viernes, 26 de agosto de 2016

Memorias de los beatniks criollos

Todo comenzó en La Manzana Loca. Con sus fronteras demarcadas por las calles Marcelo T. de Alvear, Maipú, Leandro Alem y la Avenida Córdoba. Un archipiélago que refugiaba al Instituto Di Tella, la Facultad de Filosofía y Letras, la librería Galatea y al bar Moderno, sobre todo al bar Moderno.
Corrían los años del “oasis creativo” auspiciado por el brevísimo gobierno de Arturo Illia y un grupo de escritores se abrían paso entre las luminarias de lo que la prensa llamaba Swinging Pampa o Buenos Aires Beat. ¿Los beatniks criollos? Algo de eso hubo, incluso así los bautizó el periodista Miguel Grinberg –“¡Existen los beatniks argentinos!”-, entonces director de la revista Eco Contemporáneo. Pero en el fondo había algo más profundo.
“Para beatniks, con Ginsberg, Kerouac y compañía alcanzaba y sobraba. Nosotros éramos otra cosa. Pero nos decían beatniks porque eso armaba más quilombo en los medios. Y a nosotros nos venía perfecto: gracias a esas notas muchas veces chupábamos gratis”, aclara Reynaldo Mariani –mejor conocido como Mariani a secas– en la entrevista que cita el crítico Rafael Cippolini en el prólogo de Argentina Beat: Derivas literarias de los grupos Opium y Sunda (1963-1969), la antología firmada por Federico Barea que rescata del olvido los textos de dos míticas bandas literarias de la década del sesenta. 
“Nos conocimos en revistas, en bares, en confusas reuniones a las tres de la mañana. Nos conocimos orinando en baños donde leímos que Perón o Tarzán nos salvarían; nos miramos a los ojos y sonreímos: ninguno quería ser salvado”, se puede leer en el primer número deOpium, la publicación comandada por Mariani, Isidoro Laufer, Ruy Rodríguez y Sergio Mulet. El primer número del fanzine fue un tríptico con ocho poemas, un manifiesto y una diminuta viñeta de Daniel Zelaya. 
Luego salieron a la calle tres números más estilizados, e incluyeron textos de Vicky Rubin, Néstor Sánchez, José Peroni y Poni Micharvegas. La efervescencia que caracterizó a este grupo fue retratada en 1969 en el film de culto Tiro de gracia (con guión de Mulet), que reunió en su elenco a estrellas como Susana Giménez y Perla Caron, a Javier Martínez y la música de Manal, y a artistas vanguardistas del Di Tella como Federico Peralta Ramos y Roberto Plate. 
Por su parte, Sunda surgió en 1965 como publicación de un solo ejemplar en un precario formato de fanzine, pero sirvió como disparador para volverse un proyecto editorial renovador: Sunda B.A., donde se publicaron obras de José Peroni, Gianni Siccardi y Ruy Rodríguez, entre otros. 
Cincuenta años después, se rescatan los textos de estos autores marginados del canon, y cuyas obras circulaban a cuentagotas o a precios para coleccionistas de billeteras gordas. La antología publicada por Caja Negra también incluye textos de Hugo Tabachnik, un narrador y poeta que creó la revista El ángel del altillo y publicó a los 77 años su increíble opera prima Volviendo a casa. En el apéndice del volumen hay un radiante texto que dedica a “Gato” Barbieri. 
Según Barea, “rescatar este material hoy es un gesto político. Es darles lugar a voces que el mercado silenció y negó. Voces que pretendían que el narrador fuera tan protagonista como el lenguaje.” Una escritura que iba a contramano de lo que Néstor Sánchez llamaba la murga del facilismo. Quizás, como arriesga Cippolini en el Prólogo: “Un tipo de literatura llamada a impactar más sobre los modos de vida que sobre los de escritura”. 
Publicado en Tiempo Argentino, por acá