domingo, 31 de enero de 2021

Pajaritos de colores vas a ver

 A vuelo de pájaro, desde el cielo pintado de celeste, la Reserva Ecológica muestra sus verdes luminosos y mustios de mañana veraniega. Pinta tórrida la jornada en el pulmón natural que florece pegado al río barroso, a los rascacielos frígidos de Puerto Madero, a los carritos que venden choripanes siempre generosos. Pero el infierno de enero no apichona a los socios del Club de Observadores de Aves de la Reserva Ecológica Costanera Sur (CoaRecs). A las nueve y pico ya se van amuchando en la entrada de Viamonte, con barbijo y distancia recomendada en estos tiempos de peste. Diez entusiastas del avistaje y su ritual sabatino habitual: la caminata para despuntar el vicio de observar pajaritos. ¿Qué irán a ver?

“Zorzales, horneros, chimangos, teros, garzas, lechuzas. Aunque la Reserva siempre te da sorpresas”, dice Carlos Álvarez, equipado con binoculares y la cámara siempre lista. Confiesa que cuando arrancó en el gremio, seis años atrás, le costaba distinguir una paloma de una calandria: “Al de afuera por ahí le parece una pavada, pero no es tan fácil. Yo hice cursos, estudié las guías.” Álvarez ganó horas de vuelo y hoy es coordinador del club retoño de Aves Argentinas, la institución centenaria que nuclea a los dedicados observadores y protege fauna y ambientes.

Carlos es médico y anda por los 63. Se acercó a la Reserva en búsqueda de tranquilidad luego de un pico de estrés y un problema coronario que lo habían hecho aterrizar de emergencia: “Esto me dio paz y también pasión por los bichos. La actividad del avistaje combina poner el cuerpo y la formación intelectual. Hay que aprender a mirar, a escuchar, conocer las características de cada especie y también de la vegetación. Todo es un desafío. Pero me tranquiliza”. Poco después de arrancar con el avistaje, se diría que Carlos resurgió como un ave fénix. 

En la Argentina existen unas mil de las aproximadamente 10 mil especies de aves que hay en el mundo. Eso significa que nuestro país es tierra y cielo fértil para el birdwatching. La selva misionera, las yungas del Noroeste, el monte chaqueño, la Puna y la Prepuna, la Pampa, el Litoral marítimo y austral, la estepa patagónica y los bosques australes son verdaderos paraísos para los aficionados.

Pero ojo, no hay que cruzar siquiera la General Paz ni salir a la ruta para disfrutar del vuelo de los pajaritos. Basta con acercarse a la Costanera Sur, la Ribera Norte o los bosques palermitanos. Álvarez detalla con precisión de censista: “En la Reserva tenemos un récord de 345 especies vistas desde su creación en 1986. El promedio anual anda por las 250. Y en el año 2014 se censaron 290”. Una auténtica bandada.

La Costanera Sur cobija especies que no se pueden ver en otras partes de la ciudad de la furia, como el pitiayumí, que revolotea haciendo gala de su plumaje azul y oro. “En cualquier salida  promedio te ves entre 70 y 90 aves. Te vas empachado”, dice Carlos mientras a unos pocos pasos, un hornerito sigue su camino por un sendero que no se bifurca. 

Según los que saben, la temporada ideal para disfrutar de la observación en el campo arranca en las primeras semanas de la primavera. Los pájaros empiezan a buscar ramitas para construir sus nidos. Y con los primeros calores, también empiezan los cortejos amorosos: “Son meses muy vivos en la Reserva. En invierno y en un verano tan caluroso como ahora, decae la actividad. Mi consejo es no venir los sábados: generalmente hay mucha gente y eso a veces las aleja. Si venís un día de semana, te sentás en alguno de los miradores, ponés la mente en blanco y disfrutás del canto”. Un concierto digno del no tan lejano Teatro Colón.

Pipí cucú

Cora Rimoldi cuenta que de muy chica, cuando su natal Villa Devoto era barrio-barrio, se mandaba a los baldíos y lotes vacíos para disfrutar del revoloteo de los pajaritos y las mariposas. Hace 15 años, le picó el bichito de volver a aquella pasión de la infancia: “Regresé de grande, con mi marido. Él más a través de la fotografía, y yo con los binoculares. No me interesa tanto el registro físico del bicho, sino la impresión que queda en mi memoria al verlo.”

Como la mayoría de sus colegas, Cora se formó con los libros de Samuel “Tito” Narosky, una eminencia de la ornitología sudamericana. Con más de 40 mil ejemplares vendidos, las guías de identificación de aves de la Argentina y Uruguay que escribió Narosky son best sellers a la altura de los libros de José, su hermano aforista.

En sus mil y una caminatas por la Reserva, Cora pudo avistar unas cuantas rara avis: “Esto tiene mucho de coleccionista. Entonces, hay figuritas difíciles. Con los binoculares pude ver hasta un halcón peregrino que anida en la torre del edificio ICBC. Una vez se me apareció un esparvero común, que es un ave rapaz. Pasó volando a todo trapo. Fue efímero, un instante, lo reconocí por su plumaje. En el momento, lo único que se me pasó por la cabeza fue decir: ‘Hermoso’”.

Javier González es un aplicado contador público que se encarga de registrar con precisión matemática las aves que irrumpen en la recorrida. Anda siempre con su libretita y la birome afilada a mano. El placer del avistaje lo descubrió en un viaje familiar a los Esteros del Iberá, tierra santa de la disciplina: “Yo vivo de lunes a viernes encerrado en la oficina frente a la computadora. Acá venís y a los 20 minutos ya te olvidás de todos los líos. El avistaje me enseñó el respeto absoluto por la naturaleza, su equilibro perfecto. Y también a disfrutar la belleza de los animales.” Javier frena su reflexión para apreciar la majestuosidad de un elegante gavilán mixto que hace la digestión en la copa de un árbol solitario, a pocos metros de un mirador. “Le debe gustar mostrarse. Hay bichos, como las tacuaritas y las ratonas, que son muy curiosos, se acercan y parece que quieren ver qué hacemos.”

Cachuditos, burritos, bichos feos, celestinos, anambés, cabecitas, chivís. Son algunas de las especies que se han visto o escuchado esta mañana: “Después, los datos del censo los subo a la plataforma eBird, donde se aglutinan registros de todo el planeta y hay mapas globales de distribución de las especies”, se despide el contador oficial.

Cuarentena y plumeros

Lili Rodríguez visita la Reserva desde el ’97. Dice que tiene una paciencia infinita para seguir el crecimiento de los pichones: “Los chicos me cargan y me dicen que soy como una tía buena”. Por la cuarentena, el año fue muy fulero para la amante de la naturaleza: “Me pegó el perder el contacto con las aves y no venir a caminar. Imaginate que vivo en un departamento y me la pasaba haciendo avistaje desde el balcón. Tenía tanto síndrome de abstinencia que ponía un plumero cerca para ver algo.”

El doctor Álvaro Ortiz Nareto es uno de los veteranos del grupo. Práctica el avistaje desde el lejano 1992: “Me desconecta de lo cotidiano, de la vida y la muerte que acompañan mi trabajo en estos tiempos tan duros. Lo definiría como un placer, un éxtasis, cuando uno aprecia un nido y lo empieza a seguir, ver cómo fluye la naturaleza.” Aficionado a la fotografía, el facultativo guarda en su casa la foto que pudo sacarle al mítico pájaro campana en una excursión por Brasil: “Lo encontramos en una quebrada. Se escuchaba el tum, tum, tum de su canto y nos dimos cuenta que era él. En ese momento me convertí en un niño. Como que ahí perdí la noción de quién era yo y todo se redujo al puro placer de verlo: totalmente blanco e impoluto, su pico y cuello entre celeste y fucsia. La belleza hecha realidad.”

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

jueves, 21 de enero de 2021

Querido diario de la peste y el estallido

 “No creo que sea ningún secreto que hay conversaciones en el libro que son inventadas, pero son inventadas a partir de una voz que escuché tan a menudo y que penetró mi cabeza… No quiero ingresar a esa tierra de nadie acerca de lo que sí sucedió. Todo en Dispatches sucedió para mí, incluso si no necesariamente sucedió.” La confesión es del periodista Michael Herr, autor de Despachos de guerra, esa brillante novela-memoria-crónica bélica en la cual narra lo que fue combatir (y sobrevivir) en la Guerra de Vietnam. El párrafo está tatuado como epígrafe en el nuevo libro del chileno Alberto Fuguet, y funciona como una declaración de principios. Una advertencia para el lector, antes de sumergirlo en sus Despachos del fin del mundo. La obra hace foco en el año que Fuguet, los chilenos y el mundo entero vivimos realmente en peligro. Del estallido social en las calles del delgado país trasandino hasta el encierro que trajo la peste global. “Qué viaje, qué año”. En estos tiempos de metáforas bélicas tan reales: guerra al virus, combates en las calles, toques de queda, primeras líneas, Fuguet traza la memoria emocional entre la primavera de protestas y el invierno de la pandemia

El autor de Mala onda, Sobredosis y el brillante Tinta Roja explica: “Esto no es periodismo ni crónica/ aunque viene una parte de ahí/ tampoco es ficción pura/ no es una novela/ aunque a veces creo que sí lo es. Se puede ver como un tráiler de lo que acaba de pasar”. Libro híbrido, “vivo”: revuelto que se hace carne con dosis desparejas de crónica, poesía, memorias, autoficción, ensayo novelado y manual de supervivencia. Fuguet muestra la cocina de este libro difícil de encasillar, como el año que aborda. “Parecía el fin de mi pequeño mundo tal como lo conocía y el comienzo de una gran oportunidad creativa y –quizás la liberación de ciertas amarras que son las que no nos dejan, como autores, volar más lejos. El pasado a veces tarda en soltarse; ciertas trabas y traumas y lealtades y certezas no se esfuman hasta que arden. Por primera vez en mi vida adulta todos los finales posibles me parecían posibles en la vida real e imposibles en el papel”.

Estos tiempos confusos, encendidos, agitados en lo íntimo, lo social y lo político son terreno difícil de transitar, y de narrar. Fuguet se la juega y crea una épica del colapso. Captura miedos, paisajes, personajes, fiestas, encierros, angustias y deseos que flotaron en los aires de 2019 y 2020. Y también, por qué no, busca imaginar el futuro. Un libro urgente que se hace cargo de lo que Douglas Coupland dice en otro epígrafe de Despachos del fin del mundo: “O nuestras vidas se convierten en historias o no habrá manera de darles algún sentido.”

Publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

El último vuelo del cóndor

 Mallku es una palabra aymara que da nombre al imponente cóndor. Símbolo de fortaleza, libertad y lucha para los pueblos originarios del Altiplano. Los aymaras también llaman mallku al líder de su comunidad. Felipe Quispe Huanca fue referente indio, campesino, político y social. Pero sobre todo fue “El Mallku”, así lo llamaban desde hace décadas sus compañeros en la batalla cotidiana por los derechos siempre postergados de los pueblos indígenas que habitan Bolivia y mucho más allá. Murió ayer martes 19 de enero en la ciudad de El Alto de un paro cardíaco. Preparaba su candidatura a la gobernación de La Paz. Tenía 78 años.

Yawar Mallku (“Sangre de cóndor”, como el título de la película de Jorge Sanjinés) corría por las venas de don Felipe. Combatió contra dictaduras y gobiernos racistas, neoliberales y traidores a la causas populares. Diputado, guerrillero, historiador, secretario general de la Confederación Central Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia, cabeza pensante del Movimiento Indígena Pachakuti (MIP), docente y escritor. También un potente polemista. Con Evo Morales tuvo idas y venidas. Senderos que se bifurcan y trifurcan en la apasionada vida del Mallku.

En su libro Mi captura, Quispe recuerda sobre su lucha: “Nunca pensé en ser un hombre importante, sólo tenía un dolor profundo por la situación social que estaba viviendo el país, sobre todo las formas de discriminación racial contra el indio. Es por ello que cuando en una conferencia de prensa la periodista Amalia Pando me preguntó por qué escogí este camino, mi respuesta fue simple: “Por qué no quiero que mi hija sea su sirvienta y ni que mi hijo su cargador de canastas”. Creo que con esta respuesta le rompí el alma a la señora Amalia y también fue una interpelación contundente a esta sociedad racista”.

Conocí al Mallku hace más de 15 años, poco después de que se desatara sangrienta la Guerra del Gas. Pude entrevistarlo varias veces en La Paz y también en su comunidad de Ajaría Chico, cerca de Achacachi, donde había nacido, en las tierras de los combativos Ponchos Rojos, las milicias aymaras. La crónica que sigue recupera una visita a sus pagos en el nacimiento del crudo invierno de 2007. Trae al presente su pensamiento, sus luchas, sus reflexiones. Un último vuelo del Mallku.

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El viaje hasta Ajaría Chico lleva más de dos horas desde La Paz. Al amanecer, el minibús atraviesa a todo trapo las rutas que bordean el Lago Titicaca. Llegamos puntuales a Achacachi, capital de la provincia de Omasuyos y ciudad bastión de las luchas indígenas. “El Mallku debe estar festejando el solsticio”, comenta el conductor de la movilidad y hace dudar a este cronista de la presencia de don Felipe en su comunidad. El viaje continúa y la pequeña camioneta se interna por un camino diminuto. Diez casas se ven en la ladera de un cerro junto al lago sagrado. El cartel que anuncia Unidad Educativa Ajaría Chico indica que el largo viaje ha concluido.

La majestuosa Cordillera Real, coronada por las nieves eternas del Illampu, es el telón de fondo que tiene el pueblito. Algunos pibes navegan el Titicaca en busca de totoras para alimentar a su ganado. Otros hacen pastar a las ovejas en el campo. Desde una casa de adobe, una radio rompe el eterno silencio.

Una señora que pisa descalza papines para elaborar chuño me indica el camino para llegar a lo del Mallku. Felipe saluda con el brazo en alto desde el portón de su casa sencilla, decorado con los soles símbolos del MIP. Luego invita a pasar. Para la entrevista, se sienta sobre una piedra en su terreno y convida hojas de coca que guarda en un pequeño aguayo.

-Mallku, cuénteme cómo empezó su militancia.

-Lo que me ha despertado fue la muerte del Che Guevara. He sido militante del Ejército de Liberación Nacional (ELN) desde muy joven, en una célula de tres personas. Entre los tres pintábamos una letra cada uno en las calles: “E-L-N”. Así he aprendido a ser militante. En el año ’71 cayó una compañera de la célula y ahí rompimos el hilo. Después, en el ‘78, hemos fundado un movimiento indígena con el nombre de Tupac Katari (MRTK), que coordinábamos con la gente del ELN, y a través de ellos, hemos salido a otros países. En el año ’87 rompimos definitivamente. Había un comandante que me decía: “nosotros estamos liberados, yo tengo todo, soy familiar de Víctor Paz y de Jaime Paz Zamora. Ustedes, indiecitos, libérense, trabajen y concientícense. A mí no me discriminan porque soy blanco”. Eso me ha dolido mucho, por lo cual me he salido del ELN y casi nunca me identifico con él. Luego, fundé el Ejército de Liberación Tupac Katari (ELTK) en los años noventa, metiendo bombas y recuperando dinero. Estuvimos presos cinco años, y luego que salimos tuvimos que deponer las armas, que tenemos guardadas por ahí, ya que no las íbamos a entregar como cojudos que somos. De ahí viene mi filiación, mi militancia, mi pensamiento político. No vengo de la organización sindical, aunque he militado en ella como una mascarita. Por dentro yo tengo otra visión.

-¿Cómo surgió el MIP y cuáles son sus principales lineamientos? 

-Nos orientamos por el indigenismo. No hablamos de izquierdas ni de derechas, aunque si tendríamos que clasificarnos estaríamos en la ultraizquierda. Hoy en día, somos el peligro más grande que tiene el Estado boliviano. Ayer, el peligro estaba encarnado en los partidos marxistas-leninistas, hoy somos los indígenas los que estamos marcados como peligrosos. Reclamamos nuestro territorio debido a que la gente que nos ha gobernado han sido todos extranjeros. El imperialismo gringo no puede ni vernos, si fuera por ellos, harían una limpieza étnica en Latinoamérica. Los indígenas que estamos luchando en Bolivia, en Ecuador y Perú creemos en la lucha de naciones. Por estrategia y por táctica debimos aliarnos a la izquierda, pero ya llegará nuestro momento.

-Si el MIP llegara al gobierno, cuál sería la relación con los otros sectores sociales que forman parte de la actual Bolivia.

- La única manera de que el MIP llegue al gobierno es por medio de una revolución. Sería un gran error discriminar a la gente no indígena que vive en Bolivia. No deberíamos asumir un revanchismo político, más bien, plantaríamos la igualdad ante la ley, pero en forma real. Que haya respeto mutuo, como hermanos. El revanchismo sería un suicido, no puedo pensar en pleno siglo XXI como Tupac Amaru o Tupac Katari.

-Muchos creen que Bolivia se está jugando una segunda independencia. ¿Cuál es la mirada de los sectores indigenistas respecto a esta situación?

-En 1825, Bolívar y Sucre matan a sus abuelos, a los criollos. Nos liberamos por una parte, pero se dio el proceso de resometer a los sectores indígenas, se republicanizó a los pueblos originarios.  En el 1952, la revolución trajo la nacionalización de las minas, el voto universal y la reforma agraria. Cambiamos un poco, pero no mucho. Hoy se está planteando la tercera revuelta. Es un proceso, se pueden tardar unos diez años o mucho menos, depende de nosotros, de los pueblos campesinos. El poder está en nuestras manos. En el ejército, la masa de soldados es indígena; en las fábricas, los obreros son indígenas; en las minas y en el campo, la mayoría somos nosotros.

-Hace poco, publicó un libro, Mi captura, sobre sus años de lucha armada. ¿Por qué decidió escribirlo?

-Han pasado más de 15 años de los hechos que narra el libro, hubiese preferido presentarlo antes, pero el ministerio público era manejado por reaccionarios y es difícil sacar material que cuenta las injusticias que vive el pueblo. Las torturas y castigos que sufrimos con otros compañeros del Ejercito Guerrillero Tupac Katari (EGTK) pueden ayudar a tener memoria de lo que hacen con los luchadores sociales, como hicieron con el Che Guevara o Tupac Katari.

-Álvaro García Linera estuvo varios años militando a su lado. ¿Cuál es la relación que tienen con el actual vicepresidente?

-El Álvaro Linera fue un compañero de lucha en los años del EGTK. Esos cerros que ve usted del otro lado (señala la Cordillera Real) la hemos recorrido de punta a punta en la época que entrenábamos con la guerrilla. Recuerdo que me hacía darle patadas cuando le venía la flojera en las marchas, quizás de ahí vienen los problemas de columna por lo que lo aperaron hace poco (risas). Hemos compartido cientos de charlas en la escuelita de esta comunidad de Ajaría Chico, hemos dormido en aquella casita de adobe que ve sobre el cerro. Pero las cosas ha cambiado cuando aceptó la propuesta del MAS, como que mostró sus intereses y se llevó buena parte de las propuestas que veníamos llevando con el MIP.

-¿Siente que el MAS le arrebató sus propuestas?

-Evo Morales y el MAS han robado nuestro plan de gobierno, pero el pueblo empieza a notar que hacen las cosas a medias: la nacionalización, las autonomías indígenas y regionales, todo a medias. Ya veremos qué pasa en los próximos meses.

-Felipe, hoy se festeja el solsticio. ¿Qué opina de los festejos del Inti Raymi en Tiwanaku?

-Las cosas cambiaron mucho. En Tiwanaku debe haber gran fiesta hoy día. Antes, cuando era joven iba, pero ya está muy comercializado y con muchos turistas. Antes era más religioso e iban los sabios y yatiris a pronosticar, ahora es más manejado por el comercio y se perdió el significado real.

Publicado en Tiempo Argentino, por acá. 

miércoles, 13 de enero de 2021

Corte y confección para la libertad

Una sinfonía mecánica suena en el taller de la cooperativa Kbrones. Proviene de las overlock que trabajan afinadas. La orquesta de siete costureros no da puntada sin hilo en la tarde diáfana de Barracas. Las agujitas bailan un eterno sube y baja sobre la tela virgen. El gran final del concierto textil es a todo trapo. Nace el inmaculado camisolín.

En otro ambiente del taller, los compañeros de la “coope” doblan pilas y pilas de prendas blancas y radiantes: “Imagínese que estamos sacando del horno unos 1200 camisolines por día para el kit sanitario, que viene también con cofia y cubrebotas. Somos un relojito”, saca pecho Daniel Yedro y continúa, parsimonioso, con la faena del plegado. El morocho del barbijo verdeamarelo con el escudo del Sportivo Pereyra se gana el mango desde hace cuatro años en este proyecto autogestivo pionero en su especie: la primera cooperativa de trabajo de Latinoamérica nacida en las entrañas de una cárcel.

Kbrones lleva diez años de historia sobre sus espaldas, desde su conformación tras los altos muros de la Unidad Nº 12 de Gorina en diciembre de 2010. En esta década de vida, el proyecto -erigido sobre los pilares de la inclusión y la reinserción laboral de las personas privadas de su libertad- exploró muy diversos rubros para mantenerse en pie: primero la marroquinería, más tarde lo maderero, y hasta el reciclaje. Desde hace un tiempo la muchachada le mete fichas al desarrollo textil. Dos años y medio atrás dieron su último gran golpe: lanzaron una marca de ropa, lo que les permitió seguir innovando en plena pandemia con diseños para los trabajadores esenciales que dan pelea al virus.

“Yo estuve preso –cuenta Daniel-, andaba en la mala, pensaba que la única salida era volver al pasado. Pero acá me dieron una oportunidad, una mano como en pocos lados te dan. Y aprendí muchas cosas: a ser una persona honesta, a mantener a mi familia, a tener un oficio, a tirar para el mismo lado con mis compañeros”. En su remera, el joven lleva tatuada una frase que repite como un mantra cuando llega al taller bien temprano: “Solos podemos hacer muy poco, unidos podemos hacer mucho”.

Yo volveré a las calles

La punta del ovillo de esta historia la conoce Julio César Fuque. Es uno de los padres fundadores de Kbrones y su actual secretario. “La semilla de la cooperativa fue una pregunta –explica Fuque, mientras ceba mate-. Qué hacer cuando uno recupera la libertad. Volver a lo mismo o elegir un nuevo camino son las opciones. Pero para tener una nueva vida tenemos que capacitarnos, aprender un oficio. Si antes usábamos las manos para destruir, ahora tenemos que aprender a usarlas para crear y producir”.

En 2009, después de una larga temporada en el infierno de Sierra Chica, Fuque había llegado a Gorina, penal de régimen abierto, para cumplir la última parte de su condena: “Con un grupo chico de compañeros, le planteamos al Servicio Penitenciario que queríamos aprender oficios y también ir a la escuela. Herramientas básicas si uno quiere tener oportunidades afuera”. Arrancaron con dos talleres: refrigeración y marroquinería. “Me enganché en los dos. Hacíamos unos monederos muy chiquitos. El profe nos decía: ‘con una máquina a pedal y una lonja de cuero, se pueden ganar la vida’. Tenía razón.” Con el pasar de las clases, dominaron el arte del cuero. Forjaban cinturones, portamates, carteras, morrales, billeteras. De ese grupo de esmerados aprendices nació el proyecto de forjar algo más: una cooperativa. Julio César confiesa que no fue fácil. ¿Qué será fácil en la cárcel? “Nada. Tuvimos que pelear contra la burocracia y las trabas del sistema, no nos callábamos, peleábamos por nuestros derechos. Por eso el nombre.” Kbrones empezó con siete socios. Hoy son 23.

De labia generosa –habla hasta por los codos-, Julio César era el vendedor que pateaba las calles y recorría ferias con los brazos llenos de cinturones confeccionados en la primera sede de Kbrones, cuando funcionaban en un galpón de González Catán. “Una cosa es producir y otra vender. Fue duro. Hasta tuvimos que hacer cirujeo y reciclaje para ganar unos mangos extra. Había que bancar la coope. Nunca bajamos los brazos”.

Transcurrieron tiempos bravos. Estaban casi besando la lona. Entonces decidieron reinventarse hacia lo textil: “Tuvimos un pedido grande de bolsitos que nos hizo Fecootra. Pasamos del cuero a la ropa de la noche a la mañana. Aprendimos a coser sobre la marcha”. Sus docentes fueron trabajadores que venían de talleres clandestinos: “Con lógica medio de choreo, onda campana, hacíamos guardia en la puerta de los talleres donde eran explotados. Cuando salían les contábamos del proyecto y los invitábamos a sumarse. Muchos forman parte de la cooperativa hasta el día de hoy. Kbrones es un espacio que da oportunidades. Inclusivo.”

Les fue bien con la ropa de trabajo. Camisas para colectiveros, overoles para la industria petrolera y hasta uniformes para Prefectura y vigilantes privados: “Sin berretines con esos clientes –guiña un ojo Julio César–, la pilcha es de primera calidad para todos”. En los años neoliberales de Macri, las importaciones chinas les restaron clientes y otra vez decidieron redoblar la apuesta. Sacaron su propia marca: “Con las crisis laburan mejor las neuronas. Empezamos a hacer jeans, camisas, polleras. Todo a precios bien populares. En plena pandemia fue igual y resurgimos haciendo barbijos. Somos como el Ave Fénix. Esta empresa fue construida detrás de rejas y candados. Sabés cuántos muros tuvimos que tirar abajo... Es nuestra forma de ser libres.”

Sin cadenas

Jornadas carcelarias de 18 horas frente a la máquina. La paga era de un puñado de centavos por prenda. Así se ganaba la vida Clara Franco en un taller clandestino de Quilmes. “Miseria te daban. Acá es distinto. Primero porque somos compañeros. Y segundo, porque se escucha la voz de todos", dice doña Clara, ojos sinceros de lince, y le da precisión al armado de una camisa. Con su hijo Diego trabajan codo a codo en el taller de costura. Él es especialista en zurcir puños: “Antes andaba a las trompadas con los patrones, que me explotaban. En Kbrones me siento bien, se labura a pleno y con libertad, pese a que mi vieja a veces me tira de la oreja”.

A pasitos de la “familia costura”, como los llaman, Elías Brito demuestra sus habilidades con la overlock, sacando mangas de camisolines a rolete. Es migrante, oriundo de la ciudad blanca de Sucre, en la vecina Bolivia. “Como a muchos de mis paisanos, me explotaban en un taller del Bajo Flores. Llegar a la cooperativa fue un cambio muy grande. Y algo más importante: acá se comparte el conocimiento”, reflexiona el chuquisaqueño, que sueña con volver a sus pagos para compartir un chicharrón de cerdo con la parentela.

En la sala de cortes surgen Pablo Vega y Carlos Aguirre, jóvenes manos de tijera. Vega, además, es el responsable de todo el proceso de producción. El corte y confección lo mamó de su vieja: “Ella tenía también una cooperativa y le di una mano de muy pibe”. Después se formó en moldería. Es especialista en alta costura y vestidos de novia. Pero se da maña para diseñar lo que le pidan. Es, también, el autor del best seller del año, surgido como necesidad y respuesta al contexto urgente: “El barbijo lo saqué al toque. Ni lo dudé, veníamos mal y había que reciclarse por la pandemia. Ya vendimos como 400 mil.”

Antes de la despedida, los muchachos de Kbrones imaginan un 2021 con proyectos y mucho trabajo: “Alquilamos un galpón más grande enfrente y nos donaron máquinas para aumentar la producción. La idea es seguir peleando y dar oportunidades como siempre. Si la pandemia cierra puertas, nosotros las abrimos”, corean Fuque y Vega, antes de posar para el fotógrafo de Tiempo elevando los dedos en V. ¡Hasta la vacuna, siempre! «

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

viernes, 1 de enero de 2021

Antibiografía de Nicanor Parra

 “El que sea valiente que siga a Nicanor Parra. Sólo los jóvenes son valientes, sólo los jóvenes tienen el espíritu puro entre los puros. Pero Parra no escribe una poesía juvenil. Parra no escribe sobre la pureza. Sobre el dolor y la soledad sí que escribe; sobre los desafíos inútiles y necesarios; sobre las palabras condenadas a disgregarse así como también la tribu está condenada a disgregarse”. Es palabra de Roberto Bolaño, fiel seguidor de su colega y paisano. Según el autor de Los detectives salvajes, Don Nica era el único (anti)poeta que valía la pena leer de ese país de los poetas llamado Chile.

El escritor y periodista Rafael Gumucio fue uno de los tantos pibes que siguieron la estela de Parra. Una tribu literaria que peregrinaban hasta su casa en Las Cruces (o mejor Las +++, como la bautizó el antipoeta) para, a veces, conversar un rato; siempre, para escucharlo como quien acude a un oráculo.

Gumucio tenía 32 pirulos cuando lo visitó por vez primera. Parra ya andaba por sus jóvenes 87. Corría el 2002 y el aspirante narrador acudió con algo de ilusión y  bastante inmodestia. Creía que el antipoeta se había interesado en sus libros. En realidad Parra solo quería hablar de las brevísimas columnas que el autor de Memorias prematuras y Comedia nupcial publicaba en los diarios trasandinos: “Le gustaba una columna de entre las miles que había escrito, y era esa y nada más. Con eso basta y sobra”.

Fue la génesis de una amistad. También de Nicanor Parra, rey y mendigo, un grueso volumen de más de 500 páginas sobre la vida y obra del poeta centenario que dejó este mundo en 2018. Transbiografía, post-novela, ensayo crítico, memoria familiar. Advierte Gumucio: “Esta no es una biografía de Parra. Esta es una biografía con Parra. Es una biografía contra Parra. Parra es en este libro apenas un abrigo, una máscara más”.

La antibiografía de Gumucio dialoga con Sobre Sánchez de Osvaldo Baigorria, con Lamborghini: una biografía de Ricardo Strafacce y aún con Limónov de Emmanuel Carrère. Escrito en primera persona por el observador (que confiesa sus desconciertos, limitaciones, pasiones). Con aportes de las voces de familiares, amigos, enemigos, novias y por supuesto otros poetas. No hay que dejar pasar la cuidada mano invisible de Leila Guerriero en la edición. Capítulos cortos y tórridos como algún verso del antipoeta. Por último, no menos importante, y fascinante, la tarea fina del biógrafo que permite volver a “escuchar” la voz, los tonos, los chistes, las muletillas de Don Nica.

Escenas de una vida que dura 103 años: Parra y su dura infancia en el sur del país. Parra y sus ocho hermanos menores (la historia del clan familiar, la historia de todo Chile). Parra y su educación sentimental e intelectual en un internado de Santiago. Parra y su decisión de estudiar Matemática y Física. Parra y Violeta (¿Hay Violeta sin Nicanor? ¿Hay Nicanor sin Violeta?). Parra en Inglaterra, Rusia, Estados Unidos y más allá. Parra y sus mujeres, sus hijos, sus nietos. Parra y la izquierda, el hipismo y la ecología. Parra y Ginsberg, Rojas, Lihn, Zurita, Zambra, Huidobro y Neruda (“Pablito”, para Parra). Parra, la Unidad Popular y la dictadura de Pinochet. Parra y el humor, el dinero, la comida, los premios y la sordera. Parra y toda su obra: desde su primer relato “Gato en el camino” hasta Antiprosa, el clásico Poemas y antipoemas, Sermones y prédicas del Cristo de Elqui, Chistes para desorientar a la policía, la traducción de Rey Lear y sigue la lista. Parra, la vida y la muerte. Hojas de Parra.

Quien se anime, no lo dude, lea la obra de Gumucio. Y sean valientes. Sigan a Nicanor Parra.

Publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

martes, 22 de diciembre de 2020

El canto triste del pobre mensú

 “Selva, noche, luna / pena en el yerbal. / El silencio vibra en la soledad / y el latir del monte quiebra la quietud / con el canto triste del pobre mensú”, cuenta Ramón Ayala en el “El mensú”, poema-canción-retrato de la vida desdichada del peón rural que sobrevive a duras penas en las rojas tierras de Misiones. El término “mensú” viene de mensual o mensualero. Se llama así a los jornaleros misioneros, correntinos, paraguayos y venidos de ultramar que eran –aún lo son- oprimidos por los terratenientes en las plantaciones de yerba mate, en los obrajes y otros colorados infiernos de la verde selva mesopotámica.

El pionero en denunciar la explotación que sufrían estos hombres y mujeres fue el escritor ácrata Rafael Barrett en esa obra máxima de la crónica clásica latinoamericana titulada con justeza Lo que son los yerbales (1910). Desde la ficción, lo siguió Horacio Quiroga con su cuento “Los mensú”, incluido en el clásico sempiterno Cuentos de amor, de locura y de muerte (1918). La santísima trinidad del denuncialismo lírico que hizo foco en esta población siempre olvidada la completa el poeta, escritor y novelista Alfredo Varela, más recordado por su popular novela Río oscuro (adaptada al cine en Las aguas bajan turbias), menos por sus luminosas crónicas misioneras, publicadas en 1941 en la revista Ahora y el diario La Hora, órgano oficial del Partido Comunista Argentino.

A principios de ese año, el joven periodista emprendió un viaje al noreste que le cambió la vida. Cuentan que poco antes, en la casa de Álvaro Yunque, Varela había conocido a Marcos Kaner, un anarquista agitador que había trabajado como mensú. El relato de las luchas de este líder sindical de los peones cautivó el espíritu andariego y reivindicativo de Varelita, que viaja a Misiones –todavía territorio nacional- para narra in situ la explotación en esos pagos.

A 80 años de la excursión, Omnívora Editora acaba de publicar ¡También en la Argentina hay esclavos blancos! Es un volumen ideado, compilado y prologado por el sociólogo Guillermo Korn y el historiador Javier Trímboli que reúne todas las crónicas misioneras. Rescata también del olvido el folleto “La masacre de Oberá”, un texto que reconstruye la represión estatal que sufrieron en 1936 los laburantes rurales en esa ciudad pujante del Alto Paraná, con un número de muertos y desaparecidos jamás esclarecido. Un hecho que Varela ata a la Semana Trágica y a los asesinatos masivos en la Patagonia y La Forestal. Por último, pero no menos importante, el libro además incluye ilustraciones alucinantes de Delfina Estrada y Victoria Volpini.

“‘Che, cebame unos mates’. ¡Cuántas veces al día se pronunciará en la Argentina! Millones, quizá. Es que somos un pueblo matero. Nos gusta sorber el verdoso líquido, hasta arrancarle un rezongo, en todo momento. A la madrugada, antes de almorzar, a la tardecita. Pero nunca se nos ocurrió pensar que lo que nos llega por la tibia bombilla es en realidad el sudor y la sangre de muchas generaciones de hombres anónimos de piel oscura y brazos musculosos”, suelta amarras Varela al inicio del libro, para meterse selva adentro y así narrar las desgracias del mensú en los yerbales alfombrados de sangre y huesos de obrero. Pero también, las resistencias, las grandes protestas de las mensusadas que exigen su derecho a una vida mejor.

Al detalle Varela retrata los oficios en el infierno verde: el tarefero que corta y quiebra la hoja, el urú a cargo del secado en la barbacuá, el hachero, el carrero y el jangadero de la producción maderera. Los une la miseria y la explotación extrema. “El criollo yerbatero, con fama de haragán, trabaja 16 horas por día”. Ganan moneditas. O ni eso: los patrones les pagan con vales que deben canjear por mercadería en las proveedurías de los mismos explotadores. Los Herrera Vegas, los Gramajo, los Martín, auténticos señores de horca, cuchillo y el látigo cruel del capanga. Familias de estrecha y próspera alianza con la policía, los jueces y los políticos de turno.

En una de sus expediciones, Varela llega a San Ignacio y conoce el sindicato de trabajadores agrícolas. La sede es un ranchito muy modesto. A la casita de techo de paja peregrinan desde tierra adentro hombres, mujeres y gurises de gastadas alpargatas, bombachas ‘archiusadas’ y sonrisas pálidas. Discuten de política y bailan polkas. Algún sapucai salvaje suena como grito de lucha contra los explotadores. Al cierre de la crónica, Varela los despide: “Hospitalidad abierta, franca, la de estos trabajadores sencillos y dignos que, avergonzándose de no poder ofrecer otra cosa, brindan al amigo su pobre rancho, el mate cordial, el yopará humilde, y su mano grande, ruda y ajetreada, como su vida.”  

Publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

lunes, 14 de diciembre de 2020

Gueto

 El pasillo abre su boca en la calle Capitán Bermúdez 3788, arrabal obrero de Vicente López. Un espacio de poco más de un metro transformado en la única entrada y salida que tienen los humildes habitantes de Barrio Gándara: hace más de un año, sin consultar a las 130 familias que habitan la manzana, el municipio comandado por Jorge Macri levantó un muro de ladrillos y cemento que impide la salida hacia la calle José Ingenieros.

La excusa fue un plan de viviendas aún inconcluso, una falaz relocalización, un proyecto de “integración urbana”. El oxímoron del muro que une. Según los vecinos, el resultado derivó en un mayor hacinamiento, condiciones habitacionales ignominiosas y la confección de un gueto a poco más de 20 cuadras del Palacio Municipal y de la Quinta Presidencial de Olivos.

Gándara es una de las tantas villas de la opulenta Vicente López. Surgió a principios de los '60 en este suburbio fabril de la zona norte, frontera con la Panamericana. La engordan casas de pisos precarios, con pasillos que se angostan en sus entrañas y cielos tramados por cables de electricidad tendidos a la marchanta.

“Cuando vinieron con el plan de reubicación nos prometieron viviendas, pero no cumplieron. Mudaron algunas familias y las demás quedamos olvidadas”, rememora Florencia Contreras, nacida y criada en la barriada hace 27 años. Vive con sus tres hijitos en una casita al fondo del pasillo, pegada al muro. Con su beba Roma en brazos, grafica cómo es el día a día: “Estamos hacinados, sin ventanas con este calor, imagínese, no pueden ni respirar las criaturas. Todo un peligro con esa pared. Si llueve se inunda, y no podemos salir de casa. Al intendente le diría que se acuerde de nosotros. Vivir así no es vivir.”

Hartos

A pocos metros del paredón, en la casa de María Martínez, funciona el comedor Los Peques. Sus ollas les dan de comer a 50 pibes y a muchos mayores que pasan hambre desde que llegó la pandemia. “Nos ayuda el Movimiento Evita, pero muchas veces nos quedamos cortos”, sincera la infatigable mamá de cuatro hijos. María pilotea el merendero desde los años del macrismo. La peste sumó más penurias. Fueron varios los vecinos que murieron contagiados: “Tratamos de mantener la distancia, pero es difícil. Si llueve sale toda la porquería porque los escombros taparon las cloacas. Los de la muni dijeron que la pared era para demoler del otro lado y abrían al toque. Ya va más de un año.”

Luis es el marido de María. Se gana las monedas a cuentagotas haciendo delivery. Se ufana de que su abuelo fundó el barrio. “Presentamos firmas, petitorios, pero en Hábitat no atienden el teléfono. Nos cansamos de llamar.” Con sus vecinos se hartaron, y tiraron la pared. La respuesta de las autoridades: mandar a la policía, levantar de nuevo el muro y colocar vigilantes. Hace unas semanas hicieron una pintada en la pared para denunciar sus derechos violados. Al día siguiente, los funcionarios la taparon. “Hay personas mayores, gente que tuvo ACV, muchos chicos, con una sola salida es un peligro –continúa Luis–. No entra ni una ambulancia. ¿Qué esperan, que tengamos una desgracia?”

Y la desgracia llegó. Un incendio, meses atrás. Las llamas devoraron la casa del hermano de Claudia Nieto: “Perdió todo. Lo apagamos los vecinos, a baldazos. Cuando llegaron los bomberos se dieron cuenta de que la manguera no llegaba hasta el fondo”. Con 30 años en la barriada, Claudia está cansada de reclamar y de vivir al límite de lo humano: “Fue un milagro, porque nadie quedó atrapado por el fuego. Nos condenan a morir quemados si hay otro accidente. Decime cómo vamos a saltar una pared con alambres de púa arriba.”

A la espera de Papá Noel

El santiagueño Ricardo “El Mono” Cardozo ya peina canas. Llegó al barrio de muy pibe, hace más de 50 años, cuando las casas eran de chapa y madera. Cuenta que el vecindario creció a la sombra de las fábricas de Fiat, Gándara, Parmalat y ahora IBM. “¿Será por eso que quieren sacarnos de acá?”, se pregunta el hombre, albañil fanático de Deportivo Armenio, mientras pasa la tarde infernal buscando fresco en el pasillo, junto a su perrita Gorda, a cinco metros del muro. Lo mira una vez más y dispara: “Prometieron casas y lo único de trajeron fueron escombros, basura y ratas, que de grandes parecen gatos. Los políticos nos siguen usando a los pobres.”

A pocos metros, doña Adriana Cardozo matea. Quiere decir lo suyo. Anda embroncada porque los de la municipalidad dijeron que van a derribar el muro antes del 31 de diciembre. “Como regalito de Navidad –agrega, con ironía–. Igual el intendente Macri tiene que saber que Papá Noel hace rato que no pasa por Gándara." «

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

martes, 1 de diciembre de 2020

El incendio de un sueño

 Un mes pasó desde el 29 de octubre en que un ejército de 4000 efectivos de la Policía Bonaerense ingresó cuando asomaba el alba al predio de Guernica. El objetivo era desalojar a las más de mil familias que mantenían la toma en el sur último del Conurbano. Mientras los efectivos avanzaban, a las familias no les quedó otra que dejar atrás sus frágiles casillas y parcelas bien demarcadas. Algunos vecinos y militantes sociales resistieron el operativo. Fueron reprimidos. Treinta y siete terminaron arrestados. Fuego, gases lacrimógenos, topadoras, destrucción. El drama habitacional siguió en los paradores y en las casas de familiares que los abrigaron. Sin techo ni tierra propia a la vista. Con el trauma de la represión tatuado en la memoria.

En paralelo, las familias que habían firmado un acta–acuerdo en la que se comprometían a dejar en forma voluntaria el terreno, fueron asistidas por el gobierno provincial para su reubicación y la provisión de materiales de construcción que ayuden a ampliar sus viviendas de origen. También con un subsidio de 30 mil pesos, destinado para el pago de un alquiler. El Ministerio de Desarrollo de la Comunidad que comanda Andrés “El Cuervo” Larroque asegura que más de 900 familias aceptaron la propuesta del Estado bonaerense.

El incendio de un sueño

En la génesis de la toma, a finales de julio, durante los meses críticos de la cuarentena, fueron 2500 las familias que se asentaron en el predio enclavado en el partido de Presidente Perón. Gladys Medina llegó con sus cinco hijos el día uno. Estaba en la calle porque ya no podía pagar los $ 9000 por la pieza que alquilaba en Claypole. Cuidaba abuelos a domicilio. La peste la había dejado sin trabajo. “Es feo tener que pelear para conseguir la tierra. Ojalá se pudiera hacer de otra forma, con el laburo. Pero nunca me alcanzó”, contó a Tiempo un domingo helado a finales de septiembre. Comandó hasta el último día La Esperanza, uno de los tantos comedores que alimentaron a los vecinos.

“El desalojo fue horrible. Salimos con lo puesto, quedamos sin nada. Perdí en el fuego todo lo que tenía: colchones, ropa, ollas. Mi sueño era tener un techo. Queríamos pagar, como es debido, pero ahora siento que volvió todo para atrás”, se lamenta por teléfono Medina desde Lanús. Consiguió reparo en casa de su hermana. Está con sus hijos más pequeños. Los mayores viven desparramados en casas de amigos y compañeros solidarios.

Se le consulta por la asistencia estatal. Gladys mastica bronca: “Dios lo oiga, no pasó nada. Nunca me llamaron, usted es el primero que se comunica para ver si necesito algo. Los únicos que me dieron una mano fueron mis vecinos. Estuvimos parando donde pudimos. Ahora me quedo en lo de mi hermana hasta que consiga otro lugar, aunque no hay mucho espacio porque tiene diez hijos.”

Antes de cortar, asegura que muchas familias siguen en paradores, o simplemente a la deriva: “Duermen en la plaza de Guernica, en la calle, literalmente no tienen nada. Esos terrenos eran la posibilidad de tener tierra, nuestra casita, pero perdimos. Otro sueño más que se me fue.”

Verónica Velladares se había asentado a principios de agosto en La Unión, una de las cuatro barriadas demarcadas por los vecinos en el predio. Tiene 38 años y es madre soltera de tres hijos. Limpia casas, está desocupada y por un pleito legal con su expareja no puede cobrar la Asignación Universal ni el IFE: “Se cortaron las changas en cuarentena, estaba en la calle o parando en casas de amigas. No me quedó otra. Después vino el desalojo y volvimos a la misma, estoy en situación de calle”, explica desde lo de una amiga en La Boca.

En Guernica, cuenta Velladares, se sentía contenida: “Me ayudaron a construir una casilla y conseguí frazadas y un colchón. Después vino el desalojo y vi con mis propios ojos cómo empezaron a quemar nuestras cosas sin piedad. Fue muy triste, porque en La Unión éramos como una familia. Estaba la salita, los médicos que venían a ver a los chicos, los comedores, los profesores, era muy lindo”.

Agrega que tuvo entrevistas con los funcionarios provinciales: “Me acercaron víveres. Dijeron que me iban a ayudar con los 30 mil pesos y para que me saliera la Asignación. Les expliqué que con esa plata podía alquilar dos meses, pero después no sabía cómo iba a seguir. Necesitaba y firmé el papel que me dieron. Pero me quedé con dudas.”

Sostiene que del subsidio no tuvo ni noticias: “Ya pasó casi un mes y nadie me llamó. Tienen mi teléfono.”

Estado presente

Soledad Jiménez atiende el celular en el barrio San Martín de Presidente Perón. Tiene 35 años y es madre de siete hijos. Llegó a la toma con su marido, camionero desocupado, cuando se quedaron sin plata para el alquiler: “Estábamos en el sector 20 de Julio. Fue muy duro. Lluvia, frío, no podíamos darles de comer a los nenes. Semanas que no se las deseo a nadie. Pero queríamos tener algo propio.”

Después de pensarlo mucho, aceptaron la propuesta del Estado bonaerense: “Nos ofrecían un subsidio y bajarnos materiales para edificar, si conseguíamos un espacio. Por suerte mi papá nos dejó construir en la parte de adelante de su casa. Firmamos el acuerdo y nos vinimos.”

En pocas semanas, Soledad vio cómo, ladrillo por ladrillo, los albañiles que envió la gobernación construyeron la casa que hoy les da reparo: “Con el subsidio compramos las ventanas y la instalación para la electricidad. Sólo falta conectar la luz. Nos prometieron colchones y una cocina, pero no tuvimos respuesta todavía.” La joven agradece la mano del Estado: “Estuvieron muy presentes. Por suerte, ahora tenemos un techo.”

Noelia Gómez es de Guernica de toda la vida. Conoce en carne propia el drama habitacional que aqueja al municipio: “Hace 12 años que vivía en una casilla con suelo de tierra, en un terreno que compartimos con cuatro familias, todos hacinados. Fui a la toma porque quería tener algo para dejarles a mis hijos”. Su marido murió el año pasado. Las changas que realiza cuidando abuelos y una pensión de $ 12.300 no le alcanzan para darles de comer a sus tres hijos. La discriminan por tener VIH. Nunca consiguió un empleo en blanco: “Trabajo desde muy piba, no me gusta vivir de prestado o en una pensión. La realidad es que no alcanza, y todos estamos así en el barrio.”

Durante la toma levantó una carpita en la manzana 12, pegada al barrio Numancia afrontando heladas, vientos y los aprietes de la policía: “Parecía que no había salida y estaba muy descreída del gobierno. Ellos me decían que me iban a ayudar, a dar una solución. Al final lo hicieron, cumplieron su palabra.”

En el terreno donde vivía antes de la toma los albañiles están terminando la casita: “Una pieza, cocina y baño. Antes estábamos todos amontonados en un cuarto de tres por tres, ahora va a ser distinto”, se ilusiona. El subsidio, sincera, se fue en comprar mercadería para alimentar a sus críos: “Vamos a dormir abajo de un techo, como corresponde. Pero la necesidad sigue siendo mucha. Ojalá no se olviden de nosotros.”

Barrio popular

Victoria milita en la agrupación Víctor Choque. Durante la toma fue delegada del barrio La Lucha. “Ya desde la primera reunión –cuenta la joven de 31 años-, en la municipalidad nos basurearon, nos trataron de ignorantes, nos dijeron que fuéramos a laburar. Todo por reclamar un techo”.

Desde principios de noviembre, Victoria y otras siete familias desalojadas viven en un predio que pertenece a su hermana: “Decidimos armar un acampe para poder asistir a las familias que estaban en la calle. Hacemos ollas populares, talleres; si llueve se complica, nos amuchamos en el comedor y la pieza, lo importante es tener un lugar para vivir.”

Sobreviven haciendo changas, cortando pasto, y gracias a las donaciones: “Tenemos una familia que los funcionarios la subieron a una camioneta, le dieron un colchón y la dejaron acá. Nunca llamaron. En la toma fue lo mismo. Te tiraban un paquete de fideos cada tanto.”

Tomás también era delegado. Esta tarde da una mano preparando la merienda en el acampe. El día del desalojo fue detenido. Dice que a la toma fue a buscar una solución para su problema habitacional, pero con el paso de las semanas se dio cuenta que miles estaban en la misma: “Para sobrevivir a la pandemia, los más vulnerables teníamos que luchar juntos. La salida es colectiva. No necesitábamos soluciones fantasiosas o la condena al alquiler de por vida. Por eso queríamos construir un barrio popular y lotes sociales. Pero nos rajaron antes de conseguirlo.”

Publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

jueves, 26 de noviembre de 2020

Ceremonia del aD10s

 “¡Simplemente gracias!” Las palabras, prolijamente tatuadas en la bandera, todavía están frescas. Facundo Gómez ata con parsimonia el trapo a las rejas del Obelisco. Unas lágrimas ruedan por su mejilla. Se pierden tras la telita curtida del barbijo que lo protege de la  peste: “Me enteré lo del Diego y fue como que el mundo dejó de girar, se paró la pelota para siempre. Ahí nomás, con los pibes de Longchamps nos pusimos a pintar como homenaje. La bandera es celeste porque somos hinchas de Temperley. Pero hoy no importan los colores. Hay uno sólo, que nos une a todos, se llama Maradona”.

El pibe llegado hasta el ombligo porteño desde el suburbio del suburbio bonaerense no se equivoca. En el islote de la 9 de Julio y Corrientes se hermanan en la infinita tristeza centenares de fieles maradoneanos ataviados con camisetas de los mil y un clubes que pueblan el suelo argentino, el mundo entero y mucho más allá.

El muchacho con la casaca de Racing se abraza al que lleva puesta la del Rojo. Los de la barra de Chacarita hacen pogo con los de Vélez. El hincha de Talleres entona el himno eterno que compuso Rodrigo, fana perpetuo del Pirata. “Es que el Diego es de todos, hermano, nuestro último gran héroe”, explica Marcelo con filosa tonada cordobesa. Agrega que una vez pudo ver a D10s en un estadio. El verbo hecho carne: “En la Bombonera, nos vacunó desde mitad de cancha. Fue el único gol en la historia que le hicieron a Belgrano y lo grité.”

Los fieles cantan a los cuatro vientos que Diego es más grande que Pelé, que el que no quiere a Maradona no quiere a su mamá, que es un orgullo nacional. Banda de sonido plebeya.

Nicolás agita sin respiro una bandera argentina. El varón habla y se le pianta un lagrimón: “Estamos de duelo, hermano. Cuando al Diego le pasaba algo, era como que le estaba pasando a alguien de mi familia. En este día de mierda, de este año de mierda, siento que vine a despedir a un familiar, un familiar de todos los argentinos.”

Ariel Lucero cierra los ojos y vuelve al año 1986. Tiene seis años. Su mamá lo lleva al cruce de Ricchieri y General Paz. Pasa el micro de la selección que regresa campeona de México. Ariel lo ve a Diego y llora por primera vez en su vida: “Hoy mi hija de cuatro años, me vio llorar por él de nuevo.”

“Un amor que pocos entienden”, dice el trapo que trajo Iván. Es, dice, enfermo de Boca y maradoneano de la primera hora. Lloró a mares toda la mañana por la partida del Pelusa: “Hoy no se murió Diego, hoy pasó a la inmortalidad. Lo habían matado tantas veces… La AFA, los gobiernos, los poderosos. Esta es una más. Va a seguir resucitando.”

Publicado en Tiempo Argentino, por acá. 

jueves, 19 de noviembre de 2020

Peronismo rodante

 Por la apretada Autopista 9 de Julio Sur, avanza desde la fabril Avellaneda una caravana bullanguera. La imagen parece sacada del cuento de Cortázar. Pero el embotellamiento, menos afrancesado, es más bien nacional y popular. Súmele el calor, el color, la liturgia justicialista rodante.

Los descamisados vienen en multitud andariega desde el suburbio del suburbio del Conurbado y mucho más allá. La tarde es sueño diurno hecho realidad de las vanguardias futuristas, esas que cantaban loas al rugir de los motores. La pandemia cambió los hábitos, pero no las mañas de los militantes en su día. Peronismo a todo motor.

La banda de sonido obligada es con La Marcha. Una orquesta de bocinazos acompaña la voz de Hugo del Carril que sale de los parlantes de una F100. Trompetas y redoblantes que vienen de un curtido camión Mercedez Benz completan el recital popular a cielo abierto, limpio, celeste. Sin dudas, un martes peronista.  

Los brazos de la autopista sobre la avenida San Juan acunan a mil y un micros escolares que duermen la siesta. Arrimaron a los militantes que peregrinan hasta el Ministerio de Desarrollo Social. La chica de la remera de La Cámpora mira la Evita tierna que cuelga de la cara sur del edificio. Con los dedos dibuja la V. Antes de acomodarse el barbijo, regala una sonrisa plebeya.

En el parate de la caravana se baila, se agitan banderas, se pide por el impuesto a los ricos. Pero de repente, la marcha de los bólidos reanuda su deriva hacia el Congreso. Todo el mundo mira fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia adelante. Aceleran a fondo. Saben que el movimiento se demuestra andando. Hacia la justicia social.

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Rebelión en la verdulería

 “Yo elijo la lechuga”. La frase está pegada en la pared de la sala de reuniones. Desentona entre tanta formalidad minimalista del Centro Administrativo del Mercado Central. El cartel muestra también una planta de variedad criolla junto a un hashtag combativo: #Verdurazo. Recuerda la tórrida jornada del miércoles 27 de febrero de 2019. Ese día, pequeños productores hermanados en la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT) realizaron movilizaciones en distintos puntos de la Argentina contra las políticas impulsadas por el gobierno del entonces presidente Mauricio Macri. La más multitudinaria recorrió el frígido corazón de la Ciudad de Buenos Aires. Los productores llegaron a pie y en sus tractores. Con cajones de frutas y verduras. Con cartulinas escritas a mano. Hacían flamear acelgas, apios y generosas lechugas como banderas. Eran cientos. Florecieron en la Plaza de Mayo. 

Diez días antes, la brava Policía de la Ciudad los había reprimido en Plaza Constitución, cuando vendían el fruto del trabajo de sus manos a precios populares. Con un “Feriazo” protestaban por la baja de la gratuidad del monotributo social agropecuario y los recortes asfixiantes en la Secretaría de Agricultura Familiar. Bastonazos, balas de goma y gas pimienta cosecharon los agricultores en sus puestos. También los vecinos con sus críos en brazos, los laburantes empobrecidos y los jubilados de billeteras flacas que hacían cola para conseguir unas pocas papas, algunos tomates, unas ramitas de perejil. La cruda imagen capturada por el fotorreportero Bernardino Ávila fue la síntesis brutal del mediodía: una jubilada, Ángela Teresa, recogía a las apuradas berenjenas del pavimento entre las botas pesadas de la infantería.

Aquel 27F, la opulenta capital pudo ver en primerísimo primer plano los curtidos rostros de los agricultores que producen lo que devora la cabeza de Goliat. El subsuelo del campo sublevado hizo visible en el prime time de los noticieros su precarización eterna, la falta de tierra, la usura en los alquileres, las cadenas de comercialización infames, el daño irreversible de los agrotóxicos. Pero también –aun más desconocida– sus voces daban cuenta de la otra cara de la taba: producción agroecológica en pila de hectárea libres de veneno químico, redes alternativas de venta para garantizar precios justos, propuestas para el postergado acceso a la tierra, discusión de la soberanía alimentaria, agenda ambiental y en salud, autonomía de las trasnacionales, creación de colonias agrícolas en los cinturones urbanos, empoderamiento de las mujeres campesinas y respeto de los saberes de las comunidades originarias. Una titánica faena de organización con una década de historia, a la cual le ponían cuerpo e ideas desde la UTT miles de campesinos de todo el país. Nahuel Levaggi era uno de ellos. Esa tarde, desde el acoplado de un camión que había traído 20 toneladas de hortalizas para repartir, el joven dirigente preguntó a la multitud: “¡La lechuga le gana al palo, ¿sí o no?!” Nadie tuvo dudas.

En la sala de reuniones, Levaggi recuerda las palabras que le repetían como mantra aquella tarde en la plaza: “‘Gracias, gracias por la comida, muchas gracias’. Transformamos un problema en una solución. Sólo se habla de alimentación cuando es un problema, cuando falta la comida y hay hambre. En los Feriazos, hablaba el alimento con una acción concreta. Un puente entre el campo y la ciudad. La UTT venía con una propuesta integral para cambiar la realidad. Alimento sano, seguro y soberano”. 

El 24 de marzo pasado, cuatro días después de que el gobierno del presidente Alberto Fernández decretara el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio por la llegada del coronavirus a estas pampas, Levaggi fue designado al frente del Mercado Central de Buenos Aires, el centro comercializador de frutas y hortalizas más grande de la Argentina. El espacio abastece  a 13 millones de personas que viven en el AMBA (Área Metropolitana de Buenos Aires). Por primera vez desde su apertura en octubre de 1984, durante la primavera alfonsinista, la pantagruélica estructura alimenticia sería piloteada por un joven dirigente que venía del palo de la agricultura familiar y los movimientos campesinos.

La propuesta de su nombramiento fue acompañada con una misión estratégica: que la gente coma más barato. Tarea esencial en el contexto de crisis económica que trajo la peste. En dos días de gestión, logró algo inédito: el compromiso social de abastecimiento. Una iniciativa con precios de referencia para cuidar los castigados bolsillos populares: “Es una propuesta racional y de consenso, que nace del diálogo, y no tiene antecedentes. No es algo impuesto, es voluntario, un acuerdo justo que renovamos todas las semanas, los precios se conversan con los puesteros y se publican. No es la Secretaría de Comercio que fija y te dice que el kilo de papa sale $ 10 y es solo para la foto. Y cuando la vas a buscar no existe y sale el doble”, explica Levaggi, recarga el mate sin prisa; sin pausa agrega: “Luchamos para garantizar alimento sano a precio justo, para atender las necesidades del pueblo. Estar acá implica que no me desprendo de quién soy, de dónde vengo. Ayer estuve con los compañeros en una jornada de limpieza en unos terrenos. No es calzarse el traje y olvidarse de las bases. Mi concepción es que uno manda obedeciendo, cumpliendo el mandato por el que llegamos a este lugar. Eso lo tengo muy claro. Acá no está Nahuel Levaggi, acá está la lucha de la UTT.”

El joven echa un poco más de agua caliente en el mate. A su espalda cuelga el cartel del Verdurazo: “Llegamos para proponer y hacer. Todos los días nos levantamos y pensamos qué paso damos, a quién ayudar, a quién más escuchar. Queremos transformar en serio la realidad porque las cosas no están bien… lo que comemos, lo que producimos.” Hace cuatro meses, su designación en el Central plantó una semilla de cambio. El primer desafío es que crezca desde el pie.   

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Todavía es de madrugada en Tapiales, pero el Mercado Central está despierto hace rato. Un gentío engordado por camioneros, vendedores, operadores, changarines y clientes atan la luna con el sol: “Hoy arranqué a laburar a las 5, tranqui. Mañana me toca a la 1, acá todo la vida es así, de noche”, explica “Marito” Bustos, “changa libre” oriundo de Merlo. Tiene 37 años, más de 25 dedicados al Central. Los changas ponen sangre, sudor y músculo para mover las 106 mil toneladas de frutas y verduras que pasan al mes por el predio. Carga, descarga y acarreo tracción a changa. Es el trabajador más precarizado: gana su jornal a destajo. Cobra por bulto. Heredero del estibador, del peón rural, también del gaucho. Changa es una palabra que viene del quechua. Significa ganancia ocasional. “Nosotros seríamos la clase baja. Vivimos al día, carreteando a todo ritmo. Yo arranqué a los 12. Me escapaba de la escuela para ayudar a mi viejo, que está acá de toda la vida. Lo llevo en las venas”, Marito saca pecho, cubierto por un largo delantal que deja ver abajo la camiseta de su amado River Plate. Reposa sobre un carrito estacionado en el playón de descarga hasta que caiga el próximo conchabo: “Si me metés en una fábrica me muero –asegura desde atrás del barbijo que lo protege de la Covid-. Ahí tenés algunos beneficios, pero nunca esta libertad.”

A la conversa se suman Ovidio y Jonny, dos colegas del gremio. Juntos levantan rascacielos hechos de cajones de madera y bolsones de verdura que dan vértigo: “Pasan los años y el cuerpo te pasa factura. En el carro llevamos 30 cajones de mandarinas, bolsas de papa, de 30 kilos cada una. En verano se derrite el asfalto y se hunden las ruedas. En invierno te cagás de frío. Pero te acostumbrás, no queda otra, son las reglas de este mundo.”

El predio enclavado en el partido de La Matanza, zona oeste del Conurbano Bonaerense, es grande como un planeta. Desde la Autopista Ricchieri hasta el cenagoso Riachuelo, frontera con la General Paz, el Camino de Cintura y más allá. Quince años demoró su construcción. Se planificó en los ’60, se construyó en los ’70 y se inauguró en los ’80. Fue la primera gran obra pública del retorno de la democracia. Sus 570 hectáreas cobijan 854 puntos de comercialización mayorista distribuidos en 18 naves. También tiene un paseo minorista con más de 700 locales y otros 100 en la llamada Feria del Reloj: dan techo a almacenes, verdulerías, carnicerías y otros rubros dedicados al arte del mercadeo.

Cruce de geografías humanas, de deseos, de sobrevivencias. Más de 10 mil personas transitan diariamente por el Central. Unas 100 grandes empresas componen el polo agroalimentario y logístico del mercado. Hasta un cacho de historia guarda: la chacra Los Tapiales, que perteneció a la familia Ramos Mejía por más de 150 años. En su casco se filmó el dramón Camila. Es monumento histórico nacional. En una de sus piezas, cuentan, durmió una siesta Juan Pablo II la tarde del 10 de abril de 1987. Un rato después, el Papa polaco dio misa para 300 mil fieles. La capilla del mercado lleva su nombre.

“Mi viejo debe haber ido a esa misa, yo era muy pibe –cuenta Marito-. Ya te dijimos, esto es un mundo, hay mil historias.” Antes de volver a la faena cotidiana con su fiel carro, el changarín toma impulso y narra alguna de la nueva normalidad: “No paramos ni un día de cuarentena, pero hay menos trabajo, mucha gente se quedó sin laburo. Tengo cuatro pibes, y hay que darles de comer. Quiero que estudien, que tengan un oficio. Que no tengan que venir acá a burrear. Quiero que tengan vida.”

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Levaggi cuenta que hace unos días, caminando por las naves del mercado, recordó los años en que venía al Central con un carrito a buscar mercadería de descarte. Eran los tiempos en que el modelo neoliberal instaurado por el menemato descartaba a la mayoría de los argentinos. Sobraban miseria y hambre. Nahuel llevaba la comida recuperada a un comedor de la Villa 20, donde militaba. “Ponerle el nombre militancia le da un cariz político –aclara–, pero en realidad todavía era más una cuestión de empatía con el sufrimiento ajeno y de radicalidad de laburo para cambiar la realidad.”

El joven nació durante la dictadura, en 1979, y creció en Palermo, en una familia de clase media. En la adolescencia fue voluntario de la ONG Vida Silvestre. Durante los veranos daba una mano en escuelas rurales de comunidades mapuches. A los 18 años, el trabajo social lo llevó a Lugano: “Sentía que tenía que vivir en la villa, compartiendo el cotidiano. Todavía era una práctica personal de transformación. Pero ahí me crucé con el Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) Aníbal Verón. Me sentí contenido por un proyecto político-social más grande, más allá de lo personal.” Vivió dos años y medio en la Villa 20, después estuvo por Lanús, con el Frente Darío Santillán.

-¿Cómo se conecta esa militancia en barrios populares con el mundo rural?

-Cuando estaba en la villa, me decía: ‘hay que salir de acá’. Del hacinamiento, de construir un quinto piso de un metro cuadrado, pensaba en avanzar en la tierra, producir alimentos. Que la gente del barrio pueda ir a trabajar al campo. Armamos una cooperativa en San Vicente con esa idea. En un encuentro con quinteros del cinturón frutihortícola de La Plata, nos damos cuenta que ahí había una base social organizada, muy precaria todavía. Nos fuimos a vivir al Parque Pereyra y empezamos a laburar con los vecinos.

Las reuniones germinales de la UTT en el 2010 eran de cuatro o cinco productores, sentados en ronda sobre cajones. Se propusieron construir una organización gremial, lejos del corporativismo, cerca del bien común. La lucha por la tierra como bandera. “Mi vinculación con lo agrario viene de la función social que tiene la agricultura. A veces no encuentro diferencia entre el que vive encerrado en un country o la comunidad hippie en San Marcos Sierra. Mi elección es la transformación colectiva. Yo estoy adonde puedo aportar a ese proceso. Ahora estoy construyendo acá, con política públicas”. 

-¿Cuáles están impulsando desde tu llegada?

-El rol que tiene que jugar el Mercado Central es garantizar alimentos sanos a precios justos. Eso implica trasparentar la cadena de valores, por ejemplo. Por otro lado, impulsar la producción agroecológica. No es ni el 0,1% de lo que llega al mercado. Darle espacio en una nave y también dialogar con los operadores, muchos son productores. Hoy justo tenemos una reunión, quieren escuchar las propuestas.

-Están también pendientes de la pata educativa, en referencia a la alimentación.

-Sí, creamos el Área de Alimentación Sana, Segura y Soberana. Es uno de los roles que venimos a fortalecer. Educación y formación con propuestas sobre cómo alimentarnos. Entender que hay estacionalidad de frutas y verduras. Cómo comer de forma más nutritiva. Hacemos talleres con cocineros famosos y populares, y se filman. También, reforzamos el contacto del Mercado y los comedores. Que las ollas no sean pura papa y fideo, que llegue verdura de hoja y fruta.

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“La crisis social y económica que trajo la pandemia puso sobre el tapete, como hace mucho no pasaba, la problemática de la alimentación. Son tiempos en que se necesitan alimentos, y sale a la luz los mecanismos que participan en la producción, el rol del Estado, la comercialización, los negociados. Se discuten la calidad y los precios”, monologa por teléfono Agustín Suárez, ingeniero agrónomo. Es coordinador nacional de la UTT, el gremio que nuclea a 16 mil familias de pequeños productores de todo el país. Reflexiona: “No se entiende por qué está tan alta la canasta básica, y a la vez decimos que producimos alimentos para 400 millones de personas. En realidad producimos granos para exportar, no alimentos. Ahora se necesitan alimentos en volumen y en escala. Desde la UTT tenemos la fuerza para ponerlos en las mesas.”

El Grito de Alcorta a principios del siglo XX, las Ligas Agrarias del Nordeste en los ’70, el Mocase en los ’90. Raíces de lucha campesina que hace crecer la UTT en el presente. Según el último censo agropecuario, en la Argentina el 1% de las explotaciones controla el 36% de la tierra. El 55% de las chacras más pequeñas tiene sólo el 2 por ciento. “Nos reconocemos campesinos, aunque producimos verduras a 50 kilómetros del Obelisco. El cinturón que le da de comer a la ciudad. También en Mendoza, Córdoba, Corrientes y Jujuy”, dice Suárez. Cuentan con una ejemplar colonia agroecológica cerca de Luján. Estas épocas de aislamiento obligado, suma, han sido todo un desafío para articular las tareas en el territorio. Igual siguen ayudando: “Armamos una red con comedores de organizaciones sociales. Llegamos con zapallos, mandiocas y batatas a las ollas populares.”

Para el agrónomo, el arribo de Levaggi al Mercado Central marca un reconocimiento y a la vez un desafío: “Es un rol muy importante para el país y tiene la capacidad. El gobierno podría haber puesto a un agrónomo de traje y mantenía el statu quo, como sucedió siempre. Igualmente la UTT fue y será independiente de los gobiernos, porque somos un gremio. Es todo una apuesta, y estamos buscándole la vuelta para acercar al Mercado propuestas con consenso desde nuestra organización.”

Hace unas semanas, la autonomía de la UTT se hizo visible frente a la Cancillería. Hicieron una olla popular para advertir sobre el riesgo de que se lleve adelante un acuerdo productivo con China, mediante el cual se busca aumentar la exportación de cerdos al país asiático: “Es la profundización del modelo agroexportador –cierra Suárez-. Ya lo vivimos con la soja transgénica: dependencia, concentración, contaminación, trae empleo a corto plazo y las consecuencias se ven después. Entendemos que en este contexto hay que generar laburo y traer dólares, pero ese no es el camino.”

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El ajo perfuma la nave 10. Con un escobillón, Patricio Garcete les saca brillo a las cabezas blancas y radiantes que se apilan en su puesto. “Acá vampiros no encontrás ni a palos. No hay desgracias en este sector”, bromea el vendedor de cortitas rastas ensortijadas como ristras. Trabaja en el Central hace siete años. Arrancó de abajo como cajero, pero su labia y dotes para el mercadeo lo llevaron a las cumbres de encargado. Dice, quizás nos chamuya, que puede dar cátedra sobre el bulbo. Sin transpirar describe las cualidades del ajo colorado y de su primo chino. Sabe cuál tiene dientes más generosos, cuál es más fuerte, cuál guarda el mejor sabor.

Garcete, fana del rock nacional, derrumba mitos sobre la fama pesada que tiene el Central: “Mirá, yo era un pibe de departamento de Belgrano. ‘Un pseudo punkito, de acento finito’. Vine a laburar con esa idea de la mafia, el ambiente rudo, los barras bravas y la crónica policial. Se dice cualquier verdura. Acá la gente es macanuda, desde los puesteros hasta los changas, no es muy distinto al afuera.” Con la pandemia, agrega, la clientela bajó mal: “Ya venía así de antes. Los cuatro últimos años invirtieron mucho en la estética, pero la nave estaba vacía, no había un mango. Ahora no repunta.”

Del otro lado del mostrador está Guadalupe Fernández, minorista. Con local a la calle en Ramos Mejía. Es boliviana, oriunda de la Villa Imperial de Potosí. Ahora radica en Villa Celina. Con ojo clínico analiza la calidad de la mercadería: “Busco y busco, caballero, al final siempre encuentro. A buen precio”. A propósito, se queja por la inflación: “mucho acuerdo de precios, pero no se respeta. Las últimas semanas harto han subido, por las nubes están.”

En sus 36 años de historia, el Central sólo tuvo dos jefas de nave: “Re-machista. Es un territorio de varones, por eso está bueno que ganemos espacios, enriquece”, asegura Vanesa Herceg, la dama a cargo del galpón 10. Vanesa dice que no le tiembla el pulso para garantizar el bienestar en sus dominios. Le ha cantado la justa a los más machos del mercado. Durante la pandemia, agrega, le toca controlar que se cumplan al pie de la letra los estricticos protocolos. La gestión de Levaggi la entusiasma: “se lo ve comprometido. Antes no se veía al presidente caminando a la madrugada por las naves. Lo veo como un par y está bueno que le den bola a las cuestiones de género.” La jefa se despide porque tiene que seguir con la recorrida: “Alguno ya te habrá dicho que esto es una ciudad, un mundo… Mi viejo, también trabajador del mercado, me enseñó que es una familia. Te lo digo y se me pone la piel de gallina.” 

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Fría mañana en Abasto. La localidad está en el cinturón hortícola platense. Sus quintas y colonias alimentan las bocas de expendio mayoristas del Mercado Central. A 300 metros del cruce de la Ruta 36 y la calle 502 vive Carolina Rodríguez.

Mamá de seis hijos, quintera, referente de género de la UTT y promotora de salud. Así, en ese orden, se presenta. Tiene raíces jujeñas, sus abuelos eran de Puesto Viejo, cerca de Perico, donde creció. Fue víctima de violencia familiar: “A los 14 años me escapé, me fui a trabajar al tabacal. Después me vine para Buenos Aires, me dijeron que iba a estar mejor, que me iban a ayudar, pero todo fue distinto.” Trabajó en “las flores” como medianera. Cultivaba claveles, clavelinas, fresias. Le pagaban monedas. Se pareja la oprimía: “Me separé, algo que estaba muy mal visto. Me discriminaron. Por ser mujer, por ser campesina.”

Hace diez años alquiló media hectárea acá, en el cruce de la 36 y 502. El dueño, recuerda, le dijo que era tierra muerta. La usaban para hace ladrillos. “Mi hijo, que iba a la escuela agraria, me decía: ‘se la puede hacer vivir de vuelta, mamá’. Pusimos choclo. Se elegían los más grandes. El resto se trituraba y se daba vuelta en la tierra. Eso la alimenta. Empezó a cambiar de color. Era roja, ahora la ve, negrita, negrita”. Resucitó.

Carolina cuenta que la última helada fue brava. Quemó casi completo un cuadro de lechuga que había plantado: “No tengo invernáculo, trabajamos a campo. Hay que tener platita para trabajar la tierra”, cuenta, mientras camina por los senderos que se bifurcan y trifurcan entre cebollitas de verdeo y diminutas criollas. Ahora, dice, cruza los dedos para que la tormenta de Santa Rosa no inunde. En septiembre quiere poner acelga y zapallito. Sus hijos -Marcos, Juliana, Guillermo y Beatriz- la van a ayudar. 

Hace cinco años, harta de que camioneros e intermediarios le metieran la mano en el bolsillo al vender los frutos de su trabajo, Carolina se acercó a la UTT: “Ahí entendí que la lucha es colectiva. Tenemos una comercializadora, que nos garantiza un precio justo. Antes no tenía ni para comer. Todo era para el alquiler. Ahora pude terminar la casita y sigo produciendo.” También terminó la secundaria y se capacitó en salud. Defiende a ultranza la agroecología y la comida sin químicos: “En carne propia viví lo que son los agroquímicos. Mi hijo tiene problemas del corazón por ese veneno.”

Orgullosa. Así se siente Carolina con la llegada de su compañero de lucha a la presidencia del Mercado Central. Al despedirnos, deja un mensaje para otro presidente, el que conduce la Argentina: “Más derechos para las quinteras, que siempre estamos olvidadas, y acceso a la tierra. Si soy dueña de la tierra, ni te imaginás, puedo plantar todo lo que quiero.”

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Mandarinas, naranjas y pomelos. “Puro cítrico. También cebolla y papa, que es lo que más sale. Lo más barato en la cuarentena”, asegura Paulino Salazar, veterano comerciante de la nave 5. A principios de los años ochenta llegó a Buenos Aires desde Presidencia De la Plaza, Chaco, con una mano adelante y otra tras: “En el mercado había posibilidades. No me fui más”, dice don Salazar, acodado sobre unos cajones desbordados de hinojos.

En su trinchera del puesto 4, Paulino sobrevivió a la híper del ’89, al crac del 2001, a los sube y baja de la “década ganada”, a la debacle cambiemita: “Ahora, con esta pandemia, estamos peor. Otra vez se ve a la gente buscando en los conteiner de descarte. Revolviendo la basura. Ya lo vi en el pasado. No me gusta que pase otra vez.”

Elvira Gallo lleva 35 años al frente del puesto 38. La custodian montañas de zapallos y calabazas: “Somos productores, alquilamos tierra en Salta, en la zona de Embarcación. También traemos de Río Negro, depende la temporada. El negocio lo arrancó mi finado marido”. Navidad, Año Nuevo, cumpleaños, doña Elvira dice que no importa la fecha, la van a encontrar al pie de los bolsones. Llega al Central a la 1 de la matina y regresa a su casa extenuada a las 5 de la tarde. Se tira una siestita, después se hace un purecito y a la cama de nuevo hasta que suene el despertador: “Sacrificada es la vida del puestero.” 

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Caminamos por las naves. Levaggi no deja de abrazar el termo. Cada tanto se acomoda el barbijo para chupar la bombilla del mate. Reflexiona sobre la agroecología, hasta el presente casi sin espacio en el mercado: “Hace diez años, no entraba en la agenda. Pero ahora es distinto, hay una condena social a los agroquímicos. Las secuelas del agronegocio están a la vista: enfermedades, cáncer, tierra devastada, pobreza. El Estado tuvo un rol activo en ese cambio al modelo de siembra directa. El consenso social dice ahora que hay que ir para otro lado, el Estado no se puede hacer el distraído. Vamos a impulsar políticas desde este pedacito que nos toca.”

La agenda del presidente del Central está apretada. En un rato tiene un compromiso por Zoom y más tarde una reunión con puesteros. Antes del adiós, enfático sostiene: “Hay que desterrar la idea de que el alimento agroecológico es carísimo, que se tiene que pagar más. No, flaco, no es sólo producir sano para el que tiene plata, y con veneno para el pobre. Hay que producir sano para todo el pueblo.”

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“¡¡¡Mire, mire, señora, el tomate, el tomate baratito, tres kilos cieeeen peeeeesoooos!!!”. El verdulero Jonathan Palacios tiene dotes de tenor. Así se gana a la audiencia que pulula buscando precio y calidad en la nave minorista del Central, la más concurrida en la mañana del martes. El escenario que trajina el cantante es tecnicolor. Platea y palcos repletos de cajones de bananas, peras, manzanas y puerros.

Después de lubricar su cansada garganta con un poco de agua, Palacios cuenta que es migrante peruano. Busca incansable, su gruesa voz le dio de comer desde la adolescencia, cuando vendía caramelos y muñequitos en la siempre nublada Lima. “Esto tiene mucho de atrapar al cliente, endulzarle el oído. Hay palabras que ayudan. Las estiro. Gritás ‘baraaaaato’ y algunos vienen corriendo. En cuarentena mucho más. Hasta me dejan propina, bacán.” Palacios debe volver a los tablones del puesto. Toma aire. El cierre es a toda orquesta: “¡¡¡Ya la atiendo, señora, regalado el tomate, baraaaato, tres kilos cieeeen peeeeesoooos!!!”.

Crónica publicada en la revista Rolling Stone.