lunes, 1 de octubre de 2012

Llora urutaú


libros

Llora llora urutaú

 Por Nicolas G. Recoaro

“Los paraguayos que disputaron su tierra a los que la invadieron, madres que defendían a sus hijos, hijos que defendían a sus madres, son dignos de respeto y de piedad. Los que redujeron esta nación a un puñado de mujeres macilentas no son, no pueden ser más que asesinos”, denunciaba Rafael Barrett en El dolor paraguayo algunas décadas después de que la Guerra de la Triple Alianza devastara al país guaraní. Un siglo después, la escritora marplatense Mercedes Rubio dedica su primera novela a cartografiar la tragedia sudamericana más ominosa del siglo XIX. Para eso se apoya en la figura decimonónica, orientalista y por demás borgeana del capitán Richard Francis Burton: agente secreto británico, diplomático erudito, traductor de Las mil y una noches y primer occidental que puso pie en la Meca. Burton recorre el teatro de operaciones para escribir las cartas desde los campos de batalla del Paraguay, donde da cuenta de los auténticos motivos de esta guerra fratricida, las disputas diplomáticas paridas en coquetos salones porteños y la magnitud del genocidio guiado contra el pueblo paraguayo por una alianza sudamericana solventada por las libras inglesas.
A partir de un extenso y revelador trabajo historiográfico, Rubio toma el desafío de reconstruir la trama oculta del conflicto. Y su novela funciona como un espejo que a veces deforma y otras veces reforma la visión sobre una prolongada masacre, una guerra impopular en la cual la soldadesca argentina, brasileña y uruguaya fue llevada al frente engrillada o a punta de pistola, y que en más de una oportunidad pasaba al bando paraguayo para detener la matanza y combatir contra el Buenos Aires de Mitre. Más de un millón de paraguayos murieron durante la guerra, casi el noventa por ciento de la población masculina del país. Desde la sociología se explica que una de las características del genocidio como práctica social es que no termina con las muertes que provoca sino que se inicia. La literatura latinoamericana parece no estar libre de tal continuidad. Los papeles de Burton demuestra que pueden escribirse buenos libros que ayuden a comprender sus dilatados efectos.
Se lee en Página 12 por acá

lunes, 3 de septiembre de 2012

El Condorito pasa


Había una vez un pueblo llamado Pelotillehue. Entre sus lomadas y calles de provincia, forjadas en un país de ficción llamado Chile, si buceamos un poco en nuestras memorias podríamos ubicar fácilmente al bar El Tufo o el edificio del diario El Hocicón. Sí, ese que en su portaba tenía el lema "pobre pero honrado". ¿Y esos personajes que vienen caminando? Vamos, no se hagan los sotas. Ustedes bien saben que el narigón del cigarro encendido se llama Don Chuma, el que viene tomando de su infaltable botella es Garganta de Lata y la voluptuosa chica que los acompaña es Yayita. Sí, están en lo cierto, el pelado que viene atrás se llama Huevoduro. Sigamos, justo frente a ese paredón donde está tatuado el graffiti "Muera El Roto Quezada" podemos ver al perro Washington haciendo sus necesidades, y un poco más allá, en la zona donde se erige el estadio del Deportivo Pelotillehue, el pequeño Coné patea una pelota. Y el que espera el remate en el arco me imagino que no necesita presentación. Señoras y señores, con ustedes nuestro héroe. El eterno…. Superman. ¡Plop! El eterno Condorito...

Publicada en Suplemento Cultura de Tiempo Argentino. Se lee completo por acá

martes, 21 de agosto de 2012

Chile y la herencia de Pinochet


pinocho art


Entrevista a Gabriela Zuñiga, miembro de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD) de Chile

Por Nicolás G. Recoaro desde Santiago, Chile.

Después de las protestas que generó la exhibición del documental en homenaje el dictador Augusto Pinochet en el Teatro Caupolicán de la capital chilena, visité la sede santiaguina de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD) y pude conversar con la filósofa Gabriela Zuñiga, activa miembro del histórico organismo de Derechos Humanos que enfrentó los largos años de plomo pinochetistas y continúa alzando su voz en estos tiempos de hegemonía neoliberal heredados de la dictadura, encarnados en el gobierno del derechista Sebastián Piñera.

“Chile enfrenta momentos extremadamente delicados, porque ya no sólo presenciamos un homenaje a un ex dictador, sino que nos enfrentamos a un gobierno que intenta instalar la ‘política de los empates’, con una clara decisión de negar el genocidio y el terrorismo de Estado”, dice Zuñiga mientras fuma y ordena unos afiches que promocionaron el festival Vivas Voces, el emprendimiento musical gestado por la agrupación de Derechos Humanos para conseguir financiamiento. Zuñiga denuncia que a pesar de que el Estado aprobó el año pasado los fondos para la manutención de la AFDD, “estos fueron denegados sin razón, lo que no permitió que pudiéramos tener recursos para este año. Por eso artistas como Inti Illimani, Illapu, Juanafe, Manuel García y Nano Stern se solidarizaron y ofrecen su música para ayudarnos. Vamos a conseguir financiamiento y queremos denunciar el silenciamiento oficial que se nos quiere aplicar y, fundamentalmente, demostrar que hay un pueblo que no olvida.”

-A partir de la exhibición del documental Pinochet se inició en Chile una fuerte discusión sobre los límites de la libertad de expresión en el país.
-Que es una discusión muy válida, pero primero tenemos que decir que en cualquier otro país del mundo, quien hace alegoría o reivindica lo que es el genocidio o el terrorismo de Estado puede terminar en la cárcel. Chile tiene firmados diversos tratados internacionales de Derechos Humanos que condenan la reivindicación de genocidios. Y este documental es un panfleto mal hecho que reivindica a un genocida. Un acto de presentación así no se podría celebrar en Alemania, por ejemplo, donde no se puede homenajear a Hitler. En Chile, hoy día, legalmente se pueden celebrar estos actos, pero moralmente no se debería. En una sociedad democrática en serio esto no sucedería, y también muestra la radicalización que han tenido los posicionamientos de los sectores más fascistas de la derecha chilena.
-¿Y cómo reacciona la sociedad chilena frente a este tipo de homenajes?
-La sociedad chilena está muy segregada y disciplinada. Aquí tenemos una sociedad totalmente estratificada y prejuiciosa. Con una mentalidad casi militar, muy apegada a la norma y al qué dirán. Una sociedad castrada, que repite el discurso de los grandes medios, y que también ha llegado a expresiones nacionalistas cercanas al fascismo. Y todo esto cuesta cambiarlo. Hay que tener muy en cuenta que Pinochet se quedó en el poder 17 años sin fisura visible alguna, y eso no pasó con ninguna dictadura de Latinoamérica.
-Sin embargo, el último año se han desarrollado una serie de manifestaciones estudiantiles y civiles que han movilizado a buena parte de la sociedad chilena. ¿Cómo viven los organismos de Derechos Humanos esta coyuntura?
-En mayo del año pasado empezaron las manifestaciones estudiantiles, donde más de 100 mil “cabros” (chicos) han salido a las calles. Y eso de alguna manera cambia el escenario político, es un punto que marca un antes y un después en Chile. La Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos somos un referente que está en el centro de ese cambio político, más allá de las limitaciones económicas y que también muchos de los compañeros ya estamos bastante viejos. Nosotros sentimos el respeto que nos tiene la sociedad chilena, y también vemos cómo el gobierno nos intenta invisibilizar. Hay que tener un criterio de realidad al analizar la coyuntura actual de Chile, pero todas las movilizaciones nos dan esperanza al ver que se sensibiliza cada vez un sector mayor de gente.
-Se dice que a diferencia de la dictadura argentina, Pinochet se retira victorioso del poder y por eso consigue instalar la impunidad en las causas por desaparición y tortura. ¿En 20 años de gobierno de la Concertación esto no pudo cambiarse?
-No han habido políticas estatales para resolver las causas. Chile partió mal con la política de los consensos. El caso del ex presidente Patricio Aylwin es paradigmático porque formó parte de la Concertación, pero también apoyó el golpe de Estado contra Allende, porque pensaba que después del golpe le iban a pasar el poder, pero esto no fue así. Y lo que dice Aylwin durante su presidencia, ni bien recuperamos la democracia en los ’90, es “justicia en la medida de lo posible”, y eso nos terminó arruinando. Después, el ex presidente (Ricardo) Lagos, que decía que era socialista, mandó todas las leyes de impunidad juntas. Él decía que privilegiaba la verdad, y nosotros le contestábamos que se olvidaba de la justicia. Después prensábamos que con (Michelle) Bachelet se podía avanzar y no pudo ser.
-Actualmente sólo los mandos altos de las Fuerzas Armadas son los que se encuentran presos por causas de desaparición y tortura durante la dictadura.
-Sólo están detenidos los mandos altos. Están todos presos, pero ninguno con una condena a perpetuidad, tienen acumulación de condenas. Además, no están en cárceles comunes. Durante los gobiernos de Eduardo Frei y Lagos se construyeron cárceles especiales, como bungalows, cabañas. Pensemos que son generales, son la cúpula, y están resguardados por gendarmería, que dentro de las Fuerzas Armadas son lo más bajo. Imaginemos a un gendarme que tiene que vigilar a un general, es ridículo. Es más, nosotros hemos denunciado que los militares salen con total impunidad de las cárceles: hay fotos de ellos caminando por los shopping, comprando verduras, comprando cigarros o en los cumpleaños de sus hijos. O sea, esas no son las cárceles en las que tienen que estar.
-¿Y esas denuncias que realizan los organismos de Derechos Humanos tienen algún grado de repercusión o quedan invisibilizadas por los medios de comunicación chilenos?
-Aquí hay un tema muy complejo con los medios de comunicación. En Chile existe un duopolio que está conformado por los diarios La Tercera y El Mercurio. Que más allá de ser diarios impresos, son dueños de universidades y muchas empresas. Hay que decir que en Chile casi no existe el periodismo de investigación y los medios alternativos tienen muy poca difusión. Y estos medios masivos nos ignoran e invisibilizan porque de alguna manera han sido cómplices durante a dictadura. 
-En Chile, más allá de la condena a las cúpulas militares, no se ha puesto en discusión la complicidad de los civiles con la dictadura de Pinochet.
-No, no están detenidos los civiles que colaboraron durante la represión, como los grandes latifundistas chilenos que tuvieron todo el apoyo para Pinochet. Como también los responsables de ATT o de Cristalerías Chile, donde sucedieron verdaderas masacres durante aquellos años. Están involucrados, quizás no de forma directa en la tortura, pero eran cómplices de lo que hacían los militares. Es más, el modelo neoliberal en Chile lo instala en aquellos años José Piñera, el hermano del actual presidente.
-¿Hay conexiones entre la dictadura y algunos funcionarios que hoy integran el gobierno de Sebastián Piñera?
-Muchos de los hijos de aquellos latifundistas y empresarios hoy participan activamente en el gobierno de Piñera, como el actual ministro de Desarrollo Social Joaquín Lavín, que trabajó en El Mercurio en aquellos años y afirmaba que ignoraba lo que estaba pasando con los desaparecidos. O como Andrés Chadwick, el actual secretario de gobierno, que fue presidente de la FEUC (Federación de Estudiantes de la Universidad Católica de Chile) y adhería a la dictadura, y con cinismo decía que ‘lamentaba lo de estas mujeres que buscan a sus familiares desaparecidos’. Si uno se toma el trabajo de buscar los antecedentes de los miembros del Gabinete de Piñera se puede descubrir que económica o ideológicamente en un 90% de los casos han apoyado a Pinochet.


La historia de Álvaro
Durante la dictadura pinochetista, Gabriela Zuñiga sufrió la desaparición de su marido Álvaro Barrios, estudiante universitario y militante del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria). Zuñiga recuerda: "Yo lo conozco a Álvaro en la universidad, donde yo estudiaba Filosofía y él Inglés. Fue uno de esos amores muy típicos de esa época, esos años de los hippies, la Guerra de Vietnam, la minifalda, los anticonceptivos, tiempos de muchos cambios." Su marido fue sacado de su casa por miembros de la sangrienta DINA (Dirección de Inteligencia Nacional) el 15 de agosto de 1974 y estuvo detenido en Londres 38, un centro clandestino de detención que estaba ubicado muy cerca de La Alameda, en pleno centro de la capital chilena. “Esa era una zona de muchos hoteluchos y paradas de buses. Durante la búsqueda del Álvaro pasé miles de veces por ahí. Yo nunca me hubiera imaginado que mi marido estaba detenido en ese lugar. En ese momento había listados oficiales, pero no aparecían nuestros familiares. Y en esas búsquedas empecé a conocer a muchas personas que estaban en la misma situación. Así nació la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, que no tiene una fecha precisa de fundación. Era que esto era tan nuevo, horrible y nuevo.” La causa por la desaparición de Álvaro fue cerrada por la Corte Suprema el año pasado: “y los responsables son la cúpula de la DINA. Siempre se acusa a los mismos”, reflexiona Zuñiga.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Crónica Anfibia y paraguaya


La revista Anfibia publicó como adelanto del libro Por los caminos del Che la crónica sobre las tejedoras de Ñandutí. Se puede leer completa por acá.

martes, 10 de julio de 2012

Antología de crónicas latinoamericanas (Sudestada)





Por los Caminos del Che busca retomar los caminos de la América Profunda que el revolucionario argentino encontró en sus viajes por el continente. Las crónicas están hechas por periodistas lanzados a la aventura de manera independiente y fueron publicadas en diversos medios entre el 2000 y el 2010. Reflejan las realidades de los pueblos locales y su inserción en los avatares económicos, políticos y sociales del presente global. Recorren Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Cuba y México.

La compilación y edición fue realizada por el periodista Tomás Astelarra y el colectivo Sudestada y publicada por la editorial Continente. Las fotos son de Sub Coop.

Autores: Leandro Albani, Tomás Astelarra, Martín Azcurra, Sebastián Carapezza, Martin Flores, Facundo García, Xuan Pablo González, Ariel Idez, Andrés López, Felipe Montalva Peroni, Nicolás G. Recoaro, Débora Ruiz  y Pedro Jorge Solans.

“Crónicas que nacen del deseo infantil de un mapa abierto para luego atravesar el continente de la Patagonia a La Guajira, ahí donde las comunidades indígenas siguen luchando contra la invisibilización de su cultura o el violento desalojo de su territorio en pos de megaproyectos multinacionales; o en Punta del Diablo, Uruguay, donde los pescadores artesanales reman contra los avatares de la industria y el turismo descontrolado; o en Itagúa, Paraguay, donde las madres hilanderas luchan por mantener su tradición. Metiéndose entre los senderos de la cordillera de los Andes para denunciar a un tal Lewis, gringo loco que se apoderó de un lago entero en Bolsón o viajando en coche por la selva del Chapare junto a un tal Evo Morales. Un viajero que atraviesa el altiplano en medio de un corte de ruta pateando por más de veinte horas junto a un minero que regresa a su pueblo para el cumpleaños de su hija; uno que analiza el presente peruano en los ojos de Mariátegui; otro que recorre Lima buscando poetas en tiempos de Sendero Luminoso. Un periodista que se mete en el desierto de Atacama detrás del rumor de un pueblo abandonado por el negocio minero y otro que se acerca a la Higuera a certificar los restos del mito revolucionario descansando en remeras y postales de dos pesos.” (Del Prólogo de Tomás Astelarra)

Presentación Oficial: Miércoles 25 de julio 20 hs
  FM La Tribu
  Lambaré 873




lunes, 2 de julio de 2012

La mala hora


soy
VIERNES, 29 DE JUNIO DE 2012

La mala hora

Damián Cabrera es un escritor, editor y activista paraguayo, autor de los libro Sh... horas de contar... y Xiru. En estos agitados días reflexiona sobre el golpe parlamentario en el Paraguay y sus consecuencias en la comunidad y en la sociedad en general. “Este juicio político no sólo es ilegítimo, sino que es ilegal y por lo mismo constituye un golpe a la institucionalidad y a la democracia.”
Por Nicolás G. Recoaro

¿Cómo viviste la destitución de Fernando Lugo?

–Por una vez, ahora que estoy en Asunción, me tocó vivir la experiencia de las movilizaciones no como espectador que recibe de forma pasiva el relato de los medios corporativos de comunicación, sino desde las plazas con la gente. Viendo las cosas desde ahí, y conociendo los antecedentes de la lucha por la tierra que desencadenaron la masacre de Curuguaty y el pedido de juicio político a Fernando Lugo, asumo que el discurso de los medios de comunicación privados estuvo en función de intereses políticos de la derecha, representada por el Partido Liberal, el Partido Colorado, el Partido Patria Querida y el Unace –del varias veces golpista Lino César Oviedo—. La manifestación pacífica en la Plaza de Armas, frente al Congreso, fue representada como llena de “disturbios” y “actos de violencia”, y se insistió repetidas veces en la presencia de francotiradores en los edificios circundantes. La gente que no estuvo en las plazas se quedó con ese relato. Mucho más vulgar: luego de la represión policial para permitir el ingreso de Federico Franco al recinto con el objeto de jurar como presidente, y luego del juramento de éste, en los canales privados de televisión se transmitió –de un modo que yo asumo ofensivo– la programación comercial habitual (el reality Rojo el valor del talento, ShowMatch de Marcelo Tinelli, películas de terror, vedettes, etc.). Para los medios privados de comunicación todo seguía su curso normal, mientras que Christian Vázquez, jefe de prensa del vicepresidente Federico Franco, irrumpió de manera prepotente en la TV Pública, dirigida hasta entonces por el reconocido cineasta paraguayo Marcelo Martinessi, solicitando la grilla de programación, entrando en la misma sala de control, el corazón de la TV Pública, averiguando cómo se quita del aire el canal. Christian Vázquez preguntó además, puntualmente, por uno de los programas más exitosos del canal estatal, Micrófono abierto, que es un espacio en el que la ciudadanía se expresa libremente, generando algo que los medios privados de comunicación no tienen la capacidad o el interés de hacer, que es incluir la voz de la audiencia.

¿Qué pensás del juicio exprés que se utilizó para destituir a Lugo?

–Si la legalidad hace a los ropajes jurídicos de un procedimiento, la legitimidad da cuenta de la naturaleza fundada de una acción. La ley y la forma de aplicación de la ley son inseparables, por lo mismo toda ley cuya naturaleza y procedimientos son arbitrarios no sólo es ilegítima sino también ilegal, porque la legitimidad y la legalidad no pueden excluirse mutuamente. Este juicio político no sólo es ilegítimo sino que es ilegal, y por lo mismo constituye un golpe a la institucionalidad y a la democracia en Paraguay.

¿Y la Parada por la Igualdad que se desarrollará este sábado en Asunción redobla la apuesta en este marco de quiebre institucional?

–La Parada de la Igualdad no se suspende. Algo interesante de esta edición es que es una Parada de la Igualdad Lésbica, Gay, Bi, Trans pero también Heterosexual, porque la idea es que la lucha sea cada vez más inclusiva para todxs. Cuando posteé en el evento del Facebook que iba a participar, mi mamá escribió en mi muro los siguientes versículos bíblicos: Romanos 1: 2632. Estamos en un momento de escisiones familiares que tienen que ver con la política y con lo político. Muchas familias están viendo la manera de administrar su vergüenza frente al último golpe. Ante las dudas acerca de si se realizaba o no la Parada, Simón Casal, de la organización Somosgay, dijo “estamos del lado de la democracia, del respeto de la voluntad popular, no vamos a reconocer a un presidente golpista que ya ha declarado que las personas lgtb no somos humanas y que no nos merecemos derechos como tales”.

En el Paraguay de Lugo, ¿qué ocurrió respecto de los derechos lgbt?

–A la gente le cuesta reconocer algunos cambios por diversas razones, y una de ellas es el programa de la mayoría de los medios de comunicación privados que, por un lado, deslegitima ciertas luchas y por el otro autoriza ciertos discursos. Seguro que pasa con muchos medios en todo el mundo, pero no sé si en algún lugar es tan grosero como en Paraguay. Recuerdo el titular del periódico ABC “Lugo dice que no hay presupuesto para el gasto social”, y ponen una foto del presidente en una Harley Davidson, o muestran a Lugo con los puños cerrados, con circulitos rojos resaltándolos. Algo que ha cambiado es el discurso, y algunas acciones puntuales, que pueden parecer insignificantes pero que tienen un peso de sentido muy fuerte. Por ejemplo, la SAS (Secretaría de Acción Social) contrató a la primera funcionaria trans del Estado paraguayo. Además hubo un proyecto impulsado por el MEC, que es el Marco Rector Pedagógico para la Educación Integral de la Sexualidad, que sería una oportunidad increíble para la inclusión en el aula de discusiones en torno de las sexualidades diferentes y las familias diferentes, que en Paraguay son muchas. Lastimosamente este proyecto ha sido frenado por la presión de sectores conservadores y fascistas de la Iglesia Católica y otras iglesias cristianas principalmente.

Contame un poco de dónde viene esa concepción “trans” que expresás a la hora de “definir” tus relatos.

–El nombre “trans” lo pone a uno en un terreno ambivalente, ya sea cifrado en el género o en los usos creativos, por ejemplo, de la lengua o de las lenguas por las que el sujeto se ve atravesado y que también le marcan el cuerpo. En todo caso, poder cruzar fronteras de género, fronteras lingüísticas, a la hora de escribir, me excita mucho.

¿Y esa concepción tiene que ver con la geografía mestiza e híbrida que implica vivir en la frontera?

–Seguro que sí. Una de las representaciones que se hace de Ciudad del Este es la de una ciudad-mercado caótica y violenta donde no hay intersticios para ser o hacer otra cosa que no esté relacionada con la compraventa de artículos electrónicos. Pero Ciudad del Este, y todo el departamento del Alto Paraná, es un escenario de cartografías superpuestas, territorialidades que coexisten, con distintos niveles de tensión; es lugar de tránsito de grupos sociales de diversas nacionalidades, y el espacio donde diversas subjetividades pulsan por consolidarse, disputando su derecho a ser, pero también mezclándose prolíficamente.

Y ese cruce también se plasma en el cruce de lenguas con el jopará, el guaraní mezclado con el castellano y el portugués....

–Las fronteras lingüísticas, como las políticas, geográficas, etcétera, son porosas. Ahora, me pregunto ¿dónde tiene un cuerpo su frontera?

La palabra “xiru” que da nombre a tu novela está relacionada con esos cruces.

–Xiru es una palabra portuguesa de origen guaraní, polisémica, porque quizá se trate de varias palabras homófonas, o una misma palabra en distintos momentos, con sucesivas transformaciones semánticas: amigo, padre, indio, mestizo, ladino, y en la escena fronteriza neocolonial es un apodo-gentilicio que significa “paraguayo”, en un tono que puede ser muy despectivo y xenófobo. En Paraguay, entra a constelar con una expresión sinónima del guaraní paraguayo, che iru, que significa “mi compañero, mi amigo”. Entonces es una palabra sumamente ambigua; sentidos dobles que transitan una misma lengua en direcciones opuestas generando tensión. Es por eso mismo una palabra hermosa. Y también, por metonimia, es mi propio apodo.

¿Cómo encaja la cuestión de las identidades en tus libros?

–Me gusta que en algún punto del texto el discurso narrativo se quiebre y abra paso a otro registro, por ejemplo, a una voz poética. Yo hasta me imagino al sujeto de esa voz: un nenito putito que salta por ahí cantando, aunque confieso que es una voz que quiero reprimir, pero, como decía, en algún punto la voz se quiebra y delata a ese sujeto perverso que se asoma, se muestra por un instante, como el reverso del otro, el narrador. En mi novela Xiru, unos chicos que transitan la adolescencia lidian con lugares y hechos vinculados al Luisón, un personaje mitológico que según la leyenda es el séptimo hijo varón que por las noches se convierte en lobo para revolcarse entre las tumbas de los cementerios. Es una metáfora muy fácil del sujeto que lleva una doble vida, como una maldición secreta o un deseo al que sólo puede dar rienda suelta en la oscuridad de la noche donde puede mostrar su verdadera faz, o una de sus fases verdaderas. Y por otra parte están las tensiones que se generan en el espacio fronterizo y colonial donde las, a veces, reconocidas “identidades previas” aparecen en confrontación con una autoridad colonial, y surgen sujetos híbridos que podrían fracturar el caparazón de las identidades clausuradas volviéndolas flexibles.

¿Cuán cerca te sentís del universo lgbt y la militancia?

–Pertenezco al universo lgtb, pero creo que me encuentro un poco lejos de una militancia organizada, y especialmente de los lugares visibles; no porque no me sienta identificado, sino porque en el Alto Paraná este tipo de activismo es inexistente. Pero creo que mi participación en algunas causas se da desde lugares menos audibles. Cuando en 2010 se realizó en Ciudad del Este la primera “Marcha por la familia y por la vida”, contra el matrimonio igualitario, el aborto y el derecho de adopción por parte de parejas del mismo sexo, con un grupo de amigos realizamos una lectura pública de cuentos en los alrededores del Lago de la República. Era imposible en una escena altisonante gritar más fuerte, pero algunos pequeños gesto pueden instalar fisuras, ¿no?

Hay una historia muy pesada de violencia en el Paraguay contra el colectivo lgtb, que nació con la dictadura de Stroessner y que se reproduce en la actualidad.

–Aquel que visite los baños de Paraguay, si se fija en las murallas de todas las ciudades y pueblos, seguramente se encontrará con una inscripción: “108” o “puto 108”. Ahora, por ejemplo, cuando se enumeran personas, nadie quiere que le toque el 108, es un número maldito. En el año ’59, un conocido locutor de Asunción murió calcinado. Como se sospechaba que era homosexual, desplegaron un rastrillaje que terminó en el arresto de 108 personas “sospechosas de homosexualidad” a las que luego de torturas se les obligó a desfilar semidesnudos y con el pelo rapado por un colegio católico de la capital y por el centro de la ciudad. Además, se elaboró una lista con el nombre de todas estas personas que fueron distribuidas por medios de comunicación y pegadas en lugares públicos. Fue la muerte social de estas personas. Hoy hay testimonios terribles de abuso sexual, agresión y discriminación, totalmente impunes, y creo que los principales proveedores de argumentos que podrían justificar esta violencia son las iglesias cristianas, y en especial la Iglesia Católica.


martes, 26 de junio de 2012

El dolor paraguayo


"¿Y el cambió dónde está?”, rezaba ansioso un graffiti pintado en una anónima pared de Asunción hace poco más de un año. A cuatro años de ese terremoto político y simbólico que sacudió al país guaraní cuando ganó Fernando Lugo, el “obispo de los pobres” cayó ante un golpe de Estado parlamentario impulsado por sus ex aliados liberales y una abrumadora mayoría de colorados. “Un revés de derecha parlamentario”, define el periodista asunceno Blas Brítez y agrega que “Lugo ha cometido el peor de los pecados: fue feliz... hasta que el PLRA le retiró oficialmente su apoyo. Como protagonista del hecho histórico de haber sido el primer presidente del Paraguay no colorado en 60 años, confió en sostener un proyecto político de cambio superficial, de mano de la derecha.” La derecha y el cambio nunca van de la mano. Durante estos últimos cuatro años, la sopa paraguaya de la destitución de Lugo y las complicidades políticas ligadas al ancient régime colorado fue cocida día tras día a través de una prensa adepta a la causa conservadora. Un día, por sus buenas relaciones con los países del ALBA; al siguiente, por no reprimir a los campesinos que ocupaban terrenos de latifundistas; otro día, por los escándalos de su paternidad o los problemas con la inseguridad. “Los defensores de la política añeja y hegemónica no creen que el cambio sea posible y traman una campaña sistemática para destruir la credibilidad del gobierno. La cultura política de una sociedad no se transforma en dos o en cinco años”, contaba la ministra de Función Pública Lilian Soto. 

¿Y quiénes enjuiciaron a Lugo? El Parlamento con mayoría opositora, que en los últimos cuatro años casi no trabajó y apenas postergó la aplicación del impuesto a la renta personal y la posible reforma agraria; el que recortó los aportes a las familias más pobres del Paraguay; el que constantemente se regaló beneficios y privilegios. Herencias de la dictadura, el clientelismo, el elitismo disfrazado de populismo, la corrupción extrema, los asesinatos, las desapariciones, el nacionalismo amigo de los consensos de Washington y el neoliberalismo prolatifundista a ultranza. 
Hace ya un siglo, el escritor anarquista Rafael Barrett denunciaba las injusticias sociales, la desesperación y el sufrimiento de los campesinos paraguayos en dos libros fundamentales: El dolor paraguayo y Lo que son los yerbales. Según Osvaldo Bayer, las crónicas de Barrett mostraban las verdaderas imágenes “de lo injusto, de la perfidia del sistema que divide a la criatura humana en los del poder, los sometidos y los que no se someten”. Aquel dolor paraguayo de los campesinos que padecían el esclavismo de los yerbales, “quizás el más profundo de todas las sociedades del mundo”, hoy regresa como fantasmas que se hacen carne en los muertos de Curuguaty y en los miles de desplazados rurales que habitan en los márgenes del océano sojero del Paraguay. “Las disputas territoriales no se reducen a la disputa por la tierra, estos conflictos también se tratan de una lucha por los sistemas de producción. Y puede parecer irrelevante, pero el sentido que construyen los medios de comunicación invisibiliza la diferencia. Los campesinos paraguayos fueron vaciados de su ser agricultor, y ahora no sólo necesitan tierra, sino deben tener derecho a acceder a sistemas de producción, o quizás recuperar sistemas que les sirvan”, denunció esta semana el escritor altoparanaense Damián Cabrera, pocos días antes del golpe parlamentario. La asunción del liberal Franco clausura la discusión sobre la producción y, sobre todo, la propiedad de la tierra en el Paraguay. Como hace 100 años, los campesinos, que en gran número apoyaron a Lugo, deberán seguir esperando la reforma agraria.

Se publicó en Tiempo Argentino (con una errata en Curuguaty) y se lee con un click acá. 

lunes, 18 de junio de 2012

Sobre el caso Curuguaty y los medios de comunicación


Es la hora encendida, los sentires también se incendian y en medio de la consternación cuesta ver con claridad; nos cuesta prestar atención a los acontecimientos en su detalle, aturdidos por los hechos de violencia, y cuesta mucho más aún esbozar una reflexión, con la indignación agitada por los medios de comunicación, cuando éstos, quizás adrede, reducen el acontecimiento a un hecho de violencia más en la escena de tensiones crecientes. Y es que la mayoría de los medios locales imitan burdamente cierto periodismo –común, por ejemplo, en Argentina- al que le da por detenerse superficialmente en el hecho, juzgando desde los valores de un grupo particular de poder al que representa el medio, sin tomarse el trabajo de hurgar en los fondos, o ignorándolos deliberadamente.

Un espacio abierto a múltiples subjetividades, grupos sociales, naciones –una escena con mapas y territorialidades superpuestas-, como es el caso de los departamentos paraguayos fronterizos con el Brasil, es susceptible de tensiones, porque, en sus intentos por consolidarse en la escena, los anhelos chocan unos con otros, y cuando no es posible encontrar la coincidencia, la tolerancia aparece comprometida. Pero basta mirar la historia, inclusive la más reciente, para comprender que las coexistencias no tienen por qué ser armónicas, no es una regla: Lo diferente existe hostilmente, sobreviviendo su espacio según sus potencias.

En el origen era el “infierno verde”. El bosque atlántico que se consideraba inagotable, fue escenario de explotaciones en los obrajes y yerbales, bajo el yugo de la Industrial Paraguaya, la Matte-Laranjeira, con un sistema esclavista apoyado por el Estado paraguayo; las tierras en cuestión fueron luego heredadas, de manera arbitraria, por personas y empresas cercanas al dictador Alfredo Stroesner, como beneficiarios ilegítimos de una “reforma agraria” que quizás se pueda pensar como los primeros fuegos de los conflictos en Curuguaty, y en otros distritos, que estallaron de manera convulsiva estos días. Pero hay que subrayar que los conflictos por la tenencia de la tierra en la frontera –y en todo el Paraguay- no son recientes, datan de por lo menos cien años.

Silvia Rivera Cusicanqui sugiere que a veces lo acallado puede estallar de modo “catártico e irracional”. ¿Se puede justificar la violencia? Los medios de comunicación hablan de una ola de violencia, pero, ¿violencia contra quiénes? ¿No era de esperar que luego de cien años, en cualquier momento, la indignación estallara de modo “catártico e irracional” en cualquier momento? Esto si pensamos que los campesinos paraguayos –los campesinos pobres- son un sector excluido de la población.

Los medios de comunicación aún tienen el descaro de desautorizar la identidad de la gente. Oscar Acosta, Carlos Báez, Sanie López Garelli, Yolanda Park –por citar algunos de los conductores de telenoticieros más vistos en el país- dicen “supuestos campesinos”, “autodenominados campesinos”; aunque ellos lo repitan ingenuamente, hay que entender que es una estrategia de desacreditación programática. Yo me animo a nombrar del otro lado, del lado de la soja, al “autodenominado sector productivo del Paraguay”, a los “supuestos productores”.

El monocultivo extensivo de la soja, que ya no tenía espacio en el Brasil, se abrió camino por Canindeyú, y a lo largo de toda la frontera. Durante el gobierno de Stroesner se crearon las principales condiciones para este ingreso: La eliminación de la Ley de frontera, la construcción del puente de la Amistad, la construcción de la Ruta Internacional Nº 7, e Itaipú.

Bartomeu Melià hace una etimología de la palabra “colonia”, y la vincula con palabras como cultivo, culto y cultura, “derivadas del verbo colo, que significa “yo trabajo o yo trabajo el campo””. Literalmente, pero también como metáfora de un modo de estar en el mundo, el habitante que trabaja una tierra pasaría a buscar más tierra para cultivarla, es decir, para colonizarla. Melià advierte que la historia ha demostrado que la acción colonizadora ha supuesto la dominación económica y política, y la negación de las otras culturas; explotación, dominación y negación por la pretensión de universalidad de las culturas colonizadoras. El discurso del colono en el Alto Paraná (de cualquier nacionalidad, incluso de los colonos paraguayos) se escuda en la supuesta infalibilidad moral de su deseo de trabajar (“que nos dejen trabajar tranquilos”); los grupos subalternos con los que disputa territorio –campesinos sin tierra, carperos, paraguayos, indígenas- carecerían de ese deseo de trabajar y serían representados, estigmatizados casi, como “haraganes”. Tanto el valor que se le asigna al trabajo, así como los modos de trabajar, de producir, de colonos, paraguayos e indígenas son distintos: esta sería la principal estrategia de desacreditación de sus enemigos. Pero “el verdadero colonizador piensa que él es la cultura, y el camino que él recorrió lo tendrán que recorrer los otros más tarde o más temprano”.

A los haceres se les asignan valores distintos, no sólo desde el punto de vista de la economía de la producción sino desde el punto de vista del sentido; el valor que se le asigna al trabajo tiene que ver con cosmovisiones distintas.
¿Cómo puede la tierra no ser suficiente para modos de hacer “poco productivos” en manos de poca gente y a su vez ser insuficiente para prácticas “altamente productivas” en manos, también, de poca gente? ¿Debe ser la “alta capacidad productividad” el único criterio para tener derecho a ser en la tierra?

En apariencia, para el autodenominado “sector productivo del Paraguay” el bosque retrasa el progreso. Ésta es una representación stronista que ha sido eternizada por el discurso del sector, y el de los medios de comunicación con mayor presencia en el país –algunos de cuyos propietarios están bajo fuertes sospechas de haber sido beneficiarios ilegítimos de la seudo-reforma agraria stronista-.

Hoy se señala los supuestos peligros del bosque como escondrijo de “grupos ideologizados y subversivos”, puestos en clave de insólito, cuando en realidad, en el Paraguay siempre han existido guerrillas, y el territorio fronterizo tiene una historia de más de cien años de disputas territoriales entre campesinos, indígenas y terratenientes de procedencia diversa. Evidentemente, estos procesos son ignorados de forma deliberada. Aquí, la palabra “ideología” tiene un sentido peyorativo, casi auráticamente peligroso.

Las disputas territoriales no se reducen a la disputa por la tierra, estos conflictos también se tratan de una lucha por los sistemas de producción. Y puede parecer irrelevante, pero el sentido que construyen los medios de comunicación y el valor que se le asigna a cierto modo de estar y hacer invisibiliza la diferencia. Los campesinos paraguayos fueron vaciados de su ser agricultor, y ahora no sólo necesitan tierra, sino deben tener derecho a acceder a sistemas de producción, o quizás recuperar sistemas que les sirvan.

En los límites que dibuja la soja transgénica de Monsanto, acopiada por Cargil y ADM, hay que hacer memoria, y por lo menos nos queda la capacidad de indignarnos cuando vemos los conflictos de larga data traducidos a evento para el entretenimiento de los espectadores sobreestimulados por el morbo. He aquí que los medios de comunicación nos subestiman, y hablan de una supuesta ola de violencia en la frontera, que nunca llega, y que nos asfixia en la espera: Los megafónicos mapas del progreso que son la piel o la camisa de fuerza que habitamos.

¿Podemos gritar más fuerte que los medios de comunicación y la ingenuidad de quienes ignoran los cien años de subordinación de los campesinos paraguayos y que solicitan, como reverbero de los medios, la renuncia de Fernando Lugo, como si eso fuese a solucionar la cuestión?

Neutralizar, azuzar y vilipendiar, estigmatizar, neutralizar e invisibilizar. ¿Para qué? ¿Para instalar en el centro de la escena los modos de ser y producir legítimos?: Cultivar la soja es la acción de irrumpir y producir desplazamientos.

¿Cómo no sentir lástima por quienes han fallecido, tanto campesinos como policías? Pero no hay que quedarse en la anécdota. Me pregunto: ¿Qué hacer cuando no se  puede recuperar de manera legal tierras adquiridas de manera ilegítima? Los paraguayos se han sorprendido a sí mismos al manifestarse en el “after office revolucionario”, porque son víctimas de los medios que insisten en representarlos como políticamente apáticos; pero los campesinos e indígenas han hecho caso omiso de esta representación clausurante, y siempre han insistido en ser reconocidos como ciudadanos, manifestándose y reclamando visibilidad.

Claro que estamos dolidos. Pero aunque la violencia me cause repulsión, no puedo evitar con-miserarme, ponerme del lado de la miseria de aquél que ha sido burlado por tanto tiempo y que de pronto se hartó, y ponerme del lado de la tristeza de quienes han perdido a un ser querido que simplemente funcionaba para el Estado, y para otros poderes que él mismo ignoraba.

El cielo es negro-carpa, y dormimos en la intemperie.

Damián Cabrera
16 de junio de 2012

viernes, 18 de mayo de 2012

El Gran Poder Travesti

Nota hoy en SOY de Página 12.
soy
VIERNES, 18 DE MAYO DE 2012
MI MUNDO TRAVESTI DEL ALTIPLANO

Las madres del Carnaval

Una muestra montada en un museo de la capital boliviana y la edición del libro La china morena. Memoria histórica travesti rescatan del olvido las historias de Barbarella, Ofelia y la Familia Galán, auténticos iconos del folklore popular boliviano que revolucionaron desde la década del 60 y gestaron los dos festejos más grandes del país andino: la celebración del Gran Poder y el fastuoso Carnaval de Oruro.

 Por Nicolás G. Recoaro
Con bombos y trompetas como banda de sonido y entre bailes callejeros de morenada, Barbarella, con un beso, madrugó al pequeño dictador boliviano. Corría 1974 y los festejos de la Fastuosa Entrada del Señor del Gran Poder, la fiesta popular y religiosa más importante de La Paz, por primera vez en su dilatada historia rebasaba los límites del marginal barrio de Chijini, y miles de bailarines hacían su ingreso triunfal al aristocrático –y hasta entonces vedado– centro de la capital andina. En el palco de honor donde comenzaba el festejo estaba el diminuto Hugo Banzer Suárez, el dictador nacido en la tropical Santa Cruz de la Sierra que desde agosto de 1971 conducía a punta de pistola el más represivo gobierno de la historia boliviana del siglo XX. En la calle, bailando sobre sus empinadas plataformas estaba Barbarella, la emblemática travesti que desde la década del 60 se había transformado en la figura más popular en la morenada de los residentes de Achacachi. Los labios generosamente maquillados de Barbarella apenas rozaron la mejilla del dictador. Cuentan que aquel fugaz beso heló, y quizá también encendió, al sangriento tirano. Banzer prometió vengarse.
Un año después, como nunca antes había pasado, la prohibición oficial vedó la participación de las travestis en el festejo del Gran Poder. Dicen que en aquel junio de 1975 Barbarella, acompañada de algunas compañeras que integraban las comparsas en aquella década, para eludir la prohibición mareaban a los policías con sus diminutas polleras y se colaban en el festejo que escalaba por las calles de La Paz. También cuentan que aquel año fueron defendidas de la policía por las comparsas unas veces, y por el propio público en otras. La prohibición duró varios años, como la sangrienta dictadura de Banzer, y Barbarella y sus compañeras tuvieron que llevar sus bailes a barrios marginales de la ciudad y al interior de Bolivia; a las fiestas en las comunidades rurales que, por suerte, eran muchas y estaban frágilmente apartadas de la influencia del tirano. “Desde aquel año del beso ingresamos con la fiesta al centro paceño, pero también nos sacaron de ella. Sin embargo, esas participaciones se constituyen en las primeras interpelaciones y transgresiones del sistema patriarcal”, cuenta desde las alturas paceñas David Aruquipa, integrante del colectivo travesti la Familia Galán y miembro de la Comunidad de Investigación Diversidad, quien junto a la antropóloga Varinia Oros y el escritor Clevert Cárdenas son algunos de los responsables del libro La china morena. Memoria histórica travesti y de la muestra homónima montada en el Museo Nacional de Etnografía y Folklore (MUSEF) de la capital boliviana. Aruquipa explica que: “Este libro tiene una gestación conectada con mi vida personal como Danna Galán, con mi vida como parte de la Familia Galán y también con un pasado y personas que alimentaron este proceso y se convirtieron en los referentes para impulsarlo, como París Galán, Barbarella y Ofelia. Muchas historias que todavía están en la memoria de mucha gente, y muchas fueron borradas por las manos de quienes no querían reconocer o respetar estas vidas, pero lo más importante es que este libro es un testimonio oral y visual de lo que significó la presencia de estas compañeras, como un acto de reivindicación, de reinterpretación y de hacer justicia por la memoria de estas compañeras”.
Una foto de la glamorosa Barbarella bailando en el Gran Poder, justo antes de la prohibición del ‘75, ilustra la portada del libro. Aruquipa aclara que es una pena que Barbarella, fallecida hace diez años, se haya llevado consigo el significado de aquel beso. “Ese beso de la prohibición, el beso de la violación de los derechos, el beso que se convertirá en el detonante de la exclusión de las compañeras travestis. Este beso que Barbarella le da a Hugo Banzer Suárez podría haber sido por un desafío al poder, o por un coqueteo de clase de verse de ‘igual a igual con el presidente’.”
Chinas y morenas
Durante el festejo del Gran Poder, la fiesta de los migrantes rurales llegados a la capital boliviana, las travestis que querían bailar no eran discriminadas. Al contrario, era mimadas y atendidas como reinas. “Entre cholos no se las discriminaba; fue en el contacto con una clase media occidentalizada que surgió la prohibición. En ese entonces todas eran pagadas, todas eran tratadas como estrellas, como las imprescindibles en cada conjunto, contratadas para ir de un lugar a otro, desde el hotel, los pasajes, las ropas, la estadía, tenías todas las atenciones que las grandes vedettes populares se merecían”, aclara Aruquipa.
La yungueña Barbarella y la orureña Ofelia, hoy de 72 años de edad, fueron las dos travestis que revolucionaron el Gran Poder en la década del 60. Estilistas y costureras de profesión, amantes de las minifaldas, las pelucas y las vedettes argentinas y mexicanas, fueron las autoras de una renovadora estética en el folklore popular boliviano y con su personaje de la china morena se transformaron en verdaderos talismanes de las fraternidades de bailarines. La china morena, más conocida como figura, ingresa en la danza morenada –que hasta ese momento era exclusivamente de hombres– como una exaltación de la idea de lo femenino, tanto en la estética como en los movimientos de baile. Las travestis introdujeron este personaje, que actualmente también es interpretado por mujeres jóvenes.
En el libro se cuenta que Ofelia, durante aquellos años, logró crear un traje muy seductor: con encajes y transparencias, cancanes y otros detalles, como acortar la pollera. Aruquipa explica que para los festejos del Carnaval de Oruro, en plena dictadura militar, “Ofelia replantea el diseño de las polleras largas y cambia los colores del rojo, guindo y azul, por tonos dorados, amarillos y polleras cortas. Mientras, en La Paz, Barbarella introdujo los canelones, los cabellos en color rosa y verde; caretas más seductoras con pestañas, labios rojos y sin trenzas. Y también la moda fue recreada por otras como Juana, Pochi, Titina, Diego y Verónica. Las chicas recogieron todo eso y lo sumaron a los elementos ya presentes en el folklore”.
Algunos de esos diseños componen la exposición que se puede visitar en el MUSEF paceño: botas, polleras, máscaras y blusas de época, acompañados de fotos, entrevistas a las protagonistas y las presentaciones de la Familia Galán, el colectivo que recuperó la herencia de Barbarella y Ofelia y la resignifica año a año en el fastuoso Carnaval de Oruro. Danna Galán explica que: “Las travestis hemos hecho de nuestra corporalidad un escenario de lucha, y eso permitió ir conquistando espacios públicos, como espacios legítimos de reivindicación personal y política. Este libro está bañado de tantas historias, memorias y hechos de activismo político muy importantes, que trascienden para convertirse en la historia del movimiento trans en Bolivia”.
El próximo sábado 2 de junio, durante el festejo del Gran Poder 2012, las chinas morenas recorrerán las empinadas calles de la ciudad de La Paz nuevamente.
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martes, 13 de marzo de 2012

Domitila Is Not Dead

Hoy a la madrugada nos dejó Domitila Chungara. Mujer gigante de pollera cuyo coraje hizo tambalear, y también tropezar, a más de un pequeño dictador boliviano. Hasta siempre Domitila.

lunes, 30 de enero de 2012

Bolivia construcciones




La hora boliviana
Híbrido, mestizo y heterogéneo, la crónica parece ser el género por excelencia para retratar las diferentes capas de la realidad boliviana. Bolivia a toda costa reúne crónicas del país andino. El esfuerzo de las editoriales paceñas que lo editan hace que por primera vez se distribuya su catálogo en la Argentina.

Por Nicolas G. Recoaro
La crónica parece un género hecho a la medida de Bolivia. Su carácter híbrido, mestizo, todo terreno y rizomático la han transformado en un género ideal para narrar el presente del primer Estado plurinacional del continente americano. Quién lo hubiera dicho, un género “anfibio” para contar las historias de un país que no tiene salida al mar. Seleccionadas y prologadas por el sociólogo y escritor Fernando Barrientos, Bolivia a toda costa. Crónicas de un país de ficción, libro coeditado por las editoriales paceñas El Cuervo y Nuevo Milenio (que por primera vez distribuyen su catálogo en la Argentina), reúne crónicas de 14 autores que se proponen narrar al país andino-amazónico desde algunas de sus historias mínimas o acudiendo al relato personal, barroco e intimista. Heredero de una larga tradición de libros de no ficción que podríamos remontar hasta las fabulosas Crónicas de la Villa Imperial del Potosí colonial de Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela, los relatos de la Guerra del Chaco de Augusto Céspedes, las aguafuertes paceñas del maldito Jaime Sáenz y las crónicas etílicas de Víctor Hugo Viscarra, Bolivia a toda costa se inscribe en esa tradición, tramando relatos que narran grandes y pequeñas mitologías del presente. Un patchwork por demás heterogéneo y diverso, que son algunos de los rasgos identitarios esenciales del país.
Autores reconocidos dentro de las fronteras del Tíbet sudamericano como Edmundo Paz Soldán, Alex Ayala, Liliana Colanzi, Maximiliano Barrientos y Darwin Pinto, entre otros, que provenientes de campos muy diversos –como la literatura, la sociología, el periodismo o la crítica musical– proponen un rosario de relatos que evitan los lamentos bolivianos, y más bien bucean las encrucijadas que fundan a la Bolivia contemporánea.
Bolivia a toda costa. Fernando Barrientos (Compilador) El Cuervo-Nuevo Milenio 325 páginas
Historias como la del sastre paceño Sillerico, responsable desde hace cuatro décadas del vestuario personal y la coquetería de los presidentes bolivianos; los testimonios de un grupo de hip-hoperos alteño que alaba a Dios cantando rap en aymara a más de 3500 metros de altura; la crónica agitada del pantagruélico festejo y el backstage del primer “Día de la Reivindicación Marítima” en el estadio más grande de Chuquiago Marka, nombre aymara de la sede de gobierno del país andino; las memorias del narcotraficante que quiso cancelar la deuda externa de Bolivia a cambio de que se le permitiera operar su negocio sin trabas burocráticas; el diario de campaña de un candidato campesino a alcalde que va y viene entre su natal Arbieto y la lejana Virginia sin nunca dejar de fantasear, y más.
En el prólogo, Barrientos destaca la diversidad de miradas y graduaciones para narrar la agitada realidad boliviana que aparece en los textos: “Un tiempo con una carga intrínseca de novedad y cambio. Un tiempo veloz que se percibe como denso y prolongado por la intensidad de los acontecimientos. Un momento irradiante desde la cultura en el que se cuestionan estructuras de jerarquía y de legitimidad. Tiempos interesantes. La hora boliviana”.
Entre las crónicas que escriben este borrador de la futura historia del país andino, quizás algunas de las más destacadas sean “Kosmische cumbia”, el relato de Javier Rodríguez que se encarga de desentrañar los ocultos vínculos que existen entre la cumbia boliviana y el post punk de Joy Division o The Cure; las confesiones de “Berlín, Santa Cruz”, donde la escritora cruceña Giovanna Rivero recuerda su particular e íntima relación con las empleadas domésticas que trabajaron en su casa; o la crónica de largo aliento “Esclavos made in Bolivia”, galardonada con el premio Ortega y Gasset de Periodismo 2007, en la cual el periodista Roberto Navia se sumerge en el infierno que viven los migrantes que trabajan en los talleres ilegales de las dos ciudades donde viven más bolivianos: Buenos Aires y San Pablo. Pequeñas grandes historias que, lejos del muestrario exótico y las postales for export, traman las escenas de una road movie por el abigarrado mapa humano del país más pobre e injusto de América del Sur; un pueblo que vive, desde la llegada de Evo Morales al poder en 2005, uno de los cimbronazos democráticos más importantes del siglo XXI.


Publicado en RadarLibros de Página 12, acá el link

domingo, 22 de enero de 2012

La asunción del Paraguay

Reseña de Hugo Salas en el Radar de Página 12, sobre Los chongos de Roa Bastos.


La asunción del Paraguay

Una antología con título provocativo y que, contra la idea de muestrario, publica dos textos de cada autor, reúne la obra de nuevos narradores paraguayos, la mayoría de ellos volcados a un imaginario urbano lejos del clásico Paraguay rural.

Por Hugo Salas

Es cosa sabida que la producción interna de las distintas literaturas nacionales de América latina por lo general no trasciende las fronteras de la propia región salvo por obra y gracia de la consagración ibérica . Recuérdese, fuera de chiste, que el premio más importante otorgado a la literatura en “castellano” (el Príncipe de Asturias) al día de la fecha, continúa otorgándolo la corona española. Así, para aumentar sus escasas chances de ser leídos en Argentina, los escritores de “aquí nomás”, Chile, Paraguay, Bolivia, Perú, dependen de una consagración transcontinental, y lo mismo ocurre con el escritor argentino que quiera ser leído en los países limítrofes. A falta de políticas nacionales o regionales, siempre se dijo que el circuito de editoriales independientes constituido en la última década en cada uno de estos países “pobres” sería capaz de cubrir esa falta, pero si se revisan con atención sus catálogos, al menos en Argentina, se advertirá en ellos una marcada abundancia de autores locales, europeos y a lo sumo latinoamericanos híper consagrados.

En este contexto, la publicación de Los chongos de Roa Bastos, selección de relatos de nueve escritores paraguayos, supone tanto una apuesta como una provocación al sistema de circulación de la literatura latinoamericana. Tras una introducción que sorprende no sólo por su claridad sino también por lo acotada (es sabido que, en ocasiones, estos espacios sirven más para la publicación de extensos trabajos académicos que para ilustración del lector), se agolpa entre sus páginas la producción de Cristino Bogado, Nicolás Granada, Montserrat Alvarez, Domingo Aguilera, Javier Viveros, José Pérez Reyes, Damián Cabrera, Edgar Pou y Douglas Diegues. A diferencia de la clásica antología “muestrario”, los compiladores han preferido incluir dos textos de cada uno de ellos (salvo en el caso de Aguilera, de quien se publica un único relato de más de 40 páginas), lo que permite una mejor comprensión de sus interrelaciones y también de las variantes de cada una de esas individualidades.

Los chongos de Roa Bastos. Narrativa contemporánea del Paraguay Selección, introducción y notas de Sergio Di Nucci, Nicolás G. Recoaro y Alfredo Griego y Bavio Santiago Arcos 204 páginas

En líneas generales –desde luego injustas, como cualquier generalización–, se advierte en los autores un fuerte afán de originalidad, heterogeneidad, contaminación y mezcla, tanto en los procedimientos, materiales y temas narrativos (estruendosamente urbanos, en contraposición a la imagen de un Paraguay rural) como en la variedad lingüística. Las relaciones fluidas con el guaraní y el portugués brasileño, así como también el registro de singularidades fonéticas, es una preocupación constante, delatada por ortografías y gramáticas inusuales (“Los domingo de tarde me voy unto a mi amigo Dexter, que é taxiboy y etríper profesional en la actualidá, que ante era músico integrante de los Mariachi Loco, luego fubolita de Libertá y hoy por hoy el epecialita en actividades venérea má sofiticado y exlusivo de la farándula asuncena”) o francas mezclas idiomáticas de sabor idiosincrático (“Yo y mío amigo Charles Bronson caminábamos por la manhana soleada de la calle Palma... Yo le dizía a Charles Bronson que las yiyis paraguayas tem algo que solamente las yiyis paraguayas tienen”).

Así como algunos de los autores, en entrevistas y textos, han señalado que Roa Bastos –mentado no sólo en el título sino también en el relato “El chongo de Roa Bastos”– supo construir una imagen exportable del Paraguay, basada en un pasado rural ya inexistente en el momento mismo de su escritura, no es menos lícito advertir en este conjunto –reactivo en gran medida a ese antecesor– una imagen del paisaje urbano caótica, bullanguera, exuberante y crasa que tal vez constituya, a su manera, la “postal” de nuestros días, iluminando el modo trágico en que toda pregunta por el ser nacional, toda búsqueda de sabor local, aun la más auténtica, no escapa a una serie de prejuicios y estereotipos interiores y exteriores históricamente variables, pero igualmente férreos. Acaso la nacionalidad no sea mucho más que eso.