
lunes, 13 de diciembre de 2010
jueves, 11 de noviembre de 2010
domingo, 7 de noviembre de 2010
lunes, 1 de noviembre de 2010
lunes, 25 de octubre de 2010
Holidays in the Sun
En el mar boliviano se lanza la colección verano 2010... A ver si Chile y Perú se ponen las pilas. Unas líneas de Lemebel al respecto...Canción Para Un Niño Boliviano Que Nunca Vio La Mar
(Por Pedro Lemebel)
Y cómo te lo digo y con qué humedad de letras te lo cuento, chiquito llocalla, pelusita paceño que nunca estuvo frente al estruendo salado de la planicie oceánica. Como hacértelo ver, niñita imilla, en estas letras, si nunca fuiste testigo de esa música y sus olas crespas chasconeando el concierto de la bella mar. Cómo te lo digo, niño boliviano, cómo alargo la palabra m-a-r, y que ahorita zumbe en tus oídos como mil abejas moluscas, como millones de susurros que salpican tu carita aymara con su aliento materno-mar-tierno-mari-maternal. Ésta es una carta dirigida a tus ojitos oblicuos que de mil maneras intentan imaginar ese gran charco azul que no es como te lo cuenta la profesora en el colegio describiendo la parte más extensa del Titicaca, esa zona donde el cielo se recuesta sobre las aguas verde musgo, donde no hay cerros y el horizonte desaparece en esa lama esmeralda que, de alguna manera, también semeja un ojo de mar. Tampoco es similar a esa caricatura Disney que te muestran en la escuela boliviana, con peces de colores saltando por todos lados, con bañistas y quitasoles eternamente en vacaciones de verano, con arenas doradas y olas turquesas en un exceso de pedagógica idealización.
Cómo te lo explico, chiquito llocalla, mejor te cuento mi experiencia de niño cuando por primera vez me encontré con el milagro marino. Vivía con mi familia en Santiago, y como niño pobre tuve la experiencia recién a los cinco años. En mi población se organizaban paseos a la playa por el día en enero o febrero, íbamos en micros que contrataba la Junta de Vecinos o el Club Deportivo y cada familia se preparaba días antes para el acontecimiento. Recuerdo que la noche anterior los niños no dormíamos, excitados por las expectativas del paseo. Mi madre en la cocina preparaba un pollo, hervía huevos duros, y zurcía los trajes de baño pasados de moda, desteñidos, con los elásticos sueltos por el uso familiar. Salíamos de madrugada en la micro vieja que siempre quedaba en pana en mitad del viaje. Y allí en la carretera eran horas que debíamos esperar al chofer que solucionara el desperfecto. Casi al mediodía recién cruzábamos la cordillera de la Costa, y entonces, antes de verlo, el mar nos llegaba en la brisa fresca y en ese olor a yodo que anunciaba la salada presencia. Y en un recodo, al doblar una curva, el dios de las aguas nos anegaba en los ojos con su azulada inmensidad. Era tan fuerte la impresión, que no podía compararse ni con mil lagos ni con mil ríos ni siquiera con las cataratas de la inundación invernal. Hasta ese momento, nunca antes experimenté esa conmoción de inquieta eternidad, solamente la visión del cielo podía asemejarse a ese momento. Era como tener el cielo derramado a mis infantiles pies, Era como ver el cielo al revés, un cielo vivo, bramando, aullando ecos de bestias submarinas. Un cielo líquido que se extendía como una sábana espumosa más allá, infinitamente lejos, hasta donde mis ojillos de niño pobre no podían llegar.
El resto del día playero transcurría como una película vertiginosa; toda era correr, jugar, hacer castillos que desmoronaban la marea, mojarse el poto en el agua como témpano, comer pollo masticando arena, quemarse como jaibas para demostrar que fuimos a la costa. Todo era así, rápido como película de Chaplin y luego, cansados de tanto gueviar, regresábamos en la misma micro escuchando los quejidos de insolación que emitían los curados dormidos a pleno sol. En realidad, ese paseo poblacional era una tortura, un día agitado de maratónica playa .
Aun así, pequeño niño boliviano, te puedo contar como conocí la gigante mar, y daría todo para que esta experiencia no te fuera ajena. Incluso, te regalo el metro marino que quizá me pertenece de esta larga culebra oceánica. Tanta costa para que unos pocos y ociosos ricos se abaniquen con la propiedad de las aguas. Por eso, al escuchar el verso neopatriótico de algunos chilenos me da vergüenza, sobre todo cuando hablan del mar ganado por las armas. Sobre todo al oír la soberbia presidencial descalificando el sueño playero de un niño. Pero los presidentes pasan como las olas, y el dios de las aguas seguirá esperando en su eternidad tu mirada de llocalla triste para iluminarla un día con su relámpago azul.
Y cómo te lo digo y con qué humedad de letras te lo cuento, chiquito llocalla, pelusita paceño que nunca estuvo frente al estruendo salado de la planicie oceánica. Como hacértelo ver, niñita imilla, en estas letras, si nunca fuiste testigo de esa música y sus olas crespas chasconeando el concierto de la bella mar. Cómo te lo digo, niño boliviano, cómo alargo la palabra m-a-r, y que ahorita zumbe en tus oídos como mil abejas moluscas, como millones de susurros que salpican tu carita aymara con su aliento materno-mar-tierno-mari-maternal. Ésta es una carta dirigida a tus ojitos oblicuos que de mil maneras intentan imaginar ese gran charco azul que no es como te lo cuenta la profesora en el colegio describiendo la parte más extensa del Titicaca, esa zona donde el cielo se recuesta sobre las aguas verde musgo, donde no hay cerros y el horizonte desaparece en esa lama esmeralda que, de alguna manera, también semeja un ojo de mar. Tampoco es similar a esa caricatura Disney que te muestran en la escuela boliviana, con peces de colores saltando por todos lados, con bañistas y quitasoles eternamente en vacaciones de verano, con arenas doradas y olas turquesas en un exceso de pedagógica idealización.
Cómo te lo explico, chiquito llocalla, mejor te cuento mi experiencia de niño cuando por primera vez me encontré con el milagro marino. Vivía con mi familia en Santiago, y como niño pobre tuve la experiencia recién a los cinco años. En mi población se organizaban paseos a la playa por el día en enero o febrero, íbamos en micros que contrataba la Junta de Vecinos o el Club Deportivo y cada familia se preparaba días antes para el acontecimiento. Recuerdo que la noche anterior los niños no dormíamos, excitados por las expectativas del paseo. Mi madre en la cocina preparaba un pollo, hervía huevos duros, y zurcía los trajes de baño pasados de moda, desteñidos, con los elásticos sueltos por el uso familiar. Salíamos de madrugada en la micro vieja que siempre quedaba en pana en mitad del viaje. Y allí en la carretera eran horas que debíamos esperar al chofer que solucionara el desperfecto. Casi al mediodía recién cruzábamos la cordillera de la Costa, y entonces, antes de verlo, el mar nos llegaba en la brisa fresca y en ese olor a yodo que anunciaba la salada presencia. Y en un recodo, al doblar una curva, el dios de las aguas nos anegaba en los ojos con su azulada inmensidad. Era tan fuerte la impresión, que no podía compararse ni con mil lagos ni con mil ríos ni siquiera con las cataratas de la inundación invernal. Hasta ese momento, nunca antes experimenté esa conmoción de inquieta eternidad, solamente la visión del cielo podía asemejarse a ese momento. Era como tener el cielo derramado a mis infantiles pies, Era como ver el cielo al revés, un cielo vivo, bramando, aullando ecos de bestias submarinas. Un cielo líquido que se extendía como una sábana espumosa más allá, infinitamente lejos, hasta donde mis ojillos de niño pobre no podían llegar.
El resto del día playero transcurría como una película vertiginosa; toda era correr, jugar, hacer castillos que desmoronaban la marea, mojarse el poto en el agua como témpano, comer pollo masticando arena, quemarse como jaibas para demostrar que fuimos a la costa. Todo era así, rápido como película de Chaplin y luego, cansados de tanto gueviar, regresábamos en la misma micro escuchando los quejidos de insolación que emitían los curados dormidos a pleno sol. En realidad, ese paseo poblacional era una tortura, un día agitado de maratónica playa .
Aun así, pequeño niño boliviano, te puedo contar como conocí la gigante mar, y daría todo para que esta experiencia no te fuera ajena. Incluso, te regalo el metro marino que quizá me pertenece de esta larga culebra oceánica. Tanta costa para que unos pocos y ociosos ricos se abaniquen con la propiedad de las aguas. Por eso, al escuchar el verso neopatriótico de algunos chilenos me da vergüenza, sobre todo cuando hablan del mar ganado por las armas. Sobre todo al oír la soberbia presidencial descalificando el sueño playero de un niño. Pero los presidentes pasan como las olas, y el dios de las aguas seguirá esperando en su eternidad tu mirada de llocalla triste para iluminarla un día con su relámpago azul.
viernes, 22 de octubre de 2010
La última curda de Viscarra

Vinos, chicha, singanis, chelas y sucumbes. El ponche casero que riega los relatos reunidos en “Borracho estaba, pero me acuerdo" se nutre del alcohol barato que se vende en los mercados y cantinas de los hombres de a pie. Brebajes lejanos a la deriva poética-metafórica de una bohemia apunada, y más cercanos a los fuertes vahos del crudo y aguardentoso submundo paceño. La forma de plasmar los hechos en palabras, las vivencias de las que participa Viscarra como testigo y narrador o como cantinero que sirve en bandeja sus recuerdos e imágenes autobiográficas. Vivir para contarlo. El espíritu testimonial de los relatos de Viscarra se fermenta en el mundo orillero, del que se siente portavoz, y en el que se empapa toda su obra. El sesgo de algunas lecturas ha empujado su obra hacia ese terreno donde todo se lee como autobiografía. El mismo Viscarra también promovía esa lectura, con el simple acto de escribir casi todo lo que le sucedía. Viscarra es un etnógrafo graduado con altos honores en la universidad de la calle.Un investigador autodidacta que no entra y sale del campo, que no toma distancia analítica, sino que narra desde su propia vida al margen. Las cicatrices que tatúan su cuerpo son parte de sus relatos, son heridas de sus dilatados años en la calle. La mirada subjetiva que traza la política de la vida marginal en las urbes bolivianas.
martes, 19 de octubre de 2010
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Crónica del Luna, by Idez

Una crónica de puta madre, con aires Raabianos, parida por Ariel Idez.
Chapó...El Eternéstor con un clik acá
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Para cronistas y otros delincuentes del gremio (Autobombo)

Taller de Crónica en la Facultad de Ciencias Sociales
La crónica periodística: Estilo, hibridez y literatura
De José Martí a Martín Caparrós, de Juan José de Soyza Reilly a Cristian Alarcón, de Elena Poniatowska a María Moreno, de Víctor Hugo Viscarra a Roberto Arlt, un recorrido teórico-práctico con los mejores cronistas latinoamericanos.
Duración: 10 clases de 2hs.
Docentes:
Lic. Vanina Escales (Investigadora, autora de Lou Andreas-Salomé. La seducción de la inteligencia, ed. Capital Intelectual y prologuista de Crónicas del Centenario de J.J. de Soyza Reilly).
Lic. Nicolás Recoaro (Docente y periodista, colaborador habitual de Radar, Radar Libros, Miradas al Sur y revista Pie Izquierdo, entre otras publicaciones).
Lic. Ariel Idez (Escritor y Periodista, colaborador de Radar, Radar Libros y suplemento cultural de Perfil).
Día y Horario: Martes 11 a 13hs.
Comienzo: 07-Sep.
Inscripción: Marcelo T. de Alvear 2230 5to Piso. Oficina 515
Te: 4508-3800 int. 123 de 09 a 19.
Mail: graduados@sociales.uba.ar
jueves, 26 de agosto de 2010
Singani por la noticia!
martes, 22 de junio de 2010
viernes, 18 de junio de 2010
Feliz año nuevo
La noche del domingo es la última del año para los pueblos indígenas. Hace algunos meses, el Radar de Página 12 publicó una crónica en la que contaba el año nuevo que pasé en Tiwuanaku, Bolivia. Se llama Salgan al Sol y se pude leer por acá Pero quiero reproducir la versión original del texto, que era un poco más extenso, y poner algunas fotitos de aquella fiesta psicodélica en pleno altiplano boliviana. Feliz año, queridxs, y lxs quiero mucho a todxs......
Salgan al sol
Por Nicolás G. Recoaro
“¡Tiwanaku, Tiwanaku, Tiwanakuuuu!, grita el nene voceador en la parada de los minibuses y trufis del Cementerio General de La Paz. El nene se llama Crispín y dice tener nueve años. Con su gorrito de béisbol y su chompa de universidad yanki parece uno de esos raperos del Harlem, pero no es más que una wawa boliviana que tiene que trabajar para llenar la olla de su casa. “¡Tiwanaku, Tiwanaku, mister, Tiwanaku, Tiwanaku, diez pesitos, pase nomás!”, y sin descanso rapea y abre la puerta de la camioneta, cobra los viajes y da el vuelto a los pasajeros. “Harto trabajo por el Wilkakuti. Si hasta cinco pesitos he´cho hoy, amigo. Para el ají de fideo y un refresquito de desayuno, el resto para mi mamita”, me dice mientras una fina helada cae del cielo y se vuelve cristal en el techo de la camioneta.
“¡Completos!”, grita la wawa y la movilidad empieza a escalar las empinadas calles de La Paz con destino final a la milenaria ciudadela de Tiwanaku, en pleno altiplano boliviano, a pasitos del eterno lago Titicaca. Solo falta media hora para que “un nuevo día comience” - 21 de junio de 2008 del calendario gregoriano- y poco más de siete para que los primeros rayos del sol den inicio al año nuevo andino, el Machaq Mara 5516.
Sol de noche
Hay un reflector que dibuja serpentinas fluorescentes en la noche del altiplano. Tiwanaku está cada vez más cerca. Los minibuses japoneses van repletos de estudiantes, familias y turistas que quieren festejar este Willkakuti, el retorno del sol. Todos abrigados y emponchados para soportar el frío. “Dos pantalones, tres medias, dos guantes, dos chaquetas. Este año el frío no me gana”, cuenta Carlos, un contador paceño. ¿Pero es para tanto? “Prepárese, señor. El peor rato es a las 6 de la mañana. Va a tener que tomarse harto trago para aguantar la helada, mi amigo”, anticipa Carlos mientras acaricia las trenzas a su novia, una estoica cholita de pollera y ¡sin medias!, que duerme bajo un iglú de frazadas y camperas.
El conductor del minibús avisa que para evitar el peaje y la trancadera de movilidades va a tomar un viejo camino, un camel trophy que casi deja a nuestra camioneta patas para arriba, pero que termina demostrando la experimentada muñeca del piloto. “Harto tiempo nos tomaría el camino principal y todavía puedo hacer dos o tres viajes antes de la salida del sol”, confiesa el conductor poco después de depositarnos en la plaza de armas de Tiwanaku.
La luz del reflector nace de la boca del pantagruélico escenario montado en la plaza del pueblo. Una marea andina baila y canta al ritmo de una banda metalera llamada Octavia. Parece un mega festival marketinero. Globos gigantes con publicidades de teléfonos celulares y bebidas cubanas free. Detrás del escenario, Eulogia Quispe, la alcaldesa mayor de Tiwanaku, se frota las manos, quizás, para ganar un poco de calor corporal. “Queremos que la gente venga a recibir la energía cósmica solar para renovar la fuerza y la unidad del país. El Willkakuti es el evento más importante del pueblo y este año esperamos un record de visitantes, más de cincuenta mil calculamos”. Y es que con los turistas llegan también los ingresos: “60 mil bolivianos, mister”, ansía Quispe, algo así como 10 mil dólares, el 30 por ciento del presupuesto de la ciudad para todo el año.
“Es nuestro Woodstock, hermano”, explica Roberto, un estudiante de antropología que me invita a compartir un trago de té con té frente a su improvisada fogata. El fuego se reproduce cada dos o tres pasos, son fogatas que intentan ganarle la partida a una sensación térmica que ya debe haber bajado por menos de cero. “Los abuelos y las abuelas de Tiwanaku sabían del solsticio y los esperaban con ritos. Así se empieza un nuevo año, hermanito, como lo marca la tradición aymara. ¡Y vivan nuestros ancestros, carajo!”, grita emocionado mientras agita un cartón para avivar la fogata. A su lado, Manuel, ya todo un antropólogo hecho y derecho, se concentra en la fuerza de las llamas y parece más preocupado por rescatar la génesis de la fiesta: “Si seguimos la memoria oral, éste sería el año aymara 40.016, pero se acepta el 5516. En la cultura aymara, un sol simbolizaba mil años; si la conquista fue en el año 5.000, recibiríamos el 5516. Hace cincuenta años, las ceremonias no eran masivas, ni siquiera eran indígenas los que venían, más bien eran gente de la ciudad que hacía una suerte de ritual para recibir al sol”, explica mientras convida algunas hojas de coca para ahogar el mal de altura.
Rey sol
En aymara, Tiwanaku quiere decir piedras paradas. La ciudadela enclavada a más de 3500 metros de altura era la antigua capital de la cultura tiwanakota, un pueblo preincaico que supo habitar el altiplano desde el año 1500 AC al 1200 DC. “Tiwanaku no es una ciudad muy grande, pero está formada de edificios en piedra memorables, circundados de muros gigantescos. En la ciudad hay varias estatuas de ídolos más altas que la figura humana, tanto que parecen haber sido esculpidas por grandes maestros. Mi conclusión es que esta ciudad es la más antigua de todo el Perú. Aquí se dice que antes de que el pueblo de los Incas reinara, estos edificios ya estaban construidos. Escuché decir que los muros y los edificios de Cuzco fueron hechos en semejanza a éstos, pero ninguno fue capaz de decirme quién en realidad construyó Tiwanaku”, confesaba el escritor español Piedro Cieza León, primer occidental que visitó el pueblo en el lejano 1549.
Durante la conquista española, el Willkakuti fue tolerado en sus primeros años, para luego ser declarada como acto de herejía en 1543. Los siglos han pasado y la prohibición de los conquistadores ha sido vencida, sobre todo por un pueblo como el aymara, que se digna de haber soportado el acecho de los europeos por más de cinco siglos. “Es que la conquista ha terminado, ha comenzado el Pachakuti, amigo. La revolución, pero no una revolución made in USA, made in Europa o made in China, o sea made in fuera del Tawantinsuyu. La revolución viene de nuestra tierra, y el tiempo está cambiando, mi amigo”, explica Manuel justo antes de comenzar a bailar en una ronda de sikuris, con las melodías de quenas y sikus que parecen llegar de un pasado no muy lejano. Porque el tiempo de los pueblos andinos no es el mismo que el del resto del planeta, es un ciclo que avanza desde un presente casi absoluto y eterno, y va hacia un futuro ignoto. Por eso el pasado es lo que está por delante, los andinos viven siempre de cara a un pasado conocido, al que invariablemente se retorna. El Pachakuti es la vuelta a ese pasado glorioso, el mundo que se da vuelta, el final de un tiempo y el inicio de un nuevo ciclo.
“Tata Wiracocha nació de las aguas del lago Titicaca para encender las estrellas, la luna, y por supuesto, al Tata Inty, el Sol. Wiracocha creó a hombres y mujeres usando piedras, amigo. Pintó sus vestimentas, le dio hartos colores y formas a sus cabellos; les enseño una lengua y cantos, y después mandó a que se sumergieran bajo tierra, para que salieran a donde tenían que vivir, y salieron aquí, señor, así nació Tiwanaku”, me explica Juan Choque, un viejito de arrugas tatuadas que hace treinta años que visita el pueblo para recibir las caricias de los primeros rayos del sol. “Al terminar su obra, Wiracocha hai de haberse ido hacia el oeste, dicen que para el mar, aunque mi tatita me decía que Wiracocha volvió a su origen. Caminando sobre el Titicaca, hai de haberse perdió en las aguas del lago, y si se fija bien, todavía anda por ahí”.
“¡Guantes, gorros, chalinas! ¡Guantes, gorros, chalinas! Llevesé, casero”. El frío aprieta a las cuatro y hay que hacer una inversión obligada. “Guantes es lo que más esta saliendo, caserito. Se vende más que el año pasado porque ha venido harta gente este año, y con la inflación nosotros vendemos al mismo precio, caserito, dos bolivianos el par, cómpreme pués”, explica María, una de las vendedoras del estrambótico mercado del pueblo. Té con Té, fricasé de cerdo, mate de coca, chairo, plato paceño, cafecito, api, sopa de maní, cerveza, linternas, estrellitas chinas, libros con la historia del pueblo y hasta un karaoke que no deja de sonar con ritmos tan variopintos como cumbia chicha y hasta Guns and Roses - con los alaridos de Axl recordando una lluvia de noviembre tan lejana como el océano del altiplano -. La mesa de año nuevo está servida, y a precios bien populares. “Aproveche, señor”.
En el corazón del mercado, los seguidores de la Orden Rosa Cruz OM, un grupo religioso new age comando por reverendo Yeo Wams Om – en criollo: el ciudadano boliviano Juan Santa Cruz Torrez- reparten calendarios y un folleto que recupera las sabias enseñanzas de este gurú de aires orientales. “El sol de justicia y de libertad alumbra al valiente que sabe luchar. No importa la vida, menos el dolor, si mi sangre riega un mundo de amor. No cesen mis rosas nunca de cantar, y un día se acabará la triste maldad”, recita el místico Torrez por los parlantes ubicados fuera de la carpa y no consigue ganar la atención de los visitantes. El epitafio que figura en el folleto de su orden algo de razón tiene: “No hay nada nuevo bajo el sol, es una verdad axiomática”.
La casa del sol naciente
La fila para llegar al Templo de Kalasasaya, el centro neurálgico del festejo del Willkakuti, es de casi diez cuadras a las seis de la madrugada. “Mister, mister, extranjeros cuarenta bolivianos y nacionales a diez”, avisa Juan Mamani, un policía sindical que enfundado en su poncho rojo hace ordenar las filas para el ingreso. “Con tanta gente que viene, ha debido de cambiar. Antes era de más meditación; pero lo importante es que se celebra el año nuevo andino en todo el país”, explica Ramiro, un moreno venido desde Las Yungas, una región selvática cercana a La Paz. Ramiro transpira agitando los tambores a ritmo de saya. “Hay que unirse, apoyar al pueblo. ¡Evoooooooo presidente!”, grita mientras dos morenitas bailan dando vueltas a una fogata cerca del ingreso al templo. ¿Vendrá Evo? “Como todos los años, mi amigo. Cerca de las seis y media, solo hay que esperar por el helicóptero que baja del cielo”, y señala la cumbre de la Cordillera Real que comienza a aparecer en el horizonte.
La imponente Puerta del Sol se erige sobre una pequeña pampa en el corazón de Kalasasaya. Las marchas castrenses de una banda de la desaguada Armada boliviana se mezclan con la suave brisa de las quenas y el lento repique de los tambores de cuero. En el centro de la meseta, los sabios amawt´as (sacerdotes andinos) esperan con ansiedad la llegada del presidente Morales. Depositarios de los milenarios saberes andinos, los amawt´as encarnan la identidad cultural del pueblo aymara. Reunidos cerca de un pequeño altar, el consejo de sabios pijcha hojas de coca y prepara las ofrendas que entregarán al fuego justo cuando los primeros rayos de sol despunten por detrás de los cerros.
Un pequeño set televisivo transmite en vivo la ceremonia para todo el país. Mónica Medina es la star máxima del Canal 4 boliviano. Enfundada en un grueso tapado de piel de zorro blanco, con botas y gorro al tono, consulta a los amawt´as sobre las predicciones para el nuevo año. “Hay que esperar la salida del sol, hermana. Pero creo que será un buen año. No ha hecho tanto frío, no va a haber granizada. Vamos a estar bien”, vaticina Lucas Choque, la autoridad máxima de los sabios reunidos en Tiwanaku. Medina cierra la entrevista y pide la tanda publicitaria. Al segundo, su asistente personal corre con un vaso humeante de café para mantener la temperatura de la diva.
“Hay que tener cuidado, sobre todo con el pachamamismo que se expandió en los últimos años, algunos se aprovechan”, explica Miguel, un salteño con “poderes” –según se define - que desde hace nueve años viaja casi mil kilómetros para recibir el año nuevo en Tiwanaku. “Los amawt´as son gente de bien, bueno, no todos. Se cuenta que el año pasado apareció en la ceremonia un príncipe maya de Guatemala, diciendo que un reconocido amawt´a le había robado su cetro de oro. Fue un escándalo, parece que el cetro es el que se utilizó en la ceremonia en la que Evo fue nombrado presidente, aquí mismo. Creo que al príncipe lo arreglaron dándole un centro decorado con piedras preciosas. Hay de todo en este tipo de fiestas”, explica Miguel mientras la claridad empieza a asomar. Miguel se despide porque dice que tiene que conseguir un buen lugar para recibir la energía de los primeros rayos del sol. “Allá, en mi Salta, me dicen el brujo. Tenga un buen año, amigo”, desea con su bastón en alto. Brujos, amawt´as, que los hay, los hay.
Here comes the sun
“Ya salió el helicóptero del presidente desde La Paz”, grita uno de los asistentes de la televisión. Los sikuris y sus vientos comienzan a sonar y un mano a mano se entabla con la banda del Armada. Pero de repente, el silencio gana. El helicóptero que trae a Evo viene llegando desde el este. La escena es digna de Apocalipsis Now! pero sin los acordes del La cabalgata de las valkirias como banda de sonido. Evo llega con su sonrisa eterna, acompañado por dos o tres ministros. Cientos quieren tocarlo pero son frenados por la guardia pretoriana del presidente. Hay dos cholitas grupies que lloran desconsoladas. “Lo vimos, los vimos al hermano Evo”. El presidente extiende los brazos y saluda hacia los cerros. “¡Evo, Evo, Evo!”, y baja el alarido desde las laderas que envuelven al templo cuando ya la claridad es total, pero el Tata Inty todavía no se asoma desde la cordillera. Saludos de cortesía de Morales al Consejo de Amawt´as y las delegaciones diplomáticas, con la comitiva cubana abrigada como si estuvieran en el Polo Sur. Se canta el himno y se izan la bandera de Bolivia y la multicolor Wiphala de los pueblos originarios, algo impensado hace apenas tres años, cuando la llegada de Evo a la presidencia marcó un antes y un después en la revalorización de las culturas indígenas de todo el país.
Siete en punto de la mañana. Ahí viene, ahí viene el sol y una ola de brazos se elevan para recibir su energía. “Jallalla, Machaq Mara –viva el año nuevo-. ¡Que la luz del Padre Sol ilumine nuestros corazones y nos depare un futuro mejor y lleno de satisfacciones y buenaventura a nuestra Bolivia unida, a todo el mundo, a todo el planeta. Es la energía que nos va a unir, nos va a sanar como seres astrales”, agita el sabio Choque desde el altar de ceremonia. Evo acerca algunas ofrendas al fuego encendido por los sabios, mientras varios amwt´as y yatiris bendicen a los peregrinos. “Será un buen año, buen año de cosecha, reciba la energía cósmica y ¡feliz año hermano!”.
El helicóptero del presidente gira dos veces sobre Kalasasaya saludando a la multitud. El 5516 ha comenzado. Amanecer de un año agitado: cientos de peregrinos pugnan por encontrar un lugar en los minibuses que llevan a la capital. “La Paaa, La Paaa, La Paaaa”, rapea Crispín desde la puerta de una camioneta, bajo los rayos de un sol ahora impiadoso. “Pasé nomás, caballero. A 10 pesitos el viaje, pase nomás, y antes que me olvide, feliz…feliz año nuevo. ¡La Paa, La Paaa, La Paz!”.
“¡Completos!”, grita la wawa y la movilidad empieza a escalar las empinadas calles de La Paz con destino final a la milenaria ciudadela de Tiwanaku, en pleno altiplano boliviano, a pasitos del eterno lago Titicaca. Solo falta media hora para que “un nuevo día comience” - 21 de junio de 2008 del calendario gregoriano- y poco más de siete para que los primeros rayos del sol den inicio al año nuevo andino, el Machaq Mara 5516.
Sol de noche
Hay un reflector que dibuja serpentinas fluorescentes en la noche del altiplano. Tiwanaku está cada vez más cerca. Los minibuses japoneses van repletos de estudiantes, familias y turistas que quieren festejar este Willkakuti, el retorno del sol. Todos abrigados y emponchados para soportar el frío. “Dos pantalones, tres medias, dos guantes, dos chaquetas. Este año el frío no me gana”, cuenta Carlos, un contador paceño. ¿Pero es para tanto? “Prepárese, señor. El peor rato es a las 6 de la mañana. Va a tener que tomarse harto trago para aguantar la helada, mi amigo”, anticipa Carlos mientras acaricia las trenzas a su novia, una estoica cholita de pollera y ¡sin medias!, que duerme bajo un iglú de frazadas y camperas.
El conductor del minibús avisa que para evitar el peaje y la trancadera de movilidades va a tomar un viejo camino, un camel trophy que casi deja a nuestra camioneta patas para arriba, pero que termina demostrando la experimentada muñeca del piloto. “Harto tiempo nos tomaría el camino principal y todavía puedo hacer dos o tres viajes antes de la salida del sol”, confiesa el conductor poco después de depositarnos en la plaza de armas de Tiwanaku.
La luz del reflector nace de la boca del pantagruélico escenario montado en la plaza del pueblo. Una marea andina baila y canta al ritmo de una banda metalera llamada Octavia. Parece un mega festival marketinero. Globos gigantes con publicidades de teléfonos celulares y bebidas cubanas free. Detrás del escenario, Eulogia Quispe, la alcaldesa mayor de Tiwanaku, se frota las manos, quizás, para ganar un poco de calor corporal. “Queremos que la gente venga a recibir la energía cósmica solar para renovar la fuerza y la unidad del país. El Willkakuti es el evento más importante del pueblo y este año esperamos un record de visitantes, más de cincuenta mil calculamos”. Y es que con los turistas llegan también los ingresos: “60 mil bolivianos, mister”, ansía Quispe, algo así como 10 mil dólares, el 30 por ciento del presupuesto de la ciudad para todo el año.
“Es nuestro Woodstock, hermano”, explica Roberto, un estudiante de antropología que me invita a compartir un trago de té con té frente a su improvisada fogata. El fuego se reproduce cada dos o tres pasos, son fogatas que intentan ganarle la partida a una sensación térmica que ya debe haber bajado por menos de cero. “Los abuelos y las abuelas de Tiwanaku sabían del solsticio y los esperaban con ritos. Así se empieza un nuevo año, hermanito, como lo marca la tradición aymara. ¡Y vivan nuestros ancestros, carajo!”, grita emocionado mientras agita un cartón para avivar la fogata. A su lado, Manuel, ya todo un antropólogo hecho y derecho, se concentra en la fuerza de las llamas y parece más preocupado por rescatar la génesis de la fiesta: “Si seguimos la memoria oral, éste sería el año aymara 40.016, pero se acepta el 5516. En la cultura aymara, un sol simbolizaba mil años; si la conquista fue en el año 5.000, recibiríamos el 5516. Hace cincuenta años, las ceremonias no eran masivas, ni siquiera eran indígenas los que venían, más bien eran gente de la ciudad que hacía una suerte de ritual para recibir al sol”, explica mientras convida algunas hojas de coca para ahogar el mal de altura.
Rey sol
En aymara, Tiwanaku quiere decir piedras paradas. La ciudadela enclavada a más de 3500 metros de altura era la antigua capital de la cultura tiwanakota, un pueblo preincaico que supo habitar el altiplano desde el año 1500 AC al 1200 DC. “Tiwanaku no es una ciudad muy grande, pero está formada de edificios en piedra memorables, circundados de muros gigantescos. En la ciudad hay varias estatuas de ídolos más altas que la figura humana, tanto que parecen haber sido esculpidas por grandes maestros. Mi conclusión es que esta ciudad es la más antigua de todo el Perú. Aquí se dice que antes de que el pueblo de los Incas reinara, estos edificios ya estaban construidos. Escuché decir que los muros y los edificios de Cuzco fueron hechos en semejanza a éstos, pero ninguno fue capaz de decirme quién en realidad construyó Tiwanaku”, confesaba el escritor español Piedro Cieza León, primer occidental que visitó el pueblo en el lejano 1549.
Durante la conquista española, el Willkakuti fue tolerado en sus primeros años, para luego ser declarada como acto de herejía en 1543. Los siglos han pasado y la prohibición de los conquistadores ha sido vencida, sobre todo por un pueblo como el aymara, que se digna de haber soportado el acecho de los europeos por más de cinco siglos. “Es que la conquista ha terminado, ha comenzado el Pachakuti, amigo. La revolución, pero no una revolución made in USA, made in Europa o made in China, o sea made in fuera del Tawantinsuyu. La revolución viene de nuestra tierra, y el tiempo está cambiando, mi amigo”, explica Manuel justo antes de comenzar a bailar en una ronda de sikuris, con las melodías de quenas y sikus que parecen llegar de un pasado no muy lejano. Porque el tiempo de los pueblos andinos no es el mismo que el del resto del planeta, es un ciclo que avanza desde un presente casi absoluto y eterno, y va hacia un futuro ignoto. Por eso el pasado es lo que está por delante, los andinos viven siempre de cara a un pasado conocido, al que invariablemente se retorna. El Pachakuti es la vuelta a ese pasado glorioso, el mundo que se da vuelta, el final de un tiempo y el inicio de un nuevo ciclo.
“Tata Wiracocha nació de las aguas del lago Titicaca para encender las estrellas, la luna, y por supuesto, al Tata Inty, el Sol. Wiracocha creó a hombres y mujeres usando piedras, amigo. Pintó sus vestimentas, le dio hartos colores y formas a sus cabellos; les enseño una lengua y cantos, y después mandó a que se sumergieran bajo tierra, para que salieran a donde tenían que vivir, y salieron aquí, señor, así nació Tiwanaku”, me explica Juan Choque, un viejito de arrugas tatuadas que hace treinta años que visita el pueblo para recibir las caricias de los primeros rayos del sol. “Al terminar su obra, Wiracocha hai de haberse ido hacia el oeste, dicen que para el mar, aunque mi tatita me decía que Wiracocha volvió a su origen. Caminando sobre el Titicaca, hai de haberse perdió en las aguas del lago, y si se fija bien, todavía anda por ahí”.
“¡Guantes, gorros, chalinas! ¡Guantes, gorros, chalinas! Llevesé, casero”. El frío aprieta a las cuatro y hay que hacer una inversión obligada. “Guantes es lo que más esta saliendo, caserito. Se vende más que el año pasado porque ha venido harta gente este año, y con la inflación nosotros vendemos al mismo precio, caserito, dos bolivianos el par, cómpreme pués”, explica María, una de las vendedoras del estrambótico mercado del pueblo. Té con Té, fricasé de cerdo, mate de coca, chairo, plato paceño, cafecito, api, sopa de maní, cerveza, linternas, estrellitas chinas, libros con la historia del pueblo y hasta un karaoke que no deja de sonar con ritmos tan variopintos como cumbia chicha y hasta Guns and Roses - con los alaridos de Axl recordando una lluvia de noviembre tan lejana como el océano del altiplano -. La mesa de año nuevo está servida, y a precios bien populares. “Aproveche, señor”.
En el corazón del mercado, los seguidores de la Orden Rosa Cruz OM, un grupo religioso new age comando por reverendo Yeo Wams Om – en criollo: el ciudadano boliviano Juan Santa Cruz Torrez- reparten calendarios y un folleto que recupera las sabias enseñanzas de este gurú de aires orientales. “El sol de justicia y de libertad alumbra al valiente que sabe luchar. No importa la vida, menos el dolor, si mi sangre riega un mundo de amor. No cesen mis rosas nunca de cantar, y un día se acabará la triste maldad”, recita el místico Torrez por los parlantes ubicados fuera de la carpa y no consigue ganar la atención de los visitantes. El epitafio que figura en el folleto de su orden algo de razón tiene: “No hay nada nuevo bajo el sol, es una verdad axiomática”.
La casa del sol naciente
La fila para llegar al Templo de Kalasasaya, el centro neurálgico del festejo del Willkakuti, es de casi diez cuadras a las seis de la madrugada. “Mister, mister, extranjeros cuarenta bolivianos y nacionales a diez”, avisa Juan Mamani, un policía sindical que enfundado en su poncho rojo hace ordenar las filas para el ingreso. “Con tanta gente que viene, ha debido de cambiar. Antes era de más meditación; pero lo importante es que se celebra el año nuevo andino en todo el país”, explica Ramiro, un moreno venido desde Las Yungas, una región selvática cercana a La Paz. Ramiro transpira agitando los tambores a ritmo de saya. “Hay que unirse, apoyar al pueblo. ¡Evoooooooo presidente!”, grita mientras dos morenitas bailan dando vueltas a una fogata cerca del ingreso al templo. ¿Vendrá Evo? “Como todos los años, mi amigo. Cerca de las seis y media, solo hay que esperar por el helicóptero que baja del cielo”, y señala la cumbre de la Cordillera Real que comienza a aparecer en el horizonte.
La imponente Puerta del Sol se erige sobre una pequeña pampa en el corazón de Kalasasaya. Las marchas castrenses de una banda de la desaguada Armada boliviana se mezclan con la suave brisa de las quenas y el lento repique de los tambores de cuero. En el centro de la meseta, los sabios amawt´as (sacerdotes andinos) esperan con ansiedad la llegada del presidente Morales. Depositarios de los milenarios saberes andinos, los amawt´as encarnan la identidad cultural del pueblo aymara. Reunidos cerca de un pequeño altar, el consejo de sabios pijcha hojas de coca y prepara las ofrendas que entregarán al fuego justo cuando los primeros rayos de sol despunten por detrás de los cerros.
Un pequeño set televisivo transmite en vivo la ceremonia para todo el país. Mónica Medina es la star máxima del Canal 4 boliviano. Enfundada en un grueso tapado de piel de zorro blanco, con botas y gorro al tono, consulta a los amawt´as sobre las predicciones para el nuevo año. “Hay que esperar la salida del sol, hermana. Pero creo que será un buen año. No ha hecho tanto frío, no va a haber granizada. Vamos a estar bien”, vaticina Lucas Choque, la autoridad máxima de los sabios reunidos en Tiwanaku. Medina cierra la entrevista y pide la tanda publicitaria. Al segundo, su asistente personal corre con un vaso humeante de café para mantener la temperatura de la diva.
“Hay que tener cuidado, sobre todo con el pachamamismo que se expandió en los últimos años, algunos se aprovechan”, explica Miguel, un salteño con “poderes” –según se define - que desde hace nueve años viaja casi mil kilómetros para recibir el año nuevo en Tiwanaku. “Los amawt´as son gente de bien, bueno, no todos. Se cuenta que el año pasado apareció en la ceremonia un príncipe maya de Guatemala, diciendo que un reconocido amawt´a le había robado su cetro de oro. Fue un escándalo, parece que el cetro es el que se utilizó en la ceremonia en la que Evo fue nombrado presidente, aquí mismo. Creo que al príncipe lo arreglaron dándole un centro decorado con piedras preciosas. Hay de todo en este tipo de fiestas”, explica Miguel mientras la claridad empieza a asomar. Miguel se despide porque dice que tiene que conseguir un buen lugar para recibir la energía de los primeros rayos del sol. “Allá, en mi Salta, me dicen el brujo. Tenga un buen año, amigo”, desea con su bastón en alto. Brujos, amawt´as, que los hay, los hay.
Here comes the sun
“Ya salió el helicóptero del presidente desde La Paz”, grita uno de los asistentes de la televisión. Los sikuris y sus vientos comienzan a sonar y un mano a mano se entabla con la banda del Armada. Pero de repente, el silencio gana. El helicóptero que trae a Evo viene llegando desde el este. La escena es digna de Apocalipsis Now! pero sin los acordes del La cabalgata de las valkirias como banda de sonido. Evo llega con su sonrisa eterna, acompañado por dos o tres ministros. Cientos quieren tocarlo pero son frenados por la guardia pretoriana del presidente. Hay dos cholitas grupies que lloran desconsoladas. “Lo vimos, los vimos al hermano Evo”. El presidente extiende los brazos y saluda hacia los cerros. “¡Evo, Evo, Evo!”, y baja el alarido desde las laderas que envuelven al templo cuando ya la claridad es total, pero el Tata Inty todavía no se asoma desde la cordillera. Saludos de cortesía de Morales al Consejo de Amawt´as y las delegaciones diplomáticas, con la comitiva cubana abrigada como si estuvieran en el Polo Sur. Se canta el himno y se izan la bandera de Bolivia y la multicolor Wiphala de los pueblos originarios, algo impensado hace apenas tres años, cuando la llegada de Evo a la presidencia marcó un antes y un después en la revalorización de las culturas indígenas de todo el país.
Siete en punto de la mañana. Ahí viene, ahí viene el sol y una ola de brazos se elevan para recibir su energía. “Jallalla, Machaq Mara –viva el año nuevo-. ¡Que la luz del Padre Sol ilumine nuestros corazones y nos depare un futuro mejor y lleno de satisfacciones y buenaventura a nuestra Bolivia unida, a todo el mundo, a todo el planeta. Es la energía que nos va a unir, nos va a sanar como seres astrales”, agita el sabio Choque desde el altar de ceremonia. Evo acerca algunas ofrendas al fuego encendido por los sabios, mientras varios amwt´as y yatiris bendicen a los peregrinos. “Será un buen año, buen año de cosecha, reciba la energía cósmica y ¡feliz año hermano!”.
El helicóptero del presidente gira dos veces sobre Kalasasaya saludando a la multitud. El 5516 ha comenzado. Amanecer de un año agitado: cientos de peregrinos pugnan por encontrar un lugar en los minibuses que llevan a la capital. “La Paaa, La Paaa, La Paaaa”, rapea Crispín desde la puerta de una camioneta, bajo los rayos de un sol ahora impiadoso. “Pasé nomás, caballero. A 10 pesitos el viaje, pase nomás, y antes que me olvide, feliz…feliz año nuevo. ¡La Paa, La Paaa, La Paz!”.
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