lunes, 12 de septiembre de 2016

Historias de junqueros

Sentado sobre el esqueleto de una lancha, Orlando Héctor Arroyo recuerda al Tuqui, su primer bote. "Me dijeron que no servía ni para hacer un asado. Pero todavía camina. Me costó una pila de plata en los ’70", cuenta y dibuja con sus curtidas manos una etérea montaña de billetes. Tiene 68 años y más de 40 de vida isleña. Desde los 12 trabaja por su cuenta. Plantó sauces, cazó nutrias y cortó juncos. Sobre todo cortó juncos. "Nunca bajo patrón –resalta Arroyo–. Pero todo se terminó cuando llegó el Colony Park y nos echaron", dice y convida un mate amargo. Ahora pasa sus días en el continente, en una barriada cerca San Fernando, lejos del río. "A veces vengo a la costa a ver las embarcaciones y me da tristeza. O recuerdo cuando cortaba juncos y sentía que el perro salía corriendo porque había visto una nutria, y yo dejaba la hoz y salía disparado a agarrarla. Extraño la isla, el río... No es tan fácil olvidar".
Arroyo no olvida los últimos meses de 2008, cuando las topadoras del emprendimiento inmobiliario Colony Park arrasaron su casa y las de otras 20 familias que vivían sobre los arroyos Anguilas y La Paloma, en la Primera Sección del Delta del Paraná. "¿Sabe qué sentí? –confiesa el veterano junquero–. Mire, yo estuve cuatro veces al borde de la muerte. Pero acá me tiene, luchándola. Por eso vengo a la cooperativa, porque este es mi lugar."
Navegar es preciso
La lancha avanza a los tirones por el Canal Vinculación. Son las diez y el sol calienta la mañana de un invierno miserable. Ignacio vive en Chacarita, pero pilotea la pequeña embarcación con la destreza de un viejo capitán. Tiene 31 años, estudió Agronomía y milita en el Movimiento Nacional Campesino Indígena. "Nos sumamos para el armado de la cooperativa y aportar desde lo productivo", grita a viva voz, para ganarle la pulseada al motor fuera de borda.
Sobre la margen derecha del Vinculación abre su boca el Anguilas, el arroyo que Haroldo Conti utilizó como escenario para su novela Sudeste. Poco queda de la llanura de juncos que describe Conti. Tampoco están en pie la bóveda de árboles, las plantaciones de frutales y las humildes chozas de los isleños. Sí hay una casilla de seguridad de Colony Park, que custodia con recelo la entrada y salida de embarcaciones. "Aunque en 2011 la justicia frenó el proyecto por el impacto ambiental, la cuestión de fondo es que no se resolvió la tenencia de la tierra. Los compañeros vivieron en la isla de generación en generación, y de repente cayó una empresa con un papel y les dijeron que la tierra no era de ellos. A muchos los desalojaron, o cuando se iban a pescar, volvían y encontraban la casa quemada. Se aprovechaban de que no sabían leer y escribir, aparecía un tipo de saco y corbata con un papel y los echaban", cuenta desde la proa Rodolfo, otro agrónomo que milita por la causa isleña.
En 2010, como forma de resistencia, varias familias se organizaron y conformaron la cooperativa Isla Esperanza. Desplazados, sin lugar para cortar y secar los juncos que les daban de comer, montaron un galpón sobre el arroyo La Paloma y comenzaron a producir cortinas, con una máquina adquirida gracias a un subsidio del INTI. También plantaron duraznos y dieron los primeros pasos en la apicultura. La cooperativa se mantuvo a flote pese a las tormentas que debió capear. "Al principio, caía la Prefectura en las asambleas, pedían DNI, nos preguntaban de qué íbamos a hablar. Se transformó no sólo en un lugar de producción, sino en un espacio abierto a la comunidad, político. Y eso le molesta a mucha gente", explica Ignacio, mientras el tracker avanza manso por el agua barrosa.
En los últimos tiempos, la cooperativa sufrió robos y aprietes, pero la sangre llegó al río hace pocas semanas. El domingo 21 de agosto, cerca de las 19, un incendio devoró el galpón. Los trabajadores denunciaron que fue un ataque realizado por tres personas, que se dieron a la fuga en una lancha azul y blanca, en medio de la oscuridad. La imagen dantesca con llamas de siete metros de altura parecía sacada de un cuadro de Fermín Eguía. Aquella noche, la Prefectura se mantuvo impávida en su puesto de vigilancia, ubicado cerca del galpón. Dándole la espalda al fuego. Y también a los isleños.
Cenizas del paraíso
En el predio de la cooperativa sólo quedan maderas quemadas, fierros retorcidos y cenizas. "Con el incendio ardieron 100 mazos de junco. Entre galpón, maquinaria, equipo de apicultura y los libros que contaban la historia de la cooperativa, perdimos como 300 mil pesos", se lamenta Arroyo, mientras carga una chapa abollada. No muy lejos, Pablo, un vecino isleño, pica cebollas para el guiso de lentejas que dará de comer a los trabajadores. Tiene 60 años y ojos azul cielo que heredó de su padre. Milita en la organización Casa Pueblo, un colectivo defensor de los humedales. "El incendio nos movilizó –explica mientras revuelve con parsimonia la olla popular–. Isla Esperanza es el primer hito de la lucha isleña. Estas situaciones se van multiplicando, mientras las autoridades municipales y provinciales miran para otro lado."
Rodolfo apila sillas y libros calcinados, custodiado por una bandera del Movimiento Campesino Indígena. Antes de seguir con la limpieza, advierte: "Hoy vamos a empezar a construir un nuevo galpón y a recuperar un pedazo de tierra que es nuestro. Nos quemaron una vez, y vamos a armar dos. Y si nos queman dos, vamos a tener que armar cuatro. La vida es así, ¡no vamos a bajar los brazos!"
Tierra y libertad
Sofía Astelarra es otra vecina que se acercó a dar una mano. Estudió Sociología y desde hace casi una década analiza el impacto socioambiental de los emprendimientos inmobiliarios en las islas. "Con el avance de la especulación de los barrios cerrados en la cuenca del río Luján, toda esta zona empezó a sufrir presiones. Colony Park obtuvo el permiso para comenzar con el dragado en 2002, y para 2007 arrancaron con los desalojos y el desmonte. Querían hacer una ciudad en la isla, y el eslogan era: 'Desurbanizá tu vida en cinco minutos'", cuenta Sofía, acerca del proyecto diseñado por el Estudio Robirosa-Beccar Varela-Pasinato que, según los isleños, ofrecía 900 terrenos con valores cercanos a los 250 mil dólares. "Echaron a las familias y destruyeron su ecosistema, les cortaron todas las posibilidades de subsistencia."
Gerónimo Gadea nació en el Delta hace 60 años. Es segunda generación de isleños. Socio fundador de la cooperativa, también hace changas como jardinero. Dice que su fuerte es la caza. Sabe leer la senda por donde trajina el animal. Todavía recuerda una batalla cuerpo a cuerpo con una nutria, hace 20 años. "Venía muerto, la agarré de la cola y salvé el día. Con esa nutria comieron mis hijos", evoca, y luego mira desconsolado las ruinas. "La isla me dio de comer toda la vida; pero ahora no se puede pescar, no se puede cazar, no se puede hacer junco. Se perdió todo."
El viejo y el arroyo
Sobre el Anguilas, Osvaldo Pedro Andino edificó toda su vida. Nació en 1944, se casó, crió a sus diez hijos y, destaca, fue muy feliz junto a su fallecida mujer, Clorinda Ramona López. Cuando tuvo que dejar su tierra a la fuerza, se fue al continente y alquiló una piecita. La jubilación mínima y la pobreza no dieron para mucho más. “Pero no, señor, yo tengo que vivir acá, como lo hicieron mi viejo y mi abuelo, que llegó al Paraná Miní en el 1900", asevera. Luego, ayuda a los trabajadores de la cooperativa Dharma Sapucay, que le dan una mano para montar nuevamente la base de su rancho.
Ataviado con un pañuelo granate al cuello, jeans gastados, gorra oscura y botas embarradas, Andino es retratado orgulloso sobre un bote, con el Anguilas como telón de fondo. "¿Sabe qué le diría a la justicia? –dice antes de despedirse–. Que nos miren un poco más a los pobres. Si nos sacan del arroyo, perdemos la vida." 
Una crónica publicada en Tiempo Argentino por acá