Mostrando entradas con la etiqueta Bolivia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bolivia. Mostrar todas las entradas

viernes, 29 de mayo de 2020

Morir por Covid, vivir por sus vecinos

A Agustín Navarro no lo mató el Covid 19. “A mi papá lo mató el abandono del gobierno de la Ciudad. No estuvieron presentes en el barrio. Por eso se mueren los militantes como mi viejo, que están poniendo el pecho en los comedores”. Verónica es la hija de Agustín Navarro, referente social del Barrio Padre Mugica que falleció el lunes 25 de mayo. La mujer denuncia la desidia estatal que se llevó la vida de su padre desde un hotel porteño, donde cumple el aislamiento obligatorio por estar infectada por el maldito virus.
Verónica cuenta que es estudiante de Trabajo Social, tiene 24 años y laburaba codo a codo con su viejo en el merendero que funcionaba en la casa familiar: “Se llama Otti y está en la manzana 24, zona YPF. Lo abrimos en 2018, cuando volvió el hambre al barrio. Damos merienda a los chicos y también salimos con la olla a dar un plato de comida a los sin techo. También tenemos un espacio en el playón oeste, se llama Esquina Libertad. Laburo social. Mi papá siempre decía que había que dar una mano al vecino, al que está en la calle, al que no tiene nada.”
Verónica hace memoria y reconstruye la vida de su padre. Agustín Navarro nació hace 57 años en Tupiza, una localidad del sur de Bolivia, no muy lejos de la frontera con La Quiaca. Migró muy joven. Dejó atrás el Altiplano y se vino a Buenos Aires para edificarse un futuro mejor. Se estableció en una piecita de la siempre postergada ex Villa 31. Laburó sin parar. Se casó con Rita. Tuvieron cinco hijos: Franco, Martín, Octavio, Vanesa y Verónica. “Era un papá muy presente. Preocupado por el estudio de sus hijos –recuerda Verónica-. También estudiaba, había empezado la carrera de Ciencia Política. Tenía una pata en la formación y la otra en el territorio luchando por su barrio. ‘Nunca dejen la escuela, que es el futuro de ustedes’, siempre nos decía.”
Derecho a la educación
Navarro ayudó con sus propias manos a que miles de pibes de la villa tuvieran la posibilidad de llegar a ese futuro. “Piense que Agustín ayudó a construir la histórica Banderita, la primera escuela del barrio, hace más de 25 años. Puso los ladrillos de las aulas, siempre solidariamente. Era un hombre muy activo en la lucha por las condiciones edilicias y la calidad de la educación para los chicos del barrio”, explica Walter Larrea, auxiliar docente del Polo Educativo Mugica y miembro de la Mesa Participativa de Urbanización.
Larrea resalta que Agustín estuvo muy presente en el proceso de lucha para que el gobierno porteño edificara el Polo Educativo que hoy cobija a la mayoría de los estudiantes de la barriada: “Estaba siempre poniendo el hombro. Participaba en las mesas de trabajo, venía con su familia y sus compañeros de Barrios de Pie a las radios abiertas y las marchas. Su muerte, junto a las de Ramona (Medina) y el ‘Oso’ (Giracoy), muestran la desidia, el abandono de Larreta en el Barrio Mugica. Son tres compañeros importantes que ya no están. Tres comedores menos. Tres vecinos que cayeron en plena batalla contra el virus y el abandono, dándoles una mano a sus vecinos. Tres referentes que vamos a  extrañar demasiado.”
Derecho a la urbanización
Héctor Guanco es dirigente social del barrio y miembro del Comité de Crisis formado por los vecinos para capear la pandemia. Conoció a Agustín hace pila de años: “Desde la lucha eterna por la urbanización. Se acercaba a las mesas de trabajo, escuchaba atento las demandas y siempre colaboraba. Estaba con la camiseta del barrio siempre puesta. En las épocas en que Macri amenazaba con el desalojo, Agustín participó en todas las medidas que impulsamos con los vecinos para conseguir la ley de urbanización.” Navarro fue delegado de la manzana 24. Hombre muy comprometido con sus vecinos, sus necesidades, sus derechos, con mejorar la calidad de vida: “Un ferviente peronista. Un compañero que se merece un homenaje, que no merecía terminar así.”
Guanco está aislado en su casa en forma preventiva, a la espera de que le hagan el testeo: “Ya hay más de 1000 casos en el barrio. Es desesperante que se mueran los referentes como Agustín. Los que les da un vaso de leche, un mate cocido a los pibes. Los que ponen el pecho en los merenderos. Si el gobierno de la Ciudad no aparece, vamos a terminar todos contagiados. Se están yendo muchos compañeros que siempre acompañaron las luchas populares. Por eso estoy muy triste.”
Derecho a la alimentación
“Compañero muy solidario”. No duda Walter Córdoba a la hora de recordar a Agustín. Compartían espacio de militancia en Barrios de Pie. “Puso el techo de su casa para abrir un comedor. También armaba ollas populares para ayudar a la gente que estaba en la calle. Un hombre muy querido en el barrio. Su muerte es un golpe muy fuerte para nosotros, porque era un compañero que siempre estaba en la primera línea, al pie de la olla”, explica el coordinador de Somos Barrios de Pie Capital.  
En la cuarentena la mayoría de los comedores se sostienen a pulmón, con el apoyo de los vecinos y las organizaciones: “El Estado llega tarde, nos faltan insumos para cuidar a los compañeros, como barbijos, guantes, lavandina –dice Córdoba-. Las muertes de Agustín y Ramona se podrían haber evitado. La pandemia desnudó las ausencias estructurales en los barrios populares. La falta de agua, de luz, del plato de comida, de la salud, que tendrían que estar resueltos.”
Derecho a la vida
Verónica cuenta que cuando el virus llegó al barrio allá por mediados de abril, tuvo varias charlas con su papá: “Estaba preocupado, decía que el gobierno tenía que actuar. Pero lamentablemente llegaron tarde una vez más. No hubo agua por semanas, entonces aumentaron los casos. Y lo de los testeos no fue puerta a puerta. Los vecinos nos tuvimos que acercar.”
Cuando su papá empezó a manifestar los primeros síntomas, lo aislaron en un hotel: “Lo tendrían que haber llevado a un hospital. Cuando lo internaron era demasiado tarde. Me da rabia. Era un gran hombre mi viejo”.
Antes de despedirse, Verónica dice que cuando termine su aislamiento obligatorio vuelve derechito al merendero: “Hoy está cerrado, pero no vamos a bajar los brazos. Vamos a seguir ayudando al barrio, a los vecinos. Como hacía mi papá.”
Publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

martes, 4 de junio de 2019

Después de Sanjinés: el cine boliviano tiene quien lo analice

En la Argentina se sabe poco y nada sobre la muy rica cinematografía boliviana. Lo que sí se sabe, no tengan dudas, es que son contadísimas, a cuentagotas, las películas producidas en el país andino-amazónico que logran su merecido estreno comercial en las salas porteñas. O su exhibición en festivales y ciclos. O, siquiera, su copia pirata ofrecida por caseritas y caseritos de las ferias del Bajo Flores o de Liniers. ¡Por suerte tenemos internet!
Más allá de la producción clásica que logró saltar fronteras en el pasado, con la obra de Jorge Sanjinés como resplandeciente faro solitario, hay que resaltar que la cinematografía boliviana ha vivido (y sufrido) un verdadero proceso de cambio en la última década ganada. Mayor cantidad de films que salen a la luz, la emergencia con rasgos propios de las cinematografías regionales y la irrupción de nuevos cineastas que retoman senderos ya transitados y que -con buenos criterios e inevitablemente con buenos tropiezos- se animan a explorar nuevos territorios.
“El cine boliviano nunca ha logrado exceder las glorias y desgracias de su sistema artesanal de producción. Aquí cada cual hace su película como puede y según los modos que las condiciones y los auspicios le permiten. En parte, estas fragilidades de la práctica explican que el cine boliviano sea un ‘cine de autor’: es decir, cine en que el autor decide casi todo, aunque esa libertad la ejerza en circunstancias que no son de su elección.” El fragmento citado pertenece al libro Después de Sanjinés. Una década de cine boliviano (2009-2018), de Mauricio Souza Crespo, uno de los mayores investigadores, historiadores y críticos de la literatura y la cinematografía bolivianas. Una obra publicada recientemente bajo los auspicios editoriales conjuntos de la editorial paceña Plural y del blog Tres Tristes Críticos del tridente Rodrigo Ayala, Fernando Molina y el propio Souza Crespo.
Después de Sanjinés resulta una obra fundamental para entender el presente de la cinematografía boliviana. Un cine, según el crítico, que sin gran público en las contadas salas y de esporádico ingenio formal, es capaz en la actualidad de hallazgos parciales, secuencias memorables, y posibilidades no menos presentes y actuantes por ser apenas intuitivas. Características que acercan a la boliviana a “casi cualquier otra cinematografía nacional”. Y con las dificultades que ha atravesado la cinematografía boliviana en su dilatada historia, no es poca cosa. 
El grueso volumen de 307 páginas está organizado en tres apartados. El primero y más generoso reúne 40 reseñas de películas bolivianas –o relacionadas con Bolivia- del período histórico marcado por la hegemonía del Movimiento al Socialismo (MAS) y su giro “radical”. Souza Crespo traza una cartografía crítica de los últimos diez años del cine parido en la Bolivia de los tiempos de Evo Morales. En su radar crítico aparecen films conocidos pero no reconocidos en estas pampas, como Zona Sur (recuerdo una proyección hace pocos años en la TV Pública), YvyMaraey y Søren de Juan Carlos Valdivia; Viejo Calavera, de Kiro Russo; Ciudadela, de Diego Mondaca; y Perfidia, de Rodrigo Bellot. Pero también analiza obras fascinantes y casi desconocidas en Argentina, como Pandillas en El Alto, el potente cortometraje de tópico minero Juku de Socavón Cine y Eugenia de Martín Boulocq. Un mapa que invita a la exploración por varios senderos que se bifurcan y trifurcan.
En el segundo apartado, Souza Crespo cambia de aire y se concentra en los cambios, mutaciones y transformaciones en las maneras de “Ver y hacer cine en Bolivia”. Lectura obligatoria para trabajadores del gremio. La reflexión sobre la labor del crítico tiene su espacio en este capítulo. En uno de los textos, el autor arriesga que “acostumbrados a insistir en que hacer cine en Bolivia cuesta muchísimo (habría que averiguar pronto el nombre de esos lugares en los que hacer cine es hacer un paseo de parque), se espera en ocasiones que la crítica discuta el valor de una película a partir del esfuerzo invertido en hacerla. Esta expectativa solo se aplica al cine boliviano, ese que hace ‘gente que conozco’ y a la que ‘he visto esforzándose mucho’. Un posible equivalente hollywoodense de esta costumbre sería la de pedir que juzguemos el valor de una película por la cantidad de plata invertida en ella. Sin verla, podríamos decir así que Ragnarok es la mejor película de 2017. ¿Acaso 180 millones de dólares pueden equivocarse?”
La última parte del libro, íntegramente integrada por el ensayo de más largo aliento, medita sobre el concepto del “regreso” en diversos films a esta altura ya icónicos. El clásico Vuelve Sebastiana de Jorge Ruiz y el más reciente documental El corral y el vientode Miguel Hilari. En este diálogo reflexivo también aparecen road movies como Mi socioy Cuestión de fe. Pero en realidad, el texto también, y sobre todo, es una excusa perfecta para hacer foco en dos obras del maestro Sanjinés: el clásico de clásicos La nación clandestina y el magnum opus paraestatal Insurgentes.Es que la cinematografía boliviana vive un sempiterno “regreso” a la obra de Sanjinés. En su libro, Souza Crespo nos da indicios de lo que, quizás, vino después.

Publicada en Tiempo Argentino, por acá.