lunes, 19 de septiembre de 2016

Dale, dale con el look

"La mujer de un presidente puede tener un rol político o acompañar y ayudar desde otro lugar. Mi vida es muy activa, estoy todo el tiempo en movimiento… Me encargo de las comidas, de la casa, de la obra en Olivos… Me gusta ocuparme de la ropa, de llevar y traer a mis hijas, prefiero hacerlo yo." Así reflexionaba Juliana Awada en la revista Noticias, casi como si se tratara de la protagonista de una publicidad de un producto de limpieza para el hogar, sobre su métier de primera dama, poco después de que Mauricio Macri asumiera la presidencia.
La aparición de Awada ha dotado a la Argentina de un formato nuevo –que no es lo mismo que moderno– para el rol y el marketing de primera dama. Lejos del activismo social de Eva Perón o del perfil político de Cristina Kirchner, también está lejos del papel de entrecasa, poco trascendente y poco visible de Inés Pertiné o María Lorenza Barreneche. La esposa del actual presidente se ha vuelto figura omnipresente en los medios. La moldean como un fetiche que representa un modelo de mujer que reclama un perfil activo y presume de contemporáneo, sin opacar jamás el lugar dominante del marido, y que recupera los emblemas más tradicionales (o conservadores) de lo femenino.
A pesar de la naturalidad con que Awada se ha hecho cargo de ese modelo, es inevitable percibir, tras el crecimiento de su imagen, el trabajo estratégico del marketing. Con el objetivo de deconstruir el intrincado montaje detrás de la imagen pública de una primera dama abanderada de la sencillez elegante, Tiempo consultó a un grupo de especialistas en comunicación, publicidad y análisis del discurso.
Espejito, espejito
María Juliana Awada se crió en el seno de una familia de clase media alta de origen sirio-libanés. Estudió en una escuela de élite y en los frívolos '90 formó parte del círculo de Zulemita Menem. Estuvo en pareja con un conde belga ostentosamente falso, pero ostensiblemente terrateniente. Hizo carrera como diseñadora y fue acusada junto a su familia por explotación de personas en talleres clandestinos. De linaje musulmán y cultora del New Age, decidió hace poco bautizarse en la fe católica. Es conocida como "La Turca" entre los popes del PRO. En su libro Juliana, el periodista Franco Lindner especula que la primera dama es "la dueña de Macri: la que comparte la cama y el poder con él."
Para Ingrid Sarchman, docente e investigadora de la UBA, las pruebas de ese vínculo basado en el poder saltan a la vista: "Los especialistas en marketing detectaron que algunos sectores sentían rechazo hacia la figura de Cristina como mujer 'fálica', de mal carácter, demasiado maquillada, hasta poco femenina. Por eso la imagen de Macri instando al diálogo, a cerrar la grieta, llamando a la concordia, venía como anillo al dedo. Y si además estaba casado con una mujer linda, elegante, que parecía compartir esos mismos valores acerca de la 'paz social', todo cerraba.
En coincidencia, la periodista y docente de la Universidad de Rosario, Susana Rosano, sostiene que "frente a la imagen de Cristina siempre enojada, retando a todo el mundo, la de Awada parece un correctivo: 'Este es el verdadero lugar de la mujer, al lado de su marido, y haciendo un poco de beneficencia'." En la construcción de esa dualidad es fundamental el rol que asumen los medios.
Las noticias sobre la primera dama desbordan las páginas de las revistas de chimentos, celebrities y aun las periodísticas. La versión local de ¡Hola! reproduce en su tapa de manera regular escenas de la vida cortesana de la "reina" Awada, junto a las de otras figuras de la realeza europea, como su amiga Máxima de Holanda. ¡Hola! es una publicación del grupo La Nación. Awada es amiga de Pamela Marcuzzi, esposa de Fernán Saguier, subdirector del diario.
"La exposición es fundamental. Para vender un producto, hay que exhibirlo", asegura el creativo publicitario Gabriel Raimondo. Dado el cuidado puesto en difundir las apariciones públicas de la primera dama, "nada es improvisado. No puede ser todo tan perfecto: su vida, su cuerpo, su hija. La imagen de Awada complementa a la de Macri. Y como en cualquier estrategia publicitaria, es importante que todo eso se sepa. No es casual que La Nación o Clarín le den tanto espacio."
La licenciada en Comunicación Valeria Groisman resalta que cuando la cobertura mediática se limita a la descripción de la apariencia, exhibe una imagen empobrecedora: "Exalta las cualidades tradicionalmente femeninas –simpatía, ternura, belleza— e instaura modelos femeninos estereotipados: la mujer que acompaña en silencio, la madre dedicada, la esposa atenta."
Dale, dale con el look
Un equipo liderado por la politóloga María Reussi, en diciembre pasado designada asesora presidencial con rango de subsecretaria, aconseja a Awada sobre su imagen. El perfil social y político de la primera dama nace de una estrategia para potenciar su protagonismo. Según Groisman, "al mostrar su intimidad, al hablar de hijos y vacaciones, la gente puede sentirse identificada. Su discurso pierde artificialidad, gana credibilidad y, consecuentemente, una mayor aceptación social."
Las redes sociales se han vuelto el campo de batalla para las guerras simbólicas del siglo XXI. La cuenta de Instagram de Juliana reúne a un ejército de más de 660 mil seguidores. Awada retoca el nudo de la corbata de su marido antes de una cena con Barack y Michelle Obama, o posa con aire casual pero intenso en un templo budista del Lejano Oriente. Raimondo sostiene que Instagram "se destaca por lo estético: imágenes con filtros, trabajadas, pensadas con mucho cuidado. Ahí no importa qué hizo, qué dijo, ni cuán informada está: importa cómo se ve."
Consultada por el diario español ABC sobre la influencia de la figura de Jackie Kennedy, Awada confesó: "Elijo ser yo, tener mi propio estilo y no tomar como referente a nadie. Lo importante es que la gente sepa que estoy al lado de Mauricio." Esta respuesta, que parece cargada de humildad y en la que Awada reclama para sí el derecho de mantenerse auténtica, es sin embargo un nido de ambigüedades. "Cuando uno dice 'no me quiero parecer a X', inevitablemente está instando a que X sea el referente", reflexiona Sarchman. "Podría haber mencionado a otras primeras damas, pero menciona a Jackie porque en el imaginario social ella estaba asociada a elegancia, familia de alcurnia y compañera hasta, literalmente, la muerte del presidente."
En el mismo sentido puede leerse la importancia que le adjudica al hecho de que la gente sepa que ella está junto a Macri, como si su rol fuera determinante para que el presidente cumpla con el suyo. ¿Será que el mandatario no puede con el país si Awada no le ajusta el nudo de la corbata? ¿O en qué otra cosa es políticamente importante la primera dama, más allá de su rol de esposa entregada a seguir a su marido, siempre elegante y con una sonrisa? "Hay un interés de captar a las multitudes desde un perfil melodramático –afirma Rosano–, y desde ahí se podría formar una serie con Mirtha Legrand y Susana Giménez, pero en un estilo mucho más cool. Una especie de reina blanca que acompaña a su príncipe de ojos claros, como en los teleteatros." Una ficción, en definitiva, con la que sólo se intenta tapar el bosque de una realidad más dura.
Una nota a cuatro manos con JP Cinelli en Tiempo Argentino, se lee por acá

lunes, 12 de septiembre de 2016

Historias de junqueros

Sentado sobre el esqueleto de una lancha, Orlando Héctor Arroyo recuerda al Tuqui, su primer bote. "Me dijeron que no servía ni para hacer un asado. Pero todavía camina. Me costó una pila de plata en los ’70", cuenta y dibuja con sus curtidas manos una etérea montaña de billetes. Tiene 68 años y más de 40 de vida isleña. Desde los 12 trabaja por su cuenta. Plantó sauces, cazó nutrias y cortó juncos. Sobre todo cortó juncos. "Nunca bajo patrón –resalta Arroyo–. Pero todo se terminó cuando llegó el Colony Park y nos echaron", dice y convida un mate amargo. Ahora pasa sus días en el continente, en una barriada cerca San Fernando, lejos del río. "A veces vengo a la costa a ver las embarcaciones y me da tristeza. O recuerdo cuando cortaba juncos y sentía que el perro salía corriendo porque había visto una nutria, y yo dejaba la hoz y salía disparado a agarrarla. Extraño la isla, el río... No es tan fácil olvidar".
Arroyo no olvida los últimos meses de 2008, cuando las topadoras del emprendimiento inmobiliario Colony Park arrasaron su casa y las de otras 20 familias que vivían sobre los arroyos Anguilas y La Paloma, en la Primera Sección del Delta del Paraná. "¿Sabe qué sentí? –confiesa el veterano junquero–. Mire, yo estuve cuatro veces al borde de la muerte. Pero acá me tiene, luchándola. Por eso vengo a la cooperativa, porque este es mi lugar."
Navegar es preciso
La lancha avanza a los tirones por el Canal Vinculación. Son las diez y el sol calienta la mañana de un invierno miserable. Ignacio vive en Chacarita, pero pilotea la pequeña embarcación con la destreza de un viejo capitán. Tiene 31 años, estudió Agronomía y milita en el Movimiento Nacional Campesino Indígena. "Nos sumamos para el armado de la cooperativa y aportar desde lo productivo", grita a viva voz, para ganarle la pulseada al motor fuera de borda.
Sobre la margen derecha del Vinculación abre su boca el Anguilas, el arroyo que Haroldo Conti utilizó como escenario para su novela Sudeste. Poco queda de la llanura de juncos que describe Conti. Tampoco están en pie la bóveda de árboles, las plantaciones de frutales y las humildes chozas de los isleños. Sí hay una casilla de seguridad de Colony Park, que custodia con recelo la entrada y salida de embarcaciones. "Aunque en 2011 la justicia frenó el proyecto por el impacto ambiental, la cuestión de fondo es que no se resolvió la tenencia de la tierra. Los compañeros vivieron en la isla de generación en generación, y de repente cayó una empresa con un papel y les dijeron que la tierra no era de ellos. A muchos los desalojaron, o cuando se iban a pescar, volvían y encontraban la casa quemada. Se aprovechaban de que no sabían leer y escribir, aparecía un tipo de saco y corbata con un papel y los echaban", cuenta desde la proa Rodolfo, otro agrónomo que milita por la causa isleña.
En 2010, como forma de resistencia, varias familias se organizaron y conformaron la cooperativa Isla Esperanza. Desplazados, sin lugar para cortar y secar los juncos que les daban de comer, montaron un galpón sobre el arroyo La Paloma y comenzaron a producir cortinas, con una máquina adquirida gracias a un subsidio del INTI. También plantaron duraznos y dieron los primeros pasos en la apicultura. La cooperativa se mantuvo a flote pese a las tormentas que debió capear. "Al principio, caía la Prefectura en las asambleas, pedían DNI, nos preguntaban de qué íbamos a hablar. Se transformó no sólo en un lugar de producción, sino en un espacio abierto a la comunidad, político. Y eso le molesta a mucha gente", explica Ignacio, mientras el tracker avanza manso por el agua barrosa.
En los últimos tiempos, la cooperativa sufrió robos y aprietes, pero la sangre llegó al río hace pocas semanas. El domingo 21 de agosto, cerca de las 19, un incendio devoró el galpón. Los trabajadores denunciaron que fue un ataque realizado por tres personas, que se dieron a la fuga en una lancha azul y blanca, en medio de la oscuridad. La imagen dantesca con llamas de siete metros de altura parecía sacada de un cuadro de Fermín Eguía. Aquella noche, la Prefectura se mantuvo impávida en su puesto de vigilancia, ubicado cerca del galpón. Dándole la espalda al fuego. Y también a los isleños.
Cenizas del paraíso
En el predio de la cooperativa sólo quedan maderas quemadas, fierros retorcidos y cenizas. "Con el incendio ardieron 100 mazos de junco. Entre galpón, maquinaria, equipo de apicultura y los libros que contaban la historia de la cooperativa, perdimos como 300 mil pesos", se lamenta Arroyo, mientras carga una chapa abollada. No muy lejos, Pablo, un vecino isleño, pica cebollas para el guiso de lentejas que dará de comer a los trabajadores. Tiene 60 años y ojos azul cielo que heredó de su padre. Milita en la organización Casa Pueblo, un colectivo defensor de los humedales. "El incendio nos movilizó –explica mientras revuelve con parsimonia la olla popular–. Isla Esperanza es el primer hito de la lucha isleña. Estas situaciones se van multiplicando, mientras las autoridades municipales y provinciales miran para otro lado."
Rodolfo apila sillas y libros calcinados, custodiado por una bandera del Movimiento Campesino Indígena. Antes de seguir con la limpieza, advierte: "Hoy vamos a empezar a construir un nuevo galpón y a recuperar un pedazo de tierra que es nuestro. Nos quemaron una vez, y vamos a armar dos. Y si nos queman dos, vamos a tener que armar cuatro. La vida es así, ¡no vamos a bajar los brazos!"
Tierra y libertad
Sofía Astelarra es otra vecina que se acercó a dar una mano. Estudió Sociología y desde hace casi una década analiza el impacto socioambiental de los emprendimientos inmobiliarios en las islas. "Con el avance de la especulación de los barrios cerrados en la cuenca del río Luján, toda esta zona empezó a sufrir presiones. Colony Park obtuvo el permiso para comenzar con el dragado en 2002, y para 2007 arrancaron con los desalojos y el desmonte. Querían hacer una ciudad en la isla, y el eslogan era: 'Desurbanizá tu vida en cinco minutos'", cuenta Sofía, acerca del proyecto diseñado por el Estudio Robirosa-Beccar Varela-Pasinato que, según los isleños, ofrecía 900 terrenos con valores cercanos a los 250 mil dólares. "Echaron a las familias y destruyeron su ecosistema, les cortaron todas las posibilidades de subsistencia."
Gerónimo Gadea nació en el Delta hace 60 años. Es segunda generación de isleños. Socio fundador de la cooperativa, también hace changas como jardinero. Dice que su fuerte es la caza. Sabe leer la senda por donde trajina el animal. Todavía recuerda una batalla cuerpo a cuerpo con una nutria, hace 20 años. "Venía muerto, la agarré de la cola y salvé el día. Con esa nutria comieron mis hijos", evoca, y luego mira desconsolado las ruinas. "La isla me dio de comer toda la vida; pero ahora no se puede pescar, no se puede cazar, no se puede hacer junco. Se perdió todo."
El viejo y el arroyo
Sobre el Anguilas, Osvaldo Pedro Andino edificó toda su vida. Nació en 1944, se casó, crió a sus diez hijos y, destaca, fue muy feliz junto a su fallecida mujer, Clorinda Ramona López. Cuando tuvo que dejar su tierra a la fuerza, se fue al continente y alquiló una piecita. La jubilación mínima y la pobreza no dieron para mucho más. “Pero no, señor, yo tengo que vivir acá, como lo hicieron mi viejo y mi abuelo, que llegó al Paraná Miní en el 1900", asevera. Luego, ayuda a los trabajadores de la cooperativa Dharma Sapucay, que le dan una mano para montar nuevamente la base de su rancho.
Ataviado con un pañuelo granate al cuello, jeans gastados, gorra oscura y botas embarradas, Andino es retratado orgulloso sobre un bote, con el Anguilas como telón de fondo. "¿Sabe qué le diría a la justicia? –dice antes de despedirse–. Que nos miren un poco más a los pobres. Si nos sacan del arroyo, perdemos la vida." 
Una crónica publicada en Tiempo Argentino por acá

lunes, 5 de septiembre de 2016

Un cross a la mandíbula de los libreros

Frente a la librería El Vitral ya no hay una larga cola de jóvenes renovando la pasión por el libro impreso. Sólo algunos despistados que, con la ñata contra el vidrio, chusmean desde la vereda. Un papel pegado con cinta scotch advierte, rotundo: "No hay más libros".
En el local enclavado en Montevideo 108 sólo quedan anaqueles vacíos. María De Giorgio, la dueña de la librería, hace un alto en la faena de limpieza y confiesa: "En el contexto de crisis y recesión, decidimos cerrar y vender sólo por Internet. Siempre trabajamos con un perfil accesible y eso no podía seguir." Cuenta que arrancó en el ramo en los '90. Y dice que la regla de oro para todo buen profesional del libro es sencilla: hay que amar la literatura.
El cierre del local de Congreso es un botón de muestra del complejo momento que atraviesan los libreros argentinos, luego de un primer semestre tormentoso. María explica que la baja en las ventas, combinada con la suba en el alquiler y los servicios, armó un cóctel explosivo que, en su caso, estalló pocas semanas atrás. Entonces decidió liquidar el stock. El lunes pasado, una marabunta de clientes terminó en pocas horas con los volúmenes que habitaban El Vitral.
Consultada sobre alguna obra para leer en estos días complicados para el mercado del libro, María recomienda enfocarse en historias que tengan una "visión más espiritual de la existencia". El cuento "Cerrado por melancolía", del escritor-librero Isidoro Blaisten, puede ser un buen comienzo. Antes de seguir con su labor, escoba en mano y el cansancio dibujado en el rostro, María aclara: "Por un lado, me pareció un final digno porque mucha gente pudo llevarse un libro a precio de regalo. Pero estoy muy apenada: se cierra una etapa a la que le dediqué muchos años de trabajo".
Crítica a la razón cínica
"No hay una buena manera de cerrar una librería. En realidad siempre es una mala noticia, sobre todo cuando se cierra por la situación económica", explica a Tiempo Ecequiel Leder Kremer, director ejecutivo de la Librería Hernández, uno de los centros neurálgicos de la cultura bibliófila porteña. Hernández es un emprendimiento familiar con más de 60 años de historia. Su local sobre la avenida Corrientes es un punto de encuentro que supo dar cobijo a escritores y pensadores nacionales de la talla de Raúl González Tuñón y Osvaldo Bayer.
"Nosotros, como actores de la industria cultural, queremos trabajar por la democratización en el acceso al conocimiento. Ahora, eso no pasa por liquidar tres libros a diez pesos. Es un tanto cínico lo que hicieron los medios al destacarlo de esa manera", reflexiona Leder Kremer. Para el curtido librero, el mercado editorial está atravesado por una doble crisis. La "cultural", que incluye el cambio de paradigma en el soporte y el consumo de contenidos. Y por otro lado, la que generan las políticas económicas impulsadas por el nuevo gobierno, un cross a la mandíbula del consumo interno. "En el caso de los libros, que no son una necesidad básica, pasan a ser un bien prescindible, no figuran en las jerarquías del consumo", analiza, y puntualiza que las ventas en unidades se han desplomado un 20% durante 2016.
Desde la Cámara Argentina del Libro (CAL) explicaron a Tiempo que todavía no hay datos precisos de estos primeros ocho meses. Sin embargo, se puede marcar que en el primer trimestre la importación de libros creció un 40%, en parte por la apertura impulsada por la gestión Cambiemos, y las exportaciones cayeron un 5 por ciento. En tanto, el número de ejemplares impresos no deja de bajar desde 2014, cuando se imprimieron 129 millones. El año 2015 cerró con 82,6 millones de impresiones y 28.966 nuevos títulos.
"Sabemos que hay librerías en todo el país que están cerrando o que están al borde. En general, las agonías de las librerías son largas. Muchas veces tienen capacidad de resistencia, y muchos libreros somos empecinados y seguimos contra viento y marea", arriesga Leder Kremer. En los últimos meses, cerraron sus puertas Prometeo de Palermo, la sucursal de Distal en Caballito y la céntrica Adán Buenosayres, que se encuentra en pleno proceso de constitución cooperativa.
Cambia, todo cambia
Poco tiempo antes de las elecciones, un grupo de editores y libreros anticipó en un documento que la devaluación y la apertura de importaciones iban a licuar las inversiones y las ganancias, además de ocasionar un parate en la cadena de pagos del sector. "A ocho meses de aquel documento, puedo confirmar que los vaticinios se impusieron con la contundencia de un mazazo", remata Miguel Villafañe, un tradicional librero del Bajo Flores que comanda el sello Santiago Arcos Editor. Describe un panorama desolador: "Caída estrepitosa de las ventas en el último trimestre, aumento de todos los costos –tenemos pendiente el pago de facturas de servicios por un 500% más de lo que pagábamos–, incluidos producción editorial, almacenaje y expedición". Villafañe estima que a este ritmo, "en tres meses, o bien dejaremos de poder publicar libros, o bien tendremos que ajustar en algún lado para sobrevivir".
Aquel documento premonitorio nació en la librería La Internacional Argentina, la sede de la editorial Mansalva, que pilotean Francisco Garamona y Nicolás Moguilevsky, en Villa Crespo. "Para nosotros la situación siempre es difícil. La librería tiene clientes fieles, al igual que la editorial, gente que, pase lo que pase, te va a seguir. Pero antes venían y compraban tres libros y ahora se llevan apenas uno. Se nota el cambio", explica Moguilevsky, un joven músico que dio sus primeros pasos como dealer literario en la secundaria. Cuenta que para engordar las ventas, realizan ferias, ofrecen descuentos y motivan a los lectores por las redes sociales. Para leer en estos días, recomienda Impresiones de África, de Raymond Roussel, "un libro de pura fantasía y evanescencia, donde uno puede encontrar soluciones a este presente".
El año del desierto
Para los libreros, Corrientes ya no es lo que era. A las siete de la tarde, sólo un puñado de clientes se deja tentar por las ofertas. Los carteles de las librerías, siempre hiperbólicos, prometen libros a 30 pesos, ofertas por doquier o simplemente la fatal "Liquidación total". "Faltan clientes, pero sobran las personas que se acercan a vender sus libros para hacerse de efectivo", confiesa Matías, el encargado de la librería Sudeste, a pasitos de Callao. "En estos últimos años –cuenta– veníamos creciendo, pero se frenó. Además, subieron mucho de precio los libros, sobre todo los nuevos. Nosotros nos manejamos más con usados, que gotean. Agosto fue el peor mes del año." Para capear la crisis, sugiere leer un clásico de Naomi Klein, La teoría del shock, porque "explica muy bien el roscazo que nos estamos comiendo".
A pocas cuadras, en el angosto salón de la librería Jekyll, Juan Manuel espera la llegada del cliente salvador. Cuenta que tener un local sobre Corrientes es como jugar en primera, sobre todo por los costos. Hoy, su librería luce desierta. ¿Lo que más se vende? "El saldo y los libros de diez pesos." Fiel lector de ciencia ficción, recomienda alguna obra de Issac Asimov para estos tiempos. Pero aclara, "quizá sería más recomendable un buen libro de autoayuda".
Una crónica en Tiempo Argentino, se lee por acá

jueves, 1 de septiembre de 2016

Sobre el libro de una diputada

"Recordemos que es muy agradable sentir olor a fresco y limpio de la persona que nos sirve el desayuno." La cita pertenece a Cómo conseguir una mucama… y no perderla en 7 días, el libro de Mercedes de las Casas, legisladora porteña del PRO. El volumen se vende como una guía "fresca", "práctica" y aún "amena" para lidiar con el personal doméstico. Quizá por eso en sus páginas se especula: "Recordemos que no siempre la mucama posee gran capacidad de recepción y memorización." Bajo un velo de supuesta complicidad entre empleadora y empleada, el escrito presenta dosis parejas de lo que la academia llamaría "racismo tecnocrático" y "darwinismo social".
"Son lecturas que se pueden hacer. Por ahí se puede decir: 'Esta es una gorila que hace un libro sobre mucamas.' Pero eso es sacarlo de contexto", dice a Tiempo la diputada en su radiante despacho. "En realidad, el libro lo escribió mi madre –aclara–. Y eso fue ya hace mucho tiempo." La portada, sin embargo, destaca que la obra fue redactada a cuatro manos entre Mercedes y su madre, la especialista en management empresarial Gloria de las Casas. La obra publicada por Planeta llegó a las librerías en 2007, el mismo año en que la joven ingresó a la función pública.

Desde enero pasado, ocupa una banca en la Legislatura, donde integra la Comisión de Antidiscriminación. Milita en el PRO desde 2003, pero su vínculo con la política viene de antes: "Siempre tuve una tendencia a ayudar." Trabajó en el Ministerio de Ambiente y Espacio Público, bajo el ala del actual vicejefe de Gobierno Diego Santili; luego migró para asesorar a Cristian Ritondo, y finalmente tomó vuelo propio como directora general de Patrimonio. "Me aboqué mucho al trabajo con niños –puntualiza–, me interesa la solidaridad", y confiesa que la inquieta la higiene de la urbe y el trabajo de los recicladores: "Me he subido al camión con ellos y pasé horas acompañándolos. Defiendo la mano de obra." Entre los proyectos que ha elevado, se destacan diversas declaraciones: desde adherir al último Acuerdo de Cambio Climático de París hasta nombrar huéspedes de honor a la cantante melódica italiana Laura Pausini y a su colega estadounidense Mariah Carey. Otra de sus iniciativas –por la cual le llovieron críticas– fue impulsar como personalidad destacada a Adriana Szusterman, la maestra jardinera que triunfó en la canción infantil interpretando el tema del Sapo Pepe. Según De las Casas, con sus declaraciones busca reconocer a personalidades solidarias que "hagan algo positivo. Los egos personales no me gustan."

Sobra la génesis del libro, explica que hace diez años comandaba Mastermaid, un centro de capacitación para personal doméstico. "Era un momento difícil, veníamos de la crisis de 2001. Crecí con la empresa, di 1100 puestos de trabajo por la capacitación. Garantizábamos que la persona tenía que quedar en blanco. Como me enseñó Perón, creo que hay que dignificar los oficios", subraya. De las Casas confiesa que escribió un capítulo del libro, pero no recuerda cuál. "Me enfoqué en temas del uniforme, darles pautas a ellas para que valoren el trabajo que están haciendo." El libro explica que "las profesiones más dignas llevan su uniforme con orgullo: azafatas, enfermeras, policías". Mercedes cita como ejemplo a la empleada que se encarga del cuidado de sus cuatro hijos: "Lina, que es la persona más importante de la casa, sola se pone el uniforme porque se tira a jugar con los chicos al piso. Ella es mi compañera."
–¿Hace mucho que Lina trabaja para su familia?
–Desde siempre. La realidad es que ella es la persona que hace que nosotros podamos funcionar en sociedad. Es parte de la familia. Su hijo me preocupa tanto como los míos. El libro pretendía que ellas supieran el valor que tienen como profesionales.
Consultada sobre la ley que reglamentó el trabajo para el personal doméstico, sancionada en 2013, cree que ha mejorado la situación del sector. "Ni Perón sacó una ley para ellas. Me parece que hemos evolucionado. Ya no hay cuartos de servicio, que eran vergonzosos. Si Lina se tiene que quedar a dormir, tiene el mejor cuarto. Que duerma en mi cama, no me importa. Cuida a mis hijos, que son lo más importante", cierra la diputada antes de posar para la foto, custodiada por un óleo de Ítalo de Luca titulado simplemente "Amigas".
Publicado en Tiempo Argentino, se lee por acá

viernes, 26 de agosto de 2016

Memorias de los beatniks criollos

Todo comenzó en La Manzana Loca. Con sus fronteras demarcadas por las calles Marcelo T. de Alvear, Maipú, Leandro Alem y la Avenida Córdoba. Un archipiélago que refugiaba al Instituto Di Tella, la Facultad de Filosofía y Letras, la librería Galatea y al bar Moderno, sobre todo al bar Moderno.
Corrían los años del “oasis creativo” auspiciado por el brevísimo gobierno de Arturo Illia y un grupo de escritores se abrían paso entre las luminarias de lo que la prensa llamaba Swinging Pampa o Buenos Aires Beat. ¿Los beatniks criollos? Algo de eso hubo, incluso así los bautizó el periodista Miguel Grinberg –“¡Existen los beatniks argentinos!”-, entonces director de la revista Eco Contemporáneo. Pero en el fondo había algo más profundo.
“Para beatniks, con Ginsberg, Kerouac y compañía alcanzaba y sobraba. Nosotros éramos otra cosa. Pero nos decían beatniks porque eso armaba más quilombo en los medios. Y a nosotros nos venía perfecto: gracias a esas notas muchas veces chupábamos gratis”, aclara Reynaldo Mariani –mejor conocido como Mariani a secas– en la entrevista que cita el crítico Rafael Cippolini en el prólogo de Argentina Beat: Derivas literarias de los grupos Opium y Sunda (1963-1969), la antología firmada por Federico Barea que rescata del olvido los textos de dos míticas bandas literarias de la década del sesenta. 
“Nos conocimos en revistas, en bares, en confusas reuniones a las tres de la mañana. Nos conocimos orinando en baños donde leímos que Perón o Tarzán nos salvarían; nos miramos a los ojos y sonreímos: ninguno quería ser salvado”, se puede leer en el primer número deOpium, la publicación comandada por Mariani, Isidoro Laufer, Ruy Rodríguez y Sergio Mulet. El primer número del fanzine fue un tríptico con ocho poemas, un manifiesto y una diminuta viñeta de Daniel Zelaya. 
Luego salieron a la calle tres números más estilizados, e incluyeron textos de Vicky Rubin, Néstor Sánchez, José Peroni y Poni Micharvegas. La efervescencia que caracterizó a este grupo fue retratada en 1969 en el film de culto Tiro de gracia (con guión de Mulet), que reunió en su elenco a estrellas como Susana Giménez y Perla Caron, a Javier Martínez y la música de Manal, y a artistas vanguardistas del Di Tella como Federico Peralta Ramos y Roberto Plate. 
Por su parte, Sunda surgió en 1965 como publicación de un solo ejemplar en un precario formato de fanzine, pero sirvió como disparador para volverse un proyecto editorial renovador: Sunda B.A., donde se publicaron obras de José Peroni, Gianni Siccardi y Ruy Rodríguez, entre otros. 
Cincuenta años después, se rescatan los textos de estos autores marginados del canon, y cuyas obras circulaban a cuentagotas o a precios para coleccionistas de billeteras gordas. La antología publicada por Caja Negra también incluye textos de Hugo Tabachnik, un narrador y poeta que creó la revista El ángel del altillo y publicó a los 77 años su increíble opera prima Volviendo a casa. En el apéndice del volumen hay un radiante texto que dedica a “Gato” Barbieri. 
Según Barea, “rescatar este material hoy es un gesto político. Es darles lugar a voces que el mercado silenció y negó. Voces que pretendían que el narrador fuera tan protagonista como el lenguaje.” Una escritura que iba a contramano de lo que Néstor Sánchez llamaba la murga del facilismo. Quizás, como arriesga Cippolini en el Prólogo: “Un tipo de literatura llamada a impactar más sobre los modos de vida que sobre los de escritura”. 
Publicado en Tiempo Argentino, por acá

martes, 23 de agosto de 2016

Un round de box lírico

La tarde de domingo es diáfana y los rayos del sol se filtran entre las araucarias. Unos cien pibes se amuchan bajo la delgada arboleda, justo frente a la estación de Claypole. Se van formando las rondas de chicas y chicos que arañan los 20 años, engalanados con sus remerones tamaño carpa, pantalones de tiro bajo, viseras planas. Algunos comparten generosos vasos de Quilmes y papitas fritas sabor ketchup. Otros, una calada de porro. Pasaron algunos minutos de las cinco y el Halabalusa va calentando sus motores. Iván lubrica su garganta con gaseosa, antes de que arranque el primer combate. "Y yo te digo, hermano / hablando de cultura / simplemente voy rapeando / y me saco todas las ataduras / Y por eso sigo intentando / y a veces me falta cordura / aunque, por ahora, mi rima sale un poco dura", ensaya el flaco de Florencio Varela, y recibe el aliento incondicional de Quito y Franco, los mosqueteros que le cuidan la espalda los domingos, en la meca del freestyle del Conurbano profundo.
El Halabalusa ocupa un lugar legendario dentro de la dilatada historia de la cultura hip-hop argentina. Una vez al mes, es el escenario a cielo abierto donde cientos de pibes se baten en enfrentamientos dialécticos, armados sólo con su filosa verba. "Rap, hip-hop, freestyle, a quién le importa el nombre, en realidad lo que hacemos es arte, arte callejero –confiesa Quito, un morrudo estudiante secundario de Rafael Calzada–. Mucha gente nos ve y dice que somos vagos, pero no entienden que cada persona tiene algo para expresar. Nosotros lo hacemos con la rima".
Como todo lo que tiene que ver con el hip-hop, las batallas son originarias de los Estados Unidos, más precisamente de Nueva York. Nacieron durante los ardientes años '70, en las barriadas empobrecidas y los guetos negros del Bronx, al norte de la opulenta isla de Manhattan. La cultura hip-hop tiene cuatro patas: el graffiti, el breakdance, los DJ y los raperos encargados de disparar rimas y comandar la ceremonia, bautizados MC. Desde aquellos tiempos, el cypher –la ronda– es el espacio callejero donde los MC muestran sus dotes como auténticos boxeadores líricos. "El freestyle viene de los nigga –complementa Franco, otro MC llegado desde Varela–, pero acá le metemos nuestro estilo". Nadie nace con la receta mágica para improvisar frases picantes a la velocidad de la luz, dice el muchacho, que acredita 16 y confiesa que las lecturas –menciona a Shakespeare, Stephen King y Poe– y la práctica son fundamentales en su preparación. "Llueva, truene o se caiga el cielo, con los pibes siempre nos juntamos a tirar rimas. El resultado se ve el domingo, en la batalla".
Mano a mano
De lunes a sábado, Max da su batalla cotidiana en la cocina de un bar de Adrogué. Es cocinero y un maestro a la hora de preparar el ojo de bife bien a punto. Cuenta que durante las largas jornadas de trabajo, entre comanda y comanda, despunta el vicio de amasar rimas. Es miembro de Primera Mancha Crew, el grupo germinal que parió el encuentro Halabalusa en el año 2009. Al principio se juntaban en el garaje de una casa en Don Orione: unos pocos valientes que podían contarse con los dedos de una mano. Se corrió la voz y sumaron algunos cómplices. Pronto el garaje quedó chico, y mudaron el encuentro al bosquecito enclavado frente a la estación del Roca. El gran salto lo dieron gracias a la tecnología, cuando decidieron filmar las batallas y subirlas a YouTube. Meses después juntaron más de 400 personas y tocaron el cielo con las manos.
"Hay batallas picantes, pero lo primordial acá es el respeto. Y la regla no escrita es que todo queda dentro de la ronda", aclara Max mientras se acomoda el gorrito de Piluso. El Halabalusa es el semillero del freestyle argentino. En sus rondas se formaron estrellas rutilantes del hip-hop local. Como Dtoke, miembro fundador de Primera Mancha, que se consagró en la Red Bull Batalla de los Gallos 2013, el campeonato más importante de habla hispana.
Kusa le da una patadita digna de una película de karate a la parte trasera de su skate. La madera forrada de calcos se eleva y termina su vuelo en la mano derecha del patinador. Mientras se acomoda las rastas, cuenta con tono campechano que a los 15 se metió en el mambo del freestyle. Hoy tiene 20, estudia inglés y es una de las figuritas difíciles de doblegar en el ring. "Cada uno tiene un objetivo cuando rapea. A mí me gusta la poética callejera, hablo de no quedarte encerrado en tu casa o en Internet. Cuando estás ahí –dice y señala la ronda de pibes– te sale por la boca todo lo que abunda en tu corazón." Crack es el compadre de Kusa. Tiene 28 años y una hija de casi dos que se llama Cristal. No duda en emparentar el freestyle con el pugilismo: "No hay que dejar que el otro te verduguee. Pero en vez de pegarle con tus puños, le das con las rimas". Parafraseando a Ringo Bonavena, Crack dice que cuando empieza la batalla, "te sacan el banquito y te quedás solo". Pero no tanto, siempre aparecen las palabras justas para salvarle el pellejo.
La vieja escuela
A Erik “El Croto”, el rap le dio de comer. Durante años se ganó el mango vendiendo chucherías y rapeando en las formaciones del Roca que van de Bosques a Temperley. "No esperás a que te compren, le ofrecés algo más a la gente: un espectáculo arriba del vagón", explica el joven de Monte Grande. Erik integra la crew HAL, junto a su primo, un auténtico veterano de la escena doble H de la zona sur: Guillermo es de Burzaco, tiene 35 años y empezó a escuchar rap en los ya lejanos '90. Es de la generación que tomó la posta de los padres fundadores del rap en el país, aquel parnaso integrado por Mike Dee, Frost y el mediático Jazzy Mel. "A mí no me gusta entrar en la batalla –confiesa–, y quizá eso lo aprendí de la vieja escuela. Para mí el rap es contar mis aventuras, como charlar en una ronda con amigos". Guillermo pita un cigarrillo y cuenta que trabaja de fletero. Cuando puede, le da rienda suelta a su otra pasión, el graffiti. "Pero la calle está muy dura. Para hacer un buen graffiti necesitás 600 pesos, y ahora no están. Por eso prefiero dar la batalla, pero en la calle, ganando la moneda".
Nichelón, Sony y Cash son la terna arbitral del Halabalusa. Con ojo experto, y en pocos segundos, deben evaluar la performance de los gladiadores. "Analizamos el estilo, el flow, la manera de fluir; y sobre todo el punch, el tiro del final", explican a coro. Consultados sobre las características del competidor ideal, los jueces no dudan: "El ingenio es fundamental, pero acá gana el más frío. El que se calienta, pierde." Antes de retomar sus labores –en pocos minutos arrancan las semifinales– los magistrados resaltan que el freestyle criollo cobija en su ADN la herencia de la payada. En cada contrapunto se filtra la labia de los jóvenes poetas. "El hip-hop no para de crecer y eso tiene una sola explicación –especula Nichelón–: acá los pibes se pueden expresar, decir lo que sienten, algo que no pueden hacer ni en sus casas ni en la escuela".
Ronda nocturna
Tink tiene rulos eléctricos y la mirada penetrante. Nació en Brasil, vino a la Argentina a los cuatro años y ahora vive en Alejandro Korn. Dice que el freestyle es su punto de fuga, un cóctel molotov donde su voz estalla contra el gatillo fácil, los oligarcas y los políticos. Con su sonrisa luminosa y sus rimas combativas, Tink también le hace frente al machismo que domina la escena. "Como mujer, es difícil ganarse el espacio, es un campo dominado por hombres. Pero yo les pego el doble cuando me atacan. Hace un rato me dijeron que tenía ovarios de leona".
En la ronda nocturna, Crack y el Anarchy, un pibe de remera con el logo de Batman, se juegan un boleto a la finalísima del domingo. La tribuna agita los brazos en trance, siguiendo el ritmo mecánico que marca con su boca el hombre a cargo del beat box. La batalla es pareja. Golpe a golpe, verso a verso. Sin embargo, el certero disparo del final le da la victoria a Crack: "Te lo digo una vez más / y no me la doy de quía / Tenés la remera de Batman / y yo te gano con la de Bruno Díaz". 

martes, 16 de agosto de 2016

Vade retro Satana

Desde hace algunos días, un extraño mal aqueja al padre Manuel Acuña. Fiebre, mareos y escalofríos azotan su cuerpo. "Está algo débil, pero los va a recibir igual", explica Paula Martínez, la joven secretaria del hombre a cargo de la Parroquia Del Buen Pastor, en Santos Lugares. Al parecer, el exorcista más famoso de la Argentina se enfrenta a sus propios demonios: un virus gripal ingresó en su organismo luego de la misa carismática del domingo pasado. El médico fue rotundo en su diagnóstico. Para la cura, nada de agua bendita y oraciones. "Con un poco de reposo voy a andar bien", dice Acuña, mientras se abanica en la cocina de su hogar.
Tiene 54 años, es obispo luterano, especialista en "sanidad espiritual" y responsable del primer exorcismo transmitido en vivo por la tevé argentina. Muchos lo recordarán por sus intervenciones en programas de la fauna mediática local e incluso internacional: sus batallas contra el diablo llegaron hasta el Discovery Channel y tienen miles de visualizaciones en YouTube. "Al exorcista se lo admira o se lo odia. Muchos dicen que hacemos un trabajo tremendo, pero para otros somos chantas. Para ser franco, la única crítica que me molesta es la que brota de la total ignorancia", asevera rotundo Acuña, custodiado por su frondosa biblioteca, un ejército de angelitos forjados en cerámica y un póster del film El Exorcista.
Para combatir el oscurantismo que rodea la actividad en la que se ha especializado desde hace más de una década, el religioso decidió abrir la primera Escuela de Exorcismo y Liberación Evagrio Póntico. Un centro educativo único en su especie, que funciona en el predio del templo, en Tres de Febrero. El emprendimiento tiene un cuerpo docente interdisciplinario conformado por tres psiquiatras, un antropólogo y una médica clínica, y ya cuenta con 24 estudiantes. Por 700 pesos al mes y otro tanto de matrícula, la novel institución ofrece al alumnado la bibliografía y herramientas necesarias para "distinguir un fenómeno paranormal de una presencia maligna", además de especializaciones en angelología, parapsicología y chamanismo. El éxito de la iniciativa no sorprende al exorcista: "Argentina es un pueblo muy religioso, pero también muy supersticioso. Tenemos un ansia de trascendencia que no siempre es bien canalizada".
–¿Y por qué dice que los argentinos son supersticiosos?
–Porque cuando no se les ofrecen modelos religiosos, los buscan solos. Ahí aparecen la Difunta Correa, el Gauchito Gil, la religiosidad popular. Nosotros tratamos de iluminarla, no ir contra ella. Buscamos apartar lo nocivo, como la devoción por San La Muerte, que es un demonio. La muerte no salva ni a los que le rezan.
Escuela de monaguillos
Aunque nació en Corrientes, Acuña aprendió a rezar en el Once, a finales de los '60. Llegó con apenas tres años de edad, con su mamá y su abuela, escapando de un rosario de penurias económicas. Su familia, de origen paraguayo, había conocido en carne propia las desdichas del migrante: la represión de Stroessner los había obligado a cruzar la frontera. En la ciudad de la furia, su madre consiguió trabajo en una juguetería. Gambeteaban la pobreza en una casa de pensión. El memorioso Acuña abanica sus recuerdos de infancia: "Luego nos mudamos a Migueletes y Maure, en lo que hoy es Las Cañitas. Todavía era el barrio de cuchilleros de Borges, de caballerizas y alfalfa, un ámbito casi rural. La calle se llenaba de bosta." La Abadía de San Benito estaba a pasitos de su casa, y el niño Acuña pasaba horas en la capilla. Ahí aprendió los sacramentos. Y conoció a un cura sanador con fama de exorcista, el padre Lorenzo: "La gente enferma hacía fila en las escalinatas de la iglesia: buscaban la palabra y la imposición de manos. Un día me lo crucé en la santería y Lorenzo me acarició la cabeza. Fue una señal".
Acuña era monaguillo. Una tarde, en el confesionario, le cambió la vida. "Pasaron 44 años, pero me emociono como si fuera hoy –suspira y clava sus ojos vidriosos en el canario que canta en la cocina–, el padre confesor me dijo: 'Manolito, ¿no pensaste que podés ser uno de nosotros?' Ese día nació mi vocación religiosa." Desde 1995 es obispo de la Iglesia Carismática Luterana Independiente.
Su cargo le permitió conocer al cardenal Jorge Bergoglio, con quien compartió horas de rezo. "Yo fui amigo del Papa, y hasta me regaló esta cruz pectoral", dice Acuña y exhibe con orgullo el dorado presente, y algunas añejas fotos que acreditan la relación. "Como San Francisco, otro famoso exorcista, el Papa es un hombre que cree en la oración. Un hombre que sabe del combate contra el mal".
Simpatía por el demonio
Según Acuña, nadie elige ser exorcista. Es un "llamado". Lo recibió el 4 de abril de 2001, en plena misa. "Una quinceañera empezó a reptar, a hablar en otras lenguas, se le pusieron los ojos blancos. Pesaba 40 kilos, pero necesitamos ocho personas para contenerla. Y ahí nomás apliqué el ritual, lo que sabía, improvisé", recuerda Acuña, y saca de su biblioteca uno de sus libros de cabecera: Práctica de exorcistas y misterios de la Iglesia, un clásico de la disciplina escrito en el siglo XVII. Luego de aquella primera batalla, la repercusión en los medios de comunicación no se hizo esperar. "El primero en llegar fue Chiche Gelblung", resalta. De la noche a la mañana, el exorcista logró su ascensión al cielo mediático.
Acuña se jacta de haber realizado más de 1200 exorcismos. Para recibir los favores del padre, hay que cumplir con el "procedimiento". En primer lugar, se completa un formulario parecido al de una historia clínica, donde se contesta sobre problemas psicológicos, la medicación que se toma, adicciones y adhesiones personales o de la familia a ciertos cultos o prácticas religiosas. Luego, el equipo interdisciplinario analiza ese documento y sólo entonces se está en condiciones de concretar una entrevista personal. Con precisión estadística, pero sin revelar sus fuentes, Acuña asevera que en los últimos diez años han aumentado un 25% las posesiones a nivel mundial. "Es por el avance de las prácticas esotéricas sin control. Hay que cuidarse de la magia negra y de la tabla Ouija. El 40% de los exorcismos que hice fue con personas que habían practicado el juego de la copa en su adolescencia", señala, mientras acomoda el viejo manual en un estante, bien cerca de un volumen dedicado a la demonología y a inmaculados ejemplares de la revista de Susana Giménez.
El diablo viste a la moda
El olor a incienso inunda la Parroquia Del Buen Pastor. Ataviado de estricta etiqueta negra, el padre posa para el fotógrafo no lejos del altar coronado con velas ardientes y una estatua de San Miguel Arcángel, el "exorcista invisible". Acuña sabe cómo mostrar su mejor perfil para la cámara. Mientras empuña su crucifijo de madera, advierte: "Vivimos tiempos difíciles. Ya lo dijo el padre Gabriele Amorth, el decano de los exorcistas del Vaticano. 'El demonio ha tenido una gran victoria últimamente: hace creer que no existe'".
Al terminar la sesión de fotos, la secretaria le avisa al padre que el almuerzo –churrasco con ensalada– está listo. El religioso debe recuperar fuerzas, dormir una siesta y prepararse. En pocas horas comandará un ritual de hechizos. Siempre y cuando el diablo no meta la cola. «
Mano a mano con Satán
El octogenario padre Carlos Mancuso es otro de los referentes del exorcismo en el país. Fue durante décadas párroco de San José, en la calle 6 de La Plata, y está autorizado por la Iglesia Católica para efectuar exorcismos. Escribió un libro, Mano a mano con el diablo, donde relata en primera persona su trabajo. Allí Mancuso advierte: “Enfrento con frecuencia al diablo y lo conmino a abandonar esos cuerpos que decidió poseer. Es una tarea muy pesada, el combate de un humano contra las fortalezas más antiguas del Universo. La mía, queda claro, no es una actividad sencilla”.
Publicado en Tiempo Argentino, por acá

jueves, 11 de agosto de 2016

Porque esto es África


Estrellas negras es el primer libro del periodista polaco Ryszard Kapuscinski (1932-2007), pero el último que aparece publicado en español. En 1959, Kapuscinski tiene su bautismo de fuego africano. Por esos años, el continente negro estaba en llamas, y la agencia oficial de noticias polaca lo envió para cubrir el efervescente proceso de liberación africano. 
Desde este viaje iniciático, surgió una apasionante y fructífera relación entre Kapuscinski y el África, de la cual nacieron obras cardinales del periodismo narrativo del siglo pasado. Desde Ébano hasta El emperador, sin olvidar el delgado, y a la vez hercúleo, Un día más con vida, donde relata la sangrienta guerra civil angoleña. 
Estrellas negras fue publicado en Varsovia en 1963 y vendió unos 6000 ejemplares. Kapuscinski no era todavía un escritor consagrado: el "gran cronista" de los procesos de descolonización del siglo XX. Sino más bien un joven que tenía que ganarse el mango, escribiendo desde el tercer mundo. Luego de fugaces estadías en la India y China –sus primeros destinos como corresponsal–, el periodista polaco aterriza en Accra, la capital de Ghana. Llega a África casi sin contactos, con la billetera demasiado flaca, y se alquila una pieza en el Hotel Metropole: "una rareza arquitectónica –describe– que durante la estación de lluvias se pudre y enmohece, y en los meses de sequía cruje y se resquebraja". 
Al inicio de Estrellas negras, el joven cronista confiesa: "He dormido en cientos de hoteles de veinte países distintos, pero sólo éste he llegado a considerarlo un hogar, y cuando entraba en él me sentía feliz." Durante sus primeras andanzas y desandanzas por el tórrido continente africano, el cronista traza retratos de dos países recién independizados: Ghana y el Congo. Pero sobre todo hace foco en los carismáticos líderes que pilotearon los procesos de descolonización, el joven Patrice Lumumba y el carismático Kwame Nkrumah. 
En "Los abanderados", una de las 17 crónicas que integran el volumen, el polaco advierte: "El África despertada necesita de grandes nombres. Como símbolos, como aglutinante, como compensación. Durante cientos de años, la historia del continente ha sido anónima. Hasta ahora. Como si quisiera recuperar el secular retraso, África inscribe en la historia un nuevo nombre." Y Kapuscinski estaba ahí para darle voz. A mitad de camino entre el relato de aventuras on the road, la crónica de alto vuelo literario y el preciso ensayo histórico, estos textos tempranos muestran a un Kapuscinski en estado puro. Dando sus primeros pasos en el violento oficio de escribir.

Publicado en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 8 de agosto de 2016

Ni amo, ni patrón, ni director

Son las cinco de la tarde y en la clase de Lengua se discute sobre ciencia ficción. "Podríamos leer Fahrenheit, que habla de un futuro en que los gobiernos queman libros porque dicen que son malos para los humanos", propone Diego, un estudiante de primer año, que luego peina el radiante mechón azul que cae sobre su frente. Gustavo y Angelly, los profes a cargo de la materia que también son llamados por su nombre de pila, toman nota de la sugerencia y suman Un mundo feliz y 1984 al menú literario. "Pero ahora falta lo importante –agrega Gustavo–, vamos a leerlos."
La clase avanza mansa y tranquila en la Escuela Libre de Constitución, alimentada por las tortas fritas que preparó Rosa, otra aplicada estudiante del curso inicial. El "Bachi", como todos lo conocen, es un emprendimiento educativo para jóvenes y adultos que nació hace casi una década. Un proyecto que recupera los principios de la pedagogía libertaria y le suma las experiencias de los bachilleratos populares que surgen de la crisis de 2001. Su sede está ubicada en el espacio de la Federación Libertaria Argentina (FLA), en la esquina de Anchoris y Finochietto. En la triple frontera que hermana los suburbios de Constitución, Barracas y Parque Patricios.
El Bachi tiene 25 estudiantes y unos 20 docentes. No recibe ningún subsidio del Estado: el emprendimiento se autofinancia y los docentes eligen no cobrar un sueldo. No tiene directivos y la organización surge a partir de la voz de la asamblea de estudiantes y profesores. "Es diferente a la escuela normal porque acá se tiene en cuenta nuestra opinión", explica Raúl, que cursa el primer año.
Raúl vive en Glew, trabaja en el restaurante familiar y le gusta que no le hagan "historia" por cómo viene vestido a la escuela: "A la hora de estudiar, acá tenés la libertad de ser vos mismo."
Al maestro con cariño
Dos profesores preparan el salón. En un rato arranca la clase de música. Fredy estudió musicoterapia. Tiene una banda, Amore y Anarquía, que explora el cancionero libertario. Trabaja codo a codo con Guillermo, el otro docente de la materia. En la escuela, las clases se dan por parejas pedagógicas. "Un criterio que apunta –precisa Guillermo– a desarrollar la diversidad de miradas y el debate como herramienta de aprendizaje." Fredy añade que no tiene un buen recuerdo de su paso por los secundarios: "Ojalá hubiese podido experimentar el nivel de libertad que hay acá adentro."
Antes de que termine la clase de Lengua, Verónica toma notas en su carpeta. Cuenta que quiere terminar el secundario. En el Bachi comparte la cursada con su hijo adolescente. "Pero ojo, acá somos independientes, sólo compañeros –advierte–. Aunque me podría ayudar un poquito más." Gustavo es licenciado en Letras y da clases en el Bachi desde el primer día. Mientras tatúa el pizarrón, explica: "El conocimiento no es algo vertical que se transmite del docente al estudiante. Acá aprenden los estudiantes, y también los docentes."
Germinal
En 1984 Diego decidió dejar Arrecifes, en el norte de la provincia de Buenos Aires, para estudiar Bellas Artes en la capital. Al poco tiempo también llegó a la vieja sede de la FLA, en Constitución. Durante aquellos años de la primavera democrática, conoció a un educador anarquista que le abrió las puertas a un nuevo mundo. "Lo que en un primer momento me parecía una casa algo decrépita llena de viejitos, se transformó en un lugar maravilloso. Conocí a gente que estuvo en la Guerra Civil Española", resalta el artista plástico.
Como si estuviera dibujando sobre un lienzo, pinta una imagen de aquellos días iniciáticos: "Por la casa pasaba siempre un señor que escribía y que estaba muy interesado en el anarquismo. Recuerdo mucho una tarde en que los viejos le estaban sirviendo un té al sol. También le daban un poco de hilo para que cosiera un botón flojo. Resulta que este hombre era un compañero del Borda, y los viejos militantes leían sus textos y le pasaban libros para que siguiera escribiendo. Esa escena me conmovió y decidí involucrarme de lleno." 
Primero descubrió la fabulosa y, obviamente, algo anárquica biblioteca. Después, el monumental archivo conformado por diarios, folletos, volantes y fílmico. Con cinco compañeros, dedicó miles de horas a darle un orden a ese universo. Diego forma parte de una generación "bisagra" entre la vieja guardia ácrata y los jóvenes que se acercaron a la FLA a principios del nuevo milenio. "Para el 2000 casi no quedaban viejos militantes. Entonces empezamos a pensar nuevas caminos, para mantener vivo ese espacio, que nos había recibido generosamente."

En los años en que la crisis del neoliberalismo expulsaba a millones del sistema, la casona de la calle Brasil cobijó a los desocupados de La Matanza, a militantes del MTD y también a HIJOS. Diego cuenta que la casa comenzó a tener una dinámica renovadora. El Bachi es hijo de esos nuevos vientos.
En 2007, un grupo de docentes se acercó a la FLA con la idea de crear una escuela. Todo ese año, las asambleas fueron dándole forma a un proyecto de educación popular, autogestivo, gratuito y de matriz horizontal. La injerencia del Estado y la oficialización del bachillerato despertaron acaloradas discusiones. "El conflicto más gordo se dio para que fuera libre. Nuestro interés era que participen personas que quisieran ser parte de un proyecto con una pata social. Las diferencias muchas veces son un colchón", agrega Diego. Finalmente, las clases comenzaron en marzo de 2008 y Diego armó allí un taller de serigrafía. 
En 2010, un grupo de militantes violentos ocupó la casona de la calle Brasil, y tanto la FLA como el Bachi tuvieron que buscarse un nuevo espacio y arrancar casi de cero. Y lo hicieron. En la actualidad, Diego sigue dando una mano. Como la que le tendieron aquellos viejos anarcos.

Muchacho punk
Bakunin sostenía que el origen de los males sociales no se encontraba en la maldad humana sino en la ignorancia. Sebastián, un egresado de 28 años que sigue vinculado al espacio, seguro leyó al pensador anarquista y completa: "No hay otra forma de transformación social que no sea a través de la educación. Mi experiencia me mostró que otra forma de aprender es posible, y sobre todo necesaria."
Sebastián cuenta que es de Avellaneda y de Independiente. Era punk y había abandonado la escuela. Profesaba un credo contestatario a rajatabla. "Toqué el timbre y me abrió la puerta uno de los profesores que da Biología, y me invitó a pasar. Me enamoré de la impronta del proyecto y su sentido de transformación."
Luego de una lucha cuerpo a cuerpo con las matemáticas, Sebastián alcanzó el título oficial de Perito Auxiliar en Desarrollo de las Comunidades. Egresó hace unos años, pero se lo puede ver seguido por la FLA. "Me gusta el término experimentación. Es muy adecuado para entender cómo funciona el Bachi."
En la clase de Historia, la profe Gisela dialoga con Claudia y Silvia sobre las andanzas del Chacho Peñaloza. Silvia dice que le gusta cómo se pueden aprender diversas miradas, hay debate y se escucha: "Acá todos estamos en el mismo nivel. Y eso tiene que ver con una palabra: igualdad." 
La breve primavera de la pedagogía libertaria en la Argentina
Durante los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, un buen número de experiencias educativas libertarias tuvieron lugar en la Argentina. El primero del que se tenga registro surgió en 1889, en la calle Urquiza 1855, Parque Patricios. Allí se creó la Escuela Nueva Humanidad de Corrales, un emprendimiento sostenido por la Sociedad de Resistencia de Albañiles, los obreros del matadero del barrio y el periódico ácrata El Rebelde. Unos 70 pibes estudiaban en la escuela. Juan Cazabat, su director, abandonó el país en 1902, perseguido por la Ley de Residencia. 

Ese mismo año abrió sus puertas el Círculo de Enseñanza Libre, en La Boca. En 1906 se fundó la Escuela Laica de Lanús, una iniciativa conjunta de anarquistas y socialistas. Julio Ricardo Barcos, pilar del "racionalismo" local, fue su director. En 1908, Barcos se incorporó a la Escuela Moderna de Buenos Aires, un espacio sostenido por la Sociedad de Sombrereros y de Conductores de Carros. También en ese año se creó en Mar del Plata la escuela La Colmena Infantil, un proyecto "integral y mixto". 

En 1909 aparecieron escuelas en Rosario, Bahía Blanca y Mendoza, que debieron soportar parejos ataques de la Iglesia y la policía. Ese mismo año, el pedagogo Francisco Ferrer fue fusilado en Barcelona. Los sindicatos y escuelas porteñas llamaron a una huelga general. Pocas semanas después, Simón Radowitzky ajustició al coronel Falcón. La represión estatal se desató. Se cerraron periódicos y escuelas libertarias, y se llenaron las cárceles. 

Una crónica publicada en Tiempo Argentino por acá