lunes, 21 de junio de 2021

El sol del 21

Un reflector dibujaba serpentinas en el cielo del Altiplano. Custodiada por la Cordillera Real y un millón de estrellas, la ciudadela de Tiwanaku estaba de festejo groso. Recuerdo el tornillo. La escarcha en las manos, en los botas, en la gorrita de lana. Éramos cubitos de hielo, emponchados para sobrevivir a la noche más larga del año. La madrugada del 21 de junio iba a ser extra large. El año nuevo de los pueblos originarios, una fiesta.


Era mediados de 2008 y faltaba una eternidad para que la peste se extendiera por el planeta. Nosotros, un grupito de flacos periodistas de billeteras aún más flacas, habíamos llegado a la milenaria ciudadela desde la hoyada de La Paz, la capital aymara del mundo. Un amigo, el escrito Roberto Cáceres, nos había invitado a festejar el Willkakuti, el “retorno del sol”. ¡Se te extraño Roberto! También las largas noches de singani y baile con cholitas en los bares bohemios de El Alto. “Borracho estaba, pero me acuerdo”, diría Víctor Hugo Viscarra, el cronista máximo del margen boliviano.

Hago memoria. Desde esta noche porteña vuelvo a aquella altiplánica. La luz del reflector nacía de la boca de un escenario montado en la plaza del pueblo. Una marea de pibes bailaba al ritmo de una banda metalera. Nada que envidiarle al Loolapalooza. Había globos gigantes con publicidades de teléfonos celulares y cervezas apunadas. “Es nuestro Woodstock bolita, hermano”, me dijo Roberto y después pasó un trago de ardiente té con té frente a una fogata. Mil fogatas había. Teníamos que ganarle la partida a una sensación térmica menos que cero.

Roberto me contó que hasta hacía muy poco, las ceremonias por el solsticio de invierno no eran demasiado multitudinarias. Pero desde la llegada de Evo Morales al gobierno algo había cambiado. Ya no había que esconderse para rendirle culto a la Pachamama. Volvía y era para millones.

En aymara, Tiwanaku quiere decir “piedras paradas”. La ciudadela enclavada a más de 3500 metros de altura sobre el nivel del mar fue la antigua capital de la cultura tiwanakota, un pueblo preincaico que supo habitar el Altiplano desde el año 1500 a. C. al 1200 d. C. Al inicio de la conquista –el genocidio-, el Willkakuti fue tolerado por los españoles. Luego, declarado como acto de herejía en el siglo XVI. Los años pasaron y la prohibición de los conquistadores fue finalmente derrotada. “La conquista terminó, hermano, vivimos el Pachakuti. La revolución, pero no una revolución Made in USA, Made in Europa o Made in China, o sea Made in fuera del Tawantinsuyu. La revolución viene de nuestra tierra”, me explicó Roberto.

Esa noche, el paisaje sonoro lo ponían las rondas de sikuris. Las melodías de las quenas venían desde un pasado no muy lejano. Dicen que el tiempo de los pueblos andinos no es el mismo que el del resto del planeta. El pasado es lo que está por delante. Los andinos viven siempre de cara a un pasado conocido, al que eternamente se retorna. El Pachakuti es la vuelta a ese pasado glorioso. El mundo que se da vuelta: el final de un tiempo y el inicio de un nuevo ciclo. El sol que vuelve.

La fila para llegar al Templo de Kalasasaya, el centro neurálgico del festejo, era de casi diez cuadras a las cinco de la madrugada. “Hay que unirse, apoyar al pueblo. ¡Evoooooooo presidenteeeee!”, gritaban pibes y pibas. “¿Vendrá Evo?”, le pregunté a Roberto. “Como todos los años, hermano, tenga paciencia. Cerca del amanecer, sólo hay que esperar por el helicóptero que bajará del cielo”.

Recuerdo que la Puerta del Sol estaba en una pequeña pampa en el corazón de Kalasasaya. Las marchas castrenses de la banda musical de la desaguada Armada boliviana se mezclaban con la suave brisa de las cañas. En el centro de la meseta, los amautas y yatiris -sabios andinos- masticaban hojas de coca y preparaban ofrendas que iban a entregar al fuego, justo cuando despuntaran los primeros rayos de sol.

Antes de que dieran las siete de la mañana, el helicóptero que traía a Evo avanzó desde el Este. La escena era digna de Apocalipsis Now, pero sin los acordes de la Cabalgata de las valkirias como banda de sonido. El cocalero llegó acompañado por dos o tres ministros. Cientos quisimos tocarlo, pero fuimos frenados por su guardia pretoriana. Dos cholitas groupies lloraban desconsoladas. “Lo vimos, lo vimos al hermano Evo”, gritaban. El primer presidente indígena de la historia de Bolivia extendió sus brazos al cielo y saludó hacia los cerros. “¡Evo, Evo, Evo!”, bajaba el alarido desde las faldas de las montañas.

La claridad era casi total, pero el Tata Inti se hacía desear. De repente, sucedió lo tan esperado. El sol del 21 venía asomando. Entonces, elevamos los brazos para recibir su energía. “¡Jallalla el Año Nuevo! ¡Que la luz del Padre Sol ilumine nuestros corazones y nos depare un futuro mejor, lleno de satisfacciones y buenaventura a nuestra Bolivia unida, a todo el mundo, a todo el planeta!”, gritó un amauta. Recuerdo que un yatiri que tenía a mi lado me dijo a la pasada: “Felicidades, hermano. Será un buen tiempo, con buena cosecha y mucha fuerza para nuestras vidas”. No se equivocó.

Ojalá esa fuerza nos acompañe desde este lunes. La necesitamos. ¡Feliz año! «

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

miércoles, 16 de junio de 2021

Archivo General de la Nación, el memorioso

 Desde el primer piso del Archivo General de la Nación puede verse el derruido muro de la vieja cárcel de Caseros. Un documento fiel de la barbarie. Desde hace algunos años, resignificado, este predio encajado en la parte más verde de Parque Patricios, que albergaba el panóptico inaugurado por el genocida Jorge Rafael Videla en 1979, abraza otro fin. Es la sede del flamante edificio del Archivo. Forjado en hormigón armado y vidrio diáfano, luce orgulloso sus aires de elefante memorioso.

En sus entrañas guarda, conserva y custodia buena parte de la historia nacional. La oficial: necesaria, burocrática, pantagruélica, propia de un Estado. Pero también la de hombres y mujeres de a pie que construyeron la Argentina. Un acervo documental de más de 400 años, desde la lejana colonia hasta el presente pandémico, hechos carne en papel, fotografías, registros fílmicos y sonoros. El back up de la Patria.
“Al Archivo muchas veces se lo imagina como un lugar repleto de papeles viejos, reservado solo para un grupito de investigadores algo alejados del presente. Estamos intentando quitar ese prejuicio. Este es un espacio para todas y todos los argentinos”, lo deja clarito Samanta Casareto, directora de Gestión de los Fondos Documentales del organismo.
Memoria, historia y derechos. Las tres palabras salen de la boca de la historiadora, atraviesan su colorido barbijo y quedan flotando en el despacho. Con brevet de décadas en el gremio archivista –trabajó 20 años en el Museo Estadounidense Conmemorativo del Holocausto–, Casareto asegura que son los pilares que sostienen el Archivo: “Conservamos la historia de la propia institución, desde la época de los jesuitas, pasando por la Independencia, hasta nuestros días. La memoria implica todo lo que generó el Archivo en funcionamiento. Tenemos en resguardo los documentos de Presidencia, de Jefatura de Gabinete, del Ministerio del Interior, además de otras instituciones del Estado. Y por último, pero no menos importante, somos garantes de derechos. Por ejemplo, preservamos los archivos migratorios y jubilatorios. Piense que mucha gente viene a pedir información para jubilarse porque esa data está en un decreto presidencial, como es el caso de los excombatientes de Malvinas. También para juicios de lesa humanidad. No somos un archivo de cosas viejas. Actuamos en el ejercicio de derechos”. El Archivo es el pasado que permite construir el presente.
Que 200 años no es nada
Si todo es historia, el Archivo tiene la propia. Bicentenaria. En tres meses cumple 200 agostos. En efecto, nació por decreto el 28 de agosto de 1821, bajo la gobernación bonaerense de Martín Rodríguez y por insistencia de su ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores, Bernardino Rivadavia. Fue, en un principio, el archivo de la provincia de Buenos Aires, hasta que se nacionalizó en 1884, durante la primera presidencia de Julio Argentino Roca. Pionero en su especie en América Latina, el decreto que lo parió indicaba: “La conservación de los archivos de un país asegura sin duda a su Historia la materia y los documentos más exactos de ella. Mas el arreglo y la clasificación por ramos y épocas de los antecedentes de las distintas oficinas que hacen el servicio de una administración contribuye a un tiempo a la prontitud y al acierto del despacho”.
El Archivo tuvo varias casas. La primera funcionó en el ámbito de la Manzana de las Luces. Después ocupó el edificio que se había construido en 1862 para el Congreso Nacional, en la calle Victoria –hoy Hipólito Yrigoyen– esquina Defensa. Finalmente, en 1950 pasó al afrancesado inmueble de aires academicistas de Leandro N. Alem 246, ex Banco Hipotecario Nacional, frente al actual CCK, a pasitos de la Plaza de Mayo. El volumen monumental de información conservada y serios problemas en la seguridad y la infraestructura obligaron a soñar con un nuevo espacio. La marcha del paquidermo memorioso al sur porteño.
El proyecto de la flamante sede en Parque Patricios tuvo su génesis en 2008, durante la primera presidencia de Cristina Fernández de Kirchner. La obra se licitó en 2015, arrancó en 2016 y en septiembre de 2019 fue terminada. La migración estaba prevista para marzo de 2020, pero llegó la peste. Finalmente, la esperada mudanza hormiga comenzó en octubre pasado. Verdes camiones del Ejército colaboran en el transporte de las miles de cajas de cartón repletas de legajos, documentos, álbumes de fotos, latas de fílmico y unidades de video y audio. Pero hay que ser pacientes. ¡Son más de 25 kilómetros lineales de documentación! Los protocolos sanitarios de la nueva normalidad hacen todo más lento. Sin embargo, ya migraron un 80% del material audiovisual, un 37% del fotográfico y un 17% del escrito.
Casareto sostiene que el nuevo edificio moderniza el Archivo. Es la primera sede pensada para funcionar como reservorio: “Tenemos todo el material reunido en un mismo espacio. Nos permite trabajar en forma procesual, pensando en la conservación integral. Donde funcionó una cárcel de la dictadura, construimos memoria”.
Las joyas y el Diego
El corpulento edificio tiene forma de L. El palito corto abriga las oficinas para sus 120 trabajadores y salas para usuarios. El largo, las conservadoras aclimatadas a valores adecuados y estables de temperatura y humedad. No más de 22ºC, según los que saben. “Las cámaras generan defensas contra contaminantes ambientales, radiación, atmosféricos, son una barrera protectora”, explica Laura Caroni, especialista en conservación y restauración de bienes culturales. Trabaja hace seis años en el Archivo. Su pasión por extenderle la vida a los documentos, confiesa, no viene de su paso por los claustros académicos: “Desde muy chica soy la ‘loca’ del archivo. Si un pariente iba a tirar una foto familiar, yo la rescataba. Me gustaba saber quiénes estaban en esa imagen. Me cuentan historias”.
El laboratorio de procesos técnicos, conservación y reparación está en la planta baja de la mole. Sobre las largas mesas duermen la siesta unos antiguos cuadernotes de la Dirección Nacional de Migraciones. Datan de los locos años veinte del siglo pasado. “Les tenemos que hacer un diagnóstico: ver el estado del papel, su encuadernación, si están deteriorados, si hay presencia de microorganismos. En la vieja sede, por ahí se infiltraba un insecto en la caja y eso desencadenaba un deterioro. Por eso hacemos revisiones periódicas”, cuenta Caroni, ataviada con un inmaculado guardapolvo y finos guantes de látex, al tiempo que analiza la pieza con ojo clínico. Agrega que estos registros son de los más consultados por el público: “Para hacer un trámite, mucha gente viene a investigar cuándo llegaron sus antepasados. Dan cuenta de los ingresos y egresos por vía marítima. Están bastante bien conservados. Tuvieron algún problemita con insectos, pero van a estar mejor”. La restauradora acaricia las hojas con parsimonia. Olor a papel añejo queda flotando en el aire.
El Depósito 101 conserva joyas textuales. Cartas a San Martín, memorias de Urquiza, Reales órdenes y cédulas del siglo XVIII, los documentos del juicio a Túpac Amaru… Unos pisos más arriba, en el 302, fascinantes registros de casas fotográficas de principios del XX y hasta el archivo del viejo Tiempo Argentino. La pesquisa puede ser eterna. “Es la angustia del archivador –se sincera Caroni–,nunca se termina de catalogar. Lo importante es mirar para atrás y ver todo lo que ya hicimos”.
El historiador Diego Echezarreta es el curador de las populares redes sociales del Archivo. Hace magia en la web: cuando postea una foto o un video, nos lleva 100 años atrás en el tiempo. ¿La imagen más popular? No lo duda: “La del Diego adolescente, que subimos el año pasado cuando partió. Pero también las que rescatamos de trabajadores en la zafra o de unos gauchos comiendo un asado. La historia de un país se construye por una multiplicidad de historias chiquitas. Hombres y mujeres de carne y hueso, como nosotros. No solo los próceres. Aunque el Diego lo es”.
Dice Echezarreta que más de una vez, los internautas escriben para contarles que en las imágenes aparecía algún miembro de sus familias: “Un abuelo, un papá. Es muy movilizante. Atrás de todo este espacio que parece frío, late la historia de la Argentina”. «

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

martes, 25 de mayo de 2021

Meditaciones Carrère

¿Querés hacer reír a Dios? Contale tus proyectos. Es un sabio proverbio judío. Lo cita con sabiduría Emmanuel Carrère a la mitad de Yoga, su flamante libro. Hace algunos años, el escritor francés, autor de clásicos de clásicos de la no ficción contemporánea como De vidas ajenas y Limónov, se embarcó en la aventura de escribir un “librito risueño y sutil” sobre el yoga. Pero el plan, divino tesoro, se hundió en un mar de problemas poco risueños y sutiles.

Su divorcio, la inmersión en una profunda depresión melancólica con internación incluida en una clínica psiquiátrica, el asesinato de un amigo en el ataque terrorista al semanario Charlie Hebdo, una temporada con jóvenes migrantes en Grecia y la muerte de su editor de toda la vida. Una deriva que va de la plácida meditación Vipassana hasta las ideas del suicidio, sin olvidar la terapia electroconvulsiva, en criollo: “electroshocks”. Carrère, ese intelectual burgués parisino de gigante ego y algún que otro tornillo flojo en la cabeza, sale vivo de su abismo para contarlo en forma descarnada, con dosis desparejas de franqueza y humor afilado. Por supuesto que también buena pluma.

¿Libro de autoayuda? ¿Autobiografía psiquiátrica? ¿Ensayo novelado? ¿Novela ensayada? Hace años que Carrère se sacó de encima el corsé de los géneros. Hace literatura, a secas. De la buena. Ese lugar donde “no se miente”. El francés escribe: “Es el imperativo absoluto, todo lo demás es accesorio, y creo haberme atendido siempre a ese imperativo. Lo que escribo es narcisista y vanidoso, pero no miento. Puedo afirmar tranquilamente, podría afirmar tranquilamente ante el tribunal de los ángeles que escribo ‘sin hipocresía’, como exige Ludwig Börne, lo que me acontece, lo que pienso, lo que soy, lo cual, ciertamente, no me brinda motivos para alardear”. En la estela de Proust se acomoda Yoga. Ese fluir de la conciencia que tanto se parece a meditar. O a recordar. Lo escribió Célice, lo cita Carrère: “La gran derrota en todo es olvidar, y sobre todo es lo que te mata”.

Dato menor, pero no tanto: Yoga no estuvo exento de polémicas antes de salir del horno. Algo que el autor de Una novela rusa también deja clarito. Su exesposa, la periodista Hélène Devynck, en el juicio de divorcio pidió no ser incluida en los libros de su ex y vetó los capítulos de Yoga donde aparecía mencionada. De alguna manera, la obra gana con estas elipsis forzadas. Permiten ver la cocina del libro. Cómo Carrère, diagnosticado como bipolar durante su escritura, teje alguna que otra “mentira por omisión”.

Casi al cierre del libro, cuando aún sigue con vida mientras puede, Carrère compila su lista de definiciones sobre el yoga. Perdón, la cita es larga: “La meditación es estar sentado inmóvil, en silencio. La meditación es todo lo que se te pasa por la conciencia, mientras estás inmóvil, en silencio. La meditación es provocar que nazca en tu interior un testigo que observa el torbellino de los pensamientos sin permitir que le arrastren. La meditación es ver las cosas como son. La meditación es despegarte de tu identidad. La meditación es descubrir que eres otra cosa que lo que dice sin cesar: ¡yo!, ¡yo!, ¡yo! La meditación es descubrir que eres otra cosa que tu ego. La meditación es una técnica para erosionar tu ego. La meditación es zambullirse y afincarse en las contrariedades de la vida. La meditación es no juzgar. La meditación es prestar atención. La meditación es observar los puntos de contacto entre lo que eres tú y lo que no eres tú. La meditación es el cese de las fluctuaciones mentales. La meditación es estar al corriente de que los demás existen. La meditación es zambullirte en tu interior y excavar túneles, construir barreras, abrir nuevas vías circulatorias y presionar para que algo nazca y desembocar en el gran cielo abierto. La meditación es encontrar en tu interior una zona secreta e irradiante en la que te sientes bien. La meditación es estar en tu lugar, sea donde sea. La meditación es ser consciente de todo todo el tiempo (esta definición es de Krishnamurti). La meditación es aceptar todo lo que se presenta. La meditación es no contarse más historias. La meditación es desistir, no esperar ya nada, no intentar una acción, sea lo que sea. La meditación es vivir en el instante presente. La meditación es mear y cagar cuando meas y cagas, nada más. La meditación es no añadir nada más. Ya está.” Quizá se le escapó una sola definición a Carrère. La meditación es leer. Ahora sí, ni una palabra más. 

Publicada en Tiempo Argentino, por acá.  

domingo, 23 de mayo de 2021

Homo Búnker

 Yendo de la cama al living, a la cocina y, con mucha suerte, al patio. Viajando por casa, enclaustrados en internet, con la distancia y los protocolos profilácticos que nos recuerdan nuestra soledad y la enfermedad. Confinados dentro de los límites que nos impuso la peste desde su expansión global.  El ensayista y escritor Juan J. Mendoza usó los largos meses del 2020 para pensar y escribir sobre el encierro por el Covid 19, pero también sobre muchos otros anteriores. Homo Búnker: breve historia del confinamiento (Panorámica-Indie Libros) es un brillante ensayo que reflexiona sobre la dimensión existencial que han tenido los encierros en Occidente y más allá. Desde la vida en las cuevas de los primeros cristianos hasta la hegemonía contemporánea del home office. Una arqueología que echa luz sobre las tinieblas del presente pandémico.

–¿Cómo definís la figura del Homo Búnker?

–Hay una progresiva conquista técnica de los cuerpos que se ha ido desarrollando con el paso de los años. Si uno analiza la historia, la Segunda Guerra Mundial evidentemente fue un momento trágico, donde el búnker fue un acontecimiento existencial. Otro momento importante fue, en 1969, la primera conexión de internet. Son hechos que van generando las condiciones de posibilidad para lo que llamamos “distanciamiento”. Hay un árbol genealógico del distanciamiento. El Homo Búnker es una construcción imaginaria, pero también real, de nuestras vidas confinadas en espacios cerrados cada vez más pequeños.

–En tu libro realizás una arqueología del encierro.

–El disciplinamiento de los cuerpos, desde la Modernidad o la sociedad industrial hasta nuestros días, llevó a que vivamos en espacios cerrados: la escuela, la familia, la fábrica, la cárcel y el hospital, el lugar de encierro para morir. Pero hay que recordar que somos una especie uterina: desde lo biológico, nos gestamos en un espacio de encierro. Y también venimos de las cavernas, un lugar también de gestación de nuestra historia y cultura. El lugar de encierro nos convoca, y a la vez es un lugar de destino. Nietzsche escribe que cuando Zarathustra baja de la montaña, descubre que los humanos viven en casas cada vez más pequeñas. La arquitectura produce entonces los monoambientes. Se reduce el espacio: somos cada vez menos nómades y más sedentarios. Todo eso se pone en evidencia con la pandemia. Entonces se puede hablar de una dimensión existencial del encierro, que se hace visible de una manera brutal en pandemia, pero que no es nueva.

–Un hecho curioso que mencionás es cómo la pandemia frena el turismo, pero en 2020 se inició el turismo espacial. 

–Son las paradojas del presente. Ahora también se habla de los trastornos del sueño que trajo la pandemia. Y al mismo tiempo está la idea de los sueños colectivos como especie, de nuestras pesadillas como civilización. De la idea del planeta Tierra como casa a vivir en bunkers. Lo que aparece con todo vigor en el 2020 es la idea de finitud de la vida en la Tierra, asociada al problema ambiental, que viene de décadas.

–En tus ensayos hablás de internet como un nuevo ecosistema, con la hegemonía del home office preparando el terreno para su reinado actual.

–En 2020 se aceleraron proyectos tecnológicos que estaban previstos en su desarrollo para toda la década. Lo que vimos en 2020 ya existía: el Zoom, la educación a distancia, el sexo virtual. Llegan ahora al paroxismo, pero había una preparación cultural. Internet no es nada nuevo, pero sentó las bases para lo que vivimos en pandemia. Hay más conexiones a internet que de agua potable.

–Y esa desigualdad en el acceso a las tecnologías reproduce las condiciones de dominación.

–Eso forma parte de las “dramaticidades del presente”, como dice Horacio González. Es complejo, y yo me pregunto si de alguna manera no empezamos a ser diferentes como especie. Estar frente a una pantalla, y pasar a otra y a otra, también nos cambia como especie. El problema de la desigualdad es complejo, porque pregunto: ¿es deseable vivir en una cultura que está destruyendo la especie? Ese súper hombre operado, lleno de trasplantes de órganos, de cirugías estéticas, que se va a vivir al búnker del barrio privado, ¿queremos ser parte de esa especie? Está la exclusión, pero también se puede pensar que hay un vitalismo ahí, una resistencia.

–¿Se puede hablar de un nuevo orden biopolítico global, con esta figura del Homo Búnker que llega para quedarse?

–No podría opinar demasiado sobre lo que va a pasar. Creo que hay que prestar atención a reflujos o a tribus identitarias que no están en la superficie, como los freeganos, que son abstemios del consumo cultural, personas que no quieren consumir porque entienden que hay un debilitamiento de nuestros gustos, el dominio del algoritmo, que te encierra, que te hace ver tu gusto afirmado, debilitando el deseo, o poniéndote un deseo refritado. En este momento tan duro, debemos pensar hacia dónde vamos como especie o hacia dónde no tenemos que ir.

Publicada en Tiempo Argentino, por acá

martes, 4 de mayo de 2021

Argentina, granero del porro

Cannabis. La palabra flotó, salida de la boca del Presidente. Una nube de nieve en el aire dos veces respirado de la Cámara de Diputados. Una intrusa alienígena y alucinógena en la pompa y circunstancia oratorias del discurso del Estado de la Nación. Una solemnidad anual, pero en 2021 con el marco ominoso de la pandemia. El 1° de marzo, en la inauguración de las sesiones parlamentarias de este pandémico 2021, Alberto Fernández colaba el anuncio cannábico como una buena noticia psicodélica entre otras irreductibles en su monótona monocromía: bajas en el impuesto a las ganancias, victoriosas ofensivas futuras contra endeudadores seriales, liberación de tarifas dolarizadas, reformas de la Justicia que prometían revoluciones para el fin de la Injusticia para multitudes en busca de ídolos en busca de multitudes, y otras eternidades gastadas por el uso. Cannabis se balanceaba, palabra latina pero no jurídica del presidente abogado profesor de Derecho hijo de juez, ante los ojos bien abiertos de otros dos abogados exitosos, la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner a la izquierda y a la derecha el presidente de la Cámara Baja, Sergio Massa.

Con didactismo de voz  pausada, que nunca revela ni aceleración ni cansancio en una exposición donde todas las partes están calificadas con igual puntaje, Fernández anunció que el Gobierno argentino impulsará un proyecto de ley de fomento a la industrialización de la marihuana. Considerandos:

El cannabis tiene propiedades de gran utilidad con fines medicinales e industriales.

La industria mundial del cannabis medicinal triplicará su volumen de negocios en los próximos cinco años.

El proyecto prevé la utilización del cultivo exclusivamente con fines de industrialización para uso medicinal e industrial.

Antes de pasar al asunto siguiente, aplausos tibios de la platea legislativa, raleada por los protocolos profilácticos que nos recuerdan nuestra soledad y nuestra enfermedad, aprobaron el incentivo para la droga blanda. Más tórrida fue la reacción del sector privado, todavía incipiente, con intereses en este nicho herbáceo. También de provincias y municipios que quieren cultivar la variedad sativa para diversificar las matrices productivas en sus dominios. No es para menos. Son tiempos de un boom verde que hace estallar, restallar, fumar y facturar al globo. Según la Cámara Argentina del Cannabis (ArgenCann), se espera que en 2027 el mercado mundial de la industria cannábica mueva más de 40 mil millones de dólares: verde que te quiero verde. La tasa de crecimiento anual superará el 30 por ciento. Con este escenario, la Argentina podría generar un mercado interno de 450 millones de dólares. La semilla del proyecto industrializador argentino se plantó en noviembre del año pasado, cuando se volvió a reglamentar la Ley 27.350, de uso medicinal del cannabis, aprobada por el gobierno de Mauricio Macri. La iniciativa sancionada en 2017 fue un bluff. En su reglamentación imponía rigores y limitaciones: sólo admitía su uso para la epilepsia refractaria, prohibía el autocultivo, no reglamentaba la producción nacional y no aceptaba ventas por farmacias. Todas flores que se abrieron con la nueva norma.

Por el carril legislativo, en octubre de 2020, las diputadas del Frente de Todos Mara Brawer y Carolina Gaillard presentaron un proyecto de ley para desarrollar la industria del cáñamo, una variedad de la planta con contenido de THC, el componente psicoactivo, menor al 1 por ciento. La meta es fabricar desde fibras, papel y materiales para la construcción, hasta bebidas, infusiones, suplementos dietarios e incluso biocombustible. “Hay que destacar que si hubo un cambio de paradigma y la sociedad entendió que el uso del cannabis medicinal no es el mismo que el recreativo, ahora es momento de comprender que el cáñamo es una oportunidad para el desarrollo sustentable e industrial de la Argentina. Si cerramos este debate, generamos puestos de trabajo, desarrollo económico e industrias novedosas”, explica Brawer en diálogo con Rolling Stone. Tomando esta iniciativa como referencia, el Ejecutivo decidió unificar el proyecto cáñamo con el medicinal, para la producción local en diversas esferas. En el verano hubo fumata blanca: se está armando con paciencia y el aporte de un tridente ministerial que incluye las carteras de Salud, Desarrollo Productivo y Ciencia, Tecnología e Innovación.

En paralelo, o mejor dicho en el centro de sus luchas históricas, están las organizaciones civiles y de usuarios que miran con golosa expectativa estas iniciativas. Apuntan a más políticas públicas superadoras, por las que batallan desde hace demasiados años. Después del paso en falso de 2017, quieren analizar cómo se implementa el proyecto, si avanza en el Parlamento. No la ansiada legalización del consumo adulto recreativo, ni mucho menos. Pero abrir las puertas a su discusión. El desarrollo de la industria cannábica acerca el horizonte. ¿O lo terminará ocultando tras una cortina de humo?

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Seis años atrás, el doctor Marcelo Morante predicaba sobre la marihuana en un desierto de prejuicios y desconocimiento. Los tiempos cambian. En noviembre pasado, este internista y médico rural fue designado coordinador del Programa Nacional de Investigación sobre los usos Medicinales de Cannabis del Ministerio de Salud. “Soy especialista en medicina del dolor. En 2015, mi hermana Mariela, que también es médica, estaba postrada a causa de las convulsiones que le producía un neurolupus, al que no le encontrábamos solución. Me puse a investigar y descubrí el cannabis medicinal. Entonces me fui a Canadá para formarme y poder tratarla con el aceite, algo que era un tabú en nuestro país”, cuenta el galeno nacido y criado en General La Madrid -retengan en la memoria esta localidad-, un pueblo del centro-sur profundo bonaerense.

Con el tratamiento, Mariela mostró una franca mejoría en su calidad de vida. Marcelo siguió estudiando, militó la causa y se convirtió en una eminencia, que incorporó a sus clases de Medicina del Dolor en la Universidad Nacional de La Plata: “Me di cuenta de que estábamos formando médicos jóvenes que sabían mucho de evidencia y poco del sufrimiento. Salían de la facultad sin una herramienta para pelearle al dolor, como es el cannabis. Entonces propuse algo nuevo, discutir sobre lo que no sabíamos. En nuestro arte de la medicina, buscamos curar, pero también generar un acto de amor, acompañar al paciente, que tenga paz y menos sufrimientos. Por eso no podíamos dejarlo afuera.” Los hermanos Morante escribieron un libro a cuatro manos: Sin dolor. Historias íntimas del cannabis medicinal. En un apartado arriesgan: “El compromiso, el perdón y el amor son las mejores herramientas contra el dolor.” Cuánta razón.

Desde el Ministerio de Salud, Morante señala que la reglamentación de noviembre pasado ensanchó las perspectivas para el uso medicinal del cannabis: “De alguna manera, se empieza a construir un escenario real. La ley tenía un sesgo restrictivo que favorecía el mercado negro. El principal cambio es que ahora hay un Estado presente y se trabaja en la reparación con respecto al acceso al producto y el alcance de la ley penal. Por ejemplo, tenemos por un lado una legislación que prohíbe la tenencia y a la vez una ley que permite el uso medicinal. Esas son paradojas que hay que resolver. Entonces, hay que trabajar la nueva ley sobre tres pilares: el acceso, las cuestiones penales y el posible desarrollo productivo, como explicó el presidente.” Avanzan en propuestas con un consejo consultivo junto al aporte de varias ONG, el Conicet, el INTA, la ANMAT, el INASE, la ANLAP, un consejo interuniversitario y la Defensoría del Pueblo.

Morante va más allá de la mirada terapéutica y traza puentes con el proyecto desarrollista que esbozó Fernández: “Empieza en la semilla y llega al producto elaborado. Eso genera toda una cadena de valor productivo y se abren escenarios de crecimiento económico. Hay provincias como Jujuy, San Juan, San Luis, La Rioja y muchos municipios que empiezan a ver al cannabis como cualquier otro cultivo. Una actividad que puede generar trabajo e ingreso de divisas para sus regiones. Lo llamativo de la propuesta es que la Argentina empieza a hacerlo desde una pequeña ley de investigación de cannabis medicinal, que es insuficiente. Se abre un escenario distinto y hay que conducirlo a una ley superadora, más integral y apuntando al desarrollo. Sin dejar de lado a los pacientes, por eso abrimos el Reprocann, el registro para quienes se les recetó el uso medicinal. No puede ser que estén en riesgo de tener una causa penal porque usan el aceite o porque plantan. La gente se juga la libertad. La idea base es ampliar derechos.”

Con una anécdota de sus pagos, Morante grafica, campechano, el cambio de época que vive nuestro país: “Una vez fui a dar una charla al Sedronar y me dijeron que la Argentina no estaba preparada para discutir sobre cannabis. Es como si yo pensara que cuando me toca dar clases, los estudiantes no están preparados para aprender. Al poco tiempo di la charla en mi pueblo, bien rural y de no más de 8000 habitantes. Por ahí se puede pensar que es gente con prejuicios, pero no. Vinieron el cura, el maestro, el policía, todos. Me escuchaban hablar de sistema endocannabinoide y decían, ‘mirá vos, qué bueno, puede ayudar al que la pasa mal’”. Al otro día, recuerda Marcelo, un periodista de la CNN que andaba por La Madrid siguiendo el tema, frenó en la calle a un gaucho y le preguntó qué opinaba del cannabis medicinal. El paisano, con sabiduría de hombre de a caballo, respondió: “Si hace bien, que lo coma el que lo necesite”. El ‘tordo’ Morante dice que el razonamiento del gaucho puede parecer primitivo, pero es de un irrefutable realismo: “Se llame cannabis o marihuana, si te hace bien, hay que aprovechar la herramienta. Si hace mal, hay que discutirlo, entender cómo funciona, estudiarlo, crear leyes que lo regulen. Vamos en ese camino”.

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Cuando escuchó al presidente  hablar de cannabis medicinal en el Congreso, Valeria Salach sintió que la larga lucha que llevaron adelante con sus compañeras de Mamá Cultiva progresaba a una nueva etapa: “Seguimos subiendo escalones. Después de poner el tema en agenda, ahora trataremos de incidir. De pelear para que la ley no beneficie a unos pocos, que la producción sea justa para todos. Lo vamos a hacer con más militancia. El anterior presidente hablaba de ‘guerra contra el narco’, el actual parece un poco más amigable. Es un cambio de paradigma. Aunque queda mucho para trabajar.”

De una pelea gotita a gotita para conseguir el derecho al uso medicinal del cannabis nació Mamá Cultiva. Las madres cultivadoras son una pieza esencial del mundo cannábico, para los fallos judiciales que dan su visto bueno al autocultivo y para la sanción de normativas progresistas. Salech es  fundadora y presidenta de la ONG gestada en abril de 2016. Su hijo Emiliano nació con epilepsia. Tomaba cinco medicamentos para darles pelea a las convulsiones y nunca mejoraba: “En 2014 empezamos a usar cannabis y vimos un cambio radical. De ser un nene que no me miraba a los ojos, empezó sonreír, pedirme jugo, tener una mejor calidad de vida. Entonces me fui corriendo para la escuela especial donde iba Emiliano y les conté al resto de las mamás. Me dijeron que era ilegal, que los médicos no lo recomendaban. Noté que faltaba información, reinaba el desconocimiento. Ahí se me ocurrió hacer una campaña, luchar. Y al conocer a otros familiares me di cuenta de que no estaba sola”. 

La de Mamá Cultiva fue una militancia muy boca en boca, que se fue tejiendo en talleres, charlas, marchas, campañas en redes sociales, repetidas visitas al Congreso para acercar sus propuestas a los legisladores: “Hablar del cannabis desde la salud fue clave –destaca Valeria-. ¿Quién le va a decir que no a una mamá que pelea por mejorarle la calidad de vida a su hijo?” En menos de un año, sus propuestas se estaban discutiendo en el Parlamento: “Nosotras queríamos un proyecto de uso y regulación del cannabis medicinal, pero en 2017 salió una ley de investigación de cannabis, nada que ver. Igual, lo vimos como una apertura. Nos puso en agenda por primera vez. Imaginate que en esa época fui al programa de Mirtha Legrand y a la otra semana di un taller que estaba repleto de gente de la tercera edad. Hay mucha demanda de información sobre el tema y una ausencia total de políticas públicas. Mamá Cultiva asumió un rol central, donde el Estado no estaba. Ahora queremos ver cómo avanzan las nuevas iniciativas, como el desarrollo de la producción. No queremos una ley Marlboro, tiene que ser inclusiva. Lo que nos saca el sueño es que el Estado funcione como un ente regulador que permita jugar a todos y todas, que no regulen sólo el mercado y los grandes jugadores”.

¿Les da temor el lobby de las grandes farmacéuticas y que el proyecto se enfoque sólo en el posible negocio?

-Está bien que sea un gran negocio. Pero hay que agregar valor a la cadena productiva. Que esto no sea sólo cultivar, exportar flores a Canadá y que después ellos nos vendan los aceites, el champú y otros productos. Hay que salir de esa mirada extractivista. Te lo dejo claro, yo soy feminista, voy por la inclusión. No reniego de la industria. Pero la iniciativa no tiene que dejar afuera a los pequeños y medianos productores, a las economías populares. Nosotras somos productoras, damos respuestas a las demandas de la gente. Sabemos de lo que estamos hablando. Aunque se apruebe una ley de producción este año, va a pasar bastante tiempo hasta lograr un producto decente de fabricación nacional. Nosotras lo logramos hace bastante tiempo.

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Aunque se ganó el mango como politólogo, director de Sistemas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y en el palo de las telecomunicaciones, lo que realmente le apasiona a Pablo Fazio es el emprendedurismo. A finales de los años noventa, antes de que el neoliberalismo se hiciera añicos por los aires en estas pampas, Fazio tuvo su bautismo de fuego en el mundo emprendedor con su marca de cerveza artesanal Otro Mundo. Quince años de su vida, recuerda, le dedicó a las birras. Hace un tiempo, su olfato atento a los nuevos negocios lo acercó al cannabis: “Me empezó a llamar la atención que las empresas pusieran plata en ese espacio. Me metí de curioso, pude viajar y visitar ferias y congresos. Se me abrió un planeta nuevo. Estaba viendo algo que estaba a punto de explotar, una industria disruptiva del siglo XXI”. Fue la semilla de Pampa Hemp, un emprendimiento ligado a la biotecnología, del cual es el CEO.

¿Por qué decís disruptiva?

-Básicamente por el potencial. Por ahí uno piensa en cannabis y sólo se asocia al fumar o, en los últimos tiempos, con el uso medicinal para algunas patologías, pero hay que entender que hay un montón de satélites de industrialización: cervezas, alimentos, productos veterinarios, materiales de bioconstrucción, hasta ladrillos de fibra de cáñamo se pueden hacer. El textil también es un nicho más tradicional. De hecho, parte del tema de la prohibición tiene que ver con una guerra comercial, porque el cáñamo competía con la industria petrolera y el algodón. Lo dicen los libros de Historia. 

En 2017, con su socio Sebastián Tedesco, diseñador industrial y cannabicultor con brevet de décadas en el gremio, empezaron a recorrer ministerios con la intención de impulsar el desarrollo productivo de la planta: “Que se discutiera. Pensá que el marco regulatorio era pobre, restrictivo y totalmente de espaldas a la actividad privada”. En esas caminatas conocieron a otros emprendedores que estaban quebrando lanzas contra los mismos molinos de viento. Decidieron agruparse, trabajar un músculo colectivo, una agenda: “Algo más allá del interés individual por desarrollar una actividad rentable. Éramos conscientes de que la Argentina no podía quedar afuera de la agenda de inversiones que el cannabis le estaba proponiendo al mundo”. Así nació la Cámara Argentina del Cannabis (ArgenCann), con el objetivo de crear redes de emprendedores e impulsar una regulación integral que permita fomentar el desarrollo económico. Al principio era cinco gatos locos, hoy suman más de cien pequeños y medianos empresarios.

El contexto estuvo muy verde hasta diciembre de 2019. Fue madurando con el cambio de gobierno: “Las primeras señales se dieron al mes, cuando en una entrevista la ministra de Seguridad Sabina Frederic dijo que la despenalización del consumo adulto responsable de cannabis estaba en la agenda para resolver. Se me prendió la lamparita y como Cámara conseguimos una reunión con la ministra. Me acuerdo que le llevé de regalo un paquete de yerba mate uruguaya con CBD, el cannabinoide que tiene efectos medicinales. Me agradeció el gesto, pero no me lo recibió. En realidad era algo simbólico, contarle que en el debate público que se abría con el cannabis medicinal, había todo un universo que nadie estaba mirando, la agenda de desarrollo económico, de inversión, de creación de puestos de trabajo, de dinamismo de las economías regionales. Le mostramos catálogos de productos. Chocolates, pisos flotantes, ladrillos. Nos dio la razón y nos contactó con el Conicet. El año pasado participamos en la reglamentación de la ley junto a otros actores. La cereza del postre fue el paper que acercamos al Ministerio de Desarrollo Productivo. Nuestras propuestas entran en la agenda del proyecto de ley que se está discutiendo desde el verano y anunció el presidente. Se está volviendo realidad nuestro sueño, un nuevo marco regulatorio productivo para el cannabis. Humildemente, sentimos que ponemos nuestro granito de arena.”

Pampa Hemp firmó el primer acuerdo público-privado para la producción de cannabis en la Argentina. A finales de marzo consiguió la autorización del Ministerio de Salud para poner en funcionamiento el primer cultivo, en la localidad bonaerense de Pergamino. Los invernaderos, asegura Facio, son una pinturita: “La prioridad es el cannabis medicinal. Argentina tiene un mercado que debe ser abastecido. Tener materia prima y enfocarnos en la producción con fines farmacéuticos es el primer objetivo. Cuando cambie el marco regulatorio, la idea es ir diversificando, es muy amplio el universo. Quién sabe lo que va a pasar en el país de acá a dos años.”

Igualmente, hace futurología. Si el proyecto avanza, Fazio imagina que para 2023 Argentina podría generar 1500 puestos de trabajo en la producción primaria, “el tocar la planta”, y miles más en la cadena de valor. Desde la genética hasta la logística: “Creo también que no hay que entrar en falsos dilemas, somos un país agroexportador. Si tenemos la posibilidad de producir cannabis y exportarlo, hay que hacerlo, porque necesitamos dólares como oxígeno. Y en paralelo, hacer una apuesta a construir valor, agregarle creatividad e innovación, somos un país agroindustrial y agroalimentario, por qué no vamos a poder hacerlo. El Estado tiene que crear incentivos, sin impuestos que asfixien, porque esta industria tiene que ser incubada. No se puede pensar que decimos ‘cannabis’, se hace magia y va a venir un montón de plata fácil.”

Al despedirse, el emprendedor afirma que la industria del cannabis global es como un organismo vivo que va mutando semana a semana: “Legalizan el consumo adulto en Nueva York, se discute lo mismo en México, en Uruguay y Colombia se avanza con la exportación de flores, en Estados Unidos se crearon 250 mil empleos formales. Venimos de 70 años de prohibición y hay mucho por hacer en una industria súper nueva. Ojalá se pueda”.

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Un año atrás, cuando empezó a investigar el potencial industrial del cáñamo, la diputada Mara Brawer descubrió el vacío de conocimientos que reinaba sobre el tema en la Argentina. “Sabíamos que era una variedad del cannabis que produce mínimas dosis de THC, en resumen, no ‘pega’. Que las velas de las carabelas de Colón estaban hechas de cáñamo. Que Manuel Belgrano promovió su cultivo en nuestro suelo. Que en su momento se hacían ropa y sogas. Que hubo empresas en los años setenta, como la Linera Bonaerense y la Algodonera Flandria, que con cáñamo fabricaban suelas de alpargatas y materiales para la construcción, antes de que los militares las cerraran. Y ahí me metí a investigar y descubrí emprendedores que estaban desarrollando productos en la actualidad.”

Brawer detalla que en 1961, la primera Convención de Drogas de las Naciones Unidas excluyó al cáñamo de la lista de las sustancias fiscalizadas. Pero la ley de drogas que decretó la dictadura en el ’77 determinó la absoluta prohibición de su producción en la Argentina. Su cultivo es legal en Estados Unidos, Italia, Francia y Colombia, para fines industriales y hortícolas. Es una commodity más que cotiza en bolsa.

La legisladora peronista es psicóloga, especialista en temáticas ligadas a la educación. Con teoría lacaniana explica las resistencias que tuvo que enfrentar cuando comenzó a esbozar su proyecto: “El estigma que tiene la planta. Los lingüistas hablan de los desplazamientos significantes. Antes, cuando en la sociedad argentina se hablaba de marihuana, se la asociaba a lo ‘malo’, ‘droga’, ‘narco’. Después hubo un desplazamiento y se empezó a hablar del cannabis medicinal, ‘bueno’, ‘a estudiar’. Ahora, el tercer elemento que queremos incorporar es el cáñamo. Ahí había un vació de información. Cuando argumentaba en reuniones con otros diputados y explicaba su historia y características, sin dudas me decían que había que avanzar con su desarrollo económico, con un marco legal, con controles.”

Usos muy volados se pueden proyectar para la industrialización del cáñamo: automotrices como Wolkswagen fabrican autopartes. Se hacen saborizantes para champán y cerveza. Aceite con combinación de Omega 3, 6 y 9, que dicen es muy nutritivo, no genera colesterol y ayuda a su disminución. Sus semillas son ricas en aminoácidos. La industria de la nutrición lo recibe con los brazos abiertos. Remplaza a la fibra de vidrio y al plástico. Tiene huella carbono negativa. Es reparador del suelo: se usa en Chernobyl y en la zona de Vaca Muerta para revivir a la Pachamama. Brawer cuenta que usa a diario unos anteojos muy coquetos cuyo armazón está forjado en cáñamo: “Por qué voy a comprar algo de plástico, si estos son sustentables y ecológicos. Los emprendedores que los hacen, me dicen que si levantamos las restricciones, arrancan a producir. Esto va a crecer mucho en el futuro.”

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Jujuy sueña con un Silicon Valley cannábico.  En la localidad de Perico, a 30 kilómetros de San Salvador, está la finca El Pongo, punta de lanza del proyecto estatal de producción industrial de cannabis con fines medicinales. Es la sede de Cannava, sociedad del Estado provincial que quiere transformarse en un futurista polo agrícola, tecnológico y científico pintado de verde marihuana. El presidente de la empresa es Gastón Morales. Fue designado en su cargo por el gobierno de su padre, Gerardo Morales, mandatario cambiemita de origen radical que maneja los destinos de la provincia norteña desde diciembre de 2015.

“Este es un proyecto prioritario para la gobernación. Va en línea con tendencias de desarrollo global. Es todo un desafío político y económico, impulsado 100% por el Estado”, aclara el joven abogado de 35 años, sobre el emprendimiento que ya recibió 4 millones de dólares en inversiones de las arcas públicas.

Hace pocas semanas, Cannava prendió sus motores. Está produciendo el primer ingrediente farmacéutico activo nacional. Made in Jujuy. “En diciembre inauguramos el laboratorio piloto. Ahí se hace el proceso de extracción, purificación y formulación farmacéutica. Actualmente podemos procesar 2 kilos de cannabis por día, ya llevamos 67 desde diciembre. Siete litros de ingrediente farmacéutico activo tenemos producidos”, detalla Morales.

El salto industrial lo van a dar a mitad de año, cuando esté terminado el complejo biotecnológico, con un laboratorio de 600 metros cuadrados. Para junio llegarán desde Estados Unidos los extractores, evaporadores, destiladores y otras maquinarias para llevar la producción a niveles pantagruélicos. Anhelan procesar 67 kilos de cannabis por hora, dos o tres hectáreas al mes de las 35 que tienen autorizadas para trabajar. En 2023, estiman, tendrán 2000 hectáreas plantadas –a campo e indoor- en toda la provincia. Jujuy será así el verdadero granero cannábico del país. “Hablar de 600 hectáreas es lo mínimo –precisa Morales-, para crear un sistema de pequeños productores y abrir el juego al sector privado, invertir y hacer un ciclo virtuoso con la pata pública”.

No todo, sin embargo, es color esperanza. Diversas agrupaciones cannábicas y pequeños productores denuncian que no han tenido posibilidades de participar en el proyecto estatal.  “Vamos volcar el conocimiento en los pequeños productores, para incorporarlos al sistema provincial de producción de cannabis –responde el presidente de Cannava-. Queremos que sea un pilar productivo, para dejar atrás el tabaco y la caña de azúcar, dos commodities que están en franco retroceso, de los cuales dependen 15 mil familias. La provincia tiene que pasar de un esquema clásico de economía primaria, a uno agrícola, atravesado por la ciencia y la tecnología. El cannabis puede generar 20 mil puestos de trabajo para Jujuy”.

Morales cree que la apertura industrializadora despeja el camino para la legalización futura del consumo responsable: “Más allá del tema de la libertad individual, que tiene mucha jurisprudencia, es fundamental que el sistema político asuma el tema con madurez. Mirarlo de frente, a los ojos, tratarlo. Cambiaron los paradigmas en la lucha contra el narcotráfico. La prohibición fue lo que le dio al narco el poder económico que tiene. Además, la ilegalidad lleva a la violencia. Es un tema que hay que encarar en forma inteligente y sincerando las cosas.”

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La provincia de Buenos Aires no es ajena al boom verde. A pocos meses de la nueva reglamentación de la Ley de Uso Medicinal del Cannabis, se multiplican los municipios que regulan el uso público de la planta: más de una docena ya presentaron sus propias normativas. Desde el primer cordón del Conurbano hasta localidades bien rurales ven la posibilidad de pasar a la legalidad.

General La Madrid fue el pionero. El municipio erecto a 450 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires es la meca del cannabis medicinal en la Argentina. “La experiencia empezó en 2015, en una charla que dio nuestro paisano Marcelo Morante, actual coordinador de investigación sobre los usos medicinales de la planta en el Ministerio de Salud. Contó la historia de su hermana y cómo mejoró su calidad de vida con el aceite. Se generó un clima en el Salón Blanco de la municipalidad, no sé cómo describirlo, de emoción, no parábamos de aplaudir. Entonces se decidió hacer una ordenanza en el Concejo Deliberante y pedir a los diputados que despenalicen el uso medicinal y de investigación. No hubo grietas, acompañaron todos los bloques”, hace memoria el intendente Martín Randazzo.

Desde ese momento, el pueblo de La Madrid se plantó. Fueron tapa de revistas, objeto de informes televisivos y sede de un seminario regional que recibió 1600 asistentes: “Imaginate que tenemos una capacidad hotelera para 100 personas y alojamos 500 –hace números Randazzo-. Se abrieron las casas de familia para el encuentro. Esta es una lucha que atraviesa edades, géneros, ideologías, todos empujando para el mismo lado, por una herramienta que mejora la calidad de vida de mucha gente que la pasa mal”.

Luchar sirve. El pasado 25 de marzo, la pequeña localidad enclavada en la pampa húmeda recibió la autorización de Salud para iniciar el cultivo de cannabis con fines de investigación. El intendente explica la alegría que se vive en el pueblo: “Veníamos con viento en contra, huracanado, pero empieza a salir el sol, vamos a plantar legalmente. Somos el primer municipio que lo va a hacer. El Estado estaba ausente, la ley de 2017 no era buena. En un país empobrecido, hubiese sido suicida comprar el aceite de cannabis importado. Sobre todo teniendo la posibilidad y las tierras para hacerlo.”

Para ello, La Madrid tiene listo un espacio de 80 por 45 metros en su Parque Industrial. “Doble alambrado olímpico, iluminación, cámaras, ingreso biométricos y custodios. Un invernáculo de 10 por 30, con riego y pozo de agua –puntualiza-. Se van a producir plantas en base a semillas específicas con alto contenido de CBD y bajo en THC. Tenemos un potencial enorme. Se pueden abrir proyectos textiles, de cosméticos y veterinarios. En el contexto de crisis, necesitamos generar ingresos y trabajo. Está la causa noble por el lado medicinal. También la posibilidad de crecimiento económico. Qué más se le puede pedir a una herramienta que nos permite desarrollarnos como pueblo.”

En el Conurbano no tan profundo, San Martín hizo punta entre los municipios que se sumaron a la Ley nacional. Tiene aprobada una ordenanza para regular el autocultivo con fines medicinales, terapéuticos y paliativos. Además, avanza en la autorización de cultivos comunitarios y convenios con el Conicet y el INTA para fomentar la investigación. “Es una respuesta integral ante una realidad que sucedía de hecho. El Estado, algo tarde, hace propia las necesidades de las familias que usan el aceite y empieza a buscar soluciones. Crear normativas, una certificación, darles tranquilidad a los usuarios”, explica Mercedes Contreras, subsecretaria de Derechos Humanos e Igualdad de Oportunidades del municipio.

Políticas públicas son las dos palabras que repite Contreras como un mantra: “Vivimos un cambio radical en la mirada que tiene la sociedad sobre el cannabis. La lucha de las organizaciones y de los familiares fue fundamental para visibilizar el tema. Pero lo más importante ahora es el trabajo del Estado codo a codo con la comunidad. En ese diálogo se construyen políticas públicas en serio.”

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Inclusión. Esa es la receta que propone la médica neuróloga Silvia Kochen para el proyecto industrial de cannabis argentino. “Obvio que se anotó primero la industria farmacéutica, pero tienen que aportar su voz las organizaciones civiles, los cannavicultores, las cooperativas, los científicos. Hay espacio para todos”.                                              

Kochen viene de la neurociencia y coordina la Red de Cannabis y sus Usos Medicinales (Racme) del Conicet. También es realizadora audiovisual. En plena pandemia, junto al cineasta Emiliano Serra, filmaron un documental con alto vuelo informativo sobre el devenir de la marihuana, sus usos terapéuticos y la maldita prohibición. Un recorrido histórico que comienza 1800 años antes de Cristo y llega hasta el presente. Se titula Cannabis medicinal y puede verse sin costos en Vimeo.

Para el debate que transita la Argentina, Kochen recomienda mirar la experiencia al otro lado del barroso Río de la Plata: “La ley uruguaya, en mi mirada, aunque todos la celebramos en su momento, fue un fracaso total. Pasó que el órgano regulador se puso en un lugar más papista que el Papa y no habilitó a nadie para producir. En Argentina tenemos que cambiar esa mirada hegemónica de que los únicos que pueden producir cannabis son las industrias farmacéuticas. Seguro que hay tensiones y presiones para definir el rumbo del proyecto. Espero que ganemos los buenos.”

La postrera calada reflexiva antes de que esta nota se apague o se haga humo queda a cargo de Martín Armada, editor general de la revista THC, publicación decana del universo cannábico nacional. El periodista blanquea que, más allá del anuncio del presidente en el Congreso, se desconocen hasta el momento la letra chica y aun la más grande de la iniciativa. Que no concentre el desarrollo industrial en pocas manos, problema endémico de la Argentina, que no haya integración vertical donde una empresa acapare toda la cadena, que no se restrinja el uso medicinal a ciertas patologías y que se reserve un espacio al autocultivo son puntos que Armada señala como fundamentales en la discusión que se viene. “En realidad, el proyecto no abre el debate por una regulación integral del cannabis, sino que estaba abierto hace rato en la Argentina y en muchos otros países –cierra Armada-. Hay un consenso cada vez más amplio de que la prohibición de una planta que lo único que ha hecho es mejorar la calidad de vida de las personas, evidencia un sistema de persecución, control social, estigmatización, extorción y la regulación totalmente irregular de mercados. Hay que mostrar las patas que sostienen el esquema prohibicionista, es tiempo de avanzar en ese rumbo.” Mientras tanto, fumando esperamos también ese debate.

Publicada en la revista Rolling Stone, por acá

Diario de un albañil

 “Me he visto en el espejo hace rato. Sé que supero en facha a un clochard parisino, a un homeless neoyorquino o a un simple croto de mi ciudad. Tengo la peluca y la barba teñida del blanco de la cal. Estoy transpirado y sucio. Y medio que avergüenza tener este aspecto. De repente, cae la mersa coqueta de dueños y arquitectos y mi hermano, el contratista (no puedo olvidarme del sketch de Olmedo), viene a reunirse con ellos. Me saluda y sigue de largo hacia la habitación donde están los demás. Yo sigo demoliendo pared con un martillo mecánico, pero a pesar del ruido, escucho: ‘así como lo ves, ese de ahí es mi hermano y es buen escritor’”. Así arranca Diario de un albañil, el nuevo libro del narrador, poeta y ensayista Mario Castells. Una base sólida como el cemento que es a la vez declaración de principios para edificar las memorias de un trabajador del gremio de la construcción en la Argentina. La historia de un albañil, o de miles.

Castells, albañil desde sus 14 años, es rosarino, hijo de migrantes paraguayos, la colectividad que, orgullosa, domina sudando la gota gorda el arte de la albañilería en estos pagos. Paraguay construcciones. Y aunque la Uocra patotee y haga oídos sordos, ¡el guaraní es el idioma oficial en el gremio! Diáspora de trabajadores precarizados, explotados, estigmatizados, olvidados en las obras de este país siempre multicultural, nunca intercultural. Los laburantes del ladrillo que construyen la Argentina todos los días.

Diario íntimo entre andamios, memorias familiares del exilio, tratado de sociología en obra, enciclopedia “con tapas de hormigón armado”, manual de supervivencia a la explotación. El flamante libro del autor de la brillante novela El mosto y la queresa (2012) y las crónicas de Trópico de Villa Diego (2014), trabaja todos esos registros con pala, cuchara, fratacho y, sobre todo, potente pluma.  

El jopará es el plato emblema del campesinado paraguayo que mezcla, siempre en partes desiguales, arroz, frijoles, fideos y maíz. Pero también es la lengua híbrida y mestiza que combina el guaraní paraguayo y el castellano. La heteroglosia conforma, o distorsiona, el habla de quienes viven en el Paraguay. También la de cientos de miles de migrantes que llegaron a estas pampas. Castells, que es coautor (junto a su hermano Carlos) del ensayo Rafael Barrett, el humanismo libertario en el Paraguay de la era liberal (2010), edifica en Diario de un albañil una prosa extrañada por la mezcla del guaraní, el castellano y el lunfardo picante: “Yo, mita’i cabezudo, bajé corriendo de mi petizo Cañete, mi primer caballo, y creyendo que era agua fresca, le metí alto tragazo, un trago de siete ñemoko (sorbos), como dice mi tío Kambalóre. Dionisio dijo: A la puta, ombojahu porã la kavaju itrágo. Puede bañar perfectamente al caballo con su trago. Pero después de semejante hazaña, mi opera prima como ‘contrario’, quedé completamente pichorö (pito amargo, ebrio)”. 

Una lengua de fascinante riqueza y dulzura con la cual Castells rescata las crudas historias de su familia y compañeros de andanzas y desandanzas. Pero no esperen un simple desfile de personajes. El diario hace carne las tensiones permanentes entre los sueños y deseos del laburante, frente a la realidad del yugo cotidiano en la obra. También da cuenta de las resistencias colectivas, como el jopói o Changa Paraguaya, el trabajo mancomunado que compromete a parientes, amigos y vecinos a prestar ayuda a un miembro de la comunidad a la hora de construir su hogar. Como todo ritual ancestral, se paga con un asadazo y mil cervezas al terminar la tarea. Dice Castells, el albañil letrado: “Una forma económica del amor que perdura, que sustenta lo mejor de nuestra colectividad”. Cuánta razón.

Publicada en Tiempo Argentino, por acá.

martes, 27 de abril de 2021

Borda: del recuerdo de la represión al olvido en pandemia

“Nos pueden matar a todos”. Fue lo que pensó Gabriela Sánchez cuando llegó a trabajar al Borda la ominosa mañana del viernes 26 de abril de 2013. No exageraba: el predio del hospital había sido ocupado por 400 efectivos de la Policía Metropolitana. Iban armados como para una guerra.

Sin el visto bueno de la Justicia, amparados por la lóbrega madrugada, la policía de Macri volteó el paredón y un portón de la calle Perdriel. Por ese buraco entraron los uniformados junto a cuadrillas de operarios y unas cuantas topadoras. La orden era demoler el Taller 19, un espacio terapéutico dedicado a la carpintería y la pintura, donde los pacientes del hospital neuropsiquiátrico aprendían a trabajar la madera y los colores para ganarse el pan en su futura reinserción social. El objetivo era construir en ese lugar el nuevo Centro Cívico de la Ciudad. Un rentable proyecto inmobiliario non sancto, ideado por el entonces jefe de Gobierno que dos años después sería presidente. Médicos, camilleros, administrativos, políticos, organizaciones gremiales y hasta los propios pacientes intentaron evitarlo. Pero no pudieron frenar la demolición. Mucho menos entablar un diálogo con las autoridades. Los bastones largos, el gas pimienta, las balas de goma a mansalva fueron la respuesta del Estado porteño.

“Fue una locura. No creo que existan antecedentes de una represión en un hospital: un espacio de paz, dedicado al cuidado y el resguardo de la vida. Ese día pasaron todos los límites. Hubo pacientes con 20 impactos de bala en el cuerpo”, recuerda Sánchez, trabajadora administrativa con más de 35 años en el Borda. La delegada de ATE hace memoria, vuelve ocho años atrás: “No querían que entráramos. Nadie nos decía nada. María Eugenia Vidal, que era vicejefa de Gobierno, estaba dando vueltas por el predio. Cuando las topadoras tiraron abajo el taller, como por instinto, los compañeros salieron a defenderlo. En un segundo aparecieron los robocop de infantería, con sus armaduras, la cosa se puso oscura. Yo estaba hablando con un policía y, de repente, veo que alrededor empiezan los palazos, y ahí me tiraron gas pimienta en la boca. Algo irracional. Fue violencia cruda. ¿Qué se podía esperar de Macri, Larreta, Vidal y Montenegro?”.

A la charla en la oficina que congrega a los trabajadores en la planta baja del Borda se suma Facundo Pincas, delegado del vecino Hospital Infanto-Juvenil Tobar García. Cuenta que antes de la represión había un fallo judicial que amparaba al hospital, frenando la construcción del Centro Cívico en Barracas. “Pero la respuesta fue la cana. Es lo que siempre hace el PRO –reflexiona–. Tomar discusiones que son importantes y transformarlas en negocios. Nunca se planteó hablar de la salud mental, de la reinserción social de los pacientes, de mejorar las condiciones edilicias y de trabajo. En ese momento, la respuesta del Gobierno de la Ciudad fue la policía. Hoy, en pandemia, es el olvido”.

La nave del olvido

Los pasillos del Borda muestran un vacío ejemplar en el mediodía de abril. La segunda ola de la peste trajo de regreso las restricciones. Protocolos profilácticos que nos recuerdan la soledad y la enfermedad. Jorge Aramilla, enfermero con décadas en el neuropsiquiátrico, repasa las penurias del primer año de pandemia. Hubo contagios entre los trabajadores y los pacientes. “Somos esenciales, pero los funcionarios se creen que vivimos de los gracias y las campañas. El año pasado faltaron insumos básicos: barbijos, alcohol, pañales. Ahora se viene lo mismo. Es algo que pasa en todos los hospitales de la Ciudad. Ni qué decir de la falta de profesionales. Acá, siempre, el que pone el hombro es el trabajador”.

En el Borda están internados más de 400 hombres. En el Braulio Moyano, al lado, cerca de 600 mujeres. Los laburantes denuncian recortes permanentes en la planta de personal, frenos en los concursos y contratos basura. Abandono y vaciamiento. “La salud mental siempre fue olvidada. Creemos profundamente en la recuperación con herramientas y talleres que se brindan dentro del hospital. Pero si el Estado nos sigue viendo igual que en 2013, como un negocio inmobiliario, la realidad no va a cambiar”, dice el psicólogo social Matías Butera, mientras camina por el parque del hospital, custodiado por murales que recuerdan el freno al Centro Cívico. Uno grande grita: “No pasarán”.

Butera explica que hay un proyecto del Gobierno de la Ciudad para la fusión del Borda, el Moyano y el Tobar García en un predio limitado, para el año 2023: “La mirada comercial sigue en pie. Lo que ‘sobra’ quieren venderlo para hacer edificios, locales comerciales. ¿Qué diferencia hay con los negocios de los terrenos en Costa Salguero?”.

La psicóloga Mirta Burone trabaja en el hospital desde los neoliberales años noventa. Pone de relieve la contención que brindan a los pacientes durante la pandemia: “La sociedad mira al Borda como un lugar de encierro, un depósito de personas. Muchas veces, los pacientes son abandonados por sus familias. Con la pandemia, eso se profundizó. Tuvimos servicios aislados, se minimizaron las visitas, las salidas, los viajes recreativos, los talleres. La contención es a puro esfuerzo de los profesionales y enfermeros, que sostenemos a la comunidad. Algo que parece invisible para el afuera”.

Sin conexión a Internet, con calefacción deficiente, escaso equipamiento, magros sueldos y una Ley Nacional de Salud Mental que no despega, todo se hace cuesta arriba en la tarea de mejorar la calidad de vida de los pacientes. La vacunación para pelearle al Covid-19 también avanza a paso de tortuga para las personas internadas.

Javier es paciente del hospital hace 16 años. Vive en el pabellón Siglo XXI. Pasa la tarde sentado en un banco en el parque. Ahora come una mandarina y dice que hace un año que no pisa la calle, por miedo al virus y las limitaciones en las salidas. “Da un poco de bronca no poder ver a mi hermana, la iba a visitar los fines de semana. Ella me deja galletitas y champú en la puerta. Es lo que hay. Hablamos por teléfono, pero no es lo mismo”. Su familia, cuenta Javier y liquida el último gajo, ahora son los compañeros de pabellón, los médicos, los enfermeros: “Pasamos la pandemia tomando mate y jugando al truco. Qué le va a hacer, nos acostumbramos”.

La recorrida por el Borda termina en las ruinas del taller desmantelado en 2013. Gustavo Fernández, operador de rehabilitación y delegado de los diez talleres protegidos que siguen en pie contra viento y marea a pesar del desfinanciamiento, explica que “son dispositivos públicos de reinserción social. Apuntamos a la rehabilitación psicolaboral de los pacientes. No es solo aprender un oficio, sino incorporar saberes, desde cocina hasta herramientas tecnológicas. Vos ves cómo el paciente se entusiasma, empieza a pensar en su futuro, y en la dignidad que da un trabajo”.

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 18 de abril de 2021

El desalojo de un sueño

 Cuando vieron por primera vez aquel baldío en el suburbio del suburbio de Wilde, allá lejos en 2005, los trabajadores y las trabajadoras de la cooperativa Nueva Generación tuvieron un sueño. “Tener un espacio propio para laburar. Esto era puro yuyo, abandono, había un solo galponcito con un techo todo desmantelado. Ese fue nuestro primer taller de costura. Éramos 20 y teníamos cinco máquinas. Arrancamos de cero, aprendiendo el oficio porque no sabíamos ni poner una aguja, y acá estamos, con viento en contra por el desalojo, pero seguimos de pie y peleando”, dice Alicia Gutiérrez, miembro fundadora y actual presidenta de la cooperativa textil nacida y criada en el arrabal obrero de Avellaneda.

En el patio de la coope donde brilla el último sol de abril, Alicia habla con la sabiduría de quien ha peleado mil batallas en el campo popular. Milita en organizaciones sociales desde el '88, cuando junto a sus vecinos recuperaron en una toma las tierras del barrio Unidad y Lucha. Y después de que el neoliberalismo estallara por los aires en diciembre de 2001, puso el cuerpo y el alma en la Interbarrial de Avellaneda y en la recuperación de la fábrica Sasetru.

En 2003, Alicia y otros cinco compañeros fundaron la Nueva Generación en un cuartito del polideportivo de Unidad y Lucha, “pero necesitábamos más espacio y entonces surgió la posibilidad de comprar acá”, recuerda. Los 25 mil pesos para pagar el lote de Coronel Méndez 671 los juntaron monedita por monedita en campeonatos de fútbol y truco, en festivales solidarios y en suculentos locrazos.

La punta del ovillo de esta historia autogestiva, hace memoria Alicia, fue dura: “Durísima. Hacíamos fogatitas de leña en tachos para aguantarnos el frío”. El bautismo de hilos fueron 50 guardapolvos agarrados casi con alfileres que les compró la Provincia de Buenos Aires. Con el tiempo y los sabios consejos de muchos trabajadores del gremio, se convirtieron en maestros de la costura.

Desde entonces, no dieron puntada sin hilo. Hacen corte y confección, estampado, sublimado. Además, dan cursos de capacitación textil y en formación de cooperativas y mutuales. Cuentan con su propio local a la calle, un comedor comunitario y un jardín maternal de puertas abiertas al barrio. El esfuerzo colectivo alimenta a 84 laburantes. “No fue nada fácil. Nos inventamos nuestro trabajo, nuestro futuro. Y damos una mano a gente mayor que anda desocupada y a muchos pibes que por la crisis están sin ingresos”.

En 2011, cuando la cooperativa ya estaba funcionando a todo trapo, apareció un gris abogado en la puerta: “Nos dijo que habían comprado el espacio. Nosotros teníamos el boleto de compraventa, las facturas de Arba, pero por falta de plata nunca habíamos hecho la escritura. Nos dijeron que teníamos que irnos”, resume el drama Alicia.

Fue el comienzo de una larga deriva por laberintos judiciales, falsas promesas del arco político y una expropiación que quedó a mitad de camino en los años miserables del macrismo: “Estamos con el desalojo en puerta y no hay voluntad de renegociar. Vamos a ir a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, porque los negocios inmobiliarios no pueden primar sobre los puestos de trabajo. Pero todo lleva tiempo, y estamos con la soga al cuello.” Sobre una sinfonía afinadísima de rectas y overlocks, Alicia alza la voz y se pregunta: "¿Quién es el dueño? ¿El que con plata se lleva a todos puestos? ¿O los que construimos un espacio social, que damos contención humana y económica desde hace 16 años? Pero no estamos solos en esta lucha: estamos los laburantes, los vecinos, los movimientos sociales, los compañeros de otras recuperadas. Vamos a pelearla."

Familia costurera

Hilario tiene 63 años y las manos muy curtidas. El oficio de la costura, dice, lo aprendió de grande. A los pinchazos. Está en el proyecto autogestivo desde que se plantó la semilla. El año pasado lo tuvo bajoneado el aislamiento, no poder venir al taller, compartir la jornada con los compañeros, y ahora el anuncio del desalojo: “Es que es nuestra casa, la construimos nosotros. Y luchamos tanto tiempo. Siento que el laburante de cooperativas es como de segunda para los poderosos. Como no formamos parte del sistema, nos quieren sacar lo poco que tenemos.”

La banda de sonido que flota en el galpón mezcla cumbias de Los Palmeras con el sonido intermitente de las agujitas que suben y bajan sobre la tela. Fernanda Ledesma, concentradísima, arma los bolsillos delanteros para los pantalones. Es mamá soltera y hace cinco años que trabaja en el taller de la Nueva Generación. “Le agarré la mano al toque, y ahora es como que la costura me saca del mundo”, sonríe detrás de su barbijo de Independiente Rey de Copas. “Acá somos una familia, y que vengan de golpe y porrazo a romperla, con todo el esfuerzo que le ponemos, nos tira abajo”. ¿Lo comprenderá el juez?, se pregunta Fer.

A Nahuel y Katy los une un hilito que conecta el trabajo y también su historia de amor. Comparten casa y jornada laboral en la cooperativa. “Tenemos miedo de perder el laburo, pero no vamos a rendirnos”, dice él desde la mesa de corte, mientras ella le da duro y parejo a los pantalones en una Jack. “La coope significa laburar a full, pero tranquilo, porque acá todos te dan una mano. Y no está el ojo del patrón pisándote los talones y la cabeza”.

Fideos, cebollita, morrón y carne. Sale el guiso puntual al mediodía. Lo preparó Marta Franco, asegura, “con mucho amor”. Es para los trabajadores, pero también se suman bocas del barrio. La crisis del Covid pega fuerte en el sur del Conurbano: “No somos sólo una cooperativa textil –dice la cocinera–. Desde que llegó la pandemia, alimentamos al que no tiene para llenar la olla. Abrazamos a los vecinos y ellos nos apoyan.”

Si avanza el desalojo, más de 60 pibes se quedarán sin jardín maternal. El espacio para la infancia se llama Siete Pétalos, en homenaje a la antropóloga francesa Noemí Paymal, hoy residente en Bolivia y creadora del programa Pedagogía 3000, que busca nuevas formas de enseñanza y de erradicación de la pobreza: “La cooperativa trajo este enfoque al barrio, para los hijos e hijas de los trabajadores”, cuenta Lorena Enríquez, estimuladora temprana del jardín. Aunque le dicen “seño”, los pibes la ven más bien como una tía: “Es que somos una gran familia. ¿Sabés qué lindo es ver cómo las mamás frenan el trabajo y comparten un almuerzo con sus hijos? Eso no tiene precio.” En el colorido salón, la clase se ordena según las burbujas que impuso la pandemia. Lorena piensa el futuro en voz alta: “Hay muchos mundos acá adentro. La cooperativa está viva. Yo me siento reflejada en cada compañero que busca progresar, que sabe que es posible cambiar la realidad, que hay que romper esa visión de que los de abajo no podemos. El sueño era construir un mundo de contención para los laburantes y para el barrio. Y lo hicimos.”

¿Qué pensarán de esta historia los jueces, los políticos, los cínicos poderosos que buscan transformar este sueño colectivo hecho realidad en oscura pesadilla a secas? Quizá no lo sepan. Pero es imposible desalojar un sueño.

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá