martes, 28 de diciembre de 2021

Memorias de un fusilado que vive

 20 de diciembre de 2001. El modelo neoliberal instaurado durante el menemato explotaba en mil pedazos en toda la Argentina. Las imágenes que mostraba la televisión daban rabia, miedo, asco. En plena rebelión popular contra las políticas de hambre del gobierno de Fernando de la Rúa, la brava policía montada molía a palos a las Madres de Plaza de Mayo a pocos pasos de la Casa Rosada. Esa fue la gota de sangre que rebalsó el vaso para Martín Galli. El joven de 26 años, nacido y criado en el Oeste del Conurbano, no lo dudó. Después del mediodía tomó coraje, salió de su casa, subió al tren Sarmiento, llegó al Once y empezó a patear con dos amigos por Rivadavia. Había que recuperar la plaza. Esa tarde, la vida de Martín cambió para siempre después de que un escuadrón de Asuntos Internos le disparó sobre la Avenida 9 de Julio. Esta es su historia. Las memorias de un fusilado que vive.

Veinte años después, Galli no luce las largas rastas que movía tocando el bajo en su banda de reggae Charlan Jáparos, ya no trabaja como motoquero para una tercerizada de Edenor, ni estudia en el profesorado de Literatura del Joaquín V. González. Tiene 46 pirulos, dos hijos y una sonrisa luminosa. Se gana el mango como bibliotecario en La Boca. Sí, su gran pasión son los libros. Hablando de literatura, así comienza esta charla con Tiempo Argentino.

Escuchar a Martín hace entender cómo los libros pueden cambiar la realidad. También, salvar vidas. “Justo en los meses previos a diciembre estaba leyendo dos libros. Uno de Saramago, La historia del cerco de Lisboa. Es sobre un traductor de vida muy gris que reescribe un libro de Historia. Hace una sublevación con la palabra. El otro, también muy flashero, es Baudolino, de Umberto Eco. Una novela sobre un príncipe que hace un viaje a lo Marco Polo. Hay una frase que me quedó y creo me movió ese día: ‘Nada se comparaba con sentir en el viento el dolor de la batalla’. Algo de esas lecturas me llevaron a Plaza de Mayo”.

Galli le da un trago al café con leche como para tomar impulso y sigue: “Yo no venía de militar, ni tenía afiliación partidaria. Sí tengo una historia familiar. Mi viejo fue delegado en la época de los milicos, mi vieja era delegada docente, a mí tío lo chuparon en los ’70 y mi abuelo fue herido en el bombardeo del ’55. Algo había, lo conecté después. Lo tenía en el ADN”.

Mucho antes del estallido de diciembre, Martín ya era consciente de que la mano venía muy fulera en el Conurbano profundo. En el oeste estaba el agite piquetero contra el ajuste. Los cortes en la Ruta 3, las ollas populares para combatir la miseria en Catán y Laferrere. “El corralito sumó a la clase media a la protesta. Me acuerdo que en la caminata hasta Plaza de Mayo había señoras con las bolsas de los mandados, jubilados, oficinistas con los maletines, militantes, piqueteros. Todos mezclados.” Piquete y cacerola, la lucha era una sola.

Caídos, todos desconocidos

Gases, palos y corridas. Ese fue el dantesco escenario que encontró Galli al llegar a Congreso. “Seguimos caminando hacia Plaza de Mayo. Hacía calor, un infierno. Entramos por Diagonal Norte, pero nos frenaron de nuevo los policías. Entonces decidimos volver para el lado de la 9 de Julio. Nos sentamos en una plazoleta, cerca del Edificio Del Plata, entre Sarmiento y Perón. Eran las 7 de la tarde, estábamos en el cordón descansando cuando frenaron los canas. Ahí me hieren”.

Como en un fusilamiento, el escuadrón de policías comenzó a disparar a mansalva balas de plomo, con sus brazos apoyados en los techos de los autos. Luis Márquez, un militante peronista, cayó muerto por los disparos. A pocos pasos, le dieron a Martín en la cabeza. En un radio inferior a 100 metros, fueron asesinadas y heridas otras cuatro personas. Galli recibió un perdigón de la bala que mató a Márquez. Ingresó por el lado izquierdo de su cráneo y quedó incrustado en el derecho. “Es difícil entender que el Estado te quiera matar. Me lo pregunté tantas veces, pero no tiene una explicación racional. Cuando desperté en el hospital, me lo contaron y no lo podía creer. También surgen otras preguntas: por qué a mí, por qué justo yo, también si me expuse de más. Lo hablé mucho en terapia, convivir con esa cicatriz que siempre va a estar.”

A Galli le salvó la vida Héctor “El Toba” García, un docente militante de izquierda. Con sus manos, García lo resucitó después de dos paros cardíacos. Con su dedo, tapó el orificio de bala por donde Martín se desangraba, lo subió a un taxi y lo llevó al Argerich. “Tiempo después, El Toba, que tuvo una hermana desaparecida por los milicos, me dijo que al salvarme, sentía que la estaba salvando a ella y a los militantes de su generación.” García murió en 2014. Martín lo acompañó hasta el último día. “Era como mitad un papá y mitad un hermano. Sin su mano, no la cuento. También por el apoyo de mi expareja Liliana, mis viejos y amigos. Cuando me estaba recuperando de la herida, que me dejó secuelas en la movilidad y epilepsia crónica, El Toba me decía: ‘Dale para adelante. Para atrás, ni para tomar impulso”.

Herida abierta

Pasaron dos décadas y Martín sigue esperando un oscuro día de justicia. “Del escuadrón que nos tiró a nosotros, no hay ningún preso. Tuvimos audiencias hasta hace dos semanas. Hubo sentencias, pero hay mil instancias de apelación, un delirio”. A veces siente que el Estado le sigue disparando: “Cuando declaré en 2016, los abogados de los canas me hostigaban. Los que te meten plomo, te meten en un lugar de mierda de nuevo. Encima tenés que escuchar cómo el proceso afectó la vida de Mathov y de Santos, que tienen presión alta, que dejaron de trabajar, que están deprimidos. Como si ellos fueran las víctimas. Es una herida que no cierra nunca.”

Cuando le pregunto si valió la pena poner el cuerpo aquel tórrido 20 de diciembre, Martín piensa un rato: “Muchas veces siento que no sirvió para nada, soy bastante escéptico. Sin embargo, creo que los políticos quedaron con miedo después del 2001. Ninguno se animó a un ajuste tan grande. Ni Macri se animó. Creo que esa es una enseñanza. La gente sale a la calle a pelear”.

Antes de despedirse, Galli vuelve a su pasión, la literatura. Dice que si un pibe en la biblioteca le pide algo sobre el 2001, seguro le recomienda El grito, un libro de la escritora Florencia Abbate, con historias atravesadas por el estallido. “Y que lean a Eco y a Saramago. Ya te dije, esos dos libros me cambiaron la vida”.

Publicada en Tiempo Argentino, por acá

Carta a un viejo indecente

 Querido Bukowski:

¿Cómo anda? Espero que bien. Seguro que durmiendo el sueño eterno en algún cementerio de esa cloaca mal maquillada que llaman Los Ángeles. ¿O estará en un infierno encantador? Qué importa, si la vida ya es un infierno. Usted lo sabe bien. Qué le tengo que andar explicando. Siempre contó que desde muy pendejo aprendió que el amor y el afecto siempre brillan por su ausencia en este mundo miserable.

Pero basta de divagues, voy al grano. Acabo de terminar de leer su último libro. Se llama La enfermedad de escribir. Título picante. No esperaba menos de usted. Le cuento que fue publicado en español por la editorial Anagrama. Sí, lamentablemente, conserva algunos términos demasiados gallegos que abaten la lectura. Pero no es para tanto: por lo menos, ya no imprimen el “polla” o “nevera” en todas las páginas. De última, los lectores somos pobres seres humanos que nos adaptamos a todo. ¿Qué otra cosa nos queda?

¿En qué estábamos? Ah, sus cartas. ¡Qué cartas! No es fácil distinguir si son poemas, novelas breves, relatos largos. De lo que no hay dudas, es de que son arte. ¿Y qué es el arte de la escritura? Usted lo define muy bien en una carta breve que le mandó el 13 de septiembre de 1990 a Henry Hughes, editor de la revista Sycamore Review: “Más de una vez he dicho que escribir es una enfermedad. Me alegro de haberme contagiado. Cada vez que entro en este estudio y miro la máquina de escribir siento que algo en alguna parte, unos dioses extraños o algo innombrable, me han conferido un don maravilloso que perdura y perdura. Oh, sí”.

Le cuento que el trabajo sucio de leer, copiar, editar, elegir fragmentos y dibujos que engordan su libro lo hizo un tal Abel Debritto. Sí, es un intelectual, esa casta que usted tanto desprecia, incluso más que a los beatniks. Y no hay que quitarle méritos al tal Debritto. El hombre repasó más de 2.000 páginas de su correspondencia inédita. La primera está fechada en 1945. No sé si la recuerda. Usted era un cachorro muerto de hambre y rabioso. Le mangueó trabajo a Hallie Burnett, editora de la revista Story. No tuvo suerte. Entonces, siguió caminando como un lobo solitario por la larga senda del perdedor. La última está fechada el 1 de febrero 1993, pocos meses antes de su muerte. Está dirigida a Joseph Parisi, editor de la prestigiosa revista Poetry, el Olimpo de los poetas. Después de cuatro décadas, se dignaron a publicarle tres poemas. Ese día, tocó el cielo con las manos: “Recuerdo que de joven leía Poetry: A Magazine of Verse en la biblioteca pública de Los Ángeles. Ahora, por fin, ya soy uno de los vuestros”.

Téngame paciencia, no todos los días se le escribe una carta al maldito Bukowski. ¿En qué andábamos? Ah, le quería contar que disfruté mucho sus diatribas filosas sobre las obras de algunos colegas. A veces, golpes certeros dignos de Alí. Aunque hay que reconocer que usted también lanza misiles de destrucción masiva. No se andaba con chiquitas, Hank. En varias cartas, atiende a Ginsberg, Faulkner, Shakespeare y Henry Miller (ese de “los parloteos a lo Star Trek”). Aunque en el fondo, algo de cariño le tenía al viejo Henry. También le da duro y parejo a los biempensantes, policías de la moral y el lenguaje. Cuando retiraron su libro Erecciones, eyaculaciones y exhibiciones de una biblioteca de los Países Bajos, escribió estas líneas: “La censura es la herramienta que emplean quienes necesitan ocultar la verdad. Son incapaces de plantarle cara a la realidad y ni siquiera me cabreo con ellos, sino que me dan una pena tremenda. Los educaron para protegerse de todo cuanto ocurre en la vida. Les enseñaron a mirar en una sola dirección cuando existen cientos de direcciones”.

Del otro lado de la moneda, usted no ahorra elogios para con Dostoievski, Céline, el primer Hemingway, varios editores y su amado Fante. ¿Se acuerda de la carta que le mandó en diciembre del 79? ”La botella de vino está abierta y la radio encendida y voy a poner papel en la máquina de escribir y, gracias a ti, las palabras llegarán de nuevo. Llegarán gracias a Céline y Dos, y Hamsun, pero sobre todo gracias a ti”.

De alguna manera, más allá del valor literario, siento que su libro es también un manual de supervivencia. ¿Cuántas veces escribir nos salvó la vida? En una carta de 1991 dirigida a John Martin, su editor, lo deja clarito: “Te lo habré contado miles de veces, pero nunca olvidaré lo que me pasó en Atlanta, cuando moría de hambre y, como poseído, escribía con la punta de un lápiz en los bordes blancos de los periódicos que los caseros habían puesto en el suelo de tierra a modo de alfombra. ¿Loco de atar? Sí, pero era una locura de la buena. No lo olvidaré jamás. Fue el mejor curso de Literatura imaginable. Pienso atravesar como un rayo el cielo todo. Porque sí”.

Hasta acá llega esta carta, Bukowski. En Buenos Aires, arrancó el verano, hace un calor insufrible y en la heladera ya no quedan cervezas. Sabrá entender que debo ir al chino a aprovisionarme unas latas. Así, están las cosas esta tarde. Los pájaros cantan en Barracas. Sólo nos queda beber hasta la Navidad. Y después, también.

NGR

23 de diciembre de 2021

Publicada en Tiempo Argentino, por acá

La pesadilla del american dream en tiempos de la peste

 El metro de la línea E avanza a los tirones por el túnel que cruza el siempre caudaloso East River. Destino final, el suburbio del suburbio de Queens, el más grande de los cinco boroughs que engordan a la ciudad de Nueva York. Para muchos, junto al Bronx, su patio trasero.

El vagón muestra un vacío ejemplar en el mediodía helado del martes. “Fueron demasiados los que perdieron el trabajo por la pandemia. Es que, en el fondo no volvió la normalidad, por eso ve tan pocos pasajeros”, explica Miguel, un jubilado que me acompaña en la travesía subterránea. Miguel cuenta que ya pasó los 70 pirulos. Tiene varias arrugas tatuadas en la frente, techadas por un gorrito azulado de los Mets, el equipo de beisbol de su barrio. Vive hace 60 años en la Gran Manzana. Llegó desde su natal San Juan, la capital de Puerto Rico. Se rompió el lomo durante décadas en una fábrica de autopartes. “Ya estoy retirado y no sueño en grande. Pero tengo un ángel que me protege –reza antes de bajar -. Mi mamá me dijo que cuando nací, sonaron las campanas de la iglesia en San Juan. Que Dios lo bendiga.” Al despedirse, Miguel se persigna en el desierto andén.

Un par de paradas más y el subte llega al multicultural Jackson Heights. Es uno de los barrios más diversos de Nueva York, uno de los barrios más diversos del planeta. El bar de La Guerra de las Galaxias a cielo abierto. Calles y más calles pobladas por decenas de colectividades. Llegaron de Asia, África, Sudamérica y mucho más allá. La mitad de su población de más de 150 mil habitantes nació fuera de las rígidas fronteras estadounidenses. Caminar por la calle 74, donde hicieron patria los migrantes de la India, es un viaje de ida a Nueva Delhi. En la 73 se amucha la colorida colectividad bengalí y sus marineros. Sobre la 77 ranchean los hermanos colombianos con sus arepas y mil y un manjares más. Babilonia en gringolandia.

Con una finita nevisca y el puente del metro en las alturas como telón de fondo, en el cruce de la Avenida Roosevelt y la calle 75 me levanta el sacerdote argentino Fabián Arias. Es nacido y criado en Luján, se ganó la moneda durante décadas como docente y catequista. Hace casi 20 años hizo nido en el Norte. Cuenta que se ordenó en una iglesia luterana que está en la zona de Times Square, en el glamoroso Midtown de Manhattan. “Venía de una formación católica muy ortodoxa y acá descubrí otro mundo. Mujeres dando misa, parejas gays en las celebraciones, sacerdotes casados, mucha gente del ambiente de los teatros de Broadway. Una comunidad amorosa, integrada, servicial. Ahí encontré mi lugar”, relata Arias mientras maneja su camioneta por Queens. Vamos rumbo a Corona, un vecindario dominado por migrantes latinos que llegaron a Estados Unidos para hacer realidad el american dream. Aunque para muchos, por la pandemia y las políticas migratorias, el sueño húmedo de progreso se transformó en pesadilla a secas.

Migrar o morir

Huir de la violencia, del narco, de las maras, de la miseria extrema. Huir de la muerte. Dejar atrás la patria, los amigos y la familia para sobrevivir. “Ya no se puede hablar sólo de american dream, eso era en los ’70. No es sólo venir para hacer plata o tener mejor calidad de vida. El que viene de Centroamérica o de México lo hace porque está escapando de la muerte, la pobreza, la falta de trabajo. Quiere seguir con vida”, reflexiona Arias al llegar a Corona.

El padre estaciona la chata sobre la avenida 34, la arteria que cruza filosa la barriada. En el cruce con el Boulevard Junction, emponchados hasta el alma, lo esperan decenas de migrantes. Se acercaron para retirar bolsones de comida. La imagen es digna de la gran depresión. Una postal poco conocida, poco turística, poco digna. El gran imperio norteamericano desnudo.

Las necesidades, dice Arias, son muchas. “Cuando empezó la pandemia, los primeros afectados fueron los migrantes. Al no tener papeles, tienen que trabajar en la construcción, en los restaurantes, en limpieza. Ahí es ‘día trabajado, día pagado’. Se quedaron sin trabajo cuando se cerró la ciudad. Desde el año pasado estamos dando una mano con comida sana y nutritiva. Son miles los que se acercan en Queens, Bronx y Alto Manhattan.”

¿Y la contención estatal? “Hay que decir las cosas como son. Hay una contención del Estado que funciona -sincera Arias-. Pero en la época de Trump se quisieron cortar estos programas de asistencia y ahora con Biden se siguen discutiendo en el Parlamento. Hay muchos demócratas vestidos de republicanos”.

El religioso se pone manos a la obra con sus compañeros. La faena de llenar los bolsones con las preciadas papas, lechugas, sopas en lata, fideos, legumbres, sardinas. Deja una reflexión postrera: “Biden, Obama, Bush, Trump, todos son más o menos lo mismo. Unos con discursos más académicos, otros más brutos. En el fondo, las políticas y las estructuras no cambian. Menos sobre los migrantes, que son tratados como criminales y punto. Va a seguir siendo así, esté quién esté en el poder.”

La fila del hambre

En Queens hace un frío siberiano. La fila para retirar alimentos es una serpiente emplumada de más de 200 metros. Lilia Moreira es una de las tantas mujeres que aguarda con parsimonia a que comience la entrega. La señora de 56 años llegó a las 10 de la mañana con su carrito. A las 3 de la tarde, sentada en el cordón, la ecuatoriana dice que está curtida en el arte de la espera. Hace 26 años, cuando se vino desde Cuenca, espera a que el Estado le entregue sus papeles migratorios en regla. Religiosamente, aclara, todos los martes retira su bolsón: “Trabajé once años en costura, pura maquila, pero enfermé y no más. Mi marido es mecánico, no alcanza. Agradezco esta comida. En pandemia hubo hambre”. La inflación fue otro mazazo que recibieron los flacos bolsillos: 6,6% interanual. La más alta en 39 años. Con las donaciones, sueña Lilia, para la cena va a preparar una generosa sopa de arroz con habichuelas.

Cerquita espera Bernardo Arellano, mexicano llegado hace dos meses desde Puebla. El joven de veintipocos dejó atrás al desempleo, se endeudó por 10 mil dólares con un coyote y cruzó ilegal la frontera por Texas. Dos semanas de terror on the road hasta Queens. “Todavía no tengo trabajo y esta ayuda es fundamental. Ya va a salir algo”, se ilusiona el morocho. Suenan rancheras de fondo y Bernardo dice que extraña horrores a su mujer Cristina y a su hija Emily: “Pero no pueden venir, la frontera es peligrosa”.

Miguel Hernández también es mexicano, de Oaxaca. Igual que su paisano, allá lejos en el ’94, padeció una odisea para atravesar el río Bravo. Tampoco tiene papeles: “Estoy cerca, fifty y fifty. Trabajo como mesero, pocos clientes, seguimos en pandemia”. Lo acompaña su hijo Sebastián, de ocho años, que corretea por ahí: “Biden nos sigue viendo como criminales, pero no lo dice. Trump lo decía sin pudor.”

Don William Ventura pronto va a cumplir 60 años. El dominicano es experto en aguantar el frío neoyorquino. Serán los 48 años que lleva en las islas. Se gana el salario del miedo limpiando vidrios de los rascacielos. “Yes, sir, vine por el american dream. Construcción, supermercado, limpieza, de todo hice. Me alcanza justo para pagar la renta.” Cree que Biden es mejor que el blondo Trump: “Ese tenía two faces, decía una cosa y hacía otra”.

A las 4 de la tarde, antes de que caiga temprano y pesado el manto de la noche, los vecinos empiezan a llenar sus carritos con el morfi. La ecuatoriana María Morales no puede esconder su alegría atrás de la campera, el grueso pulóver y la bufanda. “Estoy muy agradecida con la iglesia y la comunidad. El Estado podría ayudarnos más”, dice la señora. Después encara derechito el boulevard. Un gorrito de lana abriga su cabeza. Lleva zurcida una frase desteñida, algo pasada de moda, melancólica: “I Love NY”.

Publicado en Tiempo Argentino, por acá

miércoles, 8 de diciembre de 2021

El dealer, la bailarina y alguien que pasaba por ahí

“Amaneció con una resaca infernal, tres fajos de diez mil dólares y la nariz llena de cocaína. Lo despertó su propio estornudo y un objeto duro que se le clavaba en las costillas. Quiso buscar su celular y no pudo encontrarlo. Siempre lo dejaba en el mismo lugar, pero el que había cambiado era él, que se había desmayado en el piso. Al menos era su casa, o eso creía, la borrachera le impedía pensar con claridad”. Desde sus primeras líneas, la primera novela de Nicolás Eisler es generosa, picante, adictiva. Distante de cualquier tono oscuro de los policiales negros clásicos. El dealer, la bailarina y alguien que pasaba por ahí es más bien un policial blanco… y radiante, como la ‘fafafa’ que se toma en los boliches de la Ciudad de Buenos Aires.

Roto, bañado en whiscola y con demasiadas preguntas, así amanece Renán en su morada, un monoambiente cool y desordenado del Abasto. ¿De dónde mierda salió la guita? ¿Qué hizo la noche anterior? ¿La puso? Como cualquier millennial, Renán, flor de ‘logi’, busca las respuestas en un teléfono, que ni siquiera es el suyo. ¡Sorpresa! Tiene 23 llamadas perdidas desde su iPhone. Por un momento, se imagina en una de esas películas de Liam Neeson. Mafiosos rusos, muertes, dólares y mucha falopa. Algo de eso hay. Antes de hacer la primera llamada, la que dispara esta historia, en el fondo Renán sabe que no es Liam Neeson. Es, más bien, un flor de perejil.

Como advierte desde su título, la delgada pero potente nouvelle de Eisler, periodista de filosa pluma, es jalada por un tridente de historias que estallan, restallan, explotan en la pompa y circunstancia de la noche porteña. Ménage à trois. A la deriva nocturna del joven Renán se prenden la sensual Kristina, bailarina muñequita rusa del cuerpo estable del Club 69; y Alfredo Gutiérrez Luro Pueyrredón, dandy monarca dealer destronado, que supo reinar en mil y un boliches durante los años duros del menemato. 

Palo y pala. Palermo Hollywood y la 1-11-14. Bratvá y narcos peruanos. Corralito y jet set noventoso. Éxtasis y porro. Un thriller alla argento, con dosis desparejas de hilarante humor y realismo un poco sucio. Vivir afuera de Fogwill y Chau, papá de Juan Damonte, sus padres putativos. También, pseudoensayo sociológico y cartografía bolichera de la Capital Federal en los 2000 y flahsbacks a los noventa: desde Niceto hasta New York City, sin olvidar El Cielo cheto de la Costanera, Coyote y algún antro del Once en donde se festeja cada tiro como un gol de Teófilo Cubillas. Ruido blanco.

Nunca se sabe, quizá alguna vez vuelva a nevar en Buenos Aires.

Publicada en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 5 de diciembre de 2021

Viernes negro en Manhattan

 No estás tan radiante, Nueva York.

Con las heridas todavía abiertas que te dejó la pandemia, más bien lucís oscura, fría, melancólica. Siempre bella. Digna de un Viernes Negro.

En el Midtown, el viento frío que viene del río Hudson te puede cortar la cara como si fuera una navaja. Camino por la calle 34, frígido corazón comercial de la Gran Manzana. Postal plástica navideña que seguro conocen de alguna película pochoclera de Hollywood. Corre un tornillo bárbaro, sin embargo el delirante carnaval consumista del Black Friday calienta a miles de clientes en la helada tarde.

Las filas frente a los supermercados y las tiendas departamentales parecen serpientes emplumadas. Las familias reptan hacia los nidos comerciales. Adentro se viven orgasmos del derroche y la compra-venta desenfrenada. Manhattan lo sabe. Esa “gran puta de Babilonia y madre de todos los engendros” –como la llamaba Joseph Mitchell, el cronista máximo de esta ciudad de la furia– abre sus fauces para devorar billeteras y tarjetas de crédito hasta el último morlaco. El gran banquete del capitalismo está servido.

No todos están invitados.

Desocupados, homeless, indigentes, precarizados, yonquis… Cientos de miles de nuevos pobres cosechó Estados Unidos en estos dos pestilentes años. “Viene de antes de la pandemia, my friend. New York siempre tuvo luces y sombras”, me explica José, un cubano exiliado que labura en la zona de Times Square. Vino a hacer realidad el húmedo american dream hace diez años. Se gana la moneda en una pesadilla a secas enfundado en un traje de Batman. Un auténtico caballero de la noche más oscura del gran país del norte.

¿Dónde hay un mango, viejo Biden? Repiten los norteamericanos mientras se endeudan y gastan a mansalva. Encima, hay que sumar la inflación, la más alta en el país en los últimos 30 años. Aún no hay guarismos claros del viernes oscuro de este 2021, pero seguro serán mejores con la vuelta de la compra física.

María se gana el salario del miedo en un supermercado Target en la Hell’s Kitchen. Es repositora y vive en el Bronx. Le pregunto si tiene temor de contagiarse el virus por el malón de clientes. La piba mastica bronca atrás del barbijo y dice que no le queda otra: el sueldo le alcanza raspando para pagar la renta.   

Hace unos días, la Federación Nacional de Minoristas (NRF, por sus siglas en inglés) estimó que alrededor de 158,3 millones de personas iban a sacarle lustre a la tarjeta de crédito. Casi 2 millones más que en 2020, cuando las ventas se fueron a pique por la peste. Algo es algo. Lo que seguro romperá records otra vez es la venta de armas. Después vienen las masacres en escuelas y centros comerciales. Rojo y negro pinta el futuro. Con carpa, Dani vende porros sobre la Avenida 8. Se la rebusca con la droga blanda. Nueva York legalizó el consumo recreativo en abril pasado. No así la venta del verdoso insumo. Falta apenas su reglamentación. El morocho comerciante dice que viene duro el Viernes Negro. Fumando un generoso joint espera a sus clientes. Añora, más bien, un viernes color dólar. Verde que te quiero verde.

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

jueves, 25 de noviembre de 2021

Matar por matar

 “La policía mata por matar”. El verso del antipoeta chileno Nicanor Parra está tatuado en una pared cerca de la Villa 21-24, encajada en la triple frontera que hermana a Barracas, Parque Patricios y Nueva Pompeya. “Nos matan porque somos morochos, porque usamos gorrita, porque no les gusta nuestra cara, porque somos villeros. No tenemos derecho a vivir en paz”, dice Roque, nacido y criado en el estigmatizado barrio del sur porteño.

Es viernes. Aunque la tarde agobia, Roque espera con parsimonia en el cruce de Avenida Iriarte y Luna a que comience la misa en homenaje a Lucas González, el joven asesinado por la Policía de la Ciudad. El barrio está acostumbrado a esperar. Y a acompañarse. “Vengo a apoyar a los familiares –dice el flaco, dejando ver la bronca en su rostro–, se dijeron muchas mentiras. Que fue una persecución, que estaban armados… Yo estaba descargando mercadería en el comedor donde doy una mano, escuché los tiros y fui a ver qué pasaba. El pibe vino a jugar al fútbol y lo mataron como a un perro. Mirá si no vamos a tener miedo en el barrio. Acá, la yuta no te cuida.”

Cinco años hace que la Policía de la Ciudad patrulla los barrios porteños. En ese lustro, sumó 121 asesinatos en casos de gatillo fácil. Así lo relevó la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI). Previo a la misa, el cura  villero Lorenzo “Toto” de Vedia resalta a Tiempo que la violencia estatal es un rosario de penurias hace añares en las barriadas: “Con el asesinato de Lucas decimos ‘otra vez sopa’. Otra vez se denigra la vida, otra vez y sin ninguna explicación posible. Un pibe que viene desde Florencio Varela a probarse a un club se cruza con estos energúmenos y le quitan la vida. La portación de rostro, la discriminación y los prejuicios nos muestran su peor cara: la policía sin ley.”

Hace 20 años que Toto predica en la 21-24. Bajo un cielo tramado por una nervadura de cables tendidos a la marchanta, prepara el parlante para oficiar la ceremonia: “La policía no termina de entender que tiene que cuidar a la gente, estimular a los pibes que están en el buen camino. Con todo lo dificultoso que es salir adelante en este contexto miserable que trajo la pandemia”.

Toto acomoda a la Virgen de Caacupé en el improvisado altar, y denuncia que los slogan electorales punitivistas no son gratuitos. Causa y efecto. “Mucho se habló de mano dura en las últimas semanas. Estos policías encuentran aval para su accionar en esas expresiones. Es un paraguas que tienen. Los medios hegemónicos y muchos políticos los alimentan. Ese discurso de odio también mató a Lucas”.

Lautaro Eviner tiene 29 años y milita en el Nuevo Espacio Participativo (NEP), con trabajo político y social en la barriada. Hace dos semanas sufrió en carne propia a la policía porteña: “Me cruzó un auto de civil, con efectivos sin uniforme. Se mueven como parapoliciales. La misma metodología de los que mataron a Lucas, por portación de botines. Las pibas y pibes lo vivimos día a día. Hace años mataron al paraguayito Toledo con gatillo fácil, ahora a Lucas, cualquiera puede ser el próximo”. Dice que hay miedo, asco y bronca entre los vecinos: “La marcha del jueves a la comisaría lo sacó a la luz pública. Mucha gente vino. Fue fuerte ver a la familia y a los pibes de Barracas Central, todos abrazados pidiendo justicia”. En una de las paredes de la comisaría, los vecinos dejaron un mensaje: “¡Gorra basura!”. Para Eviner, los impulsores de la mano dura son tan responsables como los tres efectivos acusados del crimen: “Con sus teorías de ‘primero tirar’, de ‘un chorro menos’, ahora se ven los resultados. En el barrio hay carteles que puso el gobierno de la Ciudad que hablan de profesionalización de las fuerzas, de inversión en Seguridad. Puro chamuyo, nos matan por ser villeros. Así es la vida en la zona sur.”

“Ni una bala más. Ni un pibe menos”, dice la cartulina que muestra Patricia a los móviles de TV durante la misa. Se gana el pan como docente en el barrio: “Vine como mamá. Hoy fue Lucas, mañana pueden ser mis hijos. Es indignante, porque la vida de los pibes humildes no vale nada”. Antes de despedirse, le deja un mensaje al jefe de gobierno: “Larreta, acuérdese de los vecinos de la zona sur. Póngase de una buena vez en el lugar del otro, del que tiene necesidades. Somos de segunda, las balas no son una política inclusiva”.

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

jueves, 18 de noviembre de 2021

Miedo y fiebre amarilla en el Luna Park

 La fiebre amarilla levanta temperatura en el Luna Park. Ese es el color que tiñe “El palacio de los deportes” en la noche del domingo electoral. El estadio ubicado en el cruce de la avenida Corrientes y Bouchard es el búnker libertario. La nueva extrema derecha argentina se amucha en la alianza La Libertad Avanza, que comanda el liberal economista ortodoxo y verborrágico mediático heterodoxo Javier Milei. Las huestes anarcocapitalistas agitan banderas amarillas y negras que llevan impresas una serpiente cascabel y la consigna “Dont tread on me” (no pases sobre mí): la bandera de Gadsden, ícono del libertarismo estadounidense. “Nueve mil personas y 27% de votos, eso es lo que espero para el cierre del día”, se ilusiona Fabián, un joven que luce una careta de Anonymous, cerca de un acceso. “No tengas dudas, con Milei en el Congreso, la casta política empieza a temblar. Vamos a limpiar el sistema”. En su cabeza semirrapada, el joven lleva tatuada la palabra “Disciplina”. Da miedo.

En el nido libertario celebran la llegada de los primeros guarismos: 17 puntos, casi 300 mil votos. Se consolidan como tercera  fuerza en la derechosa Ciudad de Buenos Aires. Todo indica que tendrán dos diputados por la ciudad en el Congreso. Y otros tres de su gemela bonaerense. Elección histórica para el liberalismo rancio maquillado de moderna celebridad. “¡La casta tiene miedo! ¡Los zurdos tienen miedo!”, aúllan los libertarios en la noche más oscura del Luna, mientras muestran a las cámaras sus banderitas argentinas y otras que dicen “Vida y propiedad privada” y “Milei presidente”. De verdad dan mucho miedo.

Stefan es un joven estudiante que llegó hasta la catedral nacional del box desde Olivos. Lleva sobre sus hombros otra bandera, la confederada esclavista. “Eran liberales, como nosotros”, dispara sin siquiera sonrojarse. Después reflexiona sobre las propuestas de “Derechos Humanos” que impulsa el espacio mileisiano: “Hay que contar la historia completa de los años setenta. El gobierno está repleto de terroristas. Hubo muchas injusticias con los militares”. Victoria Eugenia Villarruel, abogada y presidenta del Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas (Celtyv), segunda en la lista liberal, es la impulsora de los principios negacionistas en el espacio liberal. Con los resultados, será diputada nacional. El miedo avanza.

Abru se autopercibe libertaria. La joven lleva puesta en su cabeza una gorrita con el slogan trumpista “Make America Great Again”. Dice que detesta a la izquierda por destruir la “economía nacional”. ¿La salida? No lo duda: “Milei o Ezeiza”. También confiesa, al despedirse, que no tiene miedo a volar.

En el estadio hay referentes de la vieja Ucedé, negacionistas, youtubers, cosplayers y vaya uno a saber qué otro ejemplar neoliberal. Por los parlantes del escenario suena, oportuno, un clásico de Guns N’ Roses: “Bienvenidos a la jungla”. En los camarines, “León” Milei prepara su entrada triunfal al escenario. Tan acostumbrado a los estudios televisivos, no tiene miedo escénico.

Luis Padrón es militante liberal y asesor de imagen del economista de raro peinado nuevo. Padrón se gana la vida como “modelo de cirugías plásticas”. “Javier tiene muchos seguidores en las redes. Los liberales ganamos siempre en internet”, reflexiona el blondo muchacho. ¿Un país para vivir? Obvio, elige Estados Unidos, el país de la libertad. “Javier va a casar a la Argentina adelante, no le tenemos miedo a la casta”, cierra.

Cerca de las 22:30, el líder liberal toma el escenario del Luna por asalto. Sus groupies deliran y el economista ofrece su mejor perfil, por supuesto el derecho, a la hora de ser retratado por los fotorreporteros. Suena el “Panic Show” de La Renga y uno siente en el cuerpo cómo el miedo puede transformarse en pánico. Caricaturesco, como siempre, Milei despotrica contra los zurdos, la casta y vaya uno a saber qué demonio más. Milei ruje: “Este es el primer paso para la reconstrucción argentina, no nos metemos acá por carguitos, vinimos a transformar el país, por eso les dije que no venía a guiar corderos, les dije que venía a despertar leones”. Después, deja un mensaje de concordia: “Le decimos al tirano del presidente que nosotros no nos sentamos a negociar”. Entonces, la fiebre amarilla sube de nuevo en el Luna. “Se siente, se siente, Milei presidente”, deliran los liberales. Un futuro que da miedo.

Publicada en Tiempo Argentino, por acá

viernes, 12 de noviembre de 2021

Las venas siguen abiertas en América Latina

 Siguen sangrando. A 50 años de su publicación, Las venas abiertas de América Latina, obra cumbre de Eduardo Galeano, está más vigente que nunca. ¿Qué diría el escritor uruguayo si escribiera hoy su libro? Esa es la pregunta que dispara otro libro, del periodista y académico británico Andy Robinson, recientemente publicado por la editorial española Arpa. La respuesta del inglés después de recorrer de punta a punta el continente parece obvia, pero no tanto: aún están abiertas. El fantasma de una realidad sangrienta de extracción y negociados non sanctos con los recursos naturales recorre nuestros países sin cesar.


Oro, petróleo y aguacates es el título de la obra de Robinson. Pero se queda corto por espacio en la portada. Suma en las páginas también el hierro, los diamantes, el litio, la papa, la soja, el cobre, la quinoa y el preciado niobio amazónico. En su libro, el periodista de La Vanguardia y licenciado por la London School of Economics compila mil y una crónicas sobre las arterias del extractivismo exacerbado en América. Y no lo hace desde el Viejo Mundo. Robinson recorre Potosí, Minas Gerais, Uyuni, Puno, Zacatecas y mucho más allá. Algunos destinos que trajinó Galeano hace medio siglo para escribir la biblia de una generación de dirigentes y políticos que alcanzó el poder a principios de siglo: Evo, Lula, Dilma, Correa, Chávez y siguen las firmas. En sus ensayos, Robinson narra las contradicciones y los sueños devenidos en pesadilla de las apuestas económicas de los gobiernos de la nueva izquierda latinoamericana. También da cuenta de los golpes de Estado, los lobbies, el renacer de la derecha vetusta y sanguinaria. Y sobre todo las resistencias de los pueblos originarios y las organizaciones de base.

“En cada capítulo, reflexiono sobre la utilización final de las materias primas en un mundo de consumo ostentoso, extrema desigualdad y recursos menguantes”, explica Robinson. Crónicas ejemplares para repensar cómo el saqueo se repite como tragedia en el siglo XXI. Más de cinco siglos igual.

Reseña publicada en Tiempo Argentino, por acá

Una de terror en el Tigre

 Delta del Paraná. Así es citado en la cartografía oficial. Pero sus habitantes le dicen, de forma más llana, la isla. Así a secas, entre tanta agua cenagosa.  Exuberante “masa de verdura” que Sarmiento exploró en el siglo XIX. Región nacida salvaje, inocente, feroz, insubordinada. Remanso de disidencias, refugio de desertores del sistema y de malandras, aún engañoso paraíso de weekend a pocos minutos del continente. En el fondo, barroso territorio repleto de misterios.

No es casual que el escritor y periodista Osvaldo Baigorria haya elegido este paisaje de riachos, arroyos, ciénagas y juncales para ambientar su nuevo libro, novela de género que en realidad atraviesa varios. Es, más bien, una obra transgénero: misterio, suspenso, terror isleño y mucho más. Se titula El ladrido del tigre y acaba de ser publicada por la activa editorial Blatt & Ríos.

A la extraña desaparición de siete perros le sigue la desaparición de una mujer y otros personajes más. Hay cadáveres en el Delta. Aparecen cuerpos humanos en los arroyos y sus brazos. Salen a flote huesos inmaculados, obra de los hambrientos cardúmenes que devoran la carne. El narrador arriesga: “Sin tumbas a la vista, había lugares en los que parecía que uno cruzara un cementerio sin tumbas, en donde se oían ruidos desconocidos y se temblaba sin saber por qué, como escribió Guy Maupassant: las tumbas estaban ahí, pero en movimiento”. Un camposanto de raíces flotantes y sedimentos que no tiene límites. Ese es el combustible que alimenta El ladrido del tigre. La pesquisa para desentrañar la historia del descuartizador de Pavo Fiambre, el arroyo que corta la isla casi por la mitad: “Quizá no quería creerlo. Quizá me resultaba insoportable la sospecha de que me había mudado a un lugar siniestro.”

La novela de Baigorria dialoga con otros de sus libros “isleños”, como la alucinante biografía Sobre Sánchez y la antología de no ficción Estrés de pez. Más allá de sus dosis desparejas de misterio barroso, El ladrido del tigre pinta un fresco apasionante del Delta: catálogo de historias de amor, locura y muerte. Quizá, también, sea una etnografía novelada, salvaje, delirante. Por qué no, un manual para sobrevivir a las islas, a sus paisanos y a la peste del coronavirus. “Yo aprendí a ser más cauto, desconfiado –escribe Baigorria-, en la isla”.

Reseña publicada en Tiempo Argentino, por acá

Cincuenta años de Miedo y asco

 Entre el miedo, el asco, el pánico y la locura. Así terminaba el húmedo sueño americano a principios de los años setenta. Estados Unidos era más bien una pesadilla a secas: consumismo extremo, nacionalismo, Guerra de Vietnam, represión, fin de la utopía contracultural y mil y una tormentas más flotaban pesadas en los aires arriba del río Bravo. En 1971, el joven periodista Hunter S. Thompson se fue a la decadente Las Vegas para narrar la decadencia del imperio. En su deriva por la ciudad de los casinos escribió una crónica delirante, cáustica y ejemplar sobre el lado oscuro del gran país del norte. Fue publicada el 11 de noviembre de 1971 en la revista Rolling Stone, acompañada de las alucinantes ilustraciones de Ralph Steadman. Ese día nació el periodismo gonzo. También murió el american dream.  

Un adictivo ponche de ácido lisérgico. Así podría definirse el largo artículo de Thompson, que luego fue libro. Pero en el fondo sería caer en reduccionismos. Es, más bien, un fresco alucinógeno que reflexiona sobre la filosofía chatarra, el idealismo reaccionario y el nacionalismo ingenuo estadounidense. Una nación que se había convertido en una auténtica cloaca repleta de mierda a punto de rebalsar.

Una sinopsis acelerada de este clásico de clásicos de la no ficción novelada –adaptado al cine en 1998 por Terry Gilliam- puede ponernos en clima. El periodista Raoul Duke (alter ego de Thompson) y su abogado samoano Dr. Gonzo (alias del activista chicano Oscar Zeta Acosta) recorren La Vegas -ícono decadente del imperio- en una tórrida deriva para, en principio, narrar la carrera de motocross Mint 400 para la revista Sports Illustrated; sin embargo pierden la brújula y comienzan una travesía frenética alimentada a base de todo tipo de drogas, fraudes y caos. Incluso asisten a la Conferencia del Fiscal del Distrito sobre Narcóticos y Drogas Peligrosas: “Si los cerdos se reunían en Las Vegas para una Conferencia sobre Drogas de alto nivel, sentíamos que la cultura de la droga debía estar representada”. Publicado en plena era de Nixon, el texto de Thompson fue una declaración política poco sutil. Escupía contra el gobierno, las instituciones, el consumo exacerbado, la cultura bien pensante y la moral capitalista. Temas que, vistos desde el presente, sin duda no han pasado de moda.

Poco tiempo después de su aparición en la Rolling Stone en dos entregas, y de una reescritura frenética y detallista, fue publicado como libro. El “mejor de la década de la droga” dijo The New York Times. Si hay que elegir un solo párrafo, no se duda: el monólogo de la ola, que describe con melancolía el frustrado verano del amor y las contraculturas de los años sesenta. “Lo mejor que escribí en mi vida”, dijo Thompson pocos años antes de volarse la cabeza en 2005, en un adiós certero a 67 años de excesos, dandismo, freak power, estafas y periodismo. Los dos últimos conceptos no son sinónimos. Disfruten este momento épico del periodismo gonzo: “No tiene sentido pelear ni de nuestro lado ni del de ellos. Teníamos todo el impulso; navegábamos en la cresta de una inmensa y bellísima ola. Y ahora, menos de cinco años después, podías ir hasta la cumbre de alguna colina en Las Vegas y mirar al Oeste, y, con la mirada apropiada, casi podías ver el lugar donde al final la ola rompió contra la tierra y comenzó a retroceder”.

Publicada en Tiempo Argentino, por acá

martes, 2 de noviembre de 2021

Navegar es preciso

 Contra viento y marea. Así han peleado durante décadas los trabajadores del Astillero Río Santiago. “Mirá que han tratado de hundirnos: los militares, Menem, Macri… Llegamos a estar con el agua al cuello, pero siempre seguimos laburando. Sin duda sabemos un poco de mantenernos a flote”, explica, pícaro, Santiago Villarreal, bajo el sol tremendo de octubre, que castiga sin piedad el predio naval anclado en Ensenada.

Con 68 años de combativas memorias paridas desde las postrimerías del primer peronismo, el Río Santiago pasó épocas buenas, regulares, malas y también muy malas. Si se quiere, la historia del astillero puede ser leída como una alegoría de la Argentina: glorias, crisis, masacres, cracs, vaciamientos y otra vez volver a remar. Sin embargo, nunca se fue a pique. Atravesó demasiados temporales, capeados siempre por la lucha sempiterna de sus trabajadores.

“Los primeros combatieron el golpe gorila, en la dictadura fuimos la empresa estatal con más desaparecidos; después sufrimos el vaciamiento menemista y las miserias del macrismo. Nosotros tomamos la posta, esa herencia de lucha. Tenemos que estar siempre a la altura”, reflexiona Villarreal, laburante con casi 20 años en el gremio. Cuenta que lleva al astillero en la sangre por línea paterna. De su viejo Felipe, jubilado del taller de cobrería, aprendió el oficio de fabricar barcos desde cero. El morocho mira las gradas, esos planos inclinados que son el útero donde crecen las embarcaciones. En la Nº 2 descansa el petrolero “Juana Azurduy”, dócil mastodonte de doble casco, 182 metros de eslora y 47 mil toneladas de porte bruto: “Esto funciona como un rompecabezas. Hay que ir armándolo pieza por pieza. Diseñar, cortar, montar, alistar, probar y llegar a la botadura, que es la fiesta nuestra. Cuando ves la grada vacía, pucha, es una alegría. Misión cumplida”. Al agua, barco.

La casa, la fábrica

Más que un astillero, el Río Santiago es una ciudad. Pegado a un brazo manso y tranquilo del río Santiago, a minutos de La Plata, ocupa más de 100 hectáreas, tiene decenas de áreas de trabajo y siete kilómetros de vías férreas por donde se mueven monumentales grúas, también muchos galpones y talleres, un museo, una escuela técnica y hasta un jardín de infantes. “Pero más que nada es una casa, la de 3300 familias trabajadoras”, dice Villarreal con la frente bien alta y sus ojos tostados por el sol. No es casual que la palabra “atarazana” sea sinónimo de astillero. Es de origen árabe (ad-dar as-sina’a). Significa “la casa de la fabricación”.

El Río Santiago es la factoría naval más grande de América Latina. Depende de la provincia de Buenos Aires y su actual presidente es el ingeniero Pedro Wasiejko. Nació en 1953 para dotar al país con una marina mercante y de guerra propia. Símbolo de soberanía, en sus talleres nacieron naves emblemáticas, como la veloz Fragata Libertad y el fastuoso petrolero “Ingeniero Huergo”. Pero no solo del agua vive el astillero. Los trabajadores han confeccionado grandes motores, equipos de bombeo para la industria petrolera, maquinarias para ferrocarriles, el techo del Estadio Único de La Plata y hasta las columnas de iluminación de la cancha de Gimnasia y Esgrima.

“En los primeros años llegamos a tener 8000 empleados en doble turno, y todo el proceso era 100% industria nacional –cuenta Romina Magnoni, apuntadora del sector Pruebas y Garantías-. Acá se fabricaban desde las anclas hasta las hélices de los barcos. Pero después llegó el menemismo y el desguace. Por suerte ahora tenemos mucho trabajo, gracias a Dios”.

En la oficina donde cumple tareas administrativas, Magnoni dice que nació acunada por los barcos: “Mi viejo laburó 50 años. Salía tres o cuatro meses embarcado en el mar para las pruebas. Era mágico escucharlo por walkie-talkie. Hoy me gano la vida acá y mi hijo estudia en nuestra escuela técnica naval. Más allá de ingenieros, laburantes, técnicos, somos historias familiares que se fueron soldando en el astillero”.

Aníbal Calvimonte y Héctor Chávez son los hombres a cargo de las pruebas mecánicas de las naves. “Damos garantías –dicen a  coro–. Un barco no es joda. Si nos equivocamos en una junta, en un apriete, puede perder combustible, aceite. Es mucha responsabilidad. Ponemos nuestro granito de arena en el trabajo colectivo, que es construir estos bichos”.

“Todavía no nació el mal parido que dinamite al Astillero Río Santiago”, advierte la bandera que cuelga en el taller de Estructuras. “Es un saludito para Macri, que nos quiso hundir como el Titanic”, explica con tono afable Sandro Ramón Ponce, encargado del Pañol, el espacio que cobija herramientas livianas. Custodiado por posters de San Cayetano y del Negro Olmedo, entrega mazas, llaves, tortuguitas para oxicorte. Al detalle, anota cada préstamo en un cuadernito. Advierte que tiene pocas pulgas, levanta temperatura si las herramientas no vuelven en tiempo y forma: “Tengo 18 años en la empresa, las pasé todas. Estuve en la permanencia en 2018. Verlo vivo de nuevo te llena de energía”.

Evita flota y dignifica

En Carpintería de Ribera trabaja Leonardo Virostek. A los mazazos acomoda los tacos de madera pesada –virapiré o marmolero– que sostienen al Azurduy en la grada. “Llueva, truene, con frío o calor estamos acá, al pie de los barcos”, dice “Pocho” –ni hay que aclarar si es peronista– y da otro mazazo preciso. La semana pasada lagrimeó de emoción en la botadura de la LICA (Lancha de Instrucción de Cadetes de la Armada) “Ciudad de Ensenada”. Sí, los fornidos obreros navales también lloran. “Fue muy emotivo. Veníamos del vaciamiento. No tuvimos herramientas ni insumos en los años de Macri. Pasamos marchas, tomas, peleas con la policía. Fuimos siempre al frente con los compañeros”, se despide Pocho y mira el mural tatuado sobre la grada. El mensaje es clarito: “Acá no se rinde nadie”.

Cerca del “Eva Perón”, el petrolero que flota plácido en el río, trabaja Úrsula Reynoso. Es oficial mecánica y encargada del mantenimiento de las grúas Elyma. Los brazos de las moles bailan a 51 metros de altura. La joven forma parte del minoritario 10% de la planta femenina del astillero: “Es todavía un universo masculino. Somos 300 mujeres y solo 20 en producción. Pero vamos ganando espacios. Hasta hace poco no había ni baños para nosotras. Hay que seguir peleando”. La colorada obrera mira una vez más al Evita, sonríe y dice: “Ya está alistado en un 90 y pico por ciento, queremos que vaya al mar. Lo veo, pienso en nuestro trabajo, y dignifica”.

Miguel Esteche y Ezequiel García dos Santos laburan espalda con espalda. Son jefes de mantenimiento técnico. Estuvieron a cargo del sistema de disparo en la botadura de la LICA: “Es el momento en que empieza a moverse hacia el agua. Hay que soltarla, dejarla ir. El gran final a toda orquesta –se despiden–. Acá, la batuta la llevamos los trabajadores”.  «

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

jueves, 21 de octubre de 2021

Sin dios, ni patrón, ni anarcocapitalismo

Al atardecer, el encuentro de las calles Coronel Salvadores y Hernandarias debe ser uno de los paisajes plebeyos más bellos de la Ciudad de Buenos Aires. También una de sus esquinas más combativas. En el arrabal de La Boca, punto cardinal del anarquismo en estas pampas, el local de la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) ha resistido estoico el paso de los años, las batidas policiales, los explotadores. Igual que Jorge “Cacho” Smokvina, miembro activo de la comisión de jubilados de la federación. “Acá me ve, en la lucha histórica, que en realidad es la pelea cotidiana, para barrer al capital”, bromea el hombre de boina. Escoba y palita en mano, con esmero junta las rebeldes hojas secas que duermen en la vereda. Desde hace algunos meses es el casero del local. La FORA es su casa. Y el techo que cobija a muchos ácratas del presente.

Anarquistas, “la palabra –escribe el ensayista Christian Ferrer en su brillante libro Cabezas de tormenta– suena hoy menos tremebunda que extraña, como si se mencionara un animal extinto. Un ave pesada que nunca pudo volar o un mamífero cuyo último ejemplar fue avistado décadas atrás”. Tantas veces los mataron, tantas veces los persiguieron, tantas los borraron de la historia. Sin embargo siguen ahí, dando pelea por un mundo de iguales.

La puerta, altísima, muestra dos manos fraternas que se estrechan solidarias, sobre un fondo negro y rojo. Lleva tatuada la inscripción “FORA. Fundada en 1901”. En mayo pasado la federación cumplió 120 años de historia sindical. Fue la primera organización gremial del país y a comienzos del siglo XX llegó a nuclear a miles de laburantes.

“Esta era la sede de los portuarios, que era un gremio muy numeroso. Imaginate La Boca a principios del 1900: el puerto activo, el barrio repleto de trabajadores. En el ’50 compraron el local y acá se conserva mucho material histórico, desde la década del ’30 hasta el presente”, explica Jacinto Cerdá, profesor de Historia que pone el cuerpo desde hace años en la Sociedad de Resistencia de Oficios Varios Capital. El archivo, aclara, está incompleto. El local obrero fue allanado pila de veces por los muchachos de la Policía Federal. Agrega Jacinto que algunos documentos terminaron “misteriosamente” en el edificio de la CGT.

Como buen refugio libertario, que obviamente no recibe aportes estatales y se banca con el bolsillo de los laburantes, la FORA atesora una generosa biblioteca, documentación orgánica original de mil y un gremios –calzado, choferes, portuarios–, balances, cartas y publicaciones ácratas de todo el planeta. Un auténtico festín desnudo para historiadores y cientistas sociales. También hay diarios, boletines, folletos, panfletos: desde el decano Organización Obrera hasta el más juvenil Revuelta de clases.

“Muchos llegamos a la FORA por los textos clásicos anarquistas, que siempre pasaron de mano en mano. Sin embargo, la propaganda no se queda en el pasado. Mantenemos el legado de convocar a los trabajadores para construir la emancipación. La acción es sobre el presente. Que los laburantes podamos desarrollar una experiencia sindical diferente a las de las estructuras burocráticas. El corazón de la FORA fue, es y seguirá siendo la actividad sindical”, deja claro Jacinto, y se suma a la ronda de compañeros que pueblan el salón principal del local, justo cuando el telón de la noche primaveral cae suave sobre La Boca.

Sociedades y resistencias

Desde las paredes los custodian curtidos retratos en sepia de Bakunin, Malatesta, el pedagogo Ferrer, el príncipe Kropotkin y militantes foristas como el panadero español Emilio López Arango. También hay una foto de Flora Albornoz, combativa trabajadora textil y extesorera de la federación.

María Sol Agüero es docente y delegada. Nacida y criada en Mendoza, se sumó a la FORA cuando migró a Buenos Aires, hace cuatro años: “No vengo por la pata histórica, yo antes activaba en mi provincia, en temas anti-represivos. Me atrapó la afinidad con los compas y sobre todo que fuera una organización obrera distinta. Era una vuelta de rosca que no conocía”.

La organización de la FORA está basada en los principios anarquistas de la 1a Internacional Obrera: un sistema federalista y horizontal sin cúpulas dirigenciales ni profesionales del sindicalismo. “Sociedades de resistencia, que es la unidad más clásica de los obreros de la tradición española. Se adhieren y se forman federaciones sin una conducción central”, explica Hernán Mancuso, trabajador informático y del palo audiovisual. Detalla que se arrimó después del crac neoliberal de 2001: “Muchos todavía se preguntan si sigue habiendo anarquistas. Sí, nos nucleamos, nunca dejó de pasar. Es muy amplio lo que se puede entender por anarquismo. Hay un legado en lo gremial, en lo social, lo cultural. Pero somos una organización obrera, y llevamos esa antorcha encendida en el presente.”

Los lazos, la afinidad, la solidaridad. Las tres palabras salen de la boca de Belén Mangieri. Viene de varios desencantos con la militancia. Cuenta que activa en un comedor-biblioteca de Garín, y asegura: “Somos una organización muy viva, no es solo la historia. Se construyen lazos fuertes con los compañeros, no hay alguien que manda. Acá la que manda es la asamblea. Por eso se arriman muchos trabajadores, porque en la mayoría de los espacios no se puede asomar la cabeza y las condiciones de laburo del presente son nefastas”.

En los últimos meses, la FORA tuvo participación activa en los conflictos gremiales de los trabajadores del call center de Aerolíneas, de los docentes porteños, de los médicos precarizados en pandemia y decenas de luchas más. La lucha, agrega Mancuso, no es para zafar las papas: “Compartimos circunstancias existenciales, y luchamos para cambiarlas. No somos la burocracia. Somos compañeros porque somos trabajadores, y somos internacionalistas. No nos une el anarquismo, sino la lucha de clases”.

Cacho, con 68 pirulos sobre el lomo, dice que se cansó hace años de la casta sindical, “porque están al servicio de los patrones y de los gobiernos de turno”, y prefiere dar una mano a sus compañeros en los geriátricos y en la salita de atención médica primaria que funciona en La Boca todos los segundos sábados del mes: “Construir en la realidad, en el presente, en el día a día. ¿Sabés cuál es mi regla? Que en serio todos tengamos una mejor vida. Esa es la anarquía”.

Sobre la libertad

Desde hace algunos años, el término “libertario”, históricamente asociado a las ideas anarquistas, fue apropiado y resignificado por sectores abiertamente reaccionarios de derecha que postulan la muerte del Estado y la construcción de una nueva tierra prometida regida por el capitalismo salvaje. El verborrágico economista y aspirante a diputado Javier Milei es la punta de lanza de este movimiento, el huevo de la serpiente liberal. “Son etiquetas que utilizan para no decir que son neoliberales. No se van a hacer cargo del desastre que hicieron en América Latina en las últimas décadas. Se llenan la boca hablando de libertad. ¿Y adónde está su libertad? Libertad de mercado”, reflexiona Jacinto.

Belén respira hondo y profundiza las ideas de su compañero: “La libertad de Milei es que nos exploten cada vez más. Contratos basura, monotributo, aplicaciones a destajo. Es la libertad del látigo. Los libertarios creemos en otra libertad, la humana en su máxima expresión.”

El sabio Cacho se agarra la cabeza y confiesa que hace algunas semanas caminaba por el Parque Lezama y vio en vivo y en directo una marchita de las huestes de Milei. “Es un agente de los poderes opresivos. Gritaba contra el Che, contra el comunismo, contra los progresistas… Si dice en verdad lo que haría, no lo vota ni la madre. Va contra los trabajadores y los sectores organizados. Puro ajuste y al que no le gusta, ‘leña’”.

Para cerrar la ronda, la docente Sol arriesga: “Ellos quieren ser patrones y que nos autoexplotemos, algo muy usual en el discurso del emprendedor tan en boga. La falsa autogestión, el ‘me salvo solo’, ‘sé tu propio jefe’. Tu jefe es el capitalismo. Para esta gente, la libertad es hacer lo que se les canta. Pero para nosotros es otra cosa. Un diálogo constante y complejo, una construcción colectiva”.

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá