viernes, 24 de abril de 2020

El Rey de la Cocaína

Función privada. Es 1983 y el capo colombiano Pablo Escobar Gaviria mira la pantalla concentrado. A su lado, Roberto Suárez Gómez, el “Rey de la cocaína”, y su hijo Roby Suárez se ríen sin parar. Los tres disfrutan del video de la película Scarface algunos meses antes de su estreno en Sudamérica. De repente, Suárez Gómez interrumpe la película y dice: “Cómo les gusta tergiversar las cosas a estos gringos. ¿Quién les dijo que Montana era cubano y vivía en Miami? Si acá todos sabemos que mi Tony Montana es paisa y está sentado a mi lado.” Pablo Escobar explota en una carcajada, al igual que Suárez Gómez, quien rápidamente se da cuenta que también aparecía retratado en la película: no cabía duda que Alejandro Sosa, el empresario boliviano con contactos políticos y militares que proveía de cocaína al personaje interpretado por Al Pacino, estaba inspirado en él. Al final de la velada, el dúo de capos bromeó sobre la posibilidad de contactar a sus abogados en California para demandar a la Universal Pictures. Cuentan que hasta quisieron cobrar dividendos y regalías por los derechos intelectuales del film de Brian De Palma.
Durante aquellos años dulces de la cocaína, Roberto Suárez Gómez llegó a exportar casi dos toneladas de pasta base por día desde sus laboratorios en la amazonia boliviana. Este monarca del hampa, heredero de una de las familias ganaderas más ricas del país andino, engordó una fortuna pantagruélica alimentada por el narcotráfico durante la década del ochenta. Socio del Cártel de Medellín en sus tiempos dorados, “Robin Hood” y filántropo del oriente boliviano, cerebro de la sangrienta narcodictadura de García Meza, íntimo del nazi Klaus Barbie y del “Banquero de Dios” Roberto Calvi, protegido del panameño Noriega, financiador, junto a la CIA, de la Contra nicaragüenses, y hasta dicen que acordó tête à tête con Fidel Castro una ruta para llevar cocaína hasta las narices estadounidenses. Hace unos años, Ayda Levy, viuda del monarca, de quien se separó en los primeros años de la década del ’80 al enterarse de que el acaudalado empresario estaba involucrado en negocios non sanctos, escribió El Rey de la cocaína para desentrañar al hombre de carne y hueso que creó La Corporación, la “General Motors del narcotráfico”.
Casa real
La historia cuenta que Roberto Suárez Gómez era beniano, morocho y bastante corpulento. Típico ganadero de familia bien del oriente boliviano. ¿Su árbol genealógico? Hijo de Nicomedes Suárez, patrón de Santa Ana y “Rey del Ganado”; sobrino nieto de Pedro Suárez Callaú, el fundador de la Casa Suárez y “Rey de la Quinina”; y bisnieto de Nicolás Suárez Callaú, el “Rey del Caucho”. Nacido el 8 de enero de 1932, en la localidad de San Ana, el pequeño príncipe Roberto creció bajo el designio de ser el heredero de la familia que supo erigir un verdadero emporio exportando la savia del “árbol que llora” (caaochu en lengua del pueblo maina) y la carne de miles de cabezas de ganado que criaban en sus dominios. Levy, quien contrajo matrimonio con Suárez Gómez en la década del ’50, explica que las construcciones en las estancias y colonias que la familia tenía en plena selva amazónica “eran señoriales, y sus salones fueron testigos privilegiados de fiestas y banquetes que ofrecían los Suárez en honor a la llegada de presidentes, embajadores extranjeros e ilustres personalidades.” Entre lujos asiáticos, glamour europeo y explotación sudamericana, Roberto supo seguir al pie de la letra los consejos de la casa real beniana y se convirtió en un poderoso empresario y terrateniente capaz de definir los destinos de Bolivia. Sin embargo, su verdadero reinado económico comenzó a finales de los años setenta, cuando la crisis que provocó la caída del precio del estaño en los mercados internacionales ahogó al país andino, y junto a otros empresarios del oriente boliviano vio en la coca un recurso estratégico renovable para sacar a Bolivia del subdesarrollo y saciar el hambre del pueblo. Y, de paso, engordar su fortuna.
Suárez Gómez estaba completamente seguro de que con el floreciente negocio podrían pagar en 36 meses la deuda externa del país, que ascendía a 3000 millones de dólares. Levy cuenta que en aquellos años su marido le explicaba que algunos países tenían inmensas reservas petroleras y auríferas, y a los bolivianos les había tocado la coca en la repartición. Dicen que ante sus socios el futuro monarca se preguntaba: “¿Por qué debe parecernos raro que se niegue a priori la posibilidad de incursionar en el narcotráfico en aras de nobles ideales, con la motivación del amor a la patria y a la humanidad?”
El narcoestado 
Para principios de 1980, Suárez Gómez acordó con el general Luis García Meza financiar el golpe de Estado que éste ejecutaría en julio, a cambio del monopolio de la coca en el territorio boliviano. El ganadero aportó 5 millones de dólares para la empresa militar, que también tuvo pleno apoyo de la dictadura argentina. El golpe se ejecutó el 17 de julio y derrocó al gobierno de la primera presidenta boliviana, Lydia Gueiler.
“En todas las negociaciones que hizo Roberto con García Meza y sus secuaces, fue vehemente en su oposición a la violencia. Exigió antes, durante y después del golpe que no se derramase sangre de ser humano alguno”, recuerda Levy sobre el rol “humanitario” de su marido. La junta militar fue la más sanguinaria de la historia boliviana. Asesorada por el nazi Klaus Barbie, el “Carnicero de Lyon” que se encontraba prófugo de la justicia francesa, y el terrorista neofascista italiano Stefano delle Chiae, la narcodictadura desató el terror. Ya en la toma de posesión, el ministro de gobierno Arce Gómez, primo del Rey de la Cocaína, advirtió que los opositores al gobierno y los comunistas debían “andar con el testamento bajo el brazo”.
Seis meses después del golpe, la muerte y desaparición de 500 bolivianos (entre ellos el líder político y escritor Marcelo Quiroga Santa Cruz) y la tortura de miles de presos llevaron a Suárez a romper su alianza estratégica con los militares. “No pasó una semana cuando Klaus Altmann (nombre falso que usaba Barbie en aquellos años) apareció en mi casa sin previo aviso. El rostro desencajado y sudoroso del alemán me hizo presentir que era portador de malas noticias. ‘Señora, he venido a ponerlos sobre aviso para que tomen todas las precauciones necesarias, porque el omnipotente Departamento de Estado norteamericano está ejerciendo una presión tremenda para que Bolivia haga pública una lista elaborada por la DEA, en la cual Roberto aparece de número uno, seguido por su hijo Roby.” Fue la gota que rebalsó el vaso para Ayda Levy, quien por esos días decidió separarse de su marido, aunque nunca logró el divorcio definitivo.
Pero no hay mal que por bien no venga, y Suárez Gómez redobló la apuesta y decidió crear La Corporación, “la General Motors del narcotráfico”, un aparato paragubernamental que asociado al Cártel de Medellín y la DEA, desde entonces se encargaría de, supuestamente, repartir las jugosas ganancias de la cocaína entre los bolivianos. El “Robin Hood” del Beni, llegó a bautizarlo la revista Time por su fama filantrópica. Los presidentes, los ministros, los intendentes, los militares, los jueces, los funcionarios aduaneros y hasta las monjas de convento y los curas de pueblo esperaban los billetes que, sagradamente, les enviaba La Corporación.
En Bolivia no se movía un solo gramo de cocaína sin la autorización del Rey. Los “Novios de la Muerte” era el nombre con el que se hacían llamar los batallones privados de seguridad comandados por el nazi Barbie y otros mercenarios, que protegían a sol y sombra al empresario y a los millonarios cargamentos que salían en aviones Cessna 206 Stol, desde sus laboratorios en la amazonía boliviana hacia Colombia, y de allí a Europa y los Estados Unidos. Levy cuenta que “los empleados de La Corporación tenían que contar durante horas sumas astronómicas de hasta 60 millones de dólares en billetes de diferentes cortes que llegaban en bolsas de cotense. Era más fácil desaguar el río Mamoré a tutumazos (baldazos) que acabar con el dinero de Roberto.”
Mi amigo Pablo
Suárez Gómez conoció a Pablo Escobar Gaviria a principios de los años ochenta. En esa época, el futuro líder del Cártel de Medellín viajaba a Bolivia acompañado por su compadre Gonzalo Rodríguez Gacha y compraba “a precio de gallina muerta” sulfato base de coca para procesarlo y exportarlo. Escobar necesitaba materia prima y Suárez monopolizaba el mercado del país andino. Cuentan que en aquel tiempo el boliviano aumentó el precio del kilo de la pasta base un 350% y que Pablo pagó sin chistar. El creciente mercado estadounidense costearía la diferencia. En poco tiempo se hicieron socios, y poco después grandes amigos.
Los negocios iban sobre rieles (dicen que en 1983 Suárez Gómez obtuvo en el primer cuatrimestre una ganancia neta de cerca a de 200 millones de dólares) y a partir de entonces, el Rey y el “Pelícano” (como apodó el boliviano a su socio) se codearon con lo más grande del hampa internacional. De día cerraban, brindando con champagne Moët & Chandon, negocios en la Toscana con Roberto Calvi, el llamado “Banquero de Dios” que presidía el Banco Ambrosiano, y por la noche acordaban en el Caribe rutas liberadas con el dictador panameño Noriega y el primer ministro de Bahamas Lynden Pinddling. Incluso, Levy narra el supuesto encuentro que tuvieron los capos narcos con Fidel y Raúl Castro en enero de 1983, para acordar el uso del espacio aéreo y las aguas cubanas. Levy cuenta del marcado interés que tenía Fidel en usar al narcotráfico como un arma contra el imperialismo yanqui. Según el relato del propio Suárez a su esposa, en aquel encuentro Fidel les dijo: “Gracias por haber aceptado la invitación. Ustedes serán el misil con el que agujerearé el bloqueo y el injusto embargo que sufre mi país.” En paralelo, los narcos, que siempre jugaban a dos puntas, cerraban un acuerdo con la CIA, a través del teniente coronel Oliver North, por el cual entregaban 500 toneladas de cocaína que la agencia comercializó en territorio estadounidense para financiar la Contra nicaragüense. Cuentan que durante el vuelo de regreso a Medellín, después de cerrar el trato con la CIA, Suárez le advirtió a su socio: “Pelícano, desde hoy estamos jugando en las ligas mayores, pero hay que andar con mucho cuidado. Estos gringos son más peligrosos que un mono con navajas.”
Querido Ronald
Pero no todo fue color de rosa en la historia de Roberto Suárez Gómez. En 1982, la detención en Suiza y posterior extradición a Miami de Roby Suárez, su primogénito y heredero natural, pusieron en jaque su floreciente negocio. Desesperado, el Rey le escribió una carta al presidente estadounidense Ronald Reagan ofreciendo su entrega inmediata a cambio de la libertad de su hijo y la condonación de la deuda externa boliviana. En la misiva, Suárez aclara: “Estas son, señor Presidente, las dos condiciones a cambio de mi entrega voluntaria a las autoridades que usted indique. Ambas son lógicas y justas. La primera obedece a los sentimientos más profundos de un padre; la segunda se funda en que soy un boliviano que ama entrañablemente a su patria, se conduele con su crítica situación y, si mi libertad puede servir para ayudar a que mi pueblo salga de este estado, bienvenida la cárcel o la muerte.”
Finalmente, con la ayuda de un batallón de abogados, en 1983 Roby fue declarado inocente de los cargos de conspiración en el tráfico de cocaína. Fue un duro golpe para la DEA. El heredero fue recibido en Bolivia por todo el pueblo de Santa Ana. En la biografía su madre recuerda que la multitud lo alzó en hombros cantando consignas en contra del imperialismo y la fiesta en los dominios del Rey duró varios días. Siete años después, la DEA se tomó revancha. Roby Suárez fue asesinado por la policía boliviana en Santa Cruz de la Sierra el 22 de marzo de 1990. Su padre, ya preso, no pudo ir al entierro.
El rey ha muerto
A finales de los años ochenta llegó el declive. Tras romper relaciones con el Cártel de Medellín, la DEA y la CIA, Suárez Gómez se retiró del negocio del narcotráfico. Para 1988, su alta exposición y secretos lo volvieron un problema y las autoridades políticas bolivianas le soltaron la mano. Levy recuerda que en esos días, el Rey reunió a sus hijos y les habló de una extraña visión que había tenido mientra rezaba en una de sus haciendas en la selva: “La luz de la luna reflejó en las gotas de la suave llovizna que caía antenoche el rostro de nuestro Señor. Él me ha dado el mandato de entregarme.”
En su autobiografía inédita Tesis Coca-Cocaína que escribió en aquellos años, el monarca boliviano advierte: “Yo fui el Rey. Mas, si se está en la cumbre, se está también al borde del precipicio. Cuando vuelvo mi pensamiento hacia atrás, no dejo de maravillarme por encontrarme todavía aquí, siempre remando contra la corriente, siempre adelante, a pesar de los escollos y los tumbos.” Suárez Gómez fue condenado a 15 años por tráfico de droga y estuvo en la cárcel hasta 1996, en una auténtica jaula de oro acondicionada a su gusto en la capital boliviana. El 20 de julio del 2000, un infarto lo atacó encerrado en su pieza, en una de sus mansiones. Cuentan que cuando los empleados y su médico echaron la puerta abajo para ayudarlo, lo encontraron tirado en la cama y, apuntándolos con una pistola calibre 45, el Rey les dijo: “Salgan inmediatamente de aquí. Si dan un paso más les disparó.” 
Publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

lunes, 20 de abril de 2020

Laburantes esenciales

Abril fue un mes muy cruel para Camilo Cabrera. “Y no lo digo sólo por la cuarentena. Es que también arrancó el otoño. Mirá la cantidad de hojas que hay en la calle. Las veo y me dan ganas de largarme a llorar”, bromea el fornido barrendero, mientras arremete contra los centenarios adoquines de la calle Goncalves Dias, en el sur de la ciudad. Tiene 31 años, una docena de ellos en el gremio de la limpieza urbana. Vive en Luis Guillón, se levanta religiosamente a las cuatro de la madrugada para arrancar puntual a las seis y monedas con la faena del escobillón, la pala y la bolsa de consorcio. “Ahora estoy levantándome una hora antes, para no llegar tarde por los controles de la policía en el cruce entre Capital y Provincia.”
Llueva, truene, haga un frío siberiano o un calor de mil demonios, o bien una peste invada el planeta, ahí va Camilo con su carrito de limpieza rodando por las calles porteñas: “No queda otra, hermano, es un trabajo que hay que hacer. Los barrenderos estamos expuestos a muchos bichos, así que este coronavirus no es el primero que enfrentamos. En la calle peleás contra la mugre, contra las ratas, contra el agua que se junta y trae mosquitos y dengue. Acá se lucha todos los días, todo el año.”
Desde siempre usa guantes en su trabajo. En las últimas semanas, incorporó el barbijo. “No, no ando con miedo. La clave es mentalizarse para sobrevivir. También tomar muchos recaudos. Llego a casa, me saco la ropa y meto todo al lavarropas, nunca falla.”
Camilo amucha las hojas caídas, marchitas, amarillentas. Después las carga en la pala, suspira, completa la bolsa oscura y dice que así pone su granito de arena para combatir la pandemia: “Sin duda, nuestro trabajo es esencial. Mantenemos la limpieza, que es algo fundamental en estos tiempos.”
De la vida sin cuarentena, el barrendero añora poder visitar a su vieja y a su hija de diez años, que vive con su mamá: “No es lo mismo una videollamada o un mensaje por WhatsApp. Querría tenerlas cerca, pero sé que por ahora no se puede. No hay otra salida: tenemos que cuidamos entre todos.”
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

domingo, 12 de abril de 2020

Pascua y pandemia en la Villa 1-11-14

La Parroquia Santa María Madre del Pueblo está en el corazón del barrio Padre Rodolfo Ricciardelli, la estigmatizada villa 1-11-14. Es mediodía del Viernes Santo y decenas de vecinos aguardan con parsimonia que se abra el comedor de la capilla. La fila sobre Perito Moreno, frente al apagado Nuevo Gasómetro, ocupa más de 200 metros. Sin la changa o el rebusque, pocos pueden parar la olla, menos para Pascuas. El aislamiento social preventivo controla la transmisión del virus, pero no mata el hambre. 
“Estas semanas de cuarentena vinieron a denunciar una emergencia social muy profunda en nuestros barrios. El primer día teníamos 30 familias en el comedor; el tercero, más de 90; hoy, a los cinco comedores del barrio se acercarán unas 4500 personas”, explica Juan Isasmendi, el barbudo párroco a cargo de la iglesia en el arrabal del Bajo Flores.
Custodiado por la imagen de la Virgen de Luján, tatuada en una de las paredes del templo, el padre Juan cuenta cómo su iglesia le pone el pecho a estas semanas durísimas que vive el barrio: “Todo esto era imposible de imaginar hace sólo un mes atrás. Quizás en una pesadilla. El primer desafío fue garantizar el plato de comida. Ahora, el segundo eje es la atención de los abuelos y abuelas. Tenemos 150 mayores a los que se les acerca mercadería, se les toma la fiebre, la glucosa, la presión. Estamos acompañando. Pero siempre falta, necesitamos más apoyo del Estado”. Hace pocos días, el presidente Alberto Fernández lo recibió en Olivos, junto a otros curas villeros del grupo en Opción por los Pobres.
A los 39 años, con curtida experiencia en villas de Barracas, Pompeya y Moreno, Isasmendi se acomoda el barbijo y los guantes de plástico gastados y dice que el barrio está alarmado. Ya tuvieron dos casos detectados de Covid-19, “uno de ellos, una chica que vivía en la calle y ya está recuperada”. Desde el inicio de la cuarentena, la parroquia acondicionó un refugio para los sin techo. También tiene listo un espacio con camas para garantizar el aislamiento.
Sin vía crucis, sin misas multitudinarias ni celebraciones de cuerpo presente, esta Semana Santa tiene un sentido especial para el padre Juan: “Son celebraciones sacramentales, que la cuarentena nos ha impedido realizar. Pero no ando triste ni pesimista, porque creo que en este contexto durísimo, el pueblo está viviendo una Pascua en su hambre, en su soledad, en la vulneración de sus derechos básicos. Siento que Jesús está encarnado en la vida de este pueblo pobre que da pelea”.
Tres o cuatro veces por día, se calza la estola, se pone atrás del micrófono o delante de la cámara de un celular, y se da maña para transmitir misa por la radio del Bajo Flores y las activas redes sociales de la parroquia: “Usamos Facebook, Instagram, ya estoy hecho un youtuber. La emergencia nos llevó a explorar esos espacios. Son importantes, porque la comunicación nos ayuda a romper este aislamiento físico, que también es espiritual”.
Dos semanas atrás, cuando el Papa Francisco dio una misa ante una desolada plaza San Pedro, Isasmendi recordó muchas de las enseñanzas que le transmitió aquel hombre que lo ordenó sacerdote: “Me hizo pensar en todo lo que predicó en estos barrios. También en la imagen de Moisés en el desierto. Ese hombre que de a ratos se iba a hablar con Dios para arreglar las cuentas de su pueblo mano a mano. La Biblia dice que el único amigo de Dios era Moisés. Hoy, en este presente durísimo, Francisco es el amigo de Dios que sostiene la fe de nuestro pueblo”.
Antes de servir el almuerzo para sus vecinos, Juan dice que no deja de asombrarlo la reacción de la comunidad para ganarle la partida al virus: “Es enorme, sensible, profunda, atenta. En el barrio siempre vi esta solidaridad, pero creo que este es un tiempo en que irradia en cuestiones sencillas. Dar una mano en la cocina de la parroquia, ayudar a limpiar el refugio, hacerles los mandados a los abuelos, acompañarlos, charlar un rato para ganarle a la soledad. Cuidarnos entre todos”.
Publicado en Tiempo Argentino, por acá. 

martes, 31 de marzo de 2020

Las venas abiertas de Guatemala


“Nuestros corazones reposaban a la sombra de nuestras lanzas”. La cita es del Popolvuh, el libro sagrado de los quichés, el pueblo maya guatemalteco. La tatuó Eduardo Galeano en la primera página de un libro que escribió en 1967. Ese año, el periodista uruguayo hizo un viaje iniciático que le cambió la vida. Llegó en aquel abril a Guatemala con la idea de subir a las montañas, perderse en los montes y escribir crónicas. Quería contar la historia de las FAR y el MR 13, los dos grupos guerrilleros que desafiaban al régimen cívico militar títere de Estados Unidos, que gobernaba el país centroamericano desde 1954, cuando la salida forzada del presidente constitucional Jacobo Árbenz Guzmán dejó ver una vez más –cada vez más- la sombra fantasmal del intervencionismo yanqui en nuestro continente.
“’Mis pilotos son rubios y de ojos azules’, dijo una vez el ex presidente de Guatemala, Miguel Ydígoras Fuentes, ‘pero eso no quiere decir que sean norteamericanos’. La coincidencia física, en este país de indios, no resulta, por cierto, casual. La intervención de los Estados Unidos en los asuntos internos de Guatemala abarca, desde hace tiempo, todos los campos. La presencia imperialista en el país resulta, por su crudeza, ejemplar: este es el descarnado modelo de la explotación que sufren las atormentadas tierras al sur de río Bravo”, reflexiona Galeano en Guatemala. Ensayo general de la violencia política en América Latina, libro fundamental de la obra del charrúa que es rescatado por Siglo XXI a más de 50 años de su publicación original. Un texto fascinante, longseller popular y pirata, ensayo germinal y antecedente directo del clásico de clásicos Las venas abiertas de América Latina.
Galeano tenía tan sólo 26 años cuando llegó a Guatemala, pero ya era un veterano cronista que había laburado en varias redacciones al otro lado del charco: El Sol, Marcha y Época. También alquilaba su pluma con colaboraciones en las prestigiosas Monthly Rewie. An Independent Socialist Magazine de Nueva York, la yugoslava Revista de Política Internacional, la californiana Ramparts  y las italianas Mondo Nuovo y Problemi del Socialismo.
En su periplo por el oriente guatemalteco, Galeano logra conocer de primera mano las andanzas y desandanzas de los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR). Las entrevistas a los combatientes, muchos de ellos humildes campesinos, y a su líder el comandante César Monte, “El Chiris”, le permiten descifrar la larga marcha de las milicias populares clandestinas que enfrentaban con astucia a un enemigo más numeroso, mejor entrenado –por los boinas verde estadounidenses- y poderosamente armado. El uruguayo no pudo completar su pesquisa en el terreno donde combatía el Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre, la guerrilla occidental liderada por Marco Antonio Jon Sosa.
Guatemala es un libro que combina dosis desparejas de la crónica todoterreno, el ensayo histórico iluminador y el periodismo más riguroso. Textos ejemplares que fueron escritos a contrarreloj, entre junio y agosto de 1967; y publicados en Uruguay a finales de octubre del ’67, pocos días después de la ejecución del “Che” Guevara en el oriente boliviano.  Tuvo una edición mexicana, una en inglés, también otra en italiano. Esta reedición es la primera en nuestro idioma. Incluye exhaustivas  lecturas de Pedro Daniel Weinber –profundo conocedor de la vida y obra del montevideano- y del historiador Roberto García.  
Leer hoy estas crónicas urgentes sobre aquellas derivas de Galeano por la selva, sin privilegio alguno, codo a codo con los combatientes, “caminando, caminando y caminando, arriba y abajo por las sierras verticales, abriéndose paso dentro de los bosques húmedos y densos a golpe de filo de machete”, permiten regresar aunque sea por un rato a esos tiempos en que la revolución era una salida posible.
Cuentan que Galeano jamás abandonó su cariño inmortal por Guatemala. El pueblo que le hizo descubrir “el pulso presente de la larga y sufrida historia latinoamericana, con todo el peso de sus derrotas y la fuerza de sus esperanzas”. En sus últimos años, el escritor estuvo trabajando en un texto sobre la milenaria celebración de la remontada de barriletes en el Día de los Difuntos, que realizan los guatemaltecos en pueblitos como Santiago Sacatepéquez y Zumpango. Se elevan al cielo cometas desde los cementerios para saludar a los fieles difuntos. Cada barrilete lleva tatuado un “telegrama”, un mensaje de paz. El escritor no pudo ponerle punto final a esta viñeta. La muerte lo alcanzó en 2015.
Sin dudarlo, en estos últimos años, en algún pueblo perdido del paisito centroamericano, un barrilete seguro voló alto en el cielo con su telegrama de paz para Galeano.  
Publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

domingo, 29 de marzo de 2020

Los de abajo y la pandemia

La boca del pasillo se abre en el cruce de Río Cuarto e Iguazú, pleno arrabal proletario del sur de la Ciudad, cerca del puesto de Prefectura donde un cabo flaco hace guardia, ataviado con barbijo y guantes. Es media mañana en la Villa 21-24, la barriada popular que ocupa la triple frontera entre Barracas, Parque Patricios y Nueva Pompeya. Arriba, el cielo está tramado por una nervadura de cables tendidos sin ton ni son. Abajo, el pasillo egoísta de un solo carril lleva hasta el siempre generoso comedor popular.

Lilian Gómez es militante de Barrios de Pie y motor de este espacio que brinda a los vecinos más desamparados de la 21-24 un plato de comida caliente, un mate cocido con galletitas, un poco de pan. “Se hacía merienda y cena, pero con la cuarentena empezamos a dar también el almuerzo. Se va poniendo difícil la cosa”, explica Lilian desde la cocina, mientras revuelve con esmero una olla repleta de tallarines. Las filas frente a los comedores de los movimientos sociales y cultos religiosos son la postal amarga que empieza a dejar la llegada de la pandemia. “Es que la gente está con el último mango o directamente sin un peso –asegura Lilian–. La mayoría de los vecinos son changueros, obreros de la construcción, feriantes. Trabajos que en estos días no existen más”.

Lilian entregaba 85 raciones diarias. Esta semana hubo que estirarlas para más de cien personas. “Me llaman para pedirme si pueden pasar a buscar un plato. Ahora hay lista de espera. Las organizaciones sociales estamos poniendo el pecho, pero necesitamos que Ciudad y Nación manden refuerzos en las viandas y la mercadería”, pide la mujer, antes de llenar los tuppers de los vecinos que van arrimándose para el almuerzo.

“La cuarentena acá se vive con angustia. Sabemos que tenemos que quedarnos en nuestras casas por lo del coronavirus, pero se hace difícil. Hay que estar encerrados y somos muchas personas, con criaturas, entre cuatro paredes. Poco aire, con suerte una ventana, muchos sin agua, y con la policía o los prefectos retando todo el tiempo. A esos mejor tenerlos a distancia”, dice Gustavo Gómez, cocinero del comedor. El hacinamiento, la falta de servicios básicos, el hostigamiento de las fuerzas de seguridad y el miedo a los saqueos no son los mejores aliados del aislamiento preventivo decretado por el gobierno. Cuatro millones de argentinos sumergidos en la pobreza se preguntan todos los días cómo van a sobrevivir. “Acá no hay alcohol en gel, pero sí mucho dengue –asegura el cocinero mientras raya un queso duro para las viandas–. Todo el mundo habla del coronavirus, de lavarse las manos, y está muy bien. Pero caen dos gotas y esto es un criadero de mosquitos”. Gustavo se acomoda el barbijo obligatorio y cuenta que extraña con locura jugar al fútbol con los pibes en el potrero. También ir a las clases de gastronomía internacional que estaba cursando: “Me mandan los apuntes por mail. Pero como el ciber está cerrado, no tengo dónde imprimirlos. De última, leo algo y practico acá en la cocina. Me la rebusco, como siempre”.

Marisol Aquino llega puntual al reparto del almuerzo, sola, con una bolsa llena de tuppers vacíos. En su casa la esperan sus dos nenas: “La llevamos como podemos. Hacen los deberes, que copiamos del teléfono. No quiero que dejen de hacer la tarea. Están aburridas, pero ya les expliqué que no tienen que salir”. Marisol no se puede guardar. Hacía changas, ahora no hay, la billetera está muy flaca. Sin el comedor, confiesa, no llega.

Eli y Marilú hacen la fila sin chistar. Matan el tiempo tarareando una canción de la Bersuit que suena en el pasillo. Mantienen la recomendada distancia social. Cuentan que dan una mano en el merendero todas las tardes. También en las –por ahora– suspendidas clases de apoyo escolar. “Me da pena, porque recién empezaban –lamenta Eli–. Pero en realidad lo importante es que no le falte la merienda a ningún pibe del barrio”.

A Lilian le queda un rato largo en la cocina. Se despide agitando esas manos solidarias que llenan las panzas de sus vecinos. Sobre su cabeza hay un cartel escrito a mano. El nombre del comedor: “Corazón Abierto”. 

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

miércoles, 25 de marzo de 2020

La pandemia en Constitución

La fila de taxis esperando pasajeros era una serpiente dormida frente a la estación Constitución. “Viene muerto, casi un 80% menos de laburo”, hacía cuentas Felipe, chofer con más de 25 años en el gremio, horas antes de que se declarara la cuarentena. La falta de gente en la calle por la pandemia, la economía de guerra, la drástica medida en ciernes: “Todo me tiene mal, y a eso súmele que soy monotributista. Si no hay laburo, cómo voy a parar la olla”. Como miles de trabajadores precarizados, el taxista espera ansioso algún salvavidas que le tire el Estado. Saca pecho y dice que no va a bajar los brazos: “A mi edad, miedo no tengo, pasé muchas de éstas. Menem, De la Rúa y otros virus malignos, este también va a pasar.”
José vende buzos, remeras y musculosas a pasitos de la boca del subte C, en la plaza seca frente a la estación del tren. El jueves ya llevaba tres días sin vender ni una media. Comerciante y busca de toda la vida, no recuerda una malaria parecida: “Me hace acordar al 2001. Veníamos mal con Macri, pero esto pinta más fulero. La gente no va a salir de sus casas, y eso me parece bien por precaución. Pero la cuarentena total me deja nocaut. Yo tengo que salir sí o sí a laburar.” Sin sueldo, sin cobertura social, sin asistencia estatal, los trabajadores informales como José (casi el 40% de la población económicamente activa) no saben cómo van a sobrevivir durante el parate forzoso. “Cómo mierda voy a pagar el alquiler, qué le voy a dar de comer a mi hija, porque hoy no tengo ni para comprar en el mercado un paquete de fideos.”
Marta Castañeda vende panes y chipá en las paradas de colectivos. Vive al día, en Quilmes, con su hija discapacitada. Se iba todas las mañanas en el Roca hasta el centro para ganarse el pan, pero ahora deberá quedarse. “Hoy me llevo como mucho 200 pesos, cuando antes hacía 400”, decía la señora, esperando medidas urgentes del gobierno: “No pude guardar arroz ni polenta, y dicen que no vamos a poder trabajar por un tiempo largo. El otro presidente nos tenía a pan y agua. Ahora de nuevo. Este gobierno nos venía a cambiar la vida, pero hasta ahora nada, somos los olvidados”.
En la esquina de Santiago del Estero y Garay, montada en sus kilométricos tacos aguja, Claudia esperaba algún cliente. Es trabajadora sexual y cuenta que hace la calle desde el 2012: “Como siempre, las putas somos las parias. No pasa nada de nada hace una semana. Desde ayer, la policía nos invita, amablemente, a dejar de laburar. Yo les pido que me digan cómo voy a pagar la pieza. ¿Quién nos cuida a nosotras?”
El vendedor de garrapiñada se había pasado horas acomodando los paquetes en el carrito que siempre estaciona sobre la calle Salta: “De vender ni hablemos. Y si llegás a estornudar, aunque te tapes con el codo, la gente te mira para el culo. Hay psicosis”, contaba Alejandro, monotributista. No sabe si va a poder aguantar semanas sin laburar, ¿o serán meses? En el oficio errante del ambulante, reflexionaba, siempre hay baches: “Sé que son medidas para cuidar la salud de todos. No es un capricho del gobierno. Acá no hay peronistas, macristas ni vendedores de garrapiñada, todos estamos en el mismo barco. Si se hunde, nos ahogamos todos.”
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

jueves, 19 de marzo de 2020

Senkata: donde el pueblo no se calla

Pasaron casi cuatro meses desde la represión en Senkata, frente a la planta de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) en la ciudad de El Alto, cuando balas y gases militares abrieron paso a un convoy de cisternas con combustible para alimentar a La Paz bloqueada. En esos días negros post golpe de Estado contra el gobierno de Evo Morales, los ministros de la presidenta autoproclamada Jeanine Áñez dijeron que los bloqueadores eran terroristas. En los "enfrentamientos" denunciados por los funcionarios sólo cayeron vecinos. Ni bajas ni heridos hubo entre los uniformados.
David Inca Apaza es el representante de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos (APDH) de El Alto. Asiste a los familiares de las diez víctimas y a las decenas de heridos que dejó la represión: "Desde los meses de octubre y noviembre vengo haciendo seguimiento humanitario –cuenta a Tiempo desde la ciudad enclavada a más de 4000 metros sobre el nivel del mar–. Después del 21 de octubre, con Morales todavía en el gobierno, la policía tenía una actitud de contención con las movilizaciones, pero desde el 10 de noviembre comenzaron a reprimir. Áñez y sus ministros ordenan agresiones abiertas, con gases y balines, y lamentablemente el 19 se ordena el uso de armas de guerra y ahí se dan los muertos en Senkata".
–¿Cuál es la situación actual de los familiares de las víctimas?
–El gobierno sacó un decreto supremo a principios de diciembre, que prometía una indemnización única para las familias y atención médica a los heridos, pero negaba la posibilidad de reclamar justicia ante tribunales internacionales. Fue rechazado. En enero logramos que el gobierno saque ese párrafo que le garantizaba impunidad y la posibilidad de obtener justicia. Siguieron las idas y vueltas. También pedimos que no se haga un pago único a las víctimas, sino que sea una ayuda humanitaria permanente. Estamos trabajando en un borrador. Todavía no hemos recibido nada.
–¿Cuál es su balance del gobierno de facto?
–Nosotros actuamos de buena fe: hemos ido a las reuniones con ellos, hemos entregado nuestras demandas. Hay que decir que ni el gobierno, ni las organizaciones sociales o la Central Obrera Boliviana se han preocupado por los masacrados en Senkata. No han venido en socorro de los familiares. Si cuestionamos la actitud del gobierno, también criticamos a las organizaciones sociales. De este gobierno no esperamos nada, tampoco de las organizaciones sociales ni de los otros partidos políticos. Somos los olvidados. No queremos que ningún partido político, ni Áñez, ni el MAS nos usen para sacar réditos electorales. Sólo quieren sacarse una foto con las viudas y los huérfanos. Nadie nos ha ayudado.
–La semana pasada, en medio de una sesión especial del Senado en Senkata, volvió la represión al barrio, ¿cómo vivieron esa jornada?
–Habíamos pedido a la Cámara de Senadores que hiciera un acto de desagravio a las víctimas y heridos, que lo hicieran en nuestro barrio, no desde la Asamblea Legislativa en La Paz. Ese día íbamos a tratar el pedido de juicio de responsabilidades a Áñez, la interpelación a los ministros represores y la creación de una comisión de la verdad, pero lamentablemente las víctimas no pudieron hablar. Hubo incidentes entre los partidarios de la izquierda y la derecha, luego vino un operativo represivo, gasificaron y las viudas no pudieron exponer sus demandas. Otra vez las verdaderas víctimas fueron olvidadas.
–En estos días hubo idas y vueltas con la salida del ministro de Defensa, Fernando López, señalado por los alteños como uno de los responsables de la masacre.
–No hay responsables, no hay nada. Sacan y ponen al ministro de Defensa, al de Gobierno también, pero siguen todos impunes. Nosotros hemos pedido interpelaciones, sin embargo los liberan de toda responsabilidad. Parece que en vez de investigarlos, los premian. Estamos muy enojados, con mucha rabia y bronca en El Alto.
–En paralelo, Áñez declaró esta semana que no va a retroceder frente a los "berrinches" de El Alto.
–No nos llama la atención, esa es su formación ideológica y política, su discurso de clase que discrimina a los alteños. Ella no nos representa, y exigimos que se investiguen las violaciones a los Derechos Humanos que se vienen cometiendo.
–Dentro de dos meses hay elecciones.
–Para mí es indiferente quién gane, sea la derecha o la izquierda. Los gobiernos neoliberales mataron a campesinos, obreros y originarios. En el gobierno del MAS también se violaron los Derechos Humanos, hubo muertes. Ni Áñez, ni Mesa, ni Arce, ni Camacho nos van a tener en cuenta. Vamos a tener que seguir luchando por nuestros derechos. «
Publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

jueves, 27 de febrero de 2020

La Paz City Rockers

La calma reina por decreto en Bolivia y la ciudad de La Paz hace honor a su nombre esta noche de diciembre. La renuncia forzada del presidente Evo Morales, que puso fin a 14 años de próspero gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS), parece muy atrás. Cuatro patrulleros y un carro lanza agua hacen guardia en Plaza Murillo. A un lado, callada, la Catedral; enfrente, más callada, vacía, en sombras, la Asamblea Legislativa.
Hace unos días, Jeanine Áñez, la autoproclamada sucesora blanca del primer mandatario indígena boliviano, anunció que pagarán 50.000 bolivianos (unos U$S 7.000) a cada familia de los 30 muertos por la represión golpista en Senkata, Sacaba y otros rincones del país.
Familiares y organizaciones de Derechos Humanos declinaron una indemnización en esos términos. Porque el mismo Decreto Supremo 4100 del Ejecutivo que les daba esos puñados de dólares les cerraba, con la aceptación, toda puerta a reclamar justicia ante tribunales internacionales. Áñez firmó también un decreto que autoriza al Ministerio de Defensa para reabastecer de gas antidisturbios a los uniformados.
A pocos pasos de la Plaza Murillo, en el popular Mercado Lanza, una sopa de maní con llajua (salsa de tomate y locoto) cuesta cinco bolivianos (unos 40 pesos argentinos). "Pero pocos clientes hay, casero". Al frente del diminuto pero ordenado puesto de comida está Rosario Beltrán, mujer de pollera, o chola, como desde la Colonia llaman a los indios urbanos. Rosario sirve un abundante plato hondo de sopa y convida una marraqueta, el pan crocante paceño. Monologa con una wiphala como telón de fondo: "Es general la sensación, casero, estamos todos muy tristes, como a la deriva. Este gobierno tiene que llamar a elecciones ya mismo". En la vieja televisión del local, otro monólogo, oficial: el nuevo viceministro de Comunicación, Martín Díaz Meave, ensaya un discurso cuya salsa, que tiene gusto a insulsa, promete "tender puentes, unir y sanar al país".
Cae la noche altiplánica. A 3.600 metros sobre el nivel del mar, donde el agua hierve ya a 88° centígrados, todas las noches son frías. Es viernes y en el atrio de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) hay un encuentro de artistas autoconvocados. Sobre la fachada de la universidad pública paceña una bandera desplegada denuncia un ecocidio. Durante el pasado septiembre, los fuegos devoraron dos millones de hectáreas en la región de la Chiquitanía (Santa Cruz de la Sierra), en el Oriente boliviano. Docentes y estudiantes marcharon aquel mes en protesta por las empinadas calles de La Paz. Exigían al gobierno de Evo Morales la derogación de una ley que autorizaba desmontes. Los manifestantes fueron retirados con gases por las fuerzas policiales de la Plaza Murillo.
En plena campaña electoral, las protestas de los jóvenes habían empezado a ser un dolor de cabeza para Morales y Álvaro García Linera, la fórmula que buscaría su cuarto mandato consecutivo en las elecciones generales del domingo 20 de octubre. "Hace unas semanas nos autoconvocamos. El ecocidio quedó tapado por la política. Nos juntamos los viernes, sacamos un parlante a la calle y damos voz al que quiera. Hoy tenemos sikuriada", explica Aldo Ramone, vocalista y guitarrista de la banda de ska-punk The Prestes. Una docena de pibes les dan sin respiro a las cañas andinas.
Aldo tiene 30 años, estudió Historia en la universidad pública y desde muy chango arrancó con el punk. Se gana la vida como artesano. En recitales vende pines antifascistas, parches antirracistas y su fanzine antiortodoxo La Pianola Records: "También hago eventos, pinchamos vinilos. Un poco de todo. En Bolivia nadie vive de la música. Menos del rock".
Aldo resalta que la estabilidad que alcanzó Bolivia en la última década y media fue fértil para el florecer cultural: "Pucha, antes en La Paz, y te hablo de la movida underground, como mucho había un concierto por mes. Ahora hay tres eventos por fin de semana. Pero las marchas por las elecciones mostraron que la economía no es lo único importante".
Desde su nacimiento en 1825 hasta una independencia que no fue sinónimo de libertad, el Estado boliviano había conocido más gobernantes que años de vida. A pesar de tensiones y confrontaciones permanentes, el gobierno del presidente Evo Morales Ayma fue el más estable de esa historia que todavía no es bicentenaria. Hasta que fue depuesto el 10 de noviembre, presionado por la escalada de protestas post elecciones, el motín policial y la sugerencia del comandante de las Fuerzas Armadas a Morales de que dejara el cargo.
El crecimiento económico boliviano en los últimos años fue parejo y sostenido, a un promedio del 4% anual. El ingreso per cápita pasó de 1100 dólares en 2005 a 3671 en 2019. La desocupación bajó del 8,1 al 4,4 por ciento. La pobreza extrema se redujo en más de la mitad: en 2005 era del 38,2 y llegó ahora al 15,2 por ciento. Desde 2006 hasta 2019, Bolivia destinó miles de millones de dólares para proteger y ayudar a los sectores vulnerables a través de bonos sociales.
"Este es un momento peculiar de nuestra historia -dice Aldo con tono de historiador, que aún debe la tesis-. En sus primeros cinco años, Evo fue lo que esperábamos. Nacionalizaciones, congelamiento del dólar, expulsión de multinacionales, estatización de servicios básicos, pero con los años se fue torciendo. Es chistoso porque la misma gente que festejó su asunción ahora festejaba su caída".
Se suman bombos a los sikuris. Algunos bailan, giran en ronda tomados de la mano. La imagen parece de algún festejo en el Altiplano. Pero si uno amplía el foco descubre edificios en vez de cerros y tráfico paceño en vez de senderos. También está la policía, que marca de cerca a los artistas.
Aunque arrancó con la guitarra de palo haciendo cuecas de Nilo Soruco y Matilde Casazola, en su adolescencia Aldo se hizo punk. "La globalización llegó un poco tarde a Bolivia, que siempre ha sido un país muy arraigado. Con Internet se abre todo un mundo nuevo. Aunque tenemos el servicio más lento y caro de Latinoamérica. La escena punk crece mucho en los 2000, pero en realidad viene de los 90, con bandas como Scoria, Secuencia Progresiva y Autorev", cuenta el músico. La primera vez de Aldo arriba de un escenario fue justamente como telonero de Scoria, en un boliche de mala muerte pomposamente bautizado Inti Palace, atrás de la terminal de buses paceña. Tenía 16 años y tocó con su banda Cultura Anónima, la semilla de la que creció The Prestes.
Entre los músicos que les dan duro y parejo a los tambores frente a la UMSA camina Edgar Mendieta, el vocalista de los Scoria. Nacido y criado en Oruro, ciudad de los mineros modestos y el carnaval fastuoso. En los 90 se vino para La Paz. Eran los años dulces del neoliberalismo y de la cocaína. El primer mandato del agringado Gonzalo "Goni" Sánchez de Lozada. "Scoria se arma en 1992. Grabamos el primer casete que se llamó Yo no soy ninguno de arriba. Es que somos de la clase sándwich, trabajadores, los que subsisten. Queríamos contar lo que pasaba con la relocalización forzada de los mineros, el nefasto Decreto 21.060 que venía de los 80". El siguiente escalón fue grabar en 2000 un disco emblemático para el under: AntiBolivia. "Tenía la primera canción en aymara, 'Seremos millones', que recupera la sentencia del líder indígena Túpac Katari, asesinado por los españoles en 1781".
Scoria tiene influencias del punk, el hardcore y el metal, pero a partir de ese disco exploró el sonido de los Andes. Ese sendero que se bifurca y trifurca les abrió nuevos públicos. El pico máximo de su carrera fue cerrar un festival de Derechos Humanos en la plaza San Francisco. Diez mil personas enloquecidas. Se lo recuerda como el pogo más grande de Bolivia.
Para principios del nuevo milenio estaba todo mal en el Altiplano. En el Octubre Negro de 2003 se desató la sangrienta Guerra del Gas. Corría el segundo mandato de Goni. Quiso vender gas a precio vil a Estados Unidos y México vía los puertos de Chile. "Yo trabajaba con la Asamblea Permanente de Derechos Humanos -recuerda Edgar-. Salimos con amigos a las manifestaciones. El día que renunció Goni estaba en una marcha en primera fila. Tenía los fusiles de los militares apuntándome en el pecho, codo a codo con la gente que iba a nuestros conciertos".
El siguiente disco de Scoria se tituló Resistencia. Salió un año después del armisticio y la huida de Goni a Miami, donde sigue exiliado. Nunca respondió ante la Justicia por las decenas de muertes que dejó su gobierno. Lo sucedió su vice, Carlos Mesa, que el pasado 20 de octubre fue el mayor rival de Morales en las presidenciales anuladas.
Mendieta quiere hablar del presente. Tiene una visión muy crítica de Evo. "Hubo mucho descontento. En octubre la gente votó a Mesa porque había que tener una alternativa. Un voto castigo. No sé si era el mejor, pero era algo nuevo".
Edgar saca pecho y dice que participó en las marchas que terminaron con la renuncia y el exilio de Morales. "No hubo líderes, salió mucha juventud. Nadie nos movió. Nos gasificaron y apedrearon. Todo el mundo estaba emputado. Desde mi punto de vista no hubo un golpe de Estado."
A unos metros de los músicos, cerca de las puertas de la UMSA, se arma una mesita para hacer ofrendas a la Pachamama. Ahí están los profesionales de la religiosidad andina. Aunque los policías no quieran, un yatiri emponchado y con sombrero empapa las maderas con alcohol puro, arroja un fósforo y enciende la fogata.
Aldo quizá desentona con su facha de rude boy, entre tanto poncho rojo. Pero a la hora de elevar plegarias a la Madre Tierra, se suma con devoción. "Ahora Áñez y el cívico 'Facho' Camacho representan una minoría conservadora y racista. La educación y la salud fueron los grandes fracasos de MAS. Justo los dos pilares que podían terminar con el racismo".
Una petaca de chuflay (singani combinado con Ginger Ale o Sprite) circula junto a la fogata.
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A Sergio Calero lo encuentro en la puerta del cine Monje Campero, sobre el Prado, la avenida que es eje del centro histórico paceño. En un café, tecito de canela y cuñapé (una especie de pan con queso cruceño) de por medio, me cuenta de su trayectoria como comunicador. Dirige la programación musical de Radio Deseo y sabe océanos sobre el rock del país sin mar.
"Nuestro rock ha sido inestable y discontinuo -abre la charla-. Pocos podían vivir del rock. Tuvimos flashes esporádicos de grupos con constancia: Wara, Octavia y el 'Grillo' Villegas, ex miembro de Loukass, tuvieron una carrera consolidada. Pero esta historia se trunca en varios pasajes por temas políticos y económicos. Siempre ha sido algo quijotesco".
Calero es un estudioso de la obra de los emblemáticos Wara. Prepara un libro sobre estos pioneros del rock en el Altiplano. Primeros en asumir la autoría de sus canciones y en sacar un LP, El Inca, en el lejano 1973. "Wara hizo algo muy novedoso y con base sociopolítica. En esa época, plena dictadura de Hugo Banzer, tocar rock era suicida. Te agarraba la policía por llevar el cabello largo, te acusaban de delincuente: si algo no tenía futuro en Bolivia era el rock. Esos chicos, porque eran muy chicos, redescubrieron la música autóctona con actitud rockera".
La intención de aunar el rock y lo andino ha sido una constante en esta historia. "Cómo hacer rock con textura boliviana. Wara inicia esa búsqueda y los milicos no entienden nada. Creen que se hicieron nacionalistas. Pero en realidad Wara hablaba del Partido Comunista, el surgimiento del indianismo y los textos del indigenista Fausto Reinaga. También se acercaban al campesino, quizá algo romántico porque lo describen como una suerte de lama tibetano. Cuando van al campo, descubren la miseria del campesinado".
La genealogía rockera altiplánica nos lleva a los empobrecidos 80. "Crisis política y económica. Los años de la relocalización. Y los primeros relocalizados no son los mineros, sino los músicos. No había dónde tocar, ni plata para discos". Calero destaca que en los 90 surgen grupos que, por ventas y público, marcan un camino: Coda 3, Octavia, Loukass. "Lograron constancia, en la época dorada del rock latinoamericano, y acá llegan la Sony y la BMG, que reflejan una bonanza empresarial, pero abajo está todo mal".
Antes de la Guerra del Gas aparecen grupos como Atajo. Su disco Personajes paceños (1998) es fundamental para entender el rock en las alturas. "Hacen música para los bolivianos y sobre todo para los paceños, si les gusta a los otros, mejor. Y está Alcoholika, metaleros industriales con una búsqueda también ligada a la cultura andina."
La salida de Sánchez de Lozada marca el final del ciclo político dominado por las clases altas y oligárquicas. "La clase media le da el voto a Evo. Se da entonces un período de inclusión. Un cambio radical: rescate de lo nacional, lo auténtico, que había anticipado Atajo. Surgen muchas voces y se genera un tema de identidad", dice Calero y liquida el último pedacito de cuñapé sobre la mesa.
Según el estudioso, en los años del Proceso de Cambio surgieron decenas de grupos, de todos los géneros, pero ninguno trascendió.
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Desde la Plaza Ingavi se puede ascender en minibús hasta el Bosquecillo de Pura Pura. Después de un diluvio bíblico, los fieles se dan cita en el Mega Fest. Un Woodstock apunado, con barro y todo, en un parque ecológico que mira al Illimani, el cerro siempre nevado que custodia Chuquiago Marka, nombre prehispánico de La Paz.
La entrada cuesta cinco bolivianos. Hay cuatro escenarios y patio de comidas que ofrece desde salchipapas hasta el emblemático plato paceño. No se vende alcohol, pero circula clandestino el chuflay. La Policía Boliviana recorre el predio como una banda más.
Sobre las tablas, The Prestes hacen poguear a un grupito de punks. ¿Cómo puede alguien hacer pogo a casi 4.000 metros de altura?
En un rato llega el turno de Polo Dread, exponentes del reggae fusión. Lourdes Zabala es corista y vientista de la banda. Sus influencias jamaiquinas se dejan ver en sus rastas violeta; la vertiente andina, en instrumentos como zampoñas y quenas.
Esta tarde es una jornada de encuentro después de la crisis política: "Soy medio anarquista, por eso me mantuve al margen. No voy con Evo ni con los conservadores. No soy cristiana ni indígena, pero como boliviana siento mis raíces, por eso toco el siku, que me transporta a un sentir profundo".
En el espacio electrónico una jauría de pibas y pibes baila descontrolada. Dj Quien les sacó chispas a las bandejas hace un rato. Con más de 20 años en el gremio, es un indiscutido de la electrónica paceña. Está armando un documental sobre los 25 años de la llegada del género al país. Desde la génesis en las periferias, pasando por las raves de sectores más jailones -chetos-, hasta la irrupción de los electro prestes, las fiestas celebradas en los cholets alteños, esos edificios surrealistas creados por Freddy Mamani.
Para el cultor del scratch, durante el Proceso de Cambio se difundió un falso discurso de unificación: "Somos 36 naciones, hay decenas de idiomas, y, por ejemplo, la wiphala no representa a todos los indígenas, como los del valle y la selva. Tener un discurso único en Bolivia no es posible".
Se larga la lluvia de nuevo y es mejor volver al techo del hotel. Antes de subir al colectivo veo cómo los policías cargan detenidos en una furgoneta. Pibes que no tenían el documento encima.
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Tomando mate de coca en La Paz espero a Javier Pino, artista plástico y vocalista de Los Tuberculosos (LxTx), en un boliche de Tembladerani. Barrio popular de La Hoyada (un Bajo Flores de las alturas, famoso por acoger la cancha del Bolívar, el rival de Strongest en el clásico paceño) y variopintos mercados. También hay barcitos de mala muerte, donde solía emborracharse el cronista Víctor Hugo Viscarra, un Bukowski boliviano.
Los Tuberculosos fueron una de las bandas más influyentes del under paceño hasta su cercana separación. Trabajaban su música frenética y acelerada como un concepto, articulado con el Manifiesto Dadapank. Este panfleto libertario fue craneado por Pino: "Es apología del chojcherío, la fiesta del populacho, la cumbia chicha. Para muchos es un insulto ser chojcho. Me interesa esa veta tan menospreciada". Grabaron "Soledad", clásico de clásicos de Los Ronisch, banda vanguardista de la movida cumbiera-dark, según explica el crítico musical Javier Rodríguez en el fundamental ensayo "Kosmische Cumbia". "La canción tiene la misma onda que el Disintegration de The Cure. No es posible que Los Ronisch se hayan copiado porque los dos discos salen en 1989, y a Bolivia tardaban dos años en llegar las novedades".
Se confiesa evista de la primera época: "Fue el único que benefició al pueblo. Hasta el final estuve apoyando. No es solo Evo, es un movimiento irreversible y tiene que seguir adelante". La charla continúa en su casa, donde me habla de la crisis de las últimas semanas, mientras convida una pipa con porro picante: "Hubo escasez, saqueos, delirio colectivo. Como un sui generis de los 80".
Dejo a Pinto y desde La Paz hasta Ciudad Satélite, unos 4.200 msnm, subo en la Línea Morada del teleférico. Me espera Boris Méndez, frontman de los Armadura.
La red de teleféricos urbanos fue uno de los últimos y más vistosos y eficaces logros de Morales. Hay diez líneas, una de cada color del arcoíris. Tiene 31 kilómetros, 36 estaciones y 1.398 cabinas. Superó sin transpirar los 200 millones de pasajeros en cinco años de silencioso trabajo. Transporte público seguro, rápido y ecológico. En cada viaje se aprecia una perfecta maqueta empinada y la intimidad de los paceños. El pasajero se convierte en un voyeur que espía desde el cielo.
Méndez me recibe en la estación Qhana Pata. En el recorrido hasta su casa se ven wiphalas colgadas en las puertas de los hogares y negocios: "Hubo paranoia por los posibles saqueos. Era una señal, como el ángel de la muerte, si no la tenías en la entrada, te podían robar". Su primo fue detenido por la policía: "Volvía a su casa en bicicleta y no tenía el carnet. Lo golpearon, lo acusaron de agitador y ahora está preso en la cárcel de San Pedro. No sabemos si va a salir."
El heavy Méndez viene de familia de mineros relocalizados que hicieron crecer El Alto. Hace diez años, con sus compañeros juntaron pesito por pesito y construyeron un estudio. Grabaron tres discos. La presentación del último, Nuevas tierras, se suspendió por la crisis: "Hemos tenido apoyo del Estado en los años de Evo. Fuimos el primer grupo de metal que tocó en el Ministerio de Cultura y también nos invitaron a la fiesta por el lanzamiento del satélite Túpac Katari 1".
Los Armadura exploran la fusión con ritmos tradicionales. Grabaron el clásico de la banda folclórica K'alamarka inspirado en el código moral andino: Ama sua, ama llulla, ama quella (No mentir, no robar, no ser flojo, en quechua): "En 2012 fuimos a la Argentina y teníamos a dos chicas tocando los toyos. Antes de arrancar nos gritaban 'bolitas de mierda'. Cuando terminamos vinieron todos a felicitarnos".
Al despedirnos, de nuevo en la estación del teleférico, Méndez critica a los líderes cívicos, al cruceño Camacho y al potosino Marco Pumari. La filtración de un audio en el que negocian la conformación de su binomio rumbo a las elecciones presidenciales, sobre la base de 250.000 dólares y dos oficinas de la Aduana Nacional, socavó la alianza cívica que existía entre el oriente y el occidente del país: "Estamos viendo las verdaderas intenciones por las que sacaron a Evo. Lo hacían por sus bolsillos".
"¡Senkata, con nuestros muertos no se negocia!" La frase está tatuada en una bandera negra que cuelga de un escenario en la Plaza 25 de Julio. Pasaron dos semanas desde la represión frente a la planta de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), cuando balas y gases militares abrieron paso a un convoy de cisternas con combustible para alimentar a La Paz bloqueada. Los ministros de Áñez dijeron que los bloqueadores eran terroristas. En los "enfrentamientos" denunciados por los funcionarios solo cayeron manifestantes. Ni bajas ni heridos hubo entre los uniformados.
El sol del domingo se derrumba sobre los vecinos, que apuran los últimos detalles antes de iniciar la kermés solidaria. El objetivo es juntar fondos para las familias de los masacrados y los heridos que quedaron a la deriva. El docente Luis Saucedo traza una cronología de los días que anticiparon la masacre. "No discuto la legitimidad de los que salieron a protestar después de las elecciones. Pero hubo grupos pagados para desestabilizar. Eso es un golpe".
El gobierno de Áñez denunció que los manifestantes usaron dinamita para tirar los muros de la planta y eso justificaba la represión. Hay videos que muestran que la gente volteó el muro empujando. César Antezana almuerza un ají de fideo antes de subir al escenario para leer su "poesía maricona intimista". Se presenta como poeta queer y gestor contracultural. Durante los últimos quince años comandó con un grupo de colegas el Almatroste, un Parakultural paceño. El espacio cerró por problemas de habilitación semanas antes de la crisis: "Siempre hicimos todo a pulmón, independientes, nunca recibimos financiamiento. Por eso no me da miedo decir que apoyo al MAS, porque nunca trabajé para el Evo". Las últimas semanas fueron de terror para Antezana: "Salió todo un escenario conservador reaccionario. Contra el indio, las mujeres de pollera y las maricas".
La ronda de sikuris hace mover a los vecinos. Algunos bailan agitando wiphalas. Por el escenario, es el turno del MC Mino Walaycho. Su colega rapera Nina Uma sigue atenta las rimas. La muchacha es la auténtica Miss Bolivia, referente del combativo hip-hop alteño. De Senkata era su ex pareja Abraham Bojórquez, el fallecido líder de Ukamau y Ké, pioneros del rap en El Alto: "Él me animó para que escribiera mis temas allá por 2007". Grabó dos discos atravesados por la cultura indígena y críticas feroces al patriarcado. "Se movieron todas las estructuras para acabar con Evo y con lo que simboliza para los pueblos originarios y los sectores de abajo. Para este gobierno, si no estás de acuerdo te matan, te eliminan. Como en Senkata", dispara Nina.
Me voy de Senkata en minibús. Un pasajero me cuenta que después de la masacre los policías dejaron el barrio. Solo quedan militares. En la puerta de la planta de hidrocarburos hay soldados ataviados de camuflaje verde, con armas largas. A unas cuadras, en una pared escribieron el grito de la Guerra del Gas: "Fusil, metralla, el pueblo no se calla". Estribillo de rock pesado.
Crónica publicada en la revista Rolling Stone, por acá. 

domingo, 23 de febrero de 2020

La bombonera

Una banda de murgueros desfila por la fábrica Nuciforo. La muchachada llegada hasta los arrabales de Rincón de Milberg está ansiosa, y no es para menos. A pocos días del inicio del Carnaval, aguardan la entrega de sus bullangueras herramientas de trabajo. "Surdos, redoblantes y muchos parches. Estamos a full ensayando, pero sin los instrumentos nos falta la banda de sonido", cuenta Graciela, integrante histórica de Los Olvidados de Almirante Brown. La morocha y sus secuaces lucen inquietos pero no tanto. Si esperaron 12 meses para que lleguen los cuatro días locos, pueden aguantar media hora más.
"Paciencia, muchachos, que ya salen del horno los repiques y estamos", entra en escena don Federico Nuciforo, pater familias y motor histórico de la pyme que, desde hace casi un siglo, aprovisiona de instrumentos de percusión a buena parte del universo murguero nacional y sus satélites. El auténtico señor de los bombos.
Las semanas previas al festejo en honor al Rey Momo marcan el ritmo cumbre de la producción fabril de los Nuciforo: "Nuestro laburo es todo el año, pero ahora estamos justo en temporada alta. Se lo digo aliviado, venimos de dos años malísimos, trabajando al 30 por ciento. No había plata ni para festejar el Carnaval", dice sobre la pasada fiesta de pocos del macrismo.
Con 80 pirulos bien llevados sobre el lomo, Federico vivió varias épocas de melodías tristes: "Imagínese, arrancó mi viejo en el año '29. Pasamos todas. Fuimos la primera fábrica de baterías de la Argentina, Nucifer. En el '63 tomé la posta y acá estamos, 93 años en el gremio".
Federico nos guía hasta el taller donde se forjan los cuerpos de los tambores. En el camino repasa el repertorio familiar de los Nuciforo, una historia que es música para los oídos: "Mi viejo Enrique, menos la guitarra, tocaba de todo. Estuvo en las orquestas de D'Arienzo y Canaro, y hasta llegó al Colón. Mi tía fue socia fundadora de Sadaic. De mi generación, que somos como 16 primos, no tocamos ni el 'Feliz Cumpleaños'. La batuta la retoman nuestros hijos y nietos, que tienen varias bandas".
De muy pibe, Federico probó con la flauta, pero ni fu ni fa. Después se enredó con los rulos del tambor, y casi que le pifiaba al parche. Si su viejo le preguntaba qué quería ser cuando fuera grande, el pibe no soñaba con emular a Tito Puente. Respondía siempre certero: albañil. Su obra máxima son los dos galpones que cobijan la línea de producción: "Ojo, algo de oído tengo, me doy cuenta si alguien toca desafinado. Pero si me dan un palillo, no sale nada. En vez de manos tengo dos ladrillos".
El boom del bombo
Una sinfonía pesada proviene de las máquinas que forjan parches y aros sin respiro en el taller. Su remera de Iron Maiden no deja dudas, Mauricio es el tornero oficial de Nuciforo. También el encargado de marcar los tempos de esta orquesta metálica capaz de devorar hasta cuatro toneladas de acero inoxidable por mes. "En las buenas épocas podemos vender unos 20 o 30 mil parches por temporada", saca chapa el fanático de la Doncella de Hierro.
Bien custodiado por pilas de esqueletos de redoblantes y repiques de 12 y 14 pulgadas, Mauricio cuenta que arrancó en el taller cuando tenía ocho años, cebando mates y poniendo chapitas en las panderetas: "Siempre me gustaron las máquinas, la mayoría que puede ver acá las inventé yo. Empecé con los bujes, los tensores, después con los aros para el parche". El metalero no es un fundamentalista de los sonidos pesados y reconoce que de más purrete también le dio duro y parejo al bombo carnavalero: "Manoteaba algunos del taller y nos poníamos a tocar con los pibes del barrio. Sigo yendo al corso, para ver cómo suenan nuestros tambores, pero le soy franco, cuando me hablan de Carnaval, lo primero que se me viene a la cabeza no son las comparsas, sino nuestro laburo, que es mucho".
Don Federico aporta datos precisos de la producción: el 90% de los bombos que truenan en los corsos, las  canchas, las marchas y los piquetes son paridos en estos talleres. "Hasta vienen de Brasil, el año pasado le vendimos a la hinchada de Gremio". Cuando tiene que destacar una época dorada para la pyme, Nuciforo señala la vuelta de la democracia, después del silencio obligado de la dictadura. "Fue el boom del bombo. Venían peronistas, radicales, socialistas, comunistas... Incluso me acuerdo de que los del PJ se enojaban con los radichetas y les decían que el bombo era sólo de ellos, que se buscaran otro instrumento. Todos le daban al bombo, se querían hacer escuchar".
La bombonera
En el taller de carpintería, dos muchachos arman surdos con madera de guatambú llegada desde Misiones. Se calienta la madera, se la curva, se la mete en moldes, se encola, pule, pinta y listo el bombo. Alejandro tiene 27 años de historia en la pyme. Puede dar cátedra sobre el arte del afinado. "Debe estar bien tirante, pero no tanto. El murguero muchas veces le da y le da a los tensores, y lo deja en un punto que casi estalla el parche. Hay que darle rosca a toda la vuelta pareja", asegura el profesional del ajuste.
Don Federico nos invita a conocer el segundo piso del taller: la bombonera. Docenas de tambores duermen la siesta antes de embarcar rumbo a los corsos del Conurbano y más allá. El galpón también atesora bombos legüeros, panderetas, timbales y platillos radiantes. Es el paraíso de los percusionistas, tierra santa para el infatigable Tula. "Hacemos instrumentos populares, pero también atendemos a músicos profesionales –explica Federico–. Acá estuvieron Jaime Torres, León Gieco y Baglietto. Me acuerdo de Domingo Cura, que fue el primer folklorista en usar tontones. Mi viejo le decía que estaba loco, que no dejara el de cuero, pero mal no le fue".
La hija de Federico se llama Adriana. Vendedora, administrativa, recursos humanos, la mujer orquesta de la fábrica. Para sacar tensiones, a veces le da con ritmo al timbal bahiano: "Más que empresa, esto es una familia –dicen a coro Adriana y su viejo al despedirse–. Igual que las murgas que nos compran, que le meten pura pasión y hacen latir el Carnaval. El corazón es el bombo". «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá.