martes, 5 de abril de 2022

Puerta 8: los venenos del olvido

Albañiles, obreros, changarines, cartoneros, amas de casa. Laburantes que llegan a fin de mes contando las monedas viven en Puerta 8. “Nos discriminan igual. Desde que llegó la droga al barrio es peor. Pero acá somos trabajadores. Gente que se levanta a las 6 de la mañana para ganarnos el pan”, dice Silvia Suárez, con la frente bien alta junto a un busto de santa Evita Perón. El monumento de la abanderada de los humildes se erige en el cruce de una plaza y Catamarca, el acceso a la barriada popular del municipio de Tres de Febrero. Un patrullero de la Policía Bonaerense hace presencia pasiva a unos pasitos.

Puerta 8 fue dramática noticia hace un mes, cuando en sus angostos pasillos se vendió la cocaína adulterada que ocasionó 24 muertes y provocó la internación de 80 personas. Los flashes ya se fueron. “El barrio quedó como herido y ahora nos estamos recuperando –desliza Suárez mientras cruza la canchita de fútbol desolada–. Metieron policía en un par de esquinas, pero tenemos miedo de que pase el tiempo y todo vuelva a ser igual. Ya pasó otras veces.”

El barrio luce en la mañana refulgente del jueves una tranquilidad ejemplar. Hace semanas que no se ve a los dealers, a la jauría de periodistas, a los funcionarios de turno que no funcionan. Eso sí, quedó el parche de la custodia policial. Los vecinos temen al abandono y el olvido. Esos venenos sempiternos que escupen las autoridades. Suárez suspira en la cocina de su enjaulada casa: “No queremos que vuelva a pasar, tener el barrio copado por la droga, vivir encerrados. Hay que tener memoria. Eso le pido a los políticos.”

La memoriosa señora es militante del Movimiento Evita, una de las agrupaciones que da una mano a los vecinos. Tiene 55 años, cinco perros y una polenta envidiable. Pone el cuerpo y las cacerolas en un comedor que da alimento a más de 50 bocas. La miserable pandemia fue un mazazo para la barriada: “Mucha gente se quedó sin trabajo, muchos abuelos y abuelas se murieron, tuvimos muchas más bocas para alimentar en el comedor”. En ese tiempo, otra peste se extendió por Puerta 8: “La droga era una problemática que estaba en todos lados, pero acá creció mucho. Hace meses esto era un desfile. Mañana, tarde, noche; no había horarios. No se podía pasar por los pasillos ni salir de las casas. Mire si la policía no iba a saber. Así terminamos.”

Como un quiste

Puerta 8 es uno de los 4416 barrios vulnerables y asentamientos alistados en el Registro de Barrios Populares (Renabap), que depende del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. Sus fronteras difusas están demarcadas por el cruce de las transitadas Ruta 8 y el Camino del Buen Ayre, un matadero, el arroyo Morón y más allá los basurales del Ceamse. La barriada de 200 modestas casitas de ladrillo, material y chapa nació a principios de los años ochenta. Jamás fue urbanizada. Viven unas 170 familias. El pavimento, el agua potable y las cloacas son bienes escasos.

Hace cinco años que el padre Adolfo Benassi da misa en el barrio. Pilotea la capilla Virgen de Itatí. El cura villero repasa la genealogía del asentamiento: “Puerta 8 surge cuando llegaron muchos migrantes desde el Litoral, después de una gran inundación en los ’80. Encontraron trabajo en el frigorífico que está acá al lado. Gente humilde, sacrificada, de trabajo. Pero desde hace añares, como en otros barrios de la zona, por las necesidades, por la dejadez del Estado, por la complicidad de las fuerzas policiales, se instaló la droga como un quiste”.

La falta de futuro, la desocupación, las desgracias familiares. Un rosario de penurias hundió a muchos jóvenes del barrio en la droga: “Hay como dos mundos. Pibes muy cuidados por las familias y otros que quedaron tirados en la esquina. Nosotros desde la Iglesia, las organizaciones y los vecinos podemos estar atajando penales, salvando a alguno, pero por otro lado te meten mil goles. En realidad, sabemos que el partido en serio para terminar con este problema se juega en otro lado. La política, la policía y la justicia tienen que dejar de hacer la vista gorda. Son cómplices.”

El pequeño templo del padre Adolfo está a metros del pasillo donde aquella noche de terror del 2 de febrero empezaron a caer los primeros fulminados después de aspirar la cocaína cortada con carfentanilo, un opioide usado para anestesiar elefantes. Antes de despedirse, el sacerdote confiesa: “Hay mucho para hacer para que no se repitan estas tragedias. La Pastoral tuvo una reunión con representantes de Tres de Febrero y San Martín, además de las organizaciones. Pero queremos soluciones concretas, que se responda a las necesidades de los vecinos. Que no se cajonee la Emergencia Nacional. El mes pasado se ensañaron con Puerta 8, pero la droga es una realidad que está en todos los barrios.”

Diálogos de pasillo

El pasillo abre su boca sobre la calle Miramar. La fila de casitas parece cosida al frigorífico. El cielo está cubierto por cables tendidos a la marchanta. El suelo, por las aguas servidas de las zanjas. Pablo dobla plásticos en un recodo. Se gana la vida reciclando. El morocho es nacido y criado en Puerta 8. “Para lo que era, está tranquilo. Esto era tierra de nadie”, se sincera el hombre de 45 años. Y sigue su faena plástica con parsimonia. Muy cerca, a metros de una casilla abandonada donde se vendía merca, Germán le da duro y parejo con la lija al cuadro de su bicicleta. La compró por 200 pesos esta mañana, con lo que rescató de una changa: “También saco metal y comida del cinturón del Ceamse. Los vendo y pongo plata para la casa de mis viejos. Voy tirando con la mía, no me cabe meterme en lo de la droga para vivir”.

Sandra cuelga la ropa en el patio. La custodia su bravo perro Juanfer, que no para de ladrar. La piba vive encerrada en su búnker. No abre la puerta ni para que entre el aire fresco. “Acá no se acercó nadie de la municipalidad. Ni por la droga, ni para que deje de inundarse el pasillo. Si lo tengo al intendente adelante, le diría que se ponga a trabajar”, dispara Sandra, broches en la mano.

María tiene una verdulería en el corazón profundo del barrio. Saca lo justo para alimentar a sus cuatro hijos. Los dos varones andan desocupados: “Estaban en el frigorífico, ahora embotellan aceite para hacerse unos pesos. El Estado no da una mano, vienen sólo para ganar unos votos”. El cartel con el rostro del intendente cambiemita Diego Valenzuela que está tirado en el pasillo es un botón de muestra. Lleva tatuada la frase “Tres de Febrero está mejor”.

Cuando se vaya el patrullero

José Antonio Spinelli está vivo de milagro. “Tony” es el mecánico del barrio. Tiene 53 años. Mientras mete las manos engrasadas en las fauces de un herido Gol, empieza el relato: “Esa noche fui a comprar porquería y nos dieron veneno. La tomé y caí redondo en el pasillo. Estuve internado, me desperté al otro día a las 10 de la noche todo intubado. Se murieron conocidos, una vecina que era mamá de dos pibes. Me lo dijeron los médicos, yo salí vivo de milagro.” Desde aquel día, Tony se juró no volver a consumir: “Me lo prometí a mí, no a mis siete hijos, esto lo hago por mí. Está la tentación, pero voy a ser fuerte”. ¿Sus temores? Que no vuelva todo a la vieja normalidad. “Ese es el miedo del barrio. Que vuelva a ser todo una mierda.”

Juan Carlos López regresa al barrio después de una eterna jornada de trabajo. Es seguridad en el Hospital Bocalandro. “Seguro gano menos que los dealers y los policías corruptos, pero hago las cosas bien.” A López le da bronca que Puerta 8 quedó marcado como «el lugar de la falopa”. “Nadie habla de los que nos rompemos el lomo trabajando, de los comedores, de que estamos a punto de abrir un club. Es injusto”. Se despide amable y sigue camino en silencio digno hasta su casa. Es mediodía y en la esquina de Catamarca ya no está el patrullero de la Bonaerense que custodiaba el acceso a Puerta 8. Solo queda el busto de santa Evita. Ella nunca deja solos a los olvidados.

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá.

El día que Pantera me rompió la jeta

Quién duda a esta altura del partido de que hay experiencias sonoras que pueden cambiarnos la vida. Para algunos será escuchar los latidos del corazón de un hijo en el vientre materno. Para otros un discurso de Trotsky. Quizás un podcast sobre tarot terapéutico. O el bel canto de un jilguero preso en una jaula. En mi caso, quiero hablarles de un disco que este 25 de febrero cumple ¡30 años! Se llama Vulgar Display of Power. Fue parido bien lejos, en Gringolandia, a principios de los años noventa, durante el reinado de Bush padre allá y nuestro nefasto menemato más acá, por una banda de origen texana llamada Pantera. Seguro la conocen. Para los distraídos en cuestiones de heavy metal, un par de párrafos más abajo daré detalles sobre la historia de los cuatro forajidos que engordaban esta barra brava del groove metal-hardcore-thrash y otros géneros dignos de banda de sonido para algún infierno del Dante. 

En el invierno del ’92 mi vieja no tuvo mejor idea que llevarme a Mar del Plata para disfrutar una soporífera semana de vacaciones. Frío de cagarse, playas desiertas, el mar enojado que escupía su furia en la Bristol. Un combo ideal para Palo Pandolfo, pero insufrible para un pendejo de 13 años. ¿Mi refugio? Los discos que gastaba en un discman alimentado por cuatro pilas impagables. El menú incluía Cannibal Corpse, Suicidal Tendencies, Sepultura. Un canto a la vida. Los mareaba de tantas vueltas. Una tarde de esas en que no había nada que hacer –¿hay tardes en que hay algo que hacer cuando uno es adolescente?-, yo andaba fumando un pucho a la deriva por la calle Santa Fe y me mandé a una galería muy chiquita. De un local me llamó la atención el nombre: Mr. Bungle, como la banda de Mike Patton, el cantante demente de Faith No More. Me arrimé y descubrí que era una desolada disquería. Entré sin golpear. ¿Qué iba a perder?

El vendedor me dio las buenas tardes desde el mostrador. Se notaba que andaba medio muerto de hambre. ¿Quién no andaba muerto de hambre en Mar del Plata durante los ’90? Mientras yo chusmeaba al tuntún unos estantes repletos de mercadería, el muchacho seguro vio en mí a una presa fácil, tiernita, y se preparó para dar el zarpazo. Me dijo que me arrimara. Como buen dealer, usó la táctica de las “novedades”. Los discos importados recién salidos del horno que llegaban como pan caliente a nuestras pampas gracias al desindustrializador 1 a 1. Con un movimiento digno de René Lavand, el ilusionista-comerciante de sinfonías de la destrucción hizo aparecer ante mis ojos Vulgar Display of Power. Ahí empezó el combate.

El primer golpe que me surtió el disco no fue en los oídos. Me lo dio recto entre los ojos. La tapa era digna de un aguafuerte de Roberto Arlt. Cross a la mandíbula. La foto de portada captura el instante preciso en que un melenudo se come una terrible trompada en la jeta. Es una obra del fotógrafo Brad Guice, autor también de la portada de Cowboys from Hell (1990), el disco anterior de Pantera. Vinnie Paul, el baterista de la banda, alguna vez contó que al chico de la tapa le habían pagado 10 dólares por cada golpe que recibió estoico. Dicen que le dieron 31 roscazos hasta llegar a la imagen perfecta. Verde que te quiero verde.

“Vulgar demostración de poder”, traduje en mi cabeza el título que estaba tatuado en la tapa. Años después me enteré que la frase fue sacada del film El exorcista. El censor cartelito de “Parental Advisory. Explicit Lyrics” me terminó de definir. Lo miré al vendedor y le di la orden de que me inyectara por los auriculares.

Con “Mouth for War” (Boca para la guerra), la primera pieza del álbum, sentí la explosión de una bomba atómica en mis tímpanos. La viola filosa de Diamebag Darrel, la pared de concreto que construyen su hermano Vinnie Paul y el bajista Rex Brown hasta el rugido primal del rapado Phil Anselmo declaraban el final del armisticio -¿les suena actual por lo de Ucrania?-. De repente sentí cómo perdía el control de mi cuerpo. Me dieron ganas de sacudirme como los muchachos trastornados del video de “Ya Mama” de Fatboy Slim. Preferí mantener la compostura. Lo miré fijo al vendedor y le dije “dame más”. Siguieron “New Level”, “Walk” y esa llamarada de napalm que es “Fucking Hostile”. Quedé prendido fuego antes de llegar al quinto tema, que daba cierto respiro, y se titula “This Love”. Nocaut justo cuando el vendedor apretó el botón de “Stop”.

Vulgar Display of Power es la obra maestra de Pantera. Su perla negra de 11 clásicos inoxidables. Después de cuatro olvidables discos glamoroso de los años ochenta -conchabo de Anselmo mediante-, con Cowboys from Hell habían sacado pecho. Entonces Vulgar… sella su sonido, también su destino masivo, y los catapulta a las grandes ligas del metal. Una pizca de heavy clásico, mucho de espíritu callejero del hardcore estadounidense y la salvaje distorsión como una opción potable al thrash, que salía de su gloria con el “disco negro” de Metallica, y al grunge, que ladraba poco y lloraba mucho.

Después vinieron discos más pesados y oscuros, peleas aun más pesadas y oscuras, adicciones todavía más pesadas y muy oscuras, hasta que los Pantera dijeron basta en 2003. Nunca volvieron a tocar juntos. El 8 de diciembre de 2004, durante un concierto en Ohio, Dimebag Darrel fue asesinado a quemarropa por un desquiciado “fan”, cuando tocaba con su nuevo grupo Damageplan. Otro vaquero tejano que murió con las botas –All Stars- puestas. Su hermano Vinnie falleció por una falla en el corazón en 2018, mientras dormía en su casa de Las Vegas. Vulgares demostraciones del poder de la muerte.

Pude verlos en físico durante aquellas tórridas noches de diciembre de 1993 en Obras, cuando llegaron a la Argentina para presentar el disco. Los racimos de pibes tirándonos de la popular al campo, el pogo demencial esquivando mastodontes con remeras de Slayer, un cover de Kiss que hizo detonar el estadio. Infierno encantador.

Aquella tarde marplatense dejé la disquería con las manos vacías. No tenía los 20 pesos-dólar que costaba el disco. Un par de días después aparecí de nuevo por Mr. Bungle. Ahora sí, empoderado, para llevarme mi botín. ¿Cómo conseguí los morlacos? Esa es otra historia. No way, punk.

Crónica publicada en Tiempo Argentino por acá. 

martes, 15 de febrero de 2022

Pide tres deseos y tendrás un título

 A sus oficios terrestres de escritor, periodista y docente, Osvaldo Baigorria suma una faceta suya muy poco conocida. El autor trotamundos de clásicos de clásicos de la no ficción transgénero (Sobre Sánchez, Postales de la contracultura…) y de novelas brillantes y aún inclasificables (Correrías de un infiel, El ladrido del tigre…) es también dibujante.

¿La génesis de su pasión por el lápiz puntudo y la lapicera filosa, el papel virgen, el dibujo nómade? Hay que remontarse a los años setenta, cuando el joven Osvaldo decidió escapar de la Buenos Aires opresiva, previo al baño de sangre de la dictadura. La idea era hacerse la América rumbo a la tierra prometida de la contracultura en California. “De golpe un día, durante mi primer viaje por América del Norte, no tenía nada que hacer, y me senté con una lapicera y un papel e hice una línea. De esa línea salió un bicho. Un bípedo. Luego extendí otra línea, con una prolongación y ahí apareció un muslo, un pubis. Me parece que fue así. Se iban haciendo de esa manera, no era algo pensado. Lo hacía en momentos libres de mi viaje, como cuando hablaba por teléfono. Eran momentos donde me daban ganas de trazar algo sobre un papel, pero sin ninguna idea previa o posterior. Más cerca del hobby o el pasatiempo que de alguna definición artística”, recuerda Baigorria en una entrevista de hace algunos años atrás. Nicolás Cuello y Santiago Villanueva recuperan estas palabras en el prólogo de Pide tres deseos y tendrás un título, el flamante libro de Editorial Caracol. Una obra fascinante, divertida, que abre cabezas.

Thank you for watchin

Cuello y Villanueva seleccionaron decenas de dibujos, realizados por Baigorria entre 1974 y el cercano 2020. En la introducción del libro, explican: “Si parte del proyecto de experimentación política y sensorial que Osvaldo Baigorria llevó adelante a partir de la década de los 70 lo impulsó a desarrollar una mirada desde el suelo de la conciencia, que buscó poner en el centro de la vida la vuelta a la tierra, la construcción de modos de vida comunitarios y el ejercicio de la libertad como una forma de ruptura y abandono sobre lo normal, la prolífica serie de dibujos reunidos en este libro también puede ser pensada como una otra forma de abandono, otra modulación sensible del drop out desde la cual acceder a la escucha de ese tan ansiado presente total. Un modo de materializar, a través de la experimentalidad de grafismos autómatas, la posibilidad de que el cuerpo estuviera delante del signo, de las palabras, del sentido. Un ejercicio de vibración sensorial, meditativa, similar al baile que, según él, le permitiría alcanzar el alivio de ‘vaciar la mochila de peso innecesario’, es decir, ingresar a una forma de presencia sin cabeza.”

Obras conservadas con cuidado en blocks, hojas sueltas, cuadernos y carpetas por décadas se hermanan en el libro, en un ejercicio de experimentación, de vibración de los sentidos, de recorridos nómades que se bifurcan y trifurcan sobre el papel. Bichos extraños y muy simpáticos, cuerpos entrelazados, paisajes alucinógenos… Muchos tientan para terminar en tatuaje. Describen Cuello y Villanueva sobre la selección: “Una reunión abierta de imágenes aún en curso, una selección accidentada en la que viven distintos tiempos e intenciones en torno al dibujo, un campo gráfico de líneas sin clausura…”

Sin duda, para Baigorria, dibujar –quizá también escribir- es una actividad que le permite expresarse sin ataduras, sin clasificaciones, en libertad absoluta. Para seguir su ruta por el filo del margen.

Publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

martes, 8 de febrero de 2022

Envenenados: crónica de un viaje a los pueblos fumigados

 Hay veneno. En la tierra, en el aire, en el agua. En los campos y en los pueblos del sur santafesino. Lo hacen llover los mosquitos que fumigan los sembradíos de la soberana soja. Herbicidas, coadyuvantes, fungicidas, insecticidas. Eufemismos para no decir una palabra: veneno. Aunque los dueños de la tierra quieran esconderlo. Aunque el Estado mire para otro lado. Hay veneno.

“Parece Vietnam, nos rocían con los mismos tóxicos. Todo el modelo agroindustrial los usa. Nos enferman y matan en el campo. Pero también a la gente de la ciudad. El pan que comés, las hamburguesas de soja que te dicen que son saludables, todo bañado en veneno llega allá. ¿Quién se hace cargo?”, pregunta Gustavo Ludueña en el patio de su casa. El tórrido viento que sopla del norte no trae respuestas.

“Me afectó en lo respiratorio, me enfermo todos los años. Hasta neumonía tuve. Imaginate que dormíamos con la ventana abierta y por las noches pasaba el mosquito a unos metros. Nos fumigaban”, explica Valeria Morera, la mujer de Ludueña, al tiempo que señala el mar de soja que nace a diez pasos de su casa. Un océano transgénico que llega hasta el horizonte y más allá.

La mujer acuna en sus brazos al pequeño Rafael, su hijo de siete meses. Recuerda lo mucho que costó gestarlo: “Todo esto afectó mi sistema reproductivo. Problemas hormonales. Menstruaciones abundantes, dolorosas, tortuosas. Hicimos tratamientos para concebir a Rafael. Tuve un aborto en época de fumigaciones. Hay vecinas que han tenido dos o tres. Estamos empezando a hacer un relevamiento para dejar testimonio”.

Ludueña y Morera dijeron basta junto a otros vecinos en 2018. La respuesta frente al venenoso modelo fue una semilla colectiva. Ponen el cuerpo en la Asamblea de la Ruta 18. Forman parte de Paren de Fumigarnos, una multisectorial con presencia en decenas de pueblos de la provincia. “Hicimos cortes y protestas –relata Gustavo-. Presentamos proyectos de ordenanza, porque la responsabilidad es política. Para que se enteren en las comunas, en la gobernación, el presidente. En la época de elecciones se los dimos a los candidatos a jefes comunales. Nos decían que no podían tocar el tema, que era ‘pianta votos’. Los ingenieros agrónomos de las comunas dicen algo parecido, que saben pero que es difícil hacer algo. Mientras, los dueños de la tierra nos aprietan y siguen tirando veneno”. Más de 500 millones de litros, según las organizaciones.

En estos años, cuenta la pareja, han logrado victorias modestas. Por ordenanza, la fumigación debe ser nocturna y a 100 metros del ejido urbano. Con el canto furioso de las chicharras como banda de sonido, Morera duda de la efectividad de la medida: “Cuesta pensar que el veneno no nos llegue, flota en el aire y un viento lo acerca. No podemos ni usar el agua. Sigue todo igual”. Su marido lo grafica con un macabro ejemplo: “El año pasado, una vecina de Álvarez descubrió de casualidad 30 y pico de bidones de herbicida tirados en el agua, en un canal que cruza el pueblo y desemboca en El Saladillo. Los productores hacen lo que se les canta. Tienen el visto bueno de los políticos de todos los partidos.”

Antes de partir, les pregunto por su futuro, si imaginan a Rafael creciendo en Los Pinos: “Estamos cortando clavos, con una duda eterna. Por eso nos juntamos con los vecinos. Hay muchos que enfermaron, se fueron a la ciudad. Ahora que está Rafa hay otra lectura. Pero queremos pelearla acá.”

Coronel “Mosquito”

Ni manso ni tranquilo. Así espera Carlos Kesler en la mañana campestre de Coronel Domínguez, población clavada a 18 kilómetros de Rosario. El joven se gana el pan en el “palo” de la informática. Vive hace seis años en el pueblo, pero lo conoce de muy pibe, cuando venía con sus viejos. “Cuando lo del veneno no se veía venir”, dice.

Nos conduce hasta la zona sur de Domínguez. La frontera entre la calle Cochabamba y las plantaciones de soja y lenteja. Menos de 20 metros separan a las casitas del campo labrado. “No se respeta la distancia de 120 metros y mirá lo que es la cortina forestal que separa al pueblo de las plantaciones. Un chiste. Lo dice la ordenanza, no se cumple, no es mi opinión”, marca Kesler. La plantación de árboles que sirve como barrera para alterar el flujo del viento y así proteger de los agroquímicos a los vecinos parece una broma pesada. Menos de una docena de flacuchos pinitos.

Según el joven, la leucemia, los problemas respiratorios y el cáncer a secas se han encarnizado con los vecinos de la calle Cochabamba. “En la frontera norte, donde hay una secadora, el drama es calcado. El tema es que el agrotóxico está normalizado. Los mosquitos dando vueltas por el pueblo a toda hora. Bidones chorreando químicos en las veredas o tirados en los contenedores de basura. Esa es nuestra normalidad.”

Kesler levanta temperatura cuando habla del rol del Estado. Los funcionarios que no funcionan: “Se llenan la boca hablando de buenas prácticas agropecuarias, puras mentiras. No hacen nada”. Más de una vez, recuerda, los vecinos han corrido a los mosquitos a los palazos, para evitar la llovizna infecta: “Es que te indigna. Pasan de día cerca de los pibes que están jugando. Querés frenarlos, evitar que abran los brazos mecánicos y empiecen a tirar veneno. Pero no podemos meternos en los campos, porque ahí vienen los problemas.” Cuando la propiedad privada está por encima de la salud de los seres humanos.

Eugenia es otra vecina de Domínguez. La cruzamos cerca de la secadora de granos. Denuncia la discriminación que sufren los que osan alzar su voz: “Pueblo chico. Te mira mal alguien en el almacén, porque el primo o el hermano es el empleado que fumiga. Es complejo. Hay que desterrar la idea de que nuestros pueblos viven sólo del campo. Son pocas las familias que tienen tierras. El resto no tiene nada. Se mueren fumigados para que esos poquitos hagan mucha plata.”

La posibilidad de muchas islas

La granja se llama La Carolina y está en Piñero. Es un islote agroecológico entre tanta tierra envenenada. La trabaja Martín Montiel, muchacho nacido y criado en estos pagos. En la recorrida muestra con orgullo los sacos de harina integral de trigo. “Cultivado, cosechado, limpiado y embolsado sin uso de tóxicos. Al revés del sistema industrial, que acopia millones de toneladas y les ponen gamexane. Después eso lo come la población”, explica Montiel.

Tienen vivero, huerta, pisadero de barro para bioconstrucción y hasta fabrican mermeladas. “Estuve del otro lado del mostrador, criaba cerdos en forma intensiva, con los malos del sistema agroindustrial. Esa espantosa lógica de contaminación y acumulación de capital. Cada vez somos más los que cambiamos”, dice. Hace 20 años, había sólo dos experiencias agroecológicas en el sur de Santa Fe. Hoy son 48.

Antes de decir adiós y cerrar la tranquera de La Carolina, Montiel deja un mensaje postrero: “La lucha contra los agrotóxicos no es solo de nosotros. Acá fumigan pueblos y escuelas. En Buenos Aires te fumigan el plato de comida”.

Publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

lunes, 24 de enero de 2022

Ringo, el caminante

 A pata pelada. Así duerme Ringo, mientras escribo estas primeras líneas antes de que se cierre el año. No le importa el infierno de la noche de verano de Barracas profundo. Quiere estar cerca, pegado a mi pata. Apoya la cabeza, suspira, quizá sueña en blanco y negro, sigue torrando. Vida de perros. A veces lo envidio.

Ringo es mi mascota. En realidad, es mucho más que mi mascota. Seguro me entienden. Compañero, familia, amigo. Sí, un amigo. De esos que te escuchan con la oreja bien parada. A veces, siento que me aconseja sin decir una sola palabra. A lo sumo, una mirada o un suspiro. Guau.

¿En qué andábamos? Sí, Ringo. El muchacho es ya todo un señor mayor. Bóxer atigrado, tiene un aire a Muhammad Ali. Ojo, que somos hinchas del forzudo Bonavena acá en el sur. Ringo llegó hace casi nueve años a casa. Lo trajo Romi, mi exmujer. De cachorro, era grande como la cabeza que tiene ahora, esa que apoya en mi pata. Le miro el marulo de nuevo mientras escribo y tomo otra latita de birra. ¡Cómo creció el cabezón! Debe pesar casi 30 kilos. La zabeca colabora en el engorde. Se siente cuando me tira la carrocería encima en la cama.

Los dos venimos de un largo invierno. Todos venimos de largos inviernos, en estos años miserables de la peste. Los pasamos. Sobrevivimos. Juntos, espalda con lomo, pata con pierna, nariz con hocico.

Romi se fue de casa hace algunos meses. Nido –cucha- vacío. ¿Me entienden? Soledad. Cuando todo explotó por los aires a mitad del año pasado, cuando yo era un fantasma deambulando entre las ruinas de un bombardeo digno de Dresde, Ringo me sacaba de la cama a la fuerza. Hijo del alba. A las 6:30 de la matina, me obligaba a salir de la catrera, ese útero de sábanas que a veces te chupa y no te deja renacer. Me lameteaba la cara. Quería salir a pasear. Había que caminar. ¿Habrá otra forma de curar la melancolía?

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Caminar, caminar y caminar. Ese fue el remedio contra la saudade. Perro sabio. El ritual de lo habitual era escuchar al palo y en rulo “Yo quiero ser tu perro” de Iggy Pop y Los Stooges, para después sin fin perdernos. Caminatas eternas hasta El Coloso que custodia el Riachuelo, en la parte más obrera de la obrera Avellaneda. Derivas dignas de Debord hasta Constitución. Excursiones hasta el límite de Pompeya y más allá. Visitas a los terrenos donde estaba la quema en Parque Patricios. Si usara esas aplicaciones que marcan la cantidad de kilómetros recorridos -qué locura lo de cuantificar todo, ¿no?-, seguro ya andamos cerca de Alaska.

Ni correr, ni trotar, ni marchar. Hacer camino al andar, por senderos de cemento que se bifurcan y trifurcan. Perderse sin rumbo. “Darse una vuelta por el lado salvaje”, diría Lou Reed y las chicas corean “doo, doo, doo”. Caminar lejos para alejarnos del dolor. Hasta que duela.

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Hace unas semanas fuimos con Ringo a la veterinaria. Los últimos dos meses andaba raro. Mal de la panza. A la noche, su estómago se quejaba con alaridos dignos de un cantante de death metal. Tiene un tumor. Vamos a arrancar 2022 en un quirófano. Pero hoy es fin de año y nos cortaron la luz. Edesur va a iluminar al pueblo el día que arda. Con Ringo, vamos a tener un festejo decimonónico. Velas y una sidra en la terraza bajo el manto frío de estrellas apagadas. Eso sí, antes de las 12 nos vamos a ver el río. Somos peregrinos.

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Les escribo a las apuradas que ando de enfermero. Ayer, Ringo salió bien de la operación. Ya les dije que es fuerte como Bonavena. Tuvimos una noche movida, pero hoy cuando asomó la mañana, se acercó medio grogui hasta la cama y me dio una de esas lameteadas que te cambian la vida.

Después, me miró fijo a los ojos. Lo sé, no hacen falta las palabras, quiere salir. Paso a paso. Pablo, su veterinario, nos dijo que vayamos de a poco. Será una humilde vuelta manzana. Un pequeño paso para Ringo, un gran paso para nuestra hermandad.

Antes de que le ponga la correa, esa libertad que mide metro y medio, Ringo está echado en el piso, justo por donde se cuelan los primeros rayos del sol. Me acerco. La escena me hace acordar a la historia del encuentro entre Alejandro Magno y Diógenes, el filósofo de la escuela cínica que apodaban el perro. «Cínico» es una palabra que viene del griego, del adjetivo kynikos, perruno. Pero volvamos a la leyenda. Dicen que después de un intercambio picante, el rey todopoderoso de Macedonia le dijo al vagamundo Diógenes que le pidiera lo que quisiera. Ringo me mira con cara de filósofo. Sé que sabe la respuesta. Me corro del sol y le pongo la correa. Nos vamos a caminar. Pronto hasta el infinito y más allá. Nuestro remedio. Así nos curamos. «

Publicada en Tiempo Argentino, por acá.

miércoles, 19 de enero de 2022

Crónica de un río seco

 Son islas rodeadas de tierra. Donde había agua, con suerte, barro queda. La bajante histórica del río desnudó a los yuyos, a las piedras, al fondo rocoso que por estos días arde. Del húmedo Paraná, los isleños sólo conservan un recuerdo a secas.

El pescador José “Chemo” Ramírez hace memoria bajo un sauce en la sede de Trabajadores del Río, una cooperativa enclavada en los arrabales de la ciudad santafesina de Villa Constitución. “Nunca pasó algo así. A nosotros nos mata. Al estar tan bajo el caudal, nada hay de pescado, desde Pavón hasta San Nicolás, donde trabajamos”, se lamenta Ramírez. Sirve un mate y sigue remando en sus recuerdos. “Para que se haga una idea, hace dos años, cuando empezó la bajante, cada pescador sacaba casi 400 kilos diarios. Tarucha, bagre, surubí. Ahora apenas 30 kilos. Ni el 10%, una miseria. Pero estamos acostumbrados. La vida del isleño es sacrificada.”

Chemo tiene 42 años, las dos manos curtidas por las redes y un chuchillo filoso en la cintura. Es nacido y criado en las islas de Gualeguay, acá cerquita, en Entre Ríos. La historia de su familia fue acunada por los brazos del Paraná. En sus años de gurisito costero aprendió el arte de la pesca: “Me enseñó mi abuelo Pasión Ramírez, que vivió hasta los 105 años. También mi viejo, Bonifacio del Carmen, que sigue laburando. Pescador se nace. Yo vengo de esa raza, de esa tradición.” Un linaje flotante heredero de canoas, lagunas, camalotes, redes, arroyos y espinel.

Chemo dice que con la seca y los calorones de los últimos meses, las lagunas cercanas al Paraná se convirtieron en grandes platos de sopa. “Se enferman los pescados por el agua caliente, salen podridos. Yo los miro a los ojos y me doy cuenta si están enfermos”. La malaria y el drama del Litoral –arriesga el pescador mientras chupa una vez más la bombilla–, son causados por las quemas, la destrucción del ecosistema, la avaricia de los dueños de la tierra: “Mi abuelo decía que esta era una zona rica, una mina de oro. Que iba a cambiar, la iban a explotar. Los grandes empresarios vieron el filo y andan haciendo desastres. Hay menos humedal, menos árboles, más ganado, más soja. Me lo dijo mi abuelo hace 30 años. Dicho y hecho.”

Ramírez tiene que volver al trabajo. Controlar la máquina de hielo escama, reparar un espinel, cerrar números con el contador de la cooperativa. Al despedirnos en el portón, confiesa que con sus 38 compañeros tienen temor de perder el trabajo por la bajante que no afloja. Quieren seguir a flote. “Es que somos de las islas, donde somos libres. Si nos sacan de nuestra casa, dónde vamos a ir. ¿A Rosario? ¿A Buenos Aires? Nos matan. Sin el agua, no sé qué vamos a hacer”.

Lo que perdimos en el fuego

Hace 20 años, Fernanda del Carlo vio el futuro prendido fuego en el horizonte. Mientras navegaba en una lancha por el río, pudo observar por primera vez cómo las llamas devoraban el humedal. Lo recuerda mientras camina por una plaza que tiene vista al puerto de Villa Constitución y a la Reserva Natural Isla del Sol. Cuando llega al límite del terreno, mira hacia la boca del Paraná, la triple frontera que hermana Santa Fe, Buenos Aires y Entre Ríos, y después otea otra vez el horizonte: “Desde ese día empecé a notar cómo cambió nuestro espacio. Cómo perdimos flora y fauna. Cómo se fue deteriorando el río. Cómo siguieron quemando. Cómo el Estado no hizo nada. No tengo dudas de que la bajante está relacionada con todo esto. Por eso nos organizamos.”

Del Carmen tiene 53 años y es vecina de Villa Constitución de toda la vida. Pone el cuerpo en la agrupación Salvemos a los Humedales. “Arrancamos hace dos años, cuando empezaron las quemas más intensas en plena pandemia. Abrías la ventana de mi casa y entraba el humo. Con varios vecinos decidimos comprometernos con los humedales y el río de otra forma, no tan individual y de disfrute, sino para cuidarlos.”

El mediodía es dantesco. La sensación térmica sin transpirar debe andar por los 40º en la ciudad. Fernanda señala la otra costa del río. Lo que queda del río. “Esa sombra negra que se ve es el veril, el borde. Imaginate una pileta que está con tan poca agua, que se ve la pared”. Hace unos días, el río sufrió el registro más bajo de su historia. Menos 34 centímetros. Hace apenas un mes atrás, tenía una altura de 70 centímetros. El promedio histórico para estos meses ronda los 2,70 a 3,10 metros.

El antiguo paisaje acuático de la Reserva Natural luce ahora ataviado de estricta etiqueta marchita. Más que el Litoral, parece la Puna. “De piba nos rateábamos del colegio y veníamos a remar acá. Como ves, las cosas cambiaron, ahora se puede pasear en auto”, explica Fernanda y señala el camino seco. Después, levanta temperatura y denuncia: “Los gobiernos hacen muchos anuncios. Van a poner un faro de conservación que avisa si hay fuego, pero todavía está en veremos. En realidad, si no ponen recursos ni voluntad en agarrar a los que prenden, que son los que hacen negocios inmobiliarios y la agroindustria, es la historia de siempre. Si no hacen algo, nos vamos a quedar sin humedales y sin río.”

Menos que cero

“Zona de aguas profundas”. En el Club Náutico de Villa Constitución, los veleros y las lanchas ignoran la advertencia del cartel. Duermen la siesta recostados sobre el bajofondo del amarre. “Que yo recuerde, nunca visto. Estamos debajo de cero. Mire la escalera. Esa es la altura normal del agua. Ahora se ve el piso, tres metros abajo”, enfatiza Eduardo Luna, caletero del club. El hombre se gana el pan moviendo las embarcaciones, bajando las lanchas al río ahora invisible. En las alturas de su puesto de vigilancia, en una torreta, Luna se siente triste. Como si recitara un poema de Juan L. Ortiz, el caletero reflexiona: “Es que el río para mí es todo. Como la sangre que va por mis venas. Mi trabajo, mi compañero, mi vida.”

Tato Massei es instructor de remo. Cuenta que esta mañana no pudo entrar al agua con sus alumnos. “Ayer a duras penas pudimos salir”, se queja el joven bronceado de musculosos brazos. “Afecta las fuentes de trabajo, viene menos gente al club. A lo sumo, se meten a la pileta”, agrega Tato. Para el deportista, entre las quemas, la tala de árboles y la Corriente de la Niña se armó una tormenta perfecta de la que es difícil salir. “No nos queda otra –se despide- hay que seguir remando.”

El Correntoso

El brazo del Paraná se llama El Correntoso, pero esta tarde sus pocas aguas tienen la fuerza de una canilla de cocina. “Si no lo vivís, es difícil contarlo. En la boca del río hay 30 centímetros, una locura”, asegura Juan Ramírez, un isleño apicultor. La bajante, suma el muchacho, cambió el día a día de los pobladores de esta parte de la Argentina. El hombre de río, acostumbrado a moverse en su canoa, se convirtió en sufrido peatón. “Todo al hombro llevo hasta mi rancho. Nafta, mercadería, materiales. Un viaje que era de diez minutos, ahora es de casi una hora. Ya son meses. Acá no vino nadie del Estado, el isleño se la arregla solo. Ya le dije, hay que vivir para contarlo”, dispara Ramírez y empieza la larga marcha hasta su casa. 

No muy lejos, Franco Gallego pasa las horas escuchando radio AM, bien cerquita de La Pendenciera, su bote. Es pescador. De los que saben leer el río. Gallego mira las gallinas que corren cerca del rancho, se acomoda las botas y al final se lamenta: “Estoy seco, como el río. Tocado. El Covid y la bajante parecen pestes de la Biblia. No me quiero ir de acá, me gusta esta libertad. ¿Qué voy a hacer en la ciudad?”.

A don Donato Figueroa lo encontramos reparando sus redes bajo la sombra de un arbolito. Lo custodian sus siete perros guardianes. Pila de años lleva viviendo en las islas. A cinco metros de su casa corría un arroyo por donde el agua ahora apenas gatea. Habla maravillas del Yanina, su fiel bote varado. “Sacábamos surubí, ahora lo ve al río, es todo tierra, yuyo verde”, dice don Figueroa, sonríe y no deja de mover las manos, esas manos diestras que son por sí mismas la historia viva del pescador litoraleño. Las manos que atan esos hilos que le dan de comer del río. Que no se corten.

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

lunes, 10 de enero de 2022

Irvine Welsh, con el cuchillo entre los dientes

No es fácil olvidar a Francis Begbie. Seguro muchos se acuerdan de Renton, de Spud, de Sick Boy… pero cómo olvidarse de la violencia demencial que encarnaba Begbie en la pandilla inadaptada de Trainspotting. Imposible. La sangre tira.

Bueno, el tema es que está de regreso y… reformado. No es joda. Dejó atrás el suburbio del suburbio de Edimburgo, la cárcel, el alcohol, el tabaco y el salvajismo extremo que eran su ADN. El más punk sin saber qué es ser punk parece una carmelita descalza. Se mudó a la parte más tranquila y cheta de California, tiene una esposa rubia perfecta que le dio dos hijas rubias perfectas, un nuevo nombre –Jim Francis- y hasta un flamante laburo: es ¡escultor!, y de los reconocidos. Se gana la moneda en el círculo de artistas modernos. Forja bustos mutilados de personajes famosos. Siempre la tuvo clara con el cuchillo.

La vida le sonríe al viejo Begbie. Ahora sí, eligió tener una vida. Hasta que los fantasmas del pasado que nunca lo han dejado en paz –Shakespeare alla escocesa- aparecen de nuevo.

Luminosa, radiante, resplandeciente como las costas del Pacífico. Así comienza El artista de la cuchilla, la nueva novela del británico Irvine Welsh. Pero se sabe, la felicidad dura un instante que no es eterno. Begbie recibe desde la gris Escocia la noticia de que han asesinado a su hijo. Entonces, decide regresar a Leith, el barrio obrero que lo vio nacer y deformase, para averiguar qué sucedió. Lo esperan sus enemigos, el alcohol que dejó hace años, las drogas, el porno y la violencia. Sus años oscuros.

Prosa adictiva, ágil, cinematográfica, reflexiva. Dosis desparejas de realismo sucio, humor ácido e intrigas. Pasan los años, Welsh conserva su pluma filosa. Su novela es una suerte de regreso al mundo de Trainspotting, para explorar cómo Begbie puede encajar en ese escenario, con el cuchillo entre los dientes.

A su vez, la nueva obra de Welsh es también un tratado sociológico sobre los barrios bajos británicos en el nuevo mileno. Y, sobre todo, una reflexión sobre el arte, la violencia y el amor a las raíces.

En una entrevista con The Guardian de hace algunos años, el escritor confesó por qué decidió retomar la vida de Begbie: “Los personajes se estrellan contra tu conciencia. The Big Issue me pidió que hiciera una historia de Navidad hace un tiempo y Begbie, la encarnación del infierno navideño, violenta, llena de odio, me vino a la mente. Pensé que sería bueno invertir todo, que Begbie fuera el tipo más autocontrolado de la sala. Esta idea me cautivó. En El artista de la cuchilla sus dos bandos luchan. Ha aprendido a controlarse a sí mismo a través del descubrimiento del arte y la educación, pero todavía tiene esta ira, violencia y sadismo dentro de él”. Se hacen carne y sangre. “Me pregunto hasta qué punto cambiamos de verdad”, repite como un mantra el artista de la cuchilla en sus derivas.

A lo largo de la novela, Begbie recuerda en varias ocasiones a su amigo Mark Renton. Incluso, ahora parece entender su traición, los beneficios de escapar. ¿Qué pasaría si se reencuentran? Sólo nos queda esperar. Welsh publicó en inglés una secuela de El artista de la cuchilla. Se titula Dead Men’s Trousers. Dicen que la banda de Trainspotting se junta a pleno. Será otra oportunidad para averiguar si se puede escapar de los fantasmas del pasado. Elegir la vida.

Publicada en Tiempo Argentino, por acá. 


martes, 28 de diciembre de 2021

Memorias de un fusilado que vive

 20 de diciembre de 2001. El modelo neoliberal instaurado durante el menemato explotaba en mil pedazos en toda la Argentina. Las imágenes que mostraba la televisión daban rabia, miedo, asco. En plena rebelión popular contra las políticas de hambre del gobierno de Fernando de la Rúa, la brava policía montada molía a palos a las Madres de Plaza de Mayo a pocos pasos de la Casa Rosada. Esa fue la gota de sangre que rebalsó el vaso para Martín Galli. El joven de 26 años, nacido y criado en el Oeste del Conurbano, no lo dudó. Después del mediodía tomó coraje, salió de su casa, subió al tren Sarmiento, llegó al Once y empezó a patear con dos amigos por Rivadavia. Había que recuperar la plaza. Esa tarde, la vida de Martín cambió para siempre después de que un escuadrón de Asuntos Internos le disparó sobre la Avenida 9 de Julio. Esta es su historia. Las memorias de un fusilado que vive.

Veinte años después, Galli no luce las largas rastas que movía tocando el bajo en su banda de reggae Charlan Jáparos, ya no trabaja como motoquero para una tercerizada de Edenor, ni estudia en el profesorado de Literatura del Joaquín V. González. Tiene 46 pirulos, dos hijos y una sonrisa luminosa. Se gana el mango como bibliotecario en La Boca. Sí, su gran pasión son los libros. Hablando de literatura, así comienza esta charla con Tiempo Argentino.

Escuchar a Martín hace entender cómo los libros pueden cambiar la realidad. También, salvar vidas. “Justo en los meses previos a diciembre estaba leyendo dos libros. Uno de Saramago, La historia del cerco de Lisboa. Es sobre un traductor de vida muy gris que reescribe un libro de Historia. Hace una sublevación con la palabra. El otro, también muy flashero, es Baudolino, de Umberto Eco. Una novela sobre un príncipe que hace un viaje a lo Marco Polo. Hay una frase que me quedó y creo me movió ese día: ‘Nada se comparaba con sentir en el viento el dolor de la batalla’. Algo de esas lecturas me llevaron a Plaza de Mayo”.

Galli le da un trago al café con leche como para tomar impulso y sigue: “Yo no venía de militar, ni tenía afiliación partidaria. Sí tengo una historia familiar. Mi viejo fue delegado en la época de los milicos, mi vieja era delegada docente, a mí tío lo chuparon en los ’70 y mi abuelo fue herido en el bombardeo del ’55. Algo había, lo conecté después. Lo tenía en el ADN”.

Mucho antes del estallido de diciembre, Martín ya era consciente de que la mano venía muy fulera en el Conurbano profundo. En el oeste estaba el agite piquetero contra el ajuste. Los cortes en la Ruta 3, las ollas populares para combatir la miseria en Catán y Laferrere. “El corralito sumó a la clase media a la protesta. Me acuerdo que en la caminata hasta Plaza de Mayo había señoras con las bolsas de los mandados, jubilados, oficinistas con los maletines, militantes, piqueteros. Todos mezclados.” Piquete y cacerola, la lucha era una sola.

Caídos, todos desconocidos

Gases, palos y corridas. Ese fue el dantesco escenario que encontró Galli al llegar a Congreso. “Seguimos caminando hacia Plaza de Mayo. Hacía calor, un infierno. Entramos por Diagonal Norte, pero nos frenaron de nuevo los policías. Entonces decidimos volver para el lado de la 9 de Julio. Nos sentamos en una plazoleta, cerca del Edificio Del Plata, entre Sarmiento y Perón. Eran las 7 de la tarde, estábamos en el cordón descansando cuando frenaron los canas. Ahí me hieren”.

Como en un fusilamiento, el escuadrón de policías comenzó a disparar a mansalva balas de plomo, con sus brazos apoyados en los techos de los autos. Luis Márquez, un militante peronista, cayó muerto por los disparos. A pocos pasos, le dieron a Martín en la cabeza. En un radio inferior a 100 metros, fueron asesinadas y heridas otras cuatro personas. Galli recibió un perdigón de la bala que mató a Márquez. Ingresó por el lado izquierdo de su cráneo y quedó incrustado en el derecho. “Es difícil entender que el Estado te quiera matar. Me lo pregunté tantas veces, pero no tiene una explicación racional. Cuando desperté en el hospital, me lo contaron y no lo podía creer. También surgen otras preguntas: por qué a mí, por qué justo yo, también si me expuse de más. Lo hablé mucho en terapia, convivir con esa cicatriz que siempre va a estar.”

A Galli le salvó la vida Héctor “El Toba” García, un docente militante de izquierda. Con sus manos, García lo resucitó después de dos paros cardíacos. Con su dedo, tapó el orificio de bala por donde Martín se desangraba, lo subió a un taxi y lo llevó al Argerich. “Tiempo después, El Toba, que tuvo una hermana desaparecida por los milicos, me dijo que al salvarme, sentía que la estaba salvando a ella y a los militantes de su generación.” García murió en 2014. Martín lo acompañó hasta el último día. “Era como mitad un papá y mitad un hermano. Sin su mano, no la cuento. También por el apoyo de mi expareja Liliana, mis viejos y amigos. Cuando me estaba recuperando de la herida, que me dejó secuelas en la movilidad y epilepsia crónica, El Toba me decía: ‘Dale para adelante. Para atrás, ni para tomar impulso”.

Herida abierta

Pasaron dos décadas y Martín sigue esperando un oscuro día de justicia. “Del escuadrón que nos tiró a nosotros, no hay ningún preso. Tuvimos audiencias hasta hace dos semanas. Hubo sentencias, pero hay mil instancias de apelación, un delirio”. A veces siente que el Estado le sigue disparando: “Cuando declaré en 2016, los abogados de los canas me hostigaban. Los que te meten plomo, te meten en un lugar de mierda de nuevo. Encima tenés que escuchar cómo el proceso afectó la vida de Mathov y de Santos, que tienen presión alta, que dejaron de trabajar, que están deprimidos. Como si ellos fueran las víctimas. Es una herida que no cierra nunca.”

Cuando le pregunto si valió la pena poner el cuerpo aquel tórrido 20 de diciembre, Martín piensa un rato: “Muchas veces siento que no sirvió para nada, soy bastante escéptico. Sin embargo, creo que los políticos quedaron con miedo después del 2001. Ninguno se animó a un ajuste tan grande. Ni Macri se animó. Creo que esa es una enseñanza. La gente sale a la calle a pelear”.

Antes de despedirse, Galli vuelve a su pasión, la literatura. Dice que si un pibe en la biblioteca le pide algo sobre el 2001, seguro le recomienda El grito, un libro de la escritora Florencia Abbate, con historias atravesadas por el estallido. “Y que lean a Eco y a Saramago. Ya te dije, esos dos libros me cambiaron la vida”.

Publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

Carta a un viejo indecente

 Querido Bukowski:

¿Cómo anda? Espero que bien. Seguro que durmiendo el sueño eterno en algún cementerio de esa cloaca mal maquillada que llaman Los Ángeles. ¿O estará en un infierno encantador? Qué importa, si la vida ya es un infierno. Usted lo sabe bien. Qué le tengo que andar explicando. Siempre contó que desde muy pendejo aprendió que el amor y el afecto siempre brillan por su ausencia en este mundo miserable.

Pero basta de divagues, voy al grano. Acabo de terminar de leer su último libro. Se llama La enfermedad de escribir. Título picante. No esperaba menos de usted. Le cuento que fue publicado en español por la editorial Anagrama. Sí, lamentablemente, conserva algunos términos demasiados gallegos que abaten la lectura. Pero no es para tanto: por lo menos, ya no imprimen el “polla” o “nevera” en todas las páginas. De última, los lectores somos pobres seres humanos que nos adaptamos a todo. ¿Qué otra cosa nos queda?

¿En qué estábamos? Ah, sus cartas. ¡Qué cartas! No es fácil distinguir si son poemas, novelas breves, relatos largos. De lo que no hay dudas, es de que son arte. ¿Y qué es el arte de la escritura? Usted lo define muy bien en una carta breve que le mandó el 13 de septiembre de 1990 a Henry Hughes, editor de la revista Sycamore Review: “Más de una vez he dicho que escribir es una enfermedad. Me alegro de haberme contagiado. Cada vez que entro en este estudio y miro la máquina de escribir siento que algo en alguna parte, unos dioses extraños o algo innombrable, me han conferido un don maravilloso que perdura y perdura. Oh, sí”.

Le cuento que el trabajo sucio de leer, copiar, editar, elegir fragmentos y dibujos que engordan su libro lo hizo un tal Abel Debritto. Sí, es un intelectual, esa casta que usted tanto desprecia, incluso más que a los beatniks. Y no hay que quitarle méritos al tal Debritto. El hombre repasó más de 2.000 páginas de su correspondencia inédita. La primera está fechada en 1945. No sé si la recuerda. Usted era un cachorro muerto de hambre y rabioso. Le mangueó trabajo a Hallie Burnett, editora de la revista Story. No tuvo suerte. Entonces, siguió caminando como un lobo solitario por la larga senda del perdedor. La última está fechada el 1 de febrero 1993, pocos meses antes de su muerte. Está dirigida a Joseph Parisi, editor de la prestigiosa revista Poetry, el Olimpo de los poetas. Después de cuatro décadas, se dignaron a publicarle tres poemas. Ese día, tocó el cielo con las manos: “Recuerdo que de joven leía Poetry: A Magazine of Verse en la biblioteca pública de Los Ángeles. Ahora, por fin, ya soy uno de los vuestros”.

Téngame paciencia, no todos los días se le escribe una carta al maldito Bukowski. ¿En qué andábamos? Ah, le quería contar que disfruté mucho sus diatribas filosas sobre las obras de algunos colegas. A veces, golpes certeros dignos de Alí. Aunque hay que reconocer que usted también lanza misiles de destrucción masiva. No se andaba con chiquitas, Hank. En varias cartas, atiende a Ginsberg, Faulkner, Shakespeare y Henry Miller (ese de “los parloteos a lo Star Trek”). Aunque en el fondo, algo de cariño le tenía al viejo Henry. También le da duro y parejo a los biempensantes, policías de la moral y el lenguaje. Cuando retiraron su libro Erecciones, eyaculaciones y exhibiciones de una biblioteca de los Países Bajos, escribió estas líneas: “La censura es la herramienta que emplean quienes necesitan ocultar la verdad. Son incapaces de plantarle cara a la realidad y ni siquiera me cabreo con ellos, sino que me dan una pena tremenda. Los educaron para protegerse de todo cuanto ocurre en la vida. Les enseñaron a mirar en una sola dirección cuando existen cientos de direcciones”.

Del otro lado de la moneda, usted no ahorra elogios para con Dostoievski, Céline, el primer Hemingway, varios editores y su amado Fante. ¿Se acuerda de la carta que le mandó en diciembre del 79? ”La botella de vino está abierta y la radio encendida y voy a poner papel en la máquina de escribir y, gracias a ti, las palabras llegarán de nuevo. Llegarán gracias a Céline y Dos, y Hamsun, pero sobre todo gracias a ti”.

De alguna manera, más allá del valor literario, siento que su libro es también un manual de supervivencia. ¿Cuántas veces escribir nos salvó la vida? En una carta de 1991 dirigida a John Martin, su editor, lo deja clarito: “Te lo habré contado miles de veces, pero nunca olvidaré lo que me pasó en Atlanta, cuando moría de hambre y, como poseído, escribía con la punta de un lápiz en los bordes blancos de los periódicos que los caseros habían puesto en el suelo de tierra a modo de alfombra. ¿Loco de atar? Sí, pero era una locura de la buena. No lo olvidaré jamás. Fue el mejor curso de Literatura imaginable. Pienso atravesar como un rayo el cielo todo. Porque sí”.

Hasta acá llega esta carta, Bukowski. En Buenos Aires, arrancó el verano, hace un calor insufrible y en la heladera ya no quedan cervezas. Sabrá entender que debo ir al chino a aprovisionarme unas latas. Así, están las cosas esta tarde. Los pájaros cantan en Barracas. Sólo nos queda beber hasta la Navidad. Y después, también.

NGR

23 de diciembre de 2021

Publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

La pesadilla del american dream en tiempos de la peste

 El metro de la línea E avanza a los tirones por el túnel que cruza el siempre caudaloso East River. Destino final, el suburbio del suburbio de Queens, el más grande de los cinco boroughs que engordan a la ciudad de Nueva York. Para muchos, junto al Bronx, su patio trasero.

El vagón muestra un vacío ejemplar en el mediodía helado del martes. “Fueron demasiados los que perdieron el trabajo por la pandemia. Es que, en el fondo no volvió la normalidad, por eso ve tan pocos pasajeros”, explica Miguel, un jubilado que me acompaña en la travesía subterránea. Miguel cuenta que ya pasó los 70 pirulos. Tiene varias arrugas tatuadas en la frente, techadas por un gorrito azulado de los Mets, el equipo de beisbol de su barrio. Vive hace 60 años en la Gran Manzana. Llegó desde su natal San Juan, la capital de Puerto Rico. Se rompió el lomo durante décadas en una fábrica de autopartes. “Ya estoy retirado y no sueño en grande. Pero tengo un ángel que me protege –reza antes de bajar -. Mi mamá me dijo que cuando nací, sonaron las campanas de la iglesia en San Juan. Que Dios lo bendiga.” Al despedirse, Miguel se persigna en el desierto andén.

Un par de paradas más y el subte llega al multicultural Jackson Heights. Es uno de los barrios más diversos de Nueva York, uno de los barrios más diversos del planeta. El bar de La Guerra de las Galaxias a cielo abierto. Calles y más calles pobladas por decenas de colectividades. Llegaron de Asia, África, Sudamérica y mucho más allá. La mitad de su población de más de 150 mil habitantes nació fuera de las rígidas fronteras estadounidenses. Caminar por la calle 74, donde hicieron patria los migrantes de la India, es un viaje de ida a Nueva Delhi. En la 73 se amucha la colorida colectividad bengalí y sus marineros. Sobre la 77 ranchean los hermanos colombianos con sus arepas y mil y un manjares más. Babilonia en gringolandia.

Con una finita nevisca y el puente del metro en las alturas como telón de fondo, en el cruce de la Avenida Roosevelt y la calle 75 me levanta el sacerdote argentino Fabián Arias. Es nacido y criado en Luján, se ganó la moneda durante décadas como docente y catequista. Hace casi 20 años hizo nido en el Norte. Cuenta que se ordenó en una iglesia luterana que está en la zona de Times Square, en el glamoroso Midtown de Manhattan. “Venía de una formación católica muy ortodoxa y acá descubrí otro mundo. Mujeres dando misa, parejas gays en las celebraciones, sacerdotes casados, mucha gente del ambiente de los teatros de Broadway. Una comunidad amorosa, integrada, servicial. Ahí encontré mi lugar”, relata Arias mientras maneja su camioneta por Queens. Vamos rumbo a Corona, un vecindario dominado por migrantes latinos que llegaron a Estados Unidos para hacer realidad el american dream. Aunque para muchos, por la pandemia y las políticas migratorias, el sueño húmedo de progreso se transformó en pesadilla a secas.

Migrar o morir

Huir de la violencia, del narco, de las maras, de la miseria extrema. Huir de la muerte. Dejar atrás la patria, los amigos y la familia para sobrevivir. “Ya no se puede hablar sólo de american dream, eso era en los ’70. No es sólo venir para hacer plata o tener mejor calidad de vida. El que viene de Centroamérica o de México lo hace porque está escapando de la muerte, la pobreza, la falta de trabajo. Quiere seguir con vida”, reflexiona Arias al llegar a Corona.

El padre estaciona la chata sobre la avenida 34, la arteria que cruza filosa la barriada. En el cruce con el Boulevard Junction, emponchados hasta el alma, lo esperan decenas de migrantes. Se acercaron para retirar bolsones de comida. La imagen es digna de la gran depresión. Una postal poco conocida, poco turística, poco digna. El gran imperio norteamericano desnudo.

Las necesidades, dice Arias, son muchas. “Cuando empezó la pandemia, los primeros afectados fueron los migrantes. Al no tener papeles, tienen que trabajar en la construcción, en los restaurantes, en limpieza. Ahí es ‘día trabajado, día pagado’. Se quedaron sin trabajo cuando se cerró la ciudad. Desde el año pasado estamos dando una mano con comida sana y nutritiva. Son miles los que se acercan en Queens, Bronx y Alto Manhattan.”

¿Y la contención estatal? “Hay que decir las cosas como son. Hay una contención del Estado que funciona -sincera Arias-. Pero en la época de Trump se quisieron cortar estos programas de asistencia y ahora con Biden se siguen discutiendo en el Parlamento. Hay muchos demócratas vestidos de republicanos”.

El religioso se pone manos a la obra con sus compañeros. La faena de llenar los bolsones con las preciadas papas, lechugas, sopas en lata, fideos, legumbres, sardinas. Deja una reflexión postrera: “Biden, Obama, Bush, Trump, todos son más o menos lo mismo. Unos con discursos más académicos, otros más brutos. En el fondo, las políticas y las estructuras no cambian. Menos sobre los migrantes, que son tratados como criminales y punto. Va a seguir siendo así, esté quién esté en el poder.”

La fila del hambre

En Queens hace un frío siberiano. La fila para retirar alimentos es una serpiente emplumada de más de 200 metros. Lilia Moreira es una de las tantas mujeres que aguarda con parsimonia a que comience la entrega. La señora de 56 años llegó a las 10 de la mañana con su carrito. A las 3 de la tarde, sentada en el cordón, la ecuatoriana dice que está curtida en el arte de la espera. Hace 26 años, cuando se vino desde Cuenca, espera a que el Estado le entregue sus papeles migratorios en regla. Religiosamente, aclara, todos los martes retira su bolsón: “Trabajé once años en costura, pura maquila, pero enfermé y no más. Mi marido es mecánico, no alcanza. Agradezco esta comida. En pandemia hubo hambre”. La inflación fue otro mazazo que recibieron los flacos bolsillos: 6,6% interanual. La más alta en 39 años. Con las donaciones, sueña Lilia, para la cena va a preparar una generosa sopa de arroz con habichuelas.

Cerquita espera Bernardo Arellano, mexicano llegado hace dos meses desde Puebla. El joven de veintipocos dejó atrás al desempleo, se endeudó por 10 mil dólares con un coyote y cruzó ilegal la frontera por Texas. Dos semanas de terror on the road hasta Queens. “Todavía no tengo trabajo y esta ayuda es fundamental. Ya va a salir algo”, se ilusiona el morocho. Suenan rancheras de fondo y Bernardo dice que extraña horrores a su mujer Cristina y a su hija Emily: “Pero no pueden venir, la frontera es peligrosa”.

Miguel Hernández también es mexicano, de Oaxaca. Igual que su paisano, allá lejos en el ’94, padeció una odisea para atravesar el río Bravo. Tampoco tiene papeles: “Estoy cerca, fifty y fifty. Trabajo como mesero, pocos clientes, seguimos en pandemia”. Lo acompaña su hijo Sebastián, de ocho años, que corretea por ahí: “Biden nos sigue viendo como criminales, pero no lo dice. Trump lo decía sin pudor.”

Don William Ventura pronto va a cumplir 60 años. El dominicano es experto en aguantar el frío neoyorquino. Serán los 48 años que lleva en las islas. Se gana el salario del miedo limpiando vidrios de los rascacielos. “Yes, sir, vine por el american dream. Construcción, supermercado, limpieza, de todo hice. Me alcanza justo para pagar la renta.” Cree que Biden es mejor que el blondo Trump: “Ese tenía two faces, decía una cosa y hacía otra”.

A las 4 de la tarde, antes de que caiga temprano y pesado el manto de la noche, los vecinos empiezan a llenar sus carritos con el morfi. La ecuatoriana María Morales no puede esconder su alegría atrás de la campera, el grueso pulóver y la bufanda. “Estoy muy agradecida con la iglesia y la comunidad. El Estado podría ayudarnos más”, dice la señora. Después encara derechito el boulevard. Un gorrito de lana abriga su cabeza. Lleva zurcida una frase desteñida, algo pasada de moda, melancólica: “I Love NY”.

Publicado en Tiempo Argentino, por acá. 

miércoles, 8 de diciembre de 2021

El dealer, la bailarina y alguien que pasaba por ahí

“Amaneció con una resaca infernal, tres fajos de diez mil dólares y la nariz llena de cocaína. Lo despertó su propio estornudo y un objeto duro que se le clavaba en las costillas. Quiso buscar su celular y no pudo encontrarlo. Siempre lo dejaba en el mismo lugar, pero el que había cambiado era él, que se había desmayado en el piso. Al menos era su casa, o eso creía, la borrachera le impedía pensar con claridad”. Desde sus primeras líneas, la primera novela de Nicolás Eisler es generosa, picante, adictiva. Distante de cualquier tono oscuro de los policiales negros clásicos. El dealer, la bailarina y alguien que pasaba por ahí es más bien un policial blanco… y radiante, como la ‘fafafa’ que se toma en los boliches de la Ciudad de Buenos Aires.

Roto, bañado en whiscola y con demasiadas preguntas, así amanece Renán en su morada, un monoambiente cool y desordenado del Abasto. ¿De dónde mierda salió la guita? ¿Qué hizo la noche anterior? ¿La puso? Como cualquier millennial, Renán, flor de ‘logi’, busca las respuestas en un teléfono, que ni siquiera es el suyo. ¡Sorpresa! Tiene 23 llamadas perdidas desde su iPhone. Por un momento, se imagina en una de esas películas de Liam Neeson. Mafiosos rusos, muertes, dólares y mucha falopa. Algo de eso hay. Antes de hacer la primera llamada, la que dispara esta historia, en el fondo Renán sabe que no es Liam Neeson. Es, más bien, un flor de perejil.

Como advierte desde su título, la delgada pero potente nouvelle de Eisler, periodista de filosa pluma, es jalada por un tridente de historias que estallan, restallan, explotan en la pompa y circunstancia de la noche porteña. Ménage à trois. A la deriva nocturna del joven Renán se prenden la sensual Kristina, bailarina muñequita rusa del cuerpo estable del Club 69; y Alfredo Gutiérrez Luro Pueyrredón, dandy monarca dealer destronado, que supo reinar en mil y un boliches durante los años duros del menemato. 

Palo y pala. Palermo Hollywood y la 1-11-14. Bratvá y narcos peruanos. Corralito y jet set noventoso. Éxtasis y porro. Un thriller alla argento, con dosis desparejas de hilarante humor y realismo un poco sucio. Vivir afuera de Fogwill y Chau, papá de Juan Damonte, sus padres putativos. También, pseudoensayo sociológico y cartografía bolichera de la Capital Federal en los 2000 y flahsbacks a los noventa: desde Niceto hasta New York City, sin olvidar El Cielo cheto de la Costanera, Coyote y algún antro del Once en donde se festeja cada tiro como un gol de Teófilo Cubillas. Ruido blanco.

Nunca se sabe, quizá alguna vez vuelva a nevar en Buenos Aires.

Publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

domingo, 5 de diciembre de 2021

Viernes negro en Manhattan

 No estás tan radiante, Nueva York.

Con las heridas todavía abiertas que te dejó la pandemia, más bien lucís oscura, fría, melancólica. Siempre bella. Digna de un Viernes Negro.

En el Midtown, el viento frío que viene del río Hudson te puede cortar la cara como si fuera una navaja. Camino por la calle 34, frígido corazón comercial de la Gran Manzana. Postal plástica navideña que seguro conocen de alguna película pochoclera de Hollywood. Corre un tornillo bárbaro, sin embargo el delirante carnaval consumista del Black Friday calienta a miles de clientes en la helada tarde.

Las filas frente a los supermercados y las tiendas departamentales parecen serpientes emplumadas. Las familias reptan hacia los nidos comerciales. Adentro se viven orgasmos del derroche y la compra-venta desenfrenada. Manhattan lo sabe. Esa “gran puta de Babilonia y madre de todos los engendros” –como la llamaba Joseph Mitchell, el cronista máximo de esta ciudad de la furia– abre sus fauces para devorar billeteras y tarjetas de crédito hasta el último morlaco. El gran banquete del capitalismo está servido.

No todos están invitados.

Desocupados, homeless, indigentes, precarizados, yonquis… Cientos de miles de nuevos pobres cosechó Estados Unidos en estos dos pestilentes años. “Viene de antes de la pandemia, my friend. New York siempre tuvo luces y sombras”, me explica José, un cubano exiliado que labura en la zona de Times Square. Vino a hacer realidad el húmedo american dream hace diez años. Se gana la moneda en una pesadilla a secas enfundado en un traje de Batman. Un auténtico caballero de la noche más oscura del gran país del norte.

¿Dónde hay un mango, viejo Biden? Repiten los norteamericanos mientras se endeudan y gastan a mansalva. Encima, hay que sumar la inflación, la más alta en el país en los últimos 30 años. Aún no hay guarismos claros del viernes oscuro de este 2021, pero seguro serán mejores con la vuelta de la compra física.

María se gana el salario del miedo en un supermercado Target en la Hell’s Kitchen. Es repositora y vive en el Bronx. Le pregunto si tiene temor de contagiarse el virus por el malón de clientes. La piba mastica bronca atrás del barbijo y dice que no le queda otra: el sueldo le alcanza raspando para pagar la renta.   

Hace unos días, la Federación Nacional de Minoristas (NRF, por sus siglas en inglés) estimó que alrededor de 158,3 millones de personas iban a sacarle lustre a la tarjeta de crédito. Casi 2 millones más que en 2020, cuando las ventas se fueron a pique por la peste. Algo es algo. Lo que seguro romperá records otra vez es la venta de armas. Después vienen las masacres en escuelas y centros comerciales. Rojo y negro pinta el futuro. Con carpa, Dani vende porros sobre la Avenida 8. Se la rebusca con la droga blanda. Nueva York legalizó el consumo recreativo en abril pasado. No así la venta del verdoso insumo. Falta apenas su reglamentación. El morocho comerciante dice que viene duro el Viernes Negro. Fumando un generoso joint espera a sus clientes. Añora, más bien, un viernes color dólar. Verde que te quiero verde.

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá.