martes, 23 de agosto de 2016

Un round de box lírico

La tarde de domingo es diáfana y los rayos del sol se filtran entre las araucarias. Unos cien pibes se amuchan bajo la delgada arboleda, justo frente a la estación de Claypole. Se van formando las rondas de chicas y chicos que arañan los 20 años, engalanados con sus remerones tamaño carpa, pantalones de tiro bajo, viseras planas. Algunos comparten generosos vasos de Quilmes y papitas fritas sabor ketchup. Otros, una calada de porro. Pasaron algunos minutos de las cinco y el Halabalusa va calentando sus motores. Iván lubrica su garganta con gaseosa, antes de que arranque el primer combate. "Y yo te digo, hermano / hablando de cultura / simplemente voy rapeando / y me saco todas las ataduras / Y por eso sigo intentando / y a veces me falta cordura / aunque, por ahora, mi rima sale un poco dura", ensaya el flaco de Florencio Varela, y recibe el aliento incondicional de Quito y Franco, los mosqueteros que le cuidan la espalda los domingos, en la meca del freestyle del Conurbano profundo.
El Halabalusa ocupa un lugar legendario dentro de la dilatada historia de la cultura hip-hop argentina. Una vez al mes, es el escenario a cielo abierto donde cientos de pibes se baten en enfrentamientos dialécticos, armados sólo con su filosa verba. "Rap, hip-hop, freestyle, a quién le importa el nombre, en realidad lo que hacemos es arte, arte callejero –confiesa Quito, un morrudo estudiante secundario de Rafael Calzada–. Mucha gente nos ve y dice que somos vagos, pero no entienden que cada persona tiene algo para expresar. Nosotros lo hacemos con la rima".
Como todo lo que tiene que ver con el hip-hop, las batallas son originarias de los Estados Unidos, más precisamente de Nueva York. Nacieron durante los ardientes años '70, en las barriadas empobrecidas y los guetos negros del Bronx, al norte de la opulenta isla de Manhattan. La cultura hip-hop tiene cuatro patas: el graffiti, el breakdance, los DJ y los raperos encargados de disparar rimas y comandar la ceremonia, bautizados MC. Desde aquellos tiempos, el cypher –la ronda– es el espacio callejero donde los MC muestran sus dotes como auténticos boxeadores líricos. "El freestyle viene de los nigga –complementa Franco, otro MC llegado desde Varela–, pero acá le metemos nuestro estilo". Nadie nace con la receta mágica para improvisar frases picantes a la velocidad de la luz, dice el muchacho, que acredita 16 y confiesa que las lecturas –menciona a Shakespeare, Stephen King y Poe– y la práctica son fundamentales en su preparación. "Llueva, truene o se caiga el cielo, con los pibes siempre nos juntamos a tirar rimas. El resultado se ve el domingo, en la batalla".
Mano a mano
De lunes a sábado, Max da su batalla cotidiana en la cocina de un bar de Adrogué. Es cocinero y un maestro a la hora de preparar el ojo de bife bien a punto. Cuenta que durante las largas jornadas de trabajo, entre comanda y comanda, despunta el vicio de amasar rimas. Es miembro de Primera Mancha Crew, el grupo germinal que parió el encuentro Halabalusa en el año 2009. Al principio se juntaban en el garaje de una casa en Don Orione: unos pocos valientes que podían contarse con los dedos de una mano. Se corrió la voz y sumaron algunos cómplices. Pronto el garaje quedó chico, y mudaron el encuentro al bosquecito enclavado frente a la estación del Roca. El gran salto lo dieron gracias a la tecnología, cuando decidieron filmar las batallas y subirlas a YouTube. Meses después juntaron más de 400 personas y tocaron el cielo con las manos.
"Hay batallas picantes, pero lo primordial acá es el respeto. Y la regla no escrita es que todo queda dentro de la ronda", aclara Max mientras se acomoda el gorrito de Piluso. El Halabalusa es el semillero del freestyle argentino. En sus rondas se formaron estrellas rutilantes del hip-hop local. Como Dtoke, miembro fundador de Primera Mancha, que se consagró en la Red Bull Batalla de los Gallos 2013, el campeonato más importante de habla hispana.
Kusa le da una patadita digna de una película de karate a la parte trasera de su skate. La madera forrada de calcos se eleva y termina su vuelo en la mano derecha del patinador. Mientras se acomoda las rastas, cuenta con tono campechano que a los 15 se metió en el mambo del freestyle. Hoy tiene 20, estudia inglés y es una de las figuritas difíciles de doblegar en el ring. "Cada uno tiene un objetivo cuando rapea. A mí me gusta la poética callejera, hablo de no quedarte encerrado en tu casa o en Internet. Cuando estás ahí –dice y señala la ronda de pibes– te sale por la boca todo lo que abunda en tu corazón." Crack es el compadre de Kusa. Tiene 28 años y una hija de casi dos que se llama Cristal. No duda en emparentar el freestyle con el pugilismo: "No hay que dejar que el otro te verduguee. Pero en vez de pegarle con tus puños, le das con las rimas". Parafraseando a Ringo Bonavena, Crack dice que cuando empieza la batalla, "te sacan el banquito y te quedás solo". Pero no tanto, siempre aparecen las palabras justas para salvarle el pellejo.
La vieja escuela
A Erik “El Croto”, el rap le dio de comer. Durante años se ganó el mango vendiendo chucherías y rapeando en las formaciones del Roca que van de Bosques a Temperley. "No esperás a que te compren, le ofrecés algo más a la gente: un espectáculo arriba del vagón", explica el joven de Monte Grande. Erik integra la crew HAL, junto a su primo, un auténtico veterano de la escena doble H de la zona sur: Guillermo es de Burzaco, tiene 35 años y empezó a escuchar rap en los ya lejanos '90. Es de la generación que tomó la posta de los padres fundadores del rap en el país, aquel parnaso integrado por Mike Dee, Frost y el mediático Jazzy Mel. "A mí no me gusta entrar en la batalla –confiesa–, y quizá eso lo aprendí de la vieja escuela. Para mí el rap es contar mis aventuras, como charlar en una ronda con amigos". Guillermo pita un cigarrillo y cuenta que trabaja de fletero. Cuando puede, le da rienda suelta a su otra pasión, el graffiti. "Pero la calle está muy dura. Para hacer un buen graffiti necesitás 600 pesos, y ahora no están. Por eso prefiero dar la batalla, pero en la calle, ganando la moneda".
Nichelón, Sony y Cash son la terna arbitral del Halabalusa. Con ojo experto, y en pocos segundos, deben evaluar la performance de los gladiadores. "Analizamos el estilo, el flow, la manera de fluir; y sobre todo el punch, el tiro del final", explican a coro. Consultados sobre las características del competidor ideal, los jueces no dudan: "El ingenio es fundamental, pero acá gana el más frío. El que se calienta, pierde." Antes de retomar sus labores –en pocos minutos arrancan las semifinales– los magistrados resaltan que el freestyle criollo cobija en su ADN la herencia de la payada. En cada contrapunto se filtra la labia de los jóvenes poetas. "El hip-hop no para de crecer y eso tiene una sola explicación –especula Nichelón–: acá los pibes se pueden expresar, decir lo que sienten, algo que no pueden hacer ni en sus casas ni en la escuela".
Ronda nocturna
Tink tiene rulos eléctricos y la mirada penetrante. Nació en Brasil, vino a la Argentina a los cuatro años y ahora vive en Alejandro Korn. Dice que el freestyle es su punto de fuga, un cóctel molotov donde su voz estalla contra el gatillo fácil, los oligarcas y los políticos. Con su sonrisa luminosa y sus rimas combativas, Tink también le hace frente al machismo que domina la escena. "Como mujer, es difícil ganarse el espacio, es un campo dominado por hombres. Pero yo les pego el doble cuando me atacan. Hace un rato me dijeron que tenía ovarios de leona".
En la ronda nocturna, Crack y el Anarchy, un pibe de remera con el logo de Batman, se juegan un boleto a la finalísima del domingo. La tribuna agita los brazos en trance, siguiendo el ritmo mecánico que marca con su boca el hombre a cargo del beat box. La batalla es pareja. Golpe a golpe, verso a verso. Sin embargo, el certero disparo del final le da la victoria a Crack: "Te lo digo una vez más / y no me la doy de quía / Tenés la remera de Batman / y yo te gano con la de Bruno Díaz".