lunes, 16 de enero de 2017

Buenos Aires For Export

En los primeros días del año, Buenos Aires deja de ser la ciudad de la furia, al menos por un rato. Circulan en enero por las calles porteñas, según estimaciones oficiales, casi 30 mil vehículos menos, y el grueso de los oficinistas de dependencias públicas y privadas eligen tomarse su merecido descanso estival. La temperatura pasa cómoda los 30°C y el termómetro de las protestas callejeras, que nunca cesan, se toma un respiro y desciende un par de escalones. Entonces, Buenos Aires se transforma en terreno fértil para los turistas. Curiosos de todo el mundo que buscan descubrir los atractivos tradicionales de una ciudad casi vacía. 
Son las cuatro de la tarde del primer miércoles del año y el centro neurálgico de la City luce una soledad ejemplar. En la Parada 0 del Buenos Aires Bus, sobre Diagonal Norte, pequeños grupos de turistas esperan la partida de la áurea unidad 1160. Destino final: los barrios del sur, uno de los tres recorridos que ofrece esta iniciativa turística para obtener, en poco más de tres horas, una panorámica exprés de la Reina del Plata.
“Estos días es el paraíso, señor. Uno puede ir con el colectivo a 10 km/h y nadie le va a andar tocando bocina”, asegura Cristian Marcón, un curtido chofer del bus. Mientras aguarda su turno de salida, degusta un mate dulce y reflexiona con aires zen: “Cómo explicarle: a diferencia del transporte urbano, este trabajo es la paz interior: desconecta del mundo. Acá uno no tiene la cuestión del apuro, nadie te corre, y no te putean los pasajeros.” Marcón, oriundo de Berazategui, tiene 43 años de vida y once de colectivero. Supo ganarse el mango uniendo San Francisco Solano y Ciudad Universitaria en la mítica línea 33. Luce lustrosos mocasines y camisa prolijamente arremangada y cuenta que la rutina laboral es muy distinta en el nicho turístico: “Acá la gente viene a pasear, y yo salgo a dar una vuelta con ellos. Es como salir en el auto con mi ‘jermu’ y los chicos.” De tanto escuchar el audio que acompaña sus derivas urbanas, se ufana Marcón, ha aprendido mucho sobre cultura e historia. Se considera una suerte de historiador móvil: “Me nutrí mucho, y si un turista pregunta, puedo dar cátedra.” Antes de montarse al volante de la mole, asegura que ha paseado a turistas de los cuatro puntos cardinales del orbe. Entre los más famosos recuerda a Dunga, el ex jugador y DT brasileño: “Cuando lo vi se me vino a la mente el gol de Caniggia en el Mundial ’90, pero no me animé a hacerle un chiste. No soy Maradona, pero creo que le di un lindo paseo.”
El pasear es un placer
La planta alta del bus está atiborrada. Muchos brasileños, algunos europeos y unos poquitos porteños que juegan de local. El gran submarino amarillo surfea la onda verde por Diagonal Norte y luego dibuja un rulo alrededor de Plaza de Mayo. La experiencia turística que ofrece no es colectiva sino más bien individual. Alienados, los turistas escuchan en sus auriculares la narración prefabricada con datos de color y pinceladas históricas sobre la capital argentina. Un menú políglota que puede degustarse en 13 lenguas: del inglés al japonés, pasando por el italiano, el portugués e incluso el chino mandarín.
A la altura de la Catedral Metropolitana, el empresario brasileño Marcelo Teixeira dispara la cámara de su iPhone con frenesí. Cuenta que es admirador del Papa Francisco. Quiere llevarse de recuerdo una postal casera del antiguo conchabo porteño del sumo pontífice. Dice que hace tres horas aterrizó en Aeroparque, dejó sus petates en el hotel y se lanzó a devorar la ciudad. ¿Su primera impresión? Buenos Aires es una ciudad quente. Los 33º de térmica no lo desmienten. “Estos paseos nos dan una visión general a los que llegamos por primera vez”, asevera el hombre de negocios radicado en Goiás.
Un par de asientos más adelante, Marlene, una comunicadora social boliviana, se confiesa maravillada por la arquitectura y los parques porteños. Cuenta que, para aprovechar el sistema hop on-hop off que ofrece el bus –con más de 30 paradas en diversos barrios– hará un stop en San Telmo. Quiere conocer en profundidad el Paseo de la Historieta, el circuito que homenajea a diversos personajes del cómic nacional, retratarse abrazada a la estatua en tamaño (casi) natural de Mafalda, en el cruce de Defensa y Chile. Antes de descender del bólido amarillo en la parada de Avenida Independencia, a pasitos del Viejo Almacén, la paceña asegura que el servicio le parece aceptable, aunque algo caro. El pasaje para los turistas extranjeros subió a 490 pesos hace pocas semanas. Antes de llegar a Buenos Aires, Marlene fue a saludar a unos parientes que tiene en Azul: “El pasaje hasta allá me salió más barato, y son 300 kilómetros.”
Desde su asiento, Nicolás, vecino de Flores, estudiante de la UBA y zapatero de oficio, apoya la queja de Marlene, mientras se saca una selfie justo cuando el bus pasa frente al Congreso. Decidió hacer el recorrido con sus primos. Lo atrapa, dice, sentirse un turista en su propia ciudad. “Los 350 pesos que nos cobran a los argentinos me parece un poco mucho. Debería ser más accesible”, afirma rotundo y agrega que el servicio tendría que incorporar más barrios, para mostrar la diversidad porteña.
Lejos del bravo calor que reina en la planta alta, la joven alemana Julia Lutz disfruta de las mieles del aire acondicionado en el piso inferior del bus. A fines de noviembre se lanzó al típico viaje iniciático por Sudamérica. Viene de visitar Perú, Chile y la Patagonia. Es fanática del tango, lleva una semana “yirando” por Buenos Aires y para perderse en La Boca eligió un look más adecuado para una excursión por el Amazonas: camisa de mangas largas color caqui, gruesos jeans, pañuelo al cuello, botitas de trekking. Pese a las ventajas del cambio, Julia repite: “Es un ciudad hermosa, aunque un poco cara.”
Postales porteñas
La Bombonera y Caminito son un must de la guía turística. El conductor del bus lo sabe y maneja el tempo para que los turistas puedan retratar los coloridos conventillos y el estadio donde brillaron Rojitas y Riquelme. En la parada del estadio, los turistas bajan al galope. Algunos son arriados hacia el museo del club. Otros se pierden en los comercios que venden merchandising boquense: camisetas con el escudo de Boca, buzos con el escudo de Boca, llaveros con el escudo de Boca… y escudos de Boca. “Tenemos las camisetas a 150 y postales a 15 pesos, pero la mano viene fulera, compran poco los turistas”, asegura Luis Sánchez, un comerciante de la calle Iberlucea. A los viajeros les encanta el barrio, dice, pero “falta seguridad, esta mañana un turista se comió un arrebato acá en la esquina”.
Desde la Vuelta de Rocha, el Riachuelo barroso regala una típica imagen de suburbio. Antes de subir al ómnibus, en la parada junto a la Fundación Proa, la estudiante colombiana Valentina resalta que hizo “turibús” en otras ciudades y que el servicio porteño no desentona. Propone que las unidades circulen hasta más tarde, porque “Buenos Aires es una ciudad que no duerme”.
En la Costanera Sur, el bus roza las monumentales Nereidas de Lola Mora. Luego, deja ver el Paseo de las Glorias, habitado por estatuas de héroes del deporte nacional: Vilas, Meolans y el vandalizado Leo Messi, a quien hace pocos días le amputaron el torso. Al final del recorrido, con los rascacielos de Puerto Madero copando el horizonte, la ciudad "playmóvil" regala su postal postrera, ostentosa y artificial. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, se lee por acá

La ley de la calle

El tórrido mediodía es implacable sobre el cemento de Pueyrredón y Bartolomé Mitre, a metros de la estación Once. Un grupo de manteros que quedaron a la deriva tras el violento desalojo del martes pasado deliberan. Los rodea un bravo mar de policías. 
"Vinimos de muy lejos para trabajar, cruzamos el océano, y sólo queremos hacerlo dignamente", afirma Mohamed Anne, un vendedor callejero de origen senegalés. Es oriundo de Thiès, un pueblo industrial desmantelado a 60 kilómetros de Dakar. Tiene 30 años y hace seis zarpó a hacerse la América. Primero Brasil, enseguida Argentina. "Mi sueño era conocer el país de Maradona… y tener un futuro mejor." Cuando llegó no tenía conocidos, mucho menos documentación en regla. Para pagarse una pensión tuvo que salir a vender en la calle. Unos paisanos africanos le dieron una mano para arrancar. "Ser solidarios es costumbre de mi patria. Estamos muy lejos, tenemos que vivir como familia. Si a alguno le falta para comer, juntamos para ayudarlo", cuenta. Siente rabia, dice, cuando la tevé habla de los senegaleses como una mafia que vende mercadería robada, asegura que la bijouterie y la ropa la compran en locales habilitados en Flores, La Salada y el Once. "Mercadería que llega al país en containers, con el control legal de la Aduana. Además pagamos el monotributo", dice y agita entre sus dedos el carnet con el sello de la AFIP. Anne cuenta que las ventas cayeron en picada y que cada vez le cuesta más mandar algo a sus padres en África. Dice que los migrantes se sienten defraudados con el presidente Macri. Y denuncia que en las reuniones entre los representantes oficiales y los delegados de los manteros no participó la colectividad africana: "Nos dejaron afuera. ¿Dónde están nuestros derechos como trabajadores?" 
Raúl Quispe también mastica su bronca contra el gobierno PRO. "Hasta julio del año pasado trabajé en una metalúrgica. Once años en blanco. Pero con las medidas de este gobierno en contra de las pymes, nos echaron y apenas me pagaron la liquidación del último mes. Al poco tiempo no tenía ni para el alquiler." Desde entonces remienda los agujeros de su empobrecida economía vendiendo hilos, agujas y tijeras en la esquina de Castelli y Rivadavia. "No es fácil vender en la calle, lleva un tiempo aprender el oficio. El desalojo fue un mazazo", se lamenta el mantero salteño. Asegura que jamás le pagó una coima a la policía para instalar su puesto. Y que no piensa bajar los brazos: "No me ganaron ni los terratenientes de los tabacales de Orán que me explotaban. Pero el acuerdo con el gobierno es una mentira. Piden muchos requisitos y la mayoría no va a entrar. En un par de meses van a estar reclamando en la calle otra vez." 
Bajo el paraguas que la protege del sol, Berta Cruzado llora desconsolada. "¿Cómo voy a hacer el censo si no tengo ni el DNI? Perdí todo, señor." Tiene 32 años y se moviliza en una silla de ruedas. Durante el desalojo fue golpeada con saña por la policía: deja ver los moretones sobre su omóplato derecho. Dice que los agentes le arrancaron su riñonera, donde atesoraba el documento, medicación y unos pocos pesos. "Me trataron como a un trapo, peor que a un animal." Comenzó a vender en la calle hace diez años, sobre Pueyrredón, cuando su hija Jani era todavía una guagua. Recién había llegado desde Cajamarca. La policía la corría y le sacaba la mercadería. Luego se instaló sobre Castelli y alcanzó cierta estabilidad: alquiló un departamento, mantuvo a su hija, a su madre y a su abuelo. "Pero ahora, le hablo desde el corazón, no sé de dónde vamos a sacar para vivir." «
Publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 2 de enero de 2017

El Imperio del Sol y de las patadas

Para entrar al dōjō, primero hay que descalzarse. Unas pequeñas estatuas de Buda, un tapiz con “La Gran Ola” de Hokusai y el dócil tintineo de las fuurin (“campanas de viento”) decoran la escalera que lleva al gimnasio. Se podría pensar que estamos en algún barrio de Kioto u Osaka. Pero no, la filial del afamado Ihara Dojo –uno de los puntos cardinales del kick boxing a nivel global– se encuentra enclavada en el primer piso del Club Social y Deportivo Alsina, a pasitos de la estación de Quilmes.
Faltan pocos minutos para que den las dos de la tarde. La hora señalada para que se largue la novena edición del Real Japanese Kick Boxing, el evento que reúne a los fanáticos bonaerenses de la disciplina creada por Osamu Noguchi en la década del ’60. “Para muchos, somos unos locos tirándonos patadas, lo que es bastante cierto. Pero hay toda una filosofía de vida atrás del kick boxing”, explica a Tiempo Diego González La Volpe, el sensei que comanda el dōjō quilmeño. Y agrega que detrás del arte marcial también hay una historia. 
La crónica cuenta que Noguchi, el padre fundador, tenía grandes aptitudes para el boxeo. Lo llevaba en la sangre: su padre había sido campeón de peso pesado. Sin embargo, una lesión en la espalda dejó en la lona al joven púgil cuando su carrera apenas empezaba a despegar. Luego de aquel nocaut, Noguchi tuvo que colgar los guantes. Dicen que era un peleador obstinado y a la vez táctico, con mucha visión. Quizás por eso decidió que su vida siguiera ligada al cuadrilátero. Entonces se recicló como promotor de peleas. Primero en Japón, luego en Tailandia. En el antiguo reino de Siam organizó tres combates míticos, que enfrentaron a sus paisanos karatekas de Oyama y los aguerridos thai-boxers. Fue la génesis de un nuevo deporte que, incluso, llegó a tener secuelas geopolíticas. “Cuando los primeros peleadores japoneses les ganan a los tailandeses, el reino, furioso, corta relaciones comerciales con Japón, donde también es muy fuerte el nacionalismo y la defensa del emperador”, advierte La Volpe, con más de 48 combates internacionales sobre sus espaldas. 
Cuenta que dio sus primeros pasos en el gremio en los '90: “Arranqué en épocas difíciles. En el país no había nada y nadie te cuidaba”, dice el hombre de 45 años y casi 30 dedicados a las artes marciales. “Vengo de una familia trabajadora. Mi viejo era peronista de Perón, fanático del ciclismo, del fútbol y el boxeo. Cuando empecé a dedicarme a esto, para él era ‘ese deporte en el que se tiran pataditas, medio de señoritas’. Pero con el tiempo entendió que era mi pasión y que me ayudaba a conocer otros planos, un mundo diferente.” 
La disciplina que atrapó al sensei argentino combina en dosis desiguales las patadas más potentes de karate y el muay thay con los puñetazos certeros del boxeo y buena parte de sus reglas. Peleas con guantes y por puntos. Con rounds extenuantes y nocauts frecuentes. A finales de los '60, fue bautizado con el ostentoso y poco oriental nombre de kick boxing. En 1968 se fundó la primera federación en tierras niponas. Poco después conquistó buena parte del planeta.
“En la actualidad hay unas 50 millones de personas que practican kick boxing en el mundo”, asevera el curtido sensei y resalta que no es un mero deporte de contacto, sino un auténtico arte marcial que hermana a la actividad física con la espiritualidad. El dōjō es un terreno de entrenamiento, pero más un espacio donde se forjan valores y recorridos vitales. En japonés, significa “el lugar donde se busca el camino”. Y el maestro es quien recorrió antes que sus aprendices esos senderos que muchas veces se bifurcan. 
Esta tarde, el sensei oficiará de árbitro. Mientras se calza una camisa impoluta y un pantalón de vestir, comenta que la perseverancia es un valor que intenta trasmitir todos los días a sus pupilos. “Utilizamos el término osu, que significa perseverar bajo presión.” Custodiado por varias docenas de trofeos y una estatua de un soldado de terracota de Xian, La Volpe se despide y regala una reflexión final: “Acá no hay lugar para los violentos. Osu es el camino que elegimos. Creemos que a través del arte marcial es posible llegar a la iluminación”.
Bellas artes marciales
Con la misma pasión, la joven Nadia Bronn Balbis da pelea dentro y fuera del cuadrilátero. Es mamá de una nena, cajera de Frávega y uno de los secretos a voces del kick boxing nacional. Este año tuvo la posibilidad de pelear dos veces en el mítico Tokyo Dome. “La Meca. No hay palabras para describir lo que se siente pelear ahí. Me llevaron un día antes a conocer el estadio, porque si vas el mismo día de la pelea, dicen que te agarra un shock. Es un monstruo, entran 50 mil personas”, cuenta Nadia, y luego revive los combates: “La primera pelea, en abril, empaté contra una campeona de karate. Y en septiembre perdí por puntos. Son rivales muy difíciles por el nivel y la técnica, y porque respiran esto los 365 días del año”, resalta la dama, primera mujer no japonesa en ingresar al circuito de la federación nipona. Sueña con ser profesional: “Quiero vivir de esto. A veces, voy a trabajar y pienso que estoy perdiendo seis horas de mi vida, porque me gustaría estar acá entrenando.”
Consultada sobre los valores que le enseñó el deporte, la joven de brazos y piernas de acero no duda. Rescata la búsqueda paciente y dedicada para ser la mejor en el arte marcial, y en todas las facetas de su vida. “Acá aprendo a superarme día a día, a ser más tolerante con mi hija si se manda una cagada, a ser mejor persona”. Aunque en un rato debe enfrentar a una oponente en el ring, Nadia luce la templanza de un monje tibetano: “La pelea no es contra el rival. Siempre es contra uno mismo.” 
Mauro Herrera también peleó en Japón. De sus viajes al Lejano Oriente se trajo dos triunfos por nocaut en el primer round. Es grandote, muy grandote: un hombre montaña de 100 kilos y musculatura maciza. Vive en Berazategui, está casado y tiene dos hijas. Trabaja como productor de seguros y entre risas afirma que antes de los combates nunca les ofrece una buena promoción a sus retadores. Esta tarde no sube al ring, pero acompaña a los peleadores desde uno de los rincones. “Les pido que vayan para adelante, que salgan a divertirse, no a matarse. Que pongan en práctica lo que aprenden todos los días en el dōjō.”
En la primera exhibición de la tarde, se enfrentan los deportistas más jóvenes del Ihara: Lautaro Luque, de 11 años, y Tomás Hernández, de 12. Cuentan a coro que son primos y que practican kick boxing desde hace pocos meses. Sobre el ring, brincan de una punta a otra como pequeños saltamontes.
Ni retroceder, ni rendirse 
A las cuatro, el gimnasio es un sauna. La térmica debe andar por arriba de los 40º. La música electrónica explota en los parlantes. En las gradas, los espectadores pelean contra el calor. Sobre el ring, los gladiadores de sangre fría miden sus golpes para llegar al final, vivitos y coleando. 
En pocos minutos será el momento de la verdad para Rodolfo Roncoroni, un portuario cuarentón de larga barba vikinga. Poco antes de subir al cuadrilátero, cuenta que su verdadera batalla la ganó cuando comenzó a practicar kick boxing, siguiendo el consejo de su hijo: “Desde que vengo al dōjō, bajé 30 kilos y dejé de fumar. Y ese es un triunfo en el primer round.” No muy lejos, su esposa Soledad lo alienta desde la tribuna: “Desde que empezó lo veo más guapo. Otro beneficio es que viene y se pelea acá, y no me hincha en casa.”
El plato fuerte de la tarde ofrece a Juan Cruz Velázquez y Ricardo Bravo, dos de los luchadores con más polenta del Ihara. Pelean por el título local de la WKBA. Bravo elonga y tira golpes al aire. Velázquez se reconcentra, cierra los ojos. Segundos afuera. Velázquez toma la iniciativa y castiga al fibroso Bravo con una ráfaga de cortitos. Van piñas, vuelven patadas. También rectos, jabs y algún que otro abrazo de oso. Con sus cascos protectores, los luchadores tienen un aire a Mazinger Z. Finalmente, Bravo logra recuperarse con la fuerza de sus patadas y consigue una postrera victoria por puntos.
En pocas semanas, el ganador partirá raudo a Japón, donde vivirá un año. Lo eligieron por su potencial y sus aptitudes. Dice que quiere ser campeón japonés y del mundo. Bravo dejará familia, colegio y amigos. “Todo para conseguir la gloria”, dispara. Hasta la victoria, siempre.
Publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 19 de diciembre de 2016

Fuerza Puta!

“La libertad es el oficio más viejo del mundo”. Así grita el cartel que cuelga de una de las paredes del bar Vuela el Pez, sede de la primera edición del festival Fuerza Puta! El encuentro, en la difusa frontera entre Palermo y Villa Crespo, se propone hacer visible el deseo de autonomía y reconocimiento de las trabajadoras sexuales argentinas. Empoderarlas, darles la palabra. 
“El trabajo sexual no está penalizado, y aún así la policía violenta persigue a las trabajadoras, las criminalizan. Por otro lado, no se reconocen sus derechos laborales y buena parte de la sociedad ubica su trabajo corporal como el más deleznable de todos, las condena a la marginalidad y además son acusadas de usar la sexualidad como un servicio que ‘denigra’ la dignidad. Para la mujer, la sexualidad debe ser ‘sagrada’ y reservada sólo para la reproducción, no al goce, no al negocio. Un prejuicio muy arraigado y ante el que intentamos revelarnos”, explica a Tiempo Agustina Paz Frontera, periodista, poeta y organizadora del encuentro, junto a la artista visual Fátima Pecci Carou. “Se nos ocurrió generar un espacio desde el arte y la cultura, que incentive una forma problemática de pensar la sexualidad, los placeres, el abolicionismo. En un país que tiene una larga tradición con los Derechos Humanos, pero en el que siempre se pensó a las trabajadoras sexuales en función de víctimas, y no como un auténtico empoderamiento que puede tener una mujer que quiere trabajar”, arriesga Frontera.
El ágape incluye un menú variado: lecturas, bandas en vivo, conversatorio con trabajadoras nucleadas en Ammar –el sindicato de trabajadoras sexuales–, “tiraditas” de tarot y proyección de films porno-feministas. También la exposición de obras de arte: una vulva pantagruélica que invita a ser acariciada, creada por las artistas Mariana Lazo y Valeria Camerano Ceijas, engalana el salón principal.
Frontera, que forma parte del colectivo NiUnaMenos, resalta que en el último Encuentro Nacional de Mujeres de Rosario hubo un taller renovador sobre trabajo sexual. “Antes sólo se abordaba el tema desde la trata o la ‘situación de prostitución’, o sea desde la vulnerabilidad. Se les decía que eran esclavas, víctimas del patriarcado, o que eran serviles al sistema. Se ponía en duda la voluntad de las trabajadoras. El feminismo también tiene que romper con esas miradas.”
Unidas y organizadas
Georgina Orellano es la secretaria general de Ammar. Poco antes de participar en el conversatorio junto a tres compañeras resalta que “es importante que se generen este tipo de espacios porque muestran el avance de las trabajadoras sexuales, que siempre estuvimos muy invisibilizadas”. Tiene 29 años y trabaja hace diez haciendo la calle, en Villa del Parque. “Si vuelvo a nacer, elegiría ser trabajadora sexual, ya no a los 19 años, sino a los 18, porque a la distancia creo que perdí todo un año”, arriesga orgullosa la morocha. Comenta también que abraza el feminismo que le da poder a las mujeres para elegir qué quieren hacer con su cuerpo. Sobre su rol sindical, Orellano rescata el carácter rupturista de Ammar: “Integramos la CTA, y muchas compañeras vienen de otros países a conocer nuestra experiencia. Tenemos muchas batallas ganadas, pero hay que seguir peleando por las políticas públicas, resistir las embestidas abolicionistas y las falencias de la política anti-trata.” 
María Riot es otra trabajadora sexual que combina en partes desiguales su labor con el activismo. “No vendemos nuestro cuerpo, primero porque es nuestro y no se puede vender, y segundo porque nuestra profesión no es otra cosa que ofrecer sexo a cambio de dinero”, afirma la joven de 24 años, nacida en el oeste del Conurbano. Comenzó en el gremio como webcamer en Internet, luego exploró los encuentros en el mundo físico y hoy incursiona en el cine porno-feminista, ético y alternativo. Aunque María prefiere llamarlo “porno” a secas. Pasa la mitad del año en Europa, rodando. Anuncia que en el futuro cercano quiere explorar el rol de directora, con producciones Made in Argentina. “Películas que le den más espacio al placer de la mujer, y no tanto al hombre, como se ve en las mainstream. Mostrar otras sexualidades y romper estereotipos.”
La dama del puerto
Para romper el hielo de la calurosa tarde, el escritor y periodista Osvaldo Baigorria lee fragmentos de Memorial de los infiernos, la ardiente biografía publicada por Julio Ardiles Gray en 1972, sobre la primera militante sindical e impulsora de la agremiación de las prostitutas en estas pampas, Ruth Mary Kelly. “Trabajó muchos años en prostíbulos, pero prefería ser una trabajadora independiente. Decía que era una artesana del sexo”, resalta Baigorria, quien luce un furioso rojo shocking sobre sus delgados labios. Recuerda que Kelly se ganaba la vida en la zona portuaria de Buenos Aires. Relojeaba en la sección marítima de la prensa los horarios de los barcos que arribaban. Puntual, se presentaba en los muelles, subía a bordo y luego pasaba varios días trabajando en los camarotes. “Venía de una familia de migrantes británicos venidos a menos, manejaba perfecto el inglés. Decía que el dominio de la lengua ayudaba a que los marineros la eligieran, porque podían conversar con ella.” Más allá de satisfacer sus deseos, los navegantes querían compartir sus andanzas y desandanzas en los siete mares. Los más atrevidos, incluso, llegaban a pedirle que les cosiera algún botón flojo de sus abrigos.
Kelly fue cultora de una ferviente militancia disidente dentro del feminismo. En los '70 se acercó al Grupo Política Sexual y al Movimiento de Liberación Femenina, tras su expulsión de la Unión Feminista Argentina. Siempre se reivindicó como prostituta y bisexual. Baigorria cuenta que pudo entrevistarla en un caserón de La Boca, en 1985, durante la primavera democrática. “Ella tenía 70 años y se jactaba de seguir trabajando. No decía ‘putas’. Hablaba de proletarias del sexo. 
Resaltaba que la prostitución era un trabajo y debía ser pagado con dignidad, sin proxenetas ni policías. Creía que el día en que todas las prostitutas del mundo dijeran ‘somos trabajadoras’, y en el que todos los trabajadores dijeran ‘somos prostitutas’, se haría la revolución. Ese era su ideario”. Ruth Mery Kelly murió en 1994, poco antes de que se formara la primera Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina.
La educación sentimental
En el patio del bar, Stella no hace rancho aparte y levanta la bandera de las trabajadoras sexuales trans. “Las putas hemos sido la vanguardia del feminismo. Las primeras mujeres alfabetizadas, las que les disputábamos la calle a los varones. Es muy injusto que se nos siga criminalizando y discriminando, y lo peor de todo, muchas veces por nuestro colectivo”, sostiene. Ejerce la prostitución hace una década. Hizo la calle dos años en Constitución, en pleno casco histórico de las putas. Pero luego decidió dejar el sexo exprés y empezó a atender a sus clientes en su departamento privado, en la zona de Acoyte y Rivadavia. “A diferencia de lo que se piensa, la mayoría de los clientes tiene necesidades de piel, pero también afectivas. Quieren ser contenidos. Nosotras somos educadoras sexuales”, cuenta Stella, y agrega que complementa sus ingresos trabajando como docente. Dice que muchas chicas son profesionales, pero eligen ser trabajadoras sexuales. Sin embargo, para la mayoría de sus compañeras travestis y transexuales, la calle es la única salida laboral. Por eso pide que se cumpla con la ley de cupo, para abrir nuevas posibilidades.
“Tienen que empezar a respetar nuestros derechos laborales”, se despide Stella y va hacia el rincón donde la “taróloga” Lu Martínez hace sus promocionadas tiraditas de tarot. “A las chicas que se acercaron les salió mucho la carta de La Emperatriz: la mujer seductora por excelencia, con mucha fuerza sexual”, asevera. Para la tiradora de barajas, el tarot ayuda a empoderar y es liberador: “Rompe los prejuicios”. A sus espaldas, cuelga un cartelito que advierte: “Bruja y puta. Si no te gusta, tu ruta”. 
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 11 de diciembre de 2016

Por quién repican los tambores

A fuego lento. Así templan sus tambores los muchachos de la comparsa Calzada Candombe. Sobre los adoquines del Pasaje San Lorenzo, en pleno corazón de San Telmo, arde una pequeña fogata junto al cordón de la vereda. Según los que saben, el fuego ayuda a conseguir la afinación justa del instrumento. “Igual, con este ‘lorca’ no hace falta tanta llama. Ni a palos pongo el tambor al fuego. Con treinta y pico de grados que debe estar haciendo, la humedad del parche se evapora solita”, explica con precisión meteorológica Gustavo Duete, el joven que dirige la comparsa llegada desde el partido de Almirante Brown, en el segundo cordón del Conurbano
En pocos minutos, cuando den las cinco, con puntualidad británica pero con ritmo rioplatense, los 50 integrantes de Calzada Candombe habrán dado el puntapié inicial de la 11ª Llamada de San Telmo, la fecha estelar del fixture candombero porteño. “Es el gran día, todo el año ensayamos para esta fiesta. Hoy vamos a ser miles tomando la calle”, resalta Duete, pintor de brocha gorda y fino ejecutor del repique. El hombre a cargo de la batuta no se equivoca. Según los organizadores, la cita reunirá a 30 comparsas, 1500 músicos y bailarines y a un hormiguero de más de 10 mil fanáticos, vecinos y curiosos que van a gozar al ritmo de los tambores en el casco histórico de Buenos Aires.
“Hoy formamos con una batea de 20 tambores. Un cuádruple cinco”, explica Duete el dibujo táctico que utilizará la comparsa. Antes de salir a la cancha, mejor dicho al empedrado, con aires menottistas les pide a sus compañeros que vayan para adelante, que no aflojen, que le pongan picante al andar. Son cultores del estilo Ansina, uno de los toques –junto al Cordón y el Cuareim– que integran la santísima trinidad del género. Cada uno lleva con orgullo el nombre del barrio oriental donde fue parido. “Lo nuestro mezcla un poco la cadencia y el palo y palo. La clave es ir alimentando a los muchachos durante todo el recorrido, para que salga lindo el candombe”, dice y se calza al hombro su fiel repique. “¿Sabés qué? Esto es un fiesta, pero sobre todo es un espacio que enseña a compartir. En la comparsa hay gente de todos los palos: cumbieros, punks, rockeros. Lo importante es que estamos en comunidad. En la misma tribu.”
Historia a contramano
Aunque vivió la cultura uruguaya desde la cuna –su madre y su marido son orientales–, Carina Vlajovich llegó al candombe por una cuestión epidérmica. “Siempre digo que la piel me llamó. Hace varios años, escuché los tambores en la calle, me acerqué y no los pude dejar más”, recuerda la joven, que le da duro y parejo al tambor chico en la agrupación Idilé. Carina colabora en Comparsas de Candombe Organizadas, la asociación civil que vela por el reconocimiento y la promoción de la cultura afro-uruguaya en la Argentina. “Ante la ausencia del Estado, las comparsas autogestionamos la llamada, que este año homenajea a Tito Quiroz, un referente de la colectividad. La idea es sumar gente de todo el país”, ansía la muchacha radicada en Avellaneda. Mientras reparte bidones de agua entre los acalorados músicos, resalta que, al igual que San Cristóbal y Monserrat, San Telmo es un barrio muy ligado a la negritud. Allí se radicaron durante la época colonial miles de negros esclavizados, traídos a la fuerza desde el continente africano. El recorrido de la llamada no es azaroso, sino que guarda en su seno un fuerte carácter simbólico. Se monta sobre la “ruta de los esclavos”, que unía el puerto –en la actualidad, Parque Lezama– con el Pasaje San Lorenzo. Las crónicas de época cuentan que los esclavos debían recorrer la calle Defensa, donde se los comercializaba. En el pasaje todavía se conserva la “Casa Mínima”, que el boca en boca popular rescata como el último hogar de un esclavo liberto en Buenos Aires.
“El recorrido de la llamada es en sentido inverso. Devuelve a los negros a sus orígenes, a sus ancestros”, resalta Vlajovich, mientras las primeras cuerdas comienzan su deriva. Con sus tambores y bailes, las comparsas empiezan a reescribir la historia por la angosta calle Defensa. Siempre a contramano.
Siga el baile
Casi llegando a la esquina de Estados Unidos, las comparsas avanzan apretadas, a paso de legión romana. La voz cavernosa de los tambores repite su incansable “borocotó, borocotó, borocotó”. Desde las veredas, la multitud acompaña con palmas la eterna clave: “chas, chas, chas, chaschás”. Algunos vecinos disfrutan el desfile sentados en sillitas playeras como si estuvieran en la Bristol. Comparten amargos y bizcochitos de grasa. En pleno sábado, los vendedores ambulantes se hacen el domingo vendiendo cerveza bien helada.
A la altura de Independencia, un grupo de turistas escandinavos intenta seguir el ritmo de los tambores, pero sus pasos tienen menos onda que una escuadra. “El baile es muy personal y libre, pero trabaja con energías de la naturaleza: el agua, el aire, la tierra. Cada una está ligada a un orishá”, explica Marcela Gayoso, docente de danzas afrobrasileñas. Comanda a una 30 bailarinas que le sacan brillo a los adoquines, acompañando a la comparsa Kumbabantú. Este año homenajean a Oshumare, el orishá de la serpiente y el arco iris que integra el nutrido panteón africano. Con coronas y trajes hechos a mano, las chicas hipnotizan con cada uno de sus movimientos.
“No hay nada que hacer, para bailarlo hay que tenerlo en la sangre”, afirma Joseline Martínez, empleada bancaria y bailarina que derrocha elegancia en la comparsa Curimbó, junto a sus hijos. Es uruguaya, pero vive hace décadas en Adrogué. Todavía recuerda su infancia en el barrio Piedras Blancas, ícono de la negritud montevideana. “Mi mamá Nair me llevaba a los desfiles del 18 de Julio y a las llamadas. Uruguay es la Meca, pero Buenos Aires también tiene lo suyo”, compara la dama ataviada de enagua y alpargatas blancas y radiantes. Vino acompañada por Liliana Pérez, una artesana que también llegó a la comparsa por invitación de sus retoños. “El candombe no discrimina, atraviesa toda la sociedad -dice Pérez y empieza a mover el esqueleto como en trance-. En realidad, somos una gran familia.”
¡Vamo' arriba!
En los grandes encuentros candomberos casi siempre se arma quilombo: un espacio de fiesta, liberado. Los integrantes de la comparsa Tambores Tintos, llegados en un micro escolar desde Ensenada, son expertos en hacer estallar el festejo. “Somos de familia carnavalera, criados en el Barrio Sur de Montevideo, la tierra prometida del candombe. Tocar ahí es como tocar el cielo con las manos”, dice Rubén Muela y sonríe mostrando sus fundas de oro. Lo secunda su sobrino Nando, un morocho musculoso que parece salido del casting de Espartaco. En el árbol genealógico familiar se destaca el fallecido artesano Juan Velorio, “el ingeniero de los tambores”, y los anónimos ancestros que los acompañan en cada llamada. Nando muestra sus manos curtidas y acaricia el pesado piano de más de diez kilos. La tarde pinta difícil, dice, por el calor, y el recorrido es largo. ¿Algún secreto para aguantar? “El ritmo gozoso y tomar mucha agua, que es el líquido refrigerante. La nafta es el tinto”, advierte.
A unos pocos metros, Claudia Salomone, lookeada como “mama vieja” –uno de los personajes icónicos de la cultura candombe junto al “yuyero” y el “escobero”–, se delinea los labios antes de salir a escena. Cuenta que la “mama” rescata el rol de la vieja ama de llaves colonial, la comadrona protectora de los jóvenes, eje de la colectividad. “En las llamadas me sale la africana que siempre tuve en secreto. Sólo me falta el color de la piel, porque tengo el alma y el corazón bien negro”, dice, y en el pasaje estalla una vez más el repique de los tambores. Así será hasta la medianoche y más allá. 
Hasta que las fogatas no ardan.
Publicado en Tiempo Argentino, por acá

viernes, 2 de diciembre de 2016

A brillar, mi amor

En el patio del Museo de Arte Popular José Hernández, brilla como un diamante el sol del mediodía. Artistas y artesanos disfrutan de un frugal almuerzo. En un rato comenzará la charla titulada “Para qué la joyería contemporánea”. Laura Giusti, una de las organizadoras de la muestra, spoilea de qué irá el coloquio: “Cuestiona todos los límites que te impone la joyería tradicional: los materiales, la funcionalidad, la estética, la portabilidad”. Giusti es argentina, pero su ingreso al mundo del diseño de alhajas se dio en Lima, Perú, donde trabajaba como actriz, en los noventa. Un día se deslumbró ante el encanto de unos aros que lucía una amiga. Le sorprendió saber que los había forjado con sus propias manos. “Yo no tengo ni perforadas las orejas, pero en ese momento quedé fascinada, y entendí que, si querés, te podés hacer tus propias joyas”. Semanas después dejó las tablas y se apuntó en el taller del maestro joyero Carlos Bernasconi. Comenzó a explorar los metales y otras materialidades. Se interesó por los diseños vanguardistas. “Hacía anillos, broches y colgantes. Les metía plata, plata y más plata. Ahora los miro con ternura: tendría que fundirlos”, bromea Giusti.
Mientras recorre una de las salas, la artista arriesga que, para los fundamentalistas, “joya es sólo una pieza que tiene oro, platino o piedras preciosas”. En la 1ª Bienal Latinoamericana de Joyería Contemporánea, bautizada “Puentes”, los visitantes descubren un universo más variopinto: broches tallados en madera de palo santo, pines moldeados con porcelana, pulseras de papel reciclado, hombreras forjadas con masilla epoxi, textil y acero, y hasta collares que combinan en partes desiguales fragmentos de botellas de tereftalato de polietileno –es decir, PET–, bolas de rulemán, imanes de neodimio y plata 900. “Desde la joyería contemporánea no nos interesa el valor del material per se –ahonda Giusti–. Creemos que en el mundo hay espacio para todos y por eso les abrimos los brazos.”
De lo artesanal 
Si el diseño de joyas fuera un deporte, podría decirse que Laura Ró hizo las inferiores en el Club Parque Field. Arrancó jugando con mostacillas y canutillos. “Con una amiga armábamos collares. En las fiestas, juntaba las chapitas de espumante para hacer pulseras”, dice la diseñadora nacida y criada en Rosario. Durante su adolescencia, empezó a visitar las ferias de artesanos, y al terminar el secundario pasó a formarse en la renuente universidad de la calle. Sobre el paño aprendió a trabajar con parsimonia los alambres y la alpaca. Vendía sus diseños en la playa del Paraná. Los bestsellers eran unos aritos bien caseros que costaban 50 centavos: “Les ponía goma de borrar cortadita como tuerca.” Después, Ró entró a Bellas Artes y se especializó en grabado, pero nunca pudo dejar a su primer amor, las joyas artesanales.
Es la primera vez que expone en un museo. Su obra se titula “El origen sale del corazón”: un broche de plata que debe prenderse del lado izquierdo. Buscó abordar la identidad latinoamericana. Para ello forjó en plata 925 un frondoso escenario vegetal, y le incorporó una pequeña figura de un indio del Far West, que sacó de la colección de miniaturas que atesoraba un ex novio. Según el filósofo italiano Giorgio Agamben, la miniaturización es una liberación profana, una auténtica “salvación por lo pequeño”. Ró coincide con el autor del clásico Infancia e historia: “Me gustan las miniaturas, son mi fetiche. Y la figura del indio representa el renacer y las venas abiertas latinoamericanas que se conectan con el corazón.”
La artista chilena Liliana Ojeda obtuvo la primera mención con su obra “Vivimos como si no supiéramos que vamos a morir”, un collar que hibrida el trabajo con porcelana blanca y telas de algodón. El oficio de joyera, explica, supone manejar ciertas nociones básicas, como saber soldar, pero también la inquietud creativa. “La joyería tradicional entiende que cuantas más piedras tiene la pieza, mejor es. Nosotros tenemos otra búsqueda. No hacemos meros adornos.”

Con una agujita de oro
Jessica Morillo también traza puentes, entre la joyería y el arte textil. La punta del ovillo de su historia nace en San Miguel del Tucumán, donde se pasaba las tardes admirando cómo su abuela Esther y su mamá María Matilde despuntaban el vicio del crochet. “Ellas nunca quisieron enseñarme y recién en la adolescencia me decidí a tomar clases”, recuerda la diseñadora de 28 años. Tomó coraje, se anotó en un taller de jubiladas y en poco tiempo aprendió a empuñar las agujas. Arrancó haciendo macramé. Después, Bellas Artes y Diseño de Indumentaria. En el periplo se encontró con la joyería contemporánea y decidió sumarle su veta como tejedora. “Una joya puede ser un objeto valioso, pero también una idea valiosa que se materializa en un objeto”, arriesga la muchacha de cresta punk violeta luminoso. Su obra “Coraza / Aprender a hacer y deshacer el amor” es un pectoral hecho a base de retazos de tela, hilos, lanas y cordones que tejió durante más de dos años con paciencia zen-tucumana. “Es difícil vivir del diseño de joyas –advierte–. A veces se complica pagar la luz. Por eso doy talleres ambulantes, me las rebusco, paso a paso. Trato de no dar puntada sin hilo.”
Crónica publicada en Tiempo Argentino, se lee por acá

lunes, 21 de noviembre de 2016

Bajo el asfalto

La escena parece sacada de un filme de los hermanos Lumière. A las tres en punto, el subte llega con modorra a la estación Corrientes. Las puertas de la formación de la línea H bostezan el andar agitado de los pasajeros rumbo a la salida. Con dosis desparejas de civilidad y premura, pugnan por montarse en la escalera mecánica. La lucha no es cruel, pero es mucha. Y la banda de sonido que acompaña la típica postal del bajo fondo porteño es un clásico de Gardel y Le Pera. Desde su improvisado escenario en el andén, un anónimo dúo arremete con el sprint final de “Por una cabeza”.
Aunque nacieron en Venezuela, el violinista Denys Bonilla y el guitarrista Pablo Tirado parecen llevar el 2x4 en su ADN. “Es la música que se respira en la ciudad y por eso tocamos mucho tango. Aunque no olvidamos nuestras raíces: en el repertorio tenemos valses y joropos. Piden mucho ‘Caballo viejo’”, explica Tirado, oriundo de Aragua, pegadito al Caribe. Tiene 20 años, prolija raya al costado y las yemas de los dedos muy curtidas. Estudió guitarra clásica y llegó a Buenos Aires hace cinco meses, en busca de nuevos escenarios. Los andenes de la H fueron los primeros en darle cobijo. Se siente heredero de la dilatada tradición de músicos trotamundos que parió su patria. “Tocando en el subte te ganás la vida y además te das a conocer: dos pájaros de un solo tiro”, asevera mientras acaricia los trastes de su fiel instrumento. No tiene prejuicios en tocar a la gorra: “No soy ‘elitesco’, prefiero tener la actitud del guitarrista popular, tocar adonde sea. Es más, acá es un desafío todos los días, porque el pasar de los trenes y las bocinas te desconcentran.”
Para Bonilla, su socio, los músicos del subte brindan un servicio público, le mejoran el día a los viajeros. Cuenta que formó parte del sistema orquestal venezolano, que compartió escenarios de América y Europa con el afamado director Gustavo Dudamel. Con una sonrisa pícara, dice que la acústica de los andenes obviamente no es la del Colón, pero en el fondo zafa. Para acreditar sus pergaminos, cada tanto se despacha con el “Concierto para mi menor”, de Mendelssohn. “Ahora me postulé para ingresar a la Sinfónica de Buenos Aires, pero mientras tanto tengo que comer. Y si llego a entrar, quizás siga en el andén. Esto no es una limosna, acá hay muy buenos músicos.”
Libertangos
Mientras intenta mantener el equilibrio en el centro del vagón, Jazmín Pimentel rasguña la criolla. Un pequeño parlante amplifica su dulce voz y por momentos se impone al runrún metálico de la formación. “Siempre trabajo arriba del vagón, siento que se me pasa más rápido el tiempo. Se mueve el tren, se mueven los segundos”, arriesga. Jazmín es de Ciudad Evita, tiene 24 años y desde hace tres se gana el mango en el subte. Empezó en la centenaria línea A, pero al tiempo descarriló. No conocía los códigos del under. “Era muy pichona y no sabía que durante el día los vagones los laburan los vendedores. Los músicos de la A arrancan a las 19.” Decidió mudarse a la novel línea H. Arrancó bien de abajo, como los 200 músicos que según el Frente de Artistas Ambulantes Organizados (FAAO) trajinan de lunes a lunes las seis líneas del subterráneo de la Ciudad de Buenos Aires. Una verdadera orquesta itinerante bajo el asfalto porteño.
Para Jazmín, el factor sorpresa es clave para atrapar a la audiencia usualmente embobada con la pantalla del celular: “La gente no está esperando que toques, y de alguna manera está buenísimo romper la monotonía del viaje, musicalizar un lugar de paso. A veces siento que el vagón es como un teatro y la gente disfruta tranquila del show. Muy pocos ponen mala cara.” Por estos días encara una gira subterránea. Presenta su primer disco, titulado Decora. “A veces me compran el disco acá abajo y después me van a ver cuando toco en la superficie. Es una difusión que no frena.” En la caja de su colorida guitarra lleva tatuado el título de una de sus canciones: “La libertad es el tango de hoy”. “Es un homenaje que le hice al Libertango de Piazzolla. Pero también habla de lo libre que somos los músicos del subte: sin horarios, sin jefe, sin patrón.”
El guitarrista del Titanic
La parada Carlos Gardel es la estación del Abasto. En un alto en su faena diaria de zapadas funkeras en la línea B, Lucas “El Mago Bassman” cuenta que la cantidad de colegas que trabajan bajo tierra viene en aumento. “Está jodida la calle –advierte el joven de rastas–, el cambio nos pegó duro y la gente sale a rebuscársela para parar la olla.” Pero “ni a palos” se resigna a dejar de lado su pasión por las gruesas cuerdas del bajo. No lo amilanan ni los agentes de la Metropolitana que a veces lo rajan del andén. En Diagonal Norte, por las noches se lo puede escuchar prendido en alguna jam session. “Acá todos los días pasa algo interesante. Por ahí llega un rapero y se larga a cantar. O un pibe con bongó y se arma una fiesta en el andén.”
La estación Santa Fe es la parcela del guitarrista brasileño Neil Marques, cultor del mejor rock anglosajón, de Pink Floyd a The Who, sin olvidar a los Beatles. Su caballito de batalla es “Blackbird”, porque “la gente se engancha, nunca falla”. De mil historias de sus años en el subte, elige la de esa pareja de chicos que vivían en la calle. Siempre le pedían que tocara “Golpeando las puertas del cielo” de Bob Dylan y bailaban en el andén. Un día dejaron de aparecer. “Hasta que una noche, de la nada, apareció el chabón solo. Lo noté raro, como perdido, me pidió que tocara el tema una vez más. Se puso a llorar. Me contó que su novia había muerto hacía unas semanas. La gente sólo podía ver a un anónimo pibe llorando. Pero yo sabía. Pasan cosas fuertes acá abajo".
“A esta estación la apodan ‘la que nadie quiere’”, bromea Willy sobre las dificultades que enfrentan los valientes que se le animan a Pueyrredón, en la D. El ruido de las formaciones ensordece y la deriva de la masa es abrumadora. “A veces pienso que es como tocar en el Titanic. Sobre todo por los muchachos de seguridad de Metrovías que todo el tiempo me vienen a sacar. Andan dando vueltas –comenta el guitarrero y señala a dos hombres de negro–. Yo les hago chistes, los llamo los ‘matrixvías’.” Willy critica la hipocresía del gobierno porteño, que empapeló la ciudad con la imagen de un “músico” del subte: “Es un modelo, y aparece con un equipo que debe costar 7000 dólares. Acá los pibes juntan monedas para cuerdas.”
Llueva o truene en el mundo exterior, Willy, ataviado con su elegante galera, realiza cada tarde su show repleto de clásicos del rock nacional. Homenajea a sus ídolos: Charly, Spinetta y Vox Dei. Pero no es un purista. “No sé por qué, la gente colabora más con los temas en inglés. Así que hago 50 y 50. De algo hay que vivir”, dice y luego puntea “Is This Love” de Bob Marley. ¿Cuál es el hit? Willy deja una reflexión final: “Esa es la pregunta que no tiene respuesta. Me la hago una y otra vez. Si supiera cuál es, lo tocaría todo el tiempo.” Como en un loop eterno.
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sábado, 19 de noviembre de 2016

Cómo ser una chica Manson


El sueño está a punto de terminar. De transformarse en una verdadera pesadilla. California. Tórrido verano del ’69. Evie, una adolescente bastante solitaria y algo insegura, se fascina con un grupo de chicas libertarias y desprejuiciadas que conoce por casualidad en un parque. Las chicas pasan sus días en un rancho comunitario liderado por Russel, un gurú mesiánico, manipulador y músico frustrado. La joven Evie decide sumarse al grupo. Se sumerge en un espiral de fraternidad, amor libre, LSD y otras dosis desparejas de paranoia y violencia. Las chicas, primera novela de la estadounidense Emma Cline (Sonoma, 1989), es un trip iniciático que deviene en expedición al lado más oscuro del Summer of Love. Un libro que hace foco en los años de “paz y amor”, pero también en el territorio fronterizo, donde se gestaba el costado turbulento que manchó con sangre a los ideales hippies. 
De prosa elegante y por demás inteligente, Cline se inspiró en los crímenes de la familia Manson para escribir su ópera prima. Episodios clave de la crónica negra americana. El más célebre fue el de la actriz Sharon Tate, la pareja del director Roman Polanski, en agosto del ’69. Pero en su novela, Cline no hace foco en la figura psicótica de Charles Manson, el pater familias demoníaco, sino en algo mucho más perturbador: las “angelicales” chicas que cometieron los asesinatos, y que ni siquiera perdieron las sonrisas y su mirada provocativa durante el juicio que las condenó a cadena perpetua. Esas adolescentes “extrañas y salvajes como esas flores que se abren con un estallido fulgurante una vez cada cinco años, con esa provocación escandalosa y turbadora que era casi lo mismo que la belleza”. En el fondo, Las chicas es una novela que bucea con sutileza perturbadora en el mundo adolescente, pero que también golpea duro y parejo a los valores de la sociedad americana: del New Age al consumismo, sin olvidar las miserias del Flower Power. 
Emma Cline es licenciada en Bellas Artes, y cursó un máster en escritura creativa en la Universidad de Columbia. Trabajó como lectora para la revista The New Yorker y ha publicado cuentos en las prestigiosas Tin House y The Paris Review. En 2014, con su relato “Marion” obtuvo el Plimpton Prize. Las chicas es un bestseller desde que llegó a las librerías hace pocos meses. Los derechos de traducción se vendieron a 35 países y el productor Scott Rudin (Closer, Red Social y Las horas) está trabajando en una adaptación para la pantalla grande. Cline prefiere mantenerse al margen del proyecto cinematográfico y del runrún editorial. Está preparando un libro de cuentos y una novela. Tiene firmado un jugoso contrato por 2 millones de dólares con la editorial Penguin. 
Hace pocas semanas, una periodista le preguntó sobre los motivos que la llevaron a escribir una novela sobre la familia Manson, y la joven aclaró que en realidad “quería escribir un libro basado en un crimen, pero el crimen en sí es lo menos importante, esa es la violencia más obvia, el desafío era exponer otros momento psicológicos de violencia cotidiana, de vergüenza, humillación y traición. Aunque en el fondo, el corazón de esta historia es la amistad.”
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lunes, 7 de noviembre de 2016

Dios salve a las reinas de la noche drag

Diva total. Peluca carré a lo Uma Thurman en Pulp Fiction, pestañas kilométricas orladas con plumas de fantasía y sandalias de taco aguja que dan vértigo. Esta noche nace una estrella: Dixie Valentine. Danilo, el padre de la criatura, confiesa que por ahora sólo le preocupa conseguir un rush rojo shocking para barnizarse los labios. "Es la primera vez que me transformo. Mi debut… Espero que no sea también mi despedida", dice el joven de 19 años y guiña el ojo derecho, sexy.
Se larga en Casa Brandon, Villa Crespo, la tercera edición de Divas Drag Race, que premia a las drag queens más carismáticas de la escena porteña. "La competencia es una excusa. Acá hay comunión, un espacio abierto para performatear, sumar fuerzas e ir para adelante. Sin dejar de lado el glamour, obvio", explica Nico, uno de los organizadores y a cargo de las bandejas de DJ. "Nos interesa darles un espacio a todos: drag queens, drag kings... Es una auténtica varieté con escenario y micrófono abierto. La última palabra la tiene el público. El aplausómetro define quién es la reina", dice el muchacho musculoso de pelada brillante, frondosa barba leñadora y botas bucaneras. 
En la previa, Nico calienta la pista con ardientes clásicos de la música disco. La elección no es azarosa: las drag queens no pueden ser escindidas de esa estética setentosa. Tampoco de la teatralidad camp, y mucho menos de los brillos de la moda. Drag significa "ropa", y en la jerga teatral anglosajona designa a la vestimenta femenina para un actor masculino. Una drag queen es mucho más que un varón cross-dresser o un cultor del fetiche. Ni travesti ni trans, no vive bajo esa "regia" identidad las 24 horas. Con dosis desparejas de humor, exageración y barroquismo, las drags son personajes que nos hablan de los tiempos modernos. "Le suben el volumen a lo que está dando vueltas en la calle y no se dice. Y obviamente hacen gala de eso", asevera sin vueltas Nico, y enseguida hace explotar en los parlantes el inoxidable "Last Train to London".
La crónica cuenta que las drag queens fueron una parte fundamental de la cultura gay del siglo pasado. Del Pop Art de Andy Warhol a las caminatas por el lado salvaje que inmortalizó Lou Reed en su disco Transformer, sin olvidar el culto que les profesa Pedro Almodóvar. Las chicas no esquivaron el bulto en la primera línea de la revuelta de Stonewall, en la Nueva York de 1969, y desde ese momento se ganaron en buena ley su espacio en las carrozas de las Gay Parade a lo largo y ancho del planeta. En su versión criolla, en los años '80, brillaron primero en los sótanos del under, aquel subsuelo de la patria sublevado en los tórridos años de la primavera democrática. Y en los '90 fueron un faro en las noches porteñas, con sus andanzas y desandanzas en las pistas de El Dorado, de Bunker o Morocco.
"Hay toda una historia de las drag queens que nunca se cortó, pero creo que en los '80 fue el pico, por las ganas de expresarse luego de la represión que arrastrábamos de la dictadura. En esos años, mis amigas tenían que escaparse de las brigadas de moralidad de la policía", recuerda Ignacio, mientras se maquilla los pómulos en el diminuto camarín. Nació en Casilda, vivió gran parte de su vida en Rosario y hace nueve meses se mudó a Buenos Aires. Es bailarín y actor todoterreno. Por las tardes trabaja en una obra infantil en la calle Corrientes. Esta noche subirá al escenario caracterizado como Putito Broadway: "Es más bien un hijo de una drag queen neoyorquina que se permite jugar. Es un híbrido, una máscara que me pongo, una construcción de mi cabeza. Me gusta ponerle el lomo", comenta. Para el artista de fibrosos brazos repletos de tatuajes, "draguearse" es toda una profesión, por el grado de detalle en la preparación del personaje y el método de maquillaje. 
Antes de seguir su faena delineándose los labios, resalta el carácter inclusivo del encuentro: "Acá no participa exclusivamente la gente del mundo drag. También se interpretan cuentos o se leen poemas, es un espacio abierto. Está bueno romper el género. Acá la única vedette es la libertad."
Antes muerta que sencilla
Matías tatúa con parsimonia las cejas de Irupé, la Reina del Camalote. La Beyoncé guaraní está casi lista para hacer su entrada triunfal en el escenario. Es de San Lorenzo, muy cerca de Asunción del Paraguay, pero hace un tiempo comparte una casa en Caballito con varios amigos artistas. Dice que está en plena etapa de búsqueda: baila, canta y estudia Medicina. En los claustros universitarios conoció a su chongo. "Me estoy metiendo, soy recién llegada al mundo drag. Es la quinta vez que lo hago. Y está buenísimo. Irupé busca una identidad, es una mamarracha que se monta y se va reciclando. Se construye todo el tiempo."
Un poco más de base por aquí, algo de glitter por allá y el lápiz labial como la cereza del postre. Matías es un artista del maquillaje. Su personaje drag se llama Serendipia. "Adopté ese nombre porque significa 'encontrar algo cuando no lo estabas buscando' –cuenta–, y me gusta esa cuestión de que las casualidades sean la regla." Su identidad también se nutre de la diversidad: "Arriba del escenario, Serendipia es medio étnica. Tiene algo de mapuche, de tibetana, es como una ciudadana del mundo. Y eso flashea a la gente." 
Como todo gran show, la Drag Race tiene su maestra de ceremonias. La blonda Loca Di Crazy lleva la batuta. "El personaje me acompaña desde hace diez años, surgió cuando armé mi primer grupo de amigues. En esa época no había Facebook ni WhatsApp, mucho menos matrimonio igualitario. Teníamos 20 años y nos juntábamos a performatear en casa o alquilábamos salones y boliches. ¡Explotaban!", resalta Lucas Tapia, el joven actor oriundo de Azul. Con su espectáculo Divas hizo varias temporadas en Carlos Paz y en la Costa. "A los argentinos les llama la atención el universo drag porque son medio tapados –dice entre risas–. En realidad, lo que fascina es la alegría y la forma que tenemos de mostrarnos sin prejuicios." Para la gala de esta noche, Loca eligió un look bien sencillo, casi de entrecasa: vestido largo de leopardo "bien divine" con muchas lentejuelas, estola de plumas y un infaltable abanico, porque "la noche va a estar muy acalorada". En Brandon, todos la conocen como la RuPaul argentina, porque sin esforzarse podría seguir los pasos de la morocha estrella mediática norteamericana que conduce el programa de TV semillero de la cultura drag contemporánea. Pero, se sabe, las comparaciones son odiosas. Lucas aclara que su búsqueda va más por el lado de las rubias: "Me inspira Susana Giménez, pero la hago más deforme. Una Susana cruzada con el Che Guevara."
Nueve reinas
Las chicas saben cómo hacer delirar a la platea. En la pista, donde se ven los pingos, hacen gala de sus dotes, bailan hasta quedar exhaustas. Antes de la medianoche, las nueve candidatas al trono se sacan chispas en el dancefloor, pero sólo dos llegan a la gran final. La joven Dixie Valentine y la bahiense Emily –una maestra en el arte de imitar la lengua karateca de Moria Casán– se baten a duelo para definir quién es la reina de la noche. La consigna es sencilla: matar o morir bailando. La batalla es parejísima. Emily deja todo en la cancha, pero no puede hacer nada ante el glamour de la nueva monarca. Dixie termina la noche coronada. Disfrutando la divina gloria. 
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domingo, 6 de noviembre de 2016

Alta tensión


Hay novelas que te pueden dar un sacudón. Una descarga de buena literatura. Obras que no se quedan simplemente en la construcción de una historia atrapante o en la narración atolondrada de sucesos. Libros que desafían al lector, que lo invitan a elegir su propia aventura. Los electrocutados, la primera novela del misterioso autor argentino J.P. Zooey, puede integrar este selecto grupo.

Pero vayamos por partes, antes de sumergirnos en la obra. ¿Quién es J.P. Zooey? La pregunta se viene repitiendo desde hace varios años en el círculo literario local. Más precisamente desde el año 2009, cuando se publicó por estas tierras un libro breve y bastante raro titulado Sol artificial. Estaba firmado por un tal J.P. Zooey: nacido en Buenos Aires en 1973 y egresado de Periodismo de la UBA. En la solapa también se aclaraba que no ejercía el digno oficio de construir noticias.

La ópera prima de Zooey circuló con fuerza por estas pampas, llamó la atención de críticos y lectores, y finalmente llegó a manos de Beatriz Sarlo, quien escribió que “El seudónimo abre una situación inestable y atractiva. Ése es el caso de Sol artificial, publicado bajo el evidente seudónimo de J.P. Zooey. El nombre del autor, a la cabeza de un libro nuevo, tranquiliza por lo menos una incógnita. Cuando un libro es firmado con seudónimo, el terreno incierto de ‘lo nuevo’ se vuelve más incierto todavía”. El sol artificial compilaba una serie de relatos poco convencionales: una búsqueda de mundos posibles e imposibles. Cartas, papers y entrevistas que guardaban en su seno dosis desparejas de humor mordaz y vuelo creativo.
Luego de aquel prometedor debut, en 2011 el sello español Alpha Decay publicó en el Viejo Mundo la primera novela de Zooey, Los electrocutados, que ahora es editada en Buenos Aires por el sello Sigilo. La obra obtuvo el Premio Talento que otorga la librería FNAC. En 2014, se publicó la segunda novela del autor, titulada simplemente Te quiero.
Entre la teoría del Big Bang y el inminente Apocalipsis, Los electrocutados es una disparatada, eléctrica y algo melancólica canción de amor dedicada a la humanidad contemporánea. Una novela que hibrida el enciclopedismo con la ciencia ficción. Zooey narra la historia de Dizze, un curtido profesor que de niño compartía con su hermana y amante Oidas Mucho el deseo de comprender el Universo. Para los hermanos, cada planeta del Sistema Solar esconde una palabra y juntas forman una frase que revela el sentido de la existencia: “Y la frase que formen todos ellos juntos se repetirá mientras giren en el espacio. Así estaremos a tiempo, durante muchas generaciones, de ir abreviando nuestra comunicación a esas diez palabras y hablar, leer y escribir solamente la frase del Sistema solar, de aquel que nos ha puesto en el mundo para escuchar y al que traicionamos hablando miles de idiomas. Lo traicionamos hablando cualquier cosa, enloquecidos, apurados, comunicando nada pero ya. Miles de millones de palabras y puntos entre ellas, sin más ton ni son que el chirrido de grillos bajo éxtasis”.

En la novela, el propio Zooey aparece en la narración como “periodista sin empleo” y vecino de Dizze. Ambos traban amistad y Zooey será el albacea de los documentos (cartas, documentos, textos de clases para la asignatura Historia de las Ideas Menores) que Dizze deja tras su suicidio, lo que otorga a la novela un aire de recomposición. En este periplo hacia la iluminación, el periodista “que no ejerce”, la novela y los lectores navegan por un extraño y a la vez maravilloso mundo de preguntas: ¿Los humanos descendemos de los pájaros? ¿El origen de los genios puede encontrarse en el cerebro de Lenin? ¿Cuál es la relación entre los gatos y los extraterrestres? ¿Qué es una pregunta?


Sobre Los electrocutados se ha escrito que es un libro que cultiva una hiperpercepción a lo Fogwill, con encadenamiento de historias a lo Aira. También que tiene ecos de Pynchon, Vonnegut, y obviamente Salinger –el pseudónimo Zooey viene de un personaje creado por el autor de El guardián entre el centeno-. Escritores que son capaces de darte una descarga de buena literatura.

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