lunes, 26 de noviembre de 2018

Un Boca-River con el relator más superclásico

Los platos están servidos sobre la mesa. El menú armoniza con un domingo de Superclásico. Son fideos con roja salsa fileto y albóndigas de carne picada. Es obra de Gena, que lo preparó con su sapiencia italiana. La cocinera paraguaya nacida en Caaguazú hace varios años trabaja para los Morales. Las dos mujeres se esmeran, pues Beatriz, la esposa del hombre de la casa, ofrece vino tinto o gaseosas. Pero los ojos de Beatriz pispean todo el tiempo las andanzas de Benicio, el nieto hincha de Boca que anda correteando por la sala. El ambiente es luminoso, con la luz oblicua del cielo otoñal de Palermo. Allí en la sala  hay un piano de cola, que algunas figuras de porcelana de Lladró y varios cuadros miran desde las paredes. Uno de un descamisado acurrucado junto al busto de Evita cuelga de la puerta que comunica el ambiente con la cocina.  
Con su perro Fito estirado entre los pies, Víctor Hugo pide disculpas porque tuvo que adelantar la hora de almuerzo. “Es que tengo que cabecear, hacer una siestita de media hora –el locutor está en una cómoda silla de la sala–. Así llego fresco al partido. Pero si quieren charlamos algo antes”, dice mientras termina de comer un helado casero. 
–Más acá de la siesta, ¿cómo se prepara para relatar un Superclásico? 
–Descansando lo mejor posible la noche anterior; comiendo lejos del partido y liviano, porque creo que la digestión gravita en todo lo que es el pensamiento y las ideas, además de la cuestión física. Y después yéndome a la cancha, esperando estar bien, para ver bien a los jugadores. 
–¿Y eso cómo se logra?
–Los relatores necesitamos precisión. Si soy preciso, no tengo que pensar quién es cuando la pelota va para un jugador. Lo detecto. Ocurre como cuando el arquero le pasa la pelota a un compañero y éste la para con el empeine sin especular cómo lo hace. Esto lo crea la facilidad técnica de hacer mejor la jugada, desde el punto de vista intelectual. Si el tipo tiene que ponerse a reflexionar cómo para la pelota, o se pone nervioso, ese jugador no está pensando en la jugada siguiente. Pero si el tipo tiene la cualidad de realizar su tarea creativa sin pensar en la técnica, está resuelto. Si uno transmite un partido con el dominio pleno de cuáles son los jugadores y cuándo la pelota va para un tipo, ni pensás lo que estás diciendo porque sale solo, tu trabajo es el mejor. Por eso espero estar preciso.
–¿Y alguna vez le pasó  no sentirse preciso?
–Pasa. A veces, por ejemplo, uno se raya con un jugador y lo ve más que a otros. O también puedo ignorar a otro. 
–Momentos en los que entra a jugar el inconsciente.
-Exacto. A veces a un tipo que se llama Juan, le digo Ramón. Y no se sabe por qué. El otro día, por ejemplo, relataba un partido donde un lateral se llamaba Nervo, y cada vez que agarraba la pelota pensaba en el poeta Amado Nervo y no me salía el nombre. Lo tenía escrito, pegado en un papelito delante mío en el vidrio de la cabina, y no me salía. Cada vez que se hacía de la pelota lo pensaba como Amado.
–Usted construye con su relato un espectáculo para el oído del oyente. ¿Pero qué pasa cuando no aparece la belleza en el partido, cuando es un bodrio?
–Lo mismo que le pasa a alguien que le gusta mucho el cine y al comentar o criticar una película se excita y la disfruta. Y cuando es mala la película, se esfuerza por recrear el espectáculo apelando a la crítica, a la ironía, al humor. El espectáculo se tiene que sostener igual para el oyente. Por ejemplo: si un tipo patea al arco y la manda a cualquier lado, yo digo: “Si bajara de la cabina y pateara, seguro que no lo haría peor. Así que imagínense lo mal que le pegó Riquelme”. O si alguien saca la pelota de un lateral y se la da a un rival, puedo decir: “El partido está tan decaído que ni con las manos se la pasan bien”. O puede ser tan malo que digo: “Muchachos, los de camiseta blanca con banda roja son de River. Los compañeros de ustedes tienen la camiseta azul. A ver si se pasan la pelota entre ustedes”. Recurro al bagaje intelectual que está hecho de información, de experiencias, inventiva, creatividad y talento, si se lo tiene. 
–Ese bagaje, ¿también se nutre del cine y la literatura? 
-Creo que fundamentalmente de la literatura. Cuando uno lee, le quedan frases, ideas. Inevitablemente uno pone mucha atención al leer. Uno no copia, pero hace el esfuerzo para que algo quede. Y después la metáfora sale con el color, con lo que pensás. El teatro también es un gran alimento. Las artes en general. 
–¿Usted quiso ser actor en algún momento de su vida?
–No. Soy un extraordinario, exitosísimo y empedernido espectador. Carezco de interés por estar en el escenario. Soy tímido, no me gusta la exposición. 
–¿Pero en la cabina de transmisión no se siente un poco como un actor en escena?
–Escondido. No me ven. Por supuesto que actúo, todo el tiempo. Todo el relato: tonos, silencios, enojos (supuestos) y elogios ditirámbicos. El relato es una actuación. Creo que soy más un actor que un narrador. Pero no me ven. Si me piden ahora que les relate un gol, no me animo. 
–Entonces no se lo pido. 
–Por favor. 
–Su oficio es muy cercano al del actor de radioteatro. ¿Se podría entender al relato deportivo como un género dramático?
–Indudablemente. Uno está transmitiéndole a la gente algo que la alegra o la hace sufrir. Un gol de River esta tarde, amarga a una parte de la gente con la que tenés que ser respetuoso. Hay un lugar en tu cabeza que te dice que tenés que ser respetuoso con el derrotado, con el que está sufriendo ese gol. Pero al mismo tiempo hay que ser animoso y entretenido para recrear la alegría del que lo hizo. Pero mejor frenemos acá que me tengo que ir a cabecear. A las dos y cuarto salimos para la cancha. 
MUERTE Y RESURRECCIÓN DEL NARRADOR
Anunciar el fin de los narradores, aseverar que quedan muy pocos, es un relato que siempre se repite y que nunca aburre. Antes de suicidarse, el filósofo alemán Walter Benjamin aseveraba terminantemente, en su ensayo El narrador (1936), que el arte de la narración tocaba su fin. “Es cada vez más raro encontrar a alguien capaz de narrar algo con probidad”, decía no sin modestia. En los años posteriores a la sangrienta Primera Guerra Mundial, Benjamin deploraba cómo los soldados que habían peleado en las trincheras volvían mudos del campo de batalla. La narración de la experiencia, oral y colectiva, concluía el filósofo, había muerto en manos del progreso tecnológico y el horror humano.  
Setenta años después, la reflexión sobre el arte de narrar sigue vigente. Es el oficio de aquellos que saben de la magia de las palabras. Artistas que son capaces de transformar el idioma cotidiano y utilitario en una herramienta de invención. Alquimistas que forjan otra realidad. Creadores que quizás relatando un gol o un tiro libre son capaces de cambiarle la vida a alguien. Víctor Hugo Morales es uno de ellos. El narrador épico del deporte más popular del mundo.
Pero también, uno de los periodistas más reconocidos de la Argentina y Latinoamérica. Desde sus relatos iniciáticos en la década del setenta en su Uruguay natal, su mudanza a Buenos Aires a principios de los 80 y su llegada al estrellato popular –que mantiene hasta la actualidad– por ese firulete único, genial e irrepetible que trazó Maradona en el segundo gol contra los ingleses en el estadio Azteca, durante el mundial de México 86, y que Víctor Hugo inmortalizó con su ya monumental, alucinante y eterno “¡De qué planeta viniste, barrilete cósmico!” 
Con 70 años sobre el lomo, su rutina diaria puede dejar exhausto a más de un veinteañero. Radio por la mañana, televisión por las tardes, charlas solidarias –levanta altas en el cielo las banderas de la izquierda y de la libertad de expresión ante los monopolios mediáticos– y por último, pero no menos importante, rigurosa bohemia nocturna. Locutor, conductor, relator, escritor (tiene más de una docena de libros publicados) y, por supuesto, un gran poeta. 
TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A LA BOMBONERA 
Mientras conduce parsimoniosamente su Corsa por la Avenida 9 de Julio, el relator se da tiempo para comprarle unos chocolates a un vendedor ambulante (dos barritas por diez pesos), departir amablemente en cada esquina con otros conductores que le piden que relate goles de sus equipos (“¿No te parece mucho tres de River en cancha de Boca? Vamos a ver qué pasa. Mandale un beso a tu mujer entonces”) y conversar con su copiloto y compañero de trabajo, el comentarista y periodista César Ferri. “El fútbol es una metáfora excepcional de la vida –reflexiona Víctor Hugo mientras bajamos hacia Plaza de Mayo por la Diagonal Norte–. Dolina lo dice muy bien: en el fútbol caben la belleza, lo espurio, la nobleza, el egoísmo, la solidaridad, el altruismo. Entra todo. En términos económicos también. Muchas veces se ha dicho: ‘Se juega como se vive.’ Lo cual, a veces, ha sido cierto”.
-¿La Bombonera es un escenario especial para el relato?
–Sí, porque en La Bombonera el sonido es hacia adentro y ese encajonamiento es muy importante para el relator. Es un estadio en el que parece que hubiera cuatro o cinco veces más público del que hay. No existe otro igual en ese rubro, por esa proximidad de la gente con el jugador. Si se mira La Bombonera, uno se da cuenta que la acústica deja todo ahí. Es como si se metieran en un frasquito el sonido y la emoción. 
-¿Y qué se acuerda de la primera vez que relató un Boca-River en La Bombonera, en el año 1981? 
-Esa noche fue mi constatación de que realmente me podía llegar a quedar en Buenos Aires. En esa época era muy trasnochador, y esa misma noche, ya al amanecer, fui a comprar los diarios con los que me iba siempre. Ahora los leo cuando me levanto, antes los leía cuando me acostaba. Y fui al kiosco, y en el diario El Popular el título era “Ta, ta, ta Boca 3 a 0”*. Yo dije para mis adentros: ‘Empecé a existir’. Hacía dos meses que estaba en Buenos Aires. En semanas me había conseguido un lugarcito. 
FERVOR DE BUENOS AIRES
Un lugarcito también le guardaba a Víctor Hugo un parrillero amigo, con el espacio justo para que estacionara el Corsa, a dos cuadras de la cancha. Señoras y señores, hoy se juega el Superclásico. A las 16:30, xeneizes y millonarios se enfrentan en un duelo cuya fascinación nunca se desgasta a pesar de haberse dirimido ya 200 veces exactas a partir de 1913. 
Siguiendo cualquier columna de las que avanzan por las calles Brandsen, Del Valle Iberlucea, Pinzón o Juan de Dios Filiberto, se desemboca siempre en el estadio Alberto J. Armando. “Yo conozco Peñarol–Nacional –dice Víctor Hugo–. He visto Barcelona–Real Madrid o algún Roma–Lazio, y son partidos siempre tensos, que generan una gran expectativa. Pero que sean tan abarcativos, que generen la pasión de todo un país, eso solo pasa con los clásicos del Río de la Plata. Y en especial éste. Aquí hay una pasión, un colorido, una inventiva y una participación de la gente que no existe en ninguna parte del mundo. El espectáculo es la propia pasión del hincha, y eso lo hace único”. 
Los vendedores ambulantes están de parabienes y el paso de los simpatizantes activa el infinito pregón intermitente de la venta: “¡¡¡Gorro, bandera y vincha!!! ¡¡¡Gorro, bandera y vincha!!! ¡¡¡Gorro, bandera y vincha!!!”. A dos cuadras del estadio, se pueden conseguir remeras con el escudo de Boca, medias con el escudo de Boca, gorros con el escudo de Boca, relojes con el escudo de Boca, y hasta escudos de Boca.
Ataviado con jeans, campera beige y mocasines marrones, con ese aire entre Rodolfo Valentino y Bill Tilden (también un toque oriental con algo de Zitarrosa sin el cigarrillo entre los labios), el relator se abre paso en el hormiguero de hinchas que van llegando a La Bombonera. Besos, fotos, saludos, fotos, una entrevista exprés, más fotos, alguna que otra mirada despectiva de unas señoras medio pituconas, más fotos, más saludos. 
Hay equipo. Víctor Hugo camina por la calle Irala acompañado por Heber, su inseparable escudero, asistente y mano derecha. Por ahí también anda el comentarista César Ferri, y por último, pero no menos importante, Félix Conde, el cebador de mate oficial del equipo. Charrúa de pura cepa, nacido en Cardona al igual que Víctor Hugo, Félix se encargará de hacer circular durante horas la infusión milagrosa. ¿Su secreto? “Yerba Canaria y nada más”.  
Cuando damos un paso en las escaleras que llevan a la zona de las cabinas, La Bombonera no tiembla, late. La obra parida en la década de 1940 por el arquitecto Viktor Sulcic y el ingeniero Delpini es, como las Cataratas del Iguazú o el primer disco de los Ramones, algo insuperable en su género. Las tribunas están repletas y, por supuesto, enfrentadas. Del lado de Brandsen, los de River agitan barbijos y globos albirrojos. Del lado de Casa Amarrilla, la parcialidad local va engordando al jugador número 12. 
Superclásico especial, como todos. Las “Gallinas” visitan La Boca en su regreso triunfal a la primera categoría, luego del descenso de 2012. Los fanas “Xeneizes” –único equipo argentino que nunca bajó de la categoría A– saltan desaforados en la popular. Muchos, cubiertos con sábanas blancas. Un fantasma recorre la Bombonera: el fantasma de la B. Dosis de folklore futbolero en estado puro. Salud.
LA DOCE
Por los pasillos del área de prensa pulula la crema y nata del periodismo deportivo. Bronceado artificial, trajes a medida, brushing en el pelo y maquillaje de repostería. Víctor Hugo, ya instalado en el pequeño cubículo de transmisión, su hábitat natural, se pone la camiseta de la agrupación HIJOS, con la inscripción “Juicio y Castigo” a los genocidas del proceso militar.  
Con una toalla color azulada al hombro para secarse el sudor, el fiel micrófono y unos binoculares a mano, el relator ocupa el sector central de la cabina N° 12. A su izquierda, Ferri calienta motores y le pasa prolijos papeles que tienen tatuados los nombres de los jugadores, y Víctor Hugo los va pegando con cinta en el vidrio. A su derecha, firme como rulo de estatua, Félix armado con el termo y el mate. A sus espaldas, Ricardo Cotuffox, el encargado de las peripecias técnicas de la transmisión. Y Heber que trae agua, atiende teléfonos, consigue sanguchitos y así, hasta el infinito y más allá. Se autodefinen como una auténtica familia radial, la familia de Competencia. “Es el privilegio de jugar en el mismo equipo que Maradona en su momento y Messi ahora –define Ferri–. Jugar en el equipo radial del mejor del mundo. Es maravilloso esto de mezclar amistad y trabajo profesional. Y a su vez es un riesgo porque hay una línea muy finita. Víctor Hugo es un tipo al que admiro. Es como mi segundo padre, mi segundo viejo. Porque me ha enseñado cosas de la vida, mucho más importantes que las cuestiones de periodismo, como la ética y la amistad”.
–¿Y cómo hacés para meter un comentario después de alguna genialidad que inventa Víctor Hugo con su relato?
-No es sencillo, pero cuento con la confianza que él me da para, de alguna manera, intentar enriquecer el relato. Yo siempre digo que con un trazo es imposible mejorar una pintura de Picasso. Entonces intento no mancharla. 

GARGANTA PODEROSA
Cuando comienza la transmisión, Víctor Hugo se transforma. Entra en trance como un chamán poético. Aunque confiesa que en los últimos años ha dejado de lado el relato sobrecargado de ornamentación, neobarroco, o mejor dicho neobarroso, por la impronta rioplatense como le gustaba decir al poeta Néstor Perlongher, el partido se convierte en una excusa para la metáfora. Obras de arte efímeras talladas con la garganta. 
Pero de repente, en un parpadeo: visto, no visto. Luego el silencio, el estallido de la popular y el grito sagrado de gol explota en el parlante. El madrugador cabezazo de Lanzini hace entrar en erupción a la todavía fría garganta poderosa del relator. “Goooooooooooooooooooool, de River, de River, de River. Un cabezazo perfecto de Lanzini, en el primer Lanzini de la tarde. Un minuto y ya gana River. River 1 Boca 0”. Pasan los minutos y las palabras brotan como si estuvieran conectadas con los movimientos de los futbolistas. Con la paciencia de una tejedora de ñandutí, Víctor Hugo va bordando un tejido narrativo poblado de anécdotas, imágenes impredecibles y diálogos imaginarios: “Ledesma le reclama al árbitro y le dice: ‘Cuando pego yo, vaya y pase. Pero cuando lo hace otro…’”; “La Bombonera ruge pidiendo justicia por una falta, signo de que no lo es. En realidad es una injusticia…”; y “las serpentinas que cuelgan del alambrado como un plato de fideos rebalsado”. Hasta hay espacio en el relato para la ironía ideológica: si el lateral riverplatense Mercado anticipa a Lautaro Acosta, “gana el mercado, por esta vez”, aclara Víctor Hugo. Aunque durante la transmisión, la mano invisible del mercado se cuela en el juego: un desodorante auspicia los tiros de esquina, el aviso de comida para perros patrocina un cambio y un vino de mesa apadrina un tiro libre. A los 38 minutos, termina la siesta de la parcialidad boquense con el gol del “Pelado” Silva. “Qué manera de rematar abajo. Sí, sí, sí, Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiilva para colocarla bien a la derecha de Barooooooooovero. Para empatar el partido. Andá a hablar de justicia ante una jugada tan extraordinaria del ataque de Boca. El partido, 1 a 1”.
Ya promediando el segundo tiempo, Víctor Hugo le da otra chupada a la exhausta bombilla del mate. El partido es un fiasco y el papel de las tribunas le gana la pulseada al que interpretan los 22 jugadores que corren por la cancha. Quizás Borges tenía razón: “El fútbol es feo estéticamente. Once jugadores contra once corriendo atrás de un balón, no son especialmente hermosos”. Pero Víctor Hugo no se resigna y ensaya algún dribling con la garganta, como para despertar a la audiencia que sueña con un barrilete cósmico. No hay caso, no se puede jugar peor. Empate cantado. “Un minuto de fútbol, muchachos, por favor… Y por fin se termina el partido. Muchas gracias por la atención dispensada”. El relator cierra la faena. 
Cae el telón y la noche en La Bombonera. El estadio se desinfla. Los hinchas vuelven a sus casas empatados. A estas horas, sólo gana el cansancio y la depresión dominguera.
Víctor Hugo deja la cabina, luego la cancha, y se pierde por las calles de La Boca. En silencio. 

Brevísimo epílogo, cinco años después
La primera final superclásica de la Libertadores se juega cerca de casa. Desde mi terraza, en el barrio de Barracas, puedo escuchar el hilito de cántico tribunero que llega flotando desde La Boca. No tengo TV por cable, la conexión a internet va y viene, y los bares con tele del barrio duermen la religiosa siesta de domingo. Sólo queda la radio. La diminuta Sony que heredé de mi abuela Neia no me deja a pata. Víctor Hugo tampoco. Me tiro en la cama, acerco el aparatito al oído y dejo que el uruguayo susurre las andanzas y desandanzas de los 22 gladiadores en la arena. 
Esta vez no seré un fantasma en la cabina. Esta vez no podré ver en primerísimo primer plano la erupción de la garganta profunda de Morales. Esta vez me conformo con las palabras mágicas del relator. Y con eso basta. 

Crónica publicada en la Revista Rascacielos, por acá

lunes, 19 de noviembre de 2018

Over the Rainbow

"Menos mal que nos salvó la San Pedro y dejó de llover. Si no era mucho puto pasado por agua", dice, siempre irónica, la escritora y performer Naty Menstrual, al tiempo que ofrece remeras y buzos tatuados con sus obras pictóricas en la feria montada en Plaza de Mayo. Los chaparrones matinales ya se evaporaron, el sol del 17 viene asomando y un arco iris inflable corona la Avenida de Mayo desde su nacimiento, junto al histórico Cabildo. Este 2018, la 27ª Marcha del Orgullo no iba a estar muy concurrida. Sería multitudinaria. La plaza luce un lleno total. "Hoy marchamos por muchas consignas, desde el fin del travesticidio hasta la defensa del cupo laboral trans –se despide la Menstrual–. Pero sobre todo por el derecho de mostrarnos como somos, a ser como queremos ser. Ah, y también contra el ajuste. Que Macri reviente como un sapo".


Desde el escenario, Mimi Maura grita que ya no llora más. La marea diversa disfruta el ritmo caribeño moviendo las patitas y le contesta que, si se quiere ir, que se vaya. En el backstage, Barby sigue atenta el devenir de la jornada. Milita en Unidos y Organizados, una de las 60 organizaciones LGBTIQ, sociales, sindicales y político-partidarias que forman parte de la comisión organizadora. Espacios que en el día a día no articulan, pero que en esta fecha caminan de la mano. Barby cuenta que hace seis meses vienen preparando la gran marcha. Esperan más de 100 mil personas y cuentan con más de 20 carrozas para el recorrido hasta el Congreso. "Hay muchas consignas: la diversidad sexual, el respeto de las identidades, basta de lesbo-odio, entre muchas otras. Pero en el contexto de ajuste, decimos también basta al FMI y a la persecución política. Macri y la Iglesia son antiderechos", se despide la piba maquillada con glitter verde esperanza.
Frente a la Catedral, los puestos estallan de clientes. Los chicos de AY Jockstrap ofrecen banderas multicolores, suspensores floridos y shorcitos ajustados a precios bien populares. Los clientes se los sacan de las manos. No muy lejos, los Ciervos Pampas se dan el gusto de jugar una tocata sobre el asfalto gris. "Somos el primer equipo de rugby diverso de Latinoamérica. Participamos en un torneo de la URBA", cuenta Ezequiel desde el improvisado ingoal. Cuenta que entrenan en el Parque Avellaneda, que ya tienen cinco años de historia y que le ganaron por empuje de scrum a la discriminación. "El deporte –cierra Eze antes de sumarse a un fogoso besazo colectivo– también es un espacio que permite abrir cabezas. A la homofobia le ganamos peleando".
¿Quién dijo que no hay osos en Salta? "Yo soy el rey gay de los ositos salteños", se presenta en sociedad el barbudo y bien alimentado Cristian. Cuenta que ahorra todo el año, pesito a pesito, para venir a la marcha nacional cumbre. "Sabe por qué marcho, por amor. Creo que a todes les que estamos acá nos mueve el corazón". También los derechos conseguidos: "Hay que ejercerlos, cuidarlos y ayudar a que todes los tengan".
Ataviado como el sumo pontífice, Claudio regala bendiciones para los fieles de la diversidad: "Soy creyente, pero vivo la fe a mi manera. No comulgo con una Iglesia que nos discrimina. Mire que leí la Biblia, pero en ningún lado dice que nos tienen que discriminar", se despide con una sonrisa pícara y beatífica.
Antes de que arranque la caravana hacia el Palacio Legislativo, Jimena Barón ofrece un tórrido cierre a toda orquesta. Entonces, los camiones encienden los motores, los parlantes y la masa diversa empieza a marchar. Hacia el arco iris inflable, el barrio de Congreso y más allá.  «
Una crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

Sobra anarquismo, libertarios y mano dura

"'Ni dios ni patrón ni Estado'. Ese lema ponía en discusión el orden instituido por medio del poder. Por eso ha sido históricamente perseguido el anarquismo", explica Mabel Bellucci. La activista queer y ensayista reflexiona sobre el pasado, pero a la vez echa luz sobre un oscuro presente. 
Fue una semana negra para el anarquismo local. Dos hechos –el fallido ataque con explosivos en el mausoleo del represor coronel Ramón Falcón en la Recoleta y un episodio similar en la casa del juez Bonadio–, tres allanamientos, una docena de detenidos y una palabra, "anarquía", que irrumpió como el mal mayor de la seguridad nacional en los verborrágicos discursos oficiales y en la sensacionalista cobertura mediática.
El anarquismo se convirtió en ese nuevo viejo enemigo público que calza como guante en la mano dura que impulsa Cambiemos. Violentos, bárbaros, antisistema, terroristas. "Todos anarquistas", precisó la ministra Bullrich ante los micrófonos. Pero, ¿qué es ser anarquista en el siglo XXI?
En su libro Cabezas de tormenta (2004), el sociólogo Christian Ferrer explica que la palabra "'anarquista' suena hoy menos tremebunda que extraña, como si se mencionara a un animal que no ha sido avistado en décadas, y que en otras épocas fuera cazado en abundancia y sometido a continuas batidas policiales".
El escritor y periodista Osvaldo Baigorria explica a Tiempo que "en la historia existieron muchas formas de ser anarquista. Pacifistas, expropiadores, partidarios de la propaganda por acción directa y partidarios de la no violencia, individualistas que sólo desean vivir libres de la sujeción a toda organización social, cooperativistas y comunitarios que defienden la pequeña propiedad artesanal y agraria en forma asociativa, ecologistas que buscan leyes de protección del medio ambiente, activistas que defienden las libertades civiles y creen en una progresiva libertarización del poder político. El espectro es amplio. En algún momento, hasta Borges se definió como anarquista".
Bellucci rescata otra idea de Ferrer: "Dice que en cada rincón del mundo, por más pequeño que sea, siempre te vas a encontrar con un anarquista. Fueron pocos, para la revolución cultural, política y de las ideas que produjeron. Por ejemplo, las anarquistas de principios del siglo XX anticiparon el gran lema de los feminismos de los '60, 'lo personal es político', al cuestionar el mundo de lo privado, de los afectos y la sexualidad".
"La figura del anarquista 'tirabombas' de finales del siglo XIX y principios del XX es claramente un anacronismo. Y peligroso. Si lo que se quiere es combatir al Estado, termina favoreciendo y reforzando el aumento de la represión y el control estatal", explica Baigorria. "Las corrientes que siguen la tradición ácrata de la abolición o destrucción del Estado hoy quedaron completamente desactualizadas, al mantener una idea de cómo era el Estado en el siglo XIX, cuando hoy vemos que el Estado es o podría y debería ser garante de educación, salud pública y un bienestar social amenazado en todo el mundo por un poder financiero y corporativo internacional. O sea, que hay algo más poderoso que el viejo Estado monárquico y absolutista del pasado".
De cara al G20 porteño y observando experiencias en otros países donde actuó el llamado Black Bloc en los márgenes de las marchas, Baigorria cree que algunos de estos grupos son fácilmente infiltrables y manipulables para que realicen acciones violentas que justifiquen la represión, el control y el aumento del miedo en las poblaciones. "Al tirar molotovs, piedras o salir a romper todo en las manifestaciones –y no sólo son anarquistas los que hacen esto–, terminan provocando la reacción policial que disuelve las concentraciones, aumenta el miedo a participar y destruye toda posibilidad de protesta pacífica". «
Pedagogía libertaria y educación popular
Luego de un primer allanamiento en un caserón de San Cristóbal, los escuadrones especiales de la Policía irrumpieron en el Ateneo Anarquista de Constitución, de la calle Brasil 1551. Se fueron con las manos vacías. No tomaron ni un solo libro de la generosa biblioteca. Mucho menos del archivo de publicaciones libertarias más importante del país. Ese mismo local fue sede de la histórica Federación Libertaria Argentina (FLA). En 2011, la FLA tuvo que mudarse a la fuerza a otro local. Comparte espacio con la Escuela Libre de Constitución, un bachillerato de educación popular autogestionado en el que estudiantes y docentes discuten el programa en asamblea. El "Bachi" recupera los principios de la pedagogía libertaria. Tiene 25 estudiantes y unos 20 docentes. No recibe subsidio alguno: el emprendimiento se autofinancia y los docentes eligen no cobrar un sueldo.
Publicado en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 11 de noviembre de 2018

El Molino

La Confitería del Molino ya no es lo que era. Desde hace algunas semanas, sin las telas harapientas que escondían su opulento rostro, el edificio perdió su aspecto fantasmal. El viernes, con más de 30 grados y aún sin tormenta, los restauradores trabajaron a contrarreloj pero con la frialdad de un cirujano. En menos de 24 horas, antes de que comenzara La Noche de los Museos, su tarea debía estar finiquitada. Por una velada, reabre sus puertas la majestuosa confitería de Rivadavia y Callao. O mejor dicho, lo que queda de ella.
Adentro no había mozos ni aroma de café con leche, ni masas finas en las vitrinas. El fastuoso gran salón de la planta baja por donde desfiló la crema y nata porteña lucía el viernes un vacío ejemplar. El paso del tiempo y la falta de mantenimiento tras 21 años de abandono dejaron al gigante medio grogui. De a poco, parece, intenta ponerse de pie.
Después de la expropiación de 2014, una comisión administradora bicameral, con apoyo del Ministerio del Interior y la Ciudad, puso manos a la obra: "En 70 días se realizaron trabajos de seguridad, limpieza y sobre todo la catalogación del patrimonio. Hay equipos restaurando los vitraux, la cúpula y los pisos. Estaba todo muy deteriorado. Va a llevar tiempo recuperarlo, esto no es lijar y darle una manito de pintura. Pero hay que hacerlo, el Molino forma parte de nuestro patrimonio histórico y cultural", dice Ricardo Angelucci, secretario administrativo del ente. No se equivoca. La creación del arquitecto Francesco Gianotti es la obra máxima del art nouveau porteño, y su historia es fascinante.
La confitería heredó su nombre de una panadería con molino harinero que se alzaba en Rivadavia y Rodríguez Peña. Propiedad de un prusiano, fue demolido en la década de 1880, cuando se diseñó la Plaza del Congreso. El local se mudó luego a la esquina de Callao, donde ganó fama con un nuevo dueño, el italiano Gaetano Brena. Para comienzos del siglo XX y con el Palacio Legislativo en plena edificación, Brena pensó en expandirse, y en un encuentro de la colectividad conoció al joven Gianotti, que estaba terminando la Galería Güemes y era la estrella rutilante de la arquitectura local. Le confió su sueño: hacer la más espectacular confitería jamás vista. Cuentan que Gianotti dibujó el quijotesco molino en un mantel. Seducido por los bocetos, Brena contrató a su paisano pero le puso dos condiciones: que la obra no implicara cerrar la confitería ni un solo día, y que estuviera lista para el Centenario de la Independencia. El arquitecto cumplió en tiempo y forma.
El edificio de casi 7000 metros cuadrados tiene cinco pisos y tres subsuelos. El salón principal fue testigo de la vida social y política argentina. Alfredo Palacios, Evita, Gardel, Libertad Lamarque, Leopoldo Lugones y Roberto Artl fueron parroquianos. En una de las vitrinas que queda en pie pueden apreciarse piezas de la finísima vajilla, una caja intacta del inmortal panettone y hasta una carta con la oferta para el brunch. La medida de fernet a sólo $ 4,50, una ganga. 
"Recuperar el edificio no implica sólo un trabajo desde lo arquitectónico sino reconstruir una memoria integral. No queremos rescatar sólo el Molino de la belle époque, sino también el de la lucha de Norma Plá, acá en la esquina", explica Mónica Capano, asesora de la comisión.
Los anónimos laburantes del Molino, dejados a la deriva por los exdueños, merecen un capítulo en estas memorias. Hace algunos días, don Antonio Sanchíz Cañadén, maestro pastelero de 91 años, volvió a la abatida cocina donde se ganó la vida durante décadas. Se le iluminaron los ojos al recordar los huevos de chocolate que decoraba para Pascua. Trabajaba codo a codo con un colega ucraniano en las entrañas del primer subsuelo del monstruo: un espacio claustrofóbico, pegado al horno siempre tórrido, sólo ventilado por la dignidad de los obreros. Además de un magnífico monumento, el Molino también es un documento de la barbarie. 
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Apología del cuero



“Hoy vine a ver al ‘Pelado’ Halford, el rey del cuero”, explica un motoquero a los impávidos patovicas, en el acceso a Tecnópolis, frente a la Avenida General Paz. “A los muchachos les sacaron las muñequeras, a mí me piden que deje el cinturón. Toca Judas, heavy metal, hermano. No es Tini Stoessel, qué quieren, que vengamos en tutú”, se resigna y deja su pesada bijouterie este caballero rodante, llegado desde el Conurbano Sur. Un personaje digno de los primeros films de Campusano. “Ya fue -se despide el motero- hago cualquier cosa por ver al Pelado”.
El predio de Tecnópolis luce un vacío ejemplar. Una metáfora digna del estado de precarización del arte, la ciencia y la tecnología que predica el gobierno de Macri. En oposición, el estadio indoor se muestra casi lleno: salvo los codos, está repleto de fieles metaleros que se acercaron para disfrutar de la segunda edición del Solid Rock Festival. “Casi tres lucas la entrada para el campo. Mirá si no hacemos sacrificios para seguir a Judas. No queda otra, querido, seguiremos peleándola. Luchando por el metal”, dice Gustavo, comerciante matancero, desde el corazón del pulcro Beer Park del estadio. Un espacio bien custodiado desde las alturas por una pantagruélica obra de Marcos López. Colorido arte pop latino que en el fondo no desentona entre tanto cuero oscuro. Cultura popular. El viejo Gustavo deja ver su elegancia ataviado con un gorrito leather, gafas ahumadas, tapado largo dark y pesadísimos borcegos al tono. Estricta etiqueta negra.
Tres créditos locales son los encargados de encender la maquinaria pesada: Humo del Cairo y su tupida psicodelia stoner; luego irrumpen los Helker, power metal afiladísimo; y el cierre para el dúo de progresismo heavy bautizado ON-OFF. Mucha entrega, que lamentablemente fue premiada con aplausos tibios. 
A las 19:30, con puntualidad británica, la avanzada foránea se desata con los Black Star Riders. La “súper” banda formada por ex miembros de Thin Lizzy y Ratt no le mueve ni un pelo al campo. Hard Rock envasado al vacío. Disfrutaron sólo unos pocos seguidores.
Cuando los Alice in Chains suben al escenario, es cuestión de cerrar los ojos y dejarse llevar en un viaje mental de regreso hasta el inicio de los años noventa. Tiempos dulces del vaquero guerrero Bush padre en Gringolandia y también del nefasto menemato neoliberal en estos pagos. ¿La banda de sonido? No se duda, allá y acá, el tsunami grunge parido en Seattle. Un parnaso conformado por Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden y los más pesados, oscuros y densos de la nueva ola, los Alice in Chains. Pasaron las décadas, los jugadores (al frontman Layne Stanley lo alcanzó la parca heroína en 2002), pero la  fórmula sigue intacta. Aunque los muchachos comandados por el héroe de la guitarra Jerry Cantrell arrancan fuerte con “Check My Brain” del año 2009 y el novísimo “Never Fade”, su narcótico sonido empieza a pegar con gemas como “Again” y los rabiosos “Them Bones” y “Dam That River”, clásicos de clásicos de su sucia obra cumbre Dirt (1992). Se destaca la base del bajo de Mike Inez y el golpe de Sean Kinney siempre preciso, en su lugar. Aunque no cuenta con la garganta desgarradora de Stanley, el morocho enrulado William DuVall está a la altura. “Angry Chair”, “Man in The Box”, “No Excuses” y “Would?”: perlas negras. El cierre es para “Rooster”, el tema que Cantrell dedicó a su padre, veterano de la Guerra de Vietnam. Ese poema antibelicista que arranca diciendo: “Aún no encuentran la manera de matarme”.
El prólogo del cierre a toda orquesta con Judas Priest sobre las tablas comienza con un homenaje. Desde los parlantes suena “War Pigs” de Black Sabbath, como oración pagana e invocación antirreligiosa a los padres fundadores del heavy metal. Amén.
Los comandados por Halford rompen el hielo con “Firepower”, incendiaria pieza que da título a su nuevo disco (¡el 18º de su dilatada carrera!), salido del horno hace pocos meses. El Pelado irrumpe en escena enfundado en una metalizada chaqueta de motoquero galáctico. Recorre el escenario con parsimoniosa teatralidad a sus jóvenes 67 pirulos. Un Tom of Finland que sodomiza el micrófono con sus agudos imposibles para cualquier mortal. 
Pasan “Sinner”, “Ripper”, “Turbo Lover”, “Freewheling Burning” y “You’ve Got Another Thing Comin'”. La maquinaria metálica de Judas es una aplanadora. La alimentan el bajista histórico Ian Hill, Andy Sneap y el blondo Richie Faulkner en las violas y el pulpo Scott Travis en la batería. La puesta en escena rebasa de animaciones con fuego, acero, tachas y, por supuesto, motos. El clímax llega con Halford montado en su Harley Davidson, fusta SM en mano y una versión demoledora de “Hell Bent For Leather”. Pegado, el falso cierre con “Painkiller”, y luego tres padrenuestros del sacerdote para los bises: “Electric Eye”, “Breaking The Law” y, apenas pasada la medianoche, “Living After Midnight” detonan el estadio. En el campo, miles de metaleros saltan felices. Transpirados. Muchos en cuero.
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

Todos tus muertos

En el patio de la Fundación Mercedes Sosa, en el barrio de San Telmo, una multitud se congrega para celebrar el reencuentro, la memoria y el legado de los que ya no están. Día de los Difuntos, Día de los Muertos, Día de todos los Santos o Aya Markay Quillapara los pueblos andinos. Si hace menos de 30 años era en nuestras ciudades de Latinoamérica visita obligada al cementerio, hoy la celebración se ha resignificado: “En la Argentina hay cierta tendencia al tabú en relación a la muerte, a barrearla bajo la alfombra. Ciertas maneras que heredamos social y culturalmente. Hace un tiempo, en casa empezamos a reflexionar, a hacernos preguntas sobre las formas de atravesar la pérdida de un ser querido. Así nace la idea de este encuentro”, cuentan a coro Ana y Federico, mentores y motores del evento. Ella es comunicadora y él, gestor cultural. Son pareja.
La génesis del encuentro se dio el año pasado, cuando decidieron armar un altar comunitario en un pasaje adoquinado del barrio: “Abrimos un grupo de Facebook y la respuesta superó nuestras expectativas.” Por desgracia, un diluvio les aguó el festejo. Este año buscaron la revancha: “Se armó un colectivo con vecinos, artesanos, artistas interesados en armar un encuentro que rescate la tradición del festejo y la herencia de los que nos antecedieron, con una concepción celebratoria y de reencuentro.” Una experiencia que rescata la concepción de los ritos mexicanos y andinos.
Los preparativos llevaron meses. Pero el esfuerzo y la dedicación saltan a la vista de las decenas de visitantes que recorren el predio. Feria gastronómica, 40 artesanos que ofrecen sus obras, shows musicales y presentaciones de cuentacuentos. “La fiesta es como el iceberg que emerge. Pero también hicimos muchas actividades durante toda la semana. Charlas sobre la cosmovisión andina, proyección de documentales y talleres de armado de flores y calaveritas.”
El corazón del encuentro es el altar comunitario. Una mesa colorida repleta de frutas, choclos, guirnaldas y fotos (de personajes ilustres y no tanto) de los que ya no están entre nosotros. Desde Cerati hasta la Negra Sosa, sin olvidar a Frida Kahlo: “Cada visitante puede traer su ofrenda, porque en el fondo, nuestro objetivo es generar una auténtica comunidad.”
Esta tarde, Federico recuerda especialmente a su padre: “Este festejo es una buena oportunidad para transmitirle a nuestro hijo quién era su abuelo.” Su mujer Ana trae de regreso la memoria de su abuela: “Se siente como un reencuentro con nuestros queridos muertitos, como dicen los mexicanos. Nos duele que ya no estén, pero celebramos por todos los momentos que compartimos.”
“En el Día de los Muertos, lo que en realidad celebramos es la vida”, dice Jonathan, tatuador y artesano, cerca del puesto donde ofrece calaveras y diablitos bien pintaditos a mano. Las calaveras del inmortal José Guadalupe Posadas son la estrella icónica del encuentro. Jonathan confiesa que es la primera vez que participa en el festejo: “Cuando pienso en la muerte, en los que ya no están, no lo hago con tristeza. Este también puede ser un momento de alegría”, confiesa el joven llegado desde La Boca. Este 2 de noviembre, recuerda a familiares queridos: “Pero también a gente que no conocí en persona, pero que me marca el camino con sus valores, como el doctor Favaloro. Tampoco me olvido de Santiago Maldonado.”
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá.

miércoles, 31 de octubre de 2018

El último trago de Viscarra

El primer brindis es por el título. El libro que congrega todas las obras del escritor boliviano Víctor Hugo Viscarra se titula La del estribo. Justo, necesario y postrero guiño etílico-literario para el autor de Borracho estaba, pero me acuerdo, a esta altura del partido un clásico de clásicos de la narrativa boliviana contemporánea.  “Cuando uno está farreando entre amigos y quiere tomar la última copa, se dice ‘vamos a tomar la del estribo’. Esto se da antes de partir, cuando ya sólo queda tomar lo último. Es un buen título para las obras completas”, explicó Manuel Vargas Severiche, prolífico escritor cruceño e histórico editor de Viscarra, en una reciente entrevista con el matutino andino Página Siete. El voluminoso libro, publicado por la casa editorial paceña  3600, tiene más de 600 páginas, cuatro prólogos y la portada tatuada con una filosa ilustración de Viscarra, con una botella escarlata incrustada en su pecho, que es obra de Frank Arbelo. ¡A tu salud, Víctor Hugo!  
El antropólogo
“Soy antropólogo: soy experto en antros”, decía Viscarra para presentarse como relator del submundo boliviano. Este cronista del margen escribió sobre lo que vivió en carne propia: el laberinto de las empinadas calles andinas, las cantinas de mala muerte, la cárcel, el mortífero y cómplice alcohol barato, la delincuencia, las drogas y la marginalidad. También sobre la soledad, la dignidad de los nadies y su imperecedera necesidad de escribir. Pese a todo escribir.  
Lejos de cualquier visión romantizada, a mitad de camino entre la crónica, las memorias y el cuento corto, las decenas de relatos reunidos en el volumen La del estribo pintan un durísimo, feroz y a la vez fascinante fresco del hondo bajo fondo. “Jamás podrán decir que Viscarra escribía sobre lo que no sabía, como ocurre con varios escritores borders de moda”, explica Virginia Ayllón, escritora, crítica cultural, compinche y amiga de fierro del autor.
Las calles donde Viscarra no tenía nada que perder, donde caminar la noche con un escuálido abrigo y su botellita con alcohol puro a la espera de los salvadores rayos del alba fueron construyendo su universo. Delincuentes de prontuarios flacos que agonizan en granjas de rehabilitación, humildes emigrados del campo que subsisten a los tumbos cargando sus penas en los mercados populares, lustrabotas que vuelan entre vahos de thinner, viejos proxenetas venidos a menos, expertos en cuentos del tío y otras sableadas, avispados perros de la calle y voluptuosas cholitas dedicadas al strip-tease y a otras malarias. Quedan a flote, sólo unos pocos. Habitantes y laburantes del margen: realismo sucio andino.
Se puede pensar que la de Viscarra es una literatura menor que asume una doble marginalidad: desde lo que dice –sus personajes, escenarios y andanzas– hasta cómo lo dice. Voces quechuas, aymaras, campesinas, lúmpenes y siempre explotadas. Sus memorias tejen, en primera persona, la política marginal de las urbes andinas.
Nací viejo
Viscarra nació el 2 de enero de 1958. Su madre era pobre, su padrastro era pobre, todo el mundo –salvo dos o tres familias dueñas de las minas de estaño– era pobre en la Bolivia de aquellos años. “Puedo decir que a los doce años me sumergía de cabeza en la noche. En sus oscuras entrañas aprendí cosas, buenas y malas. La noche de La Paz es un laberinto que, al no tener principio, tampoco tiene fin, y uno puede perderse para siempre”, escribe Viscarra en “Frío en el alma”. Desde aquella noche iniciática, las leyendas urbanas sobre las derivas del “Bukowski boliviano” lo transformaron en un auténtico mito dentro de la literatura andina: efímeros pasos por redacciones, algunas changas como escritor fantasma y otras fugaces intervenciones menores en diversos oficios terrestres con la omnipresente sombra del alcohol a cuestas.
Su primer libro, que lo rescató del anonimato, fue Coba: lenguaje secreto del hampa boliviano (1981), un soberbio documento recopilatorio del lunfardo y el argot carcelario, que la policía nacional publicó sin siquiera mencionar al cronista. Luego de aquel primer mal trago llegaron el notable Relatos de Víctor Hugo (1996), luego Alcoholatum & otros drinksCrónicas para gatos y pelagatos (2001), más tarde el popular Borracho estaba… (2002), poco antes de su muerte el premonitorio Avisos necrológicos(2005) y el póstumo Ch’aki fulero (2007). Best sellers piratas desde hace más de una década. La del estribo, con edición al cuidado de Marcelo Martínez, asume el noble desafío de reunir en un solo volumen todas estas obras hermanas. Todavía se aguarda su llegada a las librerías argentinas. En estas pampas, Viscarra tiene numerosos lectores fieles.
En varios de sus relatos, Viscarra vaticinó su muerte antes de llegar a los cincuenta años (“Nacionalizo una pistola y me pego un tiro”). Ni hizo falta, el tiro del final se lo dio una cirrosis fulminante, que se lo llevó en mayo de 2006. Sus restos reposan en el Cementerio General paceño.
Peleando a la contra
Desde los callejones paceños y cochabambinos, Viscarra supo transformarse en la punta de lanza del grupo de narradores que comenzaron a gestar sus proyectos literarios algunas décadas después de que el cimbronazo político y social de la Revolución del ’52 haya quedado empantanado en reformismos tibios. Pero no tan alejados de la dura herencia de los gobiernos militares y los años dulces de la cocaína y el neoliberalismo. Un poco antes de la llegada de Evo Morales al poder.
Los relatos de otros escritores paceños, como la extensa obra del maldito Jaime Sáenz, los cuentos y novelas de Adolfo Cárdenas, Wilmer Urrelo Zárate, Spedding y Willy Camacho tienen sintonía con la obra de Viscarra. Relatos urbanos, textos con un manejo erudito del argot callejero y sus voces. Historias donde el humor ácido y la ironía se beben de un saque.
En sus libros, Viscarra trazó una cartografía marginal sobre mercados negros, comedores populares, basurales, puteros, comisarías, bares, cabarets y barriadas periféricas. Una ciudad de La Paz semiclandestina. La de antros fantasmagóricos como La Casa Blanca, La Curvita, Las Cadenas (con sus vasos y ceniceros encadenados a las mesas), El Pezón de la Mariposa, El Averno (con sus paredes decoradas con imágenes de La Divina Comedia), El Abismo y El Volcán. Cuevas donde los tragos servidos en latas oxidadas cuestan centavos y la regla es amanecer muerto o, con suerte, desnudo. Con su especial manera de narrar su resistencia, Viscarra también luchaba por ser un extranjero en su propia lengua y por construir un espacio al margen del canon literario boliviano que lo condenó a un frío ostracismo. Y lo sigue haciendo.
En su última entrevista, pocos meses antes de su muerte, Viscarra se despidió a su manera: “El mío es un trabajo contraliterario. Hay muchos que se sienten ofendidos con mi literatura. Con mi libro Borracho estaba, pero me acuerdo he tenido tres juicios por difamación. Pero como no tengo un lugar fijo donde vivir, no pasó nada. Además, todos los que me homenajean son unos hipócritas que viven en la porquería. El Apocalipsis dice que vendrá el Juicio Final y habrá gente que se irá al infierno por sus actos, pero yo digo: me da igual, porque he vivido toda mi vida en un infierno”.

lunes, 29 de octubre de 2018

Esclavos del goce

En la puerta del boliche, una joven ataviada de negro inmaculado pregunta el nombre al recién llegado. Al escuchar "Señor X", habilita el ingreso y entrega una etiqueta autoadhesiva con el pseudónimo elegido para la ocasión, tatuado a mano. Es la llave que abre la puerta al festejo mensual de Mazmorra, la web argentina consagrada al sadomasoquismo. Con más de una década de historia, es reconocida como la más importante de habla hispana: tiene más de 90 mil miembros activos que buscan el placer en las diversas prácticas de sexualidad alternativa que hermana el acrónimo BDSM. "Usualmente vienen más de 200 personas –cuenta un caballero cerca del guardarropas–, pero como es justo fin de mes, por ahí baja la convocatoria". La crisis también golpea en este nicho.
Dos minutos para la medianoche del sábado. Sin prisa, sin pausa, va cayendo gente a la disco, a pasos del Obelisco. Hay muchas parejas y solitarias y solitarios de todas las edades. La mayoría, navegantes experimentados de los foros de Mazmorra, pero también algunos voyeurs o simples curiosos que dan sus primeros pasos en el gremio.
"Yo también llegué por curiosidad. Venía leyendo mucho del tema: Sade, el Kama-sutray sobre todo Internet, para conocer otras experiencias. Tenía parejas, pero sentía que en el sexo me faltaba algo. Al principio me costó venir, es difícil el paso de lo virtual a lo físico", cuenta N, una joven estudiante. Recuerda que la tercera vez que la invitaron al encuentro, fue la vencida. En el debut sintió timidez, ciertas ataduras sólo le permitieron tantear el terreno, pero con el pasar de las fiestas se soltó y comenzó a explorar las diversas superficies del placer. Así descubrió qué era lo que le gustaba: la sumisión. "Me siento a gusto en ese rol. Disfruto mucho las sesiones en el potro. Son momentos de diálogo entre el placer de mi amo y el mío". Pura dialéctica hegeliana puesta en práctica con los cuerpos.
En el living, grupitos de pibes y algunas parejitas matan el tiempo compartiendo un trago, fumando o simplemente haciéndose unos mimos fríos. En un rato, las sesiones calientes en el subsuelo harán subir la temperatura. "Dejamos que el morbo y las fantasías fluyan –se despide N antes de perderse en la pista–. El BDSM es pleno disfrute. A alguien que no es de este mundo le digo que no viva el sexo como un tabú. Todos lo practicamos, hasta nuestros padres. Quién te dice que en este momento, tus papás no estén practicando sadomasoquismo en su cuarto".
Amo a mi amo
Con más de una década de historia en el BDSM, Ciro es toda una eminencia de la fusta de cuero y otros utensilios. Explica, café de por medio en un bar porteño, que el BDSM incluye en su sigla las prácticas del bondage (ataduras), la dominación (y la sumisión), el sadismo y el masoquismo. Una ley capital marca los límites de estas disciplinas: la relación ama/o-esclava/o o dominante-sumisa/o debe ser consensuada. "Hay que desmitificar esto. El BDSM es el lado opuesto de la violencia. Tiene mucho más que ver con la búsqueda del placer, con entregarse plenamente al goce. Nosotros, la mayoría, tenemos vidas comunes, pero a la hora de expresar nuestra sexualidad, nos permitimos explorar sensaciones más allá de lo normal". ¿Qué es lo normal? "Vainilla" es como apodan los cultores del BDSM al sexo "tradicional".
Ciro bucea en su memoria y recuerda una experiencia iniciática: "Era muy pendejo, tendría unos 12 años y estaba viendo la película Barbarella con mi familia. Ahí aparecía el Doctor Duran Duran y su Orgasmatron, la máquina que mataba con orgasmos. Veía la peli y pensaba: 'Olalá, yo quiero eso'". En su adolescencia se fascinó con las revistas porno europeas que conseguía: "Todo muy bizarro, con chongos de cuero, bastantes sórdidos, la vieja escuela del SM". La siguiente parada en su formación llegó con la web: "Al principio era todo muy idealizado, lo llamamos de corte 'mesiánico', que es el cuento rosa pero en versión sado. Tipo la Historia de O, el dominante y su grupo de esclavas, una visión estereotipada que llega hasta nuestros días y que difundió al extremo 50 sombras de Grey".  A los 30 y pico, decidió soltar amarras: "Empecé a plantearme las relaciones de otra manera. Necesitaba cruzar los límites impuestos. Sigo teniendo sexo vainilla, pero prefiero lo otro". Agrega que salir del clóset es difícil: el BDSM sigue siendo un tabú, como el sexo en general.
Siempre asumió el rol de amo en sus encuentros. Y ello implica una gran responsabilidad: "Cuando una persona me dice: 'Haceme lo que quieras', paro la pelota y le digo: 'Charlemos'. Hablamos de los límites: los duros, que nunca se van a traspasar, y los flexibles, que con autoconocimiento y entendimiento pueden cruzarse en el futuro. Soy muy protocolar en mis relaciones, para dar un marco de acción consensuado. Firmo un contrato". El documento incluye un check list, un minucioso listado que detalla las reglas de juego, prácticas y márgenes de dolor aprobado: "No tiene valor legal, pero sí carácter simbólico en esta comunidad. Como el collar con las iniciales del amo que marca propiedad sobre el sumiso. Ser amo supone un acuerdo, confianza. Atás a la persona que está bajo tu control, la vendás y se entrega totalmente. Si no hay consentimiento, sería manipulación, o peor, abuso. Nuestra búsqueda va por otro lado".
Mi ama me ama
Además de organizadora de los eventos de Mazmorra, Paula es la pareja y sumisa de Ciro. Hace memoria: "Llegué hace cuatro años. Siempre tuve fantasías 'raras', pero cuando se las planteé a mi exmarido, me mandó literalmente al psiquiatra". Las sesiones de terapia y las charlas con especialistas en juegos sexuales le abrieron los ojos. "Sabía que existía el BDSM, pero no le entendía la onda. Entonces conocí a Ciro. Al principio charlamos un montón y de su mano empecé a descubrir qué me divertía en la cama y también qué no".
En el medio, cuenta Paula, tuvo su deconstrucción como mujer. Es feminista, y eso implica romper las estructuras en el BDSM, un espacio tradicionalmente sometido por el machismo. En los eventos, dicen, predican contra ese paradigma: "Feminista sumisa, suena raro, ¿no? Pero en este camino de autoexploración de mi placer, ser sumisa me empodera como mujer. Pienso que el sexo convencional es machista, sólo importa el placer del hombre. Cuando nosotras elegimos un rol, lo atamos a nuestro placer. El límite está en el preciso momento en que nos deja de gustar".
Unidos y dominados
El código de vestimenta en la fiesta es diverso: desde el icónico leather (el cuero predomina en camperas, muñequeras, borcegos y, por supuesto, collares) hasta elegantísimos vestidos largos y tacos aguja kilométricos. Algunos caballeros lucen acodados en la barra una elegancia sobria, con sweaters anudados al cuello. Otros, más glamorosos, emperifollados con peluquitas carré y minifaldas, brillan como personajes de animé en la pista de baile del primer piso. Los juegos de rol y el fetichismo nunca pasan de moda.
El subsuelo está poblado por un oscuro mobiliario: potros de tortura finamente acolchonados, arcos para practicar el shibari –la disciplina de atadura de origen japonés–, diminutas celdas y cruces de San Andrés con sus cadenas. Un espacio bien dispuesto para la experimentación. Con una sola regla suprema: sano, seguro y consensuado.
El DJ dispara por los parlantes clásicos de Marilyn Manson y Nine Inch Neils. Un gran círculo humano disfruta con extremo respeto de una performance extrema. Con los ojos bien cerrados, una chica atada con papel film a una columna se entrega al placer que le brindan un chico de rostro enmascarado y una señorita vestida de impoluto cuero. Juegan con la respiración y con una fusta. En el clímax, el trío se funde en un abrazo.
El pibe de la careta se hace llamar Míster K: "Me gusta esto de incorporar la actuación, los roles. Pero no es solo un juego, hay que estudiar para las sesiones. Y la mejor manera es practicar: puedo pasarme horas buscando los puntos erógenos. Encontrarlos es hermoso. Cada ser humano es un mundo". Se define como un amo sádico, y eso implica un vínculo muy fuerte con sus sumisos: "Hay que construir confianza. Además está la palabra de seguridad, que garantiza el cuidado de la persona. Esto no es 'te pego en el culo hasta cansarme'".
A las 4 de la mañana, el subsuelo luce exhausto. "¿Ya se retira, Señor X?", pregunta la Señorita O cerca de la salida. Cuenta que antes de llegar a Mazmorra sentía muchos pruritos con su cuerpo: "Era muy reprimida, tenía inseguridad, pero acá aprendí, más allá de explorar mi deseo, a relacionarme con las personas". Hoy exhibe sus generosas curvas sin prejuicios. En la comunidad encontró compañeros de placer y, sobre todo, amigos: "¿Sabés lo que es el BDSM? Una forma de comunicación".
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

domingo, 14 de octubre de 2018

De la cabeza

La dueña de la sombrerería Maidana tiene un don muy especial. Cuando un cliente entra a su local, Adriana demora una fracción de segundo en adivinar el talle preciso para su cabeza. "Debe ser la vista de sombrerera –explica–, herencia de mi familia, que tiene más de un siglo en el rubro". Su padre, su abuelo y su bisabuelo fueron sombrereros, y sus hijos dan una mano. Todos son auténticos artesanos de la buena sombra.
Con sus variados diseños, los Maidana han dado elegancia, estilo y reparadora protección a las cabezas de varias generaciones. Sin dudas, entrar a este clásico local de la avenida Rivadavia al 1900 es una invitación a recorrer la historia familiar. Como la tarde viene floja, por la crisis y la ausencia de clientes, Adriana se toma el tiempo necesario para repasar las andanzas y desandanzas de sus antepasados en el gremio.
Cuenta que el primer miembro del linaje fue Luis Maidana, migrante italiano llegado al puerto de Buenos Aires a principios del siglo XX: "Mi bisabuelo aprendió el oficio en Europa. Piense que Italia es la cuna del borsalino. Acá arrancó marcando tafiletes, el cuero que va dentro de la copa. Trabajaba para varias casas". Al poco tiempo, una idea le empezó a dar vueltas en la testa: ser su propio jefe. Entonces, Luis se asoció a otro obrero y empezaron a producir bombines y otras variedades en un caserón de Palermo. Los primeros años fueron duros, pero lograron abrir un local sobre la calle Victoria, frente al antiguo Senado.
El sombrero era todavía un signo de distinción patricia, aristocrática y por demás elitista. El poder siempre se sube a la cabeza: desde el chambergo de Bartolomé Mitre hasta las galeritas de la UCR antipersonalista de Marcelo T. de Alvear, pasando por el bicorne emplumado de Roca. En las antípodas estaba Hipólito Yrigoyen, que prefería diseños más populares como el bombín, heredero directo del jipijapa con que San Martín cruzó los Andes o el gorro frigio del escudo nacional. Adriana asegura que el "Peludo" era cliente asiduo de la casa. Dejaba su gastado hongo de fieltro para que lo reparara Maidana.
Luis Bonifacio, el hijo de don Luis, tomó la posta en los años '30. Cuando mudó el local a Rivadavia, comenzaba en la Argentina la edad de oro del sombrero. "Tomó impulso a nivel urbano con el ascenso de las clases medias –cuenta Adriana y señala una foto de Gardel coronado con su inmortal orión–. Los hijos de los inmigrantes tuvieron su primer sombrero. Era una señal de progreso". En esos años nadie salía a la calle sin la obligada protección sobre el marulo. El abuelo de Adriana vio florecer el negocio, pero murió joven.
En 1962, agarró las riendas su hijo Jorge y reorientó la producción hacia el nicho campestre. "Mi papá es un gran innovador. En los '70 diseñó el corazón de potro, nuestra marca registrada". Don Jorge rompió las hormas con un modelo de copa cónica y ala corta que batió records de venta entre los criadores de caballos de la Pampa húmeda, los paisanos de la Patagonia y los gaúchos de Rio Grande do Sul: "Hasta ese momento se usaba el campero, que es una derivación del sombrero sevillano. Mi papá ahora está con algunos achaques de salud. Pero antes de retirarse creó su último gran diseño: el hornero". La obra, inspirada en el trigueño nido del ave patria, puede apreciarse en las vitrinas del local. Chapeau!
Adriana es, desde hace años, la primera mujer al mando: "No me dedico a la producción porque implica mucha fuerza física. Soy cero agujas. Lo mío es la teoría del diseño y las ventas". También puede dar lecciones magistrales sobre la historia del sombrero. Y, quizá lo más importante para el cliente inexperto, tiene muy buen gusto: "Si el usuario es flexible, recomiendo un sombrero acorde a su contextura física, su corte de cara. A usted, que es alto, nunca le daría una copa demasiado alta, ni el ala muy chiquita. Un carajito no es para usted". Frente al espejo, se descubre que Adriana siempre tiene razón.
Sombrero en guaraní
Los sombreros Maidana son 100% fatti in casa. Daniel es el maestro artesano al mando del taller, un espacio enclavado al fondo del local, a plena vista del cliente, que atesora vitales herramientas con más de un siglo de trabajo a cuestas: pesadas planchas, hormas torneadas de madera maciza y el extrañísimo conformador, un objeto digno de la imaginación de Julio Verne que mide el diámetro preciso de la cabeza del cliente. 
Daniel es paraguayo, nacido y criado en la triplefronteriza Ciudad del Este. Trabaja en el taller desde 2011. "Cuando entré, prácticamente no sabía ni cómo ponerme un sombrero", dice, pícaro. Las sabias enseñanzas de don Jorge y Adriana lo han convertido en un experto en la materia. De los últimos que quedan en el país.
El artesano resume los pasos básicos del oficio. Primero, domar la materia prima (fieltro hecho con pelo de liebre compactado con fuerza centrífuga y vapor); enseguida, montarla sobre las hormas para marcar la copa; luego, la fina costura, el modelaje, el planchado… y listo el sombrero. El lento proceso demora tres días de ardua faena manual. Esta tarde, Daniel plancha con digna templanza paraguaya un modelo "tango", ideal para los pocos malevos que quedan en el siglo XXI.
La reparación es un servicio innovador que ofrece el profesional. Si el ejemplar se mancha o pierde su forma, es posible dejarlo como nuevo. Pero hay casos perdidos: "Si te lo agarran las polillas, fuiste. Porque el trabajo con el vapor estira los agujeros y rompe el fieltro. Ahí no queda otra que poner una pluma o una piedrita de color".
Daniel no hace gala de sus obras. Apenas atesora un par de sombreros de verano en su ajuar. Los usa en contadas ocasiones. "Por ahí es por prejuicio. A veces, mis paisanos me cargan. Es que en Paraguay, se le dice 'sombrero' al 'pata de lana' –ríe el guaraní–. Los amigos que saben de mi oficio no dejan que me acerque a sus mujeres".
Por una cabeza
Dice Adriana que los argentinos somos bastante conservadores: "Si salís a la calle con sombrero, te miran como un bicho raro, somos pacatos". Entre su clientela, destaca la afluencia de médicos, abogados y, por supuesto, trabajadores rurales: "No es masivo, antes era distinto, cambió mucho la manera de vestir. Y tampoco se usa sombrero en la ciudad por razones prácticas. ¿Cómo hacés para viajar en subte en hora pico? Imposible". Aunque el público adulto es mayoría, cada vez son más los jóvenes rockeros y tangueros de la nueva guardia que rompen el tabú.
Otro nicho novedoso es el de los clientes que llegan por prescripción médica. No es posible tapar el sol con un dedo pero sí con un buen sombrero. La sombra que regala un buen corazón de potro se consigue por $ 4200. Y por casi $ 5500, un auténtico panamá. Hecho a mano, claro.
Al posar con sus productos, la vendedora destaca su fetiche: un canotier de estilo gondoliere veneciano. Aunque no olvida las virtudes de las galeras inglesas de felpa. "No sé si volverá la época gloriosa. Menos en estos años de tormentas económicas. Igual, ya estamos acostumbrados a soportar vendavales. Y nunca se nos voló el sombrero".  «
Políticos con sombrero
A 50 metros del Congreso, la tienda Maidana ha vestido, sin distinción de ideologías, las cabezas de Alfredo Palacios, Arturo Illia, Carlos Ruckauf, Federico Pinedo y hasta De la Rúa, que prefería las gorras. ¿Su mayor desafío? Sin dudas, el campero extralarge de Eduardo Duhalde. También líderes de la talla de Lula y Bill Clinton protegieron sus ideas bajo el ala de un Maidana.
Publicada en Tiempo Argentino por acá.

sábado, 13 de octubre de 2018

Postales salvajes

En la primera postal se ve un curtido mapa de Norteamérica. Una línea tatuada con fibra gruesa se mueve a los tumbos desde el extremo sur del continente. Cruza la frontera del Río Bravo y atraviesa San Bernardino, Los Ángeles, San Francisco y se pierde en el infinito canadiense y más allá. El viajero ducho sabe que la cartografía oficial es solo una guía. Nunca es el territorio.
El mapa personal es otra historia. Muchas historias. La de Osvaldo Baigorria arranca hace más de cuatro décadas: “En enero de 1974 salí en tren y en parte a dedo a un viaje que me llevaría casi once año de búsqueda por territorios de la contracultura que se propagaba desde y hacia la Costa Oeste norteamericana”. Las primeras líneas de Postales de la contracultura: un viaje a la Costa Oeste (1974-1984), flamante libro editado por Caja Negra, son el punto de partida para que este escritor y periodista peregrino, nacido y criado en el barrio porteño de Mataderos, ensaye un fascinante ejercicio de memoria.
A partir de decenas de bellísimas postales salvajes, que capturó con las lentes de una Leica IIIC -perdida on the road- y una Pentax K 1000, Baigorria se anima a trazar un mapa personal, pero sobre todo epocal, de sus fugas y derivas de más de una década. Un documento que echa un haz de luz sobre el pasado pisado. Pero también sobre el oscuro presente y, por qué no, el incierto futuro que nos tocará recorrer.
Soltar amarras. La pulsión nómade de Baigorria floreció a principios de los '70, con las últimos calenturas que regalaba el “verano del amor” sesentero en estas pampas. En ese tiempo, el joven Osvaldo –miembro activo del colectivo Política Sexual- se lanzó a la aventura. Como un fugitivo, decidió escapar de la Buenos Aires opresiva y policial, previo al baño de sangre del Proceso militar. Tomó su pesada mochila, alambres y herramientas para forjar artesanías, y partió para hacerse la América rumbo a la tierra prometida de la contracultura.
En el horizonte divisaba un paisaje imaginario, enclavado en la occidental costa brava estadounidense. California dreaming. Paraíso del amor libre, las drogas, la psicodelia, el rock, los hippies, los poetas beat y la vida comunitaria. Cuando llegó a destino, el panorama era muy distinto: “Mi experiencia fue otra también porque el ‘afuera’ en el que me hallaba no era el de un cronista de Life o de Look que venía a observar el boom del hipismo en la Costa Oeste sino el del chico argentino que había querido participar de esta movida aunque arriba años más tarde, sin entender todo lo que estaba sucediendo a causa de la barrera del idioma aunque sin barrera ni prejuicio contra la cultura de la contracultura. La frustración era doble. No había llegado a vivir en el Haight-Ashbury en el ’67 ni en el ’74. California era una tierra prometida difícil de alcanzar hasta para los que nacieron en el medio de la promesa.” Laburar de sirviente con cama adentro en Silicon Valley, cuidar ancianos y aprovechar el pan de cada día que ofrecían los templos religiosos de Frisco eran también una forma alternativa de acercarse a la contracultura. Experiencias de migrante, latino y pobre. Devenir minoritario.  
Engordado por más de 40 postales y 70 potentes crónicas, divididas en tres apartados –“La ruta”, “La ciudad” y “El bosque”-, el libro de Baigorria se aleja de la saudade y el tono melancólico para explorar un sendero que se bifurca ante la reflexión sobre la(s) contracultura(s), desde aquellos años tórridos hasta nuestro frío presente. En Postales… hay espacio para todes: los beatniks, los pibes del flower power, las Panteras Negras, los yippies del Youth International Party (YIP), los ecologistas, las feministas, los drop outs, los freaks, la prensa alternativa, los nudistas, los desertores del hogar, de la escuela y del servicio militar… Nosotros versus ellos.
Se recuerda también a los compañeros de ruta, fiesta, cama y bosque. Como Hugh Elliot, un ingeniero autodidacta inglés que llevó la electricidad a los profusos bosques de Argenta, en la Columbia Británica canadiense, la comuna donde Baigorria ensayó su propio “retorno a la tierra” después del stop californiano. O Fernando González, un chicano pacifista ex combatiente de Vietnam que atendía un sex shop en Frisco. También la familia Stevenson: cuáqueros, enemigos de las guerras y siempre solidarios con los evasores de la cruzadas militaristas.
Memorias, ensayo, crónica de viaje, manifiesto, manual de supervivencia… El libro de Baigorria es difícil de clasificar, como toda su fascinante obra. No lo dude, querido lector, rompa el chanchito y cómprese un ejemplar. O siga el consejo del anarco Abbie Hoffman: vaya a una gran cadena de librerías, fíjese si el empleado está distraído y cometa un acto de justicia contracultural. Robe este libro.
Publicado en Tiempo Argentino, por acá

jueves, 27 de septiembre de 2018

Napalm y los caníbales

En combi, auto o bicicleta, caminando y también a dedo. Así se acercan los fieles metaleros hasta el Teatro Vorterix, en el barrio de Colegiales, para celebrar –en este martes de paro– un ágape de durísimo heavy internacional. Una misa extrema presidida  por dos popes del gremio: los veteranos ingleses Napalm Death y sus colegas neoyorquinos de Cannibal Corpse.
“¡Por suerte fue bien pesado el paro! Costó llegar, pero acá estamos, evitando el ablande”, dice antes de ingresar al coliseo Leonardo, curtido fana llegado a pata desde Villa Urquiza. Agrega que la caminata fue la entrada en calor para el pogo que compartirá con otros colegas en el ruedo. El cuarentón todavía recuerda la primera vez que vio a Cannibal Corpse en el estadio Obras, circa 1994: años dulces del nefasto menemato. Presentaban el mortífero clásico de clásicos The Bleeding (La hemorragia). Venían de tener un cameo en el film Ace Ventura. Jim Carrey era fanático del grupo liderado en esos años por el barbudo Chris Barnes. “En ese show tocaron con Escabios, Deicide y Ratos de Porao –se despide el heavy memorioso–. No sé si fue el pogo más grande del mundo, pero sí el más pesado”.
Los Morferus, crédito local, son los encargados del primer acto de la noche. La banda de Banfield no defrauda y el público, de estricta etiqueta negra, celebra su entrega con algunos aplausos. “El loco del martillo” es el punto más alto de su brevísimo presentación.
A las 20:30, con estricta puntualidad británica, los Napalm Death encienden su maquinaria pesada. Con más de 30 años en el palo, no hay signos de oxidación en los padres del grindcore. ¿La génesis de su historia? Pibes de suburbio que querían tocar la guitarra a la velocidad de la luz. En 1981, Nicholas Bullen y Miles “Rat” Ratledge, dos quinceañeros de la industrial Birmingham, decidieron eludir su seguro destino como obreros automotrices, armaron una banda anarco punk y salieron a tocar en pubs de mala muerte. Gracias a los fanzines y el goteo postal de sus cassettes, los Napalm Death llenaban tugurios. Misteriosamente, uno de esos cassettes piratas llegó hasta los estudios de la BBC. A las manos de John Peel, mítico locutor que, después de difundir el trabajo de los primeros punks y el tsunami de la new wave, puso sus fichas en el grindcore y el death metal. El primer “hit” de Napalm Death que hizo sonar en la radio fue “You Suffer”, luego inmortalizado en la placa Scum: un estruendo de un segundo y medio de duración acompañado de un haiku hardcore: “Vos sufrís, ¿pero por qué?” Cuando detona en Colegiales, el teatro se derrumba. El público pide bis, y la banda repite. Comandados por el histórico bajista Shane Embury y el movedizo frontman Mark “Barney” Greenway, sin dudas los británicos juegan de local en la Argentina. Barney, que es socialista, pacifista y anticlerical, deja su mensaje de apoyo a la lucha de los trabajadores del Estado. En sintonía, la platea entona el “hit del verano” antiMacri. Para el cierre, la banda hecha nafta al fuego con un cover antifacista de los Dead Kennedys. Sublime.
El plato fuerte de la jornada es servido por Cannibal Corpse, reyes del “brutal” death metal. Presentan su disco Red Before Black, un trabajo que no rompe con la tradicional receta de machaque, riff salvajes, gruñidos guturales y ácidas líricas bañadas en la cultura gore, zombi y sus satélites. Los Cannibal Corpse salen a comerse el escenario desde el arranque. El headbanging de los pilares de la banda marea. Hace temer una tortícolis atroz. En más de una hora, repasan gemas feroces de sus discos capitales: Butchered at Birth (Descuartizado al nacer), Tomb of The Mutilated (La tumba del mutilado) y el de título menos metafórico Kill (Matar). Obras –y artes de tapa facturado por el ilustrador Vincent Locke incluido– que durante muchos años sufrieron la salvaje censura en algunas partes del globo. El cierre del show es a toda orquesta. El cantante George Fisher le saca chispas a su garganta al hacer tronar Hammer Smashed Face(“Cara aplastada a martillazos”). Entonces, la familia metalera emprende el regreso a casa satisfecha. En paz.
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá.