempo, y pese a la reticencia de la élite, el samba ganó miles de fanáticos y se transformó en parte fundamental de la identidad nacional brasileña. Antes de perderse en un mar de danzarines y turistas, arriesga: “Acá se dio el origen. Pedra do Sal es la génesis de nuestra cultura.”
Ruido de rotas cadenas
Por estos días, el samba festeja su centenario y lo hace, obviamente, bailando y cantando en Río. Las crónicas de época cuentan que poco más de un siglo atrás, el 27 de noviembre de 1916, se registró en la Biblioteca Nacional de Brasil el primer “samba carnavalesco” de la historia, titulado simplemente “Pelo Telefone”. La canción hizo delirar a los cariocas en el carnaval del '17. El compositor Ernesto dos Santos, alias “Donga”, y el periodista Mauro do Almeida figuran en los registros oficiales como los autores de la pieza. Detalle no menor, polémico y sobre todo discutido, ya que las malas lenguas cariocas cuentan que, en realidad, “Pelo Telefone” fue una creación coral, parida por media docena de músicos, un colectivo bohemio y errante que solía reunirse en la zona portuaria a cantar en ronda y celebrar el candomblé. Encuentros que se realizaban en la casa de Tia Ciata, una migrante bahiana, referente de la cultura afrobrasileña e indiscutible madrina del samba.
“Es imposible separar la historia del samba de la cultura de los esclavizados. Aquí cerca llegaban los navíos negreros, con los hombres y mujeres que sobrevivían y no eran arrojados al mar luego de las penurias del viaje. Muchos se establecieron por esta zona”, recuerda con aires de historiador revisionista Peterson Vieira, un percusionista que integra el grupo que animará la velada. Agrega que toca samba desde la cuna, arrancó a ganarse sus primeras monedas en el gremio a los once. Hoy tiene 41 y se dedica full time a darle duro y parejo al pandeiro. “La Pedra do Sal era el lugar donde descargaban la sal que se utilizaba para conservar los alimentos. Cuando se abolió la esclavitud, construyeron sus viviendas rodeando la piedra. Ellos mismos tallaron los escalones”, dice el músico y señala la curtida roca. Mientras calienta sus muñecas, Vieira afirma con orgullo que su familia desciende de aquellos esclavizados que plantaron la semilla del samba. “El género tuvo su etapa under y marginal, porque los ricos la escuchaban con desprecio. Pero siempre fue popular. Lo importante es que las nuevas generaciones se siguen acercando, el samba los moviliza. Y eso se puede ver y sentir acá”, dice y se acomoda en la cabecera de la mesa, junto a sus fieles mosqueteros: “El buen sambista tiene que preocuparse por la cultura, construir su propio estilo y, sobre todo, amar el samba.”
Samba de mi esperanza
Cuando faltan pocos minutos para las nueve de la noche, los músicos sueltan amarras y así comienza una larga travesía por un mar de sambas. Desde los pequeños parlantes: guitarras, cavaquinhos y surdos hacen de las suyas. En la plaza y sobre la rocosa tribuna, los fanáticos comparten cervezas y también algo de maconha. Mueven el esqueleto con dosis desparejas de elegancia y frenesí.
“No tenemos un repertorio fijo, hay que estar atentos a los pedidos de la galera”, cuenta Vinicius, un jovencísimo guitarrista. Mientras ajusta las cuerdas de su instrumento, confiesa que el samba es su familia, su cómplice y todo. En la rua, codo a codo con sus colegas, aprendió que el mejor sambista sabe combinar la intuición con la armonía, y no deja afuera el arte de la improvisación. Antes de volver al ruedo, el violero recomienda “Samba da Bencão”, un clásico de su afamado tocayo Vinicius de Moraes, como metáfora de los tiempos agitados y algo oscuros que vive el Brasil. Un poema que homenajea a los grandes sambistas y a sus creyentes. En una de sus estrofas dice: “El buen samba es una forma de oración / porque el samba es la tristeza que compensa / y la tristeza siempre tiene una esperanza / de un día no ser más triste.” «
Letra picante, modificada para evitar problemas
“El jefe de la policía / por teléfono / mandó a avisar / que en Carioca / hay una ruleta / para jugar”. Así comenzaba la versión original del clásico samba que cumple por estos días 100 años. Sin embargo, a la hora de su registro en la Biblioteca Nacional de Brasil, los versos picantes sufrieron modificaciones, para evitar el enojo de las autoridades policiales. En los documentos oficiales, por ejemplo, el “jefe de la policía” pasó a ser “el jefe de la diversión”. Corrían tiempos violentos y complicados. Las autoridades no miraban con buenos ojos a los bohemios, migrantes bahianos y músicos negros. Por eso, los padres de la samba prefirieron evitar la provocación.
Un par de décadas después, una de las ramas del samba floreció tocada por el jazz y dio lugar a la bossa nova. Nació entonces un auténtico puente rítmico entre lo erudito y lo popular.
El ajuste llega al Sambódromo
El ajuste impulsado por el gobierno neoliberal de Michel Temer llegará también al Carnaval de Río. Con menos apoyo estatal, los desfiles en el Sambódromo carioca serán austeros este año. Desde la Liga Independiente de Escolas do Samba de Río de Janeiro (LIESA) afirman que el Carnaval 2017, que arranca el próximo 24 de febrero, será el menos vistoso de los últimos tiempos, por la falta de auspiciantes y el tijeretazo en los aportes que realizó el Estado. Igualmente, las comparsas prometen que la alegría no tendrá fin. Desde este viernes y hasta el martes 27, los bloques derrocharán su magia y brillo en el sambódromo Marqués del Sapucaí, la cuna mundial del Carnaval. 
Las rodas porteñas 
En la calle Honduras 5774, en pleno barrio porteño de Palermo, se erige el colorido Boteco do Brasil, un espacio ideal para los fanáticos porteños del samba. Una antigua casa decorada con aires cariocas, cuyo restaurante ofrece tragos y manjares de la rica gastronomía brasileña. Todos los domingos, cuando cae el sol, se celebran allí intensas rodas de samba. 
Se lee en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 13 de febrero de 2017

Love Parade andino

El porro empezó a pegar justo cuando en el acoplado del camión sonaba “Praise You”. Las Yungas, Bolivia. Arrancaba el tórrido febrero de 2002 y nosotros –un variopinto grupo de mochileros harapientos sin rumbo fijo y una glamorosa cholita paceña– nos ahorrábamos unos pesos viajando de prestados en el techo de un destartalado Volvo, que rozaba las cumbres de la Cordillera Real.
El bólido era una serpiente emplumada que avanzaba a los tirones por el que llaman el "Camino de la Muerte". Por esos años, la vía más peligrosa del planeta y sus desfiladeros devoraban vidas con fruición. Al conductor del Volvo nada lo apichonaba. Su ágil muñeca lo ayudaba a ganarse el salario del miedo.
Nuestra deriva había arrancado en el pequeño pueblo de Coroico y tenía destino final en la hoyada de La Paz, la antigua capital aymara del mundo. El viaje fue largo, casi eterno. Un día hacinados en el acoplado repleto de plátanos maduros y cuerpos sudados. Recuerdo que desde mi grabadora de mano no dejaba de sonar "You've Come a Long Way, Baby", la desaforada ópera prima del desaforado británico Fatboy Slim.
La cholita de largas trenzas, sobrio bombín y prolijas polleras movía la patita cada vez que el cassette ensayaba el eterno retorno de la cinta. De verdad, la señora sabía cómo moverse.
Entre picos nevados y selvas de altura, bailamos hasta casi morir, mientras el Volvo flirteaba con cornisas y barrancos. Fue nuestro Love Parade del subdesarrollo. Condimentado con picante andino.
Se lee en el Suplemento Verano, en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 5 de febrero de 2017

Memorias del subsuelo

Sobre los camastros de cuero, media docena de plácidos caballeros duermen la siesta. Los acuna el ambiente tórrido que inunda el segundo subsuelo del Hotel Castelar. En las entrañas de la Avenida de Mayo, los fundamentalistas del sudor encuentran su lugar en el mundo. Búnker de hombres solitarios, artistas bohemios, empresarios en su break y políticos sin chances de esconder nada bajo las mangas. Llueva, truene o se caiga el mundo a pedazos, el subsuelo está aislado de las preocupaciones de la vida terrenal.
En días de la semana y en horas calculadas, generalmente desde el mediodía, hombres de negocio, veteranos del under y algunos turistas se congregan en los baños turcos del Castelar. “La mayoría sale de la oficina y se toma un baño turco o un sauna. También una cervecita, un sanguchito de crudo”, enumera Fernando Vecchio, el fogueado encargado, con 21 años en las profundidades, mientras alcanza unas toallas a un cliente de origen brasileño.
El sauna abrió en los ‘50 y tiene tres cámaras. La primera está ambientada a 45º C y es bien húmeda. En la segunda, de estilo finlandés, el termómetro asciende seco a 60º. La tercera, casi un infierno en la Tierra, alcanza los 90º de térmica. “Es para estar cinco minutos, pero hay caballeros que se quedan media hora. Varias veces tuve que entrar a sacar alguno y llamar a emergencias”, completa Vecchio. Hace una década, el viejo baño turco sufrió una lavada de cara. Aggiornado como spa, incorporó un coqueto hidromasaje. “Limpia la piel, abre los poros y libera toxinas. Antiguamente, los sábados al mediodía estaba repleto, porque los que salían el viernes de gira, venían a tirar el alcohol. Era como una destilería y no dábamos abasto a la hora de poner esencia de algarrobo para tapar el vaho.”
Mientras recorre el pasillo poblado por los añejos cambiadores de cedro, Vecchio repasa las personalidades que visitaron el subsuelo. Hay cabinas con plaquetas doradas que les rinden homenaje. La 61 era la de Horacio Guarany. Muy cerca, dejaban sus petates Pascualito Pérez, Tato Bores y Aníbal Troilo. Sandro también era habitué, pero muy reservado: el Gitano pedía que abrieran a la madrugada. “De los políticos –completa el encargado–, me acuerdo de Erman González, que venía con su guitarra y despuntaba el vicio con clásicos del folclore.”
El medio es el masaje 
Para Norberto de la Rosa, el cuerpo habla. Y muchas veces pide a gritos un masaje reparador. El curtido masajista cuenta que con sólo rozar los músculos de los pies de sus clientes, es capaz de reconocer el nivel de tensión que comprime sus desdichas. Lleva 35 años de servicio en el Castelar. Arrancó cuando tenía 29. Su entrada al milenario universo del masaje se dio de casualidad. Hastiado por sus tareas de empleado administrativo, incursionó en un taller de yoga. Fue una epifanía. Conoció el arte de la respiración y de las posturas sanadoras. También aprendió a relacionar el masaje con la trasmisión de energía. Desde entonces, De la Rosa es cultor de una rama más New Age del gremio, con aptitudes relajantes y antiestrés. Un paradigma que rompe con el tradicional masaje de fuerza. “Acá se estilaba el masaje activo. El cliente llegaba y te decía: ‘Matame, porque ando mal’. Y no es sencillo: piense que para hacerle masajes a una persona de casi 100 kilos prácticamente hay que poner el alma.” Aquellos tiempos rudos y de muchachos sin gomina quedaron en el pasado: “Ahora prendo un sahumerio y propongo ejercicios sencillos. Es posible hacer un masaje profundo sin estrujar al cliente. Pero ojo, no son caricias.”
En una buena jornada, De la Rosa atiende sin respiro hasta ocho clientes. Tiene las manos llenas de historias. Sus dedos han estado a las órdenes de Andrés Percivale, Julio Bocca y el profesor Raúl Madero. Sonríe apoyado en el cambiador que lleva tatuado el nombre de Leonardo Fabio (sic), y cuenta que compartió varios mate cocido con el director de Crónica de un niño solo: “Incluso fui a atenderlo a su casa. Una tarde me dijo que estaba algo aburrido y cansado. Entonces propuso ir al zoológico porque quería ver a ‘los monos con el culo pelado’. Tomamos un taxi, nos acompañó el cantante Yaco Monti. Claro, en Palermo la gente lo reconoció, le pedían fotos, y no pudimos ni entrar. Era un gran tipo, ayudaba mucho a sus amigos. Ya le dije, este lugar está lleno de historias.”
Cable a tierra
Daniel es uno de los clientes con más pergaminos en el Castelar. Lleva más de cuatro décadas visitando el subsuelo. “Eran otras épocas, otro ambiente, muy popular”, añora el martillero público retirado. Es un hombre metódico. Dos veces por semana, se toma el subte en Caballito, camina unos metros por Avenida de Mayo, desciende la escalera, hace tres entradas en las cámaras y se duerme una siestita. “En mi organismo es necesario, salís nuevo. Es mi cable a tierra”, dice Daniel, ataviado con una bata inmaculada. Sentado en el bar del sauna, degusta una cerveza helada y dos empanadas de carne. “Estoy casado, y la verdad que reniego cuando como solo en casa. Pero acá es otra cosa, es un placer disfrutar de la soledad. Mejor que el psiquiatra. Me ayuda a reflexionar.” Entre las decisiones trascendentales que pensó en frío, mejor dicho en caliente, destaca la vez que decidió abandonar el paracaidismo deportivo: “Era una actividad que preocupaba mucho a mis padres”, agrega.
Detrás del bar forjado en mármol de Carrara, Gustavo Souto despacha gaseosas a los clientes. Lo custodia una añeja heladera de madera que, cuenta, tiene la puerta rajada por un puñetazo de Ringo Bonavena. Al campeón de Parque Patricios no le gustaba esperar demasiado por su trago. “Ahora la gente está más relajada –dice Souto–. Ya no está el cliente que se toma una medida de whisky. Prefieren las bebidas light, las ensaladas. Se cuidan mucho.” Parece que desde hace un tiempo, la puritana vida sana también gana por nocaut en el under. Mientras transpira la gota gorda preparando un cortado, Souto confiesa que está acostumbrado al calor del subsuelo: “Por ahí me falta un poco el aire, y después de ocho horas acá abajo, ni le cuento. Pero cuando subo la escalera y salgo a la calle, es un renacer. Esa bocanada de aire fresco no tiene precio.” >
Una joya en la Avenida de Mayo
El Hotel Castelar es una de las joyas que engalanan la alicaída Avenida de Mayo. Diseñado por el arquitecto italiano Mario Palanti –el mismo del dantesco Palacio Barolo–, abrió sus puertas giratorias en 1928. Su dueño, el empresario textil español Francisco Piccaluga, lo bautizó en honor al presidente republicano Emilio Castelar Ripol. Es un cinco estrellas con dosis parejas de modernidad y lujo: fue el primero en tener comedor refrigerado, baños privados en las habitaciones y un spa. Por sus elegantes salones y cuartos pasó la crema y nata de la política y la cultura nacional: desde Norah Lange hasta Alfonsín, sin olvidar a Borges, Tania, Pettoruti y Frondizi, quien allí dormía religiosamente la siesta.
La habitación de Federico
En cada rinconcito de la habitación 704 se puede apreciar la huella nítida de su ocupante más ilustre: Federico García Lorca. El poeta andaluz se hospedó en el Hotel Castelar durante su prolongada estadía porteña, entre octubre de 1933 y marzo de 1934. Cuentan que en el modesto cuarto –con baño privado– Federico se emperifolló de gala para ir al estreno de La zapatera prodigiosa en el Teatro Avenida. También departió largo y tendido sobre la cama de hierro con el entonces cónsul chileno Pablo Neruda –que pasaba a buscarlo antes del desayuno para zarpar en su deriva bohemia–. Pero sobre todo, y a través de la luminosa ventana que da a la Avenida de Mayo, se enamoró a primera vista de la agitada vida cultural porteña.
"A pulmón logramos recuperar los muebles de época, está todo reconstruido tal cual lo conoció Federico", resalta María Cafora, tesorera, motor del área Institucional del hotel y, por supuesto, ferviente lorquiana. Desde hace seis años, la habitación del 7º piso está abierta al público como "cuarto museo". Atesora textos, dibujos, publicaciones y fotos históricas. Todos los miércoles, desde las 17, Cafora –con atavíos de bailaora flamenca– guía a los visitantes por diversos espacios del hotel que rescatan momentos cumbres de la vida del autor del Romancero gitano. Una vieja guardia de seguidores y también fans más jóvenes, llegados de todo el mundo, se emocionan con el tour: "Algunos lloran, cantamos mucho 'Ojos verdes' y rescatamos la pasión de Federico. Este es un espacio que no pertenece al hotel sino a toda la humanidad." Las visitas arrancan en marzo y tienen un costo de 100 pesos.
Crónica publicada en Tiempo Argentino por acá

lunes, 30 de enero de 2017

Alasita: la feria de los sueños sin fronteras

“Acerque el Ekeko, casera”, ordena el yatiri a una auténtica cholita paceña de elegante pollera bordó. El sabio andino baña entonces la figura del morrudo diosito con humo de incienso y unas gotitas de alcohol fino. “Harto rato hay que esperar para tener turno para la chall’a, pero la fiesta no está completa si mi Ekeko no recibe la bendición”, explica paciente Julia Vargas, una migrante que llegó a la Argentina hace más de 20 años, mientras el chamán termina su faena recitando una oración en aymara. El bigotudo Ekeko que abraza Vargas con amor maternal está cargado con fajitos de pesos argentinos y dólares norteamericanos, pequeñas bolsas llenas con arroz y fideos y un par de electrodomésticos del tamaño de un meñique. “Ojalá se cumplan mis sueños para este año. Creo que si uno los desea, van a hacerse realidad. La fe mueve montañas”, confiesa la señora y luego se pierde entre la multitud. Es que los sueños, sueños son, pero en la feria de la Alasita, si no realidad, cuanto menos se hacen miniatura.
El pasado martes, como todos los 24 de enero desde hace más de diez años, la nutrida comunidad boliviana en la Argentina volvió a celebrar esta fiesta cuya idea germinal es comprar objetos en miniatura para rendirle tributo a la milenaria deidad andina de la abundancia. Y para que se vuelvan reales. “Cuando comenzó era un festejo pequeño de la colectividad, pero luego pasó a ser una fiesta mayor que integra a vecinos de toda la ciudad”, cuenta Edgar Colque, integrante del Centro Cultural Autóctono Wayna Marka y curtido organizador del evento que, pese a caer en día laboral, convocó a casi 15 mil personas en Parque Avellaneda.
“Viene la gente porque todos tenemos un anhelo, una esperanza, un proyecto de vida. Y ese sueño se compra en la fiesta. Se venden autos, casas y hasta locales comerciales. También los padres compran títulos universitarios: sueñan con que sus hijos sean médicos o abogados. Esos deseos nos impulsan y, con el tiempo, también con mucho trabajo y fe, se cumplen”, completa Colque, docente, hijo de un sastre orureño que llegó a la Argentina a finales de los '60. Y explica que las autoridades porteñas “son un poquito reacias a esta celebración. No sé muy bien por qué, siempre nos piden un papel más. Igual, nosotros no bajamos los brazos, porque queremos mantener viva nuestra cultura”.
Este año, el otro festejo, el auspiciado por el gobierno porteño, se desarrolló en el Parque Indoamericano, el mismo escenario que en diciembre de 2010 ardió en violentas jornadas por una toma masiva. Por esos días, el entonces jefe de Gobierno Mauricio Macri señaló a la “inmigración descontrolada” como causante de la violencia. “Por la discriminación que sufren, muchos hijos de bolivianos son forzados a sentirse avergonzados de sus raíces. Y con este discurso de la delincuencia, caemos todos en la misma bolsa”, dice Colque.
En Parque Avellaneda, cerca del escenario donde la agrupación Tatú Orquestina arremete con inoxidables huaynos, cuecas y sanjuanitos, la abogada Carmen Burgos reparte volantes del INADI. Es miembro de la Comisión de Juristas Indígenas de la Argentina y coordinadora del Programa de los Pueblos Originarios del organismo, y asegura que estos festejos revitalizan la cultura de los migrantes: “Alasita es un claro ejemplo de cómo la espiritualidad y la cultura se transpolan con las personas. En las generaciones de mis abuelos, que eran de Jujuy, Bolivia y Chile, estas prácticas se hacían puertas adentro. Esta visibilización es muy importante”.
Pese al clima festivo que rodea la feria, la letrada oriunda de La Quiaca encienda alarmas sobre los cambios en las políticas migratorias que impulsa el Ejecutivo nacional: “Cada día hay noticias poco alentadoras que afectan a los colectivos históricamente discriminados. Los migrantes están muy preocupados, y no es para menos, porque no hay criterios claros de cómo se van a dar los cambios.” Burgos resalta que desde las organizaciones sociales y la sociedad civil empezaron a sentir la necesidad de volver a nuclearse: “Nadie quiere que estas medidas restrictivas terminen tergiversando el trabajo que desarrollamos durante años”.
Los visitantes se apiñan en los puestos montados en las canchitas de fútbol. La térmica merodea los 30 grados y los estoicos puesteros ofrecen su variopinto menú de miniaturas. Están los comerciantes polirrubro pero también los especializados: automotores, bienes raíces, papel moneda. “Acá no devaluamos, 3000 dólares a 10 pesos”, vocea un arbolito alasitero.
La joven puestera Gisela Copa cuenta que las preferencias de los compradores han bajado del pedestal al eterno Ekeko, “porque este es el año del gallo, que te ayuda a encontrar pareja: a mí me cumplió”. Su novio la custodia de cerca con mirada empalagosa. Copa dice que también ha crecido la demanda de los DNI y de títulos de bachillerato. Y agrega que no está de acuerdo con las medidas antimigrantes que impulsa el gobierno nacional: “Creo que más que cerrar, hay que abrir, ser solidarios, no discriminar a los que vienen a ganarse la vida”.
A pasitos de los puestos, se encuentran los restaurantes al aire libre, donde venden sopas (chairo o de maní), salteñas o las inevitables salchipapas, además de los platos más elaborados como el fricasé de res, la papalisa, los crocantes pejerreyes y el auténtico plato paceño, emblema culinario de la Alasita. El calor no afloja y las cocineras se juegan la vida para sacar crocantes los platos en el improvisado patio de comidas. Mientras come un platazo de chicharrón acompañado por su familia, Julio cuenta que el festejo porteño no tiene nada que envidiarle al del Altiplano. En los ’90, dejó la Villa Imperial de Potosí y se radicó en la estigmatizada Villa 1-11-14 del Bajo Flores. Trabajó muy duro en un taller textil, pudo criar a sus cinco hijos y ahora tiene un local de ropa en Aldo Bonzi. Hoy compró la figura del toro, para que le dé fuerzas para encarar el año. “Acá hice mi vida –confiesa–, y me preocupa que nos echen la culpa a los extranjeros por las cosas malas que pasan. Creo que la salida no es expulsar, sino integrarnos más.” Pese a los malos tiempos, está contento. Con una alegría que es común a bolivianas y bolivianos en sus días libres. “Raza de bronce” los han llamado, por el modo en que trabajan: pero también por el modo en que festejan. Con todo derecho. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá