viernes, 2 de diciembre de 2016

A brillar, mi amor

En el patio del Museo de Arte Popular José Hernández, brilla como un diamante el sol del mediodía. Artistas y artesanos disfrutan de un frugal almuerzo. En un rato comenzará la charla titulada “Para qué la joyería contemporánea”. Laura Giusti, una de las organizadoras de la muestra, spoilea de qué irá el coloquio: “Cuestiona todos los límites que te impone la joyería tradicional: los materiales, la funcionalidad, la estética, la portabilidad”. Giusti es argentina, pero su ingreso al mundo del diseño de alhajas se dio en Lima, Perú, donde trabajaba como actriz, en los noventa. Un día se deslumbró ante el encanto de unos aros que lucía una amiga. Le sorprendió saber que los había forjado con sus propias manos. “Yo no tengo ni perforadas las orejas, pero en ese momento quedé fascinada, y entendí que, si querés, te podés hacer tus propias joyas”. Semanas después dejó las tablas y se apuntó en el taller del maestro joyero Carlos Bernasconi. Comenzó a explorar los metales y otras materialidades. Se interesó por los diseños vanguardistas. “Hacía anillos, broches y colgantes. Les metía plata, plata y más plata. Ahora los miro con ternura: tendría que fundirlos”, bromea Giusti.
Mientras recorre una de las salas, la artista arriesga que, para los fundamentalistas, “joya es sólo una pieza que tiene oro, platino o piedras preciosas”. En la 1ª Bienal Latinoamericana de Joyería Contemporánea, bautizada “Puentes”, los visitantes descubren un universo más variopinto: broches tallados en madera de palo santo, pines moldeados con porcelana, pulseras de papel reciclado, hombreras forjadas con masilla epoxi, textil y acero, y hasta collares que combinan en partes desiguales fragmentos de botellas de tereftalato de polietileno –es decir, PET–, bolas de rulemán, imanes de neodimio y plata 900. “Desde la joyería contemporánea no nos interesa el valor del material per se –ahonda Giusti–. Creemos que en el mundo hay espacio para todos y por eso les abrimos los brazos.”
De lo artesanal 
Si el diseño de joyas fuera un deporte, podría decirse que Laura Ró hizo las inferiores en el Club Parque Field. Arrancó jugando con mostacillas y canutillos. “Con una amiga armábamos collares. En las fiestas, juntaba las chapitas de espumante para hacer pulseras”, dice la diseñadora nacida y criada en Rosario. Durante su adolescencia, empezó a visitar las ferias de artesanos, y al terminar el secundario pasó a formarse en la renuente universidad de la calle. Sobre el paño aprendió a trabajar con parsimonia los alambres y la alpaca. Vendía sus diseños en la playa del Paraná. Los bestsellers eran unos aritos bien caseros que costaban 50 centavos: “Les ponía goma de borrar cortadita como tuerca.” Después, Ró entró a Bellas Artes y se especializó en grabado, pero nunca pudo dejar a su primer amor, las joyas artesanales.
Es la primera vez que expone en un museo. Su obra se titula “El origen sale del corazón”: un broche de plata que debe prenderse del lado izquierdo. Buscó abordar la identidad latinoamericana. Para ello forjó en plata 925 un frondoso escenario vegetal, y le incorporó una pequeña figura de un indio del Far West, que sacó de la colección de miniaturas que atesoraba un ex novio. Según el filósofo italiano Giorgio Agamben, la miniaturización es una liberación profana, una auténtica “salvación por lo pequeño”. Ró coincide con el autor del clásico Infancia e historia: “Me gustan las miniaturas, son mi fetiche. Y la figura del indio representa el renacer y las venas abiertas latinoamericanas que se conectan con el corazón.”
La artista chilena Liliana Ojeda obtuvo la primera mención con su obra “Vivimos como si no supiéramos que vamos a morir”, un collar que hibrida el trabajo con porcelana blanca y telas de algodón. El oficio de joyera, explica, supone manejar ciertas nociones básicas, como saber soldar, pero también la inquietud creativa. “La joyería tradicional entiende que cuantas más piedras tiene la pieza, mejor es. Nosotros tenemos otra búsqueda. No hacemos meros adornos.”

Con una agujita de oro
Jessica Morillo también traza puentes, entre la joyería y el arte textil. La punta del ovillo de su historia nace en San Miguel del Tucumán, donde se pasaba las tardes admirando cómo su abuela Esther y su mamá María Matilde despuntaban el vicio del crochet. “Ellas nunca quisieron enseñarme y recién en la adolescencia me decidí a tomar clases”, recuerda la diseñadora de 28 años. Tomó coraje, se anotó en un taller de jubiladas y en poco tiempo aprendió a empuñar las agujas. Arrancó haciendo macramé. Después, Bellas Artes y Diseño de Indumentaria. En el periplo se encontró con la joyería contemporánea y decidió sumarle su veta como tejedora. “Una joya puede ser un objeto valioso, pero también una idea valiosa que se materializa en un objeto”, arriesga la muchacha de cresta punk violeta luminoso. Su obra “Coraza / Aprender a hacer y deshacer el amor” es un pectoral hecho a base de retazos de tela, hilos, lanas y cordones que tejió durante más de dos años con paciencia zen-tucumana. “Es difícil vivir del diseño de joyas –advierte–. A veces se complica pagar la luz. Por eso doy talleres ambulantes, me las rebusco, paso a paso. Trato de no dar puntada sin hilo.”
Crónica publicada en Tiempo Argentino, se lee por acá