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lunes, 19 de julio de 2021

La lucha

 “Necesitamos trabajar”. Las dos palabras están tatuadas en el pasacalle que cuelga sobre el portón de acceso a la fábrica Sempere. Afuera, el viento gélido corta como navaja el arrabal obrero de Quilmes. Adentro, una estufita y el compañerismo de los laburantes que resisten en la toma dan calor a la lucha.

Son 18 metalúrgicos. Fueron abandonados a su suerte por la patronal explotadora. Les deben quincenas, aguinaldos, vacaciones y un rosario de salarios. Ocupan el comedor y el vestuario de la fábrica desde marzo. Los galpones con la materia prima y las máquinas para forjar manejadoras de aire están cerrados con candado. Los obreros cuidan como a un familiar querido esas herramientas de trabajo con las que se ganaban el mango. Temen el peor final: el vaciamiento.

“A la noche se pone bravo hacer la guardia con este tornillo. Pero uno piensa en la necesidad de la familia, en las ganas de salir adelante, eso te hace aguantar todo”, saca pecho el delegado Miguel Cirielli. Con 16 años en la empresa, el soldador sufrió en carne propia los tejes y manejes de los “trompas”. “Nos deben pagos desde 2018, cuando hubo un pedido de quiebra y después la convocatoria de acreedores. Nunca más nos dieron un recibo de sueldo. Solo algo de plata en mano, monedas, puchos de 3000, 2000, 500 pesos por semana. Hasta nos llegaron a dar un bolsón de comida, como si fuéramos sus esclavos.”

Sempere SA tiene una larga historia. Se instaló en el suburbio de Quilmes en 1952, durante los años pujantes del primer peronismo. Creció en el rubro de los climatizadores, insumo esencial para los acondicionadores de aire. Produce equipamiento de alto porte para farmacéuticas y otras industrias. “Son equipos que pueden tener el tamaño de esta mesa, de un cuarto. Las pastillas que hacen los laboratorios necesitan un nivel preciso de humedad y purificación del aire. Y ahí laburan las máquinas que hacemos con nuestro trabajo”, explica Miguel.

En pandemia, agrega, los purificadores UV que fabrican se volvieron esenciales: “Tendríamos que estar laburando a full, produciendo. En ambientes cerrados, los purificadores renuevan el aire y sirven para mantener a raya al coronavirus. Son esenciales, ¿me entiende? Tendrían que entenderlo los patrones”.

A la deriva

Víctor Hugo Obregón también es delegado. Tiene 54 años, casi 20 dedicados al oficio de armador. “Dígame adónde voy a conseguir laburo a mi edad”, se pregunta, sin respuestas. Después recuerda los mil y un incumplimientos de la patronal: “Son tres años de engaños. A finales de 2019 firmamos un acuerdo con el que perdíamos días de laburo y turnos. Tampoco cumplieron. Y en 2020, con la pandemia, pusieron de excusa un contagio en la administración y nos dejaron a la deriva, sin un ‘sope’ por tres meses. Después vinieron con una bolsita de alimentos: arroz, yerba y fideos. Nos la descontaban de la deuda”.

El año pasado, con el apoyo de la UOM, los metalúrgicos arrancaron un plan de lucha. Más promesas, más miseria, fueron las respuestas de la patronal: “Se comprometieron a presentar la deuda al contador del sindicato, pero nunca lo hicieron. Ellos dicen que nos deben monedas, pero hay compañeros a los que se les adeudan más de dos millones de pesos. Gente mayor, con problemas de salud. Ni siquiera pudimos cobrar el ATP o los Repro, se cagan en el laburante”, mastica bronca Obregón atrás del barbijo. “En marzo estábamos con la soga al cuello, por eso entramos, por eso estamos luchando, queremos trabajar.”

Ezequiel Aguer es asesor legal de la UOM, y asiste a los compañeros para garantizar las fuentes de trabajo. “Muchos laburantes no pudieron aguantar, son 18 los que sostienen la lucha. Hay deudas por casi 20 millones de pesos. Los administradores desaparecieron. Carlos Sinagra, Fernando Casal y Claudio Iglesias son los tres dueños.” La impunidad de los empresarios se paseó también por los tribunales: no acercaron documentación y abandonaron el expediente. Una perlita: figuran inscriptos como “vendedores de helado y cuidadores de ancianos” a nivel impositivo. “Dejan en la calle a trabajadores grandes, hay que garantizar la continuidad laboral, sobre todo en estos tiempos de pandemia y desocupación tan alta. Vamos a seguir peleando”, cierra Aguer.

Los matones y la cooperativa

A la amenaza del corte de los servicios básicos en la fábrica hay que sumar otros aprietes, más ominosos. “Esta mañana aparecieron dos matones en la puerta. Me mostraron una foto mía que tenían en el celular y dijeron que les habían dado diez lucas para pegarme un tiro. No pagan y ahora amenazan de muerte, así son estos tipos”, cuenta entre lágrimas Roberto Ledesma, delegado histórico. Lleva sobre el lomo 35 años en la empresa como plegador. Y avisa que no se va a rendir. “Con mi salario crié a mis hijos. Ya no soy un pibe y nunca pensé en pasar por algo así. Por los míos, tengo que sacar fuerzas de cualquier lado”, dice Ledesma y mira la imagen de Santa Evita en la pared del comedor. Y agradece el apoyo de los compañeros del gremio, de los vecinos, de los familiares. “Son de fierro.”

Lo saben los trabajadores, por memoria y por lucha: la salida será colectiva. Hace algunas semanas, en asamblea, parieron Semcoop, el proyecto cooperativo con el que buscan mantener las fuentes de trabajo. Ya presentaron los papeles en el Inaes y aguardan el visto bueno para empezar a producir. “Esperamos la matrícula. Días atrás vino el ‘Vasco’ Eduardo Murúa, el director de Empresas Recuperadas, y nos dio su apoyo. También los compañeros de Eitec, una metalúrgica recuperada de Bernal que nos sirve de ejemplo de que se puede”, se entusiasman los obreros. “Los patrones nos basurearon, nos quisieron sacar la dignidad, pero acá estamos, de pie. En la lucha.”  «

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá.

jueves, 21 de enero de 2021

Querido diario de la peste y el estallido

 “No creo que sea ningún secreto que hay conversaciones en el libro que son inventadas, pero son inventadas a partir de una voz que escuché tan a menudo y que penetró mi cabeza… No quiero ingresar a esa tierra de nadie acerca de lo que sí sucedió. Todo en Dispatches sucedió para mí, incluso si no necesariamente sucedió.” La confesión es del periodista Michael Herr, autor de Despachos de guerra, esa brillante novela-memoria-crónica bélica en la cual narra lo que fue combatir (y sobrevivir) en la Guerra de Vietnam. El párrafo está tatuado como epígrafe en el nuevo libro del chileno Alberto Fuguet, y funciona como una declaración de principios. Una advertencia para el lector, antes de sumergirlo en sus Despachos del fin del mundo. La obra hace foco en el año que Fuguet, los chilenos y el mundo entero vivimos realmente en peligro. Del estallido social en las calles del delgado país trasandino hasta el encierro que trajo la peste global. “Qué viaje, qué año”. En estos tiempos de metáforas bélicas tan reales: guerra al virus, combates en las calles, toques de queda, primeras líneas, Fuguet traza la memoria emocional entre la primavera de protestas y el invierno de la pandemia

El autor de Mala onda, Sobredosis y el brillante Tinta Roja explica: “Esto no es periodismo ni crónica/ aunque viene una parte de ahí/ tampoco es ficción pura/ no es una novela/ aunque a veces creo que sí lo es. Se puede ver como un tráiler de lo que acaba de pasar”. Libro híbrido, “vivo”: revuelto que se hace carne con dosis desparejas de crónica, poesía, memorias, autoficción, ensayo novelado y manual de supervivencia. Fuguet muestra la cocina de este libro difícil de encasillar, como el año que aborda. “Parecía el fin de mi pequeño mundo tal como lo conocía y el comienzo de una gran oportunidad creativa y –quizás la liberación de ciertas amarras que son las que no nos dejan, como autores, volar más lejos. El pasado a veces tarda en soltarse; ciertas trabas y traumas y lealtades y certezas no se esfuman hasta que arden. Por primera vez en mi vida adulta todos los finales posibles me parecían posibles en la vida real e imposibles en el papel”.

Estos tiempos confusos, encendidos, agitados en lo íntimo, lo social y lo político son terreno difícil de transitar, y de narrar. Fuguet se la juega y crea una épica del colapso. Captura miedos, paisajes, personajes, fiestas, encierros, angustias y deseos que flotaron en los aires de 2019 y 2020. Y también, por qué no, busca imaginar el futuro. Un libro urgente que se hace cargo de lo que Douglas Coupland dice en otro epígrafe de Despachos del fin del mundo: “O nuestras vidas se convierten en historias o no habrá manera de darles algún sentido.”

Publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Rebelión en la verdulería

 “Yo elijo la lechuga”. La frase está pegada en la pared de la sala de reuniones. Desentona entre tanta formalidad minimalista del Centro Administrativo del Mercado Central. El cartel muestra también una planta de variedad criolla junto a un hashtag combativo: #Verdurazo. Recuerda la tórrida jornada del miércoles 27 de febrero de 2019. Ese día, pequeños productores hermanados en la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT) realizaron movilizaciones en distintos puntos de la Argentina contra las políticas impulsadas por el gobierno del entonces presidente Mauricio Macri. La más multitudinaria recorrió el frígido corazón de la Ciudad de Buenos Aires. Los productores llegaron a pie y en sus tractores. Con cajones de frutas y verduras. Con cartulinas escritas a mano. Hacían flamear acelgas, apios y generosas lechugas como banderas. Eran cientos. Florecieron en la Plaza de Mayo. 

Diez días antes, la brava Policía de la Ciudad los había reprimido en Plaza Constitución, cuando vendían el fruto del trabajo de sus manos a precios populares. Con un “Feriazo” protestaban por la baja de la gratuidad del monotributo social agropecuario y los recortes asfixiantes en la Secretaría de Agricultura Familiar. Bastonazos, balas de goma y gas pimienta cosecharon los agricultores en sus puestos. También los vecinos con sus críos en brazos, los laburantes empobrecidos y los jubilados de billeteras flacas que hacían cola para conseguir unas pocas papas, algunos tomates, unas ramitas de perejil. La cruda imagen capturada por el fotorreportero Bernardino Ávila fue la síntesis brutal del mediodía: una jubilada, Ángela Teresa, recogía a las apuradas berenjenas del pavimento entre las botas pesadas de la infantería.

Aquel 27F, la opulenta capital pudo ver en primerísimo primer plano los curtidos rostros de los agricultores que producen lo que devora la cabeza de Goliat. El subsuelo del campo sublevado hizo visible en el prime time de los noticieros su precarización eterna, la falta de tierra, la usura en los alquileres, las cadenas de comercialización infames, el daño irreversible de los agrotóxicos. Pero también –aun más desconocida– sus voces daban cuenta de la otra cara de la taba: producción agroecológica en pila de hectárea libres de veneno químico, redes alternativas de venta para garantizar precios justos, propuestas para el postergado acceso a la tierra, discusión de la soberanía alimentaria, agenda ambiental y en salud, autonomía de las trasnacionales, creación de colonias agrícolas en los cinturones urbanos, empoderamiento de las mujeres campesinas y respeto de los saberes de las comunidades originarias. Una titánica faena de organización con una década de historia, a la cual le ponían cuerpo e ideas desde la UTT miles de campesinos de todo el país. Nahuel Levaggi era uno de ellos. Esa tarde, desde el acoplado de un camión que había traído 20 toneladas de hortalizas para repartir, el joven dirigente preguntó a la multitud: “¡La lechuga le gana al palo, ¿sí o no?!” Nadie tuvo dudas.

En la sala de reuniones, Levaggi recuerda las palabras que le repetían como mantra aquella tarde en la plaza: “‘Gracias, gracias por la comida, muchas gracias’. Transformamos un problema en una solución. Sólo se habla de alimentación cuando es un problema, cuando falta la comida y hay hambre. En los Feriazos, hablaba el alimento con una acción concreta. Un puente entre el campo y la ciudad. La UTT venía con una propuesta integral para cambiar la realidad. Alimento sano, seguro y soberano”. 

El 24 de marzo pasado, cuatro días después de que el gobierno del presidente Alberto Fernández decretara el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio por la llegada del coronavirus a estas pampas, Levaggi fue designado al frente del Mercado Central de Buenos Aires, el centro comercializador de frutas y hortalizas más grande de la Argentina. El espacio abastece  a 13 millones de personas que viven en el AMBA (Área Metropolitana de Buenos Aires). Por primera vez desde su apertura en octubre de 1984, durante la primavera alfonsinista, la pantagruélica estructura alimenticia sería piloteada por un joven dirigente que venía del palo de la agricultura familiar y los movimientos campesinos.

La propuesta de su nombramiento fue acompañada con una misión estratégica: que la gente coma más barato. Tarea esencial en el contexto de crisis económica que trajo la peste. En dos días de gestión, logró algo inédito: el compromiso social de abastecimiento. Una iniciativa con precios de referencia para cuidar los castigados bolsillos populares: “Es una propuesta racional y de consenso, que nace del diálogo, y no tiene antecedentes. No es algo impuesto, es voluntario, un acuerdo justo que renovamos todas las semanas, los precios se conversan con los puesteros y se publican. No es la Secretaría de Comercio que fija y te dice que el kilo de papa sale $ 10 y es solo para la foto. Y cuando la vas a buscar no existe y sale el doble”, explica Levaggi, recarga el mate sin prisa; sin pausa agrega: “Luchamos para garantizar alimento sano a precio justo, para atender las necesidades del pueblo. Estar acá implica que no me desprendo de quién soy, de dónde vengo. Ayer estuve con los compañeros en una jornada de limpieza en unos terrenos. No es calzarse el traje y olvidarse de las bases. Mi concepción es que uno manda obedeciendo, cumpliendo el mandato por el que llegamos a este lugar. Eso lo tengo muy claro. Acá no está Nahuel Levaggi, acá está la lucha de la UTT.”

El joven echa un poco más de agua caliente en el mate. A su espalda cuelga el cartel del Verdurazo: “Llegamos para proponer y hacer. Todos los días nos levantamos y pensamos qué paso damos, a quién ayudar, a quién más escuchar. Queremos transformar en serio la realidad porque las cosas no están bien… lo que comemos, lo que producimos.” Hace cuatro meses, su designación en el Central plantó una semilla de cambio. El primer desafío es que crezca desde el pie.   

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Todavía es de madrugada en Tapiales, pero el Mercado Central está despierto hace rato. Un gentío engordado por camioneros, vendedores, operadores, changarines y clientes atan la luna con el sol: “Hoy arranqué a laburar a las 5, tranqui. Mañana me toca a la 1, acá todo la vida es así, de noche”, explica “Marito” Bustos, “changa libre” oriundo de Merlo. Tiene 37 años, más de 25 dedicados al Central. Los changas ponen sangre, sudor y músculo para mover las 106 mil toneladas de frutas y verduras que pasan al mes por el predio. Carga, descarga y acarreo tracción a changa. Es el trabajador más precarizado: gana su jornal a destajo. Cobra por bulto. Heredero del estibador, del peón rural, también del gaucho. Changa es una palabra que viene del quechua. Significa ganancia ocasional. “Nosotros seríamos la clase baja. Vivimos al día, carreteando a todo ritmo. Yo arranqué a los 12. Me escapaba de la escuela para ayudar a mi viejo, que está acá de toda la vida. Lo llevo en las venas”, Marito saca pecho, cubierto por un largo delantal que deja ver abajo la camiseta de su amado River Plate. Reposa sobre un carrito estacionado en el playón de descarga hasta que caiga el próximo conchabo: “Si me metés en una fábrica me muero –asegura desde atrás del barbijo que lo protege de la Covid-. Ahí tenés algunos beneficios, pero nunca esta libertad.”

A la conversa se suman Ovidio y Jonny, dos colegas del gremio. Juntos levantan rascacielos hechos de cajones de madera y bolsones de verdura que dan vértigo: “Pasan los años y el cuerpo te pasa factura. En el carro llevamos 30 cajones de mandarinas, bolsas de papa, de 30 kilos cada una. En verano se derrite el asfalto y se hunden las ruedas. En invierno te cagás de frío. Pero te acostumbrás, no queda otra, son las reglas de este mundo.”

El predio enclavado en el partido de La Matanza, zona oeste del Conurbano Bonaerense, es grande como un planeta. Desde la Autopista Ricchieri hasta el cenagoso Riachuelo, frontera con la General Paz, el Camino de Cintura y más allá. Quince años demoró su construcción. Se planificó en los ’60, se construyó en los ’70 y se inauguró en los ’80. Fue la primera gran obra pública del retorno de la democracia. Sus 570 hectáreas cobijan 854 puntos de comercialización mayorista distribuidos en 18 naves. También tiene un paseo minorista con más de 700 locales y otros 100 en la llamada Feria del Reloj: dan techo a almacenes, verdulerías, carnicerías y otros rubros dedicados al arte del mercadeo.

Cruce de geografías humanas, de deseos, de sobrevivencias. Más de 10 mil personas transitan diariamente por el Central. Unas 100 grandes empresas componen el polo agroalimentario y logístico del mercado. Hasta un cacho de historia guarda: la chacra Los Tapiales, que perteneció a la familia Ramos Mejía por más de 150 años. En su casco se filmó el dramón Camila. Es monumento histórico nacional. En una de sus piezas, cuentan, durmió una siesta Juan Pablo II la tarde del 10 de abril de 1987. Un rato después, el Papa polaco dio misa para 300 mil fieles. La capilla del mercado lleva su nombre.

“Mi viejo debe haber ido a esa misa, yo era muy pibe –cuenta Marito-. Ya te dijimos, esto es un mundo, hay mil historias.” Antes de volver a la faena cotidiana con su fiel carro, el changarín toma impulso y narra alguna de la nueva normalidad: “No paramos ni un día de cuarentena, pero hay menos trabajo, mucha gente se quedó sin laburo. Tengo cuatro pibes, y hay que darles de comer. Quiero que estudien, que tengan un oficio. Que no tengan que venir acá a burrear. Quiero que tengan vida.”

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Levaggi cuenta que hace unos días, caminando por las naves del mercado, recordó los años en que venía al Central con un carrito a buscar mercadería de descarte. Eran los tiempos en que el modelo neoliberal instaurado por el menemato descartaba a la mayoría de los argentinos. Sobraban miseria y hambre. Nahuel llevaba la comida recuperada a un comedor de la Villa 20, donde militaba. “Ponerle el nombre militancia le da un cariz político –aclara–, pero en realidad todavía era más una cuestión de empatía con el sufrimiento ajeno y de radicalidad de laburo para cambiar la realidad.”

El joven nació durante la dictadura, en 1979, y creció en Palermo, en una familia de clase media. En la adolescencia fue voluntario de la ONG Vida Silvestre. Durante los veranos daba una mano en escuelas rurales de comunidades mapuches. A los 18 años, el trabajo social lo llevó a Lugano: “Sentía que tenía que vivir en la villa, compartiendo el cotidiano. Todavía era una práctica personal de transformación. Pero ahí me crucé con el Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) Aníbal Verón. Me sentí contenido por un proyecto político-social más grande, más allá de lo personal.” Vivió dos años y medio en la Villa 20, después estuvo por Lanús, con el Frente Darío Santillán.

-¿Cómo se conecta esa militancia en barrios populares con el mundo rural?

-Cuando estaba en la villa, me decía: ‘hay que salir de acá’. Del hacinamiento, de construir un quinto piso de un metro cuadrado, pensaba en avanzar en la tierra, producir alimentos. Que la gente del barrio pueda ir a trabajar al campo. Armamos una cooperativa en San Vicente con esa idea. En un encuentro con quinteros del cinturón frutihortícola de La Plata, nos damos cuenta que ahí había una base social organizada, muy precaria todavía. Nos fuimos a vivir al Parque Pereyra y empezamos a laburar con los vecinos.

Las reuniones germinales de la UTT en el 2010 eran de cuatro o cinco productores, sentados en ronda sobre cajones. Se propusieron construir una organización gremial, lejos del corporativismo, cerca del bien común. La lucha por la tierra como bandera. “Mi vinculación con lo agrario viene de la función social que tiene la agricultura. A veces no encuentro diferencia entre el que vive encerrado en un country o la comunidad hippie en San Marcos Sierra. Mi elección es la transformación colectiva. Yo estoy adonde puedo aportar a ese proceso. Ahora estoy construyendo acá, con política públicas”. 

-¿Cuáles están impulsando desde tu llegada?

-El rol que tiene que jugar el Mercado Central es garantizar alimentos sanos a precios justos. Eso implica trasparentar la cadena de valores, por ejemplo. Por otro lado, impulsar la producción agroecológica. No es ni el 0,1% de lo que llega al mercado. Darle espacio en una nave y también dialogar con los operadores, muchos son productores. Hoy justo tenemos una reunión, quieren escuchar las propuestas.

-Están también pendientes de la pata educativa, en referencia a la alimentación.

-Sí, creamos el Área de Alimentación Sana, Segura y Soberana. Es uno de los roles que venimos a fortalecer. Educación y formación con propuestas sobre cómo alimentarnos. Entender que hay estacionalidad de frutas y verduras. Cómo comer de forma más nutritiva. Hacemos talleres con cocineros famosos y populares, y se filman. También, reforzamos el contacto del Mercado y los comedores. Que las ollas no sean pura papa y fideo, que llegue verdura de hoja y fruta.

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“La crisis social y económica que trajo la pandemia puso sobre el tapete, como hace mucho no pasaba, la problemática de la alimentación. Son tiempos en que se necesitan alimentos, y sale a la luz los mecanismos que participan en la producción, el rol del Estado, la comercialización, los negociados. Se discuten la calidad y los precios”, monologa por teléfono Agustín Suárez, ingeniero agrónomo. Es coordinador nacional de la UTT, el gremio que nuclea a 16 mil familias de pequeños productores de todo el país. Reflexiona: “No se entiende por qué está tan alta la canasta básica, y a la vez decimos que producimos alimentos para 400 millones de personas. En realidad producimos granos para exportar, no alimentos. Ahora se necesitan alimentos en volumen y en escala. Desde la UTT tenemos la fuerza para ponerlos en las mesas.”

El Grito de Alcorta a principios del siglo XX, las Ligas Agrarias del Nordeste en los ’70, el Mocase en los ’90. Raíces de lucha campesina que hace crecer la UTT en el presente. Según el último censo agropecuario, en la Argentina el 1% de las explotaciones controla el 36% de la tierra. El 55% de las chacras más pequeñas tiene sólo el 2 por ciento. “Nos reconocemos campesinos, aunque producimos verduras a 50 kilómetros del Obelisco. El cinturón que le da de comer a la ciudad. También en Mendoza, Córdoba, Corrientes y Jujuy”, dice Suárez. Cuentan con una ejemplar colonia agroecológica cerca de Luján. Estas épocas de aislamiento obligado, suma, han sido todo un desafío para articular las tareas en el territorio. Igual siguen ayudando: “Armamos una red con comedores de organizaciones sociales. Llegamos con zapallos, mandiocas y batatas a las ollas populares.”

Para el agrónomo, el arribo de Levaggi al Mercado Central marca un reconocimiento y a la vez un desafío: “Es un rol muy importante para el país y tiene la capacidad. El gobierno podría haber puesto a un agrónomo de traje y mantenía el statu quo, como sucedió siempre. Igualmente la UTT fue y será independiente de los gobiernos, porque somos un gremio. Es todo una apuesta, y estamos buscándole la vuelta para acercar al Mercado propuestas con consenso desde nuestra organización.”

Hace unas semanas, la autonomía de la UTT se hizo visible frente a la Cancillería. Hicieron una olla popular para advertir sobre el riesgo de que se lleve adelante un acuerdo productivo con China, mediante el cual se busca aumentar la exportación de cerdos al país asiático: “Es la profundización del modelo agroexportador –cierra Suárez-. Ya lo vivimos con la soja transgénica: dependencia, concentración, contaminación, trae empleo a corto plazo y las consecuencias se ven después. Entendemos que en este contexto hay que generar laburo y traer dólares, pero ese no es el camino.”

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El ajo perfuma la nave 10. Con un escobillón, Patricio Garcete les saca brillo a las cabezas blancas y radiantes que se apilan en su puesto. “Acá vampiros no encontrás ni a palos. No hay desgracias en este sector”, bromea el vendedor de cortitas rastas ensortijadas como ristras. Trabaja en el Central hace siete años. Arrancó de abajo como cajero, pero su labia y dotes para el mercadeo lo llevaron a las cumbres de encargado. Dice, quizás nos chamuya, que puede dar cátedra sobre el bulbo. Sin transpirar describe las cualidades del ajo colorado y de su primo chino. Sabe cuál tiene dientes más generosos, cuál es más fuerte, cuál guarda el mejor sabor.

Garcete, fana del rock nacional, derrumba mitos sobre la fama pesada que tiene el Central: “Mirá, yo era un pibe de departamento de Belgrano. ‘Un pseudo punkito, de acento finito’. Vine a laburar con esa idea de la mafia, el ambiente rudo, los barras bravas y la crónica policial. Se dice cualquier verdura. Acá la gente es macanuda, desde los puesteros hasta los changas, no es muy distinto al afuera.” Con la pandemia, agrega, la clientela bajó mal: “Ya venía así de antes. Los cuatro últimos años invirtieron mucho en la estética, pero la nave estaba vacía, no había un mango. Ahora no repunta.”

Del otro lado del mostrador está Guadalupe Fernández, minorista. Con local a la calle en Ramos Mejía. Es boliviana, oriunda de la Villa Imperial de Potosí. Ahora radica en Villa Celina. Con ojo clínico analiza la calidad de la mercadería: “Busco y busco, caballero, al final siempre encuentro. A buen precio”. A propósito, se queja por la inflación: “mucho acuerdo de precios, pero no se respeta. Las últimas semanas harto han subido, por las nubes están.”

En sus 36 años de historia, el Central sólo tuvo dos jefas de nave: “Re-machista. Es un territorio de varones, por eso está bueno que ganemos espacios, enriquece”, asegura Vanesa Herceg, la dama a cargo del galpón 10. Vanesa dice que no le tiembla el pulso para garantizar el bienestar en sus dominios. Le ha cantado la justa a los más machos del mercado. Durante la pandemia, agrega, le toca controlar que se cumplan al pie de la letra los estricticos protocolos. La gestión de Levaggi la entusiasma: “se lo ve comprometido. Antes no se veía al presidente caminando a la madrugada por las naves. Lo veo como un par y está bueno que le den bola a las cuestiones de género.” La jefa se despide porque tiene que seguir con la recorrida: “Alguno ya te habrá dicho que esto es una ciudad, un mundo… Mi viejo, también trabajador del mercado, me enseñó que es una familia. Te lo digo y se me pone la piel de gallina.” 

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Fría mañana en Abasto. La localidad está en el cinturón hortícola platense. Sus quintas y colonias alimentan las bocas de expendio mayoristas del Mercado Central. A 300 metros del cruce de la Ruta 36 y la calle 502 vive Carolina Rodríguez.

Mamá de seis hijos, quintera, referente de género de la UTT y promotora de salud. Así, en ese orden, se presenta. Tiene raíces jujeñas, sus abuelos eran de Puesto Viejo, cerca de Perico, donde creció. Fue víctima de violencia familiar: “A los 14 años me escapé, me fui a trabajar al tabacal. Después me vine para Buenos Aires, me dijeron que iba a estar mejor, que me iban a ayudar, pero todo fue distinto.” Trabajó en “las flores” como medianera. Cultivaba claveles, clavelinas, fresias. Le pagaban monedas. Se pareja la oprimía: “Me separé, algo que estaba muy mal visto. Me discriminaron. Por ser mujer, por ser campesina.”

Hace diez años alquiló media hectárea acá, en el cruce de la 36 y 502. El dueño, recuerda, le dijo que era tierra muerta. La usaban para hace ladrillos. “Mi hijo, que iba a la escuela agraria, me decía: ‘se la puede hacer vivir de vuelta, mamá’. Pusimos choclo. Se elegían los más grandes. El resto se trituraba y se daba vuelta en la tierra. Eso la alimenta. Empezó a cambiar de color. Era roja, ahora la ve, negrita, negrita”. Resucitó.

Carolina cuenta que la última helada fue brava. Quemó casi completo un cuadro de lechuga que había plantado: “No tengo invernáculo, trabajamos a campo. Hay que tener platita para trabajar la tierra”, cuenta, mientras camina por los senderos que se bifurcan y trifurcan entre cebollitas de verdeo y diminutas criollas. Ahora, dice, cruza los dedos para que la tormenta de Santa Rosa no inunde. En septiembre quiere poner acelga y zapallito. Sus hijos -Marcos, Juliana, Guillermo y Beatriz- la van a ayudar. 

Hace cinco años, harta de que camioneros e intermediarios le metieran la mano en el bolsillo al vender los frutos de su trabajo, Carolina se acercó a la UTT: “Ahí entendí que la lucha es colectiva. Tenemos una comercializadora, que nos garantiza un precio justo. Antes no tenía ni para comer. Todo era para el alquiler. Ahora pude terminar la casita y sigo produciendo.” También terminó la secundaria y se capacitó en salud. Defiende a ultranza la agroecología y la comida sin químicos: “En carne propia viví lo que son los agroquímicos. Mi hijo tiene problemas del corazón por ese veneno.”

Orgullosa. Así se siente Carolina con la llegada de su compañero de lucha a la presidencia del Mercado Central. Al despedirnos, deja un mensaje para otro presidente, el que conduce la Argentina: “Más derechos para las quinteras, que siempre estamos olvidadas, y acceso a la tierra. Si soy dueña de la tierra, ni te imaginás, puedo plantar todo lo que quiero.”

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Mandarinas, naranjas y pomelos. “Puro cítrico. También cebolla y papa, que es lo que más sale. Lo más barato en la cuarentena”, asegura Paulino Salazar, veterano comerciante de la nave 5. A principios de los años ochenta llegó a Buenos Aires desde Presidencia De la Plaza, Chaco, con una mano adelante y otra tras: “En el mercado había posibilidades. No me fui más”, dice don Salazar, acodado sobre unos cajones desbordados de hinojos.

En su trinchera del puesto 4, Paulino sobrevivió a la híper del ’89, al crac del 2001, a los sube y baja de la “década ganada”, a la debacle cambiemita: “Ahora, con esta pandemia, estamos peor. Otra vez se ve a la gente buscando en los conteiner de descarte. Revolviendo la basura. Ya lo vi en el pasado. No me gusta que pase otra vez.”

Elvira Gallo lleva 35 años al frente del puesto 38. La custodian montañas de zapallos y calabazas: “Somos productores, alquilamos tierra en Salta, en la zona de Embarcación. También traemos de Río Negro, depende la temporada. El negocio lo arrancó mi finado marido”. Navidad, Año Nuevo, cumpleaños, doña Elvira dice que no importa la fecha, la van a encontrar al pie de los bolsones. Llega al Central a la 1 de la matina y regresa a su casa extenuada a las 5 de la tarde. Se tira una siestita, después se hace un purecito y a la cama de nuevo hasta que suene el despertador: “Sacrificada es la vida del puestero.” 

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Caminamos por las naves. Levaggi no deja de abrazar el termo. Cada tanto se acomoda el barbijo para chupar la bombilla del mate. Reflexiona sobre la agroecología, hasta el presente casi sin espacio en el mercado: “Hace diez años, no entraba en la agenda. Pero ahora es distinto, hay una condena social a los agroquímicos. Las secuelas del agronegocio están a la vista: enfermedades, cáncer, tierra devastada, pobreza. El Estado tuvo un rol activo en ese cambio al modelo de siembra directa. El consenso social dice ahora que hay que ir para otro lado, el Estado no se puede hacer el distraído. Vamos a impulsar políticas desde este pedacito que nos toca.”

La agenda del presidente del Central está apretada. En un rato tiene un compromiso por Zoom y más tarde una reunión con puesteros. Antes del adiós, enfático sostiene: “Hay que desterrar la idea de que el alimento agroecológico es carísimo, que se tiene que pagar más. No, flaco, no es sólo producir sano para el que tiene plata, y con veneno para el pobre. Hay que producir sano para todo el pueblo.”

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“¡¡¡Mire, mire, señora, el tomate, el tomate baratito, tres kilos cieeeen peeeeesoooos!!!”. El verdulero Jonathan Palacios tiene dotes de tenor. Así se gana a la audiencia que pulula buscando precio y calidad en la nave minorista del Central, la más concurrida en la mañana del martes. El escenario que trajina el cantante es tecnicolor. Platea y palcos repletos de cajones de bananas, peras, manzanas y puerros.

Después de lubricar su cansada garganta con un poco de agua, Palacios cuenta que es migrante peruano. Busca incansable, su gruesa voz le dio de comer desde la adolescencia, cuando vendía caramelos y muñequitos en la siempre nublada Lima. “Esto tiene mucho de atrapar al cliente, endulzarle el oído. Hay palabras que ayudan. Las estiro. Gritás ‘baraaaaato’ y algunos vienen corriendo. En cuarentena mucho más. Hasta me dejan propina, bacán.” Palacios debe volver a los tablones del puesto. Toma aire. El cierre es a toda orquesta: “¡¡¡Ya la atiendo, señora, regalado el tomate, baraaaato, tres kilos cieeeen peeeeesoooos!!!”.

Crónica publicada en la revista Rolling Stone. 

domingo, 18 de octubre de 2020

Tarde en el Abasto

 El bautismo es con una delgada lluvia de alcohol sobre las manos. Así arranca el protocolo para quien quiera ingresar al Abasto Shopping. Después hay que sonreírle a la cámara termográfica. Si el hombre de negro de la seguridad levanta el pulgar, recién entonces el fiel cliente, con su barbijo bien colocado, puede hacer su ingreso triunfal a esta moderna catedral del comercio.

Ya en el hall, un plasma informa con puntualidad la cantidad de personas que deambulan por los 116.624 metros cuadrados del edificio art déco con visos de brutalismo, diseñado en los años ‘30 de la vieja normalidad por el esloveno Viktor Sulčič. A las 15:50, hay 995 visitantes, el 49,75% de la capacidad máxima permitida de 2000. A cada uno le corresponden 15 metros cuadrados, ni uno más ni uno menos.

Desde la reapertura de los shoppings porteños, el pasado miércoles, la clientela ha sido más bien flaca, dice el vigilante de pocas palabras: “El sábado será el termómetro. Pero no se espera la ola de otros días de la Madre. Mucho más no le puedo informar. Por favor, circule”.

Circular. Es la palabra que más se repite en la señalética adaptada a la peste. Si algún distraído se demora eternamente chusmeando una vidriera, entra en acción la seguridad. “Circule”, repite el mantra cordial, siempre en el mismo sentido.

Más allá de la amena musiquita funcional y la iluminación siempre cálida, el panorama en los corredores es preocupante, con muchas –persianas– bajas. Según IRSA, la empresa que explota el espacio, solo el 75% de los locales están abiertos. Los más afectados son las "góndolas", los islotes en medio de los pasillos que alquilan pequeños emprendedores.

Solo como un náufrago quedó Hernán en el tercer piso. Vende paraguas e impermeables. “Se fueron las vecinas que vendían alpargatas y las chicas de los cosméticos veganos”, dice, y cuenta, aliviado, que después de 210 días concretó la primera transacción. “Una mochila impermeable de PVC. Hay que aguantar, de a poco la gente va a volver”. Siempre que llovió, paró, agrega. 

Al local del rubro textil que atienden Nicolás y Alejandra solo pueden ingresar cinco clientes. Eso advierte el cartel en la vidriera. “Volver a laburar ya es un paso adelante, terapéutico después de tanta incertidumbre”, asegura ella. Para incentivar la venta mantienen los precios de la época pre-Covid, y hasta un 20% de descuento. Sin posibilidad de que los clientes sientan la prenda sobre la piel, otro mandamiento innegociable del protocolo, el ojo de sastre del vendedor es fundamental: “Estamos entrenados. Veo el cuerpo y te digo el talle. Igual se puede cambiar”, informa Alejandra cerca de los probadores, una zona vedada que remite a un pasado lejano. 

El patio de comidas y los cines lucen un vacío ejemplar. “Me gusta un poco esta tranquilidad, que no quiere decir que disfrute de la pandemia. La gente es más higiénica y se puede recorrer sin estar apretujado. A esta hora, esto era un pandemónium”, comenta Vladimir, vecino de La Boca que se arrimó al shopping para comprar un juego de pilas recargables.

Durante el parate obligado, Danilo cambió la venta de exclusivos trajes por los mucho más populares productos de limpieza. “Pasé de ambos importados de 100 mil pesos a bidones de lavandina de $ 120. Tengo familia y hay que seguir comiendo”, explica el elegante encargado de Rocha, ataviado de punta en negro, con barbijo haciendo juego. “Hay que amoldarse, sobrevivir, no hay mucha vuelta”.

En la parada histórica sobre la avenida Corrientes, frente a la salida del shopping, Dante hace tiempo arriba de su taxi: “Nuestra peste son las aplicaciones ilegales. Acá la pandemia llegó cuando vino Obama, en la época de Macri”, dice el veterano laburante. Y sigue en la paciente espera del primer pasajero de la tarde. Bajo la sombra eterna del Abasto.

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

lunes, 14 de septiembre de 2020

Sin patrón, la autogestión se hace carne

 En la mañana gélida del sur del Conurbano se reparten facturas y chocolatada bien calentita, en el playón del frigorífico. Los muchachos de la noria están ataviados de estricta etiqueta blanca y cubrebocas al tono. Llevan a mano, todavía enfundados, sus fieles y siempre afilados cuchillos. Antes de comenzar la faena en las cámaras, conversan mansos y tranquilos, con la obligada distancia social que impuso la maldita pandemia. Se los ve contentos a los laburantes del Subpga, la impronunciable sigla de Subproductos Ganaderos Argentinos. No es para menos. La cooperativa nacida en el arrabal obrero de Berazategui acaba de recibir del Ministerio de Desarrollo Social un financiamiento de 8 millones de pesos para poner operativas dos nuevas torres de enfriamiento. “Es un golazo, compañero, sin esas torres seríamos como una heladera sin frío, casi un ropero. Son esenciales. Imagínese lo contentos que estamos”, explica Luis Maidana, presidente de la empresa recuperada por los trabajadores en el lejano 2006, cuando fueron víctimas del vaciamiento empresario.

El Subpga es un frigorífico histórico con más de 70 años sobre el lomo. “En 2005 les habían otorgado a los dueños la mayor cuota Hilton del país, pero los sinvergüenzas primero dejaron de pagar los aguinaldos, después las vacaciones, y más tarde ni siquiera los salarios. Una mañana llegamos y se habían rajado”, recuerda Maidana de los tiempos en que los trabajadores eran carne de cañón de la patronal. Vaciamiento, acampe, toma, desalojo, fondo de lucha, rifas, cortes de ruta, vaquitas en el barrio, colectas en los semáforos del Camino General Belgrano. Durante mucho tiempo los laburantes la pasaron brava, hasta que lograron reabrir el frigorífico. A puro esfuerzo colectivo, armaron una cooperativa.

Atravesaron épocas buenas, malas y hasta muy malas. Pero siempre salieron a flote. “En 2011 tuvimos una renovación. Entonces éramos cien personas, ahora casi 500 familias se ganan el pan acá. Piense que arrancamos desde menos veinte, nadie nos quería poner una vaca. Acá todos ponemos el lomo en varias tareas. Somos industriales, abogados, contadores y, por supuesto, trabajadores del cuchillo. Esta es nuestra empresa y la cuidamos”, dice Maidana, que comenzó en el gremio a los 16 juntando grasa. Maneja el acero con destreza y sabe mares sobre los subproductos como las achuras y los cueros. Actualmente, Subpga produce para el mercado interno y además exporta a Brasil y al continente africano.

“Muchos dicen que empresario viene de la palabra emprendedor, bueno, acá los trabajadores somos emprendedores”, sostiene el presidente, filoso.

Carne propia

Bañadores, guincheros, rajadores de pecho, sierristas: son las especialidades alineadas a lo largo de la noria que convierten la res en carne de gancho. Oficios que suelen heredarse. “Lo llevo en la sangre, mi viejo era del gremio y yo de pibe venía a traerle el morfi”, recuerda Rubén Ángel Sosa, que está en la empresa desde 1979. El memorioso obrero de 64 años da una clase de historia: “Acá trabajaban 3500 personas. La carne nuestra era marca registrada en Sudamérica y en Europa. En el ’87 nos llevamos la medalla de oro. Después vino el vaciamiento, y por el trabajo de todos los compañeros, ahora es nuestra empresa.”

La primera faena en la etapa cooperativa, dice don Sosa, “fue uno de los momentos más felices de mi vida, teníamos unas ganas bárbaras de pelar vacas.” Después saca pecho y dice orgulloso que Subpga es de los mejores frigoríficos de la zona sur: “Le ganamos a los tarifazos, a las 46 inspecciones que nos mandó Macri y andamos mejor que antes. Hasta pusimos médicos y dentistas para atender a los compañeros. Piense que cuando había patrón, no teníamos ni para una aspirina.” ¿La receta del éxito? Don Sosa no titubea: “Apostar al laburo colectivo, al futuro. A los pibes nuevos siempre les digo lo mismo. Que no piensen en el hoy, en el manguito de la semana, que a veces es poco, pero siempre sirve. Si le metemos todos para el mismo lado, el mañana siempre va a ser mejor.”

Vapores, ruido mecánico, hormigueo de trabajadores y las reses que se deslizan desnudas hacia las cámaras. Chinchulines, tripas, sangre. El frigorífico devora todo en una pantagruélica digestión. Nada se pierde. Todo se aprovecha. Ariel Sánchez hace mover los ganchos. Entrar al frigorífico, hace dos años, le cambió la vida: “Estaba en la mala, y los compañeros me dieron una mano. Ahora puedo darle un plato de comida a mi familia”. Muy cerca laburan Cristian y Pablo, expertos afiladores: “El cuchillo es como la extensión de la mano, es un trabajo delicado, no se pueden dañar las mollejas, por ejemplo. Somos como cirujanos”, arriesgan los muchachos.

En la sala de máquinas aparece Walter Espíndola, el hombre orquesta que garantiza el frío: “La principal diferencia con la etapa patronal se la resumo en dos palabras: somos dueños”. Hace un tornillo siberiano en las cámaras que cobijan las menudencias para exportación. La térmica está por el piso, 20 grados bajo cero. Pablo Almada es el especialista en estos terrenos congelados: “La cooperativa es como una cadena, compañero, cada laburante es un eslabón. De cada anillo vive una familia, ese es el compromiso que renovamos todos los días.”

Treinta años en la noria del Subpga atesora Miguel Barraza. Su experiencia la resume con palabras directas, rápidas y precisas, como aconseja laburar a sus pupilos con el cuchillo: “Hay que dar todo por el trabajo. Acá está mi vida entera.”

Antes de dejar las cámaras, los muchachos del frigorífico hacen una promesa para cuando la peste sea sólo un mal recuerdo: “Flor de asadazo vamos a compartir”, se despide Barraza. La carne, de primera obviamente, la pone la cooperativa.

Una crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá. 


viernes, 28 de agosto de 2020

Marcha marchita

Pocas banderitas y globos. Es lo primero que se nota en la tarde del jueves frente al Congreso Nacional. La convocatoria contra la reforma judicial –que se debate en la Cámara de Senadores- no es masiva. Mucho menos multitudinaria. Marchita la marcha. Es más bien flaca. La engordan a duras penas manifestantes solitarios y grupitos reducidos que, resaltan, llegaron por “motu proprio”. Un tapiz variopinto, zurcido por la ideología de derechas.

Caminando por la cortada avenida se puede apreciar la postal de las últimas misas opositoras: las señoras pitucas, los jóvenes libertarios, el motoquero “nazionalista”, el anticuarentena furioso, el varoncito ultracatólico de pañuelo celeste atado a la muñeca y otros miembros destacados de la familia antiK. Con distancia social obligada por la peste -que no siempre se cumple-, apenas si cubren 50 de los 100 metros que tiene Entre Ríos frente al Parlamento.

“Ya van a llegar más personas, este es horario de trabajo. Yo tengo fe”, dice Carmen, una jubilada muy creyente venida desde la vecina Balvanera. Con nostalgia de la Argentina decimonónica, la señora dispara desde atrás del barbijo casero y la máscara plástica: “Este era un país europeo, hasta que llegaron ellos, los peronistas, y cambiaron la historia. Por eso también vengo a manifestarme.”

Se canta el himno patrio y se repite con tono milico-campero el “¡Viva la patria, viva la patria!”. Las cartulinas escritas a mano y las banderas que cuelgan de las rejas del Congreso patalean contra la reforma, refritan el “que se vayan todos” y piden al mediático liberal –no confundir con libertino- Milei para la presidencia.

En las huestes “libertarias” se destaca una patrulla perdida que luce tapabocas y remeras amarillas con la consigna “Dont (sic) tread on me” (no pases sobre mí) y una brava serpiente cascabel. “Soy libertario. Vine con gente que conocí en las redes”, confiesa Pablo, un kiosquero de 26 años oriundo de Flores. Cuando habla parece “el contra”: “Estamos contra la reforma, contra la cuarentena, contra el avance sobre nuestras libertades individuales, contra este Estado socialista, contra la alianza internacional con China, Venezuela y Cuba”. Luce un gorrito con un slogan trumpista, pero adaptado a estas pampas: Make Argentina Great Again. “Lo uso para provocar a los de izquierda”, se despide.

Hugo es lanusense. Se nota que es instructor de golf. Está canchero con el palo a la hora de darle a la cacerola. Dice que está harto de la monarquía K, del clientelismo matancero y sobre todo de la cuarentena. “Una mentira total lo del virus, yo sé muy bien que no es letal. Es un invento para hacer negocio con la vacuna que tiene litio, aluminio y nos van a controlar con las antenas 5G”, dice el hombre, justo cuando una ambulancia hace sonar las sirenas pidiendo paso a los manifestantes. 

“Gobierno de mierda”. Como una declaración de principios, la señora lleva la frase tatuada en el tapabocas que la protege de la Covid. Agita la celeste y blanca y saluda con la derecha a los pocos autos que hacen sonar sus bocinas sobre Rivadavia: “Con la prensa no hablo, después dicen cualquier cosa. Si tenés que escribir algo, poné esto”. La dama señala con su índice la palabra “mierda”.

Publicado en Tiempo Argentino, por acá. 

martes, 25 de agosto de 2020

Conectar desigualdad

 “El gobierno de la Ciudad debe creer que porque somos pobres, los pibes del barrio no tienen derecho a la educación. Acá faltan el wifi y las compu, pero también la luz, que se corta cada dos por tres. Dígame si así van a poder estudiar nuestros hijos en plena cuarentena”. El monólogo es de Karina Calla, vecina del siempre postergado Barrio Padre Mugica. Está junto a un grupo de madres frente al modernísimo Ministerio de Educación porteño, construido en el Polo Educativo María Elena Walsh. El edificio de frígido estilo minimalista le da la espalda a la ex Villa 31. Los funcionarios porteños que lo ocupan, también. “Me cansé de llamar al 0800 para pedir ayuda con la computadora –mastica bronca la señora atrás del barbijo–. Mandé mails, mensajitos y nada. Desde abril, ni bien arrancó la pandemia, llamo y no hay respuesta. Mi hijo, que va a tercer grado, hace meses que no puede hacer la tarea. Mire qué lindo edificio que se hicieron. Pura fachada, como la falsa urbanización.”

Calla es mamá de dos hijos, está terminando el profesorado y se gana el mango como promotora barrial. Vive hace 36 años en el filo profundo del Barrio Güemes, una de las zonas más castigadas por la pandemia. Sufrió en carne propia la falta de agua en abril y mayo, cuando los contagios fueron masivos en la barriada: “Ni para hacer un té teníamos. Peleamos para que trajeran los camiones. Pero fue un desastre, se contagió todo el mundo haciendo las filas frente a las cisternas.” Por la peste y la desidia del Estado porteño, cuenta Karina, murió su tía Fanny Aima: “La aislaron en un hotel, la trataron muy mal. En el hospital no la pudieron salvar. Decían que nos atendían a todos por igual, pero no es así. Sin servicios básicos, sin acceso a la salud ni a la educación, los villeros no existimos. La respuesta del Estado es sálvese quien pueda.”

Según un relevamiento sobre el acceso a la tecnología y a los materiales necesarios para estudiar en barrios vulnerables porteños realizado en junio por el movimiento Barrios de Pie, un 70% de los estudiantes no tiene computadora en la casa y el 82,5% no cuenta con acceso a Internet. Según el propio gobierno de la Ciudad, 3525 estudiantes del nivel secundario y más de 1600 del primario dejaron de tener contacto con sus escuelas desde que se decretó el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio.

La brecha digital y educativa afecta a los pibes y pibas que viven en el Mugica. Hay más de 200 anotados en el Registro Judicial de Estudiantes con Necesidades Informáticas no Satisfechas, creado por el Juzgado en lo Contenciosos Administrativo y Tributario Nº 2, pero “son muchos más y hace cinco meses que lo venimos denunciando. La cuarentena ensanchó la desigualdad en la escuela de una forma atroz. Las familias no tienen ingresos, mucho menos plata para bancar la conectividad. Si antes el delantal blanco igualaba, ahora tiene que ser el acceso a Internet y la computadora”, arriesga Alejandra Gómez, secretaria de Acción Social de UTE Ctera. Dice que, ante la adversidad, los docentes no bajaron los brazos: “Somos los que mantenemos vivo el vínculo entra las familias y la escuela. Hacemos todo el esfuerzo, repartimos los bolsones de comida, que dejan mucho que desear, nosotros ponemos el cuerpo como siempre, no el gobierno porteño.” Según la rectora del Comercial 10, la demolición del programa Conectar Igualdad dejó a la intemperie a los estudiantes de los sectores populares: “Lo desmantelaron, cerraron las capacitaciones, la reparación de los equipos. Ahora, con la pandemia, se ven las consecuencias del vaciamiento y la pérdida de derechos que impulsó Macri.”

Comer o estudiar

Doña Mirtha Rodríguez vive hace 30 años en la zona del Bajo Autopista. Es mamá de tres hijos: Leo, Antonella y Henry, de diez años, que va protegido por un barbijo con el escudo de Boca y le da una mano a su mamá con el changuito de las compras. “La compu de Henry no andaba de antes de la cuarentena, la llevé a arreglar y hace meses que no tengo respuesta. En estos meses mandaron la tarea por WhatsApp. Tuve que cargar 500 pesos en el celular, pero ya no tengo datos ni plata”. Cuenta Mirtha que su marido es carpintero, que estuvo semanas sin trabajar y la cosa no repunta. Con los cuadernillos que le mandaron de la escuela, intenta que sus hijos cumplan la tarea: “Hago lo que puedo. Hay muchas cosas que no entiendo, trato de explicarle, pero no soy maestra. Es como un año perdido para los chicos. El año más difícil de nuestras vidas.”

Nadia Albornoz y su pareja, Pedro Núñez, son de la zona YPF. Tienen dos hijas: una va a cuarto grado y otra a sexto. “No tenemos ni compu, ni tablet, ni trabajo. Llamamos el 0800 y nos fueron pateando. Acá estamos, con cortes de luz, poco agua y sin un mango. Si no fuera por la mano de los vecinos que nos dan mercadería, no comemos.”

Continuidad pedagógica

Walter José Larrea sabe que en las letras de la palabra escuela, está la escuela. Es auxiliar docente del Polo Educativo José Mugica y miembro activo de la Mesa Participativa de Urbanización. También ayuda en algunos de los mil y un comedores y merenderos populares que alimentan a los pibes del Mugica. En estos tiempos de malaria, resalta, emergió como nunca la solidaridad como respuesta colectiva. Cuenta que los docentes hicieron donaciones de celulares, armaron baquitas para cargar crédito e improvisaron un campus online tracción a sangre: el hilito invisible que conecta a los pibes con la escuela se amarra a la suerte del curtido telefonito familiar. Si es que funciona o tiene datos: “Nos esforzamos, pero la continuidad pedagógica está cortada sin wifi, sin computadoras. El celular no es una herramienta para estudiar, sirve para mantener el contacto. Lo que salió a la luz en estos meses es una situación que venía de antes. Se llama desigualdad social.”

No hay continuidad pedagógica sin conectividad. El Comité de Crisis del Barrio no se cansa de pedirla todas las semanas. No hubo respuesta del gobierno porteño, hasta que el último miércoles presentó un protocolo para el funcionamiento del plan “Conectate en la escuela”, que propone la apertura de espacios digitales en los establecimientos primarios y secundarios de gestión estatal: “Ahora dicen que los chicos van a tener que pedir turno para ir a la escuela. Como si fuera un ciber –dice Larrea–. Ni hablemos del riesgo de contagio. Son parches. Poner wifi y entregar 5000 computadoras debe ser un gasto mínimo para la ciudad más rica del país. Pero no lo hacen, como tampoco urbanizaron en serio el barrio en todos los años que llevan gobernando.”

Margarita Quevedo es cocinera del comedor Los Peques. Se acerca al ministerio para reclamar por la educación de sus nietos y de todos los chicos del barrio: “Están jugando con el futuro de los pibes, que es sagrado.” Antes de salir volando para el merendero –los gurises la esperan con las tazas vacías para tomar la leche tibia–,se acuerda de los gobernantes de turno: “Si no protestamos, no hacen nada. Acá se acercan sólo para buscar votos, después desaparecen, como fantasmas.”  «

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

domingo, 16 de agosto de 2020

Cuarentena entre ríos

 Don Miguel Vargas llega al continente montado en el Irupé, su fiel bote con motor fuera de borda. “Me pidieron una mano y la doy. La cosa está brava en la isla por la pandemia. No hay un mango. Nos ayudamos entre los vecinos o nos tapa el agua”, dice el veterano isleño, nacido y criado a la vera del arroyo San Jorge. Don Vargas tiene 64 años. Puede dar cátedra sobre alturas de las crecidas y la lectura de mareas. Tiene las manos curtidas de haber trabajado el mimbre por décadas. Desde hace tiempo, cuenta, los cestos no rinden. Por eso tuvo que sumar las changas de albañilería para ganarse el pan: “Falta el trabajo, señor. En la cuarentena, acá lo único que sobra es el silencio”.

En el puerto de Tigre están prestos los bolsones de mercadería. Son para ayudar a 200 familias del Delta del Paraná que resisten la malaria. Sólo falta embarcarlos en el bote de Vargas y en el Máximo, la lancha-flete-remís de Maxi, otro isleño comprometido con los suyos. Fideos, arroz, aceite, azúcar, lavandina, barbijos y muchos otros insumos salvadores que arrimó el Ministerio de Desarrollo de la Comunidad bonaerense. También coopera la CGT Zona Norte. El ferroviario Ricardo Lovaglio es el secretario general de la regional: “Siempre decimos que el movimiento obrero tiene que ser solidario. La prioridad es llevar el plato de comida a todas las casas de la isla. También pensar en lo que viene, cuando llegue la pospandemia”. Con un grupo de isleños armaron la ONG Vías de Inclusión: “Hoy tenemos que apagar el incendio, pero en el futuro hay que ayudar a los productores y artesanos. Darle aire a ese pulmón productivo que es la isla. Vamos a rompernos el alma para conseguirlo”.

La compañera Verónica Paredes es trabajadora marítima del SOMU. Su militancia la lleva tatuada en el barbijo que la protege del virus. Desde abril tripula el merendero Marineritos, en la primera sección. La morocha se suma al pasamanos de bolsones: “Asistimos a pibes de 50 familias con mate cocido, una botella de leche, galletitas. La mercadería y las donaciones de ropa ayudan, pero no alcanzan. La necesidad es mucha y viene de la falta de laburo”.

Con el Puerto de Frutos cerrado, sin el turismo ni las changas intermitentes, los isleños, hombres y mujeres que ya están acostumbrados a darles pelea al infierno verde y al olvido eterno de los gobernantes de turno, capean unidos, pero desamparados, la tormenta sanitaria, social y económica que ha desatado la peste.

Frente isleño

Pesada, sin prisa pero sin pausa, la lancha avanza a los tirones por el barroso río Luján. Gabriel Agugliaro es uno de los motores que impulsa las recorridas. Es operador de radio y militante de Madres de Plaza de Mayo. Hace ocho años escuchó el llamado de la isla. Vino a pasar un fin de semana y no se fue más: “Me enamoré. Acá lo llaman el mal del sauce. Es bravo”. Con el tiempo, conoció la cara menos visible del río, esa que procura evitar la postal turística: “Te das cuenta cómo el isleño es el eterno olvidado. La vida es dura, muy difícil, pero también muy digna”. Entre los vecinos, agrega, juntan las monedas para bancar el combustible de las dos entregas semanales de insumos. “Los planes sociales acá no llegan a todos y la municipalidad hace poco, tuvimos que dar respuestas desde la isla. Conseguimos la mercadería y le ponemos el cuerpo para acercarla. Con niebla, llueva o haga frío, salimos a repartir. Lo importante es que el agua nos permita llegar a cada muelle. No te olvides de que acá manda la naturaleza”.

El trabajo no registrado y la falta de documentación personal son otros de los males que aquejan a los vecinos del Delta. “Acercar el Renaper es una prioridad que vamos a resolver. Además de potenciar el laburo que realizan los isleños e incentivar la formación de cooperativas”, promete Juan Marino, funcionario de la cartera de Desarrollo bonaerense, que acompaña esta tarde a los muchachos en la deriva fluvial. 

La primera parada es en un oxidado astillero que duerme la siesta eterna sobre el Luján. Su cuidador, Osvaldo Benítez, un migrante paraguayo que llegó a la isla desde Asunción hace dos décadas, comparte la casilla con su mujer y sus cuatro hijos. Agradece la mercadería con palabras sinceras y relata sus penurias: “La plata no alcanza. Mi señora se hace unos pesos extra limpiando en el country, pero como hay menos lanchas colectivo, va y viene en remís, casi 800 pesos en viaje. Como mucho le quedan 200. A veces le dan ganas de llorar”. No tiene agua potable, le falta un colchón, ni al día vive. Su hijo, también Osvaldo, juega en las inferiores de Tigre. Dice que extraña con locura los entrenamientos. Se despide de la lancha haciendo jueguito en el muelle.

Don Abelino navega por un brazo del Luján. En el bote lo acompaña su nietito Tiziano, fanático de River. “La mercadería es para mi hija y los nietos –grita, de un bote a otro–. Ella anda en la lona, es cocinera y se le cortó todo. Yo con un poco de fideo hervido vivo”. Mientras se calza el tapabocas, cuenta con bronca que aportó 48 años a la Naval. Los míseros 18 mil pesos de la jubilación los comparte con la familia: “Nunca viví tanta malaria. Cuando era pibe, trabajaba con herramientas de mano: hacha, sierra, machete. Se ganaban centavos, pero éramos ricos porque esas monedas valían. Ahora hace un año que quiero comprarme un colchón, pero no puedo”.

Navegar es preciso

En un desvencijado muelle municipal sobre el río Sarmiento, Soraya Papalardo sonríe detrás del barbijo, en compañía de sus perros. Es trabajadora de la salud de una clínica de Munro. Desde que comenzó el aislamiento obligatorio, la falta de transporte le impide cumplir con su oficio. Cuenta que antes pasaban diez lanchas por día, ahora sólo dos. El remís a mil pesos para llegar al continente es un lujo impensado. “¿Quién se acuerda de nosotros en plena pandemia?”, se pregunta Soraya. “El 80% no tenemos agua corriente, decime entonces cómo hacemos para cumplir el protocolo”. Su vecina Noelia Vargas aporta que otro drama son los precios de los alimentos: “Si está caro en el continente, imaginate acá. Si no fuera por las ollas populares y la solidaridad, muchos no comemos”.

El bote amarra en el cruce del Esperita y el arroyo Toro, donde se abre un sendero que se bifurca. El que oficia de guía es Pablo Lara, coordinador de la entrega de bolsones. Cuenta que da una mano en la cocina de una escuelita: “La educación es otro tema complicado en cuarentena. La gran mayoría no tiene acceso a Internet. Es crudo, pero muchos pibes no tienen clases”.

Isla adentro, en un recodo aparece la silueta de Marco Juárez. Se gana la vida haciendo poda, jardinería, mantenimiento: “Pero no se ve ni una moneda. Estuvimos laburando por el puchero”. Esta tarde le da una mano a su compadre Leonardo Núñez, un carpintero que perdió su casa devorada por las llamas en marzo pasado: “La estamos reconstruyendo gracias a la solidaridad de mis vecinos. A los políticos les diría que miren un poco al pobre, al isleño. Ellos dicen que nos ayudan, pero acá no llega nada”.

Navegando por el Sarmiento, de regreso al continente, el río es casi un desierto. Don Vargas tiene razón. En plena pandemia, al Delta le falta mucho y lo único que sobra es el silencio.  

Publicado en Tiempo Argentino, por acá. 

miércoles, 5 de agosto de 2020

Tecnópolis y algunas formas de resignificar el aislamiento

Aislar. El verbo, con tintes carcelarios, se hizo cuerpo en los protocolos sanitarios desde que comenzó la pandemia por el maldito Covid-19. Aún sin vacuna ni tratamiento efectivo, las personas que se contagian son apartadas de la sociedad, separadas de sus familias. Incluso estigmatizadas. Aislarse es sinónimo de calvario.

¿Es posible resignificar el aislamiento? “Ese fue el primer desafío a la hora de crear este espacio. Repensar la lógica del aislamiento. Humanizar al destinatario y construir un vínculo social”, destaca Laura Braiza, directora del Parque Sanitario Tecnópolis, durante la recorrida por el emblemático predio de Avenida de los Constituyentes y General Paz. Antes de ingresar en una de las naves, la joven concejala de Vicente López se acomoda el barbijo con la imagen de Evita que siempre la protege, y agrega: “En el parque se unen la salud, la contención social y la solidaridad. Son las tres patas de un Estado activo, que cuida. Es muy fuerte tener que aislarte, dejar tu casa, el trabajo, ir a un espacio donde no conocés a nadie. El desafío entonces es enorme, con un dispositivo inédito por la escala y los recursos”.

Con la llegada de la peste al país, el predio de Villa Martelli, consagrado a la tecnología, la ciencia y la cultura, devino  en un espacio dedicado al cuidado de la salud de las personas con síntomas leves y asintomáticas, que pueden ser más de un 60% de los casos, pero que son también los más difíciles de identificar y convencer para que se aíslen.

Cómodo, Tecnópolis es el parque sanitario más grande de la Argentina en la lucha contra la pandemia: dedica 12 de sus 52 hectáreas al dispositivo, una superficie cubierta de 28 mil metros cuadrados. Bajo la tutela de los ministerios de Salud de la Nación y de la Provincia de Buenos Aires, con la gestión de la Cruz Roja Argentina, cobija 2000 camas (350 listas y un promedio de 40 ocupadas) distribuidas en 821 habitaciones. El Ejército y los Cascos Blancos participaron de la puesta a punto y la logística. Cuenta con farmacia y áreas recreativas donde se brindan talleres de manualidades, yoga, mesas de ping pong, videojuegos y aceitados metegoles. La cultura tiene su lugar, con una sala de cine centrada en films nacionales y una biblioteca con 12 mil volúmenes, donados por el Plan Nacional de Lectura, la Biblioteca del Maestro y la del Congreso. Incluye una colección especial dedicada a la siempre vigente Mafalda. ¿Qué diría Libertad sobre el aislamiento?

Antes de ingresar a la zona verde, donde transitan los profesionales y voluntarios del operativo sin las estrictas medidas de bioseguridad que exigen las áreas amarilla y roja, Braiza aporta: “También tenemos 7000 metros de parque, y en días de sol se puede salir a caminar por los sectores permitidos. No venís a estar encerrado en un cuarto de 3x5 los cuatro o cinco días que te tocan pasar en Tecnópolis. La gente llega con temor y muchas dudas, hubo desinformación y también estuvieron las imágenes del predio de Costa Salguero, donde hubo problemas. La respuesta cuando dejan el parque para volver a sus casas es de agradecimiento. Salen por el arco de Tecnópolis. Es su triunfo. Le ganaron al coronavirus”.

Un mimo de la salud pública

Inundaciones, incendios, deslizamientos de tierra. Con décadas de trabajo en la Cruz Roja, Daniel Russo le hizo frente a catástrofes de todo color. “Pero este escenario es distinto –resalta–. No es el agua, no es el fuego. Tuvimos que adaptarnos y capacitarnos”. Ante un enemigo invisible, la información e instrucción son claves para cuidar la salud de las personas contagiadas y de los trabajadores que los cuidan. “El principal desafío es la bioseguridad. La primera misión del rescatista es no convertirse en víctima”, precisa Russo.

En el espacio previo al ingreso a la zona roja, médicos, enfermeros y operadores sociales siguen al pie de la letra el protocolo. Camisolín, antiparras, pantalla facial, guantes, barbijo, overoles, botas: “Yo me siento más seguro acá que cuando vengo en el colectivo”, aclara Federico, voluntario de la Cruz Roja. Fiorella, voluntaria scout, destaca el compañerismo y sueña: "Pasa todo esto y festejamos con un asado”.

Agustina Seihlan es psicóloga. Fue convocada para coordinar el abordaje psicosocial: “La clave es la mirada multidisciplinaria. Establecer un vínculo y acompañar. Que se sientan cuidados. Las personas llegan con la angustia de la enfermedad y también con sus derechos vulnerados después de cuatro años de abandono. Falta de trabajo, de acceso a la salud, malas condiciones habitacionales. Muchas veces la persona aislada es el sostén del hogar. Por eso articulamos también en el territorio y se asiste a familiares”.

Erika y Mariano coordinan a los operadores sociales. Pusieron el cuerpo en las barriadas populares durante el macrismo: “Acá vienen nuestros vecinos. Este espacio es un derecho ganado. Tener una ducha caliente, una cama confortable en este tiempo difícil, después de tanto olvido, es un mimo de la salud pública”.

El doctor Juan Cruz Diez Beltrán está curtido en batallar pandemias. Estuvo en Sierra Leona y Mozambique peleándole al ébola y al VIH. Acaba de dar un taller para los pacientes que dejan el predio: “Es clave sacarles el miedo, necesitan herramientas para volver al barrio informados. Para sacarse el estigma y que cuiden a su comunidad. Así se resignifica la experiencia, porque vuelven con oro en sangre. Pueden donar plasma. Salvar vidas”.  «

"Llegué y se me fueron todos los prejuicios"

Ya lograron salir de la zona roja del aislamiento, cumplieron con los protocolos desinfectantes en la amarilla y, apostados en la zona verde, piden pista para dejar Tecnópolis.

Son tres muchachos los que egresan esta tarde del parque sanitario de Villa Martelli. Vuelven a casa y al afecto de los suyos. Confiesan que una sonrisa radiante se les dibuja abajo del barbijo. Están curados.

Cristian Rodríguez es vecino de San Fernando. Arrancó con algo de fiebre, y después perdió el olfato y también el gusto (disgeusia), algo que les ocurre a seis de cada diez infectados. El hisopado confirmó todos sus temores: positivo de Covid-19. “Estaba con miedo, pero me cuidaron mucho –cuenta–. Cuando me dijeron de venir a Tecnópolis, tenía prejuicios. Sin embargo, desde que llegué se cayeron todos los mitos. Me cuidaron más que mi vieja. Me saco el sombrero y voy a estar agradecido toda la vida”.

Gabriel Farías se enfermó el jueves 16 de julio. Reclama que la obra social miró para otro lado cuando le pidió asistencia: “Me dejaron a pata. Menos mal que la salud pública se acuerda de nosotros. No me alcanzan las palabras para contar lo bien que nos atendieron. También cómo asistieron a mi familia”.

Antes de partir, Arnaldo Andrés deja un mensaje a los trabajadores del predio donde por estos meses la ciencia le deja paso a la salud: “Sé que se exponen, que ponen el cuerpo. Gracias por estar, por cuidarnos. Siempre”. El aplauso final es para los que le ganaron al virus. También para los que la siguen peleando.

Publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

martes, 2 de junio de 2020

Los policías con traje de astronauta en Villa Itatí


Miedo. Fue lo primero que sintió Yanil Amaru cuando vio en los noticieros las placas de “urgente”, “último momento” rojo shocking sobre el aislamiento absoluto en la vecina Villa Azul. “Creo que en Itatí estamos más organizados. Fíjese que no hay chicos en las calles y la mayoría nos guardamos. Pero veo la tele y, no le voy a mentir, asusta que entre el virus al barrio, porque acá hay muchas necesidades”, dice mientras camina hasta su casa en “La Cava”, el sector más postergado de la barriada quilmeña, eternamente relegada.
Es ama de casa y vive hace 19 años en Itatí. Tiene dos criaturas. Ni un peso en el bolsillo. “Mi marido hace mantenimiento y no puede salir a trabajar. Sobrevivimos como podemos, gracias al comedor y la solidaridad de algún vecino”. En su casa, detalla Yanil, no hay cloacas y escasea el agua. La falta de asfalto es otro mal sempiterno. “Agradezco que la municipalidad se acerque para dar una mano, trayendo lavandina y agua. Pero no alcanza –se planta con la frente bien alta arriba del barbijo y levanta los dos bidones–. ¿Qué hago con cinco litros? Faltan los servicios básicos. Los queremos pagar”.
Según los guarismos del Censo en Barrios Populares de la Provincia de Buenos Aires, en Villa Itatí viven 15.142 personas, cinco veces más que en la limítrofe Villa Azul. “Se queda corto, somos muchísimos más: 10 mil familias, más de 40 mil personas. Por eso hay tanto temor al contagio. Además, el barrio tiene salidas por todos lados, no se podría cerrar”, explica Mercedes “Mechi” Ferreyra, militante a tiempo completo del ETIS (Equipo de Trabajo e Investigación Social), una de tantas organizaciones y movimientos sociales que dan una mano para capear la cuarentena en la villa de la zona sur.
A las dos barriadas erigidas en la difusa frontera entre Quilmes y Avellaneda las separa el Acceso Sudeste. Las hermanan la malaria económica, las necesidades insatisfechas, la desocupación: “Falta el acceso al agua potable, al gas natural, y hay hacinamiento. Las condiciones de habitabilidad no se cumplen en sectores históricos de Itatí. No hay trabajo. Así se hace muy difícil respetar la consigna básica de quedarse en casa”, asegura Mechi y patea los pasillos en las recorridas del operativo Detectar. Por fortuna, destaca, se cuentan once contagios, frente a los más de 200 en Azul: “Hablamos con las familias y por suerte no están con síntomas. Hay que llevar tranquilidad al vecino y seguir testeando a full. Esperemos que no se repita el drama que se vive acá cerquita”.
Itatí lleva la historia del barrio bordada en el nombre. Lo eligió su papá, José “Pepe” Tedeschi, cura villero asesinado en los ‘70 por la Triple A, tan sólo por dar pelea por la dignidad de los nadies en este pedazo olvidado del Conurbano. El nombre del comedor, centro educativo y cultural que comanda en el corazón de la barriada rinde homenaje a su mamá, Juanita Ríos, histórica militante comunista y referente social. Itatí cuenta que anda muy preocupada por la llegada de la peste: “Me pone mal que no se articule con las organizaciones, que tenemos mucha historia y hacemos el trabajo territorial. Que se entreguen bidones me parece peligroso. Los vecinos tienen que hacer una fila, que da la vuelta a la manzana, y eso tira por la borda todo el esfuerzo que hacemos para que se queden en sus casas. Así circula el virus”. Las canillas comunitarias heredadas de la gestión PRO en la Municipalidad de Quilmes es otro de los tópicos que la hacen levantar temperatura: “Son un parche, volvemos 40 años atrás y estamos en pleno siglo XXI”. Itatí tiene que seguir trabajando en el comedor. Hoy sirven polenta con tuco. Este mediodía, cuenta, se sumaron 20 bocas al listado de 700. Un 150% más que en marzo, cuando comenzó la cuarentena: “Somos conscientes de que el peligro del brote existe. No me parece mal el trabajo que se hizo en Villa Azul, pero no me gusta que la cierren militares o la policía, hay que articular con la comunidad”.
En el cruce de las callecitas Chaco y Falucho hay una estatua de la patrona de la villa rezando. Los móviles de la tele que siguieron el operativo de testeo ya se fueron. “Ojalá vinieran más seguido. Acá el hambre no llegó con la cuarentena. Si no fuera por la solidaridad, la mitad del barrio no come”, confiesa Alicia Saavedra, mamá, abuela y dedicada cocinera en las ollas populares. Cuenta que tiene parientes en la cercada Villa Azul: “Ayer les dejé algo de morfi y mercadería en las vallas. Cuando hablo me dicen que andan bien, con un poco de miedo, ¿vio a los policías con esos trajes como de astronauta?”. Todos los miércoles y viernes, Alicia manguea en la carnicería, la verdulería, el almacén. Prende la olla y socializa un justo y necesario plato de comida. Guiso, arroz con lentejas, fideos y tuco aparte. Los sirve ahí mismo, bajo la estatua de la virgen. Con el rezo solo no alcanza.

Publicado en Tiempo Argentino, por acá.