miércoles, 11 de mayo de 2022

Cadáver exquisito: postales veganas desde Argentina, el país de las vacas sagradas

En el principio era el verbo… dominar. “Dios hizo los animales domésticos, los animales salvajes, y todos los reptiles, según su especie. Y Dios consideró que esto era bueno, y dijo: ‘Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. Que tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo; sobre los animales domésticos, sobre los animales salvajes, y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo’. Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó”. 

La cita es del Génesis, el libro de la Creación. No se discute: los animales fueron creados para ser dominados. Explotados, abusados, diezmados, devorados por los seres humanos. Es palabra de Dios. Amén.

“Es como un pecado dejar de comer carne en Argentina. Cuando le dije a mi vieja que no iba a consumir más leche y carne, ella pensaba que había entrado a una secta. Rezaba por mí, porque me había convertido en un diablo”, explica la activista santafesina Alexia Dean. Tiene 41 años y hace diez que es vegana. Pone el cuerpo en el activismo desde 2017. En Santa Fe capital pilotea Animal Libre Argentina, una ONG internacionalista que promueve el veganismo y los derechos animales. “Tenemos una postura ética que busca dejar de tratar a los animales como objetos, no cosificarlos, verlos como personas con derechos. Así como el racismo es la discriminación por raza y el sexismo, por sexo, el especismo es la discriminación por especies; es proteger a unos animales y comer a otros, creernos más, superiores a ellos, esclavizarlos. Ni alimento, ni vestimenta, ni trabajo, ni recreación. Son muchos frentes para pelear porque el mundo gira con los principios de la explotación animal”, precisa Dean, una rebelde con causa.

En 2012, mientras miraba un capítulo de CSI: Las Vegas, Alexia tuvo una epifanía. “Mostraban cómo se mataban gorilas en pruebas y ensayos de laboratorio. Eso me generó empatía, hacerme preguntas que nunca me había hecho”, recuerda. Al toque, salió disparada a buscar respuestas en Internet. Se encontró con información que la dejó nocaut. 

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, cada segundo son sacrificados 2.000 animales en el mundo, unos 345 millones por jornada. Los peces se cuentan por peso: 140 millones de toneladas a diario. Una operación masacre en el reino animal. Dean suspira, toma envión y confiesa: “Pensá que vengo de una familia de campo, alimentada a base de asado. Los animales se criaban para después alimentarnos. Siempre me preocuparon estos temas, no me gustaba matar ni a una hormiga. Pero en paralelo me encantaba comer salamín, acá cerca se hacen carneadas. Me di cuenta de que alimentaba esas matanzas. Ser vegana implica romper mandatos muy fuertes. Es todo un proceso entender que vivís en un mundo donde la economía, la cultura, las tradiciones están paradas sobre el abuso animal”.

Al inicio de su conversión al veganismo, en su Santo Tomé natal, Alexia se sentía una rara avis ante la bandada carnívora. Tuvo que aprender a comer desde cero: “Arranqué con el tofu, pero la primera vez que quise prepararlo lo corté con vinagre, un asco. Era fracaso tras fracaso. Al final aprendí, soy mandada”. Pastas caseras, leche de coco y hasta –ahora sí- tofu a la naranja. Alexia devino en chef verde sin pergaminos. “Muchos dicen que es caro ser vegano. Sin embargo, la realidad dice otra cosa. Un informe del Programa de Alimentación Saludable del Ministerio de Salud concluyó en que el costo de la comida vegana es un 20% más económico que la especista. Hay que informarse y buscar dónde comprar. En el interior es todo más difícil. Por eso con Animal Libre impulsamos un veganismo popular y federal. Este es un tema que no es mainstream en toda la Argentina”. 

A veces, confiesa, siente saudade de clavarse un sanguchito de miga de jamón crudo. Pero al rato se le pasa. Hace poco descubrió el jamón crudo vegano. Un manjar hecho a base de vegetales sin componentes cárnicos: “Ya te dije, no decidí dejar de comer animales porque no me guste, sino por una cuestión ética. Atrás de mis cinco minutos de disfrute con el sanguchito de miga había vidas que morían y no resucitaban”.

Temblando, exhaustas, aterradas. Sin derecho a decir ni “mu”. Con sus penas a cuestas. Así llegan al porteño mercado de Liniers las vaquitas que siempre son ajenas. Es una mañana tórrida de finales de verano. El sol bien alto en el cielo diáfano invita a prender el fuego para un asadito en mi casa de Barracas. Pero no tengo un mango y cada vez como menos carne. Entonces queda el consumo simbólico. Zapping por programas de cocina antes de trabajar. Puro postre. No me llenan. Cambio. En el canal de noticias, el cronista agropecuario informa que ingresaron 7.299 vacunos al mercado. Fueron descargados de 208 camiones. El periodista mira fijo a la cámara y después aclara que en las subastas se evidenció un mayor interés de los compradores por las categorías livianas y, comparativamente, menor firmeza para los novillos. Parece el mercader de Venecia. Liquida el informe: el Índice General del Mercado de Liniers fue de $222,368, mientras que el peso promedio general resultó de 422 kilos. En el país de las vacas sagradas, precio y peso de sus cadáveres exquisitos.

Hace unos años estuve en las entrañas de un matadero. Un frigorífico cosido a la Ruta 3, barrio de Virrey del Pino, en La Matanza profunda. Fui a hacer una nota sobre su reapertura. Recuerdo que, con el bolsito al hombro, iban cayendo los muchachos y las muchachas para comenzar la faena. Del otro lado del mostrador estaban las vacas en los corrales. A pasitos, la manga que las iba a llevar sin rodeos hasta el cadalso. Corredor de la muerte.

Esa tarde hablé con el capo de la empresa, una recuperada que había tocado fondo entre los años duros del menemato y el estallido de la Alianza. Era un laburante grandote como un toro. Un veterano del gremio. Cuarenta y tres años bien llevados sobre el lomo. Me contó que arrancó lavando y emprolijando las medias reses, y con el tiempo fue ganando confianza con el cuchillo y la chaira. A esa altura del partido eran casi la extensión de sus manos. Sin embargo, si era necesario pelaba las vacas con los dientes. “Hay que llevar el pan a casa”, me dijo antes de comenzar la faena.

Bañadores, guincheros, rajadores de pecho, sierristas: son las especialidades alineadas a lo largo de la noria que convierten la res en carne de gancho. Oficios que suelen heredarse. La escena es llena de vapores, ruidos mecánicos, metal pesado, hormigueo de trabajadores y las reses peso muerto que se deslizan desnudas hacia las cámaras.

Pintura gore: chinchulines, tripas, cueros, rojo shocking. Llueve sangre como en un tema de Slayer. ¿Huelen la muerte? El frigorífico devora todo en una pantagruélica digestión. Nada se pierde. Todo se aprovecha. Al final, los sellos de calidad. Argentina for export.

 Animales que son productos. Su vida y su muerte han sido mecanizadas. Escribe el sociólogo Christian Ferrer en su ensayo La mecanización del cadáver: “Transformado en el árbitro de todas las especies, el hombre las sometió a su arbitrio. Es un acontecimiento que no puede ser revertido, ni redimido, y quizás tampoco pueda ser detenido. La progresión de la historia humana, y el rango de sus necesidades, así lo exigen. Es un experimento inmenso y cruel diseñado para antedatar la llegada del Apocalipsis, comenzando con el de los animales. Se trataría de la remoción de la orden dada a Noé: no la conservación y cuidado de la vida, sino su holocausto”.

Desde hace demasiados años, muchos han dicho basta, paremos esto, no más. En 1987 fue Jennifer Graham, una adolescente yanqui que se negó a realizar una vivisección en su clase de biología. Dijo “no”. Por la osadía, las autoridades le bajaron la nota. La piba le hizo juicio al estado de California. Lo ganó. La disección in situ nunca más fue obligatoria en ese estado. Desde ese caso, miles de alumnos han optado por estudiar biología de una manera más humana, libre de violencia. Luchar garpa.

Vayamos más atrás en el tiempo. El naturismo, alimentado por los anarquistas, fue una doctrina muy popular a finales del siglo XIX. El padre ácrata de Borges estuvo entre sus cultores. Recuerda el escritor en su autobiografía que una vez, caminando por las calles, su papá le dijo que se fijara en las carnicerías, ya que en el futuro iban a desaparecer y algún día podría contarles a sus hijos que había visto alguna. La profecía borgeana sigue sin cumplirse.

El naturismo buscaba, sin eufemismos, mejorar la calidad de vida de las clases trabajadoras. Eran tiempos del capitalismo tracción a sangre de caballos, burros, mulas y, por supuesto, humanos. Entonces surgían las primeras sociedades protectoras de animales. Decimonónica también es la Ley Sarmiento, sancionada en 1891, que establecía penas– mínimas– a quienes maltrataran animales.

El menú naturista incluía principios como “la buena vida” en la naturaleza, la alimentación “proteínica-racional”, el nudismo y, obviamente, el vegetarianismo. Hermandad entre la política y la cultura popular. Una suerte de “ecología social de los pobres”, que siempre se han nutrido de vegetales. Se sabe, la carne es un privilegio de ricos. Suma más claridad Ferrer en su ensayo: “En China y en India hace miles de años que la comida está confeccionada con base de vegetales. Por cierto, los hindúes reverencian a las vacas, pero no dejan de ordeñarlas. Sin embargo, la necedad no deja de expandirse: el ganado necesita de alimento proveniente de tierras de cultivos que podrían ser usadas para nutrir a la especie humana con proteína vegetal; se destruyen bosques para hacer lugar a tierras de pastoreo; y las flotas pesqueras capturan un cincuenta por ciento de pesca inservible que sucumbe en el buque-factoría. Si se considera que los vegetales producen diez veces más proteínas que la carne, cabe concluir que la industria de la proteína animal colabora en el aumento del hambre en el mundo. Solo un boicot podría detener esta trituradora.” ¿Lo veremos con nuestros ojos?

La doctora en Derecho Silvina Pezzetta usa las herramientas de su disciplina para cuidar a los animales. Investigadora del Conicet y docente de la UBA, la jurista tiene a su cargo, junto a su colega Pablo Suárez, un curso de Ética Animal en la casa de estudios pública. Escribió decenas de artículos sobre el derecho animal, los fundamentos teóricos existentes y el vasto universo que falta explorar: “No es algo nuevo. Hace siglos que el Derecho dentro de sus estudios y la Filosofía se hacen preguntas sobre las relaciones inter-especies. Si pensamos en las historias de las segregaciones de grupos humanos por género, color de piel, nacionalidad, no hace falta mucho esfuerzo para sumar en ese marco a la especie”.

El concepto “especismo” fue la contribución de Peter Singer a la historia de las ideas. En su libro Liberación animal (1975), el filósofo utilitarista australiano afirma que, si nos guiamos por principios éticos que buscan la disminución del sufrimiento y la ampliación del bienestar, no sería aceptable inducir dolor a una especie en función de los intereses de un colectivo definido por su estatuto superior. Y en el supuesto de que los animales tengan intereses, el primero de ellos sería no sufrir. Pezzetta clarifica: “La segregación por especie es la única y última discriminación jurídica socialmente aceptada. Frente a una discriminación racista o de género se alzan voces, hay tribunales; después, uno puede ver si funcionan, pero hay herramientas para luchar después de siglos de disputas. Pero con los animales está totalmente naturalizado”.

Para Pezzetta es interesante desentrañar esa naturalización: “Su fundamento es la debilidad o pretendida inferioridad de los animales. Algo muy impresionante y peligroso. El argumento es que los animales no razonan, no tienen cultura, no son como nosotros. Obviamente están en inferioridad, por eso el dominio humano. Por eso se les puede hacer cualquier cosa”.

A la hora de combatir el especismo, Pezzetta afirma que hay que tener una mirada matizada sobre las herramientas que brinda el Derecho para la ampliación del campo de batalla: “Es una herramienta social, hay que mirarlo sin caer en extremos, ni tampoco con total escepticismo. Hubo causas resonantes en Argentina que han reconocido que los animales son sujetos de derecho”. Una de las más relevantes data de 2014, cuando Elena Liberatori, jueza en lo Contencioso Administrativo y Tributario de la Ciudad de Buenos Aires, consideró a la orangutana Sandra persona no humana, sujeto de derechos y ser sintiente. Sandra dejó atrás su cautiverio en el zoológico porteño y fue enviada a un santuario en Estados Unidos. El fin de las carreras de galgos y los fallos en los que se consideró que los animales son parte de una familia también marcaron hitos en este campo. En paralelo, el presente sigue siendo oscuro para Pezzetta: “El Estado incentiva la producción ganadera o la cría intensiva, que implican empeorar muchísimo la situación de millones de animales. Las próximas generaciones van a ver con espanto cómo los tratábamos”.

Manuel Martí dejó de comer carne a principios de los 80. Eran los años de la dictadura, cuando la Argentina era un matadero a cielo abierto. Mientras cocina unas papas, hace arqueología de la decisión que le cambió la vida: “Era un pibe, tenía 18 años. En ese tiempo era muy raro cruzarte con un vegetariano. Es más, era un acontecimiento. No había nada de información y menos grupos de vegetarianos locales. Solo algún libro naturista y lo que llegaba por organizaciones como la Gran Fraternidad Universal y la Fundación Hastinapura. Medio hippie y contracultural. Sumale el cerrojo de los milicos y sus condimentos. En esos primeros tiempos me sentía como un lobo estepario”.

Martí hoy se gana la vida como periodista. En esos años iniciáticos, se la rebuscaba como artesano. Tenía un puesto en la plaza San Martín. En la feria, vio que un colega no se despegaba de un libro gordísimo: “Una obra del doctor Eduardo Alfonso, un médico español. Manual de 40 lecciones de medicina naturista. Me llamó la atención y lo compré. Me atrapó, sobre todo la parte que hablaba de carnivorismo”. La lectura lo hizo dejar el churrasco para siempre: “Me bajó la ficha de que era una vaquita. No comí más carne. No quería ser más cómplice. Ni me preguntes si extraño. Cuando siento olor a carne, me viene una repulsión terrible”.

Martí es un pionero, con los retos que eso significa. En el año 2000, fundó la Unión Vegana Argentina (UVA). “Estábamos atrasadísimos acá. Tuvimos algunos antecedentes, como la Asociación Naturista de Buenos Aires, en 1900, que eran vegetarianos. Cuando llegó Internet, descubrí la International Vegeterian Union, que tenía más de 100 años de vida. Les escribí y me propusieron hacer unas traducciones. Me convertí en activista. Así nació la UVA y fuimos creciendo. Mucho”.

Los números hablan. En 2019, precisa Martí, hicieron una encuesta con la prestigiosa consultora Kantar, que repitieron en el pandémico 2020, sobre la cantidad de vegetarianos en nuestro país. Los guarismos dicen que el 12% de la población argentina es vegetariana: “Casi cinco millones de personas sin sumar a los flexivegetarianos, que comen poca o nula carne por semanas. ¡Una bocha! Por eso te digo, necesitamos políticas de Estado”.

Las autoridades van a contramano. El decano de la UVA reflexiona: “Supongamos que les importa un carajo el bienestar de los animales. ¿Pero no ven la relación que tienen las matanzas con las enfermedades? Accidentes cerebrovasculares, cáncer, diabetes, todas relacionadas con el consumo de proteínas de origen animal. Bueno, pensemos entonces que tampoco les interesa la salud. ¿No les importa el cambio climático? Las Naciones Unidas, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) y el Acuerdo de París dicen que la industria cárnica es la que más contamina el planeta. Hay miles de científicos avisando que nos queda menos de una década para tomar decisiones radicales para mitigar el cambio climático que destruye el lugar donde vivimos. Ni los animales, ni la salud, ni el planeta que habitamos. Estamos frente a una patología importante. Son malas personas, solo les interesa el gustito que sienten cuando comen animales. Estamos en el horno”.

Según Martí, tomar el carril de la política es un viaje directo al abismo: “Si pienso en los legisladores, todos tienen intereses agropecuarios atrás. Muchos son dueños de criaderos de pollos, cerdos, vacas o tienen campos de soja. ¿Cómo van a votar leyes que reconocen a los animales como personas no humanas?”.

Con el Poder Ejecutivo no le fue mucho mejor. En pandemia visitó al presidente Alberto Fernández. Almorzaron, obviamente, viandas veganas. Martí le manifestó su preocupación por el acuerdo porcino con China, un megaproyecto millonario que implica la instalación de 25 granjas industriales, con el objetivo de exportar 900.000 toneladas de carne de cerdo. “Ecocidio y fábricas de nuevas pandemias”, aseguran a dos voces ambientalistas y proteccionistas. Martí le dejó al Presidente un documento muy crítico firmado por más de 500.000 personas. También mencionó la posibilidad de impulsar políticas como el “Lunes sin carne” (Meat Free Monday) en las dependencias públicas, una iniciativa, que Paul McCartney apoya desde 2009, para crear conciencia sobre el impacto ambiental de la industria y reducir el consumo. Con voz serena y tono pedagógico de profesor universitario, el Presidente fan de los Beatles redobló la apuesta: “Me dijo que si le traía a Paul y le tocaba ‘Blackbird’, se hacía vegano. Le dije que era imposible, pero que algo íbamos a hacer. Paul es de los nuestros, igual que Morrissey, que es más denso. Ni se te ocurra vender un chori de cerdo en sus recitales. Bueno, al final pudimos hablar con la productora de Paul y logramos que le mandara una carta. Ni te molestes en preguntarme cómo terminó la historia”. Otra vez sopa.

 “¿Te acordás de cuando comíamos asado?”. La pregunta se escucha como al pasar frente a una carnicería de barrio, en el corazón del casco histórico porteño. Con la ñata contra el vidrio, a una jubilada se le saltan los ojos al apreciar las pilas de churrascos, tiritas de asado, colitas de cuadril. Una obra de arte. Por lo caros. Es que con la última sangría económica que dejó la miserable pandemia y la deuda impagable con el FMI, sin lugar a dudas una época de vacas flacas, no es extraño que la carne se haya convertido en objeto digno de museo. Y aunque todavía conserve el primer puesto en el podio culinario nacional, cada vez pasta más lejos de la mesa de los argentinos.

Hay que repensar la relación que enlaza a las mansas vacas, su carne y derivados con el metafísico ser nacional. Argentina, país de generosas tierras que mataron el hambre de los conquistadores españoles llegados con sus vacas sagradas en el siglo XVI. Desde entonces, los regordetes animales se convirtieron en el pan de cada día –bife, albóndigas, guiso, milanesas, empanadas y siguen los platos– de los habitantes de este suelo. No hay dudas: con 46,1 kilos per cápita por año, la Argentina ostenta uno de los mayores consumos de carne bovina del planeta. Mal provecho.

Se sabe, la letra con sangre entra. La literatura nacional no es la excepción. Nace al calor de una violación en un matarife: “El matadero” del romántico Esteban Echeverría, escrito entre 1838 y 1840. Aunque su “Apología del matambre” es una pieza deliciosa anterior, acaso algo más empalagosa para el lector contemporáneo. Del Martín Fierro, gaucho matrero por antonomasia, no hay que olvidar la vaquería. Épocas en que los cueros, y no las carnes, eran el bien preciado en las pampas. Más acá, en el cine, la Coca Sarli en un frigorífico donde la carne era débil. No olvidemos a Moris y su joya “Pato trabaja en una carnicería”, filosa poesía sobre el aburguesamiento argento hecho canción.

Vaquerías, saladeros, mataderos, frigoríficos: la industria de la carne marcó a fuego el modelo de país. Quizá lo sigue haciendo hasta nuestros días. ¿Acaso los gurúes del subdesarrollo no dicen que el futuro está atado a la patagónica Vaca Muerta? 

Nahuel Peña Ayala curtió la vieja escuela del movimiento animalista vegano. Fanzines, ferias alternativas, recitales de hardcore antifascista. En los años noventa la información pasaba de boca en boca cuando tocaban Fun People o Animadversión, se leía en las publicaciones fotocopiadas que se vendían en la Feria de los Dos Congresos, se gritaba a los cuatro vientos en las protestas frente a circos, frigoríficos y peleterías. “No había Internet, era todo callejero. En las protestas contra McDonald’s y en las puertas de los mataderos hacíamos volanteadas y regalábamos comida vegana”, recuerda el muchacho de dreadlocks. 

Con aires de historiador, Peña Ayala destaca los puentes que unen el veganismo con la contracultura: “Hay raíces que vienen desde el anarquista Severino Di Giovanni, que propuso el vegetarianismo estricto. El veganismo es más reciente, de la década del 40. Acá llega de la mano del punk, en los años ochenta, con bandas como Cadáveres de Niños. En 1987 fue la primera protesta frente al McDonald’s de la calle Florida. Después viene el palo straight edge y los fanzines”. Un folleto de la Unión Vegana Española le partió la cabeza en mil pedazos a Nahuel. “Hablaba del Frente de Liberación Animal (FLA), de que si queríamos vivir en una sociedad justa, libertaria, no podíamos dejar afuera a los animales. Bien radicalizado. Eso me abrió un mundo nuevo. El veganismo tiene un trasfondo político contra la explotación, no es solo una cuestión de alimentación”, deja clarito.  

El Frente de Liberación Animal es una organización internacional de células independientes que nació en los años setenta. Para formar parte alcanza con cumplir una única regla: causar el mayor daño posible a la empresa o explotador y no lastimar a humanos u otras “especies animales”. Así, cualquiera puede ayudar a rescatar un cobayo de un laboratorio o escribir “carne = muerte” en el frente de una carnicería. Opera en más de 40 países. Los activistas del FLA argumentan que los animales no deben ser vistos como propiedad, y que los científicos y la industria no tienen derecho a asumir la propiedad de seres vivos que son “sujetos de una vida”.

“En la Argentina el veganismo tuvo olas. La de los 90 fue importante. Pero hace años que viene creciendo aún más: una década atrás hacíamos encuentros para veinte personas y ahora juntamos 3.000”, destaca el muchacho, fundador de La ReVeldía, un colectivo que activa en la zona noroeste del conurbano. Pegatinas, volanteadas, ferias, muralismo, charlas con eje en la educación son sus armas: “Hace un mes y medio nos invitaron a un evento en una fábrica cooperativa, bien popular. Llevamos el buffet y los laburantes comieron choripanes veganos a pleno. Cuando uno habló desde el escenario, dijo que eran riquísimos, que estaba bueno pensar en cuidar a los animales, el medio ambiente. Esa es una transformación social. Está al alcance de todos y es imparable”.

 Un cuchillito de madera contra la guadaña del sistema. Así grafica su lucha Lorena Bilicic, abogada penalista y directora del Observatorio de Derecho Animal Argentina, un espacio ad honórem –y a pulmón- que litiga por la causa. La doctora Bilicic se define como una vegana en eterna transición: “Porque en realidad no tendría que usar ni electricidad, ni celular, ni medicamentos, porque la mayoría están relacionados con la explotación, la muerte o el testeo en animales”.

Para la letrada, estamos viendo el nacimiento de renovadores paradigmas. “No es nuevo, pero fijate con lo de las familias multiespecie. En la base está la relación con el otro”, afirma. Mientras la escucho por el celular, siento la cabeza de mi perro Ringo, forzudo bóxer atigrado, apoyada sobre mis patas. Compañero, familia, amigo. Sí, Ringo es un amigo. Vivimos en manada.

El tratamiento de los animales familiares ha hecho replantear el universo jurídico, como eco de las transformaciones sociales. Bilicic dice que puede parecer una “moda” hablar en la actualidad de los derechos de los animales, pero todo es historia. A la Ley Sarmiento de finales del siglo XIX le siguió la Ley 14.346, alumbrada durante el primer peronismo. “Lo interesante es que en esa ley se ponen en jaque el Código Penal y el Civil, porque da trato de objeto al animal. Un objeto no puede ser víctima y eso abre las puertas a la protección, algo totalmente vanguardista”, explica.

Desde la perspectiva del derecho animal y de los activistas, resulta incorrecto decir “mascota”, porque esta palabra se asocia a su sinónimo: “talismán”, algo que da suerte, que se puede poseer. Mejor: “animal conviviente”, “animal familiar”, “animal del afecto”. Tampoco se habla de “dueños” de los animales, sino más bien de “tutores o cuidadores responsables”. El principal argumento de los expertos en derecho animal es que los animales son personas no humanas. Detalla Bilicic: “La familia multiespecie todavía no está volcada en la jurisprudencia argentina. Pero hubo un leading case hace poco. En Chubut, un tema de violencia institucional de un policía que mató a una perrita llamada Rita, parte de una familia multiespecie. El juicio se llevó a cabo tratando a Rita como víctima, como persona no humana. Eso marca un camino”. El policía fue condenado a un año de prisión en suspenso y a dos de inhabilitación en su cargo. “Son cambios lentos, pero significativos. La educación es la otra pata, la herramienta fundamental, que debe impulsar como base el respeto a la vida, sin adoctrinamientos. Romper con la violencia sobre los animales que aprendemos desde chicos. Tenemos que liberarnos de esas cadenas”.

Cuando corto el llamado, me quedo pensando. Mejor salir a caminar con Ringo para ordenar las ideas. Antes de ponerle la correa, esa libertad que mide metro y medio, veo que está echado justo por donde se cuelan algunos tibios rayos del sol. La escena me hace acordar a la historia del encuentro entre Alejandro Magno y Diógenes, el filósofo de la escuela cínica al que apodaban El Perro. Cínico es una palabra que viene del griego, del adjetivo kynikos, perruno. Cuentan que después de un intercambio picante, el rey todopoderoso de Macedonia le dijo al cínico Diógenes que le pidiera lo que quisiera. Ringo me mira con cara de filósofo. Sé que sabe la respuesta. Me corro del sol. Perro sabio. 

 El grano que alimenta el ganado podría terminar con el hambre en el mundo. Hasta que la última jaula esté vacía. ¿Quiénes somos, la pandemia?. Violencia es comer animales. La primavera cartelista vegana puede verse desde hace algunos años en mil y una paredes de la Argentina y más allá. Son obras paridas por el movimiento artístico Voicot, un colectivo fundado en 2014 por Malena Blanco y Federico Callegari, dos publicistas. “Trabajábamos para empresas que destruían el planeta. Un día nos preguntamos, por qué no usar nuestras herramientas para luchar contra ellos, contra la explotación animal – explica Blanco-. La publicidad nos hace pensar que elegimos, pero no elegimos nada. El sistema nos da las opciones: pollo, cerdo, vaca, y no elegimos, nos impone miseria en masa, que enriquece a una pequeña parte de la población y al resto nos enferma”.

Las vigilias en las bocas de los mataderos y en otros centros de explotación animal han marcado a fuego la historia de Voicot. También ponen el cuerpo en las investigaciones: entrar y registrar en video o fotos el proceso de convertir a un ser vivo en comida. “Son momentos espantosos, donde hay que ser fríos. Me tocó filmar en mataderos de cerdos. Tenemos un link especial con ellos. Vi animales golpeándose contra los barrotes, chillando. Tienen conciencia de adónde van. Todos quieren escapar”.

Fruto de las investigaciones, Voicot presentó en febrero pasado Heterotopía matadero en el Centro Cultural Kirchner (CCK), una inmersión sensorial que permite recorrer las tripas del monstruo. Heterotopía es un concepto que trabajó el filósofo Michel Foucault. Blanco deja una reflexión postrera: “Con ese concepto repensamos los espacios que están construidos en los márgenes de la ciudad, como los basurales, las cloacas y obviamente los mataderos. Espacios que no se quieren ver. De alguna manera, en el matadero se matan animales, pero también se intenta matar nuestra propia animalidad.”

Si en el principio de esta crónica era el verbo dominar, al final solo nos queda otro, extinguir. ¿Alguien duda a esta altura de la historia de que somos la especie en peligro de extinguirlo todo? Cantaba el Indio Solari sobre una solitaria vaca: “salvada del motor eterno, justo a tiempo. La civilización la amaba, justo a tiempo”.  

Crónica publicada en la revista Rolling Stone, por acá.



Vaquera invertida

“Una polibiografía donde los deseos luchan por existir más allá de las fronteras del patriarcado y el capitalismo, pero también de la cultura gay”. Arriesga el filósofo queer Paul B. Preciado sobre Vaquera invertida, el libro de la escritora y docente australiana McKenzie War. Pero esa definición, por suerte, no cierra los límites de la obra recientemente publicada por la vital editorial Caja Negra. Memorias, diario, ensayo, novela fragmentaria, manual de supervivencia. Sin dudas, un libro transgénero. Mejor dicho, Wark inventa un género para narrar su devenir mujer. “Una autoetnografía de la opacidad del yo”, sentencia precisa la contratapa del volumen.

Wark se apropia del término “Vaquera invertida” para titular su libro. “La montada de espalda” es una de las mil y una posiciones sexuales que se hacen cuerpo en el papel. Un tratado alucinante sobre el sexo y el deseo que va desde Newcastle, un pueblito perdido a 100 millas de Sídney, la contracultura hippie, glam, punk y marxista australiana, los fallidos intentos por ser gay y hétero, los senderos que se multiplican a la hora de construir una identidad siempre provisoria, hasta la deriva por la movida queer de Nueva York, donde Wark migró hace años.

Las polimemorias de Wark son acompañadas por un coro de citas –guiño a los modos online que a veces dificultan la lectura en físico- de diversos escritores y escritoras, también de ensayistas y pensadores vibrantes: Wilde, Bataille, Genet, Megan Milks y también el mencionado Preciado.

La autora es profesora de Estudios Culturales y Medios de Comunicación en el Eugene Lang College de la New School for Social Research de Nueva York. Publicó varios ensayos de crítica cultural centrados en el legado cultural y político de la Internacional Situacionista (IS). También estudió los cambios sociales y culturales producidos por la incursión de las tecnologías de la información y la comunicación en el presente. Actualmente se encuentra trabajando en un libro acerca de la escena rave trans y queer en Nueva York.

En el epílogo de Vaquera invertida, Wark reflexiona sobre la escritura, su transición que comenzó en 2017 y la memoria trans: “Que nuestra historia ya no tenga el leitmotiv espantoso de estar absolutamente solas en el mundo… eso ya sería un progreso. Se puede transicionar a solas, de ser necesario, pero nuestra liberación sólo puede ser un proyecto colectivo y transnacional.” Cuánta razón.

Publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

domingo, 1 de mayo de 2022

La conquista del pan

Las banderas son de color rojo y negro. Llevan tatuadas consignas de luchas obreras más viejas que el capitalismo. “La conquista del pan”, “Salud y libertad”, “Ni dios, ni patria, ni patrón, ni marido”. Son el telón de fondo que abraza el acto convocado por la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) para conmemorar el 1º de Mayo. La cita es en la populosa Plaza Miserere, en el popular barrio del Once. En una tarde soleada de un auténtico domingo anarquista.

Ni jornada de fiesta, ni feriado, ni acto celebratorio, los anarquistas proponen, como debe ser, un Día de Protesta Universal. Miren si no sobran razones para que los trabajadores dediquemos un día a reflexionar y organizar nuestras propias luchas. Ahí están la miseria, la inflación y el hambre que muerden los talones. Las guerras masacrando a la vuelta de la esquina. La donación forzada al antojo de un patrón por un mísero sueldo. Dice los muchachos y muchachas de la FORA cuando toman la palabra por asalto al inicio del ágape: “Hoy no hay nada para festejar: hoy no hay fiesta. Hoy no hay descanso, no hay tiempo para descansar. Es el día en que los trabajadores y trabajadoras del mundo juntamos fuerzas para perseverar en la lucha por la dignidad, que no es el trabajo, sino la emancipación.”

Anarquistas, “la palabra –escribe el ensayista Christian Ferrer en su brillante libro Cabezas de tormenta- suena hoy menos tremebunda que extraña, como si se mencionara un animal extinto. Un ave pesada que nunca pudo volar o un mamífero cuyo último ejemplar fue avistado décadas atrás”. Tantas veces los han matado, tantas veces los persiguieron, tantas veces los borraron de la historia. Sin embargo siguen aquí, dando pelea por un mundo de iguales.

La FORA cumplió 120 años de tórrida historia sindical en 2021. Fue la primera organización gremial del país y al inicio del corto siglo XX llegó a nuclear a miles de laburantes. Su corazón fue, es y seguirá siendo la actividad sindical. Además, cobija en su sede porteña de La Boca una generosa biblioteca, documentación histórica obrera y otros tesoros que son un festín desnudo para historiadores y cientistas sociales.

Jorge “Cacho” Smokvina, miembro activo de la comisión de jubilados de la federación, dijo lo suyo cuando pasó al frente. Recordó a los Mártires de Chicago y trajo su legado a las luchas del presente. Las batallas ya no son para conseguir las ocho horas, sino para que el trabajo remoto sin frenos salga de nuestras casas. “Hemos perdido mucho terreno con estos años de miserable pandemia –aseguró don Cacho, 68 pirulos bien llevados y elegante boina-, y los sindicatos y partidos políticos están al servicio de los patrones y de los gobiernos de turno. Ese es el modelo sindical que denunciamos”. Cacho también le dedicó un párrafo a los falsos libertarios que encabeza en el Parlamento el economista mediático Javier Milei, el huevo de la serpiente liberal: “Se llenan la boca hablando de libertad. Libertad de mercado”.

Contra la guerra en Ucrania, contra todas las guerras. Ese fue el principio que atravesó como un rayo que no cesa el discurso de Carlos Splausky, poeta y jubilado ácrata. “Tanques, bombas, fusiles, todas esas armas que usan para someternos a los trabajadores. Pero nosotros tenemos armas más fuertes, nuestros principios de igualdad”, arengó don Carlos, hijo de migrantes llegados a estas pampas desde Ucrania.

La organización de la FORA está basada en los principios anarquistas de la 1º Internacional Obrera: un sistema federalista y horizontal sin cúpulas dirigenciales ni profesionales del sindicalismo. Sociedades de resistencia, que es la unidad más clásica de los obreros tradición española. Se adhieren y se forman federaciones sin una conducción central. De la jornada participaron representantes de diversas zonas del Conurbano y se leyeron adhesiones que llegaron desde Italia y otros puntos del planeta.

“A desalambrar, a desalambrar / Que la tierra es nuestra”, suena la voz de Víctor Jara por los parlantes cuando el acto ácrata por el 1º de Mayo acaba. Pero la lucha sigue. ¡Salud y anarquía!

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá. 

 

 

sábado, 30 de abril de 2022

Miles de ojos

 “No tenemos inconvenientes en declarar que el esplendor del mundo se ha enriquecido con una nueva belleza: la belleza de la velocidad. Un automóvil de carrera, con su caja adornada de gruesos tubos que se dirían serpientes de aliento explosivo… un automóvil de carrera, que parece correr sobre metralla, es más hermoso que la Victoria de Samotracia”. El epígrafe del fascista poeta italiano Filippo Marinetti es un conjuro tatuado al comienzo de Miles de ojos (Caja Negra Editora), la poderoso nueva novela del escritor boliviano Maximiliano Barrientos. Velocidad, el culto de las máquinas, la fe ciega en la técnica, las balas, la destrucción. Con estas palabras podría resumir –sin jamás lograrlo- parte del vertiginoso y alucinante viaje que narra la obra. Con senderos que se bifurcan y trifurcan entre la weird fiction, la literatura pulp, el realismo alucinógeno, Miles de ojos es un bólido lanzado a través de rutas en que la naturaleza y los cuerpos se funden con el acero, el cromo y las bujías.

La novela, dividida en cuatro apartados, cuenta la deriva de una subcultura de adoradores de los fierros y el black metal. Un bólido deportivo yanqui –Plymouth Road Runner modelo 1970- es el instrumento ritual que utilizan los fieles para liberar a una demencial entidad capaz de transfigurar el mundo capitalista de mierda tal cual lo conocemos.

Tribus post apocalípticas, imaginario cyberpunk y mucho metal pesado. Venom, Celtic Frost, Slayer, Burzum, Sodom. Esa es la banda de sonido que acompaña también a una postal adolescente de una Santa Cruz de la Sierra empestada por visiones del más allá. Barrientos es nacido y criado en la “Miami sin mar”, la principal ciudad del tórrido oriente boliviano. Una urbe rica, opulenta, empresarial y demasiado racista, cuyo esqueleto conformado por anillos, alguna vez arriesgó Fabián Casas, “haría las delicias de Tolkien”.

El narrador camba es autor de los volúmenes de cuentos Diario (2009), Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer (2011) y Una casa en llamas (2015) y de las novelas La desaparición del paisaje (2015) y En el cuerpo una voz (2018), otra obra incendiaria e indispensable del boliviano.

En Miles de ojos, la pluma de Barrientos es fiel a su clásico estilo frío, empapado de belleza rabiosa, algo seco, siempre efectivo y cinematográfico. Repleto de historias tórridas nivel bonzo, que construyen un mundo hostil e inexplicable, donde muchas veces se impone el drama de lo no dicho. Cultor de una tradición literaria bien norteamericana: DeLillio, McCarthy y siguen las firmas. Con dosis desparejas de Ballard y la angloboliviana Alison Spedding lubricando la novela.

Escribe Barrientos en Miles de ojos: “Ya no sabía dónde terminaba el sueño y dónde comenzaba la vigilia, la línea divisoria se había roto y el espacio no era otra cosa que una prolongación de los paisajes de su mente. Recordó los pies de su madre, blancos y pequeños, hundiéndose en los pedales mientras se desplazaba por la carretera. La velocidad corrió por sus venas y sus huesos, el aliento de ese dios terrible habitó su mandíbula, sus ojos”. Atravesando todo límite, dirían los Hermética. Empapados por la violenta belleza de la aceleración.

Publicada en Tiempo Argentino, por acá.

lunes, 25 de abril de 2022

Presos por plantar marihuana: armando causas con perejiles

 Como un “perejil”. Así se siente José María Montero en su fría celda. El joven carpintero de 36 años lleva once meses invernando en un pabellón del penal de máxima seguridad de Sierra Chica. ¿Su delito? Tener tres plantas de marihuana en su casa. Fue detenido el 29 de abril del año pasado, cuando un pelotón de policías irrumpió en su domicilio de la ciudad de Laprida, localidad enclavada en el centro-sur profundo de la provincia de Buenos Aires. Los agentes del orden dañaron la puerta de su casa, revolvieron todo, le apuntaron a la cabeza con una pistola 9 milímetros como si fuera un dealer de los pesados. Carátula del expediente: tenencia de estupefacientes con fines de comercialización. “Dos plantas cortadas y una al final del proceso de floración, eso encontraron. Plantaba para no ir al mercado negro, viste lo poco que vale la plata. Soy un laburante. Hacía vida normal. Les enseñaba a cultivar a varios amigos, para fines médicos de ellos o de sus parientes. En el operativo, los policías me decían que yo era un narcotraficante. Revisaron todo y requisaron $ 1030 pesos. Un chiste. ¿Qué capo narco anda tan justo de plata?”, mastica bronca el muchacho tras las rejas.

Montero es militante de la causa cannábica desde hace largo rato en sus pagos. Puso el cuerpo en el colectivo Cannabis al Congreso, una agrupación que impulsó la normativa para el desarrollo industrial de la droga blanda, que solo cuenta con la media sanción de los senadores y aún duerme la siesta en la Cámara Baja del Parlamento nacional.

Un par de meses antes del allanamiento, el joven había tenido una reunión con el intendente justicialista Pablo Torres y varios concejales de Laprida. Hablaron sobre promover la investigación y el desarrollo de la producción de marihuana con fines medicinales e industrial a secas. Imitar a sus vecinos de la cercana meca de General La Madrid, municipio pionero en la materia. “Estamos a solo 60 kilómetros de distancia, somos Springfield y Shelbyville. El agua y el aceite. Ellos avanzaron, los nuestros te detienen”. En la juntada, también pidieron a las autoridades plasmar una futura reunión con el secretario de Seguridad local. Había miedo entre los cannabicultores. Pocas semanas después, Montero marchó preso.

“Es una locura estar detenido por tener plantas que nos da la naturaleza, con todos los beneficios que tienen. Hay mucha gente guardada por lo mismo”, explica. Luego precisa que su captura fue algunos días después de la reglamentación del Reprocann, el registro público para el cultivo controlado. Montero, asegura, no puedo inscribirse porque en esos tiempos no funcionaba la página web estatal.

Sueños de libertad. Esperanzado, Montero aguarda con paciencia de campesino el juicio que comenzará, con suerte, en marzo de 2023. “No hay pruebas de la comercialización. Van a ser dos años largos perdidos. No conocía el interior de una comisaría y ahora estoy preso por cultivar. La Justicia lava otros pecados arrestando a pibes que plantan. Hacen números y dicen que todos somos narcos. Pero el negocio ilegal sigue floreciendo. Te aseguro que si tuviera plata no estaría acá. Soy un pobre perejil”.

En la Argentina, cada vez más personas eligen cultivar su propio cannabis. Sin embargo, la ley solo permite este derecho a usuarios medicinales registrados en el Reprocann. Más allá de esta excepción, el Código Penal sigue penando con hasta 15 años de cárcel a los cannabicultores. Más acá del discurso progre, los guarismos indican que los allanamientos y detenciones no tuvieron freno durante los dos últimos años con el kirchnerismo al frente del Poder Ejecutivo, después de la perdida “guerra contra el narcotráfico” impulsada por el gobierno de Cambiemos.

Luego de un 2021 especialmente cannábico –y no solo por el crecimiento exponencial del autocultivo en pandemia–, en los últimos 12 meses el tibio gobierno nacional que preside Alberto Fernández dio pasos en forma no tan tímida a políticas activas de impulso al cultivo herbáceo. Un giro radical se observa con el decreto que reglamentó la Ley 27.350, de uso medicinal del cannabis. La iniciativa original sancionada en 2017 durante el mandato de Mauricio Macri fue un bluff. En su reglamentación imponía rigores y limitaciones: solo admitía el uso para la epilepsia refractaria, prohibía el autocultivo, no reglamentaba la producción nacional y no aceptaba ventas por farmacias. Todas flores que se abrieron con la nueva normativa.

En paralelo, el gobierno del peronismo ahora partido impulsó en el Parlamento un proyecto para promover el cultivo de marihuana y cáñamo –variedad de planta con bajo contenido de THC, en criollo, “no pega” – con fines de industrialización para uso medicinal y productivo. ¿Argentina, granero del porro? Es el deseo de muchos. Según la Cámara Argentina del Cannabis (ArgenCann), se espera que en 2027 el mercado mundial de la industria cannábica mueva más de 40.000 millones de dólares. La tasa de crecimiento anual superará el 30 por ciento. Con este escenario, la Argentina podría generar un mercado interno de 500 millones de dólares, 50 millones en exportaciones y más de 10.000 puestos de trabajo. Verde que te quiero verde.

¿Y de la despenalización? Según los especialistas aún falta mucho camino por recorrer. El llamado “consumo adulto responsable” se proyecta en el horizonte futuro, pero sin fecha próxima. Mientras tanto, la vetusta Ley 23.737, resabio de las políticas belicosas contra las drogas, sigue engordando los registros de detenciones y causas penales con pequeños cultivadores.

Según el informe “La guerra contra lxs consumidorxs de drogas debe terminar”, publicado por el Cels (Centro de Estudios Legales y Sociales) en 2021, siguen las detenciones a lo largo y ancho del país: “Las policías los privan de la libertad y se les inician causas penales que, aunque no prosperen, funcionan como un castigo. La mayor parte de les funcionaries declaran públicamente que no se debe perseguir a les consumidores, sino que hay que concentrarse en investigar y detener a los grandes actores del narcotráfico. Sin embargo, las policías que dirigen dilapidan todos los días horas y dinero en detener usuaries, recursos que podrían ser utilizados en otras políticas de seguridad. El Poder Judicial suele operar con el criterio de que este tipo de causas deben desactivarse de inmediato.”

Los números de algunos distritos son botones de muestra: “En 2018 habían ingresado a la justicia federal de la Ciudad de Buenos Aires 4777 causas por consumo. En 2019, por el mismo motivo, ingresaron a la justicia porteña 19.275 causas. Esto implica un aumento de más del 400%. Desde enero de 2019 hasta agosto de 2020 se iniciaron 38.696 causas por delitos de drogas. Más del 75% (29.206) fueron por tenencia para consumo personal, y solo el 17% (6706) por comercialización”. Sesgo de clase, el informa afirma con alarma que por decisión policial y de la política de seguridad, el consumo de drogas es un delito casi únicamente en las zonas más pobres de la CABA.

Al otro lado de la General Paz, el panorama es igual de sombrío, con 47.927 “hechos delictuosos” de drogas informados en 2019. Desde el Cels afirman que las detenciones por tenencia para consumo son una herramienta policial para legitimar la persecución de sectores postergados y el control del territorio por parte de las fuerzas. Las detenciones son usadas para inflar estadísticas y construir así una falsa imagen de eficacia.

En el apartado dedicado a los cannabicultores, el Cels detalla que se les imputa tenencia para comercialización como práctica cotidiana. Han sido el blanco predilecto de la Policía Bonaerense y el Ministerio de Seguridad provincial: utilizan las detenciones como parte de su estrategia de comunicación pública. Los presentan como narcos peligrosos, mientras los uniformados que incautan plantas son retratados como héroes de la patria.

Paradojas. Máximo López cursa una diplomatura sobre cannabis medicinal en la Unidad Penitenciaria Nº 7 de Azul, donde está detenido por cultivar. La pesadillas alucinógena de este comerciante de 33 años, padre de tres hijos, sin antecedentes penales, comenzó el 9 de septiembre de 2020, cuando la Bonaerense allanó su casa en Azul, por una investigación vinculada al juego clandestino. Los policías debían llevarse documentación, computadoras, papeles con anotaciones y dispositivos electrónicos, pero cuando le preguntaron al “sospechoso” si en la vivienda había algo más que pudiera comprometerlo, López les mostró el lugar donde guardaba los cogollos que había cortado de su cosecha. En total, secuestraron 420 gramos de cannabis, sobre todo ramas. Fue detenido y luego liberado a los pocos días.

De la causa por las “apuestas virtuales”, López no tuvo más noticias, pero el 18 de febrero de 2021, le notificaron que quedaba preso por las plantas. El título de la obra es conocido: “Tenencia con fines de comercialización”. “Alegaron que había mensajes comprometedores, pero eran pavadas de hablar con amigos o con mi mamá sobre el aceite. Tuvieron un problema con el software, muchos mensajes se perdieron y yo quedé acá adentro”, dice Máximo desde el penal.  

López es uno de los fundadores de la Asociación Civil de Cannabis Terapéutico de Pigüé, colectivo que encabezó varias marchas por su liberación. “Ya estuve en dos penales y hay muchas historias parecidas a la mía. Causas inventadas, gente que le hacían allanamientos por un tema, no encontraban nada y los llevaron  por dos plantas. Todos morochos, laburantes que están presos por plantar marihuana”.

El caso de Máximo López es una de las banderas del Frente de Presos y Presas por Plantar (PPP). La agrupación recibe el apoyo de instituciones como la Correpi, varias federaciones universitarias y diversos gremios. También de muchos trabajadores del cannabis, como el cultivador de origen chaqueño Cristian Chamorro: “Para mí el tema es fácil. El negocio ilegal con el porro prensado paraguayo que entra al país es manejado por bandas lúmpenes asociadas a las fuerzas del Estado. Ese es el nudo que hace presión sobre los trabajadores de la planta”.

Para Chamorro, con la pandemia se profundizó la política de represión y persecución a los trabajadores del cannabis: “El Reprocann funcionaba muy lento y la policía, hasta el día de hoy, está totalmente desinformada y hace lo que quiere. El otro día estaba por Palermo fumando, se acercó un oficial y la situación se puso tensa, aunque le mostré mi carnet.”

Con sus compañeros, Chamorro realiza trabajo social en diversa barriadas estigmatizadas del Conurbano. Su experiencia le dejó ver el rol económico que pueden tener los cultivadores de cannabis para el desarrollo: “Los que plantan están lejos del narco y de cometer delitos. Trabajan con la marihuana. Nosotros queremos la regulación y ganar derechos laborales. Pero el Estado sigue con el prohibicionismo”.

María Victoria Baca Paunero es defensora oficial criminal y correccional del Departamento Judicial de Lomas de Zamora, especialista en Derecho Penal y presidenta del Centro de Estudios de la Cultura Cannábica (CECCa). Para la letrada, vivimos tiempos con cambios de paradigmas en relación a la planta. Del viejo prohibicionismo se pasó a la mirada medicinal, y lentamente estamos entrando en la regulación. Sin embargo, las viejas prácticas de la lucha contra el narcotráfico siguen activas: “Son parte de un sistema penal que existe para legitimar la exclusión social. Las regulaciones siempre tienen dos varas, para quien tiene la capacidad de cumplir con los requisitos y el que no. En ese sentido, la empresa estatal de producción de Jujuy cumple con toda la normativa y está muy bien que así sea. Pero por el otro lado plantar o fumarte un porro en La Matanza te puede llevar a la cárcel”.

El proceso para la regulación es complejo para Baca Paunero: “Hay que informarse, hacer políticas activas desde el Estado. Si un pibe o una piba plantan, tienen que conocer las reglas de juego. Saber lo que pueden o no pueden hacer. Quién puede cultivar. No se puede vender cualquier cosa, no es el vale todo, porque el Estado tiene que cuidar a todos”.

Mariano Aquino recuperó su libertad en diciembre pasado. Pasó más de dos años preso por cultivar. Sufrió un allanamiento digno de un film de Hollywood en su casa de Tortuguitas allá por mayo de 2019. “Un grupo comando corte SWAT, con ametralladoras, miras láser, cámaras. Iban a capturar a Pablo Escobar. Yo les abrí la puerta en ojotas y calzoncillo. Encontraron cogollos y ramerío. Fui víctima de lo que se llama un ‘ruleo’, unieron tres allanamientos y parecía que habían desbaratado un cártel. Éramos tres boludos”, explica Aquino, 41 años, mensajero de profesión.

El muchacho es un apasionado de la planta. “Es amor, un hobby, una actividad que me hacía bien. Dedicaba buena parte de mi producción a regalar y hacer aceite para mejorarle la calidad de vida a gente con dolencias. Por eso fui preso, al final se cayó la carátula y quedé libre. Pero quién me hace recuperar el tiempo que perdí encanado”, dispara.

En el penal de La Plata, Aquino escuchó con bronca cuando el presidente habló del cannabis en el inicio de las sesiones parlamentarias en 2021: “Y yo con otros compañeros guardados por tres plantas. Como se dice en el penal, me sentí ‘rezarpado’, como que te mojen la oreja. Porque dicen una cosa y hacen otra. Las cárceles están repletas de pobres, de gente de a pie. ¿Sabés cuántos perejiles todavía están adentro?”.

Crónica publicada en la Rolling Stone, por acá. 

La larga marcha de un internacionalista

Facundo Molares Schoenfeld camina sereno por un pasillo de la Unidad 6 de la cárcel de Ezeiza. En su recorrido hasta la enfermería, su cuerpo es rozado por los rayos blancos del sol que se filtran entre las rejas. Mientras escucha las órdenes de los grises guardias de la escolta, el militante social y fotorreportero argentino, exmiembro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FARC), pispea el cielo diáfano del bello abril en un pulmón interno. Camina y piensa. Quizá en el juicio de extradición a Colombia que enfrenta. Quizá en su padre, en su hermana, en sus amigos y compañeros que lo esperan afuera. Quizá en el Conurbano profundo donde nació en los años setenta, en la Patagonia rebelde de su adolescencia durante el menemato, en sus derivas iniciáticas por las venas abiertas de América Latina, en la exuberante selva Amazónica que lo cobijó más de una década, en las jornadas agónicas peleando por su vida en la Bolivia de facto de Jeanine Áñez. Quizá, no tengan dudas, también en recuperar la libertad.

Molares Schoenfeld se agita un poco, pero sigue andando. Deben ser los problemas de salud por los tres balazos de los golpistas bolivianos, el sobrepeso por el sedentarismo carcelario, los días interminables a la sombra. Ya son demasiados los meses que lleva confinado en el penal federal de máxima seguridad. Fue detenido en noviembre pasado en la localidad chubutense de Trevelin, donde había hecho nido luego de ser repatriado desde La Paz.

Entonces, se abre la última reja que nos separa. El hombre de 46 años saluda al entrar a la enfermería con un fuerte apretón de manos, se acomoda en una silla, mira recto a los ojos y dice que quiere hablar. Es momento de contar sus verdades, sus principios, sus muchas historias en el campo de la lucha popular. La larga marcha de un internacionalista.

El pasado miércoles 20 de abril comenzaron vía Zoom las audiencias del juicio de extradición contra el militante comunista del Movimiento Rebelión Popular. El pedido fue realizado por el gobierno colombiano del derechoso presidente uribista Iván Duque. El fuero penal ordinario del país andino-amazónico- caribeño acusa al excombatiente de la Columna Teófilo Forero del secuestro del concejal Armando Acuña, ocurrido en marzo de 2009 en el municipio de Garzón, departamento del Huila, en el sur de Colombia. El requerimiento fue rechazado por la defensa y por organismos de Derechos Humanos. Consideran que los delitos que se le imputan al periodista de la revista Centenario ocurrieron antes de 2016, por lo que están encuadrados en el Acuerdo de Paz firmado por el Estado colombiano y la guerrilla. El juez federal a cargo de la causa es Guido Otranto, señalado por diversas irregularidades en la investigación por la desaparición y muerte de Santiago Maldonado. El próximo viernes 29 de abril concluye el proceso. “No quiero ser extraditado y no corresponde –dice Molares Schoenfeld-. No participé de esa retención política, hasta el concejal lo manifestó. La única tarea que tuve fue entregarlo a una comisión humanitaria mediante un acuerdo con el Estado, en el marco de los diálogos de paz ya encaminados. Si quería, me quedaba en Colombia. Pero elegí firmar el acuerdo, volver a mi tierra para ver a mi padre, para ver la tumba de mi madre, para ver a mi pueblo. Yo quiero seguir peleando en libertad, no ir preso.”

Hijo de las luchas

“Uno a veces reflexiona en la vida para entender lo que es y lo que hace. Soy nacido en 1975, hijo de una generación que luchó mucho en la Argentina. Ese es mi primer condicionante. Siento orgullo de mis padres”, dice Facundo con la mirada encendida. Los Molares Schoenfeld la pasaron fulero durante la dictadura. Papá Hugo, militante sindical del Hospital Ciudadela, zafó de milagro de ser chupado por los grupos de tareas. “Vivíamos en José C. Paz, entre baldíos y calles de tierra, me acuerdo de los camiones de los militares, el miedo del barrio. Eso marca”.

Después de la primavera democrática y con el crac económico del gobierno de Alfonsín, la familia empobrecida decidió dejar Buenos Aires y partir a la Patagonia con el sueño de forjarse un futuro mejor. Comenzaba la pesadilla del menemismo. “Años en que no podíamos comer un pedazo de carne. Mis viejos eran comerciantes. En paralelo mi papá estudiaba Derecho y mi mamá terminaba el secundario. Eran tiempos de muchos rebusques para hacer unos pesitos”.

También de una fuerte educación sentimental y militante. Las marchas contra la Ley Federal de Educación, la defensa de la escuela pública, las tomas. Con apenas 14 años, el joven Facundo puso el cuerpo, se hizo comunista y leía los diarios del Che Guevara. “Un ejemplo imperecedero, un imán para los jóvenes. Su ejemplaridad, su voluntad de dejarlo todo por una causa justa, eso me impulsa hasta hoy.”

Cuando terminó el secundario -es técnico forestal-, Molares Schoenfeld decidió volver a Buenos Aires para estudiar, justo antes de que la Alianza neoliberal estallara por los aires en el 2001. Se instaló en el Bajo Flores, en la estigmatizada villa 1-11-14, donde militaba. Vivía en una piecita que forjó con sus manos. “El 19 y 20 movilizamos con el barrio entero, vecinos que fueron por primera vez al centro. Cómo no participar en una manifestación social de ese calibre. Los gases, los escuadrones que andaban en autos sin patentes y tiraban a mansalva. Fue un gran sacrificio del pueblo heroico, que se desperdició. No surgió una nueva realidad. El sistema se recompuso. Volvieron todos los que se tenía que ir. Me acuerdo de que en las protestas, un muchacho gritó ‘La ciudad es nuestra’. Por un rato. La ciudad es nuestra cuando el pueblo puede vivir con dignidad, con trabajo, con futuro. La sensación de esos días fue agridulce.”

Pocos meses después, desencantado, Facundo vendió sus pocas pertenencias y decidió salir a la ruta. Conocer la realidad del continente de primera mano. Como aprendió del Che.

Plan Colombia

Cataratas, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador. Miles de kilómetros recorrió Molares Schoenfeld hasta llegar a Colombia. En la carretera se ganaba la vida changueando. Fue electricista, carpintero, albañil. En paralelo compartió las injusticias sin fronteras que sufren los olvidados de América.

Cuando entró a Colombia tuvo una epifanía al ver una pintada de las FARC en la puerta de un cuartel del Ejército. “Decía ‘Hasta la victoria’. Desde que ponías un pie en esa tierra era imposible abstraerse de la realidad. La lucha era muy poderosa. Me fui quedando. Escuchaba las historias de los campesinos desplazados, los masacrados por los paramilitares, la pobreza extrema, la prosperidad que habían tenido en los años de la guerrilla. Ver esa realidad y mi recorrido me hicieron sumarme a las FARC. Era jugársela, vengo a ofrecer mi corazón. Como decía el Che, dejar anotado a quién hay que avisarle en caso de perder la vida.”

En julio de 2003, con 27 años, se sumó a la Columna Teófilo Forero en Los Pozos, un pueblito donde el presidente Pastrana y el líder guerrillero Marulanda habían firmado un fallido acuerdo de paz dos años antes. Facundo Molares Schoenfeld adoptó el seudónimo de “Camilo Fierro”: el nombre, por Cienfuegos y el cura Torres. El apellido, por un viejo apodo de su padre sindicalista. En la selva sus compañeros los llamaban simplemente “El Argentino”.

Por su formación, fue instructor político de la Teófilo. Organizaba a la comunidad. Así se curtió en la selva amazónica. Ese espacio “apasionante, apabullante: los insectos, los animales, las plantas que tenía mi vieja en su casa pero gigantes”. La vida era nómade, en perpetuo movimiento para evitar las bombas del Ejército. “Como caminar desde acá hasta Rosario o Mar del Plata.” Muchas veces, hace memoria Facundo, estuvo a punto de perder la vida. “Zafé por la fortuna y la rapidez de piernas. Cuando te ataca un avión con toneladas de explosivos, valen las piernas, no es cobardía. Es inteligencia. Me tocó enterrar a muchos compañeros destrozados. Personas que no deberían haber muerto.” Reinaban el Plan Colombia, alimentado por los fondos estadounidenses, y el señor matanza al frente del Poder Ejecutivo. “Uribe gobernó ocho años y dejó 100 mil desaparecidos. Ustedes comparen con quién quieran. Millones de campesinos desplazados. La realidad colombiana, que sigue hasta el día de hoy. Se exacerbó después de los diálogos en La Habana porque no existe un contrapeso. Los campesinos no querían que se fueran las FARC.”

-¿Usted tuvo discrepancias abiertas sobre cómo la guerrilla conducía el proceso?

-Hubo discusiones internas. Yo creía que el acuerdo era un calco de los fracasos anteriores. Ya era previsible lo que sucede hoy, con asesinatos de líderes sociales y exguerrilleros. Tuve consecuencias por manifestar mi desacuerdo con los términos del acuerdo, no con alcanzar la posibilidad de la paz. Fui castigado y apartado.

-¿Cómo fueron sus últimos tiempos en las FARC?

-Hubo un proceso de desmovilización. Viajamos tres días en canoa remontando el río Putumayo hasta un pueblo llamado Las Carmelitas para entregar las armas. Yo firmé un documento, que está en poder de las Naciones Unidas, eso impide la extradición. Dejé el campamento a la luz del día, me despedí de mis compañeros de 15 años. Sentí tristeza por el pueblo colombiano, porque su sufrimiento no terminó y se merece una vida mejor.

Bolivia, cárcel y el después

De regreso en la Argentina, Molares Schoenfeld decidió seguir la lucha por otros medios. Se hizo comunicador popular. En 2019 partió hacia Bolivia, para retratar el golpe de Estado contra el gobierno de Evo Morales. Estuvo en la opulenta Santa Cruz de la Sierra, en el oriente opositor al gobierno del MAS. Tierras de las fascistas juventudes cruceñistas. Fue herido cuando cubría un enfrentamiento en la localidad de Montero. Recibió tres disparos. “Estuve a punto de morir, 23 días en coma inducido, y los médicos que me salvaron terminaron presos. Perdí casi toda la visión en el ojo derecho y tengo un problema cardíaco por las balas de los golpistas. Terminé preso 13 meses acusado de terrorista en Chonchocoro, la cárcel de máxima seguridad, a casi 5000 metros de altura en el Altiplano. Enfermé dos veces de Covid, dormí meses sentado contra la pared.”

En diciembre de 2020, sin la usurpadora Áñez en el poder y con una campaña internacional por su liberación, Facundo fue finalmente repatriado a la Argentina.

En noviembre pasado, fue detenido en el sur. Pasó por el penal de Rawson y desde hace unos meses espera el juicio en Ezeiza. Facundo suspira hondo y dice que no baja los brazos. Que su sueño de formar una familia y de tener un hijo lo mantienen vivo y le dan fuerzas para seguir peleando. “No me arrepiento de nada, siento orgullo por lo que hice con toda bondad y honestidad. Eso es ser internacionalista. Demostrar solidaridad con los pueblos del mundo.”

Antes de volver a la sombra del pabellón, Molares Schoenfeld mira una vez más los rayos del sol tibio de otoño que se filtran entre los barrotes. Deja un mensaje postrero: "Después de tanto camino recorrido, acá me siento como un gato montés en una jaula de conejos. Me hace falta el camino de tierra, los kilómetros, la libertad".

Publicado en Tiempo Argentino, por acá. 

martes, 12 de abril de 2022

Fierros peronistas

El cielo del séptimo día es diáfano, celeste y blanco, bello en el sur del Conurbano plebeyo. El fresco bonaerense se pinta entero con una fila multicolor de rastrojeros. Las chatas duermen la siesta estacionadas frente al Centro Municipal de Exposiciones de Avellaneda. Brillan como un arcoíris forjado en metal. En el aire hay humo de choris, una carrera  por radio del TC y estribillos que mixturan cumbia con rock pesado. Liturgia justicialista pura. Y también, reforzado en estos tiempos convulsionados de desencuentros, es pasar por la puerta de entrada a la nostalgia.

Para un peronista no hay nada mejor que un auto peronista. Esa parece ser la consigna que nuclea a los fieles que se acercan a la misa pagana del motor nacional y popular. No es una reunión cualquiera para los devotos fierreros. Celebran los 70 años del nacimiento de la IAME (Industria Aeronáutica y Mecánica del Estado), utopía hecha carne por el general Perón a comienzos de la década del ’50. Fábrica de aviones, motos y automóviles que dio a luz, entre otros proyectos de innovación pública, al tractor Pampa, a la moto Puma, a la coupé Justicialista Gran Sport. El sueño científico y tecnológico de una Argentina soberana a todo motor, que terminó fundido por las pesadillas gorilas de la Revolución Fusiladora y la desindustrialización de sus hijos pródigos neoliberales.

Desaparecida, ocultada, negada, borrada por la historia oficial, la resistencia tuerca de la IAME sigue viva. Muestra sus caballos de fuerza en un domingo de gloria peronista.

Familia rodante

La familia Fermoselle es uno de los motores que impulsan el encuentro. Tienen una potencia sin freno. Gabriel es presidente del Club IAME, institución creada en 2004 para congregar a los y las fanas. Ataviado con mameluco de época, Gabriel va en zigzag de una punta a otra del salón recibiendo a los invitados, atendiendo a los periodistas, dando clases magistrales sobre historia mecánica. Por ahí también andan su hermano Héctor y su mamá María Cristina Duarte, piezas fundamentales para mantener encendida la memoria de los autos del pueblo. “Para mí, la IAME es parte del país que fuimos, y que no nos dejaron ser. Un proyecto de Argentina potencia en serio. Pero cómo íbamos a ser potencia unos indiecitos del sur que estábamos fabricando autos con fibra de vidrio en el ’55, cuando solo lo hacían los yanquis. Así nos fue”, reflexiona doña Cristina, de coquetos 72 pirulos, bien custodiada por un retrato de Perón y otro de santa Evita. “Peronista de la primera época, pibe –deja clarito la señora–. Soy hija de un obrero de Alpargatas y de una costurera. Mi marido, que falleció hace dos años, era laburante de SEGBA. Mis dos hijos son recibidos en la universidad pública. Lo llevamos en la sangre”.

Cristina ceba unos mates cerca de un lustroso IAME V8 rojo shocking que haría ruborizar a don Enzo Ferrari. El V8 fue la máxima expresión de la fábrica estatal. Diseñado por el ingeniero Ambrosio Taravella, tiene un motor modular refrigerado a aire que, comentan, puede hacer mover una tanqueta. Desde sus curvas con trompa de tiburón hasta su última tuerca: 100% Made in Argentina. Detalla Héctor, el hijo mayor de Cristina: “IAME fue la fábrica de fábricas, la semilla de la industria automotriz nacional. Perón les abrió las puertas a las terminales extranjeras, pero no quisieron venir. ‘No están aptos’, decían. Entonces se aprovechó la fábrica militar de aviones, que hacía el Pulqui y el Justicialista del Aire, para empezar a producir automóviles. Se necesitaban talleres, ingenieros, aprendices con buena salud, techo y bien comidos, escuelas técnicas, abrir el juego a las pymes, dar créditos. ¿Te das cuenta por qué hablamos de un modelo de país? Eso lo liquidan la Fusiladora y más tarde Martínez de Hoz”.

Los Fermoselle atesoran varias joyas rodantes en el ajuar familiar. Desde rastrojeros hasta un Sedán Justicialista, rebautizado “Graciela” durante el proceso de “desperonización”, en homenaje a la hija de un funcionario cagatintas de la autodenominada Libertadora. También preservan, estacionado en el jardín de su casa, un tractor Pampa del ’52. La gema es una coupé justicialista cremita y verde agua. Doña Cristina desenfunda un álbum de fotos curtidas para recordar la puesta a punto de la nave: “La compró mi marido. Estaba abandonada en Rosario y tenía hasta nidos de ratas adentro. Revivirla fue un trabajo familiar que duró diez años. Cada uno puso su granito de arena. Yo me encargaba de alimentar a mi esposo y mis hijos a puro sánguche de milanesa. La veo ahora y sé que en este auto está la historia de mi familia. No se puede perder”.

Antes de dejar un mensaje postrero, entre sus múltiples caminatas por el Centro de Exposiciones, Gabriel, hijo menor de Cristina y atareado presidente del club, hace sonar la bocina de la coupecita familiar. Entonces, se escucha en el salón la más maravillosa música. La Marcha que sale del motor del bólido les pone la piel de gallina a los muchachos y muchachas peronistas. “Queremos armar un museo en mi casa y le vamos a poner el nombre de mi viejo, Osvaldo Fermoselle –se enorgullece Gabriel, con sus dedos dibujando una V–. Él nos legó esta locura, este fanatismo. Nos enseñó a hacer patria”.

Rápidos y amistosos

Torino, Siam Di Tella, DKW son los primos rodantes que se acercaron al festejo. Todos, sin excepción, forjados por manos argentas. “Cómo no íbamos a estar en la fiesta, hermano. Viste que dicen que Ford y Chevrolet son River y Boca. Torino es la Selección Argentina”, saca pecho Eduardo García, presidente del Club de Amigos, junto a un refulgente ejemplar vino tinto cosecha 1970. “Es bien de familia, lo compró mi viejo cero kilómetro –acaricia García el auto como si fuera un pariente–. Mirá los detalles del enchapado en madera, el tablero de avión, hasta la calco original que dice ‘Bienvenido a bordo’, flor de nave”. Para Eduardo, no hay con qué darle al Toro. A la historia automovilística se remite: “El día que volamos en la pista de Nürburgring en el ’69. Decían que era un elefante y al final corrió como una gacela, les pasamos el trapo a los BMW y a los Mercedes Benz. Una locura hermosa, hecha en nuestro país.”

El morocho Siam Di Tella 1500 de Walter Garrido tiene más pinta que Rolando Rivas. “Es un sinónimo del tachero de los años sesenta. Simple, fiel, no te deja nunca a gamba”. Garrido confiesa que su máquina llevaba cuatro años estacionada en un garaje. Anoche le dio marcha y arrancó sin problemas: “Solo hay que meterle mano a los frenos. Desde Quilmes llegamos sin escalas”.

La coupé Fissore es nostálgica y eterna como un buen tango. “En una de estas se mató Julito Sosa. Es un coche elegante, no hay dos iguales, se hicieron 62 en nuestro país”, precisa Francisco “Pancho” Pérez, mandamás del Auto Unión DKW Club. Cuando se acomoda en la butaca y acelera, Pérez dice que siente una emoción que puede resumir con una sola palabra. Libertad.

Mi reino por un Rastrojero

El anteúltimo de los rastrojeros. Diana Gómez y José Molina son dueños de una chatita modelo 1979, parida en estos pagos un año antes de que se frenara su producción. Con el Rastrojero se ganaron el mango en el reparto de embutidos, fueron hasta Córdoba y la Costa Atlántica, hicieron roncha en los cien barrios porteños. “Vivimos por y para el auto –remarca la pareja, y dejan ver el impecable motor que nunca recalienta–. Suena raro, porque hablamos de una máquina, pero sentimos amor. Todo el trabajo para dejarlo impecable, así de lindo, con la ayuda de los mecánicos amigos. Sí, no tenga dudas, hay mucho amor”.

La historia que une a Osvaldo Romero con su Rastrojero parece sacada de un cuento del «Gordo» Soriano. Sentado en la cabina, el correntino que ya peina canas pone primera y vuelve a su infancia. Cuenta que quedó huérfano de gurisito. Arrancó a laburar a los nueve años. Tiempos fuleros, ni sabía lo que era un juguete. Lo más cercano era el Rastrojero de un vecino gamba que lo acercaba al trabajo. “El viejo pasaba, me dejaba tocar la bocina, aceleraba a fondo. Yo era feliz y soñaba con tener el mío”. Hace algunos años cumplió el sueño del pibe. Consiguió un Rastrojero del ’76 azul Francia que es la envidia de todo el barrio. “Se llama Torito. Yo le hablo, él me habla. Es un sentimiento y es de acá, de mi patria”. Como aquel peronismo que no era de juguete.

Publicada en Tiempo Argentino por acá. 

martes, 5 de abril de 2022

Rezar por la paz

 explica el religioso, máxima autoridad en estas pampas de la mayor de las iglesias ortodoxas orientales del planeta.

–¿Cómo lo interpela el conflicto en Ucrania?

–Lo que está pasando en Ucrania, que algunos llaman invasión, en realidad es una guerra entre hermanos. Fratricidio. No solo lo digo desde el corazón, sino también por la historia de nuestros pueblos: la “Pequeña Rusia” y la “Gran Rusia”. No son dos naciones, es un mismo pueblo. Es como que Buenos Aires ataque a Corrientes, que se había independizado hace algunos años y era reconocida. Sigue siendo el mismo pueblo, hasta seguro tenemos parientes. Por eso le digo, esto es un enfrentamiento entre hermanos.

Iwaszewicz cuenta que comenzó a recorrer el camino religioso desde la cuna. En el templo que lo vio nacer. Relata entonces una historia digna de una novela de Tolstoi. Su padre, el arcipreste Valentín Iwaszewicz, había dejado la convulsionada Bielorrusia en el año 1937, durante los primeros días de la avanzada nazi sobre territorio soviético. “Mi familia huyó de Polesia durante la ocupación alemana, en los tiempos de la Segunda Guerra. Vinieron a hacerse la América. Mi padre tenía apenas un año”, explica el misionero. Llegaron a la pacífica Buenos Aires y se instalaron bajo el cielo de Pompeya. Desde muy joven, Valentín tuvo inquietudes religiosas. Entonces, decidió hacerse monaguillo. Su fe creció bajo el ala del presbítero Constantino Izrastzoff, el padre fundador del icónico templo de San Telmo. Con el tiempo, decidió ordenarse sacerdote y, desde ese momento, dedicó toda su vida al Señor. Se casó, tuvo hijos y comandó la iglesia de la calle Brasil hasta su muerte, hace pocos años.

“¿Y cómo comienza mi vocación religiosa?”, se pregunta Alejandro y relata: “Los rusos tenemos un dicho que dice: ‘Tener un hijo no es tener un hijo. Tener dos hijos es tener medio hijo. Y tener tres, en realidad es tener uno solo’. Eso se explica porque uno de tus hijos va a servir a las órdenes del zar, el otro a Dios y el tercero se queda en casa. En mi caso no funcionó así. Tuve libertad para elegir mi vocación”. Luego de terminar la secundaria en el Juan Martín de Pueyrredón, Alejandro se dio cuenta de que no le atraían ni la arquitectura, ni el derecho terrenal. Mucho menos la fría contabilidad. “Me gustaba la música. Cantaba en el coro de la Iglesia –recuerda el hombre de la sotana negra–. Entonces le pedí la bendición a un obispo y me fui a estudiar a un monasterio de Estados Unidos. Aproveché la oportunidad e hice el seminario”. En 1995 se ordenó sacerdote. En paralelo a su labor religiosa, se ganó la vida como traductor e intérprete, a partir de la apertura comercial entre la madre Rusia y América, que disparó la Perestroika. Desde hace algunos años pilotea los destinos de la catedral. Es religioso dedicación full time.

Como hijo de migrantes, Iwaszewicz sabe lo que es dejar atrás su tierra por el horror de la guerra: “Esas imágenes de las familias ucranianas huyendo que se muestran en los medios, y las que no se deben mostrar, son el horror actual, parecido del que escaparon mis familiares hace décadas. Nos hacen recordar el pasado. A mi entender, estos son vestigios del gobierno soviético, algo que nunca se cerró del todo en esa zona. El terror y las masacres del pasado que todavía siguen vivas”.

–¿Qué le cuentan conocidos o los miembros de su comunidad que están en Ucrania?

–Que el día a día es de terror. Buscan la manera de salir del país, tienen que abandonar lo poco que tienen para salvar sus vidas. No es algo nuevo en Ucrania, que hace años tiene conflictos internos, matanzas, estaba todo mal. La gente queda entonces entre dos o tres fuegos. Hubo detenciones e interrogatorios a miembros de nuestra Iglesia, se los acusaba de espías. Esas son las vivencias cotidianas que me llegan.

–¿Cómo analiza la figura de Putin y la posición que adoptó la Iglesia Ortodoxa Rusa frente a la guerra?

–Primero, quiero dejar bien claro que no le tengo confianza a ningún político. Para mí, la política es algo sucio y mentiroso. Por otro lado, es obvio que desde la Perestroika hasta nuestros días, en Rusia se ha dado un juego que busca el equilibrio entre el patriotismo, los negocios y lo religioso. Todo para fortalecer una estructura de poder. Esto quedó bien claro con la guerra y la figura de Putin. Pese a que la Iglesia Ortodoxa del Patriarcado de Moscú ha dado su apoyo, en los últimos tiempos muchos jerarcas valientes han empezado a levantar su voz. La guerra hizo visible este juego de poder. Es imposible mezclar el agua con el aceite. ¿Cómo no levantar la voz contra la guerra? Nuestra Iglesia tiene mucha presencia en Ucrania, grandes monasterios, el pueblo ruso se bautizó en las aguas del río Dniéper en Kiev. Somos hermanos. 

Finalmente, al ser consultado sobre la falta de información sobre el conflicto y la censura que han sufrido los medios rusos, Iwaszewicz levanta temperatura: “En esta parte del mundo parece que existe una sola campana. Creo que hay que escuchar todas las voces para sacar conclusiones. Si uno no sabe ruso o ucraniano, si no tenés un conocido que te informa o si no podés buscar en Internet sitios confiables, se hace muy difícil. La censura es inconcebible, no es sana. Acá se escucha una sola campana, y muchas veces es parte de una campaña para convertir al ruso en mala palabra”.  «

Publicado en Tiempo Argentino, por acá.