miércoles, 24 de octubre de 2007

Elecciones


PERFIDIA

“Por lo general, la gente que no sirve para nada, es la que sirve para explotar a los demás.”
Mario Vaena


Escuchaba un tema de Joy Division mientras la televisión me mostraba que el candidato Sobich estába 100% preparado para gobernar. A mis espaldas, mi gata Yolanda se echaba tremendo meo sobre una remera de Evo, que había olvidado en la bacha de la cocina. Flor de hija de perra, al igual que el canoso neuquino, la fogosa platense, el perruno bonaerense y la gorda platinada. ¿Me olvido de alguno? Creo que no. Ah, sí. El presi de película. El apologista botánico que quiere sembrar un “pino” en el congreso. Por suerte no se presenta esa copia barata de Facundo Quiroga que nos invitaba a comprar en Miami (muchos amigos han quedado en el exilio). Un destacado: el Turco Asis en la boleta de Sobich. Sería bueno sacarle una foto del pequeño miembro que guarda bajo sus calzoncillos neoliberales (fotos robadas en los jardines de Quilmes).
El domingo me quedaré leyendo la editorial del diario La Nación del 18 de octubre de 1945. A ver si de una vez “los cabecitas” nos mojamos las patas como es debido, y no en las heladas aguas del kirchnerismo, sino en las ex populares fuentes de Plaza de Mayo. Solo si nos dejan los turistas que sacan fotos kistch de nuestra “digna” pobreza.
Ya terminó el tema de Joy Division. El spot de Sobich quedó en el olvido y las imágenes del triunfo de River me obligaron a apagar la tele.

Viajar y leer


LITERATURA NÓMADE

De la “Odisea”, de Homero a “En el camino”, de Jack Kerouac, el relato de viaje ha recorrido todas las culturas del globo. El viaje religioso, las cruzadas, las expediciones de Marco Polo y el viaje etnográfico de Darwin.


En Fondo Negro
Por: Nicolás G. Recoaro.


En un capítulo de su libro “El último lector”, dedicado a las lecturas y los viajes de Ernesto “Che” Guevara, el escritor argentino Ricardo Piglia afirma que: “lo único que puede narrarse es un viaje, un desplazamiento por la corteza del mundo o un periplo –sólo en apariencia inmóvil- dentro de nosotros mismos, del que siempre, inevitablemente, se vuelve transformado, convertido en otro.” Quizás, es esa la razón por la que el viaje, los escritores y la literatura forman un verdadero triángulo amoroso.
Hay un punto –no determinado por una obra o un momento preciso- que produce un corte, una escisión de la que la literatura de viajes se anematiza y adquiere rasgos de género. Inclusive, hay quienes sostienen que el relato de viaje podría presentarnos el germen mismo del nacimiento de la literatura. Bastaría con citar “El Viaje al Oeste del rey Mono”, obra fundacional de la tradición poética en Oriente; o el legado de Ulises, el héroe humano que inmortalizó Homero en la “Odisea”, primera obra mayor de la literatura occidental. O yendo más lejos en el tiempo, “La épica de Gilgamesh”, la primera obra épica occidental. Quizás, algo de razón tenía De Certeau cuando afirmaba que “todo relato es un relato de viaje”.
La “Odisea” es el relato fundacional de la literatura de viaje. La obra de Homero construye el paradigma germinal del género. El viaje que emprende Ulises para volver a su hogar luego de la guerra de Troya nos puede dar ciertos indicios de las características que adopta el género en su nacimiento. El viaje de Ulises funciona como alegoría, donde la experiencia itinerante lleva a la salvación del héroe. Surge así el primer paradigma del relato de viaje, el modelo alegórico. Ulises es el primer peregrino de la cultura Occidental y su legado cobrara fuerza durante toda la Antigüedad.
Con la llegada de Constantino al poder (S.IV). El relato de viaje del joven cristianismo aborda los periplos a la denominada “Tierra Santa”, exploraciones llevadas adelante en el siglo IV, conforman el nuevo modelo del relato itinerante. Alejados de la topografía pagana, las crónicas de viaje del joven cristianismo fueron santificados bajo los principios del peregrinaje religioso. Los viajes empiezan a ser comprendidos como metáforas del progreso espiritual de los creyentes. Nace el modelo del peregrino que busca la salvación individual. Éxodos, diásporas, errancia y retornos mediantes, casi la totalidad de la escritura hebrea y del primer cristianismo es literatura de viaje.
El relato de viaje de la Edad Media conserva algunas de sus cualidades heredadas de la Antigüedad, sin embargo, con la proclamación del inicio de las cruzadas, ordenadas por el Papa Urbano II, en 1095, la tradición peregrina hacia Tierra Santa, que compartía pacíficamente su cartografía con las culturas islámicas, sufre una escisión fundamental: el peregrinaje latino cristiano pasará a ser colectivo y armado, y guardará en su seno la idea de liberar las Tierras Santas del dominio infiel. La búsqueda del Santo Grial es el ejemplo más claro de la narrativa trashumante que surge durante el período de las cruzadas. Un periplo que funciona como metáfora del aprendizaje experiencial, una voluntad que con la llegada de las fuerzas impersonales de la modernidad, será ridiculizada por el El Quijote.
Con el fin de las cruzadas, las plagas y la crisis en el papado, en el siglo XIV, las antiguas matrices alegóricas y del peregrino serán parcialmente reemplazadas por la narración empirista de los hechos. Lo que se empezaba a gestar en ese siglo estaba directamente relacionado con algunos de los principios del Renacimiento, y los relatos de viaje comenzaron a expresar el problema que enfrentaba las creencias y paradigmas religiosos con la propia observación. El relato de viaje asume los principios que lo ligaban a la curiosidad empírica y las ciencias prácticas. Los viajes de Marco Polo y las misiones al Oriente muestran la consolidación de las descripciones empiristas que asumen los relatos de viaje en los albores de la Modernidad. Marco Polo representa el origen mítico del viajero moderno, un curioso observador itinerante que desde la geografía es capaz de explorar la diversidad humana. Viajes concebidos como verdaderos proyectos culturales, regidos por la observación disciplinada, la práctica científica de la inducción y el arte de la descripción.
La Modernidad fue una época de grandes conquistas y travesías colonizadoras, y narrar la conquista implicó, en buena medida, ejercer violencia simbólica sobre el “nuevo mundo” que se colonizaba, un territorio exterior carente de cualidades estéticas, y sus habitantes, como más próximos a la naturaleza, y sus artefactos, bárbaros y elementales. La rareza de estos materiales será entonces el fundamento de una negatividad cultural y de su posterior utilidad científica, fetiches de un nuevo tipo de expansión. Los relatos naturalistas son una clara muestra de dicha violencia, en su obsesivo afán de catalogar la realidad, de diseccionarla y clasificarla, de renombrar cada rama, cada hoja, cada semilla y cada fruto, de rebautizarlo, de inscribirlo en un determinado canon de valores.
Hacia mediados del siglo XVIII, los viajeros naturalistas imponen la visión heredada del romanticismo de Schiller y Goethe, que impulsaba la idea del estudio de “la armonía de la naturaleza”; pero la resignifican bajo una visión crítica del orden natural, desarrollando sus principales teorías en las nacientes ciencias naturales: zoología, botánica y biología. Es el momento en que el relato de viaje empieza a desarrollar tareas funcionales en el marco de una matriz cultural del desarrollo colonial, que resguarda el germen modernista de la ideología romántica e industrialista del joven modelo burgués del siglo XVIII, con exponentes destacados como Darwin y Humboldt.
Para mediados del siglo XX, la reacción vitalista frente a las pugnas fraticidas de los conflictos armados y la amenaza atómica, encuentra en la literatura de viaje un caudal de expresión. Se viaja para vivir la experiencia del otro inmersa en el ideal de la fraternidad. Se gesta el nómada movimiento literario de la Generación Beat, en relación directa con el brote hippie de la década del ´60. Los viajes de los beats celebran el encuentro con los otros en rituales de comunión, acompañados de la celebración de los sentidos y el goce corporal. Michel Maffesoli explica que ese desplazamiento “pone en relieve, de manera paroxística, el nomadismo, pues indican que el placer es también una manera de expresarse, de alcanzar la plenitud”. Los textos de Jack Kerouac -con títulos sujetivos como: “En el camino” o “Los vagabundos del Dharma”- evocan la dimensión iniciativa de sus travesías. Una nueva clase de nómade ilustrado que el disciplinario anglosajón dio a llamar travel-writer, y que cobra auge a finales de la década del sesenta. “Nuevos nómades”, dirían Deleuze y Guattari, con el principio vitalista de extender el espacio liso de sus desterritorializaciones.
Fue el impulso nómade el germen del nacimiento de la literatura de viajes, la vida errante frente a la quietud sedentaria. Quizás, como afirma el investigador Aníbal Ford: “el viaje es proveedor de metáforas para definir la vida, el aprendizaje, la búsqueda de saberes críticos y no dogmáticos y la construcción de la subjetividad”. Es por eso, que cada vez que abrimos un libro, el periplo literario nos trasforma en nómades.

martes, 16 de octubre de 2007

36


“36”, un documental sobre la Constituyente

El estreno del documental “36” abre una serie de interrogantes sobre la coyuntura de la Asamblea Constituyente y la participación de los pueblos originarios en el cónclave reunido en Sucre.

Por estos años, la producción documental vive uno de sus momentos más prolíficos de su historia, y Latinoamérica no ha quedado al margen de esa ola. La presentación del documental “36”, una coproducción argentino-brasileña, es un buen ejemplo del dispositivo interpelativo que puede poner en práctica la máquina documental.
Hace poco más de un año, un grupo de cineastas e investigadores sociales de Argentina, Brasil y Chile comenzaron a gestar un documental sobre la Asamblea Constituyente. “Teníamos muchas ilusiones, aunque poco sabíamos con lo que nos íbamos a encontrar en la apertura de la Asamblea. Nos pusimos a estudiar arduamente sobre la historia de Bolivia y particularmente sobre lo que había pasado desde el 2000, y nos dimos cuenta que por primera vez en 181 años de vida republicana, se convocaba en Bolivia a una Asamblea Constituyente con participación plena de sus 36 étnias. Número que motivó el nombre de nuestro trabajo”, explica Pablo Mardones, un antropólogo chileno que integra Loco por ti, el colectivo que llevó adelante el rodaje.
Con una excelente concurrencia, el pasado 29 de septiembre se presentó “36” en la Capital Federal. “La película pretende describir lo que sucedía hace un año en Bolivia y funcionar como un disparador de preguntas respecto a las interrogantes que la coyuntura de la Asamblea despierta en Latinoamérica, sobre todo ante la extensión del plazo de la Constituyente y los giros que ha tomado en los últimos meses”, explicó Mardones.
Como buenos militantes del documental político, el film indaga sobre la participación de los movimientos sociales y los pueblos originarios en las decisiones y los debates planteados en el cónclave de Sucre. Un interesante ejercicio que puede servir de ejemplo para destrabar los puntos muertos en que ha caído la Asamblea en los últimos tiempos. La polifonía de voces entrevistadas nos habla de la profundidad y diversidad de propuestas e interrogantes. Las discusiones sobre el futuro del país se hacen carne en los debates callejeros, la opinión de representantes políticos y los desfiles y discursos de apertura de la Asamblea. “Creo que la Asamblea Constituyente ha generado grandes expectativas, además de un estado de alerta y vigilia por parte de las organizaciones sociales y la ciudadanía, pero se me abren un sinnúmero de preguntas cuando pienso en si podrán hacerse realidad la inclusión social y el respeto de los derechos de los pueblos originarios”, comentó Mardones.
Luego de la muy buena recepción del público en su estreno, “36” será proyectada en diversos ciclos documentales del interior de Argentina. “Tenemos muchas ganas de que la película sea presentada en Bolivia antes del cierre de la Asamblea. Además, está la idea de exhibirla en toda Latinoamérica, sobre todo en países donde en los próximos años se van a llevar adelante Constituyentes, como Ecuador, o donde la posibilidad de reformas constitucionales aparecen en el horizonte, como en Chile”, aclara Mardones.
“36” retrata la efervescencia política, social y cultural de una Bolivia que quiere hacerse más digna y justa. Un documental que nos puede hacer reflexionar sobre las reales posibilidades que abre una Asamblea Constituyente. Un film que puede servir para entender las posibles demandas de un país que quiere parir una nueva constitución, con las 36 étnias en su seno.

Por: Nicolás G. Recoaro



A la cartonera


Apología del cartón
Por Nicolás G. Recoaro

Hay una tradición del reciclaje que escapa a las imágenes dietéticas de los canales de televisión o a la corrección ecologista del primer mundo. Porque en estos paraísos del subdesarrollo, el reciclar no es una simple moda o alternativa pasajera, es una forma de vivir (y para muchos, la única forma de sobrevivir). En ciudades como Buenos Aires o Lima, el reciclar papel o cartón hizo visible (para una minoría que se cree con el derecho de ser vista), a esa otra mayoría que puebla el subsuelo olvidado de Latinoamérica.
Herencia proletaria que regala sabiduría popular, el reciclar también es aprovechado por los poderosos (no se pueden olvidar los toma daca entre los supuestos dueños de la basura y los cartoneros porteños) y legitimado por los pobres. Pero no quiero extenderme en esta apología del reciclaje sin referirme a ese preciado material llamado cartón. Porque éstas líneas fueron paridas para hablar de una editorial alteña que hace libros con tapas de cartón. Sí, señores. Yerba Mala Cartonera hace libros con lo que usted deja tirado en las calles o con el sobrante de las cajas de alguna tienda o feria. Debe ser difícil. “Dicen que ni cartón se tira en El Alto, hermanito”, me contó el entrañable Crispín Portugal, uno de los creadores del proyecto. Pese a todo, Yerba Mala junta, pide, consigue, compra, suplica y roba cartón. Todo para hacer libros (en el mercado editorial más pequeño de Sudamérica). Una verdadera epopeya, un acto noble y bienintencionado de altruismo, si queremos darle un nombre al asunto. Amor por la literatura, a mi humilde opinión.
Tampoco hay que olvidarse de los chicos que pintan las tapas, verdaderas obras de arte alteñas. Les cuento un secreto, me apasiona tomar sus libros y leer los impresos que tatúan el cartón. Uno puede toparse con que una inexpresiva caja de Singani Casa Real termina cobijando un colorido Línea 257, de Beto Cáceres, o un sangriento Khari–Khari, de Darío Luna. En una oportunidad tuve entre mis manos un metamorfoseado embalaje de televisor surcoreano, un caso único devenido en psicodélico soporte para un Poemas ocultos, de Jessica Freudenthal. Y como olvidar aquel aviso “Made in USA”, que acompañaba la contratapa apócrifa de un Narciso tiene tos, de Marco Montellano.
Eso es la esencia de la editorial alteña. Cajas que mutan en arte y letras que encuentran su cálido hogar entre tapas de cartón. Yerba Mala Cartonera comulga con la tradición popular del reciclado, lo hace carne cada vez que vende sus libros en la Feria 16 de Julio o en los cafecitos de La Paz (a tan solo cinco o seis pesitos, amigos). Larga vida al reciclar, larga vida a la literatura, larga vida a la Yerba Mala, que obviamente, y si hace falta decirlo, nunca muere.

sábado, 6 de octubre de 2007

Pachakuti y el fútbol


Hijos del Sol F.C.


Texto: Nicolás García Recoaro - Fotos: Jordi Salvadó

Es un club de fútbol boliviano que pelea por erradicar el racismo del deporte. Fundado hace dos años por uno de los referentes del indigenismo andino, el Deportivo Pachakuti le da espacio a los jóvenes de comunidades del interior de Bolivia. Con la Wiphala de los pueblos originarios como símbolo, el primer equipo de fútbol indigenista de Latinoamérica pelea por ascender a la primera división.

En el vestuario local, los jugadores del Pachakuti se preparan para salir a la cancha. Omar llega apurado y se calza la remera negra que tiene una Whiphala (bandera multicolor de los pueblos originarios) tatuada sobre el corazón. Se lo nota cansado al pibe, quizás son las tres horas de viaje que tiene desde la comunidad de Ajaría Chico hasta el estadio de las afueras de la ciudad de La Paz. El grito de guerra de los once jugadores une a todos en un cúmulo de euforia antes de salir al campo de juego. En las tribunas, los seguidores del Pacha esperan con ansias la salida de su equipo, el primer club de fútbol indigenista de Latinoamérica.
La historia del Deportivo Pachakuti comienza en el año 2005. Con una plantilla integrada por veinte jugadores (la mayoría provenientes de comunidades aymaras de localidades como Achacachi, Ayo Ayo, Ajaría y Ajllata) logró una excelente campaña y escaló a la segunda división de ascenso del fútbol boliviano. La idea de crear un club de fútbol que represente el sentir y la idiosincrasia de las comunidades aymaras cobró forma hace dos años. “En nuestras comunidades hay buenos deportistas y con el Deportivo Pachakuti queremos promocionar a esos jóvenes”, explica Quispe mientras los chicos del Pacha pelotean a su arquero en el entrenamiento en el barrio San Antonio. Al finalizar en entrenamiento, este cronista consulto a varios jugadores sobre el significado del nombre del club. “Hijos del Sol, Pachakuti: el retorno del tiempo y el espacio originario. Pero lo que nos debe importar a nosotros es el fútbol, que todos jueguen”, me cuenta David antes de partir a su casa, después de finalizar la práctica.
Omar juega a un toque con Rubén, elude al arquero y convierte el primer gol del Pachakuti contra el Colegio Militar. En la pequeña tribuna, el líder indigenista Felipe Quispe Huanca festeja con una sonrisa. Es el arranque del campeonato de segunda división y el Pacha se juega la chance de ascender a la A, y de ahí será un pequeño escaloncito para que este sueño deportivo nacido en la provincia de Omasuyos, en las comunidades que rodean el Titicaca, se convierta en realidad: un club indigenista en la primera división.
El campeonato viene difícil este año para los Hijos del Sol. “Se complica cuando nos faltan jugadores y recursos. A veces nos gritan bloqueadores (en referencia a las protestas que llevó adelante Quispe para derrocar los gobiernos neoliberales de Gonzalo Sánchez de Lozada y Carlos Mesa), pero en realidad eso forma parte del juego”, me explica Rubén, el hábil diez que se encarga de generar el fútbol del Pacha. Pero las mañas y discriminación de los intolerantes no achican a los Hijos del Sol. “Cuando estamos jugando, algunos contrarios nos gritan campesinos o indios, y eso nos da más fuerza, no es un insulto, nos da ánimo para demostrarles que los aymaras somos buenos jugadores”, explica Brian, un joven que camina casi dos horas para llegar al entrenamiento.
El partido con el Colegio Militar continúa con aspereza, el viento forma remolinos en la cancha ubicada a más de tres mil metros de altura. David toma un rebote y patea de afuera del área y convierte el tercer gol del Pacha. En el festejo se mezcla con abrazos de Omar y Felipe, dos jóvenes provenientes de la pequeña comunidad de Ajaría Chico. “Venimos sólo para los partidos. Entrenamos por nuestra cuenta en la comunidad y venimos los fines de semana. Nos gustaría entrenar todos los días con el equipo, pero los problemas económicos dificultan la movilidad hasta La Paz”, comenta Felipe mientras intenta recuperar el aire luego del final del partido. Omar me comenta que durante la semana recoge totoras del Lago Titicaca para alimentar a su ganado. “Trabajo con mi familia y por las tardes entreno con los pocos chicos que viven en mi pueblo”, cuenta el goleador del Pacha. “El Estado tendría que darnos una mano, la política también se hace con el deporte”, reflexiona Quispe desde la tribuna.
“Los problemas económicos para llevar adelante el traslado de los jugadores que viven en zonas alejadas del interior del Departamento de La Paz parece poner piedras en el camino del Pacha, pero la fuerza y la voluntad de los jugadores borran las dificultades. “Sabemos que es difícil mantener un equipo que esté formado por jóvenes de las comunidades más pobres de Bolivia, pero merecen una verdadera oportunidad”, destaca Edgar, preparador físico del Deportivo.
La realidad del fútbol boliviano muestra la discriminación a flor de piel. Si uno repasa los apellidos de los integrantes de la selección se puede dar una gran sorpresa, sobre todo en un país donde el 60% de la población se considera indígena. “El Pachakuti nació para dar espacio a los Mamanis, los Quispes, los Choques y otros que no tienen opciones de jugar en torneos oficiales”, opina Yury Zapata, director técnico de un equipo, que más allá de su participación deportiva, intenta erradicar el racismo que pesa sobre los originarios dentro de los campeonatos oficiales de Bolivia.
El primer partido ha terminado con un contundente 3 a 1 para el Pachakuti. Los jugadores devuelven sus camisetas negras que llevan como emblema la Wiphala de los pueblos originarios. Es el primer paso para lograr su sueño de campeonato y para demostrar que el fútbol de las comunidades puede dar una verdadera lección de integración y tolerancia. “Creo que va a ser difícil pero que algún día vamos a llegar a la Liga, nuestros hermanos aymaras y quechuas se merecen tener un equipo con estadio en sus departamentos. Y algún día lo lograremos, ese es nuestro sueño”, remata el Mallku Quispe antes de partir en un pequeño minibús hacia su comunidad.
Los jugadores del Pacha dejan la cancha con una sonrisa por el triunfo. A algunos aún les esperan varias horas de viaje hasta sus comunidades cerca del mágico Lago Titicaca. “Es un deporte hermoso y si podemos ayudar a erradicar el racismo, bienvenido sea”, me explica Rubén mientras espera la movilidad que lo lleve a su casa. El Pacha sigue en carrera y el próximo fin de semana estará corriendo tras la pelota nuevamente. Luchando por hacer valer su fútbol y representando a sus hermanos. Peleando por levantar la whipala de los pueblos originarios e intentando, con su buen fútbol, erradicar el racismo del deporte.

Narradores de Brasil


¿Literatura de la era Lula?

Daniel Galera, Milton Hatoum y Luiz Rufatto, tres escritores que reflexionan sobre la actualidad literaria del siempre fascinante Brasil

NICOLÁS G. RECOARO

La primavera se empieza a sentir en Buenos Aires por estos días. El sol comienza a dar calor, luego del invierno más duro de los últimos 40 años. En el microcentro porteño, los yuppies pasan apurados frente al colorido edificio de la Fundación Centros de Estudios Brasileros (Funceb), sin notar la radiante presencia de tres escritores, recién llegados del vecino Brasil. En el marco del “Mes Cultural del Brasil en Buenos Aires”, la cita literaria no ha quedado en segundo orden. Con la reciente publicación de tres libros y una antología de jóvenes escritores, el universo literario del gigante de Sudamérica, parece empezar a abrirse al resto del continente.
Los escritores Daniel Galera, Milton Hatoum y Luiz Ruffato llegaron a Buenos Aires con el objetivo de acercar la literatura brasileña contemporánea y presentar sus más recientes novelas. Como Paris en la década del sesenta, hoy día, Buenos Aires se ha transformado en un verdadero lugar de encuentro para los escritores americanos, y la cita incluye lo mejorcito de la literatura contemporánea del Brasil. Un país de geografías y culturas infinitas que apuesta a la literatura como un verdadero motor en la construcción de su identidad. “La literatura contemporánea de Brasil es muy diversa y tratándose de un país tan grande, hay voces de todas partes, pero cada escritor debe encontrar su musiquita interior ya que cada uno escribe por sus obsesiones, sus sueños, su inspiración”, explicó Galera, un escritor perteneciente a la nueva camada de literatos post dictadura de la década del setenta. “Creo en los escritores que se posicionan por sobre los que quieren contar una simple historia o los que apuestan a las innovaciones lingüísticas. Siempre fui muy tímido y en la escritura encontré una forma de abrir mi visión del mundo a los demás”, comentó el autor de “Manos de caballo”, una novela que intenta trazar la cartografía psicológica de un joven de una de las tantas megápolis brasileras.

Los interrogantes por la existencia de una supuesta identidad latinoamericana afloraron durante la charla. “Se habla mucho del Mercosur, pero los libros hacen la integración entre los países. El Mercosur, sin diálogo cultural, no es posible”, explicó Hatoum, un novelista que normalmente indaga sobre las posibles construcciones identitarias, de un país altamente fragmentado como Brasil. “No creo en los rótulos de literatura o cultura de la era Lula. Yo puedo ser un brasileño y escribir sobre mi habitación, mis fantasmas, lo que pasa es que hay una expectativa muy fuerte de los extranjeros, pero lo que importa es el drama humano, el conflicto”, aseguró Hatoum.
Las desigualdades y la pobreza son dos problemas que injustamente hermanan a buena parte del Brasil con el resto de Latinoamérica. “Soy hijo de agricultores sin tierra, y cuando empecé a escribir, me llamó mucho la atención el no encontrar personajes proletarios en la historia de la literatura de mi país”, explicó Ruffato cuando le consultaron sobre sus orígenes. “Me atrapa contar la vida y los deseos de las clases medias bajas y los desplazados del Brasil, gente sin rostro y casi anónimos. Ese es mi universo literario”, cerró el autor de “Los sobrevivientes”.
La literatura brasileña parece abrirse a miles de lectores del resto del continente. Sus escritores quieren comulgar y compartir las historias y los universos de un país fascinante y enigmático. No solo la samba o la bossa nova pueden brindarnos esa oportunidad.
Perfiles
Daniel Galera nació en San Pablo en 1979. Fundó la editorial Libros del Mal, donde publicó “Dentes guardados” y “Até o día em que o cao morreo” (llevada al cine). “Manos de caballo” es su primer libro traducido al castellano y fue finalista del prestigioso premio Jabuti.

Luiz Ruffato nació en Minas Gerais en 1961. Es periodista y traductor. Publicó los libros de cuentos “Historias de Remorsos e Rencores” y “(Os sobrevivientes)”. Algunos de sus relatos integran la antología de cuentos “Terriblemente felices – narrativa brasileña actual”.

Milton Hatoum nació en Manaos en 1952. Es hijo de un inmigrante libanés musulmán y de una brasileña cristiana de origen libanés. Publicó tres novelas: “Relato de un cierto oriente”, “Dos hermanos” (recientemente traducida al castellano) y “Cenizas do Norte”. Ganó el prestigioso premio Jabuti en dos oportunidades.



Para leerlo

El Ciclista Urbano usa zapatillas comunes, bermudas comunes bien sueltas y aireadas y una remera de manga corta en verano y larga en invierno. Eso sólo. Puede admitirse un gorro para los días de lluvia o en las horas de sol muy fuerte. En cuanto al freno de pedal, el Ciclista sabe que es despreciado por la mayor parte de los ciclistas, que lo consideran ultrapasado, inseguro y de difícil operación. De hecho dominar el freno de pedal, o freno de pie, exige mucho entrenamiento. Pero una vez que se alcanza ese dominio pleno, jamás se desea cambiarlo por un freno moderno, de mano, controlado desde una palanca en el manubrio. Confiando en su freno de pie, el Ciclista Urbano traba el cubo de la rueda trasera con un rápido pedaleo inverso y comienza a derrapar sobre el asfalto. La fina capa de arena y piedritas que cubre la pista en los metros finales de Canteiro incide en el comportamiento de la bicicleta, reduciendo la adherencia a sólo un nivel ínfimo. Eso, claro, ya fue calculado por el Ciclista, que elabora un diagnóstico visual del tráfico en ambos sentidos de Faixa y decide que no necesitará frenar del todo. Por el contrario, pasa con habilidad del derrape a la aceleración y cruza la parte asfaltada de Faixa, observado por dos mujeres que esperan el colectivo en la parada, espantadas por su audacia.

Fragmento de “Manos de Caballo”, de Daniel Galera (Buenos Aires, Interzona Editora, 2007).

viernes, 21 de septiembre de 2007

CHOLITAS CATCH


CATCH AS CAN

Titanes en El Alto

Por: Nicolás G. Recoaro

La lucha libre está más viva que nunca en El Alto. Todos los fines de semana, cientos de espectadores se congregan para disfrutar de un espectáculo que combina la destreza física con el humor. Paladines de la justicia y malvados se baten en un ring a más de 4000 metros de altura. Bienvenidos al mundo del Catch as can: el reino de Barba Negra, Santo Boliviano, El Matemático y Carmen Rosa, la cholita más ruda del altiplano.

Un altavoz anuncia la primera pelea de la tarde: “¡Laaa Iguana contra el malvado Baaarba Negraaaa!”. Las tribunas deliran y los niños abuchean el ingreso del malhechor al ring. Unos saltos y vueltas carneros de La Iguana dan inicio al combate. Patadas voladoras y una tijera sacan a Barba Negra del ring. Desde los parlantes, una ranchera mejicana es la banda de sonido en este patio abierto de la ciudad de El Alto.
La cita es todos los domingos por la tarde, en las cercanías de la histórica Plaza de la Libertad, en pleno corazón de la urbe alteña. Cientos de espectadores se dan cita para festejar el rito del Catch As Can. “Lo de la lucha libre en El Alto viene desde hace varias décadas. Yo arranqué en la década del sesenta y desde aquellos años vengo luchando por que crezca el público y para que los luchadores mejoren su preparación”, comenta El Matemático, un luchador que roza las seis décadas de vida, pero que asombra a la hora de realizar saltos mortales y tomas osadas.

Barba Negra acaba de sufrir una nueva derrota. Luego de dejar el ring bajo una lluvia de insultos, descansa bebiendo un refresquito en los camarines del estadio. “El catch me viene de tradición familiar. Desde chiquito que admiraba a mis tíos cuando entraban a jugarse la vida en un ring”, explica emocionado. Secándose la gotas de sudor me cuenta que “uno se transforma cuando sube al ring. Se olvidan los problemas de la semana y te convertís en el personaje. Se te olvidan las lesiones y lo peligroso que puede ser la entrada al ring”. A su lado, El Salvaje dibuja una mueca y recuerda a un compañero que falleció hace dos años, cuando sufrió una dura lesión durante una pelea. “Hay que entrenarse duro y estar preparado para los golpes, pero la alegría del público es la mejor recompensa que uno puede tener”, explica el luchador mientras se pinta la cara para salir a escena.
Los chicos en las gradas sonríen ante las payasadas que interpreta La Muerte sobre el ring. Una llave y una voladora de Estrella Azul lo dejan fuera de combate. Las mamitas con sus wawas en brazos estallan en gritos de festejo. “Los personajes del cuadrilátero son parte de los que están en las graderías y viceversa. Todos intervienen en el show y todos salen satisfechos. Es increíble ver como se matiza el espectáculo con algo de música y humor”, explica el escritor Crispín Portugal desde una tribuna, mientras la contagiosa melodía de una cumbia anuncia el plato fuerte de la tarde: la presentación de las cholitas cachascanistas.

Carmen Rosa se prepara en el camarín. Maquillada suavemente, acomoda su sombrero de cholita y se calza su banda de campeona nacional de lucha libre. El sonido de la cumbia y la voz del presentador anuncian su salida al ring. “Las mujeres somos tan buenas, o mejores luchadoras que los hombres”, me explica mientras pasa la pequeña puerta que conduce al cuadrilátero. La cholita bailotea y agita a las tribunas, saluda a sus seguidores mientras grita que “los babosos hombres no saben pelear”. El combate comienza con una llave al cuello que le da Carmen Rosa a su contrincante. El match se matiza con las payasadas del árbitro y los golpes que le aplica la campeona cachascanista. Una toma voladora y Carmen Rosa disfruta de una nueva victoria. “¡Uno, dos, tres!”, gritan las mamitas y los niños desde las tribunas. Carmen salta de alegría y dedica el triunfo a todas las mujeres bolivianas.

El show llega a su fin. El sol ha desaparecido y la noche inunda El Alto. El público deja el estadio y parte a sus casas. La próxima semana estarán aquí nuevamente, alentando a los luchadores y festejando la alegría de un deporte que vive en el corazón de todos los alteños.

Breve entrevista a Cucurto


CUCUMBIA Y LETRAS

Por Nicolás G. Recoaro

A Washington Cucurto lo han tratado de definir como “el hecho maldito de la literatura argentina”, como la materialización del “cross a la mandíbula –arltiano- de la cultura bienpensante”, pero esas definiciones pierden la efervescencia y la apertura literaria que guardan las novelas y la poesía del creador del denominado “realismo atolondrado”. Textos que navegan por territorios inexplorados por las letras argentinas. Ficciones con voces que afloran desde el subsuelo prohibido de Buenos Aires. Porque las noches de baile de Constitución, los conventillos de Once y Almagro, los inmigrantes peruanos y dominicanos, la crítica al neoliberalismo, las andanzas de un trabajador de supermercado y la literatura vanguardista de Aira, Copi, Perlongher, Reynoso, Lamborghini, Viel Temperley, Gabo, Asís, etc (la lista podría no tener fin) se mezclan y crean una de las experiencias más radicales y novedosas de las letras latinoamericanas. Literatura que se empapa del ritmo de la cumbia y el calor de esos barrios donde los cartoneros buscan un trozo de ese preciado desperdicio para lograr comer. Cucurto crea su mundo, su propio universo literario, que marca un antes y un después en la cultura popular argentina. Antes de que aparezca su primer libro en Bolivia se presenta en sociedad.

-- ¿Cuáles fueron tus primeras lecturas?
-- El primer libro que leí fue un Manual de Mecánica del Peugeot 404, auto que ya no existe más. Mi padre quería que yo fuera mecánico, así que siempre me compraba estos libros populares que vendían en los puestos de diarios. Este manual era increíble, tenía unos dibujos, unos planos automotrices bellísimos. Me acuerdo que había una sección que se llamaba "Como fabricar un carburador en dos horas". ¡Me parecía una cosa asombrosa!
-- ¿Cómo fue tu infancia en Quilmes?
-- Mi infancia fue muy feliz, una época de muchas aventuras. Andaba de "buscavidas" vendiendo cosas por las calles con mi padre y mi hermano Cacho. Aquellos tiempos de vagabundeo, de callejeos fueron inolvidables. Vendíamos repasadores, musculosas, medias, slips, remeras, vasos. Me acuerdo que mi viejo trabajaba toda la noche en una fábrica de cerámica, su tarea era volcar cada 15 minutos una bolsa de porla (cemento) en una batea enorme. Salía a las seis de la mañana y Cacho y yo lo esperábamos en el Camino Negro con los bolsos llenos de mercadería para ir a vender. Vendíamos hasta las tres, cuatro de la tarde. ¡Imagináte ese hombre no dormía nunca! Épocas, por cierto, de mucha violencia, mucha música, mucha gente de la calle.
-- En tus libros aparece una fuerte admiración por la efervescencia de la cultura andina, en general del inmigrante de Buenos Aires. ¿Eso te inspira a escribir?
-- Por supuesto, me crié en un barrio de inmigrantes. Es más, uno de los grandes amigos de mi padre, era un boliviano que era un extraordinario mecánico. Tal vez por eso mi padre me decía: "estudia para mecánico de autos".

-- ¿Qué pensás de Evo Morales, que aparece nombrado bastantes veces en tu última novela?
-- De la vida política boliviana realmente no sé nada. Pero si hablo con el corazón debería decir que Evo es un ídolo. Es un pastor de cabras, tal vez, por primera en la historia, llegó al poder una persona del pueblo. Lo de los hidrocarburos fue un acto revolucionario de justicia universal. ¡Sacarle las ganancias de los frutos de la tierra y devolvérselas al pueblo, en cierta medida, eso es justicia y es un acto de amor revolucionario! Los empresarios se adueñan de todo, hacen negociados, cambian las leyes, no pagan los impuestos, se roban todo con las democracias capitalistas que se lo permiten. Eso se acabó. El poder y las empresas del Estado deben ser para el pueblo. Ojalá, Evo pueda seguir generando actos de generación de empleo y protección hacia los que menos tienen.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

KEROUAC - ON THE ROAD


50 años “En el camino”
En FONDO NEGRO
Se cumple medio siglo de la aparición de la novela “En el camino”, la biblia de la beat generation. En 1957, Jack Kerouac revoluciona la literatura con una novela que transmite la experiencia de la vida en la ruta y el margen de la sociedad norteamericana. Prosa espontánea, free jazz, drogas; una radiografía por la AMÉRICA perdida de la década del ´50.


Por Nicolás G. Recoaro

La figura pesada y cansada del viejo Jack se arruga sobre el sillón del living de la casa materna. Los rayos catódicos del televisor escupen miseria, muerte y terror. Corre el año ´69, treinta ocho mil novecientos sesenta y nueve norteamericanos han muerto ya en Vietnam; manifestantes organizan marchas para Octubre en todo el país. El hombre de cuerpo consumido y debilitado por años de borracheras trata de disfrutar el milagro televisado: “La gloriosa victoria de los Mets de New York en la World Series”. ¿Qué queda del poeta beat? Nostalgias y un cuaderno de anotaciones que reposa entre la mano y el apoya brazos del sillón. ¿Quién es este hombre corpulento, de vista cansada y arrugas jóvenes pero esculpidas para sus cortas cuatro décadas? El poeta beat que revolucionó la literatura americana del siglo XX.
Se cumplen 50 años de la publicación de “En el camino”, la biblia de la beat generation que representó el descubrimiento estilístico que Kerouac venía buscando bajo las ideas de la prosa espontánea.
Jack se ubica detrás de su pequeña máquina de escribir. La historia de Neal Cassedy (verdadero ideólogo del nomadismo beat) y la carretera estalla repique tras repique sobre el papel. La palabra muere a un ritmo desenfrenado. Un rollo de papel flota y alimenta la Remingtom. La nube de cigarrillo y benzedrina enciende viajes por la ruta 66, autos atraviesan los desiertos a mas de 100 kilómetros por hora, entradas clandestina a México, clubes de las dos costas escupen jazz a un sonido ensordecedor. El tema de “En el camino” es estar perdido en Norteamérica, la experiencia viceral de vomitar cada uno de los sentimientos, las imágenes y las experiencias vividas en las rutas.
La obra de Kerouac muestra el costado perdido y olvidado de la geografía social y cultural norteamericana -vagabundos fantasmagóricos, visiones nostálgicas, carreteras eternas y paisajes santos-. “La búsqueda de una identidad nacional e incluso de una ascendencia o genealogía, de sus antepasados”, dirían Gilles Deleuze y Félix Guattari en Mil Mesetas. El poeta beat se pierde en aceras y calzadas de los megápolis americanas, recorre desérticas rutas cruzando montañas orientales y llanuras iluminadas. Fotografías de la mente registradas desde autos a ciento cincuenta kilómetros por hora, miradas desde un vagón del Union Express o letargos en algún puesto de autostop.

sábado, 25 de agosto de 2007

LA TIRA (cuento)


Otro cuento de la saga.

Nicolás G. Recoaro


La tira

Para Andrés G. Recoaro

Era el segundo recreo y los pendejos salieron corriendo para el patio cubierto. Colegio religiosos, clase media alta, medio pelo para las antiguas familias tradicionales, que alguna vez, mandaron a sus nenes bien a aprender álgebra o a recitar el Credo de memoria. Las maestras charlaban de los cortes en las calles, mientras los pibes corrían bajo el mástil. Alta en el cielo, la bandera flameaba esa mañana gris de julio.
El patio era antiquísimo, con baldosas negras y blancas que formaban el escudo de la institución como un gran bonete. En las escaleras que iban a la secundaria, una mocosa de nueve años mensajeaba a su mamá: “olvid mapa traeme”. En uno de los finos bancos de madera que reposaban junto a los baños, los de 4ºA se amontonaban frente a los mellizos Flautas. Las figuritas del torneo Clausura pasaban de mano en mano.
- Late, late, late.....esa nola, dijo Lautaro -el más petiso de los mellizos-, mientras un compañero de quinto le agitaba la figurita del Murciélago Graciani sobre su rostro.
-Esa te va a costar caro -replicó el “Gigante” Gutiérrez.
-Decime cuanto Gutiérrez -dijo Lautaro-. Te doy la del Pirata Zsornomas y una yapita.
La pequeña mano del pendejo se introdujo en el bolsillo derecho del delantal gris oscuro. El petiso peló una tira de caramelos, esos ácidos de colores, con el polvito blanco que se disuelve sobre la lengua cuando la saliva absorbe hasta la última partícula de glucosa. Como un viejo reloj de bolsillo, la tira flotaba en zigzag, hipnotizando los ojos del Gigante
Gutiérrez lo pensó unos segundos, quería demostrar serenidad ante el reto del mellizo.
-Dame hasta el próximo recreo. Sino, curtite.

Los Flautas eran hijos postmodernos. El fin de semana lo habían pasado con el padre. Aunque odiaban la falsedad de su viejo, era preferible a los letargos en la casa de la abuela Noemí. La vieja de los mellizos se había ido a pasar unas minivacaciones con su nuevo novio a Cariló.
El padre, Roberto Flautas, arquitecto de poca monta, era de esos hombres modernos que cuidan hasta el último detalle de su aspecto siguiendo los consejos de las revistas Hombres o GABO, pero que piensan que de darles un gramo de atención a sus hijos, éstos se harían maricones. Para ello, internar a los pendejos en una maratón de cine y comida delivery en el living de su paqueta casa, de Ciudadela SOHO, era la alternativa más saludable para evitar cualquier problema con su ex mujer.
Pasaron por el Blockbuster y alquilaron una docena de películas. “Mejor tenerlos frente a la tele las 24 horas que jodiéndome el sábado a la noche y el domingo”, pensó el progenitor. Les llevó Sherk, Buscando a Nemo I y II, una compilación de Astroboy y otras películas infantiles que los mellizos encontraron en la góndola “Chicos” del video club.
El Petiso y su hermano recularon sobre el living de la casa y pasaron mañana, tarde y noche, full time, mirando cuanta mierda ingería la videocasetera. Las horas pasaron y los ojos de los mellizos reconocían cada uno de los 1450 píxeles que dibujaban las siluetas sobre la pantalla del televisor digital comprado en Ciudad del Este, pero quedaba más. Era domingo a la noche y papá estaba repasando la jornada de fútbol en la tele de su cuarto. El petiso tomó el cassete que decía Pulp Fiction y lo puso. ¿Qué iba a pasar? Después de tanta mierda de Disney y Miramax, un poco de lenguaje adulto les iba a venir bien. Cuando el viejo los mandó a dormir, escuchó algo de Honey Bunney y unos disparos. “Cuan violentas vienen las de dibujitos de ahora”, pensó el viejo mientras se cepillaba los dientas.
Mamá los recogió el lunes por la tarde y les hizo dibujar los mapas para la clase de biomas del martes. El nuevo novio de mamá, instalado en la antigua casa en la que alguna vez los mellizos fueron engendrados, pasó la noche hablando por teléfono con un tal Eduardo. El Conejo, como lo llamaba mamá, sudaba y empapaba su camisa con unas gotitas brillantes que le caían desde la cabeza y los sobacos. Se lo notaba nervioso. Decía que el tal Eduardo no permitía hacer una entrega en Lomas de Zamora. También habló con unos negritos, como los llamaba una vez que cortaba el celular, que esperaban para hacer una cosa llamada transa, en un lejano lugar llamado Camino de Cintura.
Cuando el viejo reloj a cuerda del abuelo Benito dio las doce, Mamá llevó a los mellizos a sus camas. El petiso pegó los mapas en la carpeta forrada con papel araña azul, y dio un salto sobre los elásticos del somier. Su hermano apoyó la cabeza en la almohada y quedó frito a los pocos segundos. Los gritos del Conejo no dejaban dormir a Lautaro. Dió vueltas entre las sábanas mientras se forzaba a cerrar los ojos. La imagen de Bruce Willys vino a su cabeza. “¿Por qué la vieja no se levanta a un boxeador?”, se preguntó al escuchar los llantos de mamá. Los ruidos desde el living le dieron la respuesta. Seguramente por la mañana, mamá taparía los golpes en su cara con un poco de hielo y maquillaje importado.

Ahora, los mellizos estaban en el patio haciendo la cola del kiosco de la vieja Esther para comprar esa golosina que habían visto en la tanda publicitaria del Cartoon Network La tiras FIZZ colgaban en uno de los estantes del fondo, casi no tenía salida, ya había pasado su momento de gloria de las décadas del ochenta y el noventa.
Repartieron la mitad para cada uno. El Petiso, con los dientes de leche, rompió el plástico para encontrar el caramelo ácido color violeta. Lo puso en su mano para lanzarlo al aire y comerlo de un bocado, pero en ese instante, un empujón del Gigante Gutiérrez provocó el temblor. El caramelo voló los 70 centímetros que lo separaban del suelo. Tac, ruido seco. “Siempre el mismo pelotudo”, pensó el Petiso. Gutiérrez preguntó si pasaba algo y los mellizos hicieron como si el viento les silbaba al oído. El polvito blanco se esparció como harina sobre los zapatos de los hermanos. Gutiérrez rió y siguió corriendo hacia el mástil. La bandera, alta y serena, brillaba en el cielo cubierto de pequeñas nubes grises.
Al ver el polvo, El petiso esbozó una sonrisa cínica, quizás, de algún galán de Hollywood. Casó la tira y se llevó a su hermano para el baño. Rompieron los caramelos y esparcieron el polvito blanco sobre el mármol del lavamanos.
-Andate al aula y traeme tu cartuchera –dijo el petiso. De paso, decile a Gutiérrez que se venga, lo voy a desafiar a ese conchudo – le pidió Lautaro a su hermano. Avisale que le voy a dar la yapa.
Gutiérrez vino solo, como suelen enfrentarse los hombres a su destino.
-Decime que querés o te rompo la cara pendejito, saludó el Gigante al cruzar la puerta del biorzi.
-Quería desafiarte. Lo vi en una película. Quien aspira más, gana.
El petiso mostró las armas: el tuvo vacío de una BIC color azul y el polvito blanco del caramelo. Cuando uno es pendejo hace boludeces. Quizás el orgullo o la inconciencia. Gutiérrez era de los primeros. Un pendejo lo desafiaba, ¿Cómo se iba a negar?
El Gigante tenía un resfrío de la ostia. El polvito ingresó por el orificio nasal derecho. El Gigante respiró en seco y se miró al espejo. Quedó duro. Su cara roja lo hizo retroceder. “Me quema”, gritó Gutiérrez, mientras un hilito blanco le caía de la nariz. Era la mezcla de bicarbonato y moco líquido. Empezaba un dolor de cabeza digno de tumor cerebral para el Gigante. Cayó al instante. Los gritos alarmaron a los que estaban vigilando el patio.
Cuando llegaron los tipos del servicio de emergencia, el Petiso esperaba en la puerta de Dirección. Todavía guardaba la sonrisa cínica entre dientes cuando era retado por la hermana superiora.
-Pendejo de mierda, ahora vas a ver cuando se enteren tus padres, gritaba furiosa la religiosa. Con esto te ganaste el infierno, monstruo.
Lautaro bajó su cabeza y cerró los ojos. De repente le dieron como ganas de estar en otro lugar, quizás en el living de su casa, viendo dibujos animados. La imagen del Gigante desmayado le hacía recordar a Uma Thurman en la película, dada vuelta de cocaína en el sofá del dealer. La tira de Fizz chamuscada le sobresalía del bolsillo del pantalón.
Cuando pasó por el patio para ser retirado por su mamá, el Petiso elevó la vista. Alta en el cielo, la bandera flameaba bajo el cielo celeste, dos nubes blancas flotaban en el sur.


Barracas, 14 de Octubre de 2005.

MUJERES CREANDO


MUJERES CREANDO

Por: García Recoaro – Spinetti - Ledo

Es una antigua casa paceña, pintada en un rabioso color fucsia. Tres mujeres conversan sentadas sobre los escalones de ingreso. La música que llega del interior de la casa me remonta a un cabaret francés de la década del veinte. Bienvenidos a “Virgen de los deseos”, la casa cultural y bar creado por el colectivo anarco-feministas Mujeres Creando (MC), en 2005.
Desde hace 14 años, el movimiento social boliviano MC utiliza su creatividad e ingenio para, entre otras cosas, luchar contra las desigualdades de género, incluso dentro de los movimientos sociales, a los que invitan muchas veces a revisar sus propias dinámicas internas y redes de solidaridad. Además, desde hace varios años, editan el periódico Mujer Pública, editan libros de poesía y sexualidad; hicieron exitosos y controvertidos programas de televisión. A su vez, crearon una estructura económica en donde se dan cita iniciativas productivas llevadas a cabo por mujeres, que resultan en que cada grupo asume la responsabilidad de autoabastecimiento y del aporte y del aporte a la casa a partir del trabajo manual, intelectual y creativo. Pero más que nada, lograron ser conocidas y reconocidas por salir a la calle: ocupando, pintando e instalando sus denuncias y consignas; sin dudar en pedir justicia por las víctimas de de los disturbios de octubre de 2003 o ser escudo humano en las continuas luchas hacia conquistas civiles.
Julieta Ojeda, coordinadora y militante del colectivo, invita un mate de coca para comenzar la charla.

- Pese al rol protagónico de la mujer dentro y fuera de los movimientos sociales ¿A qué atribuís el machismo que reina en la sociedad boliviana?
- La mujer cumple un rol económico, administrativo y afectivo muy fuerte dentro de la familia boliviana. Es cada vez más común ver el rol de sostén familiar sobre las espaldas de las mujeres. Con la desregulación y el desempleo se da esta situación. La mujer cumple un sostén súper importante en la economía boliviana, pero a la hora de las decisiones, el varón es quien siempre se impone.
-¿Por qué se da esto?
-Creo que por una especie de machismo que se reproduce dentro de la familia, y también se ve claramente su reproducción en las organizaciones sociales. La mujer lo apoya y se hace parte de esa lógica. Nosotras como feministas creemos en la autonomía, y no en el separatismo. La autonomía implica una propia palabra, una organización donde todos podamos tomar decisiones. Queremos que exista un sujeto mujeres, que pueda interlocutar con otras organizaciones, con los movimientos sociales o con el Estado. No existe, actualmente, ese sujeto mujeres. Nosotras bregamos por su existencia en todas las organizaciones sociales. Hay experiencias de “Trabajadoras del hogar” o “Trabajadoras sexuales”, integradas en su totalidad por mujeres, que debieron esperar años para ser reconocidas por la Central Obrera Bolivia (COB), porque supuestamente no eran trabajadoras. Y aunque lograron el reconocimiento, a la hora de tomar decisiones, jamás son llamadas o tenidas en cuenta. Las mujeres campesinas también se supeditan a las órdenes y el caudillismo de los varones. No se plantea jamás una independencia ideológica y política de la mujer.
-¿Qué soñás para Bolivia?
-Sueño una sociedad que no dependa del Imperio, un pueblo que decida su país. En eso, a las feministas nos toca seguir peleando. Hemos abierto el espacio y vamos a sostener nuestro lugar y nuestra autonomía. Debemos luchar para que la mujer gane espacios en los movimientos y en la sociedad toda. Sueño un país desprejuiciado, donde todos podamos vernos, los unos a los otros, y reconocernos y respetarnos en las diferencias.

lunes, 13 de agosto de 2007

Potosí 2007


Cerro Potosí, el monstruo resucita

Desde Potosí: Nicolás G. Recoaro - En diario Renacer: www.renacerbol.com.ar

Son las siete de la mañana y cientos de mineros esperan encontrar un lugar en los camiones que se estacionan sobre El Surco. El frío es durísimo a ésta hora de la mañana, el termómetro debe marcar menos cero y los charcos congelados sobre la ruta dejan vestigios de la helada nocturna.”Hay que estarse antes para encontrar campo en las movilidades, somos hartos mineros los que queremos subir a trabajar”, me explica Jorge Flores, un minero novato que ya lleva cuatro meses bajando a los socavones potosinos. Jorge es uno de los cientos de migrantes paceños y orureños que han llegado en los últimos tiempos a la ciudad, para conseguir trabajo en la mina. “Es que en Bolivia hay harto problema de trabajo y aquí el jornal se paga el doble que en La Paz”, me cuenta Jorge antes de saltar sobre el acoplado de una camioneta que lo llevará a su trabajo en la mina La Plata.
Potosí vive por estos días su segundo auge minero. La suba en los precios internacionales del zinc y el estaño (ya de la famosa plata ni se habla) produjo una fuerte reactivación en las principales empresas mineras que explotan el legendario Cerro Rico. “La ciudad vive un incremento de su actividad económica del orden del 12 % anual”, reflexiona el licenciado Ricardo González Alba, Oficial Mayor de Desarrollo Económico de la Municipalidad de Potosí, desde su oficina ubicada en el histórico campanario de la Compañía de Jesús, en pleno centro potosino. “Los jornales son de casi el doble que en cualquier otro departamento. Un perforador puede llegar a ganar más de 400 bolivianos por día”, explica González Alba. Las cifras se multiplican o triplican si hablamos de los verdaderos dueños de las minas y la inflación de la ciudad también. “Usted puede ver autos importados mejores que en Santa Cruz”, me explica Iván, un vendedor de encendedores del centro potosino. Las 4x4 de la aristocracia minera surcan la ex Villa Imperial, la ostentación de las Iglesias, los lupanares y calles bañadas de plata de la época de la conquista parecen metamorfosearse en estos tiempos de autos y DVD´s japoneses.
Sin embargo, las condiciones de trabajo y seguridad de los trabajadores mineros no han mejorado en lo más mínimo. Los camiones anuncian su partida con bocinazos y se pierden en las rutas que ascienden a las diferentes minas. La exuberancia del Cerro Rico asusta hasta al más valiente. Los mineros cargan su equipo y se preparan para ingresar al vientre del cerro. Miro la montaña e imagino los miles de mineros escarbando las entrañas de la montaña. La procesión va por dentro, dice el dicho popular; las penas se dibujan en las caras de miles de hombres que no tienen la certeza si ese día van a retornar a sus hogares. “Tengo 42 años de minero. Es mucho sufrimiento el trabajo en la mina. Hay que tener riesgo y cuidado, por los accidentes. Los carros y la dinamita, harto peligroso es el trabajo. Hay que matarse para que los hijos y las wuawuas estudien”, me cuenta Juan Condori, un minero de arrugas tatuadas en el rostro y gorrito del Che Guevara.
En el mercado del Calvario, centro neurálgico de las compras mineras, María vende jugos de quinua y manzana como desayuno vitamínico para los trabajadores del cerro. Las bolsas con coca provenientes de las Yungas y El Chapare se acumulan en varios puestitos del mercado. “La bolsita a tres bolivianos, el cigarro a un pesito y alcohol a tres”, explica Hortensia, una casera con más de treinta años de experiencia como vendedora. “Se vende harto más que hace unos años. El minero tiene buen jornal”, me dice antes de convidarme con un cigarrito que combina tabaco con anís. A pocos metros, en la puerta de un local, varios turistas extranjeros, disfrazados con cascos e impermeables, se preparan para vivir una “experiencia única e irrepetible” (según reza la propaganda de la agencia de viajes): un descenso dantesco hasta los interiores del Cerro Rico. Un paseo cargado de morbo que se vanagloria de poder compartir, aunque sea por unas pocas horas, las esclavistas condiciones laborales que viven los hombres y mujeres que cargan carretillas y perforan las profundidades de la montaña.
El viaje hasta la mina deja los cachetes helados de los que viajamos sobre el acoplado del camión. A mi lado, unos cinco chicos preparan sus lámparas eléctricas que los ayudarán en sus caminatas por los pasillos de las minas. “Estamos por las mañanas trabajando y después vamos a la escuela”, alcanza a decirme uno de los nenes antes de ingresar a trabajar a la bocamina. Los chicos que son explotados en la mina se calculan por miles en estos tiempos de ausencia estatal y reinado de las leyes de mercado. Los pibes trabajan desde los 14 años y la expectativa de vida de los mineros apenas supera los 40. “Hay pocos chicos que trabajan en la mina”, me explica un dirigente de la Cooperativa Unificada. A sus espaldas, los camiones en el Surco se cargan con niños menores de 18 años. “Los niños trabajan para mantener a la familia y no hay ninguna ley que lo prohíba. Debemos trabajar con el Gobierno Nacional y el Municipio para terminar con esto”, reflexiona el licenciado González Alba.
“La vida del minero es fregada”, me cuenta Marco Antonio mientras descansa pichando coca y fumando un cigarrito en su descanso fuera de la mina. “El jornal alto ayuda, pero el mal del minero (silicosis) o un accidente te terminan matando, ya tengo veinte años de minero y las condiciones del trabajo no mejoran. Estoy orgulloso de ser minero, es nuestra vida, la de toda la ciudad”, me cuenta Marco Antonio antes de que finalice su tiempo de reposo. Este cronista supo por la palabra de los mineros que el Cerro Rico y sus condiciones laborales se han cobrado más de 8 millones de humanos desde que comenzó su explotación en 1545.
El cementerio general de Potosí tiene dos panteones para los trabajadores mineros. El sol se oculta sobre los cerros que rodean la Villa Imperial. Unos rayos iluminan las imágenes y el cartel pintado sobre las paredes del lugar donde descansan los restos de los mineros: “Aquí yacen los hombres que entregaron sus pulmones por el bien de la humanidad”. El cerro que como hombres vivos sigue igual, matando y explotando; los patrones y las autoridades del gobierno siguen siendo sus principales cómplices.