jueves, 18 de abril de 2019

Symns: nuevos escritos de un viejo indecente

“Symns es un escritor; en este tiempo en que cualquier imbécil se autodenomina ‘artista’ y los ejecutivos imprimen creativo en su tarjeta de negocios, Symns es un escritor. Y Symns, como todo escritor, se odia a sí mismo. Hay algo en él que combate su esencia; no sé qué es, pero Symns se suicida, se boicotea, se ama exageradamente, duda de sí o se reza, todo a la vez. Quizá por eso su obra puede verse sólo a la distancia: la ‘carrera’ de Symns no es lineal, no empieza en el under y termina en el best seller. Symns gira sobre sí mismo, como un espiral metiéndose en el centro de la Tierra.” El preciso fresco que acaban de leer lleva la firma de Jorge Lanata y presenta un apartado de Fantasmas de luz, la nueva antología engordada por crónicas, notas y papeles perdidos y reencontrados que Enrique Symns publicó en diversos medios (La Mano, Crítica de la Argentina, Mavirock, THC, Orsai, entre otros), en las últimas décadas. También perlas de los años ochenta.
Poeta maldito, cráneo candente detrás y al frente de la mítica revista Cerdos & Peces, filoso performer del rock y cronista del bajo fondo porteño, el Conurbano y muchos infiernos más. “Enrique fue el escritor más inmerso en un submundo pocas veces tan bien retratado”, espeta el Indio Solari en otro texto del volumen. Territorios tórridos: el San Telmo afiebrado de la post dictadura y el menemato, el Soldati heavy del nuevo mileno, la Santiago fiestera, la eterna y demacrada Mar del Plata fuera de temporada y el siempre fascinante Once inmundo. 
La gruesa obra está jalonada por cinco secciones temáticas: Territorios (cartografía under), la transa (las drogas y otros venenos), Chamán de la nada (su vena más ensayística y filosófica), Por la autopista en sillas de ruedas (la terrible vejez) y Ficciones del abismo (gemas del pasado perdido, publicadas en Cerdos&Peces). Como en El Señor de los venenos, también en Big Bad City y La vida es un bar, en Fantasmas de luz podemos leer algunos acontecimientos, aventuras y experiencias que Symns considera que pueden explicarlo. No todas las experiencias, no todos los largos días ni todas las eternas noches. Sino las que hacen que él se reconozca a sí mismo o por las que quiere ser reconocido. El memorioso cronista de la vida en los márgenes, el Bukowski criollo y pluma gonzo de las contraculturas argentinas.
Rodolfo Palacios, hombre a cargo de la cuidada selección y el sentido prólogo, amigo de fierro de Enrique, afirma que “en tiempos en que las redacciones se volvieron grises oficinas y los periodistas cada vez salen menos a la calle a buscar historias, o pasan el día en las redes sociales, Symns nos invita a seguir soñando con el periodismo.” Mantiene la llama encendida. Como un fantasma de la luz. 
Una reseña en Tiempo Argentino, por acá.

lunes, 15 de abril de 2019

Mi culo, mi decisión

Desde el primer minuto de la clase, las nalgas se menean sin prisa pero sin pausa en el salón. Para arriba y para abajo, para aquí y para allá, como si pretendieran desconocer la ley de gravedad. Serán unas 30 pibas, también tres o cuatro chicos, que twerkean un martes a la noche en la sede de la escuela de danzas FLOW Altas Wachas, sobre la calle Lambaré, a pasitos de Corrientes.
"Le doy duro todos los días. Acá y en mi casa, bailo horas y horas. Esto es mucho más que un baile del culo. La gente piensa que es fácil, pero no. Hay que aprender a quebrar la cadera, comprender cómo se mueven músculos que no sabías que tenías, la resistencia, la agilidad, la destreza… es un todo que hay que ejercitar", se apura Melody antes de sumarse al enjambre danzante. Luce rodilleras, cómodo shorcito y un top diminuto: "La primera clase vine con una remera hasta las rodillas, pero después gané seguridad y entendí que el movimiento se tiene que ver".
Estudiante de Derecho, conchabada en un prestigioso estudio jurídico porteño, Melody dice que desde chica le apasiona zarandear el esqueleto. Probó con danzas árabes, jazz, moderna, pero no le movieron un pelo. Con el twerking fue otra la historia. La soltó de las ataduras, de los esquemas y los prejuicios que, cuenta, tenía con su cuerpo. Apenas da sus primeros pasos sobre el parqué resplandeciente, frena para mirarse orgullosa en el espejo: "No es sólo mover el culo. El twerking me da seguridad. Acá me empodero bailando".
Un cachete de cultura
Una rápida genealogía enseña que el culo y el baile forman una pareja virtuosa desde hace miles de años. Las ménades griegas, las bailarinas de Gades en la Roma imperial y las danzas sagradas de la India son parte capital de esta alcurnia trasera. En su deliciosa obra Breve historia del culo, el escritor francés Jean-Luc Hennig arriesga que con la danza "se acabó el culo tristón sin energías ni perspectivas en la vida". Con el ritmo de la danza, explica, el culo se volvió más desenfrenado, más disparatado, más desesperado. Incluso más peligroso. Si hasta en un concilio reunido en 1212, la Iglesia consideró que bailar era, sin más, pecado. Bien temprano habían detectado que el baile era la chispa que encendía la lujuria.
Las mujeres de la Costa de Marfil habían avivado la llama batiendo sus caderas en una danza llamada mapouka. En los '90, el movimiento Bounce, en Nueva Orleans, tomó la posta y bautizó al estilo con el nombre que llega hasta nuestros días: twerking. El término, incorporado hace unos años al prestigioso diccionario Oxford, tiene un origen etimológico ajeno a la cultura del hip-hop, el reggaeton y el perreo caribeño que le rinden culto en el presente. Fusiona los términos twist (torsión o contracción) y jerk(movimiento veloz o espasmódico). En criollo, de la cintura para abajo, un terremoto bailable.
Pedagogía del meneo
Mailén Cisneros es docente de danzas, performer y madre fundadora del cuerpo de baile FLOW Altas Wachas, transformado en referente indiscutido del twerking local. Al presentarse saltea todos los pergaminos. "Soy bailarina", cuenta con la simpleza de una Anna Pavlova latina de afro eléctrico. Sus primeros pasos en el gremio los tiró en las clases de belly dance, árabe y estilizada, en su Neuquén natal.
Hace más de diez años, cuando llegó a Buenos Aires para estudiar Diseño de Indumentaria, dejó atrás el baile. Grueso error: se deprimió. Pero la danza la sacó del pozo. Se curó bailando en las fiestas de dancehall, cumbia y reggaeton, y las pistas le cambiaron la vida: "Es que esas noches, moviendo el culo y las patas, conocí a Estefi Spark y Lauren Jaine. Esa fue la semilla de Altas Wachas. Primero nos veíamos bailar a lo lejos, ni la hora nos dábamos, igual nos teníamos fichadas. Había como un hilo que nos unía.”
Una noche de alta cumbia sellaron la alianza. Arrancaron "freestyleando" en sus casas. Después twerkeando en sucuchos de mala muerte, pero buena música. Más tarde llegaron las primeras fechas en boliches. Era todo por amor al arte. Pero aguantaron y le dieron duro a su sueño bailable.
Hoy tienen un cuerpo de baile estable y una escuela repartida en varias sedes de la Capital y el Conurbano. "Bailo porque es mi manera de sobrevivir. Y me gusta transmitir eso. Acá viene gente de todos los palos. Es una manera de desconectarte del momento de mierda que estamos viviendo. Con el twerking te conectás con la felicidad."
Antes de continuar con las clases prácticas en el salón, la docente esboza una definición teórica del ritmo: "El twerking es una herramienta millennial, las redes lo hicieron crecer un montón, y es lo que usamos las mujeres y muchos hombres para expresarnos genuinamente, tal cual somos. No es algo individual, somos una comunidad que piensa que la sociedad cambió. Nadie puede decirnos cómo vestirnos, cómo bailar. La mujer no está para seguir esas pautas". En ese colectivo entran todes: "La poceada, la peluda, la despeinada… queremos romper estereotipos de belleza, de clase. Es venir y bailar, lo demás no importa nada".
En su cátedra, Mailén repite como un mantra la ley máxima del twerking: "Hay que liberar la carne de la cola". Como si siguieran las teorías lacanianas, las pibas construyen frente al espejo del salón una nueva imagen de su cuerpo. Redimidas al ritmo de un tema de Bad Bunny.
Se va a caer
Hoy debutó Lucero. Al final de la clase se la nota exhausta. Elonga y cuenta que es maquilladora, que se animó a venir después de varios amagues y sobre todo que está liquidada. "Cuando venía para la escuela, estaba con el culo lleno de preguntas –confiesa la joven, pañuelo verde bien ajustado en la muñeca–: si me iba a poder soltar, si me iban a juzgar por mi cuerpo… pero ya está, soy feliz. Tampoco es tan fácil, me llevo mucha tarea para el hogar, como aprender el nombre de los pasos: bubbleshake,jiggle… Voy a tener que estudiar inglés también.”
Mariano Altamirano integra el cupo masculino. Es nuevito, arrancó hace pocos meses, pero a la pista le saca viruta como un veterano. Artista plástico, vive en la Villa 31 y sueña con imponer el twerking en los fiestones del barrio: “Por ahí los pibes tienen prejuicios, pero creo que si vienen, serían más felices”, desliza al pasar el morocho de uñas esculpidas.
Camila y Rocío, obvio, son feministas. Dicen que los derechos también se ganan bailando. En las marchas del 8M pusieron el cuerpo. Coparon la 9 de Julio agitando con las Altas Wachas. “Si lo tengo que poner en palabras –cierra Camila–, hay una que se me viene a la mente cuando entro a la pista: sororidad”. 
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 24 de marzo de 2019

Bienvenidos al tren

¿Importa el tamaño? Para los socios del Círculo Ferromodelista Oeste, seguro que no. No obstante, su devoción por los trencitos a escala es proporcional a las moles de metal que surcan las vías del Sarmiento, a pocas cuadras del local que les da reparo en Flores. En la calle Condarco al 500, unos 20 caballeros de cuarenta y pico para arriba se dan cita religiosamente tres veces por semana para rendir culto al diminuto material rodante, uno de los pasatiempos más apasionantes y cotizados.
"El asunto del tamaño es una lucha eterna que tenemos con los terapeutas –explica Guillermo Molina, miembro histórico de la institución–. Nos dicen que queremos ser como Gulliver, por esto de pretender manejar el destino de todos esos trenes y personas que aparecen en la maqueta. De algún modo, somos los creadores de un mundo nuevo".

Guillermo detalla que la génesis de su fidelidad ferromodelista le viene de su primera infancia, cuando su papá le obsequió una locomotora a vapor, tres vagoncitos y unos pocos metros de rieles, forjados con precisión de relojería por la casa alemana Marklin, palabra mayor con 160 años de historia en el gremio. Aquella formación se mareó sin cesar más de diez años en el óvalo del living de los Molina. Cuando alcanzó la mayoría de edad, el muchacho pudo ampliar las fronteras para su convoy con recurrentes visitas a locales especializados del centro porteño. El intercambio de conocimientos con otros fieles y las compras en el extranjero llevaron los confines mucho más allá. "Esto tiene un difuso límite entre la triple frontera del juego, el hobby y el coleccionismo. Y además el club te hace conocer gente que está en la misma y surge la amistad". La hermandad de los rieles.
El club es un espacio democrático, donde no se discrimina al prójimo por la cantidad y calidad de las piezas que atesora o sus pergaminos en el rubro: "Venimos a entretenernos, a laburar en las maquetas, que están en evolución permanente, y sobre todo a ver correr los trenes", aclara Guillermo. La construcción es colectiva: se nutre de los módulos que aportan los socios y de su mano de obra de fina factura artesanal. Pintura, carpintería, herrería, electricidad y hasta la pesquisa histórica son disciplinas que hacen florecer los pequeños paisajes.
"Es como hacer una película. Aunque todo parece fijo, para mi cabeza está en movimiento. Mire ese puente y el río que corre, con el pescador esperando que pique algo. Sí, también somos paisajistas", revela Jorge Somaschini, técnico electrónico por profesión, maquetista por elección. Heredó de su papá el oficio de hacedor de micromundos: "Tuve suerte, mi viejo me armó una maqueta de dos metros, con túneles, montañas, una pinturita". Su exploración estética es hiperrealista. Y la tecnología le da una mano en su cruzada: "Todo ha avanzado muchísimo. Desde la locomotora con sonido hasta los ronquidos que se escuchan en el vagón dormitorio. Se pueden construir escenas: los pasajeros almorzando en el comedor o el cazador disparándole a un ciervo y el destello del arma justo cuando pasa el tren. Un grado de realismo absoluto. Es nuestra búsqueda: imitar el mundo que nos rodea".
Nostalgias
El club surgió a principios de los '90, años oscuros en que los ferrocarriles comenzaron a recorrer el camino inverso al progreso que había marcado su historia en el país. La máxima menemista "ramal que para, ramal que cierra" fue el golpe de nocaut para los trenes nacionales. Quedaron en Pampa y la vía. "Los pueblos del interior que vivían a la vera del tren, las cosechas rumbo al puerto, todo eso dejaba de existir. Más allá del hobby, el club rinde homenaje a esas formaciones", asegura el tesorero Raúl Guzmán, con un tono crítico que remeda a otro gran ferrófilo, su tocayo Scalabrini Ortiz.
Esta tarde, Martín hace correr una locomotora Alstom, la primera diesel que tuvo la línea Roca. El lustroso bólido acarrea sin transpirar unos vagones ganaderos. "Los hice cuando tenía diez años, hace más de treinta. Cada varilla está cortada y pintada a mano. Les tengo mucho cariño, los vi nacer". El paciente modelista explica que a los pibes de ahora les cuesta engancharse: "Ponen un simulador y ya está". Aunque aprovecha la digitalización, la vieja escuela no arría la bandera analógica. 
Enrique picó el boleto del modelismo en 1963. El hobby, dice, le permite disfrutar un viaje mental al escenario añorado. Fija la mirada nostálgica en los rieles y regresa a su patria de la infancia: "Hurlingham, tomando la merienda con mis viejos bajo unos eucaliptus, junto a las vías. Pasa el San Martín, con sus vagones de madera gastada. El humo, el silbato, tantos recuerdos... El tren era importante y ser ferroviario, un orgullo".
Próxima estación...
Frank Sinatra, Rod Stewart y, en estos pagos, Daniel Scioli, son las figuras públicas que, comentan los asociados, pudieron materializar maquetas faraónicas sin escatimar billetes. El ferromodelismo es un hobby caro, pero no elitista: "En estas épocas de dólar por las nubes se complica acceder al material importado, pero qué es caro y qué es barato en esta vida –se pregunta Molina–. Cuatro stents son caros. ¿Qué precio se le pone a lo que te hace feliz?". Para algunos socios, el límite implica comprar un departamento para acomodar las maquetas. Cuentan que un conocido del club salió del banco con un crédito para comprar un auto pero descarriló antes de llegar a la concesionaria. Se la patinó en trencitos.
Antes de que caiga la noche tropical sobre Flores, los muchachos brindan con una cervecita helada. En la maqueta, una locomotora bufa y anuncia su próxima partida. Un pequeño gigante cansado por los años de traqueteo. Todos a bordo. ¡Bienvenidos al tren! 
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

viernes, 8 de marzo de 2019

Basquiat, el pibe radiante

La historia habla de un pibe negro de raíces haitiano-puertorriqueñas que prácticamente se crió en los barrios marginales de Nueva York. Un chico que vagabundeaba con sus despeinadas rastas a cuestas por el sórdido Soho a finales de los ’70 y principio de los ’80 -cuando los yuppies se mudaron a los suburbios de la Gran Manzana y las calles se volvieron “peligrosas”-. un adolescente que tatuaba las paredes del East Village con grafitis antisistema. Un artista cachorro que empezó a pintar de manera autodidacta y que fue “descubierto” por galeristas ávidos de “sangre joven”. Un hambriento muchacho de suburbio devenido en millonario y nuevo enfant terribledel arte moderno. Un pintor luminoso que vivió rápido y murió joven, demasiado joven. Esta acelerada biografía de Jean-Michel Basquiat evoca parte de su curriculum pero nada nos dice del secreto de su arte o, como afirma el escritor británico John Berger, sobre “la fascinante forma que tenía para desenmascarar las mentiras que nos rodean”.
La vertiginosa vida de Basquiat, su meteórico salto a la fama y su temprana muerte a los 27 años -otro miembro del club- fueron factores ideales para convertirlo en un auténtico mito del genio malogrado. Sin embargo, como explica el crítico Leonhard Emmerling en el prólogo de la exquisita biografía visual Basquiat (Taschen), más allá del vacío arquetipo del héroe marginal, este grafitero de suburbio fue el primer artista negro que quebró el siempre latente racismo del mundillo del arte moderno y logró fusionar las esferas de la cultura de élite y la popular, una experiencia que ya había comenzado a desandar Andy Warhol (mentor y compinche de Basquiat) desde las trincheras del Pop Art.
Busco mi destino
Ni parques de diversiones ni calecitas. Cuentan que Matilde Andrades, la mamá de Basquiat, solía llevarlo a los museos de Nueva York desde que el pequeño Jean-Michel comenzó a gatear. A los seis años, Basquiat ya tenía sus abonos para perderse en los salones del Museo de Brooklyn, del Metropolitan y el MOMA. Allí conoció los trazos abstractos de Kline, la pintura de acción de Pollock, las caligrafías de Cy Twombly y se deslumbró ante el Guernica de Picasso. También cuentan que al mismo tiempo, se fascinaba con las leyendas populares que le narraba su abuela haitiana Flora (a quien años después le dedicó su luminosa obra Abuelita).
Listo y algo precoz, el joven Basquiat dejó los estudios formales y la casa materna a los 15 años y decidió embarcarse en un postgrado acelerado en la universidad de la calle. “Desde que tenía 17 años, siempre pensé que sería una estrella. Pensaba en todos mis héroes: Miles Davis, Jimi Hendrix, Janis Joplin. Tengo una visión romántica de cómo la gente se ha hecho famosa”, confesaba en una entrevista a mediados de la década de 1980. Basquiat pasó varios años como un nómade urbano: sobrevivía vendiendo postales caseras con sus ilustraciones y durmiendo en callejones.
A finales de los años setenta, pateando las barriadas del Soho y el East Village conoció al grafitero Al Díaz, con quien comenzó a pintar las paredes de la Gran Manzana con tatuajes contestatarios, firmándolas con el acrónimo SAMO (SAMe Old shit –“siempre la misma mierda”-). “SAMO es una nueva forma de arte, SAMO como el fin del lavado de cerebros, nada de política y falsa filosofía. SAMO es una cláusula de escape. SAMO como alternativa al arte como juego con la secta del radical chic”, se podía leer durante aquellos años en alguna pared cerca del puente de Brooklyn o de la galería Mary Boone. 
El proyecto SAMO arremetía contra la hipocresía del materialismo y caricaturizaba los valores y creencias de la sociedad estadounidense. Basquiat no renunciaba a ofender a todos aquellos cuya atención quería despertar con sus grafitis, y como bien afirma Emmerling en la biografía, “esas personas paradójicamente eran las mismas que se paseaban por la zona de galerías en descapotables con la cartera llena de dólares de papá, las que quedaban fascinadas por el radical chic de la llamada ‘vanguardia’ y las que más tarde utilizarían al propio artista como decorado de su estilo de vida”.
De mendigo a millonario
En 1980, una pintada advertía a los siempre despistados neoyorquinos: “SAMO está muerto”. Luego de una traumática separación de su compinche Al Díaz, Basquiat decidió alejarse de la escena grafiti y comenzó a pintar. ¿Su primera exposición? El Times Square Show, una muestra que tuvo lugar en un andrajoso almacén abandonado donde se expusieron obras hechas por artistas punks y raperos. Basquiat dispuso de una pared. Su obra causó sensación.
Un año después, en la mítica exhibición New York/New Wave, Basquiat desplegó 15 obras que comenzaron a mostrar su característica frialdad y austeridad gráfica y su fascinación por rescatar malogrados héroes populares estadounidense como el boxeador Joe Luis, el beisbolista Jackie Robinson y Charlie Parker. Sus obras combinaban las visiones callejeras con las imágenes de la cultura vudú, la denuncia del racismo estadounidense con la crítica al triunfo de la sociedad de consumo, el grafiti neoyorquino con la tradición pictórica europea. Aquella muestra marcó el comienzo del éxito de Basquiat y los marchantes siempre ávidos de “sangre joven” comenzaron a pagar miles de dólares por sus cuadros. De la noche a la mañana, el East Village neoyorquino se convertía en la meca de los coleccionistas de arte y en un suspiro Basquiat se transformó en el primer artista afroamericano que ascendió al Olimpo, ahora definido por los precios de las obras, de las estrellas internacionales de la pintura.
Después vinieron las muestras individuales en las principales galerías de Europa y los Estados Unidos; los viajes por África y el Caribe para explorar sus raíces; los trabajos a cuatro manos junto a su admirado Andy Warhol (Basquiat se vanagloriaba de que había logrado que el rey del Pop Art volviera a tomar los pinceles luego de 20 años de ostracismo); los superficiales agasajos en las portadas de TimeNewsweekVanity FairVogue y el New York Times; y unas desenfrenadas jornadas de trabajo y excesos que parecían sacadas de una novela de Bret Easton Ellis. Su luz se extinguió demasiado rápido: una sobredosis la apagó de un soplido en agosto de 1988.

En los últimos años, las obras de Basquiat alcanzaron precios pantagruélicos. En 2017, su inquietante cabeza negra sin título se vendió por 110,5 millones de dólares. Así se sumó al exclusivo club que integran Warhol, Jasper Johns, Francis Bacon, Pollock y su admirado Picasso.
Al cierre de la biografía, Emmerling recuerda que en la obra Charles The First, Basquiat garabateó una frase premonitoria que anticipó su final: “La mayoría de los reyes jóvenes mueren decapitados”.  A más de tres décadas de su muerte, en algunas paredes del ahora cheto Soho todavía siguen apareciendo pintadas que rezan “SAMO no murió”.
Publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 4 de marzo de 2019

Si lo sabe cante

El insoportable canto metálico de las chicharras no altera al jilguerista Víctor Suárez. Tampoco los 30° de térmica que regala la mañana. Como buen director técnico, Suárez destila un mesurado optimismo sobre el talento melódico de su pupilo: "Un amarillo con cierre que me regaló un amigo hace dos años. Se llama Forastero, ahora lo tengo guardado en el auto, está concentrando. Es nuevito, su segunda competencia es. Hay que cuidarle la voz", confía el caballero y se toma un mate amargo. En un rato, el pichón de Pavarotti cantará ante un modesto pero exigente auditorio: "Ayer a la tarde tenía algo de nervios, ahora nada. La adrenalina en serio empieza cuando vas a colgar el pajarito en el palo".
Suárez es uno de los tantos entusiastas del bel canto del jilguero, que se arriman este domingo hasta el predio Virgen Gaucha para celebrar un nuevo encuentro de la Federación Bonaerense de Jilguericultura (FEBOJIL) de la Zona Oeste. Llegó a Luján desde Chacabuco, otro punto cardinal del gremio, acompañado por su compadre Ricardo González. Desde muy pibes comparten el fanatismo. "Era como un hobby, salir a cazar al campo con los amigos. Ahora es otra cosa: estoy siempre buscando el jilguero para competir. Ya tengo el oído afinado", dice González.
El hombre disfruta en su casa del canturreo de tres ejemplares. Pero para la competencia, no tiene dudas, trae siempre al Loco. "Es el que de verdad anda en el palo. Un pájaro que, apenas lo colgás, sale rápido. Igualmente hay que saberlo llevar. Sacarlo a varear –es decir, pasearlo– todas las mañanas y las tardes, que vea la naturaleza y se estimule. Esto tiene toda una disciplina".
Su colega Suárez tuvo varios canarios, algunos cabecitas y otros cantantes emplumados, pero asegura que la voz del jilguero no se iguala. "Algunos cantan con mucha fuerza, y entran en la competencia de repique. Son muy 'panzados' y buscan las notas. Hay otros que lo hacen muy suave, como una sinfonía de Beethoven o Vivaldi". Es correcta la analogía. El maestro veneciano dedicó el concierto Il Gardellino a la sublime voz del jilguero.
Todo un palo
Fernando Russo es un auténtico hombre orquesta. Recibe a los parroquianos, da una mano en la inscripción, vende rifas, enciende el fueguito para los chorizos, organiza la asamblea de los asociados y hasta se da tiempo para echar luz sobre la esencia de la jilguericultura: "Es muy simple: sólo se trata de escuchar. Poner el pajarito en el fondo de casa, debajo de un árbol, cebar unos buenos mates, relajarse y abrir el oído".
Hace 25 años, Russo andaba medio bajoneado. En esos días, y para levantarle al ánimo, un amigo le regaló un jilguerito radiante y le advirtió: "Esto te va a cambiar la vida. Si te gusta, no te vas a separar nunca más". Tenía razón. Russo revivió como el ave Fénix. Hoy tiene tres pajaritos, que ya son parte de la familia. No los deja solos ni de noche ni de día, hasta se los lleva de vacaciones.
Su educación sentimental hasta llegar hace seis años a la fundación de la seccional oeste de la FEBOJIL, incluyó pesquisas en Internet, visitas fijas a los encuentros de aficionados y la sabia escucha de los casetes que se comercializaban en los torneos: obras cumbres forjadas en TDK que inmortalizaban las voces más destacadas del parnaso nacional. Con una estrella rutilante: el Jíbaro, un pájaro que voló alto en los '80 y ganó mil y un torneos. Todavía son recordadas sus batallas nota a nota contra el Cerveza, su archirrival. "Era Gardel, el pájaro que todos soñamos, el que buscamos pero que nunca encontramos", resume Russo.
Luego, analiza al detalle la voz del Sicalis flaveola pelzelni, la especie de estos pagos: "Es diferente a todos. Le doy un ejemplo: si está hablando por teléfono de línea, usted de fondo puede escuchar una paloma, un bicho feo, pero nunca a un jilguero. Sus agudos son tan penetrantes que no se llegan a captar". Para el especialista, cada jilguero es un mundo, ya sea por su voz o su plumaje. Los ejemplares entonan tres notas básicas: prio, golpeo y repique. "La primera es la del pollo: pia, pia, pia, con sus variantes: pausado, marcado y fuerte. El golpeo es más de fuerza. La nota vedette es el repique, un agudo extendido, que no lo hago porque se va a reír. Un sonido largo y sostenido, que no flamee".
En las competencias, los pingos se ven en el palo, donde los aficionados cuelgan la jaula con el intérprete encerrado en el centro de una suerte de cuadrilátero. El ave tiene cinco minutos para dar rienda suelta a su arte. Hay dos categorías, amarillo –pájaro adulto que ya replumó– con cierre y sin cierre, que es un canto especial. Desde un rincón, el dueño alienta mordiéndose la lengua. Desde el otro, el jurado anota en una planilla los puntos altos y bajos de la performance: claridad, caudal de la voz y entonación. La justicia aquí no es ciega, pero tiene oído absoluto. El público acompaña con un silencio monacal, salvo algún susurro para reconocer al solista.
Desde hace algún tiempo, los encuentros reciben críticas de las asociaciones protectoras. "Alguna gente ve mal esta disciplina, pero queremos destacar que es una actividad controlada por el Estado, que garantiza el buen trato. Nosotros los llevamos al veterinario, hay tratamientos preventivos de parásitos y vitaminas. Con los agrotóxicos, un jilguero suelto puede vivir dos o tres años. Con nuestros cuidados, más de diez". Más allá de las buenas prácticas, los cantos de protesta se escuchan con más fuerza. "Al que tiene prejuicios le digo que se acerque –invita Russo antes de que empiece a sonar la música para sus oídos–. Esto es una pasión sana, familiar, cultura de la provincia de Buenos Aires".
Pipí cucú
Bajo un ceibo, como en trance, Daniel Valerio se deja llevar por las dulces melodías que flotan en el aire. El canto del pajarito dorado es su pasión. "Las mañanas son sagradas. Siempre me acomodo los horarios para escuchar a los bichos. Si tengo que llegar un poco más tarde al trabajo, no me importa. Es mi momento para disfrutar", cuenta este pintor de brocha gorda, presidente de la federación de Rojas. En la perrera –la caja para transporte–, espera su debut Franquito, jilguero joven y corajudo: "Le hablé mucho en la semana, le dije lo bien que estaba cantando. No se crea que estoy loco. También le abro la jaula, y él se va a bañar a la canilla que gotea y después vuelve solito a su casa".
Al alba, Matías Delgado le rezó a la virgencita de Luján que lleva tatuada en el antebrazo. Le hizo un pedido: "A ver si me daba una mano con el canto del Sacrificio, mi jilguerito con cierre", cuenta el pibe de 26 años, llegado al palo por los sabios consejos de su abuelo. Pero en enero no hay milagros. El Sacri dedicó los cinco minutos a otear el cielo diáfano. No dijo ni pío.
Con 60 años de aficionado, Osvaldo Aboy tiene más aventuras que el Pájaro Loco. Mientras da vuelta los choris, saca pecho y rememora su momento de gloria: "Año setenta y pico, en Barrio Seré, Castelar. Gané con el Gauchito, un jilguero que había levantado en Navarro. Enfrente tenía cantantes con remolino, estridentes, bochincheros. Pero el Gaucho era prolijo, del primer al último minuto te dejaba con la boca abierta". Si cierra los ojos y afina el oído, confiesa Aboy, todavía lo puede escuchar.
Miriam Rivelli es de las pocas mujeres que participan en las competencias. Es la presidenta de la FEBOJIL y esposa de Russo. Mientras los caballeros escuchan embelesados las finales, la dama ensaya una reflexión sobre la platea masculina: "Cuando arranca el jilguero, quedan todos embobados. Hace unos años, en una competencia en Ciudadela, durante una ronda apareció una mujer lindísima, un tremendo gato, y ninguno se dio vuelta para mirarla. Imaginate cien hombres hipnotizados". Como por el canto de las sirenas. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

Un Illimani en Flores

Será cuestión de fe. “Si puede mover montañas, cómo no me va a ayudar a bailar cuatro horas seguidas”, arriesga Omar Mercado, devoto. Desde el centro de la pista tira unas pataditas al aire junto a otros danzarines, mientras todos hacen sonar los cascabeles que llevan zurcidos en sus pesadas botas. La inmaculada figura de la virgen del Socavón de Oruro no los deja solos, ni de noche ni de día. Es el faro que alumbra el ensayo de la fraternidad: “Algunos bailan para aparentar, otros simplemente para divertirse. Pero los caporales lo hacemos por devoción a la mamita de la mina”. Mercado no tiene dudas: la danza también puede ser una experiencia religiosa.
El joven chuquisaqueño es uno de los padres fundadores del Bloque Sambos Caporales Buenos Aires, filial local de la casa matriz orureña, una de las fraternidades de bailarines más populares de Bolivia. La génesis del proyecto se dio hace seis años. La nostalgia por el pago y la pasión por el rico folklore altiplánico reunió a una docena de entusiastas migrantes. La virgen fue el motor. Las ganas de difundir su cultura, el combustible. “Había grupos que se identificaban con la virgen de Copacabana–cuenta–, otros con la de Urkupiña… pero nosotros elegimos a la patrona de los mineros”. Con la merced de la virgencita que reina en las entrañas de los trepanados cerros y se enfrenta al Tío, endiablada deidad de las profundidades, se especializaron en la danza caporal y comenzaron a ensayar a mitad de 2014. En pocos años sumaron medio centenar de voluntades al proyecto: migrantes bolivianos, peruanos, salteños, jujeños y también algunos porteños que disfrutan moviendo el esqueleto al ritmo de bombos, platillos y trompetas.
Mercado es un eximio bailarín y estudiante atento del folklore latinoamericano. Puede dar clases magistrales sobre los secretos de las danzas bolivianas: “No sabe, hay muchísimas. Han sido una de las estrategias de los originarios para mantener vivos sus rituales. Los festejos son espacios donde triunfa la cultura popular, evitando la censura de las élites”.
El caporal es una danza relativamente joven, que lleva en su ADN parte de esa historia, hibridada con la cultura urbana. Nació en los años 70 por iniciativa de los hermanos Estrada Pacheco, dos músicos del bohemio barrio de Chijini, en La Paz: “En poco tiempo se hizo masiva y hoy en día dice presente en todas las fiestas, incluso ha traspasado las fronteras y es moda en Chile, Perú y el norte argentino”, explica Mercado, mientras coordina las piruetas de sus compañeros. El ritmo toma influencias de la cultura afroboliviana, con la saya y el tundiqui como referencias ineludibles: “La figura del caporal está inspirada en el capataz. Satiriza al traidor, que maltrataba a los esclavos con el chicote y vestía elegantes ropas que le daba el patrón”. El baile cobija, en términos borgeanos, el tema del traidor y del héroe.
En la sala de ensayo se escucha una vez más el ensordecedor repiqueteo de los cascabeles. Traen al presente las cadenas que padecieron aquellos anónimos esclavos. “De alguna manera –cierra Mercado– bailamos para recordar el sufrimiento de aquellos hombres y mujeres”. Los caporales danzan cuerpo a cuerpo con la historia silenciada. Un baile con buena memoria.
Amor de carnaval
Sombrero borsalino, largas trenzas, chaqueta rosa Dior adornada con lentejuelas, minifalda al tono y taquitos haciendo juego. Vanesa, Ximena, Marytza y Shirley hacen gala de su elegancia chola, poco antes de incorporarse al ensayo. “Los trajes se mandan a hacer a La Paz –explica Marytza–, pueden costar hasta 400 dólares”. Lejos de París y Milán, la alta costura boliviana domina el rubro. Año a año, cuentan las damas, cambian los diseños. La fiesta del Señor de Gran Poder y el Carnaval de Oruro son las pasarelas a cielo abierto que anticipan las tendencias de la temporada. En la tendencia de este año predominan las tonalidades pastel y se dieron los regresos triunfales del encaje y las transparencias en las mangas. “Los sastres paceños son muy profesionales, pero en época de fiestas se les pueden escapar detalles –resalta Marytza–. Por ahí llega el vestido a último momento y descubrís que te queda enorme. Me ha pasado de estar costurando toda la noche en vela, y terminar antes de salir a bailar”.
Ximena todavía recuerda la primera vez que vio a unas muchachas bailando caporal. Quedó fascinada: “Yo tenía seis años y mis papás nos llevaron a pasar los carnavales a Tupiza, donde tenemos familia. Ahí predominan otros bailes, como la tonada chicheña. Pero había un grupo chiquito de caporales, que bailaban re tarde. No sé si eran las mejores, pero les admiré la actitud”. Cuando baila, confiesa, a veces se le viene a la mente la imagen de aquellas estoicas damas tupizeñas.
Carnavaleando en Villazón, la ciudad que limita con La Quiaca, Vanesa se enamoró del caporal… mejor dicho, de un caporal. “Ahí lo tiene, mire qué guapo y lo bien que baila. Cómo no me iba a conquistar”, dice, al tiempo que señala a su marido César. Tienen un hijo, son comerciantes, viven felices en Ciudad Evita y se confiesan, obviamente, evistas de la primera hora. “Le debo demasiado al caporal –se despide Vanesa–. Trato de devolverlo bailando”.
Lejana tierra mía
Con tres décadas a cuesta en la mochila de la vida, Emanuel Calisaya dice que empezó a bailar tarde el caporal. Pero en el fondo, sabe bien que nunca es demasiado tarde. “Sentía un vacío enorme por mi patria. Se extraña la comida, las costumbres, la familia, y acá lo llené. Esta es mi casa. Un pedacito de los Andes en Buenos Aires”, confiesa el morocho.
Dice también que con los años y el filoso entrenamiento, dejó en el pasado su historial de patadura. ¿La clave? Dejarse llevar. Igual se pone el chip profesional y detalla algunos consejos para los novatos: “Siempre hay que estar atento a los rebotes, marcar los hombros, mirar al frente, el cruce de las piernas es básico. Hacer de morenos, amigo”. Lo que importa es la actitud.
Cuando se calza el traje, Emanuel se transforma en un superhéroe. Lo lleva personalizado con una furiosa serpiente en la espalda, piedras fantasía por doquier y una bandera argenta cruzada con la boliviana. Más chiquito, también un parche con la mamita de Oruro.
Antes de seguir con su faena bailable, saca chapa de su corazoncito tricolor. Aunque es más paceño que el chuño, con nostálgico tono tanguero reflexiona: “Sabe, nosotros hicimos nuestra vida de nuevo acá. Estoy muy agradecido a la Argentina, pero a veces siento que a los gauchos les gusta ver más la cultura italiana, rusa… y al boliviano se lo deja un poquito de lado. Cuando bailo, se me vienen a la mente nuestros padres, que llegaron con una mano atrás y otra adelante. Se mataron trabajando en costura y verdura. Ahora sus hijos estudian, tienen títulos universitarios. Pero nunca olvidan su historia, su cultura. Por eso bailo”.
Lo primero es la familia
Hace cuatro años, los Sambos porteños tocaron el cielo con las manos. Ese verano debutaron en el Carnaval de Oruro, la meca del ritmo. “En Buenos Aires tenemos tres grandes festejos: las entradas de Luján, Avenida de Mayo y la del barrio Charrúa, en el Bajo Flores. Pero Oruro es otro planeta. Es como jugar en La Bombonera”, resalta Erik, el “Julio Bocca” de la fraternidad. “Nos ha ido muy bien –reconoce–, la gente delira cuando hacemos la pasada. Se sorprenden cuando gritamos que somos de Buenos Aires. Pese a ser bolivianos, para ellos somos los gauchitos. Y acá somos los bolitas”.
De su experiencia orureña, Erik no pudo olvidar el aliento ensordecedor de las tribunas, durante las cinco horas del recorrido. “Se baila hasta casi desfallecer –asegura–. Cuando se llega a la iglesia donde espera la virgen, es como entrar en el paraíso”.
Casi al cierre del ensayo, los pesos pesados de la fraternidad muestran toda su destreza. Los apodan los “Sambosos”, por sus generosas barrigas. Los comanda Luis Fernando, un pediatra orureño con muy buen pie. “Los chicos son el pulmón; las chicas, la belleza; y nosotros, la sabiduría”, saca chapa el hombre. Cuando era pibe y pesaba 60 kilos, llegó a bailar 13 kilómetros en un día. Dice que ahora está medio achanchado, pero todas las presentaciones las termina con la frente en alto. “Le cuento que de Bolivia no extraño ni el clima, ni la comida… La familia es mi patria. Bailamos todos juntos acá”.
Domingo de Flores
Ni el diluvio mañanero, ni el infierno húmedo de la tarde, mucho menos el ch’aki fulero del domingo. Nada detiene a los paisanos. Aunque lleguen un poquito demorados, con la lengua afuera, todos quieren estar presentes para el Segundo Encuentro Mundial de Caporales Cien por Ciento Boliviano. “Arrancaba a las 14, pero las fraternidades vienen como en cámara lenta. Hora boliviana, caballero”, se presenta cordial Miguel Sandalio, comunicador y locutor de fina garganta. Integra la Organización Boliviana de Defensa y Difusión del Folklore (Obdefo), la institución encargada de coordinar y darle forma al evento bailable. Un encuentro que invita a mover la patita, mejor dicho los cascabeles, pero que sobre todo intenta plantar la bandera tricolor en la soberanía del caporal.
Suena raro, porque bailar no tiene fronteras. “Totalmente de acuerdo, pero queremos informar sobre la raíz de esta danza, muchos países se la apropian, y desinforman”, asegura el defensor, a capa y espada, de la identificación boliviana del pasito.
El evento es global. En 72 ciudades del planeta, miles de bailarines le sacan brillo al asfalto con sus botas. De Japón a España, sin olvidar Perú, Estados Unidos y, por supuesto, la Argentina. En Buenos Aires participan seis fraternidades, tres bandas y decenas de paisanos. “La ciudad donde habitan más bolivianos en el mundo no puede quedarse afuera de esta fiesta”, asegura Sandalio, migrante paceño que llegó a estos pagos hace casi dos décadas.
En sus 37 años de vida, Sandalio sólo una vez se puso las botas cascabeladas. Prefiere bailar con las palabras, asegura el conductor del programa de radio Añorando mi Bolivia. ¿Y qué añora? “El chairito, el choclo, nosotros somos muy querenciosos de nuestros manjares”, dice con voz melosa.
 Su debut y despedida en el gremio caporal se dio en la fastuosa entrada del Gran Poder, hace ya más de una década. No, nada de promesas. Bailó como invitado de una fraternidad de Viacha: “Ahí se vive la tradición, señor. El barrio de Chijini es el Olimpo, lugar de dioses del ritmo”. Recuerda que aquel día bajó por las empinadas calles paceñas como en éxtasis místico. Al estadio Hernando Siles llegó con la lengua afuera. “La alegría y el corazón de la gente te ayudan a terminar. Y no, no le metí a la cerveza Paceña ese día. No quería perder el paso y descoordinar. Yaaaaaaaaaa”.
La elección de la escenografía porteña para el encuentro mundial de caporales no es azarosa. El barrio de Flores es punto de reunión, recreación y sobre todo de trabajo para los paisanos radicados en estos pagos. Costureros, vendedores, diseñadores y compradores inundan los mil y un locales de lunes a sábado. Esta tarde de domingo, la avenida Avellaneda luce una tranquilidad monacal. Obvio, hasta que las bandas hacen estallar los primeros platillos.
Vladimir es diseñador de indumentaria. Por las prendas que lleva puestas, se le nota el buen gusto. Saco blanco y violeta impoluto, pantalón haciendo juego y las lustrosas botas prestas para salir al ruedo. Es paceño, radicado en Argentina desde el lejano 1989. Juega de local. Tiene un comercio de venta de ropa aquicito, a poco más de dos cuadras. “Es fuerte que este festejo se haga en Flores. No olvide que acá nos ganamos el pan, cumpliendo con la ley. Pero este día no quiero olvidarme de mis paisanos que son explotados en los talleres clandestinos. Ellos también tienen que tener el derecho a bailar”, puntualiza el joven. Caporal memorioso. Trae al presente las desdichas de sus hermanos. Como los que murieron hace 13 años en el incendio del taller de la calle Luis Viale cuando el fuego iluminó cómo son explotados los migrantes por textileros argentinos.
Antes de despedirse –en pocos minutos comienza el acto oficial–, el fundador de la fraternidad Unión y Poder cuenta que con sus colegas se prepara día y noche, a todo motor, para llegar afilados a la cita máxima del año: el Carnaval de Oruro. “Somos más de 50 caporales y estamos entrenando a full. No me vengan con Río de Janeiro y su sambódromo. Mucho menos con Venecia, que es una ciudad que hace agua. La fiesta es en Oruro. Es una locura hermosa y con la venia de la virgencita”, saluda y luego se pierde entre sus fieles escuderos. Le sobra elegancia.
Sin fronteras
A Jackeline y a Estela les importa poco y nada la soberanía. Ellas bailan. ¡Y cómo! “Que sea boliviano, peruano o de Marte el caporal, a mí lo que me importa es bailar con mis amigos”, dice Estela, cochala llegada a Baires cuando era wawita. Su patria es su barrio. Y no le gustan los límites. Por eso integra la fraternidad Caporales sin Fronteras del vecindario de Retiro. Su compinche, vecina y confidente Jackeline es peruana. Elegante como un balcón limeño. Le encanta horrores maquillarse y usar toneladas de glitter. Antes de que comience la fiesta, las amigas se abrazan y posan para la foto en una imagen que remite a la eterna alianza peruano-boliviana. Un ejemplo para la diplomacia.
José Quintana lubrica su garganta con una Coca bien helada. Es el director de la banda Acuario, una formación con tres décadas de historia en este palo. Su documento dice que es argentino. “Pero a quién le importa lo que dice un papelito. Yo me siento boliviano. Tengo que pedir la nacionalidad”, bromea el veterano músico, con su fiel trompeta a mano. Bueno, en el fútbol es otro cantar. No hincha por Bolívar y menos por The Strongest. “Soy cuervo, San Lorenzo es mi equipo. Que de paso es el club con más hinchas paisanos, porque el estadio está en el Bajo Flores. Todo está relacionado”, se ríe el trompetista y deja ver una sonrisa blanca como la de Miles Davis.
En Acuario toca con sus hijos y nietos. Y con una docena de amigos que le regaló la vida: “Muchos paisanos y algunos bolivianos adoptivos. Ya le dije, con la malaria que hay en Argentina, me hago la ciudadanía y me voy para allá. A mi querida Bolivia”.
A eso de las cuatro de la tarde, desde el escenario piden silencio. Suenan los himnos y luego las pocas autoridades –el embajador está de viaje– dan su mecánico discurso de honor. Los bailarines calientan las piernas, dan saltitos, se preparan para el momento del éxtasis.
De repente, estallan las trompetas, los bombos y los platillos. Entonces, las fraternidades salen despedidas hacia la avenida Nazca. Y como por arte de magia, o de un conjuro de un chamán o algún yatiri, los cascabeles borran las nubes pesadas y finalmente sale el sol tremendo. Incluso, si uno afina la vista, en el horizonte se puede ver también la figura de una montaña fastuosa en pleno barrio de Flores. Un Illimani púrpura. Inalcanzable.
Crónica publicada en la revista Rascacielos, del paceño Página Siete, por acá

domingo, 17 de febrero de 2019

Carnaval carioca

El Chau Che Clú no está en Río de Janiero. Pero debería. Por ritmo, color y calor, el centro cultural enclavado en Barracas podría tener su lugar bien ganado en cualquiera de los cien barrios cariocas. Quizá cerca de los bohemios Arcos de Lapa, o por qué no colgado de los morros de Santa Teresa. O mejor aún, a pasitos de las playas siempre repletas de la zona sur. ¡Ay de ti, Copacabana!
Todos los viernes por la noche, con su velada de buen samba, el boliche de la Avenida Vélez Sarsfield al 1200 se transforma en un puente milagroso que une el arrabal porteño con la Cidade Maravilhosa. Por un puñado de horas, hasta bien entrada la madrugada, en sus salones la alegría no tiene fin. Y lo más importante, no es sólo brasilera.
El eximio percusionista Leandro “Peta” Barsotti nació en Lanús, algo lejos del mítico Sambódromo da Marquês de Sapucaí. Sin embargo, de sólo verlo acariciar los tambores se puede inferir que su esencia es más carioca que el Cristo del Corcovado. Fiel creyente de la religión pagana del samba –esa “forma de oración”, en palabras de Vinícius de Moraes-, Peta aprendió la liturgia del ritmo dándole duro y parejo al parche.
“Llegué por un amigo del barrio que es hijo de brasileños, el ‘Piru’. Su casa estaba repleta de instrumentos: pandeiros, timbales y repiques. Después de jugar al fútbol nos tomábamos una chocolatada, tocábamos algo o nos pasábamos la tarde escuchando discos de samba-enredo, de Cartola y de Nelson Cavaquinho”, cuenta el muchacho, al tiempo que apura la primera cerveja gelada de la noche.
La formación musical de los pichones de sambistas se complementaba con los VHS. Pasaban miles de horas disfrutando de las andanzas y desandanzas de las escolas más célebres: “Con los pibes nos enamoramos de las orquestas de Salgueiro, Viradouro y Mangueira. Fueron las referentes, con más de 80 años de historia y casi 5000 integrantes. Fue amor a primera vista.” Eran los finales de los ’90, años del menemista 1-1 (“deme dois”) y de la “fiebre” de las batucadas bahianas en el Conurbano. Un boom, rememora Barsotti, que explotaba en las esquinas de la zona sur.
Años después, en un viaje iniciático a Río, el percusionista pudo conocer de primera mano el maravilloso mundo del samba enredo, el popular subgénero que brilla en carnaval y se alimenta de la raíz afro que trajeron los esclavizados africanos y del bohemio submundo carioca. En los ensayos de la Salgueiro tuvo una epifanía: “¿Y si armamos una escola en Buenos Aires?” El 4 de abril de 2008, cuatro o cinco valientes hicieron tronar los parches cerca de las vías del ferrocarril Roca. Así nació Estação Primeira de Lanús.
“Tenemos un himno, exaltação se dice en portugués, que cantamos en cada una de nuestras presentaciones –infla el pecho Barsotti-. ‘Directamente de la bajada lanusense / Mi samba te va a pegar / Va, va, Estación Primera / Es mi batería / Es samba en la Argentina”. Desde hace más de diez años, cada viernes, sexta feira, el ritual se repite. Sale el tren de la alegría. 
Puro enredo
Desde aquellos ensayos germinales, la comunidad de Estação Primeira –como gustan llamarla sus miembros- no paró de crecer. Hoy suman más de 80 integrantes: una batería precisa, una docena de bailarines, entre las passistas y los malandros, y hasta una porta bandeira. Nada que envidiarle a una escola brazuca. “Las salas que componen la escuela reproducen el formato original. Desde los trajes hasta el canto, que es en fiel portugués. Tenemos talleres de percusión y diseñamos la ropa”, resalta Marcelo “Pelado” Casela, ritmista histórico. Incluso cuentan con una boutique donde los fanáticos de la verde-branca, que son varios, pueden comprarse gorros, banderas y vinchas.
La escola no se termina en la batucada. Al igual que en Brasil, sus líderes buscan que la agrupación sea un punto de partida para un fin social, de contingencia, entretenimiento y aprendizajes, todo en clave de samba. “En Río el mundo gira alrededor de la escola. Nuclea al barrio entero. Gente de todas las edades, las clases, los géneros... Es un espacio lleno de vida y una herramienta de construcción social zarpada. Nosotros la tomamos prestada, y construimos familia acá”, explica Nico Doallo, otro de los padres fundadores, mientras mece a su hijita Luana, con los tambores como canción de cuna. Y agrega: “El samba es amistad, trasmite valores y tiene mucho de contracultura. Los esclavizados le cantaban a los reyes, pero a la vez el samba era una cultura de la resistencia, con sus propias armas”. Para Doallo, la llegada al poder del conservador Jair Messias Bolsonaro quizá alimente esta veta: “La mano está jodida allá, nada muy distinto a lo que nos pasa por estos pagos. Varias escolas, no todas porque muchas dependen del aporte estatal y de empresas privadas, van a tratar el tema. La Escola Mangueira va a recordar a Marielle Franco, la militante social asesinada antes de las elecciones. El año pasado Beija–Flor lo atendió a Temer, caracterizándolo como un vampiro”.
Garota de Misiones
Algo de rouge, mucha base y, por supuesto, rubor. Las passistas se acicalan a contrarreloj antes de salir a escena. Plumas, flecos y fantasías para todas. Esta noche, la misionera Natalia Malveira tiene el reto de comandar el ala de bailarinas. Sus primeros pasos en el gremio danzante los tiró en los carnavales de su natal Concepción de la Sierra. “La buena passista tiene que tener mucha resistencia física, explosión y sabor en el samba no pé”, sentencia. Luego repasa ante el espejo los básicos: tres de pie, tres de cadera y los brazos en el aire. En 2015 tuvo su debut triunfal en el olimpo carioca con los Unidos da Tijuca: “En el Sambódromo sos como un granito de arena, te sentís parte de un todo enorme. Al principio las garotas me trataban de gringa. Me miraban medio mal, pero yo, súper perfil bajo. Al final estuvo buenísimo. Y eso que tuve que bailar con unos zapatos tres números más grandes”.
Samba, a ti te canto
Aunque arrancó dándole a los tambores, el principal instrumento de Matías Giordano es su voz. Es cantante, intérprete y compositor de los enredos que toca la escola. Su principal obra le rinde culto a Carybé, un artista plástico lanusense, referente universal de la cultura afrobrasileña. “Sabe usted, el samba es difícil de explicar, de poner en palabras. Hace unos años, me alejé del samba por seis meses. Fueron semanas que anduve mal, bajoneado. No sabía bien por qué. Tenía nostalgia, saudade lo llaman los brasileños. Una noche fui a una roda y se me pasó todo. Volvió la alegría vieja.”
A las diez de la noche, el retumbar mántrico de los tambores anuncia el inicio de la fiesta. A todo ritmo, el Peta Barsotti lleva la batuta como un Zubin Mehta surgido de las favelas. Entonces es imposible dejar de mover el esqueleto. Un frenesí de baile y excesos donde ya no existen las penas ni la angustia, y mucho menos la tristeza. ¡Bom carnaval! «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

martes, 5 de febrero de 2019

Las vaquitas son de nosotros

"Ocupar, resistir, producir". Las tres palabras en el mural condensan con sabiduría obrera la historia del frigorífico La Foresta. Un bravo toro cimarrón, seis fornidos trabajadores de la carne y una leyenda completan la imagen: "Una empresa recuperada". A esta altura del partido, ya nadie duda de que el muralismo es un arte social, político y sobre todo pedagógico. Los laburantes de la cooperativa matancera no tuvieron que cursar Historia del Arte para aprenderlo. Cuando franquean la entrada, elevan la vista y, antes de empezar la faena, el mural se los recuerda.
Es un miércoles tórrido en Virrey del Pino, a pocas cuadras de la Ruta 3, La Matanza profunda. Bolsito al hombro, a las 14 van cayendo, puntuales, los muchachos y las muchachas del frigorífico. Los recibe Cristian Montiel, presidente de la cooperativa y veterano del gremio: 43 años bien llevados sobre el lomo. Llegó a La Foresta en el '93, con sólo 18. "Era pleno invierno y entré sonadito. Yo era un pibe, un ternero, y en la faena había mucho vapor y todo ese ruido de los animales, era raro. Y de a poco me fui curtiendo. No le podía fallar al viejo, que también laburaba acá desde el año '73. Mis hermanos también, todos frigoríficos. De la carne somos". Montiel arrancó lavando y emprolijando las medias reses, y con el tiempo fue ganando confianza con el cuchillo y la chaira. Hoy son la extensión de sus mano.
A los veintipico, Montiel también se ganó su lugar como delegado. En esos tiempos, La Foresta era, junto al Yaguané, uno de los pesos pesados de la industria cárnica del Oeste. En el frigorífico se ganaban la vida 500 trabajadores.
En los últimos años del menemato, recuerda Cristian, llegaron los primeros síntomas de que la mano venía brava. "Primero los dueños se enterraron con un crédito del Banco Provincia. Después empezaron a pagar con fiambres. Los vendíamos en el barrio para hacer un mango extra". Estaban vaciando la empresa. En el '99 se fueron a pique. Los patrones pidieron la quiebra y, en medio del naufragio, huyeron como ratas por tirante. Se exiliaron en Miami, donde hoy tienen siete fábricas de hamburguesas. Centenares de obreros quedaron a la deriva. Y con la larga lucha para mantener la fuente de trabajo, arrancó otra historia. Historia cooperativa.
Víctimas del vaciamiento
Paso de manos en el sector privado, fondo de lucha, rifas, cortes de ruta, vaquitas en el barrio, colectas en los semáforos, tejes y manejes del sindicato. Durante varios años, los laburantes la tuvieron muy complicada para reabrir el frigorífico. "El gremio vino con la propuesta de la cooperativa. Pero querían poner el presidente, el secretario y el tesorero. Nosotros les dijimos que tenían que salir del seno de los trabajadores. Nos trataron de comunistas y se fueron", hace memoria Montiel de aquellos días difíciles.
Pero los trabajadores de La Foresta nunca bajaron los brazos. Se acercaron al movimiento de empresas recuperadas. "Hacer una cooperativa es fácil, el tema es ponerla en funcionamiento", sintetiza Marcelo "el Gaucho" Yaquet, responsable de la gestión del frigorífico. Conseguir las habilitaciones, desgranar los mil y un secretos de la producción, hacerles frente a las cámaras del sector. Todo les jugaba en contra. Sin embargo, contra viento y marea, el 25 de noviembre de 2006, unos 200 hombres llevaron adelante la primera faena en manos de los trabajadores. "Cuando entró la primera vaca, imaginate. La hicimos con los dientes. Teníamos unas ganas bárbaras de pelar vaquillonas, de ganarnos el primer retiro. Necesitábamos darles de comer a nuestras familias".
Tuvieron épocas buenas, malas y hasta muy fuleras. Pero siempre salieron a flote, entre todos. "Acá se valora el conocimiento de cada uno de los trabajadores. Bajo patrón, era estanco e individual. Ahora es colectivo", saca pecho el Gaucho como si recitara sabios versos del Martín Fierro. Esa mochila de saberes se comparte. "Somos casi 200, y a los pibes se les enseña el trabajo, a sentir el cuchillo –precisa Yaquet–. Esta también es una escuela, donde formamos compañeros y compañeras en un oficio que se está perdiendo".
En la experiencia cooperativa de La Foresta todo se discute, a mano alzada, en la asamblea. "El patrón no escuchaba, y ahora todos tenemos libertad de expresión. Y mirá que son bravas las asambleas, casi 120 laburantes con el cuchillo en la cintura –se ríe Montiel–. Se habla de frente y siempre terminamos bien. Salimos y nos tomamos un tereré todos juntos. El trompa vivía en el country. Nosotros nos conocemos todos. Somos vecinos de la barriada".
Abofeteada por la crisis de los últimos años, La Foresta le hace frente al tarifazo y a la descomposición económica del gobierno de Cambiemos: "De 110 mil pesos que pagábamos de luz, ahora nos viene una boleta de 650 mil. Cuando arrancamos, el kilo de animal en pie estaba $ 2,60, hoy está 60. El asado pasó de $ 8,50 a 175. Sobrevivimos porque hay otros frigoríficos que se cayeron. Es maquiavélico este sistema –reflexiona el Gaucho–. Nos alegra tener trabajo, pero nos amarga el desempleo que afecta a otros compañeros del sector". De los 10 mil trabajadores de la carne que había desde González Catán hasta el kilómetro 45 de la 3, hoy debe quedar un tercio. "Todos los lunes –cierra Montiel–, tenemos 60 personas pidiendo laburo o por lo menos una changa en la puerta de La Foresta".  
Vaca muerta
Bañadores, guincheros, rajadores de pecho, sierristas: son las especialidades alineadas a lo largo de la noria que convierten la res en carne de gancho. Oficios que suelen heredarse. "Se llevan en la sangre", cuenta Miguel Aravena, el responsable de todo el proceso productivo. Ataviado de pies a cabeza de estricto blanco, tiene ojo clínico para chequear que el producto llegue "impecable" a la cámara. Ni aparenta sus 66 años. Dice que se siente con las mismas fuerzas de aquel pibe que llegó a los 10 desde Río Negro y tuvo que aprender el arte de la hoja afilada: "El trabajo del cuchillo es artesanal, acá las máquinas no sirven". Su experiencia en la cooperativa la resume con palabras directas, rápidas y precisas, como aconseja laburar a sus pupilos: "Acá nadie te rompe las guindas, como en la época en que el patrón se llevaba todo. Además, trabajar en la cooperativa me enseñó muchas cosas. Aunque sólo tengo sexto grado, ahora sé lo que es un gasto fijo, uno variable. Con la patronal éramos como un gancho. Si te rompías, fuiste".
Vapores, ruido mecánico, hormigueo de trabajadores y las reses que se deslizan desnudas hacia las cámaras. Chinchulines, tripas, sangre. El frigorífico devora todo en una pantagruélica digestión. Nada se pierde. Todo se aprovecha. En la caldera que alimenta la planta y cocina los mondongos trabaja Carlos Barbosa. Con fama de asador excelso, no le molesta el calor. Comparte la jornada con don Héctor Russo, el hombre maravilla del mantenimiento. "Todo esto se lo resumo en tres palabras: libertad, compañerismo y responsabilidad", detalla Russo los tres pilares que sostienen La Foresta. "¡Y también los asadazos!", complementa Barbosa.
Hace cinco meses, Karen se acercaba a la puerta del frigorífico para ver si había una changa. Esta tarde tatúa las medias reses con un sellito antes de que ingresen al frío de las cámaras. "Tenía mis miedos, no lo niego. Pero acá estoy, todo se aprende en la vida", se despide la piba con una sonrisa y la dignidad dibujada en el rostro. La dignidad de los que son dueños de su trabajo. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 28 de enero de 2019

¡Acá tenés les pibes para la liberación!

A las dos de la matina la terraza está en llamas. Con su perreo, les chiques de la House of Satana le echan más nafta al fuego. La tórrida escena queer porteña vive su fiebre de sábado por la noche en las alturas de La Confitería, un antiquísimo y por demás elegante centro cultural enclavado en Colegiales. "Y todavía no viste nada –explica, demasiado coqueta, Chaco Satana desde sus plataformas interminables–. Cuando empiecen las batallas en el primer piso, ahí vas a saber lo que es bailar en un infierno." Encantador.
En las entrañas del caserón se cocina una nueva edición de la concurridísima Fiesta Turbo, prominente celebración de la movida "voguing" en la Ciudad de Buenos Aires. ¿El qué? "El voguing, querido, es un baile que viene de la legendaria cultura marica-travesti de Nueva York", alecciona con aires de historiadora Victoria Secreto, hermana adoptiva de la Chaco y miembro activa de la Casa Satana, el linaje familiar más reconocido en el gremio "voguero" de los 100 barrios porteños. "En una palabra –suma Chaco–, el voguing es algo liberador, que permite sacar el lado más femenino, andrógino, también 'mostroso' de todes nosotres. Una danza que deconstruye. Pero que también es mucho más."
Baile, estilo, subcultura… el voguing –al igual que sus cultores– no se deja clasificar, encasillar, atrapar. Fue parido por los de abajo –gays, latinos y negros de la clase trabajadora– en los subsuelos del under de la Gran Manzana, como una danza que les permitía transformarse, jugar a ser otros. Devenir, por una noche, supermodelo de la muy chic revista Vogue, militar de West Point, yuppie golden boy de Wall Street y otras quimeras inalcanzables para los marginados.
Pero también, muy en el fondo, hay una competencia, con bailarines combatiendo, como duelistas que nunca se pueden tocar. En el voguing, bailar pegados no es bailar.
Pasos y más pasos son las armas, una pizca de música house electrizante que estalla desde los parlantes como banda de sonido y todo listo para batallar. Hay un atento jurado, puntuando. En resumen, un glamoroso desfile bailable, donde los pingos se ven en el ballroom, la pista.
Desde los combates germinales en el Harlem durante la década perdida de Ronald Reagan, pasando por sus días de gloria pop edulcorada y masiva apadrinados por la ¿mejor? Madonna en los neoliberales '90, hasta la creciente movida voguing global en el nuevo milenio, Buenos Aires no escapa a la ola. Y tira poses todos los meses en la Turbo.
Marica y contracultural
La Turbo no nació de un repollo. Su ideólogo es Rodrigo Rotpando, 36 años, un curtido DJ organizador de fiestas míticas de la noche queer-punk. "Tomamos con mucho respeto toda una tradición de contracultura, resistencia marica, desde el Parakultural, Batato Barea y el transformismo local, mucha gente que rompió con el género establecido. Agarramos la posta, pero la resignificamos. Somos de la generación de las redes sociales y RuPaul", traza una genealogía mientras surca el lustroso parqué del boliche.
En 2017 se le ocurrió crear un espacio para voguear. "Nos juntamos con varias amigas y mostras. Primero pensamos que era algo muy exótico, que por ahí la gente no se iba a copar. Teníamos el antecedente de Varela Is Burning, un ballroom mítico del Conurbano creado por Sónica Satana, la host de Turbo. Y con el pasar de las fiestas nos dimos cuenta de que éramos muchos más de lo que pensábamos. Había que hacerlo." Y Turbo, con menos de un año y medio de vida y absoluta gestión cooperativa, explotó.
Según Rotpando, el voguing argento bebe en la original fuente neoyorquina, pero tiene sus particularidades. "Hay cierta continuidad, apropiaciones como la formación de casas de familia de bailarines, como la House of Satana. Pero no somos las maricas del Bronx con VIH. Somos las mostras con VIH de acá. Ahora la escena es global, y de a poco nos estamos conociendo, contactando." Una Internacional Marica, que traza puentes con la libertina Berlín, la loca Santiago y hasta la peliaguda Moscú, donde Putin persigue las disidencias sexuales con furia inquisidora.
Espacio de comunión, en el voguing todes tienen su chance de brillar en la pista. "En los inicios en EE UU, las mujeres también participaban, pero luego eso se perdió. Nosotros recuperamos esa experiencia. También hacemos activismo gordo. Todos tenemos derecho a bailar, no queremos esa idea del cuerpo estilizado, sino del cuerpo real de personas reales disfrutando a pleno", dice Rotpando.
¿Todo baile es político? "Sin dudas. Este es un espacio de comunión, para generar lazos –explica Pedro Padilla, otro motor del evento–. Afuera está el tarifazo, la falta de espacios para la cultura, la macrisis. Acá vamos para adelante todos juntos los subalternos."
En el dancefloor
En la pista suena Fatboy Slim y la masa suda la gota gorda antes de que arranquen las batallas. En cueros, shorcito y chaleco amarillo que homenajea a los rebeldes franceses, Gonzalo mueve las patitas y brilla como la Libertad del cuadro de Delacroix. "Acá puedo ser quien realmente quiero ser, saco lo que tengo adentro", se despide en trance el docente de San Cristóbal.
No muy lejos, Mateo Explendorose hace gala de su mini sin prejuicios. Aunque no cree en las etiquetas, se siente una vampiresa intelectual post género. "Soy profe de inglés en un colegio. Y todavía me sigue shockeando la machirulidad de los chicos. Por eso lo que yo busco es deconstruir en todos los espacios", asegura. Hoy tuvo su primera clase de voguing. Aprendió lo básico: el exagerado cat walk (el paso del gato), el flexibleduck walk (el del pato) y los profundos dips (las caídas). Para el ballroom, confiesa, le faltan horas de vuelo.
Rómulo es brasileño y se nota por como mueve el pandeiro en la pista. Hace dos semanas dejó atrás Río de Janeiro y se vino a la Argentina. "Gracias a Bolsonaro conocí esta fiesta", dice con un dejo de saudade carioca. Luce pollera negra larga y furioso glitter en composé. Ni la ola conservadora ni la derecha religiosa, se despide, le van a sacar lo regia. Mucho menos la alegría.
La batalla de Colegiales
La performance de la familia Satana sobre el escenario deja a la platea a punto caramelo para las batallas. La matriarca Sónica, de estricto conjuntito animal print, toma el micrófono, dicta las reglas y anuncia los importantes premios que cosechará el vencedor: 1500 pesos devaluados y un dildo bien dotado.
Antes de salir al ruedo, la glamorosa "Quién es esa chica", una drag recién llegada de Barcelona, da los últimos retoques a su frondosa peluca rosada frente a un espejo. "Vengo a romperla, a hundir a todas. En la pista voy a estar al rojo vivo. Hoy gano seguro, soy la reina", dice y luego recibe, cual estrella de Hollywood, los aplausos de cuatro amigas que trajo de hinchada. En la batalla, le juega en contra el exceso de triunfalismo: un pibe con una camisa de Roy Lichtenstein le pasa el trapo.
El platense Fedde Thomas es el Barýshnikov del voguing. En el ballroom tira mil y un firuletes. ¡Al Colón! "Me gusta mostrar todos los trucos que ensayo, lo dramatic y lofemme –dice antes de la gran final–. Pero lo fundamental es divertirse. En la pista no pienso demasiado. Bailo y disfruto."
La tribuna delira con el nuevo campeón, hasta que desde los parlantes estalla nuevamente el punchi-punchi. En la pantalla, arriba del escenario, se lee una frase. "Bailar libera". Cuánta razón. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 14 de enero de 2019

El día más triste de los libreros del Parque Rivadavia

La grúa hunde sus dos dientes afilados bajo el puesto 84. La veterana casilla de la feria de libros, revistas y discos del Parque Rivadavia se entrega mansa a los empleados del Gobierno de la Ciudad. La batalla para mantener su espacio original, que ocupa desde hace décadas, está perdida.
"Se lo resumo en dos palabras: absoluta tristeza, eso es lo que sentimos hoy", dice, apenado, Fabián Torres, curtido vendedor de exquisitas obras literarias y delegado de los feriantes. Desde el año '90 se gana el pan en el parque, en el puesto 97, reubicado precariamente sobre la avenida Rivadavia desde el último y auténtico día de miércoles.
Con paciencia infinita, Torres desembala, limpia y acomoda unos textos clásicos de Walter Benjamin, Pasolini y Bukowski sobre los estantes. "Esta es una mudanza distinta, que nos mueve todo: la estructura de laburo, pero también nuestra relación personal y afectiva con el parque. Hicimos de todo, la verdad: juntamos más de  5000 firmas, hicimos un festival, fuimos a ver a la gente de Patrimonio Histórico, convocamos a las organizaciones vecinales, hablamos con S.O.S. Caballito, pero no hubo caso. Con la sanción del nuevo Código Urbanístico en la Legislatura, donde figura la posibilidad de apertura de la calle Beauchef, ya no hubo vuelta atrás." La decisión, en definitiva, les dio la espalda y se tomó a partir de una encuesta online realizada por el Ministerio de Ambiente y Espacio Público porteño, apenas difundida, en la que votaron poco más de cien vecinos.
La iniciativa, que supone la apertura al tránsito vehicular de esa calle entre Rivadavia y Rosario, en un lugar ocupado hace décadas por los libreros, para mejorar la accesibilidad, va a contramano de todas las recomendaciones sobre espacios verdes. El barrio de Caballito cuenta en la actualidad con apenas 1,5 m² por vecino, un 10% de los 15 metros cuadrados de espacio verde per cápita que recomienda la Organización Mundial de la Salud. Ahora será menos. Por las obras, se recortarán unos 600 metros cuadrados del gran pulmón verde de la Comuna 6, junto a una merma irreversible de árboles, que ya fueron retirados.
Se suma a la desazón de los libreros el reclamo de la comunidad educativa del Normal Nº4 y el Liceo Nº2, que funcionan (junto a un terciario y salas del nivel inicial de dos a cinco años) en el edificio adyacente a la nueva calle, que ni siquiera fue consultada sobre el proyecto. La vía vehicular pasará justo frente al portón de salida de los estudiantes, que entran por la calle Rosario pero salen hacia el parque. Desde el establecimiento no descartaron presentar un amparo.
Las obras encaradas para la traza de la calle Beauchef durarían seis meses, y son un sismo del que los feriantes recién empiezan a ver las secuelas. "Las autoridades nos garantizaron que los 100 puestos tienen asegurado el regreso al espacio original. Hasta junio, imagino, estaremos sobre la avenida, pero tengo dudas de que después entremos todos", confiesa Torres. La apurada mudanza, la precariedad de las instalaciones y la falta de información hacen desconfiar a los trabajadores. "Van a ser muchos meses sin electricidad. No tenemos ni siquiera para iluminarnos, mucho menos para conectarnos y hacer una venta con el Posnet. De alguna manera, nos están empujando a la ilegalidad", puntualiza el delegado. Antes de seguir con su faena de limpieza, Torres recomienda una lectura de verano para el jefe de gobierno porteño: "Un libro que salió mucho en los '90, Las Memorias de Carlos Menem. Tiene todas las páginas en blanco. Larreta se lo debe haber estudiado entero".
Demasiado lejos de la divertida aguafuerte "Amor en el Parque Rivadavia" que supo escribir Roberto Arlt en los años treinta, la escena que puede pintarse de la plaza en esta tarde gris de enero es más parecida a una película del neorrealismo italiano de la posguerra: las montañas de basura, los libros desmembrados, los vinilos olvidados, una maraña de fierros oxidados, pilas y más pilas de cajas y la angustia a flor de piel en los rostros de los cansados puesteros.
Lidia, vendedora del 38, cuenta que como puestera y, sobre todo, como vecina –vive a diez cuadras–, le duele en el alma que le saquen más espacio al parque: "Primero pusieron las rejas, ahora esta calle. En vez de plazas, la ciudad se está llenando de ratoneras". Los días perdidos de trabajo y los daños irreparables que sufren los oxidados puestos suman amargura. En este año que comienza, sugiere a las autoridades porteñas la lectura de La conjura de los necios, ácida novela del americano John Kennedy Toole.
Fumando espera Gerardo a que trasladen su inseparable puesto, el 82. Veinte años de historia lo unen al parque. Arrancó con una tabla y caballetes, después fue empleado, luego socio y desde hace dos años tiene espacio propio. Siempre se la rebuscó, dice. Se especializa en la compra y venta de música: decenas de discos de vinilo y cedés son sus tesoros. "Aunque nos dieron un escrito que aclara que vamos a volver los 100 puestos, estoy un poco asustado. Es que somos como una familia y hay que cuidarnos. Por otro lado, muchos no entienden que somos cultura, aunque tenga la remera gastada y un poco agujereada." Asegura que la feria es un termómetro que permite medir la afiebrada realidad económica argentina: "Los meses pasados fueron muy tristes. Vino mucha gente grande a vender discos de pasta, que ya no sirven para nada. Lloraban, pedían que les demos una mano, aunque sea unas monedas para comer. Terrible, hermano". Gerardo pita el pucho que tiene entre los labios, pispea una vez más el puesto antes de que se lo lleven las insaciables grúas y dispara: "Si viene Larreta y quiere comprarse un compact, le recomendaría algo de reggaetón, porque es música que no dice nada. Igual que él". 
A unos pocos pasos, cuatro estoicos caballeros enfrentan una decisiva partida de dominó, justo donde las topadoras harán de las suyas para abrir la calle. "Todo el mundo habla de la feria, y está muy bien, pero no se olviden de nosotros", tira la bronca Rubén, un jubilado de Caballito. Además del dominó, él y una decena de colegas se le animan al ajedrez, todas las tardes, sobre las fieles mesas del parque "El dinero no alcanza y esto es nuestra vida –mastica rabia Rubén–. ¿Qué quieren, que me quede viendo tele en casa? No sabemos qué va a pasar con nuestras mesas. Si las sacan, nos dejan jaque mate."
Una crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá