miércoles, 19 de julio de 2017

Polvo de estrellas

Rubén Danilo está caliente. "Es que me gusta arrancar a horario, señor, y estamos un poquito demorados. Ya tengo el set preparado para el casting en la planta alta, pero hay muchachos que todavía no dieron señales de vida", se queja el veterano director, referente del cine XXX nacional. Mientras baja la temperatura bebiendo un vasito de gaseosa con hielo, resalta que tuvo 120 interesados para participar del rodaje, protagonizado por la actriz Milena Hot. Casi un centenar, del interior del país. Caballeros que por 1000 pesos desean tener su debut soñado en el universo del porno: "Si ponemos que es gratis, viene pila de gente y no sirve. Me gusta cuidar las producciones. Al final van a concretar unos doce. Pero todos no van a venir. A muchos les agarra miedito." A último momento, temen que el sueño húmedo se transforme en pesadilla a secas. 
Danilo, 52 años, es toda una institución de este tórrido género cinematográfico. Sus pergaminos acreditan más de dos décadas rodando producciones recargadas de erecciones, eyaculaciones y exhibiciones. Arrancó en la década del '90, luego de un dilatado periplo como productor de shows eróticos en boliches de Merlo, Ramos Mejía y Moreno. Durante esos años, en el Oeste estaba el agite. Llegó a manejar uno muy exitoso, que bautizó Prohibido: "Me curtí en la noche. Vendía shows de bikini open y presencias de vedettes muy famosas, como Beatriz Salomón, que sigue apoyando mis emprendimientos,  como los Erotic Games que vamos a hacer acá mismo el 21 de julio. Eso habla de mis valores y códigos." Un día, Danilo tuvo una epifanía y decidió arrimarse al pequeño pero siempre activo círculo del porno local. El VHS consolidaba la democratización del género. Compró una Panasonic M7 y rodó su ópera prima, Tiempo de sexo. "No queda ni una copia –se lamenta–, perdí todo mi archivo cuando se me voló el techo, en el tornado de abril de 2012." Autodidacta y cultor de un estilo urbano, dice estar siempre atento a las historias que pasan de boca en boca, para luego materializarlas en sus films. "No copio. Me gusta parar la oreja y escuchar anécdotas. En Buenos Aires hay miles. Mi película Oficina Hot, premiada en España, nació así. Es bien porteña, o acaso, quién no tuvo sexo en una oficina", sondea el hombre, mientras los primeros aspirantes hacen su ingreso tímido en el bar del microcentro donde organizó el casting. El cineasta los recibe con profesionalismo y un cordial apretón de manos. En pocos minutos, informa, comenzará la acción en el improvisado plató.    
Danilo se crió en el seno de una típica familia de Floresta: comerciantes de clase media, hinchas "enfermos" de All Boys y, sobre todo, peronistas. Un ambiente donde el sexo siempre estuvo ligado a la cultura popular. "Toda la vida me gustó lo erótico –sincera–, pero siempre con el respeto a la mujer como ley. En mis películas hay sexo intenso, un sexo que brilla. No me gusta el mensaje oscuro de algunos films, donde la mujer recibe y recibe en forma casi deportiva. Eso no es piola. Soy un director de cine, no un general que dice 'mandame 100 pibes más' y la mujer es carne de cañón. En definitiva, el culo es de ellas."
Hitchcock tuvo a Grace Kelly; Tarantino, a Uma Thurman; De Sica, a Sophia Loren; y Danilo, a Milena Hot. La musa ardiente protagonizó un sinfín de películas a sus órdenes. "Siempre le machaqué que este es un laburo que hay que tomarse muy en serio. En el sexo, hoy Milena es la número uno", asevera el director, mientras se ajusta la colita del pelo. Le pide a uno de los noveles actores que suba. Para acicalarse, el novato podrá utilizar el toilette de caballeros, a pasitos del set. El cineasta predica: "Al que tiene prejuicios, le puedo decir que el porno es cultura. No es algo ilegal, hago películas para mayores de edad. Me gustaría que el Estado subsidiara este género. Tenemos un rol social: ayudar a una persona impotente o deprimida, a una pareja que no engancha. ¿Qué hay de malo en eso?”
Superficies de placer 
El corsé, la tanga, las medias en red y los tacos aguja hacen juego con su larga cabellera azabache. Milena irradia frente al espejo un aire de sexualidad sin complejos. "Desde chica me llamaron la atención los desnudos –cuenta, mientras retoca los últimos detalles de su maquillaje dark–. Me acuerdo el día que encontré las revistas Libre que mi papá escondía bajo el colchón. Había un par de tetas, no más que eso, pero me fascinó. Después encontré una Tema privado donde se hablaba de sexo oral y anal. La primera porno la vi a los 12 años, era una "mini degeneradita’. De alguna manera, todo lo que hice en la vida estuvo atado a las ganas de descubrir lo prohibido. Y la sexualidad entra en ese paquete." Cuando cumplió 15 años, antes de soplar las velitas, pidió tres deseos: ser bailarina de caño, actriz porno y conejita de Playboy. Los dos primeros se hicieron realidad. El tercero es una cuenta pendiente sin fecha de vencimiento. Como el icónico conejito que lleva tatuado, cerca del escudo de su amado Albo. Las pasiones, Milena las lleva a flor de piel. 
Sin pudores, pero con mucha humildad, resalta su generoso currículum. Sobran los dedos de una mano para encontrar otra actriz que ostente su continuidad en la primera línea del mercado. "Pueden aparecer chicas, pero van abandonando. Y a muchas no les gusta decir que son actrices porno. Como que hay un estigma, un tabú. Pero creo que es una falta de respeto general que hay con las mujeres. Muchos hombres me dan asco. Te dicen que sos una puta, reventada, y no es así. Yo soy una persona muy open mind. Hago lo que me gusta." Cuenta que dedica horas a su formación actoral, mirando películas del nicho, sobre todo estadounidenses. E intercambia por Internet experiencias con otras trabajadoras del gremio. 
Llega la hora señalada. Milena debe entrar a escena. "Cero nervios –se despide–. Quién dijo que 20 años no son nada. A esta altura, conozco todos los secretos: desde las poses hasta la iluminación. Tengo más historias que Las mil y una noches. Si yo llegara a hablar…”
La argentinidad al palo 
Pese a las luces vigorosas, el set todavía está bastante frío. Danilo evita la calefacción artificial. En pocos minutos, el roce de los cuerpos hará subir la temperatura en forma natural. Mientras calibra la cámara, sugiere locaciones y posiciones para la primera escena de la tarde. Un guión simple, duro y directo. El encargado de dar el puntapié inicial se hace llamar Raphael, un vital caballero que ya pasó los 60 pirulos. Luce un depilado ejemplar. Milena hace alguna broma, se acerca con templanza y logra desinhibir al caballero. Danilo ordena: "Acción".
Julio César y "Big Bull" departen en la sala de espera, antes del bautismo de fuego. El primero es un joven comerciante de San Miguel. Dice que está relajado: "Me venía preparando mentalmente en el colectivo. Cuando se acerque un poquito Milena, me voy a olvidar de que hay gente alrededor." Tuvo algunas experiencias de filmación casera, con su actual pareja: "No pienso que esto sea un engaño. Lo veo más como una puerta profesional que se abre." Big Bull alega que su presencia se debe a razones casi existencialistas: "Para mí es como cerrar un círculo que comenzó en mi adolescencia, con los primeros VHS. Siempre digo que mi primera novia virtual fue Moana Pozzi, la porno star más grande de la historia." A minutos de cumplir el sueño del pibe, se peina el jopo y dice: "¿Sabe lo que me llevo de acá? Una gran historia, como usted." 
Desde el set, se escucha un grito seco de Danilo. Exige silencio absoluto. El primer rodaje aún no acaba. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 10 de julio de 2017

Una isla guaraní rodeada de tierra

Vori vori, pastel mandi’o, chipa guasú, mbejú y butifarra. "Pero no se olvide de la sopa paraguaya, señor, el plato nacional", alecciona con aires de chef de cuisine Pilar Cuevas, en la cabecera de una mesa superpoblada por los manjares emblema de la gastronomía guaraní. La coqueta jubilada nacida en la ciudad de Limpio, en la región central del país vecino, hace gala de sus saberes culinarios: "Hay que conseguir maíz bien pisado, huevos de campo, queso fresco y la crema de leche, que es la clave para que salga bien esponjosa. Si el paraguayo celebra, no puede faltar su sopa seca. Por suerte, tampoco la cachaca. La fiesta es para comer, pero sobre todo para bailar". Luego, despabila a su marido del sopor dominical y juntos disparan hacia la atiborrada pista. Mueven el esqueleto al ritmo de un clásico de Los Rehenes. "Vengo para ver a mis amigos y por prescripción médica –dice agitada la dama de rabiosos cabellos colorados, tira una voltereta y se enreda en los brazos de su don Juan–. Comer rico y bailar alargan la vida".
La disco Carroussel, espacio vital de la colectividad paraguaya en la Argentina, luce un lleno ejemplar en los festejos de San Juan. A miles de kilómetros de sus terruños, cientos de paisanos mantienen viva la antiquísima celebración, que combina raciones desparejas de fogoso ardor religioso, embriaguez popular y orgullo nacionalista a larga distancia. Una isla guaraní rodeada de tierra, a pasitos del Nuevo Puente Avellaneda.
"Este es un pedazo de Paraguay en Buenos Aires, donde venimos a llenar el vacío de la nostalgia", reconoce Marianela Brítez, organizadora y alma mater del boliche. Llegó a estos pagos en los '80, huyendo de las penurias económicas, al final de la larga noche stronista. La historia de una familia y de miles. Salieron de Coronel Oviedo y se instalaron en San Martín, donde su madre se puso a zurcir para fábricas textiles. Brítez no heredó el gusto por el corte y confección. Apenas coqueteó con la venta de indumentaria. A los 21, probó suerte organizando fiestas en el seno de la colectividad. No paró más. "Al principio fue difícil, era un trabajo tradicionalmente masculino. Pero las paraguayas somos pujantes. Llevamos adelante un país entero, desde los años que siguieron a la Guerra de la Triple Alianza. Tengo esa herencia, esa manera de encarar la vida", asegura, mientras retrata a las parejas que bailotean cuerpo a cuerpo. "Los desarraigados buscamos estos espacios de encuentro, porque nos conectan con la familia que está lejos, con los platos que se extrañan, con nuestra forma de entender la vida. Que es dura, pero hay que enfrentarla con una sonrisa." La frase en guaraní que hizo tatuar en la pared del escenario resume ese espíritu: "Carroussel, vy'a renda'". El lugar de la alegría.
A rienda suelta
Víctor Bazán sube al lomo del bravo animal. Se acomoda el sombrero bronco, aprieta las riendas, cierra los ojos e imagina el campo abierto de su añorado San Lorenzo. Los zamarreos del toro mecánico lo traen de regreso a la pista del boliche bonaerense. La platea delira ante cada sacudida. Estoico, el joven hace gala de sus dotes baqueanos por algunos segundos. Pero al final, el toro muestra toda su fiereza y se saca de encima al jinete como si fuera una pulga. Así termina el sueño del héroe. Despatarrado sobre una colchoneta inflable. "Me animé porque vine con mi mamá y quería hacerle recordar las jineteadas. En la zona de la Cordillera, es tradición del San Juan, junto a otros juegos, como el toro candil, el kambuchi jejoká y el paila jeheréi. Igualmente, esto es otra cosa, yo prefiero el caballo de sangre caliente", cuenta el metalúrgico, llegado hace ocho años. Mientras liquida una lata de cerveza helada, confiesa: "¿Si se extraña? Mucho… pero cuando vengo acá, me siento en casa".
Como en trance, Carmen Godoy contempla el mural realista, con pinceladas algo lisérgicas, que recrea bucólicas escenas de la campiña paraguaya. "Una postal que parece sacada de mi Caraguatá", asevera. Partió con un sueño: comprarle una heladera a su madre, la almacenera más famosa del pueblo. Cuidando niños en el barrio de Belgrano, ahorró los pesos necesarios para alcanzar el preciado refrigerador y un par de electrodomésticos más. Su mamá, chocha. "Soy una persona agradecida con la Argentina: me dio trabajo, salud, amigos y hasta un marido", enumera Carmen antes de estamparle un piquito a su consorte. En la fiesta la acompaña la bullanguera barra "Amigos para siempre", con quienes comparte la pasión solidaria. "Si llega un compatriota y no tiene refugio, siempre lo espero con las puertas abiertas, y un generoso tereré a mano, chera'a".
Ay, ay, ay, Paraguay
Donde hubo fuego, cenizas quedan. Pasaron cinco décadas, pero Albino Cuevas no olvidó jamás un tórrido festejo de San Juan en su natal Guarambaré. Aquella noche que cruzó descalzo y sin chistar cinco metros de brasas al rojo vivo. "Al principió no creía, pero me encomendé al santito, caminé sin respiro y al final no me dolió nada", recuerda. Al terminar el servicio militar en Asunción, decidió venirse. "Año 1969, entré con el colectivo a Retiro y quedé deslumbrado. Fue amor a primera vista". Pasó tiempos dulces, soportó miles de crisis amargas, se casó, tuvo cinco hijos y hoy sigue de pie. Aunque no olvida sus raíces guaraníes, se reconoce un porteño de ley. "Es que a Buenos Aires la fundaron los paraguayos", cierra orgulloso Cuevas, justo cuando en el escenario hacen su entrada triunfal los juguetones cambá. Cinco o seis encapuchados, que recrean las andanzas y desandanzas de la colectividad afroparaguaya en el festejo religioso. "La leyenda dice que salían a raptar doncellas. Ojalá me toque a mí. Siempre hay levante en San Juan", suspira Emilia, una asunceña que no para de recibir piropos.
Los cambá dejan de lado el coqueteo por un rato y usan sus destrezas para escalar el palo enjabonado. En la cima esperan áureas petacas de caña, suculentos chipá y fajos de billetes argentinos. Desde la consola de sonido, el periodista y locutor Oscar Peluche narra las proezas sin vértigo de los improvisados alpinistas. Anima desde hace añares el dial de la emisora más potente de la colectividad. Con labia melosa, mezcla guaraní y castellano: el famoso jopará, plato emblema del campesinado y lengua híbrida y mestiza. Tras varios intentos, un valiente hace cumbre y lo aplauden. Peluche lo festeja como un gol de Romerito.
En el centro de la pista, Betty Diarte luce su glamour subtropical. Enfundada en una camisola atigrada, la productora de la movida tropical nacida y criada en Campo Grande saca chapa de gran bailarina: "No hay que andar con vueltas. Está en nuestra idiosincrasia: el paraguayo es un pueblo alegre. Y déjese de tantas preguntas. Venga a bailar". La cumbia inunda el boliche y las parejas no paran de girar una y otra vez. Como en un carrusel. 
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá

lunes, 26 de junio de 2017

El KPOP huele a espíritu adolescente

Un mar de teenagers inunda la Ciudad Cultural Konex. La pleamar juvenil se da justo a las tres de la tarde. Poco antes de que se abran las compuertas del auditorio en Balvanera, los adolescentes se amuchan para surfear la máxima expresión de la gran ola cultural coreana en estos pagos: la octava edición del Concurso KPOP Latinoamérica. Cita obligada para todo "kaypopero" de ley. La tribu reúne a miles de fanáticos del género musical parido en el Lejano Oriente y que tomó por asalto el planeta combinando rock edulcorado, baladas melosas, hip hop apto para todo público y aeróbicas coreografías ejecutadas con rigor y precisión.
"Fenómeno de exportación es el KPOP. Primero conquistó Asia, luego Europa y ahora popular es en América. En Argentina más de 30 mil fanáticos hay", asegura Jinsang Jang, el atento director del Centro Cultural de la Embajada surcoreana. ¿Las razones del éxito? El funcionario destaca el ritmo y su adictivo bailoteo. Enseguida se calza el traje de hombre de Estado y reflexiona sobre la paciente y constante política cultural de la nación asiática: "Piense que los '50, Corea era un país muy pobre. Con mucho trabajo, se logró el desarrollo económico y la industria cultural también floreció. Películas, literatura, gastronomía y, por supuesto, el KPOP. La globalización nos ayudó a compartir nuestra cultura." Hace rato que la llamada Hallyu –"ola coreana"– salpica las costas de los cinco continentes con tecnología y cultura. Jinsang confiesa que, en el fondo, él es más chapado a la antigua. Prefiere los tambores del pungmul, una antiquísima melodía folklórica de raíz campesina. Y antes de despedirse juega otra carta diplomática: "Sabemos que en Corea del Norte también se disfruta del KPOP, aunque en forma secreta. Por ahí, puente de amistad puede construir la música. La política es otra cosa. Mucho más complicado".
Corea siempre estuvo cerca
La rosarina Ornella Escalona aguarda ansiosa el comienzo del show. Sentada en la última fila del auditorio, mata el tiempo presionando sin respiro el botoncito que enciende y apaga su lightstick fluorescente. Llegó al KPOP por azar, gracias a los sugeridos de YouTube. "Me enganchan los videos. Tienen muy buenas producciones y cantan súper bien", confiesa la chica de 14 años y melena fucsia intenso. La boy band Astro escala en la cima de sus preferencias. Para descifrar el mensaje de sus letras, Ornella decidió estudiar coreano en un instituto: "No es nada complicado. Teniendo las bases, podés armar oraciones al toque. Las letras de los grupos hablan de amor. También de rupturas". Su papá Aníbal la acompaña a sol y sombra. Cuenta que el fanatismo de su hija le recuerda sus años mozos, cuando deliraba con Soda Stereo: "Nunca llegué a teñirme, pero me batía el pelo a full y usaba corbatín". Aparte de las canciones que una y otra vez hace sonar su hija en el hogar, conoce poco y nada de la cultura coreana: "Me quedé en el partido del Mundial '86. Les ganamos, pero qué cantidad de patadas le dieron los coreanos al Diego ese día".
El periodista Genaro Press tampoco sabía mucho de Corea cuando se lanzó a investigar el fenómeno del KPOP en la Argentina. "Primero me atrapó por el lado de los consumos culturales marginales. Algo que parece subterráneo, pero emerge y junta 5000 personas en un estadio." Entonces, comenzó a escarbar para descubrir la génesis del fanatismo local y se topó con el Pump It, un videojuego de baile que reinó a principios del nuevo milenio. "Estaba musicalizado con bandas de KPOP. Ese fue el inicio de la bola de nieve", destaca el autor de KPOP Manía. "Me cuesta pensarlo como un fenómeno artístico, es un producto 100% comercial. La clave del éxito está en la necesidad que tenemos de reunirnos. Es imposible pensar en una coreografía de KPOP hecha en solitario".
La primera fila del auditorio huele a espíritu adolescente. Una banda de aguerridas chicas de La Matanza pide a grito pelado que salgan a escena los concursantes. Rocío es de Rafael Castillo, capital bonaerense del KPOP. De los cantantes coreanos resalta la belleza de sus rostros, de sus peinados, de sus cuerpos. De los latinos, también. Hoy alentará sin respiro a Josema, el frontman de los mexicanos Clue, uno de los siete grupos finalistas en la categoría baile. "Tiene algo único, no se puede explicar con palabras", cierra la muchacha y abraza con fruición el peluche que trajo para ofrendarle a su ídolo. Papá Sergio es el encargado de mantener a raya a la pandilla salvaje. "La música zafa y hay buenos conjuntos, pero a mí lo que me pierde es la cocina coreana, amo el ramen, también unos chicitos de pescado que no sé cómo se llaman. Escucho esta música y me dan ganas de comer".
Bailando por un sueño
Sobre el escenario, las salvadoreñas de Bangerz ensayan una coreografía que parece sacada de Fama. En la platea, los fans imitan los saltitos y hacen olas luminosas con sus lightsticks. El jurado integrado por la actriz Soledad Silveyra, la periodista Jini Hwang y el músico Christian Basso sigue con atención la performance. La crema y nata del KPOP latino se juega a todo o nada su suerte sobre las tablas, para lograr el premio mayor: conocer Seúl, la meca del "Gangnam Style".
En el camarín, grupos y solistas llegados desde toda América se preparan para salir al ruedo. Hay valijas desperdigas por todos los rincones, también un metegol y una mesa de ping pong. Los bolivianos de LFB-K se delinean los ojos y alisan sus mechones con una planchita. "Tenemos un look gótico, vampiresco, casi monstruoso", se ríen a coro los cochabambinos, tetracampeones del Altiplano. Para bajar la tensión previa al show no amenizan la espera con hojitas de coca. Prefieren un combo energizante de Herbalife.
Al bajar del escenario, los Clue están famélicos. Se lanzan sobre unas bandejas repletas de medialunas. Si ganan, será su segundo viaje a Corea. "Allá les encanta ver a los grupos latinos –cuenta Fero, uno de los galancitos aztecas-. Pero lo que más extrañamos fue la comida. Los mexicanos comemos cinco veces al día, y en Corea, solo tres".
Las ecuatorianas de Adolls tiran hurras y se palmean antes de mostrar sus trucos de baile. Dicen que ensayan miles de horas a la semana, que les roban al estudio y el trabajo. ¿Su arma secreta? “Hacer todo con mucho amor por el arte", aseguran las quiteñas, ataviadas con aires de porristas de preparatoria norteamericana.
Llegó el momento de la verdad para el crédito local: los porteños de Secret Weapon. Facundo, estudiante de Derecho, es el encargado de agitar al equipo antes de salir a la cancha. "El KPOP es una puertita que se abrió y no sabemos adónde nos puede llevar –dice, mientras comienza a correr hacia el escenario–. Queremos conquistar, literalmente, el otro lado del mundo". «

Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá.

lunes, 19 de junio de 2017

A todo motor

¿Se puede estar enamorado de un auto? "De varios, querido. Igualmente, uno nunca olvida la pasión del primer amor", confiesa sin sonrojarse Juan, un ingeniero cuyano que disfruta de las acrobacias sin vértigo de las 4x4, en el espacio outdoor del Salón Internacional del Automóvil. Raro, como encendido, sorbe un mate dulce y hace memoria de sus primeros escarceos y el fulminante flechazo con un Renault 6: "Año 1978, era una belleza. Yo recién salía del secundario, con el título de técnico mecánico bajo el brazo. Entonces le metía mano en el motor. También lo 'pecheaba' bastante en la ruta, aunque iba a dos por hora. Me acuerdo que hicimos un viaje a Chile y, como corresponde, se quedó en el Cristo Redentor. Al final lo arreglamos con alambre." Vino a La Rural acompañado por un grupo de amigos de la infancia. Cuenta que manejaron sin respiro desde San Juan para llegar al evento tuerca. Unos metros más allá, los fanáticos inmortalizan con sus celulares el andar cansino de las chatas japonesas todoterreno. "Para serle franco –se sincera Juan–, después de dos horas dando vueltas, no vi nada que me llamara la atención. Mucho robot, poca mecánica. Me quedo con el recuerdo de aquel R6. Estos modernos te llevan como en una alfombra mágica."
En la nave central del predio palermitano, un ejército de incondicionales fierreros se empacha en un pantagruélico banquete celebratorio de la industria automotriz. Con una cuidada estética publicitaria, las firmas exhiben los modelos más aclamados de su menú. También los bólidos futuristas que en poco tiempo empalagarán a los conductores. "Peugeot eligió un recorrido por el pasado, el presente y el futuro. Cumplimos 60 años en el país, con la llegada del primer embarque de los 403", resalta Cecilia Marola, encargada de prensa de la casa gala. Pero no solo de recuerdos viven los franceses. "Ahora hacemos foco en el concept car –asegura la dama–, los vehículos autónomos, con una plataforma integrada. Todavía no vuelan, pero les falta poco." Un ejemplar Berlina Grand Luxe del mítico 403 duerme la siesta en el stand del león. Lo escoltan sus parientes más famosos en estos pagos: el 404 y el 504. "Yo tuve uno ocre, me dio muchas satisfacciones. Pero mire que soy de la contra", acota al pasar Esteban, un chofer de larga distancia rosarino, fana del Chivo y la Lepra. "Estos eran coches muy fieles, no las computadoras que hacen ahora –se despide–. Si quedás tirado, no sabés qué ajustarle. No te queda otra que llamar a la grúa y fumarte la espera."
Los autos fantásticos
Biturbo, caja automática de nueve velocidades y 367 caballos de fuerza que alcanzan los 100 km/h en 4,7 segundos. El Mercedes Benz SLC 43 es una flecha de plata que brilla en el stand de la firma nacida en Stuttgart. Sentado en la butaca, Enzo juega con el volante e imagina que avanza por una desolada ruta. Apenas roza los pedales con la punta de los pies. Su papá Adrián lo mira fascinado y explica que hace un rato llegaron desde Roque Pérez: "Salió al padre, fierrero, ¿vio?" Cuenta que su pasión arrancó a los 12 años, cuando desarmaba motores y su viejo le tomaba el tiempo. Hoy es el feliz propietario de un taller mecánico. "Para entender el fanatismo por estos bichos –recomienda–, haga la fila y siéntese un ratito, y si lo dejan, dele marcha y disfrute de la sinfonía del motor. No tiene precio". Un placer efímero. Para sacarla a la calle, la joya alemana tiene un costo final de 127.500 dólares más IVA.
En el stand de Renault, el futuro ya llegó. El súper deportivo Trezor es una auténtica nave espacial, sacada de una novela de Philip K. Dick. "Es 100% eléctrico y tiene 500 HP. En Europa ya se consigue", dice Maximiliano, un promotor capaz de vender el humo. A mitad de camino, entre el auto de Meteoro y el descapotable de la Pantera Rosa, el bólido gris combina en dosis desparejas tecnología de punta y artesanía: iluminación láser y detalles en cuero y madera. "Mire lo pegado al piso que está. Con las rutas que tenemos, hay que llevarlo con cuidado. Por ahí se hace bosta", advierte el joven. A pasitos, se destaca el biplaza Twizzy, otra apuesta eléctrica que deja en el pasado los combustibles fósiles. "Creo que nos queda un poco chico, gorda", señala un caballero con varios kilos de más, desde la diminuta cabina.
Las Ferrari se miran, pero no se tocan. Un corralito protege las obras de arte paridas por la escudería de don Enzo. Embobados, los seguidores del Cavallino Rampante las aprecian a cuidada distancia. No es para menos. El más mínimo daño puede devaluar el precio de las 488 GTB exhibidas. Unos 740 mil dólares cada una. 
En el puesto vecino, Volkswagen ofrece la posibilidad de realizar una deriva virtual por las entrañas de un motor. Los valientes salen inmaculados, sin rastros de grasa ni fluidos indeseables. También hay simuladores de manejo y una pista de Scalextric controlada desde tablets. Salta a la vista: la tecnología domina de punta a punta el ágape. "Sería importante que las automotrices tomen conciencia de lo que es realmente un auto. Con todos estos avances, podrían impulsar modelos más sustentables y seguros", expresa Alba Saenz, fundadora de Conduciendo a Conciencia. El espacio de la organización civil creada por familiares de víctimas de accidentes de tránsito es un remanso entre tanto mercantilismo. Tienen un juego interactivo, que simula los efectos del alcohol en sangre a la hora de conducir. "Los autos son cada vez más rápidos y, por ende, riesgosos", señala Alba.
Carburando 
Mujeres hermosas y autos lujosos siguen siendo todavía hoy la receta trillada de la publicidad automovilística. El encuentro porteño no es inmune a esta fórmula. En los puestos, legiones de promotoras exhiben sus cuidadas curvas. También sus caras hastiadas, tras eternas horas de trabajo. "Sí, me parece lindo mostrar un buen auto y la belleza de las mujeres –arriesga una señorita desde las alturas de sus tacos aguja–, pero acá no se piensa demasiado en el público femenino. Nosotras también compramos autos." 
El stand de Ford es una oda al mítico modelo Mustang. Hay remeras de Mustang, lapiceras, prendedores, agendas de Mustang y hasta un reluciente Mustang rojo shocking que no para de girar sobre una plataforma. Nicolás Capella recorre el espacio, bien custodiado por su abuelo Osvaldo Dadamo. El pibe cuenta que está estudiando en la Escuela Henry Ford. Sueña con ser diseñador. Su abuelo es ingeniero y resalta que desde hace 50 años no se ha perdido ningún encuentro tuerca. Dice que en el '60 se hizo uno en la Plaza de la República: "Toyota trajo unas camionetas hechas con roblones, bien rústicas. Setenta y siete años después, se las puede ver andando en el campo. Los paisanos no las dejan ni locos." Al despedirse, saluda con un apretón de manos y reflexiona: "En el Otto Krause, aprendí que atrás de un auto no hay solo un vehículo. También hay un proyecto de país. Y lo dejo, que sigo caminando con mi nieto. No hay nada como caminar."  
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domingo, 11 de junio de 2017

Palito, bombón, helado

Suntuoso, distinguido y tradicional. Base sólida de chocolate y corazón de súper sambayón y crema chantilly. Una copiosa lluvia de almendras y nueces coronan la superestructura. ¡Señoras y señores, el postre helado está servido! Aguarda su turno para ser analizado por los cinco jurados del 4º Campeonato Nacional de Helado Artesanal, en Costa Salguero. "Este es un momento de pura adrenalina, espero les guste a los jueces", anhela Marcos Salinas, curtido maestro heladero nacido en Misiones, con más de 30 años en el gélido gremio. Cuando los asistentes mutilan su obra, una gota de sudor frío corre por su frente. "Fueron más de cuatro horas de trabajo sin respiro. La clave es estar atento al mínimo detalle. Y también hay algunos truquitos, pero ni sueñe que se los voy a revelar. Para serle franco, el sambayón es mi arma secreta", confiesa Salinas, mientras las entrañas de su manjar ya son escrutadas con ojo profesional.
Es ley, la comida entra primero por los ojos. Los jueces dedican eternos segundos a reflexionar sobre el corte, la combinación de tonalidades y las capas geológicas de la torta. Toman apuntes en sus cuadernos, alguno retrata el pastel con su tablet. Aunque son conscientes de que lo esencial es invisible a los ojos. Se lanzan entonces, cuchara en mano, sobre las jugosas porciones que comienzan a derretirse en los platos. "Tengo en cuenta la sensación de frío, la textura, que un sabor no se ensucie con otro. Pero también el trabajo en equipo. Va a estar peleada la definición. ¡Este está riquísimo!", dice el juez Pablo Manoff en un alto de su golosa faena. A unos pocos pasos, Salinas recibe un cálido aplauso de la famélica platea.
Fatto in casa 
"Sin dudarlo, puedo decirle que Argentina está en el podio del helado, junto a Italia y Alemania. Los tanos trajeron este arte y nosotros le sumamos la calidad de la materia prima. Somos un país bendecido en ese rubro", asegura Maximiliano Macarrone, capitán y figura descollante del team nacional. Es heladero desde la cuna. Su papá, Francisco, dejó Calabria y las penurias económicas de la posguerra cuando solo tenía seis años. Se instaló en el oeste del Conubano, en Ramos Mejía. A los 18 empezó a trabajar en la mítica Gelateria Due, donde aprendió los secretos de la elaboración y el pulso justo para construir encumbrados cucuruchos. En pocos años conoció los yeites del oficio, se graduó con honores y decidió independizarse. Entonces abrió Los Ciervos, en Liniers. "Ahí empecé a darle una mano a mi viejo. Tenía 11 pirulos. Hoy tengo 44, y no dejo un solo día sin hacer helados", dice con orgullo Macarrone. Hace un par de años arañó la gloria en la Copa Mundial que se celebra en Rimini: "Quedamos a un punto del tercero, con un helado espectacular de palta y lima, y otro, el mejor que hice en mi vida, de arroz con leche. Nos ganaron los tanos." ¿El secreto de su éxito? "El trabajo casero. Es importante que el público tome conciencia de que el nuestro es un helado hecho en casa: sin colorantes ni conservantes. Natural." 
Gabriel Famá preside la Asociación Fabricantes Artesanales de Helados y Afines (Afadhya). Hace cuatro décadas dio sus primeros pasos en el local de su tío, uno de los fundadores de la agrupación. "Llegaba diciembre, terminaban las clases, y el premio por las buenas notas era laburar en la heladería. Era un placer, pero también había que poner el hombro para ayudar a la familia." Afadhya nuclea a más de 2000 productores de Ushuaia a La Quiaca. Famá asegura que el postre helado es una pasión nacional. Los números no lo refutan: los argentinos consumen anualmente más de siete kilos de helado per cápita.
Luego de presentar ante los jueces la armoniosa torta helada "Entre el cielo y la tierra", la felicidad se dibuja en los rostros de Francisco Scime y de su hija Micaela. Ni pasteleros ni artistas, los rosarinos se definen como auténticos artesanos. San Remo, su local enclavado cerca del Parque Independencia, lleva 50 años ganándoles la pelea a las crisis económicas y al apático helado industrial. Con aire proustiano, Francisco viaja en el tiempo y recuerda el sabor de la vainilla que hacía el nonno Antonio: "Yo tenía cinco años. Había todo un cuidado especial que había que tener con las chauchas, los huevos y la olla, mezclarlo con azúcar. No lo puedo borrar de mi mente." En esa época, San Remo ofrecía cinco o seis sabores. Hoy, más de 130. Son pioneros en la variedad de helados de flores: rosas, jazmines y violetas. Antes de despedirse, Micaela abraza a su papá y cuenta que "Entre el cielo y la tierra" es una obra que homenajea a su madre, fallecida en noviembre pasado: "Fue mi maestra. Desde algún lado nos va a seguir inspirando, manteniendo a la famiglia unita." 
Raros y renacentistas 
Más allá del campeonato, el encuentro ofrece la posibilidad de conocer las novedades del tórrido universo del helado. En las decenas de puestos que pueblan el pabellón, los curiosos se empachan con escandalosas cremas y salsas. Para los cuidadosos de la dieta –clara minoría– se ofrecen variedades light. Entre las preferencias posmodernas, se destaca el regreso triunfal de las paletas. "Vivimos una revolución paletera", expresa Stefan Ditzen, uno de sus agitadores, mientras regala coloridas creaciones con formas de Minions y huellas de animales.
Dolores Alfonso y Pablo Renes son dos maestros heladeros que intentan derribar los paradigmas tradicionales. Atraer a un paladar más heterodoxo, incorporando sabores intensos de la cocina. "Estudiamos mucho y se nos ocurrió hacer un helado de choclo, bueno, mejor dicho, de maíz. Es muy común en Centroamérica y a los mexicanos les encanta", asegura Alfonso. También se arriesgaron con un delicioso sorbete de azafrán a la crema. Mientras aguardan los cómputos finales, Pablo advierte: "Los campeonatos son para explorar, salirse de la línea y modernizar en las tendencias. Hoy creo que lo logramos." 
Giancarlo Timballo, juez italiano, aguarda paciente a que se conozca el veredicto con los ganadores. Es oriundo de Udine y creador de la Copa Mundial de Heladerías. Reconoce que la Península Itálica es la meca. Y el Renacimiento, el momento donde ubica la génesis del postre: "En esa época, el arte culinario era una de las máximas expresiones. En las cocinas de aquel tiempo, el heladero ocupaba un rol destacado. Tenía que saber conservar los postres, pero sobre todo se destacaba por su buena mano. Eran verdaderos artistas, como Miguel Ángel o Rafael. En el fondo, todos los heladeros somos renacentistas." 
Finalmente, llega el momento de la verdad. Como alguna vez escribió Jack Kerouac, "ese instante helado en el que todos ven lo que hay en la punta de sus tenedores." El equipo Zucchero, integrado por Martín Ameijenda y Nicolás Mercante, se alza con el galardón mayor. Su obra "Una noche mágica", inspirada en la canción del Mundial '90, se robó los corazones y el paladar del distinguido jurado. Bizcochuelo de almendras con helado de chocolate rubio, pistacho y almendras. Un'avventura in più. «
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lunes, 5 de junio de 2017

Moonwalking

Frank Sinatra, Luciano Pavarotti, Julio Iglesias, Liza Minnelli, el Potro Rodrigo, Morrissey… En un otoñal y poco afiebrado sábado por la noche, el Luna Park suma una nueva estrella a la constelación de astros que han brillado en su escenario: Sergio Cortés. ¿Quién? "El mejor imitador mundial de Michael Jackson, caballero. Bueno, eso es lo que dicen los fans. Yo solo vengo a trabajar, a hacerme mis pesitos. Si es por gustos, a mí me vuelven loca Los Mirlos", asegura María Molina, vendedora callejera, que ofrece a buen precio remeras y pines tatuados con el rostro del artista español. En la esquina de Bouchard y Corrientes, los clientes escasean. Sin embargo, María no baja los brazos… repletos de chucherías. "¡Lleve las vinchas, lleve los posters! ¡Treinta pesitos, nada más, aproveche que quedan pocos!", falsea la mujer frente a un grupito de curiosos. Antes de seguir su deriva hacia Madero, se lamenta: "Poca gente para ver al gallego. Además, no sueltan una moneda. No sabe lo que es esto cuando canta Soy Luna." Para la comerciante, la tórrida jacksonmanía ochentosa ha quedado enterrada en el olvido, como el efímero veranito económico del Plan Austral o el exitoso ciclo televisivo que piloteaba Domingo Di Núbila. 
"Este show es como un viaje en el tiempo. Tengo 15 años y nunca pude ver a Michael en vivo. Tenerlo a Sergio es lo más parecido. Lo vi por internet. ¡El chabón lo hace igual!", se emociona Lucas Pedemonti, un millennial de Villa Domínico. Desde la vereda de enfrente lo mira su papá, Damián, confeso ricotero. La fila de fanáticos marcha con parsimonia hacia la boca del estadio. Antes de seguir a la manada, Lucas acomoda el oscuro fedora que cubre su melena y tira un paso antigravedad: "Estoy calentando un poco. Porque adentro me transformo. Yo también lo imito, creo que tengo algo de Michael, ¿no?"
El rey ha muerto, larga vida al rey 
A las 9 de la noche, el campo y las plateas del Luna empiezan a engordar. Montada en su silla de ruedas, Patricia avanza con decisión por el pasillo hacia la cuarta fila. "Soy fan de Michael, obvio, de la primera época. Fui a todos los recitales en River, año 1993. ¡Me gusta muuucho!", alega la joven abogada nacida y criada en Lanús. La acompaña a sol y sombra su madre Edith, también groupie del líder de los Jackson Five. De aquellas tres funciones en el Monumental, Patricia no puede borrar de su memoria la perfección, el profesionalismo y, sobre todo, la magia que desplegaba Jackson sobre las tablas: "Si tengo que resumirlo en una palabra, conocí el significado de la palabra arte." En esa época, Patricia estudiaba Derecho y los shows cayeron en plena época de parciales. "Llegaba a casa como en éxtasis después de verlo y me ponía a estudiar. Una de las noches se cortó la luz y pasé las horas en vela leyendo los apuntes, estaban como en chino. Al otro día rendí y me fui volando para Núñez. Saqué un 8, con la bendición de Michael." Ni Madonna, ni Guns N'Roses y mucho menos Justin Bieber, para Patricia nunca habrá otro igual. "De alguna manera, Sergio mantiene vivo al rey –postula y se saca una selfie abrazada a su madre y a un poster a todo color del artista–. Y no lo digo solo por su parecido físico y vocal. También tiene una historia de tipo humilde y sacrificado. Por eso Michael lo eligió como el mejor de sus imitadores." 
Entre los puntos más altos de la biografía del doble nacido en Barcelona, sobresalen las jornadas en que fue contratado por el Rey del Pop para despistar a la prensa, cuando contrajo primeras nupcias con Lisa Marie Presley, hija del monarca Elvis. En todas las entrevistas, Cortés se esmera en destacar que conoció a Michael cara a cara. Agrega, siempre, que tuvo que remplazarlo en una presentación para la MTV inglesa. Más allá del currículum, no pocos fans porteños ponen en duda la autenticidad de sus títulos. "Puras fábulas, muchas mentiras. Sergio lo dice para vender entradas. Somos muchos los que pensamos que no está a la altura. Pero igual hoy tenemos que estar, por Michael", espeta Leonardo Blanco, un jovencísimo imitador llegado desde Ramos Mejía. Luce con elegancia chaqueta militar, chupines que le marcan la entrepierna y mocasines impecables al tono. Corona su vestuario con gafas Ray Ban espejadas y melena recién planchada: "Hay una brecha grande cuando pasás de ser simple fanático a imitador. Es todo un proceso: el maquillaje, dejarse el pelo largo. En mi caso, terminé mimetizándome hasta en los gustos. Yo también soy apasionado por las antigüedades, pero puedo comprar poco y nada". Al Maicol bonaerense lo acompaña una docena de amigos, seguidores a ultranza del cantante que vendió más de 750 millones de discos. Mientras posa para la foto con dos rubios imitadores liliputienses, Leo alisa sus mechones una vez más y dispara: "Como Dalí o Picasso, Michael vivía para y por el arte. Su ecosistema era el escenario, y una vez abajo, no podía tener una vida normal. Imagínese, nunca pudo ir a comprar una leche al supermercado."
Tirate un paso 
Para calentar la previa, una banda tributo a los Beatles oriunda de Lanús, The Brothers, toma por asalto el escenario del Luna. La elección de los teloneros parece acertada: Jackson era fan confeso de los "Fab Four", hasta compró los derechos de todas sus canciones. La todavía aletargada audiencia sigue la beatlemanía moviendo las patitas y empachándose con baldes de pochoclo. En el centro de la primera fila, Sebastián Godoy mata la ansiedad taladrando un chicle. Llegó desde Rafael Castillo, ataviado con una campera colorada igualita a la que usaba Michael en el video de "Thriller". Por la ubicación privilegiada tuvo que desembolsar más de 2000 pesos. "Desde acá puedo ver cada paso, sentir cada latido de Sergio, mirarlo cara a cara y descubrir el secreto de sus ojos", dice con aires de poeta el estudiante de danza del IUNA. Antes de que se apaguen las luces, Sebastián reflexiona sobre el legado del Michael original: "De una, su obra seguirá presente por los siglos de los siglos. Pero no solo por lo musical, sino por la forma de crear una estética. En la danza, es un referente inigualable. Fusionó el hip hop, el jazz, el trap… es más grande que Baryshnikov".
Comienza a sonar Carmina Burana y el Luna se viene abajo. Cortés irrumpe en escena con sus cuatro elásticos bailarines y su aceitada banda. Regala pataditas y pasos inverosímiles, en un repertorio estandarizado que no da respiro. Navega sin sobresaltos por toda la discografía de Jackson. Desde la germinal "I Want You Back" hasta la asesina "Beat It", sin olvidar, por supuesto, a "Billie Jean".
Emilio Hernández y su hija Sheila bailan en trance el ritmo de "Black or White" en un pasillo. Mientras agita la pelvis, Emilio se emociona. Por fin pudo sacarse la espina: "Cuando vino Michael en los '90, junté pesito a pesito trabajando en un lavadero de autos. Pero me estafaron con la entrada y tuve que quedarme afuera. Hoy disfruto el doble. ¡Y mirá cómo baila la nena!" Sheila flota sobre el piso y enseguida se lanza en una eterna caminata lunar. «
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lunes, 29 de mayo de 2017

Una mordidita

Bela Lugosi no murió. Vive en los pálidos clones que aguardan impacientes su turno para ingresar al edificio de aire neoclásico de la Societá Italiana Unione e Benevolenza. Las calles del barrio de San Nicolás son una boca de lobo. La luz solar es solo un mal recuerdo. Una llovizna fantasmagórica completa una postal digna de Transilvania, en pleno centro porteño. 
"Sin duda, señor, Lugosi es el Drácula icónico, el hombre que vestirá eternamente la capa. Sin embargo, hoy me vine con un aire más contemporáneo. Un homenaje al Drácula de Gary Oldman, porque justo se cumplen 25 años del estreno de la película de Coppola. Los lugosianos me miran con desconfianza. Pero yo no me hago mala sangre", explica el actor y escritor Gabriel Sosa, ataviado con una peluca blanquísima y colmillos haciendo juego. Sosa es autor de la saga literaria El Quinto Conjuro y habitué de los eventos recreacionistas. Esta noche oficia como maestro de ceremonias en la mascarada que homenajea al vampiro más célebre de la historia. "Creo que la cultura vampira es atemporal –arriesga, poco antes de volar hacia el escenario para inaugurar la velada–, pero también está relacionada con la seducción. Todos, por lo menos una vez en la vida, fuimos hipnotizados por un vampiro." 
Desde el tablado, Sosa saluda con modales de aristócrata y recibe el rabioso alarido de la audiencia. Esquiva con destreza los mortales flashes que disparan los fotógrafos. Luego toma el micrófono, sonríe haciendo gala de sus filosos incisivos y desembucha: "Tantos siglos hemos esperado este momento los de nuestra clase, y finalmente llegó. Esta noche hemos salido de nuevo a las calles para seducir a los noctámbulos, esos patéticos mortales. Hoy podremos saciarnos, colegas, hay sangre por doquier. Pero, por favor, no se me empachen." 
A sangre tibia 
"Hay gente a la que le gusta jugar al fútbol. Bueno, a mí me gusta la cultura gótica y el terror", asevera sin espantarse Adrián Juárez, pope negro de Gothic BA, la productora madre del encuentro vampiro. Desde hace más de una década, organiza eventos con aire dark, espíritu recreacionista y nervio contracultural. No le va mal: la fiesta vendió más de 300 tickets anticipados. Celebra dos momentos bisagra en la cultura vampírica: los 120 años de la edición del clásico sempiterno de Bram Stoker y las bodas de plata del film de Coppola. Es fan de Drácula desde su tierna infancia, cuando le agarró el gustito a desvelarse con el cine de ciclos como Viaje a lo inesperado. Christopher Lee es su conde favorito. "Creo que la figura del vampiro resume varias pulsiones capitales: la sensualidad, la muerte y lo prohibido", reflexiona, mientras se acomoda el delgado antifaz de cuero negro. Antes de perderse entre un grupo de doncellas victorianas, se despide: "En estas épocas tan oscuras, por la dictadura de la tecnología y el trabajo a destajo, el terror puede ser un refugio encantador." 
En uno de los pasillos del edificio, el cadavérico Mariano Leonardi ultima los detalles de su vestuario, para salir a escena e interpretar a la "Muerte Roja". Llegó desde La Plata acompañado por su mujer y una docena de compinches, con los que comparte la pasión por los juegos de rol. "Tenemos el desafío de personificar a vampiros de diversos clanes y sectas. Imaginate que en nuestra vida cotidiana no hay demasiadas chances de ponerse estas prendas", revela el joven ingeniero de sistemas, que ostenta con hidalguía un chaleco decimonónico y largo sacón de cuero. Completa el look con un bastón coronado por un cráneo y lentes de contacto color marfil. "Quédese tranquilo, no tenga miedo, mis ojos no son así –asegura, con mirada penetrante–. Más allá de la fiesta y la diversión, en el juego aflora un subtexto que critica el consumo, los estratos sociales… La clave es preguntarnos qué es un monstruo." 
El docente de portugués Oscar Molina parece tener la respuesta: "El vampiro es un personaje muy arraigado en la cultura popular, porque une dos facetas presentes en todos los seres humanos: la cara humanitaria, pero también la demoníaca." Esta noche decidió ponerse en la piel de un oscuro marqués francés, inspirado en La filosofía del tocador, de Sade. "En el fondo –sonríe con beatitud y se calza una careta endiablada–, todos tenemos lo mejor y lo peor dentro nuestro." 
Cuando suena el vals, las parejas de enmascarados le sacan viruta al piso. Alejandro y Casandra se destacan en el centro del salón. Se ganan la vida como realizadores audiovisuales, maestros de los efectos especiales. Ella lleva una máscara de látex inspirada en los vampiros de los '80 que da miedito. Casandra podría dar cátedra sobre la evolución de la cultura vampírica: "Para armar la máscara nos basamos en la estética de películas de culto como The Lost Boys (1987), con incisivos bien trabajados y lentes de contacto amarillos. Pero también tengo algo de Buffy, la cazavampiros (1997)", explica. Su novio lleva adherido un antifaz símil sangre. También luce uñas filosas, pero cuidadosamente esculpidas como garras. Tiene un aire a mitad de camino entre Alex de La Naranja Mecánica y Christian Bale en Psicópata Americano. "Y sí, tengo que confesar que me encanta la sangre –se despide la lady–, pero solo verla. Nunca bebí, y el Bloody Mary no es uno de mis tragos favoritos." 
Mordisquito 
Mercedes y Víctor son lugosianos de la primera hora. Sin embargo, en su top ten vampírico no olvidan las reencarnaciones nacionales del inmortal conde: "Pablo Echarri en Tiempo final, Gerardo Romano en una olvidable producción de Canal 7, pero el mejor de todos fue Carlín Calvo. Aunque hay que reconocer que les faltaba un poquito de sangre", dice el joven abrigado con un añejo sacón, propiedad de su abuela. Una careta comprada en el Once remata su outfit. Mientras mueve las patitas en trance, al ritmo de un clásico de Bauhaus, arriesga: "Lo que más sigue haciendo ruido de Drácula es ese aire misterioso y oscuro. Pero también el gustito por la eternidad." 
En los puestos de gastronomía y merchandising se nota que los vampiros andan dulces. En el stand de Topo FX, los fanáticos pueden conseguir desde posavasos con la cara de Poe y Lovecraft hasta cerebros decorativos. "Lo que más sale son las cápsulas de sangre, a $ 50 pesos. Pero no insista, no podemos decir de dónde la sacamos", suplica el vendedor. En el puesto de Gothic Raven, la maestra pastelera Mariana vende tortas de chocolate decoradas con ataúdes, estacas y murciélagos. Cuenta que los clientes tienen un paladar conservador. Se inclinan por las jeringas cargadas con jarabe de mielcita, color rojo shocking. Se venden a solo 20 pesos. 
Cerca de la barra, el corrupto juez veneciano Paolo Pietro della Fontana lubrica su garganta, antes de participar en la elección del "vampiro de la noche". Bebe un oscuro y espeso brebaje. "Nada de sangre, querido, hoy prefiero el fernet", dice Luis, el hombre detrás del personaje. Cuenta que vive en Lanús, "un barrio lleno de chupasangres, basta con ver al intendente. Ni hablar del anterior, que vivía a la vuelta de mi casa y ahora tiene una mansión a todo trapo en un barrio cerrado." Antes de despedirse, convida un trago y advierte: "Hidrátese, mire que la noche va a ser larga. Puede que usted no crea en los vampiros, pero le aseguro que está rodeado, difícil que se salve de una mordidita. De última, relájese… y disfrute el paso a la inmortalidad." «
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domingo, 21 de mayo de 2017

Circo romano tuerca

El tamaño sí importa. Sobre todo en esta clase de espectáculos Made in USA. "¡Pero qué gomas!", piropea a las camionetas Jorge Antúnez, uno de los tantos fanáticos que pugna por ingresar a la exclusiva Pit Party, en la previa del show de Monster Jam. Antúnez no da respiro a la cámara de su corpulento Smartphone. Retrata las patonas de caucho de los mastodontes, que alcanzan los dos metros de altura. También las carrocerías relucientes, tatuadas con diseños y colores estrafalarios. "Espero que estos bichos estén a la altura, que la rompan toda. Pero casi que no tengo dudas, porque los yanquis son especialistas en vendernos espejitos de colores", dice el joven antes de hundirse en la marea de curiosos que inunda la playa de estacionamiento del Estadio Único de La Plata. 
En los stands, las familias hacen fila para comprar merchandising y sacarse la selfie de rigor con alguno de los ocho pilotos y carruajes que visitan por primera vez la Argentina. El más solicitado es el veterano Charlie Pauken, chofer de Grave Digger. Su palidez vampírica y su señorial carmela hacen juego con la carrocería del bólido sepulturero. "No tenía ni la más remota idea de que éramos tan populares en Sudamérica", confiesa alucinado Pauken y no deja de sonreír para los flashes. La multitudinaria convocatoria –casi 45 mil tickets por los dos shows en el país– no desmiente al piloto nacido y criado en Maumee, un diminuto pueblito rural de Ohio. "Con casi 30 años de experiencia, puedo decirle que en pocos lugares vimos este fanatismo. ¡Los argentinos son el mejor público del mundo!", exagera para la tribuna. 
Poco antes de las 13:30, en los parlantes estallan los riffs de Eddie Van Halen y otros inoxidables clásicos del metal ochentoso. Luis Joel Santiago, el maestro de ceremonias, anuncia que las camionetas deben ir a boxes antes de hacer su aparición en la arena bonaerense. Varios fanáticos entran en estado de pánico y locura. Temen dejar incompleto el álbum de fotos con todas las figuritas del evento: Pirate’s Cruse, Monster Mutt, Zombie y el psicodélico Scooby Doo. "Seguro, es un espectáculo que remite directamente a la cultura americana –asevera Santiago, mueve la pelvis de showman con buen ritmo y agrega–. Pero también es global, un éxito en cada rincón del planeta. ¿A quién no le gustan los carros?" Desde hace un año, el locutor boricua es la monster voice de los eventos para el incipiente mercado latino. "Es para toda la familia –arriesga–. Los niños se vuelven locos, pero también sus padres. Creo que tiene algo que nos lleva a la infancia, a los juguetes." Ni lerda ni perezosa, desde hace años la industria del juguete ha puesto sus fichas en el nicho. Hot Wheels bosqueja las carrocerías y es main sponsor del evento. "Es como ver a los Transformers", cierra el caribeño Santiago, justo cuando los motores de 2000 caballos de fuerza empiezan a tronar.
Pochoclo para todos
El estadio se asemeja a un gran circo romano del capitalismo. Rampas y añejas carrocerías pueblan el campo de juego. En las pantallas se proyectan publicidades y videos con el currículum de los gladiadores. La música pop pochoclera es la banda de sonido obligatoria. En las tribunas, los fanáticos matan la ansiedad deglutiendo baldes de pop corn. Se consiguen por redondos 100 pesos. 
"Es increíble poder tenerlos en vivo. Ver cómo saltan, pero también cómo se destrozan", cuenta Emanuel Fernández, un teenager llegado desde Barrio Norte. Agrega que le encanta la "personalidad" de las camionetas. Su favorito es el pinchudo Max-D, "porque es un kamikaze". Para el joven, Monster Jam es un show que humaniza a las máquinas. Lo escolta su papá, otro fanático de los fierros: "Soy consciente de que esta es una gran feria del consumo, típico yanqui, pero no hay nada nuevo bajo el sol. Cuando era chico, con mis amigos nos fascinábamos viendo en la tele los saltos asesinos de Evel Knievel, un motociclista que volaba arriba de 20 autos. Hubiéramos pagado cualquier cosa por verlo en carne y hueso." No muy lejos, el youtuber Nordeltus hace su gracia y entrevista a los protagonistas, canchero. "Vengo para hacer notas y después las subo a mi canal. Es un evento masivo, gigante. Van a hacer cosas de locos", se despide, algo emocionado, el pibe de barrio cerrado y anteojos oscuros.
En los puestos de merchandising, las colas son exorbitantes. Al igual que los precios: camperas a $ 1000, remeras a $ 300, banderines y gorras a $ 100 y tapones para proteger los oídos por apenas $ 50. "La gente viene en manada y se desespera", cuenta Agustina, una de las atareadas vendedoras. Ofrece una camiseta del popular Toro Loco y agrega: "Hay padres que vienen excitados y llegan a gastarse hasta 3000 pesos. La organización tiene todo fríamente calculado." 
A las 15, el ensordecedor ruido de los motores anticipa el puntapié inicial del show. Las tribunas deliran. Los vehículos salen al ruedo. La lluvia de pirotecnia y chispazos completa la entrada triunfal. Una postal que haría emocionar al poeta futurista Filippo Marinetti.
Los jinetes del Apocalipsis 
En la arena, las ocho camionetas encaran las rampas y pegan saltos inverosímiles, dignos de un atleta olímpico. El mecánico Ariel Bolero sigue atento la performance desde boxes. Es santafesino. Construyó las carrocerías de estos bichos de casi cinco toneladas de peso. Luego de la primera escaramuza platense, trabajó hasta las 4 de la mañana. "En el show son muy comunes los vuelcos. Hay que estar listo para que el conductor pueda volver en pocos minutos a la competencia. Lo central es la seguridad, pero el show debe continuar", garantiza Bolero, justo cuando en el fragor de la carrera, el desaforado Max-D queda panza arriba, después de ensayar una coleada asesina. 
Tras la prueba de velocidad, llega el momento de los "caballitos". Las furgonetas deben hacer equilibrio y pararse en dos ruedas. El primero en probar suerte es Zombie, ornamentado con dos brazos adosados a la carrocería. El clásico "Thriller" de Michael Jackson acompaña su deriva. Luego de escalar la rampa, consigue hacer wheelie por unos segundos, pero tambalea, pierde el equilibro y termina liquidado junto a un montículo de tierra. El público responde su esfuerzo con gritos rápidos y furiosos. La prueba termina consagrando al Toro Loco, conducido por el costarricense Mark List. "Les dije que tenía un truco especial para los caballitos. Pero no se vayan, que me queda algo guardado en la manga para la final. ¡Arriba los latinos y viva Argentina!", agita el tico y hace cuernitos desde las pantallas. Las populares detonan con ilusorias loas latinoamericanistas.
Más tarde llegan los trompos, donde humilla Scooby Doo. Su conductora, la blonda Bailey Shea, dibuja donuts perfectas sobre el barro, con el filo de los neumáticos. También hay espacio para las acrobacias aéreas. Un ballet de seis motoqueros se anima a los saltos ornamentales. Con sus cross rozan el techo del estadio.
El free style es la cereza de un postre demasiado pesado. En tres minutos, los gladiadores tienen carta libre para mostrar sus mejores armas. A esta altura, el estadio está al rojo vivo. La final es cerrada, sobre todo por la bravura de las bestias. Pero el Toro Loco está desatado: embiste carrocerías, no deja rampa en pie y, finalmente, se lleva los laureles. Cuando coronan al monstruo, el locutor les recuerda a los enardecidos fanáticos: "Antes de volver a casa, no olviden pasar por las tiendas. Recuerden llevar nuestra mercancía." «
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lunes, 15 de mayo de 2017

Contra la corriente

Primero es importante aclarar los tantos. En el principio fue La Boca. "Sí, señor, muchos creen que el remo nace en el Tigre, pero no. Este lugar donde estamos parados es la cuna del remo argentino", sostiene con brazo firme Roberto Nahone, vecino boquense y uno de los motores del Club de Regatas Almirante Brown, el último bastión que, en pleno siglo XXI, navega las cenagosas aguas del Riachuelo.
Mañana diáfana en el sur último de la ciudad. Un puñado de curtidos remeros se dispone a zarpar en su habitual rutina náutica, desde el apostadero de Prefectura, en plena Vuelta de Rocha. Mientras repasa la lista de tripulantes, Nahone se da tiempo para deshilachar, con aires de historiador, la genealogía nacional del centenario deporte.
"Acá enfrente, en 1863 se fundó el Buenos Aires Rowing Club. La historia sigue en 1874, cuando en la Isla Maciel se crea el Club Regatas La Marina. Eran clubes más bien de señoritos ingleses, de bombín y malla a rayas. Luego llegan el Piñeiro y el América, que se terminó mudando al Tigre en los '20. Nosotros nacemos por iniciativa de un grupo de vecinos, en el Cuartel de Bomberos de La Boca, el 25 de mayo de 1925. Imagínese lo que era este lugar", describe Nahone y pinta un vivo fresco repleto de galpones, talleres y barcos, como sacado de una obra de Quinquela Martín. "Un vergel con agua cristalina, que disfrutaba todo el mundo. Era la arteria que unía todas las comunidades". Con el tiempo, las aguas empezaron a bajar cada vez más turbias. La contaminación y el olvido dejaron moribundo al corazón del Riachuelo.
Lejos están los días dorados en que los remeros del Almirante Brown zarpaban en 30 botes. En sus travesías llegaban a la desembocadura, visitaban el mítico Puerto Piojo de Dock Sud o se adentraban en el Riachuelo. Pero nunca bajaron los brazos. En 2013 volvieron al río. Cuatro años después, aún les falta un galpón para guardar los botes o una rampa para bajarlos al agua. Nahone dice que pelean una batalla desigual por el espacio público, en contra de la especulación inmobiliaria, en la que el Estado hace la vista gorda. Para el remero, la estrategia incluye estigmatizar al río, comprar a precio vil los terrenos de la Ribera, sacarse de encima a los vecinos pobres y desarrollar emprendimientos que se miran en el espejo de Puerto Madero. La pregunta de fondo es sobre el uso del río: "Nosotros defendemos que sea para navegar. Hace unos años, el juez Luis Armella, el gran dictador del Riachuelo, dictó una disposición, basada en Acumar, que tenía una raíz netamente contemplativa, una visión terrestre del agua. Es claro, quieren la fotito típica de Nueva York: agüita, los edificios con las lucecitas, el paraíso visual. Otro Puerto Madero".
Nahone vive en Olavarría y Almirante Brown, al lado del mítico Café Roma. Practica remo desde sus años en la "colimba". Arrancó en el '71, cuando lo destinaron a la División Salvamento y Buceo de la Prefectura. "Ahí aprendí a construir botes: el palo hueco, la botavara... Mientras estaba bajo bandera, me iba a navegar por la Dársena F y Punta Carrasco", rememora, y les alcanza los salvavidas a sus compañeros prestos a partir. En el Roma lo "gastan", le preguntan con sorna sobre el placer de navegar en aguas non sanctas. "Dicen que es pura contaminación. ¿Quiere que le diga cuál es la zona más contaminada del país? El cruce de corrientes y Cerrito. Muchos se llenan la boca hablando de contaminación en simposios. Nosotros generamos consignas ecologistas desde nuestra propia vivencia", dice Nahone, y repite como un mantra: "Remando el Riachuelo, oxigenamos sus aguas".
Yo remo
Pala va, pala viene, el bote avanza manso y tranquilo hacia Puente Bosch. Sobre Maciel duermen unas barracas abandonadas. A nuestras espaldas, nos custodia el metálico Puente Avellaneda. Antoine, un francés de Saint-Malo, deja descansar los remos y confiesa: "Vengo de una ciudad cerca del mar, y la verdad es que aquí me reencontré con el auténtico espíritu de los marineros, por el compañerismo que tiene este grupo". Cuando puede escaparse de la panadería que tiene en el Mercado de San Telmo, Antoine le da duro y parejo a los remos. "Vengo una hora y vuelvo como nuevo. En la ciudad hay un ruido tremendo, pero mire la paz que tenemos acá. Me encanta remar en este mar de aceite", dice con cierta ironía el hombre ataviado con una pulcra chomba de la marca del cocodrilo.
Cerca del bote, surcan las aguas dos kayaks piloteados por Pablo y su hijo Gaspar. Señalan una playita y un galpón abandonado en Maciel. Sueñan con aprovechar ese espacio. "Vivo a 15 cuadras del río –cuenta Pablo–, ¿sabe cómo les cambiaría la vida a los vecinos si se abrieran estaciones y bajadas?" Cuando pasan cerca de la lancha de Acumar que junta residuos, Gaspar se despide: "Más allá del deporte, remar en el Riachuelo es nuestra forma de protesta".
René Cisneros es un docente chaqueño. Confiesa que siempre estuvo presente el "llamado del agua" en su vida. Creció rodeado de ríos, bañados y esteros en su Resistencia natal. Y desde hace un año se sumó a las travesías. Dice que el remo es un deporte militante, que exige poner el cuerpo. Sobre todo acá: "La gente tiene la idea de que el Riachuelo es una cloaca a cielo abierto. Y no es así. Porque no era así. Hay que recuperarlo para beneficio de todos. Tener una ciudad que deje de mirar para adentro y empiece a mirar el río". Esta mañana, a Cisneros lo acompaña Adriana, también maestra, jubilada y recién mudada a La Boca. Cuenta que está fascinada con el deporte, que le oxigena los pulmones y también la vida. "¿Sabe qué es lo que más rescato? El trabajo en equipo, el poder conocer a los vecinos. Y sobre todo, disfrutar el día. Mire cómo brilla el sol", dice. Antes de pegar la vuelta, Adriana recuerda unos versos del poeta Henri Michaux: "Yo remo / Yo me multiplico en remeros innumerables / Para remar con mayor fuerza contra ti". Y hunde una vez más las palas en las aguas barrosas.
Crónica publicada en Tiempo Argentino por acá.  

lunes, 8 de mayo de 2017

Luche y vuelve

"No, señor, al vestuario no se puede entrar. Esa es una regla que aprendí de Karadagian. Se pierde la magia", dispara, con cara de pocos amigos, el fornido Sergio "Rocky" Rolando. El pope de la Federación Argentina de Catch (FAC) cuida hasta el último de los detalles antes de que comience la primera pelea de la tarde en el Club Checandone, de Villa Domínico: desde el volumen de los parlantes hasta la elasticidad de las cuerdas que marcan las fronteras del ring. En las gradas, improvisadas en la canchita de futbol 5, una jauría de pibes pelean por un lugar junto al cuadrilátero. “Vine con mis nietos. Me gusta el catch desde la época de Titanes en el Ring, en los ’60 mi viejo tenía la única tele blanco y negro del barrio, y se juntaban todos los vecinos en casa a ver las peleas. Estaban la Momia, Comanche y el 'Ancho' Rubén Peucelle, que tenía un lomazo bárbaro", confiesa Mirtha, emperifollada de gala para el evento. No muy lejos, Rocky Rolando se baña en Off para combatir la marabunta de mosquitos que invade el sur de Avellaneda. Ya suena un inoxidable clásico del film de su tocayo Balboa. Rolando se calza una campera adornada con tiras de cuero y un gorro oscuro haciendo juego. Sube, toma el micrófono, traga saliva y agita a la masa: "¿¡Quieren ver lucha!?" Le responde el grito ensordecedor de los chicos de Domínico. El gladiador eleva los brazos al cielo y dice: "¡Bienvenidos a la magia del catch!"
Mitologías
En los años '50, el semiólogo Roland Barthes decía que la virtud del catch radicaba en ser un espectáculo excesivo, que abrigaba un énfasis semejante al de los teatros antiguos. Ese universo que llegó hace décadas a estos pagos con el nombre de catch as catch can enfrenta en combates desiguales al deporte y el show business; la batalla primal del bien contra el mal y el glamour mediatizado; la transpiración del gimnasio y la sutil interpretación actoral; los millones que mueven las troupes del norte del continente frente al ring destartalado de un club barrial del Conurbano; el recuerdo nostálgico de los héroes de la infancia y el presente inverosímil de banales culturistas que parecen sacados de un videogame. "El catch en la Argentina revive por temporadas. Fíjese que 100% Lucha fue un éxito tremendo hace unos cinco o seis años y ahora ni figura. Este rubro tiene esas cosas raras, no es constante. Eso sí, tiene mucha historia", asegura Rocky, mientras la Tortuga Ninja y el Payaso Torombolo hacen su ingreso estelar. La primera justa es en versión australiana: cuatro hombres, dos contra dos. Sus retadores llegan del Lejano Oriente: el calvo Faraón Malif Anum y el Sheik del Sahara. Árbitro del encuentro: la desopilante "Momia Jiménez", que ingresa a la arena bailando cuarteto y bebiendo vino de cartón. 
Rocky Rolando lleva más de 30 años dando cátedra en la sede de la FAC, frente al Parque Chacabuco. Es un hombre con mil y una batallas. Arrancó en el mítico Titanes, donde le puso el cuerpo a Mister Moto, el "Centauro Moderno". "Era muy pibe, había que bancarse los golpes de los veteranos. El que más aguantaba, se ganaba un lugar", infla el pecho. Sobre el ring, el Faraón madruga a la Tortuga con una patada voladora. "¡Qué polenta tiene el hombre de Egipto, chicos!", resalta el maestro de ceremonias Emanuel Sorino, justo cuando un artero golpe bajo deja besando la lona al luchador del caparazón. Malif Anum hace enfurecer a la tribuna agitando sus brazos, y ejecuta un salto desde la tercera cuerda para terminar su faena, pero un inesperado movimiento del quelonio lo deja sin la colchoneta de carne y hueso en la que pretendía aterrizar. De ahí en más, Torombolo y la Tortuga contraatacan con tijeras, patadas y golpes secos dignos de las diez plagas bíblicas. Los chicos deliran. La dupla "jihadista" está grogui. Madura el nocaut. El árbitro cordobés cuenta tres y sella el pleito. 
"La clave del relato es ponerle un condimento a la pelea –explica Sorino, mientras calienta la garganta antes de anunciar el segundo cruce de la jornada–. Trato de seguir el estilo de Rodolfo Di Sarli, el relator de Titanes. Palabras mayores en la historia del catch nacional. Cuando narraba, no hacía falta que vieras la pelea."
¡Es una lucha!
La leyenda dice que por la década del ’30 llegó a estas pampas un grupo de bravos luchadores comandados por un conde polaco llamado Karol Nowina. Ni lento ni perezoso, el conde trabó amistad con Pepe Lectoure, el tío de Tito. Juntos cranearon el primer campeonato argentino. Entre bailes de carnaval amenizados por la Orquesta Guardia Vieja y las veladas de box, los catchers comenzaron a ganarse su espacio en el Luna Park. Los combates eran bastante violentos: el cuadrilátero semejaba un matadero. "Acá nadie hace que se pega. Acá se pelea en serio", asevera Rocky. Sobre el ring, el Hombre Araña arremete con patadas fulminantes que moldean las costillas del enmascarado Guerrillero. 
La receta del catch apto para todo público que nace con Titanes en el Ring es la fórmula a la que las troupes locales le siguen pasando el plumero. "Pero ojo –se ataja Rolando–, a mí no me gustaba la última etapa del ciclo, que exponía a gente grande, fuera de estado. Ahí me decidí a arrancar como productor." Su hija Luana lo asiste en sus shows. Cuenta que se crió en los gimnasios y que son pocas las chicas que practican la disciplina. Ella se pone en la piel de Gatúbela en los espectáculos de su padre: "Es como ser hija de un súper héroe retirado. Ahora papá casi no sube al ring, conoce sus límites."
A diferencia de las versiones hardcore de Estados Unidos y México, los enfrentamientos locales todavía guardan ciertas reticencias con las opciones de lucha extrema. "Los mexicanos son muy bravos, y si no les pegás, se enojan. En un combate contra el Santo, un famoso luchador de allá, el tipo de arranque me metió una patada que casi me saca los pulmones. Ahí nomás, me calenté, lo levanté como un papelito y lo tiré afuera del ring. Puede creer que después se acercó y me dijo: 'Bien, gringo.' Y yo le respondí: 'Yo soy argentino, gringo son los yanquis.' El Santo se pensó que iba a arrugar", recuerda Rocky.
Daniel es uno de los integrantes de la troupe de la FAC. Le picó el bichito de la lucha hace un par de años. Entrena religiosamente dos veces por semana, aunque se gana la vida como electricista. El catch, dice, es como una coreografía: hay que saber dar golpes pero también recibirlos. "Obvio que me gustaría vivir de esto, pero también es lindo este gustito artesanal: acá somos el espectáculo pero también la logística. Los trajes me los hace mi vieja, todo fatto in casa", asegura el joven de Pompeya. Las cifras que se manejan en los países del norte marcan una brecha abismal con el mercado local: la WWE (World Wrestling Entertainment) estadounidense maneja un presupuesto anual por derechos de televisión, merchandising y venta de entradas que supera el PBI de más de un país del Tercer Mundo.
La batalla de Villa Domínico 
Sobre el ring desfilan el acrobático Señor de los Cielos; el chef francés Kave y su palo de amasar; Adriano, el pastor evangélico brasileño; Herco Wisky, el pibe fiestero; y el engreído español Don Diego. "Todos personajes que salen de la cabeza de Rocky. El tipo te escanea, charla con vos y te marca un rol. Es como la tarea de un escritor", arriesga Ariel, un pupilo de Rolando que le pone el cuerpo al fiero Pablo "Chacal" Gaviria.
Más allá de la ficción, sobre el cuadrilátero llegó la hora de la verdad. El Arcángel defiende su título frente a un retador dominicano de músculo y panza generosos. Tras un buen arranque del campeón, el caribeño bailotea y responde con cortitos y un inoxidable tackle al cuello. El Arcángel agoniza. La lucha parece definida, pero de repente, la hecatombe, la debacle total: una docena de gladiadores muestra sus destrezas en un todos contra todos. Rolando hace valer su peso pesado y cierra la batahola general a fuerza de piñas y patadas. Al fin, el Arcángel retiene la corona de milagro. 
Luego de las fotos con sus fanáticos, los luchadores se arremangan y comienzan a desarmar el esqueleto del ring, antes de que caiga la noche en Domínico. La lucha continúa. «
Crónica publicada en Tiempo Argentino, por acá